El hotel de Betty: la furia de los hermanos Ramírez

abril 30, 2026 Jon Alonso 0 Comments

 


Gerardo y Samuel eran los típicos hermanos de un pequeño anejo de Castilla-La Mancha. Nunca fueron a la escuela porque dependían mucho del trabajo familiar y la ayuda que aportaban a esas las labores; pastoreo, caza y los viñedos. Sus padres eran una familia muy humilde que trabajaban  hasta caer el sol: reventados. Aquellos hermanos pertenecían a una estirpe, en vías extinción —nacidos para currar, como todos los hombres de la familia Ramírez— de una educación parca y frugal. Todo ello, quedaba reflejado en su crianza, donde en la heladas de los meses de febrero y marzo, el alcohol dejaba su mácula y algunos problemas de convivencia los fines de semana, en el la ciudad que estaba a pocos kilómetros de su aldea. La madre de ellos, la Sra. Josefina, sentía un mayor apego por Gerardo, pensaba, que, físicamente, tenía más parecido a ella. Siempre vio, en el pequeño de los Ramírez, habilidades muy cercanas a ella, en el cultivo de las viñas. Samuel, observaba esa relación con relativo desdén. De algún modo, era más fuerte que Gerardo —tres años mayor— y con un físico portentoso. Siempre pensó, que algún día, su hermano pequeño intentaría dejarlo. Por decirlo, llanamente, tomaría su propio camino. Sin embargo, volviendo a la infancia, Samuel heredó de su padre, Carolo, la habilidad, de cortar la leña. Estableciendo una kármica relación con el hacha para cortar los troncos. A la que, terminó uniéndose, Gerardo. Acabaron por desarrollar una enorme destreza con las labores del corte de troncos en los pinares de la comarca norteña. A ellos, les gustaba que los llamaran los hermanos leñadores —como ellos mismos se autodenominaban— y utilizaban para relacionarse en el negocio: “si quieres leña rápida, llama a los hermanos Ramírez.” No les servía de nada la tecnología moderna. Desde que por primera vez cogieron una bien afilada “Jauregui” y cortaban un par de pinos o castaños; en un abrir y cerrar de ojos. Cuando alcanzaron la mayoría de edad, este oficio, fue haciéndose el pan de cada día, ya que la explotación agraria familiar, le llegó una edad, en la que sus padres: ya no podían invertir lo mejor de ellos. Pensaron que con aquella granja muy a pesar —de su madre Josefina, que tenía fe en las vides y confiaba en el instinto de Gerardo— las cuentas no terminaban de salir y el oficio de la tala por las diferentes zonas boscosas del país; dejaba buenos jornales. Ellos continuaron con su vida modesta, del tajo al barracón. Fines de semana a la ciudad. Cazalla, anís y juerga. Y, así pasaba la vida. Un día apareció un mayoral y les asignó un nuevo trabajo en una pequeña zona boscosa, cerca del norte de Navarra, donde algunos árboles viejos habían resultado dañados por una tormenta. Junto al bosque había un pequeño hotel, que hacía ya tiempo, el cual, pasó a ser parte del paisaje del páramo.



A pesar, de haber vivido, antaño, un esplendor fascinante. Algunos lugareños, decían que aún se escuchaban las almas de los que celebraban banquetes, bodas o fiestas de final de año. A los dos hermanos se les permitió quedarse allí y dormir mientras estuvieran trabajando en la zona —todo un alivio, no compartir cama con la banda del barracón— aquellos 25 tíos bregados, en un mismo lugar. Un regalo del cielo. Es verdad, que no tenía muchas habitaciones, pero sí un pequeño salón de banquetes, aún completamente amueblado con sillas y mesas. Allí dormían por las noches, una vez finalizada, la faena del día. Gerardo y Samuel discutían muy a menudo, sobre todo por cosas triviales, casi estúpidas: ¿Qué árbol era más alto? ¿Quién era más rápido? Y cosas por el estilo, entre lo anodino, pueril y demasiada testosterona. Samuel tenía un carácter más temperamental que su hermano Gerardo: le costaba mucho calmarse y se tomaba las cosas demasiado a pecho. Aquello, solía tener sus consecuencias, porque Gerardo terminaba por recibir una paliza brutal. Gerardo nunca aprendía de lo vivido. Y, le echó en cara, a Samuel —la siguiente noche— que era un borrachín de tres al cuarto y no tenía, nada de aguante. Cuando Gerardo se burlaba de Samuel porque borracho, una vez más, se había meado encima y se había caído al suelo. De repente, se abrió una ventana y entró un aire helado que pareció traer como un recoveco de voces familiares. No hizo mucho caso, ya que era tenía toda la apariencia de ser un “déjà vu” propio del abuso de alcohol. Como esto, era parte del pan de cada día de los hermanos Ramírez. Samuel, una vez más, pensó que Gerardo lo había empujado. Dando una patada a un taburete que tenía a su lado y comenzó a gritar muy enfurecido: maldiciendo y gritando, como un poseso. Acabó tomándola con las desvencijadas sillas del salón del hotel lanzándolas contra las ventanas y hacia él. Gerardo se rio, con ganas, lo que aguijoneó, aún más, el berrinche de Samuel. La situación empeoró rápidamente. Samuel, que ya había perdido la cabeza, sólo, escuchaba cascabeles. Un rugir insoportable, como las campanillas de los rebaños de corderos. Comenzó a  gritar: ¡“Gerardo, si te pillo, te mato ¡Lo oyes, te mato. Cabrón”! Gerardo, que no estaba tan borracho, se dio cuenta, que,  poco a poco, las cosas se habían salido de madre. Y, su hermano, se había convertido en un polvorín con un mechero encendido. Empero, no quería echarse atrás y, como solía ocurrirle. En esta ocasión dijo:—¡Vamos a ver quién tiene más huevos! No quería terminar recibiendo una paliza tras otra por ser más coherente, inteligente e inocente.




Aquel viejo hotel, tenía el aura de una novela de Stephen King. Frío invernal para una primavera demasiado larga y en el lugar, de los hechos. El espectáculo no podía ser más devastador: dos hombres, hermanos, peleando a brazo partido, el uno contra el otro. Una cosa tenía muy clara Gerardo; si Samuel lo atrapaba, sabía que era hombre muerto y tenía miedo. Pero reunió el valor y todas sus agallas para lanzarle una silla a Samuel, con la esperanza de darle y dominarlo. Aprovechando, el golpe de la silla, que lo tendría medio aturdido, hasta que Samuel se rehiciera, al recobrar el sentido común. Tal como lo pensó, que agarro la silla, le puso tal tino, que la lanzó  y ocurrió lo que no debería haber ocurrido. Le dio a Samuel en la cabeza. Pero Samuel no cayó al suelo; se mantuvo erguido como un árbol. Ahora todo había terminado para Gerardo. El fuego de la rabia ardía en su interior, como el filo del hacha por las yemas de los dedos. Corrió a su lugar de descanso y agarró su hacha. Gerardo sabía que su única oportunidad se había esfumado. Samuel, sangrando por la cabeza, estaba poseído por el odio, el dolor y la ira. Corrió hacia Gerardo, lo derribó, directo al suelo y le gritó: —«¡Hijo de puta mentiroso, ahora sí que va a pasar!». Gerardo sabía lo que iba a pasar cuando Samuel le lanzó esa mirada oscura y aterradora. —Las pupilas de Samuel se dilataron. Gerardo graznó y clamó de miedo: «¡Nooo! ¡Por favor, por favor, no!». Samuel se rio y le gritó: «Eso ya no te salvará». Levantó el hacha de un tirón, con la luz de las lámparas del techo reflejándose en ella, y Samuel se detuvo un instante. Entonces hundió a Betty —como llamaba cariñosamente a la Jauregui boca de luna— en la cabeza de Gerardo, y ésta, descendió directamente sobre el cráneo de su hermano. El sonido fue de un estrepitoso brutal; el metal partiendo el hueso parietal como si fuera una cáscara de huevo seca. Materia gris, viscosa y pálida, emergió a borbotones, mezclándose con fragmentos de hueso blanco que salieron disparados como esquirlas de una explosión macabra. Desgarrando la carne con un sonido de pergamino viejo hundiéndose como una sandia. Se quedo agarrada hasta la mitad. Un crujido sordo resonó por toda la habitación. La sangre salpicó todo el espacio del salón. Esa, mucho más densa, que brotó no era roja, sino de un carmesí negruzco. Cómo si la maldición hubiera corrompido hasta el último glóbulo. Su hacha encontró el rostro de su hermano.




El impacto fue una sinfonía de horror: el hueso maltratado cediendo ante el acero, y una lluvia de fluidos que manchó el papel tapiz, ochentero, del viejo salón de bodas. Miró a Gerardo, quien, con solo unos últimos espasmos, jadeaba en busca de aire como un pez, con los ojos muy abiertos, hasta que sus movimientos cesaron. Samuel soltó una risotada y pensó para sí mismo: —“Eso es todo lo que me quedaba para ti, gilipollas”. Samuel bufó y notaba como el corazón le latía, Observó por última vez el hacha “Betty” clavada en el cráneo de Gerardo, con la sangre se extendía lentamente por el suelo. El corazón de Samuel estaba taquicárdico, pero con una sensación de satisfacción y plenitud, que le llenaba de gozo. Es una locura, mostrar ese sentimiento, mientras el cadáver de su hermano yacía rodeado de sangre por todos los rincones. Samuel se limpió la sangre de la cara, de su hermano, que aún estaba caliente y le goteaba por la barbilla. Samuel puso un pie sobre el hombro de Gerardo, que, al igual que él mismo, yacía inmóvil en el suelo, y con un tirón violento, sacó el hacha de la cabeza, que ahora no era más que un desastre desfigurado y bañado en hematíes. Revelando bajo la mancha símbolos arcanos que el hotel ocultaba.  El clímax fue una danza grotesca, cercana al gore de las secuelas de Texas. Los órganos, expuestos por tajos inhumanos, palpitaban al ritmo del corazón del edificio. No hubo gritos de agonía, solo un suspiro colectivo del hotel. Mientras la vida de Gerardo se esfumaba y las maderas del suelo se abrieron, permitiendo que la sangre se filtrara hacia los cimientos. Gerardo y Samuel se convirtieron en parte del decorado: dos estatuas de carne y acero condenadas a repetir su duelo en el eco de los pasillos. Empero, el hotel, colapsado por la saciedad del momento, se sumía de nuevo, en el silencio de la nieve. Tan silencioso, que, el mismo Samuel podía oír el leve silbido del viento soplando a través del bosque exterior, filtrándose por las viejas ventanas. Samuel miró a su alrededor, contemplando su matanza. Cogió su querida Betty “la Jauregui de boca luna” y acabo de limpiarla en una parte limpia de la ropa de Gerardo. Finalmente, salió del pequeño salón de baile del viejo y solitario hotel; dirigiéndose a la zona boscosa donde faenaban. Se subió al todoterreno y acabo por decirse a sí mismo; es tiempo de vendimias. Las uvas están en tu punto. Alejándose de aquel tétrico lugar, mientras la tormenta de nieve arreciaba y seguía borrando el rastro de su existencia; dejando un ligero olor a hierro y muerte desde el demoniaco salón.


                                                                                 FIN


    Dedicado a Adolfo Aristarain Octubre 43/Abril 2026 y Moncho Monsalve Enero 45/Abril2026 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Come and Get It (1936) By Howard Hawks

The Big Trees (1952) By Felix E. Feist

Valley of the Giants (1938) By William Keighley

Timberjack (1955) By Joseph Kane









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