Inspectores y náuseas bajo cero

 


Llevaban mucho rato de pie, esos dos tipos, por los escalones, de aquella mañana gélida y cruda, del corto febrero. Después, de colocarme las lentes, observé a un hombre y una mujer. Ella, alta y huesuda, con el rostro enrojecido por el frío, había estado aquí antes. De repente se escucha: —“Hola, Ahmed”, y se acercó a la puerta.

Cuando abrió la boca, un diente frontal astillado se asomó. Lo había notado la primera vez que había pasado por allí; era una de esas cosas que una persona normal habría arreglado de inmediato. El hombre que estaba detrás de ella empañaba sus lentes con cada respiración. Ambos vestían chaquetas de invierno con capuchas grandes. Su auto compacto estaba estacionado en el camino de la entrada. —Ella no dijo ni una palabra. Sus mejillas se encendieron con un rubor no deseado. —Luchó contra el impulso de cerrarles la puerta en las narices.

—“¿Podemos entrar?” —dijo la mujer, y bajó los ojos, como si la imposición realmente le doliera, porque tenía mucho respeto por la privacidad personal.

Usaron un cierto tono, como si no creyeran que los entendías, y emplearon una manera fingida y halagadora. Tenías que estar seguro de no caer en la trampa. Se preguntó dónde lo habían aprendido, o si solo las personas con talento (actores prometedores como estos dos) encontraban trabajo en este campo. —Mauro babeaba en su muñeca, y notó que la sostenía como un escudo.

La mujer dio otro paso adelante. El hombre se quedó en las escaleras. Se quitó las gafas y las limpió con un paño. La mujer miró expectante a su colega y luego a ella. —“¿Qué tal si pasamos a charlar, Ahmed? “Murmuró algo en la respuesta, abrió la puerta de un empujón, y se vio a sí misma, haciéndose a un lado y permitiéndoles la entrada. —Sus chaquetas crujieron como cristal eslovaco.

Los colgaron en los ganchos sobre la bolsa de papel llena de correo, cartas que probablemente habían firmado ellos o alguien con quien trabajaban. Ninguno de los dos pareció darse cuenta. Se quitaron los zapatos, dejando al descubierto los calcetines; el suyo tenía un agujero en un dedo gordo del pie.

Y luego se movieron más adentro de la casa. Con movimientos silenciosos. Ávidamente. Incluso si se trataba de una visita puramente rutinaria, se acercaron a su botín con una excitación ardiente y mal disimulada. Se quedaron mirando en un cálido silencio, a través de sus ventanas sucias, absorbiendo la vista. Su perspectiva. Se dieron la vuelta y miraron la chimenea; su pequeño control remoto blanco estaba sobre la mesa de café a pesar de haberse acabado el gas y que ya no se podía encender. Miraron el cuadro de la pared del fondo, su cuadro, el que supuso que había sido robado cuando Albert, el cartero, se lo dio. Ya habían enviado a un tasador, que había revisado todo. —Ella los observó. —“¿Te importa si nos sentamos aquí?” preguntó la mujer, sosteniendo una mochila que tenía el logo de la Autoridad Francesa de Delitos Económicos.

 


—Ella asintió y trató de recomponerse, ordenar sus pensamientos. Se sentaron en el mismo sofá. —Se escuchó preguntar si querían café. Lidiando por tintinear neutralidad. Cortés, pero no demasiado. —“Claro”, dijo la mujer, sorprendida. “¿Por qué no?” Ella hizo una pausa. —Sintió una leve náusea. “Eso sería encantador", continuó. "Si no hay problema”. —La mujer miró a Mauro, que estaba sentada en el suelo con el cable. Sacudió la cabeza y cansadamente se hizo eco de las palabras de la mujer, en un tono que bordeaba el sarcasmo. Algo que debería moderar, para no ser tan descarado. —“No, no es ningún problema en absoluto”. No quería parecer desafiante. No quería demostrar que lo que decían o hacían la afectaba de alguna manera. Se suponía que debía ser indiferente. —Tan frío como el lodo helado de afuera. Encendió la máquina de café, que había llenado con los últimos granos del brebaje que le quedaban, de unos días antes de su última dosis, y el sonido ahogó todo lo demás. Preparó dos tazas, aliviado porque ninguno de ellos pidiera leche, ya que ella no tenía y no la había tenido durante mucho tiempo, aliviada de que hubieran dejado de curiosear. Pero ahora sus ojos estaban puestos en ella. La luz gris oscurecía y ensombrecía sus contornos. —No podía creerse que estuvieran aquí.

Rebuscó en la cocina y encontró un paquete de galletas que había estado en el armario desde que su cuñada Hannah las había traído. Las colocó en un plato japonés y dejó el plato y las tazas en una bandeja, que llevó y colocó sobre la mesa de café. Aunque vio que ellos vieron la perfección en ese acto, su presencia la hizo sentir como una niña. Se había movido por la cocina como si no fuera realmente suya, y habían seguido cada uno de sus movimientos. Probablemente debería vestirse, ¡Pero qué diablos! Su maldita bata, la bata de él, esa bata sucia donde los rastros de su piel se mezclaban con la leche materna y las heces de su hija, habían costado más que todo lo que llevaban puesto juntos.—Pero ellos sabían eso.

Sabían de cada una de sus posesiones. Quizás no estos dos, específicamente, pero alguien en algún lugar lo sabía. Tenían fichas de hasta la última corona.

Todo estaba documentado, cada una de sus compras, cada paso que había dado, o eso parecía. Fotos de ella en aviones y en la relojería. Entradas a Tailandia y Brasil, membresías en gimnasios, dermatólogos, relojes, joyas, autos, botes. El perro y el caballo; tenían cada uno su propia columna. —Eran peores que los policías.

 

 


Eran polis, había dicho Ahmed. La policía, la Autoridad de mil agencias: la Agencia Tributaria, la Caja del Seguro Social, la Autoridad de Delitos Económicos, la Fiscalía de Aduanas, la Dirección General de Migraciones. Todas las agencias gubernamentales trabajaron juntas y compartieron información sobre las personas de la lista. Cuando se dio cuenta de que era una de esas personas, leyó todo lo que pudo sobre el decomiso civil, y ella esperó a que él dijera: Es solo dinero. Pueden tomar lo que quieran; hay más en camino. —Pero nunca lo hizo. La mujer revolvió su café con una cuchara. —"Ahmed, siéntate", dijo. Se sentó en el sofá frente a ellos. El hombre tomó una galleta, se la metió en la boca y luego se lamió las migas de los labios. Podía oírlo masticar y tragar, y el aroma del café la desgarró. Debería haberse sentado para empezar, no debería haberles permitido ver que no quería sentarse.

Para pronunciar las palabras, se aclaró la garganta. —“¿De qué va todo esto?” — Dijo ella — “Sabes muy bien de lo qué se trata. Estamos aquí por el embargo de bienes”. —La mujer la miró preocupada y sacó una carpeta de plástico de su mochila. Sacó una página y se la entregó. —Ella lo tomó. —Miró a Mauro y su cable y luego al periódico, aunque no quería. —Y ponlo sobre la mesa. Usando dos dedos, la mujer lo empujó más cerca de ella. —La mujer la miró fijamente.

“Bueno, sí, de hecho lo haces. “No? Desde que se llevó a cabo esta investigación, hemos determinado que sí. Esto de aquí es su deuda con la Agencia Tributaria, que nos ha sido entregada para su cobro. Esto ya lo sabes. Se limpió una gota de café de la boca.

“Después de concluir la investigación, se le informó del resultado y desde entonces llamamos y enviamos cartas… Intentamos comunicarnos con usted. Y, por supuesto, esta no es mi primera visita”.

La mujer hizo una pausa. Cuando volvió a abrir la boca, sonaba más comprensiva. —“Y como hemos hablado antes, quería venir en persona, antes del desalojo, para asegurarme  que tenga claro lo que está por llegar”. —“Seguro.”




Fue todo lo que pudo decir. —Podía oírse a sí misma respirar. Un gorrión se posó en la barandilla de la terraza. Picoteó la madera.Los ojos de la mujer estaban muy abiertos, compasivos. —“Los bienes serán embargados para cubrir su deuda tributaria pendiente. Esto siempre ha estado en las cartas. Esa decisión se tomó hace mucho tiempo, pero creo que es importante que entiendas, realmente, lo entiendas, Ahmed, y, que va adelante”.

“De acuerdo entonces.”. —Mauro golpeó el suelo con el cable. Notó que la niebla se había disipado y que el viento azotaba los juncos secos. Un colimbo de garganta negra voló sobre el lago. Había un lugar desconocido en la ventana, pegajoso y blanquecino, que no había notado antes. Se quedó mirando el lugar durante un buen rato, hasta que se sintió obligada a volver su atención a la mujer. —“Se han evaluado sus ganancias y gastos de los últimos años, sus viajes y la propiedad de, entre otras cosas, esta casa.” La cual, está libre de hipoteca. “Observó cómo se movía el rostro de la mujer mientras hablaba. Sus poros a lo largo de los lados de su nariz estaban agrandados, algunos obstruidos.A regañadientes, se encontró con su mirada. —“Y los activos líquidos imponibles han sido evaluados, pero eso lo sabes.” También te han remitido a la Agencia Tributaria, empero aún no has realizado ningún pago. “Miró a la mujer, al papel sobre la mesa, y sintió que la habitación se movía. Cayó detrás de ella, el suelo se abrió, las paredes se separaron, miró a Mauro

—"¿Cuándo sucederá?”—preguntó alucinada.

—“Bueno, la solicitud está programada para la próxima semana, lo que significa que será, a ver…, en nueve días. Y en ese momento también confiscaremos un vehículo, es decir, su automóvil... El que está estacionado afuera, ¿correcto?—Supongo.” Uds. Saben más que yo. El gran pájaro blanco y negro se elevó en el cielo, con las alas extendidas. Uno de ellos parecía estar apuntando directamente hacia el cielo. El cristal a prueba de balas no dejaba pasar ningún ruido, pero se imaginó el grito del pájaro latiendo sobre el lago, sobre todo lo que había al otro lado del cristal. —“¿A dónde se supone que debo ir?”—No había querido decir eso en voz alta. Como para subrayar la humillación, la mujer no respondió. Algo surgió del vacío interior: Náuseas y vómitos. Se fue la luz y dejó de respirar.

 

                                                                            FIN


                                Dedicado a Lluís Llongueras mayo1936/mayo2023 In Memoriam                                                 

 

 Fotogramas adjuntados

 Our Dayly Bread (1934) By King Vidor

1923 By Taylor Sheridan (2023)

Mildred Pierce (1945) By Michael Curtiz

Places in the Heart (1984) By Robert Benton                                 



 





 

                                     

Walter Benjamin: aquel hombre sabio que amaba las puestas de sol lisérgicas de Ibiza


 


Hoy siento un pequeño cosquilleo a la altura de esófago, pues, no todos los días se tiene el placer de hablar de unos de los mayores genios del pensamiento filosófico y literario. Además, no todo el mundo sabe que el maestro Benjamin fue un viajero consumado. En sus últimos años de vida, hasta su desgraciado final. El maduro profesor quiso hacer lo que siempre le gustó a lo largo de su vida; observar y escribir. Lo que nunca me imaginé fue un día en Ibiza —en aquellos años— donde la libertad afloraba en cada poro de tu piel, iba a ser que un zumbado guiri de Friburgo, me llevase al lugar donde vivió el gran Walter Benjamin, en San Antonio (Ibiza). Ya ha llovido mucho, de aquel año 1984, cuando con apenas 15 años, me curraba 16 horas al día, al servicio de todas las huestes del turisteo. Sin embargo, WB, andaba centrado en el proyecto crítico de ubicar un umbral entre el París del siglo XIX y el Berlín del siglo XX que revelaría una afinidad entre dos épocas. Juntos, constituyeron los parámetros de la modernidad. Estas épocas representan para Benjamin la piedra angular del fascismo y ofrecen valiosas pistas para una interpretación de la crisis histórica del tiempo y actúan como presagio para las generaciones futuras. Benjamin asoció el surgimiento del terror fascista con el colapso del origen que separaba a los muertos de los vivos, un umbral que se había vuelto cada vez más ambiguo con la guerra colonial global y el llamado a la movilización general de la población civil. Estaba fascinado por el proyecto de recopilar relatos de los muertos por venir, ya sea en el caso del suicidio heroico o de los trágicos cuerpos desechables que el nacionalsocialismo finalmente erradicó al declararlos indignos de vivir. Entonces se hizo difícil identificar a un solo líder en la maquinación de este nuevo sistema de violencia que brotó del cuerpo del Estado. Eventualmente, Benjamin reconoció al flâneur como una figura improbable del conspirador, así como su contraparte posterior, las nauseabundas camisas pardas fascistas destruían a su paso todo tipo de concepto de inteligencia humana. Esta interpretación del flâneur se explica por la fascinación que Benjamin sentía por Baudelaire, un personaje en la frontera entre el héroe y el matón. El espectro de la multitud nunca está lejos de esta escena de peligro físico. Allá por el invierno de 1932 no le impidió quejarse sobre lo que parecía ser una oportunidad perdida: el centenario de Goethe estaba arrancando y, “como la única persona además de a lo sumo dos o tres que saben algo sobre el tema, por supuesto tengo ninguna participación en él”.Y concluye, con un comentario de soslayo vistazo a la posibilidad de conocer a Scholem en algún momento de la curso de su próxima visita de cinco meses a Europa: “Planes que no puedo hacer. Si tuviera algo de dinero, me largaría antes de que pase otro día”. Como sucedió, después de todo fue llamado a participar en el Goethe centenario contribuyendo con dos artículos: una bibliografía comentada de obras significativas sobre Goethe desde la época del poeta hasta el presente y un ensayo de revisión sobre estudios recientes de Fausto, en un número especial de Goethe del Frankfurter Zeitung. La ganancia inesperada le proporcionó ingresos suficientes para escapar de Berlín. De su viejo amigo Felix Noeggerath, el “universal genio” a quien había conocido por primera vez en la Universidad de Munich en 1915, me enteré de un lugar de vacaciones único en el archipiélago balear frente al costa este de España, un retiro isleño virgen que ofrece algo como el polo opuesto a su actual existencia metropolitana, y el posibilidad de vivir prácticamente con nada. La renovación del contacto con  Dos piezas de este tipo derivadas de historias contadas en el mar y en la isla son “El pañuelo” y “La víspera de la partida”.

 

 


 

La primera de estas piezas, que aparecería en el Frankfurter Zeitung de noviembre, y que medita sobre el “declive en la narración” y la relación del arte de contar historias no  sólo a una cierta ociosidad sino a la sabiduría o "consejo" (a diferencia de “explicación”), anticipa directamente el ahora famoso ensayo de 1936, “The Storyteller”. Desde Barcelona cogió el ferry a la isla de Ibiza, la más pequeña y (en ese momento) menos turística de las Islas Baleares, donde, en su llegada a la ciudad de Ibiza, capital de la isla y principal puerto, supo por Noeggerath que ambos habían sido víctimas de una estafa. Noeggerath no solo había sugerido Ibiza como el objetivo del viaje de Benjamin, sino que aparentemente le proporcionó los medios para prolongar su estancia allí, poniéndolo en contacto con un hombre que le prometió alquilar su apartamento en Berlín mientras estaba fuera; este mismo hombre también había alquilado una casa en la isla a los Noeggerath, quienes generosamente le ofreció a Benjamín una habitación. Benjamin se había decidido rápidamente por estos arreglos y contaba con los ingresos mensuales para su subsistencia en España. Al final resultó que, su subarrendador y propietario de Noeggerath era un estafador. Ocupó el apartamento de Benjamín durante una semana. Antes de huir de la policía, que lo arrestó más tarde ese verano. No sólo no se pagó el alquiler de Benjamín, sino que la casa que el estafador había alquilado a los Noeggerath ni siquiera le pertenecía. Después, cuando se descubrió la estafa, Noeggerath obtuvo permiso para  vivir sin pagar alquiler durante un año en una casa de campo de piedra en ruinas fuera del pueblo de San Antonio, cuya vivienda accedió a acondicionar a su por su propia cuenta, mientras que Benjamin encontró alojamiento por 1,80 marcos por día, comidas incluidas, en una “pequeña casa campesina en la bahía de San Antonio Noeggerath es solo uno de los giros sorprendentes en la vida de Benjamin en esta vez. Aunque ambos habían estado viviendo en Berlín durante años, habían perdido completamente el contacto el uno con el otro; ahora, la mera mención de Ibiza, por parte de Noeggerath, Benjamin hizo las maletas y huyó de la ciudad para lo que sería la primera de dos largas estadías en la isla española. A pesar, de la devaluación del marco. La situación de la economía alemana era paupérrima, pero compararla con la pobreza de un país como España, lo marcos daban para muchos chupitos de hierbas de la tierra. Eso, se tradujo, en fantásticas noticias para Benjamin, quien por entonces, su bolsillo sólo acumulaba polilla. La adversidad se estaba cebando con él y gran parte de la población, de origen judío. Realmente, es tremendo que un intelectual de su talla que pertenecía a una de las familias más ricas de Berlín estuviera con la soga al cuello. Empero, las bondades, (permítanme el sarcasmo) de la nazificación, trajo, en muy pocos años, el exterminio de la raza judía, gitana, negra, discapacitados y LGTBI. Él, acabó perdiendo su apartamento en Berlín por “violaciones del código” entre el subterfugio de los supuestos estafadores, y su trabajo para los muchos periódicos alemanes, que colaboraba. Así como sus historias de radio para niños, serían finiquitados. Su hermano Georg, un ferviente comunista, sería internado en un campo de concentración en 1933. Volviendo a su viejo amigo Noeggerath, Benjamin, no dudo, al aceptar la invitación. Sin duda, las drogas eran importantes para Benjamin, versado en las divertidas excelencias del hachís —que ya había probado— en el Berlín, a finales de los años 20. Confirmaron su aproximación a la realidad y la revolución, al arte y la política, un acercamiento moldeado y agudizado por su experiencia en Ibiza. Permaneció en la isla dos meses, regresando por otros seis en el verano de 1933. La hermosa y primitiva Ibiza fue para Benjamin, además de un lugar apacible y retirado, un sitio, donde poder reflexionar respecto a su propia vida —rememorando su pasado y tratando de hacer planes para un inminente futuro pleno de incertidumbre—, un espacio ideal para la indagación y el estudio de unos de los asuntos que más le preocupaban: las relaciones entre lo antiguo y lo moderno.

 

 


 

En aquella “pobre isla del Mediterráneo”, el mundo parecía seguir siendo como había sido siempre, y sólo había empezado a verse perturbado por la presencia de viajeros que, como el propio Benjamin, llegaban de un mundo en crisis, un mundo en el que la experiencia de lo nuevo había desplazado, a menudo de forma traumática, cualquier otra experiencia surgida de la tradición. Inalterable durante siglos, ignorada por el resto de Europa, Ibiza empezó en los años treinta a convertirse en foco de interés para los viajeros y lugar de refugio para otros. En 1932, sin embargo, todavía estaba al margen del comercio internacional y la modernidad en general, cuyas comodidades simplemente no existían allí. Benjamín no tenía quejas. Por el momento, disfrutó de una especie de satisfacción realzada por el esplendor del paisaje, el "más intacto" que jamás había visto. Tristemente, se enterró en su pasado remoto, escribiendo sobre su infancia en Berlín. Sin embargo, también escribió satíricamente y al detalle de su entorno. Ese otro “pasado remoto”, o al menos eso le pareció, este “puesto de avanzada de Europa” aparentemente intacto por la modernidad. Aquí, pudo enfrentar de frente su idea central sobre la modernidad, la cual, atrofiaba la capacidad de experimentar el mundo y contar historias. En el esplendor alucinatorio de Ibiza, con su futuro lanzado al viento, Benjamin formuló los que yo consideraría sus textos principales —sobre el narrador y sobre la facultad mimética— además de inventar nuevas formas para el ensayo como género cruzado que vinculaba ilusiones,  figuras de pensamiento, narración de cuentos y etnografía. Casualmente, cuando uno recurre a este género cruzado, en los que los escritos más conocidos de Benjamin pierden gran parte de su oscuridad. Leer su famoso ensayo “The Storyteller”, por ejemplo, es experimentar lo que el teórico literario Ross Chambers confesó una vez: “Cuando leo a Benjamin, creo que es el material más brillante que he leído. Cuando termino de leer, no puedo recordar nada”. Pero si lees las propias historias de Benjamin, como “El pañuelo” o su relato ficticio de cómo toma hachís en Marsella, entonces en un instante entendemos “El cuentacuentos”. Benjamin, a través, de la técnica del viaje, que consistía en recolectar y crear historias a través de una mezcla de “figuras de pensamiento” regidas por un interés galopante por la mímesis, una sensibilidad hipertrofiada por las similitudes. Esto no es diferente a lo que Proust pretendía con mémoire involontaire, pero esta destreza de viaje era histórica y cósmica tanto como personal. Este Benjamín ibicenco, casi pages isleño, el Benjamín narrador, se encuentra varado como una ballena, un narrador fuera de la historia, practicando lo que él mismo decía muerto. Se levantaba a las seis o las siete, nadaba en el mar y miraba a lo lejos. Luego se refugiaba en la maleza del bosque. Leía, garabateaba y tomaba el sol apoyado en el tronco de un árbol. Así pasó muchos días largos privados de casi todo, de “luz eléctrica y mantequilla, licor y agua corriente, coqueteo y lectura del periódico”. Hacia las dos volvía a almorzar con sus anfitriones y jugaba un rato a las cartas o al dominó antes de irse a perder el tiempo al café. A las nueve de la noche, o a las diez y media a más tardar, se retiraba a su habitación —habitación que compartía con “trescientas moscas”— y se sumergía en un libro. Leer las propias incursiones de Benjamin en la narración es sumergirse en la emoción de cruzar géneros y ver al crítico convertirse en practicante, como con los cuentos que absorbió mientras viajaba en tercera clase en el barco Catania durante once días desde Hamburgo a Barcelona en ruta a Ibiza en 1932: cuentos fertilizados por la monotonía de la vida del barco, luego recreados en otra forma por Benjamin. También están los episodios etnográficos a modo de cuento que aparecen en sus cartas desde Ibiza a Gretel, Adorno, y la escultora Jula Cohn. Una carta a Cohn, escrita en el cuadragésimo cumpleaños de Benjamin y titulada “In the Sun”, fue destacada por su amigo Gershom Scholem, un estudiante de toda la vida de la Cábala judía, por su “misticismo” y “poesía”: Es obvio, que el hombre que caminaba sumido en sus pensamientos no era de aquí; y si, cuando estaba en casa, le venían pensamientos al aire libre, siempre era de noche.


Con asombro recordaba que naciones enteras —judíos, indios, moros— habían construido sus escuelas bajo un sol que parecía hacerle imposible pensar. Este sol le quemaba la espalda. La resina y el tomillo impregnaban el aire en el que sentía que luchaba por respirar. Un abejorro le rozó la oreja. Apenas había registrado su presencia cuando ya estaba absorbido por un vórtice de silencio. Este extraño que caminaba sumido en sus pensamientos era el hombre que antes había reclutado la “intoxicación” para la causa revolucionaria con el argumento de que podía abrir la "esfera de la imagen largamente buscada" y, por lo tanto, inervar el “cuerpo colectivo”. Así, era el hombre que en ese mismo ensayo (“Surrealismo: la última instantánea de la intelectualidad europea”), publicado en 1929, dos años después de haber probado el hachís por primera vez, había advertido contra el hechizo del misticismo y las drogas, abogando en cambio por una “iluminación profana” que reconocía el misterio de lo cotidiano, la cotidianidad del misterio. ¿In the Sun logra esto? ¿Fue realmente escrito sobre drogas, como sugiere Valero, o es una intoxicación metafórica y no real, y esta distinción importa? El contrapunto al sol era la luz de la luna, como en la nota de Benjamin de 1932 “Sobre la astrología”: En principio, los acontecimientos en los cielos podrían ser imitados por personas de épocas anteriores, ya sea como individuos o como grupos. El hombre moderno puede ser tocado por una pálida sombra de esto en las noches de luna austral en las que siente, vivas en sí mismo, fuerzas miméticas que creía muertas hace mucho tiempo, mientras la naturaleza, que las posee todas, se transforma para parecerse a la luna. La mimesis fue fundamental para la teoría del lenguaje de Benjamin, tal como lo fue, creo, para su teoría de la historia. En Ibiza, Benjamin peleó contra el gato y el perro con su nuevo amigo, el pintor Jean Selz, sobre ciertos aspectos de esta teoría. Benjamin había contratado a Selz para que lo ayudara a traducir su ensayo sobre la infancia en Berlín al francés, a pesar de que Selz no sabía nada de alemán. Cuando Benjamin afirmó que la forma de una palabra estaba relacionada con su significado, Selz explotó: “Si la palabra cacerola pareciera un gato en un idioma determinado, dirías que es gato”. “Podrías tener razón”, objetó Benjamin, “pero solo se parecería a un gato en la medida en que un gato se parece a una cacerola”. Durante esta primera estancia en Ibiza, Benjamin formó una relación con Olga Parem. Ambos, decidieron, explorar la isla  y dieron largas salidas a pie y en barco. Sin embargo, tan pronto como él le propuso matrimonio, ella lo dejó. Incluso en nuestro tiempo, cuando según Benjamin hemos perdido gran parte de la capacidad de percibir la similitud, la facultad mimética sobrevive vigorosa como “la expresión más consumada del significado cósmico”, dada al recién nacido “que aún hoy en los primeros años de su vida evidenciará el máximo genio mimético al aprender el lenguaje.” La mímesis no es menos crucial para la historia misma, como lo atestigua su oracular “Tesis sobre la filosofía de la historia”, escrita poco antes de su muerte en 1940, que combinaba un giro anarquista del marxismo con el misticismo judío: “El pasado puede ser aprehendido sólo como una imagen que destella en el instante en que puede ser reconocida y nunca se vuelve a ver.” El truco está en “retener esa imagen del pasado que inesperadamente se le aparece al hombre señalado por la historia en un momento de peligro”.




En sus dos ensayos sobre la experiencia de (solo) una noche fumar opio con Benjamin en lo alto del puerto de Ibiza, Selz recuerda que Benjamin incluso acuñó un término especial, en francés, sería mêmite, para todo esto y señala que para Benjamin esto estaba vinculado a “un sentimiento de felicidad que saboreaba con especial cuidado”. (Tal goce es una faceta significativa, no menos desconcertante, de la mémoire involontaire de Proust, y podemos señalar que Benjamin cotradujó dos volúmenes de Proust a fines de la década de 1920). Si bien, lo más importante de leer los textos de Benjamin escritos bajo la influencia de las drogas, es cómo puedes volver a leer en todo su trabajo gran parte de esta misma mentalidad de “drogas”; en sus días de estudiante universitario, discutiendo largamente con la filosofía de Kant, afirmó, según Scholem, que “una filosofía que no incluye la posibilidad de adivinar a partir del café molido y no puede explicarla, no puede ser una filosofía verdadera”. Eso fue en 1913, y Scholem agrega que tal enfoque debe ser “reconocido como posible a partir de la conexión de las cosas”. Scholem recordó haber visto en el escritorio de Benjamin unos años más tarde una copia de Les paradis artificiels de Baudelaire, y que mucho antes de que Benjamin tomara drogas, habló de “la expansión de la experiencia humana en alucinaciones”, que de ninguna manera debe confundirse con “ilusiones”. Kant, dijo Benjamin, “motivó una experiencia inferior”. Yo creo que Walter Benjamin era feliz en aquella barca así un exilio que duró hasta el día que se marchó a Niza donde se planteó quitarse la vida al vislumbrar el ascenso al poder de los nazis. De ahí se marchó a París donde buscó el apoyo de otros filósofos marxistas como Adorno o Horkheimer donde malvivía con lo poco que cobraba como profesor. El plan era cruzar a España, luego a Portugal y finalmente subirse a un barco y llegar a Estados Unidos. Su amigo y compañero de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, le había conseguido las visas necesarias para estar de tránsito en España y para entrar en Estados Unidos donde lo esperaba. Su muerte, la cual, llegó por una sobredosis de morfina autoadministrada —hay cierta polémica, al respecto—  Benjamin tomaba morfina por sus continuos desajustes coronarios, ya que padecía cardiopatía isquémica. Un vez certificado el fallecimiento en la villa de Portbou, todos sus amigos e incluso lugareños aportaron dinero, para celebrar su entierro, en un cementerio católico, con el aval del médico que dio como causa del fallecimiento, por aneurisma cerebral. De algún modo, se evitaba el acercamiento de la Gestapo y la policía de Franco. El 26 de septiembre de 1940 falleció, en Portbou, uno de los hombres más inteligentes y buenos que habitaron este planeta y adoraba las puestas de sol en la hermosa Ibiza.

 

                                Dedicado a Harry Belafonte marzo 1927/ abril 2023 In Memoriam

 



Fotogramas adjuntados


Walter Benjamin fumándose un porro

Walter Benjamin jugando al ajedrez con  Bertolt Brecht en Dinamarca

Walter Benjamin en la barca del pescador Tomás Varó junto a Jean Seltz y Paul-René Gaugin

Walter Benjamin tomando un refresco en la terraza del Migjorn en Ibiza con el matrimonio Seltz y unos amigos franceses

Walter Benjamin con Margot Von Brentano, Valentina Kurella, Walter Bejamin, Gustav Glick, Bianca Minotti, Bernard Von Brentano y Elisabeth Haytman en la celebración fin de año 



 


 Bibliografía consultada y recomendada

 

Walter Benjamin: A Critical Life  By Howard Eiland &Michael W. Jennings  2014 Ed. The Belknap Press

 

Experiencia y pobreza: Walter Benjamin en Ibiza  por Vicente Valero 2017 Ed. Periférica

 

Sobre el hachis: Protocolos de experiencias con drogas by Walter Benjamin 2014 Ed. José J. Olañeta  

 

 

 

 



Anne Sexton; la tragedia del trastorno bipolar, luchando desde el diván y pensando cómo matar a un genocida


 

Uno sale del invierno más loco de los que he conocido en 50 años recordables. Nunca se había visto unas nevadas tan grandes en las comarcas altas de Tramuntana. Días de aguanieve en Formentera y copos blancos en Ibiza. Un espectáculo muy villacinquero y entrañable. Pero yo quiero a mi tierra, en pleno, esplendor veraniego. Todo como si el mayor necio del mundo, envuelto en calzoncillos de genocida versus Hitler/Stalin, para mayor gloria, de nombre Vladimiro, y entre la cofradía de los dictadores, en activo; Putin. Ese mierda que hizo carrera en el viejo KGB (judoka de Petrogrado) y feto malnacido; ha estado saqueando y bombardeando más de 40.000 veces al pueblo ucraniano. ¿Se imaginan los falleros de la terreta 40.000 mascletás durante más un año? Hablamos de petardos no misiles ni cohetes demoledores. Mi tesis es que la gran cantidad de trilita y sustancias detonadoras que se han esparcido, han hecho que la tierra crujiera entre Turquía y Siria (otra de las grandes tragedias de este maldito invierno) y de ahí, que el Mediterráneo, haya sido una pesadilla tan horrible como las sufridas; por una de esas escritoras que le quitan a uno el hipo. Pensarán que soy algo sádico por escribir, anteriormente, sobre una vieja amiga de la hermosa Anne, la bella Sylvia. Todo lo contrario, lo mío, es admiración por las grandes amanuenses. Amigas y compañeras de taller literario. Ambas se marcharon por la vía rápida del gas y su versión del CO2. Afortunadamente, hemos podido leer, en estos días —de asueto— de final del jodido invierno: ya es primavera, al fin, en un hermoso lugar muy cercano al continente africano. La biografía de Anne Sexton —es pura fascinación y hemos decido contarles una vida, que a uno le compunge y le entristece. Pues, los males de la mente, no se los deseo ni a mi peor enemigo. Bueno, sólo a uno, al citado al principio, todo lo peor del mundo, sí y sólo sí, al puto Vladimiro Putin. Ojalá pudiera ser un tirador de élite. Ya estaría en mi taller puliendo la cabeza a esa bala del calibre 7,62 para ese hijo de la gran putísima. Sí, viendo como sus sesos caen esparcidos por la cristalina agua de la piscina de su bunker. La bala la tengo, pero no sé cómo usarla. Eso, sí, les juro que esta guerra terminaría en cuestión de horas. Ahora, hablemos de Anne Sexton y su vida. Seguramente, la muerte eliminó cualquier necesidad de privacidad que Sexton pudiera haber sentido, y ella parece haber apreciado muy poca. La autorrevelación era su valor en el comercio de las vanidades. Las necesidades de sus supervivientes permanecen, pero Orne entregó las cintas a la biógrafa Diane Wood Middlebrook con el “aliento y la aprobación” de la familia de Sexton, dixit en su prólogo, esta fascinante biografía que nos hemos empapado. Etiquetada como poeta confesional, la poesía de Anne Sexton contenía una cacofonía de voces que Sexton solía explorar, con aparente honestidad intransigente, un concepto, una relación o una identidad. Además, algunos de los poemas tienen un tono purgante, como si a través de una recitación catártica, la voz tuviera la esperanza de ser limpiada, perdonada o salvada de sí misma. Se ha liberado, pero el yo es una "bruja poseída". Endemoniado es una palabra intrigante; puede significar no cuerdo, controlado por espíritus malignos, o incluso incontrolable. Aunque, poseído también significa condenado, como quizás por un esposo, un amante, o su papel como mujer en la sociedad, directamente opuesto al “salido”. “Possessed” también presagia su contención en la última estrofa mientras cabalga hacia su ejecución. Finalmente, ella es una bruja, tres variedades, cada una de las cuales domina como una estrofa en el poema. Un artículo analítico convincente señala que las poetas confesionales como Sexton se sentían excéntricas, no figurativas, en su búsqueda de identidad, en contraste con los poetas confesionales masculinos. “Her Kind” es un ejemplo perfecto de esa hipótesis. El poema hace referencia al dolor y al castigo de escribir poesía como la suya, en la que “agitó mis brazos desnudos”, desnudándose desafiantemente, lo que da como resultado llamas y la rueda. De hecho, las metáforas son adecuadas, ya que fue muy criticada por las intimidades crudas e inmoderadas de su poesía. La poesía generalmente no es no ficción, ni siquiera poesía confesional, a pesar de la definición con la que se ha atiborrado a la propia poesía confesional. Inicialmente, las tres características principales de un poema confesional eran primero, una calidad catártica, segundo, una base autobiográfica, y tercero, una honestidad pura. Anne refuta directamente que esto se aplica a su trabajo. Sus conferencias de Crawshaw proporcionan hojas de ruta inteligentes para explorar la personalidad —en primera persona— en sus poemas. Hizo que sus alumnos leyeran su trabajo, hicieran preguntas e imaginaran las respuestas que podría dar. Anne Sexton nació el 9 de noviembre de 1928 como Anne Gray Harvey en Wellesley (Massachusetts). Ella era la hija menor de una pareja adinerada que vivía un estilo de vida muy Scott Fitzgerald: una ronda interminable de fiestas, bebiéndose la piscina de alcohol y conversaciones con las tres hijas presentadas como adornos para los invitados. Su padre, Ralph Churchill Harvey (1900-1959), era comerciante de lana, y su madre, Mary Gray Staples (1901-1959); siendo la típica mujer de alta sociedad inteligente, muy anfitriona, glamorosa y caritativa. La familia pasaba los veranos en Squirrel Island en Maine con sus abuelos maternos y una tía abuela.

 


 

Para los niños había un teatro en miniatura donde los niños hacían actuaciones para los adultos. Aunque los problemas monetarios fueron pocos, la familia luchó emocionalmente. Sexton dijo que las tres niñas anhelaban la atención de sus padres, que se repartía escasamente. Sin embargo, Anne, era muy guapa, acomodada, incondicional de las fiestas y "autoindulgente”, Anne Sexton creció y aquella chica adolescente, se convirtió en una joven mujer, bonita y popular, la cual,  se fugó a los 19 años con Kayo (Alfred Muller Sexton II), quien abandonó la universidad y se transformó en un exitoso vendedor de lana. En consecuencia, se sintió cercana a su tía abuela, Anna Ladd Dingley. Cuando Anne tenía trece años, su tía comenzó a comportarse de manera errática y finalmente fue internada por una enfermedad mental. El poema, “Algunas letras extranjeras” se erige como testimonio de su apego Entonces, todavía muy joven, la futura ganadora del Premio Pulitzer comenzó a escribir poesía, pero el esfuerzo se vio truncado cuando su madre la acusó de plagiar. Un hecho surrealista, que dejaba en entredicho, la relación entre madre e hija. Su matrimonio fue turbulento pero consideró  que le proporcionaba un marco de espacio, al margen, para escribir. Sexton y Kayo estuvieron casados durante veinticinco años, y su último intento exitoso de suicidio en 1974 fue un año y medio, poco después divorciase de él. Inicialmente, Kayo Sexton, estudió para ser médico, aunque abandonó la universidad, al poco tiempo de casarse, comezó a trabajar en una empresa de lana, mientras que Anne trabajaba en una librería y como modelo. Por lo general, vivieron con los padres de Kayo o Anne durante sus dos primeros años juntos. Adoleciendo de ningún interés por la limpieza, doméstica, Sexton desafió la norma esperada del día. Su suegra contrató ayuda para cubrir el vacío. Al principio de su matrimonio, comenzó a tener aventuras. Cuando su madre la reprendió por ello, Sexton tomó una sobredosis de pastillas que la llevó a una terapia, a la cual se ataría, el resto de su vida. Al comienzo de la Guerra de Corea, Kayo se unió a la Armada y fue enviado al extranjero. Cuando regresó, Kayo se puso a trabajar para el padre de Anne y la joven pareja continuaron juntos, pero con su vida emocionalmente inestable. A menudo estaba fuera por viajes de negocios. Criaron a sus dos hijas, Linda Gray Sexton y Joyce Ladd Sexton. A lo largo de su matrimonio, la pareja peleó verbal y físicamente. Beber era un ritual diario —idéntico al de Don Draper, otro vecino de la época— que, a veces, terminaba con Kayo estallando violentamente. Las hijas fueron testigos de todo, y en más de una ocasión, tuvieron que intervenir. Anne insistió en que Kayo recibiera terapia, lo cual funcionó y la violencia finalmente disminuyó. El ambiente de enfermedad mental y violencia tuvo otras víctimas. Linda Gray Sexton nació en 1953 y Joyce Ladd Sexton nació en 1955. Linda ha escrito varios libros, dos de los cuales, Searching for Mercy Street y Half in Love, relatan las experiencias de su infancia y el desgarrador legado que deja el suicidio para los familia. Después del nacimiento de su segundo hijo, Sexton experimentó una depresión posparto severa que la llevó a la hospitalización y a un intento de suicidio en noviembre de 1956. La familia de ambos lados se unió para cuidar a los niños y vivieron con otros miembros del clan, durante un tiempo, cuando quedó claro que su la seguridad estaba en juego. Siendo los niños pequeños, por regla general, los cuidaban otros miembros de la familia. Anne escribió su primer poema a finales de 1957. Durante 1958 asistió a varios seminarios de poesía. Conoció a W.D. Snodgrass en la Conferencia de Escritores de Antioch ese mismo verano y, en el otoño, asistió a un seminario en la Universidad de Boston impartido por Robert Lowell. Ambos poetas estaban comenzando a escribir en el modo confesional y contagiaron a Sexton con un impulso poético similar pero que era únicamente suyo. Sylvia Plath también estaba en el Seminario Robert Lowell, y las dos mujeres, junto con George Starbucks, se reunían para tomar bebidas y patatas fritas en el Ritz después de la clase. Con cierta cautela debido a la rivalidad profesional, las dos mujeres se hicieron amigas. Three Martini Afternoons at the Ritz de Gail Crowther explora la relación entre las dos mujeres. El primer poema de Sexton se publicó en julio de 1958, justo antes del Seminario Lowell, y en 1960 se imprimió su primera colección de poesía en forma de libro, To Bedlam and Back Again. Su siguiente libro, All My Pretty Ones, sobre su infancia, fue preseleccionado para The National Book Award en 1962.

 

 



El tercer libro de Anne Sexton, To Live or Die, ganó el Premio Pulitzer de Poesía en 1967. Aunque los siguientes años fueron productivos, ella estaba luchando contra su enfermedad, entre lesiones físicas y agotamiento. La Academia Estadounidense de Poetas tiene una carta en sus archivos en la que casi se puede escuchar sus suspiros. Tenía un horario intensivo de lectura de poesía, pero con los típicos estallidos de energía. Entre el malestar, mental, continuó escribiendo prodigiosamente. Creó un grupo de “rock de cámara” que interpretó su poesía con música en 1968 y escribió una obra de teatro. Sexton trajo a la vista del público varios temas nuevos que antes eran tabú: la menstruación, el aborto, la masturbación y el incesto, abriendo así la puerta al discurso poético sobre el abuso y la fisicalidad femenina. En ese momento, pareció impactante e inapropiado para muchos lectores. Algunos críticos fueron especialmente duros. John Dickey escribió sobre ella: “se detuvo insistentemente en los aspectos patéticos y repugnantes de la experiencia corporal”. Sexton no fue inmune a las críticas. Llevó consigo una copia de la reseña de Dickey hasta el día de su muerte.

 

“Mis mejillas florecieron con gusanos

Los escogí como perlas

Los cubrí en panqueque

Enrollé mi cabello en rizos”.

 

Durante varios años al comienzo de su carrera, Sexton, tomó un curso de seminario de John Holmes, un poeta experimentado que enseñó en la Universidad de Tufts. Aunque admitió el don de Sexton, con las imágenes, trató de disuadirla de escribir sobre su enfermedad. Su respuesta fue el poema “Para John, que me ruega que no investigue más”. Este poema explica la esperanza que tenía de que el impacto de su tipo especial de poesía, aparentemente tan personal y vergonzoso, llegara a la gente cuando nada más podía.

 

“Y si te alejas

porque aquí no hay lección

Sostendré mi incomodo cuenco,

con todas sus estrellas rotas brillando

. . .

No es que fuera hermoso,

pero que allí encontré algo de orden.

debe haber algo especial

para alguien

con este tipo de esperanza.”

 

En 1967, Sexton ganó el premio Pulitzer de poesía por Live or Die. Al comienzo del libro, escribió que los poemas “se leen como un cuadro de fiebre para un caso grave de melancolía”. Como de costumbre, era acertada en sus metáforas, aunque poco sincera con su valor literario. En 1969, Mercy Street se representó en las afueras de Broadway y recibió buenas críticas. Love Poems también se publicó en 1969. Transformations, una colección de poemas narrativos basados en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, se publicó en 1971. Pero tanto antes, como después de publicar los icónicos, Transformations, se enfrentó continuamente a los problemas que encontró como miembro de la sociedad patriarcal, para el punto de que dudó en tomar una posición más consistente. Como se señala, al principio, Transformaciones fue un éxito de ventas, especialmente entre las mujeres. El hecho de que aquellos lectores simpatizaron con Sexton significa que podrían empatizar con las experiencias emocionales a las que se enfrentó el movimiento feminista en las décadas de los sesenta y setenta. La vacilación de una “bruja de mediana edad” en Transformaciones resultado de las circunstancias femeninas de esa edad. A partir de ese instante, comenzó a enseñar en la Universidad de Boston en 1970 y se convirtió en profesora titular en 1972. Sin embargo, también estuvo hospitalizada.

 

 


 

Ya, entre los años 1969 a 1971, siguió su coqueteo, con la del “cuello largo”, a veces comenzando en el desayuno, mezclando el alcohol con los medicamentos diarios que tomaba para su enfermedad. En 1974, vivía sola, en la casa familiar. Habiéndose divorciado de su esposo, le resultó más difícil de lo que había imaginado: hacer frente a la vida de soltera. Sus hijas habían comenzado sus propias vidas aunque todavía estaban disponibles para ayudarla como lo habían hecho incluso cuando eran niñas. Continuó trabajando en sus poemas hasta el día de su muerte. El 4 de octubre de 1974, cuando tenía cuarenta y cinco años, almorzó con su amiga y colega poeta Maxine Kumin, donde trabajaron en The Awful Rowing Towards God, que se publicó póstumamente. Después, se fue a casa, se preparó un martini, se vistió con el abrigo de piel de su madre, se sentó en su Mercury Cougar rojo y dejó el motor, en marcha, dentro del garaje cerrado. Lo que viene después; se llama Tragedia y pena. Aunque, su legado la convierte en un mito. Ya que Anne Sexton nos deja algo para amarlo y disfrutarlo con pasión. La obra de AS es una lectura imprescindible, una parte del canon de la literatura estadounidense, además de ser admirada y querida, como una de las mejores de los poetas “confesionales”, junto a Sylvia Plath, Robert Lowell y John Berryman. Distinguir entre el poeta y su voz no disminuye el impacto de un poema. Al considerar la interacción entre el poeta, la persona y la poesía, el lector puede alcanzar una comprensión más profunda del significado del poema. Las percepciones más profundas provienen, no de definiciones cortadas y secas, sino, como señala Emily Dickinson, de decir la verdad, pero de forma sesgada. Anne Sexton fue magistral en el uso de la técnica, no solo en su poesía sino incluso en su enseñanza. En "Funnel", Sexton esboza la creciente constricción de las convenciones suburbanas desde la época de su abuelo hasta la suya propia, "para cuestionar esta disminución y alimentar a un mínimo de niños con su cuidadosa porción de pastel suburbano". Sin embargo, ella no rechazó la cultura moderna; Anne a menudo lo insertaba en su trabajo, incluso mientras lo entrelazaba con una sutil sátira. Hablado de ironías hay quien opina todo lo contrario; Lo que Anne Sexton, realmente dio, evidentemente, fueron poemas. El mejor de estos, al representar plásticamente: “enfermedad mental, amor sexual, angustia espiritual”, trasciende las tristes patologías de la vida de una mujer altoburguesa e individualista. Acabo de releer Transformaciones y no puedo dejar de hacerme la misma pregunta: ¿quién ganará esta maldita guerra? El bien o el mal. En abril aguas mil.

 

 

                   


                                           Dedicado a Jorge Edwards junio 1931/marzo 2023 In Memoriam

                    





Fotogramas adjuntados

Anne Sexton posando en su estudio

Anne Sexton con su esposo Kayo y sus dos hijas en Maine

Anne Sexton en su estudio de Boston

Anne Sexton trabajando en su estudio de Massachusetts

 


Biografía consultada y recomendada

“Anne Sexton: A Biography” by Diane Wood Middelbrook   Ed.Virago 1991