PregĂșntale a la muerte
A
la muerte le gusta dormir desnuda y desearĂa que la mirasen dormir. Suelen
mimarla con una sĂĄbana blanca. A veces, cualquier harapo sirve, pero al final,
acaba con toda su vergĂŒenza exultante, demostrĂĄndonos que estĂĄ ahĂ. Tiene sueños pulcros —rotos por un despertador— que rompe al zumbido, en el instante que
el alba, comienza a agotarse y busca refugio en Morfeo. Padece de insomnio
constante. AdemĂĄs, no se puede reprimir salir a las calles desoladas, a cebarse
con la primera vida del dĂa. La muerte tiene un horario de gasolinera 24h. No
stop. Parece volver a su cripta como un vampiro. Empero, no tiene a nadie
que la espere y charle con entusiasmo del devenir de su jornada. No tiene
liberados sindicales, porque todos pertenecen a su multinacional y ella dicta
las normas. Ni festivos, ni vĂrgenes ni patrones que crucificar. Ya estĂĄ ella
para hacerlo. ¿Creen que lo han visto todo
de la muerte? Pues, sepan que las hay de muchos colores y formas. No obstante, tras su pérfida mascara,
siempre es la misma. A la muerte no le besar nadie, ni follar, ni juguetear en
eso del precalentamiento. No sabe de sexo ni de multisexo. Si te encuentras con
una muerte de la vieja escuela, suele poner su rĂșbrica en su blog cada 75 años.
Hoy estĂĄ de bajĂłn, pues, dice que Googlelandya le va a cerrar su cuenta y no
tendrå donde apuntar, sus hazañas. Dicen que estå muerte estå cansada, no
hay quien se lo crea, ni en un billĂłn de años. Pero, algo de runrĂșn le comĂa
con lo de su cierre virtual. Un amigo
osĂł decirme —que la muerte era
analfabeta— que tan sĂłlo con la huella del pulgar y un poco de tinta, para
ir apañada, para seguir a lo suyo.—Ay,
ingenuo de Eugenio, qué poco conoces de ese jinete y su hoz.
La
muerte habla mĂĄs de 300 lenguas y sabe escribirlas a mano y dos manos delante
de un teclado de un Apple Mac o un clĂłnico chino. ConociĂł Android, cuando
nosotros Ăbamos con un mĂłvil dando voces. ¿Y
quĂ© decir de OS o cualquier algoritmo de Ășltima generaciĂłn. PregĂșntale por los
chinos?—Entonces, es algo que va dejando su rastro toda la vida?—Premio,
Eugenio, me gusto el ingenio. La muerte no lee novelas, igual que Umbral, que
decĂa:—No se fĂen del hombre que a los 40
comienza a leer novelas. Es astuta y sibilina. Aunque, eso, sĂ hojear
libros de arte y pintura; es su debilidad. Miren las pinturas de los mejores
museos antes del apocalipsis de 2020 e imaginen sus cuadros—Se
pregunta ¿QuĂ© quĂ© clase de vida
debieron de llevar antes de fagocitarlos?—RĂe a carcajadas. Se desternilla
hasta llorar de hilaridad. La muerte tiene remembranzas, pero andan
demasiado borrosas. Duda si estos, son
sueños eufóricos o chocheo de la edad. No es lo mismo un sueño de ella, que la
realidad diaria. La Ășltima vez que se confesĂł delante de un youtuber —que falleciĂł por exceso de peso—
recodaba de su infancia, al perro Lassie. Claro que se atropellaba, pues, no
recuerda si era un Collie o un Setter. También se pone evocadora, pensado que
en el antiguo Egipto, dice que fue Nefertiti, Bugs Bunny comiendo una zanahoria
o Torrebruno comiendo la cabeza en TVE a los chavales. La muerte ve el futuro como un ovillo de lana azul con el que poder
hacerse un jersey, y protegerse asĂ del frĂo de las Ășltimas mil trescientas
noches. Cree que el cambio climĂĄtico es un invento de unos tipos muy listos que
se estĂĄn haciendo de oro. Nadie quiere hablar de periodos interglaciares. Pero,
ella, podĂa hacer millones de tesis doctorales sobre climatologĂa y contar las
fantasĂas sexuales, a bordo, de un Mamut. A veces, esa misma muerte, le
encanta oĂr —acurrucada— historias de
miedo alrededor de una fogata, no obstante, es tan fisgona y ansiosa que suele acercarse
mĂĄs de la cuenta al trovador que da fe de las crĂłnicas.
Ăste, curiosamente, se queda como una estatua de hielo; silente, y ella, con la imperecedera incertidumbre de cĂłmo concluyen. Y alguien se levantĂł de aquella taciturna velada para preguntarle a la jodida muerte:—Eres insignificante y nauseabunda. No sabes nada de mĂ—repetĂa el trovador. Harto de tu asqueroso trabajo, enmohecida por el paso del tiempo, asomĂĄndote cuando te sale de los huevos. Y cuando te envalentonas y sueles venir en compañĂa de mĂĄs gentuza de tu calaña. Borrachos de maldad que reĂais hasta el amanecer. Si el miedo lo provoca el momento previo, el instante de dolor o la agonĂa al que nos podrĂamos enfrentar. Debemos estar conscientes, pues, esos mismos espantajos que por su negligencia hace 365 dĂas proyectaron un exterminio de los hombres y mujeres mĂĄs sabios del paĂs. Mientras miles de familias se desesperaban y se lamentaban de la desdicha de saber que de pronto, comenzaron a ver como perdĂan, sus queridos pĂĄter y mater familias. SĂłlo quedo aquella frase del sabio que espetĂł:—: ¡No llorĂ©is, amigos mĂos; pues la muerte alcanza a todos los hombres y yo no soy mĂĄs que un hombre de los muchos que ha habido y de los muchos que habrĂĄn. Se equivocaba el dios y los desgraciados que no quisieron hacer caso a la fĂĄbula de la cigarra y la hormiga o al cuento de los tres cerditos! No os preocupĂ©is que a cada cerdo le llega su San MartĂn y esos 84.000 muertos de una pandemia descontrolada y caprichosa; por la desidia de esos que se creen que estĂĄn por encima del bien y del mal: heredarĂĄn el reino de los cielos
¡Mueran los sabios viejos, pues, sus votos
estĂĄn corrompidos y apolillados como sus cuerpos arrugados de aguantar una
posguerra demoledora! ¿QuiĂ©nes levantaron
hogares sin libertad. Inventaron mil historias con las que sacar adelante a sus
hijos? Esos hijos, que no han tenido el derecho a despedirse de ellos
personalmente. Claro la muerte, es azar. Pero también, la negligencia provoca
muerte. Se acerca el puente de San José y muchos hijos e hijas de muy buena
gente, no pueden mirar atrĂĄs. Los Idus
de Marzo de 2020, son parte de nuestra mĂĄs nefasta historia. PodrĂan no ser
las peores sensaciones que vayamos a tener en nuestra vida. Empero, la muerte se aliĂł con los
mediocratas, antojadizos mastuerzos que liquidaron por las urgencias de la
muerte a 84.000 almas. Otros organismos hilan mĂĄs fino y se van a los 104.000.
Nadie conoce unos nĂșmeros exactos de nuestras vidas. De igual modo, que nunca
sabremos el de nuestros natalicios ni el de nuestros Ăłbitos. Tal vez, un
dĂa llegarĂĄ algo llamado karma, subido a un hermoso corcel, en forma de
espĂritu. Lo mĂĄs parecido a un ejĂ©rcito de caminantes muertos, con la gallardĂa
de ajustar cuentas. TodavĂa el hedor de esos pusilĂĄnimes hombres y timoratos
tuercebotas: insulta la inteligencia. En ese instante previo, a la alegrĂa de vivir, en su defecto; la
muerte. Uds. Tienen la pelota en su
tejado, si no quieren contar la verdad. Siempre nos quedarĂĄ la muerte, a ella
le podemos preguntar. En el fondo, yo ya estoy muerto.
Fotogramas adjuntos
City
of Fear (1959) by Irving Lerner
Light of My Life (2019) by Casey Affleck
The Killer That Stalked New York (1950) Earl McEvoy
NosferatĂș (1979) by Werner Herzog





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