Amancio, el seis dedos, una crónica de la la España maldita.
El
aire en Puebla de Lillo no era aire, lo que se respiraba. Aquel viento
entraba por el orificio nasal como la lija helada de la una radial hasta
el alveolo. Era un frÃo de guerra —de
aquellos voluntarios de la división azul— a hostia limpia, junto a los nazis en la campaña de Rusia. Estábamos en Febrero y la postguerra dejó sequias
y heladas que pelaban la piel y la epidermis. En aquel febrero de 1954, España
olÃa a tabaco de picadura, a incienso de misa de ocho y al sordo miedo que se
palpaba en las cartillas de racionamiento, aunque dijeran que ya no hacÃan
falta. El paÃs de la dictadura daba ese mensaje, parecido a lo de ahora, de que
España ya va como un cohete. En ese secarral de adobe y luto, donde las mujeres
vestÃan de negro riguroso y los hombres callaban en la taberna, todos conocÃan
a Amancio MartÃn. O, mejor dicho, conocÃan su estigma. Amancio era conocido por todo el mundo como "El Seis
Dedos". Un tipo flaco, escurrido, con una gabardina color parduzco que
parecÃa heredada de un muerto y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas
para esconder unos ojos que habÃan visto demasiada posguerra. No era un
"maquis" echado al monte, a pesar de la barba, que siempre se
gastaba. Tampoco, un falangista de camisa nueva con pretensiones. Era un superviviente
del arroyo. Unos dijeron que estuvo al lado de los Requetés y anduvo en el
norte de Italia, con Mussolini. Empero, después, de tanto canto al rey y Dios;
se marchó. Un dÃa en la batalla de Belchite, hay quien dijo, que un tipo con
seis dedos salvo a 6 milicianos republicanos de la explosión de una granada del
bando nacional. También, que estuvo en un campo de concentración en Francia.
Amancio era una leyenda urbana: un tipo hecho a sà mismo y que vivÃa a su
manera.
No
le quedo otra, que malvivir del trapicheo con estraperlo de baja estofa: unos
litros de aceite de oliva por aquÃ, un par de mantas de lana por allá. Y en
ocasiones, cobrando pequeñas deudas de juego a jornaleros desesperados. Su
sexto dedo —ese pequeño y rudimentario
apéndice que le nacÃa pegado al meñique de la mano derecha— era su ruina y
su pasaporte a la gloria. Los ignorantes, que en aquella España, se contaban por
doquier; decÃan que era cosa del diablo. BrujerÃa y malditismo. El cura de la
pedanÃa lo miraba con compasión torcida; y Amancio, simplemente, se lo escondÃa
en el bolsillo, como si fuera un pecado carnal. Sin embargo, aquel apéndice cambió
de carril y terminó marcándole el camino a la tribuna del Garrote vil. En marzo
de aquel año hubo un atraco muy comentado al Banco Castellano de Aranda del
Duero. Dos hombres con monos de trabajo y pañuelos en la cara habÃan entrado a
punta de pistola, sobre la hora de la siesta. Aproximadamente, las cuatro de la tarde. Uno de ellos,
al saltar el mostrador para vaciar la caja fuerte, se apoyó con fuerza sobre el
frÃo y agrietado mármol de la sucursal. El cajero, un tipo nervioso, con gafas
de culo de vaso, juró y perjuró ante el sargento de la Guardia Civil que habÃa
visto, con total nitidez, una mano con seis dedos aferrándose al borde.
Obviamente; la estampa se hacÃa inconfundible. De repente, se dio la orden de
búsqueda y captura para Amancio MartÃn. Lo más sorprendente, es que Amancio no
habÃa estado en Aranda. Ese martes andaba por Valladolid, en la trasera de un
bar infecto cerca de la Plaza Mayor; intentando vender unas cajetillas de
Ideales de contrabando. Su coartada era la palabra de una "mujer de mala vida"(por entonces señaladas y humilladas)
y denominadas de esa forma tan culterana. Amén, de la del dueño de una cantina;
ese tipo, de individuos, que lo último que deseaba era lÃos con la autoridad.
La palabra de tres parias contra el informe oficial de la Benemérita en la
España de un Franco que habÃa cambiado de careto en las pesetas que se acaban
de acuñar. El inefable seis dedos estaba al borde del precipicio.
Caminaba
ahora por una carretera de tercer orden, una espiguilla de asfalto cuarteado
que tajeaba la inmensidad de la estepa castellana. El viento del norte soplaba
con saña, un aullido monótono que parecÃa el coro de los que ya habÃan sido
ajusticiados. Cada furgoneta, de aquellas Ebros que dejaban un redil a gasoil
destrangis. No de la nueva gama Ebro eléctrico Made in China con diseño de
Mariscal 92. Cada figura de tricornio lacado, que divisaba a lo lejos, le hacÃa dar un
vuelco al corazón. El cerco se afianzaba. La orden era clara: captura del "monstruo de la mano de seis
dedos", vivo o muerto. Desesperado, se refugió en un silo de grano
abandonado, una mole de hormigón que se alzaba como una corpulenta atalaya en
mitad de la nada. Dentro, el aire olÃa a moho, a grano podrido y a la soledad
de los que no tienen adónde ir. Se sentó en un saco de arpillera y se sacó la
mano derecha del bolsillo. La miró bajo el escaso rayo de luz que entraba por
una grieta. El sexto dedo parecÃa reÃrse de él, una broma macabra de Dios que
lo habÃa marcado como a CaÃn, condenándolo antes incluso de cometer el crimen. —"No fui yo", masculló, y su
voz sonó ridÃcula, ahogada por los muros de hormigón. "¿A quién le importa la verdad en este puto paÃs?" .Amancio
sabÃa que en esa España negra, triste y grisácea, la verdad era un lujo; que
solo poseÃan los que llevaban uniforme o sotana. Para los tipos como él, la
verdad era lo que dictaba el Parte de Radio Nacional y la sentencia de un
tribunal militar. Pensó en el verdadero ladrón. ¿Quién era? ¿Un pobre diablo con su misma desgracia? ¿O alguien que
sabÃa de la existencia de sentenciado Amancio y lo habÃa usado como el chivo
expiatorio perfecto? La idea le provocó una náusea amarga. HabÃa otro
hombre en el mundo compartiendo su maldición, pero ese otro ahora tendrÃa los
bolsillos llenos de monedas con la cara del Caudillo, mientras él esperaba la
muerte en un silo. Un sonido rompió el silencio de la estepa. No era el viento.
Era
el motor de un Land Rover 88 que frenaba en seco frente a la entrada. Amancio
contuvo el aliento, el corazón martilleándole las costillas. Unos pasos
pesados, de bota militar, avanzaron hacia el interior. La puerta chirrió
espantosamente al abrirse, y una figura robusta se recortó contra la luz
cegadora del dÃa. El tricornio brilló con un destello siniestro. Amancio no
intentó huir. Se quedó allÃ, sentado en la penumbra, aceptando su destino con
la fatalidad de quien sabe que su vida nunca le perteneció realmente. Sacó la
mano derecha del bolsillo y la apoyó sobre su rodilla, dejándola a la vista. El
sexto dedo pareció cobrar vida bajo la luz plomiza que entraba por la puerta. El
cabo de la Guardia Civil avanzó, con el mosquetón en la mano. Es Ud.
"Amancio MartÃn MartÃn"—dijo con voz de piedra. Una voz que
arrastraba siglos de incontestable autoridad: "Quedas detenido por el
atraco de Aranda y por rebelión". Amancio sonrió, una sonrisa torcida,
amarga, que no le llegó a los ojos.
—"No fui yo, cabo", dijo con una calma que le sorprendió a él
mismo. "Pero supongo que en esta
España, tener un dedo de más es prueba suficiente". El cabo de la
benemérita lo miró a los ojos, con una mezcla de desprecio y rutina. Luego bajó
la vista hacia la mano. Una sombra de duda cruzó su rostro curtido por el sol
de Castilla, pero fue efÃmera como un suspiro. —"No", dijo finalmente, con la frialdad del reglamento.
"No importa". Y el sonido metálico de las esposas cerrándose
sobre las muñecas de Amancio fue el último clavo en la tapa de su ataúd. El
viento arreció con más fuerza hasta que algunos arbustos salieron a la fuga con
la fuerza de una tormenta que amenazaba, la vieja Castilla, llena de hambre y
afligimiento. Dicen que han cambiado muchas cosas desde entonces. Eso dicen. La
leyenda de seis dedos se recuerda y el sentimiento de injusticia sigue vigente
en la vieja España. Hay quién dice que el seis dedos, verdadero, se marcho a
las Américas e hizo una gran fortuna. Y el ajusticiado fue un pobre hombre que
estaba muerto de hambre. España y sus cosas.
Dedicado
a Raúl de Pozo, Bryce Echenique, Lobo Antunes, Jürgen Habermas, Chuck Norris y
Valerie Perrine. Todos fallecidos en marzo de 2026. In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
Surcos
1951 Jose Antonio Nieves Conde
El
laberinto del Fauno (2006) Guillermo del Toro
El
Santuario no se rinde (1949) Arturo Ruiz Castillo
El
Lute Camina o revienta (1987) Vicente Aranda
























