Marcel Proust: 100 años de intacta genialidad. 35 años después, aquel ingenuo recluta, sigue leyendo en Toledo

diciembre 05, 2022 Jon Alonso 1 Comments


 

En la década de los años 20, uno de los muchos críticos literarios que han dicho de todo sobre Proust, afirmó lo siguiente; "puede que no sea lo que su héroe se propuso ser en su infancia, el mejor escritor del mundo, pero él es uno de esos". Es una afirmación realmente, hermosa, cuasi cristalina. Creo que es una de esas frases a la que todo escritor le gustaría, un día cualquiera, dijeran sobre él. Tenía 19 años, siendo un recluta, en la Academia de Infantería, hace ahora, 35 años. Alguien me dijo que la biblioteca era realmente fascinante y tenía 10 meses, por delante de mucha mili. Nunca pude llegar a imaginarme que, aquel lugar tan exquisito, pudiera darme tan gratas alegrías. Una tarde fría, como la de hoy, ensimismado en la vetusta biblioteca de la Academia de infantería toledana; todo se paró delante de mí. Un arrebato, para un chaval rebelde, que observaba la belleza de aquel lugar y la gran cantidad de joyas de negro sobre blanco, encuadernados en hermosos lomos: Moravia, Kafka o Twain… De verdad, que aquellas personas que piensen, en esto de lo castrense como un lugar de salvajes y pshychokillers (algún que otro, como en toda familia), pero cavilen en Garcilaso de la Vega o Calderón de la Barca, insignes infantes de Toledo. Pero mi mayor gloria, estaba a un metro, cuando me di de bruces con un tal Marcel Proust. Todavía tengo el recuerdo, del olor de las literas a hachís y colonia Brummel, mientras encendía un pitillo de Fortuna, en las tediosas tardes de verano. Mientras leía las páginas de El amor  de Swann. Los días pasaban entre el abrasador calor manchego y las actividades de instrucción, en tácticas de combate, por un campo de tiro y maniobras que estaba lleno de conejos con mixomatosis. Imagínense de que maneras llegue a hacerme una idea del rostro de Odette. Luego, llegas a la conclusión, que tras el paso de esos 35 años y mi primer encuentro con Proust —que el fenómeno francés— tiene razón: la lectura temprana nos trae el mundo que nos rodea, con palabras. Cuando presenta la tesis del escritor que mayor influjo produjo al escritor galo, John Ruskin, éste, aún no ha escrito “En busca del tiempo perdido”, continúa con su himno a la lectura. Esta última, para el escritor inglés, según explica Proust, “exactamente una conversación con hombres mucho más sabios e interesantes que los que podamos tener la oportunidad de conocer a nuestro alrededor”. Una pura maravilla, entonces. Al desafiar a Ruskin en un punto, Proust va más allá. La noción de “conversación”, matiza, quizás no sea la más adecuada para “llegar al corazón mismo de la idea de lectura”. De hecho, podemos tener amigos preciosos y brillantes con quienes conversar. Sin embargo, la principal diferencia “entre un libro y un amigo no es su mayor o menor sabiduría, sino la forma en que nos comunicamos con ellos, la lectura, a diferencia de la conversación, que consiste para cada uno de nosotros en recibir comunicación de otro pensamiento, pero permaneciendo solo, es decir, continuando gozando de la potencia intelectual que se tiene en la soledad y que la conversación disipa inmediatamente, sin dejar de poder inspirarse, de permanecer en pleno trabajo fecundo de la mente sobre sí misma”. Proust habla, por tanto, del "milagro fecundo de la comunicación en la soledad", precisando, sorprendentemente, que esta grandeza de la lectura es también lo que determina su inconcluso y lo que debe hacernos tomar conciencia del "papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede jugar en nuestra vida espiritual”. ¿Sería por tanto una maravilla necesaria pero insuficiente? Leer, escribe Proust, es una amistad” que “se dirige a un muerto, a un ausente”, y eso tiene su precio. Los libros, prosigue el escritor, no exigen amabilidad por nuestra parte y por tanto permiten la “amistad sincera”. No los frecuentamos para complacerlos, sino porque “queremos”. En el centenario de la muerte de ese genio, de ojos expresivos, eso nunca ha sido más cierto de lo que es ahora, como lo demostraron algunos de los escritos ocasionados aprovechando la celebridad, de la publicación: El amor de Swann, el primer volumen de la obra magna de Proust.



Es casi imposible encontrar un artículo sobre el aniversario que no contenga la palabra "magdalena”. "De todo lo que se ha escrito de Marcel Proust" y escribió: "poco se ha dicho de lo que está contribuyendo a la novela en este hito creciente". Algunos críticos la descartan como una novela de modales; Otros lo aprecian como un producto de estilo. Nadie ha señalado que "La búsqueda del tiempo perdido" es un renacimiento e incluso, una recreación de la materia vieja y el viejo método en nuevos efectos, es lo que toda novela debería ser: un descubrimiento de algo nuevo tanto en la vida como en el arte, en la literatura mundial. Esta novela no tiene héroe, ningún personaje dominante cuyo destino sea la preocupación del lector. Sin embargo, a menos que el lector de estos volúmenes vea que el carácter anónimo, negativo e impersonal del niño, niño y joven que sucesivamente tiene el lugar de héroe es un triunfo de la habilidad creativa, tanto más poderoso porque su discreción es el punto de vista desde el cual observa, analiza, proyecta, pinta grupos enteros, se pierde la primera maravilla de la habilidad de M. Proust... El prólogo, un exquisito ensueño, establece el estado de ánimo poético del héroe, cómo debe ver su mundo. Tal vez nunca se haya demostrado que la memoria sea lo que Platón la llamó: la madre de las Musas. El dolor, la sensibilidad, el sufrimiento inexplicable de un niño nunca se han destilado en una poesía más melancólica. La psicología infantil tiene algo precioso en estas páginas, tal como lo tiene en "Retrato del artista" de James Joyce. El método de M. Proust es de los dos el más racional...La poesía se profundiza a medida que la memoria penetra sin miedo en el santuario de la emoción, la pasión, la belleza de todo tipo. Un joven temperamental e intelectual y su mundo viven para nosotros de nuevo, un mundo donde el pálido elenco de pensamiento admite poca alegría, pero toca en cambio nuevos temas toda una época donde el estado de ánimo da perspectiva a todas las escenas. ¡Cómo todo se expande y profundiza porque el revivir mental acelera la conciencia a un poder casi mágico! En el estilo más reciente, Las ciudades de la llanura o Sodoma y Gomorra, en 1928, el crítico Joseph Wood Krutch revisó cada nueva traducción de Moncrieff a medida que se publicaban. Quizás la característica más reveladora de la serie de reseñas, extraída a continuación, es que casi todas y cada una de ellas llaman a cada libro sucesivo bajo revisión al menos tan bueno, si no mejor, que sus predecesores. Uno "no cede a ninguno de los volúmenes anteriores en interés o belleza"; otro "es al menos un ejemplo tan llamativo como cualquier otro de la naturaleza de esa sensibilidad que le es peculiar"; y otro, el último, es "más esencial que cualquiera de los otros volúmenes individuales para una comprensión de Proust". Al leer las críticas (no recopiladas) de Krutch sobre Proust ahora, uno se despierta no solo al poder de la escritura de Proust y de los mejores escritos sobre Proust, sino también a la emoción que debe haber sido leer su trabajo, como escribió Krutch, "como han aparecido uno por uno" en lugar de "de un solo trago". Empero, Proust es una gran fiesta: y luego nos encontraremos con decenas y decenas de celebraciones, salones, grandes hoteles, grandes cenas, como si la vida se manifestara al máximo en su relación entre verdad y ficción precisamente en estos rituales mundanos. Estamos en los años treinta,  el príncipe Jean-Louis de Faucigny-Lucinge, su pareja —Baba d´ Enlanger— da una fiesta temática sobre la moda entre 1880 y 1905, y ya algunos de sus invitados aparecen vestidos como personajes de la búsqueda. En su colosal obra, Proust había trasladado la nobleza al arte, ahora la nobleza traslada su arte a la mundanalidad. El ciclo se cierra perfectamente. El joven Marcel Proust, hijo de un médico y científico burgués y del descendiente de una familia de corredores de bolsa judíos, entra en el círculo de la aristocracia, haciéndose apreciar por sus cualidades de hombre de mundo, un conversador brillante, misterioso y muy nocturno. ”Dolorida, enfermiza, muy pálida, translúcida, lunar”, como la describiría Maurice Duplay. La mariposa, especie de arcángel inquieto e inquietante, ha elegido a los aristócratas: los mejores se mezclan con ellos, los únicos cuya superioridad tiene algo de natural y desmotivado. Entonces la mariposa, invirtiendo el curso de las cosas, se transformará en crisálida, en la más severa de las metamorfosis.




Cerrándose en sí mismo, en la oscuridad asfixiante de su enfermedad y de su habitación, consagrando su vida a la composición de una obra-mundo como En busca del tiempo perdido, con sus siete volúmenes, desde Swann's Road estrenada en 1913 hasta Il tempo recuperado, lanzado póstumamente en 1927. Una vida transcurrida entre los salones más célebres de la época, que el crítico  Scaraffia describe con un garbo y una simpatía irónicos y cómplices, entre Madame Lemaire, Madame d'Aubernon, entre la Condesa de Chevigné nacida Sade, descendiente de la Laura de Petrarca y del Divino Marqués y del Conde Roberto de Montesquiou, dandy y poeta, acaba cerrándose, envolviéndose... En un apartamento burgués, o mejor dicho en una habitación individual en penumbra, con alfombras clavadas en el suelo, paredes revestidas de corcho, y cápsulas de algodón empapadas de cera en las orejas para hacer aún más completo el desapego del mundo. Sin embargo, todo ese mundo, fatuo y como si hubiera sobrevivido, presta sus rostros a los personajes principales de la Recherche: la señora Verdurin, la duquesa de Guermantes, el conde Charlus no habrían nacido si Proust no hubiera buscado y frecuentado ese mismo mundo. Además de los aristócratas, Proust entra en contacto con políticos, músicos, escritores: Anatole France, Oscar Wilde, de quien sólo recuerda la corbata gris tórtola. D'Annunzio, que hace un chiste mordaz sobre el pobre Fogazzaro, Gide, con en el que habla del «uranismo», como entonces se definía la homosexualidad pasiva. Y conoce amigos como Reynaldo Hahn, músico, con quien tiene su primera relación homoerótica: es él quien relata el primer afloramiento de la llamada memoria involuntaria en el futuro escritor, encantado y perdido frente a una rosaleda en La casa de campo de Madame Lemaire, o como Alfred Agostinelli, el chófer, y Albert Nahmias, el secretario, ambos se fundieron en el personaje de Albertine. Pero el centro de su vida es su madre, Jeanne Weill, quien, consciente del genio de su hijo, sin embargo lo trata como a un niño retrasado: el beso perdido de su madre a la edad de siete años es la fuente de un trauma incurable para él, que cuando se le pregunta en el cuestionario: cuál es el colmo de la infelicidad, responderá: estar separado de mi madre. Antes de morir cuidado por la fiel Céleste, la última palabra que pronunció fue: madre. A Proust le encantaba concertar citas en el hotel Ritz a la una de la madrugada, derrochando todo el dinero en propinas, como aquella vez que, con los bolsillos vacíos, se encontró pidiéndole al portero 50 francos prestados, y luego se los dio. Volver a él diciendo: ¡Son tuyos! Le encantaba vestirse a la moda de su juventud, forraba sus abrigos con pieles y temía el sombrero de copa en la cabeza porque siempre tenía frío. La rica anécdota que nos sirvió la jugosa idea de aquellos mecenas de arte británicos Sydney y Violet Schiff conspirando para reunir, en su opinión, a los cuatro artistas vivos más importantes: Pablo Picasso, Igor Stravinsky, Marcel Proust y James Joyce. Al igual que con cualquier velada artística, los relatos de la noche varían enormemente. Según el libro de Craig Brown, “Hello Goodbye Hello: A Circle of 101 Remarkable Meetings”, Joyce llegó "en mal estado y borracho" y estaba terminando su día justo cuando Proust —que apareció a las 2 de la mañana— estaba comenzando el suyo. Cualquiera que sea la cuenta que elijas creer (y hay muchas), los dos no se llevaron bien. Estos son solo algunos: Como le dijo James Joyce muchos años después a Jacques Mercanton: "Proust hablaba sólo de duquesas, mientras que yo estaba más preocupado por sus camareras". Como le dijo James Joyce a su amigo cercano Frank Budgen: "Nuestra charla consistió únicamente en la palabra "No". Proust me preguntó si conocía al duque de fulano de tal. Le dije: "No". Nuestra anfitriona le preguntó a Proust si había leído tal o cual pieza de Ulises. Proust dijo: "No". Y así sucesivamente. Por supuesto, la situación era imposible. El día de Proust apenas comenzaba. “El mío había llegado a su fin". Como dijo William Carlos Williams: Joyce: —He tenido dolores de cabeza todos los días. Mis ojos son terribles. Proust: —Mi pobre estómago. ¿Qué voy a hacer? Me está matando.



De hecho, debo irme de inmediato. Joyce: Estoy en la misma situación. Si puedo encontrar a alguien que me tome del brazo. ¡Adiós! Proust: Charmé. ¡Oh, mi estómago! Como lo dicho por Ford Madox Ford: Proust: Como digo, Monsieur, in Du Côté de chez Swann, que sin duda usted tiene – Joyce: No, Monsieur. (Pausa) Joyce: Como dice el Sr. Bloom en mi Ulises, que, Monsieur, sin duda ha leído... Proust: Pero no, Monsieur. (Pausa) Proust se disculpa por su llegada tardía, atribuyéndola a la enfermedad, antes de entrar en los síntomas con cierto detalle. Joyce: Bueno, Monsieur, tengo casi exactamente los mismos síntomas. Solo en mi caso, el análisis... Sin embargo, este hombre cuya voz Cocteau juzgaba vacilante y el paso de Colette con él, como de un "joven de cincuenta años", que se convirtió en el autor, en el que muchos reconocen al más grande novelista del siglo pasado. Había en él un hombre de mundo exquisito y exhausto, y tal vez un hombre perseguido por un "viento embravecido", como lo veía Colette. Un artista inquieto e inquietante, que supo, como escribió en su ensayo Contra las tinieblas, que “si el poeta viaja por la noche, debe hacerlo como el ángel de las tinieblas, trayendo luz”. Las conversaciones eran ingeniosas, los salones eran emocionantes y los artistas, incluso los artistas contemporáneos, incalculablemente geniales. En una palabra, respetaba sus deseos, sus gustos y sus diversiones, y por lo tanto, aunque la experiencia podría ser predominantemente dolorosa, no era ni sin sentido ni mezquina. Y ese es quizás el secreto del encanto individual de su mundo. Es uno visto con la libertad crítica del pensamiento moderno y uno en el que gobierna el escepticismo. Sin embargo, también es de alguna manera glamoroso". El filósofo Maurice Merleau-Ponty dijo de la obra “En busca del tiempo perdido” del genio francés dixit: “Nadie ha ido tan lejos como Proust en la fijación de las relaciones entre lo visible y lo invisible, en la descripción de una idea que no es lo contrario de lo sensible, sino algo así como su forro y su hondura”, planteó el filósofo francés Maurice Merleau-Ponty. Quizá que la muerte estuviera rondando tempranamente lo llevó a pulsear contra el paso del tiempo por la vía de la única eternidad a su alcance: el arte literario. Aun para aquellos que reniegan de su estilo, Proust es como un alquimista de la belleza que logra transformar en un milagro imperecedero lo más pequeño e insignificante. Se llegó a decir que Proust era “un Balzac degenerado”. Venía de casa bien, con dinero y no era joven. Además, se cuestionó al jurado y el primer presidente de la Academia Goncourt, Léon Daudet, ya no practicó las condiciones estipuladas. Finalmente, y con una contundente respuesta, Monsieur Daudet, dixit; se ha premiado el talento, no la juventud, y que Proust “se adelanta a su tiempo en más de cien años”. El 21 de diciembre. Lévy, que escribió bajo el seudónimo de André Arnyvelde, al igual que Bois, notó la palidez del rostro del escritor. También mencionó por primera vez en forma impresa la habitación forrada de corcho que se convertiría en legendaria. Exagerando la reclusión de Proust, Arnyvelde escribió que el escritor se había retirado del mundo hace muchos años a un "dormitorio eternamente cerrado al aire fresco y la luz y completamente cubierto de corcho". Proust fue citado diciendo que su reclusión había beneficiado su trabajo: "La sombra, el silencio y la soledad... me han obligado a recrear dentro de mí todas las luces, la música y las emociones de la naturaleza y la sociedad". La neumonía acabó con el talento visionario literario más importante del siglo XX y una última exhalación, Marcel pronunció sus últimas palabras: “¡Oh, sí, mi querido Robert!”. Su corazón dejó de latir con los ojos abiertos; sus ojos hiperexpresivos. Hoy en este 2022 de centenario, también se cumplen 35 años, que este amanuense, vestido de recluta castrense, descubría en la biblioteca de Calderón de la Barca, el Bolo (Toledo), su encuentro con el genio, que una vez volvió a replicar un frase lapidaria: “A veces el futuro está latente en nosotros sin que lo sepamos, y nuestras palabras supuestamente mentirosas presagian una realidad inminente.”



                   Dedicado a la memoria de Dominque Lapierre julio 1931/diciembre 2022 In Memoriam




Fotogramas adjuntados

Marcel Proust retrato

Le Temps retrouvé (1999) by Raoul Ruiz

Portrait-souvenir: Marcel Proust 1962 By Gèrard Herzog

La Captive (2000) by Chantal Akerman

 



Bibliografía consultada y recomendada

A la recherche de Marcel Proust by André Maurois 2003 Ed. Memorie du livre

L'Impossible Marcel Proust By Roger Duchêne 1993 Ed. FeniXX réédition numérique (Robert Laffont)

Marcel Proust et l'existentialisme By Pauline Newman 1953 Ed FeniXX réédition numérique

Hello Goodbye Hello: A Circle of 101 Remarkable Meetings By Craig Brown  2013 Ed. Simon & Schuster








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Honoré Balzac: el realismo, soy yo, la literatura es París y América una gran utopía.

junio 12, 2022 Jon Alonso 0 Comments


 

Balzac nació en Tours, Francia, el 20 de mayo de 1799. Estudio leyes y trabajó algún tiempo como abogado en París. Sin embargo, era tal su pasión por la literatura, que pronto abandonó el Derecho y se dedicó de lleno a las letras. No tuvo éxito; en cambio, cosechó varios fracasos no solo en el ámbito literario sino también en los negocios. La infancia y primera adolescencia de Honoré —al parecer— transcurrieron sin grandes traumas, pero a la sombra de una madre poco dispuesta a brindar ternura y elogios a ese hijo que aún no daba señales de su prodigioso futuro. —Una desgracia de mujer, en fin, nada es seguro en este cruel mundo. La estancia de siete años en el internado de Vendôme, sin embargo, termina dramáticamente: el niño cae “en una especie de coma" que es tanto más preocupante cuanto que los profesores no pueden explicar el motivo. El pequeño Honoré pasaba por un colegial negligente, no podían atribuir ese tipo de enfermedad cerebral a la fatiga intelectual. Balzac es percibido con demasiada frecuencia como un autor enraizado en su tiempo, que no puede separarse de este período bien definido que lo vio vivir y crear. Una suerte de reportero novelista, historiador del presente, sociólogo ante la letra, entregando a sus lectores: una fotografía precisa y detenida de la Francia de antaño. Sin embargo, Baudelaire había advertido: “Me ha sorprendido repetidamente que la gran gloria de Balzac fuera pasar por observador" escribió, en 1859. Todo el mundo lo sabe, la vida de Balzac es una novela. Una novela de la que Gérard Gengembre conoce todos los giros y vueltas. El joven provincial, cuya familia quería que se convirtiera en notario, se convirtió rápidamente en el Rastignac que describiría más tarde. Pierde mucho dinero en una imprenta, escribe bajo diferentes seudónimos, escribe para el teatro. Prueba suerte con el dandismo, pero sin mucho éxito. Es gordo, viste mal, come como un ogro. Él, no es el tipo, de los que las mujeres, adoran en los salones. Lo cual le molesta. La única manera de ganar: escribir. Lo hace obligándose a sí mismo a una disciplina férrea, interrumpida, sólo por breves intervalos de festejo. Firma contratos a derecha e izquierda, contrae deudas que no puede pagar, se traslada al trocadero de Passy, tiene debilidad por las viviendas con salidas ocultas. La modestia no es su fuerte. No tiene miedo a decir: "¡Salúdame, me estoy convirtiendo en un genio!" Esta declaración nos haría sonreír si no supiéramos que Balzac había tenido razón. Ciclo marcado al mismo tiempo por un realismo crudo de un visionario vibrante. Pero, además, toda la aglutinación decimonónica de Balzac, descansa sobre un bulto doloroso, neurótico, obsesivo, que lo hace absolutamente moderno. El escritor, aquí, estaba a punto de cumplir treinta años y allí estaban, por tanto, los mil personajes que poblarían su ciclo, entrando y saliendo, desapareciendo y reapareciendo, incluso después de mucho tiempo y varias novelas. La mente de Balzac, en ese momento, podríamos decir todavía libre, casi libre de todas esas vidas imaginarias, de esos fantasmas, de esos perseguidores. Más bien, estaba lidiando con intentos de escribir en otra naturaleza que luego incluso repudiaría y despreciaría. No es a él, a quien le pedimos mesura o buen gusto.

 


HB es un modelo del exceso. Siempre me había parecido que su principal mérito era ser un utópico. París, la provincia francesa y luego los hombres y mujeres de las clases emergentes, los advenedizos y los sometidos, la nueva burguesía posrevolucionaria y las finanzas con sus leyes despiadadas, la explosión de la multitud en un enjambre indistinto, la ciudad en vías de transformación, lista para convertirse en un lugar de no pertenencia, una fragua de esas masas y dinámicas del sistema hasta ahora inéditas—aquí, todo esto, y mucho más. Lo mismo decía George Sand cuando imaginaba a "esos lectores del año 2000 o 3000" —es decir a nosotros— exclamando frente a la obra de Balzac: "¡Esta es la verdad!" Esto se debe a que sus personajes se han convertido en tipos, avatares atemporales, y algunos de ellos, los más famosos, en mitos. Como Don Quijote, Romeo o Don Juan. Eugene Rastignac se ha convertido en figura, resumen de pasiones universales. Balzac, sin embargo, como sabemos, se inclinaba más hacia el catolicismo y con un aura nostálgica monárquica, de un mundo desaparecido para siempre. Pero el revolucionario y el legitimista tienen este punto en común de tener el mismo adversario: el burgués, a quien Flaubert definió: como “cualquiera que piense mal”. Balzac traza, como un sociólogo, el cuadro del mundo moderno, inspecciona las relaciones de clase y las transformaciones sociales, ya en curso, del siglo XIX, una de las grandes apostillas del maestro: "la acusación más formidable que jamás se haya lanzado contra una civilización". En 1843 escribió un folleto titulado "Periodistas", lleno de chistes, bromas y juicios irreverentes. La categoría en cuestión salió desnuda y con los huesos rotos; el gran escritor, sin embargo, también se desquitó con todos aquellos que forman parte del área y que los periódicos necesitan absolutamente de ellos: políticos, trepadores sociales, profesores (unos años más tarde Schopenhauer los llamará "ganado académico"), empresarios, y un gran largo etcétera. En cierto modo, Balzac también habló mal de sí mismo. El gran escritor utiliza axiomas, o cataloga a la humanidad de manera imaginativa; otras veces se ríe enunciando esas reglas que todos conocen, pero que nadie quiere resaltar. Comencemos con una sentencia suya: “Cuantas menos ideas tienes, más te elevas”; luego agrega el siguiente comentario: "Esta es la ley en virtud de la cual estos globos filosófico/literarios llegan necesariamente a cualquier punto del horizonte político". Sí, la política. Con este material realmente te diviertes, ya que lo lúdico era parte de su vida.

 

 


 

Balzac escribe en su panfleto: "Un político es un hombre que ha entrado en un negocio, o está por entrar, o se ha ido y quiere volver a entrar". No es suficiente. Inmediatamente después: “Este hombre es a veces un mito; no existe, no tiene dos ideas: si llegara a ser subjefe, sería incapaz de administrar el saneamiento”. Empero no una risa cualquiera, una risa filosófica, empática, a veces un poco amarillenta también, una risa constructiva, la de todos los que conviven. Ilustrados con ejemplos concretos, reglas generales y/o específicas, cada uno de estos esbozos de la gran ópera del matrimonio es, siempre que se lea de buena fe, un paso más hacia la serenidad conyugal. Obsesionado con el dinero, ávido de alcanzar el éxito y la notoriedad, si no de escribir, al menos en la alta sociedad, cínico y vulgar hasta el punto de lo insoportable, Honoré de Balzac fue quizás el escritor más controvertido de la primera mitad del siglo XIX. Balzac ciertamente no podría haber mantenido su estilo de vida extremo sin las cosas. Trabajó a ráfagas de escritura frenética o, como dijo un biógrafo, en "orgías de trabajo puntuadas por orgías de relajación y placer". Durante los períodos de trabajo, su horario de escritura era brutal: comía una cena ligera a las 6 p.m. y luego se acostaba. A la 1 a. m. se levantaba y se sentaba en su escritorio para un período de trabajo de siete horas. A las 8 am. Se permitía una siesta de 90 minutos; luego, de 21:30 a 4,00h reanudaba el trabajo, bebiendo, taza tras taza, de café negro. Según una estimación, bebía unas 50 tazas al día. Ahora, es posible que Balzac se haya excedido. Terminó sufriendo calambres estomacales, espasmos faciales, dolores de cabeza y posiblemente, tuviera la presión arterial por las nubes. Murió por insuficiencia cardíaca a los 51 años.  Café fuerte con crema, aguardiente y mucho azúcar. Pero este mugriento personaje suyo no se diferencia del de los infinitos personajes que componen la obra monumental de toda una vida, la "Comedia Humana". "No había distinción entre la vida real y la vida de sus novelas", escribió Proust sobre él, que otro teatro humano (la mundanalidad) retratará más de medio siglo después. La historia de Balzac es la de una época culta en sus aspectos esenciales: la sociedad francesa posrevolucionaria, en particular la parisina, cínica,  mezquina y atrevida. Su carácter, sin embargo, escondía un trauma que pedía ser redimido. Un pequeño libro que no debe perderse, de gran actualidad. Porque a decir verdad, Caroline y Adolphe, los dos miembros de la pareja ficticia de Balzac, se parecen engañosamente a "Chouchou y Loulou", símbolos de la pareja moderna del siglo XX. Llegada a cierta altura de su latitud o longitud del océano conyugal, escribe Balzac, “hay una pequeña enfermedad crónica, intermitente, bastante parecida al dolor de muelas..." ¡Y quien no tenga idea de lo que es esta breve y tan justa reflexión significa tirar la primera piedra al gran Honoré!

 

 


A no ser que lleves pocas horas de casado (o de pareja), todo el mundo ha vivido y vive a diario las situaciones descritas por Balzac en este pequeño ensayo esquemático que, leído en pareja, hace reír. El gozo para los que vivieron con el orondo genio de gran papada y retrato de una obesidad muy marcada. Ilustrados con ejemplos concretos, reglas generales y/o específicas, cada uno de estos esbozos de la gran ópera del matrimonio es, siempre que se lea de buena fe, un paso más hacia la serenidad conyugal.  Nuestro ensayista no atempera en modo alguno esta enfática declaración de Balzac. Le convict des lettres se abre con una afirmación del autor de Père Goriot, que Gérard Gengembre acepta plenamente. El escritor es un maestro de hombres que ha sustituido al sacerdote. “Se ha puesto la clámide de los mártires, sufre mil males, toma luz del altar y la esparce entre los pueblos, es príncipe, es mendigo, consuela, maldice, ora, profetiza, su voz no sólo recorre la nave de una catedral, a veces puede tronar de un extremo al otro del mundo, la humanidad, convertida en su rebaño, escucha sus poemas, los medita, y una palabra, un verso ha ahora tanto peso en la balanza política como una vez tuvo una victoria.” Para él, sin duda, Balzac es un conquistador. Lo compara con Napoleón, de quien olvida que era un guerrero sanguinario. Pero un artista de la palabra y la tinta, cuando acabó enamorándose, de Madame Hańska, una condesa polaca casada con un hombre mayor y muy rico. MH era una fanática de las obras de HB y establecieron su particular messenger de FB con frases bonitas y halagos. Finalmente, la bestia de las letras, decidió ir a San Petersburgo, a declararse, personalmente. Aunque, llegó el día de su boda, muy enfermo, la dicha le duró muy poco al genio. Cinco meses después estaba criando malvas y el Sena teñido de luto. En definitiva, la ficción de Balzac se dedica a explorar esta transformación: nació en la era del Código Napoleónico, que tenía como objetivo hacer que las instituciones burocráticas de Francia fueran transparentes, meritocráticas y racionalizadas. A los ojos de sus contemporáneos, “Balzac era un hurón y un enigma.” De paso por aquí, de nuevo por allá, a destiempo, las más de las veces esquivo, huidizo en sus noches de trabajo, desvanecido repentinamente —de sus alojamientos— con trampillas y cuartos secretos, cuando lo visitan parientes o alguaciles. Lo mismo ocurre con su producción, variada, desigual, pero siempre intrigante. No es necesario ser un ávido balzaciano para disfrutar de la lectura de los textos breves reunidos aquí. Tendremos curiosidad por leer prosa inédita o poco conocida, por leer relatos que él sacó de la Comedia humana o que posteriormente modificó de manera sustancial. Si Balzac tuviera la oportunidad de reencarnarse hoy, puedes apostar tu mejor camisa a cuadros a que no elegiría Francia. Iba a establecerse en los Estados Unidos. Pues, el fracaso de la legitimidad literaria; sentaría las bases para Kafka, Sloan Wilson, William Saroyan y la HBO en los años venideros. Honoré Balzac sería un viajero de un gran Titanic insumergible que le llevase al Far West de la nueva América.



                      Dedicado a la memoria de Julie Cruise  diciembre1956/junio2022  In Memoriam 



Fotogramas adjuntados

The Conquering Power 1921 By Rex Ingram

Illusions perdues  2021 By Xavier Giannoli

L'auberge rouge 1951 By Claude Autant-Lara

Out 1: Noli me tangere 1971 By Jacques Rivette&Suzanne Schiffman


Biografía consultada y recomendada

Balzac: Le roman de sa vie Critiques, Analyses, Biographies Et Histoire Litteraire (1998) By Stefan Zweig&Fernand Delmans Ed.Abin Michel








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La masacre de Katyn: Soviets y Nazis la misma mierda sobre Kiev

marzo 01, 2022 Jon Alonso 2 Comments


 

La masacre de Katyn es única entre las famosas atrocidades de la historia, en el sentido, de quienes cometieron semejante escabechina y quienes se les adjudica la autoría. En otros casos, los historiadores pueden disputar sobre el número de víctimas, sobre los motivos del acto o sobre las responsabilidades de individuos particulares, pero no hay duda alguna, de la nación o facción que llevó a cabo, tan despiadada matanza. Es obvio, que nadie duda de la veracidad de la masacre de San Bartolomé, carnicería, obra de los fanáticos católicos franceses, o que el exterminio de Quíos fue obra de los turcos, o que fueron los nazis quienes metieron a más de 6 millones de familias judías en las cámaras de gas de Auschwitz. Empero con respecto a la escabechina de Katyn, y los muertos, hubo que realizar toda una historia de detectives, la pregunta a la que nos enfrentamos, muchos historiadores e investigadores de las diferentes disciplinas de las épocas históricas es: ¿Quién cojones hizo semejante barbarie? Algunos estarán viendo la imagen de ese cleptópata, llamado Vladimir Putin, durante la víspera de Año Nuevo de 1999, cuando en un giro notable de los acontecimientos, de la bisoña Federación Rusa de un alcoholizado y enfermo Boris Yeltsin, en los últimos seis meses de su mandato, usó su tradicional discurso televisado de fin de año para anunciar que renunciaba a la presidencia y entregaba las riendas a su primer ministro recientemente designado, más joven y más enérgico. No recuerdo su nombre. Ha habido suerte, un tal Stepashin, que era mitad chino y el resto ruso. Aunque, lo bueno estaba por llegar. Sí. Y así aterrizo en el Kremlin: ese psicópata adicto al lujo y la megalomanía, un tal Vladimir Putin. El efecto fue sorprendente. Yeltsin parecía confundido y dañado. Su discurso era tan confuso que era difícil de entender. Se sentó muy erguido, debido al corsé ortopédico que le habían colocado para que pudiera dar la imagen de que seguía más duro que un triangulo equilátero. ¿Pero esto? ¿Este homúnculo? Putin era diminuto en comparación con el oso bailarín Yeltsin y, aunque más joven y saludable, se las arregló para parecerse más a la muerte. Habló durante unos minutos, prometiendo, por un lado, mantener fuerte la democracia rusa. Sin embargo, también habló que dejaba varias advertencias a aquellos que amenazaran a Rusia: una actuación incongruente. Mucha gente no pensó que era probable que Putin durara mucho en este augusto escaño. A pesar de todos sus defectos, Yeltsin era al menos alguien: alto, con una voz retumbante, un ex miembro del Politburó soviético. ¿Mientras, qué tipo de mierda era Putin? Él, era, esa gente, que de repente, se apresuró a aprender, lo le venía a la vieja Ex URSS. Simplemente un coronel en la KGB. Lo habían enviado al extranjero, en un cómodo y cercano remanso, de la Alemania Oriental del besucón Honecker, en Dresde. Era bajito y tenía una voz chillona y su cabello estaba ralo. Era un don nadie incluso entre los don nadie que quedaron después de la purga perpetua de Yeltsin en sus gabinetes. En un mundo donde la mayoría de la gente está convencida de que Putin es un genio, esta teoría de Putin como un don nadie merece una segunda mirada. Realmente hay una cualidad de hombre común en Vladimir Putin. Un viejo espía comentó que lo conoció en San Petersburgo en la década de 1990. El hombre se convirtió en denunciante después de que se le pidiera a la exitosa compañía de suministros médicos que dirigía, poco después de que Putin asumiera la presidencia, y comenzase a desviar una gran parte de sus ganancias al fondo para el “Palacio de Putin”, el enorme complejo que se está construyendo en el Mar Negro. Ya que el nuevo Zar, no quería las antiguas Dachas de los gerifaltes del PCUS. Sin embargo, tenía una visión interesante del presidente tal como lo había conocido antes, como le dijo a un conocido periodista; Ben Judah. Éste era un hombre absolutamente promedio... Su voz era promedio... ni dura, ni aguda. Tenía una personalidad promedio... una inteligencia promedio, no una inteligencia especialmente alta. Podrías salir por la puerta y encontrar miles y miles de personas en Rusia, todas ellas, idénticas al personaje Putin. Esto no puede ser del todo correcto: Putin estaba por encima del promedio en al menos algunos aspectos (era el campeón de judo de Leningrado, por ejemplo). Pero hay perspicacia en estas palabras. Ya que esa parte del encanto de Putin que no sobresalía. Durante sus primeras entrevistas en el cargo, enfatizó sobre la humildad y la gente llana, como él.



Un tipo normal, cómo había luchado financieramente durante la década de 1990, cuánta mala suerte, la suya, pobrecito. Sabía todos los mismos putos chistes, había escuchado la misma música y había visto las mismas películas, como el resto de ciudadanos de su generación. Es un testimonio del poder de la cultura soviética, tanto de su igualitarismo como de sus limitaciones, que cuando Putin mencionó una línea de una canción o película cuasi disidente de los años 60 o 70, casi toda esa puta generación,  sabían exactamente de lo que estaba hablando. Esto no lo sacó de la corriente principal. Era el único hijo corriente de una familia trabajadora estándar de Leningrado. Era casi como si la Unión Soviética hubiera escupido, de la gran masa de su humanidad, este ejemplar promedio, con su agresividad promedio, su ignorancia promedio, su nostalgia promedio. Les suena cómo eran las cosas. Volvamos a Polonia e igual entenderán de lo que les hablo. O quizá acaben hasta el forro del escroto, ante el preludio de la IIIGM. Independientemente, de las involucraciones de intereses y pasiones políticas, en mayor o menor escala. En el momento del anuncio alemán del descubrimiento de las tumbas de Katyn en abril de 1943, no hubo una investigación imparcial del asunto, ya que aunque el gobierno polaco en el exilio de Londres: solicitó una investigación por parte de la Cruz Roja Internacional, Rusia se negó a aceptar, a emisarios de la Red Cross International y la Cruz Roja Internacional se negó a actuar sin el consentimiento de Rusia. Por lo tanto, todos eran libres de tener su propia opinión sobre Katyn de acuerdo con sus prejuicios, y el Dr. Goebbels tenía un enorme interés propagandístico, más que obvio, en atribuir el crimen a Rusia, como Rusia y sus aliados occidentales tenían en mente repudiar esa acusación. Desde el final de la guerra, los comunistas de todas partes han sostenido decididamente que la afirmación de la culpabilidad rusa fue solo una calumnia nazi respaldada por los fascistas polacos (aunque los comunistas siempre están dispuestos a sostener en privado que el exterminio de los "enemigos de clase" es justificable siempre que sea conveniente). Vamos —lo requiere, según el manual de exterminio. En cuanto a los occidentales en general, incluidos muchos que no tienen simpatías prosoviéticas, sienten que cualquier esfuerzo por establecer la responsabilidad soviética en la masacre de Katyn sería retrospectivamente una rehabilitación de Goebbels, además de brindar ayuda y consuelo a quienes han planteado dudas sobre las atrocidades que cometió. Ciertamente fueron cometidos por los nazis. Pero la cuestión es, después de todo, una que los historiadores del futuro juzgarán estrictamente de acuerdo con la evidencia, y la evidencia ahora disponible ya es suficiente para llegar a una conclusión, una vez que se descartan las ideas preconcebidas políticas. A pesar de las acusaciones intercambiadas entre Berlín y Moscú durante la guerra, el caso Katyn no es principalmente un duelo entre alemanes y rusos. Las víctimas de la aberración eran polacos, y fue un destino que cayó sobre ellos no solo como individuos sino como nación; fue un gran desastre nacional. Alrededor de un tercio del cuerpo de oficiales del ejército polaco de antes de la guerra, incluidos soldados regulares y reservistas, desaparecieron en Rusia. Los polacos como nación no podían dejar de estar profundamente preocupados por saber qué había sucedido con sus oficiales desaparecidos. Además, estos oficiales tenían familias en Polonia y numerosos parientes y amigos en el ejército polaco que luchó en Europa occidental y el norte de África entre 1939 y 1945, y las pruebas que han recogido son de la mayor importancia para la solución del problema. Durante los últimos dos años los investigadores polacos que estuvieron directamente involucrados en la investigación del asunto llegaron a un punto clave. Uno es del general Wladislaw Anders, quien fue comandante en jefe del ejército polaco que fue reclutado entre prisioneros y deportados en Rusia durante la reconciliación temporal polaco-soviética de 1941-942 y posteriormente entró en acción en el Medio Oriente; el segundo es de un conocido pintor polaco, Joseph Czapski, quien, como oficial de guerra, estuvo a cargo de una comisión especial del ejército polaco para localizar a los prisioneros desaparecidos en Rusia y el tercero fue Joseph Mackiewicz, un ex periodista polaco y miembro de la resistencia polaca, que fue a Katyn mientras la Cruz Roja Polaca desenterraba los cadáveres en la primavera de 1943. Se puede objetar de antemano contra todo este testimonio que proviene de polacos anticomunistas ahora en el exilio que tienen todos los motivos para inventar cargos contra la Unión Soviética. Hay que recordar, sin embargo, que en el período 1941-1943 Polonia estaba en guerra con Alemania y no con Rusia.

 


 

Es cierto que los comunistas han acusado al gobierno polaco en Londres durante la guerra de ser "hitlerita", pero el vigor con el que las fuerzas armadas polacas lucharon contra Alemania durante seis años y el carácter intransigente de la resistencia dentro de Polonia bajo el liderazgo de los llamados “polacos de Londres” prueban lo absurdo de esta acusación. Cualesquiera que fueran los agravios polacos contra Rusia, el odio polaco en tiempos de guerra hacia la Alemania nazi era demasiado fuerte para que hubiera una voluntad general entre los polacos de confabularse en una fabricación de pruebas contra Rusia en apoyo de las acusaciones nazis. La policía secreta de un estado totalitario de un solo partido en su propio territorio, con testigos totalmente en su poder, puede inventar tal caso, pero el gobierno polaco en Londres y sus delegados dentro de Polonia representaron una coalición de todos los partidos polacos con la excepción de los comunistas, y siempre estuvieron seriamente divididos sobre la actitud a adoptar hacia Rusia. En 1941, Zalecki renunció como ministro de Asuntos Exteriores porque pensó que el general Sikorski estaba yendo demasiado lejos en su esfuerzo por conciliar a Rusia y en 1944 el gabinete de Mikolajczyk se disolvió por la cuestión de las concesiones que podrían hacerse a Moscú. Si, por lo tanto, ciertos extremistas antirrusos hubieran tenido la idea de falsificar las pruebas sobre Katyn para culpar a Rusia, tal maniobra habría sido inmediatamente denunciada por aquellos que estaban trabajando por una reconciliación con Rusia; además, el número de personas involucradas en la evidencia, ya sea como testigos o investigadores, era demasiado grande, y su complexión política demasiado variada, para que cualquier fabricación por parte de una camarilla hubiera pasado desapercibida. La historia de Katyn comienza con la captura de gran parte del ejército polaco en septiembre de 1939 por las fuerzas soviéticas que invadieron Polonia desde el este diecisiete días después de que los alemanes la invadieran desde el oeste. Tanto Alemania como Rusia adoptaron posteriormente la posición de que el estado polaco había dejado de existir y que los polacos, de acuerdo con el pacto germano-soviético para la nueva partición de Polonia, se habían convertido en súbditos alemanes o soviéticos. Había, sin embargo, dos diferencias en la relación de Alemania y Rusia con Polonia después de la conquista conjunta. Alemania permaneció en guerra con Gran Bretaña y Francia, que reconocieron al gobierno polaco en el exilio como un aliado beligerante soberano, y un ejército polaco permaneció en el campo, primero en Francia y luego en Gran Bretaña; Rusia no estaba avergonzada por tal situación. En segundo lugar, Alemania fue signataria de la convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, mientras que Rusia no lo fue. Entre los prisioneros de guerra capturados por los rusos (un total de unos 230.000 según fuentes soviéticas), casi todos los oficiales, unos 9.000, y una serie de suboficiales y soldados privados de categorías especiales, como gendarmería y cuerpo de frontera. Se colocaron guardias, en total 15.000, en tres campos especiales en Kozielsk, Starobielsk y Ostashkov. En estos campos fueron sometidos a largos interrogatorios, no para obtener información militar, ya que todos los combates habían cesado, sino para descubrir sus conexiones familiares y personales, sus opiniones políticas y actividades políticas anteriores (si las hubo). Finalmente, en abril de 1940, se seleccionaron unos 400 de los 15.000 y se enviaron a un campo en Pavlishchev Bor, de donde luego fueron trasladados a otro campo en Griazovets; todos eran ciudadanos polacos de ascendencia alemana (y, por lo tanto, considerados amistosos durante el apogeo del pacto nazi-soviético) o polacos que, ya sea por convicción o prudencia, habían expresado sentimientos prosoviéticos durante los interrogatorios. El resto de los prisioneros de los tres campos fueron enviados a destinos desconocidos, y los que fueron trasladados a Pavlishchev Bor no sabían qué había sido de ellos. Más tarde, los prisioneros de Pavlishchev Bor comenzaron a recibir cartas de familiares en Polonia pidiendo noticias de los demás; de lo cual infirieron que la correspondencia —que aún les estaba permitida— les estaba siendo negada a sus camaradas. El 7 de octubre de 1940, las tropas alemanas entraron en Rumania, y por primera vez el gobierno soviético se dio cuenta que Hitler, a lo mejor,  pudiera, después de todo, a pesar de ese golpe maestro de la diplomacia soviética, el pacto Ribbentrop-Molotov e intentar alcanzar la deseada Ucrania.

 



 

Tres semanas después, un oficial polaco que había mostrado inclinaciones prosoviéticas particularmente marcadas, un cierto teniente coronel Berling y otros dos fueron convocados para reunirse con los dos jefes de la NKVD, Beria y Merkulov, en la prisión de Lubianka en Moscú. Allí se les preguntó si ayudarían a organizar unidades militares polacas para un posible uso futuro, bajo el mando soviético, contra Alemania. Berling estuvo de acuerdo, pero sugirió que los oficiales polacos que habían sido retirados de los campos de Kozielsk, Starobielsk y Ostashkov deberían incorporarse al plan. A lo que Beria respondió: “No, esos no. Cometimos un grave error con ellos”. Este comentario críptico, repetido por Berling a otros oficiales, provocó mucha especulación entre los prisioneros polacos confinados en el campo de Griazovets. Cuando, en junio de 1941, Hitler lanzó su invasión de Rusia y el ejército ruso sufrió devastadoras derrotas iniciales, la diplomacia británica provocó una renovación de las relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y el gobierno polaco en Londres. Rusia acordó otorgar una “amnistía” a todos los prisioneros de guerra y deportados polacos en territorio soviético y permitir que el gobierno polaco reclutara entre ellos un ejército que tomaría parte en la guerra contra Alemania. El general Anders, que había estado recluido en régimen de aislamiento en una prisión rusa, fue designado para dirigir el nuevo ejército; instaló su cuartel general y pronto llegaron polacos para alistarse de todas partes de la Unión Soviética, incluso de los campos de oro de Kolyma, en el noreste de Siberia. Pero rápidamente se dio cuenta de que entre ellos apenas había ex oficiales y que faltaban miles de oficiales que habían sido capturados en 1939, incluidos varios generales. Se dirigieron consultas al gobierno soviético, pero no se recibió una respuesta satisfactoria; Los funcionarios soviéticos simplemente dijeron que todos los prisioneros habían sido liberados, a través, del acuerdo y que no sabían el paradero de esos individuos en particular. Cuando después de varios meses ni un solo polaco que había estado en Kozielsk, Starobielsk u Ostashkov antes de llevar, a cabo, la limpieza de esos campos en la primavera de 1940 (a excepción de los 400 llevados a Pavlishchev Bor) había llegado a los centros de reclutamiento polacos, las autoridades militares polacas se pusieron muy inquietas. A petición suya, el gobierno polaco en Londres investigó en Polonia, a través de la clandestinidad polaca, para determinar si allí se habían recibido noticias de los hombres desaparecidos, pero se le informó que sus familias no habían recibido ninguna carta de ellos desde mayo de 1940, aunque antes de esa fecha se había permitido la correspondencia. Cuando las gestiones ante el Comisariado Soviético de Asuntos Exteriores no produjeron ningún resultado, el asunto fue abordado directamente con Stalin, primero por el embajador polaco y luego por el primer ministro polaco, el general Sikorski, quien visitó Moscú en diciembre de 1941. La única contribución de Stalin a la solución del problema fue la sugerencia de que los prisioneros desaparecidos podrían haber escapado a Manchuria, lo que implicaba que habían sido enviados a Siberia. A petición de los polacos, los embajadores de Inglaterra y EE.UU en Moscú también llamaron la atención del gobierno soviético sobre el asunto, pero sin ninguna respuesta satisfactoria. En abril de 1943, después de un año y medio de búsqueda e indagatoria sin encontrar ningún rastro de los oficiales desaparecidos, los líderes polacos ya habían llegado a la conclusión de que las autoridades soviéticas estaban mintiendo en sus afirmaciones, sobre  todo lo que había ocurrido a los prisioneros, y de mala gana infirió que ya no estaban vivos.  En abril de 1943, la radio alemana anunció el descubrimiento de cadáveres con uniforme de oficiales polacos en fosas comunes en el bosque de Katyn, no lejos de Smolensk, y declaró que eran víctimas de una masacre rusa. La respuesta polaca a la noticia fue emitir una declaración pública relatando la historia del asunto (que hasta ahora no se había mencionado en la prensa aliada) y solicitar una investigación de las tumbas de Katyn por parte de la Cruz Roja Internacional. El gobierno alemán también accedió a una investigación de la Cruz Roja Internacional, pero el gobierno soviético no solo se negó a aceptar, sino que también rompió relaciones diplomáticas con el gobierno polaco, acusándolo de complicidad con Alemania por no haber denunciado de inmediato las acusaciones alemanas.


Al mismo tiempo, el gobierno soviético presentó una versión del destino de los oficiales polacos de la que no se había oído nada anteriormente; el gobierno declaró ahora que habían sido confinados en campos al oeste de Smolensk y habían sido capturados por los alemanes cuando invadieron el área en el curso de su invasión en julio de 1941. Está claro que si esta versión soviética es cierta, los líderes soviéticos debían de haber estado al tanto, de todo lo que había sucedido. Durante todo el período en el que se dirigieron investigaciones polacas, británicas y estadounidenses en un esfuerzo por localizar a los prisioneros desaparecidos. ¿Por qué, entonces, no dijeron que los prisioneros polacos, junto con algunos cientos de miles de soldados rusos, habían caído en manos alemanas durante la gran retirada de 1941? Si los rusos eran inocentes en todo este affaire, no había ninguna razón por la que no hubieran admitido desde el principio lo que alegaron posteriormente. Si, por el contrario, eran culpables, tenían una razón muy convincente para no contar tal historia excepto como último recurso; sabiendo que las tumbas de Katyn estaban en territorio ocupado por los alemanes, solo podían esperar que no fueran descubiertas, pero si les decían a los polacos que sus prisioneros estaban en manos alemanas, los polacos buscarían en Alemania a través de la Cruz Roja Internacional, y los alemanes podrían interesarse demasiado en buscarlos. Mientras los rusos persistieran en decir que no sabían dónde estaban los oficiales polacos, nadie pudo probar que estaban muertos; solo con la exhumación de los cadáveres de Katyn, el problema de los prisioneros desaparecidos se convirtió en una pregunta sobre quién los había asesinado. Posteriormente, con el trascurso de la guerra los rusos volvieron a ocupar el área de Katyn en septiembre de 1943, nombraron una “Comisión especial para establecer e investigar el paradero de los oficiales polacos fusilados por agresores fascistas alemanes en el bosque de Katyn”. Este organismo, compuesto en su totalidad por ciudadanos soviéticos —ni siquiera los polacos comunistas estaban representados en él— publicó un informe que elaboraba la versión soviética que se había presentado tras el anuncio alemán del descubrimiento de las tumbas. Este documento estimó el número total de cadáveres en 11.000 y declaró que los alemanes, después de haber matado a los prisioneros polacos en el otoño de 1941. Después de su derrota en Stalingrado fue cuando cargaron contra los rusos por el exterminio y, por lo tanto, en marzo de 1943, un mes antes: Anunciaban públicamente el descubrimiento de las fosas, desenterrando todos los cuerpos, de los cuales, se extrajeron de ellos sus documentos con fechas posteriores a abril de 1940 e inmediatamente, volver a enterrarlos. Antes de que los alemanes se retiraran de Katyn, permitieron que la Cruz Roja Polaca llevara a cabo un examen de las tumbas de Katyn. La Cruz Roja Polaca no hizo ninguna declaración pública sobre lo que encontró y, por lo tanto, no se la pudo acusar de ayudar a la propaganda antisoviética alemana; su objetivo principal era identificar tantos cuerpos como fuera posible para informar a los familiares de los muertos, pero su informe completo sobre la evidencia se transmitió en secreto al gobierno polaco en Londres. La investigación de la Cruz Roja Polaca mostró que el número total de cadáveres en las tumbas de Katyn no llegaba a los 4.500, y que todos ellos procedían del campo de Kozielsk; no había prisioneros de los campos de Starobielsk o Ostashkov. Los alemanes, sin embargo, ya habían anunciado que habría entre 10.000 y 12.000 cadáveres, y el informe de la Comisión Soviética, como se mencionó anteriormente, cifraba el total, en 11.000. Los alemanes, naturalmente, tenían interés en aumentar el número de víctimas con fines propagandísticos. Para los rusos, el significado del número involucrado era bastante diferente. Si solo los prisioneros de Kozielsk estaban en las tumbas de Katyn, ¿dónde estaban los de Starobielsk y Ostashkov? Ninguno de ellos ha sido visto de nuevo, por lo que se puede suponer que aquellos que no estaban en Katyn perecieron en otro lugar, pero no se sabe nada, sobre su destino final. Al poner la cifra en 11.000, el informe de la Comisión Soviética implicaba que todos los prisioneros de los tres campos habían sido asesinados en Katyn, y se eliminó el problema de contabilizar por separado a los prisioneros de Starobielsk y Ostashkov.



La Cruz Roja Polaca encontró alrededor de 3.300 cartas y postales en los cadáveres, ninguna con fecha o sello posterior a abril de 1940; varios diarios que terminan en abril o la primera semana de mayo de 1940 (uno de ellos describe en su última entrada el viaje en un camión con escolta de la NKVD/Antiguo KGB,  desde la estación de tren de Gniezdovo hasta el bosque de Katyn); y cientos de copias de periódicos o fragmentos datados, todos de marzo o abril de 1940. El informe de la Comisión Soviética, como hemos visto, libera de sospecha a la Cruz Roja Polaca, sobre la tesis de estar  mintiendo sobre este asunto, sino que había sido engañada, ya que alega que los alemanes habían desenterrado los cuerpos en marzo de 1943 y habían retirado toda la documentación de fechas posteriores a abril de 1940. Éste es el quid de toda la historia y Mackiewicz en su libro no tiene dificultad en refutar la explicación soviética. En primer lugar, no se trataba sólo de sacar papeles, sino también de sustituirlos por otros, de reescribir y falsificar detalles en los diarios y, sobre todo, de producir la cantidad requerida de periódicos rusos de la primavera de 1940, que, salvo en casos extremadamente improbables: la suposición de la gran existencia de ellos habían caído en manos alemanas, tendrían que haber sido especialmente reimpresos de los archivos, con el fin, de ser ubicados en los cuerpos. Pero incluso si se hubiera llevado a cabo toda esta elaborada falsificación, el supuesto proceso de posicionamiento; era técnicamente imposible. Como escribe Mackiewicz sobre su observación de las exhumaciones en Katyn: “Todo estaba empapado y pegado con un líquido cadavérico asqueroso, maloliente y gomoso, era imposible desabrochar los bolsillos o sacar las botas. Por lo tanto, fue necesario cortarlos con cuchillos para encontrar las pertenencias personales… Ningún dispositivo o técnica humana permitiría realizar una búsqueda en esos bolsillos, sacando algunos objetos y poniendo otros, y luego abrochar los uniformes, y volver a colocar y apretar los cuerpos en una masa, capa sobre capa…” De hecho, no es necesario confiar en la evidencia polaca para rechazar la historia de la falsificación de la documentación en marzo de 1943 como una imposibilidad manifiesta. Ya sea que los cuerpos hayan estado en la tierra desde la primavera de 1940 o desde el otoño de 1941, seguramente habrían estado en las mismas condiciones que describe Mackiewicz, y habría sido absolutamente imposible ocultar las huellas de la supuesta operación de falsificación. Haber presentado todo este trabajo a los expertos imparciales de la Cruz Roja Internacional habría implicado cierta exposición de la documentación. Debemos concluir, por lo tanto, que la supuesta exhumación y nueva inhumación en marzo de 1943 nunca tuvo lugar, y que la datación de la documentación sobre los cadáveres determina la fecha de la masacre. Y, como dice Mackiewicz, si sabemos cuándo se hizo, también sabemos quién lo hizo. Así se descubrió que el 19 de septiembre de 1939, dos días después de la invasión, Lavrentij Beria ya había comenzado a establecer campos de concentración para prisioneros polacos. Probablemente en vista de la masacre que tuvo lugar entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1940, soldados, guías, gendarmes, policías y funcionarios de prisiones fueron sacados de los campos de Ostashkov, Kozielsk y Starobielsk. Kozielsk y Starobielsk, alrededor de 22 mil personas en total, de las cuales 8 mil eran oficiales. Los llevaron en pequeños grupos al bosque de Katyn, cerca del pueblo de Gnezdovo, a poca distancia de Smolensk, les dispararon en la nuca y los enterraron en fosas comunes. Mikhail Gorbachev asignó a su país la responsabilidad del asesinato en masa y su sucesor, Boris Yelsin, publicó los archivos estatales que lo confirman. Los agentes de la NKVD llevaron a unos 20.000 oficiales polacos al bosque de Katyn y los ejecutaron. Más tarde, el Politburó culpó a los nazis de la atrocidad, y este mito persistió durante los juicios de Nuremberg. Puede que todo esto, que nos suene a historias de abueletes en la puta guerra, a lo mejor, es esclarecedor, del porqué la esencia del diablo, perdura travestido en un dictador, cada 100 años. Como dijo el poeta ucraniano. Así, hablamos en mi pueblo…

P.S.; Poema del autor ucraniano Volodymyr Svidzinsky (1885-1941)

El brillo de las superficies muere en la sombra.

y el antiguo silencio duerme,

Como agua decantada en un cuenco.

Solo mis manos viven,

extrañas y separadas,

a sus movimientos

Oblígame a meditar,

Como el susurro de una hoja.

 

Voy a la ventana,

Un poste roto se encuentra junto a la terraza,

Crece moho en los canalones

Donde los copos de nieve se juntan en invierno,

Donde los pájaros se posan por la mañana.

Presiono mi frente contra el vidrio.

Y mira por un rato.

 

No amo el advenimiento de la noche

Parece culpable, un lino oscuro,

Los bordes verdes borrosos de la vegetación.

Se acumula un enorme charco de silencio.

¿Dónde se han ido los pájaros?

 

La superficie brillante de las cosas muere,

Las cortinas cuelgan inmóviles

Como tallado en piedra.

En mi círculo definido de silencio

Me vuelvo más insensible, y triste,

Como una linterna china olvidada atrapada

En una rama de algún viejo huerto.

 




Dedicado a todo el pueblo ucraniano que sufre la invasión y agresión del dictador Putin

 



Fotogramas adjuntados

America, America 1963 By Elia Kazan

Katyn (2007) By Andrzej Wajda,

Judgment at Nuremberg 1961 By Stanley Kramer

The Journey (1959) By Anatole Litvak

The Spy Who Came In from the Cold (1965) By Martin Ritt

Im labyrinth des schweigens labyrinth of lies (2014)  By Giulio Ricciarelli


Bibliografía consultada y recomendada

Katyn: Stalin’s Massacre and the Triumph of Truth By Allen Paul (2010) Ed. Northern Illinois University Press

La matanza de Katyn: Historia del mayor crimen soviético de la Segunda Guerra Mundial (2020) By Thomas Urban Ed. La Esfera de los Libros

 






 


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