Alburquerque; dinero y píldoras




Todos los otoños vuelven esos extraños dolores secos y punzantes sin aroma a nada, y que te dejan encharcado de amargura. Aquella tarde se preveía una más, en mi eterna soledad. No lo dude ni un instante y tal como me lo prescribe el comité galeno fui a por la caja de Tramadol. Tomé dos píldoras. La morfina se ha convertido en la perpetua compañera y moneda que mendiga salvedad. El efecto es rápido. A los cinco minutos todo se convierte en abulia y el latir de tu corazón se hace muy lento. Tan lento que apenas se escuchan las sístoles. Mis párpados comenzaron a cerrarse, mientras las gigantes pupilas desaparecían del gesto. Creo que me dejé caer en el sofá. No lo sé. Todo se ralentiza: mi  apetito, la sed, la libido y los sentidos… Empero, el dolor ya no lo notas: desaparece. Perdí la orientación y entré en una nebulosa de difícil comprensión. ¿Se han preguntado alguna vez si New Mexico es hermoso? Lo es y cuanto más abajo mejor. Huele a enchilada, flor de cactus y tequila. Se atisba la frontera y la casa de ese hombre que conocí una vez, Walter White. En el fondo una alma desdichada; víctima de su superioridad intelectual y ególatra que trataba de ocultar, tras el rictus facial de una máscara esterilizada en polivinilo trasparente. Nunca puse en duda su capacidad de esfuerzo y trabajo; encomiable. Me enseñó algo muy importante: el dinero. — ¡chaval, es lo único que se queda en esta vida! Seguí mi trabajo en la Universidad de New Mexico (Alburquerque), como profesor adjunto de Filología Hispánica. A White sólo me lo encontraba en el comedor y muy de vez en cuando en el parking del centro comercial del Plaza city. He escuchado si quería agua. No puedo contestarles con mesura está todo muy borroso. Sin embargo, les puedo hablar de otro hombre que conocí en Alburquerque muy conocido por sus poderosas caricias balsámicas casi inmaculadas. Un tipo de individuos que mi abuelo odiaba y solía maldecirlos: el mundo está repleto de ellos.




Esos hombrecillos, que nunca tienen ni una mala palabra ni una buena acción. Todos los días solemos tropezar con ellos; en el ascensor, en un semáforo, en una consulta médica, a la salida de un parking comercial o en la cola del supermercado. Al final llegan a cautivarte con ese estilo que muestran para  acatar las cosas con el sempiterno gesto de aceptación. No suelen preguntar, ni decir exabruptos. Apenas hablan, si no es para decirle al operario de gasolinera cuánto combustible quieren echarle al utilitario. Bien, volviendo al hombre que nos interesa. Una tarde de Octubre me di de bruces con él. Alguien me advirtió de su profesión: cirujano vascular,  pero lo echaron del colegio de médicos por un asunto muy turbio, que nunca me desveló. Únicamente, cometió un error; encontrarse conmigo e intentar epatar a la primera de cambio. No soy persona de grandes amistades, pero sí de grandes lealtades. No frecuento los levantamientos sociales, ni el sollozo constante. Siempre he pensado que la mierda se la limpia uno sólo. Hasta donde te llegue el brazo. Por eso me gusta el boxeo y el ajedrez: tienes a la gente en la distancia corta, donde se ven sus escorzos y carencias. Ahí, me gusta ver quién es quién. Mi tía siempre dijo de mí que tenía el porte de los grandes hombres afrancesados; el rasgo luminoso de la justicia y el alma triste de los trovadores en la semana santa sevillana. Nunca terminé de entender semejante estimación. Y todavía sigo en ello. Ya son años. Aquel ex cirujano y yo tuvimos la maldita ocasión de compartir trabajo en una lujosa hacienda sobre las colinas sombrías del viejo chaparral de Durango: la villa de “Los Nogales”. Era algo así, como la mansión donde habitábamos todo tipo de especímenes.




Una prole indescifrable: pintores, soldadores, carpinteros, fontaneros, gigolos, mozos de cuadra, mecánicos de automóviles y motocicletas, canteros, ferrallistas, soldados de fortuna, ex toxicómanos, enfermeros, administrativos, ingenieros informáticos y claro está bioquímicos y cocineros de nouvelle cuisine. El día había sido muy duro: insoportable. Y ahí estaba el inamovible Dr. S.O.S. Un tipo que según los mozos de cuadra, tendría como 72 años, pero que apenas aparentaba 58. Un rostro limpio, piel bruñida sin ojeras y el ceño casi plano. Juraría que el tipo se habría hecho un lifting— por la tersura de su piel—  algo menos de tres años. Muy bien trabajado. Junto a sus gafas de patilla de titanio Flex, Hugo Boos recubierta en baño de oro. Un día no me quedó más remedio que decirle a la cara, lo mal que se trabajaba en aquel sótano remendando heridas de bala de los soldados del dueño de la estancia, el  Sr. Solís-Cuevas. Estaba decidido a elevar una queja. Fue cuando pude darme cuenta de que lo que estaban viendo mis ojos. Juraría que no era de este mundo, o por lo menos la forma real humana. Un tipo pasó a toda velocidad, con un Impala chirriando ruedas que sacaban una polvareda de cojones. Ni Rommel en el Afrika korps. Lo sentí tan cerca que no sabía si acordarme de su parentela o  quería reírme de este espectro al volante en su puta cara.  Ahora él, se estaba riendo de mí. Pude observar que la cara de este julandrón se estaba desternillando, mientras trompeaba con el volante. No pensé más que en tener un Mustang y pisar el acelerador. Salir raudo y veloz de ese lugar y ni siquiera mirar por el retrovisor.




De sopetón, me vi cómo se abría la puerta del copiloto y escuché una  voz grave e inquietante: el Dr. S.O.S. ¡La hostia! —¡Sube idiota! Me subí al Impala y salimos a toda velocidad. Quién sabe si prestos a una nueva aventura. —Dame las gafas. Saqué del estuche forrado en piel de cocodrilo sus Hugo Boss. Miré por un lateral del cristal y pensé: el cielo es brillante y refulgente. El aire es traslucido  no muy diáfano; la tierra es de un color rojizo y cobrizo. Y sobre los oteros sombríos, ceñudas inundadas de romeros, tomillos y lentiscos que extienden su follaje mordaz, allende al otro lado de la frontera. Escucho—Te gusta conducir en México… No entendía muy bien lo que me decía aquel tipo de las Hugo Boos.—Mira detrás de ti. El asiento trasero estaba repleto de billetes.—¡Idiota, sólo queda el dinero y si no tienes: lo  pasarás muy mal! Ahora veía lejanamente, a mi asistenta. Parecía renegarme. Este Sr. Siempre  igual, cogiendo pildoritas de morfina y luego lleno de babas por debajo de la cama. ¡Ándale qué el gringito nos petará un día! Ya le he dicho que se tome las pastillas con el agua Sr. ¡Qué no vive en Yankeelandya— Lo pilla! Por cierto, deme 50 euros que he de bajar al Mercadona a comprar algo de comida y cachivaches de limpieza. Me quedé mirando mi cartera  inmóvil junto al vaso de agua milenaria. Un agua ciega que hace un ruido indefinible cuando la bebes, dicen que se llama Bezoya. Eso farfulla la alcahueta que me las sirve. Siempre el mismo vaso de agua y las mismas píldoras de color crema. Las mismas que un día dejé en Alburquerque entre lamentos y sollozos. 










                                                  Dedicado a Antonia Bird y Lou Reed  D.E.P






 Fotogramas adjuntos de los films:
“Border Incident” 1949 by Anthony Mann
 “Breaking Bad” (2008) TV Created by Vince Gilligan
“Shallow Grave” (1994) by Danny Boyle
“Get the Gringo” (2012) by Adrian Grunberg







            

De asesinos en serie y otros ejemplares









No hace muchos días comenté en las redes sociales mi estado de autocomplacencia, que he desarrollado en estos últimos tres años de lejanía del mundo criminal. Me han aburguesado y domesticado en la indiferencia. Un estado tan interesante como el de la ingravidez. Estoy contagiado de ella, mientras me atraganto de empacho del nuevo “Caso” en HD por la gracia de Mediaset. Formato presentador mozarrón de buen ver, con trazas a lo Gere y polifacético autor de gasolinera Best-séller. Dispara asesinatos que ni una Thompson en manos de Cagney. Eso sí, por una excelente soldada anual. Mi amigo, Gorka dice que me estoy haciendo viejo, y yo  le replico que he encontrado la píldora número 18—de entre las 17— que me tomo todos los días para poder seguir en la tramoya.



















La maravillosa píldora 18 se llama Matrix y me le envía desde Shanghái, el gurú Botín. Se las esconde destrangis en los tirantes rojos de tiburón a lo Michael Douglas empachado de botox. El sistema capitalista, ha creado una densa amalgama para entender el dolor y la incomodidad de un algoritmo matemático llamado ideología del crimen. Esto si quieren decodificarlo mejor, lo hablan con la OCDE que es una gran organización criminal con patente de corso. No confundir con el informe Pisa. No es culpa mía. O busquen sobre la comprensión de una realidad universal: el propio crimen. Don Draper lo hubiera resumido en una de sus geniales campañas publicitarias del siguiente modo; ver cine, leer un libro, prensa en internet, hablar de tú a tú con las personas de carne y hueso.















Escuchar un chiste de “martes y trece” —en enésima reposición— por el canal pseudocultural de la 2 o ir al baño a hacer un pis. Como ven quehaceres diarios convertidos en rutina anodina del día a día. Procesos de tensión que muchas veces se resuelven por la vía rápida del cloroformo. En el fondo el K.O. pugilístico de los que ya no tengo el placer de gozarlos en directo, porque este deporte se lo cargó la grey chochona de Zapatero y  los niños bien del sequito Rajoy. Algunos dirán que ahí estaban los del canal friki de MARCA. También, habría que preguntarle a Kim Basinger por Oscar de la Hoya, igual  los de Fotogramas hacían una tirada especial ante semejante chascarrillo, no vaya a ser que Twitter reviente el soplo. Luego, es evidente que mi acercamiento al perfil de psychokiller es una obviedad. No obstante, mis voces interiores me han aconsejado un alejamiento progresivo de círculos y actividades convencionales.














¿Ahora, ya se empieza a entender el sentimiento de inhibición al devenir de la vida tras la mampara de policarbononato traslucido, entre la abulia forzada y mis silencios obligados? Me la suda. Empero, ese aislamiento me está llevando a la marginación y sobrevivir al caos económico—nuevamente— como sicario repleto de ansia. No sé cómo he caído en esto, pero conociendo al que escribe en este inquietante lugar, se entiende la coyuntura de supervivencia en la cultura del crimen. No hay que ser una lumbrera para pensar ¿por qué asesinar nos proporciona placer? ¿Tienen Uds la respuesta? Venga a 1 el euro quien ilumine el tresillo.  Bien, pues los ayudaré un poco. A la gente le pone—muchísimo— este tipo de individuos de lo que podemos llamar industria criminal –pero no aislada– centrada en el procesamiento de los indicios de transferencia y en la interpretación científica de los datos de la transferencia.
















¡Uy, qué se me lían! Es decir, posibles candidatos... Todos aquellos que hayan sufrido un problema psicológico que quizá sea consecuencia de un trauma vivido en su infancia, prácticas satánicas o sumisión a voces infrahumanas. Raras veces tienen los sentimientos desarrollados, carentes de alma, como si no sintieran nada. No se sabe por qué matan, simplemente les gusta. La pregunta es: ¿puede alguien disfrutar viendo morir a alguien? Nuestra respuesta sería que no. Cualquier persona con un mínimo grado de sentimiento respondería que no. Bien, un asesino común, hubiera respondido que sí. O sea, qué seguimos sin tener respuesta al  porqué. Si al final, lo he de resolver todo. ¡La hostia!, cómo el pobre Poe en sus novelas.

















¡Ay qué joderse! Pues, todo asesino es un producto inespecífico de la sociedad capitalista—el culmen— lo que  denominan los jornaleros del perfil psicológico, non plus ultra de los asesinos en serie y ahí me encuentro con mi psiquiatra preferido: el Dr. Hannibal Lecter.  Esteta del  asesinato en 3D y Dolby Surround, con un desarrollo integral de la iconografía del terror exquisita y pompa en do mayor. La misma que nos produce esas pulsiones, mientras admiramos a nuestras estrellas del celuloide entre colores, sabores y aromas  conjugados en pretéritos pluscuamperfectos del  acto vil: en un largo aplauso sonoro de la platea. ¿No me digan que son de los que aplauden, lloran y patalean en un cine, cuando aparece el malo, el bueno y el psychokiller? Lo dicho, no somos mala gente y más tarde o más temprano, seguro que nos vemos por la calle Morgue. Como decía el genial Elmore Leonard, al final todos nos encontraremos en la vejez.









                                                   Dedicado a Patrice Chéreau D.E.P (1944-2013)





Fotogramas adjuntados



Cape Fear (1962) J. Lee Thompson
Es geschah am hellichten Tag  (1958) Ladislao Vadja
The Boston Strangler (1968) Richard Fleischer
Fargo 1995 (1996) The Coen Brothers
Les yeux sans visage (1960) Georges Franju
Hannibal (2001) Ridley Scott












                    

La crisis, la cultura y lo indeterminado








En estos últimos días, voy mal de tiempo para escribir en mi  bizarra e inquietante bitácora, que ya tiene una relativa veteranía—un año y medio— poca esterilla para su apabullante precocidad en todo este engendro webesférico. Quisiera darle una mayor periodicidad. Pero no puedo. Ni me apetece, hay más vida. Recuerdo con agrado un comentario— de entre los exquisitos y generosos— que se han visto por estos lares. Aquel lector y colega bloguero me dijo que mis artículos eran imprescindibles. Llegó a exponer, que este espacio daba la sensación de estar, como siete años creando historias alrededor del cine. Yo fui muy cortés—al igual que con el resto de lectores— porque en ningún momento mi prosa será algo que se quedará en la posteridad. 


















Esa, ya ha pasado su criba, previa firma en la orgía de los negros tinteros (de la que soy participe). Indudablemente, el dinero sí que importa mucho más que mi parrafada, la de Vargas Llosa o el resto del contenedor bloguerístico. Dándole vueltas al cacumen he llegado a la conclusión que lo más importante en la vida; es todo niño en un catre, sin un cacho de pan dentro del estómago. Estoy exhausto de ver como este país se consume entre desidia, hartazón y desilusión. Mi amada piel de toro, tiene más mierda en sus omoplatos, que la camioneta de Fonda a la búsqueda de uvas rancias. Los castizos le hubiéramos puesto unas habichuelas infestadas por título. Ni Steinbeck, ni la sintaxis son asuntos vitales de unos autores que vivimos por amor al arte y en descubierto, con la puta sucursal —gracias a la plutotroika— cada final de mes, antes llamados 25 o 26. Ahora por orden divino adelantado a los 15 o 14 de cada mes: la gente está rota. 















Algunos barruntan que es cosa de su color de gloria y opulencia, una esfera blanca que encierra la eternidad; mil números, mil facturas, mil veces: —cállate niño porque no hay para las zapas de tu futbolista de moda… O esta noche la cena va a ir floja de ración, prenda. Luego, tengamos la mesa en paz. Al instante, escucho —absorto— el nivel de comprensión lectora y algebraica que presentan los paisanos mi tierra, nación, patria o país es paupérrimo. O lo que queda de él y como mejor Uds. deseen llamarlo ¿Para qué hostias perdí el tiempo en la biblioteca pública y la puta universidad? ¿A quién escribo en esta maldita tramoya de los Golden boys  Made in Mountain Wiew? Entre la fijeza del aturdimiento, las opiniones de los tomboleros tertulianos, y el invariable ritmo de un gobierno sagrado y empalmado, mientras destrangis miran el tetamen ucraniano. ¡A la mierda la redención porque  a este país ya no lo amo! Ése, de la subvención, el contacto trifásico y su corazón postmonárquico muy anticuado e impavido.


















Si la cultura es esa; yermas bibliotecas públicas que apestan aburrimiento, y colegios convertidos en frenopáticos donde Fernán Gómez pide auxilio entre arcadas y la pérdida de atribución. ¡Adiós! Cómo no  sirvo de ejemplo, estipulo en público mi contrato con Fausto Noir ediciones. La fraseología del disoluto bypass asomará en manos de algún mediático contado memorias o el porqué de su adicción al clembuterol y la cocaína. Sin remordimientos, ya que los donaires de pedaleador de máquina de coser en la escritura es una falacia. La vida se llama Lampedusa y en esa pequeña isla sobreviven los idiotas y los desheredados. Esos que no tienen ni siquiera una oportunidad como mi viejo amigo, que se desvivía por leerme con su único ojo que le funcionaba. Empero, ¡a qué precio! Mínimo seis meses, mientras su retinopatía avanza como la lava de un volcán excitado. 


















Los tesoros de Velázquez en el Prado no los volverá a ver. El tic-tac siniestro acecha. Tengo la edad del hombre indefinido, que al mirarse por dentro se encuentra reo de la captura intrascendente. Muy cerca de ese viaje entre lo anómalo o contranómalo; tal como una vaga larva humana. Como mi amigo, como mi país, como lo indeterminado. Heinsenberg hubiera aplicado su ecuación preventiva. Sin embargo, con Hispania ni efecto túnel ni conexión hoyo. Abortada la acción moral y desactivada la acción intelectual el resultado de la incógnita es: laxitud especulativa. No es lugar para viejos empecinados, que reivindican una gramática impoluta y ejemplar  en los libros de primaria. Vivimos tiempos de espantosa frivolidad ante la hecatombe y el pueblo anda con el intestino flojo porque las ofertas del DIA se acaban y los vales caducos no cuelan. La política de todo al vapor no funciona.


















Ahora muertos de miedo sin potestad a renunciar; ¿qué nos queda de la cultura escrita y leída, si el personal está rogando a los evangelios de Mediaset? No se preocupen. El espíritu de Raoul Walsh, sigue buscando al lúcido roedor que le rompió el parabrisas aquella mañana cristalina en la vieja Arizona. Ya no sé qué pensar, pues creo que lo del azar es como los tsunamis. Nadie sabe quién los pone en marcha. Los mismos que miran al horizonte esparciendo cenizas entre mares de lágrimas. El papel húmedo se llevó las últimas gotas de tinta en este absurdo país. La comida escasea, más que la belleza y ahora se nos sonda con esa confitería lujuriosa de colesterol fragoso en un bypass cansado de mi existencia y la miseria del día a día.







                                                                      




                                                  Dedicado a María de Villota 1980-2013 (D.E.P) Y Alice Munro









Fotogramas adjuntos:



  The Grapes of Wrath (1940) by John Ford
  Fotograma del libro Weegee's New York: Photography 1930-1960 Ed.Te neues
“Honkytonk Man” (1982) by Clint Eastwood
“Sounder” (1972) by Martin Ritt
“Road to Perdition” (2002) by Sam Mendes



                       




                                        





Sci-fi Noir; hangar 117-B










Aquella mugrienta y vaporosa tarde tenía una cita en el Servicio de Radiodiagnóstico de Trekrosvintage Inc. Llegué, tomé asiento y esperé a que me llamaran. No muy lejos del plano de visión más cercano a mi panorámica— que se dejaba ver tras mis mocasines nobuk arcilla— asomaba un revistero de polivinilo. Estiré mi brazo y cogí una revista de informática entre el montón de salud, maternidad, moda y el aluvión cuché rosa. Saturada de múltiples anuncios de telefonía móvil y la dichosa  5G. Sentí un pinchazo seco en el costado; perdí la consciencia. Abrí los ojos y divisé un reloj digital desde la fría camilla de metacrilato. En sus casillas marcaba esta secuencia; 5-10-3075. Alguien me transportaba como un travelling rápido y preciso a lo de Palma en sus buenos tiempos. Las luces de xenón pasaban a una velocidad de unos 30 km/h por delante de mis ojos. Se paró enfrente de un lugar apócrifo con un luminoso que indicaba: hangar 117-B. Tenía una sensación incauta, perversa y fútil,  que se asemejaba a la ilusión de mi vida. Recordé una conversación con una de mis ex, la cual, me comentó, que era  el momento oportuno de disipar mi amargura.—Claro, que ella no suele deambular sobre camillas de metacrilato medio desnuda. Empero, mi cara era tan convencional como aquella sonrisa y aquel físico corriente del tipo viril del vetusto siglo XX.















Mi memoria se fue abriendo y recordé que estábamos en el siglo XXV. Los encargados de velar por los vademécum de bioética estaban enfrentados. —Seguía en lo cierto, una vez más. La vieja sociedad del bienestar fue dinamitada y una guerra bacteriológica trajo la reconversión de los humanos. Los frentes de la vieja MediasetVsPlaneta continuaban abiertos. La mayoría de la población continuaba tachándolos de impúdicos y poco éticos. Daba igual, los monitores Led, estaban inundados del nuevo careto del momento; melena y barba acicalada, como la del mesías de N. Ray pero con tinte moreno. Embelesado en su sempiterna camisa negra a lo Peret y  zarcillos repletos de brillo Aladino. —Je, je… El algodón Aladino, creo que era un mejunje del siglo XX. Tal era su virtud, que ni una bola de billar centelleando la calva de su tonsura escondida. La vieja aureola blanquecina,  brillante y zigzagueante bajo la fría y pálida luz del xenón.—Hubiera matado por escuchar a Charles Brown “Trouble Blues”. Aquí me hallaba con las yemas del índice y pulgar jugando a afinar mi vieja Gibson mental. De repente, comenzó a sonar un extraño aparato, que se dirigía hacia mí y me hablaba: buenos días Sr. Deferr, soy Xomega23 buscábamos a un individuo de rasgos—fidedignamente—humanos. No podía responderle y escuchaba su voz, vagamente, como si de un eco en un barranco que el tiempo lo había detenido en mi infancia. Su voz se hacía lejana y repetitiva. 














Hasta el olor  de su carcasa metálica se me hacía agrio. Aquel robot parecía tener abundante pelo gris, como Robert Ryan en Los Profesionales. Una frente más redonda que R2-D2: enorme y con unos ojos gigantes, color violeta aturquesado incrustados en unas ventanas triangulares.  Sólo se podían ver bien, cuando dejaba las gafas de poliestireno para visión nocturna a un lado. Mi miopía había derivado en una extraña enfermedad visual. En esta ocasión, las preciadas lentes yacían en una gaveta de acero inoxidable junto al instrumental quirúrgico de la cabina. A la altura del hueso temporal, llevaba tatuado Tissiler 66. La mente de T66 bramaba; mira hacia arriba estúpido. — ¡Nooo. No mires a izquierda! Fíjate, delante de ti. Sí el contador el contador de aplicaciones. Ah, si los Xomega23 en su insaciable búsqueda de placas de silicona  ingeniosas. No puedo hacer nada. Sigo tumbado en la maldita camilla, inmovilizado de pies y manos. Al fondo de la habitación, los restos de seis hombres. Amontonados, yermos y  descompuestos. Una vieja camilla de aluminio oxidado dejaba ver brazos y piernas llenas de pústulas junto a cables de fibra óptica. Había parado de llover. Una gota de lluvia cayó en mi ceja, a través del canalón adjunto al foco del quirófano.  El centelleo de chispas era constante y amenazador. Ahora, lo sabía todo, yo era el puto Tissiler. Sonriente y avieso, mientras mi mente daba tregua a la memoria de la nueva raza de aquellos hombres. Hasta hace poco, creía firmemente que estos intentos de prolongar indefinidamente la vida de un ser humano eran absurdos y aberrantes.














No obstante,  ahora estoy aquí, esperando —por  mi propia voluntad— a que se inicie el proceso de transmisión cerebral. Quiero seguir viviendo. La sala es fría, blanca y asépticamente huérfana. La cúpula del escáner se cierra del todo. Un ruido adusto da la señal.  El Xomega 23 dixit: —Ignición de la transmisión de memoria… No tenía fuerzas. Tissiler era un encantador de serpientes como aquel tipo de la vocecilla pseudoculta y la melenita tonsurada de la camisa negra. La sala oscurece lentamente. Siento un ligero hormigueo en mi cabeza, mis ojos se cierran pesadamente contra mi voluntad. Ahora percibo un leve mareo, es como si flotara en el cielo lleno de negras nubes y luces de neón.  Me sereno en la náusea de mi destino. Escuchaba una discusión de fondo, los recuerdos de la niñez se hicieron contiguos a los de las maquinas. Desperté en la sala Trekrosvintage Inc—¡Demonios, las revistas de informática de marras! Me levanté sediento y con el corazón palpitante. Una enfermera me dijo:— Sr. Deferr, tranquilo. No se preocupe esta empresa es tan segura y confortable como la SS de toda la vida. De inmediato, aparece un tipo con bata blanca y melena mesiánica, barba lampiña y aretes con camisa negra, que transparentaba su puto y niveo sobretodo.Soy el Dr. Tissiler, encantado… ¡Y no se preocupe, demonios! Está en buenas manos. Enseguida pasamos a realizarle su RM.

           

                                                  

                                                               Fundido a negro/Fin




                                                                        Dedicado a Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902)










Fotogramas de los films:

Invasion of the Body Snatchers (1956) Don Siegel
Blade Runner (1982) Ridley Scott
Stalker (1979)  Andrei Tarkovksky
2001: A Space Odyssey (1968) Stanley Kubrick








                                   



P.S.; nos vemos por el mismo sitio. Más o menos sobre la misma hora, con permiso del ministerio de Sanidad, la agenda de trabajo y si el tiempo lo permite. Feliz Otoño a todos-as

El alma Noir sabe a pulp, D. Goodis









Una vez me pregunté como escribía tan bien aquel entusiasta parapléjico con su “lettera 10”, portátil de color rojo. Ese tipo, era el tío de uno de los inolvidables amigos de mi querida EGB. Esos que te acompañan en tus últimas visiones de la vida o exhalos del final de nuestra escapada. A lo largo de su existencia escribió más de 500 novelas para la editorial Bruguera de bolsillo. Lo hacía bien y con estilo. Al final comprendí esa extrañeza del porqué aparentaba una felicidad imperecedera. Era un gran escritor como David Goodis, autores pulp: cultos, ilustrados y metódicos. Si hay Noir es porque la prosa Noir genera la génesis de todo conflicto; la cultura del crimen. David Goodis fue un autor poco conocido de novelas policiacas "de kiosco", como las del tío de mi amigo. Empero, sus historias y personajes atraparon a muchos incondicionales. Ahora 95 años después, la creme existencialista contra la que luchó Curro Jiménez; el último tío y actor de este destripado y saqueado país; Sancho Gracia. Reclaman su excelsa obra. Legado y misión con  redoble de tambores. En el fondo un ruido leve y espaciado. La gloria literaria es efímera en la tierra, más  que  si fueran gotas de lluvia en el capo de un viejo Ford. David Loeb Goodis nació en Filadelfia, allá por el año 1917. De familia judía, murió con apenas 49 tacos. Víctima del alcohol, la soledad, la tristeza y algún que otro brote esquizofrénico. Un año después de que yo alunizará por Azulandya. David era un enamorado de su ciudad, tanto como el odio que sentía por ella. Anduvo por la universidad de Indiana, pero se aburría de la rigidez del sistema y la tramoya que tenían organizada la troupe del rectorado. En 1938 la abandona. Con 21 años, escribe su primera novela y atisbamos a un tipo con recursos literarios adictivos. Leemos textualmente: "Permaneció allí, junto a la mesa, contemplando fragmentos de uña”.  Su pluma oscura y delicada como un Scheffer elástica y frágil nos descubre una escritura que olfatea el aire roído de la noche.















Buscando ese aroma fresco de las almas en vilo, las mismas que están a punto de ser liquidadas por otros o por su propia absurda existencia. No obstante, DG sigue siendo un desconocido. Inicia el proceso Don Draper; la publicidad. Pero en su ADN florecía la palabra escritor. Y ahí amigos… O  se nace o lo demás son terapias y entretenimientos webesféricos llamando a las puertas de Batavia. Había que comer y los bolos de las agencias de publicidad  mantenían el parcheado. Comenzó a escribir como un poseso todo tipo de novelas en los estilos más inimaginables; crimen, drama, enredos de amor, picantes, Sci-fi, Western y etc. Diariamente, llegó a redactar unas 10.000 palabras: una locura. Se habla que en 5 años y medio llegó a crear cerca de 5 millones de palabras para todo tipo de novelas pulp. En la década de los 40 estuvo trabajando para cadenas de radio, escribiendo guiones y probó suerte en editoriales con mayor prestigio. La empresa se presentó en balde. Pero su creatividad no bajó la guardia  hasta que el gran estudio Warner Broos se cruzó en su camino y se marchó a la colina de las vanidades, donde firmó un contrato de seis años. Tras su primer éxito de crítica con su novela “Dark Passage”, la cual,  se publicó en el The Saturday Evening Post, a modo de entregas semanales. Goodis, estaba alucinado, pues “Dark Passage” (la senda tenebrosa, 1947) iba a ser una película). Protagonizada por Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Dirigida por el ínclito Delmer Daves. Este último se aprovechó de la poca identidad de Goodis. Es obvio, que para toda esa amalgama de vanidad y artificio seguía sin ser nadie. Daves y su grey se encargaron de transformar la novela en el guion cinematográfico de la película de culto protagonizada por la pareja de moda de aquella época. “La senda tenebrosa” (1947) es evidente, que a estas alturas nadie niega que estamos ante una pequeña obra maestra del Noir.















No vamos a ocultarlo. Bien, pensaran Uds. ¡qué claro cómo era un bienpagado del estudio. Sí y tal con Pascual! Sin embargo, es muy duro ver como un hijo tuyo es despellejado y triturado. ¿Falta de carácter. Un careto atípico o los daños colaterales de la industria del cine, que nunca lo consideró un escritor serio? Peckinpah daría su tesis sobre las putas; buenas y malas. Claro, que mi adorado Sam no cuenta con aquello de los egos, las poses y dime quién eres, te diré con quién vas. Buena cuenta podría dar esa retahíla, que no voy a nombrar para no generar ningún conflicto —coetáneos— que nunca le echaron una mano. Ni te la suelen echar en toda tu vida. A veces, una sonrisa y no te quejes. Les va tintineando el sonajero de la vida. Sus guiones se manipulaban sistemáticamente por la graciosa divinidad del productor de turno. Dicen que eso le volvió un hombre más triste y melancólico. En 1950 con apenas 33 años decide regresar a la vieja  Filadelfia y comienza de nuevo a reinventarse, como periodista y autor (bajo seudónimo) de novelitas basura para los libros de bolsillo —baratísimos— impresos en papel de diario, con dibujos sensacionalistas en sus tapas. Todos los santos días delante de su máquina de escribir e instalado en la casa de sus padres. La conocida, 6305 de North 11th Street, Filadelfia. Allí se hizo cargo de Herbert, su hermano esquizofrénico, y se ocupó de su padre, dicen que pudo haber sido su único gran amor. Más tarde descubriremos que Goodis tuvo sus escarceos. Estaba tan empanado que en su primera novela olisqueaba algo así como; “Al rato, uno se siente tan mal que quiere detener el mundo en ese instante.” Es curioso que con esa prosa, nadie le hiciera caso. La eterna historia del personaje Noir, pues Goodis era el mejor personaje de sus novelas. Solamente, pensar por un momento, lo que significa el recorrido por las 17 mejores novelas que firmó da vértigo.














El Minerva diamantino. El tema absoluto a  lo largo de la obra de Goodis es el fracaso, la mala suerte como entidad vital; la soledad y la tristeza.  “Al caer la noche”, de 1947, refleja con nitidez su visión de la existencia, es más el cineasta Jacques Tourneur recogió ese mensaje. Trasladando, junto a Silliphant por una vez la verdadera atmósfera de los diálogos de DG. Sin embargo, será con Paul Wendkos donde encuentre el cenit de su carrera. Pues, fue el auténtico guionista  al lado de un director que le tenía afecto y respeto. El caso de su novela Viernes 13. Es perturbador. Citamos —textualmente— unas líneas. “Es viernes 13 y para ciertas personas, éste es un día que no termina nunca. Lo llevan consigo permanentemente”. Sus personajes se mueven en un mundo sin salida, como en  "la calle de los perdidos". Llevada a la gran pantalla por un crepuscular y eficiente Sam Fuller en Francia con el nombre deLa calle sin retorno”. Un libro esencial, en la obra de este autor. No quiero olvidarme  de “Rateros”, la tengo muy fresca aún y como hemos comentado, anteriormente Paul  Wendkos la adaptó como “The burglar” (El ladrón). En dónde un fantástico Dan Dureya y una primeriza, Jane Mansfield dan vida a  unos personajes exasperados y ardientes de palpitaciones en los papeles principales de la auténtica obra de DG.  La máxima de  la constante  desesperanza, plano a plano. Si comparamos los héroes de Goddis con los taciturnos antihéroes de Chandler, observamos que en la prosa de D. Raymond  siempre se atisba un glaseado  de esperanza, un vistazo generoso en la redención y la exploración correcta. Por el contrario,  El Spade de Dashiell Hammett, se caracterizó por su cinismo. Jugaba al póker del toro pasado, siempre se puede obtener algo de justicia poética y real. Los personajes de Goodis, en cambio, están marcados desde su encargo premarital. No hay obstáculos que puedan alterar el devenir de los acontecimientos. La predestinatio es un hecho. Y por ende, la muerte. La autodestrucción no sin antes haber sufrido un proceso de autohumillación, una culpa solapada al cogote, que tatúa —incesantemente— la desolación del redundante acomodo; el carnaval de los perdedores.















Un planeta inerte, baldío e infecto de aridez. El concepto existencia para Goodis, es pura hermenéutica  circunstancial. Sus personajes laten en la constante  escapada de un pasado defectuoso, donde la desdicha es sustantiva. Nadie espera que lluevan brevas del futuro: la insatisfacción del latir de sus corazones. De su vida personal, poco se sabía hasta hace poco tiempo. Pues, siempre se comentó que DG, fue soltero y no se conocía relación alguna. No obstante, según fuentes de la última biografía sobre el escritor; estuvo casado con Elaine Astor de 1943 a 1946. Finalmente tras apenas, tres años de convivencia se divorciaron. No tuvieron hijos. En 1963, fallece su hermano Herbert al que se debía, junto a la escritura por completo. Tres años más tarde su madre. El golpe fue terrible, lo que propicio la caída en barrena de Goodis. Por su propia voluntad, acabó recluido en un hospital psiquiátrico. El 7 de enero de 1967, una mañana cercana a la hora del almuerzo fallece con 49 años. Las causas de la muerte se achacaron a un ictus, pero se habla de un posible affaire oscuro, donde unos tipos pudieron haberle dado una paliza. Ver y leer para creer. Ni en la ficción termina su realidad. Goodis llevó a cabo un proceso de demanda contra la cadena de TV ABC, que estrenaba la serie, “el fugitivo” (1963). Acuso a la productora de plagio por utilizar al personaje principal y el resto de la trama como un spin-off de su novela “Dark Passage”.













El proceso se dilató hasta 1972 donde el caso quedó cerrado. No obstante, el sindicato de guionistas, por una vez se puso del lado del escritor en todo este asunto. Por aquel entonces, todos sus libros estaban descatalogados en USA. Veinte años más tarde se llevó a cabo, un proceso de reedición de su obra con escasos resultados. David Goodis fue descubierto en Francia unos años después. Cuando el cineasta, Francois Truffaut dirigió la célebre “Disparen sobre el pianista”, una buena película basada en la novela de DG, “Música en el fango”. La crítica cinematográfica se deshizo en elogios con el galo, pero muy pocos escudriñaron en el auténtico embrión de la autoría; el portentoso hombre de la máquina de escribir de Filadelfia. Un ser humano lleno de angustia, de oscuridad, de fatalidad y sin esperanzas. En la Francia de postguerra, la de Sartre pudo residir el alma de este amanuense del Noir y la subcultura del pulp. En las décadas de los 70 y 80 se realizaron remakes de sus novelas con más pena que gloria. Ni los directores estuvieron a la altura ni los guiones estaban empapados de la macula insoslayable del candor Goodisiano. El hombre triste y trabajador de Filadelfia nunca terminó de encontrarse con Camus en Paris. Prefirió seguir conduciendo su mugriento y escacharrado Crhrysler por los aledaños del viejo y canalla Downtown en los Angeles, de otrora tiempos mozos. Ya lo dijo Wilder; nadie es perfecto. Sólo la cultura del crimen  perdura y la desdicha aguarda un futuro inexistente. Al igual que la de aquel amanuense de su vieja lettera 10 roja a bordo de su inseparable silla de ruedas.









                                     Dedicado al gran Joseph Berna el tío de mi amigo Paco J. Cantó





Fotogramas adjuntados


David Goddis junto a Bogie y Laurent Bacall posando tras el annuncio del rodaje 
Dark Passage by Delmer Daves (1947)
Al caer la noche by Jacques Tourneur  (1956)
Honor de ladrón by Paul Wendkos (1957)
Tirad sobre el pianista by François Truffaut (1960)
Como liebre acosada by René Clément (1972)




                








Biografía consultada y recomendada


"Goodis la vie en noir et blanc", Philipe Garnier. Biografhie Ed. du Seuil (1984)