de Jon Alonso. Un espacio envuelto de cultura Noir
Aquella Navidad del abuelo de Gwendoline
diciembre 21, 2025
Jon Alonso
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La
noche es negra como la boca de una chimenea. Se extiende sobre la casa como una
neblina de humo, espesa y asfixiante. El abuelo dice: Tic, tac, desde donde
está, rozando la balaustrada, contando en silencio los segundos. Los minutos.
Las horas. Las cortinas de terciopelo cuelgan inmóviles. Todas las ventanas
están cubiertas excepto la del vestÃbulo, donde la luz de la luna se filtra
sobre el rostro del hombre que asesinó a Gwendoline. Yace desplomado a mis
pies. La cabeza le da vueltas como un corcho de vino a punto de saltar. Tan
silencioso. Tan quieto. PodrÃa engañarte pensando que nunca se ha movido. Que
siempre ha estado ahÃ, como esa silla o esa alfombra. Otro mueble inanimado y
sin gusto. Gwendoline me escribió una vez un poema sobre una casa que se comÃa
a la gente. Su boca era una puerta, sus dientes eran los pilares y la chimenea
su corazón palpitante. Las ventanas se convertÃan en ojos. Uno grande y
parpadeante, como si tuviera un secreto. En el poema de Gwendoline, yo soy la
columna vertebral.
—No
voy a mentir. No ahora, cuando me dejas escribir libremente. En
esos primeros dÃas me asustabas. Eras impredecible, fácil de enojar, volátil.
Cuando alguien le molesta o un trabajo sale mal, si fallas en una misión o un
asesino rival te golpea hasta la marca... CaerÃas en un pozo de rabia
incontrolable, y esos dÃas me lo echaba encima.
La
noche es negra como la boca de una chimenea. Se extiende sobre la casa como una
neblina de humo, espesa y asfixiante. El abuelo dice: Tic, tac, desde donde
está, rozando la balaustrada, contando en silencio los segundos. Los minutos.
Las horas. Las cortinas de terciopelo cuelgan inmóviles. Todas las ventanas
están cubiertas excepto la del vestÃbulo, donde la luz de la luna se filtra
sobre el rostro del hombre que asesinó a Gwendoline. Yace desplomado a mis
pies. La cabeza le da vueltas como un corcho de vino a punto de saltar. Tan
silencioso. Tan quieto. PodrÃa engañarte pensando que nunca se ha movido. Que
siempre ha estado ahÃ, como esa silla o esa alfombra. Otro mueble inanimado y
sin gusto. Gwendoline me escribió una vez un poema sobre una casa que se comÃa
a la gente. Su boca era una puerta, sus dientes eran los pilares y la chimenea
su corazón palpitante. Las ventanas se convertÃan en ojos. Uno grande y
parpadeante, como si tuviera un secreto. En el poema de Gwendoline, yo soy la
columna vertebral.
—No
voy a mentir. No ahora, cuando me dejas escribir libremente. En
esos primeros dÃas me asustabas. Eras impredecible, fácil de enojar, volátil.
Cuando alguien le molesta o un trabajo sale mal, si fallas en una misión o un
asesino rival te golpea hasta la marca... CaerÃas en un pozo de rabia
incontrolable, y esos dÃas me lo echaba encima.
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