Érase una vez una chica a la que llamaban Pandora.

junio 10, 2024 Jon Alonso 0 Comments


 

Gritó a las furiosas nubes de tormenta el día que ella vendió su piano, y lloró con chubascos de sol cuando ella compró un paraguas. Pasaron los años y su pelo encaneció. Se había hecho profesora de matemáticas y enseñaba a sumar y restar a niños de primaria entre semana. También se había vuelto mejor que su padre, jugando al ajedrez, y eso le ocupaba los sábados. Los domingos, se sentaba junto a la ventana con una taza de té que se enfriaba, mientras observaba cómo las gotas de lluvia salpicaban el cristal de la ventana. Su cara regordeta no mostraba ningún tipo de angustia; de hecho, irradia una pizca de alegría, como si esto fuera normal para ella. Reviviendo la vida de cada una de ellas por la dimensión del hueco que le dejaban entre los brazos.

 



A lo lejos alguien soñaba con aquel lugar donde vivía la Pandora que amaba. Existió en esa rutina incluso cuando su pelo se volvió blanco y sus piernas delgadas trémulas. En sus últimos días, cuando se sentaba con su té frío junto a la ventana, se levantaba obstinadamente para limpiar el agua de lluvia que se había filtrado por el derrame. Al apuntar con los dedos de los pies para llegar donde su espalda encorvada no alcanzaba, resbaló y cayó contra la estantería. Los libros de música polvorientos ensuciaron el suelo de teca y una vieja caja de latón plateado cayó descabalgada. Un poco magullada, pero no de cataclismo. Corrió a socorrer el desorden —hacía unos cuantos años que odiaba el desparrame—, pero dudó al tocar la caja de latón desgastada. La cogió con los dedos arrugados y en su mente parpadearon recuerdos de una vida pasada, como el sueño de una noche de tormenta, había pasado una eternidad.




Se había quedado sentada, paralizada en esa neblina, sus dedos recobraron esa vieja tradición familiar de la inercia propia y abrió la caja. Se alegró con la salida de varios arcos iris y fue cuando Pandora salió a la calle sin paraguas. Sintió aquel aroma a hierba mojada en los pies descalzos y pasar las manos por las hojas perladas del rocío matutino, viendo cómo aquellos diminutos aljófares de agua rodaban como canicas. Reía con puestas de sol púrpura cuando ella se sentaba al piano de la calle y dejaba que sus dedos tropezaran como solían hacerlo. Juntos, sonrieron con todos los truenos que el cielo pudo reunir cuando volvieron a abrazarse. La vida pasó con la misma velocidad de la mitad de un año, en pleno cenit veraniego a la espera del olor a turrón y mazapán en el expositor del supermercado del barrio.




Mi pequeña, flota sobre el suelo del salón, agita su melena morena y gira la cabeza para mirarme. Estoy seguro que lo que veo es real. Al pellizcarme el antebrazo y sentir que la sangre se me encoge, mi teoría de que esto es un sueño se desmorona. En su lugar, el dolor se suma a la conmoción que siento al contemplar la escena que tengo delante. Entraba en la habitación, algo impalpable y a la vez sublime, por ninguno de estos placeres, sanguíneos. En ese instante, echaba el pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente cada una de las muñecas canturreándoles mientras las mecía. No, pensarán que estoy loco o que he vuelto a comer hebras de tabaco. Recuerden este cuento, y no lo olviden, Érase una vez una chica llamada Pandora.


                                                                                               FIN


                          Dedicado a Edgardo Cozarinsky  Enero1939/Junio 2024 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

 

Die Büchse der Pandoraaka (1929) By Georg Wilhelm Pabst

Avatar: The Way of Water (2020) By James Cameron

Pandora and the Flying Dutchman (1951) By Albert Lewin

Pandora (2019) By Mark A. Altman

 

 




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