Leo y Maya, dos fantasmas enamorados en Halloween
La
noche del 31 de Octubre como es tradición, la ciudad quedaba envuelta, por un manto de bruma espesa y luces
titilantes de calabazas lejanas. En lo alto de un viejo edificio de piedra
oscura, protegido por una elegante barandilla de hierro forjado, un balcón se
erguÃa, como un palco privado frente al mundo. AllÃ, Leo y Maya compartÃan una vieja manta de lana fina, entrelazando sus manos para mitigar el frÃo viento del
norte que este año se habÃa adelantado. Desde aquella atalaya, las calles eran
un desfile difuso de sombras, risas ahogadas y disfraces que corrÃan de puerta
en puerta buscando dulces. Pero arriba, en ese refugio suspendido en el tiempo,
el bullicio parecÃa pertenecer a otra dimensión. Maya me contaba cómo plantaba
flores solo para verlas morir, yo, por cierto: Soy, Leo. No sé, si ya me habÃa presentado. Creo que sÃ, pero por si acaso. Bien, yo le confesaba como mis ex novias perseguÃan la famosa bodega de vinos y licores
de la calle. Dijimos estas cosas mientras nuestras piernas colgaban del borde
de su balcón. Los vehÃculos conducÃan lentos y cansinos, entre luces destellantes
y bocinas afónicas. Me ofreció un cigarro de un paquete de rubio, y le dije que
no habÃa fumado, un pitillo, en los últimos 10 años, antes de agarrarlo entre
mis dedos. Maya, me preguntó por los fantasmas. Una espiral de humo escapó de
sus labios mientras hablaba, luego se giró en el aire y cayó desde el balcón.
Yo, comenté que tuve una novia en la universidad, que era dueña de un pazo de
vides. Finalmente, decidimos ir a comprar vino. A menos de 500mts, habÃa una bodega que tenÃa todas las variedades del
grial de las uvas. Encontramos una joya de Cabernet Sauvignon y se rebuscaron en
los bolsillos dispuestos a gastar hasta el último céntimo, en tan preciado
caldo. Lo subimos a casa y lo
descorchamos en la cama, tamaño doble, de Leo. Y el vino cayó.
Dejando unas manchas rosas, en aquellas blancas e inmaculadas sábanas, las mismas, que terminaron hechas jirones y Maya se cubrió, con ellas, como una niña pequeña disfrazada de fantasma. Se acabó el vino y Maya, intuyó mi debilidad por la cosas dulces. Asà que compartimos vasos —de chupitos— repletos de Schnaps de melocotón. Cómo, hasta el dÃa de hoy. Ya no puedo comer melocotones, sin recordar el sabor de su lengua, en mi boca. Maya, espeto:—Leo, háblame de tus exnovias.—Uff! ¿De verdad? Vale. Mi primera novia a largo plazo fue un dolor de muelas. Recuerdo, como en nuestro primer año, de novios me llevó a una gasolinera a comprar condones de una máquina expendedora y después, fuimos a una bodega, a comprar una botella de Mistela. No emborrachamos y ella acabó con una tremenda diarrea. Ya ves, qué movida. —Wooauu. Es terrible.— Por eso, no quiero hablar de la exnovias. Háblame de ti, Maya. Tienes algo muy auténtico y no logro adivinarlo. —Tengo hambre. —SÃ. Pues, mira, creo que ahÃ, en ese mueble de la cocina, hay un poco de empanada gallega y en otro armario de arriba. Voilà ! Una botella de Ribeiro.—Guay! Hay cena. Bebimos en unas tazas antiguas para el vino de Ribeiro —recuerdo de una promoción—, hasta que mis labios se mancharon del color de las ciruelas y ninguno de nosotros podÃa caminar derecho. Gateando llegamos al baño de mi estudio. Donde ella, no sé como lo hizo, pero tenÃa una Manfred Kohrs en su mano y comenzó a tatuarme, la palabras: Baby Girl, en mi muslo interior, mientras mi piel seguÃa pegajosa del roce y el sudor. Entonces, le pregunté:— ¿Y no crees que deberÃamos limpiar, primero, la piel? Ella, ya estaba sumergiendo la aguja en mi carne. La tinta negra goteaba sobre la baldosa blanca del suelo de la toilette. Luego, me besó en la frente y me dijo que no me preocupara.—Eres un chico muy guapo y bueno.—Yo, le dije: Tú, si que eres una femme fatale, pura. Me recuerdas a Uma Thurman en Kill Bill y se sonrojó. Le dije que era muy sexy.
Además,
le recordé que, el hecho, de ver su sudor, como quedarÃa estampado en mi piel,
para siempre, era algo majestuoso. Maya, cogió el tranquillo y comenzó a hablar
de todos los chicos que habÃa conocido hasta hoy. Y también, comentó sobre todos
los vinos que recordaba haber consumido. Le pregunté, si creÃa en fantasmas. Me
dijo que no lo sabÃa. No lo tenÃa muy claro, mientras me agarraba de la pierna:
los dedos presionaban profundamente en la cicatriz de la safena y comentó:— ¡Vaya,
ésta no suena como una historia de fantasmas! —Dejando una sonrisa maliciosa. Le
pregunté entonces si sabÃa lo que era la obsesión, y me dijo que no lo sabÃa. Pero
me indicó que habÃa visto muchas pelÃculas, en las que los protagonistas
estaban obsesionados por todo.—Me entró una gran carcajada. Luego, pensé, si
estaba seguro de que los fantasmas no frecuentan las tiendas de conveniencia.
Me desvanecÃa y quedé entre la tierra de Morfeo y el balcón de las maravillas.
Durante un espacio de tiempo no noté nada ni escuchaba a nadie. Después, Me vi
en la silla de mi estudio y terminé haciéndome varias preguntas: ¿Por qué podrÃa sentir sus dedos en mi cabello, saborear la dulzura de
su piel, verlos vagando por los pasillos de la bodega, buscando a la chica que
solÃa ser? InsistÃ. En ese porqué. No entendÃa, el que, ya no pudieran
reconocerme, aunque caminasen a través de mÃ. A veces, surgÃan como aquellas
exnovias que emergÃan como apariciones de la persona que una vez fui. ¿Por qué nunca creyeron darse cuenta cuando
grité sus nombres a través de las cinchas de la cordura? O, quizás, ingenuo
de mÃ. Nunca aprecie que las palabras resonaban y rebotaban entre todas las
botellas de vidrio, De repente, me
desperté y vi a Maya coger una cucaracha enorme con la mano y tirarla desde el
balcón. Vimos cómo se caÃa, al vacÃo, parecÃa una nave espacial de Alien. Un
rastro de humo continuo la siguió mientras, la blattodea, flotaba por el aire y
se estrellaba contra el asfalto oscuro. Estábamos en un piso lo suficientemente
alto, como para ver exactamente, dónde cayó. Aunque, eso serÃa imposible.
Luego,
Maya aseveró: me encanta esta altura, es lo suficientemente elevada para entender mejor las auténticas historias de fantasmas. Entonces me pidió
que entrase y la seguà hasta su apartamento, ya no estábamos en mi estudio. El
suyo, era muy grande y tenÃa unos techos de cenefas muy antiguas. Vi, algo que
me dejó muy pensativo: HabÃa un ramo de estolones muertos dispuestos en un
jarrón sobre la mesa. Me ofreció una copa de vino, y no tuve el coraje
suficiente, para decirle que ya estaba demasiado borracho, por mi propia pena,
asà que le dejé servirme. Bebimos de nuestros vasos, dejamos que la bebida de
color Burdeos se derramara por las esquinas de nuestros labios, mientras nos
reÃamos de nuestras propias sombras en la pared. El olor a flores podridas
llenaba el aire. Reorganizó el jarrón de tallos muertos, luego lo arregló de
nuevo y me dijo que lo habÃa hecho, especialmente, para mÃ. Porque, a partir de
ahora, todo lo harÃa por mà y para mÃ. Me hice la pregunta de rigor; —¿por qué, yo? De repente, me besó como
una madre a un bebé, y le dije que la amaba. Aquellos labios los sentà en mis
pulmones y querÃa inhalar aquellos
efluvios. Terminó la última copa de vino mientras le decÃa: "Dime que tú también me amas". Las
últimas gotas de la botella se deslizaron por su garganta y terminaron en una
dura deglución. Alcancé su mano, pero ya estaba a medio camino de la puerta;
pasó justo a través de mà y se dirigió hacia la bodega. Grité su nombre, casi implorando
a Dios. Pero, lo único que salió fue una bocanada de humo con forma de
calabaza.
FIN
Dedicado
a todas las vÃctimas de los accidentes de AVE en Daimuz y Urda
Fotogramas adjuntados
Dr.
Jekyll and Mr. Hyde (1941) By Victor Fleming
The
Changeling (1980) By Peter Medak
Psycho
(1960) By Alfred Hitchcock
The
Haunting of Hill House (2018) By Mike Flanagan





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