de Jon Alonso. Un espacio envuelto de cultura Noir
Aquella Navidad del abuelo de Gwendoline
diciembre 21, 2025
Jon Alonso
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La
noche es negra como la boca de una chimenea. Se extiende sobre la casa como una
neblina de humo, espesa y asfixiante. El abuelo dice: Tic, tac, desde donde
está, rozando la balaustrada, contando en silencio los segundos. Los minutos.
Las horas. Las cortinas de terciopelo cuelgan inmóviles. Todas las ventanas
están cubiertas excepto la del vestíbulo, donde la luz de la luna se filtra
sobre el rostro del hombre que asesinó a Gwendoline. Yace desplomado a mis
pies. La cabeza le da vueltas como un corcho de vino a punto de saltar. Tan
silencioso. Tan quieto. Podría engañarte pensando que nunca se ha movido. Que
siempre ha estado ahí, como esa silla o esa alfombra. Otro mueble inanimado y
sin gusto. Gwendoline me escribió una vez un poema sobre una casa que se comía
a la gente. Su boca era una puerta, sus dientes eran los pilares y la chimenea
su corazón palpitante. Las ventanas se convertían en ojos. Uno grande y
parpadeante, como si tuviera un secreto. En el poema de Gwendoline, yo soy la
columna vertebral.
Una
larga escalera curva que conecta un piso con otro. Sin mí, apenas hay cuerpo.
Desde el momento en que Gwendoline entró en la casa y deslizó sus dedos por mi
barandilla como una caricia en la mejilla: temblé y me estremeció. Sus pasos
eran silenciosos y suaves. Tarareaba mientras cocinaba y bailaba el vals en
pijama al son de las canciones navideñas de Bing Crosby. Leía en voz alta
frente a la chimenea, donde el resplandor anaranjado encendía su cabello
pelirrojo. Su aroma era como las páginas de los libros y flores prensadas. Sus suspiros
eran alientos en mi nuca. La amaba como solo una escalera puede amar: en
silencio y para siempre. He oído muchas historias sobre objetos que son como
personas. Pero lo único que he visto son personas que son como escaleras.
Siempre subiendo o bajando. Elegantes, robustas o sencillas. Sólidas o
desmoronándose. Sí Gwendoline fuera una escalera, conduciría a un sendero en el
jardín.
Las
enredaderas se entrelazarían alrededor de su delicada barandilla de hierro
forjado. Un gato perezoso dormiría en su tercer escalón, donde el sol de la
tarde dibujaba una pincelada perfecta de su luz. Ahora, Gwendoline no es nada, en
absoluto. Vuelvo a mirar al hombre destrozado que babea sobre la alfombra. No
era la primera vez que venía a esta casa. No, había venido muchas veces, dejando el correo, en el pequeño buzón amarillo, al final del camino de la entrada. Pero una mañana vio a mi Gwendoline mientras regaba los rosales. Vio
la bondad, en ella. Observó la forma de sus caderas, cuando se inclinaba, para podar
las espinas. Y todo cambió. Volvió esa noche, para pegar su cara a la ventana. Así como, la noche siguiente, y la siguiente noche... Lo observé, contemplándolo con ira, desde mi
posición, muy cerca del dormitorio de Gwendoline, en la primera planta. Impotente
para advertirle. Estuvo fuera toda una semana, parecía volver la tranquilidad,
en mí; cuando vi su silueta negra y aceitosa en la puerta. El pomo de la puerta
se sacudió.Deslizó una tarjeta de crédito por la rendija y lo intentó de
nuevo. Esta vez la puerta obedeció y él se deslizó hacia dentro, como una sombra
triunfante en la oscuridad.
Yo
solo podía protegerla, del mismo modo, que una escalera podría hacerlo: es
decir, de ninguna manera. Torpe maniobra de pensamiento, para alguien cagado de
miedo. Entró en su dormitorio. Pensé que oiría, algo, cualquier cosa. Un
forcejeo o un grito. No se escuchó ni un solo sonido. La belleza sucumbió, en
silencio. Pero sentí cuando murió, como un profundo suspiro en sueños. Tirito y me sacudo. Volvió al vestíbulo, más lento que antes. Y lo que hizo a continuación,
no puedo explicarlo. En lugar de marcharse, se giró hacia mí y me miró.
Directamente a mí. Vi las oscuras escaleras de piedra, de su ser, que conducían
a cavernas tan negras; que se tragarían una vela entera. Empezó a subir los
escalones. Si una casa es un cuerpo —por usar las palabras de Gwendoline—, pero
no queda alma en su interior, ¿sigue viva? Si una casa se come a las personas,
¿puede masticar, acaso, tragar? Esperé a que subiera hasta el rellano, con la
punta de su bota llegando al último escalón. Y me estiré. Las luces del abeto
de Navidad se apagaron y creí ver a la hermosa Gwendoline. Y, deje de estar
allí; mi alma se marchó muy lejos.
FIN
Fotogramas
adjuntados
Holyday
Inn (1942) By Mark Sandrich
The
Apology (2022) By Alison Locked
Lady
in the Lake 1946 By Robert Montgomery
Black
Christmas 1974 By Bob Clark
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Los últimos 400 metros de mi vida
noviembre 19, 2025
Jon Alonso
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Hicimos
el pacto en el vestuario, minutos antes de que sonara el timbre. Los demás
chicos ya estaban de corto y habían salido al campo cuando nos dimos la mano. Segis
y yo teníamos, poco en común, salvo nuestro desprecio por la actividad física y
el hecho de que siempre quedábamos los últimos o penúltimos en las carreras de
la clase de gimnasia. Estábamos tan por detrás de los demás niños que nadie, ni
siquiera Herminio Acosta, del que se rumoreaba que tenía una pequeña placa de
acero en la cabeza, o el caso de, Julián Salcedo; que llevaba un corsé
ortopédico por su escoliosis, amenazaba con quitarnos el puesto. Vamos, unos
cracks. Nuestra profesora, la Srta. Nasarre, añadía un toque sádico al exigir
al perdedor que diera otra vuelta de 400 metros al campo. Ella se refería a
esto como «la vuelta del hombre muerto», un término que acuñó cuando, tras una
de mis derrotas, me dijo que parecía que me dirigía a mi propia ejecución. La
Srta. Nasarre era más pequeña que la mayoría de los chicos e incluso que
algunas de las chicas de nuestra clase de octavo curso. Era delgada como un
chico de instituto y podía hacer veinticinco dominadas sin parar. Su rasgo más
llamativo era su tez manchada, que hacía que su cara pareciera un mapa, con
manchas de piel rojiza oscura rodeadas de otras más claras, como islas en el mar.
Ahora, pasados tantos años, podríamos haberle llamado Srta. Gorbachov. Era así, muy suya. Llevaba
chándal todos los días, sin importar el tiempo que hiciera, y nunca supe; si
esa afección solo le afectaba a la cara o también a otras partes del cuerpo.
Ella
se resistió a todas las súplicas que Segis (por aquello del diminutivo de su
nombre visigodo, Segismundo, menudo cachondeo) y yo le hicimos para que nos
eximiera de estas carreras. Él, alegó que tenía asma y yo le dije que sufría de
cualquier cosa que pudiera llevarme a la comodidad de la enfermería. La Srta.
Nasarre rechazó todas nuestras excusas como si fueran volantes de bádminton que
le lanzábamos suavemente a su lado de la red. Una vez acordados los términos
del pacto, Segis y yo corrimos al campo y nos pusimos en fila. Me invadió la
calma cuando nos miramos y asentimos con la cabeza. La Sra. Nasarre hizo sonar
su silbato. Los chicos del equipo de campo a través salieron disparados en
cabeza. Algunos de los otros atletas les seguían de cerca. El resto de los
chicos se agruparon en pequeños pelotones. Detrás de todos ellos, Segis y yo
(el yo, que me llamo Elio, quedó presentado) nos acomodamos en un tranquilo paseo.
La Srta. Nasarre, que afirmaba tener una visión superior a la de un zoom de 125
aumentos, se dio cuenta inmediatamente. «¿Qué les pasa a ustedes dos?», gritó
desde el otro lado del campo. «Uno de ustedes tendrá que dar la vuelta de la
lapida. ¡No me importa cuánto tiempo les lleve llegar allí!». La ignoramos.
Seguimos caminando, charlando y conociéndonos. A él le gustaban los cómics y
las películas japonesas de monstruos. Yo le hablé de mi colección de cromos de
fútbol. Él me dijo —que realmente tenía asma—,
y yo le confesé; que sufría de periostitis tibial, pero que eso no me producía
ni fiebre del heno ni mareos. Empecé a sentir que se creaba un vínculo entre
nosotros. En la última curva de la última vuelta, habíamos hecho planes para
ver la nueva película de James Bond durante el fin de semana. Tampoco habíamos
sudado ni una gota. El resto de los niños habían terminado y estaban
descansando en las gradas, donde siempre disfrutaban viéndonos luchar en la
recta final.
Los
abucheos de hoy eran especialmente fuertes, pero fingimos no darles
importancia. Decidimos comprar pizza antes de ir al cine. Estábamos a cien
metros de la meta cuando la Srta. Nasarre se reunió con los chicos. Se volvió
hacia nosotros y los insultos cesaron. Fueron sustituidos por algo peor. La
mitad de los chicos empezaron a animar a Segis y la otra mitad empezó a
animarme a mí. Yo estaba en matemáticas avanzadas y reconocí que se trataba de
una estratagema obvia. Pero entre Segis y yo se produjo un silencio incómodo
que me puso los nervios de punta. ¿Podría esta alianza de perdedores, en la que
nos comprometimos a cruzar la línea de meta exactamente al mismo tiempo para
que ninguno de los dos fuera el perdedor, romperse antes del final de la
primera carrera? Segis aceleró el paso y pronto me sacó medio paso de ventaja.
Me adapté para mantener el ritmo. «Hiciste un trato»— le dije. Los vítores
crecieron y nos empujaron hacia la meta como el canto de una sirena. Pronto
estábamos corriendo, o lo que para nosotros se podía considerar correr. Culpé a
Segis y decidí que no iría con él ni a comer pizza ni al cine. Estábamos a
setenta metros de la meta y no conseguía acortar distancias. «Aún puedes
cumplir el trato»—le dije. «Solo tienes que reducir la velocidad». «Tú reduce
la velocidad»—dijo él.
Ninguno
de los dos redujo la velocidad. No podía seguir así mucho más tiempo. La
combinación de verbalizar frases completas y correr era más de lo que mi cuerpo
podía soportar. «Mi asma»— jadeó Segis. «Tengo que parar. Para conmigo». ¿Podría
ser un truco? ¿Si yo reducía la velocidad, él aceleraría? ¿Qué sabía yo
realmente de Segis? No importaba. No podía seguir corriendo. No fue la
compasión lo que me hizo parar, fue el agotamiento.—Me detuve, y él también. Algunos
niños abuchearon, otros se rieron. Segis puso las manos sobre las rodillas. No
iba a ir a ninguna parte. Le dije que se sentara, y así lo hizo. Me senté con
él. «Gracias»— dijo.Respiraba con dificultad. Nos tumbamos en la pista de
atletismo, desgastada por casi todo un año escolar de carreras. El suelo estaba
fresco al contacto con mis brazos y piernas. Pronto su respiración se relajó.
Me preguntó si todavía íbamos al cine y le dije que sí. «Estoy esperando»,
gritó la Srta. Nasarre, «y también lo está el hombre que esculpió su lapida». Sonó
la campana. Algunos de los chicos gritaron algo mientras entraban, pero
nosotros ya no les escuchábamos. El cielo se había oscurecido y Segis dijo que
parecía el cielo de King Kong. Para entonces, el campo estaba vacío, excepto
por mí, Segis y la Srta. Nasarre.
FIN
Fotogramas
adjuntados
The
Loneliness of the Long Distance Runner 1962 By Tony Richardson
Chariots
of Fire 1981 By Hug Hudson
Jim
Thorpe: All American By Michael Curtiz 1951
Prefontaine
1997 By Steve James
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Lirios marchitos en Rota: Dios, patria y familia
octubre 20, 2025
Jon Alonso
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El
sargento mayor Elias Thorne, un hombre cincelado en la disciplina del cuerpo de
marines, y muchos años, a la espalda, como asesor, en misiones, bajo el mando
de la OTAN. Estaba muy cerca de su destino, en la hermosa, Cádiz. Aquella, que
asoma antigua, como un joyel sobre el poniente. Se abraza a la bahía mansa y
fugitiva, donde el mar se hace horizonte, dulce y fuerte. Apretaba con fuerza
las manos al volante de su Ford Mustang, mientras entraban en la Base Naval de
Rota. La brisa del Atlántico sur, envuelta en salitre se mezclada con el olor a
queroseno y diéselde los depósitos de
suministro para las aeronaves y vehículos.Ese, era el nuevo aire que respiraba
la familia, Thorne. Había un halo kármico entre la añorada Folly Beach de
Carolina del Sur y la costa de gaditana. A su lado, su bella esposa, Eleanor,
mantenía una sonrisa forzada. Detrás, la tensión era un muro palpable. Su hijo
mayor, Caleb, de diecisiete años, con la mandíbula tensa. Bajo una gorra de los
Yankees: miraba por la ventana con un desprecio, apenas disimulado. Los
mellizos, Phoebe y Jasper, de quince, estaban sumidos en la docilidad de una
silenciosa beligerancia. Phoebe, la intelectual, vestida de negro, evitaba la
mirada de Jasper, el atleta. Ese tipo de chaval, acostumbrado a tener el mando,
pero que ahora parecía mostrar encogimiento.—"Esta es una oportunidad,
chicos. Sol, historia... un nuevo comienzo", anunció, su padre Elías con
una voz que sonaba a orden militar, no a ánimo paternal. El "nuevo
comienzo" se deshizo en dos semanas. Bien, llegó el primer día, en la
escuela de la base: todo un microcosmos de hijos de militares de los EE.UU y
algún agregado británico o español con hijos en edad escolar. La llegada a un
base militar se lleva bien, estas acostumbrada, por USA. Pero, aquí se notaba
un ambiente entre lo exótico y cercano. Era como un golpe de flamenco (el arte de
esta tierra). Eso condicionalas reglas
sociales. Caleb, un recién llegado, se ganó rápido el respeto a base de
indiferencia, pero Phoebe fue una víctima fácil. Su reclusión, sus libros y su
acento neoyorquino la convirtieron en el objetivo, de un grupo de chicas,
liderado por la hija de un comandante de destructor de la clase Arleigh Burke.
La típica modernilla, pseudoSumo (su cuerpo hacía gritar a la báscula, aunque
su carencia —de físico agradecido— la suplía con una lengua rápida y letal, con
el chiste)El acoso, al principio, fue
suave para ascender al escalón de los susurros y miradas. El proceso terminó
escalando hacía notas amenazantes, debajo de la mesa del pupitre y pintadas en
la puerta de su taquilla. Jasper lo sabía.
De
igual modo, que su mejor amigo, Rupert, hijo de un oficial británico. No sabía
que decirle uno al otro. Una extraña complicidad; en la que el runrún de toda
la cafetería, sonaba a trending topic. Empero Jasper, desesperado por encajar
el golpe y a la vez, preservar ese estatus, de superestrella del equipo de
fútbol americano, guardaba un cómplice silencio. Llegando, hasta lo más bajo,
como hermano, en un despreciable acto de cobardía que lo atormentaría; cuando
tuvo que reír —nerviosamente— ante una de las acosadoras. Ésta, hizo un jodido
chiste, envuelto de crueldad, sobre el original "look gótico" de su hermana.
No muy lejos de todo ese grupo, Phoebe lo vio. Fue testigo de toda la escena. Un
miércoles de otoño, andaluz, con el Levante desbocado, sobre las 18,00 horas de
la tarde, en la zona de casas adosadas. Aquí, losroteños, llaman a estas residencias
temporales: las casitas americanas. En el porche de ésta, Phoebe le reprochó, a
Jasper, esa actitud exhibida delante de todo el mundo.—"Tú lo
sabías," siseó, la voz quebrada. —"Y te reíste. Eres peor que ellas,
Jasper. Eres un puto traidor." Jasper trató de negarlo, de disculparse,
pero las palabras de Phoebe cayeron como balas fragmentadas. La pelea fue
volcánica. Elías, en casa por una rara tarde libre, intervino con su autoridad
de sargento mayor. En lugar de escuchar, gritó a ambos que acabaran con el
"dramita" y se comportaran como miembros de una familia castrense.
Eleanor se refugió en la cocina, abrumada por la asfixiante atmósfera. Esa
noche, la grieta en el hogar Thorne se hizo un oscuro abismo. Phoebe no volvió
a hablarle a su hermano. De repente, la oscuridad se coló por las puertas de la
base. No la oscuridad de finales de Octubre en el estrecho. Algo mucho más
terrorífico y brutal, que nadie entendería. En la base, la noticia cayó como un
misil iraní. Se conocía la trágica notica de un asesinato. Esa víctima, fue la
de una joven española, que trabajaba en el club de oficiales. Su cuerpo
apareció a unos kilómetros, en un campo de girasoles cerca de El Puerto de
Santa María. La policía española habló de un "modus operandi"único y
la prensa local lo bautizó como El Asesino del Lirio Marchito, por el detalle,
de utilizar un lirio blanco seco; que dejaba sobre cada víctima. La base,
habitualmente aislada y segura, sintió un escalofrío. Elías, como enlace,
asistía a reuniones informativas tensas. Elías, hablaba un español mexicano,
fruto de su servicio en las primeras campañas con su unidad de Rangers en Afganistán,
donde tuvo, como compañero al cabo Trujillo que le aleccionaba en el
aprendizaje de la lengua de Cervantes. La selección de militares chocaba con el
modus operandi de la policía española y muchos decían que habría que traer un
equipo del FBI, desde Quántico. Sin embargo, las cosas irían a peor. No llegó ni
diciembre, apenas, tres semanas y se encontró a una segunda víctima.
En
esta ocasión, se trataba de una mujer, que tenía una gran lavandería en el
pueblo de Rota. La Navidad estaba ya en la base, cuando de repente, se informa
de una tercera víctima. Desgraciadamente, el asunto tocó de lleno al cuerpo de
militares de la base. La asesinada, era nada menos que la hija de un suboficial
de la Armada de los EE.UU. Se localizó en la playa fuera de los lindes con la
base. Empero, el pánico se apodero de las familias de los militares residentes.
Elías se obsesionó con el caso, usando su acceso a informes restringidos. Se
sentía impotente, un militar de la OTAN, entrenado para la guerra, incapaz de
proteger a sus propios hijos de un fantasma que se movía en la noche andaluza.
Él, que venía del país de los Serial killers, lo último que se pudo imaginar,
era encontrase con uno, en un país tranquilo y seguro como España. Estaba desencajado.
La autoridades, españolas dieron el Ok. A la llegada de un equipo de agentes
federales para llevar una investigación interna en la base. Todo se realizó con
mucho mimo. La fisura familiar se convirtió en un peligroso aislamiento. Caleb,
paranoico, empezó a seguir a Phoebe, creyendo que su hermana se arriesgaba
saliendo sola por la noche. Phoebe, sintiéndose traicionada por su gemelo, se
hundió en un resentimiento gélido. Y Jasper, el traidor silencioso, cayó en una
espiral de culpa. El recuerdo de su risa se mezclaba con el horror de los
asesinatos. Una tarde, mientras la base estaba en alerta máxima, Jasper vio
algo. Vio a una de las chicas que acosaban a Phoebe, una chica llamada Megan,
en el embarcadero de la base, hablando nerviosamente con un hombre de uniforme
que no reconoció. El hombre era alto, tenía una cicatriz sobre la ceja y
llevaba una mochila militar. Cuando el hombre se dio cuenta de que lo miraban,
se dio la vuelta rápidamente y se alejó. A la mañana siguiente, Megan no
apareció en la escuela. Por la tarde, la radio de la base transmitió un anuncio
urgente. Megan había desaparecido. El pánico de Jasper se convirtió en terror.
Se dio cuenta de que el hombre no era un militar, sino un civil que usaba un
uniforme viejo para infiltrarse. Recordó la tensión en la conversación, la
mochila... Se preguntaba así mismo. ¿He visto a la víctima del Lirio Marchito
antes de que fuera demasiado tarde? Corrió a casa, desesperado por contárselo a
alguien. Entró en el salón y encontró a Caleb, inclinado sobre una hoja de
papel arrugada.—"Mira esto," dijo Caleb, con los ojos inyectados en
sangre. Era una nota, garabateada con prisa. Una amenaza, dirigida a Phoebe,
que no solo mencionaba su ropa, sino también algo sobre; como "hay que
eliminar la escoria sobrante".
Caleb
había encontrado la nota en el casillero de Phoebe, y debajo, en la taquilla,
había un lirio marchito idéntico, a los nombrados, en los informes policiales. El
corazón de Jasper se detuvo. El hombre del embarcadero, la desaparición, el
lirio... Y ahora, una amenaza a Phoebe, escrita después de que Megan
desapareciera. —"No es de Megan, Caleb. Es de..."De repente, una voz
resonó en el pasillo. Era Elías. —"¡Jasper, Caleb! ¿Dónde está vuestra
hermana?" Ambos se miraron, el terror silenciando de su rivalidad,
enmudeció. Jasper miró el lirio, luego la nota, luego a su hermano. La culpa,
la traición y el miedo se fusionaron en una punzada de lucidez.—"Papá,"
dijo Jasper, la voz un hilo. "Phoebe... se fue a los acantilados. Ella me
dijo que iba a intentar... escapar. Y creo que El Lirio Marchito está aquí.
—Juraría que está buscando a Phoebe." Elías, con el rostro pálido y
pétreo, agarró su arma reglamentaria que tenía sobre la cómoda. La disciplina
militar se estrelló contra el terror y el orgullo de padre. Mientras corrían
hacia el jeep, Jasper sintió la punzada —alrededor de su pectoral— de la verdad
más oscura: el asesino había entrado en su vida por la grieta que ellos habían
abierto. Y en el corazón de esa base de la OTAN, bajo el sol de Andalucía en
diciembre, una familia fracturada: iba a enfrentarse a la prueba definitiva. El
acoso, que ignoraron, la traición que los separó, se había convertido en un
anzuelo para la bestia.Caled le dice a su padre que el equipo de investigación
del FBI ha encontrado en la taquilla de Phoebe los diarios del maldito
psicópata.“Cuando llegas a Rota el olor a pino quemado y salitre se mezcla con
el hedor metálico y dulzón de las bolas de azúcar hechas algodón. Dicen que el
sur de Europa es el corazón de la historia, de las guerras. Mienten. Es el
vientre, un lugar donde la basura se pudre en el olvido. Y mi trabajo es
limpiarlo, cortar las ataduras, liberar a los que, en realidad, solo esperaban
mi mano para que puedan ascender al cielo” El sargento Elías Thorne, les espeta
en español a sus hijos, en español, ante la incredulidad de los chavales:
—Vamos a cazar a ese cabrón y a traer a casa a vuestra hermana. Eh! ¿Queda bien
claro?. ¡Somos familia, patria y Dios! A por él,
FIN
Dedicado
a Diane Keaton enero 1946/octubre 2025 In Memoriam
Fotogramas
adjuntos
They
Were Expendable 1945 by John Ford
The
General's Daughter 1999 By Simon West
Paths
of Glory 1957 By Stanley Kubrick
A
Soldier's Story 1984 By Norman Jewison
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Cosas de la infancia de Sara
septiembre 20, 2025
Jon Alonso
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Los
pantanos bordeaban la casita donde pasó su infancia el pequeño Marcelo López
Recarte. Sus aventuras escolares le llevaron a capturar criaturas húmedas y
viscosas; como anguilas, ranas y sapos. Pasaron 30 años, allí se hallaba,
hacendado en una mansión completamente en ruinas. Ahí, sentado con una copa de
Pacharán, encima del escritorio, estaba escribiendo cartas de disculpa a su
esposa Sara; el inspector jefe del pueblo López Recarte. —Cariño, lo siento
mucho. Pero tengo algo que decirte...Abundaban montones de cartas sin
terminar, en aquel escritorio. Por la noche, los secretos retorcidos se rizaban
como renacuajos en la mente de Marcelo. La medianoche invitaba a ranas y
batracios a arrastrarse hacia adelante, empujándolo hacia la locura. Apenas
quedaba Pacharán en la botella. El viejo inspector conoció a Sara, en su pub
favorito: “La espuela de Sabino.” Mientras ella soplaba las veinticuatro velas
de una tarta de chocolate —que parecía decir, cómeme— él, celebraba un aumento
de sueldo. Dos veranos después, las rosas carmesí llenaban la iglesia de San
Isidro Labrador. Pedro Landa, el tutor de la infancia de Sara, la entregó en
matrimonio. Sara se vistió con un vestido de seda negro, muy gótica ella, y fue
deslizándose, por el pasillo, de un modo, que le hacía parecer la concubina del
diablo. Marcelo sufría de fiebre del heno y estornudó un buen remojón sobre la
cara del cura. Las palabras perdían su sabor. Las melodías, antaño llenas de
emoción, sonaban planas, como un eco lejano sin reverberación. La creatividad,
un manantial burbujeante, se había secado, dejando solo una tierra agrietada.
Sara, lo tenía muy claro: despreciaba la casa de Pedro Landa. Las frías
corrientes de aire, llenas de humedad, calaban por sus largos pasillos, los huesos de Marcelo y las
ventanas traqueteaban, al unísono, por las veinte habitaciones del palacete de
los Murrieta. Las ortigas brotaban junto a los cerezos raquíticos que
flanqueaban el camino de grava. Se miraba al espejo su gran cabellera de pelo
gris y le daba vértigo verse ahogado de asma y artritis; Pedro Landa se
marchitó hasta la senilidad. Sus dedos huesudos se aferraban a los bastones
mientras cojeaba por su invernadero, luchando contra su escueta memoria, por
recordar su propio nombre. Los cuidadores le preparaban los baños. Sara le daba
de comer, siempre, con cuchara hallmarks; una dulce compota de ciruela.
Mientras, el inspector Marcelo arreglaba las tuberías rotas. Pedro Landa dejaba
sus objetos personales, por ahí, incluido su diario. De repente, cayó en las
manos de un avezado Marcelo que leyó el volumen verde que estaba encuadernado
en cuero.
La
letra garabateada de Pedro se asemejaba a una caligrafía encogida. Sara solo
tenía cuatro años cuando sus padres murieron en un accidente de coche, y Pedro
se convirtió en su padre adoptivo. Al igual que Sara, Pedro era el último de su
linaje y no tenía familia viva, pero su amplio fondo fiduciario le permitía
comprar cualquier cosa, incluidos los servicios sociales. El pelo rojo de Sara
se volvió rizado y sus ojos verdes cada vez más grandes. Incapaz de reprimir la
compulsión, las manos de Pedro acariciaban su suave y tersa piel blanca como la
leche. Página tras página, su diario describía cómo le acariciaba el pelo, le
tocaba los pechos en desarrollo y le acariciaba los muslos. Marcelo se
estremeció de asco. Después de cada «sesión», como él las llamaba, Pedro le
compraba —a su hija— adoptiva helados en cafeterías paralelas al paseo marítimo.
Famosos subastadores vendieron los cinco collares de esmeraldas de su madre
para financiar su educación. Ella tenía tres ponis en un campo cerca de su
colegio privado. Pedro había reparado el daño, a su manera. Eso quiso pensar a
lo largo de su vida. Macelo arrojó el diario de Pedro al fuego, destruyendo las
pruebas. Todas las páginas se arrugaron y se quemaron hasta quedar negras,
convirtiéndose en cenizas blancas. Las babosas ranas de la venganza se
adentraron, con más ahínco, en la mente de Marcelo, exigiendo justicia. Los
intentos de hablar sobre la infancia de Sara fracasaron. Marcelo se pasó días
chupando las esquinas de las mantas de lana. Sara apretó los dientes. Marcelo
temía que los periodistas locales se enteraran. Las noticias de primera plana
arruinarían la vida de Sara. Reprimió su repulsión, los sapos resbaladizos
envenenaban su juicio, su felicidad, su cordura. Los vecinos del pueblo nunca
sospecharon nada. Años atrás, un Pedro Landa con más fuerzas, impresionó a sus
vecinos restaurando un elegante Jaguar E-Type. Sus chaquetas de tweed olían a
aceite y gasolina, o a tabaco de su pipa. Sara guardó el terrible secreto. Pedro
tenía noventa y cuatro años cuando un cuidador descubrió sus restos mutilados
en la biblioteca. Le habían apuñalado cinco veces en la nuca y los hombros con
un cuchillo de veinticinco centímetros para trinchar el pavo por Navidad. Salpicaduras
de sangre manchaban una primera edición de “Barba Azul” de Charles Perrault que
yacía olvidada sobre una mesa de palisandro. Sara lloró durante días, con los
ojos enrojecidos y el rostro pálido.
Marcelo
dirigió la investigación policial. No se interrogó a ningún sospechoso. No se
detuvo al asesino. No se estableció ningún móvil ni siquiera un esbozo de
indicio. Nada de nada. Evidentemente, no se encontró el arma homicida. No hubo
artículos sensacionalistas en los periódicos. El caso sin resolver siguió
siendo un enigma. Tras la lectura del testamento, Sara descorchó una botella y,
sonriendo, roció a Marcelo con champán francés. Él también sonrió cuando ella
le compró una Harley-Davidson por su cumpleaños y lo llevó a las Maldivas en
Navidad.La vida les sonreía, Sara acababa
de heredar el Palacio de Murrieta, y toda la dehesa que conducía a la playa, y
todos los activos de su tutor, compró diez caballos de carreras pura sangre con
los dividendos de su amplia cartera de acciones. A pesar de las exigencias de
Marcelo, Sara se negó a vender la propiedad. Pedro debía de haber querido que
ella conservara la propiedad, argumentó. Las grabaciones de su música clásica
favorita, incluida «Clair de Lune» de Debussy, resonaban en las habitaciones
polvorientas. Marcelo prefería a Jimi Hendrix tocando la guitarra eléctrica y
era mucho, más feliz, en el pub bebiendo sidra con sus amigos; luchaba por
adaptarse a la vida en la gran mansión. Las pesadillas arruinaban su sueño. Las
severas tallas góticas de su cama con dosel le miraban con malicia, como
gárgolas sarcásticas. Sara cerró la biblioteca, convirtiendo las estanterías en
tumbas. Cada semana, traía jarrones con flores, perfumando el aire viciado con
el dulce aroma de los jacintos y los lirios. Una mañana de invierno, Marcelo
echó leña al fuego y se acomodó en su sillón. Los aromas del asado dominical de
Sara, la salsa de menudillos y el pudín casero de Oyarzabal llegaban desde la
cocina. Sara lo llamó para almorzar. Su costilla de ternera llenaba una bandeja
de plata. En el aparador de caoba, un antiguo tarro azul y blanco contenía las
cenizas de Pedro. La mente de Marcelo se sumergió en el pasado.
Dos
meses antes de la muerte de Pedro Landa
Como
agente de policía, se ocupó de muchos casos relacionados con hombres que
abusaban de niños. En tres incidentes distintos, varias niñas que vivían en la
ciudad habían sido violadas y asesinadas. Marcelo atrapó a cada uno de los
asesinos. Después de leer el diario de Pedro Landa, se había convertido en un
dios pagano salvaje, meditabundo, observando a Pedro y maldiciendo a ese vil y
malvado hombre. Cinco pintas de sidra le dieron valor a Marcelo. Cogió un
cuchillo de trinchar de la cocina y apuñaló a Pedro hasta matarlo. La sangre
salpicó por todas partes. Temblando de horror por lo que había hecho, Marcelo
borró sus huellas y enterró el cuchillo bajo unos helechos cerca de un tejo. Marcelo
intentó concentrarse en la deliciosa comida que Sara había preparado e ignorar
el tarro de jengibre. En sus manos sostenía el nuevo cuchillo de trinchar,
acariciando con los dedos la afilada hoja de acero. Temblaba, respirando lenta
y profundamente, con el estómago revuelto. ¿Cuánto tiempo podría ocultar su
propia culpa? Tomó una decisión. Definitiva y para siempre. Sara besó a Marcelo
en la mejilla.«Encontré un sapo arrastrándose bajo las tablas sueltas del
suelo de la biblioteca»—dijo. «Espero que no nos maldiga a todos».
FIN
Dedicado a Robert Redford agosto 1936/2025 septiembre In Memoriam
Fotogramas adjuntados
Lolita (1962) by Stanley Kubrick
Born
Innocent (1974) by Donald Wrye
Belinda (1948) by Jean Negulesco
The
Last House on the Left (1972) By Wes Craven
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El precio del silencio
agosto 05, 2025
Jon Alonso
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El
humo del puro de Don Aniceto se mezclaba con el olor rancio a papeles y
bártulos viejos en su oscuro despacho. Sentado al otro lado del imponente
escritorio de caoba, se hallaba el pusilánime, Ramiro, envuelto desde las axilas hasta su frente, en un sudor frío perlado.—"Vamos
a ver, Ramiro ¿Tú estás seguro de esto?"—la voz de Don Aniceto era grave,
sonaba a nota de bajo, a través de un JBL, murmullante y vibrante. —“A ver, majete, aquí, ya no hay
vuelta atrás. Una vez que entras en este juego, las reglas cambian, de por vida".
Ramiro tragó saliva. —Lo sé, Don Aniceto. Pero... la situación en casa es insostenible.
El sueldo no nos llega, ni para la muda interior. No llegamos a fin de mes.
Nada de nada. Mi mujer está enferma, y en la última revisión, las noticias no
fueron nada optimistas y los niños, en fin, ya sabe, como son los críos...
—Necesito esto. Se lo pido de rodillas, D. Aniceto. La gran bola de sebo,
encima del sillón de cuero italiano; sonrió, una mueca más (de las muchas que
tenía en su repertorio) que una expresión de alegría. —"Entiendo. La
necesidad es un gran aliciente, ¿de verdad, Ramiro? Y créeme, que sé de lo que
hablo. Te entiendo perfectamente. Yo también estuve ahí, igual que tú, hace
muchos años". Nosotros somos gente que tenemos que hacer estas cosas, ya
que el sistema funciona de este modo y para ello se necesitan personas con
capacidad de decisión. Nada más. Se reclinó en su sillón de cuero, el Cohíbas
entre los dedos...
—Mira,
el plan es sencillo. Esta semana sale la licitación del nuevo centro deportivo,
algo habrás oído. Pues, bien,hay una
empresa que está dispuesta a pagar una buena suma por asegurarse el contrato. Y
entonces, Ramiro, ahí, entras en acción: tu trabajo es evitar que los papeles
de los otros no lleguen a tiempo, que siempre haya un pequeño error, motivo,
defecto de causa burocrática; que los descalifique.¿Y si alguien preguntase
por algo?—Inquirió Ramiro, su voz, muy baja, apenas audible.—"Nadie
preguntará nada que no deba. Todos aquí saben cómo funciona esto. Y si alguien
lo hace, ya me encargo yo", Don Aniceto dio una larga chupada a su puro,
el brillo en sus ojos se veían como una advertencia. Te llevarás un buen
porcentaje. Suficiente para que esos “problemas domésticos desparezcan” y de
paso te des cuenta que el dinero, querido Ramiro, es el lubricante que mueve el
mundo. Días después, en la cafetería de la oficina, Gala, una compañera de
Ramiro, se le acercó, con el ceño fruncido.—"Oye, Ramiro, ¿te parece
normal lo que está pasando con la licitación del centro deportivo? Otra vez los
documentos de Construcciones Koldoplex S.L. con errores. ¡Y es la tercera vez!
Huele muy raro".—Ramiro se removió incómodo. "Mujer, las prisas y la
condiciones de los pliegos. Ya sabes cómo es esto… Mucho trabajo y poco tiempo.
Intentó sonar despreocupado.—¿Prisas y pliegos? ¿Cuándo llevamos meses con esto?
No sé, Ramiro. Nosotros no somos dos becarios de Antena 3 en agosto. A mí me da
el pálpito,que aquí hay algo más.
Además,
tú que estás en el comité... ¿No has visto nada extraño?. —Gala, lo miraba
fijamente: sus ojos escrutiñadores de color miel, impasibles. Ramiro, desvió la
mirada hacia su taza de café. —No, nada. Lo normal. Errores por aquí y por
allá. Pura burocracia. Se levantó bruscamente. “Lo siento, Gala. Tengo que
irme. Me esperan en una reunión". Meses más tarde, el dinero había cambiado
la vida de Ramiro. Su mujer había podido acceder a un mejor tratamiento, en la
sanidad privada, con los nuevos acelerados de protones, los niños tenían cosas
que antes eran impensables. Juguetes y ropas de marca. Paquetes de ECI o
Amazon, inundaban la casa de Ramiro. Empero, el precio no era solo monetario.
La mirada de Sol (su esposa), la sospecha silenciosa de algunos compañeros, el nudo en el estómago, cada vez que Don Aniceto lo llamaba a su despacho...Seguía en su interior. Un
día, en el pasillo, Gala lo interceptó de nuevo. No había acusación en su voz,
solo una tristeza infinita. —Ramiro, ¿sabes
lo de Matías? El de contabilidad. Lo han despedido. Dicen que por
—irregularidades—. Pero que yo sepa Matías era intachable. Son demasiadas
casualidades, ¿No crees?—En un tono entre el cinismo y la rabia contenida.
Ramiro,
sintió un escalofrío. Matías era de los pocos que todavía preguntaban, que se
atrevían a señalar las cosas por su nombre. —"No sé nada, Gala. Ya sabes
como es esta empresa .—Cómo— Pues, eso. Así.—"¿La empresa? ¿O ciertas
personas en la empresa?". Gala se acercó. Su voz bajó a un murmullo. Lo he
estado investigando por mi cuenta, Ramiro. He visto cosas. Cosas que no me
gustan nada. Y la gente, Ramiro... La gente se da cuenta. Tarde o temprano,
todo sale a la luz. Ramiro sintió, por momentos, que el aire le faltaba. —"Gala,
por favor. No te metas en problemas. Es peligroso. —¿Peligroso? (Otra vez esa mirada fiscalizadora y
demoledora) ¿Más peligroso que vivir en la mentira? Si sabes algo, Ramiro,
si has visto algo... Dímelo. Aún estamos a tiempo de hacer lo correcto".
La mano de Gala se posó suavemente en su antebrazo. Sin embargo, Ramiro, con el
recuerdo del rostro de su mujer, Sol, mejorando y la imagen de Don Aniceto en su
despacho, solo pudo negar con la cabeza y alejarse. El silencio se había convertido
en su mejor amigo, y, posiblemente, en
su peor enemigo. Ese era el precio del silencio, pensó, que a lo mejor era
mucho más alto de lo que nunca había imaginado. Subió en su nuevo BMW X7 y miro
por el retrovisor ¡Pero, qué demonios: Carpe diem!
FIN
Dedicado a Ozzy Osbourne diciembre 1948/julio 2025 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
Warui
yatsu hodo yoku nemuru (1960) By Akira Kurusawa
El
Reino 2018 By Rodrigo Sorogoyen
Shield
for Murder (1954) By Howard W. Koch&Edmond O'Brien
All
the President's Men 1978 By Alan J. Pakula
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La confesión de Estefanía Vitale
junio 28, 2025
Jon Alonso
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Por
favor, consideren esto como mi confesión completa. No deseo morir con el
corazón angustiado.
Ojalá
pudieras verlo ahora mismo. Él, se está preparando para asestar el golpe final,
y sé que estaré muerta en cuestión de segundos; sin embargo, incluso, cuando
alberga el asesinato en sus ojos: nunca he visto un ser humano más atractivo,
más seductor, más, de los más. Joder! Tías. ¡Es la hostia, qué hermoso es el
cabrón!Por favor, no te ofendas por esto, estoy seguro de que estás sintiendo
la tentación como un escalofrío que recorre toda tu espalda. Probablemente te
habría acosado y herido también, tantas veces como a él, si hubiéramos tenido
el placer de conocernos antes de mi muerte. No estoy segura de con quién estoy
hablando. Usted es probablemente un producto de mi imaginación, así que voy a
dejar que vos elija su identidad. Lo dejamos, en: —un sacerdote con buenas
intenciones? ¿Un ministro lleno de mierda? ¿Un juez nefasto? ¿Mi mejor amigo?
¡Qué puta que es la vida y que momentos me ha dado! —Sí, se lo digo con el
corazón en un puño y casi de rodillas.
¿Crecimos
juntos, escondiendo nuestras extremidades desgarbadas debajo de un escritorio,
nuestras risas zaheridas y ensombrecidas por una de esas enormes sillas de
oficina de Herman Miller después de haber aterrorizado a nuestros vecinos?¿O
fuiste tú quien finalmente me atrapó, me reprendió por haber existido alguna
vez (como si hubiera elegido hacerlo), antes de tí, al igual,como mi querido Ernesto, en memoria de todas
mis víctimas?—¿ Me golpeara muerta, abrumada por esa alegre sensación, de estar
librando al mundo de una plaga? Aquí está mi consejo —por favor abstenerse de
elegir su identidad hasta que termine mi confesión.
No
deseo juicios mediáticos ni empatía. No deseo miradas de desdén o comprensión.
Nací en una familia de acosadores, torturadores, corruptos, puteros y
mentirosos patológicos: lo peor de lo peor. Cómo nos habían llamado…Ah! Sí. Ya
recuerdo que éramos de esos que disfrutábamos del apuñalamiento, como si el
hecho de perforar a otros, en sus torsos, fuera cómodo. Tremendo. Cuando, todo
el mundo disfruta con una caricia, un abrazo, un beso tierno; pero no deseo
morir como mi familia me hizo. Ya me concedieron medio deseo, morir en los
brazos del divino Artemio. Así que concédeme la otra mitad. Concédeme el alivio
de deshacerme de todas las etiquetas que otros han elegido y colocado en mí
puta mi vida, hasta que tome: el último de mis alientos.
Y,
luego, puedes elegir burlarte, simpatizar o encogerte de hombros. De verdad,
después, ya no tendrás que pensar en mí, una vez más. Porque ya no estaré en la
tierra. Seguirás tropezando en la misma piedra: volverás a pensar en mí y ese
pensamiento te perseguirá, todos tus días. Pero el problema es que pensarás en
mí otra vez. No importa quién seas, no importa lo fortificada que esté tu casa:
mi familia está en todas partes. Y si eres real, entonces te encontrarán, te
acecharán, te lastimarán y te tratarán como a una cucaracha. Sí queda algo de
ti, se lo darán a los cerdos de postre. Te lo prometo. Ellos son muybuenos haciendo este trabajo. ¡Cuídate!
FIN
Dedicado
a Bobby Sherman julio1943/junio2025 in Memoriam
Fotogramas
adjuntados
The
Kennel Murder Case (1933) By Michael Curtiz
Knives
Out (2022) By Rian Johnson
Green
for Danger (1946) By Sidney Gilliat
Gone
Girl (2014) By David Fincher
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El testamento de un joven vampiro
mayo 21, 2025
Jon Alonso
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En
el último día de mi vida, mientras me preparo para respirar por última vez, tú
me convocas, desde mi lecho de muerte, a escribir una vez más. Pero esta vez
para escribir algo diferente. Algo que nunca he escrito antes, compuesto de
palabras que son mías, de mi propio corazón y vida, no de tu cabeza o lengua.
Lo cual, si soy honesto, me resulta muy difícil. Porque no estoy acostumbrado a
este tipo de libertad. Me siento mal, de alguna manera, redactar estas palabras
por mi propia voluntad: al permitirme cincelar mi propia verdad, en lugar de
transcribir su discurso de turno. ¡Y Dios sabe que he transcrito muchos de
esos!Incontables, miles e innumerables, en todo tipo de formatos. Planes,
contratos, reseñas, testimonios, cartas. Entradas de dietarios, horarios,
amenazas de muerte, notas de rescate, demandas y chantajes. Historias de
ficción y novelas basadas en eventos reales. Lista tras lista, listas de
todo o nada. Desde comestibles hasta víctimas. Listas de herramientas, tareas,
lugares de escape, claves de criptomonedas, clientes con bonos basura. Listas
de objetivos y métodos de tortura. Y por supuesto, listados de asesinatos. Empero,
al principio me impactó, finalmente me pareció aburrido de compilar. Porque no
estaban en el contexto al que estaba acostumbrado. Los horribles y
escalofriantes detalles de la muerte, la sangre y el dolor. Y, siendo virtuoso
como se me permite: me entristece pensar que después de todos estos años de
registrar minuciosamente los terribles eventos, que dictó, los detalles
cruentos de como cortar una garganta, romper el cuello y disparar balas entre
los ojos de inocentes. En definitiva, daños a algún culpable o algún inocente,
todo odiado y aborrecido. A la postre, lo último que iba a escribir para
Usted. La última vez que me llamó al trabajo, era para otra, lánguida lista. La
más aburrida de todas, esas, de amigos y familiares que detestas y los regalos
que les harías por Navidad. En nombre de mantener las apariencias. A la búsqueda sempiterna por mantener una fachada.
De
un hombre, un individuo normal, un autor con éxito moderado, que se esconde
detrás de un seudónimo y una vida que es menos ficción de lo que nadie sabe.
Pero afortunadamente, hoy, cuando me siento más débil de lo que he hecho, en toda mi servil vida. Como tu escriba
conscripto, cuando mi flujo sanguíneo se ha detenido y mis movimientos son más
lentos de lo que puedo recordar: Usted se ha asegurado de que no sea el caso al
comprometer mis habilidades, una penúltima vez. Dándome la oportunidad de decir
lo que pienso. Porque, ahora, sí que me estoy muriendo, como el fuego de una
hoguera, en la lluvia. Ahora, siento el olor a cripta con más fuerza. Después de
todo este tiempo, estoy a punto de escribir mis últimas palabras. Estas cartas
y frases finales. Por fin, ya las tengo. Esta misiva será lo último que escribo
para vos, para mí, para cualquiera. Después de hoy, me habré ido. Y encontrará
a alguien nuevo para anotar sus secretos. Para llevar a cabo su negocio, en
papel, de la vieja escuela. Ese, libre de huellas digitales, para documentar su
trabajo y memorias. Las cosas interesantes. Las cosas con trama y detalle,
gráficas y demás jarcia. El material de coacción puro y duro: las pólizas de
los seguros y el registro de golpes. Las cuentas compuestas por números y
cantidades enormes e inconcebibles, las fechas de los incidentes, las
cronologías de los acontecimientos, las historias. Ah!
Un fuerte escalofrío recorrió mi espalda hasta el cogote del parietal—Queda
poco. —¡Ay, qué joderse! Por tanto tiempo quise que terminara y ahora que
finalmente se acaba me siento triste. Sabe muy bien que Usted, me empleó,
durante mucho tiempo para registrar estas facetas de su vida y sus tiempos
sicarios. Confió en mí, plenamente, y se sintió cómodo relatando los detalles de
sus asesinatos. Fui su leal sirviente por más tiempo del que puedo recordar.
Probablemente mucho más, del que debería haber estado. Sé que viví más tiempo
que cualquiera de mis predecesores. Me lo mencionaba muchas veces. —Cómo he
estado contigo el más largo de todos. ¿Cómo debería sentirme agradecido, ser
apreciado por alguien como tú? ¡Qué se me permita continuar en este papel
durante el tiempo que lo he hecho. ¡Compartir los detalles íntimos de tu
trabajo. Maldito cabrón!
—¿Y
por qué no debería estar agradecido?
Si
no me hubiera llevado cuando era joven, quién sabe del tipo de aburrida vida
—un gris funcionario— hubiera acabado, posiblemente, con un cáncer de estómago.
Uf! No me quiero, ni imaginar. Eso sí, todo lo que me dijo, se quedó en mi
bóveda. Reproduje sólo lo que quería, donde pretendía y cuando lo quería hecho.
Recuerdo un libro mayor o los diarios púrpuras y aquellos pequeños libros
negros. Lo transcribí exactamente como se describen las grandes cosas. Poniendo
la más excelsa caligrafía, rectilínea: fina y limpia. Sin manchas. Continuamente,
siguió elogiándome por ello. Dijo—que era el mejor con el que habías trabajado.
Y disfruté de ese enaltecimiento, hasta encontré consuelo. Significaba que
estaba haciendo un excelente trabajo. Lo sentía, como un pequeño bálsamo. A
pesar de las injusticias de mi vida y la manera en que fui tratado, por usted. Mi
captor y empleador: secuestrado, encerrado, profanado, a veces golpeado, contra
los muebles o arrojado al suelo con furia. Mi voluntad nunca pudo ser
quebrantada. Mi espíritu había prevalecido. Algo que me convirtió en un activo
enorme para el devenir de los acontecimientos. Y eso hizo que mi existencia
valiera la pena. Porque al menos, era una presencia, una que podría haber sido
pero no había sido cortada. Uno que sobrevivió y superó los años de hacer tu
voluntad, de repetir sus palabras, grabándolas, por su cordura y terminar
admitiendo la salvaguardia.
Evidentemente,
fue muy difícil al principio. Podría haberme rendido o haber intentado acabar
con mi vida, mucho antes lo previsto. Me ahogué, creé un bloqueo, corté mi
suministro de aire. Pensé— O liberó mi sangre y la dejó derramar, como vos
drenaste la inocencia y la esperanza de mi alma. O igual esas manos húmedas acaban en mi cuello, imagínense esos dedos gruesos estrangulándome, haciéndome bailar a su ritmo.
—No
voy a mentir. No ahora, cuando me dejas escribir libremente. En
esos primeros días me asustabas. Eras impredecible, fácil de enojar, volátil.
Cuando alguien le molesta o un trabajo sale mal, si fallas en una misión o un
asesino rival te golpea hasta la marca... Caerías en un pozo de rabia
incontrolable, y esos días me lo echaba encima.
Contra
viento y marea, como el peor plasma de mi vida, —no se les ocurra consumir,
plasma bielorruso. De lopeor de mivida: tuve que bebérmelo. Atraparlo y
escribirlo todo, del tirón. Mientras Usted gritaba, escupía y maldecía. Así fue
desde el momento en que me encontró, cuando vio algo en mí, decidió hacerme
suyo y llevarme. Por eso me necesitaba, por supuesto. Yo y todos los demás.
Llegué a entender eso. Claro, como todo en la vida: el tiempo. Necesitaba un
confidente, alguien con quien compartirlo todo, alguien que no se retractara ni
le traicionara. Y cuando no podía encontrar a nadie que estuviera dispuesto a
hacerlo; tenía que entrenar a alguien para la tarea. Alguien como yo. ¿Y los
demás?¡Qué se jodan! —Un alguien, pero cómo ¿Quién vendría a continuación?
Pues, he llegado al final de mi camino. Puedo sentir que la vida se me está
acabando. Y todo lo que queda por hacer es decir gracias. Por permitirme
compartir mis pensamientos, en esta página, en medio de sus entradas
personales, donde permanecerán y vivirán, con vos, para siempre. Quiero que
sepa, algo. No todo fue malo. Sí, en el pasado me dominó. Me encerró y tiró la llave. Me arrastró de un
lugar a otro, a veces, dejaba que otros me usaran, pero siempre se aseguró de
que estuviera a salvo.
Cuando
me perdí, me buscó. Cuando me secuestraron, se aseguró de traerme de vuelta.
Porque me apreciaba—supongo. Y sí, estaba gratificado por eso. A lo mejor,
tantos años…, no sé. Igual, el tiempo puede haberle cambiado. No lo tengo
claro. Se fue suavizando. Perdió su borde cruel, se volvió más controlado y
silenció su temperamento. Incluso, se logró una especie de respeto mutuo.
Aunque su acatamiento por mí provenía de mi determinación y la negativa a estar
siempre agotado. Mi respeto por vos creció en el miedo. El pánico y el
conocimiento que obtuve de lo que hiciste. Cosas que deberían haberme vuelto
loco. ¡Quizá lo consiguieran. A saber! Porque a pesar de la naturaleza de su
trabajo y los detalles macabros del negocio que me hizo transcribir. De lo
traumático y enfermizo que fueron para ayudar a grabar su maldita obra. No
puedo negarme y mirar de perfil: cómo finalmente llegué a disfrutar de ella.
Fue, sin duda, interesante. Y disfruté ser su confidente más cercano, el único,
personaje, en el mundo que conoce sus secretos. El único que vive, por ahora.
Por elección y gracias a su gentileza: como su sirviente y su compañero,
durante, todos estos años. Le digo: un hasta siempre. Mientras garabateo mis
últimas palabras en cursiva perfecta. Sin manchas ni defectos. Pulcro y bello.
Como todo lo que escribí para Usted. Antaño, cuando mi tubo de tinta estaba lleno. Como estas palabras le dejo ahora
que mi plumero que se está secando. De todo corazón, gracias. Por mantenerme a
su lado todos estos años.
FIN
P.S.;
Espero que su próximo bolígrafo le sirva también. Suyo para siempre. Fielmente,
Orlok
Dedicado
a George Wendt octubre 1948/junio 2025 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
The
Last Man on Earth (1964) By Ubaldo Ragona&Sidney Salkow
La
noche es negra como la boca de una chimenea. Se extiende sobre la casa como una
neblina de humo, espesa y asfixiante. El abuelo dice: Tic, tac, desde donde
está, rozando la balaustrada, contando en silencio los segundos. Los minutos.
Las horas. Las cortinas de terciopelo cuelgan inmóviles. Todas las ventanas
están cubiertas excepto la del vestíbulo, donde la luz de la luna se filtra
sobre el rostro del hombre que asesinó a Gwendoline. Yace desplomado a mis
pies. La cabeza le da vueltas como un corcho de vino a punto de saltar. Tan
silencioso. Tan quieto. Podría engañarte pensando que nunca se ha movido. Que
siempre ha estado ahí, como esa silla o esa alfombra. Otro mueble inanimado y
sin gusto. Gwendoline me escribió una vez un poema sobre una casa que se comía
a la gente. Su boca era una puerta, sus dientes eran los pilares y la chimenea
su corazón palpitante. Las ventanas se convertían en ojos. Uno grande y
parpadeante, como si tuviera un secreto. En el poema de Gwendoline, yo soy la
columna vertebral.
Una
larga escalera curva que conecta un piso con otro. Sin mí, apenas hay cuerpo.
Desde el momento en que Gwendoline entró en la casa y deslizó sus dedos por mi
barandilla como una caricia en la mejilla: temblé y me estremeció. Sus pasos
eran silenciosos y suaves. Tarareaba mientras cocinaba y bailaba el vals en
pijama al son de las canciones navideñas de Bing Crosby. Leía en voz alta
frente a la chimenea, donde el resplandor anaranjado encendía su cabello
pelirrojo. Su aroma era como las páginas de los libros y flores prensadas. Sus suspiros
eran alientos en mi nuca. La amaba como solo una escalera puede amar: en
silencio y para siempre. He oído muchas historias sobre objetos que son como
personas. Pero lo único que he visto son personas que son como escaleras.
Siempre subiendo o bajando. Elegantes, robustas o sencillas. Sólidas o
desmoronándose. Sí Gwendoline fuera una escalera, conduciría a un sendero en el
jardín.
Las
enredaderas se entrelazarían alrededor de su delicada barandilla de hierro
forjado. Un gato perezoso dormiría en su tercer escalón, donde el sol de la
tarde dibujaba una pincelada perfecta de su luz. Ahora, Gwendoline no es nada, en
absoluto. Vuelvo a mirar al hombre destrozado que babea sobre la alfombra. No
era la primera vez que venía a esta casa. No, había venido muchas veces, dejando el correo, en el pequeño buzón amarillo, al final del camino de la entrada. Pero una mañana vio a mi Gwendoline mientras regaba los rosales. Vio
la bondad, en ella. Observó la forma de sus caderas, cuando se inclinaba, para podar
las espinas. Y todo cambió. Volvió esa noche, para pegar su cara a la ventana. Así como, la noche siguiente, y la siguiente noche... Lo observé, contemplándolo con ira, desde mi
posición, muy cerca del dormitorio de Gwendoline, en la primera planta. Impotente
para advertirle. Estuvo fuera toda una semana, parecía volver la tranquilidad,
en mí; cuando vi su silueta negra y aceitosa en la puerta. El pomo de la puerta
se sacudió.Deslizó una tarjeta de crédito por la rendija y lo intentó de
nuevo. Esta vez la puerta obedeció y él se deslizó hacia dentro, como una sombra
triunfante en la oscuridad.
Yo
solo podía protegerla, del mismo modo, que una escalera podría hacerlo: es
decir, de ninguna manera. Torpe maniobra de pensamiento, para alguien cagado de
miedo. Entró en su dormitorio. Pensé que oiría, algo, cualquier cosa. Un
forcejeo o un grito. No se escuchó ni un solo sonido. La belleza sucumbió, en
silencio. Pero sentí cuando murió, como un profundo suspiro en sueños. Tirito y me sacudo. Volvió al vestíbulo, más lento que antes. Y lo que hizo a continuación,
no puedo explicarlo. En lugar de marcharse, se giró hacia mí y me miró.
Directamente a mí. Vi las oscuras escaleras de piedra, de su ser, que conducían
a cavernas tan negras; que se tragarían una vela entera. Empezó a subir los
escalones. Si una casa es un cuerpo —por usar las palabras de Gwendoline—, pero
no queda alma en su interior, ¿sigue viva? Si una casa se come a las personas,
¿puede masticar, acaso, tragar? Esperé a que subiera hasta el rellano, con la
punta de su bota llegando al último escalón. Y me estiré. Las luces del abeto
de Navidad se apagaron y creí ver a la hermosa Gwendoline. Y, deje de estar
allí; mi alma se marchó muy lejos.
Hicimos
el pacto en el vestuario, minutos antes de que sonara el timbre. Los demás
chicos ya estaban de corto y habían salido al campo cuando nos dimos la mano. Segis
y yo teníamos, poco en común, salvo nuestro desprecio por la actividad física y
el hecho de que siempre quedábamos los últimos o penúltimos en las carreras de
la clase de gimnasia. Estábamos tan por detrás de los demás niños que nadie, ni
siquiera Herminio Acosta, del que se rumoreaba que tenía una pequeña placa de
acero en la cabeza, o el caso de, Julián Salcedo; que llevaba un corsé
ortopédico por su escoliosis, amenazaba con quitarnos el puesto. Vamos, unos
cracks. Nuestra profesora, la Srta. Nasarre, añadía un toque sádico al exigir
al perdedor que diera otra vuelta de 400 metros al campo. Ella se refería a
esto como «la vuelta del hombre muerto», un término que acuñó cuando, tras una
de mis derrotas, me dijo que parecía que me dirigía a mi propia ejecución. La
Srta. Nasarre era más pequeña que la mayoría de los chicos e incluso que
algunas de las chicas de nuestra clase de octavo curso. Era delgada como un
chico de instituto y podía hacer veinticinco dominadas sin parar. Su rasgo más
llamativo era su tez manchada, que hacía que su cara pareciera un mapa, con
manchas de piel rojiza oscura rodeadas de otras más claras, como islas en el mar.
Ahora, pasados tantos años, podríamos haberle llamado Srta. Gorbachov. Era así, muy suya. Llevaba
chándal todos los días, sin importar el tiempo que hiciera, y nunca supe; si
esa afección solo le afectaba a la cara o también a otras partes del cuerpo.
Ella
se resistió a todas las súplicas que Segis (por aquello del diminutivo de su
nombre visigodo, Segismundo, menudo cachondeo) y yo le hicimos para que nos
eximiera de estas carreras. Él, alegó que tenía asma y yo le dije que sufría de
cualquier cosa que pudiera llevarme a la comodidad de la enfermería. La Srta.
Nasarre rechazó todas nuestras excusas como si fueran volantes de bádminton que
le lanzábamos suavemente a su lado de la red. Una vez acordados los términos
del pacto, Segis y yo corrimos al campo y nos pusimos en fila. Me invadió la
calma cuando nos miramos y asentimos con la cabeza. La Sra. Nasarre hizo sonar
su silbato. Los chicos del equipo de campo a través salieron disparados en
cabeza. Algunos de los otros atletas les seguían de cerca. El resto de los
chicos se agruparon en pequeños pelotones. Detrás de todos ellos, Segis y yo
(el yo, que me llamo Elio, quedó presentado) nos acomodamos en un tranquilo paseo.
La Srta. Nasarre, que afirmaba tener una visión superior a la de un zoom de 125
aumentos, se dio cuenta inmediatamente. «¿Qué les pasa a ustedes dos?», gritó
desde el otro lado del campo. «Uno de ustedes tendrá que dar la vuelta de la
lapida. ¡No me importa cuánto tiempo les lleve llegar allí!». La ignoramos.
Seguimos caminando, charlando y conociéndonos. A él le gustaban los cómics y
las películas japonesas de monstruos. Yo le hablé de mi colección de cromos de
fútbol. Él me dijo —que realmente tenía asma—,
y yo le confesé; que sufría de periostitis tibial, pero que eso no me producía
ni fiebre del heno ni mareos. Empecé a sentir que se creaba un vínculo entre
nosotros. En la última curva de la última vuelta, habíamos hecho planes para
ver la nueva película de James Bond durante el fin de semana. Tampoco habíamos
sudado ni una gota. El resto de los niños habían terminado y estaban
descansando en las gradas, donde siempre disfrutaban viéndonos luchar en la
recta final.
Los
abucheos de hoy eran especialmente fuertes, pero fingimos no darles
importancia. Decidimos comprar pizza antes de ir al cine. Estábamos a cien
metros de la meta cuando la Srta. Nasarre se reunió con los chicos. Se volvió
hacia nosotros y los insultos cesaron. Fueron sustituidos por algo peor. La
mitad de los chicos empezaron a animar a Segis y la otra mitad empezó a
animarme a mí. Yo estaba en matemáticas avanzadas y reconocí que se trataba de
una estratagema obvia. Pero entre Segis y yo se produjo un silencio incómodo
que me puso los nervios de punta. ¿Podría esta alianza de perdedores, en la que
nos comprometimos a cruzar la línea de meta exactamente al mismo tiempo para
que ninguno de los dos fuera el perdedor, romperse antes del final de la
primera carrera? Segis aceleró el paso y pronto me sacó medio paso de ventaja.
Me adapté para mantener el ritmo. «Hiciste un trato»— le dije. Los vítores
crecieron y nos empujaron hacia la meta como el canto de una sirena. Pronto
estábamos corriendo, o lo que para nosotros se podía considerar correr. Culpé a
Segis y decidí que no iría con él ni a comer pizza ni al cine. Estábamos a
setenta metros de la meta y no conseguía acortar distancias. «Aún puedes
cumplir el trato»—le dije. «Solo tienes que reducir la velocidad». «Tú reduce
la velocidad»—dijo él.
Ninguno
de los dos redujo la velocidad. No podía seguir así mucho más tiempo. La
combinación de verbalizar frases completas y correr era más de lo que mi cuerpo
podía soportar. «Mi asma»— jadeó Segis. «Tengo que parar. Para conmigo». ¿Podría
ser un truco? ¿Si yo reducía la velocidad, él aceleraría? ¿Qué sabía yo
realmente de Segis? No importaba. No podía seguir corriendo. No fue la
compasión lo que me hizo parar, fue el agotamiento.—Me detuve, y él también. Algunos
niños abuchearon, otros se rieron. Segis puso las manos sobre las rodillas. No
iba a ir a ninguna parte. Le dije que se sentara, y así lo hizo. Me senté con
él. «Gracias»— dijo.Respiraba con dificultad. Nos tumbamos en la pista de
atletismo, desgastada por casi todo un año escolar de carreras. El suelo estaba
fresco al contacto con mis brazos y piernas. Pronto su respiración se relajó.
Me preguntó si todavía íbamos al cine y le dije que sí. «Estoy esperando»,
gritó la Srta. Nasarre, «y también lo está el hombre que esculpió su lapida». Sonó
la campana. Algunos de los chicos gritaron algo mientras entraban, pero
nosotros ya no les escuchábamos. El cielo se había oscurecido y Segis dijo que
parecía el cielo de King Kong. Para entonces, el campo estaba vacío, excepto
por mí, Segis y la Srta. Nasarre.
FIN
Fotogramas
adjuntados
The
Loneliness of the Long Distance Runner 1962 By Tony Richardson
El
sargento mayor Elias Thorne, un hombre cincelado en la disciplina del cuerpo de
marines, y muchos años, a la espalda, como asesor, en misiones, bajo el mando
de la OTAN. Estaba muy cerca de su destino, en la hermosa, Cádiz. Aquella, que
asoma antigua, como un joyel sobre el poniente. Se abraza a la bahía mansa y
fugitiva, donde el mar se hace horizonte, dulce y fuerte. Apretaba con fuerza
las manos al volante de su Ford Mustang, mientras entraban en la Base Naval de
Rota. La brisa del Atlántico sur, envuelta en salitre se mezclada con el olor a
queroseno y diéselde los depósitos de
suministro para las aeronaves y vehículos.Ese, era el nuevo aire que respiraba
la familia, Thorne. Había un halo kármico entre la añorada Folly Beach de
Carolina del Sur y la costa de gaditana. A su lado, su bella esposa, Eleanor,
mantenía una sonrisa forzada. Detrás, la tensión era un muro palpable. Su hijo
mayor, Caleb, de diecisiete años, con la mandíbula tensa. Bajo una gorra de los
Yankees: miraba por la ventana con un desprecio, apenas disimulado. Los
mellizos, Phoebe y Jasper, de quince, estaban sumidos en la docilidad de una
silenciosa beligerancia. Phoebe, la intelectual, vestida de negro, evitaba la
mirada de Jasper, el atleta. Ese tipo de chaval, acostumbrado a tener el mando,
pero que ahora parecía mostrar encogimiento.—"Esta es una oportunidad,
chicos. Sol, historia... un nuevo comienzo", anunció, su padre Elías con
una voz que sonaba a orden militar, no a ánimo paternal. El "nuevo
comienzo" se deshizo en dos semanas. Bien, llegó el primer día, en la
escuela de la base: todo un microcosmos de hijos de militares de los EE.UU y
algún agregado británico o español con hijos en edad escolar. La llegada a un
base militar se lleva bien, estas acostumbrada, por USA. Pero, aquí se notaba
un ambiente entre lo exótico y cercano. Era como un golpe de flamenco (el arte de
esta tierra). Eso condicionalas reglas
sociales. Caleb, un recién llegado, se ganó rápido el respeto a base de
indiferencia, pero Phoebe fue una víctima fácil. Su reclusión, sus libros y su
acento neoyorquino la convirtieron en el objetivo, de un grupo de chicas,
liderado por la hija de un comandante de destructor de la clase Arleigh Burke.
La típica modernilla, pseudoSumo (su cuerpo hacía gritar a la báscula, aunque
su carencia —de físico agradecido— la suplía con una lengua rápida y letal, con
el chiste)El acoso, al principio, fue
suave para ascender al escalón de los susurros y miradas. El proceso terminó
escalando hacía notas amenazantes, debajo de la mesa del pupitre y pintadas en
la puerta de su taquilla. Jasper lo sabía.
De
igual modo, que su mejor amigo, Rupert, hijo de un oficial británico. No sabía
que decirle uno al otro. Una extraña complicidad; en la que el runrún de toda
la cafetería, sonaba a trending topic. Empero Jasper, desesperado por encajar
el golpe y a la vez, preservar ese estatus, de superestrella del equipo de
fútbol americano, guardaba un cómplice silencio. Llegando, hasta lo más bajo,
como hermano, en un despreciable acto de cobardía que lo atormentaría; cuando
tuvo que reír —nerviosamente— ante una de las acosadoras. Ésta, hizo un jodido
chiste, envuelto de crueldad, sobre el original "look gótico" de su hermana.
No muy lejos de todo ese grupo, Phoebe lo vio. Fue testigo de toda la escena. Un
miércoles de otoño, andaluz, con el Levante desbocado, sobre las 18,00 horas de
la tarde, en la zona de casas adosadas. Aquí, losroteños, llaman a estas residencias
temporales: las casitas americanas. En el porche de ésta, Phoebe le reprochó, a
Jasper, esa actitud exhibida delante de todo el mundo.—"Tú lo
sabías," siseó, la voz quebrada. —"Y te reíste. Eres peor que ellas,
Jasper. Eres un puto traidor." Jasper trató de negarlo, de disculparse,
pero las palabras de Phoebe cayeron como balas fragmentadas. La pelea fue
volcánica. Elías, en casa por una rara tarde libre, intervino con su autoridad
de sargento mayor. En lugar de escuchar, gritó a ambos que acabaran con el
"dramita" y se comportaran como miembros de una familia castrense.
Eleanor se refugió en la cocina, abrumada por la asfixiante atmósfera. Esa
noche, la grieta en el hogar Thorne se hizo un oscuro abismo. Phoebe no volvió
a hablarle a su hermano. De repente, la oscuridad se coló por las puertas de la
base. No la oscuridad de finales de Octubre en el estrecho. Algo mucho más
terrorífico y brutal, que nadie entendería. En la base, la noticia cayó como un
misil iraní. Se conocía la trágica notica de un asesinato. Esa víctima, fue la
de una joven española, que trabajaba en el club de oficiales. Su cuerpo
apareció a unos kilómetros, en un campo de girasoles cerca de El Puerto de
Santa María. La policía española habló de un "modus operandi"único y
la prensa local lo bautizó como El Asesino del Lirio Marchito, por el detalle,
de utilizar un lirio blanco seco; que dejaba sobre cada víctima. La base,
habitualmente aislada y segura, sintió un escalofrío. Elías, como enlace,
asistía a reuniones informativas tensas. Elías, hablaba un español mexicano,
fruto de su servicio en las primeras campañas con su unidad de Rangers en Afganistán,
donde tuvo, como compañero al cabo Trujillo que le aleccionaba en el
aprendizaje de la lengua de Cervantes. La selección de militares chocaba con el
modus operandi de la policía española y muchos decían que habría que traer un
equipo del FBI, desde Quántico. Sin embargo, las cosas irían a peor. No llegó ni
diciembre, apenas, tres semanas y se encontró a una segunda víctima.
En
esta ocasión, se trataba de una mujer, que tenía una gran lavandería en el
pueblo de Rota. La Navidad estaba ya en la base, cuando de repente, se informa
de una tercera víctima. Desgraciadamente, el asunto tocó de lleno al cuerpo de
militares de la base. La asesinada, era nada menos que la hija de un suboficial
de la Armada de los EE.UU. Se localizó en la playa fuera de los lindes con la
base. Empero, el pánico se apodero de las familias de los militares residentes.
Elías se obsesionó con el caso, usando su acceso a informes restringidos. Se
sentía impotente, un militar de la OTAN, entrenado para la guerra, incapaz de
proteger a sus propios hijos de un fantasma que se movía en la noche andaluza.
Él, que venía del país de los Serial killers, lo último que se pudo imaginar,
era encontrase con uno, en un país tranquilo y seguro como España. Estaba desencajado.
La autoridades, españolas dieron el Ok. A la llegada de un equipo de agentes
federales para llevar una investigación interna en la base. Todo se realizó con
mucho mimo. La fisura familiar se convirtió en un peligroso aislamiento. Caleb,
paranoico, empezó a seguir a Phoebe, creyendo que su hermana se arriesgaba
saliendo sola por la noche. Phoebe, sintiéndose traicionada por su gemelo, se
hundió en un resentimiento gélido. Y Jasper, el traidor silencioso, cayó en una
espiral de culpa. El recuerdo de su risa se mezclaba con el horror de los
asesinatos. Una tarde, mientras la base estaba en alerta máxima, Jasper vio
algo. Vio a una de las chicas que acosaban a Phoebe, una chica llamada Megan,
en el embarcadero de la base, hablando nerviosamente con un hombre de uniforme
que no reconoció. El hombre era alto, tenía una cicatriz sobre la ceja y
llevaba una mochila militar. Cuando el hombre se dio cuenta de que lo miraban,
se dio la vuelta rápidamente y se alejó. A la mañana siguiente, Megan no
apareció en la escuela. Por la tarde, la radio de la base transmitió un anuncio
urgente. Megan había desaparecido. El pánico de Jasper se convirtió en terror.
Se dio cuenta de que el hombre no era un militar, sino un civil que usaba un
uniforme viejo para infiltrarse. Recordó la tensión en la conversación, la
mochila... Se preguntaba así mismo. ¿He visto a la víctima del Lirio Marchito
antes de que fuera demasiado tarde? Corrió a casa, desesperado por contárselo a
alguien. Entró en el salón y encontró a Caleb, inclinado sobre una hoja de
papel arrugada.—"Mira esto," dijo Caleb, con los ojos inyectados en
sangre. Era una nota, garabateada con prisa. Una amenaza, dirigida a Phoebe,
que no solo mencionaba su ropa, sino también algo sobre; como "hay que
eliminar la escoria sobrante".
Caleb
había encontrado la nota en el casillero de Phoebe, y debajo, en la taquilla,
había un lirio marchito idéntico, a los nombrados, en los informes policiales. El
corazón de Jasper se detuvo. El hombre del embarcadero, la desaparición, el
lirio... Y ahora, una amenaza a Phoebe, escrita después de que Megan
desapareciera. —"No es de Megan, Caleb. Es de..."De repente, una voz
resonó en el pasillo. Era Elías. —"¡Jasper, Caleb! ¿Dónde está vuestra
hermana?" Ambos se miraron, el terror silenciando de su rivalidad,
enmudeció. Jasper miró el lirio, luego la nota, luego a su hermano. La culpa,
la traición y el miedo se fusionaron en una punzada de lucidez.—"Papá,"
dijo Jasper, la voz un hilo. "Phoebe... se fue a los acantilados. Ella me
dijo que iba a intentar... escapar. Y creo que El Lirio Marchito está aquí.
—Juraría que está buscando a Phoebe." Elías, con el rostro pálido y
pétreo, agarró su arma reglamentaria que tenía sobre la cómoda. La disciplina
militar se estrelló contra el terror y el orgullo de padre. Mientras corrían
hacia el jeep, Jasper sintió la punzada —alrededor de su pectoral— de la verdad
más oscura: el asesino había entrado en su vida por la grieta que ellos habían
abierto. Y en el corazón de esa base de la OTAN, bajo el sol de Andalucía en
diciembre, una familia fracturada: iba a enfrentarse a la prueba definitiva. El
acoso, que ignoraron, la traición que los separó, se había convertido en un
anzuelo para la bestia.Caled le dice a su padre que el equipo de investigación
del FBI ha encontrado en la taquilla de Phoebe los diarios del maldito
psicópata.“Cuando llegas a Rota el olor a pino quemado y salitre se mezcla con
el hedor metálico y dulzón de las bolas de azúcar hechas algodón. Dicen que el
sur de Europa es el corazón de la historia, de las guerras. Mienten. Es el
vientre, un lugar donde la basura se pudre en el olvido. Y mi trabajo es
limpiarlo, cortar las ataduras, liberar a los que, en realidad, solo esperaban
mi mano para que puedan ascender al cielo” El sargento Elías Thorne, les espeta
en español a sus hijos, en español, ante la incredulidad de los chavales:
—Vamos a cazar a ese cabrón y a traer a casa a vuestra hermana. Eh! ¿Queda bien
claro?. ¡Somos familia, patria y Dios! A por él,
FIN
Dedicado
a Diane Keaton enero 1946/octubre 2025 In Memoriam
Los
pantanos bordeaban la casita donde pasó su infancia el pequeño Marcelo López
Recarte. Sus aventuras escolares le llevaron a capturar criaturas húmedas y
viscosas; como anguilas, ranas y sapos. Pasaron 30 años, allí se hallaba,
hacendado en una mansión completamente en ruinas. Ahí, sentado con una copa de
Pacharán, encima del escritorio, estaba escribiendo cartas de disculpa a su
esposa Sara; el inspector jefe del pueblo López Recarte. —Cariño, lo siento
mucho. Pero tengo algo que decirte...Abundaban montones de cartas sin
terminar, en aquel escritorio. Por la noche, los secretos retorcidos se rizaban
como renacuajos en la mente de Marcelo. La medianoche invitaba a ranas y
batracios a arrastrarse hacia adelante, empujándolo hacia la locura. Apenas
quedaba Pacharán en la botella. El viejo inspector conoció a Sara, en su pub
favorito: “La espuela de Sabino.” Mientras ella soplaba las veinticuatro velas
de una tarta de chocolate —que parecía decir, cómeme— él, celebraba un aumento
de sueldo. Dos veranos después, las rosas carmesí llenaban la iglesia de San
Isidro Labrador. Pedro Landa, el tutor de la infancia de Sara, la entregó en
matrimonio. Sara se vistió con un vestido de seda negro, muy gótica ella, y fue
deslizándose, por el pasillo, de un modo, que le hacía parecer la concubina del
diablo. Marcelo sufría de fiebre del heno y estornudó un buen remojón sobre la
cara del cura. Las palabras perdían su sabor. Las melodías, antaño llenas de
emoción, sonaban planas, como un eco lejano sin reverberación. La creatividad,
un manantial burbujeante, se había secado, dejando solo una tierra agrietada.
Sara, lo tenía muy claro: despreciaba la casa de Pedro Landa. Las frías
corrientes de aire, llenas de humedad, calaban por sus largos pasillos, los huesos de Marcelo y las
ventanas traqueteaban, al unísono, por las veinte habitaciones del palacete de
los Murrieta. Las ortigas brotaban junto a los cerezos raquíticos que
flanqueaban el camino de grava. Se miraba al espejo su gran cabellera de pelo
gris y le daba vértigo verse ahogado de asma y artritis; Pedro Landa se
marchitó hasta la senilidad. Sus dedos huesudos se aferraban a los bastones
mientras cojeaba por su invernadero, luchando contra su escueta memoria, por
recordar su propio nombre. Los cuidadores le preparaban los baños. Sara le daba
de comer, siempre, con cuchara hallmarks; una dulce compota de ciruela.
Mientras, el inspector Marcelo arreglaba las tuberías rotas. Pedro Landa dejaba
sus objetos personales, por ahí, incluido su diario. De repente, cayó en las
manos de un avezado Marcelo que leyó el volumen verde que estaba encuadernado
en cuero.
La
letra garabateada de Pedro se asemejaba a una caligrafía encogida. Sara solo
tenía cuatro años cuando sus padres murieron en un accidente de coche, y Pedro
se convirtió en su padre adoptivo. Al igual que Sara, Pedro era el último de su
linaje y no tenía familia viva, pero su amplio fondo fiduciario le permitía
comprar cualquier cosa, incluidos los servicios sociales. El pelo rojo de Sara
se volvió rizado y sus ojos verdes cada vez más grandes. Incapaz de reprimir la
compulsión, las manos de Pedro acariciaban su suave y tersa piel blanca como la
leche. Página tras página, su diario describía cómo le acariciaba el pelo, le
tocaba los pechos en desarrollo y le acariciaba los muslos. Marcelo se
estremeció de asco. Después de cada «sesión», como él las llamaba, Pedro le
compraba —a su hija— adoptiva helados en cafeterías paralelas al paseo marítimo.
Famosos subastadores vendieron los cinco collares de esmeraldas de su madre
para financiar su educación. Ella tenía tres ponis en un campo cerca de su
colegio privado. Pedro había reparado el daño, a su manera. Eso quiso pensar a
lo largo de su vida. Macelo arrojó el diario de Pedro al fuego, destruyendo las
pruebas. Todas las páginas se arrugaron y se quemaron hasta quedar negras,
convirtiéndose en cenizas blancas. Las babosas ranas de la venganza se
adentraron, con más ahínco, en la mente de Marcelo, exigiendo justicia. Los
intentos de hablar sobre la infancia de Sara fracasaron. Marcelo se pasó días
chupando las esquinas de las mantas de lana. Sara apretó los dientes. Marcelo
temía que los periodistas locales se enteraran. Las noticias de primera plana
arruinarían la vida de Sara. Reprimió su repulsión, los sapos resbaladizos
envenenaban su juicio, su felicidad, su cordura. Los vecinos del pueblo nunca
sospecharon nada. Años atrás, un Pedro Landa con más fuerzas, impresionó a sus
vecinos restaurando un elegante Jaguar E-Type. Sus chaquetas de tweed olían a
aceite y gasolina, o a tabaco de su pipa. Sara guardó el terrible secreto. Pedro
tenía noventa y cuatro años cuando un cuidador descubrió sus restos mutilados
en la biblioteca. Le habían apuñalado cinco veces en la nuca y los hombros con
un cuchillo de veinticinco centímetros para trinchar el pavo por Navidad. Salpicaduras
de sangre manchaban una primera edición de “Barba Azul” de Charles Perrault que
yacía olvidada sobre una mesa de palisandro. Sara lloró durante días, con los
ojos enrojecidos y el rostro pálido.
Marcelo
dirigió la investigación policial. No se interrogó a ningún sospechoso. No se
detuvo al asesino. No se estableció ningún móvil ni siquiera un esbozo de
indicio. Nada de nada. Evidentemente, no se encontró el arma homicida. No hubo
artículos sensacionalistas en los periódicos. El caso sin resolver siguió
siendo un enigma. Tras la lectura del testamento, Sara descorchó una botella y,
sonriendo, roció a Marcelo con champán francés. Él también sonrió cuando ella
le compró una Harley-Davidson por su cumpleaños y lo llevó a las Maldivas en
Navidad.La vida les sonreía, Sara acababa
de heredar el Palacio de Murrieta, y toda la dehesa que conducía a la playa, y
todos los activos de su tutor, compró diez caballos de carreras pura sangre con
los dividendos de su amplia cartera de acciones. A pesar de las exigencias de
Marcelo, Sara se negó a vender la propiedad. Pedro debía de haber querido que
ella conservara la propiedad, argumentó. Las grabaciones de su música clásica
favorita, incluida «Clair de Lune» de Debussy, resonaban en las habitaciones
polvorientas. Marcelo prefería a Jimi Hendrix tocando la guitarra eléctrica y
era mucho, más feliz, en el pub bebiendo sidra con sus amigos; luchaba por
adaptarse a la vida en la gran mansión. Las pesadillas arruinaban su sueño. Las
severas tallas góticas de su cama con dosel le miraban con malicia, como
gárgolas sarcásticas. Sara cerró la biblioteca, convirtiendo las estanterías en
tumbas. Cada semana, traía jarrones con flores, perfumando el aire viciado con
el dulce aroma de los jacintos y los lirios. Una mañana de invierno, Marcelo
echó leña al fuego y se acomodó en su sillón. Los aromas del asado dominical de
Sara, la salsa de menudillos y el pudín casero de Oyarzabal llegaban desde la
cocina. Sara lo llamó para almorzar. Su costilla de ternera llenaba una bandeja
de plata. En el aparador de caoba, un antiguo tarro azul y blanco contenía las
cenizas de Pedro. La mente de Marcelo se sumergió en el pasado.
Dos
meses antes de la muerte de Pedro Landa
Como
agente de policía, se ocupó de muchos casos relacionados con hombres que
abusaban de niños. En tres incidentes distintos, varias niñas que vivían en la
ciudad habían sido violadas y asesinadas. Marcelo atrapó a cada uno de los
asesinos. Después de leer el diario de Pedro Landa, se había convertido en un
dios pagano salvaje, meditabundo, observando a Pedro y maldiciendo a ese vil y
malvado hombre. Cinco pintas de sidra le dieron valor a Marcelo. Cogió un
cuchillo de trinchar de la cocina y apuñaló a Pedro hasta matarlo. La sangre
salpicó por todas partes. Temblando de horror por lo que había hecho, Marcelo
borró sus huellas y enterró el cuchillo bajo unos helechos cerca de un tejo. Marcelo
intentó concentrarse en la deliciosa comida que Sara había preparado e ignorar
el tarro de jengibre. En sus manos sostenía el nuevo cuchillo de trinchar,
acariciando con los dedos la afilada hoja de acero. Temblaba, respirando lenta
y profundamente, con el estómago revuelto. ¿Cuánto tiempo podría ocultar su
propia culpa? Tomó una decisión. Definitiva y para siempre. Sara besó a Marcelo
en la mejilla.«Encontré un sapo arrastrándose bajo las tablas sueltas del
suelo de la biblioteca»—dijo. «Espero que no nos maldiga a todos».
FIN
Dedicado a Robert Redford agosto 1936/2025 septiembre In Memoriam
El
humo del puro de Don Aniceto se mezclaba con el olor rancio a papeles y
bártulos viejos en su oscuro despacho. Sentado al otro lado del imponente
escritorio de caoba, se hallaba el pusilánime, Ramiro, envuelto desde las axilas hasta su frente, en un sudor frío perlado.—"Vamos
a ver, Ramiro ¿Tú estás seguro de esto?"—la voz de Don Aniceto era grave,
sonaba a nota de bajo, a través de un JBL, murmullante y vibrante. —“A ver, majete, aquí, ya no hay
vuelta atrás. Una vez que entras en este juego, las reglas cambian, de por vida".
Ramiro tragó saliva. —Lo sé, Don Aniceto. Pero... la situación en casa es insostenible.
El sueldo no nos llega, ni para la muda interior. No llegamos a fin de mes.
Nada de nada. Mi mujer está enferma, y en la última revisión, las noticias no
fueron nada optimistas y los niños, en fin, ya sabe, como son los críos...
—Necesito esto. Se lo pido de rodillas, D. Aniceto. La gran bola de sebo,
encima del sillón de cuero italiano; sonrió, una mueca más (de las muchas que
tenía en su repertorio) que una expresión de alegría. —"Entiendo. La
necesidad es un gran aliciente, ¿de verdad, Ramiro? Y créeme, que sé de lo que
hablo. Te entiendo perfectamente. Yo también estuve ahí, igual que tú, hace
muchos años". Nosotros somos gente que tenemos que hacer estas cosas, ya
que el sistema funciona de este modo y para ello se necesitan personas con
capacidad de decisión. Nada más. Se reclinó en su sillón de cuero, el Cohíbas
entre los dedos...
—Mira,
el plan es sencillo. Esta semana sale la licitación del nuevo centro deportivo,
algo habrás oído. Pues, bien,hay una
empresa que está dispuesta a pagar una buena suma por asegurarse el contrato. Y
entonces, Ramiro, ahí, entras en acción: tu trabajo es evitar que los papeles
de los otros no lleguen a tiempo, que siempre haya un pequeño error, motivo,
defecto de causa burocrática; que los descalifique.¿Y si alguien preguntase
por algo?—Inquirió Ramiro, su voz, muy baja, apenas audible.—"Nadie
preguntará nada que no deba. Todos aquí saben cómo funciona esto. Y si alguien
lo hace, ya me encargo yo", Don Aniceto dio una larga chupada a su puro,
el brillo en sus ojos se veían como una advertencia. Te llevarás un buen
porcentaje. Suficiente para que esos “problemas domésticos desparezcan” y de
paso te des cuenta que el dinero, querido Ramiro, es el lubricante que mueve el
mundo. Días después, en la cafetería de la oficina, Gala, una compañera de
Ramiro, se le acercó, con el ceño fruncido.—"Oye, Ramiro, ¿te parece
normal lo que está pasando con la licitación del centro deportivo? Otra vez los
documentos de Construcciones Koldoplex S.L. con errores. ¡Y es la tercera vez!
Huele muy raro".—Ramiro se removió incómodo. "Mujer, las prisas y la
condiciones de los pliegos. Ya sabes cómo es esto… Mucho trabajo y poco tiempo.
Intentó sonar despreocupado.—¿Prisas y pliegos? ¿Cuándo llevamos meses con esto?
No sé, Ramiro. Nosotros no somos dos becarios de Antena 3 en agosto. A mí me da
el pálpito,que aquí hay algo más.
Además,
tú que estás en el comité... ¿No has visto nada extraño?. —Gala, lo miraba
fijamente: sus ojos escrutiñadores de color miel, impasibles. Ramiro, desvió la
mirada hacia su taza de café. —No, nada. Lo normal. Errores por aquí y por
allá. Pura burocracia. Se levantó bruscamente. “Lo siento, Gala. Tengo que
irme. Me esperan en una reunión". Meses más tarde, el dinero había cambiado
la vida de Ramiro. Su mujer había podido acceder a un mejor tratamiento, en la
sanidad privada, con los nuevos acelerados de protones, los niños tenían cosas
que antes eran impensables. Juguetes y ropas de marca. Paquetes de ECI o
Amazon, inundaban la casa de Ramiro. Empero, el precio no era solo monetario.
La mirada de Sol (su esposa), la sospecha silenciosa de algunos compañeros, el nudo en el estómago, cada vez que Don Aniceto lo llamaba a su despacho...Seguía en su interior. Un
día, en el pasillo, Gala lo interceptó de nuevo. No había acusación en su voz,
solo una tristeza infinita. —Ramiro, ¿sabes
lo de Matías? El de contabilidad. Lo han despedido. Dicen que por
—irregularidades—. Pero que yo sepa Matías era intachable. Son demasiadas
casualidades, ¿No crees?—En un tono entre el cinismo y la rabia contenida.
Ramiro,
sintió un escalofrío. Matías era de los pocos que todavía preguntaban, que se
atrevían a señalar las cosas por su nombre. —"No sé nada, Gala. Ya sabes
como es esta empresa .—Cómo— Pues, eso. Así.—"¿La empresa? ¿O ciertas
personas en la empresa?". Gala se acercó. Su voz bajó a un murmullo. Lo he
estado investigando por mi cuenta, Ramiro. He visto cosas. Cosas que no me
gustan nada. Y la gente, Ramiro... La gente se da cuenta. Tarde o temprano,
todo sale a la luz. Ramiro sintió, por momentos, que el aire le faltaba. —"Gala,
por favor. No te metas en problemas. Es peligroso. —¿Peligroso? (Otra vez esa mirada fiscalizadora y
demoledora) ¿Más peligroso que vivir en la mentira? Si sabes algo, Ramiro,
si has visto algo... Dímelo. Aún estamos a tiempo de hacer lo correcto".
La mano de Gala se posó suavemente en su antebrazo. Sin embargo, Ramiro, con el
recuerdo del rostro de su mujer, Sol, mejorando y la imagen de Don Aniceto en su
despacho, solo pudo negar con la cabeza y alejarse. El silencio se había convertido
en su mejor amigo, y, posiblemente, en
su peor enemigo. Ese era el precio del silencio, pensó, que a lo mejor era
mucho más alto de lo que nunca había imaginado. Subió en su nuevo BMW X7 y miro
por el retrovisor ¡Pero, qué demonios: Carpe diem!
FIN
Dedicado a Ozzy Osbourne diciembre 1948/julio 2025 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
Warui
yatsu hodo yoku nemuru (1960) By Akira Kurusawa
El
Reino 2018 By Rodrigo Sorogoyen
Shield
for Murder (1954) By Howard W. Koch&Edmond O'Brien
Por
favor, consideren esto como mi confesión completa. No deseo morir con el
corazón angustiado.
Ojalá
pudieras verlo ahora mismo. Él, se está preparando para asestar el golpe final,
y sé que estaré muerta en cuestión de segundos; sin embargo, incluso, cuando
alberga el asesinato en sus ojos: nunca he visto un ser humano más atractivo,
más seductor, más, de los más. Joder! Tías. ¡Es la hostia, qué hermoso es el
cabrón!Por favor, no te ofendas por esto, estoy seguro de que estás sintiendo
la tentación como un escalofrío que recorre toda tu espalda. Probablemente te
habría acosado y herido también, tantas veces como a él, si hubiéramos tenido
el placer de conocernos antes de mi muerte. No estoy segura de con quién estoy
hablando. Usted es probablemente un producto de mi imaginación, así que voy a
dejar que vos elija su identidad. Lo dejamos, en: —un sacerdote con buenas
intenciones? ¿Un ministro lleno de mierda? ¿Un juez nefasto? ¿Mi mejor amigo?
¡Qué puta que es la vida y que momentos me ha dado! —Sí, se lo digo con el
corazón en un puño y casi de rodillas.
¿Crecimos
juntos, escondiendo nuestras extremidades desgarbadas debajo de un escritorio,
nuestras risas zaheridas y ensombrecidas por una de esas enormes sillas de
oficina de Herman Miller después de haber aterrorizado a nuestros vecinos?¿O
fuiste tú quien finalmente me atrapó, me reprendió por haber existido alguna
vez (como si hubiera elegido hacerlo), antes de tí, al igual,como mi querido Ernesto, en memoria de todas
mis víctimas?—¿ Me golpeara muerta, abrumada por esa alegre sensación, de estar
librando al mundo de una plaga? Aquí está mi consejo —por favor abstenerse de
elegir su identidad hasta que termine mi confesión.
No
deseo juicios mediáticos ni empatía. No deseo miradas de desdén o comprensión.
Nací en una familia de acosadores, torturadores, corruptos, puteros y
mentirosos patológicos: lo peor de lo peor. Cómo nos habían llamado…Ah! Sí. Ya
recuerdo que éramos de esos que disfrutábamos del apuñalamiento, como si el
hecho de perforar a otros, en sus torsos, fuera cómodo. Tremendo. Cuando, todo
el mundo disfruta con una caricia, un abrazo, un beso tierno; pero no deseo
morir como mi familia me hizo. Ya me concedieron medio deseo, morir en los
brazos del divino Artemio. Así que concédeme la otra mitad. Concédeme el alivio
de deshacerme de todas las etiquetas que otros han elegido y colocado en mí
puta mi vida, hasta que tome: el último de mis alientos.
Y,
luego, puedes elegir burlarte, simpatizar o encogerte de hombros. De verdad,
después, ya no tendrás que pensar en mí, una vez más. Porque ya no estaré en la
tierra. Seguirás tropezando en la misma piedra: volverás a pensar en mí y ese
pensamiento te perseguirá, todos tus días. Pero el problema es que pensarás en
mí otra vez. No importa quién seas, no importa lo fortificada que esté tu casa:
mi familia está en todas partes. Y si eres real, entonces te encontrarán, te
acecharán, te lastimarán y te tratarán como a una cucaracha. Sí queda algo de
ti, se lo darán a los cerdos de postre. Te lo prometo. Ellos son muybuenos haciendo este trabajo. ¡Cuídate!
FIN
Dedicado
a Bobby Sherman julio1943/junio2025 in Memoriam
En
el último día de mi vida, mientras me preparo para respirar por última vez, tú
me convocas, desde mi lecho de muerte, a escribir una vez más. Pero esta vez
para escribir algo diferente. Algo que nunca he escrito antes, compuesto de
palabras que son mías, de mi propio corazón y vida, no de tu cabeza o lengua.
Lo cual, si soy honesto, me resulta muy difícil. Porque no estoy acostumbrado a
este tipo de libertad. Me siento mal, de alguna manera, redactar estas palabras
por mi propia voluntad: al permitirme cincelar mi propia verdad, en lugar de
transcribir su discurso de turno. ¡Y Dios sabe que he transcrito muchos de
esos!Incontables, miles e innumerables, en todo tipo de formatos. Planes,
contratos, reseñas, testimonios, cartas. Entradas de dietarios, horarios,
amenazas de muerte, notas de rescate, demandas y chantajes. Historias de
ficción y novelas basadas en eventos reales. Lista tras lista, listas de
todo o nada. Desde comestibles hasta víctimas. Listas de herramientas, tareas,
lugares de escape, claves de criptomonedas, clientes con bonos basura. Listas
de objetivos y métodos de tortura. Y por supuesto, listados de asesinatos. Empero,
al principio me impactó, finalmente me pareció aburrido de compilar. Porque no
estaban en el contexto al que estaba acostumbrado. Los horribles y
escalofriantes detalles de la muerte, la sangre y el dolor. Y, siendo virtuoso
como se me permite: me entristece pensar que después de todos estos años de
registrar minuciosamente los terribles eventos, que dictó, los detalles
cruentos de como cortar una garganta, romper el cuello y disparar balas entre
los ojos de inocentes. En definitiva, daños a algún culpable o algún inocente,
todo odiado y aborrecido. A la postre, lo último que iba a escribir para
Usted. La última vez que me llamó al trabajo, era para otra, lánguida lista. La
más aburrida de todas, esas, de amigos y familiares que detestas y los regalos
que les harías por Navidad. En nombre de mantener las apariencias. A la búsqueda sempiterna por mantener una fachada.
De
un hombre, un individuo normal, un autor con éxito moderado, que se esconde
detrás de un seudónimo y una vida que es menos ficción de lo que nadie sabe.
Pero afortunadamente, hoy, cuando me siento más débil de lo que he hecho, en toda mi servil vida. Como tu escriba
conscripto, cuando mi flujo sanguíneo se ha detenido y mis movimientos son más
lentos de lo que puedo recordar: Usted se ha asegurado de que no sea el caso al
comprometer mis habilidades, una penúltima vez. Dándome la oportunidad de decir
lo que pienso. Porque, ahora, sí que me estoy muriendo, como el fuego de una
hoguera, en la lluvia. Ahora, siento el olor a cripta con más fuerza. Después de
todo este tiempo, estoy a punto de escribir mis últimas palabras. Estas cartas
y frases finales. Por fin, ya las tengo. Esta misiva será lo último que escribo
para vos, para mí, para cualquiera. Después de hoy, me habré ido. Y encontrará
a alguien nuevo para anotar sus secretos. Para llevar a cabo su negocio, en
papel, de la vieja escuela. Ese, libre de huellas digitales, para documentar su
trabajo y memorias. Las cosas interesantes. Las cosas con trama y detalle,
gráficas y demás jarcia. El material de coacción puro y duro: las pólizas de
los seguros y el registro de golpes. Las cuentas compuestas por números y
cantidades enormes e inconcebibles, las fechas de los incidentes, las
cronologías de los acontecimientos, las historias. Ah!
Un fuerte escalofrío recorrió mi espalda hasta el cogote del parietal—Queda
poco. —¡Ay, qué joderse! Por tanto tiempo quise que terminara y ahora que
finalmente se acaba me siento triste. Sabe muy bien que Usted, me empleó,
durante mucho tiempo para registrar estas facetas de su vida y sus tiempos
sicarios. Confió en mí, plenamente, y se sintió cómodo relatando los detalles de
sus asesinatos. Fui su leal sirviente por más tiempo del que puedo recordar.
Probablemente mucho más, del que debería haber estado. Sé que viví más tiempo
que cualquiera de mis predecesores. Me lo mencionaba muchas veces. —Cómo he
estado contigo el más largo de todos. ¿Cómo debería sentirme agradecido, ser
apreciado por alguien como tú? ¡Qué se me permita continuar en este papel
durante el tiempo que lo he hecho. ¡Compartir los detalles íntimos de tu
trabajo. Maldito cabrón!
—¿Y
por qué no debería estar agradecido?
Si
no me hubiera llevado cuando era joven, quién sabe del tipo de aburrida vida
—un gris funcionario— hubiera acabado, posiblemente, con un cáncer de estómago.
Uf! No me quiero, ni imaginar. Eso sí, todo lo que me dijo, se quedó en mi
bóveda. Reproduje sólo lo que quería, donde pretendía y cuando lo quería hecho.
Recuerdo un libro mayor o los diarios púrpuras y aquellos pequeños libros
negros. Lo transcribí exactamente como se describen las grandes cosas. Poniendo
la más excelsa caligrafía, rectilínea: fina y limpia. Sin manchas. Continuamente,
siguió elogiándome por ello. Dijo—que era el mejor con el que habías trabajado.
Y disfruté de ese enaltecimiento, hasta encontré consuelo. Significaba que
estaba haciendo un excelente trabajo. Lo sentía, como un pequeño bálsamo. A
pesar de las injusticias de mi vida y la manera en que fui tratado, por usted. Mi
captor y empleador: secuestrado, encerrado, profanado, a veces golpeado, contra
los muebles o arrojado al suelo con furia. Mi voluntad nunca pudo ser
quebrantada. Mi espíritu había prevalecido. Algo que me convirtió en un activo
enorme para el devenir de los acontecimientos. Y eso hizo que mi existencia
valiera la pena. Porque al menos, era una presencia, una que podría haber sido
pero no había sido cortada. Uno que sobrevivió y superó los años de hacer tu
voluntad, de repetir sus palabras, grabándolas, por su cordura y terminar
admitiendo la salvaguardia.
Evidentemente,
fue muy difícil al principio. Podría haberme rendido o haber intentado acabar
con mi vida, mucho antes lo previsto. Me ahogué, creé un bloqueo, corté mi
suministro de aire. Pensé— O liberó mi sangre y la dejó derramar, como vos
drenaste la inocencia y la esperanza de mi alma. O igual esas manos húmedas acaban en mi cuello, imagínense esos dedos gruesos estrangulándome, haciéndome bailar a su ritmo.
—No
voy a mentir. No ahora, cuando me dejas escribir libremente. En
esos primeros días me asustabas. Eras impredecible, fácil de enojar, volátil.
Cuando alguien le molesta o un trabajo sale mal, si fallas en una misión o un
asesino rival te golpea hasta la marca... Caerías en un pozo de rabia
incontrolable, y esos días me lo echaba encima.
Contra
viento y marea, como el peor plasma de mi vida, —no se les ocurra consumir,
plasma bielorruso. De lopeor de mivida: tuve que bebérmelo. Atraparlo y
escribirlo todo, del tirón. Mientras Usted gritaba, escupía y maldecía. Así fue
desde el momento en que me encontró, cuando vio algo en mí, decidió hacerme
suyo y llevarme. Por eso me necesitaba, por supuesto. Yo y todos los demás.
Llegué a entender eso. Claro, como todo en la vida: el tiempo. Necesitaba un
confidente, alguien con quien compartirlo todo, alguien que no se retractara ni
le traicionara. Y cuando no podía encontrar a nadie que estuviera dispuesto a
hacerlo; tenía que entrenar a alguien para la tarea. Alguien como yo. ¿Y los
demás?¡Qué se jodan! —Un alguien, pero cómo ¿Quién vendría a continuación?
Pues, he llegado al final de mi camino. Puedo sentir que la vida se me está
acabando. Y todo lo que queda por hacer es decir gracias. Por permitirme
compartir mis pensamientos, en esta página, en medio de sus entradas
personales, donde permanecerán y vivirán, con vos, para siempre. Quiero que
sepa, algo. No todo fue malo. Sí, en el pasado me dominó. Me encerró y tiró la llave. Me arrastró de un
lugar a otro, a veces, dejaba que otros me usaran, pero siempre se aseguró de
que estuviera a salvo.
Cuando
me perdí, me buscó. Cuando me secuestraron, se aseguró de traerme de vuelta.
Porque me apreciaba—supongo. Y sí, estaba gratificado por eso. A lo mejor,
tantos años…, no sé. Igual, el tiempo puede haberle cambiado. No lo tengo
claro. Se fue suavizando. Perdió su borde cruel, se volvió más controlado y
silenció su temperamento. Incluso, se logró una especie de respeto mutuo.
Aunque su acatamiento por mí provenía de mi determinación y la negativa a estar
siempre agotado. Mi respeto por vos creció en el miedo. El pánico y el
conocimiento que obtuve de lo que hiciste. Cosas que deberían haberme vuelto
loco. ¡Quizá lo consiguieran. A saber! Porque a pesar de la naturaleza de su
trabajo y los detalles macabros del negocio que me hizo transcribir. De lo
traumático y enfermizo que fueron para ayudar a grabar su maldita obra. No
puedo negarme y mirar de perfil: cómo finalmente llegué a disfrutar de ella.
Fue, sin duda, interesante. Y disfruté ser su confidente más cercano, el único,
personaje, en el mundo que conoce sus secretos. El único que vive, por ahora.
Por elección y gracias a su gentileza: como su sirviente y su compañero,
durante, todos estos años. Le digo: un hasta siempre. Mientras garabateo mis
últimas palabras en cursiva perfecta. Sin manchas ni defectos. Pulcro y bello.
Como todo lo que escribí para Usted. Antaño, cuando mi tubo de tinta estaba lleno. Como estas palabras le dejo ahora
que mi plumero que se está secando. De todo corazón, gracias. Por mantenerme a
su lado todos estos años.
FIN
P.S.;
Espero que su próximo bolígrafo le sirva también. Suyo para siempre. Fielmente,
Orlok
Dedicado
a George Wendt octubre 1948/junio 2025 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
The
Last Man on Earth (1964) By Ubaldo Ragona&Sidney Salkow
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