Amancio, el seis dedos, una crónica de la la España maldita.

marzo 29, 2026 Jon Alonso 0 Comments

 


El aire en Puebla de Lillo no era aire, lo que se respiraba. Aquel viento entraba por el orificio nasal como la lija helada de la una radial hasta el alveolo. Era un frío de guerra —de aquellos voluntarios de la división azul— a hostia limpia, junto a los nazis en la campaña de Rusia. Estábamos en Febrero y la postguerra dejó sequias y heladas que pelaban la piel y la epidermis. En aquel febrero de 1954, España olía a tabaco de picadura, a incienso de misa de ocho y al sordo miedo que se palpaba en las cartillas de racionamiento, aunque dijeran que ya no hacían falta. El país de la dictadura daba ese mensaje, parecido a lo de ahora, de que España ya va como un cohete. En ese secarral de adobe y luto, donde las mujeres vestían de negro riguroso y los hombres callaban en la taberna, todos conocían a Amancio Martín. O, mejor dicho, conocían su estigma. Amancio era conocido por todo el mundo como "El Seis Dedos". Un tipo flaco, escurrido, con una gabardina color parduzco que parecía heredada de un muerto y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas para esconder unos ojos que habían visto demasiada posguerra. No era un "maquis" echado al monte, a pesar de la barba, que siempre se gastaba. Tampoco, un falangista de camisa nueva con pretensiones. Era un superviviente del arroyo. Unos dijeron que estuvo al lado de los Requetés y anduvo en el norte de Italia, con Mussolini. Empero, después, de tanto canto al rey y Dios; se marchó. Un día en la batalla de Belchite, hay quien dijo, que un tipo con seis dedos salvo a 6 milicianos republicanos de la explosión de una granada del bando nacional. También, que estuvo en un campo de concentración en Francia. Amancio era una leyenda urbana: un tipo hecho a sí mismo y que vivía a su manera.



No le quedo otra, que malvivir del trapicheo con estraperlo de baja estofa: unos litros de aceite de oliva por aquí, un par de mantas de lana por allá. Y en ocasiones, cobrando pequeñas deudas de juego a jornaleros desesperados. Su sexto dedo —ese pequeño y rudimentario apéndice que le nacía pegado al meñique de la mano derecha— era su ruina y su pasaporte a la gloria. Los ignorantes, que en aquella España, se contaban por doquier; decían que era cosa del diablo. Brujería y malditismo. El cura de la pedanía lo miraba con compasión torcida; y Amancio, simplemente, se lo escondía en el bolsillo, como si fuera un pecado carnal. Sin embargo, aquel apéndice cambió de carril y terminó marcándole el camino a la tribuna del Garrote vil. En marzo de aquel año hubo un atraco muy comentado al Banco Castellano de Aranda del Duero. Dos hombres con monos de trabajo y pañuelos en la cara habían entrado a punta de pistola, sobre la hora de la siesta. Aproximadamente, las cuatro de la tarde. Uno de ellos, al saltar el mostrador para vaciar la caja fuerte, se apoyó con fuerza sobre el frío y agrietado mármol de la sucursal. El cajero, un tipo nervioso, con gafas de culo de vaso, juró y perjuró ante el sargento de la Guardia Civil que había visto, con total nitidez, una mano con seis dedos aferrándose al borde. Obviamente; la estampa se hacía inconfundible. De repente, se dio la orden de búsqueda y captura para Amancio Martín. Lo más sorprendente, es que Amancio no había estado en Aranda. Ese martes andaba por Valladolid, en la trasera de un bar infecto cerca de la Plaza Mayor; intentando vender unas cajetillas de Ideales de contrabando. Su coartada era la palabra de una "mujer de mala vida"(por entonces señaladas y humilladas) y denominadas de esa forma tan culterana. Amén, de la del dueño de una cantina; ese tipo, de individuos, que lo último que deseaba era líos con la autoridad. La palabra de tres parias contra el informe oficial de la Benemérita en la España de un Franco que había cambiado de careto en las pesetas que se acaban de acuñar. El inefable seis dedos estaba al borde del precipicio.




Caminaba ahora por una carretera de tercer orden, una espiguilla de asfalto cuarteado que tajeaba la inmensidad de la estepa castellana. El viento del norte soplaba con saña, un aullido monótono que parecía el coro de los que ya habían sido ajusticiados. Cada furgoneta, de aquellas Ebros que dejaban un redil a gasoil destrangis. No de la nueva gama Ebro eléctrico Made in China con diseño de Mariscal 92. Cada figura de tricornio lacado, que divisaba a lo lejos, le hacía dar un vuelco al corazón. El cerco se afianzaba. La orden era clara: captura del "monstruo de la mano de seis dedos", vivo o muerto. Desesperado, se refugió en un silo de grano abandonado, una mole de hormigón que se alzaba como una corpulenta atalaya en mitad de la nada. Dentro, el aire olía a moho, a grano podrido y a la soledad de los que no tienen adónde ir. Se sentó en un saco de arpillera y se sacó la mano derecha del bolsillo. La miró bajo el escaso rayo de luz que entraba por una grieta. El sexto dedo parecía reírse de él, una broma macabra de Dios que lo había marcado como a Caín, condenándolo antes incluso de cometer el crimen. —"No fui yo", masculló, y su voz sonó ridícula, ahogada por los muros de hormigón. "¿A quién le importa la verdad en este puto país?" .Amancio sabía que en esa España negra, triste y grisácea, la verdad era un lujo; que solo poseían los que llevaban uniforme o sotana. Para los tipos como él, la verdad era lo que dictaba el Parte de Radio Nacional y la sentencia de un tribunal militar. Pensó en el verdadero ladrón. ¿Quién era? ¿Un pobre diablo con su misma desgracia? ¿O alguien que sabía de la existencia de sentenciado Amancio y lo había usado como el chivo expiatorio perfecto? La idea le provocó una náusea amarga. Había otro hombre en el mundo compartiendo su maldición, pero ese otro ahora tendría los bolsillos llenos de monedas con la cara del Caudillo, mientras él esperaba la muerte en un silo. Un sonido rompió el silencio de la estepa. No era el viento.



Era el motor de un Land Rover 88 que frenaba en seco frente a la entrada. Amancio contuvo el aliento, el corazón martilleándole las costillas. Unos pasos pesados, de bota militar, avanzaron hacia el interior. La puerta chirrió espantosamente al abrirse, y una figura robusta se recortó contra la luz cegadora del día. El tricornio brilló con un destello siniestro. Amancio no intentó huir. Se quedó allí, sentado en la penumbra, aceptando su destino con la fatalidad de quien sabe que su vida nunca le perteneció realmente. Sacó la mano derecha del bolsillo y la apoyó sobre su rodilla, dejándola a la vista. El sexto dedo pareció cobrar vida bajo la luz plomiza que entraba por la puerta. El cabo de la Guardia Civil avanzó, con el mosquetón en la mano. Es Ud. "Amancio Martín Martín"—dijo con voz de piedra. Una voz que arrastraba siglos de incontestable autoridad: "Quedas detenido por el atraco de Aranda y por rebelión". Amancio sonrió, una sonrisa torcida, amarga, que no le llegó a los ojos. —"No fui yo, cabo", dijo con una calma que le sorprendió a él mismo. "Pero supongo que en esta España, tener un dedo de más es prueba suficiente". El cabo de la benemérita lo miró a los ojos, con una mezcla de desprecio y rutina. Luego bajó la vista hacia la mano. Una sombra de duda cruzó su rostro curtido por el sol de Castilla, pero fue efímera como un suspiro. —"No", dijo finalmente, con la frialdad del reglamento. "No importa". Y el sonido metálico de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Amancio fue el último clavo en la tapa de su ataúd. El viento arreció con más fuerza hasta que algunos arbustos salieron a la fuga con la fuerza de una tormenta que amenazaba, la vieja Castilla, llena de hambre y afligimiento. Dicen que han cambiado muchas cosas desde entonces. Eso dicen. La leyenda de seis dedos se recuerda y el sentimiento de injusticia sigue vigente en la vieja España. Hay quién dice que el seis dedos, verdadero, se marcho a las Américas e hizo una gran fortuna. Y el ajusticiado fue un pobre hombre que estaba muerto de hambre. España y sus cosas. 




                                                                                       FIN


Dedicado a Raúl de Pozo, Bryce Echenique, Lobo Antunes, Jürgen Habermas, Chuck Norris y Valerie Perrine. Todos fallecidos en marzo de 2026. In Memoriam




Fotogramas adjuntados

 

Surcos 1951 Jose Antonio Nieves Conde

El laberinto del Fauno (2006) Guillermo del Toro

El Santuario no se rinde (1949) Arturo Ruiz Castillo

El Lute Camina o revienta (1987) Vicente Aranda

 








0 comentarios: