100 años de Monty Clift (1966-2020). “Los héroes no surgen fácilmente”

 


Este 17 de octubre de 2020 (el año de la llamada, actualmente, sindemía del Covid 19) el inefable Montgomery Clift hubiera cumplido 100 años. Un siglo de vida. Un actor fascinante que  transmitía una vista de galán clásico, con un halo, en su mirada que llegaba al interior de su latir —dentro de un insaciable dolor íntimo— y la angustia de una naturaleza constantemente atormentada. Los personajes de esas características que Clift interpretaba a la perfección funcionaban como una continuidad de su propio temperamento. Incapaz de liquidar esa tortura existencial, de su yo, y en cierta medida, agobiado por no poder mostrar su auténtica sexualidad. La paranoia que lo trituraba; el hecho de ocultar, su naturaleza vital, como ser humano. Algo tan natural, felizmente, en nuestros días, como respirar profundamente. Montgomery Clift tenía los rostros más serios de su generación: ojos grandes y suplicantes, una mandíbula rígida y un rostro reconstruido de una manera impecable, pero con las cicatrices de los daños colaterales de los disgustos de la vida. Actor esforzado, que interpretó al desesperado, al borracho y al engañado. Personajes que tenían un anhelo kármico con la trayectoria de una vida personal, donde la tragedia y el remordimiento fueron compañeros de viaje. Monty, como era conocido entre amigos y familiares, es considerado como una de las grandes figuras de la llamada generación del “Actor's Studio”. En Hollywood, Clift, representaba un protagonista masculino muy distinto por su sensibilidad y su vulnerabilidad, aunque siempre fue valiente a la hora de aceptar distintos papeles, no le hacía ascos, a ser el más villano de todos. Él era así. El 22 de julio de 1966,  Montgomery Clift se encontraba en su residencia de la calle 61 de Manhattan. Su secretario personal, asistente, enfermero y amante; Lorenzo James, le preguntó si le apetecía ver la televisión. Curiosamente esa noche emitían la película Vidas rebeldes. A lo que Clift espetó: ¡En absoluto, querido! Posiblemente, le vino a la cabeza, aquellos días agrios de rodaje, junto a Monroe,  Gable y la tiranía de Huston. Al día siguiente James lo encontró en su cama; desnudo, con el antifaz de noche, que solía dormir. Inerte. Sin vida y muy frío: víctima de un ataque al corazón. Tenía 45 años y mucha gente se quedó con el alma en vilo. Es un actor querido, mucho más, de lo pudiera imaginarse, el propio, Clift. El mundo del espectáculo y la interpretación perdía a uno de los más grandes actores de la mítica factoría Actors Studio. Obviamente, si la noche del 12 de mayo de 1956 hubiera muerto en el terrible accidente —que transformó su rostro— hablaríamos de Clift como una leyenda idéntica o más grande que la del propio James Dean. Sin embargo, el destino con Montgomery Clift  fue decididamente de un capricho letalmente sutil. No podemos entrar el debate de la categorización de actor atormentado y darle la vitola de mito, sería una autentica frivolidad. No obstante, la variable de la gran cantidad de actores y actrices que perdieron su vida por puro azar; es inagotable. De igual modo, con un perfil muy similar: incomprensión, desobediencia y la sensación de que su vida es un infierno; como diría algún dealer, un mal viaje. La cripta no está muy lejos. Empero, Monty, así terminó: destruido por su vida. “Recordad que  Clift es un hombre decepcionado —dice en una de sus últimas entrevistas—; sin amor, sin paz, en constante lucha consigo mismo y con su destino”. El director y crítico de cine, Peter Bogdanovich dijo sobre él: “Cuatro de sus interpretaciones se encuentran —entre las mejores de todos los tiempos— Red River (1948); A place in the Sun, 1951; I Confess (1953); From Here to Eternity (1953). Honrado por otro cardiópata isquémico, Joe Strummer de The Clash en la canción “The Right Profile” y por REM. Monty recibió un trato injusto, Clift era un príncipe azul, y a la vez, víctima de una maldición. El protagonista de un cuento de hadas, que pronto se convirtió en una tragedia. Bello, sin ser un efebo, con unos ojos hermosísimos, sensible, inteligente, talentoso, y de una profundidad en sus interpretaciones muy penetrante. Aquel caprichoso y estúpido accidente automovilístico —en el mejor momento de su carrera— lo dejó con un dolor perpetuo. Es decir, sufrió hasta su muerte dolor neuropático. Monty, pasó un calvario de intervenciones y trabajo de fisioterapia. Lo que le llevó a beberse el Nilo, hasta su muerte, prematura. De algún, modo terminó apoderándose del termino mesiánico del sufridor por antonomasia del Hollywood dorado. No obstante, durante 12 años, prendió fuego a Hollywood.

 


Nació en la ciudad de Omaha, en 1920, del estado de Nebraska. Monty Clift se crió como un aristócrata, ya que su padre era un banquero, al que el negocio le iba viento en popa. Se le asignó un tutor privado y frecuentes viajes a Europa. Si bien, nunca se destacó en la escuela, sus extraordinarias dotes como actor se mostraron temprano. A los 15 años, Clift hizo su debut en Broadway en Jubilee de Cole Porter. Durante los siguientes 10 años, obtuvo papeles destacados en obras de Tennessee Williams y Thornton Wilder, junto a estrellas como Fredrick March y la gran Tallulah Bankhead. Hollywood acudió en repetidas ocasiones a cortejarlo, pero pospuso las ofertas durante casi una década, incluso, llegó a rechazar papeles en películas míticas; como East of Eden y el co-protagonista en Sunset Boulevard, papel que recayó en William Holden. Las entrevistas grabadas con su hermano revelan que el actor sintió que esos papeles no eran del todo adecuados para él y que no quería causar una primera impresión equivocada. Tampoco quería firmar un contrato con un estudio. Por aquel entonces, la única forma viable de entrar en el negocio era esa. No obstante, Clift expresó a su sobrino lo siguiente: "No quiero que los estudios dicten el tipo de papeles que tenga que interpretar porque lo dice el dueño de una major". Tuvo muy claro, desde el principio que quería  ser agente libre y lo hizo con éxito. Desde el principio, Clift fue enmarcado como un rebelde y un individuo atípico. Cuando llegó por primera vez a Hollywood, no firmó un contrato. Algo que dejó a los jefes de producción del revés. Él estuvo expectante hasta que las películas una vez, estrenadas, se hubieran convertido en auténticos éxitos. Fue el caso de sus dos primeras películas, y, poderoso argumento, para negociar un contrato de tres películas con Paramount que le permitiera una total discreción sobre los nuevos proyectos. Obviamente, era algo inaudito, especialmente para una estrella joven, pero Hollywoodland era un el mercado persa de todos los vendedores de sueños. Si Paramount lo quería, tendrían que darle lo que él quería: un margen de poder que estructuraría la relación estrella-estudio durante los próximos 40 años. Cuando la prensa habló sobre Clift, charlaban sobre la habilidad y la belleza, pero también hablaban sobre lo poco convencional y extraño que era. Insistió en mantener su residencia en Nueva York, pasando el menor tiempo posible en Hollywood. Su apartamento, que alquilaba por 10 dólares al mes, fue descrito por sus amigos como "tugurio" y por otros como "fantástico". Sobrevivía al día, con dos comidas, esencialmente, todas las combinaciones de un buen bistec, huevos y jugo de naranja. Evitó los clubes nocturnos, para en su lugar, aprovechar su tiempo libre leyendo a Chéjov. Así, como una considerable cantidad de obras clásicas de historia, y economía. Incondicional de la obra de Aristóteles, a quien elogió por su fe en la felicidad y el "arte gentil del alma". Cuando no estaba leyendo o agotado para prepararse un papel, le gustaba ir al tribunal del turno de noche local. Asistía a ver los casos judiciales de alto perfil, muy interesado por observar la humanidad en un contexto límite. A Clift no le importaban las apariencias: Los Angeles Times lo presentó como: "ídolo de la película arrugada"; desgraciadamente, poseía un solo traje. Cuando vino a visitar a la famosa autora de revistas de fans, Elsa Maxwell, en su casa, ella hizo que su criada le remendará el codo en la chaqueta y renegándole por no comprarse un buen traje a medida. Su coche destartalado tenía 10 años y sus mejores amigos estaban fuera del negocio del cine. En  palabras suyas, no era más que un “lobo solitario de segunda clase”. Estas anécdotas, y docenas como ellas, establecerían a Clift, junto con Brando— como la encarnación de la cultura juvenil de los 50— rebelándose contra la conformidad y todo lo que se suponía que los estadounidenses de posguerra debían abrazar y consumir. La factoría del Actors, tenía tres colosos nuevos: Brando, Dean y Monty. Dean se marchó por la vía de la velocidad. Brando era la belleza bruta, el tío fuerte de rasgos muy masculinos y luego estaba Monty, era ponerle un smoking y en una mano un vaso de Johnnie Walker etiqueta negra. Y la pantalla, se derretía de gusto. 


Sin embargo, Clift llegaría a odiar la imagen que lo limitaba, al igual que detestaba la sugerencia de que era un vago. Así, como chascarrillos, tildándolo de antipático o apestado en Hollywood: después de que la historia de su armario desnudo salió a la luz en el Saturday Evening Post, trabajó arduamente para dejar las cosas claras, acentuando las formas en que la publicidad toma un núcleo de la verdad y lo expande hasta convertirse en leyenda. En palabras, del propio Monty: “Aprendí que la mayoría de los escritores no necesitan entrevistas para escribir sobre mí. Parece que tienen todas sus historias escritas de antemano”. La vida privada de Clift era muy aburrida: no salía, no coqueteaba, no salía en público. Su imagen era, más que cualquier otra cosa, confusa, incomparable para las categorías de estrellas preexistentes de Hollywood. Pero era guapo y seductor en la pantalla, creando un apetito por la confirmación del mismo Clift fuera de la pantalla. Así que las revistas de fans se volvieron creativas: la portada de Movieland de agosto de 1949, por ejemplo, presentaba a un Clift sonriente, de traje pulcro y aspecto respetable junto con el tentador titular “Haciendo el amor a la manera de Clift”. Pero cuando los lectores miraron dentro de la revista, todo lo que encontraron fue una extensión de dos páginas de imágenes fijas de The Heiress, con Clift en varias etapas de flirteo con Olivia de Havilland, extrapolando que el estilo de besos de Clift era “suave pero posesivamente brutal; suplicando, pero pretendiendo todo. . .” Era una especulación endeble construida sobre evidencia inestable, pero sin ningún signo de haber hecho el amor “real” en la vida de Clift, era todo lo que tenían las revistas de fans. Poco más. De hecho, fue su aparente falta de vínculos románticos lo que más confundió a la prensa del mundillo de Hollywoodland. Tenía una estrecha amistad con una mujer llamada Myra Letts, a quien los columnistas de chascarrillos intentaron arduamente enmarcarlo como un affair. Pero la refutación de Clift fue firme, enfatizando que no estaban enamorados ni comprometidos: se conocían desde hacía 10 años, ella lo ayudó con su trabajo y “esos rumores románticos nos avergüenzan a los dos”. También era cercano a la actriz de teatro Libby Holman, 16 años mayor que él, quien se había convertido en una figura notoria en las columnas de chismes luego de la sospechosa muerte de su rico esposo. Los rumores de lesbianismo y su práctica general de salir con hombres más jóvenes arreciaban desde el papel couché. Clift era tan protector con Holman que —cuando se le ofreció el papel de protagonista masculino en Sunset Boulevard—, lo rechazó. Según se informó, en un comunicado personal, para evitar cualquier sugerencia, en torno, a Libby Holman pudiera ser el personaje de la propia Norma Desmond trastornada. Utilizando a un joven apuesto para perseguir su estrellato perdido. La verdad tácita era que Clift era gay. La revelación de su sexualidad no surgió hasta los años 70, cuando dos biógrafos de alto perfil, uno respaldado por sus confidentes cercanos, lo revelaron, convirtiéndolo en un ícono gay en el lapso de dos años. Hoy en día, es imposible conocer los detalles de la auténtica sexualidad de Clift: su hermano, Brooks, afirmaría más tarde que su hermano era bisexual. En cambio, varios escritos de Hollywood indican que la sexualidad de Clift no era del todo un secreto. En la novela inédita de Truman Capote “Answered Prayers”, por ejemplo, el autor imagina una cena entre Clift, Dorothy Parker y la singular actriz de teatro Tallulah Bankhead:“Es tan hermoso…”—murmuró la señorita Parker. “Sensible. Tan delicadamente hecho. El joven más hermoso que he visto en mi vida. Qué lástima que sea un chupapollas”. Luego, dulcemente, con los ojos muy abiertos y la ingenuidad de la niña, dijo: —“Oh. Oh querido. —¿He dicho algo mal? Quiero decir, es un chupapollas, ¿no es así, Tallulah? —La señorita Bankhead dijo: “Bueno, digaaamooos—cariño, yo reeeeaaalmente no lo sabría. Nunca me ha chupado la polla”. Abundan otros testimonios sobre la homosexualidad de Clift: al principio de su carrera cinematográfica, supuestamente le habían advertido que ser homosexual lo arruinaría; era tan consciente de ser visto como  un aura de feminidad o  una especie de hada de color rosa. Curiosamente fue improvisando una línea en “The Search”, llamando a un niño “querido”, cuando el director Fred Zinnemann insistió en volver a grabar la toma.

 


La sexualidad de Clift, como esos otros ídolos de los 50, casos de Rock Hudson y Tab Hunter, se ocultó —cuidadosamente— al público. Pero eso no significaba que la prensa del higadillo no insinuara algo diferente. Algo extraño, en el sentido más amplio de la palabra, sobre él. Basta con mirar los títulos de las revistas para fans: “Hacer el amor a la manera de Clift”, “Two Loves Has Monty”, “La trágica historia de amor de Montgomery Clift”, “¿Es cierto lo que dicen sobre Monty?" "¿A quién está imitando Monty?” “Él está viajando ligero”, “La espeluznante vida amorosa de Montgomery Clift” y, quizás lo más flagrante, “Monty Clift: ¿Odia a las mujeres o va de alma libre?”. Mansa apreciación para la mayoría pero, en retrospectiva, muy sugerente. Cualesquiera que sean las relaciones que Clift haya tenido, fue prudente. A diferencia de Rock Hudson, cuyos asuntos estuvieron casi expuestos a toda la nación por la revista Confidential, Clift nunca llegó a las páginas del escándalo. Se sentía “solo”, pero con la ayuda de su negativa a vivir en Los Ángeles o participar en la sociedad del café, pudo mantener su vida privada con un candado férreo. Montgomery Clift obtuvo nominaciones al Oscar como mejor actor por A Place in the Sun  (1951) y la fascinante de “From Here to Eternity” (1953). En ambas ocasiones perdió ante actores mayores (Humphrey Bogart y William Holden, respectivamente) y estableció su reputación, junto a los citados, anteriormente, Marlon Brando y James Dean. Como un joven forastero cuyo talento intimidaba a Hollywood. Después de “From Here to Eternity”, abandonó Hollywood durante varios años y firmó un contrato de tres años con MGM. Monty estaba cansado del subidón de su fama, digamos, que su estatus había llegado a un nivel muy alto y comenzó a beber, así como a coquetear con las anfetaminas y los hipnóticos, en modo light. Sin abusar, algo que le daba ese punto de autista liberado, cuando le tocaba ir a un bolo de presentación o fiesta en honor del productor o la dama de turno. En 1955 para formar el condado de Raintree, que lo reunió con su coprotagonista de “A Place in the Sun”, Elizabeth Taylor. El guion no era necesariamente tan especial, pero le daría la oportunidad de reunirse con Elizabeth Taylor, y eso, al parecer, fue suficiente para sacarlo de esa especie de pseudojubilación. Taylor se había casado con el actor británico Michael Wilding en 1952, pero en 1956, su matrimonio estaba en declive. Durante el rodaje de “Raintree County”, Clift y Taylor parecían haber reavivado su relación de “es o no es”; según uno de los biógrafos de Clift, “Algunos días amenazaba con dejar de ver a Elizabeth Taylor; entonces, la idea le hacía estallar en lágrimas”. Otra leyenda apócrifa dice que Taylor le enviaba a Clift montones de cartas de amor, que luego leía en voz alta a su compañero masculino en ese momento. Es imposible para nosotros saber qué sucedió, o si los dos incluso tuvieron una relación que fue más allá de lo platónico. Sin embargo, regresando de una fiesta en la casa de Taylor, en mitad de la filmación para  Raintree County, Monty estrelló su auto contra un poste de teléfono. Momentos después del accidente, el actor Kevin McCarthy, conduciendo frente a Clift, corrió hacia atrás para ver cómo estaba. Se había comido todo el salpicadero. Vio que “su rostro se encontraba destrozado. La nariz rota, la mandíbula del revés,  una gran concentración de cartílagos y trozos de carne de la mejilla, junto con el labio, todo ello con una cantidad de sangre y olor a gasolina que se hacía insoportable. Algunas muelas le colgaban de la solapa del traje. Era dantesco y terrible. “Lo primero que pensé que estaba muerto.” McCarthy corrió a buscar a Taylor, Wilding y Rock Hudson y la esposa de Hudson, Phyllis Gates, quienes corrieron al lugar del accidente. Lo que sucedió a continuación es algo confuso: una versión tiene a Hudson sacando a Clift del auto y Taylor acunándolo en sus brazos, momento en el que Clift comenzó a ahogarse y a señalar su garganta, donde, se hizo evidente, que dos de sus dientes se habían alojado cera de la laringe. Después de caerse durante el accidente. Taylor abrió la boca, le puso la mano en la garganta y le sacó los dientes. Cierto o no, la resistencia de la historia es un testimonio de lo que la gente quería creer sobre el vínculo entre las dos estrellas. Según esta versión de la historia, cuando llegaron los fotógrafos, Taylor anunció que conocía a todos y cada uno de ellos personalmente, y que si tomaban fotografías de Clift, que todavía estaba muy vivo, se aseguraría de que nunca trabajaran en Hollywood de nuevo. Independientemente de la veracidad de esta historia, una cosa sigue siendo cierta: no hay una sola imagen de la cara rota de Clift. Según los médicos de Clift, era realmente asombroso que estuviera vivo. Pero después de una oleada de cobertura inicial, se retiró por completo de la vista del público.

 

 




Siguieron meses de cirugías, reconstrucción y fisioterapia. Entonces llegarón los días más duros del gran Monty. Nuevas pastillas para todo: Nembutal Doriden Luminal Seconal, Dolantina para controlar el dolor, la ansiedad y el miedo. Antidepresivos, Ritalin y Sulfato de dexedrina. Finalmente, la producción se reanudó en Raintree County, que el estudio temía que fracasara tras el accidente de Clift. Pero Clift sabía que la película sería un éxito, aunque solo fuera porque el público querría comparar su rostro invisible desde antes y después del accidente. En verdad, su rostro no estaba realmente desfigurado. Sin embargo, era mucho más antiguo; cuando  Raintree County (1957) llegó a los cines, había estado fuera de la pantalla durante cuatro años y medio. Pero la reconstrucción facial, el uso intensivo de analgésicos y el abuso desenfrenado del alcohol hacían que pareciera que había envejecido una década. Y así comenzó lo que Robert Lewis, el maestro de Clift en el Actors Studio, denominándolo como “el suicidio más largo en la historia de Hollywood”. Incluso antes de Raintree, el declive había sido visible. El autor Christopher Isherwood rastreó el ocaso de Clift en sus diarios, y en agosto de 1955, estaba “bebiendo de una carrera”; En el set de Raintree, el equipo había designado palabras para comunicar lo borracho que estaba Clift: mal era Georgia, muy mal Florida y lo peor de todo era Zanzíbar. “Casi todo su buen aspecto se ha ido”, escribió Isherwood. “Tiene una expresión espantosa y destrozada”. Y no fue solo en un registro privado: en octubre de 1956, Louella Parsons informó sobre la “muy mala salud” de Clift y los intentos de Holman por limpiarlo y rehabilitarlo. Empero, su declive nunca fue evocado explícitamente, aunque con su rostro en Raintree County, estaba allí para que todos lo vieran. Mientras filmaba su siguiente película, Lonelyhearts (1958), Clift arremetió y proclamó: “No soy (…), repito, no soy miembro de la Generación Beat. No soy uno de los jóvenes enojados de Estados Unidos. No me considero miembro de la fraternidad de las sudaderas rotas”. No era un “joven rebelde, un viejo rebelde, un rebelde cansado o un rebelde demasiado subersivo”, lo único que le importaba era recrear un “trozo de vida” en la pantalla. Estaba harto de ser un símbolo, un síntoma, un testimonio de algo. En The Young Lions (1958), realizada, apenas dos años después del accidente: el dolor y el resentimiento parecen casi visibles. Sería su única película con Brando, a pesar de que los dos apenas compartían la pantalla. Elisabeth Taylor, finalmente libre de su contrato de larga duración con MGM, usó su poder, como la estrella más grande de Hollywood para insistir en que Clift fuera elegido para su nuevo proyecto, Suddenly, Last Summer (1959). Fue una apuesta enorme: todos sabían la cantidad de alcohol y pastillas de todos los colores que tomaba Clift —alguien prácticamente imprevisible— en el set. No obstante, el productor, Sam Spiegel, decidió seguir adelante, sin importar el riesgo. Los resultados no fueron agradables. Clift no pudo pasar por escenas más largas y tuvo que dividirlas en dos o tres partes. El tema, que lo involucró ayudando en el encubrimiento de la aparente homosexualidad de un hombre muerto, debe haber provocado emociones encontradas. El director Joseph Mankiewicz intentó reemplazar a Clift, pero Taylor y su coprotagonista Katharine Hepburn lo defendieron y apoyaron con ahínco. Según los informes, Hepburn estaba tan indignada por el trato de Mankiewicz a Clift que cuando la película terminó oficialmente, encontró al director y le escupió en la cara. El declive continuó su itinerario. Clift apareció en The Misfits, un western revisionista más conocido como la última película de Marilyn Monroe y Clark Gable. El director, John Huston, supuestamente trajo a Clift porque pensó que tendría un “efecto balsámico” en Monroe, quien estaba profundamente envuelta en sus propias adicciones, con sus propios demonios personales. Pero incluso Monroe informó que Clift era “la única persona que conozco que estaba en peor forma que yo”. Las imágenes del set son tan conmovedoras como desgarradoras: es como si los tres estuvieran meditando sobre sus respectivos ocasos, y hay una triste y pacífica resignación ante la diferencia, entre lo que sus cuerpos pueden hacer y cómo la gente quiere recordarlos.

 




Pero el público de 1961 estaba demasiado cerca del deterioro cotidiano de sus estrellas para ver el genio meditativo de The Misfits. También era una película oscura y melancólica: como señalaba una reseña de Variety. Venía a decir, algo así, como: “la masa compleja de conflictos introspectivos, paralelos simbólicos y contradicciones emocionales”. Estaba tan matizada que “confundía seriamente” al público en general, que probablemente no podía hacer frente con las corrientes filosóficas del guion del gran intelectual, Arthur Miller: esposo de la Monroe. Algunas de las críticas más prestigiosas sonaban así: Bosley Crowther, adoptando la inclinación populista en The New York Times, explicó; “los personajes eran divertidos, pero también muy superficiales y fútiles. Ese es el maldito problema de esta película”. Ya sea moralmente repulsivo o filosóficamente convincente, The Misfits bombardeó, solo para ser recuperado, años después, como una obra maestra del género revisionista. Mirando hacia atrás, la película tenía un legado de oscuridad a su alrededor: Gable murió de un ataque al corazón en menos de 20 días, después de aquel rodaje. Monroe solo pudo asistir al estreno de la película con un pase de su estancia en una sala psiquiátrica. Ella no moriría hasta dentro de un año y medio, pero Misfits sería su última película completa. En cuanto a Clift, el rodaje fue increíblemente agotador, tanto mental como físicamente: además de tener una cicatriz en la nariz por el cuerno de un toro callejero, quemaduras graves con cuerdas mientras intentaba domesticar un caballo salvaje e incontables lesiones por golpes y caídas. También, interpretó lo que ha llegado a ser considerado como una de sus mejores escenas, una conversación desgarradora y forzada con su madre desde una cabina telefónica. Incluso si el propio Clift ya estaba fuera de control, interpretar a un personaje que hizo lo mismo solo amplificó el costo psicológico. Después de The Misfits, la desintegración de Clift continuó. Fue un desastre en el set de Freud (1962) que Universal lo demandó. Mientras filmaba un papel secundario de 15 minutos como una víctima mentalmente discapacitada del Holocausto en Judgment at Nuremberg (1961), tuvo que improvisar todas sus líneas. Pero quedaba algo del viejo talento, o al menos lo suficiente para  volver a ser nominado, al Oscar.  Monty, le quedaban agallas para entrar en la disputa al mejor actor de reparto, interpretando, en palabras del crítico de cine David Thomson, "una víctima irremediablemente dañada por el sufrimiento". Los planes de Clift para interpretar el papel principal en la adaptación cinematográfica de The Heart Is a Lonely Hunter de Carson McCullers fracasaron, en gran parte debido a su falta de garantías por la póliza de seguro en el set, y las promesas de una cuarta colaboración con Taylor, esta vez con el productor Ray Stark, nunca más. Sucedió entre 1963 y 1966, se desvaneció de la vista del público, emergiendo solo para filmar una actuación final en el thriller de espías francés The Defector (1966). Pero antes de que se pudiera estrenar la película, Clift falleció, sin fanfarrias, a la edad de 45 años, sucumbiendo a años de abuso de drogas y alcohol. Elisabeth Taylor, envuelta en la filmación con Richard Burton en París, envió flores al funeral. El largo suicidio fue completo. Muchas estrellas de Hollywood han cometido versiones de ese extraño y doloroso viaje: el llamado, largo suicidio. Las biografías de Clift reivindican que bebía porque no podía ser su verdadero yo, porque la homosexualidad era la vergüenza en la que tenía que refugiarse. Pero si miras sus propias palabras, sus testimonios sobre lo que le hizo actuar, verás al culpable. Su sempiterna pregunta para sí mismo, como escribió una vez en su diario, era: “¿Cómo permanecer de piel delgada, vulnerable y aún vivo?” Para Clift, la tarea resultó imposible. Clift dijo una vez: “Cuanto más nos acercamos a lo maligno, a la muerte, más florecemos”. Él se fue sólo a ese precipicio, pero cayó realmente. Y así permanece congelado en la imaginación popular, alrededor de From Here to Eternity: esos pómulos altos, esa mandíbula apretada, la mirada firme: una cosa magnífica, orgullosa, trágicamente rota y devorada por ese engendro tan fascinante, llamado Hollywood. Miren esa forma de tocar la trompeta y recuerden a uno de los hombres más bellos de la historia del cine. Como dijeron The Clash en The Right Profile… “De verdad que mira de un forma peculiar” “Ese es Montgomery Clift, cariño”. Y REM en Monty Got A Raw Deal; Los héroes no surgen fácilmente. Monty hacía que lo difícil, fuera fácil, y eso, está a la altura, de un héroe de carne y hueso: el genuino, Clift. Siempre te quise desde aquel día, que te vi en la gran pantalla. Nunca te olvidaremos y gracias por haber existido.





Dedicado a Rhonda Fleming  agosto 1923/octubre 2020 In Memoriam


Fotogramas adjuntos

 

Red River (1948) By Howard Hawks

A place in the Sun (1951) By George Stevens

I Confess (1953) By Alfred Hitchcock

From Here to Eternity (1953) By Fred Zinnemann

The Misfits (1961) By John Huston

 



Biografía consultada y recomendada

 

Montgomery Clift: A Biography  by Patricia Bosworth Ed. Bantam Books

“Making Montgomery Clift” (2018) by Robert Anderson Clift, Hillary Demmon







Alberto, Rai y Carla: Diagnóstico enfermizo Vol.3



 


Después del almuerzo, mientras conducía hacia el consultorio del médico, no podía quitarse de la cabeza la imagen de su hermana. Le gustaba verla tan feliz.—Alberto sonreía y silbaba un tema musical de la radio. La idea sobre la forma de actuar del  Dr. Lasalle o de lo que pudiera pasarle era como una sombra oscura, en lo más hondo de su mente,  dibujaba un enigma. Aunque menguada, por la imagen de su resplandeciente hermana. Cuando llegó a la oficina, estaba preparado para sentarse y esperar, lo que hiciera falta. Hizo una consulta a la recepcionista, ella le dijo que el Dr. Lasalle estaba listo para recibirlo. Le explicó que el Doctor se había saltado el almuerzo para revisar sus archivos y estaba muy emocionado de trabajar con él. La postal idílica que tenía de su hermana en su cabeza se hizo añicos. De repente, se sintió abatido por esas preguntas que acechaban en el desasosiego sobre el Dr. Lasalle.

La recepcionista abrió la puerta y lo condujo por un pasillo largo, a una habitación cálida con un sofá y una silla.—Adelante, Alberto: Ponte cómodo, estará contigo en medio minuto.

Alberto se sentó en el sofá, nunca antes había ido a un psiquiatra, aunque pensó que estaría recostado en el sofá y le contaría muchas cosas sobre su infancia. Así que decidió que lo mejor sería ponerse lo más cómodamente en  el sofá.

Una puerta se abrió silenciosamente, una que Alberto no había notado antes, una que no podía ver desde su posición. Entonces, ¿no he leído que hayas pasado por esto antes?— preguntó una suave voz detrás de él.

Luchó por girar la cabeza para ver, pero el médico dio la vuelta y se paró frente a su cuerpo tendido para extender su mano. Soy el Dr. Lasalle.  —Dijo, él.—Yo he hablado con el Dr. Lasalle y no es así.

Alberto, estaba decepcionado. Después de su hermana, el Dr. Lasalle no era mucho para mirar. —Vamos! Pequeñito y redondo con una cara igualmente por debajo de la media nacional. Alberto recordó que su salud mental estaría en sus manos, con suerte, mejor cuidadas, que su apariencia. Empero, yo hablé con el Dr. Lasalle y este tío no es él.

Dr. Lasalle:—Se está bien, ahí.

—No, solo lo que he visto en la televisión.— Dijo, disculpándose porque se había tendido en el sofá.

Dr. Lasalle:— Si te sientes más cómodo, a mí no me importa. Yo me sentaré en esta silla detrás de ti.—Dijo mientras se alejaba de su vista.— Alberto notó un ruido muy molesto, al chirriar la silla, donde se sentaba el Doctor.

Dr. Lasalle:— Entonces, el Dr. Ansorena, lo vio ayer y me comentó que sigue tomando la medicación y ve avances. Alberto, no escuchaba al Dr. Lasalle, sólo veía muecas y un blablablá de fondo. Hastiado de escuchar sus putos problemas durante las siguientes dos semanas. Su plan diario era éste: ver al Dr. Lasalle cada dos días y hablar de cosas que no recordaba al cabo de los 10 minutos. Levantarse del jodido diván, sentirse sucio por las confidencias y volver a casa para tomar una larga ducha. Parecía como si el sofá fuera un portal a otro territorio, un mal sitio, desaparecido: cuando se recostó en él. Y así, pasa la vida de Alberto. Cuanto más se vuelve, más culpable se siente, cuando se levanta para irse, como si de alguna manera estuviera traicionando a su hermana, a su amiga, a todo ese otro mundo.

Piensa en ir a almorzar con su hermana o al parque con su amigo, Rai. Empero, la culpa le pesa demasiado como para llamar a cualquiera de los dos. Así que, en cambio, simplemente recoge los materiales reciclables del parque y se va a casa a ver sus películas favoritas o a leer sus novelas preferidas. Esto termina siendo su vida hasta que vuelve a ver al Dr. Ansorena. Su mejor amigo, Rai,  nunca viene a verlo. Lo que le hizo sentir gran curiosidad. Normalmente, sorprendía a Alberto con una visita inesperada cuando no habían hablado durante una semana más o menos, pero no esta vez. No fue así. Alberto no pudo superar la culpa que sopesaba, tanta, como para llamarlo. Una parte de él sabía que no quería enfrentarse a las preguntas que le haría su amigo sobre ir al médico, sobre las pastillas o sobre lo que necesitaba ser "regulado" en su cabeza. Pensó que esas eran las razones por las que quería sentirse culpable en el fondo de su mente. Alberto sentía lo mismo por su hermana. No había estado allí para verlo en un tiempo, y sus llamadas telefónicas habituales tampoco habían llegado. Pensó que probablemente estaba atrapada con ese nuevo chico que había conocido, sin embargo, quería sentirse feliz por ella, pero la culpa se cernía, una y otra vez, sobre sus pensamientos.

 



Tras ese balance personal. Cogió su automóvil y se dirigió a ver al Dr. Ansorena, hoy era el día de la segunda visita. Sentado en la sala de espera, le echó un ojo al revistero. Encontró un número de un magazine de fotografía profesional y se quedó mirando las hermosas imágenes. Cuando finalmente lo llamaron a la habitación, esperó un poco más hasta que entrase el médico.

—Entonces, Alberto, ¿cómo va todo?—Preguntó el Dr. Ansorena, cuando entró en la habitación.

—Va bien.

¿Qué hay de tus amigos especiales, cómo les ha ido? el médico lo miró mientras formulaba la pregunta.

—En realidad, no les he visto desde que vi al Dr. Lasalle. Y fue entonces cuando se dio cuenta por primera vez. No ha visto a su hermana ni a su mejor amigo desde que comenzó los tratamientos, ¿podría ser una coincidencia?

—El doctor Ansorena sonrió con orgullo. —Eso es realmente bueno, Alberto. No esperaba que comenzara a funcionar tan rápido, pero es genial que el tratamiento ya haya aliviado los síntomas tan rápido”.

—Alberto piensa mucho lo que va a decir —¿las cosas no parecen estar bien? Sí, supongo que sí.

La mirada de confusión está en el rostro de Alberto y el médico se da cuenta:¿Estás seguro de que todo está en su sitio, Alberto?

—Yo... simplemente no me di cuenta de que el tratamiento estaba funcionando. —Dice en voz baja. —¿Cómo podía ser que realmente estuviera tan destrozado de la cabeza?

Dr. Ansorena:—Así es como van estas cosas. Dice el médico reconfortante. Ahora, dado que su cuerpo se acostumbrará a las drogas, la dosis aumentará un poco. ¡Venga, ese ánimo!

"Humm... sí". Todo esto está mal, ¿estaba loco?

Dr. Ansorena—Bien, recoja sus nuevas dosis al salir. Ahora vas a tomar cinco al día. Será más fácil tomar dos por la mañana, uno al mediodía y dos por la noche. —¿Alguna pregunta? el médico parece presumido, orgulloso de que su tratamiento haya dado sus frutos tan rápida y fácilmente.

No, suena bien". ¿Podría ser? ¿Realmente podría haber estado tan al límite?—Un tono entre el cinismo y la indiferencia. —No, todavía tenía recuerdos de cómo eran reales... ¿No es así?

Dr. Ansorena :—Está bien, te veré en dos semanas más. No olvide programar su próxima cita al salir. El médico toma un par de notas en su portapapeles y sale. 

Alberto, intenta descodificar qué está mal, pero no puede con ello. Sale de la oficina, coge sus pastillas y programa su próxima cita.

Una vez en su coche, Alberto decide que debería ir a ver a Rai, o ver si alguna vez existió.—¿Rai es mi amigo?

Mientras conduce, siente un presentimiento, una sensación de pavor. Tiene un pálpito como de haber hecho este viaje, hace muy poco. Un trayecto cercano, pero imposible de recordar. Nota como si fuera de noche; cuando doblaba estas esquinas por última vez. Ese efecto tenía un propósito, siempre que lo estaba haciendo, aunque de imposible recuerdo.

Se detiene en el edificio de apartamentos donde vive su amigo. Sin embargo, algo anda mal, parece sin vida, no hay nadie alrededor. Baja de su coche y entra al rellano delantero, recuerda este rellano. Oscuro y con un aroma a humedad y moho.—Lo atravesé, pero, no. Por qué, no me acuerdo. ¡Joder¡ Se abre camino por las escaleras, pasando sus manos por el papel de la pared en la oscuridad para mantenerse firme.

Ahí es cuando se da cuenta  que esa fue la noche en que comenzó su proceso de medicación. —Ahora, si  lo recuerdo. Me desperté, después de que terminase la película, y vine aquí. Seguro

Alberto  llega a la puerta de su amigo. Hay un aroma en el lugar, que le recuerda a una mezcla de almizcle y entrañas de pescado. Es muy áspero y desagradable. Llama y espera. —Nada, maldición. No contesta.

Alberto vuelve a llamar, luego intenta abrir la puerta, pero está cerrada con los pestillos a cal y canto. Está preocupado por su cordura, por su amigo, por la última vez que estuvo aquí. Alberto da un paso atrás y encuentra la llave que guarda debajo del tapete de la puerta. La introduce en la cerradura y gira el bombillo.

Cuando abre la puerta, recuerda lo que pasó cuando vino esa noche. La sangre estaba esparcida por todo el apartamento. En la pared del fondo están, a modo de garabatos, las palabras: "No es real". Alberto comienza a secarse el abundante sudor de su frente.



De repente, todos los recuerdos vuelven a fluir. —¿Cómo llegué aquí…? ¿En un hipnótico trance? Más o menos, en el momento, en que su amigo lo dejo entrar: sacó un cuchillo y se lo llevó.

Se derrumba y cae de rodillas. —¿Cómo pude haber hecho esto? Nooo!

Alberto recuerda todos los apuñalamientos, todas las cortaduras. Recuerda a su amigo suplicando por su vida. Escucha unas voces que le dicen, en tono, fantasmagórico: culpable, asesino, eres un malvado. Se siente mal y vomita. La voces, seguían mancillándole, con un tono más bajo.—No he hecho nada. Yo no soy un asesino.—Gritaba desesperado.

Le vino a la retina un gélido presentimiento. La sensación de que era un sueño, de que no existía, estaba vagando por la habitación de Rai. Un sentimiento aterradoramente entumecido. Muy parecido a la sensación que tuvo, cuando comenzó a tomar la medicación de su tratamiento. Se queda con una sensación repugnante que no puede deshacerse, lágrimas rodando por sus mejillas. Luego oye pasos subiendo las escaleras. En un momento de pánico, cierra la puerta y la bloquea. Pasan los pasos. Pero la enfermedad no lo hace.

No sabe cuánto tiempo permanece sentado en el suelo. Pero cuando regresa a su auto, está oscuro, trae los recuerdos de la pesadilla que le persigue, una y otra vez de la última vez. Cuando salió de aquel apartamento. Casi choca con otro auto, en una intersección, cuando comenzó a secarse la sangre que abundaba por todo el coche.— Noto el olor y no quiero decirle nada a la gente. Callaos— La voces han vuelto con fuerza. Pero ese aroma a sangre fresca humana, continua siguiéndole.

Alberto  pasó la noche llorando en su ducha, tratando de quitarse el hedor y completamente K.O. Sus recuerdos no se irían por el desagüe, no importa lo sucios que estuvieran. El agua se había enfriado mucho, mucho tiempo atrás, y la luz comenzó a entrar por la ventana. Alberto había agotado el cupo de  lágrimas, pero nunca perdería los sentimientos inmundos que lo habían inundado.

Una vez que salió de la ducha, se dirigió al teléfono, ni siquiera se secó. —¿Qué hago. A quién llamo? Esta situación no tiene ningún sentido.—Qué coño me ha pasado?. Finalmente, marcó el número de la única persona con la que podía hablar: su hermana. Consciente de lo difícil que le podría resultar entender lo que contaría.

En la mesilla del teléfono estaba su frasco de pastillas, lo miró mientras sonaba el teléfono. Ayer, al mediodía, tomó su último comprimido. Ese era el último que tenía programado tomar antes de su visita al médico, y antes de ir a ver el horror que le ha causado a su amigo. Alberto apartó los ojos de la botella, se suponía que debían arreglar, sus cosas pendientes. Alberto en un soliloquio espetó:— Los amigos están para lo que haga falta, los buenos te perdonan lo que seas… decía K. Cobain —Se equivocan, no soy un monstruo. No he podido hacer lo que he visto con Rai. 

Empero, las voces seguían su cantinela…—Monstruo, bestia, demonio…Asesino. Pensaba— Seré un leviatán o me he convertido en ello hace mucho tiempo. Cuando el contestador del teléfono de su hermana dio paso al contestador de voz automático. No pudo dejarle un mensaje. Intento, una nueva llamada, pero saltaba el maldito contestador. Decidió salir de su apartamento. Bajo las escaleras hasta el garaje y cogió su vehículo. Necesitaba alguien con quien hablar y no podía esperar. Solo le rogó que estuviera en casa durmiendo.

En su camino, comienza a tener destellos y voces que le alentaban al lugar de los hechos. Su memoria se iba abriendo. Del mismo modo, que sus ojos comenzaban a dejar caer pequeñas lágrimas. —¿Por qué? Yo no soy malo. No he hecho nada, que me dijeran. Sigo sin entender nada. Las voces seguían con su repertorio…— ¿Qué recuerdos tiene que no pueda recordar? Por alguna razón, empezó a respirar profundamente, comienza a pensar en los eventos más recientes. Le recuerda la primera vez que fue a la consulta del Dr. Lasalle. Y se preguntaba:—¿Cómo nunca puedo recordar nada de lo que me había dicho?

La primera vez que estuvo con el doctor debió haberle hablado de su hermana, de cómo la conoció en el restaurante, de cómo se revolvía en su vestido, luciendo como una mujer así... elegante y dulce. Otra vez sus pensamientos pasaban del gris al negro y la voces… —¡Culpable, criminal. Di la verdad!

Lágrimas, donde ya no había, y una sensación de malestar en su pecho. De repente una oscura sensación de éxtasis lo invade. Las partes equivocadas de él se excitan… Alberto comienza a temblar, a sudar y mover las cejas de la cara como un personaje de AHS. Si vuelve el recuerdo de todos estos síntomas, recuerda las curvas, pero eran diferentes. Aquellas curvas que tomo fueron muy suaves, como si el viento manejase el volante. Lentas y delicadas de lo que son ahora. Le vino un fogonazo de aquel momento y el entumecimiento que sintió. Había algo muy escondido, sucio y obsceno que era incapaz de recuperar. Las voces le hicieron detener el coche y parar en el arcén. Se desvaneció por unos instantes. Empero, la otra vez que condujo hasta aquí las luces estaban en verde, lo hizo todo sin dudarlo, sin pensarlo dos veces. Tenía muy claro sus objetivos.—¿Qué queréis cabrones qué os diga que soy un asesino y una bestia que disfruta rajando a la gente? ¡Es lo que queréis. A la mierda!


En cambio, hoy, iba por aquel itinerario a toda hostia. Las luces no están todas en verde. Entre el pánico y la confusión de las voces, aceleró cruzando el disco rojo de un semáforo y entró en un SUV japonés de grandes dimensiones. Muy distinto al pequeño Renault Clio. De nuevo, se desvaneció y se escuchó un estruendo. Alberto despertó en el hospital universitario. Sus médicos están de pie junto a él. Se oye la voz de ambos intercambiando impresiones y una frase: el paciente está confundido e histérico. El Dr. Ansorena, recita tranquilamente mientras escribe en su portanotas. El Dr. Lasalle se cubre la boca con la mano y solo puede negar con la cabeza. Alberto intenta alcanzar su rostro para secarse las lágrimas, pero sus manos están atadas a la cama. El paciente continúa recitando crímenes que ha cometido a personas que no existen. El Dr. Ansorena, sigue escribiendo. —¿Qué me está pasando? —se tambalea entre sollozos.

—Alberto, escúchame bien. Y hazme un gesto, para que yo pueda entender que me comprendes perfectamente. Bien, has tenido un accidente. Las drogas no parecen funcionar. El Dr. Ansorena, intenta consolarlo con una explicación básica y muy coloquial de clase de facultad.

Las luces del hospital parpadean. Una imagen destella en su mente. Las paredes blancas del hospital se vuelven lúgubres, la luz se atenúa. Los médicos son simplemente guardias. No está acostado en una cama de hospital, sino en una cama de prisión de máxima seguridad. Un guardia parado junto a él está sonriendo y espeta con sorna:— ¡Tío estás...Ja,ja! Pero que muy bien jodido...

El más rechoncho está sonriendo y sacudiendo la cabeza hacia Alberto, las voces vuelven, en esta ocasión con mucho sarcasmo: —la has cagado, cabrón. Eres un puto psicópata. Y te van a meter un montón de años, asesino de mierda.

Alberto solo puede cerrar los ojos y negar con la cabeza, tratando de controlar lo que está sucediendo, dónde se encuentra. Recuerda un accidente automovilístico, pero al mismo tiempo recuerda que lo arrestaron. Su mente confusa, ve flashes de un juicio… Los días pasan...

—Veamos, Alberto, entre el desastre en el que estabas y tu estado mental, has estado entrando y saliendo de la conciencia durante los últimos días. El doctor Lasalle intenta recapitular lo que aparentemente no puede recordar, explicarle las cosas para que pueda salir del marasmo en que se ha convertido su vida.

—Posiblemente te estábamos presionando demasiado con las drogas, no lo sé. Creo que necesitas una observación más cercana. Creo que vas a necesitar más ayuda de la que nosotros dos podemos darte. Tus delirios parecen haberse enraizado, esto es positivo desde el punto de vista de la psiquiatría. Es mucho más fácil actuar sobre ellos. Pareces sentir un profundo sentimiento de culpa, tal vez por algo que te sucedió cuando eras niño. El Dr. Ansorena, mira al Dr. Lasalle, que todavía niega con la cabeza. La alegría de curar a este paciente parece haber desaparecido del rostro del Dr. Ansorena, y, en su lugar, ha llegado ese desplome de pura sensación de fracaso. La imposibilidad de proseguir en el caso.

¡Estás jodido, cabrón, 42 puñaladas a tu mejor amigo y encima; le cortaste la cabeza!— Dice el guardia impresionado. Las fotos estuvieron en las noticias y toda la prensa hasta que decidieron que eran demasiado sangrientas. —Estás acabado, perro. Hay una sonrisa en la cara de los guardias; esta prisión debe estar ante los infractores graves si lo que está diciendo le ha traído una sonrisa a los labios. Alberto pierde el aliento. —¿Cómo pude haber hecho eso? Sus ojos se ponen vidriosos, no quiere confrontar lo que pasó, Alberto  no quiere saber más del porqué está aquí.

—No lo dejes afuera hombre, siéntete orgulloso de ello, figura. Aquí te mantendrás a salvo y estarás en este lugar, durante mucho, mucho tiempo: el resto de puta vida. Parece saborear contarle su destino.—El guardia compañero le espeto:—Si quieres que dure más de un par de semanas, es mejor que empieces a presumir de lo que le hiciste a tu hermana y su novio. Encuentra saliva y comienza a usarla para gritar como un loco.

—El guardia, dos, el regordete sonríe ante los gritos locos, parece disfrutarlo. Los médicos se sientan juntos, Este trabajo es difícil. Odio ver a gente tan prometedora consumirse en delirios.

El Dr. Lasalle solo puede mirar la mesa y negar con la cabeza.—Es muy triste pensar que una mente tan creativa se desmorona en lugar de pintar, escribir o demonios... Cualquier otra cosa. El Dr. Ansorena hace una pausa para hacer girar su café en la taza que tiene frente a él. —Si tan solo hubiéramos podido encontrar una manera de reprimir su imaginación en lugar de dejar que se rompiese como lo hizo. —Toma un sorbo de su café frío y niega con la cabeza. Hicimos todo lo que pudimos. Estoy seguro de que si no pudiéramos salvarlo, no podría salvarse en absoluto. El Dr. Lasalle pone su mano sobre su hombro.—Unos 3 segundos. La retira— Es como si esas ideas fueran tan reales para él como tú para mí. Tal vez al suministrarle ese coctel de  medicamentos y alejarlo de esa otra realidad que estaba en su mente. Quién sabe. Quizás eso fue lo que lo hizo desquebrajarse y lo llevó a cometer esos actos inenarrables, con esas personas, en su cabeza.

¡Hey, Pura! Encerramos a ese puto psicópata en el infierno. —El guardia (regordete)  de la prisión le cotillea a su esposa. —Ella se estremece mientras sostiene su mano sobre su pequeña mesa. En la otra, sostiene una taza de su café matutino, del que bebe un pequeño sorbo, Gracias a Dios que el hombre está encerrado. Nunca pude entender porque alguien le haría esas cosas a su propia hermana: violarla y asesinarla. Es simplemente, una locura enfermiza. El horror, el mal y las almas.





                                                                                            FIN





              Dedicado a la memoria de Ruth Bader Ginsburg marzo 1933/septiembre 2020 DEP


Fotogramas adjuntos

Zimmer 13 (1964) by  Harald Reinl

No Way to Treat a Lady (1967) By Jack Smight

The Sadist (1963) By James Landis

Landru (1963) By Claude Chabrol







La extraña terapia de Alberto: Vol. 2

 


No son solo sus amigos y su familia, son completos extraños que ve caminando por las calles, trabajando en sus puestos de trabajo y otros que siempre van a los centros comerciales. No solo cree que existen, en realidad lo hacen, aunque en el otro mundo donde cree que vive, no puede verlos. Su hermana, Carla, está con él en el consultorio del médico mientras le explica estas cosas. El médico no puede ver su mano sujetando la suya. El Doctor no puede oírla cuando le dice a Alberto: “Todo estará bien. Solo está tratando de ayudar”. Ella se siente mal por él. Sabe que tiene suerte de no estar en la misma situación. Sería duro si viviera en ambos mundos como Alberto. Carla, le aprieta la mano, esperando que el médico pueda hacer algo para facilitarle la vida. —Tal vez él podría...—Quizás...— A lo mejor…Estirándose los dedos y casi llorando —ella no sabe qué le gustaría que sucediera para que su vida fuera más fácil. Seguramente para no sacarlo de ninguno de los dos mundos, perdería tanto y ella también podría perderlo definitivamente. Igual, el médico, sabe algo en lo que ella no puede pensar, por eso es médico, —¿verdad?—Entonces, Alberto, ¿sabes que otros no pueden ver a estas personas? ¿Sabes que no son reales? —Le pregunta el doctor Lasalle.

“No, son reales. Pero sé que otros no pueden verlos”.—Alberto corrige al Doctor. "Mmhmm..." —El doctor tararea mientras escribe en el tablero. —¿Y dices que ves algo más que aquellos con los que tienes una conexión personal, como fantasmas o figuras borrosas? Pero no son fantasmas. Los fantasmas están muertos, la gente que veo todavía está viva”.— Alberto lo reprende: "Pero sí, veo todo tipo de ellos todo el tiempo". Alberto le preocupa que haya sido un error, cuando tienes que reprender a alguien con tanta frecuencia, normalmente significa, que no quiere o no puede entenderte. —¿Estás viendo alguno ahora mismo? —Los ojos del Dr. Lasalle se levantan del portapapeles en el que está escribiendo para encontrarse con Alberto. Mientras se sienta en la mesa de examen, Alberto, se retuerce un poco. El papel se cruje debajo de él. No puede mentir, el médico solo está tratando de ayudar. ¡Humm, sííí! Mi hermana está aquí conmigo. ¡Joder!"Interesante. —¿Tus padres la conocen? —El médico parece capciosamente interesado en esta pregunta, como si realmente significara algo sobre su diagnóstico. —Bueno, la conocí en el hogar de acogida. Supongo que nadie le prestó atención allí. Pero ella sigue siendo mi hermana. No había pensado en su hogar de acogida durante mucho, mucho tiempo. —¡Ah, está bien!. El doctor anota algo en su tablilla.— Por cierto, Alberto ¿Cuál el nombre de tu hermana? Duda unos 30 segundos y le dice: —Se llama ¡Carlaaa! Sí, ese es su nombre: mi hermana Carla. —“Bueno, quédate tranquilo, Alberto. Vuelvo enseguida”. El Dr. Lasalle sale de la habitación y cierra la puerta con esmero. —Alberto, no tenías que hablarle de mí; no habría herido mis sentimientos. —Su hermana, Carla, le reniega. Los ojos de Alberto se encontraron con los de ella y supo que estaba mintiendo. Siempre estaba tan frustrada que los otros niños y niñas del hogar de acogida la ignoraban, no entendía aquel porqué, cuando era tan joven. Pero a medida que creció se dio cuenta de cómo funcionaba el mundo. Básicamente, hay dos mundos que viven al mismo tiempo, en el mismo lugar, por lo general, no pueden verse ni tocarse entre sí. Algunas personas dijeron que tenía que ver con átomos que vibraban a diferentes frecuencias, otros dijeron que tenían diferentes dimensiones, mientras que otros culparon a Dios. Nadie lo sabía con certeza. En los casos inusuales, algunas personas vieron ambos mundos. En el mundo del Dr. Lasalle, esas personas eran consideradas locas. Mientras que, en el mundo de su hermana, los entendían un poco mejor. Pero, a pesar de todo, los clasificaban como extraños.




Alberto era una excepción extremadamente inusual. En realidad vivía en ambos, podía tocarlos y ambos lo tocaban. Nadie había oído hablar de una persona tan extrema hasta entonces. El doctor regresó.—Muy Bien, Alberto. No hay forma de suavizar esto. Tiene un trastorno mental muy grave. La mejor noticia; es que ha aprendido a sobrellevarlo muy bien. Entonces vamos a probar una combinación de diferentes tratamientos. Incluirá la medicación que le recete y el asesoramiento de un muy buen neurólogo/psiquiatra que trabaja aquí en este edificio. El Dr. Ansorena y yo solemos colaborar juntos en varios casos. —El Dr. Lasalle mantiene sus ojos en Alberto para ver su reacción a la sentencia.

—Alberto suspira profundamente. Sin embargo, realmente no puede sorprenderse, ¿qué podría esperar cuando le dijo a un médico que tiene relaciones con personas que no puede ver? —Bien. Eso es todo lo que Alberto realmente puede decirle.El Dr. Lasalle le entrega a Alberto un papel con la escritura de su mano garabateada: "Lleva esto a la recepción y te darán la receta. Vamos a empezar con tres al día, una en la mañana, otra en el almuerzo y la última en la cena noche”. El Doctor habla lentamente, manteniendo su mirada, en Alberto, asegurándose de que está captando todas las instrucciones que tiene para él. “Lo más probable es que, cuando su cuerpo se acostumbre a las drogas, lo iremos aumentemos a cinco por día, y finalmente a ocho por día. Nuestro objetivo es equilibrarlo. Mientras tanto, trabajará con el Dr. Ansorena. Aquí, donde estamos, tan sólo, dos pisos más abajo. Ella lo ayudará a familiarizarse con los cambios que atravesará. —Si empiezas a sentirte raro de alguna manera, fiebre, dolor de cabeza, deprimido y no quieres hablar con el Dr. Ansorena al respecto, llámame. Éste es mi número personal; Le responderé en cualquier momento”. Le entrega otra hoja de papel más legible con nueve dígitos. —Quiero verte de nuevo en dos semanas, comprobar cómo va todo el proceso. Así que le programen una cita cuando obtenga su receta en la recepción, y mientras esté allí, puede concertar una hora para ver al Dr. Ansorena. ¿Alguna pregunta?" La cara de Alberto es ilegible. Incluso él no está seguro de cómo se siente acerca de todo esto. No quiere tanto que lo arreglen, solo... bueno, no está seguro. Le gusta su vida, solo desearía que la gente no pensara que estaba loco de mierda. —No, intentémoslo. Gracias Doctor. Carla se acerca; cuando Alberto se levanta de la mesa de examen. Ella está tan confundida como él —acerca de cómo se siente— con el tratamiento que le está ofreciendo el médico. Es bueno que vayan a intentar ayudarlo, pero a ella le preocupa cuál será el costo. —¿Lo hará como todas las demás personas que no pueden verla? Ella toma su mano con fuerza mientras salen de la habitación. —Mira, Alberto, están haciendo todo lo que pueden para ayudarte. —Carla intenta buscar consuelo, en sí misma tanto, como a su hermano.—Alberto asiente con la cabeza hacia ella. Carla sabe que no quiere que lo vean hablando con ella en un consultorio médico por todos sus rincones. Con esa cantinela en su cabeza… Ella se queda callada, mientras programan su cita con el Dr. Ansorena, mañana por la tarde, y la próxima con este médico. Dentro de dos semanas a partir de hoy. Posteriormente, le entrega a la asistente su receta y ella entra por una puerta en la parte trasera de la oficina. ¿A, ver? —Esto no es tan malo. —dice, pero ambos rostros muestran la preocupación que tienen dentro de sus mentes. La asistente/recepcionista vuelve con un pequeño frasco marrón de pastillas y repite las instrucciones de tomar las pastillas tres veces al día con las comidas.

—Él toma una respiración profunda y agarra el envase, en su mano. —lo guarda en su bolsillo. En el garaje público, dentro del vehículo, su hermana mira el frasco de pastillas, —No sabía que una palabra pudiera tener tantas por Dios. —Me pregunto; ¿cómo se pronuncia? —Sonríe mientras trata de mejorar el estado de ánimo. Al menos no muerden; —Él está en silencio, de camino a casa. Solo diciéndole adiós cuando ella sale del auto en su casa. Luego conduce a casa para comenzar su tratamiento.

 


En casa. La fortaleza de soledad.

Le resulta difícil entender cómo la gente puede sentirse sola. Esos momentos en los que puede estar solo, sin tener que responder, ver u oír a nadie más, son una bendición para él. Esos periodos no son los más felices, pero suelen ser cuando se siente más contento, casi en plena paz, con el mundo. Mientras sube las escaleras hacia su apartamento, revisa el correo; facturas y basura. En eso se han convertido los buzones del presente. Tira la basura al contenedor y se aferra a los sobres de publicidad sin abrir, mientras sube las escaleras. Unos cuantos cuatro zaguanes más tarde, llega al quinto, donde abre la puerta de un pequeño apartamento tipo estudio. Al entrar y encender las luces, ve  su devenir diario: un  gran desparrame de todas sus cosas. Algo que le hace sonreír, pues, le es familiar.—Hay cosas que no cambiarán, ni en 100 años. No es un desastre, pero tampoco está ordenado. Las cosas simplemente están agrupadas. Ropa apilada en la esquina del lado de la ducha, platos en el fregadero, cajas de Deuvedés, forman una torre al lado de la televisión y una estantería llena al azar de libros apilados por todas partes. Algren, Dickinson, Fante, Crane, Cheever, Lovecraft, Nabokov, Plath, Verlaine, Yates, Zamacois y otro montón de Cómics de Corben, Liberatore&Tamburini o Moore. Dejó los billetes sin abrir en una mesa junto a la puerta, junto con sus llaves y su cartera. Un lugar para cada cosa y cada cosa en su puto lugar.— espeta en voz baja. Saca los frascos de píldoras de su bolsillo, los sacude—a modo sonajero— y luego comienza a dudar. ¿Qué me harán? ¿Cómo lo arreglarán cuando no se sienta realmente triturado? Nunca ha tomado buenas drogas en su vida; es decir, políticamente correctas. —Se pregunta cómo será. La etiqueta le recuerda que no debe tomarlos con el estómago vacío, por lo que abre su refrigerador y busca algo que le parezca bueno para comer.¿A ver qué maravillosas viandas tiene mi nevera? Estoy de suerte. —Vaya, hamburguesas sobrantes de McDonalds, y sobras en una caja de Telepizza —Huele bien. Se conforma con calentar un par en el microondas para acompañar la media empanadilla de espinacas que le había comprado Carla. Este es su festín de celebración, dando una nueva hoja de ruta en la vida, probando todo esto de lo correctamente "sano". ¡Ja,ja,ja!—Se troncha de la risa. Después que el microondas suene. La campanilla repica que ya está caliente. Coge la comida y se la prepara en la mesa centro del sofá. Comienza a reflexionar sobre qué DVD debería poner. The Goodfellas, no, porque es una película muy gamberra; con la que empatizo y me ha entrar la tensión y las ganas de las viejas costumbres. Full Metal Jacket de Kubrick no sería una mala elección. O revisar la original de HBO, True Detective, a pesar de la ridícula coleta postiza de Matthew McConaughey. —¡Joder! Qué tengo que cenar. —¡A la mierda, es noche de Donny Darko y punto! Desliza el disco en la Xbox y luego toma el control para iniciar la película. —Quince minutos, dos hamburguesas, media botella de zumo de piña y un cuarto de Schnapps de Coco.Sonriendo ante una película que ha visto decenas de veces. —¡Manda huevos!, Toma el frasco de pastillas que puso sobre la mesa. No se lo piensa dos veces, cuando abre la tapa, de seguridad, a prueba de niños. Sin embargo, en el fondo de su mente, la pregunta sobre qué significarán esto para sus vidas suspira por el destino. Lo ignora, adormeciendo su mente con las luces de colores en la pantalla. Apura el poco Schnapps que le queda.—Qué rico está el coco. Toma un trago de Zumo D. Simón y todo queda listo. Un momento que puede cambiar su vida para siempre, y está acompañado por un hombre con un disfraz de conejo llamado Frank.—Risas amargas. —Así es la vida. Durante la siguiente hora, tira la basura a la papelera, apaga las luces y se queda dormido en el sofá con la película encendida. Este sofá hace las veces de cama —por aquello de algún imprevisto— por lo que se pone cómodo y se recuesta. Sus  párpados van cayéndose, el sonido de la película de fondo, queda cada vez más lejos. Hasta quedarse dormido como un tronco. Se despierta de un sueño intermitente, no muy inusual, a bote pronto, agitado y desubicado.

 


Considerando que la pantalla del título de Donnie Darko estuvo en marcha toda la noche. Aún, se siente más atontado de lo habitual. Pero en este punto realmente no se da cuenta. Todo lo que Alberto hace es agarrar el controlador a la Xbox y hacer que reproduzca la película en lugar de repetir los sonidos de la pantalla de título. Él, yace, en su jodido sofá, sacudiéndose. Mira el frasco de zumo y recuerda sus nuevas "pirulas". Agarra el bote marrón de sus píldoras y lucha por abrirla en un plis. —Estúpidas tapas a prueba de niños. Una vez que finalmente abre la tapa, vierte su segunda pastilla en la palma de su mano y se la mete en la boca. Ahí es cuando recuerda que terminó su botella de Schnapps de Coco. Cuando la pastilla se vuelve amarga en su boca, se apresura hacia el fregadero y enciende la luz de la cocina. Intenta poner su boca bajo el grifo de agua, para tomar un sorbo. Empero el fregadero apesta y está hasta los topes de platos sucios. Es una lucha en balde. Al final aspira un pequeño trago y trata de tragar la amarga pastilla. Pero solo llega hasta la mitad. Recurre a coger un vaso del fregadero. Comprueba si puede identificar qué demonios había en él. Finalmente, ya que no puede, supone que debe haber sido agua. Lo pone debajo de la perspectiva de caída y bebe un buen churritón. Suficiente, para mover la maldita pastilla por su garganta. Inspira,  profundamente, habiendo superado su gran pelea de la mañana. Su mente sigue cavilando. Piensa que las pastillas no deberían empezar a afectarle realmente durante un par de días. Hasta que empiecen a fluir por su torrente sanguíneo. Vuelve a sentarse.  Pasan un par de minutos, muy lentos,  y un par de escenas de la película, con las que está muy familiarizado. Decide levantarse, de nuevo. Se dirige a la ducha. Todavía es demasiado temprano en la mañana. Aunque tiene la sensación de inquietud y que las cosas no están en sus sitio.—Es raro, no son iguales. Al abrir la ducha, por lo general tiene que jugar con las llaves para obtener la temperatura adecuada. Afortunadamente, hoy encuentra un agua caliente que no está ardiendo y se agradece. Tira su ropa a la pila que está de un cesto y termina cayendo en una montaña de trapos sucios. Alberto no encuentra razón para apurarse y deja que el agua tibia lo limpie. Se cepilla los dientes, se lava el pelo y se enjabona el cuerpo. Se queda observando cómo todas las burbujas, toda la suciedad y la mugre que tenía sobre él se arremolinan en el fondo de la bañera y desaparecen, por la rejilla del sumidero, para siempre. En lo más hondo de su ser, desea  estar deprimido, por perder una parte de él. Independientemente, de si fue sucio y no deseado. Empero descubre que no puede despertar la suficiente emoción como para sentir nada. Es como una fotografía congelada. Después de la ducha y tras quitarse mierda del pleistoceno. Toma una toalla y se seca poco a poco. Hoy está comenzando algo extraño, sin embargo, no sabe exactamente el porqué. De su pila de ropa sucia, oliendo entre las piezas de la montaña de ropa, coge unos calzoncillos, más limpios de lo imaginado. Unos pantalones y los calcetines más decentes. Se ha vestido y acicalado por completo. Hoy será otro día; comenzará yendo al parque con su bolsa de basura y llevará, a cabo la recolección de botellas y latas. Las cosas reciclables que todos tiran. Con todo ese tesoro, lo entregará en un garito, de un chatarrero y obtendrá algo de dinero. No mucho, pero suficiente para sobrevivir. Luego se reunirá con su hermana para almorzar y después irá a ver al Dr. Lasalle. A posteriori, de prepararse, hace una pausa sintiendo que ha olvidado algo vital. Se queda pensativo. Tan ensimismado que termina por encogerse de hombros y sale por la puerta. Los cielos son grises; un escalofrío recorre el aire. Su chaqueta, esa agradable y cálida comodidad de criatura que deseaba la última vez, eso era lo que estaba mancillando el cerebro.—Ya la tengo. ¡Genial! Después de caminar de un bote de basura a otro llenando su bolsa, encuentra un asiento en el banco. Aquí es donde su mejor amigo, Rai, suele quedar con él. Pensar en volver a Rai le empieza a producir un picor en el dorso de la mano, en la zona baja del pulgar. Es una sensación de pavor, de mal  presentimiento,  no le hace nada de gracia. Tiene muy claro que el Dr. Lasalle le dio todos esos medicamentos que toma para ayudarlo a mejorar. También que tendrá que apechugar con las consecuencias que todo ello implique. Se sienta y espera. El tiempo pasa, pero Alberto no se da cuenta. Bueno, él está al tanto; parece que no le importa. Quizás sea lo mejor; que Ray no aparezca. ¡Alberto no quiere tener que explicarle, porque cojones va al médico! El día se pone ventoso y un par de gotas de lluvia caen del cielo. Eso es todo, esa es la señal que estaba esperando. Ya no puede sentarse afuera. Necesita irse, no es nada divertido estar bajo la lluvia sin una chaqueta.—Una gran chaqueta como la vieja Schott motera de los 70 de Alberto.—Ésta, es mi mejor confidente. Nunca me ha dejado tirado. Continuará...

 

                           Dedicado a Chadwick Boseman y Justin Townes Earle DEP. In Memoriam


Fotogramas Adjuntados

My Way Home (1978) By Bill Douglas

This Is England "86" By Shane Meadows

Sommaren med Monika (1953) By Ingmar Bergman

Mommy (2014) Xavier Dolan