Escondidos en Flandes; la esperanza se llama Medinaceli
Mi
familia vivía en un pequeño caserío, cercano a la villa de Mol, en Bélgica, al
norte, camino de Países Bajos. Estábamos a menos 800 metros, de un camino de tierra, de
cualquier otro signo de vida humana. Fuimos allí, con mi padre Maurice, y mi hermano mayor Josh. Así, como
quien les cuenta esta terrorífica pesadilla: Manon. Nos pusimos de acuerdo, en
que necesitábamos algunas provisiones, básicas y deberíamos de acercarnos a la
tienda de Bocholt. Recuerdo que al
entrar en la tienda se me puso la carne de gallina y sentí que se me erizaba el
vello de los brazos, anticipando una amenaza desconocida. Mirando a Josh,
tratando de calmar mi paranoia, me miró a los ojos, con la cara de la blancura
del color del miedo. Se me revolvió el estómago. Él, también tenía mucho recelo.
Pero disimulaba su miedo con una mirada intimidatoria. Los ojos parecían
seguirnos mientras permanecía cerca de mi hermano por los distintos pasillos.
Algunos me miraban con extrañeza y otros con curiosidad. Como si no hubieran
visto a una mujer de verdad en mucho tiempo. Nuestro padre también se dio
cuenta e interrumpió nuestras compras. Nos metió en el coche y volvimos a casa
con una impronta de saber que el diablo nos perseguía. Nadie dijo nada. Una vez
en casa, nos quedamos en la entrada, agradecidos por estar lejos de las miradas
indiscretas, pero papá tenía algo que decir. Se centró en mí.
Aún,
tengo en mente aquel azul acero de sus ojos: «No voy a negar lo que haya sido»,
hizo referencia a la incómoda tensión de un simple viaje de compras. «Pero a
partir de ahora, no saldrás de las paredes de nuestra casa, ni siquiera al
patio, sin que tu hermano o yo estemos contigo». Asentí porque no tenía sentido
discutir su decisión. Ojalá hubiera sido tan fácil! Papá entró en la casa
llevando las pocas provisiones que pudimos comprar antes de que todo fuera
demasiado abrupto, por llamarlo de alguna manera. Era el diablo quién nos perseguía. Josh vino detrás de mí, y noté, mientras papá se exaltaba a sí mismo
y a Josh como mis guardianes, mi hermano mantenía la cabeza un poco más alta y
los hombros un poco más erguidos. Un grito fuerte y gutural salió del interior
de la casa. Josh y yo nos apresuramos a entrar para ver con qué se había
encontrado nuestro padre para evocar un miedo tan crudo. Sin embargo, al doblar
la esquina del pasillo y entrar en la cocina, vimos cómo nuestro padre luchaba
contra dos hombres enmascarados vestidos de negro. Josh saltó a la lucha para
ayudar a papá, pero papá gruñó:—¡Corre! A estas alturas, ya sabíamos de qué se
trataba. Dos hombres enmascarados más aparecieron, aparentemente de la nada. Mi
padre luchó como un loco, tratando de ganar tiempo suficiente para salir.
Josh
me agarró y me arrastró fuera de la casa, agarrándome del brazo con tanta
fuerza que sabía que algún capilar iba a salir en plan cardenal. Me llevó hasta
el asiento del conductor y me puso las llaves en la mano. Justo cuando estaba a
punto de preguntar por qué conduciría yo y no él. Dando por hecho, que él tiene
la edad reglamentaria y el carnet, obtenido, en el examen de tráfico. Yo, a
pesar, de saber conducir, tenía 16 años y no podía conducir, siguiendo la
legislación de Flandes. Empero, la situación empeoraba por minutos y no
necesité preguntar nada más. Josh, nunca tuvo intención de venir conmigo. Vi
cómo un par de hombres enmascarados salían disparados por la puerta principal y
Josh dio dos palmadas en el capó del coche, ordenándome que arrancase el motor
y saliera chillando ruedas. Tal como me lo dijo, hecho. Ya le había colocada la
marcha atrás, bajando por nuestro camino
de tierra, con los ojos saltando entre la carretera por el retrovisor y viendo
cómo dos matones golpeaban a mi hermano, con una barra de metal. Pensé en
conducir hacia delante y golpear a los enmascarados. Pero eso hubiera
significado un riesgo excesivo, podría haberle dado de lleno a mi querido Josh.
Se agarraba con fuerza a ellos, siendo golpeado pero negándose a soltarse y
permitiendo que avanzaran hacia mí.
Acelerando,
a tope, en tercera y escupiendo barro por la ruedas, por el camino de tierra
que sólo conducía a una región más desolada, el coche levantaba tal polvareda
que no podía distinguir si me perseguían o no. Todo mi cuerpo desprendía,
chorros de miedo y ansiedad. Mi cabeza me decía; que volviese y nada me
apetecía más —que dar media vuelta— y al menos intentar luchar contra los
hombres. Por el honor de los míos: mi única familia, pero sabía cómo acabaría
eso, y me negaba a que sus sacrificios fueran en vano. Aquel lugar no era el
mismo que hace 15 años. Ahora, el crimen organizado, la trata de blancas, los
narcos y la maldición que recorre toda Europa. Es como si los viejos Nazis,
hubieran vuelto. No sé cuánto tiempo conduje, pero mantuve la misma velocidad todo el tiempo, sin dar a
aquellos monstruos ninguna oportunidad de ganarme ni un palmo de ventaja.
Después de un par de horas conduciendo, la gasolina estaba casi vacía. No había
ningún sitio donde conseguir gasolina y no sabía en quién confiar. No había
ninguna parte racional en la discusión interna que se mantenía conmigo mismo.
Abrí, la guantera, y me encontré un mapa que decía; vete al sur Manon y busca
Medinaceli. Allí, pregunta a los lugareños por el nombre de Esther Kielman,
ella tiene las respuestas de todos nosotros.
FIN
Dedicado a Anthony Head febrero 1954/junio 2026 In Memoriam
Fotogramas
adjuntados
Le Manequin Assassine (1948) By Pierre de Herain
Rundskop
(2011) By Michael R. Roskam
Wenn
die sonne wieder scheint (1943) Boreslaw Barlog
Gutland
(2017) By Govinda Van Maele





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