Vecinos, amores y enfermedades de zaguán
El
soplido rítmico del concentrador de oxígeno era el único metrónomo en la penumbra
del dormitorio. Para Ambrosio Hidalgo, ese sonido había sido la banda sonora de
toda su vida. Nacido demasiado pronto —con unos pulmones frágiles que la
displasia broncopulmonar— convirtió en un laberinto de cicatrices y batallas
constantes. Siempre supo que su tiempo tenía un límite más estrecho que el de
los demás. A pesar de que los galenos, le repitieron hasta la extenuación que
duraría dos cortes de pelo. Ha probado todas las marcas de corticoides y
broncodilatadores y, con todo, ha cumplido 64 años. Una vez le espetó a una de
sus neumólogas:—he vivido más de lo esperado, tuve mucha suerte con mi familia,
pero el paso del tiempo es demoledor para cualquier humano y ahora, el pecho lo
noto pesado como una plancha de plomo. —¿Qué quiere que le diga Ambrosio?—Ah,
Ud. Sabrá, Doña Hilaria! Me han dicho todo tipo de salvajadas. Salió de la
consulta, pero no tenía fuerzas para dar un portazo. Ese fue el último día con
la banda de la bata blanca. Su cuerpo se hallaba agotado por años de luchas
contra la fatiga, el bueno de Ambrosio, entendía que sus pulmones estaban en
las últimas. Era cuestión de días, el desenlace podría alargarse, unos meses.
Nadie apostaría un año de vida. Quería marcharse con la elegancia del Dandi que
fue en sus años mozos y la pulcritud de sus modales: sin dar portazos, a los que
quiso. No sin antes entregar la única carga que sus pulmones jamás pudieron
retener: el amor callado que guardaba por Adela, la vecina al otro lado del
zaguán. Tenía que decirle algo. En ocasiones pasan horas antes de que vuelva a
la realidad. Ninguna otra cosa me hace sentirme así de libre, así de conectado.
Cuando lo hago sé que formo parte del mundo, y no sólo de una insignificante
raza. Formo parte de las nubes, del agua y de la hierba. Soy yo, en mi más pura
esencia. Ahora estoy tan centrado en el momento que mis pulsaciones han bajado
hasta el mínimo necesario para sobrevivir. Pensaba, en aquello que muere, en un
segundo, algo me despierta tan brutalmente de mi letargo que mi cuerpo alcanza
el colapso. El maldito teléfono, ese diabólico sonido chirriante que abrasa mis
tímpanos sin piedad, los atraviesa como el rayo que ilumina el cielo en una
tormenta eléctrica. —Y este puto verano, acaba conmigo, hoy. Caigo al suelo, y
durante varios segundos estoy tan aturdido que me olvido de respirar, me duele el
pecho, algo ha explotado, por ahí dentro.—No me cabe la menor duda. Pitido tras
pitido mi situación se agrava, mi cuerpo reclama oxígeno pero mi cabeza no
responde a su llamada. Me estoy muriendo. El termómetro de la plaza del barrio marca 37 grados. En un desesperado intento para salvar mi alma me arrastro por
el suelo. El teléfono está cerca, y aún sigue sonando, pero no es eso lo que
busco.
Al
fin alcanzo la puerta, está entreabierta y me deslizo entre el hueco que da
salida.—Vamos Ambro, tú, puedes, colega! Minúsculas bocanadas de aire son mi
único combustible. Treinta y cuatro escalones me esperan, diecisiete por cada
planta, y mi estado es lamentable, ya no me queda mucho tiempo. Con las manos
por delante inicio el último de mis viajes. A cada escalón mi pecho rebota
contra el suelo y me acerca a mi destino. La vista empieza a ser borrosa. Los
colores se mezclan unos con otros y cada vez todo se torna más oscuro. Ya estoy
cerca, apenas veo, pero lo sé. Empujado por la dignidad de un último deseo,
consigo dejar atrás el último escalón. La puerta está a unos tres metros. Mi
cerebro ya ha asumido su final, dejando un único hueco vacío, solo una idea
guía mi historia.— Venga, cabrón! Vamos, tengo que continuar, aún no he
terminado mi viaje. Ulises no hizo historia en un año ni recuperó Ítaca en 6
meses. Sigue arrastrándome, con la ayuda de mis uñas, me impulso por el terrazo
y cuando alcanzo mi destino estiro un brazo para agarrar el pomo de la puerta.
De repente, me desplomo contra el suelo, pero ésta se abre como recompensa a mi
titánico esfuerzo. No sólo el de esta noche, sino el trabajo y el sufrimiento
de toda una vida en la que nadie me ha ayudado jamás, una vida en la que si mi
elección no fue la que acepté: nadie creerá en mi causa, y ahora tan sólo
quiero morir en paz. Consumiendo mis últimas reservas de vida, obligo a mi
cuerpo, más muerto que vivo, a que atraviese el marco que da la entrada, a mi
hogar, o así solía llamarlo. —Cuesta respirar, demonios. Venga, sólo un poquito
más! ¿Qué son dos metros dentro de toda una vida? —Me pregunto. Lo son todo—esa
es la jodida respuesta. No puedo quedarme aquí. Me niego a morir así, aunque
sea sólo una vez, alguien va a reconocer mi valía. Creo que ya estoy muerto,
sí, muy probablemente ya lo estoy.—¿Y si estuviera muerto y todo esto es lo que
queda de mí? Todavía así, mi cuerpo recorre esos dos metros finales que me
separan de mi pasión, de mi amor, de mi vida. Ya es de noche y mis oraciones
han sido escuchadas. Una tormenta descarga con fuerza en la ciudad del
bochorno. —Agua, lluvia de la buena que moja mi piel, al fin recibo las tan
esperadas caricias por las que he pedido, a Dios, al demonio y al cobrador del
Frac. A lo largo, de toda mi existencia. Se escuchan susurros de gratitud y
parezco escuchar cantos de despedida. Ahora formo parte de ese muy querido
mundo, y así seguirá siendo eternamente, el mismo, de fascinante y malvado. Ya
nadie podrá arrebatarme lo que más quiero. Paradójicamente, por primera y
última vez, me siento realmente vivo.
Me
quedé sorprendido cuando desde la esquina vi que había flores en su ventana.
Escuché ruido de tacones saliendo del portal: su ángulo más amable, sus uñas
pintadas, su inacabable coraje de vivir,
a través, de un pañuelo ocultaba en su cabeza la huella de una triste
enfermedad. —Cómo odio las putas enfermedades! Siempre se ceban con los
mejores. Luego, está el piadoso de Dios, al que le damos las gracias muy
devotamente. Y es que la vida es así de encantadora; ya que suele pasar, en las
mejores familias y en las desgraciadas.—Cuando uno menos se lo espera; nos dan
una noticia para amargarnos la vida y cerramos los ojos intentando mirar a otro
lado. Yo me hacía el despistado, buscando en el bolsillo cualquier cosa para
vestir el encuentro de normalidad, y antes de que subiera a su coche no tuve
más remedio que preguntarle:—¿Cómo estás, Adela?—Ya estoy bien. Poco a poco, he
ido ganando batallas y deshaciendo algún que otro tumor. Ahora es como volver a
nacer, como ver una puesta de sol en San Antonio, como enamorarse cuando tienes
quince años. Eso, sí, Dionisio; por la noche aún me despierto asustada pensando
en el recuerdo geométrico de una esfera apuntándome a los pechos. Eso me dijo,
detenida en la puerta de su coche, con una lágrima al borde de sus ojos, mientras
hablaba se pasaba la mano por una cadena de oro envuelta en su cuello. Yo la
estaba mirando, tenía una respiración muy dulce, hablaba y parecía que soñaba.
Me contaba que ahora en ella, todo es alegría, todo es motivo para la lírica:
canta, dibuja, y le dice cosas tiernas a los animales. Finalmente, se despidió
de mí, feliz como una niña de 6 años, que abrazó a otra niña de 5. Y se me
vinieron estas palabras de repente: Querida Adela: “Si estás leyendo esto,
significa que el aire ha ganado su última batalla y yo por fin he dejado de
pelear. No te asustes al leer estas líneas. No busco darte pena, sino darte las
gracias. Durante más de treinta años hemos compartido el mismo edificio, el
mismo olor a humedad en el zaguán y el eco de nuestros pasos sobre las baldosas
gastadas del portal. Tú salías cada mañana a comerte el mundo, y yo me quedaba
tras la cortina, midiendo mis fuerzas para bajar lo más acicalado posible a la
calle. Hubo mil días en los que quise detenerte en la entrada.
Quise
decirte que el sonido de tus llaves al llegar a casa era la mejor medicina para
mi pecho oprimido; que el perfume a jazmín que dejabas flotando en el zaguán me
daba más vida que cualquier mascarilla de oxígeno. Pero desde la epidemia de
Covid, mi displasia broncopulmonar me volvió cobarde y mansa. Pensaba que un
hombre que vive a medias, a quien la vida le cuesta cada trago de aire, no
tenía derecho a interrumpir el paso de alguien tan llena de vida como tú. Hoy
que la sombra está tan cerca, me doy cuenta de algo hermoso: no me faltó el
aire por mi enfermedad. Me faltó porque tú te lo llevabas cada vez que me
sonreías al cruzar la puerta del zaguán y me decías un simple; ¡Buenos días
Ambrosio! En esas dos palabras me diste más vida de la que todos los galenos
juntos, vida me propusieron. No sientas tristeza por el vecino del primero. Me
voy tranquilo. Te he amado en el más puro de los silencios, cuidando tus pasos
desde mi ventana, celebrando tus alegrías lejanas y sufriendo tus penas mudas.
Sabiendo que estas, tan bien, tan guapa y recuperada de lo tuyo. Te dejo la
llave de mi piso en el buzón. Dentro hay una pequeña maceta de jazmines en el
balcón; por favor, cuídala. Cada vez que florezca, piensa que es solo una forma
más en la que el aire me sigue trayendo tu recuerdo. Un beso, Ambrosio. Por las
mañanas, Adela, sale a la calle dos horas antes de que la gente se despierte y
escribe sobre el relente: los poemas más bellos —en el escaparate de una
tienda— de las baldosas de una plaza, en los parabrisas de todos los coches de
su calle. Y se queda esperando que alguien los vea, pero para saber leer en las
gotitas de humedad hace falta haber llorado mucho y cuándo sabes que la gente
los barre delante de sus ojos. Después se marcha pensando en que tendrá que
arrancar el limpiaparabrisas trasero de su viejo Peugeot 206, para no borrar,
sin darse cuenta; el verso que por algún motivo un vecino de escalera le dejó
dedicado la otra noche."
Dedicado a Sam Neill 14 Septiembre 1947/13 de Junio 2026 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
Bílá nemoc 1937 By Hugo Hass
Love Story 1970 By Arthur Hiller
Dark
Victory 1939 By Edmund Goulding
Magical
Girl 2014 By Carlos Vermut





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