Mostrando entradas con la etiqueta Meditaciones de urgencia en el Bypass. Mostrar todas las entradas

Una primavera con muy mala leche; el psiquiatra engañado y los demonios internos

 


Se han preguntado en alguna ocasión, eso, de ¿Por qué no dejamos de luchar contra nuestros demonios internos e intentas negociar—contigo mismo— darte una pequeña tregua? He pasado unas semanas raras e insomnes. La culpa de todo; se rompió el Pc de sobremesa, el portátil y otro que es muy viejo y lo tengo por puro romanticismo tecnológico. Sé, que tiene un nombre anglosajón, esta manía, pero estoy asténico. No quiero rebuscados ni palabros de Don Juan Manuel.  El sábado pasado comenzó la maldición, después de una noche de sueño intranquilo, la mañana se convirtió en una montaña rusa. Pensé que las preguntas que tenía pendientes querían tomar algo; por ejemplo, cafeína. Éstas, muy gentilmente, me agradecieron mi hospitalidad y se tomaron la libertad de pedir un expreso descafeinado. Hablo de las preguntas. Recuérdenlo. Los galenos nos advierten que la cafeína nos pone nerviosos. Puede, pero que cosas que no acaben, en ina, terminan por sacarte los nervios y cambiarte los colores. Admites que estás agotado de mirar siempre por encima del hombro, esperando que ocurra lo peor. Hasta tu jefe parece haberse dado cuenta de que no cumples con los plazos y la calidad de tu trabajo es cada vez peor. Las alarmas se disparan, y uno, no puede más, como el viejo boxeador: tira la toalla. Estoy muy cansado. Trabajar de noche, mantenerte despierto, nos deja de mala leche y se paga por la mañana con quienes más quieres. Ese mal humor matinal, te está cavando tu propia cripta. Me preocupa— En serio. Sabía, de un tipo, que no aguantaba más y los remordimientos le han llevado a olvidarse del aseo dental. Siente tanta vergüenza, como mal aliento deja por dónde pasa. Hasta, la ha tomado con el agua. Apenas, tiene tiempo para ducharse, por no decir, que anda con el síndrome del gato escaldado. Huye del agua. Realmente, apesta. Alguien que se preocupa por él, le ha puesto alguna pila de litio y ha conseguido convencerlo para que ir a una terapia psiquiátrica,  una vez a la semana. Han pasado dos semanas y esta pareja se han enamorado de la jodida terapia. Ni calvo ni tres pelucas. Va vendiendo las bondades de su cháchara y el mindfulness. Evidentemente, se han comprometido a recuperar todas esas oportunidades perdidas, pero están de acuerdo en que los ataques de pánico comienzan a ser más cortos y menos intensos. Por lo menos, el asunto de la higiene y la mala uva va por buen camino.




                                      Quince días después del primer encuentro con el Dr. Elías


Los demonios personales de Luis y Elsa pueden ser sorprendentemente cooperativos si les recuerdas que una vez fueron ángeles.—Ríen, al unísono. Sólo Dios sabe lo que hacen esos bichos cuando no están arrastrándose por sus mentes, revolviendo recuerdos para revelar el jodido trauma, que se esconde debajo de sus máscaras. Se despiden con sus garras. Nos vemos el próximo martes a las 5 de la tarde. Atropellados, y tropezando, camino de la puerta de salida. Cuando, Luis espeta:— Queda pendiente…, un pequeño asunto Dr. Elías. Perdona. Por favor, quería preguntarle por los demonios internos. —El careto del comebolas, Dr. Elías, alucinante— insiste con cierto apuro; a la próxima cita… Al final, se marchan como si no les hubieran servido el postre en su restaurante de cocinero mediático, esperando 7 meses, en una lista de espera, para esa cena. Pero, el colmo, viene porque no son muy buenos con la tecnología. Pasan los días y durante dos semanas: vuelve la angustia y la apatía. Te llaman cada cinco minutos del trabajo para recordarte que el martes vuelves a tu silla. Te llenan el correo electrónico de anuncios de pastillas para adelgazar. Te envían emojis de una mujer encogiéndose de hombros y poniendo los ojos en blanco como solía hacer Elsa. Comparten publicaciones en las redes sociales de tus hijos con un  supuesto novio, que no saben de donde ha salido ni conocen. Sacan a relucir calcetines y guantes perdidos bajo el sofá del pasado invierno. Hasta que comienza un fuego cruzado por aquello del cuando te quedaste con los niños un fin de semana que no era Navidad. Bien, han pasado 17 días y la moral está muy tocada. Llega el martes a las 16:45 en la puerta de la consulta del Dr. Elías. El terapeuta, los saluda y asiente con simpatía. —No pasa nada, tengo mucho trabajo—Sólo intentábamos ser amables. No sabíamos que estabas ocupado y pensamos que te interesaría lo que hemos encontrado. De inmediato, el entrecejo de comebolas, se tuerce. Es digno de estudio antropológico y su cara un poema. Luis y Elsa con cara de vendedores del Círculo de Lectores. —De verdad, nos haría mucha ilusión.—Uno que no sabe que decir y sigue pseudocatatónico. Así, a bote pronto, nuestra pareja neurótica, le proponen una invitación para cenar. A ver, no es una peli de aquellas que hacía Allen, antes de perder los cascabeles. No, no. Esto es más cercano, casi como un momento Erasmus. Cómo si fueran esos viejos amigos de la Universidad que no has visto en 15 años. 






La cara del Dr. Es la de un tipo solitario, muy cansado de todas esas comidas en el microondas, mientras otea expedientes y un pequeño TV al que no hace ni caso. Pasa esa imagen, de nuevo, y dices; ¡Qué cojones, por qué no! Aceptas su invitación. Pues, da la casualidad, que conocemos el sitio perfecto. Es una Trattoria donde Elvira (la ex esposa del Dr. Elias) le dijo que quería el divorcio. Se escucha una canción de Lana Del Ray, en ese instante, es la misma que sonaba entonces cuando acusaste, a tu ex mujer de tirarse al vecino. Por suerte, la melodía cambia, y ahora, es Johnny Cash, el músico favorito de tu padre. Recuerdas la voz grave de Johnny zumbando en los altavoces del camión cuando te llevaba al entrenamiento de las ligas menores. Tu corazón palpita como un viejo motor que se enfría cuando recuerdas la última vez que salió del camino de entrada para no volver jamás. Cuando, los dos, a la vez:

¿No te gusta esta canción?

De repente, el Dr. Elías se teletransportó a un tiempo muy lejano. Era muy joven, abundaba el pelo por la coronilla y parietal e ir en camiseta de manga corta era un regalo para los ojos de aquella estimada vanidad. Nuestros amigos Luis y Elsa—remarcan. Ahora llega lo mejor de la noche…Su sinceridad cala más hondo con cada acto de amabilidad. Un camarero con un mostacho a lo David Niven aparece con unas cajas de bombones gourmet, seguidas de cestas de galletas de regalo y unos chupitos de Limoncello. Nuestro Dr. Entró en pleno éxtasis. Cuando Luis le advirtió—Mastica esas calorías, Hey Man! Rechinando los dientes por todas las veces que tu ex mujer te pinchó la cintura y te dijo que estabas demasiado gordo. Recordó cómo tu madre solía esconder un montón de barritas de Huesistos por toda la casa para poder tragarse su desesperación semidulce mientras dormías. —Y como murió, eh, Elías: sola y llena de remordimientos, como probablemente morirás tú. Para. Para esto—Gritó un desesperado Elías. ¿Podemos volver a como estaban las cosas? Por un momento, el camarero y el resto de los comensales alucinaban.


El Dr. Elías está hablando sólo. Haciendo ademanes a la silla de al lado. —No tienen ni puta idea de lo que es aguantar todos los días las mismas monsergas. Les ruegas que negocien otro sábado y, sorprendentemente, acceden. Sin embargo, llegan pronto y se cuelan en tu cita del viernes por la noche con esa mujer de contabilidad. Le levantan el pelo y soplan su aroma a lavanda en tu dirección.—Jodida lavanda. El olor del champú de Elvira. Piden chupitos de tequila. Siguen sirviendo margaritas mucho después de que les cuentes todos los trapos sucios de tu anterior matrimonio.— Tu cita, esa que has tenido que hacer lo más heroico de tu vida, no deja de mirar el reloj e insinúa que se está haciendo tarde. El camarero le espeta: Dr. Elías, se encuentra bien.—Claro que estoy bien, Alberto. Dame la cuenta. Enseguida. A la mañana siguiente, en casa de Luis y Elsa, apenas se oye nada. Legañas y la sensación de tener los párpados llenos de tierra. Una resaca del 29 va a marcar un lluvioso día de primavera. Posiblemente, el mismo que se encuentra a buen recaudo, bajo una almohada asfixiante. —Se oye el ruido de los platos, en la cocina moverse; y es una perforación de tímpanos. Las puertas de los armarios se cierran de golpe. Los cajones de los cubiertos se desparraman por el suelo de la cocina. El triturador de basura gorgotea enjuague bucal y Elsa con la boca llena de pasta dental contesta:— ¿Por qué no me dejas en paz? Luis: eso lo dijo ayer el Dr. Elías. Algo muy parecido. Elvira dice—¿Qué cojones—Si eso mismo dijo, qué demonios queréis? Y dijiste:— Sólo queremos ayudar.—Ayudar! Eres una venganza, tío. A ver, ya no te acuerdas de los demonios internos y tus affaires. Hombre habló D. Damien que drogó a su psiquiatra sólo porque se follaba a tu antigua novia de la facultad. Elsa, de buen rollo:—¿Tienes algo más que café descafeinado? Va a ser un día largo, cariño. Hala, ponemos el  filtro de café blanco en mano, respiras, miras al techo y consideras una nueva táctica: rendirte.—A ver, Luis lo tuyo es realmente diabólico y preocupante. Lo dicho, la primavera, tiene estas cosas.

 


                                                                                    FIN

 



                                  Dedicado a Jaime de Armiñán marzo 1927/abril 2024 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

 

Spellbound (1945) By Alfred Hitchcock

Annie Hall 1997 (By) Woody Allen

Das testament des dr. Mabuse (1933) By Fritz Lang

Sling Blade (1996) By Billy Bob Thornton

 





La verdadera historia del mestizo Eric Urrutia

 


Dicen que cuando hay una  fiesta y aparece un arma, o la policía, está, suele acabar, de igual modo, que la anteriores. Los perdigones de un cartucho de escopeta aumentan, exponencialmente, la probabilidad de dar en el blanco. Tienden a extenderse más, cuanto más se alejan del arma, a modo de acto desesperado, pero de una eficacia realmente letal. Mi abuelo siempre decía que si había que tirar de cartucho, había que llevar los de posta del 18—Esos acaban con la cabeza de un jabalí gigante. Sí, el abuelo, era cazador y tenía el gatillo fácil. Es obvio, que lo dicho por el viejo, va por del tipo de experiencia del tirador, todo haya que decirlo: nunca disparé a un jabalí ni a nada que tuviera delante. Ni siquiera sostuve un arma, pero una vez recibí un disparo, en mi propia casa, unos años después de comenzar la universidad. Mi compañero de cuarto, un chaval de un barrio terrorífico la lío parda. Era tarde en la noche de un frío otoño, donde, esa oscuridad, inundaba el ambiente y me dejaron fuera. Al ras. Sonaba el teléfono, pero no contesté. Saqué la llave de repuesto de debajo del tapete en la parte de atrás y cuando abrí la puerta había un doble cañón en mi cara. Nos reímos de ello tomando una cerveza apenas diez minutos después. No sabía que tenía la escopeta. Me dijo que la usaba para las palomas y que solía matar a más de cien de ellas, al día. Deberíamos irnos alguna vez—dijo. Asentí y me hundí un poco más en el sofá, mi corazón todavía latía con fuerza. El vidrio, tiene una característica muy peculiar y es que cuando se deja caer con suficiente fuerza, se hace añicos, pues como diría Newton, se cae. Eso, es gravitatorio. Yo, apenas, tenía nueve años. Cada fragmento del suelo era un recordatorio de lo que acababa de hacer, una promesa de lo que estaba por venir. Era el vaso con biseles blancos de mi abuela. Ella no era pobre, pero todavía no me había dado cuenta. Pisé uno de los fragmentos, a propósito, para que ella no se enojara tanto conmigo. Aunque, debí haberme cortado un nervio, porque al principio no lo sentí, sólo vi cómo la sangre comenzaba a acumularse lentamente. El dolor vino después. Todavía puedo sentir un cosquilleo si pienso en ello... Cuando levanté el pie y lo miré: la forma en que mi talón se separó en dos trozos. Me entraron arcadas y acabé en urgencias. Catorce puntos y funcionó. Afortunadamente, la abuela no estaba enojada conmigo. Me pregunto qué se siente al no pisar los cristales después de romperlos, dejar de lado los nervios sin tener que cortarlos nunca. Y qué viene después si no es el jodido dolor. Creo que mi cerebro ha llegado a un punto de agobio exagerado y todavía, va a ser peor, ya que esto va a más: Un cerebro después de que lo atravesara una bala.




Cadáveres en medio de un claro, después de que los cuervos hayan llegado a ellos. Y los cuervos, esos animalitos tan sagaces y orgullosos. La limpieza no es necesaria, pero ayuda. Hay algo revelador en ello. Eso es lo que recuerdo haber sentido primero: ese podría ser yo. Me acerqué lo suficiente para ver que era un pavo. Había mucha menos sangre de la que esperaba, pero había plumas por todas partes. Y huesos... Oh! Los huesos todavía andaban recubiertos de pellejos de carne. Al instante, me di cuenta, que posiblemente, podría haber ahuyentado a algo más grande que los cuervos. Después, estaba corriendo. Lo más rápido que pude a través de un campo de maíz en Nuevo México, me quedaban dos meses para los trece años. Así es la vida —dijo mamá cuando le conté tales hazañas. Y entonces, corroboré que tenía razón. Cuando volví al día siguiente, el cadáver ya no estaba. El cráneo era todo lo que quedaba, limpio y pulido. Jugué con él y cuando terminé lo tiré contra un árbol para ver si se rompía. Sólo ahora, después de ver las innumerables siluetas con tiza de los chicos negros, asesinados en las noticias, puedo mirar hacia atrás, al prado, al cráneo de pavo que vuela blanco por el aire, y ver la mancha. Han pensado que el alma se parece a las gotitas asperjadas después de un estornudo. ¡Salud! Un cuerpo convertido en cenizas. Tiré a mi mamá al viento demasiado pronto. Eso es lo que dice todo el mundo. Así es como ella quería que se difundiera mi heroica. Al menos tenía ese tiempo. El momento de decidir. Ella ni siquiera tenía cincuenta años. Subimos una pequeña montaña detrás de la propiedad que tenía la abuela en Arizona, llegamos a la cima y la arrojamos. Estaba tan apretada en la urna que se pegó a ella. Cuando terminamos de esparcir sus cenizas, toda la familia la teníamos bajo nuestras uñas. No me di cuenta hasta que mi hermana lo señaló. Estaba demasiado ocupada mirándola dibujar patrones en el viento. Seguía ensimismada en una especie de estado pseudotrance, lo suficiente, para fingir lo atareada que estaba para decir; que no quería dejarnos, aunque estaba demasiado ocupada. Nunca sabré la razón de por qué hostias andaba allí. Lo poco que quedaba de los Urrutia se quedó en un pequeño montón de hojas después que una ráfaga de viento que las hubiera disipado al libre albedrio. Dicen que los dientes de león son buenos para estimular el apetito. Uno de mis colegas del equipo de futbol me regaló uno después del partido, le rompió el vástago y me lo entregó. Éramos diez. Media respiración es todo lo que necesitas, inhalar o exhalar. Mandé las semillas a volar. Algunos de ellos aterrizaron en su cabello y nos empezamos a reír a mandíbula suelta. Sacó un diente de león y me lo soplé. Al final, todo el mundo estaba enfrascado en una guerra de dientes de león. Esa fue la última vez que vi a Armando, al final de la temporada.




Su papá lo recogió y, cuando se iban —su padre— me preguntó si yo era negro. Sí, he dicho. Afrovascoamericano,—se nota? Man. Él, asintió y me senté a soplar más dientes de león hasta que llegó mi propio padre. Observando lo que para mí eran miles de sus semillas flotando, girando y desapareciendo en la nada. Le di a mi papá el mismo asentimiento que me había dado el viejo de Armando. La sonrisa gingival, era tan arrebatadora, que en el fondo, era todo lo que necesitaba. Él sabía cosas de mí. Cuando sonreía parecía idiota, pero cuando fruncía el ceño: era demasiado listo, como para tragarse cualquier milonga. Unas semanas más tarde, terminó arrestado y encarcelado por tercera vez. Después de eso no lo vi con tanta frecuencia. La simiente del diente de león permite que el aire fluya a través de él y crea una burbuja de baja presión de aire llamada anillo de vórtice. Es un vuelo eficiente, lleno de propósitos y anhelos, pero para mí por entonces, eran tan solo pequeñas semillas blancas indefensas, la parte de mí que nunca podría ser, volando con el viento. Veía desde el ras del suelo a los mosquitos del césped mientras corretean por un campo de hierba. De repente, empezaron a caer horrorosos frijoles de mezquite. Aunque no es tiempo de amantes, tampoco es momento para recomendar los mezquites. Dicen que son cancerígenos. Por un montón de razones diferentes. Las razones, cuando las miras, cambian de posición y expectativa. Teníamos veintitantos años. El momento no era el adecuado. Estaba enrollado con una chica muy hermosa pero muy exigente: a punto de mandarme a paseo e iba a dejar un amante por otro. Bueno, lo mejor de todo, es que era una chica de color; una hermosa pantera. Pero una un pantera devoradora. Había aprendido una buena lección. Otro día conocí a alguien con mucho feeling. Nos reunimos en un campo de fútbol por la noche. En las gradas habían muchas parejas fumando hierba y apenas se decían una palabra. Le dije que iba a entrar en un coche. Ella dijo—Es tuyo?—No. —Idiota ese coche al que acabas de romperle la ventanilla para meterte dentro, es el mío.  Abrí la puerta y me puse a limpiarle los vidrios. Ella no podía dejar de reír.—Venga, bobo Deja de limpiar. Cuando me fui nos rozamos las yemas de los dedos y le pedí disculpas por los siguientes dos años mientras ella estuvo en mi órbita. Cada vez que la veía era una sensación de éxtasis permanente. Ella nunca me pidió que dejase de verla ni me dijo nunca que ya no me quería. Al contrario, le parecía que todo lo que hacía estaba bien. Igual, me estaba mintiendo a mí mismo. Si me iba a ir por alguien, habría sido por ella. Eso lo tengo muy claro. Además, tendría un millón de razones más; que no vienen a cuento. Una de ellas, es que yo era negro. Un negro demasiado blanco y ella era blanca muy pelirroja. Nos amábamos con locura. Me fijo en las gotas de agua son un espejo después de pasar el pulgar por las cerdas de un cepillo de dientes y mi cara dentro de ellas. La luz cuando choca con algo, difiere, en una intensidad, relativa, volviéndose arrítmica y celestial. Luego, partiendo de esa premisa física, todo lo que veo es parcial. Todo corre, muy deprisa. Lo suficientemente delicado como para pasar los dedos por un haz. Demasiado tierno como para quemarse.





                                                                                                  FIN





                    Dedicado a Mario Tascón Ruiz Noviembre 1962/Octubre2023 In Memoriam






Fotogramas adjuntados

 

Take a Giant Step (1959) by Philip Leacock

The Chase (1966) by Arthur Penn 

The Wind of Change (1961) by Vernon Sewell

American History X (1998) by Tony Kaye

 






Ander: La bella oveja de cuadros marrones

 


Los días pasan y cada día aprendes algo nuevo, aunque no te des cuenta. En esta sociedad, se nos enseña a ser ovejitas blancas, para que el pastor y sus perros puedan manejarnos a su antojo sin temor a rebeliones. Se podría decir que nos comen la cabeza desde bien pequeñines para "caparnos", en nuestro esplendor, de toda ideología propia y sólo saber emitir berridos. Dice una vieja fábula: un pastor teme a la oveja negra porque siente pánico —a que llame la atención de las ovejas blancas y perder su control— pero éste es listo y ha educado, muy bien, a sus acólitas (más bien, les ha dado el pienso más exquisito) para que, éstas, sin pensar: ignoren, insulten y agredan a la pobre oveja negra. Empero, sin que ella, haya hecho nada malo. Sin embargo, aquí no termina la contienda. Si las ovejas blancas no pueden demoler la voluntad, que entienden, como su enemiga, los perros ansiarán inutilizarla de un modo mucho más doloroso. Y aquí, uno se pregunta lo siguiente: A) ¿Me tiño de oveja blanca, algo que me arrastraría un trastorno de compatibilidad al pretender ser lo que uno, no es. B) ¿Soportar todas las hostias sin ceder, un milímetro, pero que todos sabemos que esas heridas no cicatrizan bien y pueden acabar con una sepsis de caballo? C) El suicidio. No tiene vuelta atrás. Es tan demoledor que termina por sacar a la luz la hipocresía del silencio y la indolencia del rebaño. Nadie se atreve a decir una mala palabra de un muerto. Todo son panegíricos y abrazos venenosos en una fría tarde de otoño. —Oh! Qué pena. Era tan majo, inteligente, guapo y toda una vida por delante.  Ander San Asensio Bengoechea.



Era una oveja a cuadros marrones. Los perros del pastor estaban preparando la estrategia del nuevo lunes.— Si le das lo suficientemente fuerte, en los huevos, se le nublará la vista y es posible que se maree. Debes aprovechar ese momento para empezar a pegarle puñetazos en la cara, preferiblemente en la nariz, que es lo que más fácilmente se rompe. Y San Asensio, será nuestro. Esto era un día sí, un día no. Hasta que se convirtió en un todos los días.

 

     En el caserío de Ander en un bello pueblo entre Vizcaya y Guipúzcoa

 

Ander se hallaba semirecostado en su cama y acaba de escupir sangre en la palangana que tenía debajo de su lecho. —Estoy harto, hundido, hecho una mierda… El acusado de toda expiación de culpa, el que tiene que sentir vergüenza, sufrimiento y tormento. Todo esto va a peor. Las manos le temblaban, cogió el móvil para ver los últimos mensajes que había recibido. Simplemente, más insultos. Cogió la cuchilla que llevaba guardada en la mochila, ya no podía más. Tragando saliva se hizo el primer corte, el segundo y el tercero. Así hasta perder la cuenta. Pensaba, ensimismado, —¿por qué a mí ha de pasarme esto? ¿Por qué el mundo es tan cruel, tan depravado, tan nauseabundo, tan asqueroso, tan bestialmente cruel...Mil cosas?



Pero ya daba igual estaba decido a irse de ese jodido lugar. Se acostó en la cama  y así paso otro día. Sonó la alarma, sus ojos llenos de lágrimas y su corazón hecho pedazos se preparaba para otro día. Salió temprano, se puso los auriculares y subió el volumen al máximo. Caminaba sin prisa, tranquilo, no por ello notaba en su corazón el pálpito del miedo. A lo lejos ya se veía —de nuevo— la cárcel de sus problemas, la jaula donde le arrancaron las alas y la piel a tiras. Llego a clase, a su clásico sitio, en la esquina final de aquella húmeda clase. Dejó pasar las horas, contaba el tiempo que quedaba para poner el punto final, a su martirio diario, el de las bolas de papel y los insultos. Nunca tenían un tiempo muerto. Siempre en marcha —imparable—  como un canal de streaming, pobre criatura; nunca tuvo el mínimo apoyo de nadie y lo sabía. Miraba con la mirada perdida. —Solo dos horas más, vamos, tío, tú puedes. —Tan sólo quedan dos putas horas y fin. Su voz completamente quebrada y la cara pálida, por unos pómulos que provocaban la caída a borbotones de lágrimas. Sonó la sirena del final de las clases.





Siguiendo la costumbre, salió el último y se dirigió a un parque cercano, donde se sentó. Miraba con la pena del reo, el pueblo donde nació y donde todo estaba a punto de concluir; el lugar donde le habían triturado su dignidad. Sacó un frasco de pastillas y se lo tomó entero, utilizando una pequeña botella de agua. Cogió un cúter y empezó a cortarse las muñecas, verticalmente, mientras sus ojos enrojecidos expulsaban sus últimas lágrimas. Desde lo alto de la sima, se desplomó al suelo, la carta que sostenía su mano, comenzó a empaparse de sangre. Los ojos se cerraron lentamente y su pesadilla finalizaba. Al llegar la noticia nadie se lo podía creer, nadie se imaginaba que; el joven Ander estaba padeciendo ese tormento. Nadie se imaginó por un instante—, que ese niño, que se acababa de suicidar era yo. En aquella carta se podía leer: los perros del pastor, ya no tienen a quien morder, porque era un chaval, ni blanco, ni negro. Ander fue siempre una oveja cariñosa de cuadros marrones.



                                                                      FIN


                             Dedicado a Antonio Gasset mayo 1946/septiembre2021 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

Der junge Törless (1966) By Volker Schlöndorff.

Carrie (1976) By John Carpenter

The Children (1976) By Terence Davies

Före stormen (2000) By Reza Parsa






Pregúntale a la muerte


 

A la muerte le gusta dormir desnuda y desearía que la mirasen dormir. Suelen mimarla con una sábana blanca. A veces, cualquier harapo sirve, pero al final, acaba con toda su vergüenza exultante, demostrándonos que está ahí. Tiene sueños pulcros —rotos por un despertador— que rompe al zumbido, en el instante que el alba, comienza a agotarse y busca refugio en Morfeo. Padece de insomnio constante. Además, no se puede reprimir salir a las calles desoladas, a cebarse con la primera vida del día. La muerte tiene un horario de gasolinera 24h. No stop. Parece volver a su cripta como un vampiro. Empero, no tiene a nadie que la espere y charle con entusiasmo del devenir de su jornada. No tiene liberados sindicales, porque todos pertenecen a su multinacional y ella dicta las normas. Ni festivos, ni vírgenes ni patrones que crucificar. Ya está ella para hacerlo. ¿Creen que lo han visto todo de la muerte? Pues, sepan que las hay de muchos colores y formas. No obstante, tras su pérfida mascara, siempre es la misma. A la muerte no le besar nadie, ni follar, ni juguetear en eso del precalentamiento. No sabe de sexo ni de multisexo. Si te encuentras con una muerte de la vieja escuela, suele poner su rúbrica en su blog cada 75 años. Hoy está de bajón, pues, dice que Googlelandya le va a cerrar su cuenta y no tendrá donde apuntar, sus hazañas. Dicen que está muerte está cansada, no hay quien se lo crea, ni en un billón de años. Pero, algo de runrún le comía con lo de su cierre virtual. Un amigo osó decirme —que la muerte era analfabeta— que tan sólo con la huella del pulgar y un poco de tinta, para ir apañada, para seguir a lo suyo.—Ay, ingenuo de Eugenio, qué poco conoces de ese jinete y su hoz.



La muerte habla más de 300 lenguas y sabe escribirlas a mano y dos manos delante de un teclado de un Apple Mac o un clónico chino. Conoció Android, cuando nosotros íbamos con un móvil dando voces. ¿Y qué decir de OS o cualquier algoritmo de última generación. Pregúntale por los chinos?—Entonces, es algo que va dejando su rastro toda la vida?—Premio, Eugenio, me gusto el ingenio. La muerte no lee novelas, igual que Umbral, que decía:—No se fíen del hombre que a los 40 comienza a leer novelas. Es astuta y sibilina. Aunque, eso, sí hojear libros de arte y pintura; es su debilidad. Miren las pinturas de los mejores museos antes del apocalipsis de 2020 e imaginen  sus cuadros—Se pregunta ¿Qué qué clase de vida debieron de llevar antes de fagocitarlos?—Ríe a carcajadas. Se desternilla hasta llorar de hilaridad. La muerte tiene remembranzas, pero andan demasiado borrosas.  Duda si estos, son sueños eufóricos o chocheo de la edad. No es lo mismo un sueño de ella, que la realidad diaria. La última vez que se confesó delante de un youtuber —que falleció por exceso de peso— recodaba de su infancia, al perro Lassie. Claro que se atropellaba, pues, no recuerda si era un Collie o un Setter. También se pone evocadora, pensado que en el antiguo Egipto, dice que fue Nefertiti, Bugs Bunny comiendo una zanahoria o Torrebruno comiendo la cabeza en TVE a los chavales. La muerte ve el futuro como un ovillo de lana azul con el que poder hacerse un jersey, y protegerse así del frío de las últimas mil trescientas noches. Cree que el cambio climático es un invento de unos tipos muy listos que se están haciendo de oro. Nadie quiere hablar de periodos interglaciares. Pero, ella, podía hacer millones de tesis doctorales sobre climatología y contar las fantasías sexuales, a bordo, de un Mamut. A veces, esa misma muerte, le encanta oír —acurrucada— historias de miedo alrededor de una fogata, no obstante, es tan fisgona y ansiosa que suele acercarse más de la cuenta al trovador que da fe de las crónicas.


Éste, curiosamente, se queda como una estatua de hielo; silente, y ella, con la imperecedera incertidumbre de cómo concluyen. Y alguien se levantó de aquella taciturna velada para preguntarle a la jodida muerte:—Eres insignificante y nauseabunda. No sabes nada de mí—repetía  el trovador. Harto de tu asqueroso trabajo, enmohecida por el paso del tiempo, asomándote cuando te sale de los huevos. Y cuando te envalentonas y sueles venir en compañía de más gentuza de tu calaña. Borrachos de maldad que reíais hasta el amanecer. Si el miedo lo provoca el momento previo, el instante de dolor o la agonía al que nos podríamos enfrentar. Debemos estar conscientes, pues, esos mismos espantajos que por su negligencia hace 365 días proyectaron un exterminio de los hombres y mujeres más sabios del país. Mientras miles de familias se desesperaban y se lamentaban de la desdicha de saber que de pronto, comenzaron a ver como perdían, sus queridos páter y mater familias. Sólo quedo aquella frase del sabio que espetó:—: ¡No lloréis, amigos míos; pues la muerte alcanza a todos los hombres y yo no soy más que un hombre de los muchos que ha habido y de los muchos que habrán. Se equivocaba el dios y los desgraciados que no quisieron hacer caso a la fábula de la cigarra y la hormiga o al cuento de los tres cerditos! No os preocupéis que a cada cerdo le llega su San Martín y esos 84.000 muertos de una pandemia descontrolada y caprichosa; por la desidia de esos que se creen que están por encima del bien y del mal: heredarán el reino de los cielos


¡Mueran los sabios viejos, pues, sus votos están corrompidos y apolillados como sus cuerpos arrugados de aguantar una posguerra demoledora! ¿Quiénes levantaron hogares sin libertad. Inventaron mil historias con las que sacar adelante a sus hijos? Esos hijos, que no han tenido el derecho a despedirse de ellos personalmente. Claro la muerte, es azar. Pero también, la negligencia provoca muerte. Se acerca el puente de San José y muchos hijos e hijas de muy buena gente, no pueden mirar atrás. Los Idus de Marzo de 2020, son parte de nuestra más nefasta historia. Podrían no ser las peores sensaciones que vayamos a tener en nuestra vida. Empero, la muerte se alió con los mediocratas, antojadizos mastuerzos que liquidaron por las urgencias de la muerte a 84.000 almas. Otros organismos hilan más fino y se van a los 104.000. Nadie conoce unos números exactos de nuestras vidas. De igual modo, que nunca sabremos el de nuestros natalicios ni el de nuestros óbitos. Tal vez, un día llegará algo llamado karma, subido a un hermoso corcel, en forma de espíritu. Lo más parecido a un ejército de caminantes muertos, con la gallardía de ajustar cuentas. Todavía el hedor de esos pusilánimes hombres y timoratos tuercebotas: insulta la inteligencia. En ese instante previo, a la alegría de vivir, en su defecto; la muerte. Uds. Tienen la pelota en su tejado, si no quieren contar la verdad. Siempre nos quedará la muerte, a ella le podemos preguntar. En el fondo, yo ya estoy muerto.





Dedicado a la memoria de todos los fallecidos de Covid19 desde el 8 de Marzo de 2020 en España



Fotogramas adjuntos

City of Fear (1959) by Irving Lerner

Light of My Life (2019) by Casey Affleck

The Killer That Stalked New York (1950)  Earl McEvoy

Nosferatú (1979) by Werner Herzog

 





Alberto y Rai en el parque. Invierno Vol.1





En el banco del parque, un viento frío pasa cortando la cara de Alberto y se estremece. Su mejor amigo, Raimundo, está sentado junto a él. Dándole a la lengua hasta convertirla en un singular nudo. Hablando una y otra vez sobre su novia o su ex, algo que tiene que ver con las mujeres, algo, que un vez más a Alberto le importa un rábano. Lo único que tiene en mente es su chaqueta. Cómo está sentada en el respaldo de su silla en casa, inútil. Desearía haberla traído para mantenerme caliente y protegerme del jodido frío.

—Y luego tiene el morro de decirme que limpie la puta casa. ¡Son todas sus cosas las que están por todos los rincones de ella! (Ray, así le gusta que le llamemos y escribir su diminutivo con Y griega, se queja malogradamente).

—Es que manda huevos. Esto es ridículo. —Alberto niega con la cabeza. 

—¡Sí, y eso fue después de que trabajé trece horas porque estábamos escasos de personal. Estaba tan cansado. Yo estaba no sé cómo: ¡Trabajé todo el día y tengo que volver a casa contigo diciéndome que encima limpie tu mierda', y ella, me soltó: Guapín. Yo también trabajé ese día. Pero quiero decir que son sus cosas, todas mis cosas están guardadas. Joder! —Ray suspira y saca su teléfono celular.

"Ese es un hombre rudo". Alberto se pregunta si su chaqueta lo extraña tanto como él a ella (su jodida chaqueta de cuero).

Ray se anima cuando aparece un anuncio en su teléfono: —¿Has visto los trailers de la nueva peli de Spiderman? ¡Va a estar petado! Se supone que deben arreglar todas las cosas que se estropearon con los otros. Ya sabes, cómo el hombre araña hace sus propias telarañas y su primera novia es Gwen Stacy, se supone que se asemeja, mucho mejor, a la manera del cómic. ¡No puedo esperar para verla! Qué ganas, tío.





—No he visto ningún tráiler todavía, pero sí, estaría guay ir al estreno. Deberíamos ir a verla, en cuanto salga. —Los ojos de Alberto están dirigidos a su amigo, pero mira hacia la nada.

De repente, un hombre se sienta solo en el banco del parque, tiritando bajo el sol de media tarde. Está solo —a excepción— de una bolsa de basura negra, en el suelo, a su lado. A cierta distancia, tres niños están acurrucados juntos hablando entre ellos, mirándolo.

—¡Venga, te reto a que vayas a hablar con él!. Un chico de cabello castaño le dice a uno de sus amigos.

¡De ninguna manera, Julián! Se supone que no debemos hablar con extraños, ¡y él es realmente extraño! ¡Como un perro doble realmente superdotado! El chico de cabello rubio le responde sacudiendo vigorosamente la cabeza.

¡Vamos, Jaime! Julián le anima. No serás un gato asustadizo ¿verdad, que no?

La chica habla...¡Julián, deja a Jaime en paz! No debería ir a hablar con él, no lo conocemos y está hablando solo allí. Le oí decir algo sobre Spiderman; que es un verdadero trepador.

¿Tú también le tienes miedo, Carla? Una sonrisa arrogante cruza el rostro de Julián. —No soy un gato asustadizo; Iré a hablar con él. —Julián se aleja de sus amigos con la cabeza en alto.

—Cuidado, deberíamos detenerlo. Está siendo un estúpido idiota. ¿Y si ese tipo mete a Julián en su bolso y se va?— Jaime le dice en voz baja a Carla.

Está bien. Simplemente lo observaremos y correremos y le diremos a un adulto si sucede algo aterrador. —Carla lo tranquiliza mientras ven a su amigo alejarse.





Una pausa silenciosa había ocupado el lugar de su conversación, eso, sí, Ray la lo suyo: hablando. Alberto siguió mirando fijamente, la nada,  mientras su amigo jugueteaba con su teléfono.

—Oye, Alberto, un niño está caminando por aquí. Le dice en voz baja, su amigo mientras todavía juega con su teléfono.

Los ojos de Alberto vuelven a centrarse en su amigo y niega con la cabeza. Dando giros ostensibles —Ray, ¿cómo diablos ves cosas así cuando estás jugando con tu teléfono?

—En el noventa por ciento de los accidentes automovilísticos que involucran teléfonos celulares, ambas personas tienen mala visión periférica; esta es una práctica para mantenerse con vida. Sonríe un poco, pero nunca aparta los ojos ni los dedos de su teléfono.

Alberto niega con la cabeza, —¿sólo sus amigos?

Su conversación se queda en silencio, una vez más, esta vez en preparación para el chico de cabello oscuro. Alberto siente curiosidad por saber qué está tramando el chico. Sin embargo, sus ojos permanecen en su amigo, si de alguna manera puede evitarlo, no quiere hablar con este niño.

Desde su punto de vista, Julián empezó con mucha confianza. Pero cuando el hombre empezó a hablar consigo mismo y a negar con la cabeza de nuevo, pareció que el chico se desanimaba. Jaime comenzó a mirar hacia sus zapatos mientras se acercaba a él, como si la hierba se hubiera vuelto muy fascinante de repente.

El hombre miraba en silencio al vacío cuando Julián finalmente lo alcanzó.

“Hoool… él… ¿Oye señor?Julián tartamudeó.

La cabeza del hombre no se movió, sólo siguió mirando a los árboles en la distancia, —¿Qué coño?

—Hmm, mis amigos y yo estábamos, eh, preguntándonos. ¿Eh, pero qué cojones estás… Demonios, mirando? —Julián habló con valentía y curiosidad.

El hombre sonrió un poco, ¡Niño, estoy practicando ver las cosas con el rabillo del ojo, así no me meto en accidentes automovilísticos. Te he estado observando a ti y a tus amigos todo el tiempo que has estado por aquí!

Los ojos de Julián crecieron; "¡Mirándonos! ¡Voy a decirle a mi mamá, lo malo que es Ud! ¡Hará que la policía venga aquí y le atrape! Y con eso Julián comenzó a correr hacia sus amigos que lo miraban de lejos.

La cara del chico estaba roja y sin aliento cuando vuelve con sus dos amigos. Se encorva con las manos en las rodillas, mientras intenta recuperar un poco de aliento.

—Entonces, ¿quién es el gato asustadizo ahora? Huyendo de un tipo que ni siquiera te miraba. —Carla se burla.

—Nooo, Julián respira rápidamente, No, dijo, “Pum”, ha estado jadeando y mirándonos. Julián se endereza sobre sus rodillas. Sus ojos son grandes, de color avellana, y redondos como platos. Como si su tamaño más grande pudiera contener mayor cantidad de miedo en ellos.

—Julián, no intentes asustarnos". —Carla con severidad. No vamos a caer en la trampa.

—Sí, como esa vez que me dijiste que el baño estaba vivo y que le gustaba comer colillas. Todavía tengo pesadillas. No me voy a enamorar  de eso de nuevo. Jaime frunce el ceño ante este amigo.

—No chicos, resopla, ¿Realmente dijo eso? Otro, soplo y más. ¡Vamos a salir de aquí! Jaime suplica.

—Bien, vamos a jugar en otro lugar, pero solo porque este lugar es muy aburrido.No porque estés tratando de asustarnos. Carla se vuelve y comienza a caminar con Julián y Jaime tras ella.

Jaime no puede evitar mirar hacia atrás, hacia el hombre sentado en el banco del parque, riéndose para sí mismo. Probablemente tronchándose de Julián y de cómo sus amigos no le creyeron. Ese tipo es un loco.—Demasiado extraño...


Continuará...



                                  Dedicado a Alan Parker febrero1944/31 de julio 2020 In Memoriam




Fotogramas adjuntados


Les Quatre Cents Coups  1959 By François Truffaut 

Skam (2015) By Julian Andem 

The Last Picture (1971) By Peter Bogdanovich 

Le nouveau (2015)  By Rudi Rosenberg 






                                                           

La criada y la bestia



A veces se despierta en la oscuridad de la noche, envuelta en lágrimas, que brotan de sus mejillas mientras declara las manos que la traicionaron. Su habitación es tan silenciosa como el último día. Donde la luz plateada de la luna llega tenue, relativamente timorata, de un modo, que no termina de atreverse a entrar. La confusión se acumula rápidamente, rodeando sus pies descalzos, los cuales, se deslizan fuera de la cama. Las telas de araña adornadas de polvo se extienden desde el techo en largos y oscilantes picos de montañas invertidas. Las criadas, al igual que la luz de la luna, no se cruzan en su dormitorio, y ella está triste, en la más absoluta de las soledades. Flea Vandendorpe sigue atrapada como de costumbre, entre un mundo terrible y la congoja del siguiente, al que tampoco, ya no pertenece. Sus ojos la persiguen con tan solo un ápice de  traición. Si se vuelven para mirarla es porque el resto de criadas de la casa no se preocupan por ella, y sólo su amada prima muerta, le sonríe con calidez, llenando los rincones oscuros de su corazón con un destello de felicidad. En noches de selección, esperarán a que aparezca la luna llena más brillante del cielo. El hombre estará de pie junto a la ventana principal de su enorme casa con vistas a los aldeanos de abajo y ojos acechantes. Cualquiera de las criadas del patio que sea capaz de ver su verdadera naturaleza, será llevada arriba y declarada como su futura esposa.




La  hija de una criada más veterana afirmó orgullosamente entre la multitud que podía ver su verdadera condición, cuando en realidad no podía. La impotencia le llevó a intentar glorificar su supervivencia con una frase llena de frustración. Su prima fue llevada arriba, al torreón del hombre del castillo y declarada como la primera dama de la quinta generación de la familia. Dentro de un mes, ella estará casada con el hombre más rico de la comarca. Eso, creía.(Espetó, Flea). Dos días más tarde aparecieron cerca de la entrada del bosque: unas pocas entrañas de lo que era el cuerpo original de Drika Vandendorpe. Flea entró en pánico a enterarse que la fallecida era su prima carnal. Comenzó a gritar y sollozar:—viene a por mí. ¡Es, él! La bestia que acabó con Drika. Durante la quinta noche de selección, la única criatura que pudo ver la verdadera naturaleza del hombre era, de hecho, y lo fue: Flea. Debajo de la luna llena, ella observó perfectamente al demonio parado detrás de la sombra del señor de la fortaleza. Una sombra, más oscura, mucho más alta y de mayor envergadura. Invisible para la mayoría de los ojos, pero evidente para la bella y atormentada, Flea, que repetía una y otra vez:— El hombre está encadenado por el cuello a la mano izquierda del diablo.— No os podéis imaginar  lo nauseando que es su rostro. Mientras el resto de doncellas hacían como que no escuchaban o estaban a sus tareas.






Dos semanas más tarde

El lado de la cama está frío como un témpano. Dicen que se ha ido por un tiempo.—¿Quíen?— El Sr. De Haas, (cuchicheaba en voz baja, la cocinera). Quizás él nunca se unió a ella en absoluto. Se mira las manos de nuevo mientras se acerca pausadamente a la puerta, sus ojos atormentados se fijan en la suave banda dorada que la une al hombre que ama. El anillo de bodas vale más que todo lo que haya conocido, y se pregunta, como se siente predispuesta a hacerlo cada noche. El estado mental de Flea era más que evidente que se deterioraba día a día. Siguió haciéndose preguntas más allá de lo puramente cotidiano. ¿Por qué la había elegido a ella, la criada de la lavandería, con sus manos ásperas y su cara sencilla, sobre el resto de las damas y las hijas de los nobles que suplicaban por su mano? Era alguien a quien ella no tenía el derecho de tocar y de contemplar de todos modos. Arjen de Bruin era Barón de Haar. Dueño del castillo  y todo el bosque que bordeaba al mismo y la aldea. Ahora ella lleva a su hijo, está tan segura de que es un niño, pues, la mejor constancia de prueba que jamás podría permitirse: Era el hijo de la bestia. Sus manos acunan su matriz silenciosa. Por eso era mucho más odiada, repudiada y hostigada. De repente, sus pies salen de debajo de ella mientras cruza el rellano. Sus manos se apresuran a atrapar la balaustrada. Entre salpicaduras de escarcha y una rancia lluvia por las escaleras. Ella agarra la barandilla con más fuerza. Su corazón golpea lo suficientemente fuerte como para hacer eco en las paredes de la casa. Una vez que tiene su respiración bajo control, continúa bajando lentamente las escaleras, mirando con gesto acusador a los ojos huecos de una criada que la mira a través de las rejas. Quieren que pierda al niño. Piensan que las ha abandonado a la maldición, que no merece a su esposo más de lo que cualquier sirvienta debería merecer al hombre de la casa. Estaba cansada de ocultarlo; una vez que su amor vuelva a ella, ella lidiará el asunto con él. Cuando entra al comedor, lo encuentra frío y vacío, salvo por el retrato de su difunto suegro, colgado sobre la estéril chimenea. Sus ojos son tan amargos como la poca vida de la pintura del retrato y como lo habían sido en vida, las líneas severas y duras de su rostro se mostraban atrapadas.




Ella se arrodilla frente a su fantasma censor y no la pintura de un hombre muerto que hace mucho tiempo terminó en su tumba. Pasa las manos temblorosas por el mantel, sintiéndose segura con la sensación de la tela tejida debajo de las yemas de los dedos, ya que su padre había sido un gran tejedor, recuerda ella. Quizás haya vaho del nacimiento de la comodidad. La hoja caliente de un cuchillo perfora su piel. Ella retrocede, jadeando por la sorpresa. Su sangre mancha el mantel, un rojo brillante y tentador contra el blanco puro. Ahora está en la cama llena de sangre retorciéndose de dolor, entre unas sábanas empapadas de placenta. Vuelve al comedor y lentamente, agarra el cuchillo, observando su sangre brillar mientras lo gira a la luz del amanecer. Se da cuenta de su rostro y está igualmente paralizada por las manchas rojas en su rostro. Ella se ríe, antes de abandonar el instrumento de la muerte de regreso a su lugar en la mesa. Se escucha una voz aterradora.

¿Cuándo volverá tu esposo, querida?

—Ahhh!

—Es el demonio que mató a Drika

Sus pies la llevan a las cocinas, donde la sangre en el tallado le dice que habrá carne para cenar esta noche.—Cerdo, tal vez; huele a cerdo.—Cerdos, cerdas y cabrones… Las cocinas están tan vacías como el comedor, y con un suave suspiro, regresa por la habitación, evitando prudentemente la mancha carmesí que se extiende por el suelo. La criada todavía está allí cuando sus pies golpean las escaleras; unos ojos blancos y grises fijados delante de ella, envueltos en vergüenza por lo que ha hecho. También ella debería ser más contundente. Pero el miedo la paraliza. No se puede perdonar a los que deliberadamente dañan a otros. Especialmente aquellos que habían sido sus amigos. Caso de su prima y su familia durante las arduas horas en el lavadero. Ella olfatea una —y otra vez— cuando pasa el ánima. A la espera de su esposo, en un regreso redentor, que la retire sólo para salvarla del dolor y la tentación de hacerlo ella misma. No hay sonidos en el zaguán, y ella asume que la dueña de la casa duerme. Eso cree. No puede soportar ver su ceño fruncido, o sentir sus palabras rozar su piel. Cuando amanezca, su amor volverá a estar a su lado y la vida tal vez, vuelva a continuar, como aquellos lindos días de principio de noviazgo. Puede que sí o puede que no. Desgraciadamente los cerdos se comen todo lo que les eches. El tiempo cura o condena todas las heridas.

 

                                                                         FIN



            Dedicado a Carl Reiner marzo de 1922/ junio 2020  In Memoriam 


Fotogramas adjuntados 


Der Dibuk (The Dybbuk) (1937) By Michal Waszynski 

Rosemary´s Baby (1968) by Roman Polanski

One Step Beyond: The Bride Possessed (TV) (1959) By John Newland

The Evil (1981) By Sam Raimi