La rodilla de Mephisto








Recuerdo un viejo sueño que solía repetirse en las noches más oscuras de finales de otoño: cuando los perros gimen rabiosos y los gatos maúllan desesperados. Una ciudad sin nombre, un laberinto de ladrillos, de callejones grises, de torres sin vida y taciturno latir. Su único gobierno es el miedo. Y encima de la gran muralla se halla el trono de un malvado noble que castiga con cruel vehemencia a todo aquel que intente poner fin a su reino. Un abismo de olores perdidos en un negro pozo —que tan solo  percibe el regusto salado del pescado podrido. Entonces, hago escena en la escalinata principal de la plaza del lugar. Entre el pavor y el terror de la situación —exasperada— eché a correr por sus hoscas calles. Siento el aliento de un cazador de recompensas hambriento, que muerde por donde pasa, y se pliega en mi cerebelo. 













De repente, despierto y siento que no me encuentro en mi cama. Mi rodilla derecha está destrozada. La sangre chorrea, mientras los cartílagos que cuelgan de mi tibia parecen saludarme la mañana. Grito pidiendo ayuda en vano. He visto una sombra, con la forma de un leviatán, sosteniendo una navaja de afeitar. Esto es, el fin. Cada noche, la misma pesadilla; la misma lucha que se repite, una y otra vez, como los sonidos graves de una peregrina canción machacona, de la ruta del Bakalao, dentro de un altavoz JBL. Desconozco que destino me espera, pero si eso ocurriera, tampoco me preocupa. Mi mente sigue susurrándome cosas que sonaban como una olla de cobre y timbre obtuso. Sonidos en palabras de mi boca, sentirían a cada fonema pasar, por un alambre dentado y cercano a la columna vertebral. Huyo, solo huyo. Y no importa si me escondo en los parapetos más oscuros o en las ventanas más altas de las negras torres.












Él, sabe cómo encontrarme. Aunque, mi miedo dejase un hedor, una impronta en su percepción más profunda; que el fondo de un vientre materno. Como si el único objetivo de su vil existencia fuese dar caza a mi persona. Estoy solo; completamente solo. Yo y mi oscuro acechador. Aún no estoy muerto y mis ausencias en la casa de los dioses, me las están premiando con una eterna tortura, en el peor de los infiernos. Dicen que morimos postrados, como viejos maniquíes, en grandes almacenes de los 70. Embelesados y rodeados de bombas hospitalarias, entre bacines de orines y disfunción gravitatoria. Puede que nos extingamos, aunque nuestros párpados den muestras de alivio. Hay una triste mirada final hacia los rostros que se apiadan de mí. Pero aquí, en la sala del mortuorio, todo es demoledor. Un lugar donde las luces tenues de los vestidores dan paso a la más absoluta de las soledades de esta última penitencia.










Creo que por fin, he matado al barbero leviatán. Al final había llegado el momento de mi muerte indiscreta. Algo que he traído en este último viaje a la ciudad sin nombre. De repente, me acosaron extraños pensamientos; sospeché que en realidad no había muerto, que se trataba de un simulacro preanestésico. Un inmundo tufo a agua estancada, a semen de internado y embutido descompuesto. Ahora acecha en la penumbra de mi cuarto. Algo que resulta ser tan excitante, como la presditigistación de Mephisto al cordero inocente y solitario. Aquello que atrajo mi desdén, al castillo del infame, para revelarme su amor y de paso contemplar el fulgor de la muerte extendida, disimulada, entre espejismos holgazanes y recuerdos mundanos. Por fin, el horror de la hoja de afeitar se convirtió en seductora levedad, cubierta en un sudario de lino. El éxtasis de mi victoria se hacía consciente. Mientras, en mi nuevo mundo, se marchitaban las palabras, los horrores y los espantos al caer las tinieblas. En este instante, descanso en paz. Pues, jamás, estuve allí.










                                               Dedicado a Howard Hodgking, agosto 1932/marzo 2017 In Memoriam










Fotogramas adjuntados


Carnival of Souls (1962) by Herk Harvey
The Curse of Frankenstein (1957) by Terence Fisher
The Flesh Eaters (1964) by Jack Curtis
No Such Thing (2001) by Hal Hartley










                       

Alma Rubens; 33 años fatales en la pantalla muda





Desgraciadamente, la memoria es una arma de doble filo; frágil y prodigiosa. Dentro de nuestros itinerarios, por el mundo de las grandes femmes fatales y divas del cine mudo, no podríamos olvidarnos de una magnifica artista de aquel cine, que es pura esencia artística; Alma Rubens. Posiblemente, otra víctima de la vieja Babilonia de la dorada California. Tal vez, una joven soñadora que quería ser feliz en la tierra de los sueños cartón-piedra. Obviamente, en la tierra de la vieja Sodoma y Gomorra, el precio por ser una gran estrella en el firmamento tenía unas cláusulas muy arriesgadas de solventar. La jornadas maratonianas de los estudios y la medicina de pan para hoy, hambre para mañana hacían mella en todos sus artistas. Alma Rubens fue otra de aquellas jóvenes que vivió rápido y fugaz. La hermosa y atractiva Alma fue reo de sus mayores temores y tormentos personales, transformados en demonios, camuflados entre polvos de todos los colores: cocaína, heroína y morfina. Así como una larga lista de psicotrópicos. ¿Y cómo no? la vieja amiga de medio mundo: la del cuello largo. Alcohol en un mundo prohibido por decreto federal. Suena demasiado cómico. Pero fue así. Alma Rubens llegó a esputar que era una malvada drogadicta, pero no judía. El final de esta historia duró muy poco tiempo, el mismo que la edad del mesías en su crucifixión, 33 años.  Alma Genoveva Reubens —nombre de pila— nació en San Francisco (California) el 19 de febrero de 1897. Su padre, John Reubens, era judío alemán emigrado a Estados Unidos, mientras que su madre, Theresa Hayes Reubens, era de ascendencia irlandesa y tradición católica. AR tenía una hermana mayor llamada Hazel. Rubens apareció en casi 60 películas para Famous Players, Cosmopolitan y Fox Studios. El azar hizo que ella estuviera en el teatro como aspirante a corista, en el mismo instante, que una de las chicas del plantel no pudo acudir por enfermedad. A los pocos meses la compañía de teatro arribó a Los Ángeles. AR no tardó en marcharse del coro teatral —siguiendo los consejos de un maduro actor de banquillo—, Franklyn Farnum. Rubens acabó yéndose y obtuvo un pequeño rol en una película. Y por supuesto, que aprovecho la ocasión, entrando en el mundo de la interpretación con pequeñas apariciones puntuales. Eso sí. Films de innegable calidad. Caso de Peer Gynt (1915), El nacimiento de una nación (1915), Intolerancia (1916) del maestro D.W. Griffith. Su oportunidad de actuar en una película para la gran pantalla llegó en el mismo, 1916, a través de la película "Reggie Mixes In". Alma decide cambiar su apellido original Reubens (difícil de deletrear por su conjugación germánica) por el más sencillo y comercial Rubens.














Su belleza y su dinamismo delante de la cámara iban dando sus frutos, pues cada vez, llegaban mejores papeles, gracias a las recomendaciones de Douglas Fairbanks y William S. Hart. Además, Alma Rubens tenía una capacidad innata para expresar emociones que conmovió a un público entregado y la atención de la exigente crítica. Rodó junto al galán D. Fairbanks, The Half Breed (1916) de Allan Dwan. AR, estaba radiante, 19 años y toda la vida por delante. En apenas una década se casó tres veces. El primero fue con el veterano y sibilino actor Franklyn Farnum —veinte años mayor, que Alma— en junio de 1918. Rubens y Farnum se casaron secretamente y dos meses más tarde ya estaban separados. Según la demanda de divorcio de Rubens, ella, lo denunció por un continuado maltrato físico, al sujeto Farnum le gustaba lo suyo empinar el codo. Incluso, en una ocasión, recibió un puñetazo que le provocó un desplazamiento de mandíbula. Su divorcio se consumó en diciembre de 1919.  Eran tiempos de trajes rayados y bigotes con sombreros boater y bastón. De esta guisa andaba, Adolph Zukor, el jefe de Paramount que escupía sapos, al ver el resultado de la mejor película que había rodado hasta el momento Alma Rubens, Humoresque (1920), dirigida por el ínclito, Frank Borzage. Zukor no terminaba de comprender como Borzage había sido capaz de rodar un melodrama, en torno, a una familia judía de clase obrera y sus devaneos por el Lower East Side. Zuker maldecía el film, ensimismado, en sus trece, pues, persistía en refrendar que si se hacía un drama sobre judíos, este debería de ser sobre los Rothchilds. Es decir, la clase alta y triunfadora de las finanzas del nuevo mundo. Y remarcaba: esos son los auténticos judíos que quieren ver los judíos, que pagan por una entrada, 75 minutos de entretenimiento. Humoresque fue una de los grandes éxitos del cine mudo. La novela de Fannie Hurst era un buen punto de partida que el prestigioso guionista Frances Marion le diera la suficiente forma y le contestase al bocazas de Zuker, como se hace un guion. El film fue producido por el cosmopolita William Randolph Hurst, mecenas y dueño de medio mundo editorial de los USA, que acababa de contratar para su productora a la exultante Alma Rubens. Estaba que no cabía de gozo y entusiasmado con el trabajo y la belleza de AR. Aquel pelotazo de taquilla fue el espaldarazo definitivo en la carrera de Alma. AR volvió a ponerse, por segunda vez, delante del inefable Frank Borzage en The Valley of Sillent (1922) otro gran éxito que seguía manteniendo, etéreamente, a la Rubens en la estratosfera, pero el proceso gravitatorio ya estaba en marcha. 














A lo largo de ese año rodó “The Word and his wife” (1920), “Thoughtless Women” (1920) y Find the Woman” (1922) a las órdenes de su futuro segundo marido el Dr. Daniel Carson Goodman. Un médico de dudosa reputación, guionista y productor. Éste, en noviembre de 1923, se casó con el Dr. Daniel Carson Goodman, además de galeno,guionista y productor cinematográfico.También era un mal bicho. El mismo que sabía de la adicción de Alma con los estupefacientes. Adicta a la cocaína por el estrés del trabajo; interminables y dilatadas horas de rodaje a destajo. Pero llegaron los problemas más serios, de índole biológica, tras un largo periplo de dolores abdominales. Visita a un ginecólogo donde se le detecta una endometriosis, una condición ginecológica donde se cree que es hormonalmente sensible y que puede convertirse, en extremadamente, punzante en diferentes momentos durante el ciclo menstrual. Las inyecciones de terapia hormonal e incluso ahora, cuando las hormonas no funcionan, los estupefacientes solían prescribirse a menudo. Alma Rubens sabía de los efectos de la cocaína y alcohol para estimular el cansancio, pero desconocía a su joven edad las secuelas de la adicción a la morfina. Aquel ginecólogo le prescribió sus primeros chutes del opioide. Y la historia se vuelve a repetir: mentiras y paranoias donde el implicado, nunca tiene la culpa. Claro que todo el que está a tu lado: es tu enemigo. A mí me cae bien Alma Rubens, como todas las mujeres que pasan por mi diván y voy a concederle el beneficio de la duda. Empero su esposo se vio implicado en un oscuro asunto. En 1924 el todopoderoso W.R. Hearst da una fiesta, a bordo de su yate, el Oneida, donde se produce el misterioso asesinato del productor Tom Ince. Alma y Daniel se divorciaron en enero de 1925. Sin embargo, en el diario personal de Alma Rubens era una mina para todos los que ejercían de críticos y cronistas del espectáculo y peregrinos sucesos. Son más que evidentes, los movimientos opacos de la actriz, como el affaire con una sirvienta negra, a la que sobornó con abrigos de visones y acabó vendiendo a los dealers casi todo el ajuar para costearse las dosis de morfina y cocaína. Y es que el problema residía, en el cansancio y el abuso constante. Alma Rubens se convirtió en una adicta a los narcóticos y el alcohol. A partir de 1926 se catequiza en un peligro público para los estudios. Su inestabilidad emocional deriva en intensos estallidos de violencia. Broncas en hoteles, donde las orgías duraban días y días. Noches blancas y licor.













Nuevamente, se casó en 1926, con el actor Ricardo Cortez. Un tipo que llegó a interpretar al original y tristemente olvidado Sam Spade, el detective privado, que le dio la gloria, al gran Bogie en la versión de 1931 The Maltese Falcon Roy del Ruth. La verdad que Cortez estuvo muy solvente y digno, recreando la figura del personaje de Dashiel Hammett. Ricardo Cortez fue maldecido por la propia Alma, al descubrir que su verdadero nombre era Jacob Kranz, hijo de un carnicero kosher, en una tienda de la primera avenida de New York. AR estaba irritadísima con la cuestión étnica, pues daba por hecho que Ricardo Cortez era un caballero español. A pesar, de que su padre era judío, siempre rehuyó de su condición racial. Cortez demostró su amor y señorío estando al lado de Alma hasta el final de sus días. Gracias a él y, en gran parte, al magnate y mecenas de la actriz William Randolph Hearst, pudo mantenerla en el candelero, apareciendo en la gran pantalla. Aunque sus papeles se hicieron insignificantes: siempre la sustentó y tapó muchas de sus carencias de cara a la galería. Sabiendo del estado personal de la chica de aquel pelo moreno y mirada hipnótica, que ya no era ella. Ya que era bien sabido que WRH siempre estuvo enamorado y fue el gran amante secreto de Alma Rubens. AR se hallaba fuera de control y completamente desbocada. A partir de 1928 se divisaban sus créditos en la gran pantalla, pero ya en el final de 1929, en los filmes “Slot Board” (Barco del Espectáculo) y “She Goes to War” (Ella se va a la guerra) de Henry King": Alma era el espíritu de un espectro andante. Aquel momento, evidenció el dantesco estado, de esta joven y talentosa actriz, muy cerca, de jardín de cipreses. La tarde del 26 de enero de 1929, varias personas vieron como Alma Rubens corría como si el diablo le persiguiera, por Hollywood Boulevard. Alcanzada por dos hombres, la Rubens gritaba desesperada: "me quieren secuestrar, me quieren secuestrar…"Buscó refugio en una gasolinera cercana. Allí los dos hombres intentaron acercarse a ella, cuando de repente, AR sacó un cuchillo y apuñaló a uno de ellos. Tras la agresión, y gracias a la ayuda del encargado de la estación de servicio, el hombre que estaba ileso pudo sujetar a Alma colocándole los brazos a la espalda. Aquel hombre, no era otro que su médico de cabecera; el Dr. Meyer y el hombre que resulto herido era el conductor de la ambulancia —que había venido— en su búsqueda para ser internada en un sanatorio privado.











Tras este incidente, Alma fue ingresada en la clínica Alhambra, de donde salió unas semanas después con la condición de continuar la recuperación y el tratamiento en su domicilio, bajo la vigilancia de una enfermera. Pero el síndrome de abstinencia era demasiado grande como para contener la mesura de Alma; pues no existía. De nuevo, se vio implicada en otro affaire violento, al amenazar con una navaja en el cuello, a su enfermera-cuidadora. La situación era tan delicadamente infernal, que precipitó un nuevo ingreso, esta vez en el Departamento de Psiquiatría del Hospital General de Los Ángeles. Nada tenía que ver con aquella joven rebosante de energía de 1918. Tras estos incidentes, Alma se trasladó una pequeña temporada a Nueva York. Lo intentó en las tablas del viejo Broadway, pero éste le obsequió con una sonora pitada. Todo alrededor de Alma Rubens se tambaleaba y ella se daba cuenta, del poco tiempo que le quedaba. No obstante, estos últimos meses en NY, aprovechó su diario de notas para darle forma, a modo, de memorias. Éstas las finalizó el 14 de diciembre de 1930. Al día siguiente, Alma abandonaba Nueva York y volaba, de nuevo, a Los Ángeles, para continuar el tratamiento médico de su adicción a la heroína y la cocaína al lado de su familia. El 5 de enero de 1930, cuando regresaba a Hollywood después de un viaje a México en compañía de su amiga Ruth Palmer, fue arrestada, por posesión de cuarenta ampollas de morfina cosidas en el forro interior de un vestido de noche. Ese mismo día, desde la prisión de San Diego, afirmó a la prensa: "No volveré a consumir drogas nunca más. Voy a dar ese paso. Nunca imaginé que estaría un día sin beber una copa, y hoy no lo he hecho". Tras su paso por la prisión de San Diego y después de pagar una fianza de cinco mil dólares, Alma volvió a su hogar, al lado de su madre y bajo permanente vigilancia médica. A los pocos días, Alma contrajo un resfriado que derivó en neumonía. Su cuerpo, debilitado por tantos años de adicción a la heroína, morfina y cocaína, no lo pudo soportar. Alma Rubens fallecía el 22 de enero de 1931 a la edad de 33 años. Si hay algo que puede resultar sarcástico de toda esta historia, es que aquella actriz llena de vitalismo, ironía y belleza siempre estuvo al lado de los gangsters de un cine silencioso e irrepetible. ¿Quién le iba a decir que la comedia del cortometraje "The mistery of the leaping fish"(1916) o el misterio de los peces saltarines y la cocaína, al lado de Douglas Fairbanks, fuera una de sus primeros trabajos? Aquella pescadería estaba llena de toneladas de polvo blanco entre peces espada. Fue una de las grandes de su época. Una estrella de la pantalla muda: hermosa y talentosa. Y es que la vida se vive una vez, y en la vieja Babilonia, se vivía cada día con una intensidad insólita, petrificante y fascinante. Te queremos Alma Rubens.









                            Dedicado a la Paloma Chamorro enero 1949/enero 2017  in Memoriam

                     


Fotogramas adjuntados


"Woman's Faith”(1925)  Emmett J. Flynn
"The Dancers" (1925) junto a  George O'Brien 
"East Lynne" (1925) by Emmett J. Flynn
Alma Rubens&Ricardo Cortez




Fotogramas adjuntados


Alma Rubens, Silent Snowbird: The Complete 1930 Memoir, with a New Biography and Filmography  by Gary D. Rhodes  Ed. Mcfarland & Co Inc 2006











                   


Año 17, el idilio de la marmota mutante








Un sueño de promesas, desilusiones, mentiras, verdades y una intriga enfermiza por un idilio no consumado. Sí. Todo ello es parte del cambio de lo patéticamente ameno que suele deparar la vida: Nos trastornamos. Pero no se alarmen, a veces, el silencio nos acarrea estas jugarretas — caprichosas y mudables— por nuestra mente. Aunque también, podríamos empezar con la manida muleta del basado en hechos reales… A mediados de agosto, entre las hojas del libro y la penumbra de la estilográfica, aún creía en la verdad. La palabra de esa mujer, la incertidumbre de aquel ambiente y aquel color de sus ojos azul añil. A veces, el recuerdo se desvanece. Es complicado y repetitivo. Sin embargo, la locura trajo la desesperación y el amor la intriga. Joyas detalladas, en oro y plata, relojes remachados en brillantes de Swarovski. Anillos tan grandes como los de esos chicarrones de la NBA, colgantes hippies de mercadillo ibicenco y pulseras de bisutería Vintage. Un largo recorrido por el joyero de una Drag queen en decadencia serviría para plasmar ese momento sempiterno con sus perjuicios y sus desmanes.


















                                                                                                       Día 365

Doce de la mañana, mis labios aún estaban quebrados por el frío y la sed. Un despertar muy raro tras un largo sueño, el cual, no sé si fue una pesadilla o quizás el reo de una pose fingida. Anoche pude salir, con una mujer por el nuevo ferial, poco después, de su inauguración oficial. Anduvimos por los versallescos bulevares. No obstante, creo que no he sido honesto en esta cita. No sé pero, pienso, que no les estoy contando todo lo bien, que yo quisiera narrarles esta historia. Empecemos de nuevo. Aquella noche era la primera vez que nos veíamos. Estaba tan nervioso que mis fornidas manos — las cuales— siempre han sido como asideros de una butaca de cine, temblaban, de igual modo, que los dedos de un anciano centenario. Lo más impresionante, es que ya estaba pensando en un nuevo encuentro. Bien, una vez adelantada la hora de la cita, las 18,00 horas, por fin nos vemos. Me quedé delante de ella y me bloquee. Por la cabeza sólo se me pasaba la idea de querer besarla y amarla, ahí mismo, delante del semáforo. Por momentos, desaparecería de la tierra. A pesar de seguir deseándola. No lo sé... Creo que he vuelto a perderme. ¿Estoy hablando de lo mismo? No tengo muy claro; si los conceptos se interpretan por igual. A las 17,15 ya estaba listo, limpio y perfumado. Vivíamos frente a frente, piso por piso, yo en el tercero y ella en el cuarto. Las miradas atravesaban las ventanas.

















La pasión destilaba un extraño perfume por todo el zaguán que desbordada las ansias del encuentro. Su ausencia me ahogaba en un río que se desmorona en una lágrima. Y es que, cuando la soledad me mata, entre estas tristes cuatro paredes de mi habitación: quiero morirme. Justo al llegar las seis, bajé para llamarla, mientras recordaba que estábamos casi tres años saliendo o eso creía. Habíamos quedado para hablar del futuro y el tiempo que llevábamos juntos, pues juraría, que andaba a su lado toda la vida. Eso sigo pensando. Dicen que se necesita hablar un poco para seguir avanzando. Comienzo a cavilar: un túmulo de imágenes y palabras se dibujan en mi mente entrecortada. Recuerdo y repaso los últimos acontecimientos en silencio. No hay mucha gente; se han ido de vacaciones, o no quieren salir. Algunos, aún andan por aquí danzando, de un lado a otro, igual que yo; cómo si fuéramos marionetas movidas por alguien que ya no sabe terminar la historia, o ya no se le ocurren nuevas aventuras y recurre a lo mismo una y otra vez. Títeres con los hilos ya desgastados; flojos. Sin ganas de nada, agotados de intentar hacerlo todo. Sé que no sirve de nada volver al pasado. No vale de nada pensar una y otra vez; qué es lo que podría haber ocurrido. Qué es lo que podría haber pasado si todo hubiese sido distinto.
















Podría haber actuado de un modo diferente. Haber hecho las cosas de otra forma. ¿Qué demonios? Manipulando, sin importarme, el ser yo mismo. Distinto… ¿Y, quién cojones sabe dónde estaríamos ahora los dos? Haber dicho las cosas en su momento, en aquel segundo, puede que entonces, tal vez, se habría evitado el derrumbe. Quizás hubiera sido muy diferente. Pero sólo me di cuenta después, cuando ya no había solución. Sí, sí y sí… ¡Jodidas soluciones! ¿Quién las quiere?, ¿quién las necesita? ¡Ahora, ahora, mierda! Cuando, ya no sirven para nada. Formamos parte del pasado, mucho antes del aquel idílico pretérito. Pero aquello terminó tras el apocalipsis. Sólo sientes una impotencia persistente que se apodera de ti. Una inutilidad que no sirve para nada. Lleno de tristeza e incapacidad para intentar imaginarse una y otra vez lo vivido. ¿Qué hubiese sucedido si aquella roca gigante no hubiera chocado contra el planeta? ¿Por qué pensar en remedios qué en un futuro incierto conseguirán enmendar la situación para que todo vuelva a ser como antes?¡Venga, ya! Es absurdo, más aún, cuando el silencio es como los humanos, suele oler. El problema es que en este lugar ya no huele a nada.  Y eso significa que hace mucho tiempo que en esta habitación habita un silencio inescrutable. El molesto ruido de los vecinos terminó con la última uva en la boca. El callejón del edificio se había quedado sin muros, perros, palomas, ratas y la ciudad envuelta en una sombra perenne, donde los inquilinos de los pisos altos, vigilábamos la perpetua hecatombe del nuevo año. ¡Bienvenidos al año de la marmota mutante!








                                                                                                                    FIN







                                        Dedicado a Carrie Fisher y George Michael (diciembre 2016) In Memoriam 










Fotogramas adjuntados



La jetée (1962) by Chris Marker
The Survivalist (2015) by Stephen Fingleton
The End of August at the Hotel Ozone (1967) by Jan Schmidt
Miracle Mile (1988) by Steve De Jarnatt