Alexander Drake, 8 rounds. 8 relatos de boxeo y honestidad








Es curioso. Sentado en mi estudio y pensando en el boxeo, siempre me hago la misma pregunta ¿Cuál ha sido el mejor combate de todos los tiempos? AliVsForeman, DempseysVsFirpo, Sugar Ray RobinsonVsFullmer o HolmesVsNorton. No tengo ni idea. Pensarán Uds. ¡Qué arrogancia la de este amanuense —muy alejado de los medios— y menudo conocimiento del boxeo! Pues sí. He visto mucho boxeo y sobre todo, del bueno. Aquel con el que crecí siendo un niño, el mismo que nos transmitió el difunto Héctor Quiroga  silaba a silaba, gracias a un tono de voz irrepetible de la vieja TVE en B/N. La agonía, la grandeza y la supervivencia por llegar a la gloría desde el cuadrilátero; José Legrá, Perico Fernández, Pedro Carrasco, Tony Ortiz o el inefable Urtain en la edad de oro del último boxeo glorioso Made in Spain. Ha sido mucha la literatura en todas sus variables que ha puesto la solfa a tan hermoso y cruel deporte; poetas como Arthur Cravan y Joseph Moncure March. Periodistas y escritores: Manuel Alcántara, Antonio Martínez Menchén, Jack London, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Budd Schulberg, Norman Mailer o Gay Talese. Además de un largo etcétera que me dejo por el camino. Y no olvidemos que muchos de los aludidos fueron grandes entusiastas de este deporte, llegándolo a practicar como neoprofesionales, Hemingway y profesionales, caso de Cravan. El cine fue otros de los  medios que han dejado huella en la sociedad adaptando relatos, novelas o guiones originales; Cuerpo y alma (1947) Robert Rossen, el ídolo de barro (1949) Mark Robson, Set-Up (1949) Robert Wise y Toro Salvaje (1982) de Martin Scorsese, etc. Así como la cultura de Masas; Muhammad Ali y su activismo convertido en mito por la planta joven de ECI.

















Uno de mis escritores y periodistas favoritos junto con difunto, Umbral es el maestro Alvite—últimamente, lo está pasando mal— que estaría encantado con el libro de nuestro amigo Alain, para el mundo literario Alexander Drake. Y el recuerdo, de esta frase lapidaria en sus eternas crónicas del Savoy, “literatura y boxeo son dos maneras exactas de escupir”. El boxeo es lo más cercano al día a día. Lo entienden, de verdad. ¿Es demasiado heavy, descomunal, excesivo y underground  para sus estómagos? El boxeo es la vida. La vida es enamorarse, arruinarse, deprimirse o luchar por salir adelante. Un infarto y una UVI ¿qué hacen? Un carcinoma de pulmón. Más de lo mismo. ¿Qué le dicen los que saben de esto? Galenos y analistas de impoluta bata blanca: luchen, peleen hasta el último hálito. Eso es el boxeo.  Afortunadamente, en “8 relatos de boxeo” del donostiarra Alexander Drake hay mucho de ello. Novela corta compuesta por una serie de relatos escogidos —ex profeso— con la intención de componer un puzzle de historias muy cortas y puntuales que son una parte de este noble deporte. Un estilo narrativo donde se atisban ecos de un juvenal Jack London. Deudor de esa obra de culto que fue la recopilación de tres relatos pugilísticos en la novela Knock Out y muy cercano al  pulp de los 40/50 con autores próximos al círculo de Lovecraft. Uno de los más prolijos en esta temática, fue el extraordinario Robert E. Howard. Escribió alrededor de 25 relatos sobre esta apasionante disciplina. 


















El caso de este escritor es único en todas sus variantes. Volviendo a las esencias que muestra nuestro autor, veo paralelismos con autores que definieron su carrera en el periodo dorado del pulp Made in Spain. Escritores como Silver Kane (Francisco González Ledesma) y Lou Carrigan (Antonio Vera). Creadores de historias que escribían como los ángeles y gozaban de una gran fidelidad entre los lectores. En ese meridiano, que es el engarce con el pulp estadounidense, iría desde el último tramo de los 40 a principios de los 50. El primer relato narra el enfrentamiento entre un joven aspirante y el campeón de su categoría, un  veterano boxeador curtido en mil batallas con un desenlace trágico. El segundo entre un par de púgiles de mediopelo; un afroamericano y un mexicano con la ferocidad y el amañamiento del combate de por medio. El tercer relato describe con precisión el mundo del hampa desde las entrañas. El mobbing para un púgil, a través de su resignado manager. El boxeador se debate entre la moral y la ética. El cuarto relato es la historia de un luchador orgulloso desde la introspectiva interior de su yo. Mientras soporta un castigo contra las cuerdas insufrible. No quiere tirar la toalla. El desenlace es extraordinario. El quinto relato es el reflejo de la ostentación de las grandes familias de mafiosos por los palcos y terrazas de los palacios de deportes donde se celebran las veladas. Dos boxeadores que disputan un combate con el beneplácito de los hampones. El sexto relato es uno de los más extensos y juega con un exquisito paralelismo de una generación de boxeadores vascos que triunfaron en la Norteamérica de Hoover como Isidoro Gaztañaga y Paulino Uzcudun, lo cuales, boxearon con algunos de los más grandes de la época: Carnera, Birkie, Lewis o Perroni. Bajo mi punto de vista, el mejor de todos. Muy bien documentado y ficcionado por Drake. El séptimo relato es la pesadilla de viejo boxeador arrinconado por las deudas y su mala salud, ante un maremágnum de preguntas de lo pude ser y no fui. El octavo y último, la historia de un combate a muerte con unos sfumatos a Hardboiled y un excesivo prurito por la sangre.
















En definitiva, un trabajo  gustoso por la minuciosidad de los detalles, la puesta en escena y posiblemente, el punto más fuerte que denoto en este libro: su excelente lectura de la psicología introspectiva de los personajes. La formación académica de Drake pasa por la facultad de Psicopedagogía y eso se nota. Descomponiendo el término, encontraríamos dos acepciones a este trepidante ritmo que imprime a sus relatos: pedagogía y psicología. Ambas engullen a sus protagonistas; esos seres humanos, espejos de un juguete roto. Y ahora maticemos. En el boxeo, no todo es sangre y ferocidad. Existen muchos valores que a día de hoy se magnifican en deportistas muy cuidadosos, con estudios y muchos de ellos comprometidos con la obra social. Ahora mismo me viene un boxeador argentino, Sergio “Maravilla” Martínez, muy bueno. Leí un libro suyo excelente. No me lo podía creer. Pero el boxeo moderno ha dado un gran vuelco perdiendo la viscosidad y el tufo cutre de antaño. Por último, no quiero dejar de recomendar este libro para todo aquel que quiera encontrase con pálpitos Londonianos y sabor a buen pulp del viejo Carrigan. Una prosa ágil, frenética y áspera que se devora de un tirón. Alexander Drake es un autor muy interesante y lo digo con contundencia. De igual modo, que si les dijera: no me gusta. El buen escritor tiene que saber contar una historia y adjetivarla, lugar donde nuestro autor, AD tiene su sitio. Por cierto, felicitar a  la Editorial Lupercalia por la factura del libro; elegante diseño y un paginado muy agradable al tacto.













                                         Dedicado a Tito Vilanova, Septiembre 1968-Abril 2014 in Memoriam







Fotogramas adjuntados:
                                       The Set-up by Robert Wise (1949)
                                       Raging Bull by Martin Scorsese (1980)
                                       Alain Gonfaus/"Alexander Drake"




                                          

Diálogos fingidos










Por aquí. Lo estás viendo, cielo. P-o-r  a-q-u-í. ¿Eres lo suficientemente tonto para ofrecerme un millón de dólares por el paripé de tu obra sobre la Sra. Wolf? Qué poco me conoces, Ricky… En el fondo, todo esto me pasa por ser una esposa tan comprometida—Qué ya no lo soy, tuya. Por eso, por la cuestión del compromiso me he divorciado de ti y de unos cuantos más que vendrán. Richard—Si me dejas, me mataré—¡Hey, tigre...No te me pongas melodramático a estas horas. Tómate una copa y no seas mentiroso! Te crecerá la nariz…Y, ahora con tu permiso me voy a dar un homenaje de caviar sin pan con un Don Pérignon sin burbujas.
























Edith—Marlene, cuando mis ojos te miran. Mi corazón se alborota. No me importa lo que diga la gente. Mucho menos me importan sus putas  leyes. Marlene— Mon chèri, nosotras tenemos una edad en la que necesitamos ser bellas para ser amadas, y otra en que necesitamos ser amadas para ser bellas. No tenemos que decirle a la gente lo que vale un peine. Somos, Dietrich&Piaf. Cantemos, bebamos y amemos juntas. Edith—Cerca de ti, no le tengo miedo a la vida. Te quiero, amiga mía. Brindemos por Paris, Berlín y New York—Marlene—Arranquémonos por un tango. Ja, ja… (Risas)
















Kurt—Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta. No lo entiendo. Cuando era pequeño soñaba con ser lo que hago ahora, y ahora que cumplí mi sueño me doy cuenta que no es tan fácil ni tan fantástico como pensaba. Creo que en el fondo, los tipos que merecen la pena son esos, que con un giño o una mueca son capaces de hacerte reír y en realidad son felices. Uno no termina de entender esa pulcritud por lo sencillo, lo fácil y lo comprensible. Sigo sin entenderme, pero la vida es así. Siempre admirare a esa clase de tipos como Duke y Dino. Mírenlos, es que son acojonantes. Los quiero, me hacen sentir bien.














Dean (Dino) —¿Duke, no crees que todos estos que nos están mirando, podrían ser hipotéticos chupadores de pollas?—Duke —Venga, atento al escurridor y no me vuelvas con el siroco de las miraditas... Dino —Vamos, púgil… Si todas esas miradas  chuparan pollas estaríamos extasiados. Duke—En mi puta vida, vuelvo a cocinar contigo. Siempre lo he dicho; habla en voz baja, despacio y no digas demasiado… Dino —No te pongas trascendente como el colega Brando y pásame la botella de Bourbon…(Risas y más risas...)









                                                                                              Fin







                                                                                        Dedicado a Guillermo Llobet 1981-2014 in Memoriam











 
                                         

“El IBP, 731 días después late con fuerza”









Durante estos dos últimos años, he gastado sombrero de gangster y pose de boxeador recién enjabonado, duchado y acicalado. Mientras me ponía un buen chorretón de mi aftershave Brummel. No importa la cantidad de tiritas y carros de alquiler que he destrozado en letras absurdas, inherentes y fascinantes. Aunque te sientas danzante, Bypass autotrasplantando; en la paga llevas tus distintivos. Dos años y dos galones, ya son currículum para encandilar carmines húmedos, altivos y ostentosos. Esa tarea siempre te ha sido fácil… Pues a la vuelta del córner, exhibes tu magisterio. Ni las letras negras, ni  tus blandos sueños, ni las tiranas cicatrices han acabado con tu feroz huelga. No te preocupes que ya no puedes hacer más daño. Menuda suerte tienes Bypass, si deberías besar la fortuna que llevas tatuada en tu pecho. Pues naciste zurdo con el corazón ansioso y aturullado. Cuando pasan por aquí, esos que te quieren; las enzimas gimen de placer y encuentran el reposo.



















El mismo que nunca has sabido encontrar, en tu maldita caja negra al hacerte ambidiestro. Deja de mirar de reojo a las mujeres hermosas y sucumbe por una sola vez, a la chanza macabra de tu esperanza, en el edén de una isla bonita. Destierra de tu lecho la triste oscuridad; donde esperan femmes fatales y Frank O´Hara con millares de crónicas y versos sacrílegos. A todos y todas aquellos que les gusta venir a este sitio. Sólo sé decir Gracias/Thanks, el Inquietante Bypass cumple dos años entre cultura del crimen y celuloide. Arrojando: prosa, verso, fotografía, música, pintura, reflexiones e inquietudes de un pecador que sueña con los remansos de una mullida alfombra cosida en una tierna y tacaña primavera de flores ocres. De verdad, que sólo me queda señalar: ¡Gracias!





















  "Dedicado a todos y todas los luchadores, que cada día de su vida se la juegan en el cuadrilátero del azar" 




Fotogramas adjuntos
Paulette Goddard in Moderm Times (1936) 
Gloria Grahame in The Big Heat (1953)







P.S.; Están invitados a tarta y café. Si quieren leche o sacarina... Gloria les atenderá gustosamente. 
Puede que también haya Cappuccino (...) Ella es especial. Tiene una respuesta para todo... 





               





                                  

La familia Alonso, los fantasmas y Conrad










Aquella tarde me había dejado caer por la vieja mansión de mis abuelos. Comí un delicado lechal, acompañado de un sublime Ribera del Duero, que me sirvió con exquisito mimo; la buena de Eugenia. Aquella mujer había sido durante más de 40 años la sirvienta de la casa —seguía siéndolo—. Muchos años, de comidas, limpieza y consejos imperdonables: la fiel centinela del resto de la familia. Como de costumbre a la hora del café tomé mis comprimidos de Tramadol. Eugenia sabía lo de mi adicción, por la patología que desarrollé tras la vieja intervención quirúrgica. Me espeto: ¿Algo más? —Conteste, en fase “out”: —No, nooo. Gracias, Eugniaa—Me desvanecía, dando tumbos y caí en uno de los orejones del viejo sillón, terciopelo burdeos oscuro. No recuerdo donde estaba ni la dimensión por la que cabalgaba. Sólo, contaba con mi olfato y la curiosidad de ese disco duro que siempre he tenido por cerebro. Las casas tienen un poso de lejana sustancia espiritual indeleble—muy propio— de sus auténticos moradores que las habitan. Suele quedarse en los rincones oscuros de las paredes, entre las vigas del techo. Inclusive, en los agujeros furtivos que abre la polilla. En el fondo, nuestras vidas no son más que unas líneas de partículas definidas como células vitales: hasta que mueren. Mi vida, no sé a qué tipo de vida pertenece.





















Ni  la cantidad de  partículas que preciso. En las casas antiguas, por las que han desfilado venturas y  tristezas de muchas generaciones. Dicen que esa licuación de savia es tan fuerte que influye en la nuestra. Supuestamente, nosotros no la podemos ver en la ficticia quietud de las cosas. Pero existe. Los espíritus de los niños, el influjo de sus duendes sensibles, cercanos a lo sobrenatural y que advierten con impoluta claridad meridiana. Es curioso, su capacidad de empatizar con esos ectoplasmas. Empero, éstos tienden a abrigarse en las habitaciones oscuras. Repletos de vago terror y trémulos de diversión. De repente, los truenos y relámpagos crearon un espectáculo caleidoscópico. Un grupo de exploradores en mitad de la selva, víctimas de un aguacero despiadado; decidieron detenerse en una zona donde los troncos de teca  estaban más espaciados. Extendieron lonas para improvisar un refugio pasajero mientras persistiese la tormenta. Cuando cerraron la puerta la dejaron—nuevamente— sola en el más absoluto silencio. Afuera, bramaba la estática y el rugido de los elementos.


















Todavía la mente me daba vueltas. Había emergido a la asonancia, voces estridentes que se gritaban instrucciones. El grupo estaba allí con sus ropas secas idénticas a las del Dr. Livingston. Todo era parte del carnaval de fotovectores que proyectaba el proyector de Super 8.  Luz y color; psicodelia de fotones que dibujaban sonrisas en el espacio. El resto de porteadores tiritaban de frío bajo otra lona sin soporte, que la mantuviese extendida y sujeta. Los nativos murmuraban convulsos. Aquella mujer lo era todo: una partícula material, densa, silenciosa, que flotaba en medio de una espiral multicoloreada. Rotaba lentamente, masiva, enfrentando el impacto de chorros de energía convergentes en el infinito. En su centro sólo había masa, átomos adosados a moléculas, trazas incrustadas entre sí en una orgía de entropía tácita. Sólo el lento rotar, el suave desplazamiento en la nada de luz. El destello no consiguió escapar a su percepción cuando sucedió, sintió la conciencia de la carne y escuchó el susurro de un haz de nimbos contra la pared.

















Entonces, oyó las voces: oscuras, densas y chillonas. Sintió aquellas manos vibrantes que descargaron electrones sobre su piel. Sintió todo el peso de su humanidad y cayó derruida; un montón de tejido organizado en una cama de hospital. Lo último que pensó antes que la dejaran sola, fue un nostálgico recuerdo de alguna realidad cósmica. Contemplé con extrañeza esa ausencia. Y recordé aquel libro favorito de mi abuelo; “El corazón de las tinieblas”. Sólo el más viejo de los Alonso era capaz de recitarlo de memoria. Luego, solía salir pocas veces del estante. Pude leer su título  y no era la magistral obra de Conrad. El libro estaba escrito en sefardí y  se titulaba: “Pactando con la muerte”—obra de un escritor anónimo, con un número extraño en lomo inferior— título que hizo que mi vello se erizara. Algo extraño en mí, pues el  escenario del sufrimiento corporal no condiciona mis actos: equívocos o acertados. Los 300 mg de morfina diaria se han convertido en cuatro carajillos de un camionero al volante de un Volvo. Inexplicable, pero real como que existe la catedral de Burgos. Me pregunté, ¿Cómo nacen los fantasmas? Y en ese preciso instante, una de las baldas más cercanas comenzó a sacudir.




















Otro libro caía para desvanecerse en el suelo. Me inquiete, fui a por la botella de Martell. Me serví una copa hasta el borde de ese bendito licor francés y seguí como mis preguntas. ¿Cómo nacen los fantasmas? Una voz interior, me largaba; nacen del odio inconcluso, irresoluto. Son ángeles etéreos de venganza mutilada. Seres con una sola vida, como mariposas imposibles cuyo día no acaba hasta cumplir con su cometido. Los imagino besándose sobre mi cadáver, brindando con mi sangre y pisoteando mis recuerdos de adolescente. Una sensación de ahogo recorre el epigastrio para llegar a la altura de la glotis. Mi corazón se acelera, hierve mi sangre y noto que me falta el aire. Mi cuerpo se retuerce en una violenta arcada fulgura, que el agua la expulsa. De repente, escucho: —Señorito Alonso… Por favor, no vea como está dejando la alfombra persa que trajo su tío de Damasco. —Tome, beba agua y expele todos los residuos que ha soltado–. Le dije, que esas cápsulas blancas le van a traer la ruina. Observaba, anonadado el moño de Eugenia. La biblioteca del salón de casa de los abuelos. Y notaba, como emergía del agua, rodeado en un hervidero de burbujas. Me mentí de nuevo y decidí que mi vida se componía de unas partículas adulteradas. No sé su nombre pero la conozco. De verdad, no me pregunten por nada más.























                                                Dedicado al pueblo venezolano y ucraniano que sueñan con ser libres






Fotogramas adjuntados

The Cat and the Canary 1927 by Paul Leni
The Hauting 1963 by Robert Wise
The Shining 1980 by Stanley Kubrick
The Innocents 1961 by Jack Clayton
The Changeling 1980 by Peter Medak
Los Otros 2001 por Alejandro Amenábar









                                   

El increíble bróker glotón del Sr. O´Leary









Aquella mañana me levanté un poco más temprano que de costumbre. La noche muda y gélida disparó mis dolores habituales. En esta ocasión, comenzó desde la cresta ilíaca hasta las costillas dorsales, como un percutor de una grapadora industrial. Me acerqué al nuevo complejo hospitalario, los auxiliares de puerta fueron hacia mí con una silla de ruedas. No entendían mi extraño acento. Estaba hablando un idioma misterioso, confuso y lejano en los mapas. De repente, me desvanecí tras un alarido. El tiempo se quedó silente. A lo lejos se escuchaban  algunos ruidos y el tic-tac de un reloj idéntico al que sostiene la Casa de la Bolsa; me observaba. Era yo, Malcolm O´Leary. Salté la verja. Ya en la calle, eché a andar como un caballero feliz y sin preocupaciones. 


















Desde hacía un mes, nunca había estado tan satisfecho. Acababa de adquirir el convencimiento de que perdía ciento noventa y siete mil euros y algunos céntimos. No tenía ni una perra chica, que le gustaba decir a mi difunta madre. Me quedaban en el bolsillo solamente trece euros con setenta y cinco céntimos. Empero, O´Leary era feliz. Se encontraba frente a una situación, con el mérito de ser clara, diáfana y definitiva. Hacía tres meses que se había lanzado al agua creyendo bañar su cuerpo en la del lago Lemán y adquirir nuevas fuerzas. O´Leary se convenció pronto de que, en ese lago, las ondas seductoras le habían quitado la reputación de que gozaba, y no eran más que un arrollador torrente, por el cual se sentía arrastrado como hebra de pasto arrancada en el batiente. Diariamente, leyendo la cotización  sentía sumergirse; pero al volver a la superficie—obedeciendo a un primitivo instinto de conservación— la realidad era que nuestro hombre estaba angustiado. 


















El ansia del hundimiento y la muerte por inmersión, hacían  que  volviera a ver el cielo milagrosamente, cuando la Bolsa se cerraba. Ahora que O´Leary estaba hundido irremediablemente, conocía la felicidad. Por eso se dirigía, con paso jubiloso a su domicilio en Caledon Road. Para gustar la felicidad perfecta, le faltaba la alegría del sueño reparador. En su cama, donde había pasado desde algunas semanas angustiosas fiebres, O´Leary conoció la dulzura de los sueños paradisiacos en la beatitud del descanso encantador. Cuando despertó tenía hambre. Un hambre feroz, insoportable e irresistible, un hambre como la de los caminantes por interminables carreteras o la de los juvenales poetas. O´Leary registró su habitación. No encontró con que satisfacer el apetito de un mosquito... Pero una idea feliz le hizo saltar de alegría...Sí; se ofrecería como freelance bróker a un alto comensal por una comida gratis, con el encanto de saborear la expresión del rostro de quien había de servirle de cabeza de turco. O´Leary conocía, el Biarritz Waves lejos de su casa, un restaurante lujoso donde había ido a comer —frecuentemente— en los tiempos de esplendor.















De repente, vio a través de la cristalera a un antiguo cliente de las preferentes dándose el festín. O´Leary se puso verde, pálido gris violeta y se encogió hasta quedarse de cuclillas. Se desvaneció. Y llegó la niebla. Un humo lejano, me acercaba a no sé dónde. —Me escucha, Sr. O´Leary soy la Dra. Jones del complejo hospitalario Xrevisse Inc. Ha  perdido el conocimiento por culpa de la sepsis que se le produjo en el  apéndice. ¡Me entiende lo que le estoy diciendo! Le he operado de su ataque de apendicitis. Tendría que tener  cuidado con lo que  come y estafa. ¡You catch it. Liar and swindler… Mr. O´Leary o debería llamarle Sr. O´Leary! ¡Jodido saco de mierda!  ¡No, no olvidamos ni perdonamos! ¿Algún problema con la traducción? No se preocupe, aquí somos buena gente, sólo le hemos extirpado el apéndice. De verdad, el rendimiento es siempre el mismo, idéntico al proporcionado por la fuerza del trabajo. No lo olvide. 











                                             Dedicado a Juan Gelman 1930-2014  In Memoriam







Fotogramas adjuntados



Patterns by Fielder Cook 1956
The Wolf of Wall Street by Martin Scorsese 2013
Margin Call by  J.C. Chador 2011
“E.R.” by Michael Crichton 1994




                

La seducción de la Red social y Kazan








Qué se puede esperar del ser humano si la misma sociedad que ampara valores tan delicados persigue e insulta a sus hombres más valerosos y más conscientes? Poco o nada. Ya lo dijo Kazan en aquella obra maestra que se tradujo en nuestra vieja piel de toro por “un rostro entre la multitud” (1957). Cualquier chiquilicuatre puede llegar lo más lejos posible. Evidentemente, no exento de insolencia y provocación acabará haciendo Rolex, como Uri Geller doblaba cucharillas delante del bigote de Íñigo. Que se lo pregunten a los tramoyistas de Buenafuente. Nuestra sociedad hoy es rica materialmente, aunque ahora los ricos sean unos pocos y la pobreza se extienda cada vez más, pero es mayor, mucho mayor, la pobreza humana que hay en ella que la  pobreza material. Empero, hay algunos tipos con donaire y capacidad de generar eso que está tan en boga; las sinergias.















Los nuevos popes del periodismo ofrecen las bonhomías a sus lectores, que no mejor un vocero —de trinqui— para discernir del colega de enfrente. Todo lo contrario, han sido capaces de convencer al burgo, que como un juego de fiambreras a prueba de mordisco de zombis; es la bicoca de este nuevo siglo. Por eso, ahora, la prensa de toda la vida, incluida la vieja grapa de D. Torcuato: ha sido reconvertida en una bolsa de gasolinera expropiada del viejo ultramar. Seguramente, la próxima gran conquista del periodismo no sea la aparición de una estirpe de fajadores como los corresponsales de Crimea; periodistas de esos que no entendían de fuego cruzado ni ruedas de cañones de artillería. Tan solo, unas bayas maduras para hacer tinta y redactar su crónica vía telegrama.
















Va a ser que no. Las ganas de algunos. Ahora, llegó eso del periodismo social. La red de redes; los rumores y las mil fotografías secuestradas, el vídeo conmovedor, los iphones que hacen de Betacam en HD y encima te sirve de chivato por si la memoria empieza a flojear. No son redacciones de ordenadores ultraligeros, ni viejos columnistas agotados, ni las putas asas de la bolsa de Repsol. Ahora las pocas redacciones son virtuales y sobreviven en pisos patera con máquina de Café Clooney. Y lo que hoy es modernidad, idea nueva y procedimiento de última hora, en un mañana muy inmediato quedará convertido en antigualla de la que nadie habrá de parar mentes. La vida—siempre la vida—puede más que las viejas tendencias de ayer y que las caprichosas y más o menos avanzadas orientaciones de hoy. Por eso, en el periodismo no hay nada parado.














No todo. Si los políticos aplauden y espolean al patio social porque es la editorial online de las redacciones. ¿Qué será de los murmullos del agua en los arroyos y en los manantiales, las nieves del invierno y la felicidad de vivir en la paz y la belleza del pueblo? Los intereses de la plebe son caprichosos como el destino de un telefonillo listillo. Cada día más exigentes y con más razón que nunca deseosos de experimentar —rápidamente— las sensaciones de vitalidad que ofrece el rápido trascurso de las horas y los minutos. Ahí está la red social, una componenda nacida del arrebato del marketing, cuya paradoja ha sido la muerte de la redacción física por el ardid de tres niñatos más listos que el hambre. Mientras se apostaban a ver quién era el más hábil en idear un concurso para puntuar las mejores jais del campus. No se me asusten, algo más maqueada la idea. Sin exagerar. No obstante, la esencia es el mismo postizo.



















Echen un vistazo a la corrala; la prole de hoy exige la atención de los demás. Necesita que todos sepan qué hace o dónde está en cada momento, si tiene sueño o si se acaba de reventar un grano en el pómulo. ¿Cuánta gente conocen Uds. que se pasan la noches de imaginaria tirando de fotos melancólicas ochenteras para colgarlas en el Facebook al día siguiente? Hay que salir en la foto, aunque no tengas nada que decir para la gente siga hablando de ti. Eso es la red: la nueva y más perfecta revista del corazón. Y lo malo, no es el entretenimiento que tiene organizada la parroquia. Así les va al clero y su camarilla de depravadas diócesis. Lo peor es que ese idílico mundo de la comunicación se convierta en tablado de tormentas destructivas entre los individuos.  Si las redes recogen  el sentir de cada hijo de vecino. Algo podría desembocar en un carcinoma algorítmico y una cosa está muy clara; nadie en su sano juicio quiere ir a una guerra, solo alguien profundamente engañado. Kazan podría ser un delator, un tío con ideología, un extranjero en un mundo imperfecto. Lo que no tenía era un pelo de tonto y rodaba como Dios.












                                                       Dedicado a Marcos Barrios y Eusebio In Memoriam










Fotogramas adjuntos

A Face in the Crowd 1957 by Elia Kazan
The Social Network 2008 by David Fincher
Black Mirror TV 2013 by Charlie Brooker
The Fifth Estate 2013 by Bill Condon
Utopia 2013 by Dennis Kelly