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Walter Benjamin: aquel hombre sabio que amaba las puestas de sol lisérgicas de Ibiza


 


Hoy siento un pequeño cosquilleo a la altura de esófago, pues, no todos los días se tiene el placer de hablar de unos de los mayores genios del pensamiento filosófico y literario. Además, no todo el mundo sabe que el maestro Benjamin fue un viajero consumado. En sus últimos años de vida, hasta su desgraciado final. El maduro profesor quiso hacer lo que siempre le gustó a lo largo de su vida; observar y escribir. Lo que nunca me imaginé fue un día en Ibiza —en aquellos años— donde la libertad afloraba en cada poro de tu piel, iba a ser que un zumbado guiri de Friburgo, me llevase al lugar donde vivió el gran Walter Benjamin, en San Antonio (Ibiza). Ya ha llovido mucho, de aquel año 1984, cuando con apenas 15 años, me curraba 16 horas al día, al servicio de todas las huestes del turisteo. Sin embargo, WB, andaba centrado en el proyecto crítico de ubicar un umbral entre el París del siglo XIX y el Berlín del siglo XX que revelaría una afinidad entre dos épocas. Juntos, constituyeron los parámetros de la modernidad. Estas épocas representan para Benjamin la piedra angular del fascismo y ofrecen valiosas pistas para una interpretación de la crisis histórica del tiempo y actúan como presagio para las generaciones futuras. Benjamin asoció el surgimiento del terror fascista con el colapso del origen que separaba a los muertos de los vivos, un umbral que se había vuelto cada vez más ambiguo con la guerra colonial global y el llamado a la movilización general de la población civil. Estaba fascinado por el proyecto de recopilar relatos de los muertos por venir, ya sea en el caso del suicidio heroico o de los trágicos cuerpos desechables que el nacionalsocialismo finalmente erradicó al declararlos indignos de vivir. Entonces se hizo difícil identificar a un solo líder en la maquinación de este nuevo sistema de violencia que brotó del cuerpo del Estado. Eventualmente, Benjamin reconoció al flâneur como una figura improbable del conspirador, así como su contraparte posterior, las nauseabundas camisas pardas fascistas destruían a su paso todo tipo de concepto de inteligencia humana. Esta interpretación del flâneur se explica por la fascinación que Benjamin sentía por Baudelaire, un personaje en la frontera entre el héroe y el matón. El espectro de la multitud nunca está lejos de esta escena de peligro físico. Allá por el invierno de 1932 no le impidió quejarse sobre lo que parecía ser una oportunidad perdida: el centenario de Goethe estaba arrancando y, “como la única persona además de a lo sumo dos o tres que saben algo sobre el tema, por supuesto tengo ninguna participación en él”.Y concluye, con un comentario de soslayo vistazo a la posibilidad de conocer a Scholem en algún momento de la curso de su próxima visita de cinco meses a Europa: “Planes que no puedo hacer. Si tuviera algo de dinero, me largaría antes de que pase otro día”. Como sucedió, después de todo fue llamado a participar en el Goethe centenario contribuyendo con dos artículos: una bibliografía comentada de obras significativas sobre Goethe desde la época del poeta hasta el presente y un ensayo de revisión sobre estudios recientes de Fausto, en un número especial de Goethe del Frankfurter Zeitung. La ganancia inesperada le proporcionó ingresos suficientes para escapar de Berlín. De su viejo amigo Felix Noeggerath, el “universal genio” a quien había conocido por primera vez en la Universidad de Munich en 1915, me enteré de un lugar de vacaciones único en el archipiélago balear frente al costa este de España, un retiro isleño virgen que ofrece algo como el polo opuesto a su actual existencia metropolitana, y el posibilidad de vivir prácticamente con nada. La renovación del contacto con  Dos piezas de este tipo derivadas de historias contadas en el mar y en la isla son “El pañuelo” y “La víspera de la partida”.

 

 


 

La primera de estas piezas, que aparecería en el Frankfurter Zeitung de noviembre, y que medita sobre el “declive en la narración” y la relación del arte de contar historias no  sólo a una cierta ociosidad sino a la sabiduría o "consejo" (a diferencia de “explicación”), anticipa directamente el ahora famoso ensayo de 1936, “The Storyteller”. Desde Barcelona cogió el ferry a la isla de Ibiza, la más pequeña y (en ese momento) menos turística de las Islas Baleares, donde, en su llegada a la ciudad de Ibiza, capital de la isla y principal puerto, supo por Noeggerath que ambos habían sido víctimas de una estafa. Noeggerath no solo había sugerido Ibiza como el objetivo del viaje de Benjamin, sino que aparentemente le proporcionó los medios para prolongar su estancia allí, poniéndolo en contacto con un hombre que le prometió alquilar su apartamento en Berlín mientras estaba fuera; este mismo hombre también había alquilado una casa en la isla a los Noeggerath, quienes generosamente le ofreció a Benjamín una habitación. Benjamin se había decidido rápidamente por estos arreglos y contaba con los ingresos mensuales para su subsistencia en España. Al final resultó que, su subarrendador y propietario de Noeggerath era un estafador. Ocupó el apartamento de Benjamín durante una semana. Antes de huir de la policía, que lo arrestó más tarde ese verano. No sólo no se pagó el alquiler de Benjamín, sino que la casa que el estafador había alquilado a los Noeggerath ni siquiera le pertenecía. Después, cuando se descubrió la estafa, Noeggerath obtuvo permiso para  vivir sin pagar alquiler durante un año en una casa de campo de piedra en ruinas fuera del pueblo de San Antonio, cuya vivienda accedió a acondicionar a su por su propia cuenta, mientras que Benjamin encontró alojamiento por 1,80 marcos por día, comidas incluidas, en una “pequeña casa campesina en la bahía de San Antonio Noeggerath es solo uno de los giros sorprendentes en la vida de Benjamin en esta vez. Aunque ambos habían estado viviendo en Berlín durante años, habían perdido completamente el contacto el uno con el otro; ahora, la mera mención de Ibiza, por parte de Noeggerath, Benjamin hizo las maletas y huyó de la ciudad para lo que sería la primera de dos largas estadías en la isla española. A pesar, de la devaluación del marco. La situación de la economía alemana era paupérrima, pero compararla con la pobreza de un país como España, lo marcos daban para muchos chupitos de hierbas de la tierra. Eso, se tradujo, en fantásticas noticias para Benjamin, quien por entonces, su bolsillo sólo acumulaba polilla. La adversidad se estaba cebando con él y gran parte de la población, de origen judío. Realmente, es tremendo que un intelectual de su talla que pertenecía a una de las familias más ricas de Berlín estuviera con la soga al cuello. Empero, las bondades, (permítanme el sarcasmo) de la nazificación, trajo, en muy pocos años, el exterminio de la raza judía, gitana, negra, discapacitados y LGTBI. Él, acabó perdiendo su apartamento en Berlín por “violaciones del código” entre el subterfugio de los supuestos estafadores, y su trabajo para los muchos periódicos alemanes, que colaboraba. Así como sus historias de radio para niños, serían finiquitados. Su hermano Georg, un ferviente comunista, sería internado en un campo de concentración en 1933. Volviendo a su viejo amigo Noeggerath, Benjamin, no dudo, al aceptar la invitación. Sin duda, las drogas eran importantes para Benjamin, versado en las divertidas excelencias del hachís —que ya había probado— en el Berlín, a finales de los años 20. Confirmaron su aproximación a la realidad y la revolución, al arte y la política, un acercamiento moldeado y agudizado por su experiencia en Ibiza. Permaneció en la isla dos meses, regresando por otros seis en el verano de 1933. La hermosa y primitiva Ibiza fue para Benjamin, además de un lugar apacible y retirado, un sitio, donde poder reflexionar respecto a su propia vida —rememorando su pasado y tratando de hacer planes para un inminente futuro pleno de incertidumbre—, un espacio ideal para la indagación y el estudio de unos de los asuntos que más le preocupaban: las relaciones entre lo antiguo y lo moderno.

 

 


 

En aquella “pobre isla del Mediterráneo”, el mundo parecía seguir siendo como había sido siempre, y sólo había empezado a verse perturbado por la presencia de viajeros que, como el propio Benjamin, llegaban de un mundo en crisis, un mundo en el que la experiencia de lo nuevo había desplazado, a menudo de forma traumática, cualquier otra experiencia surgida de la tradición. Inalterable durante siglos, ignorada por el resto de Europa, Ibiza empezó en los años treinta a convertirse en foco de interés para los viajeros y lugar de refugio para otros. En 1932, sin embargo, todavía estaba al margen del comercio internacional y la modernidad en general, cuyas comodidades simplemente no existían allí. Benjamín no tenía quejas. Por el momento, disfrutó de una especie de satisfacción realzada por el esplendor del paisaje, el "más intacto" que jamás había visto. Tristemente, se enterró en su pasado remoto, escribiendo sobre su infancia en Berlín. Sin embargo, también escribió satíricamente y al detalle de su entorno. Ese otro “pasado remoto”, o al menos eso le pareció, este “puesto de avanzada de Europa” aparentemente intacto por la modernidad. Aquí, pudo enfrentar de frente su idea central sobre la modernidad, la cual, atrofiaba la capacidad de experimentar el mundo y contar historias. En el esplendor alucinatorio de Ibiza, con su futuro lanzado al viento, Benjamin formuló los que yo consideraría sus textos principales —sobre el narrador y sobre la facultad mimética— además de inventar nuevas formas para el ensayo como género cruzado que vinculaba ilusiones,  figuras de pensamiento, narración de cuentos y etnografía. Casualmente, cuando uno recurre a este género cruzado, en los que los escritos más conocidos de Benjamin pierden gran parte de su oscuridad. Leer su famoso ensayo “The Storyteller”, por ejemplo, es experimentar lo que el teórico literario Ross Chambers confesó una vez: “Cuando leo a Benjamin, creo que es el material más brillante que he leído. Cuando termino de leer, no puedo recordar nada”. Pero si lees las propias historias de Benjamin, como “El pañuelo” o su relato ficticio de cómo toma hachís en Marsella, entonces en un instante entendemos “El cuentacuentos”. Benjamin, a través, de la técnica del viaje, que consistía en recolectar y crear historias a través de una mezcla de “figuras de pensamiento” regidas por un interés galopante por la mímesis, una sensibilidad hipertrofiada por las similitudes. Esto no es diferente a lo que Proust pretendía con mémoire involontaire, pero esta destreza de viaje era histórica y cósmica tanto como personal. Este Benjamín ibicenco, casi pages isleño, el Benjamín narrador, se encuentra varado como una ballena, un narrador fuera de la historia, practicando lo que él mismo decía muerto. Se levantaba a las seis o las siete, nadaba en el mar y miraba a lo lejos. Luego se refugiaba en la maleza del bosque. Leía, garabateaba y tomaba el sol apoyado en el tronco de un árbol. Así pasó muchos días largos privados de casi todo, de “luz eléctrica y mantequilla, licor y agua corriente, coqueteo y lectura del periódico”. Hacia las dos volvía a almorzar con sus anfitriones y jugaba un rato a las cartas o al dominó antes de irse a perder el tiempo al café. A las nueve de la noche, o a las diez y media a más tardar, se retiraba a su habitación —habitación que compartía con “trescientas moscas”— y se sumergía en un libro. Leer las propias incursiones de Benjamin en la narración es sumergirse en la emoción de cruzar géneros y ver al crítico convertirse en practicante, como con los cuentos que absorbió mientras viajaba en tercera clase en el barco Catania durante once días desde Hamburgo a Barcelona en ruta a Ibiza en 1932: cuentos fertilizados por la monotonía de la vida del barco, luego recreados en otra forma por Benjamin. También están los episodios etnográficos a modo de cuento que aparecen en sus cartas desde Ibiza a Gretel, Adorno, y la escultora Jula Cohn. Una carta a Cohn, escrita en el cuadragésimo cumpleaños de Benjamin y titulada “In the Sun”, fue destacada por su amigo Gershom Scholem, un estudiante de toda la vida de la Cábala judía, por su “misticismo” y “poesía”: Es obvio, que el hombre que caminaba sumido en sus pensamientos no era de aquí; y si, cuando estaba en casa, le venían pensamientos al aire libre, siempre era de noche.


Con asombro recordaba que naciones enteras —judíos, indios, moros— habían construido sus escuelas bajo un sol que parecía hacerle imposible pensar. Este sol le quemaba la espalda. La resina y el tomillo impregnaban el aire en el que sentía que luchaba por respirar. Un abejorro le rozó la oreja. Apenas había registrado su presencia cuando ya estaba absorbido por un vórtice de silencio. Este extraño que caminaba sumido en sus pensamientos era el hombre que antes había reclutado la “intoxicación” para la causa revolucionaria con el argumento de que podía abrir la "esfera de la imagen largamente buscada" y, por lo tanto, inervar el “cuerpo colectivo”. Así, era el hombre que en ese mismo ensayo (“Surrealismo: la última instantánea de la intelectualidad europea”), publicado en 1929, dos años después de haber probado el hachís por primera vez, había advertido contra el hechizo del misticismo y las drogas, abogando en cambio por una “iluminación profana” que reconocía el misterio de lo cotidiano, la cotidianidad del misterio. ¿In the Sun logra esto? ¿Fue realmente escrito sobre drogas, como sugiere Valero, o es una intoxicación metafórica y no real, y esta distinción importa? El contrapunto al sol era la luz de la luna, como en la nota de Benjamin de 1932 “Sobre la astrología”: En principio, los acontecimientos en los cielos podrían ser imitados por personas de épocas anteriores, ya sea como individuos o como grupos. El hombre moderno puede ser tocado por una pálida sombra de esto en las noches de luna austral en las que siente, vivas en sí mismo, fuerzas miméticas que creía muertas hace mucho tiempo, mientras la naturaleza, que las posee todas, se transforma para parecerse a la luna. La mimesis fue fundamental para la teoría del lenguaje de Benjamin, tal como lo fue, creo, para su teoría de la historia. En Ibiza, Benjamin peleó contra el gato y el perro con su nuevo amigo, el pintor Jean Selz, sobre ciertos aspectos de esta teoría. Benjamin había contratado a Selz para que lo ayudara a traducir su ensayo sobre la infancia en Berlín al francés, a pesar de que Selz no sabía nada de alemán. Cuando Benjamin afirmó que la forma de una palabra estaba relacionada con su significado, Selz explotó: “Si la palabra cacerola pareciera un gato en un idioma determinado, dirías que es gato”. “Podrías tener razón”, objetó Benjamin, “pero solo se parecería a un gato en la medida en que un gato se parece a una cacerola”. Durante esta primera estancia en Ibiza, Benjamin formó una relación con Olga Parem. Ambos, decidieron, explorar la isla  y dieron largas salidas a pie y en barco. Sin embargo, tan pronto como él le propuso matrimonio, ella lo dejó. Incluso en nuestro tiempo, cuando según Benjamin hemos perdido gran parte de la capacidad de percibir la similitud, la facultad mimética sobrevive vigorosa como “la expresión más consumada del significado cósmico”, dada al recién nacido “que aún hoy en los primeros años de su vida evidenciará el máximo genio mimético al aprender el lenguaje.” La mímesis no es menos crucial para la historia misma, como lo atestigua su oracular “Tesis sobre la filosofía de la historia”, escrita poco antes de su muerte en 1940, que combinaba un giro anarquista del marxismo con el misticismo judío: “El pasado puede ser aprehendido sólo como una imagen que destella en el instante en que puede ser reconocida y nunca se vuelve a ver.” El truco está en “retener esa imagen del pasado que inesperadamente se le aparece al hombre señalado por la historia en un momento de peligro”.




En sus dos ensayos sobre la experiencia de (solo) una noche fumar opio con Benjamin en lo alto del puerto de Ibiza, Selz recuerda que Benjamin incluso acuñó un término especial, en francés, sería mêmite, para todo esto y señala que para Benjamin esto estaba vinculado a “un sentimiento de felicidad que saboreaba con especial cuidado”. (Tal goce es una faceta significativa, no menos desconcertante, de la mémoire involontaire de Proust, y podemos señalar que Benjamin cotradujó dos volúmenes de Proust a fines de la década de 1920). Si bien, lo más importante de leer los textos de Benjamin escritos bajo la influencia de las drogas, es cómo puedes volver a leer en todo su trabajo gran parte de esta misma mentalidad de “drogas”; en sus días de estudiante universitario, discutiendo largamente con la filosofía de Kant, afirmó, según Scholem, que “una filosofía que no incluye la posibilidad de adivinar a partir del café molido y no puede explicarla, no puede ser una filosofía verdadera”. Eso fue en 1913, y Scholem agrega que tal enfoque debe ser “reconocido como posible a partir de la conexión de las cosas”. Scholem recordó haber visto en el escritorio de Benjamin unos años más tarde una copia de Les paradis artificiels de Baudelaire, y que mucho antes de que Benjamin tomara drogas, habló de “la expansión de la experiencia humana en alucinaciones”, que de ninguna manera debe confundirse con “ilusiones”. Kant, dijo Benjamin, “motivó una experiencia inferior”. Yo creo que Walter Benjamin era feliz en aquella barca así un exilio que duró hasta el día que se marchó a Niza donde se planteó quitarse la vida al vislumbrar el ascenso al poder de los nazis. De ahí se marchó a París donde buscó el apoyo de otros filósofos marxistas como Adorno o Horkheimer donde malvivía con lo poco que cobraba como profesor. El plan era cruzar a España, luego a Portugal y finalmente subirse a un barco y llegar a Estados Unidos. Su amigo y compañero de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, le había conseguido las visas necesarias para estar de tránsito en España y para entrar en Estados Unidos donde lo esperaba. Su muerte, la cual, llegó por una sobredosis de morfina autoadministrada —hay cierta polémica, al respecto—  Benjamin tomaba morfina por sus continuos desajustes coronarios, ya que padecía cardiopatía isquémica. Un vez certificado el fallecimiento en la villa de Portbou, todos sus amigos e incluso lugareños aportaron dinero, para celebrar su entierro, en un cementerio católico, con el aval del médico que dio como causa del fallecimiento, por aneurisma cerebral. De algún modo, se evitaba el acercamiento de la Gestapo y la policía de Franco. El 26 de septiembre de 1940 falleció, en Portbou, uno de los hombres más inteligentes y buenos que habitaron este planeta y adoraba las puestas de sol en la hermosa Ibiza.

 

                                Dedicado a Harry Belafonte marzo 1927/ abril 2023 In Memoriam

 



Fotogramas adjuntados


Walter Benjamin fumándose un porro

Walter Benjamin jugando al ajedrez con  Bertolt Brecht en Dinamarca

Walter Benjamin en la barca del pescador Tomás Varó junto a Jean Seltz y Paul-René Gaugin

Walter Benjamin tomando un refresco en la terraza del Migjorn en Ibiza con el matrimonio Seltz y unos amigos franceses

Walter Benjamin con Margot Von Brentano, Valentina Kurella, Walter Bejamin, Gustav Glick, Bianca Minotti, Bernard Von Brentano y Elisabeth Haytman en la celebración fin de año 



 


 Bibliografía consultada y recomendada

 

Walter Benjamin: A Critical Life  By Howard Eiland &Michael W. Jennings  2014 Ed. The Belknap Press

 

Experiencia y pobreza: Walter Benjamin en Ibiza  por Vicente Valero 2017 Ed. Periférica

 

Sobre el hachis: Protocolos de experiencias con drogas by Walter Benjamin 2014 Ed. José J. Olañeta  

 

 

 

 



Anne Sexton; la tragedia del trastorno bipolar, luchando desde el diván y pensando cómo matar a un genocida


 

Uno sale del invierno más loco de los que he conocido en 50 años recordables. Nunca se había visto unas nevadas tan grandes en las comarcas altas de Tramuntana. Días de aguanieve en Formentera y copos blancos en Ibiza. Un espectáculo muy villacinquero y entrañable. Pero yo quiero a mi tierra, en pleno, esplendor veraniego. Todo como si el mayor necio del mundo, envuelto en calzoncillos de genocida versus Hitler/Stalin, para mayor gloria, de nombre Vladimiro, y entre la cofradía de los dictadores, en activo; Putin. Ese mierda que hizo carrera en el viejo KGB (judoka de Petrogrado) y feto malnacido; ha estado saqueando y bombardeando más de 40.000 veces al pueblo ucraniano. ¿Se imaginan los falleros de la terreta 40.000 mascletás durante más un año? Hablamos de petardos no misiles ni cohetes demoledores. Mi tesis es que la gran cantidad de trilita y sustancias detonadoras que se han esparcido, han hecho que la tierra crujiera entre Turquía y Siria (otra de las grandes tragedias de este maldito invierno) y de ahí, que el Mediterráneo, haya sido una pesadilla tan horrible como las sufridas; por una de esas escritoras que le quitan a uno el hipo. Pensarán que soy algo sádico por escribir, anteriormente, sobre una vieja amiga de la hermosa Anne, la bella Sylvia. Todo lo contrario, lo mío, es admiración por las grandes amanuenses. Amigas y compañeras de taller literario. Ambas se marcharon por la vía rápida del gas y su versión del CO2. Afortunadamente, hemos podido leer, en estos días —de asueto— de final del jodido invierno: ya es primavera, al fin, en un hermoso lugar muy cercano al continente africano. La biografía de Anne Sexton —es pura fascinación y hemos decido contarles una vida, que a uno le compunge y le entristece. Pues, los males de la mente, no se los deseo ni a mi peor enemigo. Bueno, sólo a uno, al citado al principio, todo lo peor del mundo, sí y sólo sí, al puto Vladimiro Putin. Ojalá pudiera ser un tirador de élite. Ya estaría en mi taller puliendo la cabeza a esa bala del calibre 7,62 para ese hijo de la gran putísima. Sí, viendo como sus sesos caen esparcidos por la cristalina agua de la piscina de su bunker. La bala la tengo, pero no sé cómo usarla. Eso, sí, les juro que esta guerra terminaría en cuestión de horas. Ahora, hablemos de Anne Sexton y su vida. Seguramente, la muerte eliminó cualquier necesidad de privacidad que Sexton pudiera haber sentido, y ella parece haber apreciado muy poca. La autorrevelación era su valor en el comercio de las vanidades. Las necesidades de sus supervivientes permanecen, pero Orne entregó las cintas a la biógrafa Diane Wood Middlebrook con el “aliento y la aprobación” de la familia de Sexton, dixit en su prólogo, esta fascinante biografía que nos hemos empapado. Etiquetada como poeta confesional, la poesía de Anne Sexton contenía una cacofonía de voces que Sexton solía explorar, con aparente honestidad intransigente, un concepto, una relación o una identidad. Además, algunos de los poemas tienen un tono purgante, como si a través de una recitación catártica, la voz tuviera la esperanza de ser limpiada, perdonada o salvada de sí misma. Se ha liberado, pero el yo es una "bruja poseída". Endemoniado es una palabra intrigante; puede significar no cuerdo, controlado por espíritus malignos, o incluso incontrolable. Aunque, poseído también significa condenado, como quizás por un esposo, un amante, o su papel como mujer en la sociedad, directamente opuesto al “salido”. “Possessed” también presagia su contención en la última estrofa mientras cabalga hacia su ejecución. Finalmente, ella es una bruja, tres variedades, cada una de las cuales domina como una estrofa en el poema. Un artículo analítico convincente señala que las poetas confesionales como Sexton se sentían excéntricas, no figurativas, en su búsqueda de identidad, en contraste con los poetas confesionales masculinos. “Her Kind” es un ejemplo perfecto de esa hipótesis. El poema hace referencia al dolor y al castigo de escribir poesía como la suya, en la que “agitó mis brazos desnudos”, desnudándose desafiantemente, lo que da como resultado llamas y la rueda. De hecho, las metáforas son adecuadas, ya que fue muy criticada por las intimidades crudas e inmoderadas de su poesía. La poesía generalmente no es no ficción, ni siquiera poesía confesional, a pesar de la definición con la que se ha atiborrado a la propia poesía confesional. Inicialmente, las tres características principales de un poema confesional eran primero, una calidad catártica, segundo, una base autobiográfica, y tercero, una honestidad pura. Anne refuta directamente que esto se aplica a su trabajo. Sus conferencias de Crawshaw proporcionan hojas de ruta inteligentes para explorar la personalidad —en primera persona— en sus poemas. Hizo que sus alumnos leyeran su trabajo, hicieran preguntas e imaginaran las respuestas que podría dar. Anne Sexton nació el 9 de noviembre de 1928 como Anne Gray Harvey en Wellesley (Massachusetts). Ella era la hija menor de una pareja adinerada que vivía un estilo de vida muy Scott Fitzgerald: una ronda interminable de fiestas, bebiéndose la piscina de alcohol y conversaciones con las tres hijas presentadas como adornos para los invitados. Su padre, Ralph Churchill Harvey (1900-1959), era comerciante de lana, y su madre, Mary Gray Staples (1901-1959); siendo la típica mujer de alta sociedad inteligente, muy anfitriona, glamorosa y caritativa. La familia pasaba los veranos en Squirrel Island en Maine con sus abuelos maternos y una tía abuela.

 


 

Para los niños había un teatro en miniatura donde los niños hacían actuaciones para los adultos. Aunque los problemas monetarios fueron pocos, la familia luchó emocionalmente. Sexton dijo que las tres niñas anhelaban la atención de sus padres, que se repartía escasamente. Sin embargo, Anne, era muy guapa, acomodada, incondicional de las fiestas y "autoindulgente”, Anne Sexton creció y aquella chica adolescente, se convirtió en una joven mujer, bonita y popular, la cual,  se fugó a los 19 años con Kayo (Alfred Muller Sexton II), quien abandonó la universidad y se transformó en un exitoso vendedor de lana. En consecuencia, se sintió cercana a su tía abuela, Anna Ladd Dingley. Cuando Anne tenía trece años, su tía comenzó a comportarse de manera errática y finalmente fue internada por una enfermedad mental. El poema, “Algunas letras extranjeras” se erige como testimonio de su apego Entonces, todavía muy joven, la futura ganadora del Premio Pulitzer comenzó a escribir poesía, pero el esfuerzo se vio truncado cuando su madre la acusó de plagiar. Un hecho surrealista, que dejaba en entredicho, la relación entre madre e hija. Su matrimonio fue turbulento pero consideró  que le proporcionaba un marco de espacio, al margen, para escribir. Sexton y Kayo estuvieron casados durante veinticinco años, y su último intento exitoso de suicidio en 1974 fue un año y medio, poco después divorciase de él. Inicialmente, Kayo Sexton, estudió para ser médico, aunque abandonó la universidad, al poco tiempo de casarse, comezó a trabajar en una empresa de lana, mientras que Anne trabajaba en una librería y como modelo. Por lo general, vivieron con los padres de Kayo o Anne durante sus dos primeros años juntos. Adoleciendo de ningún interés por la limpieza, doméstica, Sexton desafió la norma esperada del día. Su suegra contrató ayuda para cubrir el vacío. Al principio de su matrimonio, comenzó a tener aventuras. Cuando su madre la reprendió por ello, Sexton tomó una sobredosis de pastillas que la llevó a una terapia, a la cual se ataría, el resto de su vida. Al comienzo de la Guerra de Corea, Kayo se unió a la Armada y fue enviado al extranjero. Cuando regresó, Kayo se puso a trabajar para el padre de Anne y la joven pareja continuaron juntos, pero con su vida emocionalmente inestable. A menudo estaba fuera por viajes de negocios. Criaron a sus dos hijas, Linda Gray Sexton y Joyce Ladd Sexton. A lo largo de su matrimonio, la pareja peleó verbal y físicamente. Beber era un ritual diario —idéntico al de Don Draper, otro vecino de la época— que, a veces, terminaba con Kayo estallando violentamente. Las hijas fueron testigos de todo, y en más de una ocasión, tuvieron que intervenir. Anne insistió en que Kayo recibiera terapia, lo cual funcionó y la violencia finalmente disminuyó. El ambiente de enfermedad mental y violencia tuvo otras víctimas. Linda Gray Sexton nació en 1953 y Joyce Ladd Sexton nació en 1955. Linda ha escrito varios libros, dos de los cuales, Searching for Mercy Street y Half in Love, relatan las experiencias de su infancia y el desgarrador legado que deja el suicidio para los familia. Después del nacimiento de su segundo hijo, Sexton experimentó una depresión posparto severa que la llevó a la hospitalización y a un intento de suicidio en noviembre de 1956. La familia de ambos lados se unió para cuidar a los niños y vivieron con otros miembros del clan, durante un tiempo, cuando quedó claro que su la seguridad estaba en juego. Siendo los niños pequeños, por regla general, los cuidaban otros miembros de la familia. Anne escribió su primer poema a finales de 1957. Durante 1958 asistió a varios seminarios de poesía. Conoció a W.D. Snodgrass en la Conferencia de Escritores de Antioch ese mismo verano y, en el otoño, asistió a un seminario en la Universidad de Boston impartido por Robert Lowell. Ambos poetas estaban comenzando a escribir en el modo confesional y contagiaron a Sexton con un impulso poético similar pero que era únicamente suyo. Sylvia Plath también estaba en el Seminario Robert Lowell, y las dos mujeres, junto con George Starbucks, se reunían para tomar bebidas y patatas fritas en el Ritz después de la clase. Con cierta cautela debido a la rivalidad profesional, las dos mujeres se hicieron amigas. Three Martini Afternoons at the Ritz de Gail Crowther explora la relación entre las dos mujeres. El primer poema de Sexton se publicó en julio de 1958, justo antes del Seminario Lowell, y en 1960 se imprimió su primera colección de poesía en forma de libro, To Bedlam and Back Again. Su siguiente libro, All My Pretty Ones, sobre su infancia, fue preseleccionado para The National Book Award en 1962.

 

 



El tercer libro de Anne Sexton, To Live or Die, ganó el Premio Pulitzer de Poesía en 1967. Aunque los siguientes años fueron productivos, ella estaba luchando contra su enfermedad, entre lesiones físicas y agotamiento. La Academia Estadounidense de Poetas tiene una carta en sus archivos en la que casi se puede escuchar sus suspiros. Tenía un horario intensivo de lectura de poesía, pero con los típicos estallidos de energía. Entre el malestar, mental, continuó escribiendo prodigiosamente. Creó un grupo de “rock de cámara” que interpretó su poesía con música en 1968 y escribió una obra de teatro. Sexton trajo a la vista del público varios temas nuevos que antes eran tabú: la menstruación, el aborto, la masturbación y el incesto, abriendo así la puerta al discurso poético sobre el abuso y la fisicalidad femenina. En ese momento, pareció impactante e inapropiado para muchos lectores. Algunos críticos fueron especialmente duros. John Dickey escribió sobre ella: “se detuvo insistentemente en los aspectos patéticos y repugnantes de la experiencia corporal”. Sexton no fue inmune a las críticas. Llevó consigo una copia de la reseña de Dickey hasta el día de su muerte.

 

“Mis mejillas florecieron con gusanos

Los escogí como perlas

Los cubrí en panqueque

Enrollé mi cabello en rizos”.

 

Durante varios años al comienzo de su carrera, Sexton, tomó un curso de seminario de John Holmes, un poeta experimentado que enseñó en la Universidad de Tufts. Aunque admitió el don de Sexton, con las imágenes, trató de disuadirla de escribir sobre su enfermedad. Su respuesta fue el poema “Para John, que me ruega que no investigue más”. Este poema explica la esperanza que tenía de que el impacto de su tipo especial de poesía, aparentemente tan personal y vergonzoso, llegara a la gente cuando nada más podía.

 

“Y si te alejas

porque aquí no hay lección

Sostendré mi incomodo cuenco,

con todas sus estrellas rotas brillando

. . .

No es que fuera hermoso,

pero que allí encontré algo de orden.

debe haber algo especial

para alguien

con este tipo de esperanza.”

 

En 1967, Sexton ganó el premio Pulitzer de poesía por Live or Die. Al comienzo del libro, escribió que los poemas “se leen como un cuadro de fiebre para un caso grave de melancolía”. Como de costumbre, era acertada en sus metáforas, aunque poco sincera con su valor literario. En 1969, Mercy Street se representó en las afueras de Broadway y recibió buenas críticas. Love Poems también se publicó en 1969. Transformations, una colección de poemas narrativos basados en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, se publicó en 1971. Pero tanto antes, como después de publicar los icónicos, Transformations, se enfrentó continuamente a los problemas que encontró como miembro de la sociedad patriarcal, para el punto de que dudó en tomar una posición más consistente. Como se señala, al principio, Transformaciones fue un éxito de ventas, especialmente entre las mujeres. El hecho de que aquellos lectores simpatizaron con Sexton significa que podrían empatizar con las experiencias emocionales a las que se enfrentó el movimiento feminista en las décadas de los sesenta y setenta. La vacilación de una “bruja de mediana edad” en Transformaciones resultado de las circunstancias femeninas de esa edad. A partir de ese instante, comenzó a enseñar en la Universidad de Boston en 1970 y se convirtió en profesora titular en 1972. Sin embargo, también estuvo hospitalizada.

 

 


 

Ya, entre los años 1969 a 1971, siguió su coqueteo, con la del “cuello largo”, a veces comenzando en el desayuno, mezclando el alcohol con los medicamentos diarios que tomaba para su enfermedad. En 1974, vivía sola, en la casa familiar. Habiéndose divorciado de su esposo, le resultó más difícil de lo que había imaginado: hacer frente a la vida de soltera. Sus hijas habían comenzado sus propias vidas aunque todavía estaban disponibles para ayudarla como lo habían hecho incluso cuando eran niñas. Continuó trabajando en sus poemas hasta el día de su muerte. El 4 de octubre de 1974, cuando tenía cuarenta y cinco años, almorzó con su amiga y colega poeta Maxine Kumin, donde trabajaron en The Awful Rowing Towards God, que se publicó póstumamente. Después, se fue a casa, se preparó un martini, se vistió con el abrigo de piel de su madre, se sentó en su Mercury Cougar rojo y dejó el motor, en marcha, dentro del garaje cerrado. Lo que viene después; se llama Tragedia y pena. Aunque, su legado la convierte en un mito. Ya que Anne Sexton nos deja algo para amarlo y disfrutarlo con pasión. La obra de AS es una lectura imprescindible, una parte del canon de la literatura estadounidense, además de ser admirada y querida, como una de las mejores de los poetas “confesionales”, junto a Sylvia Plath, Robert Lowell y John Berryman. Distinguir entre el poeta y su voz no disminuye el impacto de un poema. Al considerar la interacción entre el poeta, la persona y la poesía, el lector puede alcanzar una comprensión más profunda del significado del poema. Las percepciones más profundas provienen, no de definiciones cortadas y secas, sino, como señala Emily Dickinson, de decir la verdad, pero de forma sesgada. Anne Sexton fue magistral en el uso de la técnica, no solo en su poesía sino incluso en su enseñanza. En "Funnel", Sexton esboza la creciente constricción de las convenciones suburbanas desde la época de su abuelo hasta la suya propia, "para cuestionar esta disminución y alimentar a un mínimo de niños con su cuidadosa porción de pastel suburbano". Sin embargo, ella no rechazó la cultura moderna; Anne a menudo lo insertaba en su trabajo, incluso mientras lo entrelazaba con una sutil sátira. Hablado de ironías hay quien opina todo lo contrario; Lo que Anne Sexton, realmente dio, evidentemente, fueron poemas. El mejor de estos, al representar plásticamente: “enfermedad mental, amor sexual, angustia espiritual”, trasciende las tristes patologías de la vida de una mujer altoburguesa e individualista. Acabo de releer Transformaciones y no puedo dejar de hacerme la misma pregunta: ¿quién ganará esta maldita guerra? El bien o el mal. En abril aguas mil.

 

 

                   


                                           Dedicado a Jorge Edwards junio 1931/marzo 2023 In Memoriam

                    





Fotogramas adjuntados

Anne Sexton posando en su estudio

Anne Sexton con su esposo Kayo y sus dos hijas en Maine

Anne Sexton en su estudio de Boston

Anne Sexton trabajando en su estudio de Massachusetts

 


Biografía consultada y recomendada

“Anne Sexton: A Biography” by Diane Wood Middelbrook   Ed.Virago 1991

 

 

 




     

Sylvia Plath; 60 años después, de aquella criatura que adoraba a Marilyn Monroe y los demonios del gas.

 



Dice el genio de D. Sigmund Freud sobre la muerte de un ser humano cercano: “Encontramos un lugar para lo que perdemos. Aunque sabemos que después de dicha pérdida la fase aguda del duelo se calmará, también sabemos que permaneceremos inconsolables y que nunca encontraremos un sustituto. No importa lo que llena el vacío, incluso si lo llena completamente, siempre hay algo más”. Si trasladamos el axioma, a las artes, concretamente, la poesía. Todavía duele más, cuando esa persona decide poner fin a su vida. No obstante, es una decisión, muy personal. Que decir de Sylvia Plath —que no se haya dicho— por activa y por pasiva. Bueno, me viene a la cabeza, la pérdida de un gran poeta asturiano, como David González: a él se lo llevó, la de la guadaña, por  vía genética. Esas jodidas células malignas que nunca sabremos cómo llegan a nuestro organismo. A pesar, de todos los panegíricos y grandes consejos de las altas esferas de la organización individual del humano: que comer, a ver que se bebe, ojo con lo que se habla, cuándo follar, y en definitiva, una versión muy sui generis, que me recuerda a este nuevo régimen, de niñatos que, no han dado un palo en su vida y te quiere organizar la vida. Es muy triste. El 6 de febrero lo tengo en mente… Lo tenemos muchos. El 13 de febrero de 1963 —cumpliría años— este próximo lunes, 60 años del día que Sylvia Plath decidió suicidarse. Poeta confesional de enorme sensibilidad e inteligencia, trascendió la leyenda y el desgarramiento de ese final, con una obra sólida que además de su poesía, su capacidad creadora, nos descubrió una novela autobiográfica/con toques de ficción; La campana de cristal, verdadero testimonio acerca de las contradicciones del mundo de los años cincuenta: su tiempo. El que vivió en vida en EE.UU y a posteriori en UK. La postguerra de Eisenhower, la bomba nuclear, Walt Disney, La guerra fría, el Macartismo, Marilyn Monroe, el psicoanálisis urbano, beatniks y el sueño americano, que le tocó habitar. Sylvia Plath nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts, hija de Otto (profesor de biología y alemán) y Aurelia Plath. Una vez fallecido el padre de SP en 1940, la familia se mudó a Wellesley, donde la madre de asumió un puesto de profesora en la Universidad de Boston. La muerte de su padre, que adoraba a Sylvia, se convirtió en un motivo de morbo combinado con inseguridad que afectaría a la creadora, durante toda su vida. Ahora sesenta años después, de su suicidio, encontramos su poesía vital, desagradable, invencible, roja y blanca, asentada en una zona cercana al agotamiento cultural. Su corta vida ha sido pisoteada una y otra vez bajo el casco del biógrafo. Su obra vista y distorsionada a través de todas las lentes imaginables de interpretaciones marciales. Una niñez en Massachusetts; un ascenso literario precoz interrumpido por una temprana crisis nerviosa; un campamento a Inglaterra, con matrimonio y separación del  famoso poeta Ted Hughes, y, el suicidio. En su vida, publicó solo un libro de poesía (El coloso y otros poemas), una novela (La campana de cristal) y algunas historias en revistas. A su muerte, la mayor parte de su trabajo, incluido el manuscrito completo de Ariel, todavía, desconocido para los lectores. De estos elementos, un sinfín de construcciones y conjuros. Los años 70 la entronizaron como mártir feminista. Ha sido póstumamente psicoanalizado, politizado, astrologizado y sobado.




Ella, es cierto, empaquetó en sus tres décadas una cantidad notable de reinicios y reconversiones: la transformación y su letal opuesto era su tema, pero aun así... ¿No podemos dejarla en paz? Va a ser, que no. No podemos. Este año ya nos ha traído dos nuevas biografías, dos corridas más en el booking showroom. American Isis de Carl Rollyson la declara “la Marilyn Monroe de la literatura moderna”. Esto no es tan tonto como parece: cuando Plath llegó a Inglaterra en 1955, con una beca Fulbright para la Universidad de Cambridge estaba, al menos, a los ojos de los ingleses, ardiendo con ese glamour propio del Hollywood estadounidense. Tenía el cabello a la moda, lápiz labial devorador de hombres y una inestable sensación de impulso a su alrededor. Yo digo, otra cosa, que es políticamente incorrecta, pero Plath no era una poeta, del canon. Era muy hermosa. Es lo mismo que si afirmamos, de Samuel Beckett, era un autor muy sobrado de guapura. Posó en traje de baño para el diario universitario. Llevaba zapatos rojos, como en un cuento de hadas. Quería, no lo decía abiertamente, pero necesitaba, ser famosa. De un modo similar, el trabajo de Plath reduce un conflicto familiar para muchas mujeres: mientras que en sus diarios y cartas se presenta a sí misma como estudiosa y ambiciosa, imbuida de una feminidad agradable al hombre, su poesía es violentamente femenina, furiosa, ingeniosa. Ella no fue consistente (en sus diarios escribió: "Dios, ¿es esto todo lo que es, el rebotar por el pasillo de risas y lágrimas? ¿De adoración propia y autodesprecio? ¿De gloria y repugnancia?"). Confesó su rabia hacia su padre (él murió cuando ella tenía nueve años - "tú moriste antes de que yo tuviera tiempo") y hacia su madre (en Medusa, describió con resentimiento el "viejo ombligo con percebes" de su madre conectándolos para siempre bajo el mar). Y le gustaba el sexo ("Tuvimos una muy buena follada", escribió en sus Diarios. "Enormemente buena, quizás la mejor hasta ahora"). Como dice Elizabeth Sigmund, una amiga de Plath: “Hay tantas cosas en la vida de Sylvia que resuenan en los jóvenes de ahora. Una madre dependiente que necesita que seas feliz y exitoso. Un padre ausente. Una mujer que intenta triunfar en el mundo literario de un hombre. Trabajar y tener hijos al mismo tiempo”. Como Plath escribió en sus Diarios, “Quiero libros y bebés y estofados de carne”, prácticamente lo quiero todo en los años 50. Rollyson hace mucho, quizás demasiado, comentaba de un sueño que Plath tuvo tres años después, en el que Marilyn se le aparecía “como una especie de hada madrina”, la misma, que le hacía la manicura y le prometía “una vida nueva y floreciente”. Canción de amor de Mad Girl, de Andrew Wilson, zanja en algo más profundo, porque entra en un ángulo más agudo. Al cuestionar la noción de que la carrera de Plath fue esencialmente una cuenta regresiva para el despegue artístico de Ariel, los poemas que escribió en los meses anteriores a su muerte. Wilson se acerca a su vida anterior a Ted: la atrevida chica universitaria, aventurera en los virginales años 50, que finalmente se rebeló en la locura. En el libro de Wilson, que conocemos en profundidad a su extraordinario amigo por correspondencia con chaqueta de cuero, Eddie Cohen, quien le escribió a Plath después de leer un cuento que había publicado en la revista Seventeen y luego, aunque solo era un par de años mayor que ella, lo asumió.

 




El mismo como su instructor epistolar en el arte, el sexo y la vida auténticamente vivida: “Las caricias, si no culminan en un orgasmo para ambas partes, aumentarán las frustraciones en lugar de aliviarlas”. Cohen pertenecía a la generación “Howl” ("He visto a muchos de mis amigos", escribió en una carta, todos ellos son personas testarudas y de pensamiento claro, encaminadas a sanatorios y asilos"), e intuyó que Plath tenía un alto riesgo de derrumbarse. Wilson también nos brinda una imagen invaluable: la de Plath, con el cabello recogido, retirándose cada noche con una máscara viscosa de Noxzema, cuyo olor es tan fuerte que su compañera de cuarto consideró buscar alojamiento alternativo. Esto es lo más parecido a Sylvia Plath: la rutina de belleza antes de acostarse se convirtió en un horror ceremonial, la crema femenina con su olor repelente, ecce mulier, al borde del inframundo, pasando pseudomonstruosamente, a través de los rituales de la feminidad estadounidense en el camino a una iniciación más profunda y oscura. Tanto Wilson como Rollyson hacen un uso intensivo de las cartas y los diarios archivados de Plath, comprometiéndose así con fragmentos de paráfrasis laboriosa: “En una carta inédita”, nos dice Wilson en un momento, ella expresó su creencia de que, en este momento, su tienda de energía sexual suprimida estaba siendo sublimada, canalizada hacia su creatividad”. Este tipo de cosas, a medida que se acumulan, producen un efecto amortiguador de tercera mano. Otro respiro del mundo de Plath, tal vez: momificación. Los mejores libros sobre Sylvia Plath (no es ninguna sorpresa) son escritos por mujeres: el sondeo de Janet Malcolm, la felina La mujer silenciosa y Su marido de Diane Middlebrook. Pero su mejor crítico, por extraño que parezca, fue Ted Hughes. Curiosamente, Hughes on Plath es irresistible, no solo porque era un genio escribiendo sobre un genio, sino porque la fuerza que impulsa su prosa es el amor. En las cartas y ensayos que escribió sobre su difunta esposa, Hughes respondió a su trabajo con una combinación binocular de simpatía conyugal y asombro no domesticado. “Detrás de estos poemas”, escribió en un ensayo de 1965 sobre Ariel, “hay una naturaleza feroz e intransigente. También hay un niño desesperadamente enamorado del mundo. Y hay una extraña musa, calva, blanca y salvaje, en su “capucha de hueso”, flotando sobre un paisaje como el de los “Pintores Primitivos.” Ã‰sta es una preocupación de enfoque profundo, sin nada retrospectivo o posterior al hecho. Middlebrook ha demostrado de manera persuasiva que el matrimonio Plath-Hughes fue, en un nivel, una devota administración artística mutua, en la que cada parte vio muy claramente la naturaleza del regalo del otro.



Su hija, Frieda Hughes, en su prólogo a la edición de 2005 de Ariel, escribe sobre la llegada de “la distintiva voz de Ariel”, una voz poética explosivamente liberada que, luego de un gran avance a fines de 1961, aparecería “con creciente frecuencia, facilidad y facilidad. Y ferocidad.” De la liberación no puede haber duda, pero me parece que Ariel tiene más de una voz. Está la voz de los sensacionales heavy metal como “Daddy” y “Lady Lazarus”—profana, rimbombantemente loca— pero también hay otra voz, una voz más tranquila que murmura como en trance: “Los cometas / Tienen tal espacio para cruzar... Mientras tanto, el comienzo de “Cut” se desvía hacia la mordaz expresión salingeriana de The Bell Jar: “Qué emoción— / Mi pulgar en lugar de una cebolla. / La parte superior ya no está / Excepto por una especie de bisagra”. El impacto del libro, sin embargo, es total. En visiones y maldiciones, y extrañas canciones, los poemas se desparraman por la página como canciones infantiles destripadas. “Aleteando y chupando, murciélago amante de la sangre. / Eso es eso. Eso es eso.” Algunas de ellas las escribió en un frío apartamento de Londres entre las 4 am y las 8 am., con sus hijos durmiendo en la habitación de al lado y su esposo con otra mujer. Coronada por la fatiga, se apuntó directamente a lo impensable. “Pero Dios mío, las nubes son como algodón. / Ejércitos de ellos. Son monóxido de carbono”. A veces parece estar hablando consigo misma, poniendo a prueba su propio valor. Algún tipo de terminal se enfrenta a ella: una muerte blanca magnética, furia en el punto de congelación. "¿Que tan lejos está? / ¿Qué tan lejos está ahora?” Y el resultado de esta confrontación, emocionante, horrible, está en juego. Es la sensación irrepetible de Ariel. Plath podría haber ganado mucho, por no decir casi todo. Ese es el punto. Sus demonios, imaginados y anatomizados con tanta valentía, así llamados, podrían haberse escabullido, de vuelta a sus capuchas de hueso. En cambio, idearon la última catástrofe: Ariel, un duende sin género, salió disparado del pino solo para asfixiarse en un horno. Es horrible pensar en eso, horrible tocarlo con nuestras mentes. Y así, siendo humanos, no podemos parar. Entre todos esos retratos queda a veces olvidada la absoluta irreverencia de Sylvia Plath, de su prosa y su poesía. Durante la corta vida de Sylvia Plath de poco más de 30 años, solo vio publicado un libro de sus poemas: The Colossus (1960). Ella había preparado una segunda, incluso elaboró el orden de sus poemas, y apareció como Ariel en 1965 después de su muerte, con una serie de poemas agregados que fueron escritos en sus últimos meses. Se publicaron dos volúmenes más póstumamente: Crossing the Water (1971), que contiene principalmente poemas anteriores, y Winter Trees, en el mismo año, que contiene 18 últimos más "Three Women", un lúgubre "poema a tres voces" escrito para la BBC. El resultado de una publicación tan fragmentaria, aunque tal vez aconsejable, fue crear confusión en nuestras mentes acerca de esos notables siete años (1956-1963) en los que se escribieron y terminaron 224 poemas. Letras precisas, certeras y conmovedoras. Por favor, no dejen pasar la oportunidad de leer —independientemente de toda las biografías consultadas, por este amanuense— sus tres obras que dejan a uno del revés.  Llenas de hermosura y mucha hiel: “Crossing the Water (1971) con Winter Trees”. “Colección de poemas entre El Coloso y Ariel.” “The Bell Jar” (1963). Y como no la recopilación de toda su obra “Dime mi nombre” Colección de poemas (2029) Ed. Navona. Obra póstuma que se editó en los 80 y consiguió el premio Pulitzer, a título póstumo. Sylvia Plath habría cumplido 91 años la próxima semana. Dejemos a la reina de los mitos, pesadillas y desastres, que siga con su libreta y lapicero certero creando versos para hadas y duendes con sabor a príncipes malvados.





                      Dedicado a  Gary Rossington,  Tom Sizemore y Wayne Shorter  In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Sylvia Plath con su máquina de escribir

Sylvia Plath en la playa de Benidorm

Sylvia (2003) by Christine Jeffs

Sylvia Plath y Ted Hudges el día de su boda



Biografía consultada y recomendada

 “The Last Days of Sylvia Plath” by Carl Rollyson 2022  Ed. University Press of Mississippi

“Mad Girl's Love Song. Sylvia Plath And Life Before” 2014 by Andrew Wilson Ed. Simon&Schuster

  Sylvia Plath: A Biography by Linda Wagner-Martin 2015 Ed.Kindle

 








John Cheever; el arte de la radiografía literaria y la angustia de contar historias



Nuestro mundo es endeble y desmemoriado, a día de hoy, la noticia la telegrafía un ciudadano; que entra en un redil social. De repente, el vocero, se convierte en el amo del día. La semana pasada empezó con un lunes frío, trágico y negro. La vida nos daba un golpe en la entrepierna directa sin contemplaciones a lo más hondo del escroto, muy querido y difícil de reemplazar. Imposible. Cuando muere un poeta o un artista de los buenos y además, lo conoces; es una de las peores noticias que el mundo puede permitirse soportar. Pero, este es un mundo, en el que vivimos: caprichoso, cruel y fascinante. Es el único que tenemos y relativamente, conocemos o creemos conocer. Ahora, quisiera, si me lo permiten, dar un giro de timonel, de 360 grados, ya que lo que me parece sustantivo en esta vida es escribir bien. Mejor dicho, hacerlo muy bien. Y eso, sólo lo he visto en los relatos del genial John Cheever conocido como un maestro de la ficción corta, aquel escritor que cartografió el paisaje suburbano de EE.UU. Una ecografía en 4D de almas privilegiadas y melancólicas. Sin embargo, ese manto de confortabilidad, no era todo lo perfecto que esperaba. Cheever solía decir, en sus mejores momentos, esos, con el primer Old fasioned, del día, en mano: “Quiero escribir historias cortas, del mismo modo, que me follaría un pollo”. No se escandalicen, son palabras de un intelectual, y tiene más sentido; que la basura diaria de la maldita TDT. Sí, aquello del pollo fue apostillado, a fines de la década de 1940. Poco antes de producir la serie de obras maestras breves que ahora son sinónimo de su legado como maestro de las letras. Historias como “Goodbye, brother”, “The Five-Forty-Eight” y “The Country Husband”. La frustración se quedó con él cuando se mudó con su familia de Manhattan a Westchester, el paraíso de los viajeros, que ahora, suelen, llamarlo "Cheever Country". El mismo Cheever denominó a aquel lugar “un pozo negro de conformidad”. Vivió allí hasta su muerte, escribiendo contra el dolor de la soledad y el encubrimiento de sí mismo. Su mejor obra es la prosa de un forastero, de un exiliado. Este destierro es el tema de la magistral “A Life de Blake Bailey” del inefable escritor, publicado junto con la nueva colección de la obra de Cheever de la Biblioteca de América y dos décadas después de su primera biografía. Hasta ahora, la vida de Cheever tenía dos sabores: el dulce con un toque ácido y contemplativo. El primero la versión más dulce —se originó en gran parte con el propio Cheever— describe al entusiasta “escudero de Westchester”; un padre de familia vestido de Brooks Bros. El mismo que salpicó sus historias de New Yorker con bromas alegres, melancolía suave y lo que un lector supuestamente llamó, algo así como el “sentido infantil de preguntarse." Las segunda, y más dura, fue esa versión amarga y dolorosa. Ésta, apareció más tarde, gracias a la publicación póstuma del diario y las cartas de Cheever. Nos descubre a un hombre destrozado, un oculto bisexual, depresivo y egocéntrico que luchó, entre secretismos, alcoholizado y solitario, en la edad adulta. Ambas versiones son ciertas. El desafío de Bailey quiso mostrar cómo encajaban —en alguien— que también escribió algunas de las obras de ficción más estratificadas y sorprendentes de su época. John Cheever nació en 1912 en una familia de Nueva Inglaterra que en otrora tiempo, fue respetable, pero estaba atravesando tiempos difíciles. Ese es el embrión de la continuada  sensación de haber sido desterrado del jardín de los elegidos, que nunca lo abandonó. Cuando comenzó la escuela secundaria, el negocio de calzado de su padre se había derrumbado, lo que obligó a su madre a abrir una “Tienda de regalos” en su suburbio de Quincy, Massachusetts. Algo que hizo mella, en el adolescente Cheever, que vio como una humillación adicional —quien por entonces— leía a Proust y Hemingway y soñaba con el arte de la sofisticación de Fitzgerald. Obtuvo calificaciones casi reprobatorias en dos escuelas secundarias, no sé lo tomó muy mal, y escribió una historia: “Expulsado”, basada en su ignominia. Aquel relato se lo envió por correo a un joven editor de New Republic, Malcolm Cowley, cuyos poemas había disfrutado. A Cowley le gustó el artículo y lo publicó en el otoño de 1930. Cheever tenía 18 años y las crueles caricaturas de la historia quemaron sus puentes en los suburbios de Boston. Tanto la ruptura como el despegue literario eran justo lo que necesitaba. Aun así, con la reducción de ejemplares y cierres de revistas durante la Gran Depresión, no era el momento más propicio para comenzar como escritor. Cheever pasó algunos años como un vagabundo urbano, sacándose unos pocos dólares, en trabajos ocasionales y publicando ocasionalmente en revistas diminutas, hasta que, en 1936, vendió su primera historia a The New Yorker. Un brillante relato de mediana edad con una alta tasa de palabras y un gran deseo por la remuneración. “Public House”, fue el comienzo de un “matrimonio lucrativo —retroactivo y provechoso— como él lo llamó una vez, que fue fecundó pero nunca fue del todo dichoso. Estábamos a mediados de los 30, a la mitad de una lucha de dos décadas para escribir su primera novela. Se sentía angustiado por sentirse encasillado, a sí mismo, como una especie de oficial de ficción en lugar de un artista. Comenzó a empujar hacia atrás contra la forma de viñeta; su objetivo, dijo, era escribir “el ruido del viento en la chimenea. Cheever se casó con Mary Winternitz en 1941. Mary era hija de un famoso decano de la Escuela de Medicina de Yale, que se había casado con una mujer de la sociedad después de la muerte de la madre de Mary. Si hubo un elemento de escalada social aquí, entonces enmascaró algo más profundo y posiblemente más inocente. Era el tiempo de “The Way Some People Live” y las primeras remuneraciones serias para él como escritor a tiempo completo. Si Cheever se rodeaba de los accesorios de una vida exitosa, entonces el éxito lo impregnaría de alguna manera. Se convertiría en el hombre ideal mediante un proceso de absorción, de afuera hacia adentro. Cheever resistió la tentación sexual durante los primeros 20 años de su matrimonio, aunque “cada hombre apuesto, cada empleado de banco y repartidor apuntaban hacía a mí como una pistola cargada”.

 




Hay aquí heroísmo así como autoengaño, aunque la acción del alcohol, no tanto amortiguando los impulsos como amplificándolos en una forma distorsionada, lo convirtió en cualquier cosa menos en un miembro funcional de la familia, mientras él estaba ocupado negándose a querer lo que deseaba. Los homosexuales estaban en todas partes y Cheever hizo todo lo posible por despreciar a los que conoció. Cada uno de sus gestos expresaba capitulación ante la falta de hombría. “La fuerza invencible de la naturaleza”, escribió, “exige que adoptemos actitudes procreativas”, aunque parece extraño que la naturaleza haga un trabajo tan duro. La novela era una necesidad tanto para aumentar los ingresos de Cheever (tenía hijos que mantener y facturas de alcohol que pagar) como para sellar una reputación literaria. Era tan extremo en materia de productividad como en cualquier otra área. Con el tiempo, ese zumbido se convirtió en música. Cheever se fue en 1951 a Westchester y comenzó la primera vuelta dorada de su carrera. Sus primeras historias habían tendido a trazar una forma tradicional, culminando en una epifanía abierta o una revelación ordenada. (¡La maestra desairada no se estaba ahogando, solo iba a nadar!) Sin embargo, estas primeras piezas maduras toman caminos más amplios y discretos. "The Country Husband" de Cheever de 1954 nos presenta a Frances Weed, un esposo y padre obediente que sobrevive a una emergencia en un avión solo para enamorarse de la “hermosa y adusta” niñera de sus hijos. Weed sufre su deseo en el interminable devenir de las obligaciones de la vida doméstica hasta que un psiquiatra local le dice que canalice su angustia hacia la carpintería. La armonía regresa a la ciudad. La historia concluye con un perro vagabundo y uno de los pasajes más fuertemente virtuosos y citados a menudo en la ficción de posguerra: El último en llegar es Júpiter. Hace cabriolas entre las tomateras, sosteniendo en su boca generosa los restos de una zapatilla de noche. Entonces está oscuro; es una noche donde los reyes con trajes dorados montan elefantes sobre las montañas. Este es un lamento dionisiaco escondido en el orden de la noche. Cheever nos derriba a cuatro patas con el perro y la zapatilla, incluso hasta las enredaderas que abrazan el suelo, antes de lanzarnos hacia la estilizada y aspirante imagen de Hannibal sobre su bestia. Salimos disparados de la noche suburbana, con el objetivo de luz de la grandeza, solo para detenerse a mitad de camino y hundirse. Es un arco verbal que nos hace sentir la trágica constricción de la vida de Westchester de Francis Weed. Cheever, en su mejor momento, tiene este extraño control, esta habilidad de hacer que el idioma inglés dispare cada cilindro en las extrañas y paralizadas regiones del sistema nervioso. Su vida siguió un curso igualmente ávido. Todo era Eros: sexo, placer visceral y trascendencia espiritual, los cuales, se mezclaron en los ojos de Cheever para dar forma a lo que su editor llamó su “conocimiento gozoso”. Tuvo una inclinación de toda la vida por zambullirse desnudo en estanques y piscinas de otras personas. Se lanzó de manera similar a las citas con hombres y mujeres, llevando los primeros encuentros como un doloroso secreto mientras se jactaba salvajemente de los últimos. La otra cara de esta locura cósmica fue una profunda sensación de privación cuando el mundo no respondió de la misma manera. Rara vez lo hizo. “Estoy triste”, escribió; “Estoy cansado de ser un muchacho de cincuenta años; Estoy cansado de mi polla caprichosa, pero me parece poco masculino decirlo. ”Esta preocupación por “aparentar” era típica. A pesar de toda su hambre y capricho, Cheever controlaba su imagen en el mundo con tanta fuerza como la perfección de su ficción. (“Cheever fue a la vez uno de los hombres más reticentes y sinceros”, como dice Bailey). La mayoría de las anécdotas que contó eran exageradas o totalmente apócrifas. Ocultó su bisexualidad con cuidadosas demostraciones de masculinidad; oscureció su pasado con un acento bostoniano. Bailey cree que extorsionó partes de su diario antes de enviarlas a los archivos de Brandeis. El objetivo de esta duplicidad no siempre estuvo claro, incluso para Cheever. “Fue mi decisión, más temprana en la vida, de insinuarme en la clase media, como un espía, para tener una posición ventajosa de ataque”, escribió ya en los años 40. “Pero siento, de vez en cuando, haber olvidado mi misión y haberme tomado demasiado en serio mis disfraces. “Quiso ver Cheever, a través de los Francis Weeds del mundo, o habló por ellos? A medida que Bailey nos lleva por los años 60 y principios de los 70, la línea entre los “disfraces” de Cheever y sus ansiedades de clase media se difumina casi hasta el punto de disiparse. Pronto, el escritor que alguna vez se consideró un bohemio del centro de la ciudad se enorgulleció paternalistamente de sus “perros fieles y con pedigrí” y su “roadster deportivo”. Le encantaba ser un hombre de familia, al menos en teoría. Cuando era joven, podía escribir fácilmente 20 páginas de una historia en un día, pero tomó décadas procesar una versión de la historia familiar en la forma insatisfactoria de The Wapshot Chronicle (1957). Cuando Blake Bailey se pregunta, en nombre del editor de Cheever en Random House, cómo Cheever “podría comprimir el material de cuatro o cinco novelas en unas 20 páginas y, sin embargo, no ser capaz de completar una novela per se”, presumiblemente se da cuenta de que la respuesta está ahí en el corazón de la pregunta. Una forma artística tiene que tener algo que ofrecer al practicante; este no es un proceso unilateral, el llenado de una jarra.

 



Vivía con un miedo neurótico a ser expuesto como “un impostor... un caballero de imitación”. El salario de esta inseguridad fue la ginebra. A mediados de los años 60, Cheever preparaba su primer trago potente mucho antes del almuerzo. Diez años después, estaba bebiendo vino en la calle con vagabundos. “Lo que comienzo es que estoy escribiendo los anales de mi tiempo y de mi vida y que cualquier engaño o evasiva es, a mi modo de ver, criminal”— escribió. En otras palabras, la forma de llegar al lector era dejar caer los disfraces. La bisexualidad aparece explícitamente en sus dos últimas novelas. Lo mismo ocurre con la soledad desnuda de un hombre que envejece. Cuando Cheever se embarcó en su juerga épica, presionó más desesperadamente que nunca en los límites de su arte. La incómoda tensión entre el yo privado y la vida pública de Cheever se había convertido en la esencia de su trabajo. (Que Ralph Ellison fuera uno de los mayores defensores de Cheever no es la ironía que podría parecer). Por un lado, su esfuerzo le permitió hablar desde lo más profundo de la cultura; después de todo, la reinvención de sí mismo en los suburbios no estaba fuera de sintonía con el espíritu de la posguerra. Al mismo tiempo, su inseguridad lo alejó del realismo y lo atrajo hacia la innovación formal. El astuto narrador de su cuento de 1960 “La muerte de Justina” comienza con pronunciamientos adivinatorios sobre el papel de la ficción, una presunción de cajas dentro de cajas dignas de Nabokov. A principios de los 70, solo y esclarecido, Cheever jugaba con el uso de notas a pie de página para fracturar su ficción y reflejar "una pérdida de confianza en sí mismo", tal como lo haría David Foster Wallace 20 años después. Dejó de beber en 1975 y terminó su vida en un resplandor de gloria literaria. La historia de Bailey llega a su punto máximo en 1975, cuando, en un momento realmente sórdido y al borde de la muerte, Cheever entró en un programa de rehabilitación. Nunca volvió a beber y procedió a publicar sus libros más exitosos, la novela se convierte en superventas Falconer y The Stories of John Cheever. Sin embargo, el matiz de la biografía no radica tanto en la descripción de esta resurrección personal como en el relato de los descubrimientos artísticos de Cheever en estos últimos años. Así como persiguió activamente la compañía homosexual por primera vez, en su ficción, finalmente profundizó en su papel como un extraño. En Falconer, Cheever, estrenando sobriedad, pudo abordar sus temas de la manera más completa y oscura: el odio fraternal y el amor, el sexo entre hombres, la necesidad tanto de la transgresión como del castigo. Pero la marea de ginebra, a medida que retrocedía, reveló a un hombre que había perdido todo sentido del humor acerca de sus pretensiones y, además, a un mezquino operador sexual. El trabajo de hacerse pasar por el hombre ideal ahora había recaído en su objeto de amor, quien por lo tanto (ya que los hombres ideales no tienen sexo con hombres) debería ser heterosexual. Su elección fue Max Zimmer, un aspirante a escritor separado de su familia mormona. El elemento de chantaje (rompe conmigo y nunca te publicarán) no fue muy explícito, pero este es un escenario espantoso y artificial. Solo dos tipos normales, haciendo lo que era natural para uno de ellos. Desde otro ángulo de visión, la heterosexualidad era la necesidad imposible y Cheever no pagó nada parecido al precio total. Mary estaba en sintonía, con su creciente logro, crítica pero ocasionalmente abrumada. Cuando leyó por primera vez su historia magistral, “La radio enorme”, marcó una gran diferencia, dijo, “en lo que sentía por el hombre con el que estaba casada y en cómo pasaba su tiempo”. Estas epifanías matrimoniales no son tan comunes como los artistas esperan. Con el tiempo, Mary dejó de pelear con su esposo, sabiendo que cualquier comentario mordaz terminaría en su ficción, tal vez años después, en labios de algún monstruo lúgubre. Mary Cheever sigue siendo incisiva y asediada, lo que le brinda a Blake Bailey un final de capítulo memorable: “Bellow y yo compartimos no solo nuestro amor por las mujeres, sino también una afición por la lluvia” —dijo Cheever. O, como diría su esposa, “Ambos odiaban a las mujeres”. Pero este manto no era del todo lo que esperaba. Aquí está el último de esa generación de fumadores empedernidos que despertaban al mundo por la mañana con su tos, que solían drogarse en cócteles y ejecutar pasos de baile obsoletos como “el pollo de Cleveland”, navegar hacia Europa en barcos, que eran verdaderamente nostálgicos del amor y de la felicidad, y cuyos dioses fueron tan antiguos como los tuyos o los míos, quienquiera que seas. Quienquiera que seas: No podría haber una frase más lejana y distante, y sin embargo es el momento más íntimo e inmediato del pasaje. Esta fue la revelación que Cheever logró con tanto esfuerzo: si no escribía simplemente como el extraño, sino sobre el extraño (en otras palabras, se escribía a sí mismo, despojado de sus disfraces, un cualquiera de un mundo diferente), encontraría a sus lectores allí mismo con él. Blake Bailey parece especializarse en escribir las vidas de escritores estadounidenses autodestructivos: primero Richard Yates, ahora John Cheever.

 



Puede que tenga toda una carrera biográfica por delante. Cheever rompe el patrón general en virtud de una recuperación tardía después de un estupendo revolcón alcohólico. Su novela de 1977, Falconer, fue aclamada como una obra maestra, aunque los intentos anteriores de ficción de formato largo habían sido extrañamente intrascendentes. Sus historias recopiladas ganaron premios importantes y se vendieron excepcionalmente con mucha fuerza al año siguiente. Susan Cheever publicó un libro de memorias, Home Before Dark, en 1984, solo dos años después de la muerte de su padre; esto se basó en la inmensa riqueza de sus diarios (más de 4.000 páginas, mecanografiadas ya espacio simple) y mostró las agonías repetitivas detrás de la imagen pública iluminada por el sol. Fue la mala suerte, además del talento lo que hizo de Cheever una figura ejemplar, de estar tan profundamente dividido. El mantenimiento de un estado de ánimo no era una posibilidad mayor para Cheever, en la página que en la vida, donde tenía una inmensa capacidad para la alegría pero ninguna para la felicidad. En un cuento, podía explotar su temperamento, de modo que las narraciones se tornaran impredecibles a través de estilizados cambios de humor hacia la luz del sol o la oscuridad. Pero el maratón no tiene nada que ofrecer a un velocista excepto agotamiento. Todos sus hijos han aceptado de diferentes maneras las contradicciones de su padre, pero ella parece combinar los roles de guardiana de la llama y testigo de la acusación, diciendo: “Debo extrañarlo. Porque ¿por qué estoy viviendo de esta manera, si no lo hago? ¿Lo extraño?” Parece no reconciliada, por principio, un monumento al hecho que la vida más cercana a la de John Cheever; era la que menos podía imaginar. John Cheever, son dos submundos de conjuntos narrativos biográficos que orbitan alrededor de la interpretación de su obra, y la primera de ellas involucra el alcoholismo del autor, y la segunda se refiere al complejo estado de su sexualidad tal como se refleja en las páginas. En el primer caso, el motivo de preocupación es que con Cheever, como con muchos otros escritores de la época (Faulkner y Hemingway, claro, pero también Styron, Yates, quizás, Kerouac, Exley, Sexton, Highsmith, Duras, Capote, Dorothy Parker, muchos, muchos otros), puedes sentir que el alcoholismo desvaneció algo de lo más poderoso de las inclinaciones del escritor. El elenco experimental de Cheever posterior amplía la forma en que el mito y el clasicismo comenzaron a estallar en los bordes de las historias de Cheever. Cierto vaivén en el registro de la mitología y la narración folclórica hace que estas historias zumben en varios niveles. Ambos cuentan la verdad del realismo (y las realidades tragicómicas de cierta clase), pero también tienen algo de antiguo, cierta coherencia con el eterno misterio de la narración. Está por todas partes en Falconer, su próximo libro, el comienzo de la solución, ahí, en el animal humano. Y está claro que la idea del escritor como generador de todo un universo, como arquitecto reconocible de un paisaje que sólo le pertenece a él, no es algo nuevo y que suele ser uno de los rasgos más reconocibles de la Gran Literatura. Pensar en Charles Dickens o en Antón Chejov o en Marcel Proust o en J. G. Ballard; todos ellos escritores que no se limitan a marcar un territorio sino que, además, lo habitan. El caso de John Cheever, sin embargo, goza de una particularidad atendible. Sobre todo en sus relatos. Cheever no se limita a ser el Deus Ex Machina del asunto sino que, además, se pone en la piel del pecador. Comparando sin reparos a Cheever con Herman Melville, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway por su contribución al género– y, de pronto, la idea de un “Cheever Country” estaba en boca de todos. Ese paisaje construido a lo largo de varias décadas y que, de pronto, ofrecido entre las tapas de un solo libro, presentaba a un artista que –como puntualizó en su momento John Gardner– había hecho “bastante más que darle a los barrios residenciales una mala reputación”. Y –paradoja de paradojas– muchos de los que habían restado importancia a las novelas de Cheever por considerarlas de construcción torpe —apenas disimulando el hecho— de que se trataban de relatos sueltos unidos por la voz de un narrador o el apellido de un personaje, ahora no dudaban en afirmar que la lectura de los cuentos de Cheever, unos detrás de otros, configuraban una suerte de –otra vez, pocas cosas gratifican más que la invocación de un fantasma tangible– encontrarse delante de gran Novela Americana contemporánea. Hablemos, pues, de Un dios en calzoncillos, sí. Empero, totalmente, convencido que “la literatura puede salvar al planeta” y los poemas de David González una mala tarde de invierno. La literatura bien escrita, sea prosa o poesía tiene algo dionisiaco en su composición. No toda, pero una gran parte de ella deriva del viejo Baco. Y si tienen, algo de tiempo, no se olviden de leer a Cheever, y los poemas del poeta asturiano David González, no lo lamentarán.

 


                                    Dedicado a David González 1964/febrero2023 In Memoriam






Fotogramas adjuntos

John Cheever escribiendo en su apartamento

The Swimmer (1968) by Frank Perry

John Cheever in Station of Train NY

Parc (2008) by Arnaud des Pallières.

 

 

Biografía Consultada y Recomendada

“Cheever” by Blake Bailey 2009 Ed. Vintage 818 páginas

“Home Before Dark” by Susan Cheever  Ed.Washington Square Press 272 páginas