“El hombre que plantó Marihuana, tuvo un aborto y quemó una imprenta”







Jeremías Rojas era un hombre lleno de ilusiones y esperanzas que se quedaron convertidas en tristes cenizas de crematorio esparcidas por un desbocado viento de abril. Todo aquello por lo que luchó, deseó y amó había desaparecido. Toda su vida se desvanecía como el pestañeo de un espejismo en el desierto. Poco quedaba de aquel chaval nacido, en un pueblo, de la frondosa sierra extremeña. De sus sueños de infancia. Su actitud laboriosa y solidaria en el colegio. Y es que el mayor anhelo de Jeremías Rojas estaba en un pozo negro, oscuro y lejano. De aquella frase del profeta Muhammad (mensajero del Islam) sobre las bondades de una expresión archiconocida: “plantarás un árbol, escribirás un libro, y tendrás un hijo”. Era una interpretación occidentalizada de una letras que citan, textualmente, estas palabras: “la recompensa de todo trabajo que realiza el ser humano, finaliza cuando este muere, excepto tres cosas, una limosna beneficiosa, un libro de conocimiento y un hijo piadoso que vigile por el alma, de su padre, cuando este ya no viva”. Nociva interpretación y tremenda desazón con el paso del tiempo. Cuantas veces, le pasaba por su cabeza, el revivir del viejo afán. Engañado y con aroma a fraude, llegó a maldecir mil veces al jodido profeta y sus frasecita. Ni árbol, ni puto libro, ni biberón de turno. Jeremías Rojas trabajó como un cabrón en una cadena de comida rápida, y en cuanto terminó la carrera comprobó; que sólo la preparación de oposiciones podrían darle un empleo —de por vida— como profesor de lengua. No tenía ese tiempo, ni ganas para seguir estudiando, luego aprovecho su atractivo físico para trabajar como modelo de catálogo de supermercado. Ni su avispada inteligencia y generosidad de cofradía. Ni su alto bagaje cultural —no en vano estudio filología— aunque, nunca exprimió el potencial de su preparación. Todo fue en vano. Hasta que unos tipos (de origen neerlandés) que conoció en la agencia de modelos, le invitaron a una zona del sur de España, y le mostraron —en situ— un campo repleto de plantas de marihuana. En ese instante, le vino a su mente la cara de su hermosa mujer, Adriana. Una joven de facciones muy marcadas, rasgos eslavos —era originaria de la bella Moravia— de unos intensos ojos azules algo estrábicos. Pero de mirada cautivadora. Aquellos carnosos labios, pómulos rosados y una delicada barbilla: impresionante. Era tan hermosa como un atardecer de verano en Tánger. Jeremías Rojas conoció a Adriana en el restaurante de comida rápida, mientras le servía una hamburguesa. Adriana estaba estudiando Historia del Arte, a través, del programa Erasmus. Se quedó eclipsado por su rostro y en menos de tres meses ya estaban casados. Eran tan felices. Además siempre contó con el beneplácito, en las decisiones difíciles de Jeremías. Fue la época, en donde, optó de lleno, por su introducción, en el cultivo extensivo de marihuana. Adriana, nunca lo puso  ningún impedimento. Invirtió todos sus ahorros. Ahora era el encargado de todo lo cultivado, en aquella enorme extensión de terreno. Así como del cuidado y la recolección de las plantas cannabicas, dueñas de un profundo verdor y, si cabe, un perfume más profundo, en los días de cosecha. Se convirtió en todo un experto. Dominando las técnicas de floración del producto, manufacturación de las semillas, proceso de regadío y protección de los ricos cogollos bien llenos de resina. La recolección del producto y el control de secado. Las cosas iban sobre ruedas. Aquel lugar estaba limpio de sospecha y muy bien integrado en la zona de cultivos tropicales del entorno. Mis relaciones con los agricultores y gente cercana; eran excelentes. Me tenían por un exportador de frutas exóticas que servían para blanquear parte del terreno dedicado al negocio del cannabis. Todo era demasiado bonito. Adriana, tenía lo que quería; a mí. Además, si necesitaba cualquier cosa o capricho de turno, sabía que le sobraba dinero o tarjetas de crédito. Lo dicho, era muchísimo mejor que plantar un cerezo, en el huerto de un chalé. Era realmente fascinante contemplar la felicidad de Jeremías Rojas; el hombre más feliz, encima de la tierra. Empero la mejor noticia, llegó tras una cena en un exquisito restaurante vasco. Mientras nos deleitábamos con el vino de la tierra y unos pintxos de aperitivo. Me dijo que estaba embarazada. Me quede del revés. Estaba tan contento que me temblaban las piernas, porque no sabía si saltar de alegría o empezar a pagar copas, al resto de los comensales.














Le di un beso en los labios y le dije; eres una bendición, amor mío. Sentía como —tras años de oír del verdadero amor— esa auténtica sensación, se manifestaba, con toda su belleza y grandiosidad, al verlo delante de mis ojos por primera vez. Sentía un vértigo inexplicable y sólo pedí que nos dejará ahogarnos en su inmensidad. Un bebé Rojas Ivanovic´ estaba por llegar. Sólo quedaba irnos a la playa y bañarnos en la inmensidad de las olas, o mejor dicho, que el tiempo se parase para siempre. Mientras nos besábamos con la misma pasión que B.Lancaster y D. Kerr. La vida nos sonreía de un modo, que jamás lo hubiera imaginado, en el mejor de los escenarios posibles. Pasó una estación y media: estamos en otoño. Mientras, andaba preparándome con gran donaire. La noche atrajo a la tormenta y la fría lluvia; pareció traer el temporal al dormitorio de nuestro apartamento, Adriana se había echado una cabezada por la tarde y se despertó con fuertes dolores. Decía que sentía una sensación de pinchazo constante, de un modo desgarrador.En las sabanas Bassetti de tonos azules y blancos cenefas resaltaban, como un golpe de dripping de Pollock, las pequeñas manchas de sangre que había dejado. Al marcharse al baño a lavarse. Le dije que lo dejara todo; que nos íbamos de urgencia al hospital. Una vez en la puerta del centro médico, Adriana, no paraba de llorar y espetaba:—No siento a Eric, no lo noto. En la camilla, el dolor se había agudizado y sentía fuertes calambres. Le cogí de la mano, pero se soltaba, llevándosela a la cara. Era un panorama desolador. Adriana estaba en la semana número 22, de gestación, camino de cumplir el sexto mes. Me acerqué a darle un beso y ella envuelta en lágrimas, me decía: —Jeremías el bebé no está bien. Se nos lo están llevando—Tranquila, cariño. Todo saldrá bien. Ipso facto, la camilla fue llevada a toda velocidad —directa— a la zona de quirófanos de maternidad. La obstetra de guardia me informó, que había unas pequeñas complicaciones, y posiblemente, habría que hacer una cesárea. No podría decirme nada sobre el bebé. El corazón se me quedó en un puño. Tragaba saliva y me maldecía hacia dentro. No me lo podía creer. ¿Por qué, cojones? ¿Cuál era el porqué de toda esta pesadilla? Me consumía por dentro. Además, no pude entrar al paritorio, pues, esgrimieron el agravante de intervención compleja. Sólo me dijeron —que en ese momento— Adriana estaba completamente anestesiada. Parecía que la intuición de mi esposa daba visos de una realidad trágica. No lo entendía, y si quería entenderlo. A lo largo de los últimos meses, todas las ecografías estaban normales. El bebé, se veía perfectamente, quedaba muy poco. ¿Qué estaba fallando? Dentro, del quirófano se estaba intentado reanimar al bebé. Había nacido sin pulso. Todo fue muy rápido, pues para evitar complicaciones, a Adriana, como la no salida del feto—sin latido— podría haber liberado sustancias inflamatorias y posibles riesgos de infección. Así, como de una mala coagulación. Cuando entré en la habitación, una vez que pasó a planta e informado de todo el proceso. Pude ver a Eric. Era tan pequeño y ya tenía unos rasgos tan humanos. De un ser hermoso, casi hecho, era nuestro bebé. Me quedé con la cabeza entre las piernas llorando y posteriormente, firme el acta del exitus. El trato por parte del equipo médico —conmigo— fue impecable. Pero, por razones obvias, ya no a sería posible ver a Eric. Una vez que, despertó Adriana, se tocaba su vientre y notaba los enormes apósitos que le habían colocado tras las suturas. Me preguntó—¿Jeremías dónde está mi Eric?—Adriana, Eric...(tremendo nudo, en la garganta) Se ha marchado. —Qué cojones y leches, se ha marchado! ¿Dónde está mi hijo?(chillaba como una posesa)—Tranquila, corazón. No pasa nada. Yo lo he visto y se ha ido. Adriana, comenzó a lanzar diatribas en checo. No entendía nada (pero tenía muy claro que se estaba cagando, en mi familia, en todo el equipo médico y hasta en el rey de este país) —Por favor! Déjalo, estás muy débil y confusa. Ahora ponte buena y ya hablaremos cuando el tiempo nos dé fuerzas. —¡Jeremías, exijo ver a mi hijo! —Va a ser imposible, cielo. — ¡Quiero que me lleven al depósito!(gritaba)—No, no lo hagas.—A partir de ahora, no me digas lo que he de hacer.—Adriana (envuelta en lágrimas)—Vete, Jeremías. ¡Márchate de aquí. No quiero verte. Vete, vete, lejos! Una enfermera me preguntó si me encontraba bien. Y si todo estaba O.K.—Dije, que sí. Completamente hecho trizas. Salí de la habitación con el corazón a pedazos. En la calle llovía cántaros y no tenía paraguas. Me fui al parking del complejo médico y busqué mi auto. Sonó, la alarma y me introduje en él. Una vez dentro, cogí un kleenex y me sequé, el charco de lágrimas que cubría mi rostro. Arranqué el coche y desaparecí en la solitaria carretera del autopista camino hacia el sur, mientras la inmensa tromba de agua seguía siendo mi acompañante más cercano. Los parabrisas, a modo de manos que pasaban páginas de guion, a toda prisa, quitaban la majestuosidad de la potente lluvia.













Dos años más tarde...



Adriana mi esposa, se marchó a la bella Moravia, a la casa de sus padres. Su madre había fallecido de un ictus hacía un año y su padre estaba muy afligido. La vida en Olomouc era muy diferente a la de Málaga y mucho más, a la de Madrid. Seguía con su duelo y calvario particular. Despertándose, en mitad de la noche, llorando a causa de la perdida de nuestro bebé. El trauma persistía y la imposibilidad de haberse despedido de él, cuando estuvo en el hospital, hacía mayor mella. En sus sueños más terroríficos la imagen de un Erick malformado con aspecto de bicho versus Alien, le atormentaba y perseguía. El horror era su nueva compañía en el frío invierno de la Moravia checa. Cuidando de su padre y siendo tratada por un especialista en psiquiatría pediátrica. Yo hablé una vez por teléfono, pero no quería saber nada de mí. Nunca me pidió el divorcio. Era una actitud tan indolente, tan de la vieja Centroeuropa, entre lo kafkiano y lo triste de esos personajes complejos de Kundera. Pasaba de todo lo que nos unía. El día que perdimos a Eric, nos perdimos de por vida. Mientras tanto, la vida en Málaga, continuaba. Yo seguía adelante, intentado olvidar y creyendo en lo que hacía. La vida es así de puta, cuánto más hay, a ella le gusta ponerse peor. Había continuar y el show debía de seguir en marcha. Evidentemente, con una espina de ballena, en el corazón. Empero, quería seguir llevando el tren de vida, en el que me había subido. Mi misión era cultivar el mejor producto y vender cuanta más cantidad mejor. Y es así, el capitalismo es como cuando te encuentras con alguien ninfómano y necesita más. Ahí estaba yo, vender y vender, era lo que mejor sabía hacer. Y es que si de algo, me podía consolar, era que a mi hijo Eric, no le faltaría de nada. Esto que digo no es vanidad, ni que tuviera un repentino empacho de ego. Tenía mis defectos, como todo el mundo, pero en lo que a los resultados de mi trabajo se refiere, mandan los fríos y sinceros números y estos me cuentan que sí. Jeremías Rojas es uno de los mejores individuos de este negocio en el mundo. De que servía mi impoluto bachillerato, el paso por la universidad o mi portentoso físico, que ya quisiera algún veinteañero, poseerlo. De mis bellos ojos azules o los 185 cts. de altura y mis putas espaldas hercúleas. Había perdido a mi esposa y lo más importante: mi hijo. De momento, el árbol, tendría que esperar y el hijo, no sé…, que le pregunten a P.D. James. Yo seguía a lo mío y de paso, me quitaba la ansiedad fumando la mejor marihuana del mundo.Terminó el invierno, sin noticias de Adriana. Yo seguía con mi monótono ritmo de vida. Eso sí, casi a modo de anacoreta. Cuando, llegué, al Garden de la plantación. Me llamo mucho la atención la soledad del complejo. Apenas coches y tan siquiera, vecindad a quien saludar. De repente, me veo a cuatro agentes de la Udyco, diciéndome; ¡Policía antidroga! ¡Manos en alto y al suelo! Cuatro coches de la secreta y dos furgonetas con efectivos de la policía nacional. Rápidamente, me levantaron y me dijeron que estaba detenido por el cultivo de cannabis, la elaboración, tráfico ilícitos y la posesión —con estos fines— de drogas tóxicas, estupefacientes y sustancias psicotrópicas. Así como otras supuesta actividades y un larguísimo etcétera,   fueron leyéndome mis derechos y colocadas las esposas. Una vez dentro del coche de la secreta fui directo a la comisaría central de leganitos en Madrid. Ni siquiera, fui a la comisaria de la provincia, donde, supuestamente plantaba mi árbol de la vida. Hice unas llamadas, una de ellas, a mi abogado y otra a Adriana (la cual, apenas se inmuto. Era como hablar con un ataúd). Se personó mi abogado, y otro, con un traje impecable, que pertenecía al bufete de mis socios de los Países Bajos. Tras un proceso de filiación y fichado en la comisaria. Pase un par de noches en el calabozo. Y cuando salió la vista para la fianza, pude salir a la calle, en libertad provisional hasta la espera del juicio definitivo. Al final, el abogado de la corporación de cultivos y semillas —del clan holandés— sacó una condena generosa y terminé en la cárcel de Herrera de la Mancha, por un periodo de 24 meses y un día. Y les voy a decir una cosa. Todos esos días a la sombra dan mucho para pensar. Por la noche, éste, es un lugar curioso, hay un hombre en la litera de enfrente que comienza a llorar. El vecino del catre de arriba espeta:—Aquí, chavalote, he visto llorar a demasiados tíos duros y curtidos en mil peleas. De esos que intimidan. De los de verdad. Esto no es una peli sobre el talego. Esto es la puta realidad… Ya lo me contarás. Sin embargo, en este sitio hasta las almas más fuertes se rompen. 










No imagino a nadie capaz de resistir a la locura que envuelve esta monstruosa construcción, esta terrible prisión, este infierno que ha sido erigido expresamente con gotas de odio. Aquellos ladrillos del pabellón de enfrente. Las piedras en que, yo estoy, tan solo es un lugar más de mi vida. Ese sitio donde habitan las mismas pesadillas de antaño. Los días se hicieron cansinos y lentos. Dos inviernos por delante y un segundo otoño, donde, ya estaría fuera. No quería problemas con nadie. La celda en la que yo estaba, la compartía con el viejo Hans—el mismo que me decía lo que era este lugar—por robo a mano armada y homicidio. Era un tipo holandés de unos 55 tacos que conocía muy bien el país. Hablaba un español pluscuamperfecto. Luego, estaban dos hermanos argelinos, Ali y Karim. Estaban condenados por tráfico de estupefacientes (20 kilos de hachís) y homicidio accidental. Eran muy reservados y demasiado religiosos. Nunca tuve problemas con ellos. Un día, el director de la prisión se interesó por mí. Sorprendido de mi licenciatura en Filología, pero, aún más, al comprobar que era del pueblo de donde yo nací. Como el que no lo espera; acabé en la biblioteca. Además, terminé siendo, algo así como un profesor de apoyo, de lengua española, para el resto de los presos extranjeros. ¿Quién lo iba a decir? La cuestión es que la monotonía y la cercanía a los libros; produjeron en mi mente una extraña curiosidad por escribir una especie de pequeña biografía. Hans, el holandés, abandonó la celda y estuvo muy jodido por un problema tumoral. Terminó en el hospital con un trozo de intestino en la basura. Estaba al tanto de su evolución, pero aún le quedaba bastante. Los tumores estomacales nos son tibias rotas. Me quedaban tres meses para salir de aquel triste y desangelado lugar. De escuchar, lloros nocturnos, gritos, ronquidos, risas extravagantes, jadeos, folladas de turno y onanismo puro y duro. A la mañana siguiente era fin de semana y aproveché para comprar cuatro cosas en el economato. No quería, pero tenía que llamar a Moravia. Seguí teniendo, en mis oraciones y en mi retina, los ojos de Adriana. Llamé, parecía algo más comunicativa, y me puso al día de cómo iban las cosas por Olomouc. Ahora se había trasladado a vivir con una prima suya y estaba trabajando en un Aldi.  Me dijo, que estaba bien. Pero no iba a regresar a España. Le comenté lo del libro y me espetó con ese tipo acento del Este, que parecía cogérsele con más fuerza…—Por fin, lo has conseguido, no plantaste un árbol pero si marihuana, no tuviste un hijo y si un aborto. ¡Ahora escribes un libro. Qué poético! — Por favor, Adriana. Vuelve, dentro de nada estaré en la calle y podremos intentar…,—Intentar, ¿qué vamos a intentar… Jeremías? A ver, ¿qué crees tú, que vamos a hacer?—Adriana, por favor, sólo quiero verte, besarte y dormir contigo—Yo estoy muy bien, aquí. Tengo un trabajo y no quiero saber nada de ti, ni de tu país. El teléfono hizo el típico ruido de un colgado, en seco. Me quedé roto y conteniéndome las ganas de llorar. El fin de semana, fue un día durísimo. Me quedaba una semana para mi vuelta a la libertad y la aproveché para llamar a una editorial. Hablé con tal Nicolás Borrull. El tipo decía que era el dueño de Bártulos creativos SL. Bien, me dijo que le mandará el libro y valoraría la posibilidad. Pero, yo antes de todo eso, quería saber por su voz, como iba ese negocio. Ya saben, que siempre he sido un tipo de negocios. Un tipo que solo quiere hacer bien su trabajo y ganar dinero. No me importa trabajar, mientras haya una recompensa llamada dinero. Prefiero eso, que la mierda de país de mi mujer y todas las penurias que pasaron con el jodido comunismo. Sí, soy un tipo enamorado del capitalismo. Tampoco es ningún pecado.—Le dije Nicolás, esto es como funciona y así lo veo. Tú me dirás—Vamos a ver Jeremías, ya te he dicho, que nosotros hacemos una valoración y lectura exhaustiva del manuscrito y en vista de lo comprobado te damos el OK.—El OK, eso significaría que habría dinero por adelantado…—No, no. Jeremías…! Nosotros somos una editorial pequeña, trabajamos en un modelo cooperativo de coedición con el cliente.—Para, para, Nicolás. Entonces, yo tendría que poner plata en el asunto.—Hombre, todo es muy relativo…—¿Por qué no me lo envías…, yo te contesto y dependiendo de la calidad, te digo que podemos hacer? Me quedé pensativo, rabioso y un poco fuera de cobertura (tenía la imagen de Adriana, los socios del asunto de la marihuana, y en fin, me sentía muy jodido. Le dije que sí)—Vale, dame la dirección, y donde he de mandarte el original. La apunté y me fui directo a la cama a descansar. Tuve un extraño sueño, donde Adriana y yo nos conocíamos en un barco de lujo, pero este se rompía y no quedaba más remedio que arrojarse a las frías aguas. Estaba tan enamorado de ella y eso que no la conocía—que viendo el panorama— nos cogimos de la mano en un acto reflejo. Ella temblaba. Por primera vez en siglos sus ojos habían resplandecido en una sola mirada, un segundo fugaz en que se reconocieron casi extrañados. De pronto, se escuchó una voz de entre las aguas y escuchábamos atónitos: “Viviréis eternamente separados hasta el fin de los días, sólo entonces volveréis a estar unidos por un instante, antes de desaparecer. “Yo me desvanecí y cuando desperté, Adriana no estaba a mi lado. Nunca más, logré volver a verla. Por mucho que me esforzará en una búsqueda continuada, con el único ahínco de romper aquella especie de maldición. Expiré un grito tremendo, que hizo que Karim el argelino, me dijera:—Tranquilo, Jeremías. ¡Hey, Tranquilo, tío! Qué es un mal sueño. Respiraba apresuradamente desde la litera y el ritmo cardiaco comenzó a bajar pulsaciones. Me sequé el sudor.—Eso colega, es la angustia, de que te marchas, pasado mañana y no te lo crees—Peor, aún tío. Hay mucho que hacer fuera de aquí. —Acuérdate de los viejos amigos.(Ponía una sonrisa de niño bueno)—Siempre me acuerdo, de los que se han portado bien conmigo. 











28 meses y un día, en la puerta de la prisión.


Nadie vino a recogerme. Era lógico y normal. Jeremías siempre fue el típico tío reservado y recogido. Autosuficiente, en todos los sentidos. Además, no tenía buen pálpito con sus antiguos socios. Todo el mundo, salió muy trasquilado con el asunto de la hierba, pero el pago, el precio más caro. Muy alto, para su lealtad con todos los que participaban y se lucraban de él. Nunca se quejó. No obstante, no le gustaba nada, el hecho de que hubiera quedado, algún acento o coma sin aclarar. La biblioteca, había hecho de Jeremías un intelectual atípico. La verdad, tenía muy poco de ese concepto. Siempre fue un tío hecho a sí mismo. Cogió un taxi y buscó un hotel de carretera. Se alojó un par de días y recibió la llamada del tipo de la editorial. —Jeremías, qué tal!—Bien, es Ud…—Nicolás Borrull de Ed. Ah, ya recuerdo. El bártulo creativo.—Bártulos creativos SL—Ah, vale.— Mira, hemos leído tu libro y nos ha encantado—Entonces, qué—Pues, nada.—Vamos a publicártelo—Sí. Vaya, qué bien!—Bueno, sólo tienes que firmar el contrato y cerciorarte bien que todo está claro.—Claro, qué está claro.—Bueno, ya te lo comenté, Jeremías. Nosotros no somos una gran editorial.—Ya estamos con el cuento lerelé de que la editorial tiene tamaña enano—Hombre, tampoco sin pasarse.—Qué le parece si nos vemos en su despacho. Bueno, te voy a dar una dirección y si quieres nos vemos allá sobre las 12 del mediodía.—Perfecto—Toma la dirección C/ Trafalgar 20 1º-pt3a Getafe.—Allí estaré. Me tumbé y me quedé mirando el techo. Luego llamé a Hertz y les dije que estaría más tiempo del contratado. Y posiblemente, necesitaría un coche más grande y de mayor cilindrada. No hubo, ningún problema, en el aeropuerto cambie el pequeño Opel Corsa por una Mercedes clase S. Esa misma tarde fui a la dirección que me había dado el pájaro. Pasé por un Carrefour y compré un bidón para rellenar combustible y una caja grande de cerillas. Paré en una gasolinera de la M40 y llené el bidón de 10 litros. Pagué y seguí conduciendo. Mientras me encendía un cigarrillo. Sentía una presencia muy especial, dentro de mí, interiormente, en lo más profundo y recóndito de mi mente. No paraba de pensar en Adriana, en aquel azul suplicante de sus hermosos ojos, rogándole que me perdonará, porque nunca pude mostrarle a Erik, porque no sé qué nos pasó. Porque la quería más que a mi vida. Rogándole a los dioses que volviera y me salvará. Me acorde de mi infancia, mis tiempos de la Universidad, de la puerta cárcel, de la biblioteca. De todo, lo que había escrito. Ya estaba en el puto Getafe, cuando, me doy cuenta que en ese número se encuentra una imprenta. Sí, una puta imprenta, de esas que ponen publicidad en los parabrisas; fotocopias, invitaciones de boda, estampaciones de camiseta de tu hijo, posters y tarjetas de visita. ¡Me cagüen Dios! Qué mierda se maneja el Nicolás éste. Sálvame Dios, sálvame. Déjame en paz, déjame que estos ojos doloridos no me mancillen más. Por favor. Yo no tuve la culpa de nada. Rogándole amparo, pidiéndole que no la dejara sola nunca más. Pensé en el cabrón de Camus, mientras en la habitación taciturna del sujeto N.Borrull, iba introduciéndole el contrato y le obligaba a comérselo. —Le dije: Nico, Nico…No tienes ni puta idea de quién soy yo. Yo no soy un chico de casa bien, que le sobra el dinero y se aburre. Escribe, aunque lo haga mal. Del mismo modo, podría hacer calceta. No, pajarito, aquí se acaba su singladura de Mastuerzo Creativo SL— ¿Te gusta el nuevo nombre de la editorial? Es más acorde, a un tipo como tú. Con esa cara de miserable, ojos juntitos como un insecto y tú inmensa calva, rematada por una coletita con cuatro ricitos.(Parecía un jodido calamar) — ¿Sabes una cosa, Camus hablaba de la angustia y el terror y de la miserable condición del Hombre, pero hablaba de ello de un modo tan florido y agradable…? Yo no soy un tipo muy agradable, incapaz de escribir como ese tío. Estoy condenado y ahora llega el momento que estabas esperando. ¡Fotocopiador de tres al cuarto! Se quedó sentado, en la silla, intentado buscar sus lentes. Se había dado cuenta que sus pantalones estaban encharcados de orina y lloraba, lloraba como un niño sin juguete, muerto de miedo, de vergüenza e impotencia. Lo dejé cerca de la ventana para que contemplase el espectáculo. Saqué el bidón de gasolina y lo vacié por la pequeña imprenta de aquel tipo. Agarré las cerillas de cocinero y encendí un cigarrillo. De fondo, el ruido de las sirenas de los coches de policía y bomberos, se hacía más intenso. Con la mirada completamente ida, pero cierto halo de satisfacción. Aún, tuve tiempo de acordarme, de algunos, personajes de mi novela; antes de tirar la cerilla en la puerta del chiringuito copista. Uno de los aludidos, el más idóneo, para el momento, era el profeta  Muhammad —que murió como Franco en su cama— un islamista que soñaba con sus hijos muertos y promulgaba aquello que—un publicista diseñó— como la utopía de todo buen hijo de vecino tendrás… Era así la frase o estoy perdiendo facultades. Juraría que sonaba así: “plantarás un árbol, tendrás un hijo y escribirás un libro.” ¡Lo siento, Adriana, pero no soy nadie sin ti! Todo lo hice al revés… Quizás en otra vida. No lo sé, no soy profeta. 






                                                                                          FIN
                              



                        Dedicado a Dolores O'Riordan septiembre 1971/enero 2018 in Memoriam







Fotogramas adjuntados



Reefer Madness (1936) by Louis J. Gasnier
She Shoulda Said No! (1949) by Sam Newfield
Valeri týden divu (1970) by Jaromil Jires
Only God Forgives(2013) by Nicolas Winding Refn 
Gomorra (2014)  by Francesca Comencin




                                                                    

Las familias magnéticas de Nobili







Todos los sueños de noviembre comenzaban de la misma forma; unas hermosas damiselas flotando sobre un campo magnético de cristal fluorescente con las caras desalentadas. Cada una de ellas, improvisaba un aria inmaculada y certera. A pesar de sentir la sombra del miedo, detrás de las cortinas, en cada respiración del imantado escenario: el espectáculo continuaba su itinerario. Sin embargo, aquellas sombras pavorosas; terminaron por convertirse en público luminescente. Desde, ese instante, comenzaron a cantar todo su repertorio en Do menor. Finalmente, sonrieron sardónicamente a la platea y desaparecieron como en un prestigioso truco de magia.
—Esto es insoportable. ¡Por Dios, qué crueldad! Me parece terribleesputaba una voz. Desde el fondo, del decadente patio de butacas. La barítono del cuarteto miraba su libreto de notas convertido en algoritmo caótico. 













Aquel programa cambiaba de grafía y se transformaba en pétalos de flores multicolores que caían y volvían a elevarse. El olor que desprendía aquel libreto, no era precisamente a orquídeas salvajes, sino un hediondo légamo dentro de un millón de letrinas embozadas.
—Todo sigue igual. Sin cambios. Tan solo, un halo de éxtasis, a modo de tiempo muerto, parecía ser la nueva eternidad. Me pareció la gran pantomima de un patético infierno —Comentaban las luciérnagas, mientras traían el celestial aroma a pan horneado. ¡No, no! Estás muy equivocado. ¡Tío listo! No voy a servirte ni te serviré jamás. Tu alternativa es lo más parecido a llorar o sentir el punzón de tu maldita enfermedad crónica. —Ah! Cabrona. ¡Piedad, por favor! Nunca cambiaras, ni sabrás del significado de tal palabra. No tiene sentido, perder el tiempo en tu puta cantinela. 












Tu ADN lleva grabada la palabra, perdedor.—Le respondió ella. El pilar del flujo de magma que olía a caspa y barras de chocolate recién desprecintadas del paquete, empezó a atragantarse entre risas flojas. En aquel lugar las vibraciones eran bizarras y descompasadas. Cuando la rotura del cristal de una bombilla crujió en mi estribo. Pero, todo quedó en una almádena que se estrelló contra el cerebro de aquella alcahueta.
—A esos que sirves, ya no te ven como una persona, ahora eres un arma sensible. Un artefacto viviente para guardar y sacar cuando necesitan. Algo destruido. Ansias la libertad, pero estás encadenado a tus Domines. ¡Sírveme y te daré toda la libertad que quieras! Una ola de rayos gamma se iba concentrado a marchas forzadas. Ella sacudió la cabeza violentamente y gritó. Parece que alguien o algo desconocido rompió las barreras; y ahora la ley pura está en los planos de la realidad virtual.











La ley pura es veneno para los seres vivos, pues, cambian. —Eso es tan malo como la propia interpenetración del caos. Ahora, sabrá cuál es la situación. —Prepárese para estar listo, en cualquier momento. Cuanta más información tenga; el diseño del plan de ataque dejará de ser una quimera. Mi garganta la notaba seca. ¡Hora de beber! Venga, idiotas! Beban. Es gratis. Nobili se inclinó ante su público y se dirigió rápidamente hacia la puerta. De repente, un extraño rayo de energía cayó del cielo y golpeó los cristales de la tramoya. Su armonía dejó una sonoridad tripartita que se intensificaba, cada vez que sorbías un poco de vodka. Nobili sintió la naturaleza de una deformidad —dentro del rayo ámbar— de energía que fulminó el escenario. Fuera lo que fuera, estaba hecho con una alineación y simetría perfecta. Realmente, prodigioso. Aunque la viga tenía un ángel pegado a una escocia. Nunca supimos si era un ser bueno o malo. Definitivamente, Nobili se despertó y espetó: ¿aprendieron algo de expuesto hoy aquí? —Creo que va a ser que no. No se preocupen, estas cosas pasan en las mejores familias.





                                                                                     FIN




                              Dedicado a Johnny Hallyday Junio 1943/diciembre 2017   In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Edison, the Man by Clarence Brown (1940)
Primer by Shane Carruth (2004)
The Invisible Man by James Whale (1933)
The Imitation Game by Morten Tyldum (2014)









                   

Gloria Grahame; La musa del bisturí y la sexualidad del Noir dorado






En unos tiempos donde lo de ser actor y productor; está bajo mínimos y supeditado a un chequeo diario de rayos X. Las inmundicias de Hollywooland (redundantes viejas depravaciones morales de los intocables hombres creadores de sueños) han salido a la luz. Todos esos inconfesables secretos, ocultos, y equivocadamente guardados, en nidos de águilas, ahora, carne de cañón del prime time. La paranoia entre la comunidad de la farándula de Beverly Hills; es una realidad. Me acuerdo de las arpías Hedda Hopper y Louella Parsons. Pobres cotillas. A día de hoy estarían descolocadas. Las confidencias personales y sobornables son presas fáciles para Twitter y demás tramoya de la Network. Este columnista jubilado sobrevive —malamente— en una época donde existía todo lo dicho, hace un instante. Uno sigue, intentando hablar de las mujeres de su vida, a pesar de los pesares, del mundo políticamente megamediático. Sin embargo, también fue un tiempo, donde mujeres extraordinarias dieron su alma por un arte y un estilo. El Hollywood dorado de las femmes fatales repletas de belleza ambigua e inquietante. Geiseres de energía sexual, de una personalidad atronadora y confusamente seductora. Aquellos iconos de actrices fatales —por excelencia— dentro del cine negro norteamericano, de mediados de los 40 y los 50; nos presentaban mujeres hermosas, inteligentes, poderosas, demoledoras y autodestructivas. Siguiendo nuestro viejo itinerario por aquel pasadizo del tiempo, nos encontramos con una de las mejores femes fatales de la historia del cine negro clásico. La fascinante y sublime Gloria Grahame. Y lo digo con entusiasmo, tras volver a visionar, en “Un lugar solitario” (1950). Hará como unas tres semanas —de este nuevo encuentro— del film del ínclito Nicholas Ray. La aparición, por delante de mi retina —de un actor otra galaxia—, Humphrey Bogart en el papel de Dixon Steele. Es poesía visual. Cuando esa alucinante frase que sale de su boca —dan ganas de tatuársela— directa al corazón, con aquello de: “Nací cuando ella me besó. Morí cuando me abandonó. Viví unas semanas mientras ella me amó.” Luego, ves el rostro de esa Lauren Gray (Gloria Grahame). Y dices, ya puedo morir tranquilo. Porque podría decir muchas cosas, evidentemente, pero ¿creen que voy a cambiar sus hábitos o pautas de comportamiento escuchando de mi boca semejante lisonja? No se preocupen, yo me lo guiso, sirvo y mastico. Luego, me pregunto: ¿Es una obra maestra del cine clásico norteamericano? Sí. ¿Posiblemente sea la mejor película de Nicholas Ray? Sí. ¿Y que si Gloria Grahame no hubiera existido habría que haberla inventado? SÍ y SÍ. En mayúscula. Hablar de Gloria Grahame es algo que me produce respeto, admiración y relativa tristeza. Es la misma sensación, que te deja una buena novela negra, de R. Chandler o James M. Cain, algo así como una extraña mezcla de éxtasis y abatimiento. Compungido y derrotado en el sillón. Porque no he visto una actriz tan impregnada de los personajes —que interpretaba— como ella. Muy pocas. Ella era lo que se conocía en el mundillo Hollywoodense una broad. Es decir, una dura, una tía dura, áspera, cortante y desafiante. Además de algún calificativo más despectivo, que lo damos por entendido. Gloria Grahame y Barbara Stanwych representarían ese perfil de actrices bregadas, hechas a sí mismas, como también tendríamos —en un escalón muy cercano—, a las imprescindibles: Eve Arden, Shelley Winters, Carolyn Jones o Dorothy Malone. La vida de gloria Grahame era de las más Noir. Posiblemente, se hace difícil separar la vida real, de las obras que interpretaba. Toda una dama de la pantalla —increíblemente— sagaz, trágica y fascinante. Rebobinemos unos años en el tiempo.













Gloria Hallward McDougal llegó a este mundo, un 28 de noviembre de 1923, en la ilustre y cinematográfica villa de Los Ángeles, California. Dentro del seno de una familia acomodada; que lo celebró como un regalo de Día de Acción de Gracias. Sus padres, el arquitecto y escritor Reginald Hallward y su madre Jeanne McDougall —una británica muy Shakesperiana— que desde muy niña le inculcó la pasión por la interpretación, ya que Miss Mc Dougall, utilizaba el sobrenombre de Jean Grahame, en el teatro. Entusiasmo que también rozó a su hermana pequeña Joy Hallward, la cual, pasó de ser una anécdota al convertirse en la esposa del hermano pequeño del gran actor gran Robert Mitchum, el pequeño John Mitchum. Empero, si alguien te quiere aconsejar como Dios manda; nadie mejor que tu propia madre. Ella te contará que hay dos sitios en este mundo del espectáculo, si quieres hacerte un nombre; Hollywoodland y Broadway en NY. Grahame ganó en su juventud una beca de estudios para la prestigiosa escuela de Arte dramático Guy Bates Post y estuvo en una compañía teatral, haciendo sus primeros bolos por Chicago y San Francisco. Finalmente, termina ingresando en las tablas de Broadway, como sustituta de Miriam Hopkins en la obra “La piel de nuestros dientes”. Su nombre ya sonaba en Broadway donde un astuto Louis B. Meyer —que la estaba observando— desde un palco, atentamente, le ofreció un contrato para la MGM en 1944. De paso le cambió el apellido Hallward para tomar el artístico de su madre Grahame. Debutó en la gran pantalla en Blonde fever (1944), al lado de la mismísima Mary Astor. Aunque no pasó inadvertida y su presencia dejó contentos a los más cercanos. Su talento y sensualidad eran más que evidentes. No obstante, la MGM sólo veía pegas, pues, no terminaba de encajar en el perfil de la domesticidad femenina presentada por el Hollywood de posguerra. Pasó en el estudio de Meyer como un figurante de medio pelo, ya que la mayor parte de las cinco películas que hizo allí, entre 1944 y 1947. Without Love (45) de Harold S. Bucquet al lado de pareja intocable SpencerTracy/ Katerine Hepburn. Poco tiempo delante de la cámara, pero cumpliendo con su bobo papel. La aclamada It´s a Wonderful Life (1946) de Frank Capra, intentando coquetear con el gran Stewart, Merton of the Movies (1947) de Robert Alton, otra comedia romántica. Luego vendría, It Happened in Brooklyn de Richard Whorf (1947) y Song Of The Thin Man (1947) de Edward Buzzell, enésima entrega del matrimonio detectivesco —Powel/Loy— que habían desarrollado, a partir de la obra original, del irrepetible Dashiell Hammett, “The Thin Man”, y asistía como comparsa, de un nuevo film, en calidad de franquicia. Con relativo empalago, al buen rollito, del matrimonio guay. Al lado, de otros actores fantásticos, como Keenan Wynn o un jovencísimo Dean Stockwell. Evidentemente, la gente de MGM nunca supo sacarla del rol —chica sirena ingenua adolescente— macerada de comicidad rural. Sempiterna secundaria de rondón. Sin embargo, durante ese peregrinaje, en 1946, rodó la película que le cambió la vida. El empecinamiento de un Frank Capra, a la búsqueda de una actriz —ex profeso— para el papel de Violet Bick, en su magistral ¡Qué bello es vivir! Algo cambio para Gloria Grahame en su interior. Aquel singular cineasta rebuscó en el catálogo de actrices de RKO, pero no daba con esa cara. Al final, acabó contactando con MGM y preguntó si tenían una rubia tipo Monroe, pero con una mirada más sexual y osada. El jefe de casting Billy Grady le espetó: “estoy de los coños rubios hasta los topes y su falta de oportunidades. Es una pena. Pero tú mismo”. Grady mostró a Capra algunas pruebas, y cuando Capra le preguntó acerca de una en particular, él, le respondió: "ella es una estrella, pero ¿crees que ha podido conseguir, que los idiotas de producción, le hagan una audición como procede?" Hace dos años que pulula por aquí recogiendo sus ligas. Puedes quedar con ella para tomar un café: su nombre es Gloria Grahame. He aquí, una joven rubia de unos rasgos sutiles y una mirada bizarra, la cual, mostraba una increíble fascinación por lo tentador, entre tanta moralina.  














Aquel trabajo de Grahame en It’s a Wonderful Life! Con apenas, 21 años, interpretando a la mítica Violet Bick. Esa sensual e insinuante rubia que levantaba pasiones entre los lugareños del pueblo— menos en el buenazo de George Bailey (James Sterwart). La poliédrica actriz estaba infrautilizada por un caprichoso Louis B. Meyer y la fórmula del estudio. Obviamente, GG no es ajena a la repercusión mediática del film que acaba de realizar con Capra, y por primera vez, explora su rostro resplandeciente en una pantalla gigante de 9x20mts. La situación mostró un interior frágil y angustioso. Una constante falta de confianza que se trasladó a la mayor adicción de su vida; los quirófanos de cirugía estética, en vena. Obsesionada con un problema en el labio superior —ya que se lo veía muy delgado— se las ingenió, al situarse unas pequeñas toallitas y otros remedios más peregrinos, a través, del maquillaje. El nuevo aspecto de Grahame era más que visible en 1947. La actriz estaba muy bella y Louis B. Mayer, hecho un mar de dudas, la cede al estudio del cine negro clásico por excelencia, RKO. Allí un director fantástico —aunque no exento de polémica— Edward Dmytryk dirige un film maravilloso, Crossfire (1947). La primera película de Hollywood en lidiar directamente con el antisemitismo. Una trama que se desarrollaba a partir de la novela original del gran Richard Brooks. Una atmosfera de puro Noir, envuelta en un misterioso asesinato, de un hombre en su apartamento tras una brutal paliza. El detective que lleva la investigación del caso recibe la confidencia, de una conocida del fallecido, diciéndole que unas horas antes, lo había visto acompañado por tres soldados, tomando copas en un bar. Una historia densa, claustrofóbica, y turbia donde se pone el mismo director en el disparadero de su ocaso, con RKO.  En su primera escena, Grahame. Se deja ver el estilo de mujer sexy, carnal y vulnerable. En un baile con un soldado, éste, le dice que le recuerda a su esposa. Ella le sugiere que le acompañe a su casa. El film fue un éxito (nominada a 5 Oscars) de crítica y taquilla. Gloria Grahame en su debut con el nuevo estudio fue nominada al Oscar de reparto por unos 20 minutos magistrales. RKO compró su contrato, y la sexy camarera cabaretera —que Grahame interpretó en Crossfire— se ponía la vitola de musa del futuro Noir Film. El dueño Howard Hughes, aprovechó para liquidar al director, Edward Dmytryk. RKO era el estudio que lanzó al estrellato a Welles, pero el jefe de aquel sitio, estaba en manos de un tipo de los más imprevisible y caprichoso; que campaba por el soleado Hollywood. Le gustaba putear a muchísimas de sus estrellas y directores. Luego, si querías seguir trabajando, mejor aguantarle sus antojos. ¿Les suena esta cantinela? Y tanto, que sí. A la novata Grahame le obligó a realizar un film casi de culto, la última película en Hollywood, del legendario Josef Von Sternberg: Macao. De nuevo, repetía, junto a otro mito del cine negro masculino, Robert Mitchum (ahora cuñado de GG) y la tremenda Jane Russell. Grahame volvió a salir airosa del rodaje, que despertó, el aplauso de colegas y críticos. Pero ella siempre quiso ser libre en sus papeles, capaz de elegir estudio. Hughes no se lo puso fácil y hasta que el estudio no fue absorbido por Paramount, tuvo que aguantar sus caprichos.













Entre ellos la amenaza constante, en torno, a su valor contractual con RKO. Gloria Grahame estaba muy interesada en realizar Born Yesterday, de George Cukor, en Columbia (papel que se llevó el Oscar, en 1950, a su protagonista July Holliday) y lo mismo con A Place in The Sun de George Stevens con la Paramount (otro papel que obtuvo el Oscar, de 1951, a la mejor actriz Shelley Winters). De igual modo, también lo intentó con Warner, fue el subterfugio que le valió de pasaporte para liberarse de RKO. Pero, aún restaba contrato por cumplir. Empero, gracias a esa atadura con el canal del Film Noir, pudimos films de una calidad excelente, y muchos de ellos, nunca hubieran existido sin su porte y talento. La Grahame trabajó con directores que son auténtica historia del Séptimo arte. Al aludido Frank Capra, Josef Von Sternberg y Edward Dmytryk. Le seguirían Elia Kazan, Fritz Lang, Fred Zinnemann, Robert Wise, Cecil B. DeMille y, por supuesto, Nicholas Ray que sería el más inmediato rodaje, tras el film de Mark Robson “Roughshod” 1948 y “A Woman Secret” (1948) de N. Ray, que coincidían en el mismo año. Aquel rodaje con el enfant terrible del nuevo cine de la generación perdida de los 50. Nicholas Ray, fue una de las grandes epopeyas del cine clásico dorado del viejo Hollywood. Mientras filmaba A Woman's Secret, Nick Ray y Grahame, ambos casados y caprichosos (Ray tenía un hijo de su primera esposa), tuvieron un romance tormentoso y se casaron alrededor de las seis semanas, después de la filmación. Tuvieron un hijo nacido en noviembre de 1948. Cuando comenzaron In a Lonely Place, a finales de 1949, el matrimonio de Ray y Grahame estaba al borde del colapso; debido en gran parte a las burlas de Gloria y al impulso de los brotes de celos de Ray. "muchos de los que conocían a Grahame la consideraban una ninfómana que tenía un montón de parejas sexuales". Según la actriz Jeff Donnell, Grahame esperaba que Ray fuera "posesivo y temperamental, y cuando no lo era ella crearía situaciones para que eso sucediera". Y es que si hay algo que pasará a los anales de la historia del Hollywood dorado fue la tempestuosa relación de Gloria Grahame y Nicholas Ray. Una historia donde el amor no fue, por los siglos de los siglos, que diría el cura de turno. Bien, es conocido, el cacareado vacile de Ray, en petit comité, con aquello: "Yo estaba encaprichado con ella, pero la verdad es que no me gusta mucho." Gloria llegó a Las Vegas en abril de 1948 para comenzar en esas seis semanas, de residencia, y que le permitiera agilizar el divorcio de su anterior marido. La domiciliación finalizó el 1 de junio, y en la misma tarde, Gloria Grahame consiguió su divorcio. Esa noche, ella se casó con Ray. Su hijo Timmy nació cinco meses después. Aunque su matrimonio con Ray no era exactamente un picnic —El mismo, N, Ray, admitió más tarde que pasó la mayoría del tiempo siguiéndole la cuerda matrimonial para que no hubiera ninguna compensación económica por su estipulación matrimonial de bienes gananciales— y no cuestionó la disputa por la dirección y creación de In a Lonely Place.













Película basada en la adaptación de la novela de Dorothy Hughes, que estaba desarrollando para Humphrey Bogart con su productora independiente Santana y la supervisión/distribución de Columbia Pictures. En la novela de Hughes, el protagonista Dixon Steele se había proyectado como un escritor misterioso para cubrir su verdadera vocación, es decir, un asesino en serie. Una película con un tono de denuncia desde dentro de Hollywood y sobre el Hollywood de aquel tiempo. Una velada insinuación a la caza de brujas que tiene lugar en el mundo del cine americano. Compone un retrato crítico y desmitificador de Vanityland, donde Ray nunca se sintió cómodo y a gusto. Sólida exploración de la incomunicación, la desconfianza, la violencia y el fatalismo, en el marco de un estudio lúcido y sutil de la condición humana. Bogart había querido lanzar a su esposa, Lauren Bacall, como Laurel Gray, pero Warner Brothers se negó a prestarla, así que Ray, puso a su propia esposa en su lugar. Había cierta preocupación por parte del equipo sobre el rodaje, en general, ya que la naturaleza combativa del matrimonio Ray/Grahame podría causar problemas al conjunto, de la obra final. Nicholas Ray obligó a Gloria Grahame a firmar un contrato en el que se acordó la siguiente estipulación: "mi marido tendrá derecho a dirigir, controlar, instruir y sugerir las acciones de mi persona, desde la 9 am a 6 pm, todos los días, excepto el domingo, día libre de rodaje”. A lo largo de proceso de realización, GG, luchó contra la imposición de ese contrato. Definiéndolo como "trabajo esclavo y torturador". Empero, no tuvo más remedio que aceptarlo si quería hacer la película. Ella terminó acercándose a una actitud de pretregua. Es decir, también estuvo al lado de su esposo reescribiendo algunos diálogos y secuencias, donde todo el universo Ray/Grahame, se descarga en un manantial creativo, de la personalísima historia de ambos. Las líneas más famosas de la película fueron escritas por el propio Ray, expresadas como frases que Bogart quiere tratar de encajar en su propio guion, que admite a Laurel Grey en un momento de gran tensión.  Estableciendo la trama de la ficción, donde se traslada el karma emocional, de una pareja en avanzado estado de descomposición matrimonial. No obstante, al contrario, de lo que hubiéramos podido imaginar, el rodaje fue una balsa de aceite: apenas tuvo problemas ni contratiempos. GG estuvo correcta, muy profesional y receptiva a todas las órdenes de Ray. Completando el horario previsto de las escenas y la finalización de la película.












Ray se había mudado de su hogar conyugal, pero quiso darle a la aludida pretregua, el cariz de una tregua más firme, después del buen sabor de boca que dejó el film. Gloria Grahame y N. Ray, junto al pequeño Timmy trasladaron a su nueva casa en Malibu. El sexo fue un gran hilo conductor indisoluble entre ellos, pero también una bomba nuclear. Sin embargo, la realidad del matrimonio Ray&Grahame superaba la mejor de las ficciones.Hay quien dice que un día GG sacó una pistola de su bolso y le ordenó que se la follara o se muriera". Una noche a principios del verano de 1951, Grahame abrió la puerta de la casa de Malibu y se encontró con Anthony Ray, el hijo de 13 años de Nick de su matrimonio anterior. Grahame conoció a Tony Ray Jr., cuando tenía 10 años. Hijo del primer matrimonio del cineasta con su primera esposa, la periodista Jean Evans. Había estado ausente, pues estaba estudiando en la escuela militar, y ahora, se le brindaba un tiempo para pasarlo al lado de su padre, con quien nunca había estado muy cerca. Pero ese día, de 1951, Nick no estaba en casa. Gloria Grahame en su condición de volcán sexual, evidenció, que entre ella y el joven, había algo muy potente. Tony Ray no podía quitarle los ojos a ella, de igual modo, que ella a él. Se fueron a la cama y allí fue donde Nick los encontró cuando llegó a casa. Aquel affaire fue la gota que colmó el vaso de Gloria Grahame con Nicholas Ray. Tony Ray desaparecería de su vida. Pero el tiempo suele ser caprichoso. En el momento de este escándalo —que era vox populi— se conocía en Hollywood, pero se discutía solo en voz baja. La carrera de Gloria estaba en la cresta de la ola. Del mismo modo, que toda la gente sabía que Nicholas Ray era bisexual, alcohólico, ludópata y adicto a las anfetaminas. Grahame era una adicta al sexo y la cirugía estética. Por cierto, el asunto de su labio superior, el propio Ray, fue un acicate, en plan buen rollo, solía comentarle que si lo agrandaba sería más fotogénico. Ella, obsesionada con el aspecto físico. Si quieres caldo, dos tazas. Nada nuevo bajo el sol. Todo el mundo tenía una vida y la vida no es fácil. Mucho menos, lidiar con ella. Ahí selló su más fiel compañero de penas y alegría; el divino bisturí. Lo más alucinante fue como liquidó a su primer esposo Stanley Clements, un actor de medio pelo (el pobre diablo no se enteraba que durante el rodaje de Woman secret, Gloria se estaba acostándose con el cineasta de Wisconsin e inmediato esposo) cuyo papel más relevante fue un anuncio de papas Pringles. El mismo día que firmó el divorcio como hemos comentado anteriormente se marchó a Las Vegas y se casó con N. Ray. Estando embarazada de su futuro hijo Timothy, un día se llegó a gastar más de 40.000 en tratamientos faciales y ropa. Gloria siguió con trabajando, con mayor inestabilidad emocional, pero seguía siendo una de las grandes de aquella década. Se casaría con el guionista Cy Howard, en 1954 con el que mantuvo una relación tensa y constreñida, de la que saldría al mundo, una hija, Marianna. El golpe fue tan duro como que le dejó la moral por los suelos. Nada mejor que intentar unos nuevos retoques —de cirugía, pura y dura— para seguir en el circo de Hollywood. Operaciones, en la cara: pómulos, rellenos de mentón, blefaroplastia y rejuvenecimiento facial. 













Pero, seguía con su maldito sambenito; el labio superior. Modificó sus dientes con el apoyo de la cirugía dental. El runrún de su hija Marianna, no terminaba de llevarlo bien. Aquel el tira y afloja con el ex marido la sacaba de sus casillas. Tal era la situación que, aquel lastre afectó, en gran parte, su carrera fílmica. A partir de ese instante, los rodajes se complicaban. Su carácter temperamental chocaba con los directores y su vida sentimental se enmarañaba. Y eso sólo, fue el principio, de muchas otras Un sitio donde se juzgaban las apariencias. Sabía de sobra, que su mundo era una charca de lobos, leopardos y serpientes. Aunque los peores eran los productores de barriga hipopótamica. Finalmente se divorció en 1957, y siguió, sacando los dientes, en mitad de una batalla, contra la prensa del higadillo. Ésta, se estaba dando un festín que, ni un Safari en Botsuana. Auténticos depredadores. Ella siempre dijo: “No entiendo que es Hollywood y de que va”. Aparte del sarcasmo, GG sabía de sobra que aquel lugar, se proponían sueños mágicos y muchos de ellos, cristales rotos. El director de cine Robert Wise, contó con ella para un papel pequeño, pero esencial de un film que mostraba, una historia de perdedores. Una película dura, destructiva y decadente. El asalto a un pequeño banco en la ciudad de Pensilvania centrara gran parte de la atención de la magistral Odds Against Tomorrow (1959). Gloria Grahame, interpreta a una vecina que llamando a la puerta de al lado, aparece un viejo amigo (Robert Ryan) de la inolvidable Crossfire. Aquí, nuevamente, en el papel de retorcido racista criminal, Earl Slater. Ahí, vemos a la auténtica Grahame, fascinada por el tipo que tiene delante, sonsacando conversación, como el que no quiere enterarse de la historia y éste cae, en su encanto. Los diálogos juegan entre un provocador sadismo erótico y la autodestrucción del personaje. La mirada de Grahame —ese mercurio en sus ojos— mientras, el gran Robert Ryan tira del sujetador de encaje negro, delicado y hacinado, subiendo la temperatura de un plano que mostraba; la fractura de unos personajes perdedores. Gloria Grahame parecía ser consciente que su cuerpo había cambiado, pero a pesar del tiempo, ella seguía siendo la tentación, hecha femme fatale, y la osadía del Noir bien hecho. Todo parece visto para sentencia; la despedida del esa mujer fatal, rebelde y carnal. El paso de la película y el inminente fracaso de unos personajes irrepetibles, dan paso a un último hálito de deseo marchito, el paisaje devora a todos y por supuesto, a la gran diva GG. A punto de llegar a mayo de 1960, la noticia bomba salta a todas las rotativas del Hollywood Confidential. En mayo de 1960, a los 36 años, con Tony Ray, de 23 años, hijo de Nicholas Ray en una unión previa a Grahame: se casan en Tijuana.













El matrimonio fue algo así como un viaje kármico de las estrellas que pueblan las pantallas cinematográficas. Caso cuasi calcado al de Woody Allen/ Mia Farrow y la criatura adoptada Soon Yi. Aunque, Gloria Grahame tuvo peor suerte que el neoyorkino. Cy Howard acusaba a Gloria Grahame de madre descuidada, caprichosa y peligrosa. Además, de exigir la custodia de Marianna. Gloria se descontroló y en plena crisis nerviosa: es engañada por un cirujano, con la tan anhelada queiloplastia final. La intervención —del intruso y pesetero matasanos— fue una chapuza, ya que el labio terminó, mucho peor de lo estaba inicialmente. Gloria acabó arrastrando las sílabas y su habla grave sonaba medio beoda. Obsesionada con una expresión perfecta. Aquel affaire terminó como el rosario de la Aurora, GG, al verse delante de su público como una mala madre; no lo puedo soportar. Aquella presión fue tan fuerte que se derrumbó emocionalmente. Terminó recluida, por un pequeño tiempo, en una institución mental. Y se le administró terapia de electroconvulsiva. Gloria Grahame se recompuso con la ayuda de su nuevo esposo, el joven Tony Ray. Ahora, era padrastro de su medio hermano de 11 años. Es decir; el hijo que tuvieron en común: Gloria Grahame y Nicholas Ray. Curiosamente, la unión con Tony Ray duraría 15 años.  Durante ese periodo llegaron dos hijos —de algún modo, hermanastros— de su padre biológico convertido en padrastro. Aunque, se sientan, algo desubicados y confundidos, en todo este affaire, no hay incesto, en el sentido más estricto, de la sexualidad consanguínea. Todo ello era una terrible carga para volver a recuperar un público que había cambiado de hábitos y década. Grahame ganó mucho dinero, pero sus mejores papeles se diluían y se vio obligada a hacer todo lo posible para alimentar su cuerpo y su alma. Volvió a la platea y a ponerse delante de las cámaras. Tiró de su orgullo y todo lo que era. En la década de los 60 Grahame se mantuvo muy activa en el medio teatral, de vuelta a la Inglaterra materna, disfruto de un pequeño tiempo de las tablas Shakesperianas. Prácticamente abandonó el cine, pero no la TV, uno de los refugios de segunda categoría, de aquellos años 60, muy concurrido por viejas glorias del viejo Hollywood dorado. Podríamos decir tanto de Gloria Grahame que —nos daría para escribir una gran novela— la noche caería en madrugada y ésta, en alba. Desde ese humus, adhesivo implacable, en todos sus personajes; llenos de extravagancia, dolor, misterio y la sexualidad aplastante que sugería los deseos más indescriptibles del ser humano. Grahame solía tomar esas pequeñas partes que le daban, puliendo los roles como tomates magullados, envueltos de una piel sardónica llena de vulnerabilidad. Al final uno dudada de la ficción y casi todos los individuos del negros sobre blanco terminaban por convertirse en sujetos de la peor ralea. Desde la Margie de Macao, vacilando a Jane Russel. Aqyella Ginny, chica del garito, de los soldados que bailaba por un trago. Esa Susan Caldwell arqueando las cejas como ninguna otra femme fatale.















La esposa exuberante de Fredric March; Zama deambulando por la vieja Checoslovaquia. La fría manipuladora y frívola arpía —de Irene Neves— que amenazaba a Joan Crawford. A la sirena negra de Lang, en particular, cuyo ronroneo agrietado y liso surgía de una boca extraña, torturada y pintada liberalmente: ubicada entre el sadismo y el masoquismo. Ganadora del Oscar a la mejor actriz de reparto en Cautivos del Mal (1952). La bella Rosemary Bartlow, toda una dama sureña dentro de un Hollywood lleno de artificios, vanidades y mentiras. La pelirroja Angel encima de un elefante dejando al público con la mayor de sus sonrisas del mejor circo del mundo. Las obras maestras del Noir de Lang; esa femme fatale Debby Marsh y aquella cafetera aterradora, llena de café, sobre su cara, en las manos de unos de los villanos más geniales de la historia del cine: el endiablado Vice Stone (Lee Marvin). La sugerente y hermosa Vicki Buckley más Zoliana que la novela original. La Vicki Buckley en los deseos más humanos y retorcidos del cine negro. La tortuosa morena de Marianna en Naked Alibi, interpretando a un cantante de bar. La entrometida esposa Karen McIver del Doctor Richard Windwark que dirigía aquel psiquiátrico de clase alta. La viuda millonaria Harriet Lang, con una gran cuadra de caballos en Greenville Carolina del Sur. Donde se selló beso ardiente e histórico, entre dos estrellas del Noir film, MitchumVsGrahame. Fue la inocente y cómica Annie Carnes, en el musical que puso de los nervios al maestro Zinnemann. Es verdad que en la cultura Noir los hombres —muchos de ellos— creados en la cultura Pulp, la herencia de los grandes conflictos de I y IIGM, generó toda una amalgama de personajes malvados y violentos. La autoridad moral machista —reitero— propia de una coyuntura, se cebó en muchas situaciones con el golpeo sistemático a la femme fatale, por antonomasia, Gloria Grahame. Siempre se ha visto el mundo real, de la propia Grahame, en sus protagonistas del celuloide. Deseo, placer, infidelidad, violencia, venganza, ira y celos. Sería muy difícil no concluir, que Gloria Grahame, estaba de alguna manera; involucrada en un magma misógino de violencia. El mismo que fue representado en casi todas sus films. Además de la involucración personal desde el proceso de ensayo del personaje. Posiblemente, todo ese cine ofreció una visión amarga de la política sexual en los años de la posguerra y Eisenhower. Pero eso, es trabajo de los sociólogos y la antropología. No seré yo quien pueda poner bajo la lupa el trabajo y el oficio de muchas de estas películas, auténticas, obras de arte del séptimo arte.













Por último, recordar algunos de los trabajos que realizó entre mediados de los sesenta y los 70. Algunos de ellos, se ganaron buenas reseñas de la profesión y crítica teatral por trabajos, como The Time of Your Life con Henry Fonda, The Glass Menagerie (como Amanda), ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Martha) Por aspectos, puramente físicos y clínicos —desgraciadamente— no terminaba de conseguir un protagonismo general de los compromisos que realizó. Actuaciones acotadas y muy puntuales, donde a pesar de carencias y dificultades, siempre les dio un toque de actriz distinguida y de un oficio exquisito. Interviniendo la Sam Benedict (1962) Dial G for Grindl (1964) 1964 Grindl (TV Series) The Guests (1964) - The Homecoming,  El fugitivo (TV ) Who Killed April? Todas ellas en 1964. Who Killed the Rabbit's Husband? 1966 Noche de violencia o Iron Horse (1967). En la década de los 1970 Grahame comenzó a trabajar en cine y televisión con más frecuencia, aunque principalmente en asuntos de bajo presupuesto. Eso sí, pudimos disfrutarla en una de miniseries más importantes de la historia de la televisión la miniserie Rich Man, Poor Man y la comedia Howard Hughes-Melvin Dumar Melvin & Howard dirigida con una hábil mano por el fallecido Jonathan Demme. Daniel Boone (1970) Mannix (1971) Blood&Lace (1971) Black Noon 1971 The Escape The Loners (1972) Tarots junto a Fernando Rey (1973) y dirigida por José María Forqué. Mama's Dirty Girls 1973 Mansion of the Doomed 1976 Head Over Heels 1979 A Nightingale Sang in Berkeley Square 1979 Tales of the Unexpected TV (1979) y finalmente, la bizarra The Nesting (1981). Ésta película a la postre puso el punto y final a su carrera. A principios de 1981 le diagnosticaron un cáncer estomacal, pero evadió los tratamientos médicos y prefirió curarse con homeopatía volviendo a la vieja Gran Bretaña. En cuestión de semanas su estado se deterioraba muy rápido. Su familia la trajo de vuelta a Nueva York y en una operación para drenarle líquido del abdomen le perforaron el intestino y murió de peritonitis.  El 5 de octubre de 1981, a los 57 años dejó este mundo. Ella fue enterrada en Chatsworth, su natal California. Afortunadamente, después de tanto tiempo, sin saber de nuestra amada Gloria Grahame. El director Paul McGuigan ha rodado el peridodo de tiempo que paso la actriz en casa de su familia, en Livepool junto a su ex amante Peter Turner. Éste escribió el libro de memorias, que sirve de guion y título de la película. Film Stars Do not Die en Liverpool (2017). Donde, Annette Bening, es Gloria Grahame y está divina.






                         Dedicado a Paul Buckmaster junio 1946/noviembre2017 In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Blonde Fever (1944) by Richard Whorf
Croosfire (1947) by Edward Dmytryk
Sudden Fear (1952) by David Miller
The Bad and the Beautiful (1952) by Vicent Minelli
In a Lonely Place (1950) by Nicholas Ray
Gloria Grahame&Nicholas Ray
Human Desire (1953) by Fritz Lang
The Big Heat (1953) by Fritz Lang
Macao (1952) by Josef von Sternberg
Odds Against Tomorrow(1960) by Robert Wise


Bibliografía consultada y recomendada
Suicide Blonde: The Life of Gloria Grahame by Curcio, Vincent
Ed William Morrow & Co 1989
Film Stars Don't Die in Liverpool: A True Story by Peter Turner
Ed Main Market 2016
Gloria Grahame, Bad Girl of Film Noir: The Complete Career by Robert J. Lentz
Ed. McFarland 2011
Nicholas Ray: The Glorious Failure by Patrick McGilligan Ed.Igniter 2011