La masacre de Katyn: Soviets y Nazis la misma mierda sobre Kiev


 

La masacre de Katyn es única entre las famosas atrocidades de la historia, en el sentido, de quienes cometieron semejante escabechina y quienes se les adjudica la autoría. En otros casos, los historiadores pueden disputar sobre el número de víctimas, sobre los motivos del acto o sobre las responsabilidades de individuos particulares, pero no hay duda alguna, de la nación o facción que llevó a cabo, tan despiadada matanza. Es obvio, que nadie duda de la veracidad de la masacre de San Bartolomé, carnicería, obra de los fanáticos católicos franceses, o que el exterminio de Quíos fue obra de los turcos, o que fueron los nazis quienes metieron a más de 6 millones de familias judías en las cámaras de gas de Auschwitz. Empero con respecto a la escabechina de Katyn, y los muertos, hubo que realizar toda una historia de detectives, la pregunta a la que nos enfrentamos, muchos historiadores e investigadores de las diferentes disciplinas de las épocas históricas es: ¿Quién cojones hizo semejante barbarie? Algunos estarán viendo la imagen de ese cleptópata, llamado Vladimir Putin, durante la víspera de Año Nuevo de 1999, cuando en un giro notable de los acontecimientos, de la bisoña Federación Rusa de un alcoholizado y enfermo Boris Yeltsin, en los últimos seis meses de su mandato, usó su tradicional discurso televisado de fin de año para anunciar que renunciaba a la presidencia y entregaba las riendas a su primer ministro recientemente designado, más joven y más enérgico. No recuerdo su nombre. Ha habido suerte, un tal Stepashin, que era mitad chino y el resto ruso. Aunque, lo bueno estaba por llegar. Sí. Y así aterrizo en el Kremlin: ese psicópata adicto al lujo y la megalomanía, un tal Vladimir Putin. El efecto fue sorprendente. Yeltsin parecía confundido y dañado. Su discurso era tan confuso que era difícil de entender. Se sentó muy erguido, debido al corsé ortopédico que le habían colocado para que pudiera dar la imagen de que seguía más duro que un triangulo equilátero. ¿Pero esto? ¿Este homúnculo? Putin era diminuto en comparación con el oso bailarín Yeltsin y, aunque más joven y saludable, se las arregló para parecerse más a la muerte. Habló durante unos minutos, prometiendo, por un lado, mantener fuerte la democracia rusa. Sin embargo, también habló que dejaba varias advertencias a aquellos que amenazaran a Rusia: una actuación incongruente. Mucha gente no pensó que era probable que Putin durara mucho en este augusto escaño. A pesar de todos sus defectos, Yeltsin era al menos alguien: alto, con una voz retumbante, un ex miembro del Politburó soviético. ¿Mientras, qué tipo de mierda era Putin? Él, era, esa gente, que de repente, se apresuró a aprender, lo le venía a la vieja Ex URSS. Simplemente un coronel en la KGB. Lo habían enviado al extranjero, en un cómodo y cercano remanso, de la Alemania Oriental del besucón Honecker, en Dresde. Era bajito y tenía una voz chillona y su cabello estaba ralo. Era un don nadie incluso entre los don nadie que quedaron después de la purga perpetua de Yeltsin en sus gabinetes. En un mundo donde la mayoría de la gente está convencida de que Putin es un genio, esta teoría de Putin como un don nadie merece una segunda mirada. Realmente hay una cualidad de hombre común en Vladimir Putin. Un viejo espía comentó que lo conoció en San Petersburgo en la década de 1990. El hombre se convirtió en denunciante después de que se le pidiera a la exitosa compañía de suministros médicos que dirigía, poco después de que Putin asumiera la presidencia, y comenzase a desviar una gran parte de sus ganancias al fondo para el “Palacio de Putin”, el enorme complejo que se está construyendo en el Mar Negro. Ya que el nuevo Zar, no quería las antiguas Dachas de los gerifaltes del PCUS. Sin embargo, tenía una visión interesante del presidente tal como lo había conocido antes, como le dijo a un conocido periodista; Ben Judah. Éste era un hombre absolutamente promedio... Su voz era promedio... ni dura, ni aguda. Tenía una personalidad promedio... una inteligencia promedio, no una inteligencia especialmente alta. Podrías salir por la puerta y encontrar miles y miles de personas en Rusia, todas ellas, idénticas al personaje Putin. Esto no puede ser del todo correcto: Putin estaba por encima del promedio en al menos algunos aspectos (era el campeón de judo de Leningrado, por ejemplo). Pero hay perspicacia en estas palabras. Ya que esa parte del encanto de Putin que no sobresalía. Durante sus primeras entrevistas en el cargo, enfatizó sobre la humildad y la gente llana, como él.



Un tipo normal, cómo había luchado financieramente durante la década de 1990, cuánta mala suerte, la suya, pobrecito. Sabía todos los mismos putos chistes, había escuchado la misma música y había visto las mismas películas, como el resto de ciudadanos de su generación. Es un testimonio del poder de la cultura soviética, tanto de su igualitarismo como de sus limitaciones, que cuando Putin mencionó una línea de una canción o película cuasi disidente de los años 60 o 70, casi toda esa puta generación,  sabían exactamente de lo que estaba hablando. Esto no lo sacó de la corriente principal. Era el único hijo corriente de una familia trabajadora estándar de Leningrado. Era casi como si la Unión Soviética hubiera escupido, de la gran masa de su humanidad, este ejemplar promedio, con su agresividad promedio, su ignorancia promedio, su nostalgia promedio. Les suena cómo eran las cosas. Volvamos a Polonia e igual entenderán de lo que les hablo. O quizá acaben hasta el forro del escroto, ante el preludio de la IIIGM. Independientemente, de las involucraciones de intereses y pasiones políticas, en mayor o menor escala. En el momento del anuncio alemán del descubrimiento de las tumbas de Katyn en abril de 1943, no hubo una investigación imparcial del asunto, ya que aunque el gobierno polaco en el exilio de Londres: solicitó una investigación por parte de la Cruz Roja Internacional, Rusia se negó a aceptar, a emisarios de la Red Cross International y la Cruz Roja Internacional se negó a actuar sin el consentimiento de Rusia. Por lo tanto, todos eran libres de tener su propia opinión sobre Katyn de acuerdo con sus prejuicios, y el Dr. Goebbels tenía un enorme interés propagandístico, más que obvio, en atribuir el crimen a Rusia, como Rusia y sus aliados occidentales tenían en mente repudiar esa acusación. Desde el final de la guerra, los comunistas de todas partes han sostenido decididamente que la afirmación de la culpabilidad rusa fue solo una calumnia nazi respaldada por los fascistas polacos (aunque los comunistas siempre están dispuestos a sostener en privado que el exterminio de los "enemigos de clase" es justificable siempre que sea conveniente). Vamos —lo requiere, según el manual de exterminio. En cuanto a los occidentales en general, incluidos muchos que no tienen simpatías prosoviéticas, sienten que cualquier esfuerzo por establecer la responsabilidad soviética en la masacre de Katyn sería retrospectivamente una rehabilitación de Goebbels, además de brindar ayuda y consuelo a quienes han planteado dudas sobre las atrocidades que cometió. Ciertamente fueron cometidos por los nazis. Pero la cuestión es, después de todo, una que los historiadores del futuro juzgarán estrictamente de acuerdo con la evidencia, y la evidencia ahora disponible ya es suficiente para llegar a una conclusión, una vez que se descartan las ideas preconcebidas políticas. A pesar de las acusaciones intercambiadas entre Berlín y Moscú durante la guerra, el caso Katyn no es principalmente un duelo entre alemanes y rusos. Las víctimas de la aberración eran polacos, y fue un destino que cayó sobre ellos no solo como individuos sino como nación; fue un gran desastre nacional. Alrededor de un tercio del cuerpo de oficiales del ejército polaco de antes de la guerra, incluidos soldados regulares y reservistas, desaparecieron en Rusia. Los polacos como nación no podían dejar de estar profundamente preocupados por saber qué había sucedido con sus oficiales desaparecidos. Además, estos oficiales tenían familias en Polonia y numerosos parientes y amigos en el ejército polaco que luchó en Europa occidental y el norte de África entre 1939 y 1945, y las pruebas que han recogido son de la mayor importancia para la solución del problema. Durante los últimos dos años los investigadores polacos que estuvieron directamente involucrados en la investigación del asunto llegaron a un punto clave. Uno es del general Wladislaw Anders, quien fue comandante en jefe del ejército polaco que fue reclutado entre prisioneros y deportados en Rusia durante la reconciliación temporal polaco-soviética de 1941-942 y posteriormente entró en acción en el Medio Oriente; el segundo es de un conocido pintor polaco, Joseph Czapski, quien, como oficial de guerra, estuvo a cargo de una comisión especial del ejército polaco para localizar a los prisioneros desaparecidos en Rusia y el tercero fue Joseph Mackiewicz, un ex periodista polaco y miembro de la resistencia polaca, que fue a Katyn mientras la Cruz Roja Polaca desenterraba los cadáveres en la primavera de 1943. Se puede objetar de antemano contra todo este testimonio que proviene de polacos anticomunistas ahora en el exilio que tienen todos los motivos para inventar cargos contra la Unión Soviética. Hay que recordar, sin embargo, que en el período 1941-1943 Polonia estaba en guerra con Alemania y no con Rusia.

 


 

Es cierto que los comunistas han acusado al gobierno polaco en Londres durante la guerra de ser "hitlerita", pero el vigor con el que las fuerzas armadas polacas lucharon contra Alemania durante seis años y el carácter intransigente de la resistencia dentro de Polonia bajo el liderazgo de los llamados “polacos de Londres” prueban lo absurdo de esta acusación. Cualesquiera que fueran los agravios polacos contra Rusia, el odio polaco en tiempos de guerra hacia la Alemania nazi era demasiado fuerte para que hubiera una voluntad general entre los polacos de confabularse en una fabricación de pruebas contra Rusia en apoyo de las acusaciones nazis. La policía secreta de un estado totalitario de un solo partido en su propio territorio, con testigos totalmente en su poder, puede inventar tal caso, pero el gobierno polaco en Londres y sus delegados dentro de Polonia representaron una coalición de todos los partidos polacos con la excepción de los comunistas, y siempre estuvieron seriamente divididos sobre la actitud a adoptar hacia Rusia. En 1941, Zalecki renunció como ministro de Asuntos Exteriores porque pensó que el general Sikorski estaba yendo demasiado lejos en su esfuerzo por conciliar a Rusia y en 1944 el gabinete de Mikolajczyk se disolvió por la cuestión de las concesiones que podrían hacerse a Moscú. Si, por lo tanto, ciertos extremistas antirrusos hubieran tenido la idea de falsificar las pruebas sobre Katyn para culpar a Rusia, tal maniobra habría sido inmediatamente denunciada por aquellos que estaban trabajando por una reconciliación con Rusia; además, el número de personas involucradas en la evidencia, ya sea como testigos o investigadores, era demasiado grande, y su complexión política demasiado variada, para que cualquier fabricación por parte de una camarilla hubiera pasado desapercibida. La historia de Katyn comienza con la captura de gran parte del ejército polaco en septiembre de 1939 por las fuerzas soviéticas que invadieron Polonia desde el este diecisiete días después de que los alemanes la invadieran desde el oeste. Tanto Alemania como Rusia adoptaron posteriormente la posición de que el estado polaco había dejado de existir y que los polacos, de acuerdo con el pacto germano-soviético para la nueva partición de Polonia, se habían convertido en súbditos alemanes o soviéticos. Había, sin embargo, dos diferencias en la relación de Alemania y Rusia con Polonia después de la conquista conjunta. Alemania permaneció en guerra con Gran Bretaña y Francia, que reconocieron al gobierno polaco en el exilio como un aliado beligerante soberano, y un ejército polaco permaneció en el campo, primero en Francia y luego en Gran Bretaña; Rusia no estaba avergonzada por tal situación. En segundo lugar, Alemania fue signataria de la convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, mientras que Rusia no lo fue. Entre los prisioneros de guerra capturados por los rusos (un total de unos 230.000 según fuentes soviéticas), casi todos los oficiales, unos 9.000, y una serie de suboficiales y soldados privados de categorías especiales, como gendarmería y cuerpo de frontera. Se colocaron guardias, en total 15.000, en tres campos especiales en Kozielsk, Starobielsk y Ostashkov. En estos campos fueron sometidos a largos interrogatorios, no para obtener información militar, ya que todos los combates habían cesado, sino para descubrir sus conexiones familiares y personales, sus opiniones políticas y actividades políticas anteriores (si las hubo). Finalmente, en abril de 1940, se seleccionaron unos 400 de los 15.000 y se enviaron a un campo en Pavlishchev Bor, de donde luego fueron trasladados a otro campo en Griazovets; todos eran ciudadanos polacos de ascendencia alemana (y, por lo tanto, considerados amistosos durante el apogeo del pacto nazi-soviético) o polacos que, ya sea por convicción o prudencia, habían expresado sentimientos prosoviéticos durante los interrogatorios. El resto de los prisioneros de los tres campos fueron enviados a destinos desconocidos, y los que fueron trasladados a Pavlishchev Bor no sabían qué había sido de ellos. Más tarde, los prisioneros de Pavlishchev Bor comenzaron a recibir cartas de familiares en Polonia pidiendo noticias de los demás; de lo cual infirieron que la correspondencia —que aún les estaba permitida— les estaba siendo negada a sus camaradas. El 7 de octubre de 1940, las tropas alemanas entraron en Rumania, y por primera vez el gobierno soviético se dio cuenta que Hitler, a lo mejor,  pudiera, después de todo, a pesar de ese golpe maestro de la diplomacia soviética, el pacto Ribbentrop-Molotov e intentar alcanzar la deseada Ucrania.

 



 

Tres semanas después, un oficial polaco que había mostrado inclinaciones prosoviéticas particularmente marcadas, un cierto teniente coronel Berling y otros dos fueron convocados para reunirse con los dos jefes de la NKVD, Beria y Merkulov, en la prisión de Lubianka en Moscú. Allí se les preguntó si ayudarían a organizar unidades militares polacas para un posible uso futuro, bajo el mando soviético, contra Alemania. Berling estuvo de acuerdo, pero sugirió que los oficiales polacos que habían sido retirados de los campos de Kozielsk, Starobielsk y Ostashkov deberían incorporarse al plan. A lo que Beria respondió: “No, esos no. Cometimos un grave error con ellos”. Este comentario críptico, repetido por Berling a otros oficiales, provocó mucha especulación entre los prisioneros polacos confinados en el campo de Griazovets. Cuando, en junio de 1941, Hitler lanzó su invasión de Rusia y el ejército ruso sufrió devastadoras derrotas iniciales, la diplomacia británica provocó una renovación de las relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y el gobierno polaco en Londres. Rusia acordó otorgar una “amnistía” a todos los prisioneros de guerra y deportados polacos en territorio soviético y permitir que el gobierno polaco reclutara entre ellos un ejército que tomaría parte en la guerra contra Alemania. El general Anders, que había estado recluido en régimen de aislamiento en una prisión rusa, fue designado para dirigir el nuevo ejército; instaló su cuartel general y pronto llegaron polacos para alistarse de todas partes de la Unión Soviética, incluso de los campos de oro de Kolyma, en el noreste de Siberia. Pero rápidamente se dio cuenta de que entre ellos apenas había ex oficiales y que faltaban miles de oficiales que habían sido capturados en 1939, incluidos varios generales. Se dirigieron consultas al gobierno soviético, pero no se recibió una respuesta satisfactoria; Los funcionarios soviéticos simplemente dijeron que todos los prisioneros habían sido liberados, a través, del acuerdo y que no sabían el paradero de esos individuos en particular. Cuando después de varios meses ni un solo polaco que había estado en Kozielsk, Starobielsk u Ostashkov antes de llevar, a cabo, la limpieza de esos campos en la primavera de 1940 (a excepción de los 400 llevados a Pavlishchev Bor) había llegado a los centros de reclutamiento polacos, las autoridades militares polacas se pusieron muy inquietas. A petición suya, el gobierno polaco en Londres investigó en Polonia, a través de la clandestinidad polaca, para determinar si allí se habían recibido noticias de los hombres desaparecidos, pero se le informó que sus familias no habían recibido ninguna carta de ellos desde mayo de 1940, aunque antes de esa fecha se había permitido la correspondencia. Cuando las gestiones ante el Comisariado Soviético de Asuntos Exteriores no produjeron ningún resultado, el asunto fue abordado directamente con Stalin, primero por el embajador polaco y luego por el primer ministro polaco, el general Sikorski, quien visitó Moscú en diciembre de 1941. La única contribución de Stalin a la solución del problema fue la sugerencia de que los prisioneros desaparecidos podrían haber escapado a Manchuria, lo que implicaba que habían sido enviados a Siberia. A petición de los polacos, los embajadores de Inglaterra y EE.UU en Moscú también llamaron la atención del gobierno soviético sobre el asunto, pero sin ninguna respuesta satisfactoria. En abril de 1943, después de un año y medio de búsqueda e indagatoria sin encontrar ningún rastro de los oficiales desaparecidos, los líderes polacos ya habían llegado a la conclusión de que las autoridades soviéticas estaban mintiendo en sus afirmaciones, sobre  todo lo que había ocurrido a los prisioneros, y de mala gana infirió que ya no estaban vivos.  En abril de 1943, la radio alemana anunció el descubrimiento de cadáveres con uniforme de oficiales polacos en fosas comunes en el bosque de Katyn, no lejos de Smolensk, y declaró que eran víctimas de una masacre rusa. La respuesta polaca a la noticia fue emitir una declaración pública relatando la historia del asunto (que hasta ahora no se había mencionado en la prensa aliada) y solicitar una investigación de las tumbas de Katyn por parte de la Cruz Roja Internacional. El gobierno alemán también accedió a una investigación de la Cruz Roja Internacional, pero el gobierno soviético no solo se negó a aceptar, sino que también rompió relaciones diplomáticas con el gobierno polaco, acusándolo de complicidad con Alemania por no haber denunciado de inmediato las acusaciones alemanas.


Al mismo tiempo, el gobierno soviético presentó una versión del destino de los oficiales polacos de la que no se había oído nada anteriormente; el gobierno declaró ahora que habían sido confinados en campos al oeste de Smolensk y habían sido capturados por los alemanes cuando invadieron el área en el curso de su invasión en julio de 1941. Está claro que si esta versión soviética es cierta, los líderes soviéticos debían de haber estado al tanto, de todo lo que había sucedido. Durante todo el período en el que se dirigieron investigaciones polacas, británicas y estadounidenses en un esfuerzo por localizar a los prisioneros desaparecidos. ¿Por qué, entonces, no dijeron que los prisioneros polacos, junto con algunos cientos de miles de soldados rusos, habían caído en manos alemanas durante la gran retirada de 1941? Si los rusos eran inocentes en todo este affaire, no había ninguna razón por la que no hubieran admitido desde el principio lo que alegaron posteriormente. Si, por el contrario, eran culpables, tenían una razón muy convincente para no contar tal historia excepto como último recurso; sabiendo que las tumbas de Katyn estaban en territorio ocupado por los alemanes, solo podían esperar que no fueran descubiertas, pero si les decían a los polacos que sus prisioneros estaban en manos alemanas, los polacos buscarían en Alemania a través de la Cruz Roja Internacional, y los alemanes podrían interesarse demasiado en buscarlos. Mientras los rusos persistieran en decir que no sabían dónde estaban los oficiales polacos, nadie pudo probar que estaban muertos; solo con la exhumación de los cadáveres de Katyn, el problema de los prisioneros desaparecidos se convirtió en una pregunta sobre quién los había asesinado. Posteriormente, con el trascurso de la guerra los rusos volvieron a ocupar el área de Katyn en septiembre de 1943, nombraron una “Comisión especial para establecer e investigar el paradero de los oficiales polacos fusilados por agresores fascistas alemanes en el bosque de Katyn”. Este organismo, compuesto en su totalidad por ciudadanos soviéticos —ni siquiera los polacos comunistas estaban representados en él— publicó un informe que elaboraba la versión soviética que se había presentado tras el anuncio alemán del descubrimiento de las tumbas. Este documento estimó el número total de cadáveres en 11.000 y declaró que los alemanes, después de haber matado a los prisioneros polacos en el otoño de 1941. Después de su derrota en Stalingrado fue cuando cargaron contra los rusos por el exterminio y, por lo tanto, en marzo de 1943, un mes antes: Anunciaban públicamente el descubrimiento de las fosas, desenterrando todos los cuerpos, de los cuales, se extrajeron de ellos sus documentos con fechas posteriores a abril de 1940 e inmediatamente, volver a enterrarlos. Antes de que los alemanes se retiraran de Katyn, permitieron que la Cruz Roja Polaca llevara a cabo un examen de las tumbas de Katyn. La Cruz Roja Polaca no hizo ninguna declaración pública sobre lo que encontró y, por lo tanto, no se la pudo acusar de ayudar a la propaganda antisoviética alemana; su objetivo principal era identificar tantos cuerpos como fuera posible para informar a los familiares de los muertos, pero su informe completo sobre la evidencia se transmitió en secreto al gobierno polaco en Londres. La investigación de la Cruz Roja Polaca mostró que el número total de cadáveres en las tumbas de Katyn no llegaba a los 4.500, y que todos ellos procedían del campo de Kozielsk; no había prisioneros de los campos de Starobielsk o Ostashkov. Los alemanes, sin embargo, ya habían anunciado que habría entre 10.000 y 12.000 cadáveres, y el informe de la Comisión Soviética, como se mencionó anteriormente, cifraba el total, en 11.000. Los alemanes, naturalmente, tenían interés en aumentar el número de víctimas con fines propagandísticos. Para los rusos, el significado del número involucrado era bastante diferente. Si solo los prisioneros de Kozielsk estaban en las tumbas de Katyn, ¿dónde estaban los de Starobielsk y Ostashkov? Ninguno de ellos ha sido visto de nuevo, por lo que se puede suponer que aquellos que no estaban en Katyn perecieron en otro lugar, pero no se sabe nada, sobre su destino final. Al poner la cifra en 11.000, el informe de la Comisión Soviética implicaba que todos los prisioneros de los tres campos habían sido asesinados en Katyn, y se eliminó el problema de contabilizar por separado a los prisioneros de Starobielsk y Ostashkov.



La Cruz Roja Polaca encontró alrededor de 3.300 cartas y postales en los cadáveres, ninguna con fecha o sello posterior a abril de 1940; varios diarios que terminan en abril o la primera semana de mayo de 1940 (uno de ellos describe en su última entrada el viaje en un camión con escolta de la NKVD/Antiguo KGB,  desde la estación de tren de Gniezdovo hasta el bosque de Katyn); y cientos de copias de periódicos o fragmentos datados, todos de marzo o abril de 1940. El informe de la Comisión Soviética, como hemos visto, libera de sospecha a la Cruz Roja Polaca, sobre la tesis de estar  mintiendo sobre este asunto, sino que había sido engañada, ya que alega que los alemanes habían desenterrado los cuerpos en marzo de 1943 y habían retirado toda la documentación de fechas posteriores a abril de 1940. Éste es el quid de toda la historia y Mackiewicz en su libro no tiene dificultad en refutar la explicación soviética. En primer lugar, no se trataba sólo de sacar papeles, sino también de sustituirlos por otros, de reescribir y falsificar detalles en los diarios y, sobre todo, de producir la cantidad requerida de periódicos rusos de la primavera de 1940, que, salvo en casos extremadamente improbables: la suposición de la gran existencia de ellos habían caído en manos alemanas, tendrían que haber sido especialmente reimpresos de los archivos, con el fin, de ser ubicados en los cuerpos. Pero incluso si se hubiera llevado a cabo toda esta elaborada falsificación, el supuesto proceso de posicionamiento; era técnicamente imposible. Como escribe Mackiewicz sobre su observación de las exhumaciones en Katyn: “Todo estaba empapado y pegado con un líquido cadavérico asqueroso, maloliente y gomoso, era imposible desabrochar los bolsillos o sacar las botas. Por lo tanto, fue necesario cortarlos con cuchillos para encontrar las pertenencias personales… Ningún dispositivo o técnica humana permitiría realizar una búsqueda en esos bolsillos, sacando algunos objetos y poniendo otros, y luego abrochar los uniformes, y volver a colocar y apretar los cuerpos en una masa, capa sobre capa…” De hecho, no es necesario confiar en la evidencia polaca para rechazar la historia de la falsificación de la documentación en marzo de 1943 como una imposibilidad manifiesta. Ya sea que los cuerpos hayan estado en la tierra desde la primavera de 1940 o desde el otoño de 1941, seguramente habrían estado en las mismas condiciones que describe Mackiewicz, y habría sido absolutamente imposible ocultar las huellas de la supuesta operación de falsificación. Haber presentado todo este trabajo a los expertos imparciales de la Cruz Roja Internacional habría implicado cierta exposición de la documentación. Debemos concluir, por lo tanto, que la supuesta exhumación y nueva inhumación en marzo de 1943 nunca tuvo lugar, y que la datación de la documentación sobre los cadáveres determina la fecha de la masacre. Y, como dice Mackiewicz, si sabemos cuándo se hizo, también sabemos quién lo hizo. Así se descubrió que el 19 de septiembre de 1939, dos días después de la invasión, Lavrentij Beria ya había comenzado a establecer campos de concentración para prisioneros polacos. Probablemente en vista de la masacre que tuvo lugar entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1940, soldados, guías, gendarmes, policías y funcionarios de prisiones fueron sacados de los campos de Ostashkov, Kozielsk y Starobielsk. Kozielsk y Starobielsk, alrededor de 22 mil personas en total, de las cuales 8 mil eran oficiales. Los llevaron en pequeños grupos al bosque de Katyn, cerca del pueblo de Gnezdovo, a poca distancia de Smolensk, les dispararon en la nuca y los enterraron en fosas comunes. Mikhail Gorbachev asignó a su país la responsabilidad del asesinato en masa y su sucesor, Boris Yelsin, publicó los archivos estatales que lo confirman. Los agentes de la NKVD llevaron a unos 20.000 oficiales polacos al bosque de Katyn y los ejecutaron. Más tarde, el Politburó culpó a los nazis de la atrocidad, y este mito persistió durante los juicios de Nuremberg. Puede que todo esto, que nos suene a historias de abueletes en la puta guerra, a lo mejor, es esclarecedor, del porqué la esencia del diablo, perdura travestido en un dictador, cada 100 años. Como dijo el poeta ucraniano. Así, hablamos en mi pueblo…

P.S.; Poema del autor ucraniano Volodymyr Svidzinsky (1885-1941)

El brillo de las superficies muere en la sombra.

y el antiguo silencio duerme,

Como agua decantada en un cuenco.

Solo mis manos viven,

extrañas y separadas,

a sus movimientos

Oblígame a meditar,

Como el susurro de una hoja.

 

Voy a la ventana,

Un poste roto se encuentra junto a la terraza,

Crece moho en los canalones

Donde los copos de nieve se juntan en invierno,

Donde los pájaros se posan por la mañana.

Presiono mi frente contra el vidrio.

Y mira por un rato.

 

No amo el advenimiento de la noche

Parece culpable, un lino oscuro,

Los bordes verdes borrosos de la vegetación.

Se acumula un enorme charco de silencio.

¿Dónde se han ido los pájaros?

 

La superficie brillante de las cosas muere,

Las cortinas cuelgan inmóviles

Como tallado en piedra.

En mi círculo definido de silencio

Me vuelvo más insensible, y triste,

Como una linterna china olvidada atrapada

En una rama de algún viejo huerto.

 




Dedicado a todo el pueblo ucraniano que sufre la invasión y agresión del dictador Putin

 



Fotogramas adjuntados

America, America 1963 By Elia Kazan

Katyn (2007) By Andrzej Wajda,

Judgment at Nuremberg 1961 By Stanley Kramer

The Journey (1959) By Anatole Litvak

The Spy Who Came In from the Cold (1965) By Martin Ritt

Im labyrinth des schweigens labyrinth of lies (2014)  By Giulio Ricciarelli


Bibliografía consultada y recomendada

Katyn: Stalin’s Massacre and the Triumph of Truth By Allen Paul (2010) Ed. Northern Illinois University Press

La matanza de Katyn: Historia del mayor crimen soviético de la Segunda Guerra Mundial (2020) By Thomas Urban Ed. La Esfera de los Libros

 






 


René Robert; el artista olvidado y lapidado en su barrio. Los sinhogar espantan


 

Un hombre murió en París. Les parecerá absurdo el porqué de toda esta historia, aunque yo la encuentro terrorífica. Dicen los del “a toro pasado” que son cosas que pasan. Da la sensación que estuviera hablando la lumbrera del entrenador argentino, de turno, en la rueda de prensa posterior al partido. Ésta, es la filosofía del partido a partido… ¡Manda huevos! René Robert murió en la calle como un perro. Esto también sucede, o claro, cómo hay más longanizas que colas que atar a los perros Igual no toca el nuevo debate. El bueno de René era un veterano fotógrafo artístico nacido en la bella villa de Friburgo del distrito de Sarine (Suiza), que se hizo reportero fotográfico, al comienzo de la década de los 60 en Francia. Un día conoció a una bailaora flamenca, de origen sueco, que le llevó a conocer el tablao "Le Catalan". Allí se encontró con las grandes figuras de este arte Made in Spain: su cámara inmortalizó la mirada de todos los más grandes artistas del flamenco puro. Robert, desafío nuestra conciencia colectiva en su trabajo de escenas de grandes leyendas como Camarón de la Isla, Fernanda de Utrera, Chano Lobato o su querido Paco de Lucía. Un buen hombre de gran corazón y un ojo muy fino para descubrir el alma del duende flamenco. Publicó tres libros que son icónicos en ese mundo del cante y el alma: Flamenco (1993), La Râge et la Grace (2001) y Flamenco Attitudes (2003). El año pasado cedió todo este gran legado a la Biblioteca Nacional de Francia. Ahora, tras su trágico final, fue recordado, en la redes, por otro cantaor de sus trabajos más recientes; Arcángel  —“Me siento muy triste por la pérdida de René Robert, a quien tuve la suerte de conocer y ser fotografiado”, dijo esta estrella del arte flamenco, ganador de un Grammy. RR vivía en el centro de Paris, en su barrio, donde fue hallado muerto. Su cadáver se encontró 8 horas después de tener una caída fortuita. Así fueron los hechos acontecidos la tarde del 19 de enero, René Robert sale de su casa, a dar paseo por su barrio de París, muy cerca de la Place de la République. Son las 9h p.m. A RR le encanta andar por la noche en la rue de Turbigo, cerca de les Halles, entre esa vorágine de jóvenes y turistas que han venido a la "Ciudad de la Luz". René es un enamorado de la noche y esa gente que se mueve en el blanco y negro de la tarde. Y cada tarde, en muchos pueblos de Francia y España, los ancianos salen a dar un último paseo. Nada especial. Es algo muy del sur de Europa y en Paris, una acción que al mismo tiempo, comparten miles de ciudadanos de la villa. Vale, que todos algo más alertados por la pandemia del nuevo Covid Omicrom de este desgraciado invierno. De repente, por alguna razón misteriosa, cae en la acera. Al parecer, fuentes cercanas, pudo sentir un mareo. Él cae, presuntamente, por un mal paso con un bordillo. A ver ¿Cuántas veces habremos tropezado con alguna boca de riego, adoquín o pedrusco fuera de lugar o la típica piel de un plátano maduro, que estaba a un metro y medio de una papelera? Es normal, me pasa a mí con 55, me pasaba con 25, a mi sobrino con 8 y la abuela de un amigo mío con 80. Vaya esta vez, le tocó al bueno de René Robert con 84 tacos. Algo de lo más normal, aunque tenga visos, de terminar en una pesadilla de cuento escrito por Dickens y Lovecraft en Navidad. Todos los principios de año, hay un aura de tristeza, de soledad y cortante gelidez. El frío marca muchísimo a la gente y el calor tiene esa habilidad de unirlas. Basta con ver, antes de la pandemia como se sentaban unas conocidas brasileñas con unos amigos daneses en una mesa. Los daneses se ruborizaban por el desprendimiento de todo rictus protocolario, de eso llamado occidente. Algo muy raro está pasando por Paris. Sí, en esa ciudad que es la ciudad de la luz, de los artistas como René, que saludan al mesonero del barrio, a la dueña de la panadería, al kiosquero que le compra la prensa y a los pakistanís de la frutería de la esquina. Bien, a lo mejor, alguien sigue muy perdido con este artículo y no sabe que el 19 de enero, en el hemisferio oeste hace un frío que pela y los dientes rechinan como en un taller de carpintería metálica.


A medida que pasan las horas, el mercurio desaparece entre los muchos grados bajo cero de la escarcha parisina. Lo siguiente, tiene mucho de ordinario, o más bien si lo es, eso diría demasiado sobre nuestra pequeña cobardía habitual y todos nuestros defectos cotidianos. No es mi caso. Luego les diré porque no es mi caso ¿Pero qué está pasando? Ahora mismo, el bueno de René está en el suelo. El tiempo vuela. La gente pasa. Estamos en Paris, en una hora punta, donde pasan cientos y miles de personas con las célebres mascarillas y todas las medidas de contingencia obradas por el presidente Macron. Evidentemente, en una situación de estatismo o parada por falta de movimientos, a temperaturas bajo cero; los cuerpos pueden enfriarse hasta la hipotermia. Y este hombre se queda allí, tendido de cuerpo entero. Algunos de los transeúntes lo evitan, otros fingen que no está allí, otros imaginan que está ebrio (…) Otros con la cantinela: “un borrachín más, por aquello de entrar en calor.” Pues, estúpidos del alma, nadie se puede caer, que igual se ha dado el porrazo y parece que intenta recuperar la sobriedad o el equilibrio natural. Pero, no, fíjate, tú, se te va a echar encima de ti, con el pestuzo a alcohol. Todos lo evitan. La mirada se vuelve estrábica. Las horas pasan. Se hacen largas, René no está aquí para decirnos lo que sintió con la espalda como un témpano en la glaciar calle Turbigo: una hora, dos horas, tres y cuatro. René se ha convertido en parte del mobiliario de la ciudad del Sena. Ya que han pasado un montón de horas y nadie ha sido capaz de acudir y preguntar a este este hombre. ¿Cómo está Monsieur? ¡Oiga!, ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llamemos a una ambulancia? Aunque se encuentre bien, o medio bien, nuestra obligación es llamar al 112—es gratis— y dar el aviso sobre esta persona. Pero no, tres horas después del incidente, de la caída del bueno de RR, los transeúntes salen de los bares de los alrededores gritando y corriendo, entre carcajadas y mascarillas de pulsera. Unos van y otros vienen decía, Julio Iglesias y su chaqueta sin bolsillos. Las cuatro, las cinco. No tiene la gracia de una canción de Sabina. No sirve. Tampoco me vale el sarcasmo del sicario de Collateral de un Tom Cruise magistral cuando dice, aquello de lo del metro de L.A.; “Un tío sube al metro de Los Ángeles y se muere, ¿crees que alguien se da cuenta?” ¡Joder! Genio y figura. Dirán algunos. Nuestro protagonista lleva, nueve horas tirado en el suelo en uno de los barrios más festivos y animados de esta gran ciudad. Sin embargo, ¿tenemos que creer que la gente festiva era demasiado festiva, los transeúntes eran los más ansiosos por volver a casa, los turistas más curiosos de todo Paris eran los más fisgones de los 365 días del año?



 

Todos miraron hacia otro lado, o en otra dirección, o lo encontraron normal: la operación de escapismo de la mirada, es un éxito, además queda una frase muy cortita, castiza e internacional: ¡qué le den! Estos pedigüeños y borrachines no paran de dar por el saco. Esa sería una de las frases más normalitas para comentar. Alguien, por quien este amanuense que no termina de salir de su estado de shock, siente gran admiración es el escritor rumano, Elie Wiesel que ganó en el año 1986, el premio Nobel de la Paz dixit: la sociedad con la que yo tuve que convivir estaba compuesta de tres sencillas categorías: los asesinos, las víctimas y los indiferentes. Y a propósito de la indiferencia, en una conferencia de fin de milenio en Washington, que se llamaba: “Los peligros de la indiferencia”, hago un inciso y espetó: ¿Qué es la indiferencia? Un estado extraño e innatural, en el cual, las líneas entre la luz y la oscuridad, el anochecer y el amanecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal, se funden. ¿Cuáles son sus cursos y sus indisolubles consecuencias? ¿Es una filosofía? ¿Es concebible una filosofía de la indiferencia? ¿Puede uno ver la indiferencia como virtud? ¿Es necesario, de vez en cuando, practicarla, simplemente para conservar nuestra sanidad, vivir normalmente, disfrutar una buena comida y un vaso de vino, mientras el mundo alrededor nuestro experimenta una terrible experiencia? Por supuesto, la indiferencia puede ser tentadora, más que eso, seductora. Es mucho más fácil alejarse de las víctimas. Decía el bueno del Dr. Luther King; “Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos” Y es que el individualismo avanza a una velocidad de vértigo cada vez que se debilitan las "restricciones" desde arriba: la criba es demoledora. Ya nos ponía en aviso Tocqueville cuando anunciaba el moderno recogimiento de los individuos en pequeños átomos, colocados herméticamente uno en la ciudad del otro. Entonces, ¿Por qué cuidar a alguien que se cae en la calle y preguntarle estás bien? Cuando la preocupación de este revolcón al borde de la acera parece casi un extraño heroísmo. Ahí radica la paradoja: estamos en un estado cada vez más providencial (con impuestos obligatorios en un cincuenta por ciento) mientras nuestras sociedades están formadas por individuos cada vez menos preocupados por los demás. Es como si la solidaridad fuera cosa de todos y no de cada uno en particular. Por todas estas razones, muchos de esos René Robert, que siguen por ahí, la mayoría de las veces desconocidos para todos; mueren en nuestras ciudades festivas, inquietas y ricas. No hace falta ir hasta Paris viendo como las pasan nuestros Homeless.



En mi ciudad, la sempiterna falla de marras, cansado de un mediocre de alcalde más preocupado en hacer un carril para skaters de 50km/h (no quiero hablar de la cantidad de personas mayores que son atropellados por esta plaga de niñatos, subidos en los patinetes de energía eléctrica diabólicos), aunque haciéndose el remolón con una cantidad de gente que medio deambula, con las caras completamente idas y sin posibilidad de ir a un refugio en condiciones. No se preocupen con políticos como quienes tenían la responsabilidad de las residencias de Madrid o las de la Falla y centros de internamiento para menores con problemas, gestionadas por pseudopedófilos enchufados, por un botón, vía Cabañal. Si tu alcalde está obsesionado con el legado de una alcaldesa que bebía como un cosaco y estuvo en el puesto un cuarto de siglo, qué cojones les vamos a hacer. ¿Y qué pasa con el megapresidente Macron? Ve chalecos amarillos hasta en la noche más oscura de Paris; es que nos hallamos delante del silencio de los mediocres que se apuntan al blasón electoral cada 4 años y el rebaño, encantado. Cuando todos ellos, su mayor preocupación, pende de esos nuevos invasores que claman por un techo y el grosor de su dermis. Otro gallo cantaría, si toda la clase política de cualquier pelaje mirarse a los seres humanos a ras de suelo o con la ceja pegada a la acera. Afortunadamente, todavía quedamos ciudadanos. enfermos crónicos, que a pesar, de nuestras limitaciones, nos educaron en los valores de la EGB, como preguntar o intentar ayudar a más de uno tirado en la calle o incluso reprender un manotazo de un supuesto a novio a una chica, porque ves que la cosa se pone fea y te has jugado el careto contra ese neandertal. Me quedo con el amigo personal de René Robert, el periodista Michel Mompontet y estas palabras que son un extracto sobre lo que —al respecto de todo este sórdido episodio— dijo en su perfil de Twitter: “Y todos nosotros, tan ansiosos de existir en las redes sociales, de tener un lugar en el sol digital, de sumar "likes" a "likes", ¿no tendemos a descuidar el mundo real y en él a nuestros vecinos de edificios, los que andan por la calle y no saben a dónde ir porque no tienen casa? Sí. Es como si la muerte de los elefantes africanos nos preocupara más que la muerte del vagabundo a la vuelta de la esquina. Cuando miramos este drama de la vida ordinaria de manera diferente, muchos temas de sociedades olvidadas se cruzan. ¿Quién se ocupa de las personas que mueren en la calle?” Prueben a salvar a algún homeless o como les gusta a la administración tan burocráticamente armada decir: Los Sinhogar, pedazo de eufemismo, del armazón estatal, autonómico y local, tan divinamente enrollado, dándose de hostias por una placa de cobre y a ver quien la tiene más larga, mientras el ministro-a de la cosa social, en su estilista. Pena de occidente.  





                                        Dedicado a René Robert marzo 1936/enero2022   In Memoriam







Fotogramas adjuntados

Los Olvidados (1950) By Luis Buñuel

Retrato de René Robert by Prisca Briquet

Central do Brasil (1998) By Walter Salles

Brutti, sporchi e cattivi (1976) By Ettore Escola









Ander: La bella oveja de cuadros marrones

 


Los días pasan y cada día aprendes algo nuevo, aunque no te des cuenta. En esta sociedad, se nos enseña a ser ovejitas blancas, para que el pastor y sus perros puedan manejarnos a su antojo sin temor a rebeliones. Se podría decir que nos comen la cabeza desde bien pequeñines para "caparnos", en nuestro esplendor, de toda ideología propia y sólo saber emitir berridos. Dice una vieja fábula: un pastor teme a la oveja negra porque siente pánico —a que llame la atención de las ovejas blancas y perder su control— pero éste es listo y ha educado, muy bien, a sus acólitas (más bien, les ha dado el pienso más exquisito) para que, éstas, sin pensar: ignoren, insulten y agredan a la pobre oveja negra. Empero, sin que ella, haya hecho nada malo. Sin embargo, aquí no termina la contienda. Si las ovejas blancas no pueden demoler la voluntad, que entienden, como su enemiga, los perros ansiarán inutilizarla de un modo mucho más doloroso. Y aquí, uno se pregunta lo siguiente: A) ¿Me tiño de oveja blanca, algo que me arrastraría un trastorno de compatibilidad al pretender ser lo que uno, no es. B) ¿Soportar todas las hostias sin ceder, un milímetro, pero que todos sabemos que esas heridas no cicatrizan bien y pueden acabar con una sepsis de caballo? C) El suicidio. No tiene vuelta atrás. Es tan demoledor que termina por sacar a la luz la hipocresía del silencio y la indolencia del rebaño. Nadie se atreve a decir una mala palabra de un muerto. Todo son panegíricos y abrazos venenosos en una fría tarde de otoño. —Oh! Qué pena. Era tan majo, inteligente, guapo y toda una vida por delante.  Ander San Asensio Bengoechea.



Era una oveja a cuadros marrones. Los perros del pastor estaban preparando la estrategia del nuevo lunes.— Si le das lo suficientemente fuerte, en los huevos, se le nublará la vista y es posible que se maree. Debes aprovechar ese momento para empezar a pegarle puñetazos en la cara, preferiblemente en la nariz, que es lo que más fácilmente se rompe. Y San Asensio, será nuestro. Esto era un día sí, un día no. Hasta que se convirtió en un todos los días.

 

     En el caserío de Ander en un bello pueblo entre Vizcaya y Guipúzcoa

 

Ander se hallaba semirecostado en su cama y acaba de escupir sangre en la palangana que tenía debajo de su lecho. —Estoy harto, hundido, hecho una mierda… El acusado de toda expiación de culpa, el que tiene que sentir vergüenza, sufrimiento y tormento. Todo esto va a peor. Las manos le temblaban, cogió el móvil para ver los últimos mensajes que había recibido. Simplemente, más insultos. Cogió la cuchilla que llevaba guardada en la mochila, ya no podía más. Tragando saliva se hizo el primer corte, el segundo y el tercero. Así hasta perder la cuenta. Pensaba, ensimismado, —¿por qué a mí ha de pasarme esto? ¿Por qué el mundo es tan cruel, tan depravado, tan nauseabundo, tan asqueroso, tan bestialmente cruel...Mil cosas?



Pero ya daba igual estaba decido a irse de ese jodido lugar. Se acostó en la cama  y así paso otro día. Sonó la alarma, sus ojos llenos de lágrimas y su corazón hecho pedazos se preparaba para otro día. Salió temprano, se puso los auriculares y subió el volumen al máximo. Caminaba sin prisa, tranquilo, no por ello notaba en su corazón el pálpito del miedo. A lo lejos ya se veía —de nuevo— la cárcel de sus problemas, la jaula donde le arrancaron las alas y la piel a tiras. Llego a clase, a su clásico sitio, en la esquina final de aquella húmeda clase. Dejó pasar las horas, contaba el tiempo que quedaba para poner el punto final, a su martirio diario, el de las bolas de papel y los insultos. Nunca tenían un tiempo muerto. Siempre en marcha —imparable—  como un canal de streaming, pobre criatura; nunca tuvo el mínimo apoyo de nadie y lo sabía. Miraba con la mirada perdida. —Solo dos horas más, vamos, tío, tú puedes. —Tan sólo quedan dos putas horas y fin. Su voz completamente quebrada y la cara pálida, por unos pómulos que provocaban la caída a borbotones de lágrimas. Sonó la sirena del final de las clases.





Siguiendo la costumbre, salió el último y se dirigió a un parque cercano, donde se sentó. Miraba con la pena del reo, el pueblo donde nació y donde todo estaba a punto de concluir; el lugar donde le habían triturado su dignidad. Sacó un frasco de pastillas y se lo tomó entero, utilizando una pequeña botella de agua. Cogió un cúter y empezó a cortarse las muñecas, verticalmente, mientras sus ojos enrojecidos expulsaban sus últimas lágrimas. Desde lo alto de la sima, se desplomó al suelo, la carta que sostenía su mano, comenzó a empaparse de sangre. Los ojos se cerraron lentamente y su pesadilla finalizaba. Al llegar la noticia nadie se lo podía creer, nadie se imaginaba que; el joven Ander estaba padeciendo ese tormento. Nadie se imaginó —por un instante—, que ese niño, que se acababa de suicidar era yo. En aquella carta se podía leer: los perros del pastor, ya no tienen a quien morder, porque era un chaval, ni blanco, ni negro. Ander fue siempre una oveja cariñosa de cuadros marrones.



                                                                      FIN


                             Dedicado a Antonio Gasset mayo 1946/septiembre2021 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

Der junge Törless (1966) By Volker Schlöndorff.

Carrie (1976) By John Carpenter

The Children (1976) By Terence Davies

Före stormen (2000) By Reza Parsa






La joven del cántaro

 


Aquel colchón de poliestireno expandido me estaba matando. La noche no bajaba de los 27 grados y la humedad relativa era del 79% Me tomé otro halcion más, a ver, si encontraba algo del gabán de Morfeo. Así, como el que nunca suele encontrarse con seres tan hermosos. Como una bocanada de viento en Pascua y salida de un prado asturiano, a través, de las entrañas del aire, una joven de grandes ojos verdes se incrusta en mi sueño. Viste ropas de montañesa, a modo, de pastorcilla con su clásico cántaro de agua en el regazo. Llega a la orilla del río y se arrodilla. Enreda el remolino del agua fresca y cristalina, formando con sus dedos ondas que la fuerza del empedrado en el agua los disuelve. Sonríe, me mira. Comienza a cantar, y arranca llantos al viento que mece a las cañas del margen del río... Vamos ni el mejor personaje de Covarrubias Herrera. Tengo la garganta momificada, la sed me mata con su beso seco. Descalzo, en mitad de la sofocante madrugada, me levanto del sofá y me dirijo hacia la cocina. Mis pasos retumban sobre el suelo. Abro el frigorífico y, por unas dulces milésimas, me envuelve un abrazo frío. La botella de agua helada se clava en mis labios y me llena la boca con su flujo, que va cayendo por las boceras de los carrillos.—¡Ahhh! Qué fresca y que puta sed. Menudo calor y el A/C roto. Vamos bien. Vuelvo al salón con la botella en la mano. Oh! mi adorado sofá, (hablando muy bajito) es de estos más modernos de multinacional francesa. Lo compré en una oferta y venía con chaise longe incluida. Ésta, me manda un guiño cómplice: ¡Aquí te espero, Man! Parecía querer marcarse unas risas, pero no. Es otra forma, que la silueta de mi espalda, estampada a lerdos trazos de sudor… cómo aprieta en la capital del Mediterráneo, en el centro de la ciudad, la sensación de basca y falta de oxígeno te mata lentamente. 




Agosto, es así, pero bueno, qué son 90 días… Luego lloraremos a Filomena, la novia del socio del agente secreto Mortadelo. Y yo no quiero hacer Snowboarding por la Gran Vía de mi barrio...Cierro los ojos e intento recobrar la imagen de la chica morena de los ojos verdes cántaro... ¿era morena o castaña oscura? No lo sé. No duermo, no vivo. Me tomaré otro triazolam y “pa alanté”, figura. Nuevamente, vuelvo a observar a la lozana pastorcilla que recoge —su gran melena negra azabache— en una trenza que serpentea hasta el inicio de sus caderas. Eso, sí. Ya no hay cántaro. La chica sigue cantando mientras el río le devuelve el inmaculado reflejo de su hermoso cuerpo desnudo. Sus ropas caen rendidas a una velocidad que hasta Newton le haría barruntar. Su piel de leche, nívea, bajo el sol de la montaña, brilla como una virgen de Rafael. Una tez campo de batalla virgen donde el amor; perdió cien mil batallas de orgullosos guerreros de un papa loco. Introduce un pie en el agua, lentamente; le sigue el otro, y el río parece tener ansias por acariciar su lozano cuerpo bucólico. Ahora toda ella es agua cristalina y pura. Goterones de sudor se congregan en mi nuca, mojan mi pelo y el cabecero de la chaise longe de oferta, donde descanso mi asfixiada testa. A mi lado, en el suelo, la botella de agua rezuma frío. Una bocanada, otro trago... otro trago, una bocanada...de aire. Es horrible. Mi corazón sin yo quererlo late con fuerza. Ahora, otro bostezo. Por fin, mis parpados quieren cerrarse y se abre el telón: dormido profundamente.



El sol de la tarde ya se ha transmutado en un remiendo de tonos anaranjados en el horizonte, donde las copas de los pinos quedan recortadas, como por arte de Photoshop. La chica sale del río andando, cada paso es una caricia en la hierba. Un grillo afónico y solitario, inicia una sonata de noche anticipada, cargando el ambiente con ese hechizo que sólo se lee en los cuentos. Yo la espero sentado en la orilla, del río donde llena su cántaro, con unos papeles llenos de versos que descansan sobre mis rodillas. Rimas que yo no he escrito, que me  ha arrancado su sonrisa llanamente del corazón. Ha abierto mi pecho y ha cavado con su mirada de gata un pozo tan hondo que casi se ve el color pardo de mi alma. Es la mirada que me examina, ahora, la misma, ella  sentada frente a mí, aún desnuda y exultante. Sudor y agua. La botella ha empapado el suelo. ¿Acaso llueve? No. Me levanto una vez más del moderno sofá de oferta del folleto del buzón y reto a la quietud de la madrugada con el estruendo de mis persianas al abrirlas. Salgo al balcón y... sí, está lloviendo, a cántaros. Aún más humedad, más agua, más sudor y más agua, más yo. Venga más lluvia, más chaise longe y más empanamiento... ¿Y ella? Comienza la maniobra de aproximar sus labios y su pelo mojado a mi boca —que tiembla de emoción— cuando el aire se vuelve incienso, aunque huele a romero y tomillo. Son grosellas envueltas en pecado. Apenas, un centímetro separan nuestros labios— se detiene. —Dilo, lo estás deseando. Dilo, ya. —Susurra con un tono de voz cuasi musical.

 



Me vuelvo a levantar del sofá dando tumbos, borracho de sueño. Mi casa se está inundando, el agua me cubre hasta las rodillas y los muebles comienzan a flotar; se produce un chispazo trifásico de mil colores, como en un castillo de fuegos artificiales. El agua engulle la pantalla negra de la SmartTV.—No me importa. El espectáculo es desolador e hipnótico. Pequeñas cataratas domésticas afloran desde las paredes, los espejos se van llenando de agua y me reflejan confuso y difuso. Estoy empapado hasta los huevos... Pero no importa; cierro los ojos y me dejó caer sobre el agua que va llenando poco a poco mi casa, me uno a la crecida de ésta. —Llévame contigo. Creo que no me oye, grito —Te quiero, pastorcilla. Lo digo sin saber, qué hostias pasa por mi cabeza, pero de algún modo sabiendo que digo algo. No me oye, ni yo a ella. Ahora, sonríe y me besa. Coge mi mano, ayudándome a levantarme. Corremos desnudos hacia la orilla y nos zambullimos en un estrujón de pasión y olvido. El agua intenta colarse entre los vanos huecos que dejan nuestro deseo carnal. Aunque, dejamos pocos huecos. Nos hundimos el uno encima del otro, y los dos en el río del amor. Las ranas cantan Creep de Radiohead ,y ahora, ya no soy capaz de despertarme. Estoy muy húmedo y cansado. Creo que al final, el agua todo lo cura.




                                                                           F I N


                                 Dedicado a Mario Camús abril 1935/septiembre 2021 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

 

The Rains Came Año 1939 By Clarence Brown

The Naked Jungle 1954 ByByron Haskin

Gojira (Godzilla) 1954  Ishirô Honda,

Gray Lady Down (1978) By David Greene








Adicción a mi 36

 


Abrí el tambor de mi revolver y dejé al descubierto los seis orificios de cada cartucho de mi revólver Colt del 36. Tenía una ordenadísima  fila de balas, preparadas para ser introducidas. La primera era simple, era la bala de la ira, un poco de pólvora y metralla. Los efectos secundarios eran rápidos y efímeros, apenas tiempo para revolverte de dolor. Tan solo, un abrir y cerrar de ojos. Cogí el proyectil  y lo introduje en el tambor sin más preámbulos. La segunda bala era conocida como la lujuriosa, puro vicio. Algo más peligrosa algo ya que no solo te producía una muerte lenta, puesto que, tú estás ignorando esta situación: todos aquellos de tu alrededor son los que sufrirán. Al final, ya estaba dentro del tambor. Bien, llegamos a la número tres la más oscura de todas. Se trataba de la bala de la corrupción. La corrupción es la descomposición del alma y del ser humano. La misma  capaz de acabar con todos tus principios y desviarte de tus valores, haciéndote caer en los dos cartuchos anteriores.



Engendrando una dispersión de dolor a tu alrededor sin impórtate lo más mínimo; lo que el resto pueda aguantar. De repente, un fuerte tembleque, desde la muñeca a los dedos, me ponía difícil, algo tan sencillo, como añadir,  la bala, con las demás. Continué con la tarea de introducir las últimas balas. Estaban en mis manos, las más crueles y demoledoras. En todos los casos producían un terrible sufrimiento a todo aquel herido por ellas. Observé la cuarta bala, la de la traición, recordé a mi abuelo y una frase que hablaba sobre este asunto; ten mucho cuidado a la hora de perder a alguien que quieras, desde la moral y la integridad: es lo más parecido a matar mentalmente, a ese ser querido. Con miedo y lleno de remordimiento, por lo que pudiese pasar, la introduje en su compartimento. La penúltima bala se trataba simplemente de la muerte. ¿Saben lo qué es y lo que significa? Era tan sencillo como disparar una bala al escultor del alma.



Imagínense la cantidad de estremecimientos que pueden ser extirpados de tu interior: piensa, en el óbito y el olor de tu mano a pólvora quemada. Un dolor punzante y electrificado llegaba hasta mi corazón Envuelto en  las lágrimas del huérfano más desgraciado del planeta. Cerré los ojos y la cargué. Tuve que pensar y darle muchas vueltas al tarro. No tenía muy claro que hacer con la última bala. Demasiado osada, no me sentía seguro de su resultado. Quedo en una moneda al aire,  una cara o la cruz, los extremos de un fragmento. Estaba muy cerca de culminar la cúspide de la felicidad pero, un paso en falso y lo destruiría por completo. Paré de darle vueltas al cerebro y directamente la coloqué en su agujero del tambor que quedaba libre. Un suave y ligero golpe seco, coloqué a la perfección la bala del amor. El trabajo estaba hecho.



El revólver estaba viendo rodar su tambor, como una ruleta de la fortuna, girando y girando como en un casino, en una divertida noche de verano. Se detuvo en una de las balas. Puro azar. Entregué el revolver a la vida, y dejé que esta hiciese su trabajo, lo había hecho muchas veces: como siempre lo había realizado, perfecto. Ahora entenderán mucho mejor porque soy adicto a la ruleta rusa. Todas mis locuras y mis mejores pesadillas. Entre tantas cosas sin sentido; que no acabo de acertar. Como muere un día y nace otro. Así vamos cayendo, uno a uno. Es la vida de una triste ruleta, que no sabemos parar, y si yo lo supiera, si descubriera como parar la vida. Créanme que lo haría en este mismo momento. Ahora soy una marioneta muerta, que creía observar como la vida giraba, en torno, a un tambor. Lo entienden, ¿a qué sí? No lo puedo evitar. Me gusta jugar.


                                                                                                 F I N



                                          Dedicado a Charlie Watts junio 1941/agosto 2021 In Memoriam 



Fotogramas adjuntos

13 Tzameti (2005) by Géla Babluani

The Deer Hunter (1978) by Michael Cimino

Lindsay Lohan (2012) by Terry Richardson

Ruleta rusa (2018) by Eduardo Meneghelli

 





El deseo de la chica de ayer que bailaba con la flauta de Fausto




Caminos del viento que llevan al centro de la ciudad de la eterna primavera, dirigen mis pasos hacia la alborada de la existencia, por mi costado Este. En la desesperada búsqueda de la pasión desenfrenada. Mis deseos más ocultos afloran y nada me importa —quiero conocer la fuente del saber divino que deviene a lo profano, prohibido y salvaje— teñido de matices que falsean la diafanidad y enturbian la vista del ojo más agudo de un relojero tuerto. Senderos que finalizan en el más allá de la conciencia son la ruta perfilada para mi viaje, una aventura quizás sin retorno. Las farolas dibujaban en el paseo —una trémula luz— que al llegar a la altura de las moreras parecía ser lamidas en un acto de exacerbada concupiscencia. Aquellas farolas, habían perdido su encanto, ya que iluminaban, en lo radiante del día. Nadie más podría haber imaginado la sombra de una gaviota en forma de caballito de mar, lo absurdo afloraba, a cada paso, el sinsentido lo envolvía todo. La chica del sueño furtivo que flirteaba con la razón y coqueteaba con la verdad, que danzaba entre las espinas de las rosas, sin herirse pero casi tocándolas.





Ella observaba el camino de su epopeya trazada en el romance sombrío de Dionisio. Entre un montón de huellas que demarcan la ruta de lo orgiástico y la búsqueda desenfrenada de placer —en un eterno paroxismo— para encontrar una puerta gris que se abre y tras ella una oscura estancia. En medio de la noche atemporal del negro encierro; se arroja a los brazos del misterio oculto tras lo insondable. Era una chica de sueño proscrito que deseaba ver la luna reflejada en el espejo de su ego. Garbo y porte se fundían en un temperamento altivo, de emociones disonantes, cuales, dieron los compases de un arrítmica acordeón. Del otro lado de la vida, el vaivén de los sentidos, que se balancean al compás de porciones que aceleran las ideas, y agilizan la llegada de matices suavizantes tras los cuales acecha la hiedra venenosa. Una media de tersa piel que acariciaba la lujuria de aquellos personajes —que yacían— entre melancólicos escondrijos junto a la chica del sueño clandestino. 






Patibularias miradas que devoraban la perfección de las marmóreas caderas y alimentaban tentaciones con la turgencia de los senos, en deidad, como obras de un creador lejano: el amante del arrojo de sus anormales criaturas. Bebía compulsivamente escocés hacendado. Ella bailaba con una mujer que la miraba con unos ojos flambeantes de pasión. Después subimos los tres a una oscura celda, en el segundo piso. Se desvistieron en medio de arañazos de placer y mordiscos de deseo, para finalmente, arrojarse al suelo y dar rienda suelta a su frenesí. Yo las observé absorto en sus movimientos convulsivos. Comienzo a excitarme al punto de no poder contenerme y de sentirme muy extraño. Abrí la puerta, descendí las escaleras y bajé dando tumbos hasta salir a la calle. Noté que los adoquines de la calle estaban encima de mi cabeza y llegó una arcada: Uffaaarrggfff! Tiré de vomitona, durante un largo minuto.—Solté hasta la primera papilla del parvulario. Ahora, sí. Respiré hondo, entre un aliento a perro descompuesto y las sienes palpitando.



Una vez, denoté a la calle, en su sitio y mi cabeza en el suyo. Continúe para perderme en medio de la noche. La chica del sueño sigiloso, de impensables lujurias y brebajes prohibidos, que ocultaba sus ansias de luna llena bajo el manto del desenfreno, se esfumó. Aquellos ojos de eterna mirada que observaban el silencio dejado por cada orgasmo después de saciar su inquietud. No los volví a hallar. La tristeza volvió a mi encuentro, ya que no todas las chicas cautelosas tenían un trabajo de muchísimo valor. Mucho más, que el de aquel tipo, de su sueño incapaz de compensar, el pagó que debería haberle correspondido. Apenas, le dio importancia en su momento, y que hoy, si tuviera que mudarse, sería de las primeras cosas que apartaría para no olvidar. La chica de mis sueños, igual que la chica de ayer, estará pensando que ya es hora de hacer los trámites para donar sus órganos y hacer algo con su vida. No quedan promesas del este ni cancelas que separen fronteras, ni tan siquiera plegarias para la redención. Sólo llamaradas en la flauta de un tal Fausto.



                  Dedicado a Francisco Brines Bañó ​ enero1932/mayo2021 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Le notti di Cabiria (1957) by Federico Fellini

Die flambierte Frau (1983) by Robert van Ackeren

Faces (1968) by John Cassavetes

Lilja 4-ever (2002) by Lukas Moodysson