Dora y Aurelio, un amor tan rápido como Flash Gordon


 

Dora, era aquella niña de pelo negro azabache y lacio cuando se enamoró de Aurelio. Un chaval de cabello rubio, ojos azules y de una contagiosa sonrisa, muy acorde, con su magnética personalidad. Ella era una preciosa chica de piel canela, que tenía el estómago hinchado, algo que a Aurelio no lo importaba, ni colín. Se reían en clase y solían pasarse notas como si fueran amigos de toda la vida. "Soy más rápido que el Flash en casi todo"—Muletilla, que él, utilizaba con frecuencia. Dora, se reía, sin saber realmente quién era Flash hasta que se hizo mayor y llegó lo de Internet: conoció al Sr. Gordon. Apenas, seis meses después del inicio de su relación con Aurelio, el mundo se le hizo pedazos. Una noticia trágica y cruel. Dora es informada de la repentina muerte del chico rubio de la bella sonrisa. No el mismo día, de su fallecimiento. Aquel, chaval, le encantaba trepar por los árboles y poner a prueba cualquier límite. Un día, se aventuró en lo alto de un roble, detrás de su casa y había ido más allá de lo que cualquiera hubiese subido. Cuando pisó una rama yerma. Se desplomó varios metros desde la copa y su cuerpo cayó como una amalgama de plomo. Se había reventado por dentro y su corazón dejó de latir. Siempre pensó que él sería uno de esos temerarios que saltaban de aviones o nadaban entre tiburones. Escalaba las cimas del Everest montaba a camello en Egipto. Tan  sólo, una cantina y algo de carne seca. Ese era Aurelio. Empero, ni siquiera puedo terminar el último grado de primaria, cuando ya estaba enterrado. Dora, era una chica muy ingenua de origen colombiano y no preguntaba mucho. Acabó enterándose de su perdida, cuando comenzó su primer año de secundaria y Aurelio no se encontraba por ningún lado. Pensó que tal vez se había mudado a algún lugar exótico en el continente africano o quizás perdido por Australia. Al fin y al cabo, toda su familia había sido, de índole temeraria.



Vivían la vida quemando adrenalina por sus poros. Siempre necesitaban un lugar con un terreno más peligroso que la mediterránea Almería. Después de la primera semana, le había preguntado a su amiga Gala sobre él. Gala, era como una sibila; lo sabía todo, de todos nosotros. — "Murió durante las vacaciones de verano". Dora, fue descubriendo la verdad barnizada de detalles, trató desesperadamente de imaginar al niño sonriente y feliz que había conocido apenas un año antes. El que la hizo sonrojarse de alegría y risa. Incluso, coquetear como si fuera el único chico en la escuela. Trató de ver el brillo en sus ojos cuando él jugaba afuera y recordar la admiración cuando lo vio arrojarse a un árbol con la facilidad de un trapecista. Sin embargo, tan pronto como se imaginó sus resplandecientes ojos azules, vio cómo su rostro se contorsionaba en una mueca mientras yacía en el suelo debajo de ese gran árbol, su cuerpo roto y ensangrentado. Luchó por respirar con costillas agrietadas y pulmones perforados que se negaron a expandirse hasta que se asfixió y su corazón se detuvo. Imaginó a Aurelio en una caja, rodeado de tierra húmeda y gusanos que intentaban desesperadamente llegar a su carne, para enredarse con sus mechones ondulados de aquel cabello amarillo sedoso. Su corazón se hundió. En estado de shock, su estómago anudado, retorcido y doblado como si algo estuviera dentro dolorido para escapar. Supuso que era su desayuno y tragó aire para calmarse. Los pasillos de la escuela parecían cerrarse y hacinarse con estudiantes que parecían estar todos dirigiendo la mirada, en ella. 





Los ojos se asomaron a ella, frunciendo el ceño y burlándose, amortiguando la conversación. No podía respirar y Gala la sacó a tomar aire. Pasaron 20 años, y Dora estaba en Madrid de paso. Se acaba de abrir un Starbucks, dentro del estadio Santiago Bernabéu, mientras hacía cola se quedó mirando al camarero de la barra. Incapaz de moverse o hablar mientras esperaba su respuesta con respecto al tamaño de la bebida. Tenía un asombroso pelo dorado y unos ojos azules. Incluso su sonrisa y su voz sonaban como las de Aurelio y ella no había pensado en él durante más de una década. Él, solo la miró, pacientemente. Ni una vez preguntando si estaba bien o si algo estaba mal. Sus ojos no eran nada inquisitivos; como si una parte de él supiera que ella reaccionaría de esta manera al verlo por primera vez. Miró su etiqueta con su nombre, Daniel. Demasiado lejos de Aurelio, pero eso no importaba. Podría haber cambiado su nombre, haberse mudado a un lugar lejano, haber tenido amnesia por caerse de un árbol. Su cerebro procesó varios escenarios en cuestión de segundos, desde la protección de testigos hasta el secuestro, y luchó para recuperar el control antes de que alguien en el fondo de la línea le gritara que siguiera adelante, desesperada por no llegar tarde a su autobús en la Estación Sur.

"Tendré un gran, por favor".

La cafetería estaba cada vez más ocupada, pero ella aún podía oírlo durante la conversación. "Claro, Lio."

 



Ella se estremeció y por un breve segundo, olvidó que éste era el nombre que le había dado cuando pidió su bebida. Era un apodo tan personal que solo sus amigos y familiares la llamaban Lio. Aurelio le encantaba este apodo cuando eran niños. ¿Por qué le pondría ese nombre? Parecía tener más o menos la misma edad que Aurelio y, aunque ahora vivía a cientos de kilómetros de distancia en la soleada Almería, no le habría dejado pasar para disfrutar de la geografía de un lugar así con sus montañas, bosques, playas y desiertos. Lo miró fijamente y comparó sus movimientos, el tono de su piel y las pecas visibles con lo que recordaba de su compañera de primaria. "¿Aurelio?" susurró y pensó que lo vio detenerse y girar suavemente la cabeza. ¿Estaba sonriendo? Para cuando regresó con su bebida, se dio cuenta de que había estado mirando la parte posterior de su cabeza. —"Aquí tiene, señorita", sonrió. Alcanzó su bebida y descartó su paranoia anterior. Ciertamente, había millones de  chicos rubios, blancos de ojos azules, en el mundo. Tal vez, cada hombre que veía así, le recordaba a  de alguna manera. Ella no sabía cómo se habría visto si hubiera sobrevivido hasta la edad adulta y su mente creó algunos escenarios extraños, en los que él estaba allí, y de alguna manera se habían encontrado. Su soledad en los últimos meses —definitivamente— podría ser una causa y sacudió la cabeza como si le agitara todos los pensamientos ridículos. Tenía ese pálpito lejano y a la vez cercano, aunque se desvaneciera. De repente, se escuchó: "Gracias". Ella le devolvió la sonrisa. "¡Eso fue rápido!"—"Soy más rápido que el Flash en casi todo", dijo y sonrió mientras sus dedos tocaban la bebida caliente.


                                                                  FIN


                         Dedicado a Marcos Ordóñez 1957 Marzo/Septiembre 2026  In Memoriam     



Fotogramas adjuntados

Flash Gordon (Space Soldiers) 1936 By Frederick Stephani

Ghost (1990) By Jerry Zucker

The Ghost and Mrs. Muir (1947) By Joseph L. Mankiewicz

Meet Joe Black (1998) By Martin Brest








Vecinos, amores y enfermedades de zaguán


 

El soplido rítmico del concentrador de oxígeno era el único metrónomo en la penumbra del dormitorio. Para Ambrosio Hidalgo, ese sonido había sido la banda sonora de toda su vida. Nacido demasiado pronto —con unos pulmones frágiles que la displasia broncopulmonar— convirtió en un laberinto de cicatrices y batallas constantes. Siempre supo que su tiempo tenía un límite más estrecho que el de los demás. A pesar de que los galenos, le repitieron hasta la extenuación que duraría dos cortes de pelo. Ha probado todas las marcas de corticoides y broncodilatadores y, con todo, ha cumplido 64 años. Una vez le espetó a una de sus neumólogas:—he vivido más de lo esperado, tuve mucha suerte con mi familia, pero el paso del tiempo es demoledor para cualquier humano y ahora, el pecho lo noto pesado como una plancha de plomo. —¿Qué quiere que le diga Ambrosio?—Ah, Ud. Sabrá, Doña Hilaria! Me han dicho todo tipo de salvajadas. Salió de la consulta, pero no tenía fuerzas para dar un portazo. Ese fue el último día con la banda de la bata blanca. Su cuerpo se hallaba agotado por años de luchas contra la fatiga, el bueno de Ambrosio, entendía que sus pulmones estaban en las últimas. Era cuestión de días, el desenlace podría alargarse, unos meses. Nadie apostaría un año de vida. Quería marcharse con la elegancia del Dandi que fue en sus años mozos y la pulcritud de sus modales: sin dar portazos, a los que quiso. No sin antes entregar la única carga que sus pulmones jamás pudieron retener: el amor callado que guardaba por Adela, la vecina al otro lado del zaguán. Tenía que decirle algo. En ocasiones pasan horas antes de que vuelva a la realidad. Ninguna otra cosa me hace sentirme así de libre, así de conectado. Cuando lo hago sé que formo parte del mundo, y no sólo de una insignificante raza. Formo parte de las nubes, del agua y de la hierba. Soy yo, en mi más pura esencia. Ahora estoy tan centrado en el momento que mis pulsaciones han bajado hasta el mínimo necesario para sobrevivir. Pensaba, en aquello que muere, en un segundo, algo me despierta tan brutalmente de mi letargo que mi cuerpo alcanza el colapso. El maldito teléfono, ese diabólico sonido chirriante que abrasa mis tímpanos sin piedad, los atraviesa como el rayo que ilumina el cielo en una tormenta eléctrica. —Y este puto verano, acaba conmigo, hoy. Caigo al suelo, y durante varios segundos estoy tan aturdido que me olvido de respirar, me duele el pecho, algo ha explotado, por ahí dentro.—No me cabe la menor duda. Pitido tras pitido mi situación se agrava, mi cuerpo reclama oxígeno pero mi cabeza no responde a su llamada. Me estoy muriendo. El termómetro de la plaza del barrio marca 37 grados. En un desesperado intento para salvar mi alma me arrastro por el suelo. El teléfono está cerca, y aún sigue sonando, pero no es eso lo que busco.




Al fin alcanzo la puerta, está entreabierta y me deslizo entre el hueco que da salida.—Vamos Ambro, tú, puedes, colega! Minúsculas bocanadas de aire son mi único combustible. Treinta y cuatro escalones me esperan, diecisiete por cada planta, y mi estado es lamentable, ya no me queda mucho tiempo. Con las manos por delante inicio el último de mis viajes. A cada escalón mi pecho rebota contra el suelo y me acerca a mi destino. La vista empieza a ser borrosa. Los colores se mezclan unos con otros y cada vez todo se torna más oscuro. Ya estoy cerca, apenas veo, pero lo sé. Empujado por la dignidad de un último deseo, consigo dejar atrás el último escalón. La puerta está a unos tres metros. Mi cerebro ya ha asumido su final, dejando un único hueco vacío, solo una idea guía mi historia.— Venga, cabrón! Vamos, tengo que continuar, aún no he terminado mi viaje. Ulises no hizo historia en un año ni recuperó Ítaca en 6 meses. Sigue arrastrándome, con la ayuda de mis uñas, me impulso por el terrazo y cuando alcanzo mi destino estiro un brazo para agarrar el pomo de la puerta. De repente, me desplomo contra el suelo, pero ésta se abre como recompensa a mi titánico esfuerzo. No sólo el de esta noche, sino el trabajo y el sufrimiento de toda una vida en la que nadie me ha ayudado jamás, una vida en la que si mi elección no fue la que acepté: nadie creerá en mi causa, y ahora tan sólo quiero morir en paz. Consumiendo mis últimas reservas de vida, obligo a mi cuerpo, más muerto que vivo, a que atraviese el marco que da la entrada, a mi hogar, o así solía llamarlo. —Cuesta respirar, demonios. Venga, sólo un poquito más! ¿Qué son dos metros dentro de toda una vida? —Me pregunto. Lo son todo—esa es la jodida respuesta. No puedo quedarme aquí. Me niego a morir así, aunque sea sólo una vez, alguien va a reconocer mi valía. Creo que ya estoy muerto, sí, muy probablemente ya lo estoy.—¿Y si estuviera muerto y todo esto es lo que queda de mí? Todavía así, mi cuerpo recorre esos dos metros finales que me separan de mi pasión, de mi amor, de mi vida. Ya es de noche y mis oraciones han sido escuchadas. Una tormenta descarga con fuerza en la ciudad del bochorno. —Agua, lluvia de la buena que moja mi piel, al fin recibo las tan esperadas caricias por las que he pedido, a Dios, al demonio y al cobrador del Frac. A lo largo, de toda mi existencia. Se escuchan susurros de gratitud y parezco escuchar cantos de despedida. Ahora formo parte de ese muy querido mundo, y así seguirá siendo eternamente, el mismo, de fascinante y malvado. Ya nadie podrá arrebatarme lo que más quiero. Paradójicamente, por primera y última vez, me siento realmente vivo.




Me quedé sorprendido cuando desde la esquina vi que había flores en su ventana. Escuché ruido de tacones saliendo del portal: su ángulo más amable, sus uñas pintadas, su inacabable coraje de vivir,  a través, de un pañuelo ocultaba en su cabeza la huella de una triste enfermedad. —Cómo odio las putas enfermedades! Siempre se ceban con los mejores. Luego, está el piadoso de Dios, al que le damos las gracias muy devotamente. Y es que la vida es así de encantadora; ya que suele pasar, en las mejores familias y en las desgraciadas.—Cuando uno menos se lo espera; nos dan una noticia para amargarnos la vida y cerramos los ojos intentando mirar a otro lado. Yo me hacía el despistado, buscando en el bolsillo cualquier cosa para vestir el encuentro de normalidad, y antes de que subiera a su coche no tuve más remedio que preguntarle:—¿Cómo estás, Adela?—Ya estoy bien. Poco a poco, he ido ganando batallas y deshaciendo algún que otro tumor. Ahora es como volver a nacer, como ver una puesta de sol en San Antonio, como enamorarse cuando tienes quince años. Eso, sí, Dionisio; por la noche aún me despierto asustada pensando en el recuerdo geométrico de una esfera apuntándome a los pechos. Eso me dijo, detenida en la puerta de su coche, con una lágrima al borde de sus ojos, mientras hablaba se pasaba la mano por una cadena de oro envuelta en su cuello. Yo la estaba mirando, tenía una respiración muy dulce, hablaba y parecía que soñaba. Me contaba que ahora en ella, todo es alegría, todo es motivo para la lírica: canta, dibuja, y le dice cosas tiernas a los animales. Finalmente, se despidió de mí, feliz como una niña de 6 años, que abrazó a otra niña de 5. Y se me vinieron estas palabras de repente: Querida Adela: “Si estás leyendo esto, significa que el aire ha ganado su última batalla y yo por fin he dejado de pelear. No te asustes al leer estas líneas. No busco darte pena, sino darte las gracias. Durante más de treinta años hemos compartido el mismo edificio, el mismo olor a humedad en el zaguán y el eco de nuestros pasos sobre las baldosas gastadas del portal. Tú salías cada mañana a comerte el mundo, y yo me quedaba tras la cortina, midiendo mis fuerzas para bajar lo más acicalado posible a la calle. Hubo mil días en los que quise detenerte en la entrada.



Quise decirte que el sonido de tus llaves al llegar a casa era la mejor medicina para mi pecho oprimido; que el perfume a jazmín que dejabas flotando en el zaguán me daba más vida que cualquier mascarilla de oxígeno. Pero desde la epidemia de Covid, mi displasia broncopulmonar me volvió cobarde y mansa. Pensaba que un hombre que vive a medias, a quien la vida le cuesta cada trago de aire, no tenía derecho a interrumpir el paso de alguien tan llena de vida como tú. Hoy que la sombra está tan cerca, me doy cuenta de algo hermoso: no me faltó el aire por mi enfermedad. Me faltó porque tú te lo llevabas cada vez que me sonreías al cruzar la puerta del zaguán y me decías un simple; ¡Buenos días Ambrosio! En esas dos palabras me diste más vida de la que todos los galenos juntos, vida me propusieron. No sientas tristeza por el vecino del primero. Me voy tranquilo. Te he amado en el más puro de los silencios, cuidando tus pasos desde mi ventana, celebrando tus alegrías lejanas y sufriendo tus penas mudas. Sabiendo que estas, tan bien, tan guapa y recuperada de lo tuyo. Te dejo la llave de mi piso en el buzón. Dentro hay una pequeña maceta de jazmines en el balcón; por favor, cuídala. Cada vez que florezca, piensa que es solo una forma más en la que el aire me sigue trayendo tu recuerdo. Un beso, Ambrosio." Por las mañanas, Adela, sale a la calle dos horas antes de que la gente se despierte y escribe sobre el relente: los poemas más bellos —en el escaparate de una tienda— de las baldosas de una plaza, en los parabrisas de todos los coches de su calle. Y se queda esperando que alguien los vea, pero para saber leer en las gotitas de humedad hace falta haber llorado mucho y cuándo sabes que la gente los barre delante de sus ojos. Después se marcha pensando en que tendrá que arrancar el limpiaparabrisas trasero de su viejo Peugeot 206, para no borrar, sin darse cuenta; el verso que por algún motivo un vecino de escalera le dejó dedicado la otra noche.

 

 

                                                                                                   FIN




                              Dedicado a Sam Neill 14 Septiembre 1947/13 de Junio 2026 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


Bílá nemoc 1937 By Hugo Hass

Love Story 1970 By Arthur Hiller

Dark Victory 1939 By  Edmund Goulding

Magical Girl 2014 By Carlos Vermut



                                                         


 




Escondidos en Flandes; la esperanza se llama Medinaceli


 

Mi familia vivía en un pequeño caserío, cercano a la villa de Mol, en Bélgica, al norte, camino de Países Bajos. Estábamos a menos  800 metros, de un camino de tierra, de cualquier otro signo de vida humana. Fuimos allí, con mi padre  Maurice, y mi hermano mayor Josh. Así, como quien les cuenta esta terrorífica pesadilla: Manon. Nos pusimos de acuerdo, en que necesitábamos algunas provisiones, básicas y deberíamos de acercarnos a la tienda  de Bocholt. Recuerdo que al entrar en la tienda se me puso la carne de gallina y sentí que se me erizaba el vello de los brazos, anticipando una amenaza desconocida. Mirando a Josh, tratando de calmar mi paranoia, me miró a los ojos, con la cara de la blancura del color del miedo. Se me revolvió el estómago. Él, también tenía mucho recelo. Pero disimulaba su miedo con una mirada intimidatoria. Los ojos parecían seguirnos mientras permanecía cerca de mi hermano por los distintos pasillos. Algunos me miraban con extrañeza y otros con curiosidad. Como si no hubieran visto a una mujer de verdad en mucho tiempo. Nuestro padre también se dio cuenta e interrumpió nuestras compras. Nos metió en el coche y volvimos a casa con una impronta de saber que el diablo nos perseguía. Nadie dijo nada. Una vez en casa, nos quedamos en la entrada, agradecidos por estar lejos de las miradas indiscretas, pero papá tenía algo que decir. Se centró en mí.



Aún, tengo en mente aquel azul acero de sus ojos: «No voy a negar lo que haya sido», hizo referencia a la incómoda tensión de un simple viaje de compras. «Pero a partir de ahora, no saldrás de las paredes de nuestra casa, ni siquiera al patio, sin que tu hermano o yo estemos contigo». Asentí porque no tenía sentido discutir su decisión. Ojalá hubiera sido tan fácil! Papá entró en la casa llevando las pocas provisiones que pudimos comprar antes de que todo fuera demasiado abrupto, por llamarlo de alguna manera. Era el diablo quién nos perseguía. Josh vino detrás de mí, y noté, mientras papá se exaltaba a sí mismo y a Josh como mis ángeles custodios; mi hermano mantenía la cabeza un poco más alta y los hombros un poco más erguidos. Un grito fuerte y gutural salió del interior de la casa. Josh y yo nos apresuramos a entrar para ver con qué se había encontrado nuestro padre para evocar un miedo tan crudo. Sin embargo, al doblar la esquina del pasillo y entrar en la cocina, vimos cómo nuestro padre luchaba contra dos hombres enmascarados vestidos de negro. Josh saltó a la lucha para ayudar a papá, pero papá gruñó:—¡Corre! A estas alturas, ya sabíamos de qué se trataba. Dos hombres enmascarados más aparecieron, aparentemente de la nada. Mi padre luchó como un loco, tratando de ganar algo de tiempo para salir.



Josh me agarró y me arrastró fuera de la casa, agarrándome del brazo con tanta fuerza que sabía que algún capilar iba a salir en plan cardenal. Me llevó hasta el asiento del conductor y me puso las llaves en la mano. Justo cuando estaba a punto de preguntar por qué conduciría yo y no él. Dando por hecho, que él tiene la edad reglamentaria y el carnet, obtenido, en el examen de tráfico. Yo, a pesar, de saber conducir, tenía 16 años y no podía conducir, siguiendo la legislación de Flandes. Empero, la situación empeoraba por minutos y no necesité preguntar nada más. Josh, nunca tuvo intención de venir conmigo. Vi cómo un par de hombres enmascarados salían disparados por la puerta principal y Josh dio dos palmadas en el capó del coche, ordenándome que arrancase el motor y saliera chillando ruedas. Tal como me lo dijo, hecho. Ya le había colocada la marcha  atrás, bajando por nuestro camino de tierra, con los ojos saltando entre la carretera por el retrovisor y viendo cómo dos matones golpeaban a mi hermano, con una barra de metal. Pensé en conducir hacia delante y golpear a los enmascarados. Pero eso hubiera significado un riesgo excesivo, podría haberle dado de lleno a mi querido Josh. Se agarraba con fuerza a ellos, siendo golpeado pero negándose a soltarse y permitiendo que avanzaran hacia mí.



Acelerando, a tope, en tercera y escupiendo barro por la ruedas, por el camino de tierra que sólo conducía a una región más desolada, el coche levantaba tal polvareda que no podía distinguir si me perseguían o no. Todo mi cuerpo desprendía, chorros de miedo y ansiedad. Mi cabeza me decía; que volviese y nada me apetecía más —que dar media vuelta— y al menos intentar luchar contra los hombres. Por el honor de los míos: mi única familia, pero sabía cómo acabaría eso, y me negaba a que sus sacrificios fueran en vano. Aquel lugar no era el mismo que hace 15 años. Ahora, el crimen organizado, la trata de blancas, los narcos y la maldición que recorre toda Europa. Es como si los viejos Nazis, hubieran vuelto. No sé cuánto tiempo conduje, pero mantuve la  misma velocidad todo el tiempo, sin dar a aquellos monstruos ninguna oportunidad de ganarme ni un palmo de ventaja. Después de un par de horas conduciendo, la gasolina estaba casi vacía. No había ningún sitio donde conseguir gasolina y no sabía en quién confiar. No había ninguna parte racional en la discusión interna que se mantenía conmigo mismo. Abrí, la guantera, y me encontré un mapa que decía; vete al sur Manon y busca Medinaceli. Allí, pregunta a los lugareños por el nombre de Esther Kielman, ella tiene las respuestas de todos nosotros.



                                                                                   FIN



                                 

                                    Dedicado a Anthony Head febrero 1954/junio 2026 In Memoriam




Fotogramas adjuntados

Le Manequin Assassine (1948) By Pierre de Herain

Rundskop (2011) By Michael R. Roskam

Wenn die sonne wieder scheint (1943) Boreslaw Barlog

Gutland (2017) By Govinda Van Maele






El hotel de Betty: la furia de los hermanos Ramírez

 


Gerardo y Samuel eran los típicos hermanos de un pequeño anejo de Castilla-La Mancha. Nunca fueron a la escuela porque dependían mucho del trabajo familiar y la ayuda que aportaban a esas las labores; pastoreo, caza y los viñedos. Sus padres eran una familia muy humilde que trabajaban  hasta caer el sol: reventados. Aquellos hermanos pertenecían a una estirpe, en vías extinción —nacidos para currar, como todos los hombres de la familia Ramírez— de una educación parca y frugal. Todo ello, quedaba reflejado en su crianza, donde en las heladas de los meses de febrero y marzo, el alcohol dejaba su mácula y algunos problemas de convivencia los fines de semana, en el la ciudad que estaba a pocos kilómetros de su aldea. La madre de ellos, la Sra. Josefina, sentía un mayor apego por Gerardo, pensaba, que, físicamente, tenía más parecido a ella. Siempre vio, en el pequeño de los Ramírez, habilidades muy cercanas a ella, en el cultivo de las viñas. Samuel, observaba esa relación con relativo desdén. De algún modo, era más fuerte que Gerardo —tres años mayor— y con un físico portentoso. Siempre pensó, que algún día, su hermano pequeño intentaría dejarlo. Por decirlo, llanamente, tomaría su propio camino. Sin embargo, volviendo a la infancia, Samuel heredó de su padre, Carolo, la habilidad, de cortar la leña. Estableciendo una kármica relación con el hacha para cortar los troncos. A la que, terminó uniéndose, Gerardo. Acabaron por desarrollar una enorme destreza con las labores del corte de troncos en los pinares de la comarca norteña. A ellos, les gustaba que los llamaran los hermanos leñadores —como ellos mismos se autodenominaban— y utilizaban para relacionarse en el negocio: “si quieres leña rápida, llama a los hermanos Ramírez.” No les servía de nada la tecnología moderna. Desde que por primera vez cogieron una bien afilada “Jauregui” y cortaban un par de pinos o castaños; en un abrir y cerrar de ojos. Cuando alcanzaron la mayoría de edad, este oficio, fue haciéndose el pan de cada día, ya que la explotación agraria familiar, le llegó una edad, en la que sus padres: ya no podían invertir lo mejor de ellos. Pensaron que con aquella granja muy a pesar —de su madre Josefina, que tenía fe en las vides y confiaba en el instinto de Gerardo— las cuentas no terminaban de salir y el oficio de la tala por las diferentes zonas boscosas del país; dejaba buenos jornales. Ellos continuaron con su vida modesta, del tajo al barracón. Fines de semana a la ciudad. Cazalla, anís y juerga. Y, así pasaba la vida. Un día apareció un mayoral y les asignó un nuevo trabajo en una pequeña zona boscosa, cerca del norte de Navarra, donde algunos árboles viejos habían resultado dañados por una tormenta. Junto al bosque había un pequeño hotel, que hacía ya tiempo, el cual, pasó a ser parte del paisaje del páramo.



A pesar, de haber vivido, antaño, un esplendor fascinante. Algunos lugareños, decían que aún se escuchaban las almas de los que celebraban banquetes, bodas o fiestas de final de año. A los dos hermanos se les permitió quedarse allí y dormir mientras estuvieran trabajando en la zona —todo un alivio, no compartir cama con la banda del barracón— aquellos 25 tíos bregados, en un mismo lugar. Un regalo del cielo. Es verdad, que no tenía muchas habitaciones, pero sí un pequeño salón de banquetes, aún completamente amueblado con sillas y mesas. Allí dormían por las noches, una vez finalizada, la faena del día. Gerardo y Samuel discutían muy a menudo, sobre todo por cosas triviales, casi estúpidas: ¿Qué árbol era más alto? ¿Quién era más rápido? Y cosas por el estilo, entre lo anodino, pueril y demasiada testosterona. Samuel tenía un carácter más temperamental que su hermano Gerardo: le costaba mucho calmarse y se tomaba las cosas demasiado a pecho. Aquello, solía tener sus consecuencias, porque Gerardo terminaba por recibir una paliza brutal. Gerardo nunca aprendía de lo vivido. Y, le echó en cara, a Samuel —la siguiente noche— que era un borrachín de tres al cuarto y no tenía, nada de aguante. Cuando Gerardo se burlaba de Samuel porque borracho, una vez más, se había meado encima y se había caído al suelo. De repente, se abrió una ventana y entró un aire helado que pareció traer como un recoveco de voces familiares. No hizo mucho caso, ya que era tenía toda la apariencia de ser un “déjà vu” propio del abuso de alcohol. Como esto, era parte del pan de cada día de los hermanos Ramírez. Samuel, una vez más, pensó que Gerardo lo había empujado. Dando una patada a un taburete que tenía a su lado y comenzó a gritar muy enfurecido: maldiciendo y gritando, como un poseso. Acabó tomándola con las desvencijadas sillas del salón del hotel lanzándolas contra las ventanas y hacia él. Gerardo se rio, con ganas, lo que aguijoneó, aún más, el berrinche de Samuel. La situación empeoró rápidamente. Samuel, que ya había perdido la cabeza, sólo, escuchaba cascabeles. Un rugir insoportable, como las campanillas de los rebaños de corderos. Comenzó a  gritar: ¡“Gerardo, si te pillo, te mato ¡Lo oyes, te mato. Cabrón”! Gerardo, que no estaba tan borracho, se dio cuenta, que,  poco a poco, las cosas se habían salido de madre. Y, su hermano, se había convertido en un polvorín con un mechero encendido. Empero, no quería echarse atrás y, como solía ocurrirle. En esta ocasión dijo:—¡Vamos a ver quién tiene más huevos! No quería terminar recibiendo una paliza tras otra por ser más coherente, inteligente e inocente.




Aquel viejo hotel, tenía el aura de una novela de Stephen King. Frío invernal para una primavera demasiado larga y en el lugar, de los hechos. El espectáculo no podía ser más devastador: dos hombres, hermanos, peleando a brazo partido, el uno contra el otro. Una cosa tenía muy clara Gerardo; si Samuel lo atrapaba, sabía que era hombre muerto y tenía miedo. Pero reunió el valor y todas sus agallas para lanzarle una silla a Samuel, con la esperanza de darle y dominarlo. Aprovechando, el golpe de la silla, que lo tendría medio aturdido, hasta que Samuel se rehiciera, al recobrar el sentido común. Tal como lo pensó, que agarro la silla, le puso tal tino, que la lanzó  y ocurrió lo que no debería haber ocurrido. Le dio a Samuel en la cabeza. Pero Samuel no cayó al suelo; se mantuvo erguido como un árbol. Ahora todo había terminado para Gerardo. El fuego de la rabia ardía en su interior, como el filo del hacha por las yemas de los dedos. Corrió a su lugar de descanso y agarró su hacha. Gerardo sabía que su única oportunidad se había esfumado. Samuel, sangrando por la cabeza, estaba poseído por el odio, el dolor y la ira. Corrió hacia Gerardo, lo derribó, directo al suelo y le gritó: —«¡Hijo de puta mentiroso, ahora sí que va a pasar!». Gerardo sabía lo que iba a pasar cuando Samuel le lanzó esa mirada oscura y aterradora. —Las pupilas de Samuel se dilataron. Gerardo graznó y clamó de miedo: «¡Nooo! ¡Por favor, por favor, no!». Samuel se rio y le gritó: «Eso ya no te salvará». Levantó el hacha de un tirón, con la luz de las lámparas del techo reflejándose en ella, y Samuel se detuvo un instante. Entonces hundió a Betty —como llamaba cariñosamente a la Jauregui boca de luna— en la cabeza de Gerardo, y ésta, descendió directamente sobre el cráneo de su hermano. El sonido fue de un estrepitoso brutal; el metal partiendo el hueso parietal como si fuera una cáscara de huevo seca. Materia gris, viscosa y pálida, emergió a borbotones, mezclándose con fragmentos de hueso blanco que salieron disparados como esquirlas de una explosión macabra. Desgarrando la carne con un sonido de pergamino viejo hundiéndose como una sandia. Se quedo agarrada hasta la mitad. Un crujido sordo resonó por toda la habitación. La sangre salpicó todo el espacio del salón. Esa, mucho más densa, que brotó no era roja, sino de un carmesí negruzco. Cómo si la maldición hubiera corrompido hasta el último glóbulo. Su hacha encontró el rostro de su hermano.




El impacto fue una sinfonía de horror: el hueso maltratado cediendo ante el acero, y una lluvia de fluidos que manchó el papel tapiz, ochentero, del viejo salón de bodas. Miró a Gerardo, quien, con solo unos últimos espasmos, jadeaba en busca de aire como un pez, con los ojos muy abiertos, hasta que sus movimientos cesaron. Samuel soltó una risotada y pensó para sí mismo: —“Eso es todo lo que me quedaba para ti, gilipollas”. Samuel bufó y notaba como el corazón le latía, Observó por última vez el hacha “Betty” clavada en el cráneo de Gerardo, con la sangre se extendía lentamente por el suelo. El corazón de Samuel estaba taquicárdico, pero con una sensación de satisfacción y plenitud, que le llenaba de gozo. Es una locura, mostrar ese sentimiento, mientras el cadáver de su hermano yacía rodeado de sangre por todos los rincones. Samuel se limpió la sangre de la cara, de su hermano, que aún estaba caliente y le goteaba por la barbilla. Samuel puso un pie sobre el hombro de Gerardo, que, al igual que él mismo, yacía inmóvil en el suelo, y con un tirón violento, sacó el hacha de la cabeza, que ahora no era más que un desastre desfigurado y bañado en hematíes. Revelando bajo la mancha símbolos arcanos que el hotel ocultaba.  El clímax fue una danza grotesca, cercana al gore de las secuelas de Texas. Los órganos, expuestos por tajos inhumanos, palpitaban al ritmo del corazón del edificio. No hubo gritos de agonía, solo un suspiro colectivo del hotel. Mientras la vida de Gerardo se esfumaba y las maderas del suelo se abrieron, permitiendo que la sangre se filtrara hacia los cimientos. Gerardo y Samuel se convirtieron en parte del decorado: dos estatuas de carne y acero condenadas a repetir su duelo en el eco de los pasillos. Empero, el hotel, colapsado por la saciedad del momento, se sumía de nuevo, en el silencio de la nieve. Tan silencioso, que, el mismo Samuel podía oír el leve silbido del viento soplando a través del bosque exterior, filtrándose por las viejas ventanas. Samuel miró a su alrededor, contemplando su matanza. Cogió su querida Betty “la Jauregui de boca luna” y acabo de limpiarla en una parte limpia de la ropa de Gerardo. Finalmente, salió del pequeño salón de baile del viejo y solitario hotel; dirigiéndose a la zona boscosa donde faenaban. Se subió al todoterreno y acabo por decirse a sí mismo; es tiempo de vendimias. Las uvas están en tu punto. Alejándose de aquel tétrico lugar, mientras la tormenta de nieve arreciaba y seguía borrando el rastro de su existencia; dejando un ligero olor a hierro y muerte desde el demoniaco salón.


                                                                                 FIN


    Dedicado a Adolfo Aristarain Octubre 43/Abril 2026 y Moncho Monsalve Enero 45/Abril2026 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Come and Get It (1936) By Howard Hawks

The Big Trees (1952) By Felix E. Feist

Valley of the Giants (1938) By William Keighley

Timberjack (1955) By Joseph Kane









Amancio, el seis dedos, una crónica de la España maldita.

 


El aire en Puebla de Lillo no era aire, lo que se respiraba. Aquel viento entraba por el orificio nasal como la lija helada de la una radial hasta el alvéolo. Era un frío de guerra —de aquellos voluntarios de la división azul— a hostia limpia, junto a los nazis en la campaña de Rusia. Estábamos en Febrero y la postguerra dejó sequias y heladas que pelaban la piel y la epidermis. En aquel febrero de 1954, España olía a tabaco de picadura, a incienso de misa de ocho y al sordo miedo que se palpaba en las cartillas de racionamiento, aunque dijeran que ya no hacían falta. El país de la dictadura daba ese mensaje, parecido a lo de ahora, de que España ya va como un cohete. En ese secarral de adobe y luto, donde las mujeres vestían de negro riguroso y los hombres callaban en la taberna, todos conocían a Amancio Martín. O, mejor dicho, conocían su estigma. Amancio era conocido por todo el mundo como "El Seis Dedos". Un tipo flaco, escurrido, con una gabardina color parduzco que parecía heredada de un muerto y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas para esconder unos ojos que habían visto demasiada posguerra. No era un "maquis" echado al monte, a pesar de la barba, que siempre se gastaba. Tampoco, un falangista de camisa nueva con pretensiones. Era un superviviente del arroyo. Unos dijeron que estuvo al lado de los Requetés y anduvo en el norte de Italia, con Mussolini. Empero, después, de tanto canto al rey y Dios; se marchó. Un día en la batalla de Belchite, hay quien dijo, que un tipo con seis dedos salvó a 6 milicianos republicanos de la explosión de una granada del bando nacional. También, que estuvo en un campo de concentración en Francia. Amancio era una leyenda urbana: un tipo hecho a sí mismo y que vivía a su manera.



No le quedo otra, que malvivir del trapicheo con estraperlo de baja estofa: unos litros de aceite de oliva por aquí, un par de mantas de lana por allá. Y en ocasiones, cobrando pequeñas deudas de juego a jornaleros desesperados. Su sexto dedo —ese pequeño y rudimentario apéndice que le nacía pegado al meñique de la mano derecha— era su ruina y su pasaporte a la gloria. Los ignorantes, que en aquella España, se contaban por doquier; decían que era cosa del diablo. Brujería y malditismo. El cura de la pedanía lo miraba con compasión torcida; y Amancio, simplemente, se lo escondía en el bolsillo, como si fuera un pecado carnal. Sin embargo, aquel apéndice cambió de carril y terminó marcándole el camino a la tribuna del Garrote vil. En marzo de aquel año hubo un atraco muy comentado al Banco Castellano de Aranda del Duero. Dos hombres con monos de trabajo y pañuelos en la cara habían entrado a punta de pistola, sobre la hora de la siesta. Aproximadamente, las cuatro de la tarde. Uno de ellos, al saltar el mostrador para vaciar la caja fuerte, se apoyó con fuerza sobre el frío y agrietado mármol de la sucursal. El cajero, un tipo nervioso, con gafas de culo de vaso, juró y perjuró ante el sargento de la Guardia Civil que había visto, con total nitidez, una mano con seis dedos aferrándose al borde. Obviamente; la estampa se hacía inconfundible. De repente, se dio la orden de búsqueda y captura para Amancio Martín. Lo más sorprendente, es que Amancio no había estado en Aranda. Ese martes andaba por Valladolid, en la trasera de un bar infecto cerca de la Plaza Mayor; intentando vender unas cajetillas de Ideales de contrabando. Su coartada era la palabra de una "mujer de mala vida"(por entonces señaladas y humilladas) y denominadas de esa forma tan culterana. Amén, de la del dueño de una cantina; ese tipo, de individuos, que lo último que deseaba era líos con la autoridad. La palabra de tres parias contra el informe oficial de la Benemérita en la España de un Franco que había cambiado de careto en las pesetas que se acaban de acuñar. El inefable seis dedos estaba al borde del precipicio.




Caminaba ahora por una carretera de tercer orden, una espiguilla de asfalto cuarteado que tajeaba la inmensidad de la estepa castellana. El viento del norte soplaba con saña, un aullido monótono que parecía el coro de los que ya habían sido ajusticiados. Cada furgoneta, de aquellas Ebros que dejaban un redil a gasoil destrangis. No de la nueva gama Ebro eléctrico Made in China con diseño de Mariscal 92. Cada figura de tricornio lacado, que divisaba a lo lejos, le hacía dar un vuelco al corazón. El cerco se afianzaba. La orden era clara: captura del "monstruo de la mano de seis dedos", vivo o muerto. Desesperado, se refugió en un silo de grano abandonado, una mole de hormigón que se alzaba como una corpulenta atalaya en mitad de la nada. Dentro, el aire olía a moho, a grano podrido y a la soledad de los que no tienen adónde ir. Se sentó en un saco de arpillera y se sacó la mano derecha del bolsillo. La miró bajo el escaso rayo de luz que entraba por una grieta. El sexto dedo parecía reírse de él, una broma macabra de Dios que lo había marcado como a Caín, condenándolo antes incluso de cometer el crimen. —"No fui yo", masculló, y su voz sonó ridícula, ahogada por los muros de hormigón. "¿A quién le importa la verdad en este puto país?" .Amancio sabía que en esa España negra, triste y grisácea, la verdad era un lujo; que solo poseían los que llevaban uniforme o sotana. Para los tipos como él, la verdad era lo que dictaba el Parte de Radio Nacional y la sentencia de un tribunal militar. Pensó en el verdadero ladrón. ¿Quién era? ¿Un pobre diablo con su misma desgracia? ¿O alguien que sabía de la existencia de sentenciado Amancio y lo había usado como el chivo expiatorio perfecto? La idea le provocó una náusea amarga. Había otro hombre en el mundo compartiendo su maldición, pero ese otro ahora tendría los bolsillos llenos de monedas con la cara del Caudillo, mientras él esperaba la muerte en un silo. Un sonido rompió el silencio de la estepa. No era el viento.



Era el motor de un Land Rover 88 que frenaba en seco frente a la entrada. Amancio contuvo el aliento, el corazón martilleándole las costillas. Unos pasos pesados, de bota militar, avanzaron hacia el interior. La puerta chirrió espantosamente al abrirse, y una figura robusta se recortó contra la luz cegadora del día. El tricornio brilló con un destello siniestro. Amancio no intentó huir. Se quedó allí, sentado en la penumbra, aceptando su destino con la fatalidad de quien sabe que su vida nunca le perteneció realmente. Sacó la mano derecha del bolsillo y la apoyó sobre su rodilla, dejándola a la vista. El sexto dedo pareció cobrar vida bajo la luz plomiza que entraba por la puerta. El cabo de la Guardia Civil avanzó, con el mosquetón en la mano. Es Ud. "Amancio Martín Martín"—dijo con voz de piedra. Una voz que arrastraba siglos de incontestable autoridad: "Quedas detenido por el atraco de Aranda y por rebelión". Amancio sonrió, una sonrisa torcida, amarga, que no le llegó a los ojos. —"No fui yo, cabo", dijo con una calma que le sorprendió a él mismo. "Pero supongo que en esta España, tener un dedo de más es prueba suficiente". El cabo de la benemérita lo miró a los ojos, con una mezcla de desprecio y rutina. Luego bajó la vista hacia la mano. Una sombra de duda cruzó su rostro curtido por el sol de Castilla, pero fue efímera como un suspiro. —"No", dijo finalmente, con la frialdad del reglamento. "No importa". Y el sonido metálico de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Amancio fue el último clavo en la tapa de su ataúd. El viento arreció con más fuerza hasta que algunos arbustos salieron a la fuga con la fuerza de una tormenta que amenazaba, la vieja Castilla, llena de hambre y afligimiento. Dicen que han cambiado muchas cosas desde entonces. Eso dicen. La leyenda de seis dedos se recuerda y el sentimiento de injusticia sigue vigente en la vieja España. Hay quién dice que el seis dedos, verdadero, se marcho a las Américas e hizo una gran fortuna. Y el ajusticiado fue un pobre hombre que estaba muerto de hambre. España y sus cosas. 




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Dedicado a Raúl de Pozo, Bryce Echenique, Lobo Antunes, Jürgen Habermas, Chuck Norris y Valerie Perrine. Todos fallecidos en marzo de 2026. In Memoriam




Fotogramas adjuntados

 

Surcos 1951 Jose Antonio Nieves Conde

El laberinto del Fauno (2006) Guillermo del Toro

El Santuario no se rinde (1949) Arturo Ruiz Castillo

El Lute Camina o revienta (1987) Vicente Aranda

 








Drágica, una reina en la montaña y la urna mágica

 


En la montaña, la nieve no daba tregua. Eran copos secos, menudos e incansables que enturbiaban el aire hasta desdibujar la base de los abetos. Drágica se dijo que esperaría a que el viento amainara, a que la luz cobrara fuerza. Sin embargo, existía una promesa. Recordaba la fecha precisa, las palabras exactas. La enfermera aguardaba en el umbral, incómoda en su propia compasión, sosteniendo una bandeja de plástico. Él había girado la cabeza sobre la almohada; los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas, pero aquel viejo brillo obstinado seguía ardiendo en sus ojos. —La primera nevada —dijo él—. Prométemelo, Drágica. Ella se había resistido a claudicar. Albergaba la esperanza de que, si mantenía el futuro abierto, él aún encontraría la forma de habitarlo; como si el tiempo estuviera sujeto a negociar. En cambio, se escuchó sentenciar: ¡Lo juro! El silbido de la tetera la trajo de vuelta. Vertió el agua sobre la bolsa de té en su taza favorita, aquella que lucía una mella y un alce de astas desgastadas por los blanqueos. Observó cómo la mancha se corría en el agua, primero como una sombra tenue y luego con una intensidad turbia, mientras las hojas sueltas quedaban atrapadas contra la porcelana: como pequeños náufragos. El calor del cuenco le reconfortaba las manos. —Él lo sabía —susurró—. Siempre lo supo. Lo evocó en los viejos tiempos. No en los días de hospital, reducidos a barandillas y goteros, sino en los años en que regresaba de la montaña con escarcha en la barba y esa mirada que anunciaba que el mundo se había abierto ante él, apenas un resquicio, lo justo para revelarle algo austero pero esencial. Nunca fue hombre de discursos. Cargaba su alegría como cargaba la leña: apretada contra el pecho, con los hombros encorvados. Ella lo recordaba detenido en el umbral, los brazos repletos y las huellas de sus botas hundiéndose en la nieve virgen, sabiendo que él acababa de ser testigo de algo que lo había transformado. —Un zorro—decía él cuando ella le bloqueaba el paso con fingida severidad—. Allá arriba. Dejó huellas donde no creerías que nada pudiera caminar. O bien: “Hay un árbol allá arriba que brota de la roca desnuda” .O, en ocasiones, nada. Solo aquella sonrisa ladeada, extraña y tímida, que la había desarmado desde el primer día. No tenían intención de quedarse. Imaginaron la cabaña como un refugio estival: un cuadrado marrón y barato que compraron por la casualidad del destino: Sí. El agente —un canalla, de manual— inmobiliario no se le ocurría nadie más ingenuo, que ellos, para adquirirlo. Sin electricidad —les advirtió—, sin acceso en invierno y con un agua que brotaba turbia durante varias semanas cada primavera. Aquel primer día, refugiados en la pequeña estancia con el suelo vencido hacia la estufa y el viento arañando las esquinas, Drágica pensó: “Esto no va a funcionar”. Entonces, él abrió la puerta trasera, parcheada por un panel endeble, con un pomo de latón. Más allá del claro se erguía la cresta: hombros, cuello y cráneo de roca con la nieve encajada en sus grietas. El cielo parecía tan bajo que casi hería la visión.




—Mira —dijo él.

Ella miró. La montaña se alzaba allí, rotunda, sin pedir disculpas. Él ya formaba parte de esa esencia: esa elevación obstinada, esa negativa a dejarse pulir. Se quedaron allí todos los inviernos que siguieron. La urna aguardaba sobre la mesa, paciente. Drágica la deslizó, en la vieja mochila de lona, la misma que él había cargado en cada ruta, con las costuras oscurecidas por años de sudor y tormentas. La cremallera se atascó, en la mitad, como siempre; como si se resistiera a dejar salir el pasado. Ella la cerró con una delicadeza casi sagrada. Al abrir la puerta, el día la recibió con un asombro gélido. La nieve se posó en su cabello y en sus mejillas. Al primer paso, se hundió hasta los tobillos. El mundo era nuevo y, a la vez, terriblemente antiguo. Cada muñón y cada roca habían mudado su contorno; los árboles, cubiertos de blanco, adoptaban posturas extrañas, como centinelas fatigados. Cerró la puerta por inercia, aunque el alma más cercana estuviera a leguas de distancia. El sendero hacia la cumbre nacía tras la leñera, un tajo estrecho entre la arboleda —que él había esculpido con sus botas— año tras año, hasta que incluso la hierba del verano se doblegaba ante su memoria. Hoy, el camino había desaparecido. Drágica tuvo que confiar en sus pies, en el instinto de su cuerpo para reconocer cada quite y cada repecho, tal como él confiaba cuando la niebla devoraba el rastro en las madrugadas de caza. Se internó en el pinar. Bajo las ramas, la nieve era un polvo leve que enjoyaba las agujas en un verde mortecino. Sus botas tantearon los viejos surcos, las rocas que yacían como huesos sepultados. La mochila pesaba; sentía la presión de la urna entre los omóplatos, un peso frío y definitivo.

“Un paso tras otro”, se impuso. Su respiración encontró un compás, succionando el aire ralo hacia sus viejos pulmones para expulsarlo en nubes raquíticas. Rememoró otro ascenso. Una estación distinta. A finales de septiembre, cuando los álamos ardían en un dorado tan violento que lastimaba la vista. —Si muero aquí arriba —había dicho él—, no me bajéis. Dejadme para los halcones y los buitres. —No vas a morir —replicó ella. Había sonado a broma.



 

Entonces, él era puro músculo y piel curtida, con la barba aún veteada de oscuro. La idea de la muerte resultaba impertinente, como un extraño entrometido en el camino. —Solo digo —insistió él— que los animales no se encaminan, los unos a otros, ladera arriba y abajo. No tiene sentido. Ahora, abriéndose paso, en la nieve, con el aliento entrecortado en mitad de aquel silencio amortiguado, ella susurró: —Has conseguido parte de lo que querías. El bosque clareó. Los árboles menguaron hasta rendirse. La pendiente se volvió severa. Aquí la nieve no tenía donde asirse y se extendía profunda e inmaculada. Le ardían los muslos. Clavó las botas buscando la solidez bajo la blancura. El viento arreciaba sin obstáculos, bajando directo de las altas laderas, aguijoneándole los ojos hasta congelar las lágrimas en sus comisuras. En un recodo del sendero, se detuvo. La cabaña, allá abajo, no era más que un punto oscuro sobre el lienzo blanco. El humo de la chimenea se desvanecía.

Volvería a una casa fría. Se despojó de la mochila. Sus dedos se movían torpes contra el metal de la cremallera, que quemaba de puro frío. Extrajo la urna y la sostuvo en sus manos desnudas: hasta que el dolor se tornó en entumecimiento. El viento respondió con su empuje invariable. A él nunca le habían gustado las palabras vanas. En su boda, su hermano intentó brindar y se extravió en una maraña de metáforas sobre ríos, rutas y designios divinos. Después, a solas en la habitación sobre la taberna, él se había limitado a sacudir la cabeza. Ahora se limpió la cara con el dorso del guante. Lo que quedaba de él, se alejó con el viento, buscando huecos. Corteza y montículos donde los conejos excavaban sus madrigueras. Miró a lo largo del saliente helado. La nieve ya había borrado las huellas de sus botas, redondeándolas y suavizando sus bordes. Volvió a enroscar la tapa de la urna vacía. Parecía más pequeña, un recipiente cuyo propósito había pasado. Consideró la posibilidad de tirarla al valle. Dejar que girara, reflejara la luz y desapareciera en algún barranco olvidado. En cambio, la guardó en la mochila. Habían llevado tantas cosas, a medias, que sabían que no se podía dejar algo, como si nada, porque hubiera cumplido su función.



A Drágica se le hizo un nudo en la garganta y se le escapó un sonido, mitad risa, mitad llanto. —«Cabrón», susurró al viento y al hombre que la había hecho maldecir. El sollozo que siguió la sorprendió. Se quedó allí hasta que se agotó, breve, feo y verdadero, luego se secó la mejilla con el dorso del abrigo y comenzó a descender. El viento había arreciado. La primera ráfaga de verdad le azotó la cara y empujó la nieve hacia los lados en finas capas. Le ardían las mejillas. Le dolían los dedos dentro de los guantes. Ya no era un día para pasear. El descenso le llevó más tiempo del que debería. Sentía las piernas cansadas y la nieve, que antes parecía limpia y fina, ahora ocultaba traiciones. Dos veces se hundió hasta las rodillas en un montículo, donde una roca se desprendía bajo ella. Una vez cayó con fuerza, deslizándose de lado, y su hombro recibió el golpe. La mochila, con su carga vacía, golpeó con fuerza contra su columna vertebral. Se quedó inmóvil, escuchando su respiración y el profundo silencio que había debajo. 

—“Está bien”, les dijo a los árboles. ¡Ya basta! 

—“Si alguien sabe lo que está planeado”, dijo, “a mí no me lo ha dicho”. 

—“¿No sientes curiosidad?”, le preguntó ella.

Una voz canalla que sólo escuchó Drágica y espetó:—“Nunca pensé que fuera fácil”, murmuró.—¡Su puta madre. Ya esta bien! Quitó la tapa e inclinó la urna: las cenizas saltaron hacia delante, arrastradas por el viento. No cayeron en línea recta. Se elevaron en un velo gris, giraron, se esparcieron y luego se disiparon. Unas pocas volvieron hacia ella. Le cubrieron el abrigo, las pestañas y el cuero agrietado de los guantes. Ella no se apartó. Algunas le dieron en la cara. No tenían sabor. Solo un fino grano en la lengua. Lonan, era de los de “hay que hacer el trabajo, te guste o no”.



                                                                         FIN


                          Dedicado a Robert Duvall  Enero de 1931/Febrero 2025 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Die weiße Hölle vom Piz Palü (1929) By Georg Wilhem Pasbt &Arnold Fanck

S.O.S. Eisberg (1936) By Arnold Fanck

The Dyatlov Pass Incident (2013) By Renny Harlin

Wisting (2019) By Trygve Allister Diesen