El desgraciado iluminado y la bruja de la bañera


 

Una convivencia por interés y despavorida de todo roce. Ni las ratas quisieron ser espectadores de lujo ante tan crasa calamidad. Rehuyendo, así, del inminente y espeluznante entretenimiento. Los desgraciados son así. El hedor de tu propia piel abrasada inunda tus fosas nasales sin que sientas dolor alguno. Congeladas hasta los codos, hace rato que salieron por piernas, de tu agonía. Al despegarte afanosamente de la plancha al rojo comprendes la torpeza indomeñable que te ha llevado a perder la preciada petaca. Tampoco adviertes los charcos de sangre sobre los que caminas. Ese flujo perezoso que hace pocas horas te esforzabas en activar: ahora, riega, un piso hecho de cientos de cristales rotos. Los afilados dientes de horribles bestias sin nombre desgarran tus pies indiferentes al frío. Espantosas imágenes abarrotan tu mente devastada.



Y la voz. Esa voz, convertida en el aullido, de cientos de almas cautivas reducidas a la nada absoluta. Al mirar al horizonte parecía como si se pudiese caminar por el cielo o como si se pudiese volar por el mar, los diferentes azules confluían justo ahí. En un punto determinado y muy lejano de todo lo visible en un día radiante. Sobrado de megavatios de luz para iluminar toda la oscuridad del infinito. Jodida lontananza inabarcable, a primera vista, tan solemnemente perenne. De fondo, el rumor de las olas, al mar batiendo su cólera contra las rocas de un acantilado. El resto era un silencio, un cautivador silencio, que a uno le hechizaba nada más escucharlo. Era un silencio que tenía que oírse. Cuando algo es perfecto tiende a ser lo contrario de lo que su naturaleza le exige. Se oía, pues, por cada rincón, por cada tramo que uno afinase el oído, aquel acorde maravilloso que sonaba como una sinfonía industrial, dentro de un tímpano infernal.



El odio era una raya tan larga, tan inabarcable a primera vista, tan trágicamente eterna, que le concedía ese aura de magnificencia que tal vez solamente la luz crepuscular irradiada en el cielo de un bello, triste y decadente atardecer. A lo mejor, podría, parcialmente, llegar a interponerse a su belleza, justo como lo haría un diamante a una juventud efímera y perecedera. No se oía más que por el mayor virtuoso entre los Dioses entre los Dioses. El viento soplaba con fuerza, con tanto ahínco que se veían volando, porque habían sido arrancadas, algunas copas de sus árboles. El aroma a acero, mientras se escancia el vanadio dentro de la fragua. Esa misma vida, reconcentrada en un puñado de días, enmascarados, que piden saltar desde el balcón contra el agrietado y sucio asfalto de la calle. De nuevo, ruge, el aullido de los desgraciados, pero esta vez con acero en el bolsillo. Ese condenado al olvido, perdido a fuego lento, bucólicamente, cada silaba de la realidad más decadente de este segundo año de mundo mudo, donde los desgraciados, sólo les queda, ese redundante punto de  laconismo.



Ahora, les empaquetan los chaveas de Uber, las nuevas estrellas, montañas, enmascaradas. Eso, sí. Nunca hay que olvidarse de la sal y el kétchup de los cuerpos. ¿Pero quién de Uds. fue el desgraciado, tan encantador, capaz de darle 85 puñaladas a la bruja del sexto? Bendito, enmascarado —hijo de un confinamiento letal— cada vez que te veo en la caja tonta, denoto que te pareces, a un sueño embriagador. El mismo éxtasis de la madre del convento abulense. En esa especie de locura soñada por algún, muy particular, sólo un desgraciado de tanta sensibilidad sublime; pudo acabar con la pesadilla del sexto. A pesar, de los ignotos del barrio que siempre pensaron que fue el destino de Marat en la bañera. Alabado desgraciado y tu cuchillo Takumi. ¡Aleluya!




                                           Dedicado a Liam Scarlett Abril 1986/Abril 2021 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

Night of the Demon 1957 by Jacques Tourneur

Gretel and Hansen (2020) By Oz Perkins 

Marat/Sade (1967) By Peter Brook   

American Horror Story: Apocalypse (2018) by Ryan Murphy








                                            

Pregúntale a la muerte


 

A la muerte le gusta dormir desnuda y desearía que la mirasen dormir. Suelen mimarla con una sábana blanca. A veces, cualquier harapo sirve, pero al final, acaba con toda su vergüenza exultante, demostrándonos que está ahí. Tiene sueños pulcros —rotos por un despertador— que rompe al zumbido, en el instante que el alba, comienza a agotarse y busca refugio en Morfeo. Padece de insomnio constante. Además, no se puede reprimir salir a las calles desoladas, a cebarse con la primera vida del día. La muerte tiene un horario de gasolinera 24h. No stop. Parece volver a su cripta como un vampiro. Empero, no tiene a nadie que la espere y charle con entusiasmo del devenir de su jornada. No tiene liberados sindicales, porque todos pertenecen a su multinacional y ella dicta las normas. Ni festivos, ni vírgenes ni patrones que crucificar. Ya está ella para hacerlo. ¿Creen que lo han visto todo de la muerte? Pues, sepan que las hay de muchos colores y formas. No obstante, tras su pérfida mascara, siempre es la misma. A la muerte no le besar nadie, ni follar, ni juguetear en eso del precalentamiento. No sabe de sexo ni de multisexo. Si te encuentras con una muerte de la vieja escuela, suele poner su rúbrica en su blog cada 75 años. Hoy está de bajón, pues, dice que Googlelandya le va a cerrar su cuenta y no tendrá donde apuntar, sus hazañas. Dicen que está muerte está cansada, no hay quien se lo crea, ni en un billón de años. Pero, algo de runrún le comía con lo de su cierre virtual. Un amigo osó decirme —que la muerte era analfabeta— que tan sólo con la huella del pulgar y un poco de tinta, para ir apañada, para seguir a lo suyo.—Ay, ingenuo de Eugenio, qué poco conoces de ese jinete y su hoz.



La muerte habla más de 300 lenguas y sabe escribirlas a mano y dos manos delante de un teclado de un Apple Mac o un clónico chino. Conoció Android, cuando nosotros íbamos con un móvil dando voces. ¿Y qué decir de OS o cualquier algoritmo de última generación. Pregúntale por los chinos?—Entonces, es algo que va dejando su rastro toda la vida?—Premio, Eugenio, me gusto el ingenio. La muerte no lee novelas, igual que Umbral, que decía:—No se fíen del hombre que a los 40 comienza a leer novelas. Es astuta y sibilina. Aunque, eso, sí hojear libros de arte y pintura; es su debilidad. Miren las pinturas de los mejores museos antes del apocalipsis de 2020 e imaginen  sus cuadros—Se pregunta ¿Qué qué clase de vida debieron de llevar antes de fagocitarlos?—Ríe a carcajadas. Se desternilla hasta llorar de hilaridad. La muerte tiene remembranzas, pero andan demasiado borrosas.  Duda si estos, son sueños eufóricos o chocheo de la edad. No es lo mismo un sueño de ella, que la realidad diaria. La última vez que se confesó delante de un youtuber —que falleció por exceso de peso— recodaba de su infancia, al perro Lassie. Claro que se atropellaba, pues, no recuerda si era un Collie o un Setter. También se pone evocadora, pensado que en el antiguo Egipto, dice que fue Nefertiti, Bugs Bunny comiendo una zanahoria o Torrebruno comiendo la cabeza en TVE a los chavales. La muerte ve el futuro como un ovillo de lana azul con el que poder hacerse un jersey, y protegerse así del frío de las últimas mil trescientas noches. Cree que el cambio climático es un invento de unos tipos muy listos que se están haciendo de oro. Nadie quiere hablar de periodos interglaciares. Pero, ella, podía hacer millones de tesis doctorales sobre climatología y contar las fantasías sexuales, a bordo, de un Mamut. A veces, esa misma muerte, le encanta oír —acurrucada— historias de miedo alrededor de una fogata, no obstante, es tan fisgona y ansiosa que suele acercarse más de la cuenta al trovador que da fe de las crónicas.


Éste, curiosamente, se queda como una estatua de hielo; silente, y ella, con la imperecedera incertidumbre de cómo concluyen. Y alguien se levantó de aquella taciturna velada para preguntarle a la jodida muerte:—Eres insignificante y nauseabunda. No sabes nada de mí—repetía  el trovador. Harto de tu asqueroso trabajo, enmohecida por el paso del tiempo, asomándote cuando te sale de los huevos. Y cuando te envalentonas y sueles venir en compañía de más gentuza de tu calaña. Borrachos de maldad que reíais hasta el amanecer. Si el miedo lo provoca el momento previo, el instante de dolor o la agonía al que nos podríamos enfrentar. Debemos estar conscientes, pues, esos mismos espantajos que por su negligencia hace 365 días proyectaron un exterminio de los hombres y mujeres más sabios del país. Mientras miles de familias se desesperaban y se lamentaban de la desdicha de saber que de pronto, comenzaron a ver como perdían, sus queridos páter y mater familias. Sólo quedo aquella frase del sabio que espetó:—: ¡No lloréis, amigos míos; pues la muerte alcanza a todos los hombres y yo no soy más que un hombre de los muchos que ha habido y de los muchos que habrán. Se equivocaba el dios y los desgraciados que no quisieron hacer caso a la fábula de la cigarra y la hormiga o al cuento de los tres cerditos! No os preocupéis que a cada cerdo le llega su San Martín y esos 84.000 muertos de una pandemia descontrolada y caprichosa; por la desidia de esos que se creen que están por encima del bien y del mal: heredarán el reino de los cielos


¡Mueran los sabios viejos, pues, sus votos están corrompidos y apolillados como sus cuerpos arrugados de aguantar una posguerra demoledora! ¿Quiénes levantaron hogares sin libertad. Inventaron mil historias con las que sacar adelante a sus hijos? Esos hijos, que no han tenido el derecho a despedirse de ellos personalmente. Claro la muerte, es azar. Pero también, la negligencia provoca muerte. Se acerca el puente de San José y muchos hijos e hijas de muy buena gente, no pueden mirar atrás. Los Idus de Marzo de 2020, son parte de nuestra más nefasta historia. Podrían no ser las peores sensaciones que vayamos a tener en nuestra vida. Empero, la muerte se alió con los mediocratas, antojadizos mastuerzos que liquidaron por las urgencias de la muerte a 84.000 almas. Otros organismos hilan más fino y se van a los 104.000. Nadie conoce unos números exactos de nuestras vidas. De igual modo, que nunca sabremos el de nuestros natalicios ni el de nuestros óbitos. Tal vez, un día llegará algo llamado karma, subido a un hermoso corcel, en forma de espíritu. Lo más parecido a un ejército de caminantes muertos, con la gallardía de ajustar cuentas. Todavía el hedor de esos pusilánimes hombres y timoratos tuercebotas: insulta la inteligencia. En ese instante previo, a la alegría de vivir, en su defecto; la muerte. Uds. Tienen la pelota en su tejado, si no quieren contar la verdad. Siempre nos quedará la muerte, a ella le podemos preguntar. En el fondo, yo ya estoy muerto.





Dedicado a la memoria de todos los fallecidos de Covid19 desde el 8 de Marzo de 2020 en España



Fotogramas adjuntos

City of Fear (1959) by Irving Lerner

Light of My Life (2019) by Casey Affleck

The Killer That Stalked New York (1950)  Earl McEvoy

Nosferatú (1979) by Werner Herzog

 





Una carta de felicitación de Navidad



Nadie de nuestra familia pensaba que llegaríamos a diciembre sin haber cogido el bicho. Las noticias que llegaban todos los días desde Italia eran inquietantes y algunos de nuestros clientes eran gente de la vieja Lombardía. Después, llegó aquella fatídica manifestación en Madrid. Mi hija Vero y todas sus amigas empezaron a desarrollar, en pocos días, náuseas y calambres en el estómago. La febrícula se iba disparando sin control. Desesperados intentábamos contactar con nuestros amigos, y nos decían lo mismo, por las videoconferencias. Es el virus que las ha alcanzado. Nos daba mucho miedo admitir que nos sentíamos mal. Nos mirábamos a los ojos, respirábamos hondo y seguíamos con lo nuestro. Supongo que era la forma de decirnos: “Todo va a estar bien, estamos juntos en esto. Seguro, que no pasará nada. Nos queremos y te queremos”. Cuando llegamos al hospital, era digno, de aquellas películas de Carpenter, Spielberg o del Toro. El caos y la congoja era un ir y venir. Tuvimos mucha suerte. Las pruebas PCR y las serologías daban negativo. Vero, sólo tenía con un pequeño pico alérgico. Pero la mejor noticia fue escucharla de boca de la sanitaria. Fueron unas palabras asombrosas, de un calibre emotivo, jamás soñado en toda mi vida. Nosotros hemos tenido suerte y vamos a tener un Papá Noel especialmente generoso. Aquellas navidades, a la vista de la montaña de cajas decoradas que se amontonaban bajo el brillante abeto de poliuretano del salón. En esa tarea estaba yo ingeniando bolas de planetas y estrellas hechas con purpurina pegada en cartulina;  cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir su sorpresa inicial se fue convirtiendo en estupefacción, y esta última en un terrible presentimiento:

Al principio era algo más emocional, notaba que cambiaba en mi interior, confiaba en que fuera solo evolución, pero era ella, cómo no iba a serlo. Dicen que no hay peor condena, que la de un padre, tener que enterrar a sus hijos. Se me empezó a caer el pelo y entonces lo supe: aquí ya no había nada que hacer. A los pocos días, empezaron las articulaciones de los huesos y la espalda. Un dolor idéntico al de un piloto de moto, tras un accidente. Los huesos crujían. Inclusive, los ojos cuando hacía mucho sol me quemaba la vista. Fui perdiendo la vitalidad, incluso el buen humor, que me había caracterizado. Estaba en el lado del sedentarismo, la impotencia y las sombras. Día a día me alejaba de la luz del día. Me era muy complicado aceptar mi nueva coyuntura, pero el momento ha llegado y en qué momento, más cruel. Morirse en Navidad, menuda jodienda iba a dejar a mi familia. Después de un montón de meses y más meses de pruebas médicas, de presentar mi caso, en el comité científico del hospital, ante numerosos especialistas y someterme a todos los test científicos habidos y por haber. Al fin se llegó a un veredicto. — Me pregunté: ¿llegaría vestido con bata blanca, gorro de papa Noel  y guantes de látex en las manos?

—Señor, Mujica, no sé cómo decirle esto, pero todos los resultados apuntan a lo mismo. Estamos ante una enfermedad crónica y en fase terminal, no podemos estimar con precisión cuánto tiempo le queda, pero le recomiendo que trate de disfrutar al máximo cada instante de su vida. Está usted sin defensas inmunológicas, y no pueden luchar contra la malignidad de sus nuevas atacantes. No hay nada que hacer. Lo siento.

—Gracias, Doctor. Feliz Navidad

—De nada, Sr. Mujica. Mucha suerte y también, le deseo Feliz Navidad. ¡Ojalá pudiera haberle dado otra noticia! De verdad…

 


 

Tres días después del fallecimiento de Matías Mujica Fuertes. Su esposa Estibaliz Vergara encontró una carta, en el cajón de la mesilla de su esposo.

 

Me levanto de la cama, me sirvo un café bien cargado, me visto y salgo a la calle; camino bajo el agua, vivo en la sierra, en un lugar desértico de habitantes salvo en la época estival. Aun así, las pocas personas con las que me cruzo van en coche, me miran extrañados, mientras camino bajo la lluvia sin ninguna protección. Todo llega; menos mi ausencia y al final acabó atrapándome en un laberinto. Es duro cuando sabes que es crónico y que no puedes hacer nada. Si luchas pierdes y si no también. Pero al final casi acabas haciéndote amigo suyo, como dos compañeros de  viaje que tiene una causa determinada, y que dará el toque de gracia a ambos. El billete solo de ida en esta corta vida, pero de lenta agonía. Se me escapan las ganas y las lágrimas con esta  lluvia furiosa propia de estas fechas. Llueve como el último diluvio y mañana quizás, pare. Se me diluyen los afanes y el viento impetuoso me arranca las ideas. Mis propósitos se disuelven entre el frío gélido y cuando miro mis artríticas manos, que no sé dónde metérmelas. Observo un abanico de negras sombras, que insinúan instalarse, agrietando mi alma. Un cúmulo de audaces nubes ha venido a saludarme, amenazándome, con volcar violentamente gotas de aguanieve impías —especialmente gruesas— que mojaran y enfriaran mis mayores anhelos, para terminar encharcándome mis sueños. A pesar de ello, los recibo con alegría, confiado de su tránsito, las cuales, transportarán nuevas ideas. Baldearan mis heridas, haciendo renacer brotes de fe, recién descubiertos. Una alboroto en el cielo, una sordina de trompetas, una luz fulminante.




Esta estación  me llena de pena, de silentes reflexiones y mucho frío en las venas. Este continúo redoble de nudillos en la vidriera, como un vago molesto recuerdo. El constante agudizar de mi miserable ánimo, hurgando en mis dolores, El frío me fractura, me hunde las manos, en mi  desvencijada americana. Camino pausadamente por la angosta travesía, la despiadada lluvia sobre mi cabeza. A la espera de encontrar —finalmente—  tu hermosa voz. La conozco tanto que ninguna diva presentadora de TDT, podría deshacer tu fascinante timbre sonoro: mi querida Estibaliz. Esa esbelta y sutil silueta que de tanto palpar, ya no me ofrece sorpresas. Ya que tu tierna mirada, comienzo a verla perdidamente lejana, como si de pronto, saltases de una dimensión virtual y desaparecieras para siempre. Ese marchamo tan tuyo, ausente, como si ya  no me oyeras, que acaba con mi enloquecer y arde entre mis dedos. Recuerda en aquel cobertizo de tu puerta, resguardado del agua, empapado de nostalgias eternas. Pensaba que podría convencerme de mi penuria más inmediata, ya que este cruel invierno, me está susurrando al oído que me quedan los minutos de la basura del telediario. He intentado encontrar el teléfono  de casa para llamaros lo antes, posible. Empero, que hace tantos años, de todo aquello amor mío, que intentaré estar contigo y las niñas en la mesa de Navidad. Y después, sentir el mismo viento mágico que empujaba a los caballitos del viejo carrusel. Recuerda, las sonrisas de Verónica y Karmele subidas a la euforia de un tiempo, donde los bozales desaparecieron. Os quiero más, que a nada en el mundo, familia, y pensad lo enfadado que estaría si no fuerais felices esta Nochebuena. Feliz Navidad y gracias por hacerme de esta vida un maratón de películas cómicas, donde las sonrisas eran nuestra manera de relacionarnos. Gracias por haber sido mi esposa y darnos a nuestras hijas. Lo mejor de nuestras vidas. No estéis tristes, por favor. De todo corazón, vuestro esposo y padre, Matías.

 


                                                                                        

                                                                                                   FIN


    Dedicado a todas las familias de este país que hoy en sus mesas, les falte alguien muy importante


Fotogramas Adjuntados

Miracle on 34th Street (1947) By George Seaton

Viskningar och rop Ingmar 1962 Bergman

Now and Forever (1934) By Henry Hathaway

Life as a House 2001   Irwin Winkler


                                                                       


La plaga del planeta mediocracia: Celáa, Calixto III y rulosman


Siempre que me pongo un poco más de tebaína en el cuerpo, veo mejor las correrías de mi amado Diego, odiado, a ratitos, y alabado Maradona. Tumbado en su cama nupcial rodeado de tironeros de Lanús, pintando líneas de farlopa, en la mesa de ping-pong, de su mansión, en Pedralbes (DEP). La Barcelona de los 80: era la hostia. Mucho más divertida, y con menos alergia por el mestizaje de todo lo que limitaba, vía bajo Aragón o delta del Ebro. Había mucha chupa de cuero, mucho tupé, pantaca petado y melena de rulos, como los de Diego. Esperando, un concierto de AC/DC, otro de Stray Cats u otro de Carreras en el Liceo. Una ciudad radiante, volcánica y libre (aparentemente) con un Boss Yoda/VivaAndorra. No confundir con el pequeño encantador y superdotado GruGo/BabyYoda adoptado por el huérfano Mandalorian.  Lo de la capital del principado, ya viene de lejos. Agonizaba el régimen del sátrapa gallego, en su lecho nupcial, y la clase media, Made in Spain se iba como si fuera un viaje a Lourdes a por cartones de tabaco, botellas de escocés, pantalones Levis, suéteres de Lacoste, zapatillas blancas Adidas, sacos de azúcar, radios, algún peluco guapo, y perfumes italianos. En la frontera, había, un recodo donde paraban a los sospechosos. La tropa del autobús, íbamos muy bien franqueados. Ya se encargaba del ungimiento, el chófer de turno, por unos cuantos cartones. Sabía muy bien, que picoleto, se los iba a coger y que el autobús estaba lleno de desgraciados, como los botones de su guerrera. Uno, miraba, a su alrededor y veía Mercedes de la serie 200 —de trinqui— de color acero perlado, con algún cartón de tabaco. Aunque,  se quedaba en el ambiente; eso del abastecimiento del hijo, de todo vecino, no fuera con ellos. Un doble fondo en el maletero llevaba miles y miles de billetes de los reyes católicos a una banca simpática y cuatrilingüe. Andorra el país de las montañas y banca de fiar para la people de Pedralbes&Sarrià-Sant Gervasi. Lo digo, porque uno tiene familia, carnal, que no me quieren ver en pintura y se frotaban las manos en 2010, mientras agonizaba en una UCI."Pues, estic molt espabilat. A estonetas, pero lo cuento."Ya ha llovido, desde el concierto de los Clash en Madrid y más de uno el pelo se le ha quedado como al padre Laura Palmer. Otros, se han quedado con la cabeza del teniente Kojak: ni un puto pelo. Y por último, el clan de los fondones y barrigones versus Homer Simpson. Decía el insigne sociata de estimable y gran familia, dedicada, al devaneo de la venta de vehículos de segunda mano, que a España no la iba a conocer, ni la madre que la parió. Puede ser, Sr. Guerra. Sin embargo los 40 ladrones siguen en el poder y el régimen, que, a modo de despiste dejó algunas cosas, está hecho unos zorros. Cuando de repente la delicada UE se ve con eso del murciélago a la plancha, al igual que el Sepionet de Pinedo. Yo sé que al mandarín de turno se le caerá la baba, pensado en la hincada de diente que le va a dar a las alitas de lo Rat penat. Ahora, el fallero de turno, permítanme la licencia (uno que es un mestizo vasco/valenciano/requenense), no hinca el diente. El sepionet se devora, apenas queda suspendido en el plato. No pasa ni por los incisivos, va directo a los molares.



El resultado es obvio: todo el mundo en su casa encerradito, y si se sale a la calle, con el bozal reglamentario. Mucho cuidado con esa plebe descabellada, de risotada grande y mostrando caries: son los cabestros de San Fermín, sin bozal, ni cremallera que cerrar. Pisotean y saben empitonar. Y es que la pandemia del Covid-19 atenaza a la razón y los corazones. Hasta que te meten 33 centímetros de polivinilo por la boca.  A otros les rajan la traquea y a meter tubo para respirar. Los más débiles, acaban en el hoyo y sin estadillo. La contabilidad de éxitus, no es el fuerte de la mediocracia. Son muchos quienes nos instan a plantarle cara. ¿Cómo? Bueno, quizá, el mediocrata, conocido como Dr. Simón. Para los amigos; Rulosman le llamaban body, es el auténtico Keanu Reaves. Sólo hay que ver al machote: más alto y guapetón. Siempre he pensado que el gran Dr. Bacterio era una eminencia de la ciencia y Mortadelo el mejor 007. Ahora con 54 tacos, no tengo la menor duda. Yo soy muy de apodar, es una cuestión antropológica, pero de eso ya hablaremos, igual que de Binford y los entornos hostiles. Es vieja deformidad profesional. ¿Me consienten, que finiquite al gran Dr. Simón? Cuando le veo con esos ojos que parecen chapas gigantes de Fanta limón. Dudo si poner el tema de Radio Futura (no hace falta que lo tarareé) o el cómo Perdimos Berlín de Gabinete Caligari. Simón pertenece a esa estirpe de mediocrata —auténtico paradigma— que único, trofeo, con relativa excelencia al que aspiró, en su momento, fue a un Master en curvatalogía estadística. Son de estos que oferta el paio Mark Zuckerberg por su estantería del marketing. Rulosman es un surfero intrépido en las olas del Algarve portugués, ya que las de Zahara de los Atunes, no son lo suficientemente hermosas, ni agrestes para su gran habilidad, encima de la tabla. O las de mi viejo Cantábrico, esas —de una  infancia en blanco y negro— a la bilbaína. Todos los días lluvia, sangre, vísceras y tricornios sin dueño. A veces, me pregunto, que hubiera dicho el inefable Unamuno, a propósito de la paisana Celáa. Vasca, burguesa alta e impía, de Batzoki con pedigrí, y mansión mirando a las olas. Yo le hubiera dado la respuesta; creo que toda la pasta que se va ahorrar quitándose de en medio a la educación especial y las clases para esos hijos de Dios que sólo sus padres saben lo que es luchar contra alguna de sus patologías. Ella, con su voz pedagógica y fanfare de convento de clausura: Sor Isabel, antigua alumna del Sagrado Corazón. Medio PSOE, femenino ha pasado por esa orden…Algo regalarán. La huella intelectual que dejó en su interior, hizo que sus dos chicas —los amores de parto de una madre son sagrados— fueran al elitista colegio de las irlandesas de Lejona (no al condón y no al aborto). No se preocupen, por la ministra con nombre de reina conciliadora —que va a terminar— con un buen trasplante capilar, un ligthing, a poder ser del número 9 y una turné por Vitaldent. Tan sólo, decir, que va de parte del Chiringuito de Pedrerol: dientes hiperblancos. Igual la vemos de rubia cañón versus Vogue, con un japonés descapotable eléctrico. Empero, todo es una cuestión de miedo, una de los grandes sostenes de la antimeritocracia y la admiración, en su puesta de ejecución, por decreto de la mediocracia. ¡Escuchen a Poe. Cantamañanas! Qué sabio era Poe, que abordó el asunto en cuentos como “El rey Peste” o “La máscara de la muerte roja”, que protagoniza Próspero, un príncipe que construye un palacio magnífico e inexpugnable para escapar de la muerte, que le alcanzará en forma de espectro. “Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre”. No sean malvados que veo sus dientes afilados como garfios, al comparar ese palacio con la Moncloa.



No, Sres. Próspero no era tan mediocre como ese chico que quiso triunfar en la NBA y dice: "soy guapísimo, nadie en la UE le quedan los Hugo Boss, como a mí." A veces, los súbitos tienen ínfulas de rey, también suelen dejarse llevar por el romanticismo de sus nombres de pila y emular a algún rey. ¿Y por qué, no, Pedro “el cruel” ?  Sepan, que el personaje era Pedro I de Castilla, también conocido entre sus fans como Pedro el justo. Lo digo porque la historia también es asignatura bajo sospecha. El gobierno de los mediócratas ha llegado como la Peste de Camus, para quedarse como el pegamento Imedio en un relicario de fotos de comunión. Han tomado las riendas bajo el desliz aparente de la sumisión. Acatando las normas establecidas con una sonrisa, reverenciando a los poderosos y, si hace falta, mirar hacia otro lado cuando las tropelías del orden político o económico; se hace y punto. Bastaría haber conocido al papa Calixto III. Un papa, bastardo, borgiano, muy mediocre, obscurantista, supersticioso, de talante medieval y opuesto a la cultura renacentista. Dejando a su santidad a un lado. La insigne calle de Valencia fue el centro de mi vieja formación de la EGB. Un colegio de enseñanza privada concertada. Un director con camisas de seda de Versace desabrochadas y cadena de oro, con cristo de Dalí y virgen valenciana colgando. Don Gabriele era un crack. Te miraba a los ojos y dejaba a los padres hipnotizados, pluma en mano y matricula firmada. Casi 150 gramos de oro. Casado con una mujer que estaba como un queso holandés. Posiblemente, lo mejor de aquel lugar: La academia Valsom era el refugio de todas las élites valencianas que tenían a esos hijos que habían pululado por los colegios más famosos y legendarios de la primaria y el bachillerato. Desde el Logos, ahora Cumbres de Valencia, de los pastuki hermanos Tatay, al Vedat de Torrente (ahora grupo fomento). Pasando por El Julio Verne de Torrente, uno laico muy notable, pero que era un rompebolsillos, a fin de mes, el Ialae, la Academia Vértice o los hermanos Agustinos muy cercano a la estelar C/Calixto III. De los más chic de chicas —segregados, por entonces—  estaban San José de la Montaña, las esclavas del puto sagrado corazón o la pureza de María. Se dan cuenta, mujeres esclavas. La mediocracia, lo tiene claro. Se preguntarán que tenía la academia Valsom para ser reclamada por la flor y nata de la burguesía valenciana. Muy sencillo; un precio imbatible. A fin de cuentas, toda la chatarra de hijos e hijas, incapaces de aprobar 7º de EGB, siempre tenían una oportunidad. Sus padres, la garantía de una educación general básica aprobada. Don Grabiele era un engranaje más del juego de un sistema cuyo funcionamiento exige una mediocridad expansiva capaz de expulsar del terreno a los mejores. Esos mejores, éramos pocos, algunos demasiados extraños o corridos a hostias por padres maltratadores. Fascinados con mil ondas y soñando con perder de vista a más de un padre, al que tu madre, le tenía miedo y D. Gabriele, cuando la cosa se ponía chunga, también se le calentaba la mano. De ahí su máxima: No se preocupen están en buenas manos, familia. ¿Cuál sería la pregunta, fácil. ¿Por qué los padres de la morralla intelectual de aquel entonces final del franquismo, no llevaba a alguno de sus hijos al colegio público, totalmente, gratuito? Pregúntele a la euskalduna Celáa. Pobre de Miriam (síndrome de down), se ve la madre superiora devota de D. Sabino, muy crecida  —y orgullosa Doña Isabel— de meterle el tacón de sus Charles Jourdan en la boca a una discapacitada. Miriam es la hermana de uno de mis mejores amigos, esos que conoces como le huelen los pedos, el  aliento y el olor de su sudor. Ese sitio llamado la puta mili, era como una cárcel de memos. Empero, te conviertes en un hermano de sangre de todo aquel que ha sido tu compañero. A lo mejor, a algunos les vendría que ni de perlas, volver a instaurarla por decreto. Todo lo que le iba a reportar a esos jóvenes líderes de la extrema izquierda y la extrema derecha.




Sería una maravilla ver a unos cuantos haraganes/as haciendo instrucción y pasando por la barbería de la chaqueta metálica de el Viator. Empezando por el aristócrata de Galapagar y terminado por ese neofranquista, con trasplante capilar y de barba, llamado Cascabal. Además, como se hacía en mi época, ¡era la hostia! Si te tocaba infantería de marina, eran 18 meses limpiando la cubierta de la fragata de turno. Se lo imaginan. En 8K e IMAX,  y entrada gratuita. Sin embargo, el virus está con nosotros, en nuestra propia genética, desde miles y miles de años. Unos 9.000 AC. No hay vuelta atrás. Somos lo que somos. La mediocracia lleva a todo el mundo a subordinar cualquier tipo de deliberación a modelos arbitrarios promovidos por instancias de autoridad. Cabría pensar que un rasgo común entre quienes comparten este poder sería el de esa jodida sonrisa cómplice. Al creerse más listos que todos los demás, se complacen con frases cargadas de sabiduría tales como: “Hay que seguir el juego”. Solo se consienten lo insípido, la grisura, la normatividad, la reproducción y las afirmaciones mecánicas de lo que resulta evidente. La tendencia a eliminar a los mejores —quienes tienen más méritos— se ha ido fortaleciendo regularmente y hoy hemos llegado a un punto en el que la mediocridad, de hecho, hasta se reverencia. Mientras que la propensión al trabajo bien hecho se considera un problema. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: descubrimiento, aportación, virtud y obligación. Y todas esas excelentes mentes que no participen de semejante farsa serán aisladas y este aislamiento, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el odio. ¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Primero lo observarás en la educación primaria y después, te sorprenderá como la universidad está dispuesta a ser manoseada con tal de conseguir alguna dádiva, voy a ser generoso y utilizaré, el término subvención. Profesores en disputas intestinas, abusando de becarios aturdidos —entre falsas expectativas a cuenta de los putos doctorados— de jóvenes talentosos que son la verdadera expresión del talento capado. Todos ellos en manos de un ministro que se cree que tiene 19 años y vive en mayo de 1968. Ellos mismos entran en el círculo de los idiotas, creando terroríficas estructuras jerárquicas que obstaculizan la creatividad. Al final todo ello, para volver al mismo sitio, que definió el gran David Simon en su adictiva y real Baltimore, atiborrada de traficantes que magnifican los criterios de obediencia de las esquinas. Toca aguantar al tonto de las almendras y la mezquindad de una sociedad insípida, el pensamiento crítico es una quimera, donde Victor Hugo nos avisó: “Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra y nos degrada”. Cualquier desgraciado con una peluca y que dice ser periodista con sólo el graduado escolar, te hará la vida mejor, mucho más que una olla exprés cubana. Bienvenidos al planeta mediocracia.



               Dedicado a Juan de Dios Román diciembre 1942/noviembre 2020 In Memoriam



Fotogramas adjuntos

Madame Curie 1943 by Mervyn LeRoy

Joy 2015 by David O. Russell

The Strange Woman 1946 by Edgar G. Ulmer, Douglas Sirk

Temple Grandin 2010 Mick Jackson






Alberto, Rai y Carla: Diagnóstico enfermizo Vol.3



 


Después del almuerzo, mientras conducía hacia el consultorio del médico, no podía quitarse de la cabeza la imagen de su hermana. Le gustaba verla tan feliz.—Alberto sonreía y silbaba un tema musical de la radio. La idea sobre la forma de actuar del  Dr. Lasalle o de lo que pudiera pasarle era como una sombra oscura, en lo más hondo de su mente,  dibujaba un enigma. Aunque menguada, por la imagen de su resplandeciente hermana. Cuando llegó a la oficina, estaba preparado para sentarse y esperar, lo que hiciera falta. Hizo una consulta a la recepcionista, ella le dijo que el Dr. Lasalle estaba listo para recibirlo. Le explicó que el Doctor se había saltado el almuerzo para revisar sus archivos y estaba muy emocionado de trabajar con él. La postal idílica que tenía de su hermana en su cabeza se hizo añicos. De repente, se sintió abatido por esas preguntas que acechaban en el desasosiego sobre el Dr. Lasalle.

La recepcionista abrió la puerta y lo condujo por un pasillo largo, a una habitación cálida con un sofá y una silla.—Adelante, Alberto: Ponte cómodo, estará contigo en medio minuto.

Alberto se sentó en el sofá, nunca antes había ido a un psiquiatra, aunque pensó que estaría recostado en el sofá y le contaría muchas cosas sobre su infancia. Así que decidió que lo mejor sería ponerse lo más cómodamente en  el sofá.

Una puerta se abrió silenciosamente, una que Alberto no había notado antes, una que no podía ver desde su posición. Entonces, ¿no he leído que hayas pasado por esto antes?— preguntó una suave voz detrás de él.

Luchó por girar la cabeza para ver, pero el médico dio la vuelta y se paró frente a su cuerpo tendido para extender su mano. Soy el Dr. Lasalle.  —Dijo, él.—Yo he hablado con el Dr. Lasalle y no es así.

Alberto, estaba decepcionado. Después de su hermana, el Dr. Lasalle no era mucho para mirar. —Vamos! Pequeñito y redondo con una cara igualmente por debajo de la media nacional. Alberto recordó que su salud mental estaría en sus manos, con suerte, mejor cuidadas, que su apariencia. Empero, yo hablé con el Dr. Lasalle y este tío no es él.

Dr. Lasalle:—Se está bien, ahí.

—No, solo lo que he visto en la televisión.— Dijo, disculpándose porque se había tendido en el sofá.

Dr. Lasalle:— Si te sientes más cómodo, a mí no me importa. Yo me sentaré en esta silla detrás de ti.—Dijo mientras se alejaba de su vista.— Alberto notó un ruido muy molesto, al chirriar la silla, donde se sentaba el Doctor.

Dr. Lasalle:— Entonces, el Dr. Ansorena, lo vio ayer y me comentó que sigue tomando la medicación y ve avances. Alberto, no escuchaba al Dr. Lasalle, sólo veía muecas y un blablablá de fondo. Hastiado de escuchar sus putos problemas durante las siguientes dos semanas. Su plan diario era éste: ver al Dr. Lasalle cada dos días y hablar de cosas que no recordaba al cabo de los 10 minutos. Levantarse del jodido diván, sentirse sucio por las confidencias y volver a casa para tomar una larga ducha. Parecía como si el sofá fuera un portal a otro territorio, un mal sitio, desaparecido: cuando se recostó en él. Y así, pasa la vida de Alberto. Cuanto más se vuelve, más culpable se siente, cuando se levanta para irse, como si de alguna manera estuviera traicionando a su hermana, a su amiga, a todo ese otro mundo.

Piensa en ir a almorzar con su hermana o al parque con su amigo, Rai. Empero, la culpa le pesa demasiado como para llamar a cualquiera de los dos. Así que, en cambio, simplemente recoge los materiales reciclables del parque y se va a casa a ver sus películas favoritas o a leer sus novelas preferidas. Esto termina siendo su vida hasta que vuelve a ver al Dr. Ansorena. Su mejor amigo, Rai,  nunca viene a verlo. Lo que le hizo sentir gran curiosidad. Normalmente, sorprendía a Alberto con una visita inesperada cuando no habían hablado durante una semana más o menos, pero no esta vez. No fue así. Alberto no pudo superar la culpa que sopesaba, tanta, como para llamarlo. Una parte de él sabía que no quería enfrentarse a las preguntas que le haría su amigo sobre ir al médico, sobre las pastillas o sobre lo que necesitaba ser "regulado" en su cabeza. Pensó que esas eran las razones por las que quería sentirse culpable en el fondo de su mente. Alberto sentía lo mismo por su hermana. No había estado allí para verlo en un tiempo, y sus llamadas telefónicas habituales tampoco habían llegado. Pensó que probablemente estaba atrapada con ese nuevo chico que había conocido, sin embargo, quería sentirse feliz por ella, pero la culpa se cernía, una y otra vez, sobre sus pensamientos.

 



Tras ese balance personal. Cogió su automóvil y se dirigió a ver al Dr. Ansorena, hoy era el día de la segunda visita. Sentado en la sala de espera, le echó un ojo al revistero. Encontró un número de un magazine de fotografía profesional y se quedó mirando las hermosas imágenes. Cuando finalmente lo llamaron a la habitación, esperó un poco más hasta que entrase el médico.

—Entonces, Alberto, ¿cómo va todo?—Preguntó el Dr. Ansorena, cuando entró en la habitación.

—Va bien.

—¿Qué hay de tus amigos especiales, cómo les ha ido?— el médico lo miró mientras formulaba la pregunta.

—En realidad, no les he visto desde que vi al Dr. Lasalle. Y fue entonces cuando se dio cuenta por primera vez. No ha visto a su hermana ni a su mejor amigo desde que comenzó los tratamientos, ¿podría ser una coincidencia?

—El doctor Ansorena sonrió con orgullo. —Eso es realmente bueno, Alberto. No esperaba que comenzara a funcionar tan rápido, pero es genial que el tratamiento ya haya aliviado los síntomas tan rápido”.

—Alberto piensa mucho lo que va a decir —¿las cosas no parecen estar bien? —Sí, supongo que sí.

La mirada de confusión está en el rostro de Alberto y el médico se da cuenta: —¿Estás seguro de que todo está en su sitio, Alberto?

—Yo... simplemente no me di cuenta de que el tratamiento estaba funcionando. —Dice en voz baja. —¿Cómo podía ser que realmente estuviera tan destrozado de la cabeza?

Dr. Ansorena:—Así es como van estas cosas. Dice el médico reconfortante. Ahora, dado que su cuerpo se acostumbrará a las drogas, la dosis aumentará un poco. ¡Venga, ese ánimo!

—"Humm... sí". Todo esto está mal, ¿estaba loco?

Dr. Ansorena—Bien, recoja sus nuevas dosis al salir. Ahora vas a tomar cinco al día. Será más fácil tomar dos por la mañana, uno al mediodía y dos por la noche. —¿Alguna pregunta? el médico parece presumido, orgulloso de que su tratamiento haya dado sus frutos tan rápida y fácilmente.

—No, suena bien". ¿Podría ser? ¿Realmente podría haber estado tan al límite?—Un tono entre el cinismo y la indiferencia. —No, todavía tenía recuerdos de cómo eran reales... ¿No es así?

Dr. Ansorena :—Está bien, te veré en dos semanas más. No olvide programar su próxima cita al salir.— El médico toma un par de notas en su portapapeles y sale. 

Alberto, intenta descodificar qué está mal, pero no puede con ello. Sale de la oficina, coge sus pastillas y programa su próxima cita.

Una vez en su coche, Alberto decide que debería ir a ver a Rai, o ver si alguna vez existió.—¿Rai es mi amigo?

Mientras conduce, siente un presentimiento, una sensación de pavor. Tiene un pálpito como de haber hecho este viaje, hace muy poco. Un trayecto cercano, pero imposible de recordar. Nota como si fuera de noche; cuando doblaba estas esquinas por última vez. Ese efecto tenía un propósito, siempre que lo estaba haciendo, aunque de imposible recuerdo.

Se detiene en el edificio de apartamentos donde vive su amigo. Sin embargo, algo anda mal, parece sin vida, no hay nadie alrededor. Baja de su coche y entra al rellano delantero, recuerda este rellano. Oscuro y con un aroma a humedad y moho.—Lo atravesé, pero, no. Por qué, no me acuerdo. ¡Joder¡ Se abre camino por las escaleras, pasando sus manos por el papel de la pared en la oscuridad para mantenerse firme.

Ahí es cuando se da cuenta  que esa fue la noche en que comenzó su proceso de medicación. —Ahora, si  lo recuerdo. Me desperté, después de que terminase la película, y vine aquí. Seguro

Alberto  llega a la puerta de su amigo. Hay un aroma en el lugar, que le recuerda a una mezcla de almizcle y entrañas de pescado. Es muy áspero y desagradable. Llama y espera. —Nada, maldición. No contesta.

Alberto vuelve a llamar, luego intenta abrir la puerta, pero está cerrada con los pestillos a cal y canto. Está preocupado por su cordura, por su amigo, por la última vez que estuvo aquí. Alberto da un paso atrás y encuentra la llave que guarda debajo del tapete de la puerta. La introduce en la cerradura y gira el bombillo.

Cuando abre la puerta, recuerda lo que pasó cuando vino esa noche. La sangre estaba esparcida por todo el apartamento. En la pared del fondo están, a modo de garabatos, las palabras: "No es real". Alberto comienza a secarse el abundante sudor de su frente.



De repente, todos los recuerdos vuelven a fluir. —¿Cómo llegué aquí…? ¿En un hipnótico trance? Más o menos, en el momento, en que su amigo lo dejo entrar: sacó un cuchillo y se lo llevó.

Se derrumba y cae de rodillas. —¿Cómo pude haber hecho esto? Nooo!

Alberto recuerda todos los apuñalamientos, todas las cortaduras. Recuerda a su amigo suplicando por su vida. Escucha unas voces que le dicen, en tono, fantasmagórico: culpable, asesino, eres un malvado. Se siente mal y vomita. La voces, seguían mancillándole, con un tono más bajo.—No he hecho nada. Yo no soy un asesino.—Gritaba desesperado.

Le vino a la retina un gélido presentimiento. La sensación de que era un sueño, de que no existía, estaba vagando por la habitación de Rai. Un sentimiento aterradoramente entumecido. Muy parecido a la sensación que tuvo, cuando comenzó a tomar la medicación de su tratamiento. Se queda con una sensación repugnante que no puede deshacerse, lágrimas rodando por sus mejillas. Luego oye pasos subiendo las escaleras. En un momento de pánico, cierra la puerta y la bloquea. Pasan los pasos. Pero la enfermedad no lo hace.

No sabe cuánto tiempo permanece sentado en el suelo. Pero cuando regresa a su auto, está oscuro, trae los recuerdos de la pesadilla que le persigue, una y otra vez de la última vez. Cuando salió de aquel apartamento. Casi choca con otro auto, en una intersección, cuando comenzó a secarse la sangre que abundaba por todo el coche.— Noto el olor y no quiero decirle nada a la gente. Callaos— La voces han vuelto con fuerza. Pero ese aroma a sangre fresca humana, continua siguiéndole.

Alberto  pasó la noche llorando en su ducha, tratando de quitarse el hedor y completamente K.O. Sus recuerdos no se irían por el desagüe, no importa lo sucios que estuvieran. El agua se había enfriado mucho, mucho tiempo atrás, y la luz comenzó a entrar por la ventana. Alberto había agotado el cupo de  lágrimas, pero nunca perdería los sentimientos inmundos que lo habían inundado.

Una vez que salió de la ducha, se dirigió al teléfono, ni siquiera se secó. —¿Qué hago. A quién llamo? Esta situación no tiene ningún sentido.—Qué coño me ha pasado?. Finalmente, marcó el número de la única persona con la que podía hablar: su hermana. Consciente de lo difícil que le podría resultar entender lo que contaría.

En la mesilla del teléfono estaba su frasco de pastillas, lo miró mientras sonaba el teléfono. Ayer, al mediodía, tomó su último comprimido. Ese era el último que tenía programado tomar antes de su visita al médico, y antes de ir a ver el horror que le ha causado a su amigo. Alberto apartó los ojos de la botella, se suponía que debían arreglar, sus cosas pendientes. Alberto en un soliloquio espetó:— Los amigos están para lo que haga falta, los buenos te perdonan lo que seas… decía K. Cobain —Se equivocan, no soy un monstruo. No he podido hacer lo que he visto con Rai. 

Empero, las voces seguían su cantinela…—Monstruo, bestia, demonio…Asesino. Pensaba— Seré un leviatán o me he convertido en ello hace mucho tiempo. Cuando el contestador del teléfono de su hermana dio paso al contestador de voz automático. No pudo dejarle un mensaje. Intento, una nueva llamada, pero saltaba el maldito contestador. Decidió salir de su apartamento. Bajo las escaleras hasta el garaje y cogió su vehículo. Necesitaba alguien con quien hablar y no podía esperar. Solo le rogó que estuviera en casa durmiendo.

En su camino, comienza a tener destellos y voces que le alentaban al lugar de los hechos. Su memoria se iba abriendo. Del mismo modo, que sus ojos comenzaban a dejar caer pequeñas lágrimas. —¿Por qué? Yo no soy malo. No he hecho nada, que me dijeran. Sigo sin entender nada. Las voces seguían con su repertorio…— ¿Qué recuerdos tiene que no pueda recordar? Por alguna razón, empezó a respirar profundamente, comienza a pensar en los eventos más recientes. Le recuerda la primera vez que fue a la consulta del Dr. Lasalle. Y se preguntaba:—¿Cómo nunca puedo recordar nada de lo que me había dicho?

La primera vez que estuvo con el doctor debió haberle hablado de su hermana, de cómo la conoció en el restaurante, de cómo se revolvía en su vestido, luciendo como una mujer así... elegante y dulce. Otra vez sus pensamientos pasaban del gris al negro y la voces… —¡Culpable, criminal. Di la verdad!

Lágrimas, donde ya no había, y una sensación de malestar en su pecho. De repente una oscura sensación de éxtasis lo invade. Las partes equivocadas de él se excitan… Alberto comienza a temblar, a sudar y mover las cejas de la cara como un personaje de AHS. Si vuelve el recuerdo de todos estos síntomas, recuerda las curvas, pero eran diferentes. Aquellas curvas que tomo fueron muy suaves, como si el viento manejase el volante. Lentas y delicadas de lo que son ahora. Le vino un fogonazo de aquel momento y el entumecimiento que sintió. Había algo muy escondido, sucio y obsceno que era incapaz de recuperar. Las voces le hicieron detener el coche y parar en el arcén. Se desvaneció por unos instantes. Empero, la otra vez que condujo hasta aquí las luces estaban en verde, lo hizo todo sin dudarlo, sin pensarlo dos veces. Tenía muy claro sus objetivos.—¿Qué queréis cabrones qué os diga que soy un asesino y una bestia que disfruta rajando a la gente? ¡Es lo que queréis. A la mierda!


En cambio, hoy, iba por aquel itinerario a toda hostia. Las luces no están todas en verde. Entre el pánico y la confusión de las voces, aceleró cruzando el disco rojo de un semáforo y entró en un SUV japonés de grandes dimensiones. Muy distinto al pequeño Renault Clio. De nuevo, se desvaneció y se escuchó un estruendo. Alberto despertó en el hospital universitario. Sus médicos están de pie junto a él. Se oye la voz de ambos —intercambiando impresiones— y una frase: el paciente está confundido e histérico. El Dr. Ansorena, recita tranquilamente mientras escribe en su portanotas. El Dr. Lasalle se cubre la boca con la mano y solo puede negar con la cabeza. Alberto intenta alcanzar su rostro para secarse las lágrimas, pero sus manos están atadas a la cama. El paciente continúa recitando crímenes que ha cometido a personas que no existen. El Dr. Ansorena, sigue escribiendo. —¿Qué me está pasando? —se tambalea entre sollozos.

—Alberto, escúchame bien. Y hazme un gesto, para que yo pueda entender que me comprendes perfectamente. Bien, has tenido un accidente. Las drogas no parecen funcionar. El Dr. Ansorena, intenta consolarlo con una explicación básica y muy coloquial de clase de facultad.

Las luces del hospital parpadean. Una imagen destella en su mente. Las paredes blancas del hospital se vuelven lúgubres, la luz se atenúa. Los médicos son simplemente guardias. No está acostado en una cama de hospital, sino en una cama de prisión de máxima seguridad. Un guardia parado junto a él está sonriendo y espeta con sorna:— ¡Tío estás...Ja,ja! Pero que muy bien jodido...

El más rechoncho está sonriendo y sacudiendo la cabeza hacia Alberto, las voces vuelven, en esta ocasión con mucho sarcasmo: —la has cagado, cabrón. Eres un puto psicópata. Y te van a meter un montón de años, asesino de mierda.

Alberto solo puede cerrar los ojos y negar con la cabeza, tratando de controlar lo que está sucediendo, dónde se encuentra. Recuerda un accidente automovilístico, pero al mismo tiempo recuerda que lo arrestaron. Su mente confusa, ve flashes de un juicio… Los días pasan...

—Veamos, Alberto, entre el desastre en el que estabas y tu estado mental, has estado entrando y saliendo de la conciencia durante los últimos días. El doctor Lasalle intenta recapitular lo que aparentemente no puede recordar, explicarle las cosas para que pueda salir del marasmo en que se ha convertido su vida.

—Posiblemente te estábamos presionando demasiado con las drogas, no lo sé. Creo que necesitas una observación más cercana. Creo que vas a necesitar más ayuda de la que nosotros dos podemos darte. Tus delirios parecen haberse enraizado, esto es positivo desde el punto de vista de la psiquiatría. Es mucho más fácil actuar sobre ellos. Pareces sentir un profundo sentimiento de culpa, tal vez por algo que te sucedió cuando eras niño. El Dr. Ansorena, mira al Dr. Lasalle, que todavía niega con la cabeza. La alegría de curar a este paciente parece haber desaparecido del rostro del Dr. Ansorena, y, en su lugar, ha llegado ese desplome de pura sensación de fracaso. La imposibilidad de proseguir en el caso.

—¡Estás jodido, cabrón, 42 puñaladas a tu mejor amigo y encima; le cortaste la cabeza!— Dice el guardia impresionado. Las fotos estuvieron en las noticias y toda la prensa hasta que decidieron que eran demasiado sangrientas. —Estás acabado, perro. Hay una sonrisa en la cara de los guardias; esta prisión debe estar ante los infractores graves si lo que está diciendo le ha traído una sonrisa a los labios. Alberto pierde el aliento. —¿Cómo pude haber hecho eso? Sus ojos se ponen vidriosos, no quiere confrontar lo que pasó, Alberto  no quiere saber más del porqué está aquí.

—No lo dejes afuera hombre, siéntete orgulloso de ello, figura. Aquí te mantendrás a salvo y estarás en este lugar, durante mucho, mucho tiempo: el resto de puta vida. Parece saborear contarle su destino.—El guardia compañero le espeto:—Si quieres que dure más de un par de semanas, es mejor que empieces a presumir de lo que le hiciste a tu hermana y su novio. Encuentra saliva y comienza a usarla para gritar como un loco.

—El guardia, dos, el regordete sonríe ante los gritos locos, parece disfrutarlo. Los médicos se sientan juntos, Este trabajo es difícil. Odio ver a gente tan prometedora consumirse en delirios.

El Dr. Lasalle solo puede mirar la mesa y negar con la cabeza.—Es muy triste pensar que una mente tan creativa se desmorona en lugar de pintar, escribir o demonios... Cualquier otra cosa. El Dr. Ansorena hace una pausa para hacer girar su café en la taza que tiene frente a él. —Si tan solo hubiéramos podido encontrar una manera de reprimir su imaginación en lugar de dejar que se rompiese como lo hizo. —Toma un sorbo de su café frío y niega con la cabeza. Hicimos todo lo que pudimos. Estoy seguro de que si no pudiéramos salvarlo, no podría salvarse en absoluto. El Dr. Lasalle pone su mano sobre su hombro.—Unos 3 segundos. La retira— Es como si esas ideas fueran tan reales para él como tú para mí. Tal vez al suministrarle ese coctel de  medicamentos y alejarlo de esa otra realidad que estaba en su mente. Quién sabe. Quizás eso fue lo que lo hizo desquebrajarse y lo llevó a cometer esos actos inenarrables, con esas personas, en su cabeza.

— ¡Hey, Pura! Encerramos a ese puto psicópata en el infierno. —El guardia (regordete)  de la prisión le cotillea a su esposa. —Ella se estremece mientras sostiene su mano sobre su pequeña mesa. En la otra, sostiene una taza de su café matutino, del que bebe un pequeño sorbo, Gracias a Dios que el hombre está encerrado. Nunca pude entender porque alguien le haría esas cosas a su propia hermana: violarla y asesinarla. Es simplemente, una locura enfermiza. El horror, el mal y las almas.





                                                                                            FIN





              Dedicado a la memoria de Ruth Bader Ginsburg marzo 1933/septiembre 2020 DEP


Fotogramas adjuntos

Zimmer 13 (1964) by  Harald Reinl

No Way to Treat a Lady (1967) By Jack Smight

The Sadist (1963) By James Landis

Landru (1963) By Claude Chabrol