La criada y la bestia



A veces se despierta en la oscuridad de la noche, envuelta en lágrimas, que brotan de sus mejillas mientras declara las manos que la traicionaron. Su habitación es tan silenciosa como el último día. Donde la luz plateada de la luna llega tenue, relativamente timorata, de un modo, que no termina de atreverse a entrar. La confusión se acumula rápidamente, rodeando sus pies descalzos, los cuales, se deslizan fuera de la cama. Las telas de araña adornadas de polvo se extienden desde el techo en largos y oscilantes picos de montañas invertidas. Las criadas, al igual que la luz de la luna, no se cruzan en su dormitorio, y ella está triste, en la más absoluta de las soledades. Flea Vandendorpe sigue atrapada como de costumbre, entre un mundo terrible y la congoja del siguiente, al que tampoco, ya no pertenece. Sus ojos la persiguen con tan solo un ápice de  traición. Si se vuelven para mirarla es porque el resto de criadas de la casa no se preocupan por ella, y sólo su amada prima muerta, le sonríe con calidez, llenando los rincones oscuros de su corazón con un destello de felicidad. En noches de selección, esperarán a que aparezca la luna llena más brillante del cielo. El hombre estará de pie junto a la ventana principal de su enorme casa con vistas a los aldeanos de abajo y ojos acechantes. Cualquiera de las criadas del patio que sea capaz de ver su verdadera naturaleza, será llevada arriba y declarada como su futura esposa.




La  hija de una criada más veterana afirmó orgullosamente entre la multitud que podía ver su verdadera condición, cuando en realidad no podía. La impotencia le llevó a intentar glorificar su supervivencia con una frase llena de frustración. Su prima fue llevada arriba, al torreón del hombre del castillo y declarada como la primera dama de la quinta generación de la familia. Dentro de un mes, ella estará casada con el hombre más rico de la comarca. Eso, creía.(Espetó, Flea). Dos días más tarde aparecieron cerca de la entrada del bosque: unas pocas entrañas de lo que era el cuerpo original de Drika Vandendorpe. Flea entró en pánico a enterarse que la fallecida era su prima carnal. Comenzó a gritar y sollozar:—viene a por mí. ¡Es, él! La bestia que acabó con Drika. Durante la quinta noche de selección, la única criatura que pudo ver la verdadera naturaleza del hombre era, de hecho, y lo fue: Flea. Debajo de la luna llena, ella observó perfectamente al demonio parado detrás de la sombra del señor de la fortaleza. Una sombra, más oscura, mucho más alta y de mayor envergadura. Invisible para la mayoría de los ojos, pero evidente para la bella y atormentada, Flea, que repetía una y otra vez:— El hombre está encadenado por el cuello a la mano izquierda del diablo.— No os podéis imaginar  lo nauseando que es su rostro. Mientras el resto de doncellas hacían como que no escuchaban o estaban a sus tareas.






Dos semanas más tarde

El lado de la cama está frío como un témpano. Dicen que se ha ido por un tiempo.—¿Quíen?— El Sr. De Haas, (cuchicheaba en voz baja, la cocinera). Quizás él nunca se unió a ella en absoluto. Se mira las manos de nuevo mientras se acerca pausadamente a la puerta, sus ojos atormentados se fijan en la suave banda dorada que la une al hombre que ama. El anillo de bodas vale más que todo lo que haya conocido, y se pregunta, como se siente predispuesta a hacerlo cada noche. El estado mental de Flea era más que evidente que se deterioraba día a día. Siguió haciéndose preguntas más allá de lo puramente cotidiano. ¿Por qué la había elegido a ella, la criada de la lavandería, con sus manos ásperas y su cara sencilla, sobre el resto de las damas y las hijas de los nobles que suplicaban por su mano? Era alguien a quien ella no tenía el derecho de tocar y de contemplar de todos modos. Arjen de Bruin era Barón de Haar. Dueño del castillo  y todo el bosque que bordeaba al mismo y la aldea. Ahora ella lleva a su hijo, está tan segura de que es un niño, pues, la mejor constancia de prueba que jamás podría permitirse: Era el hijo de la bestia. Sus manos acunan su matriz silenciosa. Por eso era mucho más odiada, repudiada y hostigada. De repente, sus pies salen de debajo de ella mientras cruza el rellano. Sus manos se apresuran a atrapar la balaustrada. Entre salpicaduras de escarcha y una rancia lluvia por las escaleras. Ella agarra la barandilla con más fuerza. Su corazón golpea lo suficientemente fuerte como para hacer eco en las paredes de la casa. Una vez que tiene su respiración bajo control, continúa bajando lentamente las escaleras, mirando con gesto acusador a los ojos huecos de una criada que la mira a través de las rejas. Quieren que pierda al niño. Piensan que las ha abandonado a la maldición, que no merece a su esposo más de lo que cualquier sirvienta debería merecer al hombre de la casa. Estaba cansada de ocultarlo; una vez que su amor vuelva a ella, ella lidiará el asunto con él. Cuando entra al comedor, lo encuentra frío y vacío, salvo por el retrato de su difunto suegro, colgado sobre la estéril chimenea. Sus ojos son tan amargos como la poca vida de la pintura del retrato y como lo habían sido en vida, las líneas severas y duras de su rostro se mostraban atrapadas.




Ella se arrodilla frente a su fantasma censor y no la pintura de un hombre muerto que hace mucho tiempo terminó en su tumba. Pasa las manos temblorosas por el mantel, sintiéndose segura con la sensación de la tela tejida debajo de las yemas de los dedos, ya que su padre había sido un gran tejedor, recuerda ella. Quizás haya vaho del nacimiento de la comodidad. La hoja caliente de un cuchillo perfora su piel. Ella retrocede, jadeando por la sorpresa. Su sangre mancha el mantel, un rojo brillante y tentador contra el blanco puro. Ahora está en la cama llena de sangre retorciéndose de dolor, entre unas sábanas empapadas de placenta. Vuelve al comedor y lentamente, agarra el cuchillo, observando su sangre brillar mientras lo gira a la luz del amanecer. Se da cuenta de su rostro y está igualmente paralizada por las manchas rojas en su rostro. Ella se ríe, antes de abandonar el instrumento de la muerte de regreso a su lugar en la mesa. Se escucha una voz aterradora.

¿Cuándo volverá tu esposo, querida?

—Ahhh!

—Es el demonio que mató a Drika

Sus pies la llevan a las cocinas, donde la sangre en el tallado le dice que habrá carne para cenar esta noche.—Cerdo, tal vez; huele a cerdo.—Cerdos, cerdas y cabrones… Las cocinas están tan vacías como el comedor, y con un suave suspiro, regresa por la habitación, evitando prudentemente la mancha carmesí que se extiende por el suelo. La criada todavía está allí cuando sus pies golpean las escaleras; unos ojos blancos y grises fijados delante de ella, envueltos en vergüenza por lo que ha hecho. También ella debería ser más contundente. Pero el miedo la paraliza. No se puede perdonar a los que deliberadamente dañan a otros. Especialmente aquellos que habían sido sus amigos. Caso de su prima y su familia durante las arduas horas en el lavadero. Ella olfatea una —y otra vez— cuando pasa el ánima. A la espera de su esposo, en un regreso redentor, que la retire sólo para salvarla del dolor y la tentación de hacerlo ella misma. No hay sonidos en el zaguán, y ella asume que la dueña de la casa duerme. Eso cree. No puede soportar ver su ceño fruncido, o sentir sus palabras rozar su piel. Cuando amanezca, su amor volverá a estar a su lado y la vida tal vez, vuelva a continuar, como aquellos lindos días de principio de noviazgo. Puede que sí o puede que no. Desgraciadamente los cerdos se comen todo lo que les eches. El tiempo cura o condena todas las heridas.

 

                                                                         FIN



            Dedicado a Carl Reiner marzo de 1922/ junio 2020  In Memoriam 


Fotogramas adjuntados 


Der Dibuk (The Dybbuk) (1937) By Michal Waszynski 

Rosemary´s Baby (1968) by Roman Polanski

One Step Beyond: The Bride Possessed (TV) (1959) By John Newland

The Evil (1981) By Sam Raimi 





El abuelo Eufrasio y el lunático de Karmelo Tirapu






Siempre recordaré la vida como era en 1987. Desde mi ventana, las noches hermosas, de luna llena iluminando el descorchado asfalto. Todos los días contemplo desde ella el latir de aquel barrio. Un lugar en medio del centro, donde la clase media siempre fue media. La clase media alta, lo mismo y la clase media baja se descolgaba un kilómetro fuera del distrito. Ellos siempre habían sido medios, como nosotros hasta que el golpe europeo; los defenestró. En nuestra zona vivíamos los medios normales. Ni nuevos ricos ni híbridos aristocráticos. Empero, nos llevábamos muy bien con todo el mundo. Nosotros tuvimos televisión en blanco y negro con estabilizador de tensión. Menudo trasto unos años más tarde. Luego vino la TV color Pal, con llave en la puerta de los controles. Además de veraneo de montaña. Un día de esos que —la gente espera como el agua de mayo— se celebraba la festividad del gran patrón. Nuestro patrón estaba hermanado con el duende del San Patricio irlandés. Era nuestro San Patricio de toda la vida. Qué alegría en el barrio. Además, con eso de la colonia de estudiantes Erasmus (la primera promoción de esta nueva forma de estudiar en otro país), pasamos una noche para la posteridad. La cerveza y los chupitos de whisky corrieron como conejos en una cacería de Berlanga. Menudo colocón. Inolvidable. Esa noche fue Sodoma y Gomorra. Más divertida que una noche fallera en la opera con los hermanos Marx. Todo estaba permitido, como en una noche de carnaval en Rio de Janeiro. Música en directo, hierba y algún éxtasis para ir dándole la bienvenida al tiempo de las Supernovas. Algo no funcionó y los servicios de emergencias se colapsaron. Fue, como si la gente perdiera el hálito. Me costaba decodificarlo, por no terminar de asumirlo. La gente, cuanto apenas, se podía mover y les costaba respirar. Nadie sabía dar una respuesta. Los médicos de urgencias, desconocían los protocolos, y barajaban la posibilidad de algún tipo de virus muy voraz. El gobierno de coalición no sabía qué hacer. Unas caras sacadas de un capítulo de la maravillosa y fascinante serie "Arriba y Abajo" del canal ITV: se miraban unos a otros. Cuando, el presidente ni corto ni perezoso:—Decretó un estado de sitio. Sacó al ejército y militarizó la calle. En 1987 ver al ejército en la calle era muy desagradable. Vamos que te ponía el vello como escarpias. Pero de nuevo, militares pisando el asfalto de la ciudad. En base a toda una serie de subterfugios, de la vieja constitución democrática. Todo el mundo quedó confinado en su casa. Fueron días angustiosos, donde la zozobra y el nerviosismo se habían instaurado en un barrio que siempre fue el reflejo de una enorme convivencia, tolerancia y amor por la vida. Una tarde calurosa de aquel hacinamiento por orden gubernamental y marcial, a cargo del erario público. Me sentía aburrido de la sobredosis de horas de música en la FM y visionado de clásicos de aventuras, en VHS y el carrusel de mis series policíacas grabadas. De repente, entre tanto hastío comencé a divagar y a jugar a ser un pequeño Sherlock Holmes. No he sido mucho de hablar, pero si un chaval de montarse mil aventuras, a través de la ventana Made in Hitchcock. Avistando la casa de los vecinos. Idéntica a la nuestra pero en disposición inversa. Vi cosas que llamaron mi atención. Ya les digo aquella puerta tenía telarañas desde que se fueron a la nueva dimensión el matrimonio de ancianos Torrado. La verdad que resultaba muy chocante, en pleno confinamiento, y todas las medidas tan férreas que se habían dispuesto. Aquello de que la gente anduviera más preocupada de sus devaneos mucho más que del propio aterrizaje de estos nuevos inquilinos:  realmente era muy sorprendente. Empero mis sospechas se hicieron más intensas al comprobar que esta troupe era muy, pero que muy del clan superaritos.—Ya ven quien lo dice... En fin, cosas de la edad.  Mi hermano mayor Íñigo —que le pilló todo este estallido de rebote— me comentó que los vio aterrizar en su vehículo: un todoterreno Land Rover, color mostaza, hacía como 15 días. —Dos semanas, pensé. Es demasiado tiempo. Observé que el hijo (sabía que era un niño porque iba de azul y llevaba un muñeco de Spiderman y otro de Superman). Bajó del coche con la cabeza cubierta por la capucha de una sudadera y la cara tras una máscara de Bugs Bunny. Sí, del gran Bugs, ¡y aún no se la había quitado! Ni la máscara ni la capucha. Dos semanas con el rostro tapado. Todavía no le había visto la cara. Sus padres, a simple vista, parecían normales, excepto porque andaban de una manera muy rara, como mi nuevo primo de Bermeo; Montxo.











Un chinorri que acababa de aprender a andar Era muy pequeñajo, pero muy majo. Bueno, excepto por eso, y por lo de no salir de casa ni a hacer la visita, de turno, al sicario del futuro hacendado. Llevé un recuento de todo lo que hacían y fui apuntándolo en mi diario personal. Por ejemplo, mi ventana que corresponde al estudio: está justo al lado de la ventana número 3. Esa es la del salón comedor. No tenían la costumbre de descorrer la cortinas siempre estaban como en dos poses; primera. El padre o la madre y el hijo agarrados de las manos y sentados en la mesa redonda de la típica salita comedor. Dos; unidos por la manos sobre el tapete blanco de ganchillo —que tiene en mi abuela una manitas total de la técnica— y las coloca en todos sus muebles, para coronar el adorno, con un jarrón de motivos de la huerta valenciana. Una tarde/noche, me pasó algo con lo que no contaba, y tenía muchas papeletas para ocurrir. Mirando fijamente a todos ellos, me percate que la flor del jarrón tenía un color extraño —un azul muy brillante— como si tuviera una bombilla en su interior. Así como unas raíces muy largas, igual de radiantes, que salían del jarrón y se estiraban hasta tocar a cada uno de ellos. ¿Por qué hacían eso? Era algo más que sorprendente y no terminaba de pillarlo. Así un día, otro, y otro… Hasta que una vez me di cuenta que el padre giró la cabeza a una velocidad diablesca y me miró fijamente. Yo me agaché y estuve sin moverme un buen rato. Luego volví a asomarme, pero ya habían bajado la persiana. Esa mirada no me gustó nada. Me asustó mucho, por eso, desde entonces, me asomaba con sumo cuidado y poco rato. Total, no me perdía mucho; era un poco aburrido. Solamente, se rompía aquel tedio, cuando me quedaba observando al chico que se sentaba en el borde del colchón de su cama, de espaldas a mi ventana, y ahí se quedaba, sin hacer nada, hasta que se hacía de noche. Finalmente, su madre corría la cortina y dejaba  caer la persiana. Yo siempre me escondía; por si ella me veía como hizo el hombre. La verdad es que desde ese día, empecé a tener miedo, un poco, tampoco mucho. Pero tenía mucha curiosidad por conocer a aquel chico y saber cómo se llamaba. Mi mamá había decidido que había llegado la hora de que fuera a conocer al niño. No era la primera vez que se preguntaba el porqué, de estos nuevos vecinos no salían nunca a la calle y siempre tenían todas las ventanas tapadas. Pero nunca había ido a hacerles una visita de presentación con un pastel recién hecho. Eso es como las invasiones alienígenas, solo se hace en las películas americanas.—Aseveró mi papá cuando mi mamá le propuso ir a hacerles una visita—. Ella, como siempre, le hizo caso y a ningún otro vecino parecía interesarle los nuevos. Nadie abrió la puerta. De repente, apareció el auténtico de mi abuelo: Eufrasio. ¿Qué haces Koldo? Aburrirme como una ostra y charlar con mi madre… Hijo, mío. Tú madre se marchó hace unos días. Ya está con el papá. No te acuerdas que se la llevó el maldito virus. Me quedé fuera de lugar. No sé si fue una sensación parecida a la autoría de los Reyes Magos. Muy triste. Venga, dame un fuerte abrazo y un beso—¡Me cagüen en la divina! Con lo que yo te quiero Koldo. Escúchame muy bien… —Mi abuelo tenía un deje, en la forma de hablar, muy parecido al cocinero Chicote y me resultaba muy divertido. Hoy nos vamos a marchar de aquí, de esta casa y de este lugar llamado España. ¡Estoy hasta los cojoneees!—¡Pero abuelo, hay toque de queda! Mira me han tenido encerrado en un complejo militar haciendo pruebas por todos los sitios. Un montón de científicos como si fuera una peli del Spielberg. Y según el estudio de mi ADN, tengo un fuerte sistema ultrainmune, unos pocos aseguran que alguna sustancia de mi organismo repelió al “cannis conversus”…—Abuelo, sabes lo que significa? La verdad es que da igual. Hijo mío, yo de latín, pocas misas comí. El abuelo Eufrasio dijo:— Por primera vez en tres meses, soy muy feliz. Qué alegría de teneros aquí, mis queridos nietos, Koldo e Íñigo. (También, se alegra, pero delega en mí la custodia a Íñigo). ¿Sabéis una cosa? No lo puedo evitar. Nos vamos a casa chicos. ¿Dónde abuelo? A Bermeo a pescar un bonito del Norte. ¡Agarramos la barca y para que te quiero Cantábrico! El abuelo preparó una cena muy rica: tortilla donostiarra, con ensalada de pimientos del piquillo y bonito en escabeche.









De postre cenamos un poco de helado. Hasta que me fui a la cama. —Abuelo ven y me cuentas un cuento.—Eso está hecho. Íñigo se quedó viendo una serie de todas aquellas que grabábamos de la TVE.  Mi abuelo vino a la cama y me relató con gran detallismo uno de sus cuentos, tan alucinantes, que me dejaban en territorio de Morfeo. Comenzó sin el "érase un vez…"Y directo al desarrollo. Nuestro improvisado minero de medianoche había nacido con un defecto en las vértebras cervicales que le impedía enderezar el cuello y lo obligaba a caminar con la cabeza gacha mirando al suelo. Eternamente pensativo y cabizbajo, humilde y sumiso a su pesar. Pero con la mirada de un Victorino amargado; listo para embestir. Karmelo Tirapu, era su nombre, conocía la piel de las calles de su pueblo mejor que la palma de su propia mano. Cada milímetro cuadrado del firme municipal, deteriorado y plagado de baches, le era más familiar que las yemas de sus pulgares. Una vez al mes, justo cuando la luna se hallaba en la fase de rotunda plenitud: Karmelo salía. Cerca de la medianoche, recorriendo las calles de su pueblo, buscando tesoros en el suelo. Armado con un completo equipo de "buscatesoros", localizaba fácilmente el codiciado botín, casi con los ojos cerrados. Una noche radiante de la hermosa y reluciente fortuna, desplegaba sus estimados utensilios y muy lentamente, con la suprema delicadeza y ternura de un amante devoto. Se aplicaba con sutil destreza y precisión de un experto neurocirujano. Recogiendo el preciado bien, para introducirlo en el recipiente, habilitado a tal efecto, para transportarlo y conservarlo en las más óptimas condiciones. Y así durante años, todos los meses, cada 28 días, puntual al ciclo lunar, Karmelo Tirapu, fiel a su ritual. Rastreaba palmo a palmo las desiertas callejuelas recolectando, con indescriptible deleite y retemblando de emoción: los brillantes y divinos diamantes que resplandecían bajo la supernova. La veteranía le había enseñado que en las noches de luna llena y previo chaparrón norteño se presentaban las mejores condiciones de avistamiento y nitidez de las fascinantes piedras. Un fatídico día, el Sr. Alcalde, en época electoral y con la oposición pisándole los pies, hizo caso a su jefe de campaña y decidió; que ya iba siendo hora de renovar el firme de las calles y tapar todos los baches. El hombre aullaba de rabia a medida que su ira y frustración crecían y se desbordaban. Bajo la luna llena de agosto sus denodados esfuerzos resultaban baldíos. Una capa de cemento de más de 8 centímetros de escabrosa espesura homogénea, compacta y nivelada. A la espera del tupido asfalto. Roto de dolor y pena, permaneció largo tiempo con la cabeza baja mirando al suelo, rumiando su desgracia; desesperado y desamparado. Lloró como ese niño que —impotente y espantado— observa como su madre es tragada por la tierra, mientras él permanece inmóvil al borde del insondable precipicio. En más hermoso de los plenilunios de agosto, Karmelo Tirapu pateó todas las calles arriba y abajo. Abatido y desolado contemplaba, como todas sus brillantes piedras habían desaparecido. Empero se dejó caer de rodillas y golpeó y arañó el suelo con la furia de una bestia salvaje tratando de arrancar a zarpazos la negra y gélida mortaja de alquitrán. Encorajinado de rabia, se fue en busca de un pico, y se plantó en el centro de la plaza del ayuntamiento. Armado con un enorme pico, aquel hombre, arremetía con saña contra el recién estrenado pavimento que recubría la plaza del Ayuntamiento. Comenzó a cavar como un poseso. Muchas de las viviendas colindantes abrieron las luces y la gente salió a los balcones. Karmelo, estaba roto. Su agotamiento era obvio; tanto mental como físico. Asumiendo la nulidad de sus colosales esfuerzos. Cayó a plomo de espaldas y se quedó mirando al cielo, con los ojos semicerrados.












Todos los vecinos de la localidad contemplaban la extravagante y espeluznante escena: un hombre tumbado de espaldas, con los brazos en cruz y en la mano derecha su pico percutor dirigiéndose, a la hermosa supernova que tenía, encima de su cogote. Se escuchaban los murmullos del personal, pues, Karmelo le dio por hablar con su luna. Así la llamaba. Mi luna, mi Sra. Tú, fiel esclavo. Riendo como un endemoniado. Unas carcajadas macabras y a veces, lanzaba un aullido que ni el lobo más grande de la comarca. La Guardia Civil se personó en su vivienda, donde halló unos enormes recipientes de vidrio. Totalmente sellados, se veía el agua y unas marcas de los diferentes grados de pureza. También estaban ordenados por un etiquetado de fechas, muy bien grafiado, con tinta azul de rotulador. La investigación siguió, con el posterior interrogatorio de los agentes, pero Karmelo no dijo ni una sola palabra. Le preguntaron por las reseñas numéricas y el porqué de las coincidencias con los días de plenilunio. Siempre 28 días. Finalmente, Karmelo, habló. Lo primero que les dijo: el ayuntamiento y su acalde son unos hijos de la gran puta. Algo, que hizo que los agentes, le rebajasen el tono del exabrupto, y se tranquilizara. Se le preguntó por la gran cantidad de jeringuillas que encontraron en un cajón de haya. Así como una gran cantidad de esponjas de baño de diferentes tamaños. Karmelo Tirapu, le respondió, con relativa perplejidad. Eso, sí. En un tono pedagógico y muy colaborador. Comentó que el uso de las jeringuillas era para extraer todo su tesoro de piedras sin crear deformidades y los juegos de esponjas para el proceso de absorción. Los agentes se miraban con cara de incrédulos y el teniente de la casa cuartel mando colocar grilletes a Karmelo.—¿Sabe una cosa, Sr. Tirapu?—No. Voy a llegar hasta el fondo de esta historia.—Algo me huele mal—Si Ud. lo dice. Aquí solo huele mal el alcalde.—¡Cállese y deje de insultar a una autoridad pública! Karmelo miró hacía el techo y se calló. De repente, dos hombres entran en la habitación de detención. Van con una indumentaria muy similar al personal de un laboratorio —de alto nivel vírico— con trajes muy similares a los de cualquier astronauta. Detrás de sus máscaras, oscurecidas, no se apreciaban bien sus rasgos. Era evidente, que no se distinguieran bien sus rostros. Sin embargo sus voces resultan muy afables.— Karmelo Tirapu, somos el capitán Valdivieso y la alférez Escolar. Pertenecemos a la unidad del servicio bacteriológico del ministerio de defensa. —Muy bien. —Vamos a llevarte con el coronel, tranquilo no te vamos a hacer nada raro. Intentan calmarme e ir de enrollados. No me creo nada y este paripé; es una nueva patraña del cabrón del alcalde. Ahora mismo, no sé dónde me hallo. Me quitan las esposas y me sientan en una silla de ruedas.—No se preocupe Sr. Tirapu, por sus seguridad, vamos a vendarle sus ojos.—¿Toda esta historia es necesaria?—De verdad, confié en nosotros.  Noto como alguien me empuja, desde atrás para mover la silla, avanzando en alguna dirección que no consigo determinar. Calculo como un par de minutos y paramos. Me quitan la venda y veo que estoy en la habitación blanca del miedo. No me lo pienso y me quito una de mis botas. Muevo la suela y saco dos ampollas del falso fondo. Es un líquido idéntico al brillo de una luna llena de verano. Pero, Karmelo, no perdona y rompe las ampollas de Covid19.—Excelentísimo, la próxima vez pregunte o haga un referéndum antes de imponer. Yo soy así, dicen que un poco lunático. ¡Joder! Si se ha quedado como un lirón. Buenas noches, Koldo. Tu abuelo te quiere




                                                                                              FIN 




                            Dedicado a Michel Piccoli, diciembre 1920-mayo 2020, In Memoriam








Fotogramas adjuntos

Pacific Liner (1939) by Lew Landers
Contagion (2011) bySteven Soderbergh
Det sjunde inseglet (1957) by Ingmar Bergman
Black Death (2010) by Christopher Smith





                     

La Corporación gubernamental y la plaga Covid 19








Recuerdo despertar, mientras mis pestañas parpadeaban legañosas, abriéndose a un brillo solar cegador. Las yemas de mis dedos notaban los tréboles húmedos. Estaba tumbado en un jardín, sobre un trozo de césped rociado y quebradizo. El ruido de sirenas era insoportable. Había mucha gente con equipos de aislamiento contra contaminación química. De repente, noté la destreza de unos de dedos gomosos de una mujer y comenzó a quitarme alguna de las esquirlas que tenía clavadas en la zona de mi frente. Sacó un pequeña linterna y enfocó su haz de luz hacía mis pupilas —dijo que todo estaba bien, y que estuviera tranquilo; porque sólo había sufrido un golpe pequeño en la cabeza. No debía de alarmarme. Poco a poco, mi visión se hizo más precisa y comencé a descubrir algunos conocidos del instituto tecnológico. Mientras notaba el balanceo del trayecto que producía la camilla. Me agarraron de la mano. No sé quién era, pero su roce fue muy cálido. Sintiéndome tan protegido y mimado, como ya no recuerdo tanto cariño predilecto. Giré mi cabeza y, olvidándome de los consejos, para que no me moviera, allí la vi. Una melena ondeando de color calabaza oscuro y una sonrisa —que descansaba en unos gruesos labios rosados— que mostraba unos dientes perlados, era un ser realmente hermoso. Posiblemente, debería de haber saltado de la camilla y salir a por su mano. Correr juntos hasta perdernos —de la pesadilla del lugar, que soportábamos— por los ríos y las verdes montañas. Brincando troncos llenos de hongos y jugar a intentar tocar el cielo. Vivir abrazado y riendo a su lado.














En el hospital de campaña, comprobaron que tenía una fractura de peroné y fuerte golpe en el brazo que me dejó una fisura en el radio. Se decidió llevarme al quirófano para operarme las dos fracturas, y terminé un mes y medio en aquel lugar de plexiglás. Eso, tuvo una recompensa: ver su sonrisa y oír su voz en tres ocasiones. Llegar a dormir como un bendito en aquel siniestro lugar, pensado en ella. Sueños, donde aquella criatura se convirtió en mi páramo, el viento, la luz del día, la luna llena y la brisa de la playa de una noche de verano. Aquellos sueños aterciopelados juvenales. Empero una noche llegó como una pesadilla vengativa. Sintiendo en mi brazo el óxido enrobinado de una aguja desvencijada en la vena. Ya despierto sudaba cuantiosamente. Tenía la boca muy seca y el corazón latía como un lozano jamelgo galopante. Los latidos parecían golpes de yelmo en el tórax. Se escuchaban por un horizonte perdido de bergantines varados entre el rompeolas y grandes rocas del acantilado. Pasé a otra estancia, donde el hombre condón y su mascarilla gigante me decía: ha llegado tu momento, hijo. El bicho acabará contigo y todos nosotros. Grité, tratando de decirme que aquello era una pesadilla, grité sin comprender que ya había despertado, que ellos me habían avisado hace mucho, sobre lo que me esperaba. Quizá, en ocasiones anteriores, detectaron mis movimientos y mis ideas de escapar, y sus pinzas se acercaron llevándose mis brazos, mis piernas. ¡Por Dios, qué dolor. Ahhggg! Sobre la sábana había lágrimas, bajo de ellas muñones de carne y hueso que algún día fueron piernas.













Lloré, pero aquel llanto se perdió, entre el gentío despedazado y los sollozos acallados por los giros de las piezas. Y después, siempre aterrizan como un Jumbo 747, todo un torrente de preguntas. ¿Adónde se fue mi vida? Esa vida que yo recuerdo, esa vida de gente, lluvia, nubes, mar, calles, lágrimas. Desaparecidos ¿Cómo debo de aceptar que se han ido para siempre? Claro, más absurdo, sería prolongar la sensación de un engaño continuado sine die. La corporación que gobernaba nuestro país nos engañó a todos mostrándonos una cara esclarecida y esplendorosa. Cuando en realidad, sólo era un espejo de ilusiones vanas, grotescas y falsas. Aquel gigante de la máscara con múltiples pies de acero y carne descompuesta avanzaba. El soplido infernal y las llamas de la pirámide estaban más cerca. Demasiado cerca. El olor a piel de gallina quemada llegó como un artero presagio de la parca negra. La extremidad me sitúo en una canasta de metal. Se olía a kilómetros un hedor a podredumbre, muerte, asfixia y lágrimas. Allí, a minutos de ser arrojado al horno de aquellas bestias, a instantes de ser procesado —por ser uno más que despertó— a la horrible realidad, aunque fuera como cabeza sin cuerpo: le pude observar a menos de un metro.











Y allí estaba, la otra farsa, la del cabello escarlata, resultó ser un pelo castaño maltratado, de sus carnosos labios rosa, ahora convertidos en finas líneas de silicona sangrantes. De un esbelto torso, a un busto completamente mutilado: el horror también se despertaba.  Intentamos coger el último vuelo hacía la libertad, pocos segundos antes que las lenguas de fuego, y el señor del traje de condón rosa nos obtuvieran con su manguera de calor infernal. Mucho antes de que la sabía máquina, nos advirtiera del final, de nuestras almas. Alguien dijo: ¿Por qué? Y un niño pequeño con mascarilla y traje condón infantil espetó: es por nuestra vanidad, ingenuidad y autocomplacencia. El silencio dio paso a los sollozos. Era el final de los finales y nuestros últimos alaridos de miedo y dolor, los cuales, se ahogaran en el candente amarillo azulado de las llamas del crematorio gigante de nuestra benefactora corporación gubernamental. Los humanos desaparecimos para siempre, puede que fuera el Cvd19, o quizás, las torpes decisiones de una turba de condescendientes, falaces y pueriles burócratas. Sólo la historia escribirá la verdad, si queda algún amanuense limpio e inmune.






                    Dedicado a Max von Sydow  abril 1929  marzo 2020  In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Driftwood 1947by Allan Dwan
Todo Modo (1976) by Elio Petri
The Killer That Stalked New York (1950) by Earl McEvoy
Gamgi (2013) by Kim Sung-su





        

La naturaleza se cansó de ser indulgente, pero la dictadura seguía.









Un buen día, uno piensa que la vida es maravillosa, ver todo ese radiante esplendor de la plaza mayor, en pleno invierno y con 26 grados centígrados, en el mes de febrero: una bendición. Algunos dirán que la cosa no va bien, que esos calores acabarán pasando factura, y lo pagaremos caro. La naturaleza es muy sabia y extraordinariamente generosa. Posiblemente, estamos en un periodo, donde su paciencia entra en la zona más delicada de sus reservas emocionales. Y ahí, queridos amigos-as, no va a seguir en su habitual línea de magnanimidad. Ahora me siento como un pez en el agua. Despreocupado de toda la zozobra por la que he pasado. Sin deudas morales ni desprecios éticos. Hablo con los más viejos del lugar, y escucho. Sí, puede parecer extraño, pero me he convertido en un penitente oyente de las consignas que vienen de nuestros mayores. Muchos de ellos, avisaron del inminente desastre que se nos presentaba. Lo llamaron: la ira del río Turia. Decía, Demetrio, un jubilado que pasó la famosa riada de los 50—Llegará la madre de todas la tormentas y caerá agua a raudales del cielo. Esas borrascas con nombres de chachipirulis, no son nada para lo que vendrá.—Perplejo y abducido escuchaba los argumentos del veterano Demetrio. Los truenos bramaran de ira, en busca de los hijos de todos aquellos que se burlaron de la alcaldesa de la villa. —Pensé, éste hombre tiene el mismo problema que yo con la medicación. Demasiada Tebaína. Se levantó un viento que eliminó el poniente. Así como el que no quiere, el sol se escondió y la gente, se disipó como en un repliegue de soldados de un capítulo de Juego de Tronos. La corriente soplaba con tal furia que parecía presagiar la desdicha de una nueva pérdida. El sol intentó volver a hacer acto de presencia. Empero, la villa se había quedado a oscuras como en un eclipse de verano.












Siguieron retumbando los relámpagos hasta escuchar el eco más espeluznante que había oído en mi vida. Era como si la muerte quisiera echarme una mano al cuello. Los relámpagos siguieron trayendo todo un arsenal de truenos. Hasta que un estruendo se introdujo por mis orejas, convertidas en dos vanos sin carne. Degusté el sabor eléctrico de una de las gotas que caían por todo mi rostro, a borbotones. Ni estribo, ni martillo, ni tímpano que escuchar. Resbalando por mi boca, ojos, pómulos y llenando mis clavículas completamente deshechas. Era el diluvio universal. Aquella tormenta siguió arrastrándonos por el babeante y lesivo meandro de piedras embardunadas. Quería correr, cruzar el bosque y volver al café de la plaza. Al lado de mi amada, Catalina, pero cuando, por fin, logré localizarlos; su furia de valor de madre se multiplicó hasta el infinito. La vi embistiendo con rabia, una y otra vez, tratando de derribar los muros que la separaban de sus amados retoños. Su historia se convirtió sin quererlo ni mamarlo, en un secreto gritado a voces. Vivía confundida, no lo sabía: estaba en shock. En su torturada memoria, cósmica y primigenia, latía el recuerdo, insufrible de todos sus prístinos martirios. Desde ese momento, aciago, en que sus adoradas criaturas, le fueron arrancadas de las entrañas. Guiada por su atávico e intemporal instinto, rastreó las huellas anheladas entre las arenas de innumerables playas. Ebria de dolor, derramó sobre ellas sus lágrimas blancas. Sacó de donde no tenía: bríos renovados y trepó los acantilados. Catalina Sievers, desesperada, berreó su impotencia, cuando las rocas hostiles sofocaban sus ansias y destruían sus esperanzas. Exploró las cuevas. Barrió todos los rincones. Voceó sus nombres al viento. Nada. Sólo abismos negros y vacíos. Y por respuesta, los ecos tristes del silencio. Después, comenzó a agitar las manos sobre el cuerpo de la víctima, abriendo delicados surcos en su piel. Sus uñas a través de la garganta de aquel viejo ahogado indefenso. Los ojos de aquél se abrieron entre espasmos. El líquido carmesí nacía a borbollones de la garganta. Estaban cerca, muy cerca, se sentían sus pasos como caballos en una carrera.












Vino una pausa y de inmediato, el total descontrol. Mi cuerpo se desplomó hacia atrás, en un salto hacia el río, como dándole la espalda a la muerte, el agua reventó al sentir mi cuerpo entrar, estaba helada, una sensación de frío estremeció todo mi ser, todo pareció ir más de prisa, me hundía en el cauce del río. Y de aquella hermosa tarde de febrero, sólo nos quedó la inmensa oscuridad y la machacona tormenta. Sus briosos esfuerzos se vieron, al fin, coronados. La larga espera y la tirria rebasaron la energía acumulada. Su fuerza creció hasta el paroxismo. La cárcel de sus pequeños fue un juguete entre sus garras. Aquella maldición disfrazada de castigo implacable, derrumbó las barricadas como castillos de naipes. Penetró dentro y los encontró muertos. Los cuerpos evocados, flotaban pudorosos. Sumidos en un sueño perpetuo y gentil. Algo de esa imagen se tuvo que hacer en el recuerdo de la muerte de los retoños. Al final entendió claramente la situación. Un atroz quejido de rabia sacudió el edificio hasta los cimientos. Catalina se arrinconó; llevándose con ella los ataúdes de cuarzo. Quedaba una vida interminable y horrible por la carga compungida de la perdida de él y los niños. La ventana trasera asomaba un panorama de caos y hecatombe. Recordaba las horas de idas y venidas por los muelles, lamiéndose las heridas, como un perro abandonado y apaleado. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Siempre el mismo itinerario de un andar tortuoso y desnivelado. Todas las noches, componía los mismos lamentos. Merodeando entre las trizas de las barcas del muelle. Meciéndose al compás de su infortunio. Acunando nanas fúnebres. Susurrando melodías, salvajes y desgarradas.













                     Dos horas más tarde, en la morgue Grupo del comité revolucionario ibérico para el cambio climático


Hubo un instante, de duda, para que en un tris, acabará por reventar los féretros transparentes y volver con sus hijos al hogar perdido. A las profundidades de la locura de una naturaleza sin paciencia y colmada de dolor. Sólo quedaba el llanto entre tanta desdicha. Un padecimiento imborrable. La grabación se cortó minutos después. Los agentes del CRCI (Comité revolucionario climático Ibérico) tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, tomaron una drástica decisión. Aquellas imágenes debían de ser trituradas. Realmente, no sabían el porqué. Empero el peso del corazón era inevitable. Pillaron una papelera metálica cercana a la entrada de la sala de patología forense y tiraron la memoria con la grabación y el resto de declaración del informe anatómico. Una cerilla cayó lentamente, en el seno de todos los papeles estrujados y las llamas hicieron su trabajo. Todos los implicados en aquella investigación cerraron la inspección con un pacto de silencio y lealtad, entre ellos y sus superiores. La naturaleza se había encargado de poner a cada uno en su sitio. El agente de mayor rango, hizo una llamada telefónica.—Todo está correcto, presidente.





                                                                                       FIN




                                


                                     Dedicado a David Gistau  junio 1970/febrero 2020  In Memoriam





Fotogramas adjuntados


When Worlds Collide (1951) by Rudolp Maté
The River (1984) by Mark Rydell
Typhoon (1940) by Louis King
Nach uns die Sintflut (1996) by Sigi Rothemund




           




                                                     

                     

El fallido extermino de un sismólogo cazador de brujas






La pérdida de la vivienda en un ser humano es una de las mayores tragedias personales de por vida. Todos Uds. se habrán dado cuenta que llevo unos 18 días sin decir ni pío en esto del redil social. Tampoco es algo sorpresivo. No siempre uno está conectado a la red, a pesar de tener ganas o no. Ya que con los móviles tan grandotes y listillos, tienes el patio del colegio actualizado. Bien, sabrán que la tarde del 27 de diciembre de 2019 sobre las 19,20h sufrimos un derrumbe en el comedor de nuestra vivienda. Mi esposa y yo. Esa tarde íbamos a quedar con un viejo amigo para despedir el año tomando un chocolate (receta de la dueña del cacao). Afortunadamente, los planes cambiaron. Mi amigo, Rafa, le pusieron turno de tarde en el aeropuerto y se canceló la merienda. No sé cómo lo hice, pero tenía que ir a una tienda de nuestros queridos chinos del barrio y comprar un par de litros de leche. Nos marchamos y, según, crónica de un vecino: se escuchó un estruendoso ruido, a modo de terremoto, apenas 2 segundos. Suficiente, para meterles el miedo en el cuerpo de su hija pequeña y el estómago de papá. Un total de casi 750 Kg. de cascotes de todo tipo. Alucinante y pavoroso. Vinieron dos bomberos realmente patéticos tanto como la comisión de esa EMT, fantasma, pagada con los impuestos de la sufrida ciudadanía. El más veterano se apoyaba en la linterna de su móvil, en pleno solsticio de invierno, dando tumbos en la oscuridad entre cascotes polvorientos. El colega se iba de baretas. Era más que visible, el aliento a alcohol, propio de los días de excesos. Eso, sí. Juanito, paga bien con moneda real.  Nada no se preocupen, Uds. Las uvas se las pueden tomar; no hay peligro de derrumbe. El resto de la vecindad mutis por el foro. 










Nadie sintió nada. También, uno comprende que dadas las fechas hubiera gente de vacaciones. En Navidad, un toque de cinismo, no hace daño ¿Verdad? Aunque, te vaya la vida en ello. Es obvio, que nos hallábamos en pleno preludio de la despedida al cansino 2019 e ilusionados con eso del Happy New Year 2020. Cuando entré a casa y fuerte olor a azufre y arcilla mojada tiraba para atrás. Se atisbaba una densa neblina de polvo, similar a las espesas nieblas castellanas —tan en voga— por estos días. Pude encender dos luces de la estancia que es parte del salón y se confirmó lo evidente.Una estampa que era una escena dantesca cercana al performance de las crónicas balcánicas del ilustre cartagenero amanuense. En ese instante, comprendí que ya no me quedaba combustible para tanto revolcón. Gracias, al bueno de Txema, último vecino en llegar a la finca; que apareció en pijama, a primera hora de la mañana, retirarando cascotes No quiero, compasión, ni buenas palabras ni arengas de coach. Sólo quiero, arreglar la puta casa para salir pitando de allí. Creo que es un buen, lugar. Uno de los mejores sitios de esta puta ciudad donde vivir. Pero llena de maldad y perversidad, exceptuando algunos recovecos. Es un lugar envenenado, que rezuma halitosis, mugre, entre efluvios a formol, patatas podridas y coños sin lavar desde hace medio siglo. La perfecta simbiosis entre la caldera abollada de brujas ponzoñosas y la mediocridad del ciudadano corriente, de eso tan manido, los de ni una mala palabra, ni una buena acción. Recuerdo en una ocasión, como conocí a un tipo que llegó a hacerse amigo mío. Yo soy más comunicativo y dicharachero bajo los efectos del alcohol y los estimulantes (otrora vida, antes del derrumbe de salud)









De normal, la timidez se apodera de todo mí ser. Aquel tipo era toda una alhaja seduciendo a diestro y siniestro. La cuestión es que el individuo era muy divertido. De la noche a la mañana necesitaba algo de dinero para pagar una deuda que arrastraba. Eso creo recordar.Yo cuando me ha ido bien la vida, he dejado dinero a espuertas y lo que no estaba en la escrituras. El pájaro seguía haciendo de las suyas y empezó a buitrear por todo aquel que tenía algo que ver con el ingenuo que teclea. Decidió que un viejo amigo era un mierda. Yo le dije—explícate y díselo a él. Así, no sirve.—Además, no  me creo que Koldo sea un mierda, nos conocemos de hace mucho tiempo. Una de las cosas que menos me gusta, es oír hablar de las personas; que no están delante de mí. Se rebotó y me dijo que yo era otra malísima persona. Entienden Uds., de lo que les hablo, un mes antes le dejas 1000 euros y no le pides explicaciones y de la noche a la mañana sale por esas seguidillas. Evidentemente, "la persona" tiene un grandísimo problema dentro de su cabeza. Y cómo él, muchísima más gente que sigue por esos derroteros. Lo dicho, La vida puede traer muchos descalabros consigo, incluso puedes pasar el mayor viaje, de ella, al lado de Caronte. 










Hay gente que se llena de ira y la toma contra el devenir de la propia existencia. Olvidándose que algunos hemos recibido una extraordinaria educación. Sin alardear de éticas ni moralinas baratas hacia el prójimo. Algunos-as se empecinan por seguir sacando el pincho de erizo que llevan debajo de la piel, con esa frenética bilis, hiriendo a todo lo aquel que le pasa por delante. Luego están quienes han nacido en el barro de la indiferencia y se dejan llevar, sin propósitos ni consignas, convirtiéndose en simples funcionarios del conformismo puro y duro. Una casta de mediocres y malvados enfangados de amargura. Repito, he conocido cientos de personas así y es lamentable. Viktor Frankl, neuropsiquiatra y fundador de la logoterapia, sobrevivió a la tortura de los campos de concentración. Una vez aseveró lo siguiente: Es aquí cuando llegamos al tema central del existencialismo: vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar sentido en el sufrimiento. Ahora mismo solo quiero liberarme, limpiarme, soltar todo lo que me sobra, volver a nacer y...respirar. ¡Tengo que respirar, gritar y mucho más, con más fuerza! ¡Correr, aunque tenga los dos meniscos medio rotos y me falte el aire, en mis pulmones! Quiero sentir las gotas de agua de mayo, en una tarde de verano cayendo el sol en Es Vedrà. Volver a ser libre, como el jodido viento. Todavía estoy vivo y lo cuento... ¡Brujas, No. Gracias!







                  Dedicado a todas las víctimas de edificios y viviendas en mal estado In Memoriam








Fotogramas adjuntados



San Francisco (1936)  by W.S. Van Dyke  
Hurricane (1937) by John Ford&Stuart Heisler
Skjelvet (2018) by John Andreas Andersen  
Cloverfield (2008) by Matt Reeves