El hotel de Betty: la furia de los hermanos Ramírez

 


Gerardo y Samuel eran los típicos hermanos de un pequeño anejo de Castilla-La Mancha. Nunca fueron a la escuela porque dependían mucho del trabajo familiar y la ayuda que aportaban a esas las labores; pastoreo, caza y los viñedos. Sus padres eran una familia muy humilde que trabajaban  hasta caer el sol: reventados. Aquellos hermanos pertenecían a una estirpe, en vías extinción —nacidos para currar, como todos los hombres de la familia Ramírez— de una educación parca y frugal. Todo ello, quedaba reflejado en su crianza, donde en las heladas de los meses de febrero y marzo, el alcohol dejaba su mácula y algunos problemas de convivencia los fines de semana, en el la ciudad que estaba a pocos kilómetros de su aldea. La madre de ellos, la Sra. Josefina, sentía un mayor apego por Gerardo, pensaba, que, físicamente, tenía más parecido a ella. Siempre vio, en el pequeño de los Ramírez, habilidades muy cercanas a ella, en el cultivo de las viñas. Samuel, observaba esa relación con relativo desdén. De algún modo, era más fuerte que Gerardo —tres años mayor— y con un físico portentoso. Siempre pensó, que algún día, su hermano pequeño intentaría dejarlo. Por decirlo, llanamente, tomaría su propio camino. Sin embargo, volviendo a la infancia, Samuel heredó de su padre, Carolo, la habilidad, de cortar la leña. Estableciendo una kármica relación con el hacha para cortar los troncos. A la que, terminó uniéndose, Gerardo. Acabaron por desarrollar una enorme destreza con las labores del corte de troncos en los pinares de la comarca norteña. A ellos, les gustaba que los llamaran los hermanos leñadores —como ellos mismos se autodenominaban— y utilizaban para relacionarse en el negocio: “si quieres leña rápida, llama a los hermanos Ramírez.” No les servía de nada la tecnología moderna. Desde que por primera vez cogieron una bien afilada “Jauregui” y cortaban un par de pinos o castaños; en un abrir y cerrar de ojos. Cuando alcanzaron la mayoría de edad, este oficio, fue haciéndose el pan de cada día, ya que la explotación agraria familiar, le llegó una edad, en la que sus padres: ya no podían invertir lo mejor de ellos. Pensaron que con aquella granja muy a pesar —de su madre Josefina, que tenía fe en las vides y confiaba en el instinto de Gerardo— las cuentas no terminaban de salir y el oficio de la tala por las diferentes zonas boscosas del país; dejaba buenos jornales. Ellos continuaron con su vida modesta, del tajo al barracón. Fines de semana a la ciudad. Cazalla, anís y juerga. Y, así pasaba la vida. Un día apareció un mayoral y les asignó un nuevo trabajo en una pequeña zona boscosa, cerca del norte de Navarra, donde algunos árboles viejos habían resultado dañados por una tormenta. Junto al bosque había un pequeño hotel, que hacía ya tiempo, el cual, pasó a ser parte del paisaje del páramo.



A pesar, de haber vivido, antaño, un esplendor fascinante. Algunos lugareños, decían que aún se escuchaban las almas de los que celebraban banquetes, bodas o fiestas de final de año. A los dos hermanos se les permitió quedarse allí y dormir mientras estuvieran trabajando en la zona —todo un alivio, no compartir cama con la banda del barracón— aquellos 25 tíos bregados, en un mismo lugar. Un regalo del cielo. Es verdad, que no tenía muchas habitaciones, pero sí un pequeño salón de banquetes, aún completamente amueblado con sillas y mesas. Allí dormían por las noches, una vez finalizada, la faena del día. Gerardo y Samuel discutían muy a menudo, sobre todo por cosas triviales, casi estúpidas: ¿Qué árbol era más alto? ¿Quién era más rápido? Y cosas por el estilo, entre lo anodino, pueril y demasiada testosterona. Samuel tenía un carácter más temperamental que su hermano Gerardo: le costaba mucho calmarse y se tomaba las cosas demasiado a pecho. Aquello, solía tener sus consecuencias, porque Gerardo terminaba por recibir una paliza brutal. Gerardo nunca aprendía de lo vivido. Y, le echó en cara, a Samuel —la siguiente noche— que era un borrachín de tres al cuarto y no tenía, nada de aguante. Cuando Gerardo se burlaba de Samuel porque borracho, una vez más, se había meado encima y se había caído al suelo. De repente, se abrió una ventana y entró un aire helado que pareció traer como un recoveco de voces familiares. No hizo mucho caso, ya que era tenía toda la apariencia de ser un “déjà vu” propio del abuso de alcohol. Como esto, era parte del pan de cada día de los hermanos Ramírez. Samuel, una vez más, pensó que Gerardo lo había empujado. Dando una patada a un taburete que tenía a su lado y comenzó a gritar muy enfurecido: maldiciendo y gritando, como un poseso. Acabó tomándola con las desvencijadas sillas del salón del hotel lanzándolas contra las ventanas y hacia él. Gerardo se rio, con ganas, lo que aguijoneó, aún más, el berrinche de Samuel. La situación empeoró rápidamente. Samuel, que ya había perdido la cabeza, sólo, escuchaba cascabeles. Un rugir insoportable, como las campanillas de los rebaños de corderos. Comenzó a  gritar: ¡“Gerardo, si te pillo, te mato ¡Lo oyes, te mato. Cabrón”! Gerardo, que no estaba tan borracho, se dio cuenta, que,  poco a poco, las cosas se habían salido de madre. Y, su hermano, se había convertido en un polvorín con un mechero encendido. Empero, no quería echarse atrás y, como solía ocurrirle. En esta ocasión dijo:—¡Vamos a ver quién tiene más huevos! No quería terminar recibiendo una paliza tras otra por ser más coherente, inteligente e inocente.




Aquel viejo hotel, tenía el aura de una novela de Stephen King. Frío invernal para una primavera demasiado larga y en el lugar, de los hechos. El espectáculo no podía ser más devastador: dos hombres, hermanos, peleando a brazo partido, el uno contra el otro. Una cosa tenía muy clara Gerardo; si Samuel lo atrapaba, sabía que era hombre muerto y tenía miedo. Pero reunió el valor y todas sus agallas para lanzarle una silla a Samuel, con la esperanza de darle y dominarlo. Aprovechando, el golpe de la silla, que lo tendría medio aturdido, hasta que Samuel se rehiciera, al recobrar el sentido común. Tal como lo pensó, que agarro la silla, le puso tal tino, que la lanzó  y ocurrió lo que no debería haber ocurrido. Le dio a Samuel en la cabeza. Pero Samuel no cayó al suelo; se mantuvo erguido como un árbol. Ahora todo había terminado para Gerardo. El fuego de la rabia ardía en su interior, como el filo del hacha por las yemas de los dedos. Corrió a su lugar de descanso y agarró su hacha. Gerardo sabía que su única oportunidad se había esfumado. Samuel, sangrando por la cabeza, estaba poseído por el odio, el dolor y la ira. Corrió hacia Gerardo, lo derribó, directo al suelo y le gritó: —«¡Hijo de puta mentiroso, ahora sí que va a pasar!». Gerardo sabía lo que iba a pasar cuando Samuel le lanzó esa mirada oscura y aterradora. —Las pupilas de Samuel se dilataron. Gerardo graznó y clamó de miedo: «¡Nooo! ¡Por favor, por favor, no!». Samuel se rio y le gritó: «Eso ya no te salvará». Levantó el hacha de un tirón, con la luz de las lámparas del techo reflejándose en ella, y Samuel se detuvo un instante. Entonces hundió a Betty —como llamaba cariñosamente a la Jauregui boca de luna— en la cabeza de Gerardo, y ésta, descendió directamente sobre el cráneo de su hermano. El sonido fue de un estrepitoso brutal; el metal partiendo el hueso parietal como si fuera una cáscara de huevo seca. Materia gris, viscosa y pálida, emergió a borbotones, mezclándose con fragmentos de hueso blanco que salieron disparados como esquirlas de una explosión macabra. Desgarrando la carne con un sonido de pergamino viejo hundiéndose como una sandia. Se quedo agarrada hasta la mitad. Un crujido sordo resonó por toda la habitación. La sangre salpicó todo el espacio del salón. Esa, mucho más densa, que brotó no era roja, sino de un carmesí negruzco. Cómo si la maldición hubiera corrompido hasta el último glóbulo. Su hacha encontró el rostro de su hermano.




El impacto fue una sinfonía de horror: el hueso maltratado cediendo ante el acero, y una lluvia de fluidos que manchó el papel tapiz, ochentero, del viejo salón de bodas. Miró a Gerardo, quien, con solo unos últimos espasmos, jadeaba en busca de aire como un pez, con los ojos muy abiertos, hasta que sus movimientos cesaron. Samuel soltó una risotada y pensó para sí mismo: —“Eso es todo lo que me quedaba para ti, gilipollas”. Samuel bufó y notaba como el corazón le latía, Observó por última vez el hacha “Betty” clavada en el cráneo de Gerardo, con la sangre se extendía lentamente por el suelo. El corazón de Samuel estaba taquicárdico, pero con una sensación de satisfacción y plenitud, que le llenaba de gozo. Es una locura, mostrar ese sentimiento, mientras el cadáver de su hermano yacía rodeado de sangre por todos los rincones. Samuel se limpió la sangre de la cara, de su hermano, que aún estaba caliente y le goteaba por la barbilla. Samuel puso un pie sobre el hombro de Gerardo, que, al igual que él mismo, yacía inmóvil en el suelo, y con un tirón violento, sacó el hacha de la cabeza, que ahora no era más que un desastre desfigurado y bañado en hematíes. Revelando bajo la mancha símbolos arcanos que el hotel ocultaba.  El clímax fue una danza grotesca, cercana al gore de las secuelas de Texas. Los órganos, expuestos por tajos inhumanos, palpitaban al ritmo del corazón del edificio. No hubo gritos de agonía, solo un suspiro colectivo del hotel. Mientras la vida de Gerardo se esfumaba y las maderas del suelo se abrieron, permitiendo que la sangre se filtrara hacia los cimientos. Gerardo y Samuel se convirtieron en parte del decorado: dos estatuas de carne y acero condenadas a repetir su duelo en el eco de los pasillos. Empero, el hotel, colapsado por la saciedad del momento, se sumía de nuevo, en el silencio de la nieve. Tan silencioso, que, el mismo Samuel podía oír el leve silbido del viento soplando a través del bosque exterior, filtrándose por las viejas ventanas. Samuel miró a su alrededor, contemplando su matanza. Cogió su querida Betty “la Jauregui de boca luna” y acabo de limpiarla en una parte limpia de la ropa de Gerardo. Finalmente, salió del pequeño salón de baile del viejo y solitario hotel; dirigiéndose a la zona boscosa donde faenaban. Se subió al todoterreno y acabo por decirse a sí mismo; es tiempo de vendimias. Las uvas están en tu punto. Alejándose de aquel tétrico lugar, mientras la tormenta de nieve arreciaba y seguía borrando el rastro de su existencia; dejando un ligero olor a hierro y muerte desde el demoniaco salón.


                                                                                 FIN


    Dedicado a Adolfo Aristarain Octubre 43/Abril 2026 y Moncho Monsalve Enero 45/Abril2026 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Come and Get It (1936) By Howard Hawks

The Big Trees (1952) By Felix E. Feist

Valley of the Giants (1938) By William Keighley

Timberjack (1955) By Joseph Kane









Amancio, el seis dedos, una crónica de la España maldita.

 


El aire en Puebla de Lillo no era aire, lo que se respiraba. Aquel viento entraba por el orificio nasal como la lija helada de la una radial hasta el alvéolo. Era un frío de guerra —de aquellos voluntarios de la división azul— a hostia limpia, junto a los nazis en la campaña de Rusia. Estábamos en Febrero y la postguerra dejó sequias y heladas que pelaban la piel y la epidermis. En aquel febrero de 1954, España olía a tabaco de picadura, a incienso de misa de ocho y al sordo miedo que se palpaba en las cartillas de racionamiento, aunque dijeran que ya no hacían falta. El país de la dictadura daba ese mensaje, parecido a lo de ahora, de que España ya va como un cohete. En ese secarral de adobe y luto, donde las mujeres vestían de negro riguroso y los hombres callaban en la taberna, todos conocían a Amancio Martín. O, mejor dicho, conocían su estigma. Amancio era conocido por todo el mundo como "El Seis Dedos". Un tipo flaco, escurrido, con una gabardina color parduzco que parecía heredada de un muerto y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas para esconder unos ojos que habían visto demasiada posguerra. No era un "maquis" echado al monte, a pesar de la barba, que siempre se gastaba. Tampoco, un falangista de camisa nueva con pretensiones. Era un superviviente del arroyo. Unos dijeron que estuvo al lado de los Requetés y anduvo en el norte de Italia, con Mussolini. Empero, después, de tanto canto al rey y Dios; se marchó. Un día en la batalla de Belchite, hay quien dijo, que un tipo con seis dedos salvó a 6 milicianos republicanos de la explosión de una granada del bando nacional. También, que estuvo en un campo de concentración en Francia. Amancio era una leyenda urbana: un tipo hecho a sí mismo y que vivía a su manera.



No le quedo otra, que malvivir del trapicheo con estraperlo de baja estofa: unos litros de aceite de oliva por aquí, un par de mantas de lana por allá. Y en ocasiones, cobrando pequeñas deudas de juego a jornaleros desesperados. Su sexto dedo —ese pequeño y rudimentario apéndice que le nacía pegado al meñique de la mano derecha— era su ruina y su pasaporte a la gloria. Los ignorantes, que en aquella España, se contaban por doquier; decían que era cosa del diablo. Brujería y malditismo. El cura de la pedanía lo miraba con compasión torcida; y Amancio, simplemente, se lo escondía en el bolsillo, como si fuera un pecado carnal. Sin embargo, aquel apéndice cambió de carril y terminó marcándole el camino a la tribuna del Garrote vil. En marzo de aquel año hubo un atraco muy comentado al Banco Castellano de Aranda del Duero. Dos hombres con monos de trabajo y pañuelos en la cara habían entrado a punta de pistola, sobre la hora de la siesta. Aproximadamente, las cuatro de la tarde. Uno de ellos, al saltar el mostrador para vaciar la caja fuerte, se apoyó con fuerza sobre el frío y agrietado mármol de la sucursal. El cajero, un tipo nervioso, con gafas de culo de vaso, juró y perjuró ante el sargento de la Guardia Civil que había visto, con total nitidez, una mano con seis dedos aferrándose al borde. Obviamente; la estampa se hacía inconfundible. De repente, se dio la orden de búsqueda y captura para Amancio Martín. Lo más sorprendente, es que Amancio no había estado en Aranda. Ese martes andaba por Valladolid, en la trasera de un bar infecto cerca de la Plaza Mayor; intentando vender unas cajetillas de Ideales de contrabando. Su coartada era la palabra de una "mujer de mala vida"(por entonces señaladas y humilladas) y denominadas de esa forma tan culterana. Amén, de la del dueño de una cantina; ese tipo, de individuos, que lo último que deseaba era líos con la autoridad. La palabra de tres parias contra el informe oficial de la Benemérita en la España de un Franco que había cambiado de careto en las pesetas que se acaban de acuñar. El inefable seis dedos estaba al borde del precipicio.




Caminaba ahora por una carretera de tercer orden, una espiguilla de asfalto cuarteado que tajeaba la inmensidad de la estepa castellana. El viento del norte soplaba con saña, un aullido monótono que parecía el coro de los que ya habían sido ajusticiados. Cada furgoneta, de aquellas Ebros que dejaban un redil a gasoil destrangis. No de la nueva gama Ebro eléctrico Made in China con diseño de Mariscal 92. Cada figura de tricornio lacado, que divisaba a lo lejos, le hacía dar un vuelco al corazón. El cerco se afianzaba. La orden era clara: captura del "monstruo de la mano de seis dedos", vivo o muerto. Desesperado, se refugió en un silo de grano abandonado, una mole de hormigón que se alzaba como una corpulenta atalaya en mitad de la nada. Dentro, el aire olía a moho, a grano podrido y a la soledad de los que no tienen adónde ir. Se sentó en un saco de arpillera y se sacó la mano derecha del bolsillo. La miró bajo el escaso rayo de luz que entraba por una grieta. El sexto dedo parecía reírse de él, una broma macabra de Dios que lo había marcado como a Caín, condenándolo antes incluso de cometer el crimen. —"No fui yo", masculló, y su voz sonó ridícula, ahogada por los muros de hormigón. "¿A quién le importa la verdad en este puto país?" .Amancio sabía que en esa España negra, triste y grisácea, la verdad era un lujo; que solo poseían los que llevaban uniforme o sotana. Para los tipos como él, la verdad era lo que dictaba el Parte de Radio Nacional y la sentencia de un tribunal militar. Pensó en el verdadero ladrón. ¿Quién era? ¿Un pobre diablo con su misma desgracia? ¿O alguien que sabía de la existencia de sentenciado Amancio y lo había usado como el chivo expiatorio perfecto? La idea le provocó una náusea amarga. Había otro hombre en el mundo compartiendo su maldición, pero ese otro ahora tendría los bolsillos llenos de monedas con la cara del Caudillo, mientras él esperaba la muerte en un silo. Un sonido rompió el silencio de la estepa. No era el viento.



Era el motor de un Land Rover 88 que frenaba en seco frente a la entrada. Amancio contuvo el aliento, el corazón martilleándole las costillas. Unos pasos pesados, de bota militar, avanzaron hacia el interior. La puerta chirrió espantosamente al abrirse, y una figura robusta se recortó contra la luz cegadora del día. El tricornio brilló con un destello siniestro. Amancio no intentó huir. Se quedó allí, sentado en la penumbra, aceptando su destino con la fatalidad de quien sabe que su vida nunca le perteneció realmente. Sacó la mano derecha del bolsillo y la apoyó sobre su rodilla, dejándola a la vista. El sexto dedo pareció cobrar vida bajo la luz plomiza que entraba por la puerta. El cabo de la Guardia Civil avanzó, con el mosquetón en la mano. Es Ud. "Amancio Martín Martín"—dijo con voz de piedra. Una voz que arrastraba siglos de incontestable autoridad: "Quedas detenido por el atraco de Aranda y por rebelión". Amancio sonrió, una sonrisa torcida, amarga, que no le llegó a los ojos. —"No fui yo, cabo", dijo con una calma que le sorprendió a él mismo. "Pero supongo que en esta España, tener un dedo de más es prueba suficiente". El cabo de la benemérita lo miró a los ojos, con una mezcla de desprecio y rutina. Luego bajó la vista hacia la mano. Una sombra de duda cruzó su rostro curtido por el sol de Castilla, pero fue efímera como un suspiro. —"No", dijo finalmente, con la frialdad del reglamento. "No importa". Y el sonido metálico de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Amancio fue el último clavo en la tapa de su ataúd. El viento arreció con más fuerza hasta que algunos arbustos salieron a la fuga con la fuerza de una tormenta que amenazaba, la vieja Castilla, llena de hambre y afligimiento. Dicen que han cambiado muchas cosas desde entonces. Eso dicen. La leyenda de seis dedos se recuerda y el sentimiento de injusticia sigue vigente en la vieja España. Hay quién dice que el seis dedos, verdadero, se marcho a las Américas e hizo una gran fortuna. Y el ajusticiado fue un pobre hombre que estaba muerto de hambre. España y sus cosas. 




                                                                                       FIN


Dedicado a Raúl de Pozo, Bryce Echenique, Lobo Antunes, Jürgen Habermas, Chuck Norris y Valerie Perrine. Todos fallecidos en marzo de 2026. In Memoriam




Fotogramas adjuntados

 

Surcos 1951 Jose Antonio Nieves Conde

El laberinto del Fauno (2006) Guillermo del Toro

El Santuario no se rinde (1949) Arturo Ruiz Castillo

El Lute Camina o revienta (1987) Vicente Aranda

 








Drágica, una reina en la montaña y la urna mágica

 


En la montaña, la nieve no daba tregua. Eran copos secos, menudos e incansables que enturbiaban el aire hasta desdibujar la base de los abetos. Drágica se dijo que esperaría a que el viento amainara, a que la luz cobrara fuerza. Sin embargo, existía una promesa. Recordaba la fecha precisa, las palabras exactas. La enfermera aguardaba en el umbral, incómoda en su propia compasión, sosteniendo una bandeja de plástico. Él había girado la cabeza sobre la almohada; los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas, pero aquel viejo brillo obstinado seguía ardiendo en sus ojos. —La primera nevada —dijo él—. Prométemelo, Drágica. Ella se había resistido a claudicar. Albergaba la esperanza de que, si mantenía el futuro abierto, él aún encontraría la forma de habitarlo; como si el tiempo estuviera sujeto a negociar. En cambio, se escuchó sentenciar: ¡Lo juro! El silbido de la tetera la trajo de vuelta. Vertió el agua sobre la bolsa de té en su taza favorita, aquella que lucía una mella y un alce de astas desgastadas por los blanqueos. Observó cómo la mancha se corría en el agua, primero como una sombra tenue y luego con una intensidad turbia, mientras las hojas sueltas quedaban atrapadas contra la porcelana: como pequeños náufragos. El calor del cuenco le reconfortaba las manos. —Él lo sabía —susurró—. Siempre lo supo. Lo evocó en los viejos tiempos. No en los días de hospital, reducidos a barandillas y goteros, sino en los años en que regresaba de la montaña con escarcha en la barba y esa mirada que anunciaba que el mundo se había abierto ante él, apenas un resquicio, lo justo para revelarle algo austero pero esencial. Nunca fue hombre de discursos. Cargaba su alegría como cargaba la leña: apretada contra el pecho, con los hombros encorvados. Ella lo recordaba detenido en el umbral, los brazos repletos y las huellas de sus botas hundiéndose en la nieve virgen, sabiendo que él acababa de ser testigo de algo que lo había transformado. —Un zorro—decía él cuando ella le bloqueaba el paso con fingida severidad—. Allá arriba. Dejó huellas donde no creerías que nada pudiera caminar. O bien: “Hay un árbol allá arriba que brota de la roca desnuda” .O, en ocasiones, nada. Solo aquella sonrisa ladeada, extraña y tímida, que la había desarmado desde el primer día. No tenían intención de quedarse. Imaginaron la cabaña como un refugio estival: un cuadrado marrón y barato que compraron por la casualidad del destino: Sí. El agente —un canalla, de manual— inmobiliario no se le ocurría nadie más ingenuo, que ellos, para adquirirlo. Sin electricidad —les advirtió—, sin acceso en invierno y con un agua que brotaba turbia durante varias semanas cada primavera. Aquel primer día, refugiados en la pequeña estancia con el suelo vencido hacia la estufa y el viento arañando las esquinas, Drágica pensó: “Esto no va a funcionar”. Entonces, él abrió la puerta trasera, parcheada por un panel endeble, con un pomo de latón. Más allá del claro se erguía la cresta: hombros, cuello y cráneo de roca con la nieve encajada en sus grietas. El cielo parecía tan bajo que casi hería la visión.




—Mira —dijo él.

Ella miró. La montaña se alzaba allí, rotunda, sin pedir disculpas. Él ya formaba parte de esa esencia: esa elevación obstinada, esa negativa a dejarse pulir. Se quedaron allí todos los inviernos que siguieron. La urna aguardaba sobre la mesa, paciente. Drágica la deslizó, en la vieja mochila de lona, la misma que él había cargado en cada ruta, con las costuras oscurecidas por años de sudor y tormentas. La cremallera se atascó, en la mitad, como siempre; como si se resistiera a dejar salir el pasado. Ella la cerró con una delicadeza casi sagrada. Al abrir la puerta, el día la recibió con un asombro gélido. La nieve se posó en su cabello y en sus mejillas. Al primer paso, se hundió hasta los tobillos. El mundo era nuevo y, a la vez, terriblemente antiguo. Cada muñón y cada roca habían mudado su contorno; los árboles, cubiertos de blanco, adoptaban posturas extrañas, como centinelas fatigados. Cerró la puerta por inercia, aunque el alma más cercana estuviera a leguas de distancia. El sendero hacia la cumbre nacía tras la leñera, un tajo estrecho entre la arboleda —que él había esculpido con sus botas— año tras año, hasta que incluso la hierba del verano se doblegaba ante su memoria. Hoy, el camino había desaparecido. Drágica tuvo que confiar en sus pies, en el instinto de su cuerpo para reconocer cada quite y cada repecho, tal como él confiaba cuando la niebla devoraba el rastro en las madrugadas de caza. Se internó en el pinar. Bajo las ramas, la nieve era un polvo leve que enjoyaba las agujas en un verde mortecino. Sus botas tantearon los viejos surcos, las rocas que yacían como huesos sepultados. La mochila pesaba; sentía la presión de la urna entre los omóplatos, un peso frío y definitivo.

“Un paso tras otro”, se impuso. Su respiración encontró un compás, succionando el aire ralo hacia sus viejos pulmones para expulsarlo en nubes raquíticas. Rememoró otro ascenso. Una estación distinta. A finales de septiembre, cuando los álamos ardían en un dorado tan violento que lastimaba la vista. —Si muero aquí arriba —había dicho él—, no me bajéis. Dejadme para los halcones y los buitres. —No vas a morir —replicó ella. Había sonado a broma.



 

Entonces, él era puro músculo y piel curtida, con la barba aún veteada de oscuro. La idea de la muerte resultaba impertinente, como un extraño entrometido en el camino. —Solo digo —insistió él— que los animales no se encaminan, los unos a otros, ladera arriba y abajo. No tiene sentido. Ahora, abriéndose paso, en la nieve, con el aliento entrecortado en mitad de aquel silencio amortiguado, ella susurró: —Has conseguido parte de lo que querías. El bosque clareó. Los árboles menguaron hasta rendirse. La pendiente se volvió severa. Aquí la nieve no tenía donde asirse y se extendía profunda e inmaculada. Le ardían los muslos. Clavó las botas buscando la solidez bajo la blancura. El viento arreciaba sin obstáculos, bajando directo de las altas laderas, aguijoneándole los ojos hasta congelar las lágrimas en sus comisuras. En un recodo del sendero, se detuvo. La cabaña, allá abajo, no era más que un punto oscuro sobre el lienzo blanco. El humo de la chimenea se desvanecía.

Volvería a una casa fría. Se despojó de la mochila. Sus dedos se movían torpes contra el metal de la cremallera, que quemaba de puro frío. Extrajo la urna y la sostuvo en sus manos desnudas: hasta que el dolor se tornó en entumecimiento. El viento respondió con su empuje invariable. A él nunca le habían gustado las palabras vanas. En su boda, su hermano intentó brindar y se extravió en una maraña de metáforas sobre ríos, rutas y designios divinos. Después, a solas en la habitación sobre la taberna, él se había limitado a sacudir la cabeza. Ahora se limpió la cara con el dorso del guante. Lo que quedaba de él, se alejó con el viento, buscando huecos. Corteza y montículos donde los conejos excavaban sus madrigueras. Miró a lo largo del saliente helado. La nieve ya había borrado las huellas de sus botas, redondeándolas y suavizando sus bordes. Volvió a enroscar la tapa de la urna vacía. Parecía más pequeña, un recipiente cuyo propósito había pasado. Consideró la posibilidad de tirarla al valle. Dejar que girara, reflejara la luz y desapareciera en algún barranco olvidado. En cambio, la guardó en la mochila. Habían llevado tantas cosas, a medias, que sabían que no se podía dejar algo, como si nada, porque hubiera cumplido su función.



A Drágica se le hizo un nudo en la garganta y se le escapó un sonido, mitad risa, mitad llanto. —«Cabrón», susurró al viento y al hombre que la había hecho maldecir. El sollozo que siguió la sorprendió. Se quedó allí hasta que se agotó, breve, feo y verdadero, luego se secó la mejilla con el dorso del abrigo y comenzó a descender. El viento había arreciado. La primera ráfaga de verdad le azotó la cara y empujó la nieve hacia los lados en finas capas. Le ardían las mejillas. Le dolían los dedos dentro de los guantes. Ya no era un día para pasear. El descenso le llevó más tiempo del que debería. Sentía las piernas cansadas y la nieve, que antes parecía limpia y fina, ahora ocultaba traiciones. Dos veces se hundió hasta las rodillas en un montículo, donde una roca se desprendía bajo ella. Una vez cayó con fuerza, deslizándose de lado, y su hombro recibió el golpe. La mochila, con su carga vacía, golpeó con fuerza contra su columna vertebral. Se quedó inmóvil, escuchando su respiración y el profundo silencio que había debajo. 

“Está bien”, les dijo a los árboles. ¡Ya basta! 

“Si alguien sabe lo que está planeado”, dijo, “a mí no me lo ha dicho”. 

“¿No sientes curiosidad?”, le preguntó ella.

Una voz canalla que sólo escuchó Drágica y espetó:—“Nunca pensé que fuera fácil”, murmuró.—¡Su puta madre. Ya esta bien! Quitó la tapa e inclinó la urna: las cenizas saltaron hacia delante, arrastradas por el viento. No cayeron en línea recta. Se elevaron en un velo gris, giraron, se esparcieron y luego se disiparon. Unas pocas volvieron hacia ella. Le cubrieron el abrigo, las pestañas y el cuero agrietado de los guantes. Ella no se apartó. Algunas le dieron en la cara. No tenían sabor. Solo un fino grano en la lengua. Lonan, era de los de “hay que hacer el trabajo, te guste o no”.



                                                                         FIN


                          Dedicado a Robert Duvall  Enero de 1931/Febrero 2025 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Die weiße Hölle vom Piz Palü (1929) By Georg Wilhem Pasbt &Arnold Fanck

S.O.S. Eisberg (1936) By Arnold Fanck

The Dyatlov Pass Incident (2013) By Renny Harlin

Wisting (2019) By Trygve Allister Diesen













La vendedora de venenos añejos


 

Mis manos han empaquetado lirios violetas de Habsburgo para ataques cardíacos. Tulipanes de ambrosía azul para cábalas suicidas. Rosas de jengibre salvia para tratar aneurismas. Durante generaciones, mi familia cultivó, todo tipo de tés venenosos en el patio viejo victoriano blanquecino que asomaba detrás del salón. También recuerdo, el timbrazo de turno, en casa y como nosotros —muy hospitalarios—, mostrábamos a cualquier extraño: el salón de té. Sentados en una habitación iluminada por el sol que alberga orquídeas lloronas y alfombras persas añejas. Los huéspedes examinaron nuestro menú de té de pan de oro. Nunca nos dijeron a quién planeaban matar, y, nunca preguntamos. Eso era de  muy mal gusto. Mientras mamá cuidaba de los clientes, yo mimaba y hacendaba las cosas bonitas y mortales del jardín botánico. Después, que ella muriese, me hice cargo del negocio familiar, y fue entonces, cuando mis hermosas flores comenzaron a pudrirse. Había pasado un mes, de la muerte de mi madre, y leí el obituario sobre la muerte de Cipriano Cortés. Reconocí a su esposa Flavia por la foto de la boda en su esquela. Había usado la misma sonrisa de plástico; que cuando había rozado sus uñas rosadas en nuestro menú de té, seleccionando fríamente una bergamota naranja italiana que induce a los golpes de tos. Recuerdo, el bolso Gucci, de Flavia y los brazos bañados por el sol, forrados con brillantes, de pulseras de tenis, que me irritaron. Claramente llevaba una vida privilegiada, por lo que sus motivos para envenenar a su esposo parecían ambiguos. Y, si, podría darse el caso, que tal vez, abusó de ella: vejándola y dejándola sin opción. Por la tarde, aprovechando las últimas horas del día, regresé al jardín. El sudor goteaba por mi columna vertebral mientras cavaba profundamente en el suelo húmedo; su olor a tierra, inundaba mi nariz. El aire de julio estaba lleno del dulce aroma a magnolia, que competía con el olor de la suciedad y el ácido mador. Las margaritas de fuego que injerté con azafrán negro fueron un ingrediente clave. Auténtica joya, de una muy vetusta receta, familiar para inducir la septicemia.



Durante años, me había sumergido en mi jardín, escuchando cantos de aves y podando flores. El exuberante paisaje me ayudó a olvidar que la venta de venenos mantenía a nuestra familia rica. El negocio familiar era lo único que tenía y sabía, como llevarlo. Poseía una habilidad innata, para manejarlo —considerando— ya que su ética; cuestionaba mi identidad. Había enterrado mi vergüenza por matar inocentes hace mucho tiempo. Empero, mis recientes tratos con nuestros clientes más desagradables habían desenterrado esa culpa. «Raquel, nunca hagas preguntas que no quieres que respondan»— decía mi madre. Una al lado de la otra, silenciosamente en el jardín, escardábamos, cortábamos, plantábamos, disfrutando de la presencia de cada una. Su ausencia dejó un enorme agujero en mi corazón. Una pregunta zumbaba en mi oído como una mosca incesante. ¿Por qué Flavia mató a su marido? No tenía derecho a juzgarla. Mi familia era una mafia de facto. Pero el perfume de caramelo de Flavia me irritaba. Era como un insecto invasor en mi jardín, un recordatorio constante del papel que había jugado en la muerte de Cipriano. Encontrar la dirección de Flavia no fue difícil. Estacioné al otro lado de la calle de su mansión gótica de tres pisos con su delicado adorno de pan de jengibre. Pasaron varias horas y nadie entró ni salió. Cayó la noche, y el implacable gemido de las cigarras llenó el aire. Alrededor de la medianoche, un hombre alto y barbudo tocó el timbre de Flavia. Abrió la puerta con un kimono de estampado floral y dejó entrar al hombre con una facilidad que sugería familiaridad. Esperé hasta las 3 a.m., pero el hombre nunca se fue. Su marido no había estado muerto una semana, y Flavia ya se estaba copulando con otra persona. —Demasiado curioso.




Al día siguiente, ya entrada la tarde; arreglé el té en el salón. Puse dos de las tazas del sabroso brebaje de rosas de mi abuela. Unas cucharaditas con mango de oro y cubos de azúcar moreno, en tazones de vidrio venecianos soplados a mano. Durante el tiempo de mi abuela, las personas alegan sus casos en nuestro salón antes de venderles nuestros tés. Ahora, los vendemos a cualquier criminal común sin considerar las consecuencias.

El timbre silbó.

Le mostré a Flavia Cortés el salón. El chasquido de sus Manolos plateados en el piso de madera era ensordecedor. Después de contemplar un paisaje renacentista de María Antonieta en el jardín de Versalles, se sentó en una silla de terciopelo púrpura y alisó su vestido de seda azul. —«Entonces, ¿por qué querías verme?» Me senté frente a ella. —«Nunca recibí tu transferencia bancaria para el té de bergamota».—«Oh, eso es extraño». Su frente se arrugó.— «Lo comprobaré con mi banco».—Gracias. Flavia no me debía dinero. Sólo quería que respondiera una pregunta. —¿Por qué mataste a tu marido?

Flavia cogió su bolso, y yo me estremecí. Sacó un cigarrillo y lo encendió. «Cipriano iba a divorciarse de mí por tener una aventura y dejarme sin un céntimo», dijo claramente, tomando un arrastre. "Difícilmente puedes culparme. No era exactamente, ese, Don Juan en el saco".




Flavia era tan fría e inhóspita como un jardín de invierno. Sus ojos permanecieron secos. ¿Cómo podía sentir tan poco remordimiento por el hombre con el que había compartido cama?  Serví dos tazas de té con aroma a azafrán. Flavia levantó una ceja, de un modo, que recordaba a Ancelotti.

—«Es solo té de Ceilán». —Me reí. «Aburrido, té negro, de Sri Lanka».

Ella me vio poner mi taza en mis labios. —«No soy una mala persona», dijo, tomando un sorbo, manchando la taza de té con lápiz labial Chanel fresa. Me acabo de acostumbrar a cierto estilo de vida. No podía renunciar al modo de vivir  que conocía  más de lo que Flavia podía. Ella era, de algún modo, mi yo, sombra. Pero ambas no podríamos existir en el mismo mundo. Ella miró el vasto jardín fuera de la ventana. Creo que me entiendes. «Sí». —Asentí, lentamente. —«Lo entiendo, perfectamente». Contuve la respiración mientras el péndulo del reloj del abuelo oscilaba. Flavia dejó escapar un jadeo tirando a arcada horrible y se agarró el pecho. La taza de té de mi abuela cayó de sus dedos y se rompió en el piso de madera. Fragmentos de rosas cubiertos de té y pétalos de margaritas yacían junto a los pequeños pies imbuidos es unos silentes Blahnik. El cigarrillo ardiente, que saqué, de los quietos dedos de Flavia tenía un sabor agradable y ceniciento. Extrañamente, no sentí pena o remordimiento, tan solo, alivio. Arrastré el cuerpo de Flavia al jardín de los prodigios. Plantaría árboles frutales sobre su tumba, probaría algunas recetas nuevas. Tal vez, un veneno de té de manzana dulce. Teniendo a Flavia fuera de juego; podría empezar de nuevo. Solo venderé tés a personas victimizadas sin ningún otro recurso. Devolver el honor a nuestro negocio familiar. La abuela estaría muy orgullosa.


                                                                          FIN



Fotogramas adjuntos

 

Notorius (1946) By Alfred Hitchcock

Diabolique (1996) Jeremiah Chechik

Another Man's Poison (1951) By Irving Rapper

Veneno para las hadas (1986) Carlos Enrique Taboada

 



                                                


Aquella Navidad del abuelo de Gwendoline

 


La noche es negra como la boca de una chimenea. Se extiende sobre la casa como una neblina de humo, espesa y asfixiante. El abuelo dice: Tic, tac, desde donde está, rozando la balaustrada, contando en silencio los segundos. Los minutos. Las horas. Las cortinas de terciopelo cuelgan inmóviles. Todas las ventanas están cubiertas excepto la del vestíbulo, donde la luz de la luna se filtra sobre el rostro del hombre que asesinó a Gwendoline. Yace desplomado a mis pies. La cabeza le da vueltas como un corcho de vino a punto de saltar. Tan silencioso. Tan quieto. Podría engañarte pensando que nunca se ha movido. Que siempre ha estado ahí, como esa silla o esa alfombra. Otro mueble inanimado y sin gusto. Gwendoline me escribió una vez un poema sobre una casa que se comía a la gente. Su boca era una puerta, sus dientes eran los pilares y la chimenea su corazón palpitante. Las ventanas se convertían en ojos. Uno grande y parpadeante, como si tuviera un secreto. En el poema de Gwendoline, yo soy la columna vertebral.



Una larga escalera curva que conecta un piso con otro. Sin mí, apenas hay cuerpo. Desde el momento en que Gwendoline entró en la casa y deslizó sus dedos por mi barandilla como una caricia en la mejilla: temblé y me estremeció. Sus pasos eran silenciosos y suaves. Tarareaba mientras cocinaba y bailaba el vals en pijama al son de las canciones navideñas de Bing Crosby. Leía en voz alta frente a la chimenea, donde el resplandor anaranjado encendía su cabello pelirrojo. Su aroma era como las páginas de los libros y flores prensadas. Sus suspiros eran alientos en mi nuca. La amaba como solo una escalera puede amar: en silencio y para siempre. He oído muchas historias sobre objetos que son como personas. Pero lo único que he visto son personas que son como escaleras. Siempre subiendo o bajando. Elegantes, robustas o sencillas. Sólidas o desmoronándose. Sí Gwendoline fuera una escalera, conduciría a un sendero en el jardín.



 

Las enredaderas se entrelazarían alrededor de su delicada barandilla de hierro forjado. Un gato perezoso dormiría en su tercer escalón, donde el sol de la tarde dibujaba una pincelada perfecta de su luz. Ahora, Gwendoline no es nada, en absoluto. Vuelvo a mirar al hombre destrozado que babea sobre la alfombra. No era la primera vez que venía a esta casa. No, había venido muchas veces, dejando el correo, en el pequeño buzón amarillo, al final del camino de la entrada. Pero una mañana vio a mi Gwendoline mientras regaba los rosales. Vio la bondad, en ella. Observó la forma de sus caderas, cuando se inclinaba, para podar las espinas. Y todo cambió. Volvió esa noche, para pegar su cara a la ventana. Así como, la noche siguiente, y la siguiente noche... Lo observé, contemplándolo con ira, desde mi posición,  muy cerca del dormitorio de Gwendoline, en la primera planta. Impotente para advertirle. Estuvo fuera toda una semana, parecía volver la tranquilidad, en mí; cuando vi su silueta negra y aceitosa en la puerta. El pomo de la puerta se sacudió. Deslizó una tarjeta de crédito por la rendija y lo intentó de nuevo. Esta vez la puerta obedeció y él se deslizó hacia dentro, como una sombra triunfante en la oscuridad.



Yo solo podía protegerla, del mismo modo, que una escalera podría hacerlo: es decir, de ninguna manera. Torpe maniobra de pensamiento, para alguien cagado de miedo. Entró en su dormitorio. Pensé que oiría, algo, cualquier cosa. Un forcejeo o un grito. No se escuchó ni un solo sonido. La belleza sucumbió, en silencio. Pero sentí cuando murió, como un profundo suspiro en sueños. Tirito y me sacudo. Volvió al vestíbulo, más lento que antes. Y lo que hizo a continuación, no puedo explicarlo. En lugar de marcharse, se giró hacia mí y me miró. Directamente a mí. Vi las oscuras escaleras de piedra, de su ser, que conducían a cavernas tan negras; que se tragarían una vela entera. Empezó a subir los escalones. Si una casa es un cuerpo —por usar las palabras de Gwendoline—, pero no queda alma en su interior, ¿sigue viva? Si una casa se come a las personas, ¿puede masticar, acaso, tragar? Esperé a que subiera hasta el rellano, con la punta de su bota llegando al último escalón. Y me estiré. Las luces del abeto de Navidad se apagaron y creí ver a la hermosa Gwendoline. Y, deje de estar allí; mi alma se marchó muy lejos.

 

 

 

                                                                      FIN



Fotogramas adjuntados

 

Holyday Inn (1942) By Mark Sandrich

The Apology (2022) By Alison Locked

Lady in the Lake 1946 By Robert Montgomery

Black Christmas 1974 By Bob Clark

 








Los últimos 400 metros de mi vida

 


Hicimos el pacto en el vestuario, minutos antes de que sonara el timbre. Los demás chicos ya estaban de corto y habían salido al campo cuando nos dimos la mano. Segis y yo teníamos, poco en común, salvo nuestro desprecio por la actividad física y el hecho de que siempre quedábamos los últimos o penúltimos en las carreras de la clase de gimnasia. Estábamos tan por detrás de los demás niños que nadie, ni siquiera Herminio Acosta, del que se rumoreaba que tenía una pequeña placa de acero en la cabeza, o el caso de, Julián Salcedo; que llevaba un corsé ortopédico por su escoliosis, amenazaba con quitarnos el puesto. Vamos, unos cracks. Nuestra profesora, la Srta. Nasarre, añadía un toque sádico al exigir al perdedor que diera otra vuelta de 400 metros al campo. Ella se refería a esto como «la vuelta del hombre muerto», un término que acuñó cuando, tras una de mis derrotas, me dijo que parecía que me dirigía a mi propia ejecución. La Srta. Nasarre era más pequeña que la mayoría de los chicos e incluso que algunas de las chicas de nuestra clase de octavo curso. Era delgada como un chico de instituto y podía hacer veinticinco dominadas sin parar. Su rasgo más llamativo era su tez manchada, que hacía que su cara pareciera un mapa, con manchas de piel rojiza oscura rodeadas de otras más claras, como islas en el mar. Ahora, pasados tantos años, podríamos haberle llamado Srta. Gorbachov. Era así, muy suya. Llevaba chándal todos los días, sin importar el tiempo que hiciera, y nunca supe; si esa afección solo le afectaba a la cara o también a otras partes del cuerpo.



 

Ella se resistió a todas las súplicas que Segis (por aquello del diminutivo de su nombre visigodo, Segismundo, menudo cachondeo) y yo le hicimos para que nos eximiera de estas carreras. Él, alegó que tenía asma y yo le dije que sufría de cualquier cosa que pudiera llevarme a la comodidad de la enfermería. La Srta. Nasarre rechazó todas nuestras excusas como si fueran volantes de bádminton que le lanzábamos suavemente a su lado de la red. Una vez acordados los términos del pacto, Segis y yo corrimos al campo y nos pusimos en fila. Me invadió la calma cuando nos miramos y asentimos con la cabeza. La Sra. Nasarre hizo sonar su silbato. Los chicos del equipo de campo a través salieron disparados en cabeza. Algunos de los otros atletas les seguían de cerca. El resto de los chicos se agruparon en pequeños pelotones. Detrás de todos ellos, Segis y yo (el yo, que me llamo Elio, quedó presentado) nos acomodamos en un tranquilo paseo. La Srta. Nasarre, que afirmaba tener una visión superior a la de un zoom de 125 aumentos, se dio cuenta inmediatamente. «¿Qué les pasa a ustedes dos?», gritó desde el otro lado del campo. «Uno de ustedes tendrá que dar la vuelta de la lapida. ¡No me importa cuánto tiempo les lleve llegar allí!». La ignoramos. Seguimos caminando, charlando y conociéndonos. A él le gustaban los cómics y las películas japonesas de monstruos. Yo le hablé de mi colección de cromos de fútbol. Él me dijo —que realmente tenía asma—, y yo le confesé; que sufría de periostitis tibial, pero que eso no me producía ni fiebre del heno ni mareos. Empecé a sentir que se creaba un vínculo entre nosotros. En la última curva de la última vuelta, habíamos hecho planes para ver la nueva película de James Bond durante el fin de semana. Tampoco habíamos sudado ni una gota. El resto de los niños habían terminado y estaban descansando en las gradas, donde siempre disfrutaban viéndonos luchar en la recta final.



Los abucheos de hoy eran especialmente fuertes, pero fingimos no darles importancia. Decidimos comprar pizza antes de ir al cine. Estábamos a cien metros de la meta cuando la Srta. Nasarre se reunió con los chicos. Se volvió hacia nosotros y los insultos cesaron. Fueron sustituidos por algo peor. La mitad de los chicos empezaron a animar a Segis y la otra mitad empezó a animarme a mí. Yo estaba en matemáticas avanzadas y reconocí que se trataba de una estratagema obvia. Pero entre Segis y yo se produjo un silencio incómodo que me puso los nervios de punta. ¿Podría esta alianza de perdedores, en la que nos comprometimos a cruzar la línea de meta exactamente al mismo tiempo para que ninguno de los dos fuera el perdedor, romperse antes del final de la primera carrera? Segis aceleró el paso y pronto me sacó medio paso de ventaja. Me adapté para mantener el ritmo. «Hiciste un trato»— le dije. Los vítores crecieron y nos empujaron hacia la meta como el canto de una sirena. Pronto estábamos corriendo, o lo que para nosotros se podía considerar correr. Culpé a Segis y decidí que no iría con él ni a comer pizza ni al cine. Estábamos a setenta metros de la meta y no conseguía acortar distancias. «Aún puedes cumplir el trato»—le dije. «Solo tienes que reducir la velocidad». «Tú reduce la velocidad»—dijo él.




Ninguno de los dos redujo la velocidad. No podía seguir así mucho más tiempo. La combinación de verbalizar frases completas y correr era más de lo que mi cuerpo podía soportar. «Mi asma»— jadeó Segis. «Tengo que parar. Para conmigo». ¿Podría ser un truco? ¿Si yo reducía la velocidad, él aceleraría? ¿Qué sabía yo realmente de Segis? No importaba. No podía seguir corriendo. No fue la compasión lo que me hizo parar, fue el agotamiento.—Me detuve, y él también. Algunos niños abuchearon, otros se rieron. Segis puso las manos sobre las rodillas. No iba a ir a ninguna parte. Le dije que se sentara, y así lo hizo. Me senté con él. «Gracias»— dijo. Respiraba con dificultad. Nos tumbamos en la pista de atletismo, desgastada por casi todo un año escolar de carreras. El suelo estaba fresco al contacto con mis brazos y piernas. Pronto su respiración se relajó. Me preguntó si todavía íbamos al cine y le dije que sí. «Estoy esperando», gritó la Srta. Nasarre, «y también lo está el hombre que esculpió su lapida». Sonó la campana. Algunos de los chicos gritaron algo mientras entraban, pero nosotros ya no les escuchábamos. El cielo se había oscurecido y Segis dijo que parecía el cielo de King Kong. Para entonces, el campo estaba vacío, excepto por mí, Segis y la Srta. Nasarre.



                                                                                 FIN




Fotogramas adjuntados

 

The Loneliness of the Long Distance Runner 1962 By Tony Richardson

Chariots of Fire 1981 By Hug Hudson

Jim Thorpe: All American By Michael Curtiz 1951

Prefontaine 1997 By Steve James