Diálogos fingidos










Por aquí. Lo estás viendo, cielo. P-o-r  a-q-u-í. ¿Eres lo suficientemente tonto para ofrecerme un millón de dólares por el paripé de tu obra sobre la Sra. Wolf? Qué poco me conoces, Ricky… En el fondo, todo esto me pasa por ser una esposa tan comprometida—Qué ya no lo soy, tuya. Por eso, por la cuestión del compromiso me he divorciado de ti y de unos cuantos más que vendrán. Richard—Si me dejas, me mataré—¡Hey, tigre...No te me pongas melodramático a estas horas. Tómate una copa y no seas mentiroso! Te crecerá la nariz…Y, ahora con tu permiso me voy a dar un homenaje de caviar sin pan con un Don Pérignon sin burbujas.
























Edith—Marlene, cuando mis ojos te miran. Mi corazón se alborota. No me importa lo que diga la gente. Mucho menos me importan sus putas  leyes. Marlene— Mon chèri, nosotras tenemos una edad en la que necesitamos ser bellas para ser amadas, y otra en que necesitamos ser amadas para ser bellas. No tenemos que decirle a la gente lo que vale un peine. Somos, Dietrich&Piaf. Cantemos, bebamos y amemos juntas. Edith—Cerca de ti, no le tengo miedo a la vida. Te quiero, amiga mía. Brindemos por Paris, Berlín y New York—Marlene—Arranquémonos por un tango. Ja, ja… (Risas)
















Kurt—Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta. No lo entiendo. Cuando era pequeño soñaba con ser lo que hago ahora, y ahora que cumplí mi sueño me doy cuenta que no es tan fácil ni tan fantástico como pensaba. Creo que en el fondo, los tipos que merecen la pena son esos, que con un giño o una mueca son capaces de hacerte reír y en realidad son felices. Uno no termina de entender esa pulcritud por lo sencillo, lo fácil y lo comprensible. Sigo sin entenderme, pero la vida es así. Siempre admirare a esa clase de tipos como Duke y Dino. Mírenlos, es que son acojonantes. Los quiero, me hacen sentir bien.














Dean (Dino) —¿Duke, no crees que todos estos que nos están mirando, podrían ser hipotéticos chupadores de pollas?—Duke —Venga, atento al escurridor y no me vuelvas con el siroco de las miraditas... Dino —Vamos, púgil… Si todas esas miradas  chuparan pollas estaríamos extasiados. Duke—En mi puta vida, vuelvo a cocinar contigo. Siempre lo he dicho; habla en voz baja, despacio y no digas demasiado… Dino —No te pongas trascendente como el colega Brando y pásame la botella de Bourbon…(Risas y más risas...)









                                                                                              Fin







                                                                                        Dedicado a Guillermo Llobet 1981-2014 in Memoriam











 
                                         

“El IBP, 731 días después late con fuerza”









Durante estos dos últimos años, he gastado sombrero de gangster y pose de boxeador recién enjabonado, duchado y acicalado. Mientras me ponía un buen chorretón de mi aftershave Brummel. No importa la cantidad de tiritas y carros de alquiler que he destrozado en letras absurdas, inherentes y fascinantes. Aunque te sientas danzante, Bypass autotrasplantando; en la paga llevas tus distintivos. Dos años y dos galones, ya son currículum para encandilar carmines húmedos, altivos y ostentosos. Esa tarea siempre te ha sido fácil… Pues a la vuelta del córner, exhibes tu magisterio. Ni las letras negras, ni  tus blandos sueños, ni las tiranas cicatrices han acabado con tu feroz huelga. No te preocupes que ya no puedes hacer más daño. Menuda suerte tienes Bypass, si deberías besar la fortuna que llevas tatuada en tu pecho. Pues naciste zurdo con el corazón ansioso y aturullado. Cuando pasan por aquí, esos que te quieren; las enzimas gimen de placer y encuentran el reposo.



















El mismo que nunca has sabido encontrar, en tu maldita caja negra al hacerte ambidiestro. Deja de mirar de reojo a las mujeres hermosas y sucumbe por una sola vez, a la chanza macabra de tu esperanza, en el edén de una isla bonita. Destierra de tu lecho la triste oscuridad; donde esperan femmes fatales y Frank O´Hara con millares de crónicas y versos sacrílegos. A todos y todas aquellos que les gusta venir a este sitio. Sólo sé decir Gracias/Thanks, el Inquietante Bypass cumple dos años entre cultura del crimen y celuloide. Arrojando: prosa, verso, fotografía, música, pintura, reflexiones e inquietudes de un pecador que sueña con los remansos de una mullida alfombra cosida en una tierna y tacaña primavera de flores ocres. De verdad, que sólo me queda señalar: ¡Gracias!





















  "Dedicado a todos y todas los luchadores, que cada día de su vida se la juegan en el cuadrilátero del azar" 




Fotogramas adjuntos
Paulette Goddard in Moderm Times (1936) 
Gloria Grahame in The Big Heat (1953)







P.S.; Están invitados a tarta y café. Si quieren leche o sacarina... Gloria les atenderá gustosamente. 
Puede que también haya Cappuccino (...) Ella es especial. Tiene una respuesta para todo... 





               





                                  

La familia Alonso, los fantasmas y Conrad










Aquella tarde me había dejado caer por la vieja mansión de mis abuelos. Comí un delicado lechal, acompañado de un sublime Ribera del Duero, que me sirvió con exquisito mimo; la buena de Eugenia. Aquella mujer había sido durante más de 40 años la sirvienta de la casa —seguía siéndolo—. Muchos años, de comidas, limpieza y consejos imperdonables: la fiel centinela del resto de la familia. Como de costumbre a la hora del café tomé mis comprimidos de Tramadol. Eugenia sabía lo de mi adicción, por la patología que desarrollé tras la vieja intervención quirúrgica. Me espeto: ¿Algo más? —Conteste, en fase “out”: —No, nooo. Gracias, Eugniaa—Me desvanecía, dando tumbos y caí en uno de los orejones del viejo sillón, terciopelo burdeos oscuro. No recuerdo donde estaba ni la dimensión por la que cabalgaba. Sólo, contaba con mi olfato y la curiosidad de ese disco duro que siempre he tenido por cerebro. Las casas tienen un poso de lejana sustancia espiritual indeleble—muy propio— de sus auténticos moradores que las habitan. Suele quedarse en los rincones oscuros de las paredes, entre las vigas del techo. Inclusive, en los agujeros furtivos que abre la polilla. En el fondo, nuestras vidas no son más que unas líneas de partículas definidas como células vitales: hasta que mueren. Mi vida, no sé a qué tipo de vida pertenece.





















Ni  la cantidad de  partículas que preciso. En las casas antiguas, por las que han desfilado venturas y  tristezas de muchas generaciones. Dicen que esa licuación de savia es tan fuerte que influye en la nuestra. Supuestamente, nosotros no la podemos ver en la ficticia quietud de las cosas. Pero existe. Los espíritus de los niños, el influjo de sus duendes sensibles, cercanos a lo sobrenatural y que advierten con impoluta claridad meridiana. Es curioso, su capacidad de empatizar con esos ectoplasmas. Empero, éstos tienden a abrigarse en las habitaciones oscuras. Repletos de vago terror y trémulos de diversión. De repente, los truenos y relámpagos crearon un espectáculo caleidoscópico. Un grupo de exploradores en mitad de la selva, víctimas de un aguacero despiadado; decidieron detenerse en una zona donde los troncos de teca  estaban más espaciados. Extendieron lonas para improvisar un refugio pasajero mientras persistiese la tormenta. Cuando cerraron la puerta la dejaron—nuevamente— sola en el más absoluto silencio. Afuera, bramaba la estática y el rugido de los elementos.


















Todavía la mente me daba vueltas. Había emergido a la asonancia, voces estridentes que se gritaban instrucciones. El grupo estaba allí con sus ropas secas idénticas a las del Dr. Livingston. Todo era parte del carnaval de fotovectores que proyectaba el proyector de Super 8.  Luz y color; psicodelia de fotones que dibujaban sonrisas en el espacio. El resto de porteadores tiritaban de frío bajo otra lona sin soporte, que la mantuviese extendida y sujeta. Los nativos murmuraban convulsos. Aquella mujer lo era todo: una partícula material, densa, silenciosa, que flotaba en medio de una espiral multicoloreada. Rotaba lentamente, masiva, enfrentando el impacto de chorros de energía convergentes en el infinito. En su centro sólo había masa, átomos adosados a moléculas, trazas incrustadas entre sí en una orgía de entropía tácita. Sólo el lento rotar, el suave desplazamiento en la nada de luz. El destello no consiguió escapar a su percepción cuando sucedió, sintió la conciencia de la carne y escuchó el susurro de un haz de nimbos contra la pared.

















Entonces, oyó las voces: oscuras, densas y chillonas. Sintió aquellas manos vibrantes que descargaron electrones sobre su piel. Sintió todo el peso de su humanidad y cayó derruida; un montón de tejido organizado en una cama de hospital. Lo último que pensó antes que la dejaran sola, fue un nostálgico recuerdo de alguna realidad cósmica. Contemplé con extrañeza esa ausencia. Y recordé aquel libro favorito de mi abuelo; “El corazón de las tinieblas”. Sólo el más viejo de los Alonso era capaz de recitarlo de memoria. Luego, solía salir pocas veces del estante. Pude leer su título  y no era la magistral obra de Conrad. El libro estaba escrito en sefardí y  se titulaba: “Pactando con la muerte”—obra de un escritor anónimo, con un número extraño en lomo inferior— título que hizo que mi vello se erizara. Algo extraño en mí, pues el  escenario del sufrimiento corporal no condiciona mis actos: equívocos o acertados. Los 300 mg de morfina diaria se han convertido en cuatro carajillos de un camionero al volante de un Volvo. Inexplicable, pero real como que existe la catedral de Burgos. Me pregunté, ¿Cómo nacen los fantasmas? Y en ese preciso instante, una de las baldas más cercanas comenzó a sacudir.




















Otro libro caía para desvanecerse en el suelo. Me inquiete, fui a por la botella de Martell. Me serví una copa hasta el borde de ese bendito licor francés y seguí como mis preguntas. ¿Cómo nacen los fantasmas? Una voz interior, me largaba; nacen del odio inconcluso, irresoluto. Son ángeles etéreos de venganza mutilada. Seres con una sola vida, como mariposas imposibles cuyo día no acaba hasta cumplir con su cometido. Los imagino besándose sobre mi cadáver, brindando con mi sangre y pisoteando mis recuerdos de adolescente. Una sensación de ahogo recorre el epigastrio para llegar a la altura de la glotis. Mi corazón se acelera, hierve mi sangre y noto que me falta el aire. Mi cuerpo se retuerce en una violenta arcada fulgura, que el agua la expulsa. De repente, escucho: —Señorito Alonso… Por favor, no vea como está dejando la alfombra persa que trajo su tío de Damasco. —Tome, beba agua y expele todos los residuos que ha soltado–. Le dije, que esas cápsulas blancas le van a traer la ruina. Observaba, anonadado el moño de Eugenia. La biblioteca del salón de casa de los abuelos. Y notaba, como emergía del agua, rodeado en un hervidero de burbujas. Me mentí de nuevo y decidí que mi vida se componía de unas partículas adulteradas. No sé su nombre pero la conozco. De verdad, no me pregunten por nada más.























                                                Dedicado al pueblo venezolano y ucraniano que sueñan con ser libres






Fotogramas adjuntados

The Cat and the Canary 1927 by Paul Leni
The Hauting 1963 by Robert Wise
The Shining 1980 by Stanley Kubrick
The Innocents 1961 by Jack Clayton
The Changeling 1980 by Peter Medak
Los Otros 2001 por Alejandro Amenábar









                                   

El increíble bróker glotón del Sr. O´Leary









Aquella mañana me levanté un poco más temprano que de costumbre. La noche muda y gélida disparó mis dolores habituales. En esta ocasión, comenzó desde la cresta ilíaca hasta las costillas dorsales, como un percutor de una grapadora industrial. Me acerqué al nuevo complejo hospitalario, los auxiliares de puerta fueron hacia mí con una silla de ruedas. No entendían mi extraño acento. Estaba hablando un idioma misterioso, confuso y lejano en los mapas. De repente, me desvanecí tras un alarido. El tiempo se quedó silente. A lo lejos se escuchaban  algunos ruidos y el tic-tac de un reloj idéntico al que sostiene la Casa de la Bolsa; me observaba. Era yo, Malcolm O´Leary. Salté la verja. Ya en la calle, eché a andar como un caballero feliz y sin preocupaciones. 


















Desde hacía un mes, nunca había estado tan satisfecho. Acababa de adquirir el convencimiento de que perdía ciento noventa y siete mil euros y algunos céntimos. No tenía ni una perra chica, que le gustaba decir a mi difunta madre. Me quedaban en el bolsillo solamente trece euros con setenta y cinco céntimos. Empero, O´Leary era feliz. Se encontraba frente a una situación, con el mérito de ser clara, diáfana y definitiva. Hacía tres meses que se había lanzado al agua creyendo bañar su cuerpo en la del lago Lemán y adquirir nuevas fuerzas. O´Leary se convenció pronto de que, en ese lago, las ondas seductoras le habían quitado la reputación de que gozaba, y no eran más que un arrollador torrente, por el cual se sentía arrastrado como hebra de pasto arrancada en el batiente. Diariamente, leyendo la cotización  sentía sumergirse; pero al volver a la superficie—obedeciendo a un primitivo instinto de conservación— la realidad era que nuestro hombre estaba angustiado. 


















El ansia del hundimiento y la muerte por inmersión, hacían  que  volviera a ver el cielo milagrosamente, cuando la Bolsa se cerraba. Ahora que O´Leary estaba hundido irremediablemente, conocía la felicidad. Por eso se dirigía, con paso jubiloso a su domicilio en Caledon Road. Para gustar la felicidad perfecta, le faltaba la alegría del sueño reparador. En su cama, donde había pasado desde algunas semanas angustiosas fiebres, O´Leary conoció la dulzura de los sueños paradisiacos en la beatitud del descanso encantador. Cuando despertó tenía hambre. Un hambre feroz, insoportable e irresistible, un hambre como la de los caminantes por interminables carreteras o la de los juvenales poetas. O´Leary registró su habitación. No encontró con que satisfacer el apetito de un mosquito... Pero una idea feliz le hizo saltar de alegría...Sí; se ofrecería como freelance bróker a un alto comensal por una comida gratis, con el encanto de saborear la expresión del rostro de quien había de servirle de cabeza de turco. O´Leary conocía, el Biarritz Waves lejos de su casa, un restaurante lujoso donde había ido a comer —frecuentemente— en los tiempos de esplendor.















De repente, vio a través de la cristalera a un antiguo cliente de las preferentes dándose el festín. O´Leary se puso verde, pálido gris violeta y se encogió hasta quedarse de cuclillas. Se desvaneció. Y llegó la niebla. Un humo lejano, me acercaba a no sé dónde. —Me escucha, Sr. O´Leary soy la Dra. Jones del complejo hospitalario Xrevisse Inc. Ha  perdido el conocimiento por culpa de la sepsis que se le produjo en el  apéndice. ¡Me entiende lo que le estoy diciendo! Le he operado de su ataque de apendicitis. Tendría que tener  cuidado con lo que  come y estafa. ¡You catch it. Liar and swindler… Mr. O´Leary o debería llamarle Sr. O´Leary! ¡Jodido saco de mierda!  ¡No, no olvidamos ni perdonamos! ¿Algún problema con la traducción? No se preocupe, aquí somos buena gente, sólo le hemos extirpado el apéndice. De verdad, el rendimiento es siempre el mismo, idéntico al proporcionado por la fuerza del trabajo. No lo olvide. 











                                             Dedicado a Juan Gelman 1930-2014  In Memoriam







Fotogramas adjuntados



Patterns by Fielder Cook 1956
The Wolf of Wall Street by Martin Scorsese 2013
Margin Call by  J.C. Chador 2011
“E.R.” by Michael Crichton 1994




                

La seducción de la Red social y Kazan








Qué se puede esperar del ser humano si la misma sociedad que ampara valores tan delicados persigue e insulta a sus hombres más valerosos y más conscientes? Poco o nada. Ya lo dijo Kazan en aquella obra maestra que se tradujo en nuestra vieja piel de toro por “un rostro entre la multitud” (1957). Cualquier chiquilicuatre puede llegar lo más lejos posible. Evidentemente, no exento de insolencia y provocación acabará haciendo Rolex, como Uri Geller doblaba cucharillas delante del bigote de Íñigo. Que se lo pregunten a los tramoyistas de Buenafuente. Nuestra sociedad hoy es rica materialmente, aunque ahora los ricos sean unos pocos y la pobreza se extienda cada vez más, pero es mayor, mucho mayor, la pobreza humana que hay en ella que la  pobreza material. Empero, hay algunos tipos con donaire y capacidad de generar eso que está tan en boga; las sinergias.















Los nuevos popes del periodismo ofrecen las bonhomías a sus lectores, que no mejor un vocero —de trinqui— para discernir del colega de enfrente. Todo lo contrario, han sido capaces de convencer al burgo, que como un juego de fiambreras a prueba de mordisco de zombis; es la bicoca de este nuevo siglo. Por eso, ahora, la prensa de toda la vida, incluida la vieja grapa de D. Torcuato: ha sido reconvertida en una bolsa de gasolinera expropiada del viejo ultramar. Seguramente, la próxima gran conquista del periodismo no sea la aparición de una estirpe de fajadores como los corresponsales de Crimea; periodistas de esos que no entendían de fuego cruzado ni ruedas de cañones de artillería. Tan solo, unas bayas maduras para hacer tinta y redactar su crónica vía telegrama.
















Va a ser que no. Las ganas de algunos. Ahora, llegó eso del periodismo social. La red de redes; los rumores y las mil fotografías secuestradas, el vídeo conmovedor, los iphones que hacen de Betacam en HD y encima te sirve de chivato por si la memoria empieza a flojear. No son redacciones de ordenadores ultraligeros, ni viejos columnistas agotados, ni las putas asas de la bolsa de Repsol. Ahora las pocas redacciones son virtuales y sobreviven en pisos patera con máquina de Café Clooney. Y lo que hoy es modernidad, idea nueva y procedimiento de última hora, en un mañana muy inmediato quedará convertido en antigualla de la que nadie habrá de parar mentes. La vida—siempre la vida—puede más que las viejas tendencias de ayer y que las caprichosas y más o menos avanzadas orientaciones de hoy. Por eso, en el periodismo no hay nada parado.














No todo. Si los políticos aplauden y espolean al patio social porque es la editorial online de las redacciones. ¿Qué será de los murmullos del agua en los arroyos y en los manantiales, las nieves del invierno y la felicidad de vivir en la paz y la belleza del pueblo? Los intereses de la plebe son caprichosos como el destino de un telefonillo listillo. Cada día más exigentes y con más razón que nunca deseosos de experimentar —rápidamente— las sensaciones de vitalidad que ofrece el rápido trascurso de las horas y los minutos. Ahí está la red social, una componenda nacida del arrebato del marketing, cuya paradoja ha sido la muerte de la redacción física por el ardid de tres niñatos más listos que el hambre. Mientras se apostaban a ver quién era el más hábil en idear un concurso para puntuar las mejores jais del campus. No se me asusten, algo más maqueada la idea. Sin exagerar. No obstante, la esencia es el mismo postizo.



















Echen un vistazo a la corrala; la prole de hoy exige la atención de los demás. Necesita que todos sepan qué hace o dónde está en cada momento, si tiene sueño o si se acaba de reventar un grano en el pómulo. ¿Cuánta gente conocen Uds. que se pasan la noches de imaginaria tirando de fotos melancólicas ochenteras para colgarlas en el Facebook al día siguiente? Hay que salir en la foto, aunque no tengas nada que decir para la gente siga hablando de ti. Eso es la red: la nueva y más perfecta revista del corazón. Y lo malo, no es el entretenimiento que tiene organizada la parroquia. Así les va al clero y su camarilla de depravadas diócesis. Lo peor es que ese idílico mundo de la comunicación se convierta en tablado de tormentas destructivas entre los individuos.  Si las redes recogen  el sentir de cada hijo de vecino. Algo podría desembocar en un carcinoma algorítmico y una cosa está muy clara; nadie en su sano juicio quiere ir a una guerra, solo alguien profundamente engañado. Kazan podría ser un delator, un tío con ideología, un extranjero en un mundo imperfecto. Lo que no tenía era un pelo de tonto y rodaba como Dios.












                                                       Dedicado a Marcos Barrios y Eusebio In Memoriam










Fotogramas adjuntos

A Face in the Crowd 1957 by Elia Kazan
The Social Network 2008 by David Fincher
Black Mirror TV 2013 by Charlie Brooker
The Fifth Estate 2013 by Bill Condon
Utopia 2013 by Dennis Kelly 







                                          

Aquel Santa Claus Justiciero










Érase una vez un lugar, donde un rey vigoroso y déspota gobernaba un pequeño reino en las tierras altas del lejano Oriente. Tal era su poder que le rendían pleitesía un millón de pecheros. Rodeado de tesoros inimaginables e inenarrables, pues son imposibles de contar la cantidad de monedas de oro, plata, piedras preciosas, efebos, nubios y jóvenes hembras que acaparaban tan suculento botín. Aquel sátrapa era más rico cuanto mayor número de esclavos y súbitos poseía. Alguien dio un aviso al tirano, que un Papa Noel estaba borracho en el bar de Baltasar. Un joven negro, que todo el mundo respetaba. Su garito era el único lugar no violado por el terrorífico dictador. El joven Baltasar estaba tullido. Algo que le producía grima al célebre rey, pues pensaba que la cojera era presagio de mala suerte. Aquel bar era su mísera y desamparada morada donde ejercía tanto poder como su Señor sobre el resto de sus conciudadanos. A Baltasar le  importaba un colín todo lo que pasaba a su alrededor. La vida la había dejado en un estado de indiferencia permanente, pura ingravidez física. Mientras el Papa Noel le espetaba.—Creo que no serás tan necio de negarme otro trago, ¡por  favor! A  lo que Baltasar, le volvió a servir una nueva copa de 100 Pipers. Mientras en palacio, el rey se rascaba en los sitios más recónditos de su anatomía. Desesperado llamó al jefe de sus criados— ¡A ver, qué pinta tiene ese Papa Noel!—Bueno, para serle franco Señor. Su aspecto es algo cicatero, abatido y con el atuendo hecho jarrones.—Traédmelo. El servil consejero junto a dos soldados se presentaron en el bar de Baltasar. La sorpresa fue que cuando entraron en el local. El Papa Noel estaba vomitando en el suelo de la barra. No tenía la saca con los regalos de Navidad. Ni nada de nada.


















El bajo criado le chilló.—Vamos, Papa Noel, arriba... Mi Sr. Te requiere.—Tu qué… ¡Qué le den por el saco a tu rey y el resto de la corte, pringaos! Tirado en  el suelo. Repetía una y otra vez que quería otra copa. Baltasar, volvió la cabeza con gravedad hacia otro lado. El criado y los soldados comenzaban a desesperarse ante la atónita situación. De repente, el Papa Noel se enderezó hasta empinarse sobre la punta de los pies, pero luego, pensándolo mejor, resolvió no darse por aludido. Mientras un par de  gruesas gotas de sudor caían por debajo de su gorro, aparentó mirar a los soldados, como si no reparara en la existencia del lugar y espacio donde había aterrizado.—Qué mierda pasa, dónde hostias estoy…—¡Eh, oye, tú negrito! Ponme otra copa. Y diles a estos idiotas que me dejen en paz. Baltasar estaba de pie—un poco pálido— recostado contra la barra interior de las bebidas. Observando con desidia.—Tener mucho cuidado con ese Papa Noel, vienen de un reino donde sus  dioses son muy poderosos. El criado y la guardia escucharon estupefactos.—¿Ahora, hablas y defiendes a este borracho?—Sólo os advierto de una posible arrebato de sus dioses en el palacio del rey. —A ti qué más te da, tullido. Si eres un apestado en tu cantina.—Sólo digo lo que sé.—Cállate y ayúdanos a levantar a este elemento. Finalmente, tras un pequeño zarandero se llevaron al ebrio Papa Noel a Palacio. No sin antes lanzar varias peroratas. —No tenéis ni puta idea de  a quién estáis maltratando… Soy el mensajero real del reino de los dioses de la bondad, que llevan los regalos de Navidad a todos los niños del mundo. ¡Os vais a cagar por la pata abajo!—Seguía con la cantinela hasta que llegaron a la fortificación.  Cuando fue presentado ante el dictador. Éste, se le lanzó a degüello. No te da vergüenza, maldito necio verte en este estado!—¡Jódase, vuecencia—Cómo te atreves!— Que le den.


















Mis dioses están a punto de acabar con Ud. — ¡Tonterías!—Bajadlo a los calabozos…En aquel instante, cogido de ambos brazos por dos forzudos soldados se escuchó un ruido que sonaba a cólera y tronío de los Dioses. El Papa Noel borrachín se partía de la risa encima de la patena del trono. Mientras el tirano, se inquietaba y los soldados titubeaban con los brazos del mensajero de Santa Claus. De repente, las columnas de palacio echaron a temblar y comenzó la caída de cascotes. El déspota no dejaba de observar su tesoro y  se sentía enconado —furiosamente— sobre las ruinas. Observaba como las piedras se habían convertido en proyectiles, que  rompían los caños de la fuente que iluminaba el cetro. Cada nueva explosión era más espectacular. Y enormes pedruscos planeaban, a la vez que caían entre tupidas nubes de humo negro y tamo. El espectáculo era dantesco: muebles destrozados por la explosión, los cabezales despanzurrados. Papa Noel (se tronchaba) —Ja,ja,jahaha! El techo cayó por completo y un gran hueco dejaba ver una luna llena hermosa. Apareciendo un trineo con seis renos reales, posándose en el suelo de Palacio. Santa Claus, se levantó como pudo. Andando de un lado a otro—eructando. Se subió al trineo y sentenció: —¡Lo  ves payaso, quién coño eres tú para arruinar la Navidad a los más inocentes del mundo y no dejar tomarse un whisky como Dios manda. Venga idiotas levantaos es tiempo de paz! Luego, recoged lo que es vuestro y acabar con el sátrapa. —Es Navidad, amigos. Solo la magia nos hará libres. Ahora mismo este reino está liberado. Aquel Papa Noel salió por arte de puro deleite con su trineo como si se tratara de una nave espacial. Los habitantes de Palacio se dirigieron hacia el artero déspota y fueron de uno a uno apuñalándolo. Nunca más se supo del enigmático Santa Claus y los niños de aquel reino disfrutaron de una Nochebuena llena de alegría.



                                                                                                      FIN









 Fotogramas adjuntados

 Bad Santa (2005)  by Terry Zwigoff
 Reindeer Games (2000) by John Frankenheimer
 The Sopranos (1999) by David Chase 









Dedicado a Andrés y Salomé mother que están pasando un momento delicado. Así como a toda la gente que sigue siendo fiel a este lugar. Feliz Navidad y que 2014 os traiga sueños hechos realidad...