La Corporación gubernamental y la plaga Cvd 19








Recuerdo despertar, mientras mis pestañas parpadeaban legañosas, abriéndose a un brillo solar cegador. Las yemas de mis dedos notaban los tréboles húmedos. Estaba tumbado en un jardín, sobre un trozo de césped rociado y quebradizo. El ruido de sirenas era insoportable. Había mucha gente con equipos de aislamiento contra contaminación química. De repente, noté la destreza de unos de dedos gomosos de una mujer y comenzó a quitarme alguna de las esquirlas que tenía clavadas en la zona de mi frente. Sacó un pequeña linterna y enfocó su haz de luz hacía mis pupilas —dijo que todo estaba bien, y que estuviera tranquilo; porque sólo había sufrido un golpe pequeño en la cabeza. No debía de alarmarme. Poco a poco, mi visión se hizo más precisa y comencé a descubrir algunos conocidos del instituto tecnológico. Mientras notaba el balanceo del trayecto que producía la camilla. Me agarraron de la mano. No sé quién era, pero su roce fue muy cálido. Sintiéndome tan protegido y mimado, como ya no recuerdo tanto cariño predilecto. Giré mi cabeza y, olvidándome de los consejos, para que no me moviera, allí la vi. Una melena ondeando de color calabaza oscuro y una sonrisa —que descansaba en unos gruesos labios rosados— que mostraba unos dientes perlados, era un ser realmente hermoso. Posiblemente, debería de haber saltado de la camilla y salir a por su mano. Correr juntos hasta perdernos —de la pesadilla del lugar, que soportábamos— por los ríos y las verdes montañas. Brincando troncos llenos de hongos y jugar a intentar tocar el cielo. Vivir abrazado y riendo a su lado.














En el hospital de campaña, comprobaron que tenía una fractura de peroné y fuerte golpe en el brazo que me dejó una fisura en el radio. Se decidió llevarme al quirófano para operarme las dos fracturas, y terminé un mes y medio en aquel lugar de plexiglás. Eso, tuvo una recompensa: ver su sonrisa y oír su voz en tres ocasiones. Llegar a dormir como un bendito en aquel siniestro lugar, pensado en ella. Sueños, donde aquella criatura se convirtió en mi páramo, el viento, la luz del día, la luna llena y la brisa de la playa de una noche de verano. Aquellos sueños aterciopelados juvenales. Empero una noche llegó como una pesadilla vengativa. Sintiendo en mi brazo el óxido enrobinado de una aguja desvencijada en la vena. Ya despierto sudaba cuantiosamente. Tenía la boca muy seca y el corazón latía como un lozano jamelgo galopante. Los latidos parecían golpes de yelmo en el tórax. Se escuchaban por un horizonte perdido de bergantines varados entre el rompeolas y grandes rocas del acantilado. Pasé a otra estancia, donde el hombre condón y su mascarilla gigante me decía: ha llegado tu momento, hijo. El bicho acabará contigo y todos nosotros. Grité, tratando de decirme que aquello era una pesadilla, grité sin comprender que ya había despertado, que ellos me habían avisado hace mucho, sobre lo que me esperaba. Quizá, en ocasiones anteriores, detectaron mis movimientos y mis ideas de escapar, y sus pinzas se acercaron llevándose mis brazos, mis piernas. ¡Por Dios, qué dolor. Ahhggg! Sobre la sábana había lágrimas, bajo de ellas muñones de carne y hueso que algún día fueron piernas.













Lloré, pero aquel llanto se perdió, entre el gentío despedazado y los sollozos acallados por los giros de las piezas. Y después, siempre aterrizan como un Jumbo 747, todo un torrente de preguntas. ¿Adónde se fue mi vida? Esa vida que yo recuerdo, esa vida de gente, lluvia, nubes, mar, calles, lágrimas. Desaparecidos ¿Cómo debo de aceptar que se han ido para siempre? Claro, más absurdo, sería prolongar la sensación de un engaño continuado sine die. La corporación que gobernaba nuestro país nos engañó a todos mostrándonos una cara esclarecida y esplendorosa. Cuando en realidad, sólo era un espejo de ilusiones vanas, grotescas y falsas. Aquel gigante de la máscara con múltiples pies de acero y carne descompuesta avanzaba. El soplido infernal y las llamas de la pirámide estaban más cerca. Demasiado cerca. El olor a piel de gallina quemada llegó como un artero presagio de la parca negra. La extremidad me sitúo en una canasta de metal. Se olía a kilómetros un hedor a podredumbre, muerte, asfixia y lágrimas. Allí, a minutos de ser arrojado al horno de aquellas bestias, a instantes de ser procesado —por ser uno más que despertó— a la horrible realidad, aunque fuera como cabeza sin cuerpo: le pude observar a menos de un metro.











Y allí estaba, la otra farsa, la del cabello escarlata, resultó ser un pelo castaño maltratado, de sus carnosos labios rosa, ahora convertidos en finas líneas de silicona sangrantes. De un esbelto torso, a un busto completamente mutilado: el horror también se despertaba.  Intentamos coger el último vuelo hacía la libertad, pocos segundos antes que las lenguas de fuego, y el señor del traje de condón rosa nos obtuvieran con su manguera de calor infernal. Mucho antes de que la sabía máquina, nos advirtiera del final, de nuestras almas. Alguien dijo: ¿Por qué? Y un niño pequeño con mascarilla y traje condón infantil espetó: es por nuestra vanidad, ingenuidad y autocomplacencia. El silencio dio paso a los sollozos. Era el final de los finales y nuestros últimos alaridos de miedo y dolor, los cuales, se ahogaran en el candente amarillo azulado de las llamas del crematorio gigante de nuestra benefactora corporación gubernamental. Los humanos desaparecimos para siempre, puede que fuera el Cvd19, o quizás, las torpes decisiones de una turba de condescendientes, falaces y pueriles burócratas. Sólo la historia escribirá la verdad, si queda algún amanuense limpio e inmune.






                    Dedicado a Max von Sydow  abril 1929  marzo 2020  In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Driftwood 1947by Allan Dwan
Todo Modo (1976) by Elio Petri
The Killer That Stalked New York (1950) by Earl McEvoy
Gamgi (2013) by Kim Sung-su





        

La naturaleza se cansó de ser indulgente, pero la dictadura seguía.









Un buen día, uno piensa que la vida es maravillosa, ver todo ese radiante esplendor de la plaza mayor, en pleno invierno y con 26 grados centígrados, en el mes de febrero: una bendición. Algunos dirán que la cosa no va bien, que esos calores acabarán pasando factura, y lo pagaremos caro. La naturaleza es muy sabia y extraordinariamente generosa. Posiblemente, estamos en un periodo, donde su paciencia entra en la zona más delicada de sus reservas emocionales. Y ahí, queridos amigos-as, no va a seguir en su habitual línea de magnanimidad. Ahora me siento como un pez en el agua. Despreocupado de toda la zozobra por la que he pasado. Sin deudas morales ni desprecios éticos. Hablo con los más viejos del lugar, y escucho. Sí, puede parecer extraño, pero me he convertido en un penitente oyente de las consignas que vienen de nuestros mayores. Muchos de ellos, avisaron del inminente desastre que se nos presentaba. Lo llamaron: la ira del río Turia. Decía, Demetrio, un jubilado que pasó la famosa riada de los 50—Llegará la madre de todas la tormentas y caerá agua a raudales del cielo. Esas borrascas con nombres de chachipirulis, no son nada para lo que vendrá.—Perplejo y abducido escuchaba los argumentos del veterano Demetrio. Los truenos bramaran de ira, en busca de los hijos de todos aquellos que se burlaron de la alcaldesa de la villa. —Pensé, éste hombre tiene el mismo problema que yo con la medicación. Demasiada Tebaína. Se levantó un viento que eliminó el poniente. Así como el que no quiere, el sol se escondió y la gente, se disipó como en un repliegue de soldados de un capítulo de Juego de Tronos. La corriente soplaba con tal furia que parecía presagiar la desdicha de una nueva pérdida. El sol intentó volver a hacer acto de presencia. Empero, la villa se había quedado a oscuras como en un eclipse de verano.












Siguieron retumbando los relámpagos hasta escuchar el eco más espeluznante que había oído en mi vida. Era como si la muerte quisiera echarme una mano al cuello. Los relámpagos siguieron trayendo todo un arsenal de truenos. Hasta que un estruendo se introdujo por mis orejas, convertidas en dos vanos sin carne. Degusté el sabor eléctrico de una de las gotas que caían por todo mi rostro, a borbotones. Ni estribo, ni martillo, ni tímpano que escuchar. Resbalando por mi boca, ojos, pómulos y llenando mis clavículas completamente deshechas. Era el diluvio universal. Aquella tormenta siguió arrastrándonos por el babeante y lesivo meandro de piedras embardunadas. Quería correr, cruzar el bosque y volver al café de la plaza. Al lado de mi amada, Catalina, pero cuando, por fin, logré localizarlos; su furia de valor de madre se multiplicó hasta el infinito. La vi embistiendo con rabia, una y otra vez, tratando de derribar los muros que la separaban de sus amados retoños. Su historia se convirtió sin quererlo ni mamarlo, en un secreto gritado a voces. Vivía confundida, no lo sabía: estaba en shock. En su torturada memoria, cósmica y primigenia, latía el recuerdo, insufrible de todos sus prístinos martirios. Desde ese momento, aciago, en que sus adoradas criaturas, le fueron arrancadas de las entrañas. Guiada por su atávico e intemporal instinto, rastreó las huellas anheladas entre las arenas de innumerables playas. Ebria de dolor, derramó sobre ellas sus lágrimas blancas. Sacó de donde no tenía: bríos renovados y trepó los acantilados. Catalina Sievers, desesperada, berreó su impotencia, cuando las rocas hostiles sofocaban sus ansias y destruían sus esperanzas. Exploró las cuevas. Barrió todos los rincones. Voceó sus nombres al viento. Nada. Sólo abismos negros y vacíos. Y por respuesta, los ecos tristes del silencio. Después, comenzó a agitar las manos sobre el cuerpo de la víctima, abriendo delicados surcos en su piel. Sus uñas a través de la garganta de aquel viejo ahogado indefenso. Los ojos de aquél se abrieron entre espasmos. El líquido carmesí nacía a borbollones de la garganta. Estaban cerca, muy cerca, se sentían sus pasos como caballos en una carrera.












Vino una pausa y de inmediato, el total descontrol. Mi cuerpo se desplomó hacia atrás, en un salto hacia el río, como dándole la espalda a la muerte, el agua reventó al sentir mi cuerpo entrar, estaba helada, una sensación de frío estremeció todo mi ser, todo pareció ir más de prisa, me hundía en el cauce del río. Y de aquella hermosa tarde de febrero, sólo nos quedó la inmensa oscuridad y la machacona tormenta. Sus briosos esfuerzos se vieron, al fin, coronados. La larga espera y la tirria rebasaron la energía acumulada. Su fuerza creció hasta el paroxismo. La cárcel de sus pequeños fue un juguete entre sus garras. Aquella maldición disfrazada de castigo implacable, derrumbó las barricadas como castillos de naipes. Penetró dentro y los encontró muertos. Los cuerpos evocados, flotaban pudorosos. Sumidos en un sueño perpetuo y gentil. Algo de esa imagen se tuvo que hacer en el recuerdo de la muerte de los retoños. Al final entendió claramente la situación. Un atroz quejido de rabia sacudió el edificio hasta los cimientos. Catalina se arrinconó; llevándose con ella los ataúdes de cuarzo. Quedaba una vida interminable y horrible por la carga compungida de la perdida de él y los niños. La ventana trasera asomaba un panorama de caos y hecatombe. Recordaba las horas de idas y venidas por los muelles, lamiéndose las heridas, como un perro abandonado y apaleado. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Siempre el mismo itinerario de un andar tortuoso y desnivelado. Todas las noches, componía los mismos lamentos. Merodeando entre las trizas de las barcas del muelle. Meciéndose al compás de su infortunio. Acunando nanas fúnebres. Susurrando melodías, salvajes y desgarradas.













                     Dos horas más tarde, en la morgue Grupo del comité revolucionario ibérico para el cambio climático


Hubo un instante, de duda, para que en un tris, acabará por reventar los féretros transparentes y volver con sus hijos al hogar perdido. A las profundidades de la locura de una naturaleza sin paciencia y colmada de dolor. Sólo quedaba el llanto entre tanta desdicha. Un padecimiento imborrable. La grabación se cortó minutos después. Los agentes del CRCI (Comité revolucionario climático Ibérico) tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, tomaron una drástica decisión. Aquellas imágenes debían de ser trituradas. Realmente, no sabían el porqué. Empero el peso del corazón era inevitable. Pillaron una papelera metálica cercana a la entrada de la sala de patología forense y tiraron la memoria con la grabación y el resto de declaración del informe anatómico. Una cerilla cayó lentamente, en el seno de todos los papeles estrujados y las llamas hicieron su trabajo. Todos los implicados en aquella investigación cerraron la inspección con un pacto de silencio y lealtad, entre ellos y sus superiores. La naturaleza se había encargado de poner a cada uno en su sitio. El agente de mayor rango, hizo una llamada telefónica.—Todo está correcto, presidente.





                                                                                       FIN




                                


                                     Dedicado a David Gistau  junio 1970/febrero 2020  In Memoriam





Fotogramas adjuntados


When Worlds Collide (1951) by Rudolp Maté
The River (1984) by Mark Rydell
Typhoon (1940) by Louis King
Nach uns die Sintflut (1996) by Sigi Rothemund




           




                                                     

                     

El fallido extermino de un sismólogo cazador de brujas






La pérdida de la vivienda en un ser humano es una de las mayores tragedias personales de por vida. Todos Uds. se habrán dado cuenta que llevo unos 18 días sin decir ni pío en esto del redil social. Tampoco es algo sorpresivo. No siempre uno está conectado a la red, a pesar de tener ganas o no. Ya que con los móviles tan grandotes y listillos, tienes el patio del colegio actualizado. Bien, sabrán que la tarde del 27 de diciembre de 2019 sobre las 19,20h sufrimos un derrumbe en el comedor de nuestra vivienda. Mi esposa y yo. Esa tarde íbamos a quedar con un viejo amigo para despedir el año tomando un chocolate (receta de la dueña del cacao). Afortunadamente, los planes cambiaron. Mi amigo, Rafa, le pusieron turno de tarde en el aeropuerto y se canceló la merienda. No sé cómo lo hice, pero tenía que ir a una tienda de nuestros queridos chinos del barrio y comprar un par de litros de leche. Nos marchamos y, según, crónica de un vecino: se escuchó un estruendoso ruido, a modo de terremoto, apenas 2 segundos. Suficiente, para meterles el miedo en el cuerpo de su hija pequeña y el estómago de papá. Un total de casi 750 Kg. de cascotes de todo tipo. Alucinante y pavoroso. Vinieron dos bomberos realmente patéticos tanto como la comisión de esa EMT, fantasma, pagada con los impuestos de la sufrida ciudadanía. El más veterano se apoyaba en la linterna de su móvil, en pleno solsticio de invierno, dando tumbos en la oscuridad entre cascotes polvorientos. El colega se iba de baretas. Era más que visible, el aliento a alcohol, propio de los días de excesos. Eso, sí. Juanito, paga bien con moneda real.  Nada no se preocupen, Uds. Las uvas se las pueden tomar; no hay peligro de derrumbe. El resto de la vecindad mutis por el foro. 










Nadie sintió nada. También, uno comprende que dadas las fechas hubiera gente de vacaciones. En Navidad, un toque de cinismo, no hace daño ¿Verdad? Aunque, te vaya la vida en ello. Es obvio, que nos hallábamos en pleno preludio de la despedida al cansino 2019 e ilusionados con eso del Happy New Year 2020. Cuando entré a casa y fuerte olor a azufre y arcilla mojada tiraba para atrás. Se atisbaba una densa neblina de polvo, similar a las espesas nieblas castellanas —tan en voga— por estos días. Pude encender dos luces de la estancia que es parte del salón y se confirmó lo evidente.Una estampa que era una escena dantesca cercana al performance de las crónicas balcánicas del ilustre cartagenero amanuense. En ese instante, comprendí que ya no me quedaba combustible para tanto revolcón. Gracias, al bueno de Txema, último vecino en llegar a la finca; que apareció en pijama, a primera hora de la mañana, retirarando cascotes No quiero, compasión, ni buenas palabras ni arengas de coach. Sólo quiero, arreglar la puta casa para salir pitando de allí. Creo que es un buen, lugar. Uno de los mejores sitios de esta puta ciudad donde vivir. Pero llena de maldad y perversidad, exceptuando algunos recovecos. Es un lugar envenenado, que rezuma halitosis, mugre, entre efluvios a formol, patatas podridas y coños sin lavar desde hace medio siglo. La perfecta simbiosis entre la caldera abollada de brujas ponzoñosas y la mediocridad del ciudadano corriente, de eso tan manido, los de ni una mala palabra, ni una buena acción. Recuerdo en una ocasión, como conocí a un tipo que llegó a hacerse amigo mío. Yo soy más comunicativo y dicharachero bajo los efectos del alcohol y los estimulantes (otrora vida, antes del derrumbe de salud)









De normal, la timidez se apodera de todo mí ser. Aquel tipo era toda una alhaja seduciendo a diestro y siniestro. La cuestión es que el individuo era muy divertido. De la noche a la mañana necesitaba algo de dinero para pagar una deuda que arrastraba. Eso creo recordar.Yo cuando me ha ido bien la vida, he dejado dinero a espuertas y lo que no estaba en la escrituras. El pájaro seguía haciendo de las suyas y empezó a buitrear por todo aquel que tenía algo que ver con el ingenuo que teclea. Decidió que un viejo amigo era un mierda. Yo le dije—explícate y díselo a él. Así, no sirve.—Además, no  me creo que Koldo sea un mierda, nos conocemos de hace mucho tiempo. Una de las cosas que menos me gusta, es oír hablar de las personas; que no están delante de mí. Se rebotó y me dijo que yo era otra malísima persona. Entienden Uds., de lo que les hablo, un mes antes le dejas 1000 euros y no le pides explicaciones y de la noche a la mañana sale por esas seguidillas. Evidentemente, "la persona" tiene un grandísimo problema dentro de su cabeza. Y cómo él, muchísima más gente que sigue por esos derroteros. Lo dicho, La vida puede traer muchos descalabros consigo, incluso puedes pasar el mayor viaje, de ella, al lado de Caronte. 










Hay gente que se llena de ira y la toma contra el devenir de la propia existencia. Olvidándose que algunos hemos recibido una extraordinaria educación. Sin alardear de éticas ni moralinas baratas hacia el prójimo. Algunos-as se empecinan por seguir sacando el pincho de erizo que llevan debajo de la piel, con esa frenética bilis, hiriendo a todo lo aquel que le pasa por delante. Luego están quienes han nacido en el barro de la indiferencia y se dejan llevar, sin propósitos ni consignas, convirtiéndose en simples funcionarios del conformismo puro y duro. Una casta de mediocres y malvados enfangados de amargura. Repito, he conocido cientos de personas así y es lamentable. Viktor Frankl, neuropsiquiatra y fundador de la logoterapia, sobrevivió a la tortura de los campos de concentración. Una vez aseveró lo siguiente: Es aquí cuando llegamos al tema central del existencialismo: vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar sentido en el sufrimiento. Ahora mismo solo quiero liberarme, limpiarme, soltar todo lo que me sobra, volver a nacer y...respirar. ¡Tengo que respirar, gritar y mucho más, con más fuerza! ¡Correr, aunque tenga los dos meniscos medio rotos y me falte el aire, en mis pulmones! Quiero sentir las gotas de agua de mayo, en una tarde de verano cayendo el sol en Es Vedrà. Volver a ser libre, como el jodido viento. Todavía estoy vivo y lo cuento... ¡Brujas, No. Gracias!







                  Dedicado a todas las víctimas de edificios y viviendas en mal estado In Memoriam








Fotogramas adjuntados



San Francisco (1936)  by W.S. Van Dyke  
Hurricane (1937) by John Ford&Stuart Heisler
Skjelvet (2018) by John Andreas Andersen  
Cloverfield (2008) by Matt Reeves
  






                        

La Navidad de los Olaizola






La solariega casa familiar quedó vacía y deshabitada a los pocos días del fallecimiento de nuestra madre. Somos cuatro hermanos, aunque vivimos en ciudades muy distantes del globo terráqueo. Desgraciadamente terminamos muy alejados de aquel pequeño paraíso, lugar donde nacimos y pasamos una infancia inolvidable. El devenir de la madurez y eso de la responsabilidad para la supervivencia; trabajo. Han sido y lo siguen siendo nuestra asfixia diaria. Esas denominadas obligaciones con el deber moral y ético, las cuales, nos han obstaculizado resolver todo lo concerniente a la naturaleza de aquel hogar. Nunca fuimos tan felices, en otro sitio, nunca. Y eso que he tenido la oportunidad de viajar por medio mundo. Pero aquel caserío es lo que somos y le debemos nuestra existencia. Mientras se iban resolviendo los trámites de la herencia. Ésta, tiene la particularidad, que no pertenece a nadie. No tiene deudas de catastro y otros gastos de mantenimiento, lo cuales, quedaban cubiertos por una cuenta bancaria común, que dejamos abierta. Curiosamente, fui yo, quien tomó la determinación de comprobar los mensajes telefónicos, ya que nunca dimos de baja la línea de adsl. El gran operador nacional estaba con su nueva consigna de llevar la fibra óptica hasta el último rincón de las montañas norteñas. Pero, la adsl, era el sistema habitual de los lugareños de aquel lugar. Empero, comprobé notificaciones grabadas y evitar posibles prontitudes que pudieran quedar en el olvido, por culpa del abandono. No. No era el caso. Sin embargo, hace como un par de días: el 24 de diciembre, día de Nochebuena. Influido por la trascendencia del día e inconscientemente, acelerado. Sin atisbos de relativas novedades. Comencé a pensar en el soniquete digital tan característico de todo vecino en su aparador. Cuando sonó una llamada a deshoras, ya fuera o no, para nosotros. Aquel zumbido se me engulló a la boca del estómago e interrumpió el devenir de mi comida familiar, para la cual, me iba a preparar. Me asaltó la zozobra de un mal presentimiento.









Me quedé descolocado y nuevamente, sonó mi Smartphone que cogió mi sobrina, Usune y dijo:—dígame. Alguien, contestó con un tono afable, y cautivador, una voz, calcada a la de mi difunta madre. Me descoloqué, pero continúe ante el bullicio y el efecto de las viandas junto a los grados de alcohol. Mi cabeza entró en un runrún. No comenté nada. Además, Usune era una adolescente que no le interesaba lo más mínimo las cuestiones pretéritas de mayores y puretas de turno. Todos nos encontrábamos sentados en el típico restaurante que suele estar lleno de comensales en los días navideños, donde, algún altanero y sudoroso chef aparece, en escena, a preguntarte si nos había gustado la comida.


           Koldo —Exquisita, maestro.
           Pero, muy buena, demonios.
 Chef—¿Rica o muy rica…— Observó la mirada de los comensales.

           Si el local es uno de los que acaba de acceder a las tres estrellas Michelin y están en boga de la gente por hacerse con una mesa: tienes que realizar una reserva con un año de antelación. Esos chefs, que henchidos de ego, aguardan cientos de comentarios con una sonrisa de oreja a oreja. Un ritual que siempre me ha dejado, la duda, si por fingida piedad o puro sarcasmo.

            Chef—¿La lubina estaba en su punto?
Koldo—Por su camino.
Anónimo—Tururú

            No sé quién lo ha dicho. Creo que el camarero tiralevitas, con más de un grado en el cuerpo, que está detrás del gran maestro.










—Cocinar con sentido es difícil— rumiaba la voz faringítica de uno de mis cuñados (Ernesto el corrupto). Todo el mundo tiene un cuñado, es verdad. Los hay muy mimosos, bonachones y comprensivos. También están los huraños, ladrones y correvediles. Ahora en Navidad, aparecen como setas en octubre. No quiero entrar en el campo de la antropología para definir con mayor rigor al “personaje cuñado”, no tengo más que decir. Dejémosle el tema a los sociólogos o tertulianos de turno. Desde el fondo de la mesa, Armando (otro cuñado), se cree con derecho a hablar — ya que en esta ocasión— paga el homenaje culinario (con dinero de la diputación, donde trabaja) y se ha sentido molesto, aunque lo intentara disimular porque no le han preguntado a él. El menú ha sido muy esmerado y hecho con gran entusiasmo. A pesar de una cierta profusión por las salsas, solapara el auténtico sabor de las carnes. Nadie se quejó. Ya que las tajadas iban desapareciendo de los platos. El ritmo era vertiginoso: a carrillo suelto. Luego, doble ración de hogaza de pan casero. Más opiniones. Aquí todo el mundo se había subido al carro del mojarro con el opíparo menú. Alguien, dijo, con tono bajo:—Me ha gustado mucho.—Juraría, que era mi hermano mediano, Gorka. No obstante, conociendo a mi familia, se palpaba, una relativa tensión entre el primer y segundo plato, con profusión hacía el drama. Tengo cierta experiencia como buen gourmet, debido a mi trabajo y la cantidad de restaurantes donde suelo comer por reuniones. Era obvio, que el menú se había construido desde el interior del alma, donde me atisbaba un cierto cariz atormentado. Sin concesiones a lo excesivamente cocido y solo distanciado, lo justo. Independientemente, de la engañosa naturalidad. Una apreciación demasiado sibarita, con tanto comensal pedestre. 

 —A mí me ha parecido demasiado picante—susurra mi hermano Patxi (el segundo mayor), para no desentonar, él es así: un paso más allá de las reglas de la buena educación.

  Al menos, ha sido gratis—musita a mi izquierda, Óscar, el esposo de mi hermana (el cuñado bueno), Leyre, el más joven de toda la reunión.
           








Una pena las tostas—concluye, Óscar.

La expresión del chef denotó un relativo estupor, en torno, a los comentarios vertidos. Sin embargo, el camarero se llenó de un rubor, cuasi, anaranjado podría ser de gustazo, por el pitonazo, en la apreciación de Óscar o de pura envidia, por ser quien sacó los platos (los celos no son un buen negocio). Me pareció verle dar unos saltitos estilo Chaplin que provocó una sonrisa de medio gas en mi rostro.
            Todo lo contrario que los lameculos del otro lado del comedor. Sólo les ha faltado bajarse los pantalones y sacar un tarro de vaselina. La consecuencia más inmediata, ante el nuevo contexto, la puso nuestro hermano mayor, Iñaki, muy crecido. Espeto:
            —Quiero hacerle notar, si me permite, que la opinión de algunos de mis hermanos no importa tanto. Quizá les falta algo de formación—dice mirando hacia nuestro lado—. Yo entiendo que desearía usted obtener la inalcanzable unanimidad, lo que me parece humanamente comprensible, aunque también un poco inclinado a la peligrosa soberbia.
Pero lo primero es su propia satisfacción al probar sus creaciones, olvidando las críticas insolventes que la exposición al mundo nos propina, y solo hacer caso de los juicios bien fundados como los que algunos, pocos y elegidos, somos capaces de emitir.
No falla, Iñaki después de una botella de Muga entera para él. Es así.








—Otro whisky, guapa!—le pide Patxi a una camarera que tiene cara de propinarle un directo a la nariz. —No es una buena manera de dirigirse a una joven—.Y ponles también a estos dos—añade señalando al joven Óscar y a mí.

 Apúntalos a la misma cuenta que tú ya sabes— Voceó, Armando, desde el fondo, con un pacharán de más.

Al final, tras haberse comido un corral de vacas y beberse el Duero entero, la comida navideña, fue un éxito. Aún, quedaba la cena de Nochebuena. En fin, que la familia salió cantando villancicos con un tono etílico que tiraba para atrás. Obviamente, era Navidad y nadie se acordaba de la auténtica hada de esta familia. Nos despedimos y cerramos un año, más, en el que fuimos muy felices. En el fondo, el espíritu del caserío de la casa de la colina, seguía perviviendo entre toda la familia. Entró la primavera de la nueva década y de forma repentina; me atravesó un extraño desasosiego que se fue colando por el interior de mi estómago hasta recorrerme, entre desangelados escalofríos por la espalda. Me sentía mal. Afligido y temeroso. Pensé en llamar, a alguno de mis hermanos. Pero, no me atrevía y me dije a mí mismo hay que volver a la casa de mamá. Llegué a la vieja casa y noté que un aura de fragilidad se había apoderado del enlucido de las paredes. Incluso el empedrado del pórtico se notaba más agrietado. De nuevo, otra vez, envuelto en una cefalea horrorosa de las que últimamente, no se separan de mí. Me tomé unos comprimidos de ibuprofeno con Tramadol y busqué algo de alcohol. Encontré una vieja botella, de Napoleón. No estaba, nada mal, aquel jodido coñac del viejo.








                                                                                       
A pesar de haberme bebido dos copazos el dolor se hacía punzante. Como si alguien estuviera golpeándome dentro del cerebro con un martillo. Sentí que no estaba sólo y por primera vez, me vi, con la sensación de ansiedad y miedo, en la casa de la felicidad. De repente, escuché unos pasos por el pasillo de las habitaciones superiores.

—Mamá, eres, tú...
—Crujía el suelo de madera
—Y empecé a oler a Cerrutti Woman. (Esto, no puede ser verdad)
Entregado a la desesperación volví a tomarme otra copa y una pastilla. El dolor era idéntico a la sensación de miles de pinchazos de agujas en tus brazos. Era como el día de la marmota, en una sala de extracción de sangre de la SS. Entrabas. Pinchazo, salida, pinchazo y así 999 veces. El pulso, se aceleraba y desaceleraba. Tenía que subir las escaleras y ver qué demonios ocurría allí arriba.
—Venga, Asier. Tú puedes, qué cojones. Al llegar al quinto escalón noté como el suelo se resquebrajaba y me hundía, en dirección al sótano. Caí, mientras, gritaba—Ahhhhh!

De repente, olía, un efluvio perturbador. Ese aroma, tan sensual. —No puede ser. Otra vez, ese perfume. Y el techo con los travesaños de madera.
—Buenos noches, dormilón.
—Mamá, mamá! Eres tú…
—Claro que soy madre, tonto. Soy Izaskun Olaizola. Y tú, mi hijo Asier Iriarte Olaizola.
Es Navidad y estamos esperándote para cenar.—Vaya siestecita, machote…
—De verdad Ay, madre! Cuánto te quiero. Feliz Navidad.



                                                                  FIN



                  
                              Dedicado a Patxi Andión octubre 1947/diciembre2019 In Memoriam




Fotogramas adjuntados

The Apartament (1961) by Billy Wilder
Green Book (2018) by Peter Farrely
La gran familia (1962) by Fernando Palacios
A Smoky Mountain Christmas (1986) by Henry Winkler
Cash on Demand (1961) Quentin Lawrence
Christmas Story (1983) by Bob Clark












                    

El viejo y la última luz






Desorientado y aturdido por el golpe y la niebla incesante, necesitaba un reposo como método evasivo a la súbita realidad que le tocaba estar soportando. Sus pies todavía le custodiaban, altivo, sobre sí mismo, encaramado al abismo del miedo que intentaba sobreponerse como resultado de la nula visibilidad. Sus ganglios esfenopalatinos comenzaron, de nuevo, con aquel dolor; abrasador y gélido. Gemían de un sufrimiento implacable. Manifestándose en unos ojos azules imponentes llenos de lágrimas, hasta llegar a la extenuación. Lo cierto era que el roce había desaparecido —hacía ya, buen rato— pero la lógica se había perdido, junto con su perspectiva. Entre la bruma y su reacción se marchó el silencio y la quietud. Más miedo, más pánico, y más pavor, lo remataban. Abrió los ojos, por última vez, lo máximo que logró para intentar divisar, algo cercano, el causante del roce. Fue inútil, y la oscuridad blanca le cegó. Parecía que la niebla alcanzaba su mayor éxtasis.















Esa era la situación: una soledad absoluta, en un rincón llamado dolor. En el centro de una inmensa nube blanca que apenas le dejaba vislumbrar la silueta de sus extremidades. Por alguna extraña razón algo le hacía mantenerse parado e inmóvil en ese lugar. No conseguía dar ni un grácil paso para salir de su propio barrizal. Era una mezcla de desasosiego, desesperación, locura, tedio y un arraigado pesimismo, dentro de su cerebro que se hacía evidente: en ese impase, como el último estremecimiento, de alguna desgracia. Tal era su aislamiento visual que el resto de los sentidos se hacían saetas que corrían hacia la nada. Podía sentir el más ligero e ínfimo detalle de lo que ocurría a su alrededor. Aquella ilusión era inútil, pues parecía que el mundo se detenía para tan magna ocasión. La escena era sobrecogedora, pues ni el más suave de los sonidos se dejaba oír entre aquella espesura.














No creía percibir ni su propia respiración. Era el mayor monólogo de silencio y sufrimiento de un teatro completamente vacío. Pero lo preocupante no eran los segundos, los minutos o las horas del día, que le ponían la carne de gallina, y poder sentir algo. Su pausa persistía y el gesto, no se descomponía. Empero alguien más cruel estaba saltando sobre sus dedos. La brisa soplaba, suavemente, llegaba la hora de empezar la fúnebre ceremonia. El sacerdote ya estaba, ahí con la mirada impasible y circunspecta. Los chicos del coro también, en el centro del recinto estaba el féretro, las flores que adornaban el ataúd aromatizaban el lugar. Había una plácida sensación entre los presentes de que este funeral, no era uno cualquiera.














En el fondo, no había motivos para desgarrarnos a llorar —sabíamos que el viejo— ahora estaba en un mejor lugar, descansando de la cruel realidad: la de siempre a la que siempre habíamos estado entrampados. Se los llevó a los oídos para descubrir que esa espesa y maldita neblina no solo había acabado con su vista, carecía por completo, de la posibilidad de oír algo. Pero ese, jodido roce. Sí. El mismo, de costumbre, denotaba algo: puede que todo no estuviese perdido. Podía expresar cierto optimismo, pero no se movía. En ese instante, apareció, la luz celestial, del punto final. Un duende me susurró al oído que el miedo era mejor que la desesperación. Aquel elfo, no andaba fino, pues resultó estar equivocado. Finalmente, la desesperación gana la partida y terminó por adueñarse de todos nosotros.









                                                                          FIN








                              Dedicado a Terry O´Neill julio 1938 noviembre 2019 In Memoriam










Fotogramas adjuntos

Dark Victory (1933) by Edmund Goulding
Now and Forever (1934) by Henry Hathaway
Viskningar och rop (1972) by Ingmar Bergman
Love Story (1970) by Arthur Hiller









                    

Los amantes Tracios





Grozda no creía en Dios. Era una sabia mujer de grandes convicciones. Todavía recuerdo el día que juraste tu nombre en vano, pero dijiste que siempre estarías allí. Cuando las cosas se ponen tan tensas, bien sabes, que no puedo pensar ni respirar. He venido a este altar y así intentar que pudieras escucharme. Ella se sintió incomoda por un fingido affaire, fruto de una una artimaña elaborada, pero totalmente involuntaria. Parecía un vago y extraño recuerdo que terminaba de verlo con claridad. Son ese tipo de cosas que no hacen daño, pero se convierten en letales. Algo que terminó tergiversando la realidad de su pensamiento. Contaban los más viejos del lugar que asistía a la Iglesia con Lazar. Implícitamente llegaba a cantar alabanzas al gran señor por el sendero que le acercaba a la capilla, a medida, que se aproximaba más su voz cantaba con mayor ahínco. Sin embargo, sus ojos habían muerto hacía mucho tiempo para la fe. Aquella exposición prolongada a mí fue el causante de este deterioro. Todo el esmalte y el efímero glamour se borró, de inmediato, y la pintura se esfumó. Finalmente, el propio marco de sus creencias comenzó a oxidarse y debilitarse. Se derrumbó el día que lo descubrió sentada en el escritorio de mi oficina, las bombas zumbaron suavemente, mientras ella se sacudía ineficazmente ante la inservible refutación de su presencia. Estaba feliz, tal vez, de tener algo de compañía. Oí un grito: era agudo y espeluznante.














Capaz de atravesar todas las capas envueltas duramente y esmeradamente alrededor del último bastión de severidad , en lo más hondo de ella. Sin querer, se despegaron, en un fardel ensangrentado de pañuelos de papel —ineficaces para volver a arreglarse cuando él se sacudió un poco, posiblemente haciendo una mueca en respuesta a su dramatismo. Acababa de regresar a casa, desde su estudio en el laboratorio. Mi mano todavía apretaba el pomo de latón brillante mientras me ponía rígida. Al notar la ubicación, concerniente de Grozda, por el sonido: supe que ella acababa de verlo. Honestamente, casi esperaba una llamada en algún momento durante el día, pero aparentemente había sido apática en sus esfuerzos de limpieza programados regularmente. Un sudor frío recorrió mi espalda. Cerré la puerta con un clic y me dirigí rápidamente a casa, sin molestarme, en donde dejar mis cosas. Era un hombre delgado, desaliñado y previsible: por lo tanto, al alargar mi zancada pude recorrer la distancia rápidamente mientras aguantaba el equilibrio. El pánico es, después de todo, el alimento de los débiles y los ingenuos. Si entrase en la habitación, demasiado rápido, asustaría, nuevamente a Grozda.
















Estaba completamente ilusionada, aunque el desprecio anticipado me detendría de revisar los documentos que había destinado al consumo mental de esa noche. Mi mandíbula se apretó ligeramente mientras empujaba mis gafas concisamente hacia mi concavidad paranasal. Inspirando una respiración lenta y profunda, a una mucho más arrítmica y acelerada, antes de pasar por la puerta rota para encontrarme con ella. Se estremeció y dejó escapar un grito más corto y tranquilo al verme, colocando una mano sobre su pecho. Su cara estaba blanca y su corazón palpitaba visiblemente en el movimiento de su esternón. Ella retrocedió desde mi antiguo escritorio de madera y a la vez, su confidente.
—¿Eres un monstruo que se esconde dentro de esta pequeña piedra roja o son las decenas de miles de almas que se quemaron?
—¿Eres tú a la que los humanos te llamaban la blanca expiración?
¿Acaso no lo sabe todo el mundo, aunque tú me evitas, del mismo modo, que no quieres hablar de Dios?
Lloré en silencio lágrimas de angustia y, sin embargo, no estuve allí para limpiarlas, para evitar que cayeran al suelo. Para detener la sangre inocente que cae de las manos fieles.














Jadeado por el viento de Tramontana, el viejo vestido con la túnica blanca llegó a la cima de la cordillera. El humo que viene de la ladera de la montaña. El pueblo que mandaste quemar. Lazar sollozaba de dolor y pena. Mostrándole el camino hacia los cielos, hacia la verdad, hacia el todopoderoso. Y por última vez, antes de sumergirse en la luz, Grozda miró hacia atrás y gritó: la voz farragosa e indescifrable. De repente, una luz brillante nívea y candente se puso delante de él y las puertas del cielo se abrieron. A veces, nuestra propia ignorancia se convierte en idiotez permanente. Siempre tan atrevida y enmascarada entre sutilezas de finos hilos de seda, en cualquier estación o edad de los sentenciados. Nada llega de un modo tan inesperado y hasta sorpresivo como un relámpago. Rebasa y enturbia, comprime en el dolor y en la angustia de nuestra propia alma y golpea en lo más hondo de nuestras entrañas. No será la primera vez que creamos saberlo todo de la naturaleza, cuando ésta, en lo que tarda un chasquido de dedos, puede resquebrajarse y desbocarse, una vez más, ante cualquier atisbo de dolor o tristeza capaz de embargarnos en pretéritos recuerdos.





                                                                                                     FIN
                                                                                




    Dedicado a la memoria de Margarita Salas Noviembre1938/Noviembre2019 In Memoriam






Fotogramas adjuntados

Kozijat rog (The Goat Horn) 1972 by Metodi Andonov
Barierata The Barrier 1979 by Christo Christov
Kuhle Wampe oder: Wem gehört die Welt?1932 by Slatan Dudow
Urov (The Lesson) 2014 by Kristina Grozeva&Petar Valchanov