PregĂșntale a la muerte

marzo 14, 2021 Jon Alonso 0 Comments


 

A la muerte le gusta dormir desnuda y desearĂ­a que la mirasen dormir. Suelen mimarla con una sĂĄbana blanca. A veces, cualquier harapo sirve, pero al final, acaba con toda su vergĂŒenza exultante, demostrĂĄndonos que estĂĄ ahĂ­. Tiene sueños pulcros —rotos por un despertador— que rompe al zumbido, en el instante que el alba, comienza a agotarse y busca refugio en Morfeo. Padece de insomnio constante. AdemĂĄs, no se puede reprimir salir a las calles desoladas, a cebarse con la primera vida del dĂ­a. La muerte tiene un horario de gasolinera 24h. No stop. Parece volver a su cripta como un vampiro. Empero, no tiene a nadie que la espere y charle con entusiasmo del devenir de su jornada. No tiene liberados sindicales, porque todos pertenecen a su multinacional y ella dicta las normas. Ni festivos, ni vĂ­rgenes ni patrones que crucificar. Ya estĂĄ ella para hacerlo. ¿Creen que lo han visto todo de la muerte? Pues, sepan que las hay de muchos colores y formas. No obstante, tras su pĂ©rfida mascara, siempre es la misma. A la muerte no le besar nadie, ni follar, ni juguetear en eso del precalentamiento. No sabe de sexo ni de multisexo. Si te encuentras con una muerte de la vieja escuela, suele poner su rĂșbrica en su blog cada 75 años. Hoy estĂĄ de bajĂłn, pues, dice que Googlelandya le va a cerrar su cuenta y no tendrĂĄ donde apuntar, sus hazañas. Dicen que estĂĄ muerte estĂĄ cansada, no hay quien se lo crea, ni en un billĂłn de años. Pero, algo de runrĂșn le comĂ­a con lo de su cierre virtual. Un amigo osĂł decirme —que la muerte era analfabeta— que tan sĂłlo con la huella del pulgar y un poco de tinta, para ir apañada, para seguir a lo suyo.—Ay, ingenuo de Eugenio, quĂ© poco conoces de ese jinete y su hoz.



La muerte habla mĂĄs de 300 lenguas y sabe escribirlas a mano y dos manos delante de un teclado de un Apple Mac o un clĂłnico chino. ConociĂł Android, cuando nosotros Ă­bamos con un mĂłvil dando voces. ¿Y quĂ© decir de OS o cualquier algoritmo de Ășltima generaciĂłn. PregĂșntale por los chinos?—Entonces, es algo que va dejando su rastro toda la vida?—Premio, Eugenio, me gusto el ingenio. La muerte no lee novelas, igual que Umbral, que decĂ­a:—No se fĂ­en del hombre que a los 40 comienza a leer novelas. Es astuta y sibilina. Aunque, eso, sĂ­ hojear libros de arte y pintura; es su debilidad. Miren las pinturas de los mejores museos antes del apocalipsis de 2020 e imaginen  sus cuadros—Se pregunta ¿QuĂ© quĂ© clase de vida debieron de llevar antes de fagocitarlos?—RĂ­e a carcajadas. Se desternilla hasta llorar de hilaridad. La muerte tiene remembranzas, pero andan demasiado borrosas.  Duda si estos, son sueños eufĂłricos o chocheo de la edad. No es lo mismo un sueño de ella, que la realidad diaria. La Ășltima vez que se confesĂł delante de un youtuber —que falleciĂł por exceso de peso— recodaba de su infancia, al perro Lassie. Claro que se atropellaba, pues, no recuerda si era un Collie o un Setter. TambiĂ©n se pone evocadora, pensado que en el antiguo Egipto, dice que fue Nefertiti, Bugs Bunny comiendo una zanahoria o Torrebruno comiendo la cabeza en TVE a los chavales. La muerte ve el futuro como un ovillo de lana azul con el que poder hacerse un jersey, y protegerse asĂ­ del frĂ­o de las Ășltimas mil trescientas noches. Cree que el cambio climĂĄtico es un invento de unos tipos muy listos que se estĂĄn haciendo de oro. Nadie quiere hablar de periodos interglaciares. Pero, ella, podĂ­a hacer millones de tesis doctorales sobre climatologĂ­a y contar las fantasĂ­as sexuales, a bordo, de un Mamut. A veces, esa misma muerte, le encanta oĂ­r —acurrucada— historias de miedo alrededor de una fogata, no obstante, es tan fisgona y ansiosa que suele acercarse mĂĄs de la cuenta al trovador que da fe de las crĂłnicas.


Éste, curiosamente, se queda como una estatua de hielo; silente, y ella, con la imperecedera incertidumbre de cĂłmo concluyen. Y alguien se levantĂł de aquella taciturna velada para preguntarle a la jodida muerte:—Eres insignificante y nauseabunda. No sabes nada de mĂ­—repetĂ­a  el trovador. Harto de tu asqueroso trabajo, enmohecida por el paso del tiempo, asomĂĄndote cuando te sale de los huevos. Y cuando te envalentonas y sueles venir en compañía de mĂĄs gentuza de tu calaña. Borrachos de maldad que reĂ­ais hasta el amanecer. Si el miedo lo provoca el momento previo, el instante de dolor o la agonĂ­a al que nos podrĂ­amos enfrentar. Debemos estar conscientes, pues, esos mismos espantajos que por su negligencia hace 365 dĂ­as proyectaron un exterminio de los hombres y mujeres mĂĄs sabios del paĂ­s. Mientras miles de familias se desesperaban y se lamentaban de la desdicha de saber que de pronto, comenzaron a ver como perdĂ­an, sus queridos pĂĄter y mater familias. SĂłlo quedo aquella frase del sabio que espetĂł:—: ¡No llorĂ©is, amigos mĂ­os; pues la muerte alcanza a todos los hombres y yo no soy mĂĄs que un hombre de los muchos que ha habido y de los muchos que habrĂĄn. Se equivocaba el dios y los desgraciados que no quisieron hacer caso a la fĂĄbula de la cigarra y la hormiga o al cuento de los tres cerditos! No os preocupĂ©is que a cada cerdo le llega su San MartĂ­n y esos 84.000 muertos de una pandemia descontrolada y caprichosa; por la desidia de esos que se creen que estĂĄn por encima del bien y del mal: heredarĂĄn el reino de los cielos


¡Mueran los sabios viejos, pues, sus votos estĂĄn corrompidos y apolillados como sus cuerpos arrugados de aguantar una posguerra demoledora! ¿QuiĂ©nes levantaron hogares sin libertad. Inventaron mil historias con las que sacar adelante a sus hijos? Esos hijos, que no han tenido el derecho a despedirse de ellos personalmente. Claro la muerte, es azar. Pero tambiĂ©n, la negligencia provoca muerte. Se acerca el puente de San JosĂ© y muchos hijos e hijas de muy buena gente, no pueden mirar atrĂĄs. Los Idus de Marzo de 2020, son parte de nuestra mĂĄs nefasta historia. PodrĂ­an no ser las peores sensaciones que vayamos a tener en nuestra vida. Empero, la muerte se aliĂł con los mediocratas, antojadizos mastuerzos que liquidaron por las urgencias de la muerte a 84.000 almas. Otros organismos hilan mĂĄs fino y se van a los 104.000. Nadie conoce unos nĂșmeros exactos de nuestras vidas. De igual modo, que nunca sabremos el de nuestros natalicios ni el de nuestros Ăłbitos. Tal vez, un dĂ­a llegarĂĄ algo llamado karma, subido a un hermoso corcel, en forma de espĂ­ritu. Lo mĂĄs parecido a un ejĂ©rcito de caminantes muertos, con la gallardĂ­a de ajustar cuentas. TodavĂ­a el hedor de esos pusilĂĄnimes hombres y timoratos tuercebotas: insulta la inteligencia. En ese instante previo, a la alegrĂ­a de vivir, en su defecto; la muerte. Uds. Tienen la pelota en su tejado, si no quieren contar la verdad. Siempre nos quedarĂĄ la muerte, a ella le podemos preguntar. En el fondo, yo ya estoy muerto.





Dedicado a la memoria de todos los fallecidos de Covid19 desde el 8 de Marzo de 2020 en España



Fotogramas adjuntos

City of Fear (1959) by Irving Lerner

Light of My Life (2019) by Casey Affleck

The Killer That Stalked New York (1950)  Earl McEvoy

NosferatĂș (1979) by Werner Herzog

 





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