La lluvia en Calais destapó el anhelo de venganza

 


A las afueras de Calais, la oscuridad nocturna se disipó más rápido que la niebla en una mañana de verano. Dejó al descubierto la solitaria figura de una mujer de mediana edad con el periódico del miércoles pasado sobre la cabeza para protegerse de la constante llovizna. Inspiraba el aire fresco y limpio, regalo de la tormenta que parecía marcharse. Sorprendía su penoso caminar por una estrecha calle que le seguía, paralela a un muro de almacenes abandonados, chapoteando, a través de los reflejos de los edificios en los charcos que rodeaban los adoquines rebosantes por las últimas tormentas. Mientras caminaba, cabizbaja, se debatía entre su complicada situación, que, por tercera vez en este año; le había hecho perder el trabajo y la habitación donde se alojaba. Todo se definía en una constante perenne. Ese palabro maldito: el pasado. Se dirigía a una iglesia local donde había oído que ayudaban a los necesitados. Un endeble grito rompió el silencio de la mañana. “Au secours”—Pronunciaba en francés de “un socorro desesperado”. Dobló la última esquina del almacén y se encontró con la escena. La voz gemía más fuerte. A unos cincuenta metros, vio la cabeza de un hombre en un agujero. Hacía señas con una mano mientras las yemas de los dedos de la otra luchaban por mantener su blanquecino agarre alrededor de un adoquín gastado y desconocido. Corrió hacia el hombre. Al acercarse se encontró con un gigantesco sumidero iluminado por las chispas de una confusión de cables subterráneos rotos; vio su cuerpo. Era un hombre de mediana edad, con el pelo ralo y blanco. En la calle, cerca de aquel boquete, había un maletín de cuero, algo que ella podría haber robado en circunstancias menos urgentes. —“Ayúdame”. Por favor. El hombre hablaba ceceando. Me dije—Joder! ¿Dónde había oído escuchado aquella voz?— Demasiados años.

 



 

Por debajo del hombre que luchaba por salir del agujero, el agua corría a toda velocidad, mientras el canal subterráneo de la ciudad se esforzaba por arrojar al mar, estos días de diluvio. Un penetrante hedor a cloaca le revolvió el estómago. Luchando contra las arcadas y el miedo a que la carretera siguiera cediendo, se arrodilló sobre los adoquines mojados y le agarró la mano. Sus dedos se encontraron y se apretaron con fuerza. Ahí, su mirada se deslizó por el brazo hasta su rostro y sus ojos. A la luz del amanecer, pudo ver que uno de aquellos ojos era azul y el otro verde. Azul y verde. Muy curioso. No hacía más que remover mis dendritas cerebrales. Aquellos inusuales ojos le obligaron a mirar mucho más de cerca la cara del hombre. Era, él, más viejo, más arrugado, pero sin duda él. Casi había renunciado a reparar el daño que le habían hecho. Un daño irreparable. Sí, hacía tantos años. Pero el destrozo seguía en su alma. Empero, su agresor estaba aferrado a ella en ese momento, suplicando por su vida. Mientras ella miraba fijamente a él. Los recuerdos reprimidos la inundaron y ahogaron todos los demás pensamientos. Por su mente pasaron imágenes rotas: una noche de luna llena, un cuchillo reluciente, burlas, rugidos, alientos a whisky, coñac. Un miedo indescriptible. Manos ásperas y callosas que le separaban las mandíbulas, una cuchilla que le rasgaba la lengua, sangre que le llenaba la boca y se le colaba hasta los pulmones, y sus piernas que se desplomaban sobre los adoquines. Se reían en ropa interior:—Judía pelirroja. Despierta, zorra, que viene lo mejor. Aquellos tipos eran alimañas, nada que pudiera parecerse a la condición humana: bestias. No pudo detener la embestida: esas manos peludas entre sus piernas, trozos de algodón metido en su garganta. Al borde la asfixia y sin quejidos. Toda resistencia a la violación de los leviatanes nazis fue en balde. Su frágil cuerpo golpeado con fuerza contra el pavimento y los cascos de los caballos desvaneciéndose en la noche. Más tarde llegaron voces apagadas: una sirena y pasillos iluminados que parpadeaban sobre su cabeza mientras las sombras se deslizaban cubriendo su mundo.

 



“Tira con fuerza” —dijo el hombre con el mismo ceceo apagado que antes había ordenado a los demás que le separaran las mandíbulas. Era el capitán Schneider. Increíble. No había la menor duda. Las frenéticas súplicas del hombre la devolvieron a la escena del sumidero y los ojos de dos colores diferentes se clavaron en los suyos. Se preguntó si se acordaría de ella, esa chica aterrorizada a la que había cortado la lengua, veinte años antes. Denisse Dreyfuss, era una mujer con los ojos gris acero, que todavía tenía abundante cabello, con muchas trazas canosas y recogido en una coleta. Habían pasado, por los menos, 20 años desde la masacre de Calais en 1940. Ya no era la hermosa joven de antaño, cuando,  pensando —erróneamente— que había traicionado a La Résistanc, con los alemanes, lo cual no era cierto. Aquellos malditos bastardos la destrozaron físicamente y mentalmente. Dos décadas entre las imágenes de ese día anhelado. Del cómo se vengaría, si se diera la ocasión y el azar se lo había puesto en bandeja. Clamaban unas plegarias sobre otras, exigiendo ser escuchadas. Se había imaginado llamándole a filas delante de su familia, atravesándole la garganta con una cuchilla, testificando ante un tribunal que le condenaba a cadena perpetua, drogándole en un café al aire libre y arrastrándole detrás del edificio, donde le infligía exactamente la misma herida: una lengua por otra. De repente, volvió al pavor del presente. Aquella mujer evitó los recuerdos, agarró la mano del hombre que la buscaba y tiró lo que pudo. Empero, era demasiado pesado para ella. Incluso podría haber resbalado un poco y ¡zas al garete! Recordó, de nuevo, aquellos años en los que pedir ayuda, igual que él ahora, y todo lo que recibió fueron portazos en la cara. La espalda de la gente que se daba la vuelta y esos niños que le arrojaban piedras y basura, mientras la señalaban: se reían y burlaban.




 

Los dedos del hombre se deslizaron aún más. Lo mejor que podía hacer, pensó, era retrasar su caída y esperar que alguien se topara con ellos antes de que ella desfalleciese. "Grita pidiendo ayuda"—le dijo. Con el tiempo se había adaptado a su lesión, pero en aquel momento volvió a emitir los mismos sonidos que en aquellos dolorosos primeros meses. Abrió la boca de par en par y vomitó ruidos indescifrables sin dejar de mirarle a la cara. Un segundo intento y vio lo que había soñado durante veinte años. Era imposible dejarlo pasar. Volvían todos los recuerdos. Los ojos del hombre se abrieron de par en par y de repente se entrecerraron. En ese desvanecimiento, se preguntó qué estaría recordando en concreto. —¿Se estaba arrepintiendo? ¿Sentía culpa por lo que había hecho? ¿Seguía creyendo que era una traidora? ¿O la expresión de su rostro era la constatación de que esta vez ella llevaba las de ganar? El agua brotaba y gorgoteaba como si la naturaleza quisiera al hombre para él, su propio cadalso. Miró al cielo despejado de la mañana y dio gracias a Dios por encontrarse en aquel lugar. Vio cómo sus ojos desorbitados iban transformándose del miedo a la muerte al terror de su certeza. Una suave paz la invadió y liberó una fuerza reprimida. La rabia y el ansia de venganza con la que había vivido durante años parecían evaporarse. ¿Debía intentar salvar al hombre? Ese pensamiento fue interrumpido por otro: ¿seguía siendo una amenaza? Mientras se aferraba al hombre y se preguntaba qué hacer… De inmediato se escuchó el ruido de los neumáticos sobre los adoquines. A la derecha, apareció un vehículo policial. Tiró, todo lo que pudo. Aunque, el hombre de los ojos de dos colores ya dejó de latir.

 

                                                  

                                                                                FIN

 


                      

                            Dedicado a Paul Auster febrero 1947/ abril 2024 In Memoriam



Fotogramas adjuntos

 

Behind the door movie 1919 By Irvin Willat

Death and the Maiden (1994)  By Roman Polanski

Shura (1971) By Toshio Matsumoto

The Debt (2010) By John Madden

 





Una primavera con muy mala leche; el psiquiatra engañado y los demonios internos

 


Se han preguntado en alguna ocasión, eso, de ¿Por qué no dejamos de luchar contra nuestros demonios internos e intentas negociar—contigo mismo— darte una pequeña tregua? He pasado unas semanas raras e insomnes. La culpa de todo; se rompió el Pc de sobremesa, el portátil y otro que es muy viejo y lo tengo por puro romanticismo tecnológico. Sé, que tiene un nombre anglosajón, esta manía, pero estoy asténico. No quiero rebuscados ni palabros de Don Juan Manuel.  El sábado pasado comenzó la maldición, después de una noche de sueño intranquilo, la mañana se convirtió en una montaña rusa. Pensé que las preguntas que tenía pendientes querían tomar algo; por ejemplo, cafeína. Éstas, muy gentilmente, me agradecieron mi hospitalidad y se tomaron la libertad de pedir un expreso descafeinado. Hablo de las preguntas. Recuérdenlo. Los galenos nos advierten que la cafeína nos pone nerviosos. Puede, pero que cosas que no acaben, en ina, terminan por sacarte los nervios y cambiarte los colores. Admites que estás agotado de mirar siempre por encima del hombro, esperando que ocurra lo peor. Hasta tu jefe parece haberse dado cuenta de que no cumples con los plazos y la calidad de tu trabajo es cada vez peor. Las alarmas se disparan, y uno, no puede más, como el viejo boxeador: tira la toalla. Estoy muy cansado. Trabajar de noche, mantenerte despierto, nos deja de mala leche y se paga por la mañana con quienes más quieres. Ese mal humor matinal, te está cavando tu propia cripta. Me preocupa— En serio. Sabía, de un tipo, que no aguantaba más y los remordimientos le han llevado a olvidarse del aseo dental. Siente tanta vergüenza, como mal aliento deja por dónde pasa. Hasta, la ha tomado con el agua. Apenas, tiene tiempo para ducharse, por no decir, que anda con el síndrome del gato escaldado. Huye del agua. Realmente, apesta. Alguien que se preocupa por él, le ha puesto alguna pila de litio y ha conseguido convencerlo para que ir a una terapia psiquiátrica,  una vez a la semana. Han pasado dos semanas y esta pareja se han enamorado de la jodida terapia. Ni calvo ni tres pelucas. Va vendiendo las bondades de su cháchara y el mindfulness. Evidentemente, se han comprometido a recuperar todas esas oportunidades perdidas, pero están de acuerdo en que los ataques de pánico comienzan a ser más cortos y menos intensos. Por lo menos, el asunto de la higiene y la mala uva va por buen camino.




                                      Quince días después del primer encuentro con el Dr. Elías


Los demonios personales de Luis y Elsa pueden ser sorprendentemente cooperativos si les recuerdas que una vez fueron ángeles.—Ríen, al unísono. Sólo Dios sabe lo que hacen esos bichos cuando no están arrastrándose por sus mentes, revolviendo recuerdos para revelar el jodido trauma, que se esconde debajo de sus máscaras. Se despiden con sus garras. Nos vemos el próximo martes a las 5 de la tarde. Atropellados, y tropezando, camino de la puerta de salida. Cuando, Luis espeta:— Queda pendiente…, un pequeño asunto Dr. Elías. Perdona. Por favor, quería preguntarle por los demonios internos. —El careto del comebolas, Dr. Elías, alucinante— insiste con cierto apuro; a la próxima cita… Al final, se marchan como si no les hubieran servido el postre en su restaurante de cocinero mediático, esperando 7 meses, en una lista de espera, para esa cena. Pero, el colmo, viene porque no son muy buenos con la tecnología. Pasan los días y durante dos semanas: vuelve la angustia y la apatía. Te llaman cada cinco minutos del trabajo para recordarte que el martes vuelves a tu silla. Te llenan el correo electrónico de anuncios de pastillas para adelgazar. Te envían emojis de una mujer encogiéndose de hombros y poniendo los ojos en blanco como solía hacer Elsa. Comparten publicaciones en las redes sociales de tus hijos con un  supuesto novio, que no saben de donde ha salido ni conocen. Sacan a relucir calcetines y guantes perdidos bajo el sofá del pasado invierno. Hasta que comienza un fuego cruzado por aquello del cuando te quedaste con los niños un fin de semana que no era Navidad. Bien, han pasado 17 días y la moral está muy tocada. Llega el martes a las 16:45 en la puerta de la consulta del Dr. Elías. El terapeuta, los saluda y asiente con simpatía. —No pasa nada, tengo mucho trabajo—Sólo intentábamos ser amables. No sabíamos que estabas ocupado y pensamos que te interesaría lo que hemos encontrado. De inmediato, el entrecejo de comebolas, se tuerce. Es digno de estudio antropológico y su cara un poema. Luis y Elsa con cara de vendedores del Círculo de Lectores. —De verdad, nos haría mucha ilusión.—Uno que no sabe que decir y sigue pseudocatatónico. Así, a bote pronto, nuestra pareja neurótica, le proponen una invitación para cenar. A ver, no es una peli de aquellas que hacía Allen, antes de perder los cascabeles. No, no. Esto es más cercano, casi como un momento Erasmus. Cómo si fueran esos viejos amigos de la Universidad que no has visto en 15 años. 






La cara del Dr. Es la de un tipo solitario, muy cansado de todas esas comidas en el microondas, mientras otea expedientes y un pequeño TV al que no hace ni caso. Pasa esa imagen, de nuevo, y dices; ¡Qué cojones, por qué no! Aceptas su invitación. Pues, da la casualidad, que conocemos el sitio perfecto. Es una Trattoria donde Elvira (la ex esposa del Dr. Elias) le dijo que quería el divorcio. Se escucha una canción de Lana Del Ray, en ese instante, es la misma que sonaba entonces cuando acusaste, a tu ex mujer de tirarse al vecino. Por suerte, la melodía cambia, y ahora, es Johnny Cash, el músico favorito de tu padre. Recuerdas la voz grave de Johnny zumbando en los altavoces del camión cuando te llevaba al entrenamiento de las ligas menores. Tu corazón palpita como un viejo motor que se enfría cuando recuerdas la última vez que salió del camino de entrada para no volver jamás. Cuando, los dos, a la vez:

¿No te gusta esta canción?

De repente, el Dr. Elías se teletransportó a un tiempo muy lejano. Era muy joven, abundaba el pelo por la coronilla y parietal e ir en camiseta de manga corta era un regalo para los ojos de aquella estimada vanidad. Nuestros amigos Luis y Elsa—remarcan. Ahora llega lo mejor de la noche…Su sinceridad cala más hondo con cada acto de amabilidad. Un camarero con un mostacho a lo David Niven aparece con unas cajas de bombones gourmet, seguidas de cestas de galletas de regalo y unos chupitos de Limoncello. Nuestro Dr. Entró en pleno éxtasis. Cuando Luis le advirtió—Mastica esas calorías, Hey Man! Rechinando los dientes por todas las veces que tu ex mujer te pinchó la cintura y te dijo que estabas demasiado gordo. Recordó cómo tu madre solía esconder un montón de barritas de Huesistos por toda la casa para poder tragarse su desesperación semidulce mientras dormías. —Y como murió, eh, Elías: sola y llena de remordimientos, como probablemente morirás tú. Para. Para esto—Gritó un desesperado Elías. ¿Podemos volver a como estaban las cosas? Por un momento, el camarero y el resto de los comensales alucinaban.


El Dr. Elías está hablando sólo. Haciendo ademanes a la silla de al lado. —No tienen ni puta idea de lo que es aguantar todos los días las mismas monsergas. Les ruegas que negocien otro sábado y, sorprendentemente, acceden. Sin embargo, llegan pronto y se cuelan en tu cita del viernes por la noche con esa mujer de contabilidad. Le levantan el pelo y soplan su aroma a lavanda en tu dirección.—Jodida lavanda. El olor del champú de Elvira. Piden chupitos de tequila. Siguen sirviendo margaritas mucho después de que les cuentes todos los trapos sucios de tu anterior matrimonio.— Tu cita, esa que has tenido que hacer lo más heroico de tu vida, no deja de mirar el reloj e insinúa que se está haciendo tarde. El camarero le espeta: Dr. Elías, se encuentra bien.—Claro que estoy bien, Alberto. Dame la cuenta. Enseguida. A la mañana siguiente, en casa de Luis y Elsa, apenas se oye nada. Legañas y la sensación de tener los párpados llenos de tierra. Una resaca del 29 va a marcar un lluvioso día de primavera. Posiblemente, el mismo que se encuentra a buen recaudo, bajo una almohada asfixiante. —Se oye el ruido de los platos, en la cocina moverse; y es una perforación de tímpanos. Las puertas de los armarios se cierran de golpe. Los cajones de los cubiertos se desparraman por el suelo de la cocina. El triturador de basura gorgotea enjuague bucal y Elsa con la boca llena de pasta dental contesta:— ¿Por qué no me dejas en paz? Luis: eso lo dijo ayer el Dr. Elías. Algo muy parecido. Elvira dice—¿Qué cojones—Si eso mismo dijo, qué demonios queréis? Y dijiste:— Sólo queremos ayudar.—Ayudar! Eres una venganza, tío. A ver, ya no te acuerdas de los demonios internos y tus affaires. Hombre habló D. Damien que drogó a su psiquiatra sólo porque se follaba a tu antigua novia de la facultad. Elsa, de buen rollo:—¿Tienes algo más que café descafeinado? Va a ser un día largo, cariño. Hala, ponemos el  filtro de café blanco en mano, respiras, miras al techo y consideras una nueva táctica: rendirte.—A ver, Luis lo tuyo es realmente diabólico y preocupante. Lo dicho, la primavera, tiene estas cosas.

 


                                                                                    FIN

 



                                  Dedicado a Jaime de Armiñán marzo 1927/abril 2024 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

 

Spellbound (1945) By Alfred Hitchcock

Annie Hall 1997 (By) Woody Allen

Das testament des dr. Mabuse (1933) By Fritz Lang

Sling Blade (1996) By Billy Bob Thornton

 





Un desalmado en la Koldoesfera quema las hormigas de Kuntur


 

Una vez leí, no recuerdo muy bien dónde, que las hormigas son los únicos insectos que han colonizado casi todas las zonas terrestres del planeta. Dicen que donde no hay hormigas autóctonas es en la Antártida y en algunas islas remotas o inhóspitas de la tierra. Un día observé como mi amigo Andoni tenía la mirada vigilante en un convoy de hormigas armadas, las cuales, inundaban el suelo de la jungla como un río negro. Miles, millones de cuerpos invaden la superficie de aquel lugar en busca de comida. Aquella turba devoraba todo a su paso, formando una mancha indefinible mientras los cuerpos de las hormigas se transformaban, conectados uno por uno, en una masa oscura que, desde arriba, se parecía a un cielo nocturno. Las presas que, las hormigas pisotean en su camino son estrellas enanas en implosión, devoradas por las sombras, engullidas por ese tira y afloja del hambre, en su voraz apetito cósmico y colectivo.

 



De repente, un pájaro que vuela bajo, como si esperase un piscolabis, se ve sitiado, de hormigas subiendo por sus patas hasta que sus alas batidas no son más que movimiento, tan solo un meneo frenético que no puede dar una alada más, ni le salvará su vida. Cometas de ácido fórmico salen disparados de las mandíbulas de los soldados, hirviendo plumas y piel, inutilizando al ave y asándola viva. Se atisbaba desde las copas de los árboles, muy por encima de la niebla del bosque, una humedad sofocante que se acumulaba en las hojas y después, caía en un minúsculo chorro de gotas. Algunas moléculas de agua cayeron sobre el nido del pájaro, salpicando, unos latentes huevos. Más arriba, en la blogosfera, un avión de pasajeros de ojos rojos transporta a una mujer de mediana edad que —debido a compromisos comerciales— se ha perdido el cumpleaños de su hija. En la estratosfera, una sonda meteorológica recoge datos, que va emitiendo, entre pitidos y explosiones, envía tartamudas señales inalámbricas, que recoge una pantalla de Oled. Conectada a un enchufe, ya en la tierra, de la fachosfera de algún corrupto, con cara de embarazada de dos meses. Dixit:—Soy una víctima de una conspiración digital.




Dicen, que posiblemente, se hallé, en algún lugar, de un almacén con aire acondicionado y rodeado de madroños. En lo más alto de la Koldosfera reside una vieja estación espacial que divaga ingrávidamente. El hombre que vive en ese lugar, es un Homo habilis que se cruzó con un Sapiens del último holoceno. Atiende las ocho granjas de inofensivas hormigas tomadas en la Guayana francesa que sobrevivieron a la primera gran hecatombe. Anota números, hace cosenos y raíces cuadradas. Los que saben del lenguaje matemático lo llaman: susurrador de las cifras. Empero, las hormigas construyen túneles en la tierra, moviéndose sin cesar, desarrollando algo mucho más grande que ellas mismas. Las llamaradas solares en las ventanas de la estación bañan los ojos, del hombre susurrador, cruzan su iris azul y se canalizan hacia las partes desconocidas de sus pupilas oscuras. Las bengalas son de color naranja, coronas quemadas, que se aferran al universo, del mismo modo, que una esposa abraza a su hijo llorando; antes del lanzamiento de una nueva misión.




Desde fuera de sus ventanas, la Tierra es una canica lanzada, a través de un estanque, saltando, salpicando y hundiéndose. El hombre, nueve meses después de su viaje de tres años, recuerda las sensaciones, que aprendió para ser un saltimbanqui en la luna, mientras pasaba por encima de las grandes rocas. Rememora, cuando las erupciones solares parecían tan lejanas y el sol todavía era sólo un objeto, puramente, abstracto. Recuerda, en los tiempos, del Caín de la atmósfera de HispaniaRaz, observar a su hijo quemar hormigas, en el jardín de la casa del pueblo, cerca de un pozo de agua. Alí, debajo de la vieja higuera, armado con una lupa. Aquel niño, que escondía su rostro, tras una mascarilla china; amplificaba el rayo del sol hasta convertirlo en un artefacto de destrucción concentrada. Era un achicharrador de hormigas, una tras otra, mientras sus cuerpos gritaban silenciosamente, derritiéndose en la tierra, el suelo y la grava hasta que no quedó nada que disolver. Triste final, el de aquella concurrida colonia que fue completamente erradicada. Nunca más se supo de aquel sátrapa que intentó acabar con la era digital. Ahora luce una hermosa atmosfera bajo el amparo sosegado de Kuntur.




                                              


                                             Dedicado a Iris Apfel agosto 1921/marzo 2024 In Memoriam






Fotogramas adjuntados

 

 

The Curse of the Cat People (1944)  Robert Wise & Gunther von Fritsch

 

Naked jungle (1954) By Byron Haskin 

 

Das blaue licht (1932) By  Leni Riefenstahl & Béla Balázsç

 

Vermin la plaga 2023 By Sébastien Vanicek

 

 

 






 


Aquel rey que se creía un cisne y estaba por encima de sus súbditos


Cuentan las crónicas más antiguas que hubo un lugar, en el sur de la antigua Europa, donde un grupo de campesinos rodeó los muros del castillo de un rey caprichoso y faltón. En una fría y lluviosa noche de febrero el aire estaba denso y cargado de lamentos. Caían gotas a borbotones sobre sus capuchas; Un trueno resonó en primer plano. Una procesión realmente inquietante de cientos de hombres del campo —eligieron esa noche— una noche poco práctica, pero simbólica, porque los actos que les hicieron a ellos y que harán a otros no fueron asuntos agradables. Y aunque deseamos escapar de los clichés, son contundentes en las culturas —intrínsecamente—, de esas que prevalecen y los motivos pueden ser poderosos. Entonces, eligieron este día tormentoso con luna llena. Les podrá resultar extraño, pero así fue. Verán Uds, hacía muchos años, hubo una gran guerra, una guerra irrazonable. ¿Qué guerra no es injusta y cruel? Nos preguntamos todos. Una maldita guerra que exigió la vida de hijos y padres. No chorreó ni una gota de sangre de aquellos nobles gobernantes, ni una sola gota de sudor se derramó voluntariamente. Sin embargo, los campesinos que estaban afuera. Habían estado aguantando el diluvio: el agua, gota a gota, empapados de humedad e impotencia. Del mismo modo, que la animadversión crecía con cada golpe flagelado, desde el látigo del poder y el gobierno, sin restricciones ni supuestos prejuicios: los campesinos comenzaron a ser vapuleados hasta dejarles cicatrices fundidas en bronce, manteniendo para siempre una nueva forma en sus memorias colectivas. Unos 2.000 campesinos, de un lado y del otro, unos 20 nobles cercanos, al séquito del viejo rey.





Aunque, las probabilidades estaban en contra de miles de agricultores, porque estaban convencidos de su inferioridad. La potencia de un caballo supera la de un humano, pero uno monta al otro mientras el caballo esté ciego. La lluvia arreciaba. De fondo, sonaba la sacudida, de azadas, horcas, cuchillos dentados, camisas hechas jirones y corazones deshilachados. Se había revelado que la guerra —al principio— se pensó que era por su liberación. Se inició por cuestiones de jornales y no de preocupaciones. Después, con cada muerte de un hijo, con cada pérdida de amor y de familia; el interminable y oscuro túnel de los objetivos políticos pudrió las motivaciones del pueblo. Ahora estaban afuera, fríos y mojados, pero con la calidez del regreso a la satisfacción. Orgullosos con la defensa y trémulos por la injusticia. Los campesinos, enardecidos de ira resentida, cargaron contra los muros del castillo; asesinaron a los guardias del gerifalte Cuartelasca, masacraron a los bufones e incluso mataron a los hijos de los nobles, que jugaban afuera. Febrilmente, la turba mató y destrozó a todos los que estaban, en pie, sin importar a quién representaban o por qué andaban por allí. Para traspasar las puertas del castillo del rey se precisaría un ariete. En el interior, el rey y su familia se escondían por los rincones de palacio. Apenas, unos pocos guardias y cuatro nobles restantes. El rey sabía que era sólo cuestión de tiempo hasta que ellos mismos se enfrentaran a la multitud. Éste,  besó a su esposa y consoló a sus hijos e hijas: pidió perdón a su creador, a los guardias y a los nobles. “Nunca los recursos se habían sentido tan inútiles, nunca los arrepentimientos se habían sentido tan generalizados. Espero que todos nos encontremos en la otra vida y que me concedan el suficiente tiempo de expiación”. Miró a los guardias y, en un raro momento de humildad, dijo: —“Temo que el capricho del gobierno se haya acumulado tan alto y tan ancho, en lo más profundo de mi alma.” He tomado decisiones que ningún hombre debería acometer y he sacrificado vuestros corazones involuntarios. 



He ido más allá de los caprichos normales del gobierno de un solo hombre, pues un rey que debe decidir todo lo que se agita en las oscuras cavernas de la ubicuidad. Empero, caí aún más profundamente, hasta un punto al que no llega la luz. La sala decidió dejar que sucediera lo inevitable y abrir las puertas. Un perro rapaz no puede dormir hasta que esté saciado, y los campesinos golpeaban la puerta hasta que los huesos de sus manos quedaban despojados. No pelear ni suplicar —se decidió— llevar la espada al cuello y rezar por una muerte sin dolor; morir es el problema y la muerte la solución. Finalmente, rogaron a Dios que estos últimos vinieran pronto. Luego vino el asunto de quién debía abrir el pestillo. Un golpe en la cabeza por una puerta forzada y apresurada no fue la muerte placentera que todos aceptaron. Pero un noble, sintiéndose particularmente orgulloso, dijo: “Sería un honor para mí correr el riesgo por última vez. Mis hijos estaban afuera, seguramente ya estén muertos.” ¿Qué importa si mi último momento, en la tierra, es un dolor de cabeza o una caída? No me importa la muerte, morir o vivir, de hecho. Levantando el pestillo lentamente, esperando una objeción de último momento, el noble lo levantó demasiado alto por error y la turba entró como cabestros en un encierro. Cerebros maltrechos y sangrientos blandían las cortinas de seda, saciando a las hordas vampíricas demoníacas, hambrientas de sangre y venganza, satisfechas con la muerte y desesperación. El poder en la lujuria y la voluptuosidad por el poder, pero pronto se aburrieron hasta la médula, los campesinos masacraron a todos los habitantes.



 

El adalid de los campesinos, el que los reunió desde el principio, gritó proclamaciones de una nueva era. Uno con un liderazgo justo y contribuciones universales a la dinámica de la gobernanza. Ese que prometía nuevos inventos, mejor comida y más libertad. Pero decidió que necesitaba un tribunal que le ayudara a establecer el nuevo gobierno. Eligió a los campesinos más inteligentes y los declaró sus iguales en el poder. Sin embargo, proclamó que las leyes debían ser dictadas por la corte porque los campesinos dedicaban su tiempo a trabajos no relacionados con las ordenanzas; cuidar los campos no te convierte en un mejor estadista. Posteriormente, declaró que su salario tenía que ser ligeramente superior al de los campesinos del campo porque trabajaba más horas. Demasiadas (eso repitió por activa y por pasiva). Luego, decidió que ellos, el nuevo tribunal, debían vivir todos en un área para garantizar la acción más rápida y efectiva. Entonces, notó que a su habitación le faltaba un escritorio, y supuso que como el papel del pueblo era fino y quebradizo, sólo la superficie más lisa serviría para firmar las declaraciones y leyes del estado, por lo que declaró que un escritorio de mármol travertino; es el único material adecuado para un rey. De igual modo, decidió el drenaje de la una zona cercana al palacio para construir un estanque donde pondrían nadar los cisnes más narcisos. Aquel viejo país del sur de Europa siguió su patética existencia, mientras el nuevo rey se enorgullecía como el cisne más hermoso.



       

                 Dedicado a mi abuelo materno y a todos los agricultores de España y Europa por la dignidad del oficio                                                                                                  


                                                                                             

                                                                                                           FIN

            





Fotogramas adjuntados

 

Shichinin no Samurai (1954) By Akira Kurosawa

Tierra (1996) By Julio Medem

Riso amaro (1949) By Giuseppe di Santis

Days of Heaven (1978) By Terrence Malick

 




La madre de Rafael y la profecia de 2024


 

Rafael fue uno de los afortunados. Aquel joven fuerte y apuesto de ojos negros y pelo lazio estaba tocado por la divina gracia. Lo habían escoltado a un sótano para tormentas y huracanes junto a dos docenas de habitantes de Texas. De inmediato, las primeras alarmas comenzaron a sonar. Su madre no cumplía los requisitos, tenía cincuenta y tantos años y estaba enferma.

—Mi niño, le había dicho a Raphael tres semanas antes, “prométeme que no volverás por mí. No quiero ver este lugar después de lo que pase”. La Tierra se había estado desintegrando en el infierno desde que Rafael estuvo vivo. La guerra había dejado esa tierra árida y seca. Y desde muchos años antes, el  tiempo se encargó de secar toda el agua dulce. El agua potable ya no era asequible para la mayoría de la gente. Los vendedores ambulantes de agua a menudo no llegaban más allá de los límites de la ciudad; antes que las pandillas y los ladrones llegasen a ellos. La gente llevaba ya dos años esperando con gran expectación. La tensión aumentó hasta convertirse en una neblina de caos insoportable y sofocante mientras todos intentaban prepararse para lo inevitable. La mañana del fin amaneció brillante y clara. Rafael había estado cuidando a su debilitada madre. Había pasado una noche particularmente insomne cuidándola y Rafael estaba exhausto. A media mañana, el pueblo empezó a susurrar:




—El señor Brown dijo...

—¿Qué dijo?

—No, lo escuché bien. Era algo de Gloria...

—Tenemos que irnos.

—El gobierno ha mandado más efectivos del departamento de migración. Estaba tan absorto en sus pensamientos —que el ingenuo Rafael— no se dio cuenta de la situación. Todos sus vecinos recogían apresuradamente sus pertenencias… Pero por la tarde las alarmas habían empezado a sonar. Y lo más chocante, es que sólo sonaban cuando ocurría algo muy grave. Rafael entró corriendo a la casa, cerró la puerta detrás de él y corrió hacia su madre, cuya respiración ronca empapaba la casa. De repente, el sol se apagó. Rafael recordó haber sido arrancado de las garras de su madre, un grito ahogado —cortamente— escapó de sus labios, antes de ser arrojado hacia los ásperos brazos de alguien. De entre la bruma pudo distinguir a mujeres y niños siendo conducidos rápidamente a un refugio contra tormentas. Finalmente, después  que todos fueran ubicados, el hombre que llevaba a Rafael cerró la puerta del búnker con un clic metálico. Cuando Rafael volvió en sí, le dolían los músculos inferiores de haber dormido en el frío suelo de cemento. Susurros murmurados vibraban a su alrededor, seguidos por algún que otro sollozo silencioso.

 

 



Dejó escapar un fuerte grito ahogado y se sentó bruscamente cuando los acontecimientos de la noche anterior volvieron a él, en forma, de destellos estruendosos. Una mujer joven se acercó a él; tenía los ojos hinchados y rojos, y sostenía una andrajosa manta roja de algún bebé que apenas sostenía  entre sus manos temblorosas. —¿Lo viste? —susurró, su voz brama y frágil.

Rafael no supo cómo responder. Así que se quedó callado, mirando los ojos suplicantes de la mujer. ¿Mi hijo? —aclaró, con los ojos llenos de lágrimas. De nuevo Rafael no respondió; ella lo asustó. Finalmente, se alejó, enterrando su rostro dentro de la manta mientras dejaba escapar un sollozo profundo. Rafael dirigió su atención hacia la puerta del búnker. Necesitaba abandonar este lugar. Necesitaba saber que su madre estaba bien. Se abalanzó sobre el mango y empujó con todas sus fuerzas. Su respiración se aceleró por el esfuerzo. Nadie en el búnker intentó detenerlo. La puerta cedió y Rafael salió como un muelle de un torno. Llovió ceniza del cielo reluciente y el sol desapareció detrás de paredes de espeso humo negro.




Apareció un resplandor rojo de luz, el cual, brilló sobre la ciudad completamente destrozada, proyectando débiles sombras de lo que una vez estuvo allí. Podía atisbarse una dolorida hermosura. A pesar de la dantesca y tufarada visión. Rafael chocó en  dirección de lo que pensaba que había sido su casa. Casi no quedó nada, sólo un montón de metal retorcido y madera chamuscada. Su madre se había ido. Rafael se arrodilló en el suelo ceniciento y comenzó a llorar. Sus lágrimas resbalaban por sus carrillos y terminaban en las yemas de sus dedos. Lloraba por su madre, cuyo cadáver desmoronado yacía enterrado bajo capas de escombros. Lloró por su pueblo, cuya pobreza nunca terminó y lloró por un mundo destrozado y envuelto de codicia humana.—Me lo dijo, aquella hechicera, este año 2024, sería el de nuestra salvación. Lloraba desconsoladamente. El destino dictó sentencia y el nuevo año volvió a dejar su rubrica, en forma de cólera biblica.

 

                                                                       

                                                                           FIN




Fotogramas adjuntados

Rocco e i suoi fratelli (1960) By Luchino Visconti

Gran Torino (2008) By Clint Eastwood

Exodus (1960) By Otto Preminger  

A better life (2011) By Crhis Weitz 






 


Feliz Navidad, Ava. Aquellos días de olas y risas


 

“No te preocupes”, decía la cortina de ducha de vinilo transparente con unas margaritas amarillas mostaza, compradas en una oferta de un Ikea—Luego las vi en un catalogo... Sí, aquel fue el último regalo de Navidad de mi hija Raquel, por entonces tenía 14 años, ahora, unos 19. O eso creía yo, cuando me dijo Ava:—No, Ernesto, Raquel tiene 34 años! “A menudo comentaba que se marchaba de viaje por negocios en la oscura noche”. Yo siempre pensé que era demasiado joven para hacer esos largos viajes en la negrura de las autovías. Ava había dejado el sempiterno cigarrillo en el cenicero mientras se secaba el pelo. A veces, como sin quererlo, sabemos —que a nosotros— también nos toca irnos de viaje. Sí, yo en muchas ocasiones, pienso, que ésta será mi última maleta o la última Navidad. Otras veces, es Ava quien le quita hierro al asunto y dice:—Cariño, qué bonita está Florida en Navidad. Suele ser hermosa; si no está apestada de alguna plaga de iguanas o una nueva horda de turistas alemanes que huyen del frío prusiano. Al final, volvemos a la carretera y dejamos el bloque de apartamentos de Kings Rivers en California. Tenemos un viaje muy largo por delante. Antes de comerzar la ruta paramos en una cafetería que estaba llena de gente vestida de Papa Noel y sonaban villancicos de CrosbyandBowie. Pedí un Chocolate caliente con Brandy. Ava estaba hambrienta y quiso comerse unos huevos revueltos con Bacon. Mire a mi esposa y le dije: Feliz Navidad. Ella me contestó:—Van quedando pocas, Ernesto. Pero queda mucho camino hasta la bella Florida. Ya dentro del coche introduje en el navegador la ruta exacta y Ava comenzó a conducir. Me encantaba ver a mi esposa al volante.



 

                                          Tampa (Florida) 24 horas después: día de Navidad


Llegaba una brisa marina que te acariciaba en la cara, la cual, invitaba a darse un chapuzón a pesar de los 3kms que distaba el mar de la urbanización. Una vez  deshechas —cómodamente— las maletas, nos dimos cuenta que teníamos la mitad de la edad media del personal que pululaba por la calle. Un sitio donde la tropa estaba entre los 70 y 80. Ava y yo, aún parecíamos dos buenos cuerpos cincuentones. Sí, amigos estábamos en el paraíso de Ybor City de la ciudad de Tampa. Decidimos irnos de compras y acabé adquiriendo unos pantalones beige junto a un polo de algodón a rombos de Fred Perry. Mientras Ava complementaba su atuendo con un pañuelo en la cabeza y unas enormes gafas de Gucci negras de sol. Teníamos suficiente con descansar entre los paseos soleados y los bordeados de setos, a lo largo del presente año o así veíamos el panorama. Bien, como el que no quiere, nos pusimos manos a la obra para ser unos buenos vecinos. Ava empezó a ir de compras con un par de señoras del edificio Green y me dijo que el señor Jackson, del número 72, se sentía solo. Tenía mis dudas, no puede resistirme a recordar el aroma de mi hija Raquel, cuando olía los jazmines del jardín. La echaba mucho de menos y era Navidad. Ava, insistió en que fuera a hablar con el Sr. Jackson, el cual, le encantaba la cerveza Lager. Decidí que lo visitaría al día siguiente para preguntarle si le apetecía una pinta de lager suave neerlandesa. Como el que no quiere, aquel tipo se fue encasquetando jarrita, tras jarrita y es que el Sr. Jackson estaba encantado con la compañía… Las siguientes semanas, es decir, nuestros días se llenaron de entretenidos culebrones e historias de inocente plenitud. Nuestra pandilla se fue haciendo cada vez más grande, en muy poco tiempo, pasamos a ser más de ocho miembros y aumentando. Hasta esos hombres que todo lo ven oscuro y sus vidas son callejones sin salida, entraron, con un relativo grado de excitación —cuasi sorprendente— al unirse a nuestro club. Se celebró la Navidad por todo lo alto. Bebimos y comimos hasta el amanecer. Ahora, sabemos porque la esperanza de vida en este estado es tan alta. El tiempo ese cruel aliado con el que hay que discutir a final de mes.



Obviamente, nuestros días transcurrían entre glorias pasadas y encontrar el Minerva de la eterna juventud como agua de mayo; la diversión cada tarde. Éramos unos chicos con canas y andares lentos para lo que cada día era Navidad. Mientras yo me dedicaba a socializar y a organizar una especie de peña de apostadores a las carreras de caballos para los chicos, Ava se entretenía ayudando a las esposas con sus dolencias. “La tetera está lista, jovencitas”, decía haciendo sonar su bolso. “Esto te aliviará cariño y relajará muy pronto”. Las tardes de las señoras también estaban impregnadas de más risas, mientras intercambiaban anécdotas, con una larga variedad de ginebras y bourbones artesanales. Así como una gran maleta llena de opiáceos recetados. Puede que los romances se habían perdido, los caminos que habían tomado antes de que ir a votar republicanosVsdemócratas se convirtiera —en algo tan accesible— para la siguiente generación de chicas. Todo se redujo al alcohol y las píldoras. En aquellos tiempos de euforia, sentíamos el subidón; nuestra peña estaba consiguiendo ganancias considerables y Ava obtenía pastillas más fuertes y fáciles de digerir. Incluso, llegamos a crear un club de surfistas categoría senior que era la sensación de la playa de Tampa, evidentemente, para las mentes más amplias de banda. Sin embargo, a medida que avanzaban las estaciones, empezamos a sufrir reveses y los altibajos eran evidentes.



En la siguiente Navidad, las grietas que dejó el otoño habían madurado por completo: jardines descuidados, cubos de basura desbordados y aquellas familias atentas del resto empezaron a dejar de visitarnos. Todo se volvió en nuestra contra y nuestros vecinos comenzaron a evitarnos, dejando las cortinas caídas, cada día más tarde. A veces, ni las abrían o ni siquiera se vestían, los alguaciles del Sheriff, venían en busca de facturas impagadas. El bueno de Doc resbaló por las escaleras y se quedó donde se cayó durante una semana. 7 días encima de la moqueta de su comedor sin asistencia. El Sr. Jackson se fue a dormir a la bañera. Todo se estaba derrumbando. Era hora de cortar por lo sano. Dejamos esta nueva vida al amanecer, caímos en la carretera de circunvalación más cercana y seguimos adelante, el sol implacable y nosotros protegiéndonos los ojos en los cruces difíciles. No había indicios de planes, ni ropa especial, ni billetes de avión encima de la cómoda, ni camisas especiales con flores tropicales por todas partes, pero ¿Qué otra cosa podía ser? Y de nuevo, el palpitar en mis sienes, de esa renqueante zozobra sobre, el que será de nosotros en la siguiente Navidad. Raquel envió un SMS, que decía, Feliz Navidad papis. Me siento en el sillón del coche y retrocedo hasta reclinarlo. Ahora extiendo los reposapiernas. Y noto un enorme alivio. Cuando prenguntó:— ¿Ava configuro el navegador de ruta?—No, déjame a mí.  Ya le mandaré un SMS—No te entiendo—Son cosas de mujeres, cariño. Estamos en Navidad. Te quiero, Ernesto. Yo también, te quiero mucho, Ava.


                                                                   FIN 


             

                              Dedicado a Ryan O´Neal Abril 1941/Diciembre 2023 In Memoriam

 

 

 

Fotogramas adjuntados

 

The Shop Around the Corner (1940) By Ernst Lubitsch

Cocoon (1985) By Ron Howard

The Apartment (1960) By Billy Wilder

The Love Boat (1977) By Douglas S. Cramer