Leo y Maya, dos fantasmas enamorados en Halloween

noviembre 01, 2026 Jon Alonso 0 Comments


 

La noche del 31 de Octubre como es tradición, la ciudad quedaba envuelta, por un manto de bruma espesa y luces titilantes de calabazas lejanas. En lo alto de un viejo edificio de piedra oscura, protegido por una elegante barandilla de hierro forjado, un balcón se erguía, como un palco privado frente al mundo. Allí, Leo y Maya compartían una vieja manta de lana fina, entrelazando sus manos para mitigar el frío viento del norte que este año se había adelantado. Desde aquella atalaya, las calles eran un desfile difuso de sombras, risas ahogadas y disfraces que corrían de puerta en puerta buscando dulces. Pero arriba, en ese refugio suspendido en el tiempo, el bullicio parecía pertenecer a otra dimensión. Maya me contaba cómo plantaba flores solo para verlas morir, yo, por cierto: Soy, Leo. No sé, si ya me había presentado. Creo que sí, pero por si acaso. Bien, yo le confesaba como mis ex novias perseguían la famosa bodega de vinos y licores de la calle. Dijimos estas cosas mientras nuestras piernas colgaban del borde de su balcón. Los vehículos conducían lentos y cansinos, entre luces destellantes y bocinas afónicas. Me ofreció un cigarro de un paquete de rubio, y le dije que no había fumado, un pitillo, en los últimos 10 años, antes de agarrarlo entre mis dedos. Maya, me preguntó por los fantasmas. Una espiral de humo escapó de sus labios mientras hablaba, luego se giró en el aire y cayó desde el balcón. Yo, comenté que tuve una novia en la universidad, que era dueña de un pazo de vides. Finalmente, decidimos ir a comprar vino. A menos de 500mts, había  una bodega que tenía todas las variedades del grial de las uvas. Encontramos una joya de Cabernet Sauvignon y se rebuscaron en los bolsillos dispuestos a gastar hasta el último céntimo, en tan preciado caldo. Lo subimos a casa y lo  descorchamos en la cama, tamaño doble, de Leo. Y el vino cayó.




Dejando unas manchas rosas, en aquellas blancas e inmaculadas sábanas, las mismas,  que terminaron hechas jirones y Maya se cubrió, con ellas, como una niña pequeña disfrazada de fantasma. Se acabó el vino y Maya, intuyó mi debilidad por la cosas dulces. Así que compartimos vasos —de chupitos— repletos de Schnaps de melocotón. Cómo, hasta el día de hoy. Ya no puedo comer melocotones, sin recordar el sabor de su lengua, en mi boca. Maya, espeto:—Leo, háblame de tus exnovias.—Uff! ¿De verdad? Vale.  Mi primera novia a largo plazo fue un dolor de muelas. Recuerdo, como en nuestro primer año, de novios me llevó a una gasolinera a comprar condones de una máquina expendedora y después, fuimos a una bodega, a comprar una botella de Mistela. No emborrachamos y ella acabó con una tremenda diarrea. Ya ves, qué movida. —Wooauu. Es terrible.— Por eso, no quiero hablar de la exnovias. Háblame de ti, Maya. Tienes algo muy auténtico y no logro adivinarlo. —Tengo hambre. —Sí. Pues, mira, creo que ahí, en ese mueble de la cocina, hay un poco de empanada gallega y en otro armario de arriba. Voilà! Una botella de Ribeiro.—Guay! Hay cena. Bebimos en  unas tazas antiguas para el vino de Ribeiro —recuerdo de una promoción—, hasta que mis labios se mancharon del color de las ciruelas y ninguno de nosotros podía caminar derecho. Gateando llegamos al baño de mi estudio. Donde ella, no sé como lo hizo, pero tenía una Manfred Kohrs en su mano y comenzó a  tatuarme, la palabras: Baby Girl, en mi muslo interior, mientras mi piel seguía pegajosa del roce y el sudor. Entonces, le pregunté:— ¿Y no crees que deberíamos limpiar, primero, la piel? Ella, ya estaba sumergiendo la aguja en mi carne. La tinta negra goteaba sobre la baldosa blanca del suelo de la toilette. Luego, me besó en la frente y me dijo que no me preocupara.—Eres un chico muy guapo y bueno.—Yo, le dije: Tú, si que eres una femme fatale, pura. Me recuerdas a Uma Thurman en Kill Bill y se sonrojó. Le dije que era muy sexy. 



Además, le recordé que, el hecho, de ver su sudor, como quedaría estampado en mi piel, para siempre, era algo majestuoso. Maya, cogió el tranquillo y comenzó a hablar de todos los chicos que había conocido hasta hoy. Y también, comentó sobre todos los vinos que recordaba haber consumido. Le pregunté, si creía en fantasmas. Me dijo que no lo sabía. No lo tenía muy claro, mientras me agarraba de la pierna: los dedos presionaban profundamente en la cicatriz de la safena y comentó:— ¡Vaya, ésta no suena como una historia de fantasmas! —Dejando una sonrisa maliciosa. Le pregunté entonces si sabía lo que era la obsesión, y me dijo que no lo sabía. Pero me indicó que había visto muchas películas, en las que los protagonistas estaban obsesionados por todo.—Me entró una gran carcajada. Luego, pensé, si estaba seguro de que los fantasmas no frecuentan las tiendas de conveniencia. Me desvanecía y quedé entre la tierra de Morfeo y el balcón de las maravillas. Durante un espacio de tiempo no noté nada ni escuchaba a nadie. Después, Me vi en la silla de mi estudio y terminé haciéndome  varias preguntas: ¿Por qué podría sentir sus dedos en mi cabello, saborear la dulzura de su piel, verlos vagando por los pasillos de la bodega, buscando a la chica que solía ser? Insistí. En ese porqué. No entendía, el que, ya no pudieran reconocerme, aunque caminasen a través de mí. A veces, surgían como aquellas exnovias que emergían como apariciones de la persona que una vez fui. ¿Por qué nunca creyeron darse cuenta cuando grité sus nombres a través de las cinchas de la cordura? O, quizás, ingenuo de mí. Nunca aprecie que las palabras resonaban y rebotaban entre todas las botellas de vidrio, De repente,  me desperté y vi a Maya coger una cucaracha enorme con la mano y tirarla desde el balcón. Vimos cómo se caía, al vacío, parecía una nave espacial de Alien. Un rastro de humo continuo la siguió mientras, la blattodea, flotaba por el aire y se estrellaba contra el asfalto oscuro. Estábamos en un piso lo suficientemente alto, como para ver exactamente, dónde cayó. Aunque, eso sería imposible.



Luego, Maya aseveró: me encanta esta altura, es lo suficientemente elevada para entender mejor las auténticas historias de fantasmas. Entonces me pidió que entrase y la seguí hasta su apartamento, ya no estábamos en mi estudio. El suyo, era muy grande y tenía unos techos de cenefas muy antiguas. Vi, algo que me dejó muy pensativo: Había un ramo de estolones muertos dispuestos en un jarrón sobre la mesa. Me ofreció una copa de vino, y no tuve el coraje suficiente, para decirle que ya estaba demasiado borracho, por mi propia pena, así que le dejé servirme. Bebimos de nuestros vasos, dejamos que la bebida de color Burdeos se derramara por las esquinas de nuestros labios, mientras nos reíamos de nuestras propias sombras en la pared. El olor a flores podridas llenaba el aire. Reorganizó el jarrón de tallos muertos, luego lo arregló de nuevo y me dijo que lo había hecho, especialmente, para mí. Porque, a partir de ahora, todo lo haría por mí y para mí. Me hice la pregunta de rigor; —¿por qué, yo? De repente, me besó como una madre a un bebé, y le dije que la amaba. Aquellos labios los sentí en mis pulmones y  quería inhalar aquellos efluvios. Terminó la última copa de vino mientras le decía: "Dime que tú también me amas". Las últimas gotas de la botella se deslizaron por su garganta y terminaron en una dura deglución. Alcancé su mano, pero ya estaba a medio camino de la puerta; pasó justo a través de mí y se dirigió hacia la bodega. Grité su nombre, casi implorando a Dios. Pero, lo único que salió fue una bocanada de humo con forma de calabaza.



                                                                         FIN



                         Dedicado a todas las víctimas de los accidentes de AVE en Daimuz y Urda





Fotogramas adjuntados

Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1941) By Victor Fleming

The Changeling (1980) By Peter Medak

Psycho (1960) By Alfred Hitchcock

The Haunting of Hill House (2018) By Mike Flanagan








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