El
sol de medianoche comenzó a buscar un ocaso efímero, a medida que el astro daba
visos de crepúsculo intermitente. La tierra de fuego eternizaba mutis en toda
la comarca. Apenas, quedaban hilos de vida, de otrora un jolgorio más incisivo.
Sí, era el tiempo de los alisios de Orión. Ahora aquel lugar, idílico,
construido de pequeñas chozas y cuevas silentes, permaneció de por vida como
forja de esclavos. En el mismo centro de la tierra de fuego; se alza un gran
castillo medieval de color rojo. Las llamas surgieron de las murallas de la fortaleza,
pero no chocaban con la cobriza piedra. De su interior, aquellas flamas
estallaban como truenos en una travesía por mar de Arwen. Gritos de hombres y
mujeres, que luchaban por intentar salir con vida.Se vislumbraba un inmenso
figón abierto, una batalla por la libertad y la honestidad, aguardaba entre
unas desesperadas tropas, sin control. Las chispas de las espadas que se
golpeaban entre sí eran la única fuente de luz durante toda la medianoche.
Desde el suelo del gran salón, ahora convertido en estanque rojo de esbelto
diseño de mármol rosa, flotaban cadáveres.
Cuerpos
inertes de aquellos hombres y mujeres que lucharon por algo más que la libertad.
Nada pudieron hacer contra los sicarios profesionales que contrató la reina
Boudica. Horda tras horda llegaron. Sin importar el número, no tenían ninguna
posibilidad contra el rebelde Tardisius y su espada de fuego. Una espada hecha
del mejor hierro de las tierras azules del este. La habitación se quedó en
silencio, momentáneamente, ya que no llegaron más tropas. La sangre le corría
por la cara, mientras comenzaba a sonreír. Se levantó del suelo y sacó su
espada cubierta de cartílagos. Repartiendo esgrima por los cuellos de quienes
se atrevieran a blasfemarla. Una rosa blanca, que llevaba puesta en la cabeza,
se puso roja, al igual que su sonrisa: la cara llena de salpicaduras de sangre
densa. Ahí, en ese instante, la reina Boudica retiró su espada de los corazones
de sus enemigos. Miró la hermosa hoja y se quedó atónita al ver su propio
reflejo. De repente, se cortó la lengua con la gran tizana. Entre la catarsis
del sacrificio personal y el sabor de la propia sangre; que dejaba caer por su
garganta. Pensando en una victoria, sobre el rebelde Tardisius. Los
incondicionales del insurrecto parecieron encogerse ante el escorzo de la reina
y su cara de poseída. Momentos de duda que las pocas huestes mercenarias de
Boudice se compadecían. En ese momento, de auténtico brillo radiante, los
talones de ella caminaban como un leviatán.
Marchó
sobre los enemigos debilitados hasta que sus corazones y cabezas acabaran por
desangrase. Pasando, a través del lago de cuerpos caídos, Boudica empujó el
foso de las grandes puertas de piedra negra. Allí
yacía, detrás de las puertas, el trono sobre el que se sentaría hasta su muerte.
Un gran trono, apto para dos, hecho de enredaderas de estrados con flores de
loto y orquídeas. La reina soltó un suspiro de fatiga, estirando los brazos en
el aire. Se lo tomó con mucha calma. Insertando la espada entre su pecho,
apuntando primero, a medida que se iba reduciendo en su cuerpo. Desde el sillón
real, fácilmente, le dio una patada con tal fuerza que un talón penetró la
cabeza de un guardia de cohorte de Tardisius que estaba escondido detrás de un
pilar. En las afueras del vetusto reino de Larios, un niño contemplaba los
fuegos. El viento arreciaba del norte y se abrochó el armiño y su guerrera de
color blanco. Se ató un pañuelo rojo alrededor de su cara inferior. Dio un
salto ágil y dejó su posición de rodilla, en alerta, para cargar sus dos
espadas de acero sajón; que colgaban de sus lados opuestos a su cintura. Dos
espadas colocadas sobre su espalda, a modo de una equis. Con una sencilla y
pasmosa facilidad, el joven se mostró a sí mismo, retirando parte de la nieve
que el viento había hecho caer de las copas de los abedules y cubría sus
hombros.
En
medio de la espalda otra espada más pequeña pero de filo doble y punzante. Con
su pulgar, limpió la superficie de la hoja, revelando un hermoso brillo y una
inscripción por la empuñadura. En un texto en cursiva se podía leer el nombre
Alea jacta est. Una lágrima se deslizaba por el pómulo izquierdo del joven
lozano, mientras limpiaba pequeñas impurezas del mango. De repente, se escuchó
un estruendo de voces al unísono:“Tardisius, Tardisius”, nuestro rey. El
nombre era el recordatorio, de que todo el reino de Larios esperaba al joven
guerrero. Es evidente, que nunca podría perdonar a la caprichosa y tirana reina
Boudice por sus malas acciones contra él. No, él no era lo más importante. Lo
verdaderamente transcendental era el pueblo de Larios. Ni una plegaria de
rodillas, de aquella hermosa mujer de cabellos rubios, madura y antojadiza, le
salvaría de su muerte por el vacío del desfiladero. Ni siquiera, el hecho de
ser la hermana mayor de Tardisius. La ley y el deseo del padre de ambos se cumplían
desde el lecho de muerte, del mismo padre que agonizó, enfermo del corazón a lo
largo de veinte malditos años. La explosión de gozo humano en Larios era la
mejor noticia del último siglo de la edad oscura y los peligros.
Dedicado
a Franco Zeffirelli febrero 1923/junio
2019 in Memoriam
Fotogramas adjuntados Die Nibelungen: Siegfried 1924 by Fritz Lang
Exalibur (1981) by John Boorman La corona di ferro (1941) by Alessandro Blasetti, Conan the Barbarian 1982 by John Millius
Casi
no nos acordamos de cómo era aquel tiempo; unas veces bueno por la frugalidad
de sus días y en otras ocasiones, malo por lo perecedero de su significado.
Nunca estaremos seguros si lo mejor de aquellos días, pudo ser lo más propicio.
Cuando imagino que tú estarás olvidando lo inolvidable, a tu lenta manera, esa
manera, tan tuya, que en la mayoría de las veces, terminabas por arrepentirte.
Empero, no te aflijas por tus errores ni recapacites y piensa, en aquellos días
como algo marchitó, que no resucitará por toda la esperanza del mundo,
convertida en nostalgia. Tras ella, emerge con timidez una mirada, unos
pómulos, un rostro descolorido, apagado. Una mano de curtidos dedos se apoya en
el borde de la puerta de piedra. Tras un gemido de placer que resuena en la
entrañas de este ser. Con un impulso vehemente posó sus pies en la hierba.
Y
desaparece entre las sombras. Pero es hacia adentro, en las entrañas de su
interior, donde queremos postrar nuestra mirada y nuestra atención. Disuadimos
al observador cauteloso y nos introducimos en la sombra del recinto. Solo una
hilera de candiles recién apagados, guiaban a los otros. Todos ellos conducen a
un polvoriento pasadizo de aire cada vez más vicioso e irrespirable.
Proseguimos descendiendo sin ver el final de nuestro camino, tan oculto y
lejano como lo está ahora nuestro regreso.Nuestra
vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron
nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio.
Sí,
amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos
en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa del jolgorio que nos ha ido
matando poco a poco. Y eso hace que seamos dos fantasmas, porque, en el país
lejano, también eres una especie de espectro, con el rostro pegado a la ventana
de otra civilización: observando otras vidas. Y muchas de las cosas que ves,
como la armoniosa vida en la sábana, tienen otra cara. Una grieta en la pared
de un nicho dejando caer polvo y tierra tras su movimiento que comienza a abrirse.
Dando sombra a la oscura noche. Como un parpadear de ojos nocturnos alumbrados
por una linterna de mano…vemos, sentimos y agonizamos. Llega el oxígeno y con él, un final. Nos aproximamos
sin dilación y emergemos a una gran sala. El tictac de las antorchas por la
corriente de aire, se pierde en su infinito techo.
Columnas
elaboradas y estatuas humanas de agonizantes rostros nos rodean. Sin embargo, ni
si quiera sus manos arañándose la cara, nos hacen mirar atrás y decidimos seguir adelante. Estatuas de miradas perdidas, vamos dejando tras nosotros, pausas
de luz y sombra, hasta llegar a un pórtico bien
cuidado. En su centro un símbolo: una luna traspasada con una aguja
verticalmente ,y este alfiler, con lo que parece una gota de sangre en su extremo afilado.
Daba una sensación de alejamiento, de hallarse la palabra, flotando en medio de
una nada blanca, sin un alrededor posible.Concluyendo
que Soledad sería el nombre más hermoso y adecuado a una existencia de tristes
lémures.
Dedicado a Narciso Ibáñez Serrador 4 Julio
1935/7 Junio 2019 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
The
Ghost and Mrs. Muir (1947) by Joseph L. Mankiewicz
Kaidan (1964) by Masaki Kobayashi
La
torre de los siete jorobados (1944) Edgar Neville
Y
desde que ocurrió, aquel hechizo de esa lluviosa tarde, ha pasado tanto tiempo; que ya casi no lo echo de menos... A veces recuerdo como solía ser, al pasar
por la fachada de ese lugar, que trae todos esos recuerdos, los cuales, pienso
que no deberían de haber ocurrido, pero ocurrieron.No obstante, creo, que si
no hubieran sucedido los añoraría aún más. Me vienen a la mente algunas
palabras —vagamente e incluso se me arranca alguna carcajada— de aquellas que
te salían a ti. Es raro porque en realidad ya no me hace gracia. Si les soy
sincero, sonrió dolor por todos mis poros. Todo aquel mundo se desvaneció por
arte de magia. Los dos éramos seres ajenos a lo exterior y así nos sentíamos
bien; vivos y coleando. Seres intrusos y extraños a todo lo que, en ese momento, no nos acariciaba y envolvía.
Se
nos antojaba una presencia invisible, como si hubiéramos sido dos animales
indolentes que no creían sentir nada. Sin embargo, lo enumeraban todo: un
aroma, un golpe de viento, un ruido de un trueno, el olor de la tierra mojada.
¿Quiénes se atrevieron a pensar que no sentíamos o pretendíamos dar esa
sensación fingida? Simplemente nosotros primero y después este jodido mundo.
Ah, del mundo! ¡La madre que lo parió! Ahí sigue. Todavía no sé lo que hago por
no saber qué fue lo que te alejó, te cansó y te mantuvo tan lejos de mis labios.
Pasa el tiempo y las manecillas del segundero cada instante y esa razón la sigo
viendo menos clara. Quizá sea esa comezón que me está carcomiendo entre desidia
e indiferencia.
Igual es el momento de cortar por lo sano y
dejar las putas paranoias, a un lado. De quitar el ojo de mi sombra, relajarme y ¿por qué,
no? Sentirme distraído. Ipso facto, La imagen mental de mí, me produjo escalofríos,
y, volví a la charla: desairado y evitando entrar en detalles. Intente
cambiar de tema todo lo que pude, y, poco a poco, la conversación con el agente
de policía tornó a ser más amigable, lo cual no me hizo mucha gracia. Decidí tirarle
el vaso de plástico con café en sus pantalones. Aquello consiguió
que ella se desternillará de risa. A mí también, me pareció gracioso. En fin,
al agente de policía de tráfico no le gustó nada la broma y terminó esposándome
y llevándome en su coche al cuartelillo.
Le
pareció que una cosa era empatizar y otra humillar. Me leyó mis derechos y allí
terminé con las manos atadas al asiento trasero. Volvió tu voz a mi cabeza y
escuché: Ya no volveremos a experimentar ese dolor placentero, un dolor
tranquilo, un dolor pacífico: un dolor nauseabundo. Recorrerás ese lugar, mirarás a ese sitio, te
acercarás e inesperadamente te sentirás extraño, raro, ausente de ti, de tu
forma de ser, pensar y manipular. Volverá un dolor pero esta vez un dolor triste y terrible, en la más absoluta oscuridad. Sí, Andrés, está vez, no es cuestión de
interés. Ya es hora que acabes, donde tienes que terminar: encerrado el resto
de tu vida en una celda. ¡Te jodes, desgraciado! Ya está bien... Doy gracias a Dios, ya que hoy, el planeta nos acariciará; con un pequeño soplo de felicidad. Un lugar mejor. donde habitar y soñar con un nuevo futuro.
FIN
Dedicado a Rafael Sánchez Ferlosio
diciembre 1927/abril 2019 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
They
Made Me a Fugitive (1947) byAlberto Cavalcanti
Han
pasado tan solo dos semanas. Me parece una eternidad. Un la larga espera,
idéntica, a la búsqueda de la pubertad. Toda nuestra vida está dirigida al sexo
y la muerte. Por ello, intentamos comparamos, con la inmensidad de la vidas
alegres ajenas. Pero, en realidad, está pasando con más tipos, buscadores de
gloria efímera; que en el fondo es una gran parte de nuestra larga existencia. La
vida son tonalidades de la paleta de colores, matices, destellos y tonos muy
livianos. Una sola pequeña mota de polvo en el desierto cambiaría el destino de
millones de desgraciados que buscan manduca y agua todos los jodidos días.
Empero, aquí me hallo decidiendo si respirar hondo o acabar con la jodida
vecina y su mierdoso negocio del puto Mildfudness. Sí. La maldita puerta 3—un
servidor vive en la 4. Es decir, enfrente. Ya saben cómo funciona esto, es lo
más parecido a una casa de citas de todo tipo. Llamadas continuadas, a mi
puerta y repetitivas respuestas —de mala uva— diciendo; es la puertecita 4 Sres.
No hay forma de que la tipa coloque un letrero, idéntico al que reluce en la
roñosa puerta del chiringuito: “Saturno un lugar donde meditar es vida”. Puto cartelito de marras. Estás dentro
de casa y suena el tono cansino de la jefa de todo el cotarro: ¡Vamos, vamos! ¡Respiren hondooo! Muy hondo!
Contengan el aire en el estómago sientan como todas sus vísceras se
oxigenan. Sus venas mueven un mayor flujo sanguíneo. Ahora lentamente, bajamos,
el ritmo hasta quedarnos obnubilados con un punto fijo. Mirad ese led que
destila una luz violeta desde lo alto del rincón de la habitación y nos dejamos
llevar, por la quietud y el relax. Poco a poco, exhalamos e inspiramos, en
pequeñas cantidades. Y así se repite, día a día, como una cacatúa delante de una excursión
de colegiales en el jardín botánico. Ella a su cháchara y a medida, que van
saliendo sigue con la puta milonga: continuamos y nos damos la mano mirando el
techo y disfrutando del oxígeno que hemos generado en el cuarto meditativo.Imagínense, la película… Así todos los santos días, un
grupo de 14 personas, y a la salida, apoquinado 50€ de curso legal. Námaste, Námaste
Darío, Námaste, Paula, Námaste Nuria. Y tal y Pascual. Nos vemos y cuídense.
Dos días seguidos con la misma monserga, tras muchos meses, diría que dos años
desde que aterrizó en nuestra comunidad. Bien, Miss Saturno, a lo suyo: Uno,
dos, tres y cuatro. Ahora nos damos un pequeño giro y nos quedamos en posición
fetal. Disfruten esas saludables bocanadas del aire purificado gracias al
humidificador que luego sortearemos… (Siempre hay un motivo para hacer caja y
la ministra Montero buscando las facturas). Ahora notáis una sensación de
felicidad que cubre desde los pies a la cabeza. Las ovejas de Buñuel, encantadas
de pensar que van a gozar de una grandísima curiosidad: una vida longeva, y
como no, plena de apasionantes alegrías. Saturno puerta 3 es un lugar donde las
lágrimas son gotas de sempiterna alegría. De fondo suena el puto New Age y toda
esa música repleta de ñoñería irlandesa.
El
problema surge; cuando aparece el tipo que ha comenzado a escribirles toda esta
fraudulenta cantinela. Sí. En la puerta de la vecina, la del Mildfudnees. ¿Se
acuerdan? Bien, allá vamos. Ding, dong. Ding, dong. ¡Demonios!—Mis Saturno— ¿Quién
será? No tengo cita con nadie. Se acerca a la mirilla y esboza una sonrisa al
comprobar que soy yo y unos catálogos de Ikea. —Buenas noches, Ágata. Buenas
noches, Sigfredo. Mira cuando llegaba a casa me encontrado esto en el zaguán y
te lo he recogido. Ha sido imposible introducirlos en tu buzón. Estaba repleto
de documentos — Ella sonreía sardónicamente y me miraba con unos ojillos como
diciéndome— Te daba una patada en el culo y largo. En fin, aquí tienes. Ágata—extiende
la mano para recoger la publicidad del nuevo Ikea— y es cuando, Sigfredo,
esgrime un cuchillo Takamura recién salido de su caja —vía Amazon— para
estrenarse, en ciernes. De repente, Sigfredo, le corta toda la vena radial de
su antebrazo. Comienza a gritar. Ahhhhhhaggggg! Cabrón, qué dolor! En la
habitación lounge superinsonorizada la gente sigue tumbada, en posición fetal,
parecen los embriones del futuro parto de Alien de Sir Ridley. ¡Eh, Miss
Saturno… Tranquila, respira, cariño! Ves lo que ocurre cuando no gestionamos
bien nuestra capacidad de autorregulación del oxígeno enriquecido? —Je, je… Qué
te voy a contar…Ahora que cojones les vas a decir a toda tu grey, ahí tumbada
en el confort del tedio y el juegoflauta burgués. Ágata Morales, es el nombre
real de Miss Saturno. Está en estado de shock: llora y llora. Aunque, sus
gritos y sollozos son en vano. Está completamente blanca y temblorosa.
Sidgredo, le agarra el otro brazo y le hace un corte muy preciso de la zona
carnosa de la clavícula. Mira voy a sacarte un trocito de musculo suprespinoso.
Aquí hay un nervio muy jodido. Se puede ver el hueso y parte de los tendones. ¡Eh,
fortachona! No te me desmayes…Que he de terminar el libro que le vendiste a mi madre
“Mindfulness el arte de crecer”. Eso no está nada bien, querida Ágata. Ir a
sacarle 30 euros a una abuelita —pensionista— sorda y narcolépsica con fatiga
crónica. Ágata, te quiero entender. Empero, la realidad, es otra. Nos vemos
incapaces de tomar, consciencia de la experiencia vivida. ¿Cómo juzgarías toda esta rutina pseudozen…? Por no decir este puto paripé de adictos a la sugestión sin
control tributario. ¿Sientes que te ahogas? ¿Nunca habías visto tanta sangre en
tu puta vida? Es una espera eterna y angustiosa… No te preocupes llegará en un
par de minutos, ese deseado e inesperado fallo de oxígeno a tu cerebro y la
factura va ser muy cara. Lentamente, sin prejuicios, ni rencores. Algo así,
como si… Lánguidamente estuviéramos expiando todos nuestros pecados. ¡Cómo si el malvado que te está causando todo
este dolor y horror disfrutará de este envenenamiento de tu pequeño chiringuito
de adictos Cocoones al oxígeno purificado! No tengo nada contra ti, cielo. ¡Pero
que me toquen a la vieja. Uff! ¿Sabías que cuando tenía 5 años, casi me ahogo
en la bañera por la puta narcolepsia que sufría mamuchi? ¡No tienes ni idea de
todo lo que ha pasado esa mujer, como para venir tú a venderle un cupón para un
viaje a la Sierra de Caravaca, donde sorteas un humidificador! Eres un mal
bicho y la has jodido bien. ¿Por curiosidad, a cuánto les vendes el
humidificador de los chinos a tu grey de desgraciados? ¡Qué traviesa que eres…
No te me vayas! Ahora vuelvo. Voy un momento, a saludar a tu camarilla, en el
cuarto de los nenes y las nenas fetales…Ja,ja,ja! ¡Hola, chicos. Qué alegría.
Comienza la fiesta!
7
años después
Sigfredo
Otaiza. Vive en Austria y es uno de los mejores especialistas en terapias de
meditación y apoyo a gente con estrés postraumático. Una hermosa mañana de mayo
en la hipnótica Salzburgo: se quedó saboreando una taza de café expreso de la
máquina del capo Clooney. Pensaba— qué extraño es el mundo, llevo unas 364
semanas sin ver su cara, sin admirar su transparencia, y sus falsas artimañas.
La conciencia está bloqueada. Cogí mi attache y mi americana de Donna Karan. Un
taxi Uber me esperaba en la puerta del patio y me acercó al Hotel Sheraton
donde tenía mi conferencia. Durante el trayecto. Sólo pensaba en todos aquellos
tipos encima del futón de la vecina Zen, Ágata. El montón de sangre, ojos
colgando, orejas cortadas, brazos con muñones sangrantes, gente sin pies. Otros,
con sus lenguas colgando. Mujeres sin nariz. Tripas por todo el suelo:
intestinos de todos los tamaños. Era la mayor orgía del horror que se pudiera
haber organizado desde una perspectiva y un plano meditativo milimétrico.
Intento olvidarme de todo, aquello, de como pude escaparme y crear una nueva
identidad. Ahora soy Bernardo Kliman, un tipo doctorado por la Universidad de
Berlín y uno de los grandes gurús del Mildfulness. A día de hoy sólo me
preocupa morir ahogado. De inmediato, percibo, que estamos saliendo de la
capital del genio Mozart y el vehículo ha tomado una ruta a su libre albedrio.
Vamos por la autovía del Este. De fondo, se escucha en el equipo de música New
Age, la jodida voz de la tristona irlandesa Enya. —La detesto. Le digo al
chofer que a dónde cojones se dirige… (En un correcto alemán) —Una voz femenina
lejana, pero muy cercana, a la vez, me contesta en inglés— To nice place...
Relax, Mr. Sidfredo… La ventana protectora se cerró de golpe y comencé a recordar
con suma tristeza (mientras el
nerviosismo del viaje —de la conductora— iba haciendo mella en mi control)
a mi madre. Joder! Cómo se murió. Aún tengo las manos mojadas por las risas y las
lágrimas que la envolvían y acariciaban sus mejillas. La belleza de sus ojos
cerrados, su hermosa boca y sus suaves frías manos de finos dedos. La sencilla
alianza en el anular (del cabrón del viejo) que siempre se portó como un auténtico
canalla. Pienso en ella y sigo fijando su esplendorosa imagen: la más bella y hermosa; que
mis ojos han podido ver en toda su existencia. Me indica que no todo lo malo es
maldad. Y que tal vez mi desprecio a lo ajeno sea debido: a su perfección, a su
total dependencia, a su angustia, a su debilitada y pobre alma por el castigo
infligido de la bestia de mi padre. Los reproches, los golpes físicos, las
humillaciones. La llenaron de melancolía. Aquella tristeza que le acompañó
diariamente, y fue, mi infancia. Un precio demasiado duro que, en contra de mi
voluntad ha devuelto, ese sentimiento kármico hacía la conductora, la cual, se
dejaba ver a través del retrovisor.
Altamente
protegida por unas enormes gafas de sol negras de Fendi. Observe una pequeña
cicatriz en el mentón de su cara. Sabía quién era, Ágata y ella quien era yo, Sigfredo.
Vecinos y algo más. El ratón tenía al gato en su sillón, el mismo, que le
destrozó la vida y que convirtió el oxígeno, en una mácula con la que vivir y
recodar el horror de la bestia iracunda. Le pregunté: ¿Ágata, qué quieres de
mí?¿Qué quiero de ti, desgraciado? Aquella situación dentro del impoluto
Mercedes de la clase A; era como un boomerang peligroso: golpeaba y volvía a su
dueña. Una extraña y peligrosa dependencia. Me quedé en silencio. No era capaz
de caber, entre tanta frialdad, en esa nueva imagen de mujer independiente,
fuerte y solvente. Por fuera, la veía como la culpable de mis oscuros
pensamientos. Los mismos que se repetían todas las noches —desde el asalto, a
aquel chiringuito— de Meditación en Saturno. Notaba que todo lo imaginado en mi
psique, sonaba despreciable y absurdo. Como bien dijo, Ágata, cuando ya
quedaban menos de 500mts a la entrada del lago. —Palabras con las que plasmas tu personal e
inexistente débito. ¡Ahora, cabrón! Ante la evidencia, de tu ignominia. ¡Eh, don macho! ¿Ahora, qué, Sigfredo? esto, te perseguirá hasta, tu último hálito: el correteo continuado de silencioso arrepentimiento. Tu salvaje desfachatez y
ese puerco anhelo que posees, no tienen límites y “el porqué de sus lágrimas” no
es más que una máscara más, como deduje en mi consulta de Saturno.—De repente,
sentí miedo, algo de angustia y parálisis, ante sus certeras y valientes
palabras. Aun así, puede observar como ella, se giró forzando su perfil
enrojecido y alterado. —Esta es la última cara que vas a ver, antes de morir.
El monstruo quedará sepultado en las inmensas y hermosas aguas del lago Fuschlsee.
—Se cambió de golpe. Bajó la ventanilla y se quitó las gafas delante de mí. ¡Mírala bien, pringao! Esta es la cara de una saturnina en el siglo XXI. Me recorrió un escalofrió
que se reveló como todo el pesar del agua entrando dentro del vehículo. La
enormidad de aquel lago hacía que el hundimiento fuera más rápido. Traté de
soltarme el cinturón de seguridad. Pero sólo me encontré entre carpas, dosieres
de Mildfuness, barbas postizas, pasaportes extracomunitarios, lentes de presbicia, una botella de Armani y una navaja de afeitar. Mientras las bolas de agua que expulsaba mi boca completamente repleta de búrbujas,
hacía imposible encontrar la triste belleza de la mujer de mi vida: mi madre. Desde
la orilla, una mujer muy parecida a Ágata, le reconfortaba con una toalla.
—Esbozó una larga sonrisa y emocionada le dijo a la otra mujer—Gracias, Satu. De
verdad. Te quiero mucho, cielo. —No creí aquello de que la venganza se sirve en
un plato frío, Satu—Y muy mojado. Risas y besos.
FIN
Dedicado a Luke Perry octubre 1966/febrero 2019 In Memoriam
El
biplano que pilotaba Alexander Jakov iba dando tumbos, tras ser alcanzado por las defensas antiaéreas. Los daños eran muy graves; fallaba la bomba de aceite y
los depósitos de combustible habían sido agujereados. Perdíamos gasolina a
chorros. Al teniente AJ no le quedaba otra opción que buscar algún claro para
el alunizaje. No hacía mucho tuvo constancia del vuelo por encima de la costa
mediterránea, gracias al radiotelegrafista. Empero la maniobra llegó bruscamente.
A pesar de la pericia de Jakov y la convicción, en él, de sus cinco compañeros;
la elíptica inclinación del aparato hizo que el morro se arrastrara por un
suelo arenoso y desigual, haciendo que la hélice de aquel viejo Heinkel 111 se
partiera en tres trozos. Finalmente, el cazabombardero, comenzó a frenarse,
ante unos árboles que flanqueaban el claro de un humedal. El teniente Alexander
Jakov, empapado de agua y barro, tenía un fuerte acúfeno en el oído izquierdo.
Un ruido ensordecedor, que le hacía gritar horrorizado. Su cuerpo se sacudió
violentamente, mientras lo que quedaba del vetusto biplano yacía, en una enorme
nube de polvo y humo. Lanzó alaridos de los nombres de su tripulación. Aunque,
lo único que se escuchó fue una brutal explosión en el tanque de cola. Se hizo
un silencio sacro y tenebroso. Algo tan conmovedor como el olor metálico de la
sangre fresca. Huele a cobre recién cortado. Es un olor limpio e impersonal, que
sorprende la primera vez que se percibe. Luego cambia rápidamente a un aroma
fétido, quizá más dulce, al morir las células y cuajar los hematíes. La luz
matinal se filtró por la ventana de la exigua habitación e iluminó el rostro —lleno
de cortes e incrustaciones— de Alexander, quien abrió el ojo libre de vendaje
para ver que se encontraba en una cama que gruñía con el más leve movimiento de
su cuerpo.
Estaba
aturdido y confuso. Le vino a la memoria el aterrizaje forzoso y el terrible
choque final contra los árboles, pero no recordaba nada de lo sucedido después.
Pasó su mano por encima del vendaje de su ojo y temió tener una herida que
pudiera privarle de seguir siendo un piloto. No obstante, esa preocupación la
dejó para otro momento. Ahora lo que más urgía era averiguar dónde estaba.¿Quién
le había atendido y que harían con él? ¿Cómo logramos
despreciar nuestro cuerpo y someterlo a una profunda dejación? Cuando el alma
que lo posee lo azota sin castigo. Había sido abatido en territorio republicano
y eso hacía que su futuro más inmediato, probablemente, no fuera muy halagüeño.
Ya que pilotaba un bombardero de la Luftwaffe. Retiró la manta que cubría su
cuerpo y comprobó que sólo tenía algunos golpes, rasguños y un tobillo vendado.
De inmediato, comenzó a oír unas voces provenientes de fuera de la habitación y
se volvió a cubrir con la manta. Escuchó una conversación sin lograr entender
nada. Alexander no sabía ni una sola palabra de español, pero lo había oído
hablar, y llegó a la conclusión de que lo que escuchaba era probablemente; una
lengua autóctona del país. Esto no le animó en absoluto, dedujo que quienes
estaban al otro lado de la puerta de la habitación eran; o bien anarquistas o
comunistas, o quien sabe qué, dispuestos a llevar a cabo el interrogatorio de
turno. Jakov, era lo que se dice un hijo de matrimonio entre alemanes y
polacos.Era un tipo creyente, de esos que piensan, que llamamos alma a una
gran virtud, por el hecho de ser la conciencia del ser humano. Algo así, como el
principio de los mayores sentimientos.
Todo
un mágico contubernio de emociones que nos permite hacer las locuras más
inimaginables y llegar hasta los estadios más altos de la degradación humana.—Y
se preguntaba: ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Dónde está Tessia y que lejos queda la
hermosa Cracovia? Yo teniente del ejército nazi... Cómo puedo llevar estas
ropas, si son mis enemigos. Me desangro y sólo veo el sagrado corazón de mi
Dios. Gracias a él, la sensación de angustia se apaciguaba. Una ambulancia
republicana me sube en una camilla. Dicen que me van a hacer una transfusión y
me preguntan mi grupo sanguíneo. Les digo que soy del grupo AB, receptor
universal. Empero, cada vez estoy más débil y siento un susurro perturbador en
el viejo hospital. Algo así, como, este tipo va a necesitar mucha sangre… El
bazo lo tiene destrozado. No hay suficiente cantidad... Es el fin, de mi viaje.
Pierdo el conocimiento y despierto postrado en una cama con un cabecero
enrobinado de color blanquecino agrietado. A juzgar por mi barba, llevo dormido
más de 48 horas. La verdad, es que no tengo ni puta idea. Un médico con sonrisa
de felicidad permanente; me dice que me han operado y todo ha ido muy bien. Me
han sacado metralla del intestino delgado y me han extirpado el bazo. También
me han eliminado unos pequeños trozos de metal del avión, que andaban por el
jodido fémur.
No
recuerdo muy bien las lecciones de anatomía de las clases de Ciencias, pero me
hago una idea. A pesar de la sonrisa, casi de gilipollas, aquel Dr. Era una
eminencia. Un tipo legal y con un gran sentido del deber. Gracias, amigo. Me
contestó de nada con un; “You´re welcome, friend”, en un perfecto inglés. ¡Qué
alivio, el cirujano de la sonrisaafable hablaba
inglés! España es sorprendente. De repente, recuerdo aquel humedal lleno de
barro y rodeado de mi equipo de cabina; el radiotelegrafista muerto y el
segundo piloto artillero con las tripas fuera, en un enorme charco de sangre y
juncos. No recuerdo nada de la misión. ¿Pero, cómo demonios acabé pilotando un
Heinkel 111 sobre el Ebro? Le pregunté al médico de la sonrisa que hablaba
inglés, si sabía de alguien de los que perecimos en el aterrizaje y con una gran
mueca me dijo; todos muertos. Don't worry Lieutenant… Se pondrá bien. Y,
please, ¿qué sitio es éste? Estamos en el Hospital militar Pére Virgil de
Barcelona. Sonreí y le mostré el pulgar en alto. Volví pleno de cansancio al
territorio de Morfeo. Cuando desperté, me vi en un chamizo, sonaba de fondo “el
día que yo nací” de Imperio Argentina”. Se me acercó un capitán italiano, de
bigote ridículo y me dijo: el tenente de la Germania. ¡Ya está presto! ¡Bravisimo!
¿Pero, dónde cojones estoy por Dios? Andiamo, amico, stai nella capitale del
regno, tenente... Madrid! Y allí me quedé con los ojos llenos de pánico.
Mientas el capitán italiano subía el volumen de la radio y bailaba como poseído
por el diablo…Ya lo dijo Dios; quién es malo en el cielo, irá al infierno.
FIN
Dedicado a Albert Finney mayo 1936/febrero 2019 In Memoriam
Seis
años dicen que se tardan en escribir una gran historia, donde la tinta negra se
convierte en roja. Roja como la sangre de un corazón perforado, por una flecha envidiosa
y traicionera. en plena pasión de la vida. La leyenda de una historia sin
futuro; tan cercana y tan lejana, como tantas otras vistas, a lo largo de
nuestras vidas. Atestada de ausentes emociones de los instintos, envueltos entre
recuerdos —inverosímilmente fieles— de lo que sólo ocurrió en secreto. Entre provocaciones implacables y complicidad, a base, de medias sonrisas en las que caben
universos enteros. Tantas noches amándose en —el borde de— un precipicio
insostenible. Aún, a sabiendas, que no podían mantenerse más horas de las que tenía
el reloj. Si se dieron una pequeña tregua para tomarse la justicia por su mano.
En aquella pensión barata con la piel a trozos y un aura malvada que los sitiaba
—de nuevo— para no permitirles ignorar; que algo cambió el día que se
conocieron. A veces, ni se miran de las ganas que se tienen el uno al otro.
Puede que esté roto el fregadero o se haya terminado la bombona de gas.
Pero
siempre, liquidándose, pensando que la vida no ha continuado, ni se ha movido. Todo
un bloqueo por su sempiterno roce de historia. Creen que no han hecho cosas
serias ni trascendentes. Tienen el mismo gris que un cuaderno de Rubio. De libros viejos, que dicen inservibles, algunos
magistrales y otros regalados; en los coleccionables de la televisión obispal.
Algo no iba bien. De repente, observé que la tinta se había ido borrando hasta
adquirir un tono más pardo que azul. El libro de notas había sido adquirido y
escrito en fecha reciente: eran las memorias de nuestra vida. Todo lo que
habíamos vivido antes de la gran tragedia. Mis manos comenzaron a temblar.Aquel libro no era igual que los tediosos libros de esos bisoños rompelápices de autoedición, hechos en la imprenta de un barrio con olor a
nuevo rico. No eran ese tipo de libros: iguales y de idénticas palabras. Aquella
historia fue retroalimentada en nuestros propios secretos, la certeza del
desgaste de un secuestro y años de rehabilitación en el hospital.
Recuerdos
que sólo existen en lo más estrecho del hipotálamo y el último hálito de
nuestras retinas. Los mismos, que inexplicablemente, estropean el motor del
tiempo; y así nunca saben cuánto tiempo ha pasado sin verse ni cuántas cosas no
hicieron. Ella y su temor a ser una niña vieja. Su autonomía implacable, su
alrededor prescindible, su protección incondicional. Sus compañías engañadas
que miman su vanidad. Su soledad, siempre. Como los domingos de él, convertidos
en un litro y medio de whisky y sus rendimientos capitalizados a día de hoy: Él
y su patética ambición: revés tras revés. Una libertad hipotecada en la
candidez y la falta de arraigo. Sus jodidas amistades y su aberrante
promiscuidad.Ninguno se
sorprende que tantos kilómetros de mar, no hayan conseguido ahogarlos en el
fondo del abismo.
A
los dos la vida les ha manchado, pero ninguno se sorprende de que les haya
machacado a la vez.Empero esta vez no
aceleraron voluntariamente la respiración, no firmaron un contrato de los de
“cama a doce euros la hora”, a condición, de quererse hasta morir. Sólo, durante un par de minutos, después de alargar un domingo imprevisto; se rozaron
los labios, de rondón, para no cometer el error de besarse. Simplemente, por
cerrar los ojos un momento y sentirse como antaño, en casa. Únicamente por
agradecerle a la vida otro encontronazo inexplicable que reaparece cada vez que
sus vidas están cambiando. Un cambalache para recordarles; que los perdedores
están señalados de por vida. Ahora, solamente, queda el hedor de los cuerpos en
descomposición y un aura de ternura que no tiene nada que ver con la auténtica
realidad de ellos. Los rincones de aquella vivienda enterraron los últimos
secretos de un amor imposible: un gran libro de seis años.
Dedicado a Claudio López
de LaMadrid enero1960/enero 2019 in Memoriam
El
sol de medianoche comenzó a buscar un ocaso efímero, a medida que el astro daba
visos de crepúsculo intermitente. La tierra de fuego eternizaba mutis en toda
la comarca. Apenas, quedaban hilos de vida, de otrora un jolgorio más incisivo.
Sí, era el tiempo de los alisios de Orión. Ahora aquel lugar, idílico,
construido de pequeñas chozas y cuevas silentes, permaneció de por vida como
forja de esclavos. En el mismo centro de la tierra de fuego; se alza un gran
castillo medieval de color rojo. Las llamas surgieron de las murallas de la fortaleza,
pero no chocaban con la cobriza piedra. De su interior, aquellas flamas
estallaban como truenos en una travesía por mar de Arwen. Gritos de hombres y
mujeres, que luchaban por intentar salir con vida.Se vislumbraba un inmenso
figón abierto, una batalla por la libertad y la honestidad, aguardaba entre
unas desesperadas tropas, sin control. Las chispas de las espadas que se
golpeaban entre sí eran la única fuente de luz durante toda la medianoche.
Desde el suelo del gran salón, ahora convertido en estanque rojo de esbelto
diseño de mármol rosa, flotaban cadáveres.
Cuerpos
inertes de aquellos hombres y mujeres que lucharon por algo más que la libertad.
Nada pudieron hacer contra los sicarios profesionales que contrató la reina
Boudica. Horda tras horda llegaron. Sin importar el número, no tenían ninguna
posibilidad contra el rebelde Tardisius y su espada de fuego. Una espada hecha
del mejor hierro de las tierras azules del este. La habitación se quedó en
silencio, momentáneamente, ya que no llegaron más tropas. La sangre le corría
por la cara, mientras comenzaba a sonreír. Se levantó del suelo y sacó su
espada cubierta de cartílagos. Repartiendo esgrima por los cuellos de quienes
se atrevieran a blasfemarla. Una rosa blanca, que llevaba puesta en la cabeza,
se puso roja, al igual que su sonrisa: la cara llena de salpicaduras de sangre
densa. Ahí, en ese instante, la reina Boudica retiró su espada de los corazones
de sus enemigos. Miró la hermosa hoja y se quedó atónita al ver su propio
reflejo. De repente, se cortó la lengua con la gran tizana. Entre la catarsis
del sacrificio personal y el sabor de la propia sangre; que dejaba caer por su
garganta. Pensando en una victoria, sobre el rebelde Tardisius. Los
incondicionales del insurrecto parecieron encogerse ante el escorzo de la reina
y su cara de poseída. Momentos de duda que las pocas huestes mercenarias de
Boudice se compadecían. En ese momento, de auténtico brillo radiante, los
talones de ella caminaban como un leviatán.
Marchó
sobre los enemigos debilitados hasta que sus corazones y cabezas acabaran por
desangrase. Pasando, a través del lago de cuerpos caídos, Boudica empujó el
foso de las grandes puertas de piedra negra. Allí
yacía, detrás de las puertas, el trono sobre el que se sentaría hasta su muerte.
Un gran trono, apto para dos, hecho de enredaderas de estrados con flores de
loto y orquídeas. La reina soltó un suspiro de fatiga, estirando los brazos en
el aire. Se lo tomó con mucha calma. Insertando la espada entre su pecho,
apuntando primero, a medida que se iba reduciendo en su cuerpo. Desde el sillón
real, fácilmente, le dio una patada con tal fuerza que un talón penetró la
cabeza de un guardia de cohorte de Tardisius que estaba escondido detrás de un
pilar. En las afueras del vetusto reino de Larios, un niño contemplaba los
fuegos. El viento arreciaba del norte y se abrochó el armiño y su guerrera de
color blanco. Se ató un pañuelo rojo alrededor de su cara inferior. Dio un
salto ágil y dejó su posición de rodilla, en alerta, para cargar sus dos
espadas de acero sajón; que colgaban de sus lados opuestos a su cintura. Dos
espadas colocadas sobre su espalda, a modo de una equis. Con una sencilla y
pasmosa facilidad, el joven se mostró a sí mismo, retirando parte de la nieve
que el viento había hecho caer de las copas de los abedules y cubría sus
hombros.
En
medio de la espalda otra espada más pequeña pero de filo doble y punzante. Con
su pulgar, limpió la superficie de la hoja, revelando un hermoso brillo y una
inscripción por la empuñadura. En un texto en cursiva se podía leer el nombre
Alea jacta est. Una lágrima se deslizaba por el pómulo izquierdo del joven
lozano, mientras limpiaba pequeñas impurezas del mango. De repente, se escuchó
un estruendo de voces al unísono:“Tardisius, Tardisius”, nuestro rey. El
nombre era el recordatorio, de que todo el reino de Larios esperaba al joven
guerrero. Es evidente, que nunca podría perdonar a la caprichosa y tirana reina
Boudice por sus malas acciones contra él. No, él no era lo más importante. Lo
verdaderamente transcendental era el pueblo de Larios. Ni una plegaria de
rodillas, de aquella hermosa mujer de cabellos rubios, madura y antojadiza, le
salvaría de su muerte por el vacío del desfiladero. Ni siquiera, el hecho de
ser la hermana mayor de Tardisius. La ley y el deseo del padre de ambos se cumplían
desde el lecho de muerte, del mismo padre que agonizó, enfermo del corazón a lo
largo de veinte malditos años. La explosión de gozo humano en Larios era la
mejor noticia del último siglo de la edad oscura y los peligros.
Dedicado
a Franco Zeffirelli febrero 1923/junio
2019 in Memoriam
Fotogramas adjuntados Die Nibelungen: Siegfried 1924 by Fritz Lang
Exalibur (1981) by John Boorman La corona di ferro (1941) by Alessandro Blasetti, Conan the Barbarian 1982 by John Millius
Casi
no nos acordamos de cómo era aquel tiempo; unas veces bueno por la frugalidad
de sus días y en otras ocasiones, malo por lo perecedero de su significado.
Nunca estaremos seguros si lo mejor de aquellos días, pudo ser lo más propicio.
Cuando imagino que tú estarás olvidando lo inolvidable, a tu lenta manera, esa
manera, tan tuya, que en la mayoría de las veces, terminabas por arrepentirte.
Empero, no te aflijas por tus errores ni recapacites y piensa, en aquellos días
como algo marchitó, que no resucitará por toda la esperanza del mundo,
convertida en nostalgia. Tras ella, emerge con timidez una mirada, unos
pómulos, un rostro descolorido, apagado. Una mano de curtidos dedos se apoya en
el borde de la puerta de piedra. Tras un gemido de placer que resuena en la
entrañas de este ser. Con un impulso vehemente posó sus pies en la hierba.
Y
desaparece entre las sombras. Pero es hacia adentro, en las entrañas de su
interior, donde queremos postrar nuestra mirada y nuestra atención. Disuadimos
al observador cauteloso y nos introducimos en la sombra del recinto. Solo una
hilera de candiles recién apagados, guiaban a los otros. Todos ellos conducen a
un polvoriento pasadizo de aire cada vez más vicioso e irrespirable.
Proseguimos descendiendo sin ver el final de nuestro camino, tan oculto y
lejano como lo está ahora nuestro regreso.Nuestra
vida se tiñó de rojo y negro: el rojo de la sangre en la que se ahogaron
nuestras víctimas, el negro de nuestro silencio.
Sí,
amor mío, porque, callándonos, ocultamos el dolor y la culpa que albergábamos
en el corazón: preferimos hundirnos en la farsa del jolgorio que nos ha ido
matando poco a poco. Y eso hace que seamos dos fantasmas, porque, en el país
lejano, también eres una especie de espectro, con el rostro pegado a la ventana
de otra civilización: observando otras vidas. Y muchas de las cosas que ves,
como la armoniosa vida en la sábana, tienen otra cara. Una grieta en la pared
de un nicho dejando caer polvo y tierra tras su movimiento que comienza a abrirse.
Dando sombra a la oscura noche. Como un parpadear de ojos nocturnos alumbrados
por una linterna de mano…vemos, sentimos y agonizamos. Llega el oxígeno y con él, un final. Nos aproximamos
sin dilación y emergemos a una gran sala. El tictac de las antorchas por la
corriente de aire, se pierde en su infinito techo.
Columnas
elaboradas y estatuas humanas de agonizantes rostros nos rodean. Sin embargo, ni
si quiera sus manos arañándose la cara, nos hacen mirar atrás y decidimos seguir adelante. Estatuas de miradas perdidas, vamos dejando tras nosotros, pausas
de luz y sombra, hasta llegar a un pórtico bien
cuidado. En su centro un símbolo: una luna traspasada con una aguja
verticalmente ,y este alfiler, con lo que parece una gota de sangre en su extremo afilado.
Daba una sensación de alejamiento, de hallarse la palabra, flotando en medio de
una nada blanca, sin un alrededor posible.Concluyendo
que Soledad sería el nombre más hermoso y adecuado a una existencia de tristes
lémures.
Dedicado a Narciso Ibáñez Serrador 4 Julio
1935/7 Junio 2019 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
The
Ghost and Mrs. Muir (1947) by Joseph L. Mankiewicz
Kaidan (1964) by Masaki Kobayashi
La
torre de los siete jorobados (1944) Edgar Neville
Y
desde que ocurrió, aquel hechizo de esa lluviosa tarde, ha pasado tanto tiempo; que ya casi no lo echo de menos... A veces recuerdo como solía ser, al pasar
por la fachada de ese lugar, que trae todos esos recuerdos, los cuales, pienso
que no deberían de haber ocurrido, pero ocurrieron.No obstante, creo, que si
no hubieran sucedido los añoraría aún más. Me vienen a la mente algunas
palabras —vagamente e incluso se me arranca alguna carcajada— de aquellas que
te salían a ti. Es raro porque en realidad ya no me hace gracia. Si les soy
sincero, sonrió dolor por todos mis poros. Todo aquel mundo se desvaneció por
arte de magia. Los dos éramos seres ajenos a lo exterior y así nos sentíamos
bien; vivos y coleando. Seres intrusos y extraños a todo lo que, en ese momento, no nos acariciaba y envolvía.
Se
nos antojaba una presencia invisible, como si hubiéramos sido dos animales
indolentes que no creían sentir nada. Sin embargo, lo enumeraban todo: un
aroma, un golpe de viento, un ruido de un trueno, el olor de la tierra mojada.
¿Quiénes se atrevieron a pensar que no sentíamos o pretendíamos dar esa
sensación fingida? Simplemente nosotros primero y después este jodido mundo.
Ah, del mundo! ¡La madre que lo parió! Ahí sigue. Todavía no sé lo que hago por
no saber qué fue lo que te alejó, te cansó y te mantuvo tan lejos de mis labios.
Pasa el tiempo y las manecillas del segundero cada instante y esa razón la sigo
viendo menos clara. Quizá sea esa comezón que me está carcomiendo entre desidia
e indiferencia.
Igual es el momento de cortar por lo sano y
dejar las putas paranoias, a un lado. De quitar el ojo de mi sombra, relajarme y ¿por qué,
no? Sentirme distraído. Ipso facto, La imagen mental de mí, me produjo escalofríos,
y, volví a la charla: desairado y evitando entrar en detalles. Intente
cambiar de tema todo lo que pude, y, poco a poco, la conversación con el agente
de policía tornó a ser más amigable, lo cual no me hizo mucha gracia. Decidí tirarle
el vaso de plástico con café en sus pantalones. Aquello consiguió
que ella se desternillará de risa. A mí también, me pareció gracioso. En fin,
al agente de policía de tráfico no le gustó nada la broma y terminó esposándome
y llevándome en su coche al cuartelillo.
Le
pareció que una cosa era empatizar y otra humillar. Me leyó mis derechos y allí
terminé con las manos atadas al asiento trasero. Volvió tu voz a mi cabeza y
escuché: Ya no volveremos a experimentar ese dolor placentero, un dolor
tranquilo, un dolor pacífico: un dolor nauseabundo. Recorrerás ese lugar, mirarás a ese sitio, te
acercarás e inesperadamente te sentirás extraño, raro, ausente de ti, de tu
forma de ser, pensar y manipular. Volverá un dolor pero esta vez un dolor triste y terrible, en la más absoluta oscuridad. Sí, Andrés, está vez, no es cuestión de
interés. Ya es hora que acabes, donde tienes que terminar: encerrado el resto
de tu vida en una celda. ¡Te jodes, desgraciado! Ya está bien... Doy gracias a Dios, ya que hoy, el planeta nos acariciará; con un pequeño soplo de felicidad. Un lugar mejor. donde habitar y soñar con un nuevo futuro.
FIN
Dedicado a Rafael Sánchez Ferlosio
diciembre 1927/abril 2019 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
They
Made Me a Fugitive (1947) byAlberto Cavalcanti
Han
pasado tan solo dos semanas. Me parece una eternidad. Un la larga espera,
idéntica, a la búsqueda de la pubertad. Toda nuestra vida está dirigida al sexo
y la muerte. Por ello, intentamos comparamos, con la inmensidad de la vidas
alegres ajenas. Pero, en realidad, está pasando con más tipos, buscadores de
gloria efímera; que en el fondo es una gran parte de nuestra larga existencia. La
vida son tonalidades de la paleta de colores, matices, destellos y tonos muy
livianos. Una sola pequeña mota de polvo en el desierto cambiaría el destino de
millones de desgraciados que buscan manduca y agua todos los jodidos días.
Empero, aquí me hallo decidiendo si respirar hondo o acabar con la jodida
vecina y su mierdoso negocio del puto Mildfudness. Sí. La maldita puerta 3—un
servidor vive en la 4. Es decir, enfrente. Ya saben cómo funciona esto, es lo
más parecido a una casa de citas de todo tipo. Llamadas continuadas, a mi
puerta y repetitivas respuestas —de mala uva— diciendo; es la puertecita 4 Sres.
No hay forma de que la tipa coloque un letrero, idéntico al que reluce en la
roñosa puerta del chiringuito: “Saturno un lugar donde meditar es vida”. Puto cartelito de marras. Estás dentro
de casa y suena el tono cansino de la jefa de todo el cotarro: ¡Vamos, vamos! ¡Respiren hondooo! Muy hondo!
Contengan el aire en el estómago sientan como todas sus vísceras se
oxigenan. Sus venas mueven un mayor flujo sanguíneo. Ahora lentamente, bajamos,
el ritmo hasta quedarnos obnubilados con un punto fijo. Mirad ese led que
destila una luz violeta desde lo alto del rincón de la habitación y nos dejamos
llevar, por la quietud y el relax. Poco a poco, exhalamos e inspiramos, en
pequeñas cantidades. Y así se repite, día a día, como una cacatúa delante de una excursión
de colegiales en el jardín botánico. Ella a su cháchara y a medida, que van
saliendo sigue con la puta milonga: continuamos y nos damos la mano mirando el
techo y disfrutando del oxígeno que hemos generado en el cuarto meditativo.Imagínense, la película… Así todos los santos días, un
grupo de 14 personas, y a la salida, apoquinado 50€ de curso legal. Námaste, Námaste
Darío, Námaste, Paula, Námaste Nuria. Y tal y Pascual. Nos vemos y cuídense.
Dos días seguidos con la misma monserga, tras muchos meses, diría que dos años
desde que aterrizó en nuestra comunidad. Bien, Miss Saturno, a lo suyo: Uno,
dos, tres y cuatro. Ahora nos damos un pequeño giro y nos quedamos en posición
fetal. Disfruten esas saludables bocanadas del aire purificado gracias al
humidificador que luego sortearemos… (Siempre hay un motivo para hacer caja y
la ministra Montero buscando las facturas). Ahora notáis una sensación de
felicidad que cubre desde los pies a la cabeza. Las ovejas de Buñuel, encantadas
de pensar que van a gozar de una grandísima curiosidad: una vida longeva, y
como no, plena de apasionantes alegrías. Saturno puerta 3 es un lugar donde las
lágrimas son gotas de sempiterna alegría. De fondo suena el puto New Age y toda
esa música repleta de ñoñería irlandesa.
El
problema surge; cuando aparece el tipo que ha comenzado a escribirles toda esta
fraudulenta cantinela. Sí. En la puerta de la vecina, la del Mildfudnees. ¿Se
acuerdan? Bien, allá vamos. Ding, dong. Ding, dong. ¡Demonios!—Mis Saturno— ¿Quién
será? No tengo cita con nadie. Se acerca a la mirilla y esboza una sonrisa al
comprobar que soy yo y unos catálogos de Ikea. —Buenas noches, Ágata. Buenas
noches, Sigfredo. Mira cuando llegaba a casa me encontrado esto en el zaguán y
te lo he recogido. Ha sido imposible introducirlos en tu buzón. Estaba repleto
de documentos — Ella sonreía sardónicamente y me miraba con unos ojillos como
diciéndome— Te daba una patada en el culo y largo. En fin, aquí tienes. Ágata—extiende
la mano para recoger la publicidad del nuevo Ikea— y es cuando, Sigfredo,
esgrime un cuchillo Takamura recién salido de su caja —vía Amazon— para
estrenarse, en ciernes. De repente, Sigfredo, le corta toda la vena radial de
su antebrazo. Comienza a gritar. Ahhhhhhaggggg! Cabrón, qué dolor! En la
habitación lounge superinsonorizada la gente sigue tumbada, en posición fetal,
parecen los embriones del futuro parto de Alien de Sir Ridley. ¡Eh, Miss
Saturno… Tranquila, respira, cariño! Ves lo que ocurre cuando no gestionamos
bien nuestra capacidad de autorregulación del oxígeno enriquecido? —Je, je… Qué
te voy a contar…Ahora que cojones les vas a decir a toda tu grey, ahí tumbada
en el confort del tedio y el juegoflauta burgués. Ágata Morales, es el nombre
real de Miss Saturno. Está en estado de shock: llora y llora. Aunque, sus
gritos y sollozos son en vano. Está completamente blanca y temblorosa.
Sidgredo, le agarra el otro brazo y le hace un corte muy preciso de la zona
carnosa de la clavícula. Mira voy a sacarte un trocito de musculo suprespinoso.
Aquí hay un nervio muy jodido. Se puede ver el hueso y parte de los tendones. ¡Eh,
fortachona! No te me desmayes…Que he de terminar el libro que le vendiste a mi madre
“Mindfulness el arte de crecer”. Eso no está nada bien, querida Ágata. Ir a
sacarle 30 euros a una abuelita —pensionista— sorda y narcolépsica con fatiga
crónica. Ágata, te quiero entender. Empero, la realidad, es otra. Nos vemos
incapaces de tomar, consciencia de la experiencia vivida. ¿Cómo juzgarías toda esta rutina pseudozen…? Por no decir este puto paripé de adictos a la sugestión sin
control tributario. ¿Sientes que te ahogas? ¿Nunca habías visto tanta sangre en
tu puta vida? Es una espera eterna y angustiosa… No te preocupes llegará en un
par de minutos, ese deseado e inesperado fallo de oxígeno a tu cerebro y la
factura va ser muy cara. Lentamente, sin prejuicios, ni rencores. Algo así,
como si… Lánguidamente estuviéramos expiando todos nuestros pecados. ¡Cómo si el malvado que te está causando todo
este dolor y horror disfrutará de este envenenamiento de tu pequeño chiringuito
de adictos Cocoones al oxígeno purificado! No tengo nada contra ti, cielo. ¡Pero
que me toquen a la vieja. Uff! ¿Sabías que cuando tenía 5 años, casi me ahogo
en la bañera por la puta narcolepsia que sufría mamuchi? ¡No tienes ni idea de
todo lo que ha pasado esa mujer, como para venir tú a venderle un cupón para un
viaje a la Sierra de Caravaca, donde sorteas un humidificador! Eres un mal
bicho y la has jodido bien. ¿Por curiosidad, a cuánto les vendes el
humidificador de los chinos a tu grey de desgraciados? ¡Qué traviesa que eres…
No te me vayas! Ahora vuelvo. Voy un momento, a saludar a tu camarilla, en el
cuarto de los nenes y las nenas fetales…Ja,ja,ja! ¡Hola, chicos. Qué alegría.
Comienza la fiesta!
7
años después
Sigfredo
Otaiza. Vive en Austria y es uno de los mejores especialistas en terapias de
meditación y apoyo a gente con estrés postraumático. Una hermosa mañana de mayo
en la hipnótica Salzburgo: se quedó saboreando una taza de café expreso de la
máquina del capo Clooney. Pensaba— qué extraño es el mundo, llevo unas 364
semanas sin ver su cara, sin admirar su transparencia, y sus falsas artimañas.
La conciencia está bloqueada. Cogí mi attache y mi americana de Donna Karan. Un
taxi Uber me esperaba en la puerta del patio y me acercó al Hotel Sheraton
donde tenía mi conferencia. Durante el trayecto. Sólo pensaba en todos aquellos
tipos encima del futón de la vecina Zen, Ágata. El montón de sangre, ojos
colgando, orejas cortadas, brazos con muñones sangrantes, gente sin pies. Otros,
con sus lenguas colgando. Mujeres sin nariz. Tripas por todo el suelo:
intestinos de todos los tamaños. Era la mayor orgía del horror que se pudiera
haber organizado desde una perspectiva y un plano meditativo milimétrico.
Intento olvidarme de todo, aquello, de como pude escaparme y crear una nueva
identidad. Ahora soy Bernardo Kliman, un tipo doctorado por la Universidad de
Berlín y uno de los grandes gurús del Mildfulness. A día de hoy sólo me
preocupa morir ahogado. De inmediato, percibo, que estamos saliendo de la
capital del genio Mozart y el vehículo ha tomado una ruta a su libre albedrio.
Vamos por la autovía del Este. De fondo, se escucha en el equipo de música New
Age, la jodida voz de la tristona irlandesa Enya. —La detesto. Le digo al
chofer que a dónde cojones se dirige… (En un correcto alemán) —Una voz femenina
lejana, pero muy cercana, a la vez, me contesta en inglés— To nice place...
Relax, Mr. Sidfredo… La ventana protectora se cerró de golpe y comencé a recordar
con suma tristeza (mientras el
nerviosismo del viaje —de la conductora— iba haciendo mella en mi control)
a mi madre. Joder! Cómo se murió. Aún tengo las manos mojadas por las risas y las
lágrimas que la envolvían y acariciaban sus mejillas. La belleza de sus ojos
cerrados, su hermosa boca y sus suaves frías manos de finos dedos. La sencilla
alianza en el anular (del cabrón del viejo) que siempre se portó como un auténtico
canalla. Pienso en ella y sigo fijando su esplendorosa imagen: la más bella y hermosa; que
mis ojos han podido ver en toda su existencia. Me indica que no todo lo malo es
maldad. Y que tal vez mi desprecio a lo ajeno sea debido: a su perfección, a su
total dependencia, a su angustia, a su debilitada y pobre alma por el castigo
infligido de la bestia de mi padre. Los reproches, los golpes físicos, las
humillaciones. La llenaron de melancolía. Aquella tristeza que le acompañó
diariamente, y fue, mi infancia. Un precio demasiado duro que, en contra de mi
voluntad ha devuelto, ese sentimiento kármico hacía la conductora, la cual, se
dejaba ver a través del retrovisor.
Altamente
protegida por unas enormes gafas de sol negras de Fendi. Observe una pequeña
cicatriz en el mentón de su cara. Sabía quién era, Ágata y ella quien era yo, Sigfredo.
Vecinos y algo más. El ratón tenía al gato en su sillón, el mismo, que le
destrozó la vida y que convirtió el oxígeno, en una mácula con la que vivir y
recodar el horror de la bestia iracunda. Le pregunté: ¿Ágata, qué quieres de
mí?¿Qué quiero de ti, desgraciado? Aquella situación dentro del impoluto
Mercedes de la clase A; era como un boomerang peligroso: golpeaba y volvía a su
dueña. Una extraña y peligrosa dependencia. Me quedé en silencio. No era capaz
de caber, entre tanta frialdad, en esa nueva imagen de mujer independiente,
fuerte y solvente. Por fuera, la veía como la culpable de mis oscuros
pensamientos. Los mismos que se repetían todas las noches —desde el asalto, a
aquel chiringuito— de Meditación en Saturno. Notaba que todo lo imaginado en mi
psique, sonaba despreciable y absurdo. Como bien dijo, Ágata, cuando ya
quedaban menos de 500mts a la entrada del lago. —Palabras con las que plasmas tu personal e
inexistente débito. ¡Ahora, cabrón! Ante la evidencia, de tu ignominia. ¡Eh, don macho! ¿Ahora, qué, Sigfredo? esto, te perseguirá hasta, tu último hálito: el correteo continuado de silencioso arrepentimiento. Tu salvaje desfachatez y
ese puerco anhelo que posees, no tienen límites y “el porqué de sus lágrimas” no
es más que una máscara más, como deduje en mi consulta de Saturno.—De repente,
sentí miedo, algo de angustia y parálisis, ante sus certeras y valientes
palabras. Aun así, puede observar como ella, se giró forzando su perfil
enrojecido y alterado. —Esta es la última cara que vas a ver, antes de morir.
El monstruo quedará sepultado en las inmensas y hermosas aguas del lago Fuschlsee.
—Se cambió de golpe. Bajó la ventanilla y se quitó las gafas delante de mí. ¡Mírala bien, pringao! Esta es la cara de una saturnina en el siglo XXI. Me recorrió un escalofrió
que se reveló como todo el pesar del agua entrando dentro del vehículo. La
enormidad de aquel lago hacía que el hundimiento fuera más rápido. Traté de
soltarme el cinturón de seguridad. Pero sólo me encontré entre carpas, dosieres
de Mildfuness, barbas postizas, pasaportes extracomunitarios, lentes de presbicia, una botella de Armani y una navaja de afeitar. Mientras las bolas de agua que expulsaba mi boca completamente repleta de búrbujas,
hacía imposible encontrar la triste belleza de la mujer de mi vida: mi madre. Desde
la orilla, una mujer muy parecida a Ágata, le reconfortaba con una toalla.
—Esbozó una larga sonrisa y emocionada le dijo a la otra mujer—Gracias, Satu. De
verdad. Te quiero mucho, cielo. —No creí aquello de que la venganza se sirve en
un plato frío, Satu—Y muy mojado. Risas y besos.
FIN
Dedicado a Luke Perry octubre 1966/febrero 2019 In Memoriam
El
biplano que pilotaba Alexander Jakov iba dando tumbos, tras ser alcanzado por las defensas antiaéreas. Los daños eran muy graves; fallaba la bomba de aceite y
los depósitos de combustible habían sido agujereados. Perdíamos gasolina a
chorros. Al teniente AJ no le quedaba otra opción que buscar algún claro para
el alunizaje. No hacía mucho tuvo constancia del vuelo por encima de la costa
mediterránea, gracias al radiotelegrafista. Empero la maniobra llegó bruscamente.
A pesar de la pericia de Jakov y la convicción, en él, de sus cinco compañeros;
la elíptica inclinación del aparato hizo que el morro se arrastrara por un
suelo arenoso y desigual, haciendo que la hélice de aquel viejo Heinkel 111 se
partiera en tres trozos. Finalmente, el cazabombardero, comenzó a frenarse,
ante unos árboles que flanqueaban el claro de un humedal. El teniente Alexander
Jakov, empapado de agua y barro, tenía un fuerte acúfeno en el oído izquierdo.
Un ruido ensordecedor, que le hacía gritar horrorizado. Su cuerpo se sacudió
violentamente, mientras lo que quedaba del vetusto biplano yacía, en una enorme
nube de polvo y humo. Lanzó alaridos de los nombres de su tripulación. Aunque,
lo único que se escuchó fue una brutal explosión en el tanque de cola. Se hizo
un silencio sacro y tenebroso. Algo tan conmovedor como el olor metálico de la
sangre fresca. Huele a cobre recién cortado. Es un olor limpio e impersonal, que
sorprende la primera vez que se percibe. Luego cambia rápidamente a un aroma
fétido, quizá más dulce, al morir las células y cuajar los hematíes. La luz
matinal se filtró por la ventana de la exigua habitación e iluminó el rostro —lleno
de cortes e incrustaciones— de Alexander, quien abrió el ojo libre de vendaje
para ver que se encontraba en una cama que gruñía con el más leve movimiento de
su cuerpo.
Estaba
aturdido y confuso. Le vino a la memoria el aterrizaje forzoso y el terrible
choque final contra los árboles, pero no recordaba nada de lo sucedido después.
Pasó su mano por encima del vendaje de su ojo y temió tener una herida que
pudiera privarle de seguir siendo un piloto. No obstante, esa preocupación la
dejó para otro momento. Ahora lo que más urgía era averiguar dónde estaba.¿Quién
le había atendido y que harían con él? ¿Cómo logramos
despreciar nuestro cuerpo y someterlo a una profunda dejación? Cuando el alma
que lo posee lo azota sin castigo. Había sido abatido en territorio republicano
y eso hacía que su futuro más inmediato, probablemente, no fuera muy halagüeño.
Ya que pilotaba un bombardero de la Luftwaffe. Retiró la manta que cubría su
cuerpo y comprobó que sólo tenía algunos golpes, rasguños y un tobillo vendado.
De inmediato, comenzó a oír unas voces provenientes de fuera de la habitación y
se volvió a cubrir con la manta. Escuchó una conversación sin lograr entender
nada. Alexander no sabía ni una sola palabra de español, pero lo había oído
hablar, y llegó a la conclusión de que lo que escuchaba era probablemente; una
lengua autóctona del país. Esto no le animó en absoluto, dedujo que quienes
estaban al otro lado de la puerta de la habitación eran; o bien anarquistas o
comunistas, o quien sabe qué, dispuestos a llevar a cabo el interrogatorio de
turno. Jakov, era lo que se dice un hijo de matrimonio entre alemanes y
polacos.Era un tipo creyente, de esos que piensan, que llamamos alma a una
gran virtud, por el hecho de ser la conciencia del ser humano. Algo así, como el
principio de los mayores sentimientos.
Todo
un mágico contubernio de emociones que nos permite hacer las locuras más
inimaginables y llegar hasta los estadios más altos de la degradación humana.—Y
se preguntaba: ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Dónde está Tessia y que lejos queda la
hermosa Cracovia? Yo teniente del ejército nazi... Cómo puedo llevar estas
ropas, si son mis enemigos. Me desangro y sólo veo el sagrado corazón de mi
Dios. Gracias a él, la sensación de angustia se apaciguaba. Una ambulancia
republicana me sube en una camilla. Dicen que me van a hacer una transfusión y
me preguntan mi grupo sanguíneo. Les digo que soy del grupo AB, receptor
universal. Empero, cada vez estoy más débil y siento un susurro perturbador en
el viejo hospital. Algo así, como, este tipo va a necesitar mucha sangre… El
bazo lo tiene destrozado. No hay suficiente cantidad... Es el fin, de mi viaje.
Pierdo el conocimiento y despierto postrado en una cama con un cabecero
enrobinado de color blanquecino agrietado. A juzgar por mi barba, llevo dormido
más de 48 horas. La verdad, es que no tengo ni puta idea. Un médico con sonrisa
de felicidad permanente; me dice que me han operado y todo ha ido muy bien. Me
han sacado metralla del intestino delgado y me han extirpado el bazo. También
me han eliminado unos pequeños trozos de metal del avión, que andaban por el
jodido fémur.
No
recuerdo muy bien las lecciones de anatomía de las clases de Ciencias, pero me
hago una idea. A pesar de la sonrisa, casi de gilipollas, aquel Dr. Era una
eminencia. Un tipo legal y con un gran sentido del deber. Gracias, amigo. Me
contestó de nada con un; “You´re welcome, friend”, en un perfecto inglés. ¡Qué
alivio, el cirujano de la sonrisaafable hablaba
inglés! España es sorprendente. De repente, recuerdo aquel humedal lleno de
barro y rodeado de mi equipo de cabina; el radiotelegrafista muerto y el
segundo piloto artillero con las tripas fuera, en un enorme charco de sangre y
juncos. No recuerdo nada de la misión. ¿Pero, cómo demonios acabé pilotando un
Heinkel 111 sobre el Ebro? Le pregunté al médico de la sonrisa que hablaba
inglés, si sabía de alguien de los que perecimos en el aterrizaje y con una gran
mueca me dijo; todos muertos. Don't worry Lieutenant… Se pondrá bien. Y,
please, ¿qué sitio es éste? Estamos en el Hospital militar Pére Virgil de
Barcelona. Sonreí y le mostré el pulgar en alto. Volví pleno de cansancio al
territorio de Morfeo. Cuando desperté, me vi en un chamizo, sonaba de fondo “el
día que yo nací” de Imperio Argentina”. Se me acercó un capitán italiano, de
bigote ridículo y me dijo: el tenente de la Germania. ¡Ya está presto! ¡Bravisimo!
¿Pero, dónde cojones estoy por Dios? Andiamo, amico, stai nella capitale del
regno, tenente... Madrid! Y allí me quedé con los ojos llenos de pánico.
Mientas el capitán italiano subía el volumen de la radio y bailaba como poseído
por el diablo…Ya lo dijo Dios; quién es malo en el cielo, irá al infierno.
FIN
Dedicado a Albert Finney mayo 1936/febrero 2019 In Memoriam
Seis
años dicen que se tardan en escribir una gran historia, donde la tinta negra se
convierte en roja. Roja como la sangre de un corazón perforado, por una flecha envidiosa
y traicionera. en plena pasión de la vida. La leyenda de una historia sin
futuro; tan cercana y tan lejana, como tantas otras vistas, a lo largo de
nuestras vidas. Atestada de ausentes emociones de los instintos, envueltos entre
recuerdos —inverosímilmente fieles— de lo que sólo ocurrió en secreto. Entre provocaciones implacables y complicidad, a base, de medias sonrisas en las que caben
universos enteros. Tantas noches amándose en —el borde de— un precipicio
insostenible. Aún, a sabiendas, que no podían mantenerse más horas de las que tenía
el reloj. Si se dieron una pequeña tregua para tomarse la justicia por su mano.
En aquella pensión barata con la piel a trozos y un aura malvada que los sitiaba
—de nuevo— para no permitirles ignorar; que algo cambió el día que se
conocieron. A veces, ni se miran de las ganas que se tienen el uno al otro.
Puede que esté roto el fregadero o se haya terminado la bombona de gas.
Pero
siempre, liquidándose, pensando que la vida no ha continuado, ni se ha movido. Todo
un bloqueo por su sempiterno roce de historia. Creen que no han hecho cosas
serias ni trascendentes. Tienen el mismo gris que un cuaderno de Rubio. De libros viejos, que dicen inservibles, algunos
magistrales y otros regalados; en los coleccionables de la televisión obispal.
Algo no iba bien. De repente, observé que la tinta se había ido borrando hasta
adquirir un tono más pardo que azul. El libro de notas había sido adquirido y
escrito en fecha reciente: eran las memorias de nuestra vida. Todo lo que
habíamos vivido antes de la gran tragedia. Mis manos comenzaron a temblar.Aquel libro no era igual que los tediosos libros de esos bisoños rompelápices de autoedición, hechos en la imprenta de un barrio con olor a
nuevo rico. No eran ese tipo de libros: iguales y de idénticas palabras. Aquella
historia fue retroalimentada en nuestros propios secretos, la certeza del
desgaste de un secuestro y años de rehabilitación en el hospital.
Recuerdos
que sólo existen en lo más estrecho del hipotálamo y el último hálito de
nuestras retinas. Los mismos, que inexplicablemente, estropean el motor del
tiempo; y así nunca saben cuánto tiempo ha pasado sin verse ni cuántas cosas no
hicieron. Ella y su temor a ser una niña vieja. Su autonomía implacable, su
alrededor prescindible, su protección incondicional. Sus compañías engañadas
que miman su vanidad. Su soledad, siempre. Como los domingos de él, convertidos
en un litro y medio de whisky y sus rendimientos capitalizados a día de hoy: Él
y su patética ambición: revés tras revés. Una libertad hipotecada en la
candidez y la falta de arraigo. Sus jodidas amistades y su aberrante
promiscuidad.Ninguno se
sorprende que tantos kilómetros de mar, no hayan conseguido ahogarlos en el
fondo del abismo.
A
los dos la vida les ha manchado, pero ninguno se sorprende de que les haya
machacado a la vez.Empero esta vez no
aceleraron voluntariamente la respiración, no firmaron un contrato de los de
“cama a doce euros la hora”, a condición, de quererse hasta morir. Sólo, durante un par de minutos, después de alargar un domingo imprevisto; se rozaron
los labios, de rondón, para no cometer el error de besarse. Simplemente, por
cerrar los ojos un momento y sentirse como antaño, en casa. Únicamente por
agradecerle a la vida otro encontronazo inexplicable que reaparece cada vez que
sus vidas están cambiando. Un cambalache para recordarles; que los perdedores
están señalados de por vida. Ahora, solamente, queda el hedor de los cuerpos en
descomposición y un aura de ternura que no tiene nada que ver con la auténtica
realidad de ellos. Los rincones de aquella vivienda enterraron los últimos
secretos de un amor imposible: un gran libro de seis años.
Dedicado a Claudio López
de LaMadrid enero1960/enero 2019 in Memoriam