Estafadores examanuenses, hipsters literarios y el ocaso Jané








El acabose de lo monstruoso ya está con todos Uds. Y no hace falta rematarlo en Fa, ni llamar a Radio Futura para hacer la segunda parte del futuro ya está aquí. Presente es futuro como decía un eslogan de la vieja Sanyo. Los fagocitatalentos, depravados y somarros (este palabro me ha costado un cólico inventarlo) del aburrimiento son reales, tanto como las esfinges de esa sociedad postmoderna del bienestar. Todo se parece a todo, no hay diferencias entre Praga, Basilea, Roma o Sevilla. Exceptuando, la cuestión climatológica. No así, la del amor. Ya que un romano le dirá, que ésta es la ciudad más viva del mundo y un sevillano; Sevilla es la octava maravilla. ¿No sé por qué demonios se asusta la gente? ¡Rediez! Si todo sigue igual. El viejo Prestige de la costa de la muerte ¿Lo recuerdan? Yo, sí. Hasta me comí unas uvas con playback del reloj de fin de año de la ilustre villa pescadora. Los agoreros vaticinaban que el marisco desaparecería de Galicia y ahora los postsorayos boys —aquellos de los hilos de plastilina— descubren que los africanos son los mejores preparados para contener el Ébola. Nada ha cambiado, amén de los molones Mac Air, los coches eléctricos, Google y la comida de Aldi; es mucho más barata y está bendecida por Frau Merkel. Además nadie quiere morir y las empresas de condones se forran. Todos nos hemos convertido en yonquis penitentes de la SS.













Les voy a confesar un secreto: toda mi vida he pagado por consumir drogas estimulantes y ahora la SS me las da gratis. Eso sí, me las han cambiado por asquerosos opiáceos. Nunca me han gustado los opiáceos. Absolutamente nada, ni un colín. Claro que pactar con el carcelero de Hannibal Lecter tiene sus contras, pues me han puesto fecha de caducidad; en 10 o 15 años se me acabó la fiesta y todos los días ruego que se termine esta agonía. Lo siento por los vitalistas del FB y el Twitter. Pero a mí no me gusta escribir y vivir a día de hoy. Empero, me gustaba follar como Sifredi, beber como un consejero de Caja Madrid e irme a los toros como Welles y el palangana de Ramos... Escribir es una terapia de tontos. Al igual, que pintar en un sanatorio mental: carece de toda plusvalia inmediata. Escribir por escribir, pintar por pintar, comer por comer, dormir por dormir, morir por morir ¿Nunca he oído follar por follar? Siempre hay épica en el coito y rentabilidad contigua. No considero la penitencia del amanuense un trabajo, pues no hay soldada a fin de mes. Nadie que escriba —excepto una vieja amiga de la juventud— gana la suficiente pasta para considerarse escribidor pedigrí /¿me permiten la licencia literaria, gracias?/ con Jaguar. El resto es amateurismo puro y duro. Afición y recomendación del médico de cabecera. Salvo algunos funcionarios de la educación, anacoretas del mundo universitario, cobraherencias ochenteros, hipsters subvencionados o mis adorables Peterpanes que persiguen el sueño eterno de ganar la copa del tío Lara. Pobre Lara ya se lo piensa a la hora de hacer caja... ¡Ay qué malos son los años!. Pero claro, todo esto es muy políticamente incorrecto y quizás provocará un aluvión de… ¡No te adjunto, ya no soy tu amigo, fascista(este vocablo es el más sobado por un buen rebaño de cabestros de la webesfera sin saber su significado). También el muy castizo; cabrón e hijo de puta! Jon Alonso, se le va la pinza… O quizás no vaya muy desencaminado el respetable y mi madre era una fogosa meretriz de un puticlub en la carretera de Albacete.












Me la suda. Estoy muerto. No me dejan boxear, ni drogarme, ni desvalijar cabinas (son muy jodidas de encontrar, tanto como los percebes), ni robar coches o pintalabios en el Corte Inglés. ¿A qué sabe la vida sin adrenalina? Sencillo, a leche con malta en la merienda de un hospital  o  a  salami de pavo. Me voy a morir y todo lo que hice ya está hecho. A mí me gusta el sonido del teclado de una redacción de periódico—a poder ser de las antiguas— donde, había un corrector con visera que te ponía a caldo cuando la cagabas con el sobretodo y sobre todo. Hasta que te tatúas en la piel que sobretodo es el gabán de Jesse James, andarás con más mimo que Jack Bauer desactivando una bomba, a la hora de utilizar el adverbio. Dónde tu jefe te insultaba, humillaba y leía la cartilla. Ahí se forja un periodista y los tíos. Mailer lo dijo una vez, pero claro también será uno de esos incorrectos: los hombres duros no bailan. Cuando hace muchas lunas has visto bares, donde los chupitos no existían. Poetas nórdicos con cara de anunciar Neutrogena, suspirando por una barra de un pub inglés. Mientras los poetas británicos instalados en la Barceloneta exhalaban en arameo el humo de sus cigarritos/purito. Recuerdo haber visto los párpados de la espada de Avalon en manos de un tipo llamado Boorman, un relámpago royendo una aurora boreal violeta, en un anochecer hinchado de blanca cristalina boliviana.












Terminar de bronca con una auxiliar de nefrología porque me hacía tirar una piedra del riñón por la uretra, solicitándome que le pusiera cara de Gioconda. Diciéndome al oído, mientras agonizaba que no tenía hijos pero si un perro hermoso, asertivo y bonachón llamado Lancelot. Un día cae y otro se despide en pleno otoño metafísico, presagio de habladurías afterpop e ínfulas independentistas con tarjeta de la FNAC. Un tiempo, donde la voracidad taciturna sólo tiene una salvación; la cirugía laparoscópica, al lado de la medalla del inventor de la dinamita. Según los sabios prístinos del Egeo, no  es más que el final del ritual de tiempos fatigados, en el que la gente no sabe ya lo que escribir para salir de una UCI. Cuando ese lugar tiene un color mayestático azulado, llamado planeta tierra. Es el tiempo de la voracidad, el tiempo de los canallas y los travestidos autocomplacientes. Lo dicho, no hay peor dolor que el neuropático y no hay peor dolor para una comadrona que el nefrítico. Y es que las parturientas de buen año escasean tanto, como en una película de Cuarón y los carritos Jané por un parque de Cuenca.







                                    
                      Dedicado a todo el personal sanitario del hospital Carlos III de Madrid







Fotogramas adjuntos

The Fortune Cookie by Billy Wilder (1966)
Boogie Nights by Paul Thomas Anderson (1997)
The Grifters by Stephen Frears (1990)
American Hustle by David O. Russell (2013)






                               


                                    

La mirada del lobo negro








Hace mucho tiempo, demasiado para ser exacto, que era un joven, bravo y altivo cazador de pieles, que, tuve una jornada realmente memorable. Recuerdo aquel soleado día de octubre, mientras paseaba a caballo por el viejo macizo de la cordillera olímpica, cercana al lago Washington; éste, se hallaba libre de animales feroces. En mitad del camino había una roca que aparentemente no simbolizaba gran cosa. No obstante, aquella figura me inquietaba: un perfil atípico, sinuoso y cuasi carnal. No me equivocaba; era la sombra de un lobo negro que sobresalía de su forma. Aquel depredador fijó su fiera mirada en la mía llevándome a un mundo, donde el pasado seguía más vivo que el idílico presente, que inundaba mi vida hasta ese instante. De repente, el cielo se nubló y el lobo lanzó un aullido. De inmediato, las nubes se esfumaron. Al igual que el depredador negro y su gélidos ojos azules.






 48 horas, antes















Abrí  los ojos muy lentamente y escudriñé con mi mano derecha la mesilla de noche. No la palpaba, deduje que algo extraño sucedía. Miré hacia el techo y vi un ventilador de hélice. Era evidente, que no estaba en mi casa. La cabeza me daba vueltas y me costaba abrir la boca: una pavorosa sequedad la mantenía pegada. Apenas puedo recordar nada de lo sucedido en la última noche y al girar la cabeza hacia la derecha comprobé que la cama se ha convertido en un futón sobre un suelo de parqué brillante. Todas mis pastillas de morfina habían desaparecido y un sudor frío recorría mi espalda. Mi ropa estaba tirada en uno de los costados de la cama. No llevaba pijama, estaba completamente desnudo y atisbé un perchero metálico cerca de la puerta de la habitación. De uno de sus ganchos colgaba una corbata de topos blancos y negros, junto a una cartuchera, con un revólver del calibre 38. El silencio era absoluto; como un camposanto  en una sobremesa de agosto. La mirada la dirigí hacia una de las paredes y vi un calendario de esos, que suele regalar la revista Fotogramas, a principios de año. Se veía una bonita foto de Belmondo y Seberg.












Los días no los distinguía muy bien, parecen tachados; aunque pude decodificar la letra N, en el subtitulo. Estaba claro que ese mes lleno de números tachados era noviembre, pues el edredón de pluma resultaba muy agradable sobre mi piel desnuda. No tenía morfina, ni un puto paracetamol. Juraría que empezó a nevar, pero es imposible. En ese catre estoy más a gusto que un bebe en los brazos de su madre mientras sorbe del pezón. La vista se me nubló, por momentos y prestaba atención al ventilador, y, como daba vueltas. Una tras otra, cada cual más rápida. Más vueltas… Hasta que sólo escuchaba la rotación silente de su motor. De inmediato, me doy cuenta que el fuego me está quemando parte de la pana de mi entrepierna. Y empiezo a apagar la fogata que tenía encendida. Estoy de nuevo en la cordillera. Aquí hace un frío helador. El café estaba pasado y decidí ensillar el caballo. Subía a los lomos de TJ (le puse ese nombre, eran las iniciales de mi abuelo) cabalgué como unos tres kilómetros por el valle con unos quince centímetros de nieve. Recordé que me acercaba a un cementerio indio de la tribu de los Suquamish. La verdad que no recordaba otro itinerario y cuando pasamos por aquella tierra santa; el cielo se volvió azul y negro entre las blancas tumbas. TJ, mi caballo, relinchaba muy nervioso. Comencé a silbar una canción para enardecerme y así de paso, relajar a mi corcel.














No lo conseguí, seguía temblando y encabritándose empapado por un miedo tan grande como el de un héroe griego. Logré agarrarme a las cinchas y dominar a TJ, conseguí que saliera de la tenebrosa necrópolis hasta encontrar suelo firme y avanzar como si el diablo me estuviera susurrando al oído. Pensé:—es imposible que los muertos puedan agarrarme hasta llegar a la cabaña de Nathan, mi socio cazador. El corazón parecía que iba a salirse de mi esternón, entre sudores y palpitaciones. Cerré los ojos, el alma y caí en el suelo de madera de roble. Cuando desperté estaba rodeado de lobos, con un 38 en mi mano disparando a los cánidos y con la otra devorando comprimidos de Tramadol 100mg. El cielo se tornaba oscuro como el cuarto de un enfermo de cólera: no me quedaban balas con las que repeler el ataque. Enfrente, a menos de 20 metros, se alzaban cientos de lobos negros. Sus fauces se convertían en  gárgolas, que vomitaban incesantemente la baba del festín. Atrapado, despojado e incapacitado para ejercer ninguna acción. Tan solo, comprobar cómo los destellos añil de sus ojos, en mitad de la silente nevada, iban a despellejar mis huesos. El vagar del espíritu de un indio y su canturreo incórporeo; me sonreía. En ese sosiegondel azar, placidamente, esperaba mi sentencia sobrecogida al azar de un pasmo de horror.








                                          Dedicado a Kenny Wheeler enero 1930/septiembre 2014 In Memoriam
 







Fotogramas seleccionados

Der Hund von Baskerville  by Carl Lamac (1937)
La jeune fille et les loups by Gilles Legrand (2008)
Entrelobos by Gerardo Olivares (2010)
Jeremiah Johnson by Sydney Pollack (1972)








                 

El otoño corso












¿Cuántas veces han dejado pasar esa oportunidad de saludar a todos esos que deseaban decirles alguna palabra? Por ejemplo, a ese eco de una señal pudorosa envuelta en un gesto intemporal y perpetuo. A la magia de una arrebatadora sonrisa o al encanto de una brizna de aliento de esos que ya no están. ¿Cuántas veces han pensado coger unos ojos que no son los suyos y mirar a través de ellos? ¿De verdad, que es creíble todo lo que nos ofrece el azar o hay una razón para soportar las culpas buscadas? No sean ingenuos, el azar es la única variable capaz de darnos esa oportunidad para actuar. Igual que lo sueños son nuestros hasta que pactas con el diablo para bendecirlos en una danza macabra al albor de la noche plenilunio. Apartándolos del mismo cuerpo que guiñaba su silueta de aquel candor del elegido... Sí, lo estoy viendo en estos momentos. Siento sus incredulidades, apatías,  abulias, desregules y  desprecios por una historia absurda. ¿Demasiadas utopías? Mientras los sueños puedan ser acunados, bailados, troceados y sazonados. Todo es plausible. Además, más tarde o más temprano empezaremos a divorciar nuestra cabeza del sempiterno cuerpo, en un proceso imparable de cambio estacional. Tengo un buen amigo que suele divagar, en torno a cosas de este tipo; hermosas e impracticables. Una vez completamente ebrio empezó a hablar y no paró hasta que el tinto lo dejó callado. Era marino mercante, aunque tenía más aspecto de polizón en un circo ambulante. Decía que era de una pequeña aldea de Córcega. Ese ejemplo de personas que siempre parecen asentarse en un sitio y al poco tiempo de pisar la ciudad, intentan pasar desapercibidos o por lo menos lo pretendía. Aquella tarde/noche de otoño tras unas cuantas copas de vino se soltó la lengua y aseveró que las verdaderas escuelas de la vida son las putas, la cárcel y el alcohol.



















De repente, como una especie de déjà vu  vi pasar una gran parte de mi vida, entre la barra y el retrete de la vieja taberna. Mi alma voló entera por las  pequeñas bocas polvorientas, amañadas y malhabladas. Era una ínsula de felicidad y reía como un condenado delante de mi última cena en la tierra. Recordé como  me diluía entre días de alcohol y lluvia. Disolviéndome, igual que un pequeño pasquín de un mural bajo el tejado roto de una añeja nave industrial abandonada. El tiempo se paró otra vez. Ahora las lágrimas afloraron. Irremisiblemente, dificultándome la visión de los objetos que me rodeaban. Aquella mujer del bloque de enfrente  se recogió su melena rizada con una goma elástica y escupió sangre en la pila. Su corazón palpitaba con fuerza. Así como una mayor sensación de ahogo se apoderaba de ella. El sudor frío recorría su flaco y lánguido cuerpo. La lluvia se filtraba por el miserable techo entre goteras que se repartían un festín de orinales y cacerolas. Abrió el pardusco grifo y se sirvió un vaso de agua más turbia que trasparente; lo sostenía su mano temblorosa y llena de pecas. Empezó a beber azarosamente hasta escupir una parte de la misma en el fregadero. Algo frío e inhumano rozó levemente su espalda desnuda. El vaso se precipitó al suelo rompiéndose en mil pedazos, desparramando el agua sobre las rancias grises baldosas. Sus piernas apenas sostenían su maltrecho y debilitado cuerpo. No podía casi respirar. La ansiedad  era tan grande, que apenas podía articular alguna palabra. Su mano derecha se apoyó sobre el frío mármol de la cocina, cerró los ojos sumergiéndose en la oscuridad y se arrodilló. Yo desde mi cómoda ventana veía el patético espectáculo como se desarrollaba, a modo de un thriller del maestro Hitch.



















Pero la verdad, es que la realidad duele y genera una inquietud mucho más perversa a toda ficción revisada. ¿Ven como el otoño puede ser turbador y triste? Todavía no he terminado. Aquella mujer estaba de rodillas y las manos en alto. De pie, un tipo enorme, como mi viejo amigo el corso de la taberna, apuntándole con una escopeta de cañones recortados. Entre sollozos y gritos, un gran cenicero donde los dioses se habían poco menos que cogido hartazón de estanco. Lo cogió en un imprevisible pispás y arremetió un golpe al tuntún, dejando la rodilla del corso maltrecha y besando el suelo. La enjuta dama de la melena rizada, forcejea y espera la amorosa agresión. Pero en un golpe de suerte la escopeta vino a su territorio. La lluvia arreciaba y los cubos no daban abasto a tanto goterón. El olor a moho envejecido y tabaco negro apuntalaban la cochambrosa estancia, como en una noche de firmamento envejecido y miedoso. Empero, el corso se giró en sí  mismo y  acabó derribándola. La escopeta como una ruleta se deslizó a tierra de nadie. Hasta que sus largos brazos en un esfuerzo circense alcanzaron la escopeta. Se levantó y la encañonó. El corso, quiso tener más vidas que el gato Napoleón, cuando desde un altillo cayó como un macaco sobre su cabeza; una criatura de apenas once años con un tenedor, clavándoselo en un ojo. La sangre del óculo salió a borbotones y la niña gritó:— ¡Mamá, mamá! Rápido, coge la escopeta. Se giró, me miró a través del tragaluz, y fulminó de dos disparos al corso. Ahora soy yo quien tengo miedo. Miedo a tener miedo. A no desprenderme de este desasosiego absurdo y cruel. El miedo como compañero inseparable, como tu fiel camarada y traidor consejero. Las fábricas del arrabal contemplan el espectáculo. Yo, lloro desconsoladamente, como todos los otoños.










                                   Dedicado a todas aquellas personas que luchan contra el Alzheimer








Fotogramas adjuntados

They Made Me a Fugitive by Alberto Cavalcanti 1947
Un prophète by Jacques Audiard 2009
Leon by Luc Besson 1994














                              

El ocaso del héroe












Hubo un tiempo donde me creí el último héroe de una generación de solventes mancebos, que seducían a hermosas mujeres con su voz. Un tipo capaz de galantear a condesas, baronesas, duquesas, periodistas, nadadoras, empresarias, tenderas y madres déspotas: iluminadas tras cortinas de tafetán. Hasta me atreví con alguna  limpiadora de Zotal y el susurro de unas rimas de Alberti escritas en el reverso de una hipoteca ING. Aquel hombre tenía un aura de Bruce Willis en el último Boy Scout. Idóneo candidato para generar una hecatombe en el paseo de la Castellana y el caos más terrorífico, a las puertas de los juzgados de Castilla. Ahora veinte años después, me miro en el espejo y veo al verdadero Dorian Gray; sin impronta ni honra que le valga. Desahuciado de sensaciones e impresiones cotidianas. Los mismos que involucraban a los daños colaterales, como invitados VIP en un salón de la nueva corte de Felipe VI. Aquella mañana de Agosto de 1987 fui abducido por un remolino de emociones, vértigos y sobresaltos vitales que hurtaron la felicidad de mi rostro. Aquel maldito día —en ese viaje—, conduciendo sonriente sobre el cómodo sillón de nuestro nuevo automóvil. Sintiendo el calor de la mano en mi nuca de Denise.















La rubia de cabello ondulado y hermosos pómulos: enjuta y divertida. Sí, así era Denise Delacroix; mi primera esposa. Estaba loco por ella. Contemplaba el paisaje y pensaba el  porqué de la existencia de otrora pretéritas audaces conquistas, no impidieron la amenazadora perdida de mi hijo Emile, y por ende, su madre Denise. La colisión entre el autobús de pasajeros: un Volvo —último modelo— en aluminio ligero y el Airbus-310, vuelo número 7127, de la Kripton Air lines era un hecho consumado. La inminente caída de la aeronave, no estaba en los pronósticos. Pero el azar se volvió caprichoso como el color del cielo. El autobús volvía de un viaje de fin de semana a Santiago de Compostela y a la altura de Laforuguette, muy cerca de nuestra antigua residencia en Toulouse; el mundo se convirtió en una feroz bola de fuego, entre las sombras de los pasajeros del trasporte aéreo con el terrestre. Mis ojos no habían visto en toda su vida, semejante catástrofe tan  horrorosa. Denise lloraba y se retorcía de sufrimiento, chillaba como una posesa ante la perentoria sacudida. Mi reacción fue gélida, contenida y entera. Aparqué el coche en el arcén. Le di un beso a mi esposa—notaba el sabor de sus labios trémulos— y le espeté muy tranquilo que debía ayudar a toda esa gente; aturdida, despavorida, esparcida y envueltos en llamas. Denise se agarró la cabeza con los brazos, quedándose debajo del salpicadero chillando y sollozando.—¡Denise, te quiero. He de encontrar a Emile. Volveré, te lo prometo! Cuando llegué a la zona cero el espectáculo era aterrador.














Algunas víctimas caminaban sin extremidades y los cabellos completamente chamuscados. El olor a carne humana quemada era soporífero. Nadie sabía nada ni entendía lo que decían los heridos. Tan sólo yo y unos cuantos automovilistas que pasábamos por el lugar éramos los primeros testigos de una hecatombe dantesca. Entre lo penoso, descorazonador y la mayor de las náuseas. Yo gritaba, ¡Emile, Emile! A cual grito mayor. Dejé mi americana de lino a una mujer con la mirada completamente ida, sentada en un asiento del avión—del que sobresalían los muelles de  la tapicería calcinada— sobre la tierra y sus brazos sujetando un bebé ensangrentado. De repente, las sirenas de bomberos, policía y unidades de salvamento acotaron el recinto. Media hora más tarde, seguía buscando a mi hijo Emile sin perder la compostura ni la calma. Qué irónico lo de mi integridad, cuando yo no sé ni lo que hacía, ni como andaba. Era un autómata pleno de pena e indolencia. Ahí estaba, yo, en la hoguera de los espantos. Mientras las ánimas se movían como en un carnaval dantesco por la puerta de los infiernos. Entre los técnicos de la policía, se veían balancear a un par de auxiliares de vuelo descompuestos y amasijos de hierros salpicados de hematíes. Los cuerpos aplastados de turistas del autobús, los asientos de escay hechos jirones; una sangría en mitad de un brindis al sol, a la conjura de la adversidad, del azar, de nuestros pecados. Se hacía difícil diferenciar los heridos del medio terrestre con el aéreo.














Un pasajero me decía—¡Agua por favor, deme agua! Sus intestinos completamente fuera de su abdomen, incluso, se podían ver el hígado y el bazo. Me fui directo a él y cogí sus tripas. Aplasté lo pude, mientras pedía auxilio. De entre el fuego y el humo apareció un paramédico con un enfermero y una enfermera. No había pensado en otra cosa que en mi propia muerte ¿Por qué no fui yo en ese vuelo o en aquel viaje purificador a Santiago de Compostela? Uno, que siempre ha pecado de ingenuo y todavía duda si hacer o no el testamento. Intenta buscar la felicidad en el consuelo de los idiotas, el fulgor de los héroes y las voces de la muerte. No encontraba a nuestro hijo Emile y sólo recuerdo, la hermosa enfermera de salvamento civil —a cámara lenta—hablándome. No escuchaba nada. En ese instante, sólo me llené de una ligera evocación marina, como una puesta de sol en la costa marroquí y disfrute con el movimiento de su cabellera azabache, sus negros ojos sombríos, aquella corta y sensual nariz, y sus labios rojos ennegrecidos: donde sonreía la bondad. Me repetía una y otra vez: ¡Señor está bien!¡Se encuentra bien! ¿Es suyo ese niño que lleva en brazos y la niña que lleva de la mano? El niño que llevaba en brazos, lo dejé sentado a mi vera. La niña del cabello rizado observaba, mientras hacía fuerza en balde. El pasajero pateo un último esfuerzo. Su sangre inundaba mis pantalones y el negro suelo que pisábamos. Había tantos niños y niñas con las caras ennegrecidas por el humo del fueloil y la combustión de los neumáticos que se me había quedado una sonrisa etrusca.













Todo se ralentizo, aún más. El picor de ojos era insoportable y me llevaron a un hospital de campaña, en estado de shock. Ver a la gente sufrir y morir es igualmente monótono, que visionar un telediario a la hora de la comida, la mímica repetitiva del sufrimiento de las crónicas de Gaza. Desgraciadamente, toda esa gente resistiendo y muriendo, no condiciona el hecho de vivir en una sociedad perfecta, impoluta y sin fisuras que apesta a asepsia y cinismo. Aquellas almas olían mucho más que los cuerpos enfermos, torturados y disolutos en keroseno. Nunca más volví a saber de mi esposa Denise. Según una lista oficial del recuento de víctimas del accidente entre el Airbus y el autobús había más de 125 muertos y unos 70 heridos. Así como varios desaparecidos. El nombre de Emile Giroud, nunca apareció. A modo de maldición bíblica, Emile se volatizó o qué sé yo. El gobierno francés me condecoró con la medalla al valor y mérito civil. Yo seguí en un grupo de terapia para víctimas de accidentes aéreos y catástrofes extraordinarias. Al final mandé a la mierda al grupo. Dos meses después recibí una documentación desde Paris, con el remite donde se leía: Denise Delacroix. Me enviaba una carta muy escueta, redactada en una prosa muy notarial,  interesándose por mi estado. Me comentaba que ella también se encontraba bien y había conocido a un abogado; su nueva pareja.











El sobre contenía los papeles para la solicitud del divorcio. Me quedé sentado, mirando ese maldito sobre relleno de espumillón, con las letras escritas en formato imprenta por un rotulador y puse en marcha el estéreo. Había un CD de Max Richter. Al tiempo que sonaba la música, no pude contener una lágrima al pensar en la brisa de otoño. Paseando por la fina arena de las playas de Noja— el color del cielo— como se cubría de hermosos cúmulos y los tordos cruzaban el paraíso por delante del luminoso edificio del Pineda Beach. Me quedé en silencio preguntándome, ¿de qué sirve ser un protegido de la virtud, donde todo mundo mitifica al héroe de aventuras que nunca sabrá  la verdadera historia de su vida? Cuando no puedes alcanzar la felicidad de los pájaros. Es mejor, no hacerte oír, aún a sabiendas de que el engaño puede ser mucho mayor. Aquel hombre de sensaciones e impresiones cercanas al vértigo vital, se zambulló en la existencia de lo audaz y la inanidad. A cambio de un silencio temeroso, en el que su voz podía sonar a discordancia irrisoria. Nunca volví a ser aquel hombre enamorado de Denise y orgulloso de mi hijo, Emile. Ahora, entenderán la ubicuidad de la heroicidad: el valor más absoluto de la mierda en la mayor de sus concepciones. No existen los héroes, sólo hombres decepcionados dentro de esqueletos parlantes. Creo que estoy vivo, mientras espero al crepúsculo de los extraños: el ocaso de los héroes.










                                Dedicado a Alex Ángulo (Abril-1953/Julio-2014) In Memoriam








Fotogramas adjuntados

The Flight That Disappeared (1961) by Reginald de Borg
Fearless (1993) by Peter Weir
Unbreakable(2000) by M. Night Shyamalan
Skyjacked (1972) by John Guillermin
Lost (2004) by J.J. Abrams
The grey (2012)  by Joe Carnahan









                                 

Planeta fútbol









La vida da muchas vueltas; demasiadas cómo para encarar con valor que es bueno o malo para ti. Un ejemplo son esos días que comienzas con la pesada rutina de tu llegada al vestuario del equipo. Y sí. Lo confieso: el hedor es insoportable. El mismo inaguantable aroma de todos los manidos días de entrenamiento; el inconfundible penetrante olor de ungüento a linimento y sudor acre naciente en ese espacio de azulejos blancos amarillentos, por donde han pasado remesas de plantillas que nunca llegaron a ser nada. Piensas que el remedio a tu perversa suerte puede estar en los amigos, la familia, bajo una piedra o quizás Dios. Pero no. La verdad, posiblemente, acabas encontrándola en un bote aspirinas para la resaca. ¡Ay, las putas resacas! ¿Han pensando alguna vez por qué tenemos la sensación de que nuestros ojos están llenos de tierra? Mejor dejemos el asunto de la del cuello largo para otro momento. Yo era un portero estático, de esos que opositan a ser derribado por los tres palos. Siempre presto a verlas  venir. Quise ser delantero centro y marcar goles como Di Stefano.
















También soñaba que era el nuevo Armstrong pisando la luna en el siglo XXI. Un chico con una imaginación desbordante. No obstante, soñar es gratis. Pensé en mi compañero Trujillo, un tipo que jugaba de libero, situado al borde del área en los límites de la hipotenusa cartesiana. Un prodigio del cálculo. Creo que desde Baresi—ese del Milán— no había visto jugar a un tío tan bien en esa posición. Trujillo era mi seguro de vida. El férreo y silencioso libero era rapidísimo en el desplazamiento corto: un guepardo. ¡Jodido, Trujillo! Tenía la precisión de un francotirador balcánico para enviar el balón al espacio del volante de derecho o el extremo izquierdo. Un lujo de ciento ochenta y ocho centímetros que se remataban en un pie que trataba el balón como un guante de armiño. Yo lo bauticé con el nombre del  tercer ojo de Ra por su control del orsay. La pesadilla de todo juez de línea. Un deleite verlo jugar delante de mí. Esto se lo he contado antes…Perdonen mi torpeza. Pero hay cosas que por muy mayor que te hagas siguen persiguiéndote toda tu vida. Como la innata y cuasi espiritual timidez. La misma que me condenó a mi enrobinada portería. No sé si tendrá algo que ver lo de ser zurdo y a hostias hacerte derecho.


















La cosa, como el que no quiere es que uno sigue siendo tímido. Y soy portero. ¿Lo había dicho antes? Creo que sí. Saben que soy portero. Discúlpenme pero cuatro años después de mi lesión del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha, sigo con mi adicción a la morfina y como en estas divisiones el doping no nos alcanza. Sigo inyectándome dosis tras dosis. Algo que en más de un ocasión me hace perder el hilo argumental. Lo que nos lleva a soslayar que entre morfina, las secuelas y mi timidez. Había algo en mí que era sobresaliente y eso se llama: capacidad competitiva. Pues hay que ser un prodigio para ejercer en el puesto con todas las contras que me acosaban. Mi abuela habló de un prodigio en lo poco de lo que podía alardear. Pues, para ser hijo de un currante de 1,69. Aquellos 187 centímetros eran  la  comidilla del barrio. Y claro, en aquella época no había muchos zagales tan altos. Las madres de mis amigos y sus hermanas no dejaban de mirarme con ojos de groupies en un concierto de los Beatles. Si en aquellos tiempos era una rara avis, que rompía el concepto de la figura del portero envuelto tras un jugador adicto y pacato. Alguno, dirá aquello de que no era una lumbrera. No, no lo era. Pero el que lo dijo sólo llegó a realizar un máster de albañilería.




















Sin embargo, mis interminables extremidades sacaban al equipo de más de un entuerto. Hasta cuando se organizaba algún barullo en mi área chica, me sobraba brazo para dar el golpe final de autoridad. El árbitro sentía la intimidación de mi presencia como el reclamo de la guardia civil. Su respiración se alteraba cuando escuchaba el tono de mi grave voz. A mí me producía una satisfacción efímera, pero muy confortable. El equipo solía gratificarme aquellas tardes de gloria; la parada de un penalty o el paradón de chiripa del fin de semana. Les parecerá un  poco ingenuo y bobalicón. No obstante, algo tan excitante como una suave friega superaba los deseos de un cualquier don nadie: un masaje. Éste, se ornaba con un halo sobrenatural. Aquella palabra y aquel aroma intenso entre lo dulzón y el almizcle  me trasladaban a un mundo mágico, a un lugar lleno de alquimistas, de elixires de eterna juventud y castillos en el aire.















Sentía que mi ignorancia se colmaba de cultos atisbos a intelectual de franela. El relax y la sensación de languidez de la morfina me producían  paganas fantasías  envueltas de un conjuro pueril y vil de lo que nunca seré. Y es que el fútbol es es un oficio áureo, joven, moderno, rico, estéta, arrollador y trágico como una obra de Shakespeare. En ese preciso instante el masajista estaba pasando sus suaves dedos por la rodilla. Un deporte que envejece como un buen Ribera del Duero y se perfecciona, cuando tenga un pie cerca de la tumba. ¿Será la muerte del pueblo o quizás el fin de la civilización? No me lo creo, nunca morirá. Por cierto, ¿les he dicho que me encanta el fútbol? El fútbol es el circo romano donde todo huele al recreo de las interminables  y  mágicas tardes de la infancia. La sutil y deleitable sensación de libertad que uno experimenta cuando llegas al campo de la tierra prometida. Pero, estoy seguro que ya lo sabían o, ¿vuelvo a repetirme? ¡Qué cojones! Me gusta el fútbol.























                                                          Dedicado a D. Alfredo Di Stefano Julio 1926/Julio 2014 In Memoriam












Fotogramas adjuntos 

Pelota de Trapo (1948) by Leopoldo Torres Ríos
Evasión o Victoria (1981) by John Huston
Das Wunder von Bern (2003) by  Sönke Wortmann
Die Angst des Tormanns beim Elfmeter (1972) by Wim Wenders
The Damned United(2009) by Tom Hooper
Bend It Like Beckham by (2002) by Gurinder Chadha