La explosión humana oscura








El sol de medianoche comenzó a buscar un ocaso efímero, a medida que el astro daba visos de crepúsculo intermitente. La tierra de fuego eternizaba mutis en toda la comarca. Apenas, quedaban hilos de vida, de otrora un jolgorio más incisivo. Sí, era el tiempo de los alisios de Orión. Ahora aquel lugar, idílico, construido de pequeñas chozas y cuevas silentes, permaneció de por vida como forja de esclavos. En el mismo centro de la tierra de fuego; se alza un gran castillo medieval de color rojo. Las llamas surgieron de las murallas de la fortaleza, pero no chocaban con la cobriza piedra. De su interior, aquellas flamas estallaban como truenos en una travesía por mar de Arwen. Gritos de hombres y mujeres, que luchaban por intentar salir con vida.Se vislumbraba un inmenso figón abierto, una batalla por la libertad y la honestidad, aguardaba entre unas desesperadas tropas, sin control. Las chispas de las espadas que se golpeaban entre sí eran la única fuente de luz durante toda la medianoche. Desde el suelo del gran salón, ahora convertido en estanque rojo de esbelto diseño de mármol rosa, flotaban cadáveres.













Cuerpos inertes de aquellos hombres y mujeres que lucharon por algo más que la libertad. Nada pudieron hacer contra los sicarios profesionales que contrató la reina Boudica. Horda tras horda llegaron. Sin importar el número, no tenían ninguna posibilidad contra el rebelde Tardisius y su espada de fuego. Una espada hecha del mejor hierro de las tierras azules del este. La habitación se quedó en silencio, momentáneamente, ya que no llegaron más tropas. La sangre le corría por la cara, mientras comenzaba a sonreír. Se levantó del suelo y sacó su espada cubierta de cartílagos. Repartiendo esgrima por los cuellos de quienes se atrevieran a blasfemarla. Una rosa blanca, que llevaba puesta en la cabeza, se puso roja, al igual que su sonrisa: la cara llena de salpicaduras de sangre densa. Ahí, en ese instante, la reina Boudica retiró su espada de los corazones de sus enemigos. Miró la hermosa hoja y se quedó atónita al ver su propio reflejo. De repente, se cortó la lengua con la gran tizana. Entre la catarsis del sacrificio personal y el sabor de la propia sangre; que dejaba caer por su garganta. Pensando en una victoria, sobre el rebelde Tardisius. Los incondicionales del insurrecto parecieron encogerse ante el escorzo de la reina y su cara de poseída. Momentos de duda que las pocas huestes mercenarias de Boudice se compadecían. En ese momento, de auténtico brillo radiante, los talones de ella caminaban como un leviatán.














Marchó sobre los enemigos debilitados hasta que sus corazones y cabezas acabaran por desangrase. Pasando, a través del lago de cuerpos caídos, Boudica empujó el foso de las grandes puertas de piedra negra. Allí yacía, detrás de las puertas, el trono sobre el que se sentaría hasta su muerte. Un gran trono, apto para dos, hecho de enredaderas de estrados con flores de loto y orquídeas. La reina soltó un suspiro de fatiga, estirando los brazos en el aire. Se lo tomó con mucha calma. Insertando la espada entre su pecho, apuntando primero, a medida que se iba reduciendo en su cuerpo. Desde el sillón real, fácilmente, le dio una patada con tal fuerza que un talón penetró la cabeza de un guardia de cohorte de Tardisius que estaba escondido detrás de un pilar. En las afueras del vetusto reino de Larios, un niño contemplaba los fuegos. El viento arreciaba del norte y se abrochó el armiño y su guerrera de color blanco. Se ató un pañuelo rojo alrededor de su cara inferior. Dio un salto ágil y dejó su posición de rodilla, en alerta, para cargar sus dos espadas de acero sajón; que colgaban de sus lados opuestos a su cintura. Dos espadas colocadas sobre su espalda, a modo de una equis. Con una sencilla y pasmosa facilidad, el joven se mostró a sí mismo, retirando parte de la nieve que el viento había hecho caer de las copas de los abedules y cubría sus hombros.














En medio de la espalda otra espada más pequeña pero de filo doble y punzante. Con su pulgar, limpió la superficie de la hoja, revelando un hermoso brillo y una inscripción por la empuñadura. En un texto en cursiva se podía leer el nombre Alea jacta est. Una lágrima se deslizaba por el pómulo izquierdo del joven lozano, mientras limpiaba pequeñas impurezas del mango. De repente, se escuchó un estruendo de voces al unísono: “Tardisius, Tardisius”, nuestro rey. El nombre era el recordatorio, de que todo el reino de Larios esperaba al joven guerrero. Es evidente, que nunca podría perdonar a la caprichosa y tirana reina Boudice por sus malas acciones contra él. No, él no era lo más importante. Lo verdaderamente transcendental era el pueblo de Larios. Ni una plegaria de rodillas, de aquella hermosa mujer de cabellos rubios, madura y antojadiza, le salvaría de su muerte por el vacío del desfiladero. Ni siquiera, el hecho de ser la hermana mayor de Tardisius. La ley y el deseo del padre de ambos se cumplían desde el lecho de muerte, del mismo padre que agonizó, enfermo del corazón a lo largo de veinte malditos años. La explosión de gozo humano en Larios era la mejor noticia del último siglo de la edad oscura y los peligros.








                             Dedicado a Franco Zeffirelli  febrero 1923/junio 2019 in Memoriam







Fotogramas adjuntados


Die Nibelungen: Siegfried 1924 by Fritz Lang
Exalibur (1981) by John Boorman
La corona di ferro (1941) by Alessandro Blasetti,
Conan the Barbarian 1982 by John Millius








Fantasmas solitarios








Casi no nos acordamos de cómo era aquel tiempo; unas veces bueno por la frugalidad de sus días y en otras ocasiones, malo por lo perecedero de su significado. Nunca estaremos seguros si lo mejor de aquellos días, pudo ser lo más propicio. Cuando imagino que tú estarás olvidando lo inolvidable, a tu lenta manera, esa manera, tan tuya, que en la mayoría de las veces, terminabas por arrepentirte. Empero, no te aflijas por tus errores ni recapacites y piensa, en aquellos días como algo marchitó, que no resucitará por toda la esperanza del mundo, convertida en nostalgia. Tras ella, emerge con timidez una mirada, unos pómulos, un rostro descolorido, apagado. Una mano de curtidos dedos se apoya en el borde de la puerta de piedra. Tras un gemido de placer que resuena en la entrañas de este ser. Con un impulso vehemente posó sus pies en la hierba.












Y desaparece entre las sombras. Pero es hacia adentro, en las entrañas de su interior, donde queremos postrar nuestra mirada y nuestra atención. Disuadimos al observador cauteloso y nos introducimos en la sombra del recinto. Solo una hilera de candiles recién apagados, guiaban a los otros. Todos ellos conducen a un polvoriento pasadizo de aire cada vez más vicioso e irrespirable. Proseguimos descendiendo sin ver el final de nuestro camino, tan oculto y lejano como lo está ahora nuestro regreso. Nuestra vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio.














Sí, amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa del jolgorio que nos ha ido matando poco a poco. Y eso hace que seamos dos fantasmas, porque, en el país lejano, también eres una especie de espectro, con el rostro pegado a la ventana de otra civilización: observando otras vidas. Y muchas de las cosas que ves, como la armoniosa vida en la sábana, tienen otra cara. Una grieta en la pared de un nicho dejando caer polvo y tierra tras su movimiento que comienza a abrirse. Dando sombra a la oscura noche. Como un parpadear de ojos nocturnos alumbrados por una linterna de mano…vemos, sentimos y agonizamos. Llega el oxígeno y con él, un final. Nos aproximamos sin dilación y emergemos a una gran sala. El tictac de las antorchas por la corriente de aire, se pierde en su infinito techo.













Columnas elaboradas y estatuas humanas de agonizantes rostros nos rodean. Sin embargo, ni si quiera sus manos arañándose la cara, nos hacen mirar atrás y decidimos seguir adelante. Estatuas de miradas perdidas, vamos dejando tras nosotros, pausas de luz y sombra, hasta llegar a un pórtico bien cuidado. En su centro un símbolo: una luna traspasada con una aguja verticalmente ,y este alfiler, con lo que parece una gota de sangre en su extremo afilado. Daba una sensación de alejamiento, de hallarse la palabra, flotando en medio de una nada blanca, sin un alrededor posible. Concluyendo que Soledad sería el nombre más hermoso y adecuado a una existencia de tristes lémures.






               Dedicado a Narciso Ibáñez Serrador 4 Julio 1935/7 Junio 2019 In Memoriam






Fotogramas adjuntados


The Ghost and Mrs. Muir (1947) by Joseph L. Mankiewicz
Kaidan (1964) by Masaki Kobayashi
La torre de los siete jorobados (1944) Edgar Neville
Operazione paura (1966) by Mario Bava





                           

El maltratador sorprendido








Y desde que ocurrió, aquel hechizo de esa lluviosa tarde, ha pasado tanto tiempo; que ya casi no lo echo de menos... A veces recuerdo como solía ser, al pasar por la fachada de ese lugar, que trae todos esos recuerdos, los cuales, pienso que no deberían de haber ocurrido, pero ocurrieron. No obstante, creo, que si no hubieran sucedido los añoraría aún más. Me vienen a la mente algunas palabras —vagamente e incluso se me arranca alguna carcajada— de aquellas que te salían a ti. Es raro porque en realidad ya no me hace gracia. Si les soy sincero, sonrió dolor por todos mis poros. Todo aquel mundo se desvaneció por arte de magia. Los dos éramos seres ajenos a lo exterior y así nos sentíamos bien; vivos y coleando. Seres intrusos y extraños a todo lo que, en ese momento, no nos acariciaba y envolvía.










Se nos antojaba una presencia invisible, como si hubiéramos sido dos animales indolentes que no creían sentir nada. Sin embargo, lo enumeraban todo: un aroma, un golpe de viento, un ruido de un trueno, el olor de la tierra mojada. ¿Quiénes se atrevieron a pensar que no sentíamos o pretendíamos dar esa sensación fingida? Simplemente nosotros primero y después este jodido mundo. Ah, del mundo! ¡La madre que lo parió! Ahí sigue. Todavía no sé lo que hago por no saber qué fue lo que te alejó, te cansó y te mantuvo tan lejos de mis labios. Pasa el tiempo y las manecillas del segundero cada instante y esa razón la sigo viendo menos clara. Quizá sea esa comezón que me está carcomiendo entre desidia e indiferencia.













Igual es el momento de cortar por lo sano y dejar las putas paranoias, a un lado. De quitar el ojo de mi sombra, relajarme y ¿por qué, no? Sentirme distraído. Ipso facto, La imagen mental de mí, me produjo escalofríos, y, volví a la charla: desairado y evitando entrar en detalles. Intente cambiar de tema todo lo que pude, y, poco a poco, la conversación con el agente de policía tornó a ser más amigable, lo cual no me hizo mucha gracia. Decidí tirarle el vaso de plástico con café en sus  pantalones. Aquello consiguió que ella se desternillará de risa. A mí también, me pareció gracioso. En fin, al agente de policía de tráfico no le gustó nada la broma y terminó esposándome y llevándome en su coche al cuartelillo.










Le pareció que una cosa era empatizar y otra humillar. Me leyó mis derechos y allí terminé con las manos atadas al asiento trasero. Volvió tu voz a mi cabeza y escuché: Ya no volveremos a experimentar ese dolor placentero, un dolor tranquilo, un dolor pacífico: un dolor nauseabundo. Recorrerás ese lugar, mirarás a ese sitio, te acercarás e inesperadamente te sentirás extraño, raro, ausente de ti, de tu forma de ser, pensar y manipular. Volverá un dolor pero esta vez un dolor triste y terrible, en la más absoluta oscuridad. Sí, Andrés, está vez, no es cuestión de interés. Ya es hora que acabes, donde tienes que terminar: encerrado el resto de tu vida en una celda. ¡Te jodes, desgraciado! Ya está bien... Doy gracias a Dios, ya que hoy, el planeta nos acariciará; con un  pequeño soplo de felicidad. Un lugar mejor. donde habitar y soñar con un nuevo futuro.









                                                              FIN




                                                               

            


                        Dedicado a Rafael Sánchez Ferlosio diciembre 1927/abril 2019 In Memoriam







Fotogramas adjuntados

They Made Me a Fugitive (1947) by Alberto Cavalcanti
The Stoning of Soraya M (2008) by Cyrus Nowrasteh
The Girl Hunters (1963) by Roy Rowland
Once Were Warriors (1994) by Lee Tamahori






                     

Saturno un planeta de agua











Han pasado tan solo dos semanas. Me parece una eternidad. Un la larga espera, idéntica, a la búsqueda de la pubertad. Toda nuestra vida está dirigida al sexo y la muerte. Por ello, intentamos comparamos, con la inmensidad de la vidas alegres ajenas. Pero, en realidad, está pasando con más tipos, buscadores de gloria efímera; que en el fondo es una gran parte de nuestra larga existencia. La vida son tonalidades de la paleta de colores, matices, destellos y tonos muy livianos. Una sola pequeña mota de polvo en el desierto cambiaría el destino de millones de desgraciados que buscan manduca y agua todos los jodidos días. Empero, aquí me hallo decidiendo si respirar hondo o acabar con la jodida vecina y su mierdoso negocio del puto Mildfudness. Sí. La maldita puerta 3—un servidor vive en la 4. Es decir, enfrente. Ya saben cómo funciona esto, es lo más parecido a una casa de citas de todo tipo. Llamadas continuadas, a mi puerta y repetitivas respuestas —de mala uva— diciendo; es la puertecita 4 Sres. No hay forma de que la tipa coloque un letrero, idéntico al que reluce en la roñosa puerta del chiringuito: “Saturno un lugar donde meditar es vida”. Puto cartelito de marras. Estás dentro de casa y suena el tono cansino de la jefa de todo el cotarro: ¡Vamos, vamos! ¡Respiren hondooo! Muy hondo! Contengan el aire en el estómago sientan como todas sus vísceras se oxigenan. Sus venas mueven un mayor flujo sanguíneo. Ahora lentamente, bajamos, el ritmo hasta quedarnos obnubilados con un punto fijo. Mirad ese led que destila una luz violeta desde lo alto del rincón de la habitación y nos dejamos llevar, por la quietud y el relax. Poco a poco, exhalamos e inspiramos, en pequeñas cantidades. Y así se repite, día a día, como una cacatúa delante de una excursión de colegiales en el jardín botánico. Ella a su cháchara y a medida, que van saliendo sigue con la puta milonga: continuamos y nos damos la mano mirando el techo y disfrutando del oxígeno que hemos generado en el cuarto meditativo. Imagínense, la película… Así todos los santos días, un grupo de 14 personas, y a la salida, apoquinado 50€ de curso legal. Námaste, Námaste Darío, Námaste, Paula, Námaste Nuria. Y tal y Pascual. Nos vemos y cuídense. Dos días seguidos con la misma monserga, tras muchos meses, diría que dos años desde que aterrizó en nuestra comunidad. Bien, Miss Saturno, a lo suyo: Uno, dos, tres y cuatro. Ahora nos damos un pequeño giro y nos quedamos en posición fetal. Disfruten esas saludables bocanadas del aire purificado gracias al humidificador que luego sortearemos… (Siempre hay un motivo para hacer caja y la ministra Montero buscando las facturas). Ahora notáis una sensación de felicidad que cubre desde los pies a la cabeza. Las ovejas de Buñuel, encantadas de pensar que van a gozar de una grandísima curiosidad: una vida longeva, y como no, plena de apasionantes alegrías. Saturno puerta 3 es un lugar donde las lágrimas son gotas de sempiterna alegría. De fondo suena el puto New Age y toda esa música repleta de ñoñería irlandesa.















El problema surge; cuando aparece el tipo que ha comenzado a escribirles toda esta fraudulenta cantinela. Sí. En la puerta de la vecina, la del Mildfudnees. ¿Se acuerdan? Bien, allá vamos. Ding, dong. Ding, dong. ¡Demonios!—Mis Saturno— ¿Quién será? No tengo cita con nadie. Se acerca a la mirilla y esboza una sonrisa al comprobar que soy yo y unos catálogos de Ikea. —Buenas noches, Ágata. Buenas noches, Sigfredo. Mira cuando llegaba a casa me encontrado esto en el zaguán y te lo he recogido. Ha sido imposible introducirlos en tu buzón. Estaba repleto de documentos — Ella sonreía sardónicamente y me miraba con unos ojillos como diciéndome— Te daba una patada en el culo y largo. En fin, aquí tienes. Ágata—extiende la mano para recoger la publicidad del nuevo Ikea— y es cuando, Sigfredo, esgrime un cuchillo Takamura recién salido de su caja —vía Amazon— para estrenarse, en ciernes. De repente, Sigfredo, le corta toda la vena radial de su antebrazo. Comienza a gritar. Ahhhhhhaggggg! Cabrón, qué dolor! En la habitación lounge superinsonorizada la gente sigue tumbada, en posición fetal, parecen los embriones del futuro parto de Alien de Sir Ridley. ¡Eh, Miss Saturno… Tranquila, respira, cariño! Ves lo que ocurre cuando no gestionamos bien nuestra capacidad de autorregulación del oxígeno enriquecido? —Je, je… Qué te voy a contar…Ahora que cojones les vas a decir a toda tu grey, ahí tumbada en el confort del tedio y el juegoflauta burgués. Ágata Morales, es el nombre real de Miss Saturno. Está en estado de shock: llora y llora. Aunque, sus gritos y sollozos son en vano. Está completamente blanca y temblorosa. Sidgredo, le agarra el otro brazo y le hace un corte muy preciso de la zona carnosa de la clavícula. Mira voy a sacarte un trocito de musculo suprespinoso. Aquí hay un nervio muy jodido. Se puede ver el hueso y parte de los tendones. ¡Eh, fortachona! No te me desmayes…Que he de terminar el libro que le vendiste a mi madre “Mindfulness el arte de crecer”. Eso no está nada bien, querida Ágata. Ir a sacarle 30 euros a una abuelita —pensionista— sorda y narcolépsica con fatiga crónica. Ágata, te quiero entender. Empero, la realidad, es otra. Nos vemos incapaces de tomar, consciencia de la experiencia vivida. ¿Cómo juzgarías toda esta rutina pseudozen…? Por no decir este puto paripé de adictos a la sugestión sin control tributario. ¿Sientes que te ahogas? ¿Nunca habías visto tanta sangre en tu puta vida? Es una espera eterna y angustiosa… No te preocupes llegará en un par de minutos, ese deseado e inesperado fallo de oxígeno a tu cerebro y la factura va ser muy cara. Lentamente, sin prejuicios, ni rencores. Algo así, como si… Lánguidamente estuviéramos expiando todos nuestros pecados.  ¡Cómo si el malvado que te está causando todo este dolor y horror disfrutará de este envenenamiento de tu pequeño chiringuito de adictos Cocoones al oxígeno purificado! No tengo nada contra ti, cielo. ¡Pero que me toquen a la vieja. Uff! ¿Sabías que cuando tenía 5 años, casi me ahogo en la bañera por la puta narcolepsia que sufría mamuchi? ¡No tienes ni idea de todo lo que ha pasado esa mujer, como para venir tú a venderle un cupón para un viaje a la Sierra de Caravaca, donde sorteas un humidificador! Eres un mal bicho y la has jodido bien. ¿Por curiosidad, a cuánto les vendes el humidificador de los chinos a tu grey de desgraciados? ¡Qué traviesa que eres… No te me vayas! Ahora vuelvo. Voy un momento, a saludar a tu camarilla, en el cuarto de los nenes y las nenas fetales…Ja,ja,ja! ¡Hola, chicos. Qué alegría. Comienza la fiesta!















                                                                                     7 años después





Sigfredo Otaiza. Vive en Austria y es uno de los mejores especialistas en terapias de meditación y apoyo a gente con estrés postraumático. Una hermosa mañana de mayo en la hipnótica Salzburgo: se quedó saboreando una taza de café expreso de la máquina del capo Clooney. Pensaba— qué extraño es el mundo, llevo unas 364 semanas sin ver su cara, sin admirar su transparencia, y sus falsas artimañas. La conciencia está bloqueada. Cogí mi attache y mi americana de Donna Karan. Un taxi Uber me esperaba en la puerta del patio y me acercó al Hotel Sheraton donde tenía mi conferencia. Durante el trayecto. Sólo pensaba en todos aquellos tipos encima del futón de la vecina Zen, Ágata. El montón de sangre, ojos colgando, orejas cortadas, brazos con muñones sangrantes, gente sin pies. Otros, con sus lenguas colgando. Mujeres sin nariz. Tripas por todo el suelo: intestinos de todos los tamaños. Era la mayor orgía del horror que se pudiera haber organizado desde una perspectiva y un plano meditativo milimétrico. Intento olvidarme de todo, aquello, de como pude escaparme y crear una nueva identidad. Ahora soy Bernardo Kliman, un tipo doctorado por la Universidad de Berlín y uno de los grandes gurús del Mildfulness. A día de hoy sólo me preocupa morir ahogado. De inmediato, percibo, que estamos saliendo de la capital del genio Mozart y el vehículo ha tomado una ruta a su libre albedrio. Vamos por la autovía del Este. De fondo, se escucha en el equipo de música New Age, la jodida voz de la tristona irlandesa Enya. —La detesto. Le digo al chofer que a dónde cojones se dirige… (En un correcto alemán) —Una voz femenina lejana, pero muy cercana, a la vez, me contesta en inglés— To nice place... Relax, Mr. Sidfredo… La ventana protectora se cerró de golpe y comencé a recordar con suma tristeza (mientras el nerviosismo del viaje —de la conductora— iba haciendo mella en mi control) a mi madre. Joder! Cómo se murió. Aún tengo las manos mojadas por las risas y las lágrimas que la envolvían y acariciaban sus mejillas. La belleza de sus ojos cerrados, su hermosa boca y sus suaves frías manos de finos dedos. La sencilla alianza en el anular (del cabrón del viejo) que siempre se portó como un auténtico canalla. Pienso en ella y sigo fijando su esplendorosa imagen: la más bella y hermosa; que mis ojos han podido ver en toda su existencia. Me indica que no todo lo malo es maldad. Y que tal vez mi desprecio a lo ajeno sea debido: a su perfección, a su total dependencia, a su angustia, a su debilitada y pobre alma por el castigo infligido de la bestia de mi padre. Los reproches, los golpes físicos, las humillaciones. La llenaron de melancolía. Aquella tristeza que le acompañó diariamente, y fue, mi infancia. Un precio demasiado duro que, en contra de mi voluntad ha devuelto, ese sentimiento kármico hacía la conductora, la cual, se dejaba ver a través del retrovisor.













Altamente protegida por unas enormes gafas de sol negras de Fendi. Observe una pequeña cicatriz en el mentón de su cara. Sabía quién era, Ágata y ella quien era yo, Sigfredo. Vecinos y algo más. El ratón tenía al gato en su sillón, el mismo, que le destrozó la vida y que convirtió el oxígeno, en una mácula con la que vivir y recodar el horror de la bestia iracunda. Le pregunté: ¿Ágata, qué quieres de mí? ¿Qué quiero de ti, desgraciado? Aquella situación dentro del impoluto Mercedes de la clase A; era como un boomerang peligroso: golpeaba y volvía a su dueña. Una extraña y peligrosa dependencia. Me quedé en silencio. No era capaz de caber, entre tanta frialdad, en esa nueva imagen de mujer independiente, fuerte y solvente. Por fuera, la veía como la culpable de mis oscuros pensamientos. Los mismos que se repetían todas las noches —desde el asalto, a aquel chiringuito— de Meditación en Saturno. Notaba que todo lo imaginado en mi psique, sonaba despreciable y absurdo. Como bien dijo, Ágata, cuando ya quedaban menos de 500mts a la entrada del lago. —Palabras con las que plasmas tu personal e inexistente débito. ¡Ahora, cabrón! Ante la evidencia, de tu ignominia. ¡Eh, don macho! ¿Ahora, qué, Sigfredo? esto, te perseguirá hasta, tu último hálito: el correteo continuado de silencioso arrepentimiento. Tu salvaje desfachatez y ese puerco anhelo que posees, no tienen límites y “el porqué de sus lágrimas” no es más que una máscara más, como deduje en mi consulta de Saturno.—De repente, sentí miedo, algo de angustia y parálisis, ante sus certeras y valientes palabras. Aun así, puede observar como ella, se giró forzando su perfil enrojecido y alterado. —Esta es la última cara que vas a ver, antes de morir. El monstruo quedará sepultado en las inmensas y hermosas aguas del lago Fuschlsee. —Se cambió de golpe. Bajó la ventanilla y se quitó las gafas delante de mí. ¡Mírala bien, pringao! Esta es la cara de una saturnina en el siglo XXI. Me recorrió un escalofrió que se reveló como todo el pesar del agua entrando dentro del vehículo. La enormidad de aquel lago hacía que el hundimiento fuera más rápido. Traté de soltarme el cinturón de seguridad. Pero sólo me encontré entre carpas, dosieres de Mildfuness, barbas postizas, pasaportes extracomunitarios, lentes de presbicia, una botella de Armani y una navaja de afeitar. Mientras las bolas de agua que expulsaba mi boca completamente repleta de búrbujas, hacía imposible encontrar la triste belleza de la mujer de mi vida: mi madre. Desde la orilla, una mujer muy parecida a Ágata, le reconfortaba con una toalla. —Esbozó una larga sonrisa y emocionada le dijo a la otra mujer—Gracias, Satu. De verdad. Te quiero mucho, cielo. —No creí aquello de que la venganza se sirve en un plato frío, Satu—Y muy mojado. Risas y besos.




                                                                                           FIN




                               Dedicado a Luke Perry octubre 1966/febrero 2019 In Memoriam





Fotogramas adjuntados 



While the City Sleepsn (1956) by Fritz Lang
Les yeux sans visage (1960) by George Franju 
Peeping Tom (1960) by Michael Powell
Hannibal (2013) by Brian Fuller











                 

El piloto amnésico y el diablo









El biplano que pilotaba Alexander Jakov iba dando tumbos, tras ser alcanzado por las defensas antiaéreas. Los daños eran muy graves; fallaba la bomba de aceite y los depósitos de combustible habían sido agujereados. Perdíamos gasolina a chorros. Al teniente AJ no le quedaba otra opción que buscar algún claro para el alunizaje. No hacía mucho tuvo constancia del vuelo por encima de la costa mediterránea, gracias al radiotelegrafista. Empero la maniobra llegó bruscamente. A pesar de la pericia de Jakov y la convicción, en él, de sus cinco compañeros; la elíptica inclinación del aparato hizo que el morro se arrastrara por un suelo arenoso y desigual, haciendo que la hélice de aquel viejo Heinkel 111 se partiera en tres trozos. Finalmente, el cazabombardero, comenzó a frenarse, ante unos árboles que flanqueaban el claro de un humedal. El teniente Alexander Jakov, empapado de agua y barro, tenía un fuerte acúfeno en el oído izquierdo. Un ruido ensordecedor, que le hacía gritar horrorizado. Su cuerpo se sacudió violentamente, mientras lo que quedaba del vetusto biplano yacía, en una enorme nube de polvo y humo. Lanzó alaridos de los nombres de su tripulación. Aunque, lo único que se escuchó fue una brutal explosión en el tanque de cola. Se hizo un silencio sacro y tenebroso. Algo tan conmovedor como el olor metálico de la sangre fresca. Huele a cobre recién cortado. Es un olor limpio e impersonal, que sorprende la primera vez que se percibe. Luego cambia rápidamente a un aroma fétido, quizá más dulce, al morir las células y cuajar los hematíes. La luz matinal se filtró por la ventana de la exigua habitación e iluminó el rostro —lleno de cortes e incrustaciones— de Alexander, quien abrió el ojo libre de vendaje para ver que se encontraba en una cama que gruñía con el más leve movimiento de su cuerpo.















Estaba aturdido y confuso. Le vino a la memoria el aterrizaje forzoso y el terrible choque final contra los árboles, pero no recordaba nada de lo sucedido después. Pasó su mano por encima del vendaje de su ojo y temió tener una herida que pudiera privarle de seguir siendo un piloto. No obstante, esa preocupación la dejó para otro momento. Ahora lo que más urgía era averiguar dónde estaba. ¿Quién le había atendido y que harían con él? ¿Cómo logramos despreciar nuestro cuerpo y someterlo a una profunda dejación? Cuando el alma que lo posee lo azota sin castigo. Había sido abatido en territorio republicano y eso hacía que su futuro más inmediato, probablemente, no fuera muy halagüeño. Ya que pilotaba un bombardero de la Luftwaffe. Retiró la manta que cubría su cuerpo y comprobó que sólo tenía algunos golpes, rasguños y un tobillo vendado. De inmediato, comenzó a oír unas voces provenientes de fuera de la habitación y se volvió a cubrir con la manta. Escuchó una conversación sin lograr entender nada. Alexander no sabía ni una sola palabra de español, pero lo había oído hablar, y llegó a la conclusión de que lo que escuchaba era probablemente; una lengua autóctona del país. Esto no le animó en absoluto, dedujo que quienes estaban al otro lado de la puerta de la habitación eran; o bien anarquistas o comunistas, o quien sabe qué, dispuestos a llevar a cabo el interrogatorio de turno. Jakov, era lo que se dice un hijo de matrimonio entre alemanes y polacos. Era un tipo creyente, de esos que piensan, que llamamos alma a una gran virtud, por el hecho de ser la conciencia del ser humano. Algo así, como el principio de los mayores sentimientos.















Todo un mágico contubernio de emociones que nos permite hacer las locuras más inimaginables y llegar hasta los estadios más altos de la degradación humana.—Y se preguntaba: ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Dónde está Tessia y que lejos queda la hermosa Cracovia? Yo teniente del ejército nazi... Cómo puedo llevar estas ropas, si son mis enemigos. Me desangro y sólo veo el sagrado corazón de mi Dios. Gracias a él, la sensación de angustia se apaciguaba. Una ambulancia republicana me sube en una camilla. Dicen que me van a hacer una transfusión y me preguntan mi grupo sanguíneo. Les digo que soy del grupo AB, receptor universal. Empero, cada vez estoy más débil y siento un susurro perturbador en el viejo hospital. Algo así, como, este tipo va a necesitar mucha sangre… El bazo lo tiene destrozado. No hay suficiente cantidad... Es el fin, de mi viaje. Pierdo el conocimiento y despierto postrado en una cama con un cabecero enrobinado de color blanquecino agrietado. A juzgar por mi barba, llevo dormido más de 48 horas. La verdad, es que no tengo ni puta idea. Un médico con sonrisa de felicidad permanente; me dice que me han operado y todo ha ido muy bien. Me han sacado metralla del intestino delgado y me han extirpado el bazo. También me han eliminado unos pequeños trozos de metal del avión, que andaban por el jodido fémur.












No recuerdo muy bien las lecciones de anatomía de las clases de Ciencias, pero me hago una idea. A pesar de la sonrisa, casi de gilipollas, aquel Dr. Era una eminencia. Un tipo legal y con un gran sentido del deber. Gracias, amigo. Me contestó de nada con un; “You´re welcome, friend”, en un perfecto inglés. ¡Qué alivio, el cirujano de la sonrisa afable hablaba inglés! España es sorprendente. De repente, recuerdo aquel humedal lleno de barro y rodeado de mi equipo de cabina; el radiotelegrafista muerto y el segundo piloto artillero con las tripas fuera, en un enorme charco de sangre y juncos. No recuerdo nada de la misión. ¿Pero, cómo demonios acabé pilotando un Heinkel 111 sobre el Ebro? Le pregunté al médico de la sonrisa que hablaba inglés, si sabía de alguien de los que perecimos en el aterrizaje y con una gran mueca me dijo; todos muertos. Don't worry Lieutenant… Se pondrá bien. Y, please, ¿qué sitio es éste? Estamos en el Hospital militar Pére Virgil de Barcelona. Sonreí y le mostré el pulgar en alto. Volví pleno de cansancio al territorio de Morfeo. Cuando desperté, me vi en un chamizo, sonaba de fondo “el día que yo nací” de Imperio Argentina”. Se me acercó un capitán italiano, de bigote ridículo y me dijo: el tenente de la Germania. ¡Ya está presto! ¡Bravisimo! ¿Pero, dónde cojones estoy por Dios? Andiamo, amico, stai nella capitale del regno, tenente... Madrid! Y allí me quedé con los ojos llenos de pánico. Mientas el capitán italiano subía el volumen de la radio y bailaba como poseído por el diablo…Ya lo dijo Dios; quién es malo en el cielo, irá al infierno.




                                        

                                                 FIN





                              Dedicado a Albert Finney mayo 1936/febrero 2019 In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Twelve O'Clock High (1949) by Henry King
Hell's Angels (1930) by Howard Hughes
Sully (2016) by Clint Eastwood
Tmavomodrý svet (2001) by Jan Sverák







                    

Una gran historia de seis años








Seis años dicen que se tardan en escribir una gran historia, donde la tinta negra se convierte en roja. Roja como la sangre de un corazón perforado, por una flecha envidiosa y traicionera. en plena pasión de la vida. La leyenda de una historia sin futuro; tan cercana y tan lejana, como tantas otras vistas, a lo largo de nuestras vidas. Atestada de ausentes emociones de los instintos, envueltos entre recuerdos —inverosímilmente fieles— de lo que sólo ocurrió en secreto. Entre provocaciones implacables y complicidad, a base, de medias sonrisas en las que caben universos enteros. Tantas noches amándose en el borde de un precipicio insostenible. Aún, a sabiendas, que no podían mantenerse más horas de las que tenía el reloj. Si se dieron una pequeña tregua para tomarse la justicia por su mano. En aquella pensión barata con la piel a trozos y un aura malvada que los sitiaba —de nuevo— para no permitirles ignorar; que algo cambió el día que se conocieron. A veces, ni se miran de las ganas que se tienen el uno al otro. Puede que esté roto el fregadero o se haya terminado la bombona de gas.












Pero siempre, liquidándose, pensando que la vida no ha continuado, ni se ha movido. Todo un bloqueo por su sempiterno roce de historia. Creen que no han hecho cosas serias ni trascendentes. Tienen el mismo gris que un cuaderno de Rubio. De libros viejos, que dicen inservibles, algunos magistrales y otros regalados; en los coleccionables de la televisión obispal. Algo no iba bien. De repente, observé que la tinta se había ido borrando hasta adquirir un tono más pardo que azul. El libro de notas había sido adquirido y escrito en fecha reciente: eran las memorias de nuestra vida. Todo lo que habíamos vivido antes de la gran tragedia. Mis manos comenzaron a temblar. Aquel libro no era igual que los tediosos libros de esos bisoños rompelápices de autoedición, hechos en la imprenta de un barrio con olor a nuevo rico. No eran ese tipo de libros: iguales y de idénticas palabras. Aquella historia fue retroalimentada en nuestros propios secretos, la certeza del desgaste de un secuestro y años de rehabilitación en el hospital.














Recuerdos que sólo existen en lo más estrecho del hipotálamo y el último hálito de nuestras retinas. Los mismos, que inexplicablemente, estropean el motor del tiempo; y así nunca saben cuánto tiempo ha pasado sin verse ni cuántas cosas no hicieron. Ella y su temor a ser una niña vieja. Su autonomía implacable, su alrededor prescindible, su protección incondicional. Sus compañías engañadas que miman su vanidad. Su soledad, siempre. Como los domingos de él, convertidos en un litro y medio de whisky y sus rendimientos capitalizados a día de hoy: Él y su patética ambición: revés tras revés. Una libertad hipotecada en la candidez y la falta de arraigo. Sus jodidas amistades y su aberrante promiscuidad. Ninguno se sorprende que tantos kilómetros de mar, no hayan conseguido ahogarlos en el fondo del abismo.












A los dos la vida les ha manchado, pero ninguno se sorprende de que les haya machacado a la vez. Empero esta vez no aceleraron voluntariamente la respiración, no firmaron un contrato de los de “cama a doce euros la hora”, a condición, de quererse hasta morir. Sólo, durante un par de minutos, después de alargar un domingo imprevisto; se rozaron los labios, de rondón, para no cometer el error de besarse. Simplemente, por cerrar los ojos un momento y sentirse como antaño, en casa. Únicamente por agradecerle a la vida otro encontronazo inexplicable que reaparece cada vez que sus vidas están cambiando. Un cambalache para recordarles; que los perdedores están señalados de por vida. Ahora, solamente, queda el hedor de los cuerpos en descomposición y un aura de ternura que no tiene nada que ver con la auténtica realidad de ellos. Los rincones de aquella vivienda enterraron los últimos secretos de un amor imposible: un gran libro de seis años.










                  Dedicado a Claudio López de LaMadrid enero1960/enero 2019 in Memoriam









Fotogramas adjuntados



Thérèse Raquin (1953) by Marcel Carné
La curée (1966) by Roger Vadim
Billy Liar (1963) by John Schlesinger
Nana (1983) by Dan Wolman