Una carta de felicitación de Navidad



Nadie de nuestra familia pensaba que llegaríamos a diciembre sin haber cogido el bicho. Las noticias que llegaban todos los días desde Italia eran inquietantes y algunos de nuestros clientes eran gente de la vieja Lombardía. Después, llegó aquella fatídica manifestación en Madrid. Mi hija Vero y todas sus amigas empezaron a desarrollar, en pocos días, náuseas y calambres en el estómago. La febrícula se iba disparando sin control. Desesperados intentábamos contactar con nuestros amigos, y nos decían lo mismo, por las videoconferencias. Es el virus que las ha alcanzado. Nos daba mucho miedo admitir que nos sentíamos mal. Nos mirábamos a los ojos, respirábamos hondo y seguíamos con lo nuestro. Supongo que era la forma de decirnos: “Todo va a estar bien, estamos juntos en esto. Seguro, que no pasará nada. Nos queremos y te queremos”. Cuando llegamos al hospital, era digno, de aquellas películas de Carpenter, Spielberg o del Toro. El caos y la congoja era un ir y venir. Tuvimos mucha suerte. Las pruebas PCR y las serologías daban negativo. Vero, sólo tenía con un pequeño pico alérgico. Pero la mejor noticia fue escucharla de boca de la sanitaria. Fueron unas palabras asombrosas, de un calibre emotivo, jamás soñado en toda mi vida. Nosotros hemos tenido suerte y vamos a tener un Papá Noel especialmente generoso. Aquellas navidades, a la vista de la montaña de cajas decoradas que se amontonaban bajo el brillante abeto de poliuretano del salón. En esa tarea estaba yo ingeniando bolas de planetas y estrellas hechas con purpurina pegada en cartulina;  cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir su sorpresa inicial se fue convirtiendo en estupefacción, y esta última en un terrible presentimiento:

Al principio era algo más emocional, notaba que cambiaba en mi interior, confiaba en que fuera solo evolución, pero era ella, cómo no iba a serlo. Dicen que no hay peor condena, que la de un padre, tener que enterrar a sus hijos. Se me empezó a caer el pelo y entonces lo supe: aquí ya no había nada que hacer. A los pocos días, empezaron las articulaciones de los huesos y la espalda. Un dolor idéntico al de un piloto de moto, tras un accidente. Los huesos crujían. Inclusive, los ojos cuando hacía mucho sol me quemaba la vista. Fui perdiendo la vitalidad, incluso el buen humor, que me había caracterizado. Estaba en el lado del sedentarismo, la impotencia y las sombras. Día a día me alejaba de la luz del día. Me era muy complicado aceptar mi nueva coyuntura, pero el momento ha llegado y en qué momento, más cruel. Morirse en Navidad, menuda jodienda iba a dejar a mi familia. Después de un montón de meses y más meses de pruebas médicas, de presentar mi caso, en el comité científico del hospital, ante numerosos especialistas y someterme a todos los test científicos habidos y por haber. Al fin se llegó a un veredicto. — Me pregunté: ¿llegaría vestido con bata blanca, gorro de papa Noel  y guantes de látex en las manos?

—Señor, Mujica, no sé cómo decirle esto, pero todos los resultados apuntan a lo mismo. Estamos ante una enfermedad crónica y en fase terminal, no podemos estimar con precisión cuánto tiempo le queda, pero le recomiendo que trate de disfrutar al máximo cada instante de su vida. Está usted sin defensas inmunológicas, y no pueden luchar contra la malignidad de sus nuevas atacantes. No hay nada que hacer. Lo siento.

—Gracias, Doctor. Feliz Navidad

—De nada, Sr. Mujica. Mucha suerte y también, le deseo Feliz Navidad. ¡Ojalá pudiera haberle dado otra noticia! De verdad…

 


 

Tres días después del fallecimiento de Matías Mujica Fuertes. Su esposa Estibaliz Vergara encontró una carta, en el cajón de la mesilla de su esposo.

 

Me levanto de la cama, me sirvo un café bien cargado, me visto y salgo a la calle; camino bajo el agua, vivo en la sierra, en un lugar desértico de habitantes salvo en la época estival. Aun así, las pocas personas con las que me cruzo van en coche, me miran extrañados, mientras camino bajo la lluvia sin ninguna protección. Todo llega; menos mi ausencia y al final acabó atrapándome en un laberinto. Es duro cuando sabes que es crónico y que no puedes hacer nada. Si luchas pierdes y si no también. Pero al final casi acabas haciéndote amigo suyo, como dos compañeros de  viaje que tiene una causa determinada, y que dará el toque de gracia a ambos. El billete solo de ida en esta corta vida, pero de lenta agonía. Se me escapan las ganas y las lágrimas con esta  lluvia furiosa propia de estas fechas. Llueve como el último diluvio y mañana quizás, pare. Se me diluyen los afanes y el viento impetuoso me arranca las ideas. Mis propósitos se disuelven entre el frío gélido y cuando miro mis artríticas manos, que no sé dónde metérmelas. Observo un abanico de negras sombras, que insinúan instalarse, agrietando mi alma. Un cúmulo de audaces nubes ha venido a saludarme, amenazándome, con volcar violentamente gotas de aguanieve impías —especialmente gruesas— que mojaran y enfriaran mis mayores anhelos, para terminar encharcándome mis sueños. A pesar de ello, los recibo con alegría, confiado de su tránsito, las cuales, transportarán nuevas ideas. Baldearan mis heridas, haciendo renacer brotes de fe, recién descubiertos. Una alboroto en el cielo, una sordina de trompetas, una luz fulminante.




Esta estación  me llena de pena, de silentes reflexiones y mucho frío en las venas. Este continúo redoble de nudillos en la vidriera, como un vago molesto recuerdo. El constante agudizar de mi miserable ánimo, hurgando en mis dolores, El frío me fractura, me hunde las manos, en mi  desvencijada americana. Camino pausadamente por la angosta travesía, la despiadada lluvia sobre mi cabeza. A la espera de encontrar —finalmente—  tu hermosa voz. La conozco tanto que ninguna diva presentadora de TDT, podría deshacer tu fascinante timbre sonoro: mi querida Estibaliz. Esa esbelta y sutil silueta que de tanto palpar, ya no me ofrece sorpresas. Ya que tu tierna mirada, comienzo a verla perdidamente lejana, como si de pronto, saltases de una dimensión virtual y desaparecieras para siempre. Ese marchamo tan tuyo, ausente, como si ya  no me oyeras, que acaba con mi enloquecer y arde entre mis dedos. Recuerda en aquel cobertizo de tu puerta, resguardado del agua, empapado de nostalgias eternas. Pensaba que podría convencerme de mi penuria más inmediata, ya que este cruel invierno, me está susurrando al oído que me quedan los minutos de la basura del telediario. He intentado encontrar el teléfono  de casa para llamaros lo antes, posible. Empero, que hace tantos años, de todo aquello amor mío, que intentaré estar contigo y las niñas en la mesa de Navidad. Y después, sentir el mismo viento mágico que empujaba a los caballitos del viejo carrusel. Recuerda, las sonrisas de Verónica y Karmele subidas a la euforia de un tiempo, donde los bozales desaparecieron. Os quiero más, que a nada en el mundo, familia, y pensad lo enfadado que estaría si no fuerais felices esta Nochebuena. Feliz Navidad y gracias por hacerme de esta vida un maratón de películas cómicas, donde las sonrisas eran nuestra manera de relacionarnos. Gracias por haber sido mi esposa y darnos a nuestras hijas. Lo mejor de nuestras vidas. No estéis tristes, por favor. De todo corazón, vuestro esposo y padre, Matías.

 


                                                                                        

                                                                                                   FIN


    Dedicado a todas las familias de este país que hoy en sus mesas, les falte alguien muy importante


Fotogramas Adjuntados

Miracle on 34th Street (1947) By George Seaton

Viskningar och rop Ingmar 1962 Bergman

Now and Forever (1934) By Henry Hathaway

Life as a House 2001   Irwin Winkler


                                                                       


La plaga del planeta mediocracia: Celáa, Calixto III y rulosman


Siempre que me pongo un poco más de tebaína en el cuerpo, veo mejor las correrías de mi amado Diego, odiado, a ratitos, y alabado Maradona. Tumbado en su cama nupcial rodeado de tironeros de Lanús, pintando líneas de farlopa, en la mesa de ping-pong, de su mansión, en Pedralbes (DEP). La Barcelona de los 80: era la hostia. Mucho más divertida, y con menos alergia por el mestizaje de todo lo que limitaba, vía bajo Aragón o delta del Ebro. Había mucha chupa de cuero, mucho tupé, pantaca petado y melena de rulos, como los de Diego. Esperando, un concierto de AC/DC, otro de Stray Cats u otro de Carreras en el Liceo. Una ciudad radiante, volcánica y libre (aparentemente) con un Boss Yoda/VivaAndorra. No confundir con el pequeño encantador y superdotado GruGo/BabyYoda adoptado por el huérfano Mandalorian.  Lo de la capital del principado, ya viene de lejos. Agonizaba el régimen del sátrapa gallego, en su lecho nupcial, y la clase media, Made in Spain se iba como si fuera un viaje a Lourdes a por cartones de tabaco, botellas de escocés, pantalones Levis, suéteres de Lacoste, zapatillas blancas Adidas, sacos de azúcar, radios, algún peluco guapo, y perfumes italianos. En la frontera, había, un recodo donde paraban a los sospechosos. La tropa del autobús, íbamos muy bien franqueados. Ya se encargaba del ungimiento, el chófer de turno, por unos cuantos cartones. Sabía muy bien, que picoleto, se los iba a coger y que el autobús estaba lleno de desgraciados, como los botones de su guerrera. Uno, miraba, a su alrededor y veía Mercedes de la serie 200 —de trinqui— de color acero perlado, con algún cartón de tabaco. Aunque,  se quedaba en el ambiente; eso del abastecimiento del hijo, de todo vecino, no fuera con ellos. Un doble fondo en el maletero llevaba miles y miles de billetes de los reyes católicos a una banca simpática y cuatrilingüe. Andorra el país de las montañas y banca de fiar para la people de Pedralbes&Sarrià-Sant Gervasi. Lo digo, porque uno tiene familia, carnal, que no me quieren ver en pintura y se frotaban las manos en 2010, mientras agonizaba en una UCI."Pues, estic molt espabilat. A estonetas, pero lo cuento."Ya ha llovido, desde el concierto de los Clash en Madrid y más de uno el pelo se le ha quedado como al padre Laura Palmer. Otros, se han quedado con la cabeza del teniente Kojak: ni un puto pelo. Y por último, el clan de los fondones y barrigones versus Homer Simpson. Decía el insigne sociata de estimable y gran familia, dedicada, al devaneo de la venta de vehículos de segunda mano, que a España no la iba a conocer, ni la madre que la parió. Puede ser, Sr. Guerra. Sin embargo los 40 ladrones siguen en el poder y el régimen, que, a modo de despiste dejó algunas cosas, está hecho unos zorros. Cuando de repente la delicada UE se ve con eso del murciélago a la plancha, al igual que el Sepionet de Pinedo. Yo sé que al mandarín de turno se le caerá la baba, pensado en la hincada de diente que le va a dar a las alitas de lo Rat penat. Ahora, el fallero de turno, permítanme la licencia (uno que es un mestizo vasco/valenciano/requenense), no hinca el diente. El sepionet se devora, apenas queda suspendido en el plato. No pasa ni por los incisivos, va directo a los molares.



El resultado es obvio: todo el mundo en su casa encerradito, y si se sale a la calle, con el bozal reglamentario. Mucho cuidado con esa plebe descabellada, de risotada grande y mostrando caries: son los cabestros de San Fermín, sin bozal, ni cremallera que cerrar. Pisotean y saben empitonar. Y es que la pandemia del Covid-19 atenaza a la razón y los corazones. Hasta que te meten 33 centímetros de polivinilo por la boca.  A otros les rajan la traquea y a meter tubo para respirar. Los más débiles, acaban en el hoyo y sin estadillo. La contabilidad de éxitus, no es el fuerte de la mediocracia. Son muchos quienes nos instan a plantarle cara. ¿Cómo? Bueno, quizá, el mediocrata, conocido como Dr. Simón. Para los amigos; Rulosman le llamaban body, es el auténtico Keanu Reaves. Sólo hay que ver al machote: más alto y guapetón. Siempre he pensado que el gran Dr. Bacterio era una eminencia de la ciencia y Mortadelo el mejor 007. Ahora con 54 tacos, no tengo la menor duda. Yo soy muy de apodar, es una cuestión antropológica, pero de eso ya hablaremos, igual que de Binford y los entornos hostiles. Es vieja deformidad profesional. ¿Me consienten, que finiquite al gran Dr. Simón? Cuando le veo con esos ojos que parecen chapas gigantes de Fanta limón. Dudo si poner el tema de Radio Futura (no hace falta que lo tarareé) o el cómo Perdimos Berlín de Gabinete Caligari. Simón pertenece a esa estirpe de mediocrata —auténtico paradigma— que único, trofeo, con relativa excelencia al que aspiró, en su momento, fue a un Master en curvatalogía estadística. Son de estos que oferta el paio Mark Zuckerberg por su estantería del marketing. Rulosman es un surfero intrépido en las olas del Algarve portugués, ya que las de Zahara de los Atunes, no son lo suficientemente hermosas, ni agrestes para su gran habilidad, encima de la tabla. O las de mi viejo Cantábrico, esas —de una  infancia en blanco y negro— a la bilbaína. Todos los días lluvia, sangre, vísceras y tricornios sin dueño. A veces, me pregunto, que hubiera dicho el inefable Unamuno, a propósito de la paisana Celáa. Vasca, burguesa alta e impía, de Batzoki con pedigrí, y mansión mirando a las olas. Yo le hubiera dado la respuesta; creo que toda la pasta que se va ahorrar quitándose de en medio a la educación especial y las clases para esos hijos de Dios que sólo sus padres saben lo que es luchar contra alguna de sus patologías. Ella, con su voz pedagógica y fanfare de convento de clausura: Sor Isabel, antigua alumna del Sagrado Corazón. Medio PSOE, femenino ha pasado por esa orden…Algo regalarán. La huella intelectual que dejó en su interior, hizo que sus dos chicas —los amores de parto de una madre son sagrados— fueran al elitista colegio de las irlandesas de Lejona (no al condón y no al aborto). No se preocupen, por la ministra con nombre de reina conciliadora —que va a terminar— con un buen trasplante capilar, un ligthing, a poder ser del número 9 y una turné por Vitaldent. Tan sólo, decir, que va de parte del Chiringuito de Pedrerol: dientes hiperblancos. Igual la vemos de rubia cañón versus Vogue, con un japonés descapotable eléctrico. Empero, todo es una cuestión de miedo, una de los grandes sostenes de la antimeritocracia y la admiración, en su puesta de ejecución, por decreto de la mediocracia. ¡Escuchen a Poe. Cantamañanas! Qué sabio era Poe, que abordó el asunto en cuentos como “El rey Peste” o “La máscara de la muerte roja”, que protagoniza Próspero, un príncipe que construye un palacio magnífico e inexpugnable para escapar de la muerte, que le alcanzará en forma de espectro. “Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre”. No sean malvados que veo sus dientes afilados como garfios, al comparar ese palacio con la Moncloa.



No, Sres. Próspero no era tan mediocre como ese chico que quiso triunfar en la NBA y dice: "soy guapísimo, nadie en la UE le quedan los Hugo Boss, como a mí." A veces, los súbitos tienen ínfulas de rey, también suelen dejarse llevar por el romanticismo de sus nombres de pila y emular a algún rey. ¿Y por qué, no, Pedro “el cruel” ?  Sepan, que el personaje era Pedro I de Castilla, también conocido entre sus fans como Pedro el justo. Lo digo porque la historia también es asignatura bajo sospecha. El gobierno de los mediócratas ha llegado como la Peste de Camus, para quedarse como el pegamento Imedio en un relicario de fotos de comunión. Han tomado las riendas bajo el desliz aparente de la sumisión. Acatando las normas establecidas con una sonrisa, reverenciando a los poderosos y, si hace falta, mirar hacia otro lado cuando las tropelías del orden político o económico; se hace y punto. Bastaría haber conocido al papa Calixto III. Un papa, bastardo, borgiano, muy mediocre, obscurantista, supersticioso, de talante medieval y opuesto a la cultura renacentista. Dejando a su santidad a un lado. La insigne calle de Valencia fue el centro de mi vieja formación de la EGB. Un colegio de enseñanza privada concertada. Un director con camisas de seda de Versace desabrochadas y cadena de oro, con cristo de Dalí y virgen valenciana colgando. Don Gabriele era un crack. Te miraba a los ojos y dejaba a los padres hipnotizados, pluma en mano y matricula firmada. Casi 150 gramos de oro. Casado con una mujer que estaba como un queso holandés. Posiblemente, lo mejor de aquel lugar: La academia Valsom era el refugio de todas las élites valencianas que tenían a esos hijos que habían pululado por los colegios más famosos y legendarios de la primaria y el bachillerato. Desde el Logos, ahora Cumbres de Valencia, de los pastuki hermanos Tatay, al Vedat de Torrente (ahora grupo fomento). Pasando por El Julio Verne de Torrente, uno laico muy notable, pero que era un rompebolsillos, a fin de mes, el Ialae, la Academia Vértice o los hermanos Agustinos muy cercano a la estelar C/Calixto III. De los más chic de chicas —segregados, por entonces—  estaban San José de la Montaña, las esclavas del puto sagrado corazón o la pureza de María. Se dan cuenta, mujeres esclavas. La mediocracia, lo tiene claro. Se preguntarán que tenía la academia Valsom para ser reclamada por la flor y nata de la burguesía valenciana. Muy sencillo; un precio imbatible. A fin de cuentas, toda la chatarra de hijos e hijas, incapaces de aprobar 7º de EGB, siempre tenían una oportunidad. Sus padres, la garantía de una educación general básica aprobada. Don Grabiele era un engranaje más del juego de un sistema cuyo funcionamiento exige una mediocridad expansiva capaz de expulsar del terreno a los mejores. Esos mejores, éramos pocos, algunos demasiados extraños o corridos a hostias por padres maltratadores. Fascinados con mil ondas y soñando con perder de vista a más de un padre, al que tu madre, le tenía miedo y D. Gabriele, cuando la cosa se ponía chunga, también se le calentaba la mano. De ahí su máxima: No se preocupen están en buenas manos, familia. ¿Cuál sería la pregunta, fácil. ¿Por qué los padres de la morralla intelectual de aquel entonces final del franquismo, no llevaba a alguno de sus hijos al colegio público, totalmente, gratuito? Pregúntele a la euskalduna Celáa. Pobre de Miriam (síndrome de down), se ve la madre superiora devota de D. Sabino, muy crecida  y orgullosa Doña Isabel— de meterle el tacón de sus Charles Jourdan en la boca a una discapacitada. Miriam es la hermana de uno de mis mejores amigos, esos que conoces como le huelen los pedos, el  aliento y el olor de su sudor. Ese sitio llamado la puta mili, era como una cárcel de memos. Empero, te conviertes en un hermano de sangre de todo aquel que ha sido tu compañero. A lo mejor, a algunos les vendría que ni de perlas, volver a instaurarla por decreto. Todo lo que le iba a reportar a esos jóvenes líderes de la extrema izquierda y la extrema derecha.




Sería una maravilla ver a unos cuantos haraganes/as haciendo instrucción y pasando por la barbería de la chaqueta metálica de el Viator. Empezando por el aristócrata de Galapagar y terminado por ese neofranquista, con trasplante capilar y de barba, llamado Cascabal. Además, como se hacía en mi época, ¡era la hostia! Si te tocaba infantería de marina, eran 18 meses limpiando la cubierta de la fragata de turno. Se lo imaginan. En 8K e IMAX,  y entrada gratuita. Sin embargo, el virus está con nosotros, en nuestra propia genética, desde miles y miles de años. Unos 9.000 AC. No hay vuelta atrás. Somos lo que somos. La mediocracia lleva a todo el mundo a subordinar cualquier tipo de deliberación a modelos arbitrarios promovidos por instancias de autoridad. Cabría pensar que un rasgo común entre quienes comparten este poder sería el de esa jodida sonrisa cómplice. Al creerse más listos que todos los demás, se complacen con frases cargadas de sabiduría tales como: “Hay que seguir el juego”. Solo se consienten lo insípido, la grisura, la normatividad, la reproducción y las afirmaciones mecánicas de lo que resulta evidente. La tendencia a eliminar a los mejores —quienes tienen más méritos— se ha ido fortaleciendo regularmente y hoy hemos llegado a un punto en el que la mediocridad, de hecho, hasta se reverencia. Mientras que la propensión al trabajo bien hecho se considera un problema. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: descubrimiento, aportación, virtud y obligación. Y todas esas excelentes mentes que no participen de semejante farsa serán aisladas y este aislamiento, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el odio. ¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Primero lo observarás en la educación primaria y después, te sorprenderá como la universidad está dispuesta a ser manoseada con tal de conseguir alguna dádiva, voy a ser generoso y utilizaré, el término subvención. Profesores en disputas intestinas, abusando de becarios aturdidos —entre falsas expectativas a cuenta de los putos doctorados— de jóvenes talentosos que son la verdadera expresión del talento capado. Todos ellos en manos de un ministro que se cree que tiene 19 años y vive en mayo de 1968. Ellos mismos entran en el círculo de los idiotas, creando terroríficas estructuras jerárquicas que obstaculizan la creatividad. Al final todo ello, para volver al mismo sitio, que definió el gran David Simon en su adictiva y real Baltimore, atiborrada de traficantes que magnifican los criterios de obediencia de las esquinas. Toca aguantar al tonto de las almendras y la mezquindad de una sociedad insípida, el pensamiento crítico es una quimera, donde Victor Hugo nos avisó: “Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra y nos degrada”. Cualquier desgraciado con una peluca y que dice ser periodista con sólo el graduado escolar, te hará la vida mejor, mucho más que una olla exprés cubana. Bienvenidos al planeta mediocracia.



               Dedicado a Juan de Dios Román diciembre 1942/noviembre 2020 In Memoriam



Fotogramas adjuntos

Madame Curie 1943 by Mervyn LeRoy

Joy 2015 by David O. Russell

The Strange Woman 1946 by Edgar G. Ulmer, Douglas Sirk

Temple Grandin 2010 Mick Jackson






100 años de Monty Clift (1966-2020). “Los héroes no surgen fácilmente”

 


Este 17 de octubre de 2020 (el año de la llamada, actualmente, sindemía del Covid 19) el inefable Montgomery Clift hubiera cumplido 100 años. Un siglo de vida. Un actor fascinante que  transmitía una vista de galán clásico, con un halo, en su mirada que llegaba al interior de su latir —dentro de un insaciable dolor íntimo— y la angustia de una naturaleza constantemente atormentada. Los personajes de esas características que Clift interpretaba a la perfección funcionaban como una continuidad de su propio temperamento. Incapaz de liquidar esa tortura existencial, de su yo, y en cierta medida, agobiado por no poder mostrar su auténtica sexualidad. La paranoia que lo trituraba; el hecho de ocultar, su naturaleza vital, como ser humano. Algo tan natural, felizmente, en nuestros días, como respirar profundamente. Montgomery Clift tenía los rostros más serios de su generación: ojos grandes y suplicantes, una mandíbula rígida y un rostro reconstruido de una manera impecable, pero con las cicatrices de los daños colaterales de los disgustos de la vida. Actor esforzado, que interpretó al desesperado, al borracho y al engañado. Personajes que tenían un anhelo kármico con la trayectoria de una vida personal, donde la tragedia y el remordimiento fueron compañeros de viaje. Monty, como era conocido entre amigos y familiares, es considerado como una de las grandes figuras de la llamada generación del “Actor's Studio”. En Hollywood, Clift, representaba un protagonista masculino muy distinto por su sensibilidad y su vulnerabilidad, aunque siempre fue valiente a la hora de aceptar distintos papeles, no le hacía ascos, a ser el más villano de todos. Él era así. El 22 de julio de 1966,  Montgomery Clift se encontraba en su residencia de la calle 61 de Manhattan. Su secretario personal, asistente, enfermero y amante; Lorenzo James, le preguntó si le apetecía ver la televisión. Curiosamente esa noche emitían la película Vidas rebeldes. A lo que Clift espetó: ¡En absoluto, querido! Posiblemente, le vino a la cabeza, aquellos días agrios de rodaje, junto a Monroe,  Gable y la tiranía de Huston. Al día siguiente James lo encontró en su cama; desnudo, con el antifaz de noche, que solía dormir. Inerte. Sin vida y muy frío: víctima de un ataque al corazón. Tenía 45 años y mucha gente se quedó con el alma en vilo. Es un actor querido, mucho más, de lo pudiera imaginarse, el propio, Clift. El mundo del espectáculo y la interpretación perdía a uno de los más grandes actores de la mítica factoría Actors Studio. Obviamente, si la noche del 12 de mayo de 1956 hubiera muerto en el terrible accidente —que transformó su rostro— hablaríamos de Clift como una leyenda idéntica o más grande que la del propio James Dean. Sin embargo, el destino con Montgomery Clift  fue decididamente de un capricho letalmente sutil. No podemos entrar el debate de la categorización de actor atormentado y darle la vitola de mito, sería una autentica frivolidad. No obstante, la variable de la gran cantidad de actores y actrices que perdieron su vida por puro azar; es inagotable. De igual modo, con un perfil muy similar: incomprensión, desobediencia y la sensación de que su vida es un infierno; como diría algún dealer, un mal viaje. La cripta no está muy lejos. Empero, Monty, así terminó: destruido por su vida. “Recordad que  Clift es un hombre decepcionado —dice en una de sus últimas entrevistas—; sin amor, sin paz, en constante lucha consigo mismo y con su destino”. El director y crítico de cine, Peter Bogdanovich dijo sobre él: "Cuatro de sus interpretaciones se encuentran —entre las mejores de todos los tiempos— Red River (1948); A place in the Sun, 1951; I Confess (1953); From Here to Eternity (1953)". Honrado por otro cardiópata isquémico, Joe Strummer de The Clash en la canción “The Right Profile” y por REM. Monty recibió un trato injusto, Clift era un príncipe azul, y a la vez, víctima de una maldición. El protagonista de un cuento de hadas, que pronto se convirtió en una tragedia. Bello, sin ser un efebo, con unos ojos hermosísimos, sensible, inteligente, talentoso, y de una profundidad en sus interpretaciones muy penetrante. Aquel caprichoso y estúpido accidente automovilístico —en el mejor momento de su carrera— lo dejó con un dolor perpetuo. Es decir, sufrió hasta su muerte dolor neuropático. Monty, pasó un calvario de intervenciones y trabajo de fisioterapia. Lo que le llevó a beberse el Nilo, hasta su muerte, prematura. De algún, modo terminó apoderándose del termino mesiánico del sufridor por antonomasia del Hollywood dorado. No obstante, durante 12 años, prendió fuego a Hollywood.

 


Nació en la ciudad de Omaha, en 1920, del estado de Nebraska. Monty Clift se crió como un aristócrata, ya que su padre era un banquero, al que el negocio le iba viento en popa. Se le asignó un tutor privado y frecuentes viajes a Europa. Si bien, nunca se destacó en la escuela, sus extraordinarias dotes como actor se mostraron temprano. A los 15 años, Clift hizo su debut en Broadway en Jubilee de Cole Porter. Durante los siguientes 10 años, obtuvo papeles destacados en obras de Tennessee Williams y Thornton Wilder, junto a estrellas como Fredrick March y la gran Tallulah Bankhead. Hollywood acudió en repetidas ocasiones a cortejarlo, pero pospuso las ofertas durante casi una década, incluso, llegó a rechazar papeles en películas míticas; como East of Eden y el co-protagonista en Sunset Boulevard, papel que recayó en William Holden. Las entrevistas grabadas con su hermano revelan que el actor sintió que esos papeles no eran del todo adecuados para él y que no quería causar una primera impresión equivocada. Tampoco quería firmar un contrato con un estudio. Por aquel entonces, la única forma viable de entrar en el negocio era esa. No obstante, Clift expresó a su sobrino lo siguiente: "No quiero que los estudios dicten el tipo de papeles que tenga que interpretar porque lo dice el dueño de una major". Tuvo muy claro, desde el principio que quería  ser agente libre y lo hizo con éxito. Desde el principio, Clift fue enmarcado como un rebelde y un individuo atípico. Cuando llegó por primera vez a Hollywood, no firmó un contrato. Algo que dejó a los jefes de producción del revés. Él estuvo expectante hasta que las películas una vez, estrenadas, se hubieran convertido en auténticos éxitos. Fue el caso de sus dos primeras películas, y, poderoso argumento, para negociar un contrato de tres películas con Paramount que le permitiera una total discreción sobre los nuevos proyectos. Obviamente, era algo inaudito, especialmente para una estrella joven, pero Hollywoodland era un el mercado persa de todos los vendedores de sueños. Si Paramount lo quería, tendrían que darle lo que él quería: un margen de poder que estructuraría la relación estrella-estudio durante los próximos 40 años. Cuando la prensa habló sobre Clift, charlaban sobre la habilidad y la belleza, pero también hablaban sobre lo poco convencional y extraño que era. Insistió en mantener su residencia en Nueva York, pasando el menor tiempo posible en Hollywood. Su apartamento, que alquilaba por 10 dólares al mes, fue descrito por sus amigos como "tugurio" y por otros como "fantástico". Sobrevivía al día, con dos comidas, esencialmente, todas las combinaciones de un buen bistec, huevos y jugo de naranja. Evitó los clubes nocturnos, para en su lugar, aprovechar su tiempo libre leyendo a Chéjov. Así, como una considerable cantidad de obras clásicas de historia, y economía. Incondicional de la obra de Aristóteles, a quien elogió por su fe en la felicidad y el "arte gentil del alma". Cuando no estaba leyendo o agotado para prepararse un papel, le gustaba ir al tribunal del turno de noche local. Asistía a ver los casos judiciales de alto perfil, muy interesado por observar la humanidad en un contexto límite. A Clift no le importaban las apariencias: Los Angeles Times lo presentó como: "ídolo de la película arrugada"; desgraciadamente, poseía un solo traje. Cuando vino a visitar a la famosa autora de revistas de fans, Elsa Maxwell, en su casa, ella hizo que su criada le remendará el codo en la chaqueta y renegándole por no comprarse un buen traje a medida. Su coche destartalado tenía 10 años y sus mejores amigos estaban fuera del negocio del cine. En  palabras suyas, no era más que un “lobo solitario de segunda clase”. Estas anécdotas, y docenas como ellas, establecerían a Clift, junto con Brando— como la encarnación de la cultura juvenil de los 50— rebelándose contra la conformidad y todo lo que se suponía que los estadounidenses de posguerra debían abrazar y consumir. La factoría del Actors, tenía tres colosos nuevos: Brando, Dean y Monty. Dean se marchó por la vía de la velocidad. Brando era la belleza bruta, el tío fuerte de rasgos muy masculinos y luego estaba Monty, era ponerle un smoking y en una mano un vaso de Johnnie Walker etiqueta negra. Y, la pantalla, se derretía de gusto. 


Sin embargo, Clift llegaría a odiar la imagen que lo limitaba, al igual que detestaba la sugerencia sobre que era un vago. Así, como chascarrillos, tildándolo de antipático o apestado en Hollywood: después que la historia de su armario desnudo salió a la luz en el Saturday Evening Post, trabajó arduamente para dejar las cosas claras, acentuando las formas, en que la publicidad toma un núcleo de la verdad y lo expande hasta convertirse en leyenda. En palabras, del propio Monty: “Aprendí que la mayoría de los escritores no necesitan entrevistas para escribir sobre mí. Parece que tienen todas sus historias escritas de antemano”. La vida privada de Clift era muy aburrida: no salía, no coqueteaba, no salía en público. Su imagen era, más que cualquier otra cosa, confusa, incomparable para las categorías de estrellas preexistentes de Hollywood. Pero era guapo y seductor en la pantalla, creando un apetito por la confirmación del mismo Clift fuera de la pantalla. Así que las revistas de fans se volvieron creativas: la portada de Movieland de agosto de 1949, por ejemplo, presentaba a un Clift sonriente, de traje pulcro y aspecto respetable junto con el tentador titular “Haciendo el amor a la manera de Clift”. Pero cuando los lectores miraron dentro de la revista, todo lo que encontraron fue una extensión de dos páginas de imágenes fijas de The Heiress, con Clift en varias etapas de flirteo con Olivia de Havilland, extrapolando que el estilo de besos de Clift era “suave pero posesivamente brutal; suplicando, pero pretendiendo todo. . .” Era una especulación endeble construida sobre evidencia inestable, pero sin ningún signo de haber hecho el amor “real” en la vida de Clift, era todo lo que tenían las revistas de fans. Poco más. De hecho, fue su aparente falta de vínculos románticos lo que más confundió a la prensa del mundillo de Hollywoodland. Tenía una estrecha amistad con una mujer llamada Myra Letts, a quien los columnistas de chascarrillos intentaron arduamente enmarcarlo como un affair. Pero la refutación de Clift fue firme, enfatizando que no estaban enamorados ni comprometidos: se conocían desde hacía 10 años, ella lo ayudó con su trabajo y “esos rumores románticos nos avergüenzan a los dos”. También era cercano a la actriz de teatro Libby Holman, 16 años mayor que él, quien se había convertido en una figura notoria en las columnas de chismes luego de la sospechosa muerte de su rico esposo. Los rumores de lesbianismo y su práctica general de salir con hombres más jóvenes arreciaban desde el papel couché. Clift era tan protector con Holman que —cuando se le ofreció el papel de protagonista masculino en Sunset Boulevard—, lo rechazó. Según se informó, en un comunicado personal, para evitar cualquier sugerencia, en torno, a Libby Holman pudiera ser el personaje de la propia Norma Desmond trastornada. Utilizando a un joven apuesto para perseguir su estrellato perdido. La verdad tácita era que Clift era gay. La revelación de su sexualidad no surgió hasta los años 70, cuando dos biógrafos de alto perfil, uno respaldado por sus confidentes cercanos, lo revelaron, convirtiéndolo en un ícono gay en el lapso de dos años. Hoy en día, es imposible conocer los detalles de la auténtica sexualidad de Clift: su hermano, Brooks, afirmaría más tarde que su hermano era bisexual. En cambio, varios escritos de Hollywood indican que la sexualidad de Clift no era del todo un secreto. En la novela inédita de Truman Capote “Answered Prayers”, por ejemplo, el autor imagina una cena entre Clift, Dorothy Parker y la singular actriz de teatro Tallulah Bankhead:“Es tan hermoso…”—murmuró la señorita Parker. “Sensible. Tan delicadamente hecho. El joven más hermoso que he visto en mi vida. Qué lástima que sea un chupapollas”. Luego, dulcemente, con los ojos muy abiertos y la ingenuidad de la niña, dijo: —“Oh. Oh querido. —¿He dicho algo mal? Quiero decir, es un chupapollas, ¿no es así, Tallulah? —La señorita Bankhead dijo: “Bueno, digaaamooos—cariño, yo reeeeaaalmente no lo sabría. Nunca me ha chupado la polla”. Abundan otros testimonios sobre la homosexualidad de Clift: al principio de su carrera cinematográfica, supuestamente le habían advertido que ser homosexual lo arruinaría; era tan consciente de ser visto como  un aura de feminidad o  una especie de hada de color rosa. Curiosamente fue improvisando una línea en “The Search”, llamando a un niño “querido”, cuando el director Fred Zinnemann insistió en volver a grabar la toma.

 


La sexualidad de Clift, como esos otros ídolos de los 50, casos de Rock Hudson y Tab Hunter, se ocultó —cuidadosamente— al público. Pero eso no significaba que la prensa del higadillo no insinuara algo diferente. Algo extraño, en el sentido más amplio de la palabra, sobre él. Basta con mirar los títulos de las revistas para fans: “Hacer el amor a la manera de Clift”, “Two Loves Has Monty”, “La trágica historia de amor de Montgomery Clift”, “¿Es cierto lo que dicen sobre Monty?" "¿A quién está imitando Monty?” “Él está viajando ligero”, “La espeluznante vida amorosa de Montgomery Clift” y, quizás lo más flagrante, “Monty Clift: ¿Odia a las mujeres o va de alma libre?”. Mansa apreciación para la mayoría pero, en retrospectiva, muy sugerente. Cualesquiera que sean las relaciones que Clift haya tenido, fue prudente. A diferencia de Rock Hudson, cuyos asuntos estuvieron casi expuestos a toda la nación por la revista Confidential, Clift nunca llegó a las páginas del escándalo. Se sentía “solo”, pero con la ayuda de su negativa a vivir en Los Ángeles o participar en la sociedad del café, pudo mantener su vida privada con un candado férreo. Montgomery Clift obtuvo nominaciones al Oscar como mejor actor por A Place in the Sun  (1951) y la fascinante de “From Here to Eternity” (1953). En ambas ocasiones perdió ante actores mayores (Humphrey Bogart y William Holden, respectivamente) y estableció su reputación, junto a los citados, anteriormente, Marlon Brando y James Dean. Como un joven forastero cuyo talento intimidaba a Hollywood. Después de “From Here to Eternity”, abandonó Hollywood durante varios años y firmó un contrato de tres años con MGM. Monty estaba cansado del subidón de su fama, digamos, que su estatus había llegado a un nivel muy alto y comenzó a beber, así como a coquetear con las anfetaminas y los hipnóticos, en modo light. Sin abusar, algo que le daba ese punto de autista liberado, cuando le tocaba ir a un bolo de presentación o fiesta en honor del productor o la dama de turno. En 1955 para formar el condado de Raintree, que lo reunió con su coprotagonista de “A Place in the Sun”, Elizabeth Taylor. El guion no era necesariamente tan especial, pero le daría la oportunidad de reunirse con Elizabeth Taylor, y eso, al parecer, fue suficiente para sacarlo de esa especie de pseudojubilación. Taylor se había casado con el actor británico Michael Wilding en 1952, pero en 1956, su matrimonio estaba en declive. Durante el rodaje de “Raintree County”, Clift y Taylor parecían haber reavivado su relación de “es o no es”; según uno de los biógrafos de Clift, “Algunos días amenazaba con dejar de ver a Elizabeth Taylor; entonces, la idea le hacía estallar en lágrimas”. Otra leyenda apócrifa dice que Taylor le enviaba a Clift montones de cartas de amor, que luego leía en voz alta a su compañero masculino en ese momento. Es imposible para nosotros saber qué sucedió, o si los dos incluso tuvieron una relación que fue más allá de lo platónico. Sin embargo, regresando de una fiesta en la casa de Taylor, en mitad de la filmación para  Raintree County, Monty estrelló su auto contra un poste de teléfono. Momentos después del accidente, el actor Kevin McCarthy, conduciendo frente a Clift, corrió hacia atrás para ver cómo estaba. Se había comido todo el salpicadero. Vio que “su rostro se encontraba destrozado. La nariz rota, la mandíbula del revés,  una gran concentración de cartílagos y trozos de carne de la mejilla, junto con el labio, todo ello con una cantidad de sangre y olor a gasolina que se hacía insoportable. Algunas muelas le colgaban de la solapa del traje. Era dantesco y terrible. “Lo primero que pensé que estaba muerto.” McCarthy corrió a buscar a Taylor, Wilding y Rock Hudson y la esposa de Hudson, Phyllis Gates, quienes corrieron al lugar del accidente. Lo que sucedió a continuación es algo confuso: una versión tiene a Hudson sacando a Clift del auto y Taylor acunándolo en sus brazos, momento en el que Clift comenzó a ahogarse y a señalar su garganta, donde, se hizo evidente, que dos de sus dientes se habían alojado cerca de la laringe. Después de caerse durante el accidente. Taylor abrió la boca, le puso la mano en la garganta y le sacó los dientes. Cierto o no, la resistencia de la historia es un testimonio de lo que la gente quería creer sobre el vínculo entre las dos estrellas. Según esta versión de la historia, cuando llegaron los fotógrafos, Taylor anunció que conocía a todos y cada uno de ellos personalmente, y que si tomaban fotografías de Clift, que todavía estaba muy vivo, se aseguraría de que nunca trabajaran en Hollywood de nuevo. Independientemente de la veracidad de esta historia, una cosa sigue siendo cierta: no hay una sola imagen de la cara rota de Clift. Según los médicos de Clift, era realmente asombroso que estuviera vivo. Pero después de una oleada de cobertura inicial, se retiró por completo de la vista del público.

 

 




Siguieron meses de cirugías, reconstrucción y fisioterapia. Entonces llegarón los días más duros del gran Monty. Nuevas pastillas para todo: Nembutal Doriden Luminal Seconal, Dolantina para controlar el dolor, la ansiedad y el miedo. Antidepresivos, Ritalin y Sulfato de dexedrina. Finalmente, la producción se reanudó en Raintree County, que el estudio temía que fracasara tras el accidente de Clift. Pero Clift sabía que la película sería un éxito, aunque solo fuera porque el público querría comparar su rostro invisible desde antes y después del accidente. En verdad, su rostro no estaba realmente desfigurado. Sin embargo, era mucho más antiguo; cuando  Raintree County (1957) llegó a los cines, había estado fuera de la pantalla durante cuatro años y medio. Pero la reconstrucción facial, el uso intensivo de analgésicos y el abuso desenfrenado del alcohol hacían que pareciera que había envejecido una década. Y así comenzó lo que Robert Lewis, el maestro de Clift en el Actors Studio, denominándolo como “el suicidio más largo en la historia de Hollywood”. Incluso antes de Raintree, el declive había sido visible. El autor Christopher Isherwood rastreó el ocaso de Clift en sus diarios, y en agosto de 1955, estaba “bebiendo de una carrera”; En el set de Raintree, el equipo había designado palabras para comunicar lo borracho que estaba Clift: mal era Georgia, muy mal Florida y lo peor de todo era Zanzíbar. “Casi todo su buen aspecto se ha ido”, escribió Isherwood. “Tiene una expresión espantosa y destrozada”. Y no fue solo en un registro privado: en octubre de 1956, Louella Parsons informó sobre la “muy mala salud” de Clift y los intentos de Holman por limpiarlo y rehabilitarlo. Empero, su declive nunca fue evocado explícitamente, aunque con su rostro en Raintree County, estaba allí para que todos lo vieran. Mientras filmaba su siguiente película, Lonelyhearts (1958), Clift arremetió y proclamó: “No soy (…), repito, no soy miembro de la Generación Beat. No soy uno de los jóvenes enojados de Estados Unidos. No me considero miembro de la fraternidad de las sudaderas rotas”. No era un “joven rebelde, un viejo rebelde, un rebelde cansado o un rebelde demasiado subersivo”, lo único que le importaba era recrear un “trozo de vida” en la pantalla. Estaba harto de ser un símbolo, un síntoma, un testimonio de algo. En The Young Lions (1958), realizada, apenas dos años después del accidente: el dolor y el resentimiento parecen casi visibles. Sería su única película con Brando, a pesar de que los dos apenas compartían la pantalla. Elisabeth Taylor, finalmente libre de su contrato de larga duración con MGM, usó su poder, como la estrella más grande de Hollywood para insistir en que Clift fuera elegido para su nuevo proyecto, Suddenly, Last Summer (1959). Fue una apuesta enorme: todos sabían la cantidad de alcohol y pastillas de todos los colores que tomaba Clift —alguien prácticamente imprevisible— en el set. No obstante, el productor, Sam Spiegel, decidió seguir adelante, sin importar el riesgo. Los resultados no fueron agradables. Clift no pudo pasar por escenas más largas y tuvo que dividirlas en dos o tres partes. El tema, que lo involucró ayudando en el encubrimiento de la aparente homosexualidad de un hombre muerto, debe haber provocado emociones encontradas. El director Joseph Mankiewicz intentó reemplazar a Clift, pero Taylor y su coprotagonista Katharine Hepburn lo defendieron y apoyaron con ahínco. Según los informes, Hepburn estaba tan indignada por el trato de Mankiewicz a Clift que cuando la película terminó oficialmente, encontró al director y le escupió en la cara. El declive continuó su itinerario. Clift apareció en The Misfits, un western revisionista más conocido como la última película de Marilyn Monroe y Clark Gable. El director, John Huston, supuestamente trajo a Clift porque pensó que tendría un “efecto balsámico” en Monroe, quien estaba profundamente envuelta en sus propias adicciones, con sus propios demonios personales. Pero incluso Monroe informó que Clift era “la única persona que conozco que estaba en peor forma que yo”. Las imágenes del set son tan conmovedoras como desgarradoras: es como si los tres estuvieran meditando sobre sus respectivos ocasos, y hay una triste y pacífica resignación ante la diferencia, entre lo que sus cuerpos pueden hacer y cómo la gente quiere recordarlos.

 




Pero el público de 1961 estaba demasiado cerca del deterioro cotidiano de sus estrellas para ver el genio meditativo de The Misfits. También era una película oscura y melancólica: como señalaba una reseña de Variety. Venía a decir, algo así, como: “la masa compleja de conflictos introspectivos, paralelos simbólicos y contradicciones emocionales”. Estaba tan matizada que “confundía seriamente” al público en general, que probablemente no podía hacer frente con las corrientes filosóficas del guion del gran intelectual, Arthur Miller: esposo de la Monroe. Algunas de las críticas más prestigiosas sonaban así: Bosley Crowther, adoptando la inclinación populista en The New York Times, explicó; “los personajes eran divertidos, pero también muy superficiales y fútiles. Ese es el maldito problema de esta película”. Ya sea moralmente repulsivo o filosóficamente convincente, The Misfits bombardeó, solo para ser recuperado, años después, como una obra maestra del género revisionista. Mirando hacia atrás, la película tenía un legado de oscuridad a su alrededor: Gable murió de un ataque al corazón en menos de 20 días, después de aquel rodaje. Monroe solo pudo asistir al estreno de la película con un pase de su estancia en una sala psiquiátrica. Ella no moriría hasta dentro de un año y medio, pero Misfits sería su última película completa. En cuanto a Clift, el rodaje fue increíblemente agotador, tanto mental como físicamente: además de tener una cicatriz en la nariz por el cuerno de un toro callejero, quemaduras graves con cuerdas mientras intentaba domesticar un caballo salvaje e incontables lesiones por golpes y caídas. También, interpretó lo que ha llegado a ser considerado como una de sus mejores escenas, una conversación desgarradora y forzada con su madre desde una cabina telefónica. Incluso si el propio Clift ya estaba fuera de control, interpretar a un personaje que hizo lo mismo solo amplificó el costo psicológico. Después de The Misfits, la desintegración de Clift continuó. Fue un desastre en el set de Freud (1962) que Universal lo demandó. Mientras filmaba un papel secundario de 15 minutos como una víctima mentalmente discapacitada del Holocausto en Judgment at Nuremberg (1961), tuvo que improvisar todas sus líneas. Pero quedaba algo del viejo talento, o al menos lo suficiente para  volver a ser nominado, al Oscar.  Monty, le quedaban agallas para entrar en la disputa al mejor actor de reparto, interpretando, en palabras del crítico de cine David Thomson, "una víctima irremediablemente dañada por el sufrimiento". Los planes de Clift para interpretar el papel principal en la adaptación cinematográfica de The Heart Is a Lonely Hunter de Carson McCullers fracasaron, en gran parte debido a su falta de garantías por la póliza de seguro en el set, y las promesas de una cuarta colaboración con Taylor, esta vez con el productor Ray Stark, nunca más. Sucedió entre 1963 y 1966, se desvaneció de la vista del público, emergiendo solo para filmar una actuación final en el thriller de espías francés The Defector (1966). Pero antes de que se pudiera estrenar la película, Clift falleció, sin fanfarrias, a la edad de 45 años, sucumbiendo a años de abuso de drogas y alcohol. Elisabeth Taylor, envuelta en la filmación con Richard Burton en París, envió flores al funeral. El largo suicidio fue completo. Muchas estrellas de Hollywood han cometido versiones de ese extraño y doloroso viaje: el llamado, largo suicidio. Las biografías de Clift reivindican que bebía porque no podía ser su verdadero yo, porque la homosexualidad era la vergüenza en la que tenía que refugiarse. Pero si miras sus propias palabras, sus testimonios sobre lo que le hizo actuar, verás al culpable. Su sempiterna pregunta para sí mismo, como escribió una vez en su diario, era: “¿Cómo permanecer de piel delgada, vulnerable y aún vivo?” Para Clift, la tarea resultó imposible. Clift dijo una vez: “Cuanto más nos acercamos a lo maligno, a la muerte, más florecemos”. Él se fue sólo a ese precipicio, pero cayó realmente. Y así permanece congelado en la imaginación popular, alrededor de From Here to Eternity: esos pómulos altos, esa mandíbula apretada, la mirada firme: una cosa magnífica, orgullosa, trágicamente rota y devorada por ese engendro tan fascinante, llamado Hollywood. Miren esa forma de tocar la trompeta y recuerden a uno de los hombres más bellos de la historia del cine. Como dijeron The Clash en The Right Profile… “De verdad que mira de un forma peculiar” “Ese es Montgomery Clift, cariño”. Y REM en Monty Got A Raw Deal; Los héroes no surgen fácilmente. Monty hacía que lo difícil, fuera fácil, y eso, está a la altura, de un héroe de carne y hueso: el genuino, Clift. Siempre te quise desde aquel día, que te vi en la gran pantalla. Nunca te olvidaremos y gracias por haber existido.





Dedicado a Rhonda Fleming  agosto 1923/octubre 2020 In Memoriam


Fotogramas adjuntos

 

Red River (1948) By Howard Hawks

A place in the Sun (1951) By George Stevens

I Confess (1953) By Alfred Hitchcock

From Here to Eternity (1953) By Fred Zinnemann

The Misfits (1961) By John Huston

 



Biografía consultada y recomendada

 

Montgomery Clift: A Biography  by Patricia Bosworth Ed. Bantam Books

“Making Montgomery Clift” (2018) by Robert Anderson Clift, Hillary Demmon







Alberto, Rai y Carla: Diagnóstico enfermizo Vol.3



 


Después del almuerzo, mientras conducía hacia el consultorio del médico, no podía quitarse de la cabeza la imagen de su hermana. Le gustaba verla tan feliz.—Alberto sonreía y silbaba un tema musical de la radio. La idea sobre la forma de actuar del  Dr. Lasalle o de lo que pudiera pasarle era como una sombra oscura, en lo más hondo de su mente,  dibujaba un enigma. Aunque menguada, por la imagen de su resplandeciente hermana. Cuando llegó a la oficina, estaba preparado para sentarse y esperar, lo que hiciera falta. Hizo una consulta a la recepcionista, ella le dijo que el Dr. Lasalle estaba listo para recibirlo. Le explicó que el Doctor se había saltado el almuerzo para revisar sus archivos y estaba muy emocionado de trabajar con él. La postal idílica que tenía de su hermana en su cabeza se hizo añicos. De repente, se sintió abatido por esas preguntas que acechaban en el desasosiego sobre el Dr. Lasalle.

La recepcionista abrió la puerta y lo condujo por un pasillo largo, a una habitación cálida con un sofá y una silla.—Adelante, Alberto: Ponte cómodo, estará contigo en medio minuto.

Alberto se sentó en el sofá, nunca antes había ido a un psiquiatra, aunque pensó que estaría recostado en el sofá y le contaría muchas cosas sobre su infancia. Así que decidió que lo mejor sería ponerse lo más cómodamente en  el sofá.

Una puerta se abrió silenciosamente, una que Alberto no había notado antes, una que no podía ver desde su posición. Entonces, ¿no he leído que hayas pasado por esto antes?— preguntó una suave voz detrás de él.

Luchó por girar la cabeza para ver, pero el médico dio la vuelta y se paró frente a su cuerpo tendido para extender su mano. Soy el Dr. Lasalle.  —Dijo, él.—Yo he hablado con el Dr. Lasalle y no es así.

Alberto, estaba decepcionado. Después de su hermana, el Dr. Lasalle no era mucho para mirar. —Vamos! Pequeñito y redondo con una cara igualmente por debajo de la media nacional. Alberto recordó que su salud mental estaría en sus manos, con suerte, mejor cuidadas, que su apariencia. Empero, yo hablé con el Dr. Lasalle y este tío no es él.

Dr. Lasalle:—Se está bien, ahí.

—No, solo lo que he visto en la televisión.— Dijo, disculpándose porque se había tendido en el sofá.

Dr. Lasalle:— Si te sientes más cómodo, a mí no me importa. Yo me sentaré en esta silla detrás de ti.—Dijo mientras se alejaba de su vista.— Alberto notó un ruido muy molesto, al chirriar la silla, donde se sentaba el Doctor.

Dr. Lasalle:— Entonces, el Dr. Ansorena, lo vio ayer y me comentó que sigue tomando la medicación y ve avances. Alberto, no escuchaba al Dr. Lasalle, sólo veía muecas y un blablablá de fondo. Hastiado de escuchar sus putos problemas durante las siguientes dos semanas. Su plan diario era éste: ver al Dr. Lasalle cada dos días y hablar de cosas que no recordaba al cabo de los 10 minutos. Levantarse del jodido diván, sentirse sucio por las confidencias y volver a casa para tomar una larga ducha. Parecía como si el sofá fuera un portal a otro territorio, un mal sitio, desaparecido: cuando se recostó en él. Y así, pasa la vida de Alberto. Cuanto más se vuelve, más culpable se siente, cuando se levanta para irse, como si de alguna manera estuviera traicionando a su hermana, a su amiga, a todo ese otro mundo.

Piensa en ir a almorzar con su hermana o al parque con su amigo, Rai. Empero, la culpa le pesa demasiado como para llamar a cualquiera de los dos. Así que, en cambio, simplemente recoge los materiales reciclables del parque y se va a casa a ver sus películas favoritas o a leer sus novelas preferidas. Esto termina siendo su vida hasta que vuelve a ver al Dr. Ansorena. Su mejor amigo, Rai,  nunca viene a verlo. Lo que le hizo sentir gran curiosidad. Normalmente, sorprendía a Alberto con una visita inesperada cuando no habían hablado durante una semana más o menos, pero no esta vez. No fue así. Alberto no pudo superar la culpa que sopesaba, tanta, como para llamarlo. Una parte de él sabía que no quería enfrentarse a las preguntas que le haría su amigo sobre ir al médico, sobre las pastillas o sobre lo que necesitaba ser "regulado" en su cabeza. Pensó que esas eran las razones por las que quería sentirse culpable en el fondo de su mente. Alberto sentía lo mismo por su hermana. No había estado allí para verlo en un tiempo, y sus llamadas telefónicas habituales tampoco habían llegado. Pensó que probablemente estaba atrapada con ese nuevo chico que había conocido, sin embargo, quería sentirse feliz por ella, pero la culpa se cernía, una y otra vez, sobre sus pensamientos.

 



Tras ese balance personal. Cogió su automóvil y se dirigió a ver al Dr. Ansorena, hoy era el día de la segunda visita. Sentado en la sala de espera, le echó un ojo al revistero. Encontró un número de un magazine de fotografía profesional y se quedó mirando las hermosas imágenes. Cuando finalmente lo llamaron a la habitación, esperó un poco más hasta que entrase el médico.

—Entonces, Alberto, ¿cómo va todo?—Preguntó el Dr. Ansorena, cuando entró en la habitación.

—Va bien.

¿Qué hay de tus amigos especiales, cómo les ha ido? el médico lo miró mientras formulaba la pregunta.

—En realidad, no les he visto desde que vi al Dr. Lasalle. Y fue entonces cuando se dio cuenta por primera vez. No ha visto a su hermana ni a su mejor amigo desde que comenzó los tratamientos, ¿podría ser una coincidencia?

—El doctor Ansorena sonrió con orgullo. —Eso es realmente bueno, Alberto. No esperaba que comenzara a funcionar tan rápido, pero es genial que el tratamiento ya haya aliviado los síntomas tan rápido”.

—Alberto piensa mucho lo que va a decir —¿las cosas no parecen estar bien? Sí, supongo que sí.

La mirada de confusión está en el rostro de Alberto y el médico se da cuenta:¿Estás seguro de que todo está en su sitio, Alberto?

—Yo... simplemente no me di cuenta de que el tratamiento estaba funcionando. —Dice en voz baja. —¿Cómo podía ser que realmente estuviera tan destrozado de la cabeza?

Dr. Ansorena:—Así es como van estas cosas. Dice el médico reconfortante. Ahora, dado que su cuerpo se acostumbrará a las drogas, la dosis aumentará un poco. ¡Venga, ese ánimo!

"Humm... sí". Todo esto está mal, ¿estaba loco?

Dr. Ansorena—Bien, recoja sus nuevas dosis al salir. Ahora vas a tomar cinco al día. Será más fácil tomar dos por la mañana, uno al mediodía y dos por la noche. —¿Alguna pregunta? el médico parece presumido, orgulloso de que su tratamiento haya dado sus frutos tan rápida y fácilmente.

No, suena bien". ¿Podría ser? ¿Realmente podría haber estado tan al límite?—Un tono entre el cinismo y la indiferencia. —No, todavía tenía recuerdos de cómo eran reales... ¿No es así?

Dr. Ansorena :—Está bien, te veré en dos semanas más. No olvide programar su próxima cita al salir. El médico toma un par de notas en su portapapeles y sale. 

Alberto, intenta descodificar qué está mal, pero no puede con ello. Sale de la oficina, coge sus pastillas y programa su próxima cita.

Una vez en su coche, Alberto decide que debería ir a ver a Rai, o ver si alguna vez existió.—¿Rai es mi amigo?

Mientras conduce, siente un presentimiento, una sensación de pavor. Tiene un pálpito como de haber hecho este viaje, hace muy poco. Un trayecto cercano, pero imposible de recordar. Nota como si fuera de noche; cuando doblaba estas esquinas por última vez. Ese efecto tenía un propósito, siempre que lo estaba haciendo, aunque de imposible recuerdo.

Se detiene en el edificio de apartamentos donde vive su amigo. Sin embargo, algo anda mal, parece sin vida, no hay nadie alrededor. Baja de su coche y entra al rellano delantero, recuerda este rellano. Oscuro y con un aroma a humedad y moho.—Lo atravesé, pero, no. Por qué, no me acuerdo. ¡Joder¡ Se abre camino por las escaleras, pasando sus manos por el papel de la pared en la oscuridad para mantenerse firme.

Ahí es cuando se da cuenta  que esa fue la noche en que comenzó su proceso de medicación. —Ahora, si  lo recuerdo. Me desperté, después de que terminase la película, y vine aquí. Seguro

Alberto  llega a la puerta de su amigo. Hay un aroma en el lugar, que le recuerda a una mezcla de almizcle y entrañas de pescado. Es muy áspero y desagradable. Llama y espera. —Nada, maldición. No contesta.

Alberto vuelve a llamar, luego intenta abrir la puerta, pero está cerrada con los pestillos a cal y canto. Está preocupado por su cordura, por su amigo, por la última vez que estuvo aquí. Alberto da un paso atrás y encuentra la llave que guarda debajo del tapete de la puerta. La introduce en la cerradura y gira el bombillo.

Cuando abre la puerta, recuerda lo que pasó cuando vino esa noche. La sangre estaba esparcida por todo el apartamento. En la pared del fondo están, a modo de garabatos, las palabras: "No es real". Alberto comienza a secarse el abundante sudor de su frente.



De repente, todos los recuerdos vuelven a fluir. —¿Cómo llegué aquí…? ¿En un hipnótico trance? Más o menos, en el momento, en que su amigo lo dejo entrar: sacó un cuchillo y se lo llevó.

Se derrumba y cae de rodillas. —¿Cómo pude haber hecho esto? Nooo!

Alberto recuerda todos los apuñalamientos, todas las cortaduras. Recuerda a su amigo suplicando por su vida. Escucha unas voces que le dicen, en tono, fantasmagórico: culpable, asesino, eres un malvado. Se siente mal y vomita. La voces, seguían mancillándole, con un tono más bajo.—No he hecho nada. Yo no soy un asesino.—Gritaba desesperado.

Le vino a la retina un gélido presentimiento. La sensación de que era un sueño, de que no existía, estaba vagando por la habitación de Rai. Un sentimiento aterradoramente entumecido. Muy parecido a la sensación que tuvo, cuando comenzó a tomar la medicación de su tratamiento. Se queda con una sensación repugnante que no puede deshacerse, lágrimas rodando por sus mejillas. Luego oye pasos subiendo las escaleras. En un momento de pánico, cierra la puerta y la bloquea. Pasan los pasos. Pero la enfermedad no lo hace.

No sabe cuánto tiempo permanece sentado en el suelo. Pero cuando regresa a su auto, está oscuro, trae los recuerdos de la pesadilla que le persigue, una y otra vez de la última vez. Cuando salió de aquel apartamento. Casi choca con otro auto, en una intersección, cuando comenzó a secarse la sangre que abundaba por todo el coche.— Noto el olor y no quiero decirle nada a la gente. Callaos— La voces han vuelto con fuerza. Pero ese aroma a sangre fresca humana, continua siguiéndole.

Alberto  pasó la noche llorando en su ducha, tratando de quitarse el hedor y completamente K.O. Sus recuerdos no se irían por el desagüe, no importa lo sucios que estuvieran. El agua se había enfriado mucho, mucho tiempo atrás, y la luz comenzó a entrar por la ventana. Alberto había agotado el cupo de  lágrimas, pero nunca perdería los sentimientos inmundos que lo habían inundado.

Una vez que salió de la ducha, se dirigió al teléfono, ni siquiera se secó. —¿Qué hago. A quién llamo? Esta situación no tiene ningún sentido.—Qué coño me ha pasado?. Finalmente, marcó el número de la única persona con la que podía hablar: su hermana. Consciente de lo difícil que le podría resultar entender lo que contaría.

En la mesilla del teléfono estaba su frasco de pastillas, lo miró mientras sonaba el teléfono. Ayer, al mediodía, tomó su último comprimido. Ese era el último que tenía programado tomar antes de su visita al médico, y antes de ir a ver el horror que le ha causado a su amigo. Alberto apartó los ojos de la botella, se suponía que debían arreglar, sus cosas pendientes. Alberto en un soliloquio espetó:— Los amigos están para lo que haga falta, los buenos te perdonan lo que seas… decía K. Cobain —Se equivocan, no soy un monstruo. No he podido hacer lo que he visto con Rai. 

Empero, las voces seguían su cantinela…—Monstruo, bestia, demonio…Asesino. Pensaba— Seré un leviatán o me he convertido en ello hace mucho tiempo. Cuando el contestador del teléfono de su hermana dio paso al contestador de voz automático. No pudo dejarle un mensaje. Intento, una nueva llamada, pero saltaba el maldito contestador. Decidió salir de su apartamento. Bajo las escaleras hasta el garaje y cogió su vehículo. Necesitaba alguien con quien hablar y no podía esperar. Solo le rogó que estuviera en casa durmiendo.

En su camino, comienza a tener destellos y voces que le alentaban al lugar de los hechos. Su memoria se iba abriendo. Del mismo modo, que sus ojos comenzaban a dejar caer pequeñas lágrimas. —¿Por qué? Yo no soy malo. No he hecho nada, que me dijeran. Sigo sin entender nada. Las voces seguían con su repertorio…— ¿Qué recuerdos tiene que no pueda recordar? Por alguna razón, empezó a respirar profundamente, comienza a pensar en los eventos más recientes. Le recuerda la primera vez que fue a la consulta del Dr. Lasalle. Y se preguntaba:—¿Cómo nunca puedo recordar nada de lo que me había dicho?

La primera vez que estuvo con el doctor debió haberle hablado de su hermana, de cómo la conoció en el restaurante, de cómo se revolvía en su vestido, luciendo como una mujer así... elegante y dulce. Otra vez sus pensamientos pasaban del gris al negro y la voces… —¡Culpable, criminal. Di la verdad!

Lágrimas, donde ya no había, y una sensación de malestar en su pecho. De repente una oscura sensación de éxtasis lo invade. Las partes equivocadas de él se excitan… Alberto comienza a temblar, a sudar y mover las cejas de la cara como un personaje de AHS. Si vuelve el recuerdo de todos estos síntomas, recuerda las curvas, pero eran diferentes. Aquellas curvas que tomo fueron muy suaves, como si el viento manejase el volante. Lentas y delicadas de lo que son ahora. Le vino un fogonazo de aquel momento y el entumecimiento que sintió. Había algo muy escondido, sucio y obsceno que era incapaz de recuperar. Las voces le hicieron detener el coche y parar en el arcén. Se desvaneció por unos instantes. Empero, la otra vez que condujo hasta aquí las luces estaban en verde, lo hizo todo sin dudarlo, sin pensarlo dos veces. Tenía muy claro sus objetivos.—¿Qué queréis cabrones qué os diga que soy un asesino y una bestia que disfruta rajando a la gente? ¡Es lo que queréis. A la mierda!


En cambio, hoy, iba por aquel itinerario a toda hostia. Las luces no están todas en verde. Entre el pánico y la confusión de las voces, aceleró cruzando el disco rojo de un semáforo y entró en un SUV japonés de grandes dimensiones. Muy distinto al pequeño Renault Clio. De nuevo, se desvaneció y se escuchó un estruendo. Alberto despertó en el hospital universitario. Sus médicos están de pie junto a él. Se oye la voz de ambos intercambiando impresiones y una frase: el paciente está confundido e histérico. El Dr. Ansorena, recita tranquilamente mientras escribe en su portanotas. El Dr. Lasalle se cubre la boca con la mano y solo puede negar con la cabeza. Alberto intenta alcanzar su rostro para secarse las lágrimas, pero sus manos están atadas a la cama. El paciente continúa recitando crímenes que ha cometido a personas que no existen. El Dr. Ansorena, sigue escribiendo. —¿Qué me está pasando? —se tambalea entre sollozos.

—Alberto, escúchame bien. Y hazme un gesto, para que yo pueda entender que me comprendes perfectamente. Bien, has tenido un accidente. Las drogas no parecen funcionar. El Dr. Ansorena, intenta consolarlo con una explicación básica y muy coloquial de clase de facultad.

Las luces del hospital parpadean. Una imagen destella en su mente. Las paredes blancas del hospital se vuelven lúgubres, la luz se atenúa. Los médicos son simplemente guardias. No está acostado en una cama de hospital, sino en una cama de prisión de máxima seguridad. Un guardia parado junto a él está sonriendo y espeta con sorna:— ¡Tío estás...Ja,ja! Pero que muy bien jodido...

El más rechoncho está sonriendo y sacudiendo la cabeza hacia Alberto, las voces vuelven, en esta ocasión con mucho sarcasmo: —la has cagado, cabrón. Eres un puto psicópata. Y te van a meter un montón de años, asesino de mierda.

Alberto solo puede cerrar los ojos y negar con la cabeza, tratando de controlar lo que está sucediendo, dónde se encuentra. Recuerda un accidente automovilístico, pero al mismo tiempo recuerda que lo arrestaron. Su mente confusa, ve flashes de un juicio… Los días pasan...

—Veamos, Alberto, entre el desastre en el que estabas y tu estado mental, has estado entrando y saliendo de la conciencia durante los últimos días. El doctor Lasalle intenta recapitular lo que aparentemente no puede recordar, explicarle las cosas para que pueda salir del marasmo en que se ha convertido su vida.

—Posiblemente te estábamos presionando demasiado con las drogas, no lo sé. Creo que necesitas una observación más cercana. Creo que vas a necesitar más ayuda de la que nosotros dos podemos darte. Tus delirios parecen haberse enraizado, esto es positivo desde el punto de vista de la psiquiatría. Es mucho más fácil actuar sobre ellos. Pareces sentir un profundo sentimiento de culpa, tal vez por algo que te sucedió cuando eras niño. El Dr. Ansorena, mira al Dr. Lasalle, que todavía niega con la cabeza. La alegría de curar a este paciente parece haber desaparecido del rostro del Dr. Ansorena, y, en su lugar, ha llegado ese desplome de pura sensación de fracaso. La imposibilidad de proseguir en el caso.

¡Estás jodido, cabrón, 42 puñaladas a tu mejor amigo y encima; le cortaste la cabeza!— Dice el guardia impresionado. Las fotos estuvieron en las noticias y toda la prensa hasta que decidieron que eran demasiado sangrientas. —Estás acabado, perro. Hay una sonrisa en la cara de los guardias; esta prisión debe estar ante los infractores graves si lo que está diciendo le ha traído una sonrisa a los labios. Alberto pierde el aliento. —¿Cómo pude haber hecho eso? Sus ojos se ponen vidriosos, no quiere confrontar lo que pasó, Alberto  no quiere saber más del porqué está aquí.

—No lo dejes afuera hombre, siéntete orgulloso de ello, figura. Aquí te mantendrás a salvo y estarás en este lugar, durante mucho, mucho tiempo: el resto de puta vida. Parece saborear contarle su destino.—El guardia compañero le espeto:—Si quieres que dure más de un par de semanas, es mejor que empieces a presumir de lo que le hiciste a tu hermana y su novio. Encuentra saliva y comienza a usarla para gritar como un loco.

—El guardia, dos, el regordete sonríe ante los gritos locos, parece disfrutarlo. Los médicos se sientan juntos, Este trabajo es difícil. Odio ver a gente tan prometedora consumirse en delirios.

El Dr. Lasalle solo puede mirar la mesa y negar con la cabeza.—Es muy triste pensar que una mente tan creativa se desmorona en lugar de pintar, escribir o demonios... Cualquier otra cosa. El Dr. Ansorena hace una pausa para hacer girar su café en la taza que tiene frente a él. —Si tan solo hubiéramos podido encontrar una manera de reprimir su imaginación en lugar de dejar que se rompiese como lo hizo. —Toma un sorbo de su café frío y niega con la cabeza. Hicimos todo lo que pudimos. Estoy seguro de que si no pudiéramos salvarlo, no podría salvarse en absoluto. El Dr. Lasalle pone su mano sobre su hombro.—Unos 3 segundos. La retira— Es como si esas ideas fueran tan reales para él como tú para mí. Tal vez al suministrarle ese coctel de  medicamentos y alejarlo de esa otra realidad que estaba en su mente. Quién sabe. Quizás eso fue lo que lo hizo desquebrajarse y lo llevó a cometer esos actos inenarrables, con esas personas, en su cabeza.

¡Hey, Pura! Encerramos a ese puto psicópata en el infierno. —El guardia (regordete)  de la prisión le cotillea a su esposa. —Ella se estremece mientras sostiene su mano sobre su pequeña mesa. En la otra, sostiene una taza de su café matutino, del que bebe un pequeño sorbo, Gracias a Dios que el hombre está encerrado. Nunca pude entender porque alguien le haría esas cosas a su propia hermana: violarla y asesinarla. Es simplemente, una locura enfermiza. El horror, el mal y las almas.





                                                                                            FIN





              Dedicado a la memoria de Ruth Bader Ginsburg marzo 1933/septiembre 2020 DEP


Fotogramas adjuntos

Zimmer 13 (1964) by  Harald Reinl

No Way to Treat a Lady (1967) By Jack Smight

The Sadist (1963) By James Landis

Landru (1963) By Claude Chabrol