Alfred Hitchcock, el genio de la obsesión








Decían Chabrol y Rohmer: "La forma no embellece el contenido, crea”. El erotismo en Hitchcock es un elemento clave de la estructura narrativa de sus películas. Se asocia con historias de amor, que suelen comenzar con una liberación física de los personajes o de un noviazgo, ya bien sea, superficial o más profunda. Hasta acabar atrapando la ingenuidad de lo carnal. Empero, esas disquisiciones tan intelectuales les serían extrañas y abruptas por estos lares donde lo canallesco y noctambulo son moneda de cambio como la mano de un Baratheon. Luego, a mi admirado Hicht, le podría dedicar tantas palabras como visionados a todas sus películas. Desde la muda, “El jardín de la alegría” (1925) hasta la fascinante “la trama” (1976). Es más, me podría arrancar con alguna de las milongas de Sabina al lado del decano Serrat por mi amado Buenos aires. Sin embargo, hay que hablar de este cineasta, que está entre los cinco mejores de la historia de este arte. Un personaje excepcional y como tal, un ser humano lleno de complejos, obsesiones y frustraciones. Mi abuela me decía: “no hay que  recelar de aquellos tipos con aspecto anodino y percha de sombrío funcionario, atravesado en una vieja estafeta de provincias. Detrás de esta fachada, chaval, puedes encontrarte con la mente de un genio difícil de enmarcar.” Ya les he dicho por estos parajes que mi abuela era un mujer sui generis, a la que le dedique uno de mis insólitos artículos. Alfred Hitchcock siempre hizo las cosas con premeditación y repleto de deseo. Eso sí, a lo grande. Otro cantar fue el terrible paramo de la frustración. Y de esa hay mucha en este mundo de la blogosfera, tanta como bagatelas literarias. Hitch nació en 1899 en el East End londinense, dentro de un círculo familiar dedicado al mundo del comercio. El padre de AH, el Sr. William era un tipo duro y escrupuloso que aleccionó con mano de Tywin Lannister al benjamín Alfred. Hasta tal  punto que el chaval se iba de posaderas con atisbar la presencia de su sombra. Y ahora, por favor, no les entré un ataque de pánico con lo del método educativo victoriano.












Pero algo de verdad tendrá aquello de: “la letra con sangre entra”. Aunque, la ocasión la pintaban calva. Pues, el pequeño Hitchcock no es que fuera el ángel de la guarda, ya que mantuvo una actitud entre lo hooligan y relativas trazas sinvergonzonas, pulimentadas de un sutil sadismo. Una de sus gloriosas gansadas era anudar a sus compañeros de clase. No hay nada como la ilustración del cacumen para darse cuenta que no van atando longanizas a las colas de los perros. El pequeño Alfredo, estaba en los límites de la entrepierna de papa William, y, éste estaba hasta la coronilla tras la enésima diablura del genio. El Sr. Hitchcock padre, se las ingenió para que recibiera su pertinente castigo en una celda de la comisaría del distrito. Pasó toda la noche rodeado de barrotes y mugre. ¿Traumatizador?, ¡Jo y eso que siempre había pensado que el psicópata de mi padre era el mayor de los malvados con los que me había topado! Ahora que la figura de D. William se convirtió en una de las mayores obsesiones del futuro cineasta. Es evidente, que nuestro director lo explotó en el seno de sus fantasías narrativas hasta el paroxismo. Y es que un buen plato de venganza fría, tratándose del maestro del suspense, nada mejor que servirlo en  35mm: puro refinamiento y marca de la casa. Desde entonces, la policía siempre fue un constante que generaba en AH todo tipo de angustias y malestares. Además, ese recelo que le generaba la silueta de su padre, muy pronto se vio expuesta en el acólito refugio de su madre, Miss Ellen Kathleen. Una pobre pseudodiscapacitada por una lesión crónica en sus piernas, la cual, le abocaba a  pasar las tres cuartas parte del día en la cama. Pero además de impedida, la Sra. Kathleen era una mujer manipuladora y posesiva. Por un lado, lisonjeaba al pobre “Alfredito” con palabras del tipo “mi corderito” o “mi angélito”. 

















Y después, se la colocaba como una princesa Lannister por el costado, obligando a Hitch a realizar ejercicios de arrepentimiento. Todas la santas noches, el pequeño debía de subir a la habitación de mama y proclamar todo lo que había hecho mal a lo largo del día. No sería muy breve, conociendo a la perla del maestro. La cosa finalizaba con un padrenuestro y solicitando el perdón divino, previa supervisión de su santa madre. AH,  prosiguió sus estudios hasta los catorce años en un colegio Jesuita. Mal asunto, pues el que teclea anduvo con los Escolapios y fue mi perdición. Luego, el trabajo que dejó pendiente papá Hitchcock fue un pispás para el comité de la sotana fashion. Estos terminaron la faena que no remató el patriarca. El método era de lo más retorcido que se puedan imaginar. Sólo aquellos que hemos convivido junto a estos leviatanes de hábito negro, lo sabemos. El interno debía de elegir cuando era el momento idóneo para soportar la penitencia que se le había arbitrado. Debería de mostrarse en uno de los cubículos especiales del colegio donde se hallaba el abate de turno y  dirigirse a él para decidir el modus operandi. Lo más parecido a uno de sus momentos de mayor clímax de terror en sus films versus la ejecución final. ¿Comienzan a ser más comprensivos con el genio londinense y sus fobias? La verdad, que quien haya tenido una infancia maravillosa: lo admiro. Hitchcock tuvo toda su vida una obsesión paroxística por las mujeres lisiadas y la tortura.  Entrados en harina, sólo hay que ver el film Encadenados (1945). El personaje que interpreta —un excepcional—  Claude Rains de nazi agazapado, cobarde, endeble y pacato. Es incapaz de tomar decisiones por sí sólo. No obstante, su madre—esa señora de apariencia piadosa—se revela como un demonio; una asesina gélida y cruel, a la que no le temblará la mano cuando se ponga en el quite de envenenar a la hermosa Ingrid Bergman.


















Toda la obra de Hitchcock está empapada de una larga lista de malvadas madres, egoístas y posesas. Muchas de ellas convertidas en iconos de la historia del 7º arte. En el fondo Hitch era un creador de atmosferas y estados, donde la proximidad táctil creaba conciencias sobre la importancia de las relaciones superficiales. Es decir, el amor para el maestro se manifestaba en la carne. Pero en algunas películas—este contacto carnal— está en un tris del golpe asesino, que es el paso de una acción a otra en un solo movimiento de sagacidad. Y es que la famosa frase de François Truffaut quedaría ilustrada en este carrusel de fotogramas. Tal como afirmó de su lengua el director galo: "las películas de Hitchcock aman escenas como las escenas del crimen y las escenas del crimen como escenas de amor". La aparición de la mujer es la realización visual de un deseo fotogénica del ideal femenino que físicamente está más cerca del espectador, pero en la distancia de su lugar de perfección plástica muy por encima de lo normal. Luego, la proximidad del cuerpo mira hacia otro ángulo. Las mujeres se convierten en iconos de la belleza inaccesibles hasta que entran en la acción y la intriga. Basta con revisar a Tippie Hedren en Marnie la ladrona (1964), y el leitmotiv del film, que estribaba en la cojera de la madre y la culpabilidad por los abusos sufridos en el pasado. Tal fue el grado de obsesión de Hitch, que visionando el film de nuestro genio aragonés, D. Luis Buñuel, “Tristana” (1970) anduvo tan obnubilado con la historia que termino por revisar la obra original de Pérez Galdós. El ideal de mujer de Hitchcock era una rubia fría, pero sexualmente atractiva, distante y a la vez sugestiva. Recordemos a la Deneuve de Buñuel, tullida y de cabello dorado. Ahí donde llega Hitchcock con la elegante y bella, Grace Kelly y realiza la ventana indiscreta (1954). La Kelly logró mantener una distancia insalvable para el director, que la respetaba y admiraba en silencio, inmovilizado, como el personaje que hacía James Stewart, con la pierna enyesada y mirando impotente por la ventana, cómo se cometía un crimen en el edificio de enfrente.



















A partir de ese instante, Hitchcock abandonaría esa parálisis y reconvertiría su pasión reprimida en impulsos perversos. A menudo, en el mismo set de filmación. Los episodios de Vera Miles (protagonista de Falso culpable 1956 y coprotagonista de Psicosis 1960) y el affaire Tippi Hedren (Los pájaros 1963 y Marnie, la ladrona 1964), removerían lo suyo como ejemplos paradigmáticos. En ambos casos, las actrices fueron agasajadas con ropa, flores, notas, reuniones a solas, consejos y sugerencias subidas de tono. Vera Miles no recibió de buen agrado sus gestos sino que, para disgusto de Hitch, rechazó el papel de protagonista en Vértigo (1958) al estar embarazada. El genio británico gritaba desgañitado: “Iba a convertirse en una verdadera estrella con este film, pero no pudo resistir al “Tarzanete” de su esposo. ¡En vez de tomar la píldora de la jungla!", espetó el cineasta, defraudado. Su reemplazo fue la explosiva Kim Novak, actriz, a la cual nunca quiso reconocerle los méritos de esta obra maestra, junto al esplendido Jack Stewart. No terminó de encajar a la hermosa rubia de Chicago como segundo plato. Y dentro de este submundo de angustias del aturdido Hitch, le quedó la angelical y desgraciada Tippi Hedren, la cual, pagó todos los platos rotos. Recibiendo un trato inhumano en el set de rodaje. Soportando una de las escenas más crueles de la historia de la cinematografía: el famoso ataque de las gaviotas, cuervos y demás especímenes. Tuvo que estar de baja una semana con un schock emocional y físico brutal. Asimismo, el vínculo entre el impulso sexual y criminal; es un calco en Frenesí (1972).













En la reiterativa incapacidad del individuo por llegar a la mujer deseada, derivando en la violación y asesinato de la Sra. Blaney, la actriz Barbara Leigh-Hunt. El protagonista de este arriesgado film, en su época, Robert Rusk (Barry Foster) se encuentra en la misma posición que el trastornado y frustrado Norman Bates. Sin embargo, la película que mejor recrea el mayor de todos los tormentos y remordimientos, de un hombre por una mujer, la rodó el mismo maestro y es la mencionada, anteriormente. En 1958, Hitcht rueda la obra perfecta tras una inversión de planos subjetivos termina por hacernos cómplices de la pesadilla del protagonista  Scottie Ferguson (James Stewart). La simplificación de los recursos estilísticos nos adentra en la sensación de vértigo y el vacío interior de nuestra propia llamada. Al  introducir la intimidad de un personaje vital. Añádanle a un músico de la talla de Bernard Herrmann y tendrán la sensación de malestar más duradera de toda su vida. Ni en un parque temático lo pasarán peor o tendrán el mayor de sus gozos. Y es que "las películas de Hitchcock aman escenas como las del crimen, y las escenas del crimen como las escenas de amor". Así fue este genio de la historia del séptimo arte como comentaba al principio y habrán tenido la suerte de comprobar en sus dos recientes biopics. Uno donde el protagonista, lo encarna Anthony Hopkins “Hitchcock” (2012) y el otro realizado por HBO, donde Hitch lo interpreta un exquisito, Toby Jones “The Girl” (2012) El material para las dos películas no puede ser más jugoso: arrogancia, castings, gente famosa, mobbing, obsesiones tortuosas, sexo y violencia. Claro, que sí el joven rotulista amante del cine de Griffith, lector de Poe y admirador de las rubias más cool resucitase… Mejor nos vemos en otra ocasión.


















                                                 Dedicado a Rafa Nadal, campeón de 14 Grandes Slams





Fotogramas adjuntos


 The Pleasure Garden (1925) by Alfred Hitchcock
 Notorious (1946) “ “  “
 Marnie (1962) “  “   “
 Vertigo (1958) “ “  “
 Psicosis (1960) “  “  “
 The Girl (2012) by Julian Jarrold






Bibliografía consultada y recomendada

Alfred Hitchcock by Donald Spoto Ed. Ultramar (1990)
Hitchcock pour C. Chabrol & E. Rohmer. Paris, Éditions universitaires (1957)
Hitchcock: A Definitive Study of Alfred Hitchcock by Francois Truffaut Ed. Touchstone (1985)
The Cinema of Cruelty: From Buñuel to Hitchcock by André Bazin&Francois Truffaut Ed. Arcade Books (2013)








   
                                       

El placer del ingrato










¿Quieren  ustedes vivir por sí mismos o están esperando a que el sistema les cobije en un lugar utópico? Es curioso el mundo que hemos creado. Éste, no. El de Atapuerca. No se confundan de carretera, que los radares de la DGT observan. ¿O acaso la dolina burgalesa era más sabia en manos de los Gómez mientras copulaban de cuclillas? ¡Venga, ya! ¡Sííí…Se lo digo a Usted mismo o Ud. misma! ¿Saben lo que es el placer del ingrato? No se preocupen, yo les pongo al corriente. Sí. Lo digo bien alto: me gusta discutir. Chillar y cantar dentro de un coche con el estéreo a toda pastilla, ultrajar en los atascos, cuando voy en moto, me meto por el hueco más inverosímil y sobre todo, hacer la peineta a los taxistas. Ciscarme en la bandera del equipo rival. Si ganan las elecciones, la opción ideológica que no aguanto: me pongo de los nervios. Vamos, qué me da un reventón. Me gusta engañar a mi mujer, esnifar en el WC de mi empresa, beber carajillos de Jack Daniel´s en el almuerzo y eructar. En el fondo, me gusta cagarme en la puta madre de fulano, fulana, mengano, mengana, zutana o zutano y pegar puñetazos en el reposabrazos del sillón de mi casa mientras veo un partido de fútbol ¿Pasa algo? O tengo que llamar a Tony Soprano. ¿Es anormal este arrebato de honestidad para sus huestes? ¡Ah, ya lo pillo! Andaba en mis ausencias, cada día más severas y la morfina dentro del zapato; perdiendo mis cápsulas de la felicidad. Claro, lo había olvidado. Otro nuevo despiste y además; soy corto de decodificación. Resulta que el Sr. Soprano tiene patente de corso y todo el mundo le gusta como se lo monta, pero claro; yo no soy como él. Mierda de hipocresía. 



















La misma que se envuelve en la catarsis de inacción del ser humano. Sin motivo aparente, apenas una brizna de impulsión, y eso es todo lo que usted necesita para ser un ciudadano modélico. Nada más. Miento, siendo Kantianos, la cuestión estribaría en saber, si descubierta esa fuerza motriz, somos  capaces de hacer uso de ella. Ahora, nos acercamos a los senderos de lo corriente en un orden social formulado. Todos juntos desmantelándonos de la rutina ordinaria, obtendremos sin el minúsculo esfuerzo la suma de felicidad consentida, que el mundo puede dispensarnos. Lo políticamente correcto de eso que los gozos nunca nos permitirán. Y lo más importante, antes de dejarlos para siempre, deberíamos saber que la vida es una guerra diaria, que tu compañero-a miente sistemáticamente y vivir es igual a estar luchando contra el tedio y el sufrimiento de los desgraciados. Así los hombres que consiguieron acumular fuerzas mayúsculas adquirieron un perfecto influjo sobre el resto del rebaño. Podéis repeler cualquier agresión y haceros de respetar: la gloria de la admiración y la envidia del mediocre queda más cerca. No os preocupéis por el último; es el más débil en esta contienda. No nos sirven nuestros bíceps para nada, si los fardos están en manos de los tramoyistas de la delación: tus mejores amigos. Fíjate, qué sencillo y fácil. Mañana mismo sería el día ideal. Viene tu colega, te invita a un cigarrillo que contiene opio de Mediaset, camisa negra de Zara y melena con barba recortada por la maquinilla afeitadora, de un emporio de electrodomésticos germanos, en manos de su novia: una rubia oxigenada de clase bien. Notas que te mareas y te espetan—Es algo efímero. No te pongas nervioso.



















En una idea vulgar, que nunca traspasará los horizontes de la crónica mundana. Ni sus ternuras inmortales echados a una suerte de austeridad amable y social. Donde el burgo transformado en espesa madeja de pelo áureo, huele a la sustancia más maleable de una joyería convertida en ingratos girondinos que saludan a vuestra nueva Iberia; marchando por encima de la indolencia del silencio de los inocentes. Mientras, el compañero de al lado os inyecta el virus de la envidia y sus bacterias se espolvorean por la oficina, el colegio, la fábrica, la mina, los grandes almacenes, los laboratorios, las peluquerías, pueblos o ciudades. El seductor elemento que jalean todos al unísono. Mil veces más perturbador que la celebración de una copa de Europa, que un convenio de paz laboral o la homilía de un Papa empalmado en Semana Santa.  La envida se coló en la muerte del individuo, como la hipocresía en el vecino que mira hacia otro lado. Ejecutando un extraordinario ejercicio de profilaxis amoral, que termina por arrasar el poco bosque de matorral que escondía las bondades de los últimos infelices; aquellos silentes y apacibles desgraciados en el ring de la mentira humana. Nunca dejes de vigilar tu espalda y recuerda que tu peor enemigo se viste de almíbar, huele a Nenuco y da los buenos días por la mañana.




















En realidad, fumar es una putada. Nos gusta, aunque queramos decir: No. Y es que el mal reside en todo negocio de las multinacionales fascistas. —Reitera la pareja del moreno y la rubia sabelotodo. Resumiendo, la culpa es de la Imperial Tobacco Group que proporciona el opio con todas las de la ley. La puta organización, te da el alcaloide con todas las Villa García. Un opio mezclado con la materia—teóricamente— fumable y reconfortante para el intelecto. Es decir, dado con premeditación, alevosía y ensañamiento. Luego éste es nuestro eslogan; ¡Huid, cabrones de las cajetillas de Mediaset, de los lectores aficionados al noble e incorregible vicio del tabaco!... Y exigid al burgués de vuestro estanquero, que os dé todo el dinero de la caja, pues ha de compartirlo con el prójimo. Las clases y las marcas del Ibex que antes gozaban de vuestra predilección están muertas. Y además correréis otro peligro grave: es posible que vuestra familia crea verse sorprendida por esas nuevas reacciones y su proyección kármica interior retratada en los ojos ajenos. En ese instante, el selfie será macabro, pues vuestros cuerpos estarán dormidos e inmóviles; los primeros síntomas de la encefalitis letárgica. Sí, amigos; los que montáis la guardia a la puerta de los estancos, los que sobornáis a un agente o compráis la adhesión de un golfo tuercebotas, los que consideráis que sin el pitillo que arde y lanza al espacio volutas de humo y hace de la vida un desierto privado convertido en oasis quimérico del ingrato: su placer infinito. Ya lo dijo el gran Ian McEwan; no hay mayor placer que el de los extraños. Ahora, a toro pasado, hechos doctores Honoris Causa: constatamos ese gozo de la ingratitud perenne.













                                                   Dedicado a John Wayne en 107 aniversario de su nacimiento













Fotogramas adjuntos:

Gaslight (1940) by Thorold Dickinson
North Country (2005) by Niki Caro
Ressources humaines (1999) by Laurent Cantet
Mi piace lavorare (2004) by Francesca Comencini















                      

Tristán y el penacho de Sarriko









Tristán Pazos era un auxiliar administrativo de provincias que solía apuntar hasta el más absurdo de sus encuentros. Había heredado el caserón de sus abuelos; un viejo caserío vizcaíno en la llanura septentrional del municipio de Erandio. Un día se encontró con un extraño aparato que sacó del viejo desván, mientras hacía un poco de limpieza. Aquel engendro de formas seductoras y aleaciones nobles le tenía fascinado. Nunca supo muy bien de donde había salido semejante penacho psicodélico, pero le dejaba con la piel de gallina cada vez que lo tocaba. Aquella sensación le reconfortaba.
















Se veía recompensado con el diseño del casco. Cuando cerraba la puerta y se recogía de vuelta a la ciudad, lo dejaba en el más absoluto de los silentes rincones de la vieja casona. En esta ocasión había reunido una buena cantidad de legajos y se dispuso a devorar la gran dosis de lectura que había trascrita en una gastada new courier. Lo más sorprendente era el título del manual; “Maquina de deshibernar”. Su cabeza se disparó como un tiovivo en un Noir de serie B. Pensó— Ahí están toda mi sencillez y complejidad reunidas. En tanto, se mezcló entre la gente que tendía a odiar más y más, a prostituir sus palabras. Rostros húmedos, sílabas detonantes de una gran grandeza y sonrisas macabras que se alaban a sí mismas. Así es como extendía su forma de ver las cosas, al menos esa era la impresión.













Necesitaría un tiempo para hacerse con los planos y documentos de todo el entramado. Pues esto era algo gordo. Quizás un nuevo héroe de la Marvel, pero en serio. Mandaría a la mierda su trabajo en la Diputación. El mundo comenzaría a respetarle más que al puto Putin. Empezaría por librar a la humanidad de la pesadilla de cambiar de chaquetas, radiadores, o climatizadores de última generación. Estaba muy fogoso de pensarlo. Se fue a la estación de Sarriko la joya de Foster, cuando vio esas caras deformadas de la gente —gritaban todos los presentes con tal furia— que parecían estar en un campo de batalla, en una lucha feroz y despiadada con el más temible enemigo. Incrustadas entre sí. Una orgía de cabestros contenidos. Sólo el lento rotar, el suave desplazamiento en la piel, de una milésima de la excitación de un mínimo susurro.
















Sintió todo el peso de su humanidad y cayó derruido; un montón de tejido organizado dentro de una cama. Lo último que pensó fue en los edificios, tiendas y escaparates. Todo aquel alrededor era tan perfecto como un día al lado de Lou Reed. Sin embargo, se dio cuenta, que esa "perfección" no hacía más que consumirnos poco a poco. No hay cosa más hermosa que la contemplación de una puesta de sol. Lo malo es que a esa hora la máquina era imposible pararla. Comenzó a chillar—¡Matadla!, ¡Matadla o ella nos matará! Un alarido seco se escuchó de fondo, como un eco sin retorno.  De repente… Desperté en el box de urgencias. Una enfermera me sonrío—Todo va bien, Jon. Te hemos inyectado 250mg de Tramadol. No te preocupes ha sido una nueva crisis, tranquilo. Venga, descansa. Ya pasó todo.






                                                                               Fin






                          Dedicado al nacimiento del nuevo hermano del IBP; 200mghercianos.wordpress.com








Fotogramas adjuntos:

Faust (1926) by F.W. Murnau
Cronos (1993) by Guillermo del Toro
Carnivàle (2003) TV by Daniel Knauf&Rodrigo García
House of Horrors (1946) by Jean Yarbrough














                                   

Alexander Drake, 8 rounds. 8 relatos de boxeo y honestidad








Es curioso. Sentado en mi estudio y pensando en el boxeo, siempre me hago la misma pregunta ¿Cuál ha sido el mejor combate de todos los tiempos? AliVsForeman, DempseysVsFirpo, Sugar Ray RobinsonVsFullmer o HolmesVsNorton. No tengo ni idea. Pensarán Uds. ¡Qué arrogancia la de este amanuense —muy alejado de los medios— y menudo conocimiento del boxeo! Pues sí. He visto mucho boxeo y sobre todo, del bueno. Aquel con el que crecí siendo un niño, el mismo que nos transmitió el difunto Héctor Quiroga  silaba a silaba, gracias a un tono de voz irrepetible de la vieja TVE en B/N. La agonía, la grandeza y la supervivencia por llegar a la gloría desde el cuadrilátero; José Legrá, Perico Fernández, Pedro Carrasco, Tony Ortiz o el inefable Urtain en la edad de oro del último boxeo glorioso Made in Spain. Ha sido mucha la literatura en todas sus variables que ha puesto la solfa a tan hermoso y cruel deporte; poetas como Arthur Cravan y Joseph Moncure March. Periodistas y escritores: Manuel Alcántara, Antonio Martínez Menchén, Jack London, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Budd Schulberg, Norman Mailer o Gay Talese. Además de un largo etcétera que me dejo por el camino. Y no olvidemos que muchos de los aludidos fueron grandes entusiastas de este deporte, llegándolo a practicar como neoprofesionales, Hemingway y profesionales, caso de Cravan. El cine fue otros de los  medios que han dejado huella en la sociedad adaptando relatos, novelas o guiones originales; Cuerpo y alma (1947) Robert Rossen, el ídolo de barro (1949) Mark Robson, Set-Up (1949) Robert Wise y Toro Salvaje (1982) de Martin Scorsese, etc. Así como la cultura de Masas; Muhammad Ali y su activismo convertido en mito por la planta joven de ECI.

















Uno de mis escritores y periodistas favoritos junto con difunto, Umbral es el maestro Alvite—últimamente, lo está pasando mal— que estaría encantado con el libro de nuestro amigo Alain, para el mundo literario Alexander Drake. Y el recuerdo, de esta frase lapidaria en sus eternas crónicas del Savoy, “literatura y boxeo son dos maneras exactas de escupir”. El boxeo es lo más cercano al día a día. Lo entienden, de verdad. ¿Es demasiado heavy, descomunal, excesivo y underground  para sus estómagos? El boxeo es la vida. La vida es enamorarse, arruinarse, deprimirse o luchar por salir adelante. Un infarto y una UVI ¿qué hacen? Un carcinoma de pulmón. Más de lo mismo. ¿Qué le dicen los que saben de esto? Galenos y analistas de impoluta bata blanca: luchen, peleen hasta el último hálito. Eso es el boxeo.  Afortunadamente, en “8 relatos de boxeo” del donostiarra Alexander Drake hay mucho de ello. Novela corta compuesta por una serie de relatos escogidos —ex profeso— con la intención de componer un puzzle de historias muy cortas y puntuales que son una parte de este noble deporte. Un estilo narrativo donde se atisban ecos de un juvenal Jack London. Deudor de esa obra de culto que fue la recopilación de tres relatos pugilísticos en la novela Knock Out y muy cercano al  pulp de los 40/50 con autores próximos al círculo de Lovecraft. Uno de los más prolijos en esta temática, fue el extraordinario Robert E. Howard. Escribió alrededor de 25 relatos sobre esta apasionante disciplina. 


















El caso de este escritor es único en todas sus variantes. Volviendo a las esencias que muestra nuestro autor, veo paralelismos con autores que definieron su carrera en el periodo dorado del pulp Made in Spain. Escritores como Silver Kane (Francisco González Ledesma) y Lou Carrigan (Antonio Vera). Creadores de historias que escribían como los ángeles y gozaban de una gran fidelidad entre los lectores. En ese meridiano, que es el engarce con el pulp estadounidense, iría desde el último tramo de los 40 a principios de los 50. El primer relato narra el enfrentamiento entre un joven aspirante y el campeón de su categoría, un  veterano boxeador curtido en mil batallas con un desenlace trágico. El segundo entre un par de púgiles de mediopelo; un afroamericano y un mexicano con la ferocidad y el amañamiento del combate de por medio. El tercer relato describe con precisión el mundo del hampa desde las entrañas. El mobbing para un púgil, a través de su resignado manager. El boxeador se debate entre la moral y la ética. El cuarto relato es la historia de un luchador orgulloso desde la introspectiva interior de su yo. Mientras soporta un castigo contra las cuerdas insufrible. No quiere tirar la toalla. El desenlace es extraordinario. El quinto relato es el reflejo de la ostentación de las grandes familias de mafiosos por los palcos y terrazas de los palacios de deportes donde se celebran las veladas. Dos boxeadores que disputan un combate con el beneplácito de los hampones. El sexto relato es uno de los más extensos y juega con un exquisito paralelismo de una generación de boxeadores vascos que triunfaron en la Norteamérica de Hoover como Isidoro Gaztañaga y Paulino Uzcudun, lo cuales, boxearon con algunos de los más grandes de la época: Carnera, Birkie, Lewis o Perroni. Bajo mi punto de vista, el mejor de todos. Muy bien documentado y ficcionado por Drake. El séptimo relato es la pesadilla de viejo boxeador arrinconado por las deudas y su mala salud, ante un maremágnum de preguntas de lo pude ser y no fui. El octavo y último, la historia de un combate a muerte con unos sfumatos a Hardboiled y un excesivo prurito por la sangre.
















En definitiva, un trabajo  gustoso por la minuciosidad de los detalles, la puesta en escena y posiblemente, el punto más fuerte que denoto en este libro: su excelente lectura de la psicología introspectiva de los personajes. La formación académica de Drake pasa por la facultad de Psicopedagogía y eso se nota. Descomponiendo el término, encontraríamos dos acepciones a este trepidante ritmo que imprime a sus relatos: pedagogía y psicología. Ambas engullen a sus protagonistas; esos seres humanos, espejos de un juguete roto. Y ahora maticemos. En el boxeo, no todo es sangre y ferocidad. Existen muchos valores que a día de hoy se magnifican en deportistas muy cuidadosos, con estudios y muchos de ellos comprometidos con la obra social. Ahora mismo me viene un boxeador argentino, Sergio “Maravilla” Martínez, muy bueno. Leí un libro suyo excelente. No me lo podía creer. Pero el boxeo moderno ha dado un gran vuelco perdiendo la viscosidad y el tufo cutre de antaño. Por último, no quiero dejar de recomendar este libro para todo aquel que quiera encontrase con pálpitos Londonianos y sabor a buen pulp del viejo Carrigan. Una prosa ágil, frenética y áspera que se devora de un tirón. Alexander Drake es un autor muy interesante y lo digo con contundencia. De igual modo, que si les dijera: no me gusta. El buen escritor tiene que saber contar una historia y adjetivarla, lugar donde nuestro autor, AD tiene su sitio. Por cierto, felicitar a  la Editorial Lupercalia por la factura del libro; elegante diseño y un paginado muy agradable al tacto.













                                         Dedicado a Tito Vilanova, Septiembre 1968-Abril 2014 in Memoriam







Fotogramas adjuntados:
                                       The Set-up by Robert Wise (1949)
                                       Raging Bull by Martin Scorsese (1980)
                                       Alain Gonfaus/"Alexander Drake"




                                          

Diálogos fingidos










Por aquí. Lo estás viendo, cielo. P-o-r  a-q-u-í. ¿Eres lo suficientemente tonto para ofrecerme un millón de dólares por el paripé de tu obra sobre la Sra. Wolf? Qué poco me conoces, Ricky… En el fondo, todo esto me pasa por ser una esposa tan comprometida—Qué ya no lo soy, tuya. Por eso, por la cuestión del compromiso me he divorciado de ti y de unos cuantos más que vendrán. Richard—Si me dejas, me mataré—¡Hey, tigre...No te me pongas melodramático a estas horas. Tómate una copa y no seas mentiroso! Te crecerá la nariz…Y, ahora con tu permiso me voy a dar un homenaje de caviar sin pan con un Don Pérignon sin burbujas.
























Edith—Marlene, cuando mis ojos te miran. Mi corazón se alborota. No me importa lo que diga la gente. Mucho menos me importan sus putas  leyes. Marlene— Mon chèri, nosotras tenemos una edad en la que necesitamos ser bellas para ser amadas, y otra en que necesitamos ser amadas para ser bellas. No tenemos que decirle a la gente lo que vale un peine. Somos, Dietrich&Piaf. Cantemos, bebamos y amemos juntas. Edith—Cerca de ti, no le tengo miedo a la vida. Te quiero, amiga mía. Brindemos por Paris, Berlín y New York—Marlene—Arranquémonos por un tango. Ja, ja… (Risas)
















Kurt—Admiro a la gente que vive sin problemas, que mira el mundo con despreocupación. A diferencia de ellos, yo sufro más de la cuenta. No lo entiendo. Cuando era pequeño soñaba con ser lo que hago ahora, y ahora que cumplí mi sueño me doy cuenta que no es tan fácil ni tan fantástico como pensaba. Creo que en el fondo, los tipos que merecen la pena son esos, que con un giño o una mueca son capaces de hacerte reír y en realidad son felices. Uno no termina de entender esa pulcritud por lo sencillo, lo fácil y lo comprensible. Sigo sin entenderme, pero la vida es así. Siempre admirare a esa clase de tipos como Duke y Dino. Mírenlos, es que son acojonantes. Los quiero, me hacen sentir bien.














Dean (Dino) —¿Duke, no crees que todos estos que nos están mirando, podrían ser hipotéticos chupadores de pollas?—Duke —Venga, atento al escurridor y no me vuelvas con el siroco de las miraditas... Dino —Vamos, púgil… Si todas esas miradas  chuparan pollas estaríamos extasiados. Duke—En mi puta vida, vuelvo a cocinar contigo. Siempre lo he dicho; habla en voz baja, despacio y no digas demasiado… Dino —No te pongas trascendente como el colega Brando y pásame la botella de Bourbon…(Risas y más risas...)









                                                                                              Fin







                                                                                        Dedicado a Guillermo Llobet 1981-2014 in Memoriam