Aguijones de Sílice








Empecé el día con una pobre mirada de refilón al espejo del baño. Algo me desconcertó. Pensé en las buenas personas que había conocido. Apenas pude contener el aliento. Aquel pálpito se acercaba, una vez más, con mucho cuidado al agujero del desagüe. Mi corazón cada vez latía con más fuerza. No me atreví a tocar lo que parecía una extremidad humana. Comencé a perder el autocontrol e intenté auscultarme. Mis manos estaban intactas; todo parecía estar en orden. Sin embargo, en una de las cuantiosas ojeadas, descubrí —en mi dedo— una marca blanca sobre la piel, como si, en aquella falange colgase un anillo, durante muchos años y ahora hubiera desaparecido. Escuché un ruido estruendoso y de seguido, apareció una sombra sinuosa, que emergió con tímida mirada, de pronunciados y cúbicos pómulos. Un rostro descolorido, triste y apagado portando una mano de curtidos dedos; que se apoyaba en el borde de la puerta de piedra. Un nuevo sollozo de placer que repicó en la entrañas de este ser, mientras posaba sus garras en la fresca hierba de la aurora. Empero, aquel fenómeno, desapareció entre la oscuridad más taciturna. Mucho más adentro, más allá de su interior, de donde quise postrar nuestra contemplación, y nuestra atención. Disuadí al observador cauteloso y me introduje en la sombra del recinto.














Solo una hilera de candiles recién apagados parecía guiarnos por el pasillo del desfiladero como guía del Hades. Luego me condujo a un acuoso y pringoso pasadizo, donde el aire, a cada trémulo paso, que avanzaba se hace más bascoso. Como una brizna de viento de Levante; me deslicé por él. Proseguí la ruta perdida —descendiendo— sin ver el final del camino. Tan oculto y lejano como lo está ahora mi regreso. He perdido totalmente el rumbo; ni norte, ni sur. Después de vagar por pasadizos y túneles siguiendo ese sonido ahora convertido en música y cantares de vodevil. Se abrió el techo del primer túnel y las paredes se cayeron hacia atrás; como si fuera el decorado de un escenario de cartón piedra. Sentí flotar a la deriva, a la búsqueda de un sitio mejor, en una balsa, atravesando la mitad de la oscuridad, mientras en mi cabeza sonaba como si de un mantra se tratase la palabra perdición. El techo del pasillo desapareció y el sucio encapuchado —de ropaje negro— sostenía una vara, con una luna traspasada por una aguja acabada en gota rojiza. Alzándola una y otra vez. Aumentando la histeria de esta gente con cada vaivén de su brazo.















Tras esta puerta, un velo violeta, una fragancia densa y considerada, apartada en un rincón casi más oscuro que el exterior, sobre una tarima de mármol, cubierta por un telar de seda púrpura. Sería entonces cuando la vida, a través de una resurrección, intentaría adaptarse a un nuevo cuerpo. La luna se asomó al dormitorio con poderío; embastada en hilos de plata. Una luna llena henchida. La sed raspaba mi boca como la resaca incipiente, del día después, tras algo de sexo virgen. Recorrí a tientas el pasillo, caminando, hacía la cocina americana. En busca del frigorífico y, la suerte, me dio una botella colmada de agua fresca. Luego voló la imagen. De repente, abrí los ojos y miré el pecho. Estaba sangrando abundantemente. Durante la caída me había clavado un abrecartas de sílice —regalo de la promoción de carrera— en las costillas. Sentí que me faltaba el aire, era difícil respirar y cada vez veía todo más borroso. Esperando que alguien me ayudase a coger el teléfono y llamar a urgencias. Mientras, veía como transcurrían los segundos, pasando, por delante de mis ojos. Del mismo modo, que las gotas de sudor resbalan por el filo de una hoja, hasta caer al suelo. Por enésima vez, aquella maldita sonrisa burlesca y macabra de las gárgolas de la universidad seguía rechinando en mis oídos. 














Ahí estaba: exhausto y débil. Las blancas sábanas se hallaban empapadas de la poca sangre que retenía mi hundido corazón. Ahora entre expresiones innombrables —de viejos amigos— sentía que me iba, en mi último hálito. Empero, desde lo más alto del torreón de la vieja facultad me susurraron oscuras promesas a cambio de mi rendición. Un acatamiento que de buen grado aceptaría; si el miedo no fuese más fuerte que la desesperación. Pero los pasos silenciosos de mi perseguidor me empujaban a seguir corriendo, azotado por las colas del látigo de un terror más antiguo que la misma noche. Volví la cabeza de lado y delante de mí se encontraba aquel dedo acusador —que cubría parte del agujero maloliente— cuando de nuevo empezó a burbujear. Perdí el conocimiento y desperté. El cuarto de baño estaba completamente inundado y el despertador mancillaba una y otra vez, el zumbido de alarma de las putas 7 horas de la mañana. Cogí el móvil y llamé a un servicio de fontanería de 24h. Cuando me estaba lavando la cara, al mirarme en el espejo, comprobé, que tenía un enorme aguijón en mi espalda y mis ojos eran los de una mosca. Busqué en el mueble de aseo la espuma de afeitar, pero al final salí volando de casa, en busca de personas auténticas: la buena gente. En el fondo, todo somos, eso. Esplendidos seres humanos con grandes aguijones de sílice.





                                                                                                                 FIN









                                  Dedicado a Jon Polito diciembre 1950/septiembre 2016 In Memoriam






Fotogramas adjuntados


The Trial (1962) by Orson Wells
Lost Highway (1997) by David Lynch 
Spalovac mrtvol (1969) by Juraj Herz
Naked Lunch (1991) by David Cronenberg










                       

Los castillos de Simón Luque





Ese lunes parecía terminar con la paciencia de Simón Luque; se mordía las uñas compulsivamente. De repente, cogió las escaleras, como alma en vilo y bajó a la calle. Andaba rápido como un andropausico por la orilla de la playa. Necesitaba ir a la farmacia y —como quién no quiere— levantó su cuello y observó el cielo. Apenas le quedaba luz al día, pero le pareció el más hermoso de su vida. Nunca había caído en la cuenta de lo bello que podía ser: cirros amarillentos despidiendo el sol y el piar de los estorninos; un momento, realmente, único. Al oírlos pensó que iba a explotar de felicidad, nunca lo hubiera imaginado. Poco a poco, aquel ingenuo de Simón, daba muestras de una madurez insólita y atípica.












Sus ideas maduraban, a partir de una base sólida de su arcaico bachillerato, aunque su ternura comenzaba a darle aplomo, y, sentido en su nuevo oficio de amanuense. Sin embargo, en ese instante, donde todo se atisbaba al candor, de la gloria del negro sobre blanco: su final parecía una obviedad. Un fuerte dolor en el pecho lo impidió. Encogiendo su cabeza, se recostó en la libreta de esos apuntes más íntimos; y sus brazos retenían unos frustrados pectorales. Sus dedos pretendían arrancar el órgano que causaba tal sufrimiento. Nada llenaba sus pulmones, sus ojos no podían abrirse, y, estuvo a punto de expirar... De repente la cortina se movió, de nuevo la brisa, llegó hasta su cara, haciendo que su boca la ahondara.














Al parecer le regaló un chute endorfínico para seguir. Descansaba tumbado en el colchón, recuperándose del susto. No se había aterrorizado, pero le descorazonaba la idea de no terminar el final de su primera obra. Simón Luque, soñaba con su primera entrevista en el café literario: Castillos en el aire. Decidió dar poderes a su cuerpo ante el nuevo hábito que se le planteaba. No sin apuros volvió a sentarse. Su mano fue directa a hacer lo que debía. Ahora ya contenía el placer de haber recibido una breve visita de la oscuridad. Notaba que se hallaba preparado y no debía de ser tan subjetivo con unas palabras —que engarzasen— con las que proyectaba encontrar. Todo se regía por un lento devenir. Pensó en Aurelia, su musa, aquella con la que hizo el amor de un modo primitivo —ya talludito— pero muy placentero.












No dejaba de buscarla en un laberinto oscuro y seguía con ahínco intentado encontrarla. Finalmente concluyó. Su mente releyó como en un sueño de una noche de verano, un soneto de Shakespeare, aunque la musa no aparecía. Lo intentó en un ataque de ira, pero la solemnidad del esfuerzo lo recostó, de nuevo, en el catre. Sólo le quedaba la flema de una sonrisa dibujada y encallada. Sin apenas asperezas, vio en la cara de Aurelia, aquellos ojos impotentes, en un espejo cuarteado, apagándose como la llama de un candil. Simón Luque estaba frío como un témpano y tieso como la mojama en diciembre. Pero la brisa de verano, aquella ligera brisa, nunca más saldría de boca, pues las letras de la musa Aurelia no volvería jamás. Pobre Simón, siempre soñando con castillos en el aire






                                                                                                      FIN






                          Dedicado a Gustavo Bueno, septiembre-1924/agosto-2016 in Memoriam









Fotogramas adjuntados

Simon en el desierto (1965) by Luis Buñuel
Monty Python's Life of Brian (1979) by Terry Jones
El verdugo (1963) by Luis García Berlanga
Ray Donovan (2013) by Ann Biderman












                                  

Sr. Nadie








Recuerdo que me encontraba sentado—Eso creo. Aunque, podría no ser cierto. Pero pensemos, por un momento, que estaba allí. Y juraría que fue de día, pero con la tecnología de estos tiempos, quién sabe, si fue de noche. Lo que sí que fue de verdad; era aquella luminaria punzante. Deslumbrándome la retina y confundiendo mi compostura. Allí, semidesnudo, con apenas, un gastado lienzo de tela enroscado. A modo de minúsculo harapo, que cubría mi cuerpo, o eso parecía sentir, la piel entre mi torso y el pubis. Además, un frío metal contraía la piel de mis nalgas. Al igual, que un gélido sentimiento, al borde de la inminente ruptura, entre dos personas que se soportan en el límite de la indiferencia. Obviamente, esa sensación me perturbaba, y conseguía deformar mi perspectiva del aposento.















Lo más absurdo de todo aquello era yo; pues seguía allí. ¿Quién sabe si esperando ese relámpago de la zozobra que envuelve el mínimo suceso? Daba igual mi perfil, posiblemente, cuanto más macabro mejor. En el fondo, mi mundo era como mi piel; poros envejecidos sudando dolor, y en ese charco de malestar continuo, mi percepción ya trascendía lo indolente: era una ciénaga entre lo dantesco y lo patético. Lentamente, procuré precisar lo que parecía, un cierto enfoque de lo evidente. En ese momento, contemplé unas líneas supurantes que cuadriculaban el lugar dotándolo del escepticismo de un baño cualquiera. Empero, no tengan la menor duda, que allí debía estar yo, esperando un disparate estrepitoso hacia el mal humano.















Como mínimo mi entumecida amígdala me dictaba esa sentencia como glorioso castigo; como el arte premonitorio de una muerte anunciada. Mis músculos no respondían. Mis nervios hacían caso omiso de la voluntad del que agoniza. ¿Debía esperar una muerte lenta? ¿Debía tal vez resignarme al olvido y perecer por inanición? ¿O por septicemia? No, eso no, el lugar olía a limpio. En mi subconsciente todavía veía el neón de la lejía Conejo. De repente, una sombra se proyectó remota, en lo que entendí como el final de aquella sala. Era cuadrada y estirada: rectangular. Una puerta quizá; aunque me faltó el chirriar de las bisagras para que todo fuera lo esperado por el aterrador miedo.















Entonces, una forma viscosa, color miel resina, apareció de repente. Mientras, me esforzaba por enfocar la visión. ¿Era una serpiente semihumana o no...? Sí, debió ser una puerta, pues percibí una presencia nueva, allá donde estuviera. No conseguí enfocarla en ningún momento. Pero se acercaba silenciosamente; al contraste del dictado de mis sentidos. Aquella presencia era seductora, e imaginé mil momentos de dulce placer antes de la muerte. ¿Era posible? forcé la vista hasta casi desmayarme por lo intenso de mi curiosidad; debía ver la cara de mi verdugo como mínimo. ¿Debía o debería ser así? Y entonces conseguí la pintura deseada. Hallé el fausto en el olimpo, pues, presencié la existencia de la magia como una dulce dedicatoria a mí ser: nunca supo donde estuvo. Vivió de bellas y espurias milongas impregnadas en una oscura eternidad. DEP, Sr. Nadie.







                                                Dedicado a  Prince  Junio 1958/ Abril 2016  in Memoriam






Fotogramas adjuntados


Ordet (1955) by Carl Theodor Dreyer
The Matrix (1999) by Brothers Wachowski
Det sjunde inseglet (1957) by Ingmar Bergman
Nightcrawler (2014) by Dan Gilroy










  
                     

Friedrich y Hannah







En el invierno de 1944, me enamoré de la persona más importante de mi vida; un hombre que tenía un pasado ingenuo y frívolo, pero ahora vivía un presente marcado por la vergüenza y la felonía. Friedrich Von Trier tenía un gran atractivo físico, intelectualmente, no es que fuera una lumbrera. Daba igual. No obstante, sí que desprendía destellos de pillería. Me repetía una y otra vez; nada es eterno, sólo nosotros… Aquella mañana de enero hacía tanto frío que las pestañas estaban blanquecinas de una fina escarcha. Enfrente el viejo y destartalado bar de la estación. Aquel sitio era tan arcaico como el mismísimo andén; la madera del suelo estaba agrietada, cuarteada, enmohecida y cristalizada como la heladora mañana y el paso del tiempo. Aunque, se atisbaban algunos esbozos de ciertas reformas en el techo, justo encima de la barra había una vieja gotera, porque todavía quedaban vetustas grietas del primer tejado. Demasiado frío, tanto que ya no caía agua por esa rendija: el hielo había creado una perenne barrera, de la que se descolgaba un pequeño carámbano. Eso no cambiaba mi opinión sobre las goteras. Pensaba, ¡las goteras también son un síntoma del estado de un país! De aquel penoso y depresivo goteo se atisbaban vasos opacos que desprendían un olor rancio a cerveza... Por un momento mis piernas obedecieron a mi ánimo y retrocedí. Ahí aparecieron los ojos azul acero de Friedrich y esa sonrisa de estrella de Hollywood. Sujetándome de un brazo, manteniéndome derecha; mientras yo farfullaba contra una piedra imaginaria dentro del zapato. Volvió a sonreír y entramos en el triste bar. No me soltó el brazo hasta que nos sentamos, en una de las mesas, al lado de la ventana, de una añeja y parduzca madera de pino quebrada. Las dos sillas presentaban un aspecto lamentable, entre la cochambre y lo desvencijado. Aunque el encargado las cambió presuroso, deshaciéndose en disculpas y muecas, por otras más presentables al ver el rango del uniforme. Es curioso como la vida observa una pechera con medallas visibles, en tiempo de guerra y risorios, en la complacencia de la paz. La gente te trata de una manera distinta, la vida entera se ve diferente al calor de un uniforme, de una categoría tipológica. Si tan real y absurdo como, que puedes acceder a alimentos, los cuales, tienen un precio prohibitivo. Otras ventajas más agradables, a la hora de viajar, comer e incluso caminar por las calles.
















Todo parece más grande y mejor. Tienes la sensación de que la guerra no va contigo, que es algo vago y lejano cuando acompañas a un coronel de la Wehrmacht replegada tras cataclismo ruso. Y tu corazón palpita, a 140 latidos por minuto. Bamberg era un lugar tranquilo, donde algunas judías como yo sobrevivíamos, en un disfraz de rasgos más cercanos al ideal del Fürher. Mi fisonomía heredada de mi familia ucraniana había conseguido unos rasgos más propios de una mujer checa o noruega. La perfecta alemana como le gustaba arengar la propaganda del régimen: aria y fuerte que daría hermosos bebés a la causa del dictador. Además, la pequeña ciudad, era un destino deseado por muchos oficiales de origen bávaro, que anhelaban pasar los pocos días de permiso de aquel periodo. El encuentro con Friedrich fue la casualidad más hermosa de mi vida: Los planes iban bien. El coronel Von Trier me visitaba a menudo; salíamos a cenar, bailar y pasear. Bamberg por la noche era estupenda. El aire que se respiraba sabía distinto, me gustaba la noche, y él lo sabía, parecía conocer todo sobre mi. Me miraba mucho, con atención, atento a mis gestos, mis palabras, como con un escorzo de miedo, a perderse algo importante. Mi alemán era exquisito. Había heredado el tono de voz de mi madre, mujer de elegante dicción, algo que despertaba el interés de todo aquel que escuchaba mi voz. A veces, le contaba algún chiste de aquellos que se escuchaban, en los buenos tiempos, cuando toda mi familia reía y trabajaba. El fino sentido del humor judío, no lo había perdió. Eso, provocaba en Friedrich, unos ataques de risa desternillantes. Movía la cabeza varias veces, como para reafirmar que lo había entendido y memorizado. Recordaba todas nuestras conversaciones, las expresiones extranjeras, el sentido de un gesto, etc. Así era él. Si me hubieran dicho lo que me iba a encontrar en Alemania, quizás no hubiera sido tan entusiasta con la idea. El amor pausado y profundo que encontré en aquel hombre me turbaba y me asustaba al mismo tiempo. Pero con el día volvía la realidad, el alba traía el olor a gasóleo, un coche con una patrulla, tempranos trabajadores, los cuales caminaban muy abrigados; como queriendo aislarse del resto. Con el primer rayo se terminaba la felicidad de la noche, miraba a Friedrich, soñando en otra dimensión, con la expresión serena de una conciencia limpia. Creencias fijadas desde la niñez, escrúpulos que le hacían poder dormir así; yo, no.

















Yo dudaba de todo. Mi conocimiento, bueno, la voz que me susurraba en el silencio de la noche: me establecía una forma de actuar que mi corazón no compartía. Sólo cuando estaba con Friedrich todo tenía sentido, no me sentía dividida. Me hallaba segura con él, con su sonrisa, sus ojos azules y sinceros. Tan profundos: le quería. Pero las cartas ya estaban sobre la mesa. El tablero de la vida hablaba y el miedo junto al frío se convirtió; en un tiritar encima del andén de la estación: perdida en un mar de lágrimas. Sabía que era nuestro último adiós y no hice nada la noche anterior. En el fondo era un puto nazi, altanero que sólo alardeaba de su noble apellido y estirpe. No había mucho más, pero contemplándolo en esos interminables segundos, rodeado de otras chicas de mi edad, con sus madres, hijos y esposos. Todo envuelto en la zozobra de la hecatombe de sus destinos. Seguía anquilosada entre esa mezcla de estudio y admiración. El desgraciado de Friedrich me hacía sentir que yo era el centro del mundo…—No, el mundo entero. Durante aquellos instantes de pasión de las dos primeras semanas de enero. Empero los aliados avanzaban rápido por el frente occidental y los rusos estaban reconquistando terreno a marchas forzadas. Seguía perdida y la salida de trenes desde la estación era constante en dirección a Dachau. Ella comprendió porque sabía que algún día habría de llegar este fin ineludible. Se acercó a la ventana intentando una sonrisa que no pasó de una fea mueca indescriptible. Llegó a la conclusión de que el ser humano es egoísta: ella por ansiar su compañía sin pertenecerle; él porque pedía ayuda para hacerse fácil la ruptura de algo que muy bien pudo no permitir el comienzo.  Los soldados de la SS y sus perros azuzaban a todo el grupo a subirse a los vagones de madera sin ventanas. Se acababa el tiempo. No obstante, después de recuperar, algo de sosiego, le miró cara con expresión agradecida y se fue. Caminó despacio esperando ansiosa una voz de esperanza. 













Él, sólo le siguió con la mirada, unos segundos, y volvió a la puerta cuando de nuevo las lágrimas nublaron su vista. En ese instante, ante el asombro de un cabo y un sargento vieron como el coronel Von Trier sacaba de su cartuchera, la Luger parabelum 9mm (reglamentaria) y disparó a la sien de Hannah. Ésta, en el suelo yacía, y, su sangre patinaba por los charcos de hielo de la estación. Mientras la gente todavía gritaba más, con ademanes de agacharse y empujándose unos a otros. Las mujeres mayores lo increpaban y despreciaban en Yiddish. Friedrich anduvo cuatro pasos con la mirada ida. Algo se notaba en el ambiente que se escapaba a las más seguras suposiciones: un enemigo al que la arrogancia del Reich daba por muerto. Se revolvía y avanzaba; como un reguero de lava del Etna en plena erupción. Von Trier buscó en su cartera y encontró una foto donde estaba junto a Hannah en el estanque de Bauch. Entre sollozos y gritos de rabia. Luger en mano —pues el resto de las tropas de la SS se mantuvieron inanes ante el asesinato de Hannah— dirigió el cañón de su impoluta Luger parabelum y disparó a la altura del temporal. Un chorro de sesos y sangre salió por la sien inversa. El grupo de judíos que se hallaba en espera; se quedaron quietos y con una sensación de mayor tristeza. Friedrich Von Trier era una nazi que había hecho cosas horribles, y posiblemente, su mayor error o acierto fue enamorarse de Hannah Zelig. Todavía se podía sentir el lacerante y punzante dolor que sufría mi estómago; incluso entre estas paredes lóbregas y mugrientas que me devuelven silenciosas maldiciones, mientras sólo concibo la mayor de las frustrantes diatribas a la puta guerra de aquella Europa del S.XX y toda la frustrante nostalgia que aún perdura en mi retina 75 años después. Éste es el final de una historia de amor removida en las entrañas de un sueño endemoniado y reincidente.








                              Dedicado a la Organización Nacional de Trasplantes de España








Fotogramas adjuntados


The Seventh Cross (1944) by Fred Zinnemann
Europa, Europa (1990) by Agnieszka Holland
Schindler's List (1993) by Steven Spielberg
Inglourious Basterds (2009) by Quentin Tarantino











                                 

Gravedad Cero, Buss y Kennedy












En estos últimos días, casi horas, minutos y algún segundo perdido. Se habrán dado cuenta que ando algo afligido, apenado como aquellos viejos boxeadores vistos desde un cenital besando la lona del ring. Algunos de los post colgados por las redes más cool tenían más de aroma a funeral, de ese viejo Dandy alcanforado de ricino, con cuero de vaca rancia, que mucho más de contundencia épica, del prodigioso púgil de Birmingham (UK). Ah! un consejo, no confundan la vieja ciudad británica con la hospitalaria y calurosa capital sureña de EE.UU. El boxeador, en cuestión, ha pasado a la historia como el peor de todos los tiempos en este deporte. Un tipo que ostenta el mayor record derrotas en el ring, a lo largo de 21 años, como profesional. Se preguntarán ¿qué cojones tiene que ver las perdices con las vicodinas? Déjenme una miaja de aliento y les aclaro, please… El correoso de Birmingham, Peter Beckley, ha perdido 254 veces en 300 peleas como profesional. Bien, en ese estado de la inanición y el dolor perpetuo intento alejarme de ese incontrolable vicio; que son las lecturas de un moribundo. Posiblemente hasta la emprenderé por despertar una pequeña empatía o hartazón, de ser uno de esos tipos, a los que todo el mundo alababa, ya que detesto esa virtud de la divina pereza; como el estado natural del individuo. Bien, visto lo visto, el personal sólo le quedará trazar una línea de laurel sobre mi parietal, como el pírrico vencedor de la constancia a la agonía.  Pues, va a ser que no. Y, reitero, mi propósito de reivindicar la ley de la gravedad y salvedad de nuestro ego, en el estado de los cuerpos sublimes del proyecto STS-XX (experimento espacial), en el cual se experimentó con diversas posiciones —sexuales— en una atmósfera ingrávida. 




















Más aún, cuando esta información nos la intentan tapar como si fuera una vista oral delante de McCarthy. Bien, a pesar de los pesares, que sepan Uds. que la parroquia sobreviviría al caos y el apocalipsis terrestre. Si nos fuéramos de viaje espacial, nos podríamos reproducir, gracias a la entereza de susodicho estudio. Tras utilizar 20 posiciones, a modo de un capítulo de Masters of Sex—vía simulación computerizada—el resultado de viabilidad pasaría a 4 posturas. Fáciles y sin tener que pasar un clinic en el Circo del sol, incluso el burgo menos acrobático tendría su correspondiente accésit. La que se ha descartado por sí misma, ha sido la posición del misionero. Una putada; cuando este tinglado ya se había conjeturado en 1996. No obstante, quien es un crack en estimular, a todos esos que tenemos media mejilla en la lona sin el protector dental es un tal David Buss. Un sociólogo texano, que descubrió, tras largos e intensos estudios, que existen personalidades intrínsecamente adulterinas. Es decir, que algunos llevamos el adulterio en nuestros genes. Un servidor fue acusado de esa patología durante un periodo de mi vida—puede que el más divertido de todos—, aunque la cosa no prosperó cuando los galenos fueron conscientes del potosí de espécimen que tenían delante de ellos a investigar. Mi historia clínica cuando voy al hospital la tienen que transportar con una Caterpillar. Bien, volviendo a nuestro viejo amigo el sociólogo, éste, nos concluye su estudio tras escudriñar hasta el final de la rabadilla en Segovia —a más de 100 parejas de todo tipos de lugares y pelajes— que Mr. Buss finaliza con un claro veredicto de propensión a la promiscuidad sexual.




















Empero, eso es a la americana, y si no hablo con mi viejo amigo Hilario Rodríguez que está en Virginia, y él, sí que sabe, lo que se cuece en USA; seguiré como dicen por Burgos: Ramón, Ramón... Aquí lo más cercano a esa entelequia fue el furor setentero de mis papis  en sus escapadas Lost in Perpiñán de vagabondage amoureaux, por ende: vagabundaje de los amantes infieles. Pues, unos y otras más, unas y otros menos. La gente lleva muchos años por delante del estudio de nuestro simpático sociólogo texano. Yo he conocido a un buen puñado de personas apasionadamente disolutas. Recuerdo una temporada por la Barcelona —aquella del señorío y la camiseta multicolor— un amiguete que curraba como gerente (permítanme el eufemismo) de lujosas casas de servicios de compañía femenina en Barcelona, quien me aseguraba que los objetos más olvidados por la clientela, sobre todo los domingos por la mañana, eran misales y rosarios, móviles de concha con las teclas enormes y algún maletín de aspecto ministerial. Además, ahora que arrecia el invierno: los paraguas y las botas de agua se amontonan y no dan abasto en el cubo de la entrada del Mercadona. Lo más flipante fue de entre los muchos objetos hallados apareció una muleta y unas pantuflas con las iniciales JFD. No confundir con el inefable presidente JFK. Decía un tal Hamilton que escribió una de las inescrutables biografías del gran “Jack”, que parte del trabajo de Buss se asemeja al perfil idóneo de la personalidad del presidente asesinado. Vamos que da la sensación que el mismísimo Kennedy estuvo en uno de los capítulos del Dr. W. Masters, ¿qué no sabremos que sepa la hermosa asistente de WM, Virginia Johnson? ¿Sería verdad que Jack repudiaba la puntualidad, se observaba satisfecho en todos los espejos que encontraba a su paso, soltaba estridentes risotadas al escuchar un chiste verde y aunque presumía, de buen irlandés, padre católico y devoto ferviente, pensaba que eso del adulterio sólo era pecata minutaYo no tengo muy claro esas cosas que afirma Hamilton. 




















Pero sí que me creo lo que escribió el periodista Seymour M. Hersh en su libro de 1988 y sus encuentros con Mary Meyer, cuñada del también periodista, Ben Bradlee. M. Meyer, seguramente, fue la única mujer que dejó a Kennedy como un flan. Atractiva, adictiva e inteligente como una femme fatale: estuvieron viéndose en secreto a lo largo de innumerables ocasiones en la Casa blanca. Mary Meyer pertenecía a la beautiful people de Georgetown y se había casado con un agente de la CIA. Muy interesada en cualquier tipo de experimentación con las drogas (especialmente, LSD) y estilos de sexo, digamos, especialmente peligrosos. Meyer fue quien le puso un canuto de marihuana al puto Jack. Curiosamente, un año después del magnicidio, Mary Meyer fue asesinada. Un vil crimen que sigue siendo un Caso abierto, como casi todo lo subrepticio que envuelve al príncipe de dinastía demócrata norteamericana. Uno de los grandes descubrimientos sobre Miss Meyer, fue un diario, en donde escribió, puntualmente, los encuentros con JFK y los temas que trataban en aquellas citas. El diario fue destruido poco después de saberse que uno de los jefes de la CIA, James J. Angleton, guardaba el cuaderno de la polémica en su despacho. Kennedy aprendió a follar como un conejo del Kamasutra en la gravedad, a fumar Montecristos Nº4 y beber Chivas 12, mientras fumaba hierba y tomaba morfina, ya que el dolor neuropático puede que sea mucho peor: que todas las hostias dadas a nuestro viejo amigo de Birmingham (el maestro de la lona). Del mismo modo que Bahía de Cochinos dejó en suspenso los modales y las conciencias. No les importará que algo de indolencia invernal, por despiste oficial de un damnificado y una marmota, los cuales, se ciscan en la vanidad de los sociólogos; generalmente, una banda de cantamañanones del 9,5. A pesar de que no haya que ser ingeniero de la NASA para desdeñar tan memorable hallazgo a la inteligencia humana. 







                                 Dedicado a Maurice White diciembre 1941/ febrero 2016 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


JFK (1991) by Oliver Stone
Masters of Sex (2013) by Michael Apted
The Expanse (2016) by Terry McDonough& Robert Lieberman
The Kennedys (2011) by John Cassar