Drágica, una reina en la montaña y la urna mágica
En
la montaña, la nieve no daba tregua. Eran copos secos, menudos e incansables
que enturbiaban el aire hasta desdibujar la base de los abetos. Drágica se dijo
que esperaría a que el viento amainara, a que la luz cobrara fuerza. Sin
embargo, existía una promesa. Recordaba la fecha precisa, las palabras exactas.
La enfermera aguardaba en el umbral, incómoda en su propia compasión,
sosteniendo una bandeja de plástico. Él había girado la cabeza sobre la
almohada; los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas, pero aquel viejo
brillo obstinado seguía ardiendo en sus ojos. —La primera nevada —dijo él—.
Prométemelo, Drágica. Ella se había resistido a claudicar. Albergaba la
esperanza de que, si mantenía el futuro abierto, él aún encontraría la forma de
habitarlo; como si el tiempo estuviera sujeto a negociar. En cambio, se escuchó
sentenciar: ¡Lo juro! El silbido de la tetera la trajo de vuelta. Vertió el agua
sobre la bolsa de té en su taza favorita, aquella que lucía una mella y un alce
de astas desgastadas por los blanqueos. Observó cómo la mancha se corría en el
agua, primero como una sombra tenue y luego con una intensidad turbia, mientras
las hojas sueltas quedaban atrapadas contra la porcelana: como pequeños
náufragos. El calor del cuenco le reconfortaba las manos. —Él lo sabía
—susurró—. Siempre lo supo. Lo evocó en los viejos tiempos. No en los días de
hospital, reducidos a barandillas y goteros, sino en los años en que regresaba
de la montaña con escarcha en la barba y esa mirada que anunciaba que el mundo
se había abierto ante él, apenas un resquicio, lo justo para revelarle algo
austero pero esencial. Nunca fue hombre de discursos. Cargaba su alegría como
cargaba la leña: apretada contra el pecho, con los hombros encorvados. Ella lo
recordaba detenido en el umbral, los brazos repletos y las huellas de sus botas
hundiéndose en la nieve virgen, sabiendo que él acababa de ser testigo de algo
que lo había transformado. —Un zorro—decía él cuando ella le bloqueaba el paso
con fingida severidad—. Allá arriba. Dejó huellas donde no creerías que nada
pudiera caminar. O bien: “Hay un árbol allá arriba que brota de la roca
desnuda” .O, en ocasiones, nada. Solo aquella sonrisa ladeada, extraña y tímida,
que la había desarmado desde el primer día. No tenían intención de quedarse.
Imaginaron la cabaña como un refugio estival: un cuadrado marrón y barato que
compraron por la casualidad del destino: Sí. El agente —un canalla, de manual—
inmobiliario no se le ocurría nadie más ingenuo, que ellos, para adquirirlo.
Sin electricidad —les advirtió—, sin acceso en invierno y con un agua que
brotaba turbia durante varias semanas cada primavera. Aquel primer día,
refugiados en la pequeña estancia con el suelo vencido hacia la estufa y el
viento arañando las esquinas, Drágica pensó: “Esto no va a funcionar”. Entonces,
él abrió la puerta trasera, parcheada por un panel endeble, con un pomo de
latón. Más allá del claro se erguía la cresta: hombros, cuello y cráneo de roca
con la nieve encajada en sus grietas. El cielo parecía tan bajo que casi hería
la visión.
—Mira
—dijo él.
Ella miró. La montaña se alzaba allí, rotunda, sin pedir disculpas. Él ya formaba parte de esa esencia: esa elevación obstinada, esa negativa a dejarse pulir. Se quedaron allí todos los inviernos que siguieron. La urna aguardaba sobre la mesa, paciente. Drágica la deslizó, en la vieja mochila de lona, la misma que él había cargado en cada ruta, con las costuras oscurecidas por años de sudor y tormentas. La cremallera se atascó, en la mitad, como siempre; como si se resistiera a dejar salir el pasado. Ella la cerró con una delicadeza casi sagrada. Al abrir la puerta, el día la recibió con un asombro gélido. La nieve se posó en su cabello y en sus mejillas. Al primer paso, se hundió hasta los tobillos. El mundo era nuevo y, a la vez, terriblemente antiguo. Cada muñón y cada roca habían mudado su contorno; los árboles, cubiertos de blanco, adoptaban posturas extrañas, como centinelas fatigados. Cerró la puerta por inercia, aunque el alma más cercana estuviera a leguas de distancia. El sendero hacia la cumbre nacía tras la leñera, un tajo estrecho entre la arboleda —que él había esculpido con sus botas— año tras año, hasta que incluso la hierba del verano se doblegaba ante su memoria. Hoy, el camino había desaparecido. Drágica tuvo que confiar en sus pies, en el instinto de su cuerpo para reconocer cada quite y cada repecho, tal como él confiaba cuando la niebla devoraba el rastro en las madrugadas de caza. Se internó en el pinar. Bajo las ramas, la nieve era un polvo leve que enjoyaba las agujas en un verde mortecino. Sus botas tantearon los viejos surcos, las rocas que yacían como huesos sepultados. La mochila pesaba; sentía la presión de la urna entre los omóplatos, un peso frío y definitivo.
“Un paso tras otro”, se impuso. Su respiración encontró un compás, succionando el aire ralo hacia sus viejos pulmones para expulsarlo en nubes raquíticas. Rememoró otro ascenso. Una estación distinta. A finales de septiembre, cuando los álamos ardían en un dorado tan violento que lastimaba la vista. —Si muero aquí arriba —había dicho él—, no me bajéis. Dejadme para los halcones y los buitres. —No vas a morir —replicó ella. Había sonado a broma.
Entonces,
él era puro músculo y piel curtida, con la barba aún veteada de oscuro. La idea
de la muerte resultaba impertinente, como un extraño entrometido en el camino. —Solo
digo —insistió él— que los animales no se encaminan, los unos a otros, ladera
arriba y abajo. No tiene sentido. Ahora, abriéndose paso, en la nieve, con el
aliento entrecortado en mitad de aquel silencio amortiguado, ella susurró: —Has
conseguido parte de lo que querías. El bosque clareó. Los árboles menguaron
hasta rendirse. La pendiente se volvió severa. Aquí la nieve no tenía donde
asirse y se extendía profunda e inmaculada. Le ardían los muslos. Clavó las
botas buscando la solidez bajo la blancura. El viento arreciaba sin obstáculos,
bajando directo de las altas laderas, aguijoneándole los ojos hasta congelar
las lágrimas en sus comisuras. En un recodo del sendero, se detuvo. La cabaña,
allá abajo, no era más que un punto oscuro sobre el lienzo blanco. El humo de
la chimenea se desvanecía.
Volvería
a una casa fría. Se despojó de la mochila. Sus dedos se movían torpes contra el
metal de la cremallera, que quemaba de puro frío. Extrajo la urna y la sostuvo
en sus manos desnudas: hasta que el dolor se tornó en entumecimiento. El viento
respondió con su empuje invariable. A él nunca le habían gustado las palabras vanas.
En su boda, su hermano intentó brindar y se extravió en una maraña de metáforas
sobre ríos, rutas y designios divinos. Después, a solas en la habitación sobre
la taberna, él se había limitado a sacudir la cabeza. Ahora se limpió la cara
con el dorso del guante. Lo que quedaba de él, se alejó con el viento, buscando
huecos. Corteza y montículos donde los conejos excavaban sus madrigueras. Miró
a lo largo del saliente helado. La nieve ya había borrado las huellas de sus
botas, redondeándolas y suavizando sus bordes. Volvió a enroscar la tapa de la
urna vacía. Parecía más pequeña, un recipiente cuyo propósito había pasado.
Consideró la posibilidad de tirarla al valle. Dejar que girara, reflejara la
luz y desapareciera en algún barranco olvidado. En cambio, la guardó en la
mochila. Habían llevado tantas cosas, a medias, que sabían que no se podía
dejar algo, como si nada, porque hubiera cumplido su función.
A Drágica se le hizo un nudo en la garganta y se le escapó un sonido, mitad risa, mitad llanto. —«Cabrón», susurró al viento y al hombre que la había hecho maldecir. El sollozo que siguió la sorprendió. Se quedó allí hasta que se agotó, breve, feo y verdadero, luego se secó la mejilla con el dorso del abrigo y comenzó a descender. El viento había arreciado. La primera ráfaga de verdad le azotó la cara y empujó la nieve hacia los lados en finas capas. Le ardían las mejillas. Le dolían los dedos dentro de los guantes. Ya no era un día para pasear. El descenso le llevó más tiempo del que debería. Sentía las piernas cansadas y la nieve, que antes parecía limpia y fina, ahora ocultaba traiciones. Dos veces se hundió hasta las rodillas en un montículo, donde una roca se desprendía bajo ella. Una vez cayó con fuerza, deslizándose de lado, y su hombro recibió el golpe. La mochila, con su carga vacía, golpeó con fuerza contra su columna vertebral. Se quedó inmóvil, escuchando su respiración y el profundo silencio que había debajo.
—“Está bien”, les dijo a los árboles. ¡Ya basta!
—“Si alguien sabe lo que está planeado”, dijo, “a mí no me lo ha dicho”.
—“¿No
sientes curiosidad?”, le preguntó ella.
Una voz canalla que sólo escuchó Drgica y espeto:—“Nunca pensé que fuera fácil”, murmuró.—¡Su puta madre. Ya esta bien! Quitó la tapa e inclinó la urna: las cenizas saltaron hacia delante, arrastradas por el viento. No cayeron en línea recta. Se elevaron en un velo gris, giraron, se esparcieron y luego se disiparon. Unas pocas volvieron hacia ella. Le cubrieron el abrigo, las pestañas y el cuero agrietado de los guantes. Ella no se apartó. Algunas le dieron en la cara. No tenían sabor. Solo un fino grano en la lengua. Lonan, era de los de “hay que hacer el trabajo, te guste o no”.
FIN
Dedicado
a Robert Duvall Enero de 1931/Febrero 2025 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
Die
weiße Hölle vom Piz Palü (1929) By Georg Wilhem Pasbt &Arnold Fanck
S.O.S.
Eisberg (1936) By Arnold Fanck
The
Dyatlov Pass Incident (2013) By Renny Harlin
Wisting
(2019) By Trygve Allister Diesen





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