La vendedora de venenos añejos
Mis
manos han empaquetado lirios violetas de Habsburgo para ataques cardíacos.
Tulipanes de ambrosía azul para cábalas suicidas. Rosas de jengibre salvia para
tratar aneurismas. Durante generaciones, mi familia cultivó, todo tipo de tés
venenosos en el patio viejo victoriano blanquecino que asomaba detrás del salón.
También recuerdo, el timbrazo de turno, en casa y como nosotros —muy
hospitalarios—, mostrábamos a cualquier extraño: el salón de té. Sentados en
una habitación iluminada por el sol que alberga orquídeas lloronas y alfombras
persas añejas. Los huéspedes examinaron nuestro menú de té de pan de oro. Nunca
nos dijeron a quién planeaban matar, y, nunca preguntamos. Eso era de muy mal gusto. Mientras mamá cuidaba de los clientes,
yo mimaba y hacendaba las cosas bonitas y mortales del jardín botánico.
Después, que ella muriese, me hice cargo del negocio familiar, y fue entonces,
cuando mis hermosas flores comenzaron a pudrirse. Había pasado un mes, de la
muerte de mi madre, y leí el obituario sobre la muerte de Cipriano Cortés.
Reconocí a su esposa Flavia por la foto de la boda en su esquela. Había usado
la misma sonrisa de plástico; que cuando había rozado sus uñas rosadas en
nuestro menú de té, seleccionando fríamente una bergamota naranja italiana que
induce a los golpes de tos. Recuerdo, el bolso Gucci, de Flavia y los brazos
bañados por el sol, forrados con brillantes, de pulseras de tenis, que me
irritaron. Claramente llevaba una vida privilegiada, por lo que sus motivos
para envenenar a su esposo parecían ambiguos. Y, si, podría darse el caso, que
tal vez, abusó de ella: vejándola y dejándola sin opción. Por la tarde,
aprovechando las últimas horas del día, regresé al jardín. El sudor goteaba por
mi columna vertebral mientras cavaba profundamente en el suelo húmedo; su olor
a tierra, inundaba mi nariz. El aire de julio estaba lleno del dulce aroma a
magnolia, que competía con el olor de la suciedad y el ácido mador. Las
margaritas de fuego que injerté con azafrán negro fueron un ingrediente clave.
Auténtica joya, de una muy vetusta receta, familiar para inducir la septicemia.
Durante
años, me había sumergido en mi jardín, escuchando cantos de aves y podando
flores. El exuberante paisaje me ayudó a olvidar que la venta de venenos
mantenía a nuestra familia rica. El negocio familiar era lo único que tenía y
sabía, como llevarlo. Poseía una habilidad innata, para manejarlo —considerando— ya que su ética; cuestionaba mi identidad. Había enterrado mi
vergüenza por matar inocentes hace mucho tiempo. Empero, mis recientes tratos
con nuestros clientes más desagradables habían desenterrado esa culpa. «Raquel,
nunca hagas preguntas que no quieres que respondan»— decía mi madre. Una al
lado de la otra, silenciosamente en el jardín, escardábamos, cortábamos,
plantábamos, disfrutando de la presencia de cada una. Su ausencia dejó un
enorme agujero en mi corazón. Una pregunta zumbaba en mi oído como una mosca
incesante. ¿Por qué Flavia mató a su marido? No tenía derecho a juzgarla. Mi
familia era una mafia de facto. Pero el perfume de caramelo de Flavia me
irritaba. Era como un insecto invasor en mi jardín, un recordatorio constante
del papel que había jugado en la muerte de Cipriano. Encontrar la dirección de
Flavia no fue difícil. Estacioné al otro lado de la calle de su mansión gótica
de tres pisos con su delicado adorno de pan de jengibre. Pasaron varias horas y
nadie entró ni salió. Cayó la noche, y el implacable gemido de las cigarras
llenó el aire. Alrededor de la medianoche, un hombre alto y barbudo tocó el
timbre de Flavia. Abrió la puerta con un kimono de estampado floral y dejó
entrar al hombre con una facilidad que sugería familiaridad. Esperé hasta las 3
a.m., pero el hombre nunca se fue. Su marido no había estado muerto una semana,
y Flavia ya se estaba copulando con otra persona. —Demasiado curioso.
Al día siguiente, ya entrada la tarde; arreglé el té en el salón. Puse dos de las tazas del
sabroso brebaje de rosas de mi abuela. Unas cucharaditas con mango de oro y
cubos de azúcar moreno, en tazones de vidrio venecianos soplados a mano.
Durante el tiempo de mi abuela, las personas alegan sus casos en nuestro salón
antes de venderles nuestros tés. Ahora, los vendemos a cualquier criminal común
sin considerar las consecuencias.
El timbre silbó.
Le mostré a Flavia Cortés el salón. El chasquido de sus Manolos plateados en el piso de madera era ensordecedor. Después de contemplar un paisaje renacentista de María Antonieta en el jardín de Versalles, se sentó en una silla de terciopelo púrpura y alisó su vestido de seda azul. —«Entonces, ¿por qué querías verme?» Me senté frente a ella. —«Nunca recibí tu transferencia bancaria para el té de bergamota».—«Oh, eso es extraño». Su frente se arrugó.— «Lo comprobaré con mi banco».—Gracias. Flavia no me debía dinero. Sólo quería que respondiera una pregunta. —¿Por qué mataste a tu marido?
Flavia
cogió su bolso, y yo me estremecí. Sacó un cigarrillo y lo encendió. «Cipriano
iba a divorciarse de mí por tener una aventura y dejarme sin un céntimo», dijo
claramente, tomando un arrastre. "Difícilmente puedes culparme. No era
exactamente, ese, Don Juan en el saco".
Flavia era tan fría e inhóspita como un jardín de invierno. Sus ojos permanecieron secos. ¿Cómo podía sentir tan poco remordimiento por el hombre con el que había compartido cama? Serví dos tazas de té con aroma a azafrán. Flavia levantó una ceja, de un modo, que recordaba a Ancelotti.
—«Es solo té de Ceilán». —Me reí. «Aburrido, té negro, de Sri Lanka».
Ella me vio poner mi taza en mis labios. —«No soy una mala persona», dijo, tomando un sorbo, manchando la taza de té con lápiz labial Chanel fresa. Me acabo de acostumbrar a cierto estilo de vida. No podía renunciar al modo de vivir —que conocía — más de lo que Flavia podía. Ella era, de algún modo, mi yo, sombra. Pero ambas no podríamos existir en el mismo mundo. Ella miró el vasto jardín fuera de la ventana. Creo que me entiendes. «Sí». —Asentí, lentamente. —«Lo entiendo, perfectamente». Contuve la respiración mientras el péndulo del reloj del abuelo oscilaba. Flavia dejó escapar un jadeo tirando a arcada horrible y se agarró el pecho. La taza de té de mi abuela cayó de sus dedos y se rompió en el piso de madera. Fragmentos de rosas cubiertos de té y pétalos de margaritas yacían junto a los pequeños pies imbuidos es unos silentes Blahnik. El cigarrillo ardiente, que saqué, de los quietos dedos de Flavia tenía un sabor agradable y ceniciento. Extrañamente, no sentí pena o remordimiento, tan solo, alivio. Arrastré el cuerpo de Flavia al jardín de los prodigios. Plantaría árboles frutales sobre su tumba, probaría algunas recetas nuevas. Tal vez, un veneno de té de manzana dulce. Teniendo a Flavia fuera de juego; podría empezar de nuevo. Solo venderé tés a personas victimizadas sin ningún otro recurso. Devolver el honor a nuestro negocio familiar. La abuela estaría muy orgullosa.
FIN
Fotogramas
adjuntos
Notorius (1946) By Alfred Hitchcock
Diabolique (1996) Jeremiah Chechik
Another
Man's Poison (1951) By Irving Rapper
Veneno
para las hadas (1986) Carlos Enrique Taboada





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