Escondidos en Flandes; la esperanza se llama Medinaceli

junio 08, 2026 Jon Alonso 0 Comments


 

Mi familia vivía en un pequeño caserío, cercano a la villa de Mol, en Bélgica, al norte, camino de Países Bajos. Estábamos a menos  800 metros, de un camino de tierra, de cualquier otro signo de vida humana. Fuimos allí, con mi padre  Maurice, y mi hermano mayor Josh. Así, como quien les cuenta esta terrorífica pesadilla: Manon. Nos pusimos de acuerdo, en que necesitábamos algunas provisiones, básicas y deberíamos de acercarnos a la tienda  de Bocholt. Recuerdo que al entrar en la tienda se me puso la carne de gallina y sentí que se me erizaba el vello de los brazos, anticipando una amenaza desconocida. Mirando a Josh, tratando de calmar mi paranoia, me miró a los ojos, con la cara de la blancura del color del miedo. Se me revolvió el estómago. Él, también tenía mucho recelo. Pero disimulaba su miedo con una mirada intimidatoria. Los ojos parecían seguirnos mientras permanecía cerca de mi hermano por los distintos pasillos. Algunos me miraban con extrañeza y otros con curiosidad. Como si no hubieran visto a una mujer de verdad en mucho tiempo. Nuestro padre también se dio cuenta e interrumpió nuestras compras. Nos metió en el coche y volvimos a casa con una impronta de saber que el diablo nos perseguía. Nadie dijo nada. Una vez en casa, nos quedamos en la entrada, agradecidos por estar lejos de las miradas indiscretas, pero papá tenía algo que decir. Se centró en mí.



Aún, tengo en mente aquel azul acero de sus ojos: «No voy a negar lo que haya sido», hizo referencia a la incómoda tensión de un simple viaje de compras. «Pero a partir de ahora, no saldrás de las paredes de nuestra casa, ni siquiera al patio, sin que tu hermano o yo estemos contigo». Asentí porque no tenía sentido discutir su decisión. Ojalá hubiera sido tan fácil! Papá entró en la casa llevando las pocas provisiones que pudimos comprar antes de que todo fuera demasiado abrupto, por llamarlo de alguna manera. Era el diablo quién nos perseguía. Josh vino detrás de mí, y noté, mientras papá se exaltaba a sí mismo y a Josh como mis guardianes, mi hermano mantenía la cabeza un poco más alta y los hombros un poco más erguidos. Un grito fuerte y gutural salió del interior de la casa. Josh y yo nos apresuramos a entrar para ver con qué se había encontrado nuestro padre para evocar un miedo tan crudo. Sin embargo, al doblar la esquina del pasillo y entrar en la cocina, vimos cómo nuestro padre luchaba contra dos hombres enmascarados vestidos de negro. Josh saltó a la lucha para ayudar a papá, pero papá gruñó:—¡Corre! A estas alturas, ya sabíamos de qué se trataba. Dos hombres enmascarados más aparecieron, aparentemente de la nada. Mi padre luchó como un loco, tratando de ganar tiempo suficiente para salir.



Josh me agarró y me arrastró fuera de la casa, agarrándome del brazo con tanta fuerza que sabía que algún capilar iba a salir en plan cardenal. Me llevó hasta el asiento del conductor y me puso las llaves en la mano. Justo cuando estaba a punto de preguntar por qué conduciría yo y no él. Dando por hecho, que él tiene la edad reglamentaria y el carnet, obtenido, en el examen de tráfico. Yo, a pesar, de saber conducir, tenía 16 años y no podía conducir, siguiendo la legislación de Flandes. Empero, la situación empeoraba por minutos y no necesité preguntar nada más. Josh, nunca tuvo intención de venir conmigo. Vi cómo un par de hombres enmascarados salían disparados por la puerta principal y Josh dio dos palmadas en el capó del coche, ordenándome que arrancase el motor y saliera chillando ruedas. Tal como me lo dijo, hecho. Ya le había colocada la marcha  atrás, bajando por nuestro camino de tierra, con los ojos saltando entre la carretera por el retrovisor y viendo cómo dos matones golpeaban a mi hermano, con una barra de metal. Pensé en conducir hacia delante y golpear a los enmascarados. Pero eso hubiera significado un riesgo excesivo, podría haberle dado de lleno a mi querido Josh. Se agarraba con fuerza a ellos, siendo golpeado pero negándose a soltarse y permitiendo que avanzaran hacia mí.



Acelerando, a tope, en tercera y escupiendo barro por la ruedas, por el camino de tierra que sólo conducía a una región más desolada, el coche levantaba tal polvareda que no podía distinguir si me perseguían o no. Todo mi cuerpo desprendía, chorros de miedo y ansiedad. Mi cabeza me decía; que volviese y nada me apetecía más —que dar media vuelta— y al menos intentar luchar contra los hombres. Por el honor de los míos: mi única familia, pero sabía cómo acabaría eso, y me negaba a que sus sacrificios fueran en vano. Aquel lugar no era el mismo que hace 15 años. Ahora, el crimen organizado, la trata de blancas, los narcos y la maldición que recorre toda Europa. Es como si los viejos Nazis, hubieran vuelto. No sé cuánto tiempo conduje, pero mantuve la  misma velocidad todo el tiempo, sin dar a aquellos monstruos ninguna oportunidad de ganarme ni un palmo de ventaja. Después de un par de horas conduciendo, la gasolina estaba casi vacía. No había ningún sitio donde conseguir gasolina y no sabía en quién confiar. No había ninguna parte racional en la discusión interna que se mantenía conmigo mismo. Abrí, la guantera, y me encontré un mapa que decía; vete al sur Manon y busca Medinaceli. Allí, pregunta a los lugareños por el nombre de Esther Kielman, ella tiene las respuestas de todos nosotros.



                                                                                   FIN



                                 

                                    Dedicado a Anthony Head febrero 1954/junio 2026 In Memoriam




Fotogramas adjuntados

Le Manequin Assassine (1948) By Pierre de Herain

Rundskop (2011) By Michael R. Roskam

Wenn die sonne wieder scheint (1943) Boreslaw Barlog

Gutland (2017) By Govinda Van Maele






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