La estocada









Un día cualquiera de una fría mañana de febrero quedas en un Café/Restaurante del viejo Madrid con un cliente nuevo. Pura rutina en el devenir del ahogado tedio laboral. Bien, el viernes pasado, me di cuenta que tenía que cerrar una cita. No es esa típica reunión que en diez minutos la solventas o quizá sí. La cuestión es que me puse en contacto con el bufete de abogados gestores de la fundación Cósmica Artes. Todo había quedado muy claro. Los representantes de la fundación mandarían a un abogado para concretar una operación de inmuebles antiguos. Perdonen que no me haya presentado; soy Blanca Aragonés una mujer madura, hermosa, de pelo castaño claro. Ahora me lo he tintado en un tono rubio paja Lady Gaga. Cosas de la edad. ¿Lo entienden o no? Bien, no es mi problema. Luego, si alguno de Uds. afina su mirada y busca en las profundidades de mis ojos pardos, atisbarán el sufrimiento de un divorcio mal llevado y el legado de 20 años de matrimonio con un abogado penalista de renombre: dos hijas en plena pubertad y una maldita hipoteca. La niebla apestada de contaminación parecía que quería escampar, en un combate nubevssol; finalmente el sol se impuso. Mientras comprobaba el correo y los whatsaap, de vez en cuando, miraba la hora en el reloj del viejo y glorifico café La estocada. Es un sitio que tiene mucho de icono entre la comunidad taurina del país y la mitomanía de las grandes leyendas de la farándula cultural. Puede que sea un defectillo genético pero a mí me gusta ver fotos de Manolete, Cooper, Hemingway, Sinatra, Picasso, Welles, o la Gardner y demás personal genocida (ese, tan de moda, en el gatillo, de los nuevos intelectuales of Poliburó social Network) que ha dejado su rubrica por el sitio. El local desprende una mezcla de fragancias de lo más diverso y curioso que una pueda imaginarse: almizcle, bergamota, tabaco, cuero viejo, pachuli y guiso de rabo de toro. Es un lugar limpio y muy acogedor, donde una se siente seducida por esa iconografía de elementos sangrientos que te da un puntito sádico. Un taxi paró delante de la puerta y un pie calzado por un Ferragamo de hebilla se apoyó en el bordillo. Si les digo la verdad, no sé por qué demonios, comencé a sentirme incomoda y llamé al bufete de abogados. Es curioso, pero nadie me cogió el teléfono. De repente, entró en el café un tipo alto, sobre un metro ochenta y seis, con un abrigo de piel de camello de Hermes, que recogió con mucho esmero el maître y entregó a la mujer del servicio de guardarropía.


















Sacó un billete de 50 euros y le hizo unas señas (está todo controlado, colega). La verdad que parecía uno de esos filósofos tertulianos cuarentones pletóricos de labia y un físico realmente de muy buen ver. Algo chocante con los de esta fauna, aunque la viña del Señor es muy grande. Luego, no se fíen de las apariencias, todos estos individuos suelen ser un encanto Profidén con aquellos clientes o medios de comunicación de grandes cadenas televisivas, los cuales, pagan un pastón por lucir piquito de oro u el desparrame de turno. Sí, en el fondo, son los sempiternos enamorados de su puto ego y los billetes de 500 pavos. Algunos miserables los denominan animales televisivos. En fin, todo el mundo, tenemos una historia, que nunca terminaremos de resolver o quién sabe; el día que termines contrato en el planeta tierra se acabaran tus 1001 desdichas. También, se podría decir, algo así, como: cosas que no debería de hacer un lunes por la mañana en Madrid. A veces, quedarse en la cama viendo series antiguas por el cable no tiene precio, pero ese es otro cantar. Didier Bertot es un apuesto hombre de 45 años: pelo rojizo oscuro, ojos verdes, y, habla cuatro idiomas (alemán, inglés, francés y español). Evidentemente, el español es una de sus lenguas preferidas, ya que toda su niñez y, parte de la adolescencia, la costa del mar de Alborán fue lugar de vacaciones del clan Bertot. Más curiosa, aún fue, su actitud y un descaro insólito de Monsieur Bertot, pues, le bastó una mirada para saber quien era yo, Blanca Aragonés, la mujer con quien había concertado su cita. Pero, lo que yo no sabía, es que DB me llevaba buscando toda su vida. Sí, les parecerá un anuncio de colonias de estas pasadas navidades pero, a veces, pasan estas cosas. Como, de un pálpito, se dejó llevar por la más irrefutable de sus corazonadas. Mi mesa estaba junto al ventanal, no muy lejana a la suya. Cuando un rayo de luz se abrió entre el brumoso y plomizo cielo, que penetró por el cristal, iluminándome vagamente, como si se quisiera filtrar para acariciar mi silueta, pero esquivando con mucho esmero el roce físico.
















Monsieur Bertot, se acercó y se sentó enfrente, sin decir palabra, mientras me miraba fijamente. Me di cuenta de sus intenciones y obviamente jugué a hacerme la ingenua, es decir, ignorar a Monsieur Bertot que estaba casi ajándome. Comenzó a buscar —insisténtemente— algo en su bolso de Prada marrón chocolate.
—Hola.
 Elevé mi mirada y sonreí. Al verla tan de cerca le pareció que se conocían de siempre.
—¿Qué tal? ¿Nos conocemos? —respondió ella con aire irónico.
—Me temo que no. Al menos no todavía.
BA sonrió nuevamente mientras sacaba un mechero del bolso. Lo cerró como si hubiese concluido la búsqueda que antes la abstraía.
—Tú fumas, ¿no?
—Sí.
Él acercó la cabeza. Sujetando con los labios un pitillo, que aún no había encendido, aunque no hubiera podido explicar porque no lo había hecho.
—Gracias. Lo necesitaba.
—Lo sé —dijo ella mientras guardaba el mechero Dunhill—. Aunque no es eso lo único que necesitas.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes, no te hagas el tonto. ¡Como si no nos conociéramos!
—Es que no nos conocemos —repuso.
Ella sonrió extrañamente mientras le observaba con sus poderosos ojos aturquesados.
¿Qué pretendes hacerme creer? A mí no vas a engañarme con ninguna de tus tretas. No creas que no conozco tus enfermizas diversiones, Monsieur Bertot.
—Di lo que quieras, pero yo no sabía ni que existieras antes de cruzar esa puerta.
—Entonces... ¿Por qué te sentaste justo aquí si no me conocías?
Didier Bertot se revolvió en su asiento. Realmente no lo sabía.
—No lo sé. Empiezo a creer que ha sido un error.
—Puedes apostar a que sí.
Abrió el bolso de nuevo y cogió algo que apretó en su mano.
—¿Sabes lo que es?
—No.
 Le miré vivaracha. Parecía disfrutar haciéndole participar en un juego que sólo ella conocía.
—¿No tienes nada para mí?
—No.
—¿Estás seguro?















De repente recordó algo. Se tocó el bolsillo de la hermosa americana que cubría sus anchas espaldas y descubrió un paquete. No entendía el porqué de ese paquete en su bolsillo.
—Espera —dijo consternado y excitado—, creo que tengo algo.
Sacó el paquete del bolsillo. Era pesado.
—Gracias, es justo lo que necesitaba —esbozó una amplia sonrisa—. Tú tenías algo mío y yo tenía algo tuyo. Pero tranquilo, te lo devolveré. Él sintió un terrible desasosiego.
—Ah! ahora recuerdo, las llaves de la Colegiata.
—Bonito detalle.
—Creo que debo marcharme.
—Aún no —respondió ella pronunciando lentamente cada palabra.
Tomó el paquete con una mano y lo abrió despacio con sus largas uñas pintadas de rojo. Dentro había una pistola.
—¿Qué demonios significa esto?
—¿Aún no lo sabes?
Abrió la mano que tenía cerrada: había una bala.
—¡Dios! ¿Qué diablos vas a hacer?
Ella se mordió los labios y le dedicó una mueca cómplice mientras introducía la bala en el cargador.
—Esto es tuyo, cariño.
Entonces él recordó algo, justo antes de que apretase el gatillo. DB le entró un terrible ataque de risa. Esa risa casi loca, que suele terminar en lágrimas de miedo y pánico. Las carcajadas, alertaron al servicio de La estocada.
—Ríe cabrón, porque esto es lo último que vas oír, antes de que me pierdas de vista.  Ay! Blanca, vosotros los españoles tenéis una manera de entender el amor…Como se dice, la palabra, es temperamental (con un claro acento francés forzado y estúpido)… —Se dice así.
¡Se dice estocada, idiota, 20 años a mi lado y en tu puñetera vida fuiste capaz de entender, querer, amar y joder!
—¡Blanca! Pero yo te quiero
El olor a pólvora y lana escocesa quemada fue lo último que se recordó en el añejo y atento Restaurante La estocada. Blanca guardo la Glock-19 en el Prada y encendió un cigarrillo.
—Adiós y buenos días.








                              Dedicado a Jacques Rivette, marzo 1929/enero 2016 in Memoriam










Fotogramas adjuntados

Quai des orfèvres (1947) by Henri-Georges Clouzot
Her to Heaven (1945) by John M. Stahl 
Blood and Sand (1922) by Fred Niblo
Une femme douce (1969) by Robert Bresson











                                              

Las buenas intenciones







A uno le deja perplejo el aluvión de tecnología textual de la webesfera y demás rebuznos verbales; cuando afrontamos el principio del año nuevo. Si esas fechas, ineludibles y confortables como el sillón del comedor de diseño de nuestros papás. Un buen lugar para prometer y plantear cambios desde la variable más kantiana a la más prosaica y manida—encharcada de agua de borrajas— como adelgazar o dejar de fumar. Eso de plantear cambios de boquilla y tecla digital se nos presenta redundantemente antojadizo. ¿Cómo somos tan cínicos de prometer que afrontaremos realidades y cambios de algunas de nuestras propias circunstancias? Se han mirado en alguno de los álbumes de fotos de fin de año. Si esa misma foto con una botella de Cava en una mano y en la otra un canuto gigante de marihuana… De verdad, qué son capaces de enumerar la cantidad de gilipolleces por minuto que esputaron en el albor de la cálida madrugada de este último año, mientras desparramaban su gula entre levadura de calabaza y trigo, al chup, chup del tazón de chocolate.













¿Quién dijo cuerpos Danone y hablar un inglés tan modélico del desparecido Rickman? Rebusquen en su interior, seguro que D. Pepito Grillo les farfulla: ¡Para, chaval, tranquilo. Qué no estás dando una a derechas! Al gimnasio no entro ni de visita. Intentar adelgazar en este territorio es imposible porque no hay más recorrido en mi itinerario que ferias, fiestas y compromisos. Además, hablo mejor inglés que l´enfant terrible Iglesias en Bruselas. ¡Manda huevos! Mejor intento los hervidos de coles de esta pávida ciudad, los zumos de frutas y el té verde. Mentira cochina. Empero, sí les dijera lo siguiente, me acusarían de zen, blandengue o vendido. Tendrían toda la razón del mundo pues un perfecto hijo de puta; se parte la caja. Por no revolcarse en un charco, ahora que los hielos invernales quieren aparecer.













Luego, voy a proponerles mi siguiente propósito de enmienda: tengamos paz, y comencemos por nosotros mismos, dando ejemplo. Es necesario que precisemos el ejercicio de interiorización y, desde ese equilibrio emocional, solidarizarnos con todos los proyectos, los propios y los ajenos. Pensar que se pueden lograr las metas; si nos esforzamos en creer que ello es posible. Esto ya me cautivaba más. Desde ese punto de partida seremos capaces de crear una sociedad civil fuerte y entusiasta, capaz de generar respuesta a una clase política y democrática en retroceso. Esa crisis que en el fondo se manifiesta en nuestras propias sombras. Lo dicho, sueno más falso que un autógrafo de Hemingway en el rastro y sigo igual de perdido que Mailer, al que le daba por repartir hostias a tutiplén, ante un posible reconocimiento de su persona por las calles del Village. Reitero, nos gusta hablar de paz, de mermelada de arándanos, de Javier Noya (Machote Triatlon) y el careto de muñeco pepón de Tom Hanks.














Cuando en el fondo, nos encantaría ser tan famosos como Ruiz Zafón y cantar como Bowie (DEP). Las revistas dejaran de acusarlo por misántropo y evasor de impuestos a paraísos fiscales. Y es que lo más fácil para un amanuense en la España de los mil reinos ha sido crearse una fama, aunque lo más difícil, por no decir imposible es perderla. Entienden ahora cuáles son mis intenciones: Salud y suerte. Pregúntenle a Iman o a cualquier persona que ha tenido que cuidar a un enfermo terminal. Mejor callar y resignarse. Pero no se desanimen, aún pueden aprender un buen inglés. Trabajando 16 horas en un bar irlandés en Ibiza, no falla. Claro que eso se hace con 16 años. Al final, se nota cansancio: ni barriga ni arrugas. Pues la heroicidad huele a mortaja. Como les decía; es tiempo de buenas intenciones.








                                                      Dedicado a David Bowie y Lemmy Kilmister in Memoriam








Fotogramas adjuntados


A Child is Waiting (1963) by John Cassavetes
Awakenings (1990) by Penny Marshall
Dr. Gillespie's Criminal Case (1943) by Willis Goldbeck
Sybil (1976) by Daniel Petrie








      
                                         

Cuento de Navidad








Todos los 24 de diciembre, en la víspera de la Navidad, el sacristán de la catedral de Plasencia Matías Chozas, se disponía a engalanar tan preciada reliquia. Un tesoro —exclusivamente— confiado a su custodia, para exponerlo al día siguiente, a la contemplación de todos los fieles y amantes de aquel niño Jesús. Matías era un hombrecillo chepudo, patizambo y con una verruga en la nariz. Tal era la horrible figura del hombre a quien se le había reservado el privilegio de ser compañero de aquella reliquia adorable entre todas. Empero no es cosa de admirarse, sino que al contrario, deberíamos, considerar que fuera escogido por la voluntad divina, para demostrar que los más humildes y desgraciados son los que están más cerca del reino de los cielos. Miles de bombillas de colores, forman esculturas en las calles de los pueblos y ciudades. Un sentimiento crónico, nostálgico y melancólico, va invadiendo los corazones de los adultos. Los niños, en cambio, rebosan euforia. Representando estrellas, renos, y arbolitos parpadeantes, que cuelgan de las fachadas de los edificios, iluminando las frías noches. No es el caso de estas últimas; suaves y apacibles. Inclusive desconcertantes para los adictos a la postal navideña con muñeco de nieve en el pack. Almas desconocidas, compartiendo sueños comunes en silencio, ajenas al mágico vínculo que las unirá, únicamente, el devenir de las risotadas y carcajadas, seguían los anhelos de amistad, música, tabaco, vodka, ginebra y hachís. Lo más parecido a un viaje invernal por el medio oeste norteamericano, donde viajaban juntos en un coche de alquiler, el mismísimo Capote, Kerouac y Cheever. Una contradicción propia del jolgorio que deparaba la combinación de frío paniaguado, alcohol y psicotrópicos. Por momentos, uno se imaginaba que Matías Chozas estuviera hablando por un Smartphone de marca blanca con su santidad Francisco; el grande del Vaticano.















Un deseo de chaval que todos los años veía como no llegaba el regalo soñado y volvía su mirada al espejo de la ingratitud. Pero hubo un tiempo, en el que Chozas fue un hombre joven, alto, delgado y atlético que disfrutaba de la iluminación verbenera de la Navidad y se apuntaba a la jarana de turno. Bebía, fumaba y reía como un granadero prusiano. Después todo se nubló hasta que apareció una chica de dulce mirada. Sus ojos irradiaban paz y despertaban ternura. Un apego que inspiraba confianza y, esencialmente, ganas de vivir. Aquella mirada, completamente diferente, enjabonada de pureza evocaba recuerdos de la madre de su compañero de pupitre. Sí, esa criatura, era distinta al resto de todas las chicas con las que se había encontrado en las mejores capitales de la vieja Europa. Y de aquello ya había nevado y helado. Chozas aprovechó aquel instante para pedirle una copa. Ella esbozó una sonrisa y le sirvió un chupito de Vodka —¿has visto el arbolito de navidad?— Si lo he visto. He visto todo tipo de árboles, formas, tamaños, realmente, hermosos.—Pues, éste, es sintético y a veces, nos depara sorpresas.—¡Venga ya, no fastidies!—De verdad.—Acércate y lo verás. Se levantó de la silla y se aproximó hasta el arbolito, para ver mejor como caía el corcho blanco sobre las ramas. Algún tipo de artilugio mecánico, lo aspiraba desde la base del tronco y lo volvía ascender hasta la copa, para que nunca dejase de nevar. Mientras se repetía aquel carrusel: MC se deleitaba con la estampa tan divertida que proponía el arbolito en cuestión. De pronto, la camarera salió de su barra y comenzó a dar pasos en dirección a Matías. Ahora el corcovado recordó donde se hallaba. El espantoso y tétrico lugar de su miserable existencia. Y su cabeza le dio por barruntar en voz alta: ¡Quién lo sabe! Es posible que esta bola estéril, fría y negra, siga girando pausadamente alrededor del sol, y apagado y muerto y tan frío como la tierra misma. Así como mi cuerpo, día a día, estación a estación va debilitándose poco a poco.
















Apenas la cohesión que mantiene unidas sus partes, posiblemente, éstas irán desprendiéndose unas de otras, y en lúgubre procesión, seguirán su ruta como ciñendo al que para ella fue el luminar más espléndido del cielo, en luctuoso y deleznable anillo que acabará por romperse y diseminarse por el espacio, para perderse en sus insondables profundidades. Pero también es posible que no ocurra nada de esto. Chozas no era consciente de que su pasado le imposibilitaba disfrutar de la emoción y el orgullo del acontecimiento: una Navidad por la orden divina de un papá que decía llamarse Paquito, en petit comité, al que le gustaba el chocolate en taza y el  papel Smoking. Tenía delante de sí a la mujer de su vida; la joven camarera sonreía y bailaba sinuosamente encima de la barra del garito. Aquel instante no tenía precio ni comitiva que lastrar. Podía decir que esta Navidad no estaba sólo junto al abetito de turno. Son dos desconocidos compartiendo un instante mágico como un plano americano del maestro Ford. Observando la caída del corcho blanco sobre un plastificado arbusto de Navidad. Con sus corazones latiendo al ritmo de las lucecitas de colores. Comentando lo lindo y bello de la visión que compartían... Cerró sus ojos y al abrirlos, suspiró mirando el pequeño abeto de polietileno. El ritmo de las lucecitas parpadeantes, se aceleró bruscamente, al tiempo que el suspiraba. Luego, continuaron latiendo a la par que su corazón... ¿Sería mágico aquel arbolito de navidad?... Matías recordó a su difunta esposa y sintió escalofríos desde los tobillos hasta las orejas. Consideró, que jamás volvería a tener, en su vida, a alguien como María. La mujer de su vida que falleció en un día de Navidad. No obstante, en Navidad, a veces, los deseos se cumplen y el Papa Francisco le cogió de la mano y le pasó un peta de libanés.—Fuma, Matías y recemos por el futuro año.— Gracias, santidad. No, colega, Paquito para los amigos. Se quedaron con un colocón del nueve rezando —prevía mirada— con carcajada incluida, delante del hermoso pesebre, mirando al niño Jesús.










                                       Dedicado a un país que sueña con la Navidad y un gran regalo











Fotogramas adjuntados



The Bishop's Wife (1947) by Henry Koster
Kisses (2008) by Lance Daly
La petite marchande d'allumettes (1928) Jean Renoir& Jean Tedesco







 
                                         

Dear Dr. House







Este ha sido mi retrato diario. Una venganza de Wilde, pero con otro espejo, y, de apellido distinto, a Grey. La ruina de una existencia asombrosa y espeluznante. La versión diaria, de una crónica de adicción y zozobra, en la que me hallaba sentado. Mientras masticaba la resignación de la incoherencia y lo patético: como las demás cosas de la tierra. ¿Quién sabe? Mejor, utilizaría el eufemismo de un estado hipnótico. La silla de polivinilo —que me sostenía— a lo largo de mis 24 horas. Ésta tenía un nombre farmacológico; parches de fentanilo con lidocaína. Si me portaba bien la boticaria solía regalarme una piruleta de morfina. Todo mi dispensar, que le aportaba, le generaba una erección clitoriana. ¿Qué se había comprado un nuevo Audi de aluminio o un Lexus? Da igual. Vamos que me la suda… En mi tierra manida de la chica, que tenía una cerilla, y, una verruga mágica con un caporal que emulaba al gran Lejarreta. Todo es posible. No hay naturaleza material que pueda suplir el desorden espiritual de un servidor, con apenas 29 años de edad. Embobado, en el chupachupa de la piruleta y el desasosiego del desastre vital. Antes de llegar a los 30, ya no me quedaban dientes. Ni Vitaldent quería hacerme una chapuza. Mi boca es tan desagradable, que la sonrisa de Richard Kiel; es la de Tom Cruise al lado de mis piños.











La pesadilla comenzó hace diez años: luego jueguen Uds., a la aritmética. He intentado la terapia del cannabis empero nunca me he podido con él. Sólo me ha gustado fumar Cohibas con Whisky de Malta, y, en las noches más destroyer de la city: un poco de Crack. No solía fumar cualquier piedra de algún yonki del viejo cauce. Tenía mi pipa de cristal de bohemia con una Geisha lacrada y las rocas —que me fundía— eran producidas por la sabiduría, minuciosa y sosegada, de un viejo amigo (doctor en química). Apenas suministraba a unos 10 tipos, de diferentes lugares de Europa, gente de altos vuelos. Eric sigue igual de bien. Es de las pocas personas con las que puedo contar, en este último tramo, de un recorrido dramático. Pero da igual, yo sigo con mi mierda habitual. He llegado a tomar más de 46 pastillas, al día, de la mejor colección vintage de la farmacología suiza. Entre antiinflamatorios, analgésicos y opiáceos de todos los colores. He sentido vergüenza de mí, por tener que esnifar morfina en la silla de un ambulatorio. Los dolores aparecen sin previo aviso y te atrapan, a su antojo. Sin embargo, yo siempre he apelado a la naturaleza de la síntesis contractual del azar. Ahora lo llevo mejor estoy con unas 28/30 pastillas, juntando las coronarias. Llegué a engordar 25 kilos gracias a los corticoides. Me negué a seguir con esa terapia. Finalmente me los quitaron y perdí 30 kilos.












Lo mejor de este desastre divino fue el viaje lisérgico, arrítmico y con un suflé caramelizado de estricnina. La respuesta se llama el medicamento de la mayor empresa —del negocio— de pastillas milagrosas: Pfizer; Pregalbina a gogó. No quiero dar nombres comerciales, sobre esta mierda. Me la repampinfla, alguno se me habrá escapado. No puedo controlar lo incontrolable, pues, ya no soy; yo. La puta Pregalbina es eficazmente, demoledora. Ahora, si quieren un poco de juerga está la Gabapentina(cosas de la competencia). Los galenos tienen un nombre para esta patología. Los americanos —que son muy guais— le dieron el nombre de, DOLOR NEUROPÁTICO. La verdad que hasta suena cool. En mi caso, particular, es el mismo dolor, a causa de una ESTERNOTOMÍA CORONARIA. Luego, jugando a la gramática eventual, mi dolor es neuropático postesternotómico. Bueno, estoy convencido que la clase de Anatomía de Grey se les está haciendo muy interesante. Una puta basura. La mayor condena de un criminal. Les voy a hacer una pequeña confesión; esta historia me está costando mi existencia personal. Dicen que mejorarás, que las cosas irán a mejor, pero cada año que pasa es ceniza de un habano que se fumó el capo. Tengo que tomarme toda esta mierda hasta el final de mi vida y bailar en la oscuridad, con la enfermedad matriz, la del coure.













Es una danza que hemos sellado y no es de las estrellas, más bien, de un Super Glue 3 de última generación. Tenía todo preparado para mi suicidio; el próximo 20-D. Perdida la fe y la voracidad devoradora por todo tipo de sintéticas morfinas y protectores estomacales. No atisbaba ninguna salida, ninguna vía de escape, tan diabólicamente perfeccionada. Era la disposición de los acontecimientos que encharcaron mi cavilada decisión. De repente, la lava del viejo volcán apagado del Teide irrumpió. Desde los eriales, cruzó el charco y se presentó en las calles de la capital para hacer explosionar la comprensión de la redundante realidad. Cuánto más fuerte se hacía, entonces, la sensación de mi patética historia sucumbía en un pequeño fragmento, hábilmente impalpable, de lo que, en sí mismo, no era más que olivina partida desde el infinito. No podía más, ante esta encerrona. Sin salida, sin recursos. Hasta los huevos. Me puse a llorar, gritar y terminé rompiéndome dos huesos de la mano tras dejar la marca de mis nudillos en la pared. Un hombre puede soportar lo que le echen: los cojones. Es mentira. No hay ser humano capaz de aguantarlo.
















Había llegado al punto de saturación exacta, que termina por buscar al karma espiritual y comértelo hasta hacerlo desaparecer. Otros pobres desgraciados buscan a Lourdes en los grupos de apoyo como el incomprendido Palahniuk. En el límite de lo insoportable del putísimo dolor más absurdo del mundo. Entre la fatalidad perpetua apareció un rayo de sagacidad. A ver, esperen un momento—Todavía no he comenzado a tomarme las pastillas para despedirme. Veo el mar refractarse en mis ojos. Está puro, puedo oler su aroma cristalino. La fuerza de la espuma y el salitre parece acariciar mi cara. Ahora se vuelve más hermoso, en sus movimientos precisos, del rompeolas. Desde el macizo escarpado en los tragaderos del barranco, ya veo como escapo de la mazmorra monacal de mi turbadora vida. Ahora, sí. Ya me fundo con el azul profundo y pulido de las piedras en la orilla que iban tratándome con gran esmero y delicadeza. Aquella cara contraída de dolor y pánico comenzaba a dibujar una tierna mueca de sonrisa, a modo de gratitud. Soy libre, como el viento. Ya no hay cadenas que puedan agarrarme. Es el fin de mi condena y el principio de sus próximas navidades. Sean felices. Yo, ahora, que no estoy en este mundo. Lo soy, mi querido Doctor House.




                                                                                                           FIN





     Dedicado a todos aquellos que sufren dolor de verdad. No tonterías; como jaquecas, menstruaciones y similares...




Fotogramas adjuntados 

The Elephant Man (1980) by David Lynch 
Sling Blade (1996) by Billy Bob Thornton 
Dalton Trumbos´s Johnny Got His Gun (1971) by Dalton Trumbo
Mar adentro (2004) by  Alejandro Amenábar 
Dr. House (2004) by David Shore