Saturno un planeta de agua











Han pasado tan solo dos semanas. Me parece una eternidad. Un la larga espera, idéntica, a la búsqueda de la pubertad. Toda nuestra vida está dirigida al sexo y la muerte. Por ello, intentamos comparamos, con la inmensidad de la vidas alegres ajenas. Pero, en realidad, está pasando con más tipos, buscadores de gloria efímera; que en el fondo es una gran parte de nuestra larga existencia. La vida son tonalidades de la paleta de colores, matices, destellos y tonos muy livianos. Una sola pequeña mota de polvo en el desierto cambiaría el destino de millones de desgraciados que buscan manduca y agua todos los jodidos días. Empero, aquí me hallo decidiendo si respirar hondo o acabar con la jodida vecina y su mierdoso negocio del puto Mildfudness. Sí. La maldita puerta 3—un servidor vive en la 4. Es decir, enfrente. Ya saben cómo funciona esto, es lo más parecido a una casa de citas de todo tipo. Llamadas continuadas, a mi puerta y repetitivas respuestas —de mala uva— diciendo; es la puertecita 4 Sres. No hay forma de que la tipa coloque un letrero, idéntico al que reluce en la roñosa puerta del chiringuito: “Saturno un lugar donde meditar es vida”. Puto cartelito de marras. Estás dentro de casa y suena el tono cansino de la jefa de todo el cotarro: ¡Vamos, vamos! ¡Respiren hondooo! Muy hondo! Contengan el aire en el estómago sientan como todas sus vísceras se oxigenan. Sus venas mueven un mayor flujo sanguíneo. Ahora lentamente, bajamos, el ritmo hasta quedarnos obnubilados con un punto fijo. Mirad ese led que destila una luz violeta desde lo alto del rincón de la habitación y nos dejamos llevar, por la quietud y el relax. Poco a poco, exhalamos e inspiramos, en pequeñas cantidades. Y así se repite, día a día, como una cacatúa delante de una excursión de colegiales en el jardín botánico. Ella a su cháchara y a medida, que van saliendo sigue con la puta milonga: continuamos y nos damos la mano mirando el techo y disfrutando del oxígeno que hemos generado en el cuarto meditativo. Imagínense, la película… Así todos los santos días, un grupo de 14 personas, y a la salida, apoquinado 50€ de curso legal. Námaste, Námaste Darío, Námaste, Paula, Námaste Nuria. Y tal y Pascual. Nos vemos y cuídense. Dos días seguidos con la misma monserga, tras muchos meses, diría que dos años desde que aterrizó en nuestra comunidad. Bien, Miss Saturno, a lo suyo: Uno, dos, tres y cuatro. Ahora nos damos un pequeño giro y nos quedamos en posición fetal. Disfruten esas saludables bocanadas del aire purificado gracias al humidificador que luego sortearemos… (Siempre hay un motivo para hacer caja y la ministra Montero buscando las facturas). Ahora notáis una sensación de felicidad que cubre desde los pies a la cabeza. Las ovejas de Buñuel, encantadas de pensar que van a gozar de una grandísima curiosidad: una vida longeva, y como no, plena de apasionantes alegrías. Saturno puerta 3 es un lugar donde las lágrimas son gotas de sempiterna alegría. De fondo suena el puto New Age y toda esa música repleta de ñoñería irlandesa.















El problema surge; cuando aparece el tipo que ha comenzado a escribirles toda esta fraudulenta cantinela. Sí. En la puerta de la vecina, la del Mildfudnees. ¿Se acuerdan? Bien, allá vamos. Ding, dong. Ding, dong. ¡Demonios!—Mis Saturno— ¿Quién será? No tengo cita con nadie. Se acerca a la mirilla y esboza una sonrisa al comprobar que soy yo y unos catálogos de Ikea. —Buenas noches, Ágata. Buenas noches, Sigfredo. Mira cuando llegaba a casa me encontrado esto en el zaguán y te lo he recogido. Ha sido imposible introducirlos en tu buzón. Estaba repleto de documentos — Ella sonreía sardónicamente y me miraba con unos ojillos como diciéndome— Te daba una patada en el culo y largo. En fin, aquí tienes. Ágata—extiende la mano para recoger la publicidad del nuevo Ikea— y es cuando, Sigfredo, esgrime un cuchillo Takamura recién salido de su caja —vía Amazon— para estrenarse, en ciernes. De repente, Sigfredo, le corta toda la vena radial de su antebrazo. Comienza a gritar. Ahhhhhhaggggg! Cabrón, qué dolor! En la habitación lounge superinsonorizada la gente sigue tumbada, en posición fetal, parecen los embriones del futuro parto de Alien de Sir Ridley. ¡Eh, Miss Saturno… Tranquila, respira, cariño! Ves lo que ocurre cuando no gestionamos bien nuestra capacidad de autorregulación del oxígeno enriquecido? —Je, je… Qué te voy a contar…Ahora que cojones les vas a decir a toda tu grey, ahí tumbada en el confort del tedio y el juegoflauta burgués. Ágata Morales, es el nombre real de Miss Saturno. Está en estado de shock: llora y llora. Aunque, sus gritos y sollozos son en vano. Está completamente blanca y temblorosa. Sidgredo, le agarra el otro brazo y le hace un corte muy preciso de la zona carnosa de la clavícula. Mira voy a sacarte un trocito de musculo suprespinoso. Aquí hay un nervio muy jodido. Se puede ver el hueso y parte de los tendones. ¡Eh, fortachona! No te me desmayes…Que he de terminar el libro que le vendiste a mi madre “Mindfulness el arte de crecer”. Eso no está nada bien, querida Ágata. Ir a sacarle 30 euros a una abuelita —pensionista— sorda y narcolépsica con fatiga crónica. Ágata, te quiero entender. Empero, la realidad, es otra. Nos vemos incapaces de tomar, consciencia de la experiencia vivida. ¿Cómo juzgarías toda esta rutina pseudozen…? Por no decir este puto paripé de adictos a la sugestión sin control tributario. ¿Sientes que te ahogas? ¿Nunca habías visto tanta sangre en tu puta vida? Es una espera eterna y angustiosa… No te preocupes llegará en un par de minutos, ese deseado e inesperado fallo de oxígeno a tu cerebro y la factura va ser muy cara. Lentamente, sin prejuicios, ni rencores. Algo así, como si… Lánguidamente estuviéramos expiando todos nuestros pecados.  ¡Cómo si el malvado que te está causando todo este dolor y horror disfrutará de este envenenamiento de tu pequeño chiringuito de adictos Cocoones al oxígeno purificado! No tengo nada contra ti, cielo. ¡Pero que me toquen a la vieja. Uff! ¿Sabías que cuando tenía 5 años, casi me ahogo en la bañera por la puta narcolepsia que sufría mamuchi? ¡No tienes ni idea de todo lo que ha pasado esa mujer, como para venir tú a venderle un cupón para un viaje a la Sierra de Caravaca, donde sorteas un humidificador! Eres un mal bicho y la has jodido bien. ¿Por curiosidad, a cuánto les vendes el humidificador de los chinos a tu grey de desgraciados? ¡Qué traviesa que eres… No te me vayas! Ahora vuelvo. Voy un momento, a saludar a tu camarilla, en el cuarto de los nenes y las nenas fetales…Ja,ja,ja! ¡Hola, chicos. Qué alegría. Comienza la fiesta!















                                                                                     7 años después





Sigfredo Otaiza. Vive en Austria y es uno de los mejores especialistas en terapias de meditación y apoyo a gente con estrés postraumático. Una hermosa mañana de mayo en la hipnótica Salzburgo: se quedó saboreando una taza de café expreso de la máquina del capo Clooney. Pensaba— qué extraño es el mundo, llevo unas 364 semanas sin ver su cara, sin admirar su transparencia, y sus falsas artimañas. La conciencia está bloqueada. Cogí mi attache y mi americana de Donna Karan. Un taxi Uber me esperaba en la puerta del patio y me acercó al Hotel Sheraton donde tenía mi conferencia. Durante el trayecto. Sólo pensaba en todos aquellos tipos encima del futón de la vecina Zen, Ágata. El montón de sangre, ojos colgando, orejas cortadas, brazos con muñones sangrantes, gente sin pies. Otros, con sus lenguas colgando. Mujeres sin nariz. Tripas por todo el suelo: intestinos de todos los tamaños. Era la mayor orgía del horror que se pudiera haber organizado desde una perspectiva y un plano meditativo milimétrico. Intento olvidarme de todo, aquello, de como pude escaparme y crear una nueva identidad. Ahora soy Bernardo Kliman, un tipo doctorado por la Universidad de Berlín y uno de los grandes gurús del Mildfulness. A día de hoy sólo me preocupa morir ahogado. De inmediato, percibo, que estamos saliendo de la capital del genio Mozart y el vehículo ha tomado una ruta a su libre albedrio. Vamos por la autovía del Este. De fondo, se escucha en el equipo de música New Age, la jodida voz de la tristona irlandesa Enya. —La detesto. Le digo al chofer que a dónde cojones se dirige… (En un correcto alemán) —Una voz femenina lejana, pero muy cercana, a la vez, me contesta en inglés— To nice place... Relax, Mr. Sidfredo… La ventana protectora se cerró de golpe y comencé a recordar con suma tristeza (mientras el nerviosismo del viaje —de la conductora— iba haciendo mella en mi control) a mi madre. Joder! Cómo se murió. Aún tengo las manos mojadas por las risas y las lágrimas que la envolvían y acariciaban sus mejillas. La belleza de sus ojos cerrados, su hermosa boca y sus suaves frías manos de finos dedos. La sencilla alianza en el anular (del cabrón del viejo) que siempre se portó como un auténtico canalla. Pienso en ella y sigo fijando su esplendorosa imagen: la más bella y hermosa; que mis ojos han podido ver en toda su existencia. Me indica que no todo lo malo es maldad. Y que tal vez mi desprecio a lo ajeno sea debido: a su perfección, a su total dependencia, a su angustia, a su debilitada y pobre alma por el castigo infligido de la bestia de mi padre. Los reproches, los golpes físicos, las humillaciones. La llenaron de melancolía. Aquella tristeza que le acompañó diariamente, y fue, mi infancia. Un precio demasiado duro que, en contra de mi voluntad ha devuelto, ese sentimiento kármico hacía la conductora, la cual, se dejaba ver a través del retrovisor.













Altamente protegida por unas enormes gafas de sol negras de Fendi. Observe una pequeña cicatriz en el mentón de su cara. Sabía quién era, Ágata y ella quien era yo, Sigfredo. Vecinos y algo más. El ratón tenía al gato en su sillón, el mismo, que le destrozó la vida y que convirtió el oxígeno, en una mácula con la que vivir y recodar el horror de la bestia iracunda. Le pregunté: ¿Ágata, qué quieres de mí? ¿Qué quiero de ti, desgraciado? Aquella situación dentro del impoluto Mercedes de la clase A; era como un boomerang peligroso: golpeaba y volvía a su dueña. Una extraña y peligrosa dependencia. Me quedé en silencio. No era capaz de caber, entre tanta frialdad, en esa nueva imagen de mujer independiente, fuerte y solvente. Por fuera, la veía como la culpable de mis oscuros pensamientos. Los mismos que se repetían todas las noches —desde el asalto, a aquel chiringuito— de Meditación en Saturno. Notaba que todo lo imaginado en mi psique, sonaba despreciable y absurdo. Como bien dijo, Ágata, cuando ya quedaban menos de 500mts a la entrada del lago. —Palabras con las que plasmas tu personal e inexistente débito. ¡Ahora, cabrón! Ante la evidencia, de tu ignominia. ¡Eh, don macho! ¿Ahora, qué, Sigfredo? esto, te perseguirá hasta, tu último hálito: el correteo continuado de silencioso arrepentimiento. Tu salvaje desfachatez y ese puerco anhelo que posees, no tienen límites y “el porqué de sus lágrimas” no es más que una máscara más, como deduje en mi consulta de Saturno.—De repente, sentí miedo, algo de angustia y parálisis, ante sus certeras y valientes palabras. Aun así, puede observar como ella, se giró forzando su perfil enrojecido y alterado. —Esta es la última cara que vas a ver, antes de morir. El monstruo quedará sepultado en las inmensas y hermosas aguas del lago Fuschlsee. —Se cambió de golpe. Bajó la ventanilla y se quitó las gafas delante de mí. ¡Mírala bien, pringao! Esta es la cara de una saturnina en el siglo XXI. Me recorrió un escalofrió que se reveló como todo el pesar del agua entrando dentro del vehículo. La enormidad de aquel lago hacía que el hundimiento fuera más rápido. Traté de soltarme el cinturón de seguridad. Pero sólo me encontré entre carpas, dosieres de Mildfuness, barbas postizas, pasaportes extracomunitarios, lentes de presbicia, una botella de Armani y una navaja de afeitar. Mientras las bolas de agua que expulsaba mi boca completamente repleta de búrbujas, hacía imposible encontrar la triste belleza de la mujer de mi vida: mi madre. Desde la orilla, una mujer muy parecida a Ágata, le reconfortaba con una toalla. —Esbozó una larga sonrisa y emocionada le dijo a la otra mujer—Gracias, Satu. De verdad. Te quiero mucho, cielo. —No creí aquello de que la venganza se sirve en un plato frío, Satu—Y muy mojado. Risas y besos.




                                                                                           FIN




                               Dedicado a Luke Perry octubre 1966/febrero 2019 In Memoriam





Fotogramas adjuntados 



While the City Sleepsn (1956) by Fritz Lang
Les yeux sans visage (1960) by George Franju 
Peeping Tom (1960) by Michael Powell
Hannibal (2013) by Brian Fuller











                 

El piloto amnésico y el diablo









El biplano que pilotaba Alexander Jakov iba dando tumbos, tras ser alcanzado por las defensas antiaéreas. Los daños eran muy graves; fallaba la bomba de aceite y los depósitos de combustible habían sido agujereados. Perdíamos gasolina a chorros. Al teniente AJ no le quedaba otra opción que buscar algún claro para el alunizaje. No hacía mucho tuvo constancia del vuelo por encima de la costa mediterránea, gracias al radiotelegrafista. Empero la maniobra llegó bruscamente. A pesar de la pericia de Jakov y la convicción, en él, de sus cinco compañeros; la elíptica inclinación del aparato hizo que el morro se arrastrara por un suelo arenoso y desigual, haciendo que la hélice de aquel viejo Heinkel 111 se partiera en tres trozos. Finalmente, el cazabombardero, comenzó a frenarse, ante unos árboles que flanqueaban el claro de un humedal. El teniente Alexander Jakov, empapado de agua y barro, tenía un fuerte acúfeno en el oído izquierdo. Un ruido ensordecedor, que le hacía gritar horrorizado. Su cuerpo se sacudió violentamente, mientras lo que quedaba del vetusto biplano yacía, en una enorme nube de polvo y humo. Lanzó alaridos de los nombres de su tripulación. Aunque, lo único que se escuchó fue una brutal explosión en el tanque de cola. Se hizo un silencio sacro y tenebroso. Algo tan conmovedor como el olor metálico de la sangre fresca. Huele a cobre recién cortado. Es un olor limpio e impersonal, que sorprende la primera vez que se percibe. Luego cambia rápidamente a un aroma fétido, quizá más dulce, al morir las células y cuajar los hematíes. La luz matinal se filtró por la ventana de la exigua habitación e iluminó el rostro —lleno de cortes e incrustaciones— de Alexander, quien abrió el ojo libre de vendaje para ver que se encontraba en una cama que gruñía con el más leve movimiento de su cuerpo.















Estaba aturdido y confuso. Le vino a la memoria el aterrizaje forzoso y el terrible choque final contra los árboles, pero no recordaba nada de lo sucedido después. Pasó su mano por encima del vendaje de su ojo y temió tener una herida que pudiera privarle de seguir siendo un piloto. No obstante, esa preocupación la dejó para otro momento. Ahora lo que más urgía era averiguar dónde estaba. ¿Quién le había atendido y que harían con él? ¿Cómo logramos despreciar nuestro cuerpo y someterlo a una profunda dejación? Cuando el alma que lo posee lo azota sin castigo. Había sido abatido en territorio republicano y eso hacía que su futuro más inmediato, probablemente, no fuera muy halagüeño. Ya que pilotaba un bombardero de la Luftwaffe. Retiró la manta que cubría su cuerpo y comprobó que sólo tenía algunos golpes, rasguños y un tobillo vendado. De inmediato, comenzó a oír unas voces provenientes de fuera de la habitación y se volvió a cubrir con la manta. Escuchó una conversación sin lograr entender nada. Alexander no sabía ni una sola palabra de español, pero lo había oído hablar, y llegó a la conclusión de que lo que escuchaba era probablemente; una lengua autóctona del país. Esto no le animó en absoluto, dedujo que quienes estaban al otro lado de la puerta de la habitación eran; o bien anarquistas o comunistas, o quien sabe qué, dispuestos a llevar a cabo el interrogatorio de turno. Jakov, era lo que se dice un hijo de matrimonio entre alemanes y polacos. Era un tipo creyente, de esos que piensan, que llamamos alma a una gran virtud, por el hecho de ser la conciencia del ser humano. Algo así, como el principio de los mayores sentimientos.















Todo un mágico contubernio de emociones que nos permite hacer las locuras más inimaginables y llegar hasta los estadios más altos de la degradación humana.—Y se preguntaba: ¿Pero qué hago yo aquí? ¿Dónde está Tessia y que lejos queda la hermosa Cracovia? Yo teniente del ejército nazi... Cómo puedo llevar estas ropas, si son mis enemigos. Me desangro y sólo veo el sagrado corazón de mi Dios. Gracias a él, la sensación de angustia se apaciguaba. Una ambulancia republicana me sube en una camilla. Dicen que me van a hacer una transfusión y me preguntan mi grupo sanguíneo. Les digo que soy del grupo AB, receptor universal. Empero, cada vez estoy más débil y siento un susurro perturbador en el viejo hospital. Algo así, como, este tipo va a necesitar mucha sangre… El bazo lo tiene destrozado. No hay suficiente cantidad... Es el fin, de mi viaje. Pierdo el conocimiento y despierto postrado en una cama con un cabecero enrobinado de color blanquecino agrietado. A juzgar por mi barba, llevo dormido más de 48 horas. La verdad, es que no tengo ni puta idea. Un médico con sonrisa de felicidad permanente; me dice que me han operado y todo ha ido muy bien. Me han sacado metralla del intestino delgado y me han extirpado el bazo. También me han eliminado unos pequeños trozos de metal del avión, que andaban por el jodido fémur.












No recuerdo muy bien las lecciones de anatomía de las clases de Ciencias, pero me hago una idea. A pesar de la sonrisa, casi de gilipollas, aquel Dr. Era una eminencia. Un tipo legal y con un gran sentido del deber. Gracias, amigo. Me contestó de nada con un; “You´re welcome, friend”, en un perfecto inglés. ¡Qué alivio, el cirujano de la sonrisa afable hablaba inglés! España es sorprendente. De repente, recuerdo aquel humedal lleno de barro y rodeado de mi equipo de cabina; el radiotelegrafista muerto y el segundo piloto artillero con las tripas fuera, en un enorme charco de sangre y juncos. No recuerdo nada de la misión. ¿Pero, cómo demonios acabé pilotando un Heinkel 111 sobre el Ebro? Le pregunté al médico de la sonrisa que hablaba inglés, si sabía de alguien de los que perecimos en el aterrizaje y con una gran mueca me dijo; todos muertos. Don't worry Lieutenant… Se pondrá bien. Y, please, ¿qué sitio es éste? Estamos en el Hospital militar Pére Virgil de Barcelona. Sonreí y le mostré el pulgar en alto. Volví pleno de cansancio al territorio de Morfeo. Cuando desperté, me vi en un chamizo, sonaba de fondo “el día que yo nací” de Imperio Argentina”. Se me acercó un capitán italiano, de bigote ridículo y me dijo: el tenente de la Germania. ¡Ya está presto! ¡Bravisimo! ¿Pero, dónde cojones estoy por Dios? Andiamo, amico, stai nella capitale del regno, tenente... Madrid! Y allí me quedé con los ojos llenos de pánico. Mientas el capitán italiano subía el volumen de la radio y bailaba como poseído por el diablo…Ya lo dijo Dios; quién es malo en el cielo, irá al infierno.




                                        

                                                 FIN





                              Dedicado a Albert Finney mayo 1936/febrero 2019 In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Twelve O'Clock High (1949) by Henry King
Hell's Angels (1930) by Howard Hughes
Sully (2016) by Clint Eastwood
Tmavomodrý svet (2001) by Jan Sverák







                    

Una gran historia de seis años








Seis años dicen que se tardan en escribir una gran historia, donde la tinta negra se convierte en roja. Roja como la sangre de un corazón perforado, por una flecha envidiosa y traicionera. en plena pasión de la vida. La leyenda de una historia sin futuro; tan cercana y tan lejana, como tantas otras vistas, a lo largo de nuestras vidas. Atestada de ausentes emociones de los instintos, envueltos entre recuerdos —inverosímilmente fieles— de lo que sólo ocurrió en secreto. Entre provocaciones implacables y complicidad, a base, de medias sonrisas en las que caben universos enteros. Tantas noches amándose en el borde de un precipicio insostenible. Aún, a sabiendas, que no podían mantenerse más horas de las que tenía el reloj. Si se dieron una pequeña tregua para tomarse la justicia por su mano. En aquella pensión barata con la piel a trozos y un aura malvada que los sitiaba —de nuevo— para no permitirles ignorar; que algo cambió el día que se conocieron. A veces, ni se miran de las ganas que se tienen el uno al otro. Puede que esté roto el fregadero o se haya terminado la bombona de gas.












Pero siempre, liquidándose, pensando que la vida no ha continuado, ni se ha movido. Todo un bloqueo por su sempiterno roce de historia. Creen que no han hecho cosas serias ni trascendentes. Tienen el mismo gris que un cuaderno de Rubio. De libros viejos, que dicen inservibles, algunos magistrales y otros regalados; en los coleccionables de la televisión obispal. Algo no iba bien. De repente, observé que la tinta se había ido borrando hasta adquirir un tono más pardo que azul. El libro de notas había sido adquirido y escrito en fecha reciente: eran las memorias de nuestra vida. Todo lo que habíamos vivido antes de la gran tragedia. Mis manos comenzaron a temblar. Aquel libro no era igual que los tediosos libros de esos bisoños rompelápices de autoedición, hechos en la imprenta de un barrio con olor a nuevo rico. No eran ese tipo de libros: iguales y de idénticas palabras. Aquella historia fue retroalimentada en nuestros propios secretos, la certeza del desgaste de un secuestro y años de rehabilitación en el hospital.














Recuerdos que sólo existen en lo más estrecho del hipotálamo y el último hálito de nuestras retinas. Los mismos, que inexplicablemente, estropean el motor del tiempo; y así nunca saben cuánto tiempo ha pasado sin verse ni cuántas cosas no hicieron. Ella y su temor a ser una niña vieja. Su autonomía implacable, su alrededor prescindible, su protección incondicional. Sus compañías engañadas que miman su vanidad. Su soledad, siempre. Como los domingos de él, convertidos en un litro y medio de whisky y sus rendimientos capitalizados a día de hoy: Él y su patética ambición: revés tras revés. Una libertad hipotecada en la candidez y la falta de arraigo. Sus jodidas amistades y su aberrante promiscuidad. Ninguno se sorprende que tantos kilómetros de mar, no hayan conseguido ahogarlos en el fondo del abismo.












A los dos la vida les ha manchado, pero ninguno se sorprende de que les haya machacado a la vez. Empero esta vez no aceleraron voluntariamente la respiración, no firmaron un contrato de los de “cama a doce euros la hora”, a condición, de quererse hasta morir. Sólo, durante un par de minutos, después de alargar un domingo imprevisto; se rozaron los labios, de rondón, para no cometer el error de besarse. Simplemente, por cerrar los ojos un momento y sentirse como antaño, en casa. Únicamente por agradecerle a la vida otro encontronazo inexplicable que reaparece cada vez que sus vidas están cambiando. Un cambalache para recordarles; que los perdedores están señalados de por vida. Ahora, solamente, queda el hedor de los cuerpos en descomposición y un aura de ternura que no tiene nada que ver con la auténtica realidad de ellos. Los rincones de aquella vivienda enterraron los últimos secretos de un amor imposible: un gran libro de seis años.










                  Dedicado a Claudio López de LaMadrid enero1960/enero 2019 in Memoriam









Fotogramas adjuntados



Thérèse Raquin (1953) by Marcel Carné
La curée (1966) by Roger Vadim
Billy Liar (1963) by John Schlesinger
Nana (1983) by Dan Wolman






                       

El singular olor del remordimiento y el hastío navideño








“Vuelve a casa por Navidad”, dice la añeja casa turronera de este país —ahora con el almendro boca abajo—, pero sin Eloísa. Algo que truena y chirría por la vía de la velocidad más pope webesférica. Una tierra grande y orgullosa. Dirán unos. Una piel de toro infecta y proscrita, para otros. No tengo la menor duda. El problema de esa España tan orteguiana es su viciosa adicción al aroma del remordimiento que —hasta los vendedores de crecepelos más genuinos— caen en el embrujo de su efluvio. Luego, están esos de lo público y lo político —que apelan a la solidaridad— y ahí; somos demasiado especiales. Seré un bicho muy raro. Pues, sigo sin entender esa gran llamada de alerta máxima y reclutamiento a las plazas castrenses para ser solidarios. Me pregunto: ¿Acaso es que a lo largo del año no hemos sido los suficientemente fraternales con nuestra alma y la del vecino? Sí, la jodida Navidad es el tiempo, donde se invita a todo el mundo, a ser mejores y todo eso. No sería la primera ocasión, en la cual, a más de uno nos ha traído un mal de tripa. Probablemente, el remordimiento ha puesto su mecanismo a trabajar y comienza el primer conato de angustia: ir de visita a la residencia, donde sobrevive esa tía anciana, la cual, no hemos visitado en todo el año. Segundo, ir a la patética cena de empresa y observar langostinos congelados, al lado del madridista Rodríguez y enfrente, a Gálvez fororo culé (siendo nativo de Fuenlabrada). Por no decir, al nauseabundo trepa, del jefe que milita en el partido de la republica de Gilead y es un consabido maltratador de multigénero: no jode a los tíos, a las tías y los transex. Los quiere exterminar y eso me preocupa.













¿Por qué cojones, hay que ir allí? Nos espera el Dorado, el Minerva o el gordo… Es imposible de refrenar. El sinuoso perfume del remordimiento me ha llevado a la primera gran diarrea, y busco Loperamida por todos los cajones de casa. ¡Joder! Es el caos. Mierda por todos los sitios. ¿Por qué en todos los rincones de nuestro territorio sean terrenales o virtuales nos piden caridad y generosidad para los menos afortunados? Si acabamos ciscados, en los mismos, a las 15h, delante del telediario de turno, cada primavera, verano u otoñó. Creerán que soy uno de esos malvados, que detestan la Navidad. Sí, ya lo estoy viendo. ¿Piensan que es puro postureo? Una de las palabras más buscadas en el puto Google. Pues, no. El arte de posar, no lo he llevado muy bien. Lo mío es genético y no van muy desencaminados, aquellos que habrán denotado mi falta de devoción con el espíritu navideño. No me gustan los regalos, ni que me regalen ni regalar. ¿Y de las celebraciones familiares? Fetén. Al final, voy a echar de menos a los plastas de Gálvez y Rodríguez. Pero, no puedo dejar pasar la ocasión para recordar esas modisitas conversaciones familiares, en la puta mesa, sentados como pinceles de escaparates del Corte Inglés. Hablando de intrascendencia consumista y climatología invernal. Mirándonos en el vacío de la futilidad más letal. De verdad, que por momentos, uno piensa en el estercolero de Mediaset, y le parece la Academia de Atenas: un lugar para la reflexión y el enriquecimiento personal. Al final, terminas apalancado a una botella de vino. La agarras con las manos fuertemente y entras en el divino aburrimiento. Ya no hay deseo, ni motivo que lo justifiquen. Ni guirnaldas ni Mirra.












Cuando no podemos hacer lo que queremos hacer o cuando debemos hacer aquello que no queremos hacer. Mal asunto. Se huele lo que está por llegar. Empero, también se cierne, amenazador, cuando no tenemos ni idea de lo que queremos hacer. Podemos estar aburridos de las cosas (el hastío es el alimento por excelencia de la sociedad de consumo) o de las propias personas (de otros o hasta de nosotros mismos). Aunque también podemos sentirnos aburridos cuando nada en particular nos aburre. Esto le pasa con mucha frecuencia a la lumbrera de mi cuñada y pregunta porque Marco Aurelio fue un emperador filósofo. Lo peor es que, al enunciarlo insistentemente, el aburrimiento se vuelve compulsivamente tedioso. El hastío es un estremecimiento ornamental ante la mediocridad y la vulgaridad de todo lo que rodea al ruedo ibérico. Muchos de Uds. me acusarán de puto estirado y engolado. Añadan enfermo crónico, gamberro y trastornado. Claro que también, a uno le da por acordarse, de Saturnino: un  profesor de filosofía de 3º de BUP —enfermo crónico, como este amanuense— que la palmó por un asunto de corrupción de los gestores sanitarios y las mordidas; que sacaban a cuenta de las máquinas de hemodiálisis. Habría que sacar el spray antinavideño del entumecimiento que magnifica la religión y aquello de la reconexión, a través, de la fibra de alta velocidad con Pascal. La propia dinámica de la acción y el trabajo, de la mano, de ese señor llamado Kant. El entretenimiento frente a la moralina burguesa y sus faenas, con un tal Schlegel.













O probar con el enamoramiento y el hábito artístico, arrimándose a  Kierkegaard. Comienza a sonar música de fondo ¿la oyen? Es el momento, en el que  la velada sube de tono, para dejar sitio en la mesa a la gestión del puto aburrimiento: la bestia de Warhol. Hasta caerse de la silla por el superpedo que ha cogido de la mano de Arnol Huelen. Intentando agarrar con el meñique a Nico y Lou. Finalmente, podrán experimentar la sensación de esas palabras que se quedan retenidas en sus mentes, chocando entre sí, como si quisieran abrir un espacio, de que no saben si  existe; en algún confín de sus psiques. Aquellas, que no se acuerdan de cuando, estuvieron por última vez, mientras bailaban a son de David Gahan. Cuando todos me hablaban y yo no decía una sola palabra, porque las palabras que esgrimiamos supuraban sufrimiento. Oímos como gemían Jim Morrison y Pamela Courson. Recuerdos y momentos que fuimos enterrando en la zona oscura de nuestro cerebro. Al final, es mejor silenciarlas para que no padezca nadie. Lo curioso es que todos esos silencios contenidos, en lo más profundo, del tedio han despertado de su reposo. Ahora, sí. España, parpadea y rechina. Como las luces led que zumban al superabeto de latón, del majadero corregidor vigués y su arbolito mágico. El gacho dice que es más grande que la polla de mi amigo Nacho Vidal. Vamos lo mejor del mundo. Al final, solo nos quedan los resquicios de las viejas bombillas Philips. La luz de aquellos casquillos con cadena de váter. El albor del aburrimiento se abre paso, entre el jolgorio, y la arrogancia de la Navidad. Como dijo otro tipo, de esos, que uno suele echar de menos en estos días; Voltaire dixit: El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo. El almendro de España está crujido y pide silla, en la mesa engalanada, con Eloísa y una caja de Loperamida.   








               Dedicado a toda esa gente, que en estos días, siempre se echan de menos. In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Le Monte-charge (1962) by Marcel Blüwal
Black Mirror: White Christmas (2014) by Carl Tibbetts
Lady on a Train (1945) by Charles David
White Reindeer (2013) by Zach Clark









                  

Barbara Payton; La femme fatale de Bukowski y Cagney






Alguien me preguntó, hace muy poco, que cuanto tiempo llevaba escribiendo en el IBP. Me sorprendió. Pues, le dije: no escribo allí. Yo soy el director de la publicación, el jefe de redacción, el director de arte y el chico de los recados.—Ah! pues, no sabía que, tú…—Ya lo sabes. Esto empezó siendo cuaderno de sueños y crónicas puntuales, de alguien que ha vivido muy bien, y ahora, lo ve todo desde recovecos tediosos e infernales. Apenas recuerdo si se inauguró hace 8, 7 o 6 años. Todo lo que me pasa, en el día a día, se me hace más escurridizo y ausente. Es difícil definirlo. ¿Quién sabe? Igual es que llevo escribiendo toda la vida de cine. Desde una perspectiva, sui generis, sobre una serie de personajes —esencialmente— femeninos (es obvia, mi pasión y devoción por las femmes fatales). Reiterando, la misma consigna. Es decir, una adulación o fascinación, la cual, está muy lejos de los tics que tan, en boga andan, como cicateros rótulos de… ¡Eh, tú, sí…! ¡Es mentira, caca y culo! Los que dicen; ya matamos a Galileo. Seguimos igual de embrutecidos. Insisto, el argumento ramplón que rezuma, a día de hoy; postwebesfera. Me da náuseas, y eso, junto con el estreñimiento por los opioides: es sumamente jodido. Pero volviendo a lo sustantivo, y, acordándome de uno de los escritores más grandes que he tenido la suerte de leer: Charles Bukowski. Solo puedo entender a Hollywood como un gran parque temático que —desde muy pequeño— me sedujo y abrió los ojos a un montón de estrellas que las hice participes; de mi particular mundo imaginario. Pues, creo que no hay otra profesión en la vida más alucinante y divertida; que la de ser actor, y con suerte, una estrella del firmamento de la colina de las vanidades. Me gustan las historias fuertes y desagradables. Reales como la puta vida. Tan aterradoramente cómplices, pero, llenas de una empatía adictiva; como un encantador chato de vino en un bar de chaperos o prostitutas. Yo soy como una vieja Norton llena de parches, que le gusta el escocés y la acción. Empero volviendo a lo que todos Uds. buscan en este lugar: están de suerte. Tengo el honor de presentarles una de las historias más sórdidas y agridulces del viejo y legendario Hollywood de los 50. Ese al que una especie de establishment (muy respetable) detesta y condena con desprecio su tragedia y fatalidad. Sí, amigos-as, aquel Hollywood, que se coge de la mano, a éste-a, tan de paripé y febril de las Networks retroalimentándose y atragantándose las amígdalas. Es ese, donde sus amados comediantes se quitan las caretas de histriones y sacan la dramática ternura y la desgracia más miserable. De eso, sabe muy bien, la auténtica protagonista de esta crónica; la gran Barbara Payton. Una mujer increíblemente adictiva y hermosa. 













La pequeña Payton nació con el nombre de Barbara Lee Redfield en noviembre de 1927 en Cloquet, estado de Minnesota. Junto a su hermano Frank Leslie III, más pequeño, en 1931, y sus padres, Erwin Lee Redfield y Mabel Irene Todahl (de ascendencia noruega). Estos gestionaban un restaurante y una heladería. La infancia de la pequeña Barbara fue despreocupada y cómoda. Su fisonomía mostraba unos rasgos para su edad muy atléticos, muy bien aprovechados, para las condiciones de aquellos lares, en las actividades deportivas del largo invierno como esquiar y patinar sobre los grandes lagos helados. Muy interesada en las labores culinarias mostró sus dotes de Masterchef en la cocina y se convirtió en una cocinera precozmente top. En el onceavo aniversario de su vida, sus padres compraron un motel de cabañas, en “Antlers Court”, Odessa (Texas). Gracias a la ayuda económica de la hermana de la madre de Barbara. Aquel negocio se anticipaba una bicoca, dado el auge del negocio del petróleo, en el que toda la población participaba de algún modo. Barbara sintió el gran cambio del solitario y gélido invierno fronterizo del Canadá, a la cálida, y extensa tierra tejana. Lo que no cambió fue el carácter de su padre Erwin Lee. Era un hombre trabajador pero complejo y de poca sociabilidad; parco y seco. Tenía un modo de hablar torpe y muy mala leche. Mabel se ocupó a tiempo completo de la crianza y las tareas domésticas de la familia. Eso sí, ambos progenitores compartían la afición por la del cuello largo. Lo normal, era que comenzarán a darle al alpiste por la mañana. Algo que terminaba con la pérdida de control de Mr. Lee y el abuso sexual a su esposa. La adolescente Barbara, comenzó sus estudios de bachillerato en la High School de la población. Aquella criatura, ya era una moza de un aspecto y rasgos impresionantes. Barbara Payton en la escuela secundaria fue conocida como una niña gozosa, dispuesta a complacer, y aprendió desde muy temprana edad que tenía un efecto seductor sobre el sexo masculino. Sus penetrantes ojos azules deslumbraban en el sol y su tersa tez apabullaba. Apenas, cumplió 15 años y preparó su primera fuga, con un novio lleno de acné, William Hodge, con quien contrajo su primer matrimonio. Sus padres pudieron localizarla y anular —de facto— aquella alocada y legal unión. Sin embargo, Barbara, insistió hasta que pudo salir por piernas e independizarse. Ahora tenía 17 años y se casó con un capitán de las Fuerzas Aéreas, muy joven, de 22 años: Su esposo John Payton. Decidieron trasladarse a California, donde Barbara dio a luz a su primer retoño, John Lee Payton, en febrero de 1947. Aquel hijo, no vino a este mundo gracias a la fuerza a aérea, sino a los arrojos y agallas de su madre, Barbara que lo trajo al mundo en su propia casa, por si sola siempre estuvo muy unida a él hasta que perdió la noción de la realidad. En un reducido espacio de tiempo, tras una rápida sucesión, de cambios en sus decisiones, abandonó a su marido y dejó al bebé con sus padres. La ropa que llevaba puesta, una sola maleta y directa a Hollywood. Barbara, tenía el gusanillo del cine, dentro de su mente y se puso a ello. Sólo tenía un pensamiento en la cabeza, comerse a la ciudad y triunfar. Vanityland se afilaba los dientes a la espera de aquella juvenal hermosa rubia.












Consiguió un trabajo como camarera en Stan's Drive-In, en la esquina de Sunset Boulevard y Highland Avenue, y utilizó alguno de los consejos que le dieron, otras buscadoras de sueños como ella. Finalmente, entra en la escena de los clubs nocturnos más chics de la ciudad. Empezó como modelo y gracias, a ese esbelto y extraordinario físico, muy pronto llamó la atención de los ojeadores de muchos estudios. Pero, unos meses antes de las miradas de cazatalentos de la Universal. Ahí estaba ella, con su dulce pero sexy apariencia, y su sentido del humor. Muy pronto se convirtió en una figura popular por los lugares más lujosos de Sunset Strip; como Ciro, Mocambo y Trocadero. Ganándose el sobrenombre de la "Reina de los clubes nocturnos". Hasta que un día, las cabezas pensantes de la Universal, le ofrecieron un contrato de formación —a modo de actores becarios— y capacitación para jóvenes promesas. Allí, coincidió con grandes e inmediatas estrellas de su generación: Tony Curtis, Shelley Winters, Jeff Chandler y Rock Hudson en la escuela de actuación y tomó lecciones de la tutora residente, Sophie Rosenstein. Bárbara Payton, que no estaba preparada para actuar, según algunas lenguas. Pero como muy bien dijo, ella, aquí hay más víboras por metro cuadrado que en el desierto de Arizona. A finales de 1948 consiguió un contrato profesional con Universal Studios. Hizo algunos pequeños papeles para el estudio, pero éste la abandonó en el verano siguiente, después de salir en la prensa que estaba teniendo una aventura con el hombre casado. El tipo con fama y cédula de matrimonio, no fue otro que el gran actor/cómico Bob Hope. Conoció a Hope en marzo de 1949 en una fiesta, de un hotel, en Houston. Ella, con cierta ingenuidad, acabó convertida en una especie de groupie de Hope al seguirlo por todo el país durante varias semanas mientras hacía apariciones personales. A su regreso a Hollywood, el actor supuestamente la colocó en un pequeño nido de amor en la avenida Cheremoya. Dándose buena prisa en adquirir un buen atrezzo; los mejores y necesarios muebles, para sentirse como el rey de la casa. Incluso, en palabras de un periódico sensacionalista, un doble lecho extra. Aquella enorme cama fue el escenario de muy buenos ratos. Empero, la aventura sexual de la pareja, duró, seis meses, terminando abruptamente con Barbara Payton. Hope está muy nervioso a verse presionado por de ella, al solicitarle, grandes cantidades de dinero para ayudar a cubrir sus gastos de subsistencia. A pesar, de la delicada situación emocional de Hope y la rumorología que llegaba a oídos de su esposa. Sus asesores terminaron por acordar, el pago de una buena suma de dinero, y un contrato, donde se estipulaba el silencio y la desaparición de Barbara Payton. Ésta, se retiró felizmente y pasó una muy buena temporada quemando los dólares del simpaticón Hope. Poco duró aquel dinero.








No tardó mucho, aquella cara de ángel con el grupo sanguíneo Jim Beam, en volver a picotear por el calor y la oscuridad de la noche, del Mocambo. Volvió a la farra del festivalero Mocambo, donde fue fotografiada, al lado del multimillonario Howard Hughes. Acurrucada en un stand, entre el tío de la película John Ireland y el mafioso Mickey Cohen. Y hasta, con un pez gordo de la construcción de la Costa Oeste, Jerry Bialac. Finalmente, Barbara Payton se hizo con un pequeño papel, de fotógrafa, en la comedia; 'Once More, My Darling' en 1949, y participó en dos musicales protagonizados por Tex Williams. BP, no tardó mucho en darse cuenta de la toxicidad de la vida nocturna de Hollywoodland y lo que le ofrecía. Chica joven, rubia atlética, ojos azules. Divertida y perspicaz se deleitaba con el ambiente de fiesta alocada y continuada. Era popular y también, aunque suene mezquino y zafio: una trepa sin escrúpulos. Salía a la caza de muchos hombres, agentes, managers, actores y directores de prestigio. Empero sus gustos por el canalleo fino y lo peligroso; le colmaron de una enorme y larga lista de amantes: El veterano actor de películas B, Mickey Knox también salió con B. Payton. Durante este tiempo se vio involucrada en Don Cougar era solo uno de los muchos personajes sombríos a quienes una Payton pasada de copas ansiaba emocionarlo. Ella también estaba transitando con otra de las chicas noctambulas de las grandes juergas de Hollywood, Lila Leeds (con ella entabló una amistad, más interesada) y con varios miembros de la famosa mafia de Sica. A principios de 1950, los tabloides estaban llenos de titulares aterradores. Cuando ella y Don Cougar fueron convocados ante un Gran Jurado Federal; en el juicio por perjurio de su amigo Stanley Adams. Un consumado traficante de heroína que ya había estado en la trena, por matar a un informante de la policía, Abe Davidian. B. Payton y D. Cougar apoyaron el testimonio de Adams dando por hecho —que cenaba con ellos— en el apartamento de Payton, en el momento del golpe. Empero al parecer sus coartadas eran tan débiles y tan poco convincentes que Adams fue declarado culpable de perjurio y permaneció encarcelado por el cargo de asesinato. Barbara Payton se estaba moviendo demasiado rápido entre juegos de funambulismo y noches locas de sexo. Logró un breve romance con el actor George Raft, y un compromiso aún más breve con el abogado de la industria del entretenimiento; Greg Bautzer. Hasta el legendario productor de cine A.C. Lyles llegó a comentar sobre la joven B. Payton; “cuando le picaba una oreja, estaba muy claro que alguien estaba en su mira telescópica”. Obviamente, el sistema de Vanityland se sostenía en tipos con Montecristo entre los dientes y pies encima de su mesa, mientras se movían en sus enormes sillones multiposición. La búsqueda de caras nuevas y chicas explosivas vivía su apogeo entre los magnates de los grandes estudios. Estaba claro, que la mayor parte de ellos, son los tipos que aplastaban su culo, en los confortables sillones, de turno. La moneda de cambio de aquel tiempo era intentar ser el cuerpo y los ojos, por los que esos productores y directores, no pararían de ir detrás de estas jóvenes actrices, dispuestas a todo, por un sueño.










Ahí, en ese escenario, fue donde Barbara, capitalizó lo mejor que le había dado la naturaleza biológica: un físico espectacular para obtener papeles principales al lado de estrellas consagradas. Las noches de alcohol y sexo, por los garitos más chic y destroyer de la ciudad, fueron parte de sus devaneos nocturnos. Sin embargo, Barbara, nunca se saciaba de alcohol y sexo. Hasta que llegaron las drogas duras; heroína, anfetaminas, cocaína y el secobarbital. La fascinante Barbara Payton tenía 22 años cuando obtuvo uno de sus mejores papeles de su corta carrera: fue la protagonista principal del film Trapped (1949), como la novia del protagonista, Lloyd Bridges. La película se filmó con un estilo documental similar a la maravillosa Naked City (1948) de J. Dassin. Earl Felton hizo un magnífico guion y el columnista Mark Hellinger escribió que Barbara era una de las mejores cosas que aportaba el film. Earl Felton, era evidente, que le gustaba. Incluso, se involucraron en conversaciones muy íntimas y relacionadas con aspectos artísticos de la producción. Algo que a más de uno le sorprenderá. Pero Barbara Payton tenía algo; la cámara la quería. Felton terminó suicidándose y aquello terminó así de contundente y seco. El director, de la película, un enorme Richard Fleischer, dijo: "Barbara Payton tiene una calidad que es inusual, como si hubiera corrido alrededor de una pista, está conteniendo la respiración y esa contención llega a la interpretación al mismo tiempo". Ser una gran estrella estaba al alcance de su mano. Y con epítetos de esa talla, debería haber pensado en ella un poco más. Empero era muy hermosa e individualmente, era una de esas mujeres que llamaba la atención, no había actrices idénticas a ella. Lo cual, le podría haber dejado un pasillo de largo recorrido para  competir otras grandes estrellas de la época. Su actuación fue bien recibida y Esto llevó a Barbara al productor William Cagney, el hermano de James Cagney. "Todos hablaban de ella", dijo W. Cagney,  debido a su trabajo con Lloyd Bridges. Ella era inquietante y explosiva. Cuando vino para una entrevista, estaba tensa y nerviosa, y le dije que se relajara.” Se apartó el pelo de la cara con uno de esos rápidos movimientos de su mano y me lanzó una mirada gélida. Le pregunté si sabía algo sobre el film que estábamos haciendo, “Kiss Tomorrow Goodbye.” Ella dijo que no tenía ni idea. A pesar del hipnotismo que dejó petrificado al W. Cagney, nunca se pudo verificar si terminó acostándose con él. Empero, el resultado, de tan gratas horas de conversación, derivó en el ofrecimiento de una prueba de pantalla para un papel en la película de 1950 de James Cagney, "KTG". Cualquiera que sea la verdad, de todo este affaire de la producción y la hermosa Payton; terminó con un lucrativo contrato de $ 5,000 por semana para Warner Bros y Cagney Productions. Barbara estaba en el camino que toma toda estrella, cuando va a la cima... o debería de haberse instalado en ella. A pesar de los cotilleos del affair con Bob Hope; la verdadera preocupación real —de la carrera de BP— era alguno de los personajes con los que se estaba rodeando en sus correrías nocturnas.











La estrella de Barbara se elevó aún más durante el año siguiente y apareció con Gary Cooper en Dallas (1950) y con Gregory Peck en "Only the Valiant" (1951). Tuvo una gran aventura de amor con Gregory Peck —desde que comenzaron juntos— en el rodaje de "Only the Valiant". La gente que conoció bien al gran G. Peck, comentaron que fue una mujer que le llegó al corazón. Pero, con el paso del tiempo, se ha constatado ampliamente que Payton coqueteó medio stand del rodaje. De igual modo, cuando filmó Dallas al lado del enorme Gary Cooper. Mantuvo al mismo tiempo relaciones sexuales con Cooper y la coestrella, Steve Cochran, durante el rodaje de la película. Un antiguo fotógrafo de escenas fijas (que trabajaba para otro estudio) conoció a Payton en la década de 1950 y afirmó: “Sé lo de ella y Steve Cochran se engañaron cuando estaban en Dallas. Solían ir detrás de los escenarios del Este, justo a la espalda de la WB y agarrar un rapidito”. Obviamente, ella y Gary Cooper tenían, lo que podría llamarse un “un affair de camerino rodante”. Lo más triste, era el vox populi, del aura de Barbara Payton como una chica fácil y estrella de segundo plato. Es decir, la reputación despectiva de un cínico y machista Hollywood. Su salario aumentó gradualmente a 10,000$ por semana, un ingreso muy grande en efecto en 1951, y se encontró regularmente en compañía de estrellas como Frank Sinatra, Lana Turner y Ava Gardner. Atrapada en un mundo tan glamoroso, comenzó a hacer que su vida social fuera más importante que su trabajo y no pasó mucho tiempo antes de que su incipiente carrera comenzara a ocupar el segundo lugar en una zambullida imprudente y precipitada en una apasionada vida amorosa con hombres ricos y poderosos, muchos de ellos, con esposas y familias. Comienza en gran lío de los líos de la prensa del higadillo del Hollywood tabloide y demás amarillismo. Pero siguiendo, en lo personal, de esta fascinante mujer; desde su despegue en 1950, Barbara Payton conoció al actor Franchot Tone. Éste, era un auténtico actor de Hollywood, ex marido de Joan Crawford y una estrella de cine desde la década de 1930. Un carrera muy trabajada, donde se incluía una gran interpretación por Mutiny on the Bounty (Frank Lloyd), que obtuvo la nominación al a Oscar 1935. Se había casado y divorciado actriz Jean Wallace durante la década de 1940. Sus amigos trataron de disuadirlo, en todo momento, para que no se involucrara con Bárbara. La insaciable Miss Payton se había labrado una horrible consideración entre la comunidad de Hollywoodiense, a modo, de robamaridos de parné. Empero, FT estaba completamente enamorado de ella. En octubre de 1950, anunció su compromiso y le busca un apartamento de lujo en Hollywood Boulevard. Aquel nidito de amor, le costó un potosí. Ya sé sabe: el amor no tiene límites. Mientras tanto, Barbara siguió su carrera y afianzando su nombre, a sí misma, en lo que se denominaría peyorativamente una visitadora frecuente de los vestuarios de las grandes estrellas de la colina.










Barbara continuaba interpretando papeles de menor rango, pero seguía siendo una actriz con nombre. Fue cuando se inició el rodaje de una película llamada “Drums in the Deep South” (1951) dirigida por William Cameron Menzies, coprotagonizada por James Craig y Guy Madison. Fiel a su forma, no pasó mucho tiempo antes de que se hiciera muy amiga de Madison. Franchot Tone prestó atención a los cotilleos sobre su promiscuo estilo de vida y él vigiló el apartamento de Barbara desde un edificio al otro lado de la calle. Vio a Guy Madison entrar en el edificio y, después de esperar un rato, Tone irrumpió y encontró a la pareja en la cama. Se produjo una pelea de gritos y todo el drama se informó en la revista Confidential. Mientras estaba comprometida con F. Tone, Barbara conoció a Tom Neal (el protagonista tan sui generis en el Noir de culto de Ulmer "Detour") en una fiesta en la piscina de Hollywood. Tom Neal era un ex boxeador de los Guantes Dorados y un actor de películas 'B' a tiempo parcial. Barbara comenzó una aventura con Neal e incluso le dijo a sus amigos que estaba comprometida con él. Alternó descuidadamente entre Tone y Neal hasta que las cosas llegaron a un punto crítico con una violenta pelea entre ellos. Franchot Tone resultó gravemente herido y quedó en estado de coma en el hospital con una fractura en el pómulo izquierdo y la mandíbula superior. Se le llevó a cabo una cirugía plástica —de urgencia— en diferentes zonas de la cara. Sorprendentemente, no se vino abajo y cuando terminó su periodo de convalecencia; decidió contraer matrimonio con   Barbara el 28 de septiembre de 1951.Obviamente, aquello era una olla a presión. Al principio, él, hizo un gran ejercicio de paciencia y comprensión, pero fue la crónica de un divorcio anunciado. Warner Bross decidió darle una nueva oportunidad en la creación de “Bride of the Gorilla” (1951), de serie B y con un presupuesto de un director debutante. A pesar de estar en la dirección Curt Siodmak, hermano de la leyenda de Robert Siodmak. Los rumores rebotaron en la ciudad de que Payton estaba llevando a cabo, un mayor número de "sórdidos encuentros", esta vez con dos de los actores de reparto de la película, caso del alcohólico y maduro Tom Conway y el actor negro/estrella del fútbol americano Woody Strode. En una entrevista con el documentalista Tom Weaver en 2002, el difunto Herman Cohen, el productor de la película, dijo que "Barbara Barbara era una hermosa niña, y, que era una persona divertida. Le gustaba reír... y que fue una chica un poco alocada. (Podría decirse) ella era una puta que tuvo suerte”. Ahora, sí que se respiraba una aroma que tocaba las puertas del final de una prometedora carrera.  Después de ocho semanas, Barbara Payne estaba llamando a Tom Neal como el yonki que necesita su papelina para calmar el mono. Franchone Tone decidió tomar un poco de aire y dio, a Barbara una pequeña tregua antes de la separación definitiva. La supuesta reconciliación con su todavía esposo; dio con una sobredosis de Secorbital. No obstante, aquí no terminaban las desventuras de esta insólita actriz. Barbara salió por piernas a la búsqueda de Neal y F.Tone, ya tomó la decisión en firme. En mayo de 1952 se divorciaron. Tan felices se las prometía nuestra hermosa amiga, que la vuelta con el machote Neal duró tanto como una hermosa noche de verano.











Era otra mancha negra para la lastrada y perdida carrera Barbara: la Warner Bros estaba muy cerca de poner fin a su contrato. El lamentable evento debería haber sido una lección para Tone, pero él persistió en la relación; un trio letal. Neal y Payton, ambos aparentemente destrozados y disolutos por las interminables noches de Sunset Strip, terminaron en manos del productor de serie B, Robert L. Lippert. Ahora que eran objeto de las burlas de la crítica y los tabloides, fue cuando Neal le dijo a Barbara que en Inglaterra había trabajo para una actriz de su categoría y él. En la década de los 50 Hammer Films entró en el negocio del cine negro con el productor estadounidense de películas B Robert L. Lippert. En los próximos años, Lippert enviaría a sus asociados ingleses una larga lísta de estrellas de Hollywood que se desvanecían, así como otros que habían estado en el proceso de despuntar, pero el tiempo les había hecho mella. Grandes secundarios-as de diversos géneros. Actores y actrices como; Dan Duryea, Zachary Scott, Lizabeth Scott y Paul Henreid, y Dane Clark. La Payne, muy pronto, hará las maletas para rodar dos films con la productora de culto. A la espera de la decisión de T.Neal. Mientras, en California Lippert firmó con el dueto Payton/Neal. Donde actuaron en un horroroso western, “The Great Jessie James Raid” dirigido por un amateur Reginald Le Borg (1953). En aquel film era una autentía pantomima, desde el amateurismo del director, a la apatía del reparto masculino. Posiblemente, la mayor profesionalidad, venía cuando aparecía en escena Barbara Payton. Envuelta en un chaleco apretado y pantalones vaqueros saliendo indemne de la explosión de una mina. Además de cantar en el salón del bar ante un fuerte y robusto Neal, al que le da un par de tortas, muy bien dadas. En junio del 53, la pareja realizó una gira en una producción de stock de verano de The Postman Always Rings Twice. Durante la presentación de la noche de apertura de la obra en el Drury Lane Theatre en Chicago, Barbara Payton supuestamente subió al escenario y se desmayó en los brazos de Neal. Momentos más tarde revivió para colapsarse nuevamente, finalmente fue llevada fuera del escenario y llevada a un hospital local para observación. El dúo terminó la gira en una serie de ciudades remotas y alejadas de la civilización más conocida. Warner Bros perdió la paciencia con ella y canceló su contrato. Se firmó una tregua y Neal optó por la vía del viejo mundo. Rodar en UK con la Hammer y Lippert. La primera de estas fue Bad Blonde (1953) es el tipo de película que existe en dos tramas. En la primera, se propone un entretenido film noir sobre un prometedor boxeador que se siente atraído a un plan para cometer un asesinato por parte de la duplicada esposa de un promotor de boxeo que desde pequeña ha sido una niña mala. Y el segundo film dirigido por infefable Terence Fisher “Four Sided Triangle” (1953). Una historia de Sci-fi Sobre un científico que diseña una máquina que es capaz de duplicar a las personas, de manera que él y su amigo puedan amar sin ninguna complicación a la misma mujer. Ninguna de las dos películas fomentó su posición en el negocio. La película está muy bien realizada y tiene un guion que es la adaptación de una novela de William F. Temple. Barbara Payton siempre la vio como una parodia de lo que se decía de ella por los chascarrillos de Hollywooland; una devorahombres. Oliéndose la posibilidad de conseguir algo de trabajo para su pareja, Tom, se unió a ella en Londres. En la ciudad del Tamesis reanudaron sus peleas, maratones sexuales y borrachos. Sin nada más en la cartera, ni posibles proyectos de seguir trabajando en Gran Bretaña, Barbara y Tom hicieron el viaje de regreso a Hollywood. Después de 5 meses lejos de Vanityland, ninguno de los dos films reavivaron la carrera de Barbara y mucho menos la Tom Neal. Payton anunció formalmente que T. Neal había asumido la gestión de su carrera (convirtiéndole en manager personal) y prometió que solo aceptaría "papeles de películas realmente fuertes". 










Más tarde, en  ese mismo mes, Payton capituló con aquella promesa de no volverse a poner un modelito de chica de caverna neaderthalensis woman. Pero transigió necesitaba cualquier dólar viniera de cualquier bolo. Finalmente, coprotagonizó a Sonny Tufts, otro artista impregnado de alcohol en una diapositiva de carrera, en una ridícula comedia titulada Run for the Hills (Jack Broder Productions). Dirigido en un estilo slapstick amplio por el caballo de guerra B-película Lew Landers (El cuervo, El retorno del vampiro), la trama banal de la película se refiere a la paranoia de un actuario de seguros sobre lo que él cree que es un inminente holocausto nuclear, y sus intentos de escapar. Moviéndose en una mina del desierto con su esposa. Salpicado de figurantes hambrientos de un bocadillo y de varios artistas de bajo nivel; aunque confiables, como Jean Willes, Richard Benedict y Byron Foulger, Run for the Hills tenía el aspecto y el ambiente de un cortometraje. Hasta fue enviada a hacer un bolo en las Vegas y terminó gravitando en la cama ante un actor desconocido llamado Gordon Scott. Pronto se convertiría en el próximo Tarzán de Hollywood, Scott fue una repetición casi instantánea de la atracción de Barbara por Tom. Barbara se encontraba muy cerca de un pozo sin final. Incluso para los propios esquemas más básicos de dignidad personal, Barbara había conseguido un record difícil de sustentar. Surgieron rumores de que Neal derrotaba físicamente a Payton, y, a fines de 1953, aquella relación sadomasoquista finalmente se disolvió en una tormenta de alcohol y violencia. Éste, sin mediar palabra la abandonó en aquel instante. Barbara Payne estaba K.O. Su vis autodestructiva estaba en su pleno cenit. Al año siguiente, se lanzó la última película de Payton, una película subestimada titulada Murder Is My Beat (1953), dirigida por el inconformista de la película de culto que enalteció a Tom Neal. No era otro que el imprevisible Edgar G. Ulmer. Payton interpretó a un cantante de un club nocturno y a un asesino convicto que une fuerzas con un policía duro (interpretado por Paul Langton) para intentar demostrar su inocencia. Aunque la actuación de Payton fue convincente, la película no fue un éxito. Ese mismo año, se llevó a un nuevo amante: un hombre negro del otro lado de la ciudad que hizo conocer su presencia a sus vecinos al rugir por los terrenos de su suntuosa propiedad de Beverly Hills en una motocicleta. Payton continuó tocando su narices en la urbanización, trasladándolo a su casa y orquestando las arriesgadas llegadas de la pareja a varias fiestas de Hollywood. Su temerario alarde de su relación biracial despertó la furia de la industria, convirtiéndose en su persona non grata de una vez por todas. De aquellos dos amores que le tenían con la sopa boba, se supo que Tom Neal, fue condenado a 6 años de prisión, en 1965 por disparar a su ex amante, ésta falleció en el acto. A pesar de que Neal sostuvo, en todo momento, su inocencia y que aquel asesinato fue un accidente, fortuito. La suerte de un jurado cinéfilo y la habilidad de su abogado defensor le consiguieron tan generosa condena: culpable de homicidio involuntario. Eso sí, el destino, tiene sus cosas y a veces, pueden ponerse caprichosas. En 1952, al poco de salir de la trena, falleció por una insuficiencia cardíaca en 1972. Tenía 58 años. Por el contrario, su exmarido Franchot Tone, tras una larga y fructuosa carrera en la gran pantalla, acabó co-protagonizando la serie de televisión "Ben Casey" 1965-66 y se retiró poco después, cuando su salud comenzó a deteriorarse. Se lo podía ver, en silla de ruedas, visitando a su exesposa Joan Crawford por Nueva York. F. Tone era un fumador empedernido y falleció de cáncer de pulmón a la edad de 63 años en septiembre de 1968. Y nuestra femme fatale de platino oxigenado de hermosa sonrisa; descompuesta y sin trabajo en Hollywood. Como todos sabemos los pocos billetes del colchón de ahorro, duran muy poco. Olvidada y agotada de su propia existencia se dejó llevar por una ingesta de alcohol que ni el personaje más sórdido de Shelby o Bukowski uno hubiera imaginado.  Después de una fiesta se desvaneció y cayó en su propio charco de sangre, aparentemente, resultado de un embarazo ectópico.  En 1954 fue arrestada por pasar cheques sin fondos en un supermercado. Al año siguiente, terminó perdiendo la custodia de su hijo, con su exesposo, el militar John Payton. Ella seguía en su propia orgia personal y se casó, de nuevo, con un joven de 23 años llamado Tony Provas. El matrimonio ya sabrán Uds. que tras tres años de vejaciones, alcohol y drogadicción terminó en divorcio. En 1957 inició un negocio de chicas escorts en Chicago.










Al lado de una vieja amiga de correrías; la actriz Lila Leeds. La desgraciada Lila fue acusada de prostitución y envidada a la cárcel. Barbara escapó por piernas. A partir de ese instante; su vida se convirtió en un Leaving Las Vegas. Una sucesión de arrestos, incontables, por embriaguez y prostitución. Barbara Payton comenzó a frecuentar los bares sórdidos de Hollywood recogiendo puteros de tres al cuarto, y con los pocos dólares que sacaba, inmediatamente eran invertidos en vodka, bourbon, whisky o ron. Su rostro estaba hinchado, sus manos sucias y sus uñas trituradas. A pesar de los repasos de esmalte. Una vez que la esteticista low cost podía asearlas —de un modo decente— la ausencia de keratina volvía a dejarlas agrietadas y destrozadas. En 1962 fue encontrada, cubierta de moretones, en traje de baño y un abrigo, a modo de manta. Se hallaba durmiendo en un banco de la parada de autobús de Sunset Boulevard, siendo acusada de embriaguez pública. En la primavera de 1963, fue apuñalada por un putero y recibió 38 puntos por la herida. En 1964 fue arrestada por robar en una tienda. Al año siguiente fue acusada de posesión de heroína y una jeringuilla hipodérmica. Los cargos fueron desestimados por falta de pruebas. Como el que no quiere, Barbara Payton, pasó cerca de 7 años desamparada, viviendo en una novela de Bukowski “Women”. BP se ganaba la vida como prostituta. Cuando Miss Payton murió en 1967, con solo 39 años, su cuerpo estaba en un estado tan terrible que la policía tardó dos días en hacer una identificación precisa. Ella pesaba más de 90 kilos, tenía una tez roja, de ronchas y cortes en la cara, la mayoría de sus dientes estaban triturados y los pocos que le quedaban ennegrecidos. Ella era una prostituta callejera drogadicta y alcohólica. Es irónico y macabro que la encontraran tirada debajo de un cubo de basura. Y es que Barbara Payton había sido masticada por la máquina cruel de ese Hollywood idílico; que finalmente la escupió. Como un esputo de tabaco de mascar. Veinte años antes había comenzado como una estrella glamorosa en Hollywood. Alguien con algún docto títulos de psicología, antropología o sociología trataría de analizar el comportamiento de Barbara Payton. Desde hipócritas puritanos, que lo calificarían de   indecoroso, a muchos-as que fue un desastre y todo lo que le pasó se lo buscó. Yo pienso que ella hizo de su vida; su propia cama, una rebelde, talentosa y desquiciada que acabó dañando su carrera de actriz profesional. Sin embargo, el infierno no tiene furia como una mujer despreciada, y no lo dijo Dante. Ahora, no se olviden, que el infierno no tiene tanta furia como todas esas legiones de hombres de Hollywood —muchos de ellos probablemente fueron despedidos por la hermosa y joven Barbara— observando y disfrutando de la decadencia y el ocaso de una mujer. Cuando la pomposa WB había llamado recientemente "el diamante blanco con ojos azules" estaba sentada en la cima del mundo. ¡Qué lejos quedaban aquellas lisonjas! Barbara creó muchos de sus problemas, pero también sufrió daños, desde la infancia, desde Hollywood, hasta las bebidas y las drogas. Hay algo más allá del sexismo cuando se trata de Barbara Payton: el sadismo y el masoquismo. Incluso la pequeña Jane Hudson fue tratada mejor (y se le trató mejor) que Barbara. Al menos ella tenía una criada, una estupenda casa y una hermana. El gremio amarillista sacó rápidamente “I Am Not Ashamed” by Barbara Payton y lo serializó entre sus muchos affaires y escándalos de turno. El editor Holloway House, puso a Leo Guild como el negro literario de esta autobiografía donde habla sin complejos, ni pelos en la lengua.














A día de hoy reeditado y convertido en libro de culto. Le pagaron 1.000 dólares. Cantidad monetaria que disolvió entre botella de alcohol y cucharillas ennegrecidas al calor del mechero, mientras la heroína hervía.  Pero eso era solo fantasía. Ella se jactaba a su manera, de igual modo que algunos de los personajes de las novelas de Horance McCoy. Entre las perlas que dejaba en él se leían belugas de esta calidad… "Esto puede parecer engreído, pero es cierto. Fui la primera en usar lo que ahora se llama de "El Método". Sentí mi poder incluso antes de ponerme delante de las cámaras. Jimmy Cagney fue la estrella. Interpreté a una chica llamada 'Holiday' en la película Kiss Tomorrow Goodbye."Simplemente hablé, tropecé y no era formal, solo me divertía. A los críticos les encantó. La palabra "natural" se usó en todas las revisiones. Bueno, si les soy sincera tenía miedo ante de situarme en la línea de cámara, pero todo funcionó perfectamente”. Siguiendo con el Starsystem, otra puyita que no tiene desperdicio. "Salí con cada gran estrella masculina en la ciudad. Querían mi cuerpo y yo necesitaba sus nombres para el éxito. Ahí estaba mi foto en las portadas de todos los periódicos del país”. Pero más de una década después, las cosas habían cambiado: “Hoy vivo en un apartamento infestado de ratas sin un grano a mi nombre y bebo demasiado vino rosado. No me gusta lo que me dice la escala. El poco dinero que acumulo para pagar el alquiler proviene de antiguos residuos, poesía y favores para los hombres. Me encanta la raza negra y solo aceptaré dinero de los negros. ¿Todo te suena deprimente? ¿Aturdido? Pues, bueno yo no estoy avergonzada y punto”. Pero aquí está la cosa, las divagaciones y los recuerdos borrachos de Payton (¿quién sabe cuánto son verdaderos o más verdaderos de lo que podrías imaginar?) La meteórica caída de Barbara Payton desde la cima de la fama de Hollywood hasta las entrañas de las calles y callejones de L.A. la había llevado a donde estaba ahora, en lo más hondo de las entrañas humanas, recostada entre un montón de basura descompuesta. Pocos más han caído de tanta opulencia, a su mayor miseria, de manera tan rápida y contundente. A pesar de ser consciente, al tomar tal determinación, que poseía para autodestruirse por completo. A sabiendas, de los muchos enemigos que ella hizo durante sus 20 años en La tierra de los sueños perdidos. En el fondo, estamos ante el bramido de esa mujer clandestina, que nos dice que hay algo malo sobre su aspecto (y ciertamente con su hígado), pleno de arrepentimiento, duda, humor negro, orgullo y la conmovedora seguridad de que podría funcionar algún día sabiendo muy bien que no lo hará. La vida útil de una actriz era aterradora entonces, y aterradora ahora. La desaparición de Barbara se lee como una película de terror para cualquier actriz que pierde demasiadas partes a medida que avanza el tiempo. Los papeles se están secando. ¿Qué hacer? El mundo se tuerce para hacer que parezcan grotescos, Barbara en realidad se convirtió en eso. El libro vino y se fue y luego, a través del tiempo, volvió otra vez, una curiosidad de culto. La caída definitiva. ¿Quién había escrito un libro tan descaradamente sin vergüenza? Nadie. El 8 de mayo de 1967, se derrumbó en el piso del baño en la casa de sus padres y murió en los brazos de su madre. Ella tenía 39 años.








                         Dedicado a Álvaro de Luna abril 1935 /noviembre 2018 In Memoriam






Bibliografia consultada y recomendada

Kiss Tomorrow Goodbye: The Barbara Payton Story by John O´Down Ed. BearManor Media (2013)
"I am not ashamed" by Barbara Payton  Ed. Holloway House (1963)



Fotogramas adjuntados




  Barbara Payton posando para una publicación en la piscina
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 Barbara Payton en Ciro Hollywood
 Barbara Payton&Beau Bridges en Trapped by Richard Fleischer (1949)
 James Cagney&Barbara Payton en Kiss Tomorrow Goodbye (1950)
 Gregory Peck&Barbara Payton en Only the Valiant (1951)
 Barbara Payton comiendo con los protagonistas de Dallas by Stuart Heisler (1951)
 Barbara Payton en  Four Sided Triangle by Terence Fisher (1953)
 Barbara Payton&Tom Neal a pie de avión hacía UK
 Barbara Payton abatida bajando las escaleras del hospital, tras ver a Franchot Tone
 Barbara Payton detenida por embriaguez en la comisaria de Hollywood