El espectador cuchillo






Se acercaba con paso lento hacia su viejo Seat Ibiza. La capa negra de asfalto dejaba de humear y parecía descansar tras el azote matinal. La luna nueva escondía la sombra del inquieto individuo. Finalmente llegó a la puerta del  automóvil. La abrió y se subió mientras contemplaba el tembleque de sus manos sobre el volante. Cavilaba su  achicharrada cabeza por la voluptuosa humedad —No se puede cambiar el destino. Y sintió una horrible debilidad que lo llevó hasta el suelo. Allí, imaginó yacer como parte de la tierra, percibía las cosas con inmensa calma tras el efecto de la benzodiacepina. Quiso despertarse y despertó en un solar lleno de basura y ratas como liebres de grandes. Entre aquel lodazal de tarquín, únicamente el pensamiento de su madre y las carreras con sus hermanas, por las calles del barrio desviaba la fetidez del inmundo barbecho. Aquel hedor era insufrible. Miró su cartera de cuero y descubrió su DNI; Ismael Tur. El amigo IT estaba en un lío muy gordo. No sabía que hoy iba a ser el día de la gran señal. La vieja pesadilla de antaño se hizo realidad; estaba delante de sus padres con un cuchillo en la mano y comenzó a deliberar a quien mataría primero; si a su madre o su padre. Decidió degollar el frágil cuello de la aturdida madre. Fue muy rápido como pegar un viejo click de Famobil. Su padre amordazado por un trapo lleno de lágrimas, lo fulminó de certero golpe de martillo.














Algunos trocitos de encéfalo se quedaron pintados en el suelo y la puerta del horno. Posteriormente, comenzó a trocear brazos y extremidades con un hacha Santoku. Luego, dividió en piezas más pequeñas las zonas blandas de estos, con un cuchillo Sashimi —excelsas hojas de cerámica Koyocera— y la precisión de un matarife del S. XIX. Separados y colocados en bolsas grandes, de contenedor de basura, los fue sacando con discreción al fondo del jardín del adosado y los enterró. Desde ese instante, todo lo que soñaba le ocurría. Por regla general, representaba el sueño donde alguien moriría. Andrés Tur creció matando y presenciando muertes el resto de su vida. Repetía en voz baja: — Y sigo aquí en estas cuatro paredes invisibles sin nada que hacer y sin nada que pensar… Sólo recordar porque llegué hasta aquí es irónico, soportar esto por tanto tiempo, y la verdad no me culpo, y mucho menos me arrepiento, ya que pasó lo que tenía que pasar y si tuviera la oportunidad de volver hacerlo lo haría. Aún recuerdo la primera noche de mi vida que vi la verdadera emergencia del auténtico asesinato. Fue delante de un televisor de plasma viendo la retrasmisión de unas imágenes en directo desde un país del medio Oriente donde unos soldados disparaban al aire y a todo bicho viviente.













Las imágenes se iban y volvían como si la cámara fuera recogida por un nuevo porteador. Se veían mujeres, hombres, niños, ancianos tirados frente al monumento de un triste dictador. Aquella carnicería en vivo fue un espectáculo fascinante y dantesco. Algo histórico que pasó gracias a la arrogancia de un triste dictador sin conocimiento de estrategia militar ni falta que le hizo; pues asesinar es sencillo. Demasiado. Tanto como asesinar para alguien sin remordimientos, a sabiendas que siempre quedaran las imágenes grabadas en un lápiz de memoria. Una ceremonia espeluznante y espantosa a los ojos de una persona común. Apagué el televisor y me fui a la habitación a rezar por las almas caídas y desaparecidas. Matar a alguien es como incinerar un objeto o hacer desaparecer algo por arte de magia. Aquello que desaparece no es el cuerpo sino el alma distinta al cuerpo, algo que entró desde un sitio inexplicable y por alguna razón, le tocó a mi hermano en aquel instante, delante de la estatua de aquel tirano, ante millones de personas en directo, y esa, es una de las cosas por lo que estoy aquí. 














Hablando desde la angustiosa soledad de mis cuatro paredes invisibles, la habitación de toda mi vida, la misma en la que sigo encerrado desde hace más de diez años con estas ropas tan grotescas. Me están escuchando. Lo sé, lo sé…, que hay micrófonos y cámaras observándome las 24 horas. No obstante, me provocan la misma indiferencia que la efigie de aquel dictador altanero que acabó con la vida de mi hermano. En el fondo, la soledad, tiene el mismo sabor que la sospecha de la captura. Luego, recuerden aquello de… cuando veas las barbas de vecino pelar, pon las tuyas a remojar…, ya que la historia, la mayoría de las veces se repite. A pesar de que la gente piense lo mismo, sobre estas cuatro paredes: invisibles. Sin nada que hacer, sin nada que pensar y sólo saber que hasta cuando tienes ganas de defecar estás siendo grabado. Resulta paradójico lo que yo pueda pensar, cuando me siento en esa taza metálica, porque hasta llegar aquí: mi sombra de atrocidades ha sido muy larga. ¿De verdad, creeen que tengo mucha imaginación? Pues, no sufran que muy pronto comenzará la diversión ¡Por cierto, tengan mucho cuidado! ¿Quién sabe? Igual el próximo en morir podrías ser Ud. o Uds , o tú o aquel o aquella...Todo es posible y factible desde estas cuatro paredes.



                                                                                       FIN








                                                Dedicado a  Chris Squire junio 2007/marzo 1948 In Memoriam





Fotogramas adjuntados



Das Kabinett des Dr. Caligari by Robert Wiene (1920)
Tightrope by Richard Tuggle (1984)
El hombre sin rostro by Juan Bustillo Oro (1950)
Peeping Tom by Michael Powell (1960)






                                         

los anónimos, la honestidad y las cajeras del Super









Dicen que en la vida hay que ser honesto. Twain fue contundente sobre la misma, cuando dijo: Que era la mejor de todas las artes perdidas. Afortunadamente, el bueno de Twain llegó tarde a la orgía de los algoritmos fingidos. Pues el paso del tiempo ha convertido, su don de virtud, en perfecta arma de destrucción masiva y renovado ardid medieval para una sociedad decadente. A propósito del crepúsculo del arte transparente, ello no quiere decir que la verdad exista en algún rincón del mundo y por ende, personas honestas. La máxima de Twain, con quien teclea esta columna, no ha sido muy condescendiente que digamos. Una vida sustentada en la veracidad  profesional, es decir, un C.V. impoluto desde que me lié la manta al cuello con 15 tacos. Puede que con el resultado no deseado, pero una cosa es querer y otra poder. Luego, habrá que darle la razón aquel ministro orondo, glotón y cáustico que tanto le tocaba los cojones a Franco. Al que le dabas un poco de cancha y te levantaba hasta la cartera. ¿Les suena el nombre de Agustín de Foxá? Venga, que lo tienen fácil. Un, dos, tres responda otra vez…Era un tipo falangista, amigo de Neruda, compadre de la bestia maragata (papá Panero), Gómez de la Serna, Ridruejo y el reestudiado Sánchez Mazas. La cosa que entre tedio, tristeza y cantidades industriales de morfina; he estado releyendo mucha poesía y ensayos de la camarilla del 27. Desde Cernuda, Gerardo Diego, Max Aub, Giménez Caballero, Rosales y el mencionado Foxá.















Digamos, que me he empachado de buenas letras. Empero no obviaremos que algunos de los citados en segundo lugar —a determinada gente— les habrán provocado un corte de digestión. Lo siento, la creatividad no tiene precio. Puede que el color de camisa sí. Ahora, para especialistas en el cambio de camisas y chaquetas, pocos lugares del mundo,bien pudieran competir con la mácula ibérica. Sólo hay que ver el redil del 24 M. Por ello, yo he sido hombre fiel a un color, el color blanco nuclear, de las camisas de mi héroe: Don Draper. Hablando de Mad Men, sepan que le quedan dos telediarios y se acaba definitivamente; para siempre. En cambio, los poetas e intelectuales que comían y bebían antes del gran estallido —todos juntos— escribían como los ángeles y me refiero a los transcendentales y teológicos no a la Sra. Caso. Por aquello de la divina trinidad, que nunca le he pillado el punto, y siempre he creído en Bud Spencer y Terence Hill. Uno que es agnóstico, que no ateo. Son dos conceptos muy diferentes, pero cómo es este país bien saben; a la gente le gusta darle al mojarro. Tanto que al final, hablan hasta de física cuántica aunque no sepan quién era Newton. Se lo digo de verdad, ya que en una encuesta —de estas rápidas— la respuesta más cercana fue la actriz británica Olivia Newton-John (Grease).














Y qué le vamos a hacer, si a la gente le gusta hablar. ¡Demonios, qué es algo muy ibérico cómo el jamón de bellota! Da igual que se escriba o se lea lo que sea, seguimos siendo el único país que le hablamos a los extranjeros como chimpancés del Zoo.Y luego, nos metemos con nuestros vecinos; los hijos del gran Saramago. Así nos va. Hablando de estafas, cada día que pasa, me siento más desfalcado y no debería de quejarme; pues soy hombre de cultura Noir y esa es una de las variables esenciales en toda historia que se precie: la estafa, el robo o la usurpación. Ahora con la Webesfera y demás armatostes sociales; el mundo se esconde en fútiles anónimos, seudónimos de mal gusto y avatares de la peor ralea. Uno que está muy mayor y con canas, solemos tener heridas de guerra. Dicen que las de mi generación  son fruto de los excesos. Pero como soy, un poco rara avis, atípico y fuera de contexto: lo mío es congénito. No por ello, me escaqueé del exceso. De posthippie a punk, colgado de la New Wave y  el corazón negro como un Bluesman tallludito. Los más amables hablan de mi genialidad: falso. Cuando uno está para sopas te tratan mejor que al difunto  B.B. King  DEP. Jon Alonso no es un hijo de puta, puede que un pequeño hijo de puta. Pero es un tío legal que va de frente. Bien, ya metidos en éstas, y no es la primera vez que expongo —el runrún de lo que me cuesta escribir— un testículo y parte del otro. Les diré con toda rotundidad: sólo me fío de las cajeras de los supermercados. Todos los santos días las visito, en mi particular periplo, bien cocido de morfina y otras variedades adicionales que la SS tiene dispuestas para mi continuidad terrícola.


















Pues mi vida se reduce a ir al Super del barrio, a por un pack de pechugas de pollo o una bolsa de merluza congelada. Cuando paso por caja, las cajeras, me sonríen y me miran con tiernos ojos. A veces me preguntan por mi salud. Estable —espeto. Una vez de vuelta, ya en casa, tras buscar por un montón de bolsillos y mi propia sombra las llaves. De repente, suena el teléfono. Contesto y se escucha, por el auricular, una voz con tono Gracita Morales.—Dígame.—¿El Sr. Alonso, Jon Alonso…?—Sí, el mismo. —Hola, mire que le llamamos del Super DIA. Se ha dejado su tarjeta de crédito y la tarjeta de descuento.—Ah! Muchas gracias... —De nada a Ud.—Perdona, cómo te llamas. Lo digo, para preguntar por ti.—Yo, soy Inma Campos.—Pues, gracias Inma. No sabes lo que te lo agradezco.—Nada, Sr. Alonso a Ud. Pase cuando pueda. Y si yo no estoy, cualquier compañera-o le pregunta, que las tarjetas se las tenemos guardadas.—Muchas gracias y buenas noches (cuelgo, un poco emocionado). Entenderán, ahora, lo de la esencia de llamar a las cosas por su nombre. Si les intentan camelar —vía red social— anónimos y demás jarcia: ni caso. Si son blogueros y les gusta hablar con los lectores; un buen candado a modo de filtro o en su defecto, cierren el apartado de comentarios. ¿Quién sabe? igual me lo agradecen con el paso del tiempo. A lo mejor puede que tengan más tiempo para leer mucha poesía, ver cine, series de TV… Pasear, charlar con sus parejas y follar con ellas algo más. Sí, sí... Ya lo sé. No tengo remedio: la honestidad me pierde.









                                    Dedicado al rey del blues B.B. King  septiembre 1925-mayo 2015 In Memoriam










Fotogramas adjuntados

La guerre est finie by Alain Resnais 1966
The Good Girl by Miguel Arteta 2002
Behold a Pale Horse by Fred Zinnemann 1964
Cashback by Sean Ellis 2006








           

Mercedes Benz 220 de 1960








Marius Capdevila era un tipo de modales exquisitos, cuasi cortesanos, que se escondía en nobles y timoratos gestos. De repente, sintió como el tiempo se agolpaba en su mente. Recordó todo cuanto le había ocurrido, en ese instante crucial, donde el tramo nuestras vidas comienza a encoger. El Sr. Capdevila ocultaba un escabroso secreto, pues era un hombre de lujuria insaciable e incapaz de esbozar un mínimo guiño de aquiescencia. Ni las horas de clase ni los juegos de un otoño malgastado. Ni los dulces y el chocolate —que le hacía su difunta madre— serían capaces de proporcionarle una mínima alegría a su pertinaz desdicha. Se asustó. No esperaba que la memoria le hubiera jugado tan mala pasada. Se mordía las uñas hasta triturar las cutículas, mientras miraba por el tragaluz de la buhardilla de la vieja mansión solariega. Los ricos saben vivir como ricos. Pero el mero hecho de pensar que pudiera ser pobre le generaba arcadas y mareos. No dejaba de darle vueltas a la cabeza,  la semana pasada, después del numantino esfuerzo para eliminar al hermano soltero de su madre. Un gran trabajo de relojería suiza. Si algo, había hecho bien en su vida fue pegarse largas lecturas de Christie y Conan Doyle en las calurosas tardes de verano. Aquel ardid del automóvil y el precipicio fue una sutil forma de eliminar al Marqués de Vidaurrieta: su único tío carnal. La radiante y fogosa tarde de verano invitaba a mil placeres. Puede que el asesinato sea uno de ellos y el pusilánime Capdevila, no era consciente de lo deleitable que podría ser. 






















Asesinó a su tío con la percusión de quien ejecuta, a golpe de un chasquido, un vietnamita en Indochina. Deslizó el viejo e impoluto Mercedes Benz 220 de 1960  hacia un despeñadero —mientras el cadáver del tío Jonás ejercía de maniquí de grandes almacenes— con el pie bien sujeto al acelerador. Media vida preparando a conciencia y minuciosamente todos los elementos que debían de concurrir en el simulado accidente de D. Jonás Vidaurrieta. Capdevila, estaba ya mozo con abundante color plateado a la altura de sus patillas, apenas cumplidos los cuarenta y sin atar una escoba. La decisión fue tomada a lo largo del devenir de monótonos  años, de puntuales visitas a principios de mes por la casa del pariente, al cual, saludaba efusivamente y escuchaba con ahínco sus soflamas de ferviente franquista. Disfrazado de un snob británico con apariencias cool, que le dejaron buen poso, durante su paso por la ciudad del Támesis. Mientras, la piel de toro se moría de hambre y libertad a golpe de mordaza. Sin embargo, D. Jonás nunca lo ayudó en lo esencial. Capdevila estaba desesperado. Era su único sobrino, hijo de única hermana de su tío y contumaz soltero. Fallecida escasamente unos tres meses. Capdevila, en cierta medida, idolatraba a su tío: su manera de vivir, la constante pertinaz ociosidad y su desordenada vida sin tener que dar explicaciones a nadie. El crimen no era más que una forma de reivindicar su valía, sus derechos consanguíneos y el sustentáculo económico. D. Jonás podía pasar de todo, pero delegaba todo su caótico y caprichoso modus vivendi a la flema  resignada de su fiel mayordomo: el viejo y reumático Zacarías, el cual, daba señales preocupantes de una emergente demencia.
























Fue entonces cuando comenzó a urdir la trama. Dándole vueltas a su cabeza y  mordiéndose compulsivamente las uñas. Se escucharon unos golpes sobre el picaporte del portón. Bajo desde la pequeña buhardilla. Observó por la mirilla y comprobó que era Zacarías. Respiró hondo y abrió la puerta—Buenos días, Zacarías qué tal (tono tenso y cínico)—Buenos días, Señorito Marius.—Ud. dirá…—Vengo, a comunicarle que Don Matías, el notario, ha dicho que mañana a las  11 horas se accederá a la lectura del testamento de D. Jonás. MC se quedó pensativo por unos instantes.—¿Señorito, Marius se encuentra bien? Sí, sí… Perfecto, Zacarías. Muchas gracias. —Adiós y buenos días—Adiós, señorito. Capdevila subió rápidamente a la buhardilla que siempre había sido lugar de juegos y estudio. Se dejó caer en la pequeña cama, donde de pequeño descubrió los pequeños placeres del paso de la inocencia a algo más inquietante. Se quedó vestido y soñando que la voz del notario le hacía saber que era el heredero universal de la fortuna Vidaurreta. Pues, de los Capdevila no quedaba ni una gota de aceite para los candiles. Su cabeza no dejaba de pensar deseos, afanes y ensueños. Creía que no había tenido suerte con el azar y menos aún con el amor. Pero esta era la ocasión perfecta para ser amado y  gozar del cariño de una mujer honrada que se entregara a él noblemente.  Rehacer el hogar y dar paso, nuevamente, a la dicha por el blasón de los Capdevila. Demasiado fácil y excesivamente complejo. ¿Dónde hallar tal mujer? Ninguna  dama sería capaz de pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Desesperado y enloquecido por momentos, tuvo que recurrir a unas gotas de Láudano que le recetó el médico para sus migrañas e insomnio. El alba daba paso a los primeros canturreos de los pájaros de los almendros del jardín.




















Era el gran día. Bajó hasta la cocina y comprobó que la nevera estaba tiesa. Pensó en Zacarías y su tío Jonás, cómo su tío siempre tenía la bandeja del desayuno en la cama: zumo de naranja, café con leche, tostadas y mantequilla. Recompuso el gesto y tomó un poco de leche que había en una botella con algo de malta. El viejo Omega de pulsera marcaba las 10,30h, suficiente tiempo para llegar al centro de la villa. Por delante un paseo lleno de naturaleza y belleza veraniega. Dejó atrás los recuerdos, apresurando el paso por el arcén de la vieja carretera del concejo. Iba con el itinerario a su favor, pues la carretera tomaba un badén hacía abajo e intentaba frenar los pasos. Algo que le parecía divertido. Pensaba en su tío y no dejaba de sonreír: su crimen había sido perfecto. Nadie sospechaba de él. Una ligera brisa que llegaba de la costa sopló y pareció acariciar su acicalada barba. Cuando de repente, un Mercedes Benz 220 negro azabache metalizado y con las lunas completamente opacas; iba a más de 150 Km/h. Se giró. Apenas, puedo gritar: ¡Noooo, no puede ser! El cuerpo salió despedido del arcén completamente quebrado. El gesto de su cara era terrorífica al lado de la abundante sangre que salía por la apertura del parietal junto a pequeños trozos de masa encefálica.  En la plaza del pueblo, el reloj de la casa consistorial marcaba las 11 en punto. Y en el despacho de D. Matías sólo se hallaban; el secretario de éste y Zacarías de un luto riguroso apoyado sobre su bastón. Bien señores, ya es la hora y como dejó bien claro D. Jonás, estuviera quien estuviera, estas son las últimas voluntades de Don Jonás Vidaurrieta Mújica y de Leániz. Yo, D. Jonás tal y tal, en plenas facultades y etc. legó todas mis propiedades, capitales, enseres y ajuares a D. Zacarías López Mayorga. He dicho. A día de hoy de 1964… D. Matías le espetó a  Zacarías— ¿Lleva Ud. su carnet de identidad?— Sí, claro D. Matías. —Pues firme aquí y buenos días, caballero.



                                                                                               

                                                                             FIN





                                Dedicado a Eduardo Galeano y las víctimas del terremoto en Nepal In Memoriam




Fotogramas adjuntados


Le beau Serge  by Claude Chabrol (1958)
Mercedes Benz 220 1960 by IMCDb.
Agnosia by Eugenio Mira (2010)
The Servant by Joseph Losey (1963)









   
                                                

1093, 1094 o 1095 días del IBP...Seguimos en la tierra








Si les digo la verdad, nunca supe bien porque abrí este lugar. De verdad. Al igual que alguno de Uds. todavía me sigo haciendo la misma pregunta… Vivir con medio sistema venoso arrendado a tu motor central, jugando a ser tus arterias, para que siga latiendo tu corazón; no es sencillo. Lo más complicado era salir de un infarto masivo y levantar el pulgar como un piloto de F-1, 24 horas después. Lo conseguimos. Pasar 90 días en una Undad de vigilancia coronaria (30 días en el Servicio de Neurología por falta de camas) porque no sabes que quieren hacer contigo un comité de galenos internistas cardiólogos —muy preocupados por sus futuros retoños— con el órgano más singular de nuestro organismo. La literatura se ha emborrachado a la hora de hablar del corazón y no la culpo, tiene su feeling. Incluso Palanuik la lío en una de sus novelas con el familiar que la palma de un aneurisma aórtico. Mucha gente no sabe lo que es un aneurisma, tuvo que salir Mr. Sálvame de Luxe e invitar a Sharon Stone para contar de que va ese negocio. Por cierto, los hay cerebrales y en mi caso, coronarios. Tuve la suerte, que uno de los becarios de cirugía tuviera la vista de un francotiardor SEALS y le dijera al jefe—¡Dr., Dr. No cierre el tórax que estoy viendo Segovia…! Luego viene eso de ponerte de pie y mirarte al espejo. Escuchar de algún cachondo, aquello  del…  “chico pareces  Russel Crowe en Gladiator”—Qué pena, yo pensaba que me iba a decir Ángel Cristo. Todo ha sido una odisea, una locura, un mal sueño, una historia que se une a un larguísimo currículum de batallas y aventuras de eso llamado vida. Les voy a confesar un secreto; todo ello lo volvería a pasar si me dicen que el dolor neuropático ha desaparecido hoy.














Cuidadito con los quirófanos, a veces, el diablo se puede disfrazar de Teresa de Calcuta y terminar uno con sus huesos en una Undad del dolor. Lo dicho, cambiaría muchas cosas por volver a tirarle un par de cañas a mi amigos: Niki Lauda y Roman Polanski. Es una pena, que en los 80 no tuviéramos los teléfonos listillos, sería el puto amo de los likes en las redes. Por último, el IBP va a seguir siendo lo que es, un lugar donde se habla de cine, de una forma peculiar, como definió JL Moreno-Ruiz—adictivamente "sui generis"—, el cual, me ve con muy buenos ojos porque es tan buena persona como reportero. No hago crítica convencional, para eso abrí los 200mgHz que es un homenaje a la morfina y sus derivados. Ahí, si que estamos haciendo crítica televisiva, de la clásica, y, cuando podemos hablamos de otras cosas que nos gustan. Pero el IBP, son crónicas de personajes célebres, mujeres bellas y fatales, meditaciones entre un montón de zumo de naranja y mucha morfina. Artículos de opinión, donde el punto de vista es una isla utópica, la cual, no existe. Ya que no hay utopía que sirva al ser humano. Mucha mala baba y un sentido del humor negrísimo. Mis disculpas si alguien, no me pilla el punto pero ahora camino de los 50, no creo que vaya a cambiar. Soy así, como el Garufa de Malevaje… El IBP no es un blog ni un dietario: es una revista caleidoscópica, donde el cine impulsa su vis literaria. En la que soy el dueño absoluto de ella, hago lo quiero cuando puedo, pues la salud no es mi fuerte. Eso sí, me verán en redes sociales con un aspecto impoluto, sexy y pendenciero.













Todo ello, en gran medida, es un escaparate de la pose que nos ha inyectado las nuevas tecnologías. Pienso que la discapacidad no puede dejarnos a un lado, cualquier persona con discapacidad tiene que enfrentarse a ella y da lo mismo ser blanco con malas pulgas, que negro de buen carácter. La tolerancia es la libertad de poder ser como somos; humanos con nuestras virtudes y defectos. No me quiero marchar sin dar las gracias a la gente que le gusta este lugar. A otras personas que me han animado a escribir un libro. Yo soy un escritor muy malo y muy viejo. Además, ahora todo el mundo escribe en algún sitio. Joder! Yo escribo cada dos semanas aquí y en 200mgHz… Je, je, je. Estoy contento a pesar de lo pasado, feliz de tener a alguien a mi lado que es mi apoyo emocional; mi brújula y parte de la inspiración diaria de mi vida. Reitero, muchas gracias. No sé si creo en Dios o en vírgenes suicidas, pero he descubierto mi vocación. Si tuviera salud y volviera a empezar de cero, sería cirujano de campaña o en una Undad. de élite (ya fuera neurocirugía, vascular, cardiaca o trasplantes). No tengan la menor duda y lo digo muy en serio. Me gustaría muchísimo sentir en mis carnes, la satisfacción de un cirujano cuando sale del quirófano y todo ha salido a la perfección… Es de esas cosas que hacen de este planeta un lugar más agradable. Como buen veterano del cuadrilátero, les diré: "va por Uds." y espero seguir otros 5.000 años por estos lares, bailando sobre la lona. Gracias de corazón y espero que les guste el pastel y la música…










                                Dedicado a mi actual esposa, Anna Genovés y mi vieja amiga, Salomé López







Fotogramas adjuntados:

Marylyn Monroe celebrating her birthday
Sunset Boulevard by Billy Wilder (1950)
Mary Astor celebrating her birthday with third husband Manuel del Campo










                    

Trompeta Man








Aquella noche de primavera fue horrorosa. De nuevo los cansinos accesos febriles me obligaron a permanecer postrado en cama. Llovía a cántaros y la luz eléctrica se marchó dos veces, como si la historia no fuera con ella. Entre antipiréticos, morfina y zumo de naranja de tetrabrik perdí la noción del tiempo; me quedé dormido profundamente. Arribé tarde al acto. De un negro riguroso y excusándome al vapor del Mississippi, pues no tenía muy claro el lugar exacto del tétrico velatorio. Uno de los más grandes nos había dejado, en este prisma de pábulo, quizás para siempre.

















¿Quiénes somos para juzgar los deseos de los dioses? Comencé a darle vueltas a la cabeza, mientras observaba el óbito. La servidumbre humana más rastrera planeaba, a su manera más tradicional, una despedida con buena música; un fragmento lúgubre de cuatrocientos cincuenta años, muy reciente, en comparación con aquél cuyo destino se envolvía de acordes aplastantes. El trompetista, al que todas las chicas —y los chicos del Delta— adoraban, no entendía en este mundo más que lo que su música le dictaba, y aunque no sabía exactamente para quién —¿o qué?— desataba su arte, cumplió, entusiasmado por ser el centro de atención.














Empero la noche era muy larga y oscura, en aquel ambiente del gran salón opresivo rematado en ribetes góticos de fusta. El joven estaba bebiendo desde que agarró la trompeta y sordina. El vodka polaco, era una cuestión patriótica de la rama familiar materna. Era evidente que los efectos de la bebida nacional —que otrora tiempos— adormecieran sus sentidos; se adentraron, en  una simbiosis cuántica con los miasmas. Aquella epidemia parecía asediar al barco, se comportaba como si tuviera patente de corso, y  finalmente, consiguió exaltar sus vísceras. Cuando le pareció ver que en la sala había mucha más gente de la que embarcó en un puerto ya desvalijado, comenzó a sentirse enfermo. Mucha más gente, de rara tez y miembros mal proporcionados, que parecía revelarse en los espejos como borrones de bruma.















Definitivamente, la botella de vodka se rompió, y los cristales, caídos junto al taburete del músico, reflejaron las últimas luces, antes de que se apagaran. Las ánimas protestaron y señalaron al cadáver. Desperté, exaltado y lleno de sudor. Palpaba la mesilla de noche, el interruptor de la luz no funcionaba y mi cama rebosaba de agua. Esta vez, vi mi final, pues, ni la vela del cuarto de mi sirvienta me salvaría de una letal pulmonía. Pensé que, por haberme encomendado a poderes sagrados, encontraría la salvación de  mi alma. Es obvio, que ya estoy muerto, pues la habitación está completamente inundada como todo el vapor. Nunca miren a los ojos de las sombras, a veces, el diablo se esconde en el rincón más insólito de nuestra existencia. Ahora, por favor, déjenme, mientras suena “Oh, lady be good”. 












                                Dedicado a Moncho Alpuente  (mayo 1949/marzo 2015) In Memoriam









Fotogramas adjuntados



Young Man with a Horn by Michael Curtiz (1950)
The Cotton Club by Francis Ford Coppola (1984)
Show Boat by James Whale (1936)
Mo' Better Blues by Spike Lee (1990)









                                                

El gozo telescópico









El trabajo de francotirador no es un ejercicio agradable ni fácil. Hace falta tener nervios de acero, una visión de lince y sobre todo un gran sentido del ritmo cardiorespiratorio. De la exactitud del blanco depende el resultado de una ardua tarea logística; documentación, posicionamiento y objetivo de la misión. Empero, hay muchos tipos de francotiradores y puestos donde practicar esta despreciable y adorada profesión para muchos detractores, y por ende, de una grandísima legión de fervientes incondicionales. Obviamente, todo el mundo tiene el concepto generalizado del francotirador militar; cartesiano, impoluto y flemático. Sin embargo, pocos conocen el arte del francotirador en otras disciplinas de la vida. No más lejos de estas lindes, a bote pronto, me viene a la cabeza uno de los mejores que se hayan conocido en la literatura española; Francisco Umbral. Algunos de sus trabajos pasaron a la historia y dejaron mácula impertérrita, imposible de imitar o llegar a su maestría. Sería el alter ego de Chris Kyle “la leyenda de Texas y el azote del infiel” o el caso de la antigua URSS, y aquel cazador siberiano, que se convirtió en la pesadilla de las unidades nazis, durante el asedio de Stalingrado; Vassili Záitsev. América es un país que magnifica a sus héroes y los protege. La vieja URSS, también le gustaba el modus de la glorificación del lince camuflado. Ahora, con Putin todo Dios está loco por pillarse un buga alemán, pocos son los que miran de reojo la pretérita gloria de aquel imperio soviético. Pesa demasiado la jodienda del embargo, y con el petróleo a precios de tienda china de barrio; es obvio, que a la nueva mafia liberal no le salen las cuentas y los rusos venden sus viejos BMW para pillar los nuevos Lada con Airbag. Luego, entre los análisis de las diferentes idiosincrasias, ya sea la utópica Norteamérica o la otrora poderosa ex URSS, siempre nos quedará la incógnita del neologismo continental por la adoración del pérfido disparador. Aquí en la rancia y tacaña piel de toro se les desprecia e injuria de manera ostentosa, aderezada de camorrista lengua fácil Belenestebaniana: Gasol, Nadal, o mi tocayo Alonso, son otro tipo de francotiradores: killers del deporte. Y en ese cundir del espíritu deportivo, se podría aplicar la definición al mundo de lo científico, cinematográfico, literario, taurino o el culinario.

















Más de lo mismo. Pero es que el maestro madrileño definió a este país de un modo contundente, visionario y veraz. La certeza de la obviedad es dolorosamente axiomática y muy compleja de decodificar, pues, las verdades joden al personal mucho, muchísimo, demasiado. Hasta llegar a la orgía de los ronzales, y, ahí ya vale todo. Por eso, magnifico la elegancia del boxeo; existe un reglamento. Reglas de juego que le da patente de deporte intelectual y que  la historia, por suerte, nos dejó su maravilloso legado. Bien, volviendo a la realidad topamos con la mediocridad de esa inmensa mayoría de soma vespertino, que alimenta al bípedo de Tal y Pascual, ese, que suele ir por la mañana al trabajo a las 8 en punto y regresa sobre la misma hora, al bar de su barrio donde se toma cuatro cañas, para aterrizar en el sofá de casa reventado. Mientras la prole de casa aguarda y se acicala para ver el corral de Mediaset. Cómo toda mi vida me ha gustado tocar los cojones al personal, hoy no me voy a extender demasiado. Saben que la tramoya del IBP se ha quedado para dos migajas mensuales. Muy de vez en cuando verán los grandes artículos que ingieren con mayor asiduidad y trituran con una voracidad feroz. Caso Miroslava, o los panegíricos al gran Fuller, Peckinpah, Stone and Cia. A partir de ahora, quien quiera leer uno de esos artículos se pone en contacto a través de mi mail personal, que se halla en la pestaña de la biografía, y previo pago de la voluntad, será obsequiado con un escrito de semejante enjundia. Atisbamos un nuevo presente por estos lares, donde hablaremos de la Bernarda y el Fulgencio. Me gusta la propuesta de Podemos ¿Pidamos pasta a la gente? Claro, claro..., como en este país está todo el mundo en el paro y nadie tiene un céntimo. Aunque, los colegas saben que la gente está forrada de pastuki. Sólo hay que ver los fines de semana, a la becerrada trasegando por los centros comerciales, apestados de castas enteras, sedientas de consumo y carrito de latón.


















Claro que más chocante resulta ver a las empresas de mensajería, no dar abasto a la ingente cantidad de paquetes, que dispensan —vía pedido— por el redil de mondos bizarros, entre webs repletas de gadgets y libros que rulan por la componenda digital. En el fondo, no hay francotirador que no joda al personal. Yo de vez en cuando, suelo ejercer este oficio. Ya saben de mi pasión por lo castrense y el desorden. En el ejército me enseñaron a matar, beber y drogarme. Obviamente, al final uno acaba en el calabozo, pero esas cosas sólo le pasaban a los del 66 que estábamos tan atrasados como los huérfanos del 98. Ya nadie se acuerda de ellos. Eso sí, también que soy un morfinómano sin cura ni remedio a corto, medio o largo  plazo, ya que mi enfermedad es irreversible. El otro día me preguntaron: —¿Por qué no te dedicas a la escritura de un modo profesional, no se te da mal? Espeté —No me toques los huevos que hoy he perdido dos píldoras de Tramadol y voy con el mono. Le di tres respuestas, dos eran mías y la última de Umbral. La primera. —Mira, socio, tras mi infarto masivo y las secuelas de la cirugía (dolor neuropático crónico) trabajaba como mercenario negro de las letras, en una gran agencia literaria, la cual, me pagaba muy bien. Siempre lo he dicho: el dinero me gusta más que a un tonto la gorra de Miliki. Puede que con el sexo, las drogas, el Rock&Roll y el cine, sean mis vicios, que me han dejado donde estoy, aunque pagaría por volver a ellos a pesar de ser un empresa imposible. Ahora sólo tengo de 4 a 5 horas para disfrutar de eso, que es un espacio ficticio, donde el dolor desaparece; el resto de las 24h., voy ciego de morfina para soportar el puto martirio. En segundo lugar; trabajé como una puta sin remuneración para un montón de productoras e hijos de la gran putísima. —Lo pillas, chaval,—Eh, sí, sí, claro.—Lo del gratis total se acabó. Eso ya no lo quieren ni en el guay del Paraguay. Seguimos caminando entre un silencio, que lo rompió el gentío, que se atisbaba en un hermoso parque de la ciudad del crimen. —No te preocupes, colega que te voy contestar a la segunda cuestión. El gesto de este joven amigo era confuso. Sin embargo, qué casualidad, y es que en la vida nada llega por orden de un ministerio divino. Todo aquel affaire coincidió  en  la feria del libro de  mi ciudad y le dije: —Chavalote, mira bien este circo… Esto es lo más parecido a visitar la Morgue (el deposito forense, lugar por el cual, he rulado lo mío a lo largo de mi vida. La cantidad de familiares que he tenido que identificar, ni Gil Grissom) está llena de caminantes versus Walking Dead. Los libros agonizan igual que los putos zombis del espectáculo televisivo. 

















Además, míralos bien muchos tienen pinta de muertos perpetuos. Es decir, la feria es un montón de mierda, donde se apilan libros que nadie quiere leer porque la gente no los entiende o sus mentes están olvidadas, perdidas y penosas, que acaban arrastrados por el abismo de la vida. En una ínsula donde el amanuense está condenado a su propia dosis de vanidad, que lo no le va sacar de simple cuentacuentos. Se me quedó mirando con una cara entre la perplejidad y la desolación. Le dije;— ¡Ay, la hostia, que bruto soy. Je,je… Anímate, hombre, por  aquí hay una tasquita que ponen unas mistelas cojonudas. Lo ves, ya estás más tranquilo, y con la respuesta saciada. Me dijo, — Y tú, cómo soportas la vida:—No la soporto, tío. Es la morfina quien me soporta: complicado pero factible—¿Puedes decirme la tercera? Aún, tienes ganas de escucharla. Bien, que sepas que esto lo dijo el francotirador Umbral, su pluma era lo más parecido a un Barret M-82, suave, ajustado y letal. Una máquina perfecta. Alucinante y excelso: “En España no sabían quién era Francisco Ayala, no sabían quién era nadie. Conocían a Lorca, pero Lorca no estaba exiliado, estaba muerto... Entonces yo los traté y los conocí mucho, a los buenos y a los malos, porque a todos los había leído, a las mujeres, a Rosa Chacel, a Zambrano, a Ernestina de Champourcín. Y junto a ese núcleo del 27 vino un montón de gente que eran simples aficionados de las letras, gentes que se creían que en el barullo de la vuelta del exilio todos eran buenos, y como además habían convivido con los grandes suponían que aquí no distinguíamos y que ellos iban a ser también grandes.” —Bueno, he sido sincero, directo y franco en argumentos. —Está bien, Jon. —¡Hey, no te aflijas y piensa que el gozo del francotirador, sigue siendo el mismo que la pose pseudoliteraria de intelectual Google plus! Ese invento creado para estimular endorfinas al mediocre de turno con el signo del sumando y hacer de ese numerito un miniorgasmo o una especie de ardid, multicoaching, para estimular su autoestima creativa. La vida es lo más parecido a aquel hijo de puta —que el cabrón de Kubrick— dibujó en la chaqueta Metálica; el memorable sargento primero Hartman. Aquel psicópata instructor, que termina por desquiciar al orondo patoso y juvenal Pyne (Vincent D´Onofrio), en el WC tirando de M-16 por su boca. Siguen los desparrames poligráficos de este amanuense de regional preferente. No sirve para nada; el automasaje y las palabras hermosas. La mierda y la sangre entra con un hierro al rojo vivo, forjado a fuego lento. Lo malo, es no ser  una persona “de posibles y respetables”, que te pasas más de cuarenta años de vida en la indigencia anadiplósica. A veces, no hay mejor gozo que el disparo en un pozo ciego. Sobre todo, cuando la mira telescópica ha sido fabricada por Carl Zeiss.














                           Dedicado a Leonard Nimoy  "Mr. Spock” marzo 1931/febrero 2015 In memoriam












Fotogramas adjuntados

The Big Parade by King Vidor (1925)
Targets  by Peter Bogdanovich (1968)
Dirty Harry by Don Siegel (1971)
Enemy at the Gates by Jean Jacques Annaud (2001)