El hotel de Betty: la furia de los hermanos RamÃrez
Gerardo
y Samuel eran los tÃpicos hermanos de un pequeño anejo de Castilla-La Mancha.
Nunca fueron a la escuela porque dependÃan mucho del trabajo familiar y la
ayuda que aportaban a esas las labores; pastoreo, caza y los viñedos. Sus
padres eran una familia muy humilde que trabajaban hasta caer el sol: reventados. Aquellos
hermanos pertenecÃan a una estirpe, en vÃas extinción —nacidos para currar,
como todos los hombres de la familia RamÃrez— de una educación parca y frugal.
Todo ello, quedaba reflejado en su crianza, donde en las heladas de los meses de
febrero y marzo, el alcohol dejaba su mácula y algunos problemas de convivencia
los fines de semana, en el la ciudad que estaba a pocos kilómetros de su aldea.
La madre de ellos, la Sra. Josefina, sentÃa un mayor apego por Gerardo, pensaba,
que, fÃsicamente, tenÃa más parecido a ella. Siempre vio, en el pequeño de los
RamÃrez, habilidades muy cercanas a ella, en el cultivo de las viñas. Samuel,
observaba esa relación con relativo desdén. De algún modo, era más fuerte que
Gerardo —tres años mayor— y con un fÃsico portentoso. Siempre pensó, que algún
dÃa, su hermano pequeño intentarÃa dejarlo. Por decirlo, llanamente, tomarÃa su
propio camino. Sin embargo, volviendo a la infancia, Samuel heredó de su padre,
Carolo, la habilidad, de cortar la leña. Estableciendo una kármica relación con
el hacha para cortar los troncos. A la que, terminó uniéndose, Gerardo.
Acabaron por desarrollar una enorme destreza con las labores del corte de
troncos en los pinares de la comarca norteña. A ellos, les gustaba que los
llamaran los hermanos leñadores —como ellos mismos se autodenominaban— y
utilizaban para relacionarse en el negocio: “si quieres leña rápida, llama a
los hermanos RamÃrez.” No les servÃa de nada la tecnologÃa moderna. Desde que
por primera vez cogieron una bien afilada “Jauregui” y cortaban un par de pinos
o castaños; en un abrir y cerrar de ojos. Cuando alcanzaron la mayorÃa de edad,
este oficio, fue haciéndose el pan de cada dÃa, ya que la explotación agraria
familiar, le llegó una edad, en la que sus padres: ya no podÃan invertir lo
mejor de ellos. Pensaron que con aquella granja muy a pesar —de su madre
Josefina, que tenÃa fe en las vides y confiaba en el instinto de Gerardo— las
cuentas no terminaban de salir y el oficio de la tala por las diferentes zonas
boscosas del paÃs; dejaba buenos jornales. Ellos continuaron con su vida
modesta, del tajo al barracón. Fines de semana a la ciudad. Cazalla, anÃs y
juerga. Y, asà pasaba la vida. Un dÃa apareció un mayoral y les asignó un nuevo
trabajo en una pequeña zona boscosa, cerca del norte de Navarra, donde algunos
árboles viejos habÃan resultado dañados por una tormenta. Junto al bosque habÃa
un pequeño hotel, que hacÃa ya tiempo, el cual, pasó a ser parte del paisaje
del páramo.
A
pesar, de haber vivido, antaño, un esplendor fascinante. Algunos lugareños,
decÃan que aún se escuchaban las almas de los que celebraban banquetes, bodas o
fiestas de final de año. A los dos hermanos se les permitió quedarse allà y
dormir mientras estuvieran trabajando en la zona —todo un alivio, no compartir
cama con la banda del barracón— aquellos 25 tÃos bregados, en un mismo lugar.
Un regalo del cielo. Es verdad, que no tenÃa muchas habitaciones, pero sà un
pequeño salón de banquetes, aún completamente amueblado con sillas y mesas. AllÃ
dormÃan por las noches, una vez finalizada, la faena del dÃa. Gerardo y Samuel
discutÃan muy a menudo, sobre todo por cosas triviales, casi estúpidas: ¿Qué
árbol era más alto? ¿Quién era más rápido? Y cosas por el estilo, entre lo
anodino, pueril y demasiada testosterona. Samuel tenÃa un carácter más
temperamental que su hermano Gerardo: le costaba mucho calmarse y se tomaba las
cosas demasiado a pecho. Aquello, solÃa tener sus consecuencias, porque Gerardo
terminaba por recibir una paliza brutal. Gerardo nunca aprendÃa de lo vivido.
Y, le echó en cara, a Samuel —la siguiente noche— que era un borrachÃn de tres
al cuarto y no tenÃa, nada de aguante. Cuando Gerardo se burlaba de Samuel
porque borracho, una vez más, se habÃa meado encima y se habÃa caÃdo al suelo. De
repente, se abrió una ventana y entró un aire helado que pareció traer como un
recoveco de voces familiares. No hizo mucho caso, ya que era tenÃa toda la
apariencia de ser un “déjà vu” propio del abuso de alcohol. Como esto, era
parte del pan de cada dÃa de los hermanos RamÃrez. Samuel, una vez más, pensó
que Gerardo lo habÃa empujado. Dando una patada a un taburete que tenÃa a su
lado y comenzó a gritar muy enfurecido: maldiciendo y gritando, como un poseso.
Acabó tomándola con las desvencijadas sillas del salón del hotel lanzándolas contra las ventanas y hacia él.
Gerardo se rio, con ganas, lo que aguijoneó, aún más, el berrinche de Samuel. La
situación empeoró rápidamente. Samuel, que ya habÃa perdido la cabeza, sólo,
escuchaba cascabeles. Un rugir insoportable, como las campanillas de los
rebaños de corderos. Comenzó a gritar: ¡“Gerardo,
si te pillo, te mato ¡Lo oyes, te mato. Cabrón”! Gerardo, que no estaba tan
borracho, se dio cuenta, que, poco a
poco, las cosas se habÃan salido de madre. Y, su hermano, se habÃa convertido
en un polvorÃn con un mechero encendido. Empero, no querÃa echarse atrás y,
como solÃa ocurrirle. En esta ocasión dijo:—¡Vamos a ver quién tiene más
huevos! No querÃa terminar recibiendo una paliza tras otra por ser más
coherente, inteligente e inocente.
Aquel
viejo hotel, tenÃa el aura de una novela de Stephen King. FrÃo invernal para
una primavera demasiado larga y en el lugar, de los hechos. El espectáculo no
podÃa ser más devastador: dos hombres, hermanos, peleando a brazo partido, el
uno contra el otro. Una cosa tenÃa muy clara Gerardo; si Samuel lo atrapaba,
sabÃa que era hombre muerto y tenÃa miedo. Pero reunió el valor y todas sus
agallas para lanzarle una silla a Samuel, con la esperanza de darle y dominarlo.
Aprovechando, el golpe de la silla, que lo tendrÃa medio aturdido, hasta que
Samuel se rehiciera, al recobrar el sentido común. Tal como lo pensó, que
agarro la silla, le puso tal tino, que la lanzó y ocurrió lo que no deberÃa haber ocurrido. Le
dio a Samuel en la cabeza. Pero Samuel no cayó al suelo; se mantuvo erguido
como un árbol. Ahora todo habÃa terminado para Gerardo. El fuego de la rabia
ardÃa en su interior, como el filo del hacha por las yemas de los dedos. Corrió
a su lugar de descanso y agarró su hacha. Gerardo sabÃa que su única
oportunidad se habÃa esfumado. Samuel, sangrando por la cabeza, estaba poseÃdo
por el odio, el dolor y la ira. Corrió hacia Gerardo, lo derribó, directo al
suelo y le gritó: —«¡Hijo de puta mentiroso, ahora sà que va a pasar!». Gerardo
sabÃa lo que iba a pasar cuando Samuel le lanzó esa mirada oscura y aterradora.
—Las pupilas de Samuel se dilataron. Gerardo graznó y clamó de miedo:
«¡Nooo! ¡Por favor, por favor, no!». Samuel se rio y le gritó: «Eso ya no te
salvará». Levantó el hacha de un tirón, con la luz de las lámparas del techo
reflejándose en ella, y Samuel se detuvo un instante. Entonces hundió a Betty
—como llamaba cariñosamente a la Jauregui boca de luna— en la cabeza de Gerardo,
y ésta, descendió directamente sobre el cráneo de su hermano. El sonido fue de
un estrepitoso brutal; el metal partiendo el hueso parietal como si fuera una
cáscara de huevo seca. Materia gris, viscosa y pálida, emergió a borbotones,
mezclándose con fragmentos de hueso blanco que salieron disparados como
esquirlas de una explosión macabra. Desgarrando la
carne con un sonido de pergamino viejo hundiéndose como una sandia. Se quedo
agarrada hasta la mitad. Un crujido sordo resonó por toda la habitación. La
sangre salpicó todo el espacio del salón. Esa, mucho más densa, que brotó no
era roja, sino de un carmesà negruzco. Cómo si la maldición hubiera corrompido
hasta el último glóbulo. Su hacha encontró el rostro de su hermano.
El
impacto fue una sinfonÃa de horror: el hueso maltratado cediendo ante el acero,
y una lluvia de fluidos que manchó el papel tapiz, ochentero, del viejo salón
de bodas. Miró a Gerardo, quien, con solo unos últimos espasmos, jadeaba en
busca de aire como un pez, con los ojos muy abiertos, hasta que sus movimientos
cesaron. Samuel soltó una risotada y pensó para sà mismo: —“Eso es todo lo que
me quedaba para ti, gilipollas”. Samuel bufó y notaba como el corazón le latÃa,
Observó por última vez el hacha “Betty” clavada en el cráneo de Gerardo, con la
sangre se extendÃa lentamente por el suelo. El corazón de Samuel estaba
taquicárdico, pero con una sensación de satisfacción y plenitud, que le llenaba
de gozo. Es una locura, mostrar ese sentimiento, mientras el cadáver de su
hermano yacÃa rodeado de sangre por todos los rincones. Samuel se limpió la
sangre de la cara, de su hermano, que aún estaba caliente y le goteaba por la
barbilla. Samuel puso un pie sobre el hombro de Gerardo, que, al igual que él mismo,
yacÃa inmóvil en el suelo, y con un tirón violento, sacó el hacha de la cabeza,
que ahora no era más que un desastre desfigurado y bañado en hematÃes. Revelando bajo la mancha sÃmbolos arcanos que
el hotel ocultaba. El clÃmax fue una
danza grotesca, cercana al gore de las secuelas de Texas. Los órganos,
expuestos por tajos inhumanos, palpitaban al ritmo del corazón del edificio. No
hubo gritos de agonÃa, solo un suspiro colectivo del hotel. Mientras la vida de
Gerardo se esfumaba y las maderas del suelo se abrieron, permitiendo que la
sangre se filtrara hacia los cimientos. Gerardo y Samuel se convirtieron en
parte del decorado: dos estatuas de carne y acero condenadas a repetir su duelo
en el eco de los pasillos. Empero, el hotel, colapsado por la saciedad del
momento, se sumÃa de nuevo, en el silencio de la nieve. Tan silencioso, que, el
mismo Samuel podÃa oÃr el leve silbido del viento soplando a través del bosque
exterior, filtrándose por las viejas ventanas. Samuel miró a su alrededor,
contemplando su matanza. Cogió su querida Betty “la Jauregui de boca luna” y
acabo de limpiarla en una parte limpia de la ropa de Gerardo. Finalmente, salió
del pequeño salón de baile del viejo y solitario hotel; dirigiéndose a la zona
boscosa donde faenaban. Se subió al todoterreno y acabo por decirse a sà mismo;
es tiempo de vendimias. Las uvas están en tu punto. Alejándose de aquel tétrico
lugar, mientras la tormenta de nieve arreciaba y seguÃa borrando el rastro de
su existencia; dejando un ligero olor a hierro y muerte desde el demoniaco
salón.
FIN
Dedicado a Adolfo Aristarain Octubre 43/Abril 2026 y Moncho Monsalve Enero 45/Abril2026 In Memoriam
Fotogramas adjuntados
Come
and Get It (1936) By Howard Hawks
The Big Trees (1952) By Felix E. Feist
Valley of the Giants (1938) By William Keighley
Timberjack (1955) By Joseph Kane
























