Drágica, una reina en la montaña y la urna mágica

febrero 17, 2026 Jon Alonso 0 Comments

 


En la montaña, la nieve no daba tregua. Eran copos secos, menudos e incansables que enturbiaban el aire hasta desdibujar la base de los abetos. Drágica se dijo que esperaría a que el viento amainara, a que la luz cobrara fuerza. Sin embargo, existía una promesa. Recordaba la fecha precisa, las palabras exactas. La enfermera aguardaba en el umbral, incómoda en su propia compasión, sosteniendo una bandeja de plástico. Él había girado la cabeza sobre la almohada; los tendones del cuello se le marcaban como cuerdas, pero aquel viejo brillo obstinado seguía ardiendo en sus ojos. —La primera nevada —dijo él—. Prométemelo, Drágica. Ella se había resistido a claudicar. Albergaba la esperanza de que, si mantenía el futuro abierto, él aún encontraría la forma de habitarlo; como si el tiempo estuviera sujeto a negociar. En cambio, se escuchó sentenciar: ¡Lo juro! El silbido de la tetera la trajo de vuelta. Vertió el agua sobre la bolsa de té en su taza favorita, aquella que lucía una mella y un alce de astas desgastadas por los blanqueos. Observó cómo la mancha se corría en el agua, primero como una sombra tenue y luego con una intensidad turbia, mientras las hojas sueltas quedaban atrapadas contra la porcelana: como pequeños náufragos. El calor del cuenco le reconfortaba las manos. —Él lo sabía —susurró—. Siempre lo supo. Lo evocó en los viejos tiempos. No en los días de hospital, reducidos a barandillas y goteros, sino en los años en que regresaba de la montaña con escarcha en la barba y esa mirada que anunciaba que el mundo se había abierto ante él, apenas un resquicio, lo justo para revelarle algo austero pero esencial. Nunca fue hombre de discursos. Cargaba su alegría como cargaba la leña: apretada contra el pecho, con los hombros encorvados. Ella lo recordaba detenido en el umbral, los brazos repletos y las huellas de sus botas hundiéndose en la nieve virgen, sabiendo que él acababa de ser testigo de algo que lo había transformado. —Un zorro—decía él cuando ella le bloqueaba el paso con fingida severidad—. Allá arriba. Dejó huellas donde no creerías que nada pudiera caminar. O bien: “Hay un árbol allá arriba que brota de la roca desnuda” .O, en ocasiones, nada. Solo aquella sonrisa ladeada, extraña y tímida, que la había desarmado desde el primer día. No tenían intención de quedarse. Imaginaron la cabaña como un refugio estival: un cuadrado marrón y barato que compraron por la casualidad del destino: Sí. El agente —un canalla, de manual— inmobiliario no se le ocurría nadie más ingenuo, que ellos, para adquirirlo. Sin electricidad —les advirtió—, sin acceso en invierno y con un agua que brotaba turbia durante varias semanas cada primavera. Aquel primer día, refugiados en la pequeña estancia con el suelo vencido hacia la estufa y el viento arañando las esquinas, Drágica pensó: “Esto no va a funcionar”. Entonces, él abrió la puerta trasera, parcheada por un panel endeble, con un pomo de latón. Más allá del claro se erguía la cresta: hombros, cuello y cráneo de roca con la nieve encajada en sus grietas. El cielo parecía tan bajo que casi hería la visión.




—Mira —dijo él.

Ella miró. La montaña se alzaba allí, rotunda, sin pedir disculpas. Él ya formaba parte de esa esencia: esa elevación obstinada, esa negativa a dejarse pulir. Se quedaron allí todos los inviernos que siguieron. La urna aguardaba sobre la mesa, paciente. Drágica la deslizó, en la vieja mochila de lona, la misma que él había cargado en cada ruta, con las costuras oscurecidas por años de sudor y tormentas. La cremallera se atascó, en la mitad, como siempre; como si se resistiera a dejar salir el pasado. Ella la cerró con una delicadeza casi sagrada. Al abrir la puerta, el día la recibió con un asombro gélido. La nieve se posó en su cabello y en sus mejillas. Al primer paso, se hundió hasta los tobillos. El mundo era nuevo y, a la vez, terriblemente antiguo. Cada muñón y cada roca habían mudado su contorno; los árboles, cubiertos de blanco, adoptaban posturas extrañas, como centinelas fatigados. Cerró la puerta por inercia, aunque el alma más cercana estuviera a leguas de distancia. El sendero hacia la cumbre nacía tras la leñera, un tajo estrecho entre la arboleda —que él había esculpido con sus botas— año tras año, hasta que incluso la hierba del verano se doblegaba ante su memoria. Hoy, el camino había desaparecido. Drágica tuvo que confiar en sus pies, en el instinto de su cuerpo para reconocer cada quite y cada repecho, tal como él confiaba cuando la niebla devoraba el rastro en las madrugadas de caza. Se internó en el pinar. Bajo las ramas, la nieve era un polvo leve que enjoyaba las agujas en un verde mortecino. Sus botas tantearon los viejos surcos, las rocas que yacían como huesos sepultados. La mochila pesaba; sentía la presión de la urna entre los omóplatos, un peso frío y definitivo.

“Un paso tras otro”, se impuso. Su respiración encontró un compás, succionando el aire ralo hacia sus viejos pulmones para expulsarlo en nubes raquíticas. Rememoró otro ascenso. Una estación distinta. A finales de septiembre, cuando los álamos ardían en un dorado tan violento que lastimaba la vista. —Si muero aquí arriba —había dicho él—, no me bajéis. Dejadme para los halcones y los buitres. —No vas a morir —replicó ella. Había sonado a broma.



 

Entonces, él era puro músculo y piel curtida, con la barba aún veteada de oscuro. La idea de la muerte resultaba impertinente, como un extraño entrometido en el camino. —Solo digo —insistió él— que los animales no se encaminan, los unos a otros, ladera arriba y abajo. No tiene sentido. Ahora, abriéndose paso, en la nieve, con el aliento entrecortado en mitad de aquel silencio amortiguado, ella susurró: —Has conseguido parte de lo que querías. El bosque clareó. Los árboles menguaron hasta rendirse. La pendiente se volvió severa. Aquí la nieve no tenía donde asirse y se extendía profunda e inmaculada. Le ardían los muslos. Clavó las botas buscando la solidez bajo la blancura. El viento arreciaba sin obstáculos, bajando directo de las altas laderas, aguijoneándole los ojos hasta congelar las lágrimas en sus comisuras. En un recodo del sendero, se detuvo. La cabaña, allá abajo, no era más que un punto oscuro sobre el lienzo blanco. El humo de la chimenea se desvanecía.

Volvería a una casa fría. Se despojó de la mochila. Sus dedos se movían torpes contra el metal de la cremallera, que quemaba de puro frío. Extrajo la urna y la sostuvo en sus manos desnudas: hasta que el dolor se tornó en entumecimiento. El viento respondió con su empuje invariable. A él nunca le habían gustado las palabras vanas. En su boda, su hermano intentó brindar y se extravió en una maraña de metáforas sobre ríos, rutas y designios divinos. Después, a solas en la habitación sobre la taberna, él se había limitado a sacudir la cabeza. Ahora se limpió la cara con el dorso del guante. Lo que quedaba de él, se alejó con el viento, buscando huecos. Corteza y montículos donde los conejos excavaban sus madrigueras. Miró a lo largo del saliente helado. La nieve ya había borrado las huellas de sus botas, redondeándolas y suavizando sus bordes. Volvió a enroscar la tapa de la urna vacía. Parecía más pequeña, un recipiente cuyo propósito había pasado. Consideró la posibilidad de tirarla al valle. Dejar que girara, reflejara la luz y desapareciera en algún barranco olvidado. En cambio, la guardó en la mochila. Habían llevado tantas cosas, a medias, que sabían que no se podía dejar algo, como si nada, porque hubiera cumplido su función.



A Drágica se le hizo un nudo en la garganta y se le escapó un sonido, mitad risa, mitad llanto. —«Cabrón», susurró al viento y al hombre que la había hecho maldecir. El sollozo que siguió la sorprendió. Se quedó allí hasta que se agotó, breve, feo y verdadero, luego se secó la mejilla con el dorso del abrigo y comenzó a descender. El viento había arreciado. La primera ráfaga de verdad le azotó la cara y empujó la nieve hacia los lados en finas capas. Le ardían las mejillas. Le dolían los dedos dentro de los guantes. Ya no era un día para pasear. El descenso le llevó más tiempo del que debería. Sentía las piernas cansadas y la nieve, que antes parecía limpia y fina, ahora ocultaba traiciones. Dos veces se hundió hasta las rodillas en un montículo, donde una roca se desprendía bajo ella. Una vez cayó con fuerza, deslizándose de lado, y su hombro recibió el golpe. La mochila, con su carga vacía, golpeó con fuerza contra su columna vertebral. Se quedó inmóvil, escuchando su respiración y el profundo silencio que había debajo. 

“Está bien”, les dijo a los árboles. ¡Ya basta! 

“Si alguien sabe lo que está planeado”, dijo, “a mí no me lo ha dicho”. 

“¿No sientes curiosidad?”, le preguntó ella.

Una voz canalla que sólo escuchó Drágica y espetó:—“Nunca pensé que fuera fácil”, murmuró.—¡Su puta madre. Ya esta bien! Quitó la tapa e inclinó la urna: las cenizas saltaron hacia delante, arrastradas por el viento. No cayeron en línea recta. Se elevaron en un velo gris, giraron, se esparcieron y luego se disiparon. Unas pocas volvieron hacia ella. Le cubrieron el abrigo, las pestañas y el cuero agrietado de los guantes. Ella no se apartó. Algunas le dieron en la cara. No tenían sabor. Solo un fino grano en la lengua. Lonan, era de los de “hay que hacer el trabajo, te guste o no”.



                                                                         FIN


                          Dedicado a Robert Duvall  Enero de 1931/Febrero 2025 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Die weiße Hölle vom Piz Palü (1929) By Georg Wilhem Pasbt &Arnold Fanck

S.O.S. Eisberg (1936) By Arnold Fanck

The Dyatlov Pass Incident (2013) By Renny Harlin

Wisting (2019) By Trygve Allister Diesen













0 comentarios:

La vendedora de venenos añejos

enero 18, 2026 Jon Alonso 0 Comments


 

Mis manos han empaquetado lirios violetas de Habsburgo para ataques cardíacos. Tulipanes de ambrosía azul para cábalas suicidas. Rosas de jengibre salvia para tratar aneurismas. Durante generaciones, mi familia cultivó, todo tipo de tés venenosos en el patio viejo victoriano blanquecino que asomaba detrás del salón. También recuerdo, el timbrazo de turno, en casa y como nosotros —muy hospitalarios—, mostrábamos a cualquier extraño: el salón de té. Sentados en una habitación iluminada por el sol que alberga orquídeas lloronas y alfombras persas añejas. Los huéspedes examinaron nuestro menú de té de pan de oro. Nunca nos dijeron a quién planeaban matar, y, nunca preguntamos. Eso era de  muy mal gusto. Mientras mamá cuidaba de los clientes, yo mimaba y hacendaba las cosas bonitas y mortales del jardín botánico. Después, que ella muriese, me hice cargo del negocio familiar, y fue entonces, cuando mis hermosas flores comenzaron a pudrirse. Había pasado un mes, de la muerte de mi madre, y leí el obituario sobre la muerte de Cipriano Cortés. Reconocí a su esposa Flavia por la foto de la boda en su esquela. Había usado la misma sonrisa de plástico; que cuando había rozado sus uñas rosadas en nuestro menú de té, seleccionando fríamente una bergamota naranja italiana que induce a los golpes de tos. Recuerdo, el bolso Gucci, de Flavia y los brazos bañados por el sol, forrados con brillantes, de pulseras de tenis, que me irritaron. Claramente llevaba una vida privilegiada, por lo que sus motivos para envenenar a su esposo parecían ambiguos. Y, si, podría darse el caso, que tal vez, abusó de ella: vejándola y dejándola sin opción. Por la tarde, aprovechando las últimas horas del día, regresé al jardín. El sudor goteaba por mi columna vertebral mientras cavaba profundamente en el suelo húmedo; su olor a tierra, inundaba mi nariz. El aire de julio estaba lleno del dulce aroma a magnolia, que competía con el olor de la suciedad y el ácido mador. Las margaritas de fuego que injerté con azafrán negro fueron un ingrediente clave. Auténtica joya, de una muy vetusta receta, familiar para inducir la septicemia.



Durante años, me había sumergido en mi jardín, escuchando cantos de aves y podando flores. El exuberante paisaje me ayudó a olvidar que la venta de venenos mantenía a nuestra familia rica. El negocio familiar era lo único que tenía y sabía, como llevarlo. Poseía una habilidad innata, para manejarlo —considerando— ya que su ética; cuestionaba mi identidad. Había enterrado mi vergüenza por matar inocentes hace mucho tiempo. Empero, mis recientes tratos con nuestros clientes más desagradables habían desenterrado esa culpa. «Raquel, nunca hagas preguntas que no quieres que respondan»— decía mi madre. Una al lado de la otra, silenciosamente en el jardín, escardábamos, cortábamos, plantábamos, disfrutando de la presencia de cada una. Su ausencia dejó un enorme agujero en mi corazón. Una pregunta zumbaba en mi oído como una mosca incesante. ¿Por qué Flavia mató a su marido? No tenía derecho a juzgarla. Mi familia era una mafia de facto. Pero el perfume de caramelo de Flavia me irritaba. Era como un insecto invasor en mi jardín, un recordatorio constante del papel que había jugado en la muerte de Cipriano. Encontrar la dirección de Flavia no fue difícil. Estacioné al otro lado de la calle de su mansión gótica de tres pisos con su delicado adorno de pan de jengibre. Pasaron varias horas y nadie entró ni salió. Cayó la noche, y el implacable gemido de las cigarras llenó el aire. Alrededor de la medianoche, un hombre alto y barbudo tocó el timbre de Flavia. Abrió la puerta con un kimono de estampado floral y dejó entrar al hombre con una facilidad que sugería familiaridad. Esperé hasta las 3 a.m., pero el hombre nunca se fue. Su marido no había estado muerto una semana, y Flavia ya se estaba copulando con otra persona. —Demasiado curioso.




Al día siguiente, ya entrada la tarde; arreglé el té en el salón. Puse dos de las tazas del sabroso brebaje de rosas de mi abuela. Unas cucharaditas con mango de oro y cubos de azúcar moreno, en tazones de vidrio venecianos soplados a mano. Durante el tiempo de mi abuela, las personas alegan sus casos en nuestro salón antes de venderles nuestros tés. Ahora, los vendemos a cualquier criminal común sin considerar las consecuencias.

El timbre silbó.

Le mostré a Flavia Cortés el salón. El chasquido de sus Manolos plateados en el piso de madera era ensordecedor. Después de contemplar un paisaje renacentista de María Antonieta en el jardín de Versalles, se sentó en una silla de terciopelo púrpura y alisó su vestido de seda azul. —«Entonces, ¿por qué querías verme?» Me senté frente a ella. —«Nunca recibí tu transferencia bancaria para el té de bergamota».—«Oh, eso es extraño». Su frente se arrugó.— «Lo comprobaré con mi banco».—Gracias. Flavia no me debía dinero. Sólo quería que respondiera una pregunta. —¿Por qué mataste a tu marido?

Flavia cogió su bolso, y yo me estremecí. Sacó un cigarrillo y lo encendió. «Cipriano iba a divorciarse de mí por tener una aventura y dejarme sin un céntimo», dijo claramente, tomando un arrastre. "Difícilmente puedes culparme. No era exactamente, ese, Don Juan en el saco".




Flavia era tan fría e inhóspita como un jardín de invierno. Sus ojos permanecieron secos. ¿Cómo podía sentir tan poco remordimiento por el hombre con el que había compartido cama?  Serví dos tazas de té con aroma a azafrán. Flavia levantó una ceja, de un modo, que recordaba a Ancelotti.

—«Es solo té de Ceilán». —Me reí. «Aburrido, té negro, de Sri Lanka».

Ella me vio poner mi taza en mis labios. —«No soy una mala persona», dijo, tomando un sorbo, manchando la taza de té con lápiz labial Chanel fresa. Me acabo de acostumbrar a cierto estilo de vida. No podía renunciar al modo de vivir  que conocía  más de lo que Flavia podía. Ella era, de algún modo, mi yo, sombra. Pero ambas no podríamos existir en el mismo mundo. Ella miró el vasto jardín fuera de la ventana. Creo que me entiendes. «Sí». —Asentí, lentamente. —«Lo entiendo, perfectamente». Contuve la respiración mientras el péndulo del reloj del abuelo oscilaba. Flavia dejó escapar un jadeo tirando a arcada horrible y se agarró el pecho. La taza de té de mi abuela cayó de sus dedos y se rompió en el piso de madera. Fragmentos de rosas cubiertos de té y pétalos de margaritas yacían junto a los pequeños pies imbuidos es unos silentes Blahnik. El cigarrillo ardiente, que saqué, de los quietos dedos de Flavia tenía un sabor agradable y ceniciento. Extrañamente, no sentí pena o remordimiento, tan solo, alivio. Arrastré el cuerpo de Flavia al jardín de los prodigios. Plantaría árboles frutales sobre su tumba, probaría algunas recetas nuevas. Tal vez, un veneno de té de manzana dulce. Teniendo a Flavia fuera de juego; podría empezar de nuevo. Solo venderé tés a personas victimizadas sin ningún otro recurso. Devolver el honor a nuestro negocio familiar. La abuela estaría muy orgullosa.


                                                                          FIN



Fotogramas adjuntos

 

Notorius (1946) By Alfred Hitchcock

Diabolique (1996) Jeremiah Chechik

Another Man's Poison (1951) By Irving Rapper

Veneno para las hadas (1986) Carlos Enrique Taboada

 



                                                


0 comentarios: