El ocaso del héroe












Hubo un tiempo donde me creí el último héroe de una generación de solventes mancebos, que seducían a hermosas mujeres con su voz. Un tipo capaz de galantear a condesas, baronesas, duquesas, periodistas, nadadoras, empresarias, tenderas y madres déspotas: iluminadas tras cortinas de tafetán. Hasta me atreví con alguna  limpiadora de Zotal y el susurro de unas rimas de Alberti escritas en el reverso de una hipoteca ING. Aquel hombre tenía un aura de Bruce Willis en el último Boy Scout. Idóneo candidato para generar una hecatombe en el paseo de la Castellana y el caos más terrorífico, a las puertas de los juzgados de Castilla. Ahora veinte años después, me miro en el espejo y veo al verdadero Dorian Gray; sin impronta ni honra que le valga. Desahuciado de sensaciones e impresiones cotidianas. Los mismos que involucraban a los daños colaterales, como invitados VIP en un salón de la nueva corte de Felipe VI. Aquella mañana de Agosto de 1987 fui abducido por un remolino de emociones, vértigos y sobresaltos vitales que hurtaron la felicidad de mi rostro. Aquel maldito día —en ese viaje—, conduciendo sonriente sobre el cómodo sillón de nuestro nuevo automóvil. Sintiendo el calor de la mano en mi nuca de Denise.















La rubia de cabello ondulado y hermosos pómulos: enjuta y divertida. Sí, así era Denise Delacroix; mi primera esposa. Estaba loco por ella. Contemplaba el paisaje y pensaba el  porqué de la existencia de otrora pretéritas audaces conquistas, no impidieron la amenazadora perdida de mi hijo Emile, y por ende, su madre Denise. La colisión entre el autobús de pasajeros: un Volvo —último modelo— en aluminio ligero y el Airbus-310, vuelo número 7127, de la Kripton Air lines era un hecho consumado. La inminente caída de la aeronave, no estaba en los pronósticos. Pero el azar se volvió caprichoso como el color del cielo. El autobús volvía de un viaje de fin de semana a Santiago de Compostela y a la altura de Laforuguette, muy cerca de nuestra antigua residencia en Toulouse; el mundo se convirtió en una feroz bola de fuego, entre las sombras de los pasajeros del trasporte aéreo con el terrestre. Mis ojos no habían visto en toda su vida, semejante catástrofe tan  horrorosa. Denise lloraba y se retorcía de sufrimiento, chillaba como una posesa ante la perentoria sacudida. Mi reacción fue gélida, contenida y entera. Aparqué el coche en el arcén. Le di un beso a mi esposa—notaba el sabor de sus labios trémulos— y le espeté muy tranquilo que debía ayudar a toda esa gente; aturdida, despavorida, esparcida y envueltos en llamas. Denise se agarró la cabeza con los brazos, quedándose debajo del salpicadero chillando y sollozando.—¡Denise, te quiero. He de encontrar a Emile. Volveré, te lo prometo! Cuando llegué a la zona cero el espectáculo era aterrador.














Algunas víctimas caminaban sin extremidades y los cabellos completamente chamuscados. El olor a carne humana quemada era soporífero. Nadie sabía nada ni entendía lo que decían los heridos. Tan sólo yo y unos cuantos automovilistas que pasábamos por el lugar éramos los primeros testigos de una hecatombe dantesca. Entre lo penoso, descorazonador y la mayor de las náuseas. Yo gritaba, ¡Emile, Emile! A cual grito mayor. Dejé mi americana de lino a una mujer con la mirada completamente ida, sentada en un asiento del avión—del que sobresalían los muelles de  la tapicería calcinada— sobre la tierra y sus brazos sujetando un bebé ensangrentado. De repente, las sirenas de bomberos, policía y unidades de salvamento acotaron el recinto. Media hora más tarde, seguía buscando a mi hijo Emile sin perder la compostura ni la calma. Qué irónico lo de mi integridad, cuando yo no sé ni lo que hacía, ni como andaba. Era un autómata pleno de pena e indolencia. Ahí estaba, yo, en la hoguera de los espantos. Mientras las ánimas se movían como en un carnaval dantesco por la puerta de los infiernos. Entre los técnicos de la policía, se veían balancear a un par de auxiliares de vuelo descompuestos y amasijos de hierros salpicados de hematíes. Los cuerpos aplastados de turistas del autobús, los asientos de escay hechos jirones; una sangría en mitad de un brindis al sol, a la conjura de la adversidad, del azar, de nuestros pecados. Se hacía difícil diferenciar los heridos del medio terrestre con el aéreo.














Un pasajero me decía—¡Agua por favor, deme agua! Sus intestinos completamente fuera de su abdomen, incluso, se podían ver el hígado y el bazo. Me fui directo a él y cogí sus tripas. Aplasté lo pude, mientras pedía auxilio. De entre el fuego y el humo apareció un paramédico con un enfermero y una enfermera. No había pensado en otra cosa que en mi propia muerte ¿Por qué no fui yo en ese vuelo o en aquel viaje purificador a Santiago de Compostela? Uno, que siempre ha pecado de ingenuo y todavía duda si hacer o no el testamento. Intenta buscar la felicidad en el consuelo de los idiotas, el fulgor de los héroes y las voces de la muerte. No encontraba a nuestro hijo Emile y sólo recuerdo, la hermosa enfermera de salvamento civil —a cámara lenta—hablándome. No escuchaba nada. En ese instante, sólo me llené de una ligera evocación marina, como una puesta de sol en la costa marroquí y disfrute con el movimiento de su cabellera azabache, sus negros ojos sombríos, aquella corta y sensual nariz, y sus labios rojos ennegrecidos: donde sonreía la bondad. Me repetía una y otra vez: ¡Señor está bien!¡Se encuentra bien! ¿Es suyo ese niño que lleva en brazos y la niña que lleva de la mano? El niño que llevaba en brazos, lo dejé sentado a mi vera. La niña del cabello rizado observaba, mientras hacía fuerza en balde. El pasajero pateo un último esfuerzo. Su sangre inundaba mis pantalones y el negro suelo que pisábamos. Había tantos niños y niñas con las caras ennegrecidas por el humo del fueloil y la combustión de los neumáticos que se me había quedado una sonrisa etrusca.













Todo se ralentizo, aún más. El picor de ojos era insoportable y me llevaron a un hospital de campaña, en estado de shock. Ver a la gente sufrir y morir es igualmente monótono, que visionar un telediario a la hora de la comida, la mímica repetitiva del sufrimiento de las crónicas de Gaza. Desgraciadamente, toda esa gente resistiendo y muriendo, no condiciona el hecho de vivir en una sociedad perfecta, impoluta y sin fisuras que apesta a asepsia y cinismo. Aquellas almas olían mucho más que los cuerpos enfermos, torturados y disolutos en keroseno. Nunca más volví a saber de mi esposa Denise. Según una lista oficial del recuento de víctimas del accidente entre el Airbus y el autobús había más de 125 muertos y unos 70 heridos. Así como varios desaparecidos. El nombre de Emile Giroud, nunca apareció. A modo de maldición bíblica, Emile se volatizó o qué sé yo. El gobierno francés me condecoró con la medalla al valor y mérito civil. Yo seguí en un grupo de terapia para víctimas de accidentes aéreos y catástrofes extraordinarias. Al final mandé a la mierda al grupo. Dos meses después recibí una documentación desde Paris, con el remite donde se leía: Denise Delacroix. Me enviaba una carta muy escueta, redactada en una prosa muy notarial,  interesándose por mi estado. Me comentaba que ella también se encontraba bien y había conocido a un abogado; su nueva pareja.











El sobre contenía los papeles para la solicitud del divorcio. Me quedé sentado, mirando ese maldito sobre relleno de espumillón, con las letras escritas en formato imprenta por un rotulador y puse en marcha el estéreo. Había un CD de Max Richter. Al tiempo que sonaba la música, no pude contener una lágrima al pensar en la brisa de otoño. Paseando por la fina arena de las playas de Noja— el color del cielo— como se cubría de hermosos cúmulos y los tordos cruzaban el paraíso por delante del luminoso edificio del Pineda Beach. Me quedé en silencio preguntándome, ¿de qué sirve ser un protegido de la virtud, donde todo mundo mitifica al héroe de aventuras que nunca sabrá  la verdadera historia de su vida? Cuando no puedes alcanzar la felicidad de los pájaros. Es mejor, no hacerte oír, aún a sabiendas de que el engaño puede ser mucho mayor. Aquel hombre de sensaciones e impresiones cercanas al vértigo vital, se zambulló en la existencia de lo audaz y la inanidad. A cambio de un silencio temeroso, en el que su voz podía sonar a discordancia irrisoria. Nunca volví a ser aquel hombre enamorado de Denise y orgulloso de mi hijo, Emile. Ahora, entenderán la ubicuidad de la heroicidad: el valor más absoluto de la mierda en la mayor de sus concepciones. No existen los héroes, sólo hombres decepcionados dentro de esqueletos parlantes. Creo que estoy vivo, mientras espero al crepúsculo de los extraños: el ocaso de los héroes.










                                Dedicado a Alex Ángulo (Abril-1953/Julio-2014) In Memoriam








Fotogramas adjuntados

The Flight That Disappeared (1961) by Reginald de Borg
Fearless (1993) by Peter Weir
Unbreakable(2000) by M. Night Shyamalan
Skyjacked (1972) by John Guillermin
Lost (2004) by J.J. Abrams
The grey (2012)  by Joe Carnahan









                                 

Planeta fútbol









La vida da muchas vueltas; demasiadas cómo para encarar con valor que es bueno o malo para ti. Un ejemplo son esos días que comienzas con la pesada rutina de tu llegada al vestuario del equipo. Y sí. Lo confieso: el hedor es insoportable. El mismo inaguantable aroma de todos los manidos días de entrenamiento; el inconfundible penetrante olor de ungüento a linimento y sudor acre naciente en ese espacio de azulejos blancos amarillentos, por donde han pasado remesas de plantillas que nunca llegaron a ser nada. Piensas que el remedio a tu perversa suerte puede estar en los amigos, la familia, bajo una piedra o quizás Dios. Pero no. La verdad, posiblemente, acabas encontrándola en un bote aspirinas para la resaca. ¡Ay, las putas resacas! ¿Han pensando alguna vez por qué tenemos la sensación de que nuestros ojos están llenos de tierra? Mejor dejemos el asunto de la del cuello largo para otro momento. Yo era un portero estático, de esos que opositan a ser derribado por los tres palos. Siempre presto a verlas  venir. Quise ser delantero centro y marcar goles como Di Stefano.
















También soñaba que era el nuevo Armstrong pisando la luna en el siglo XXI. Un chico con una imaginación desbordante. No obstante, soñar es gratis. Pensé en mi compañero Trujillo, un tipo que jugaba de libero, situado al borde del área en los límites de la hipotenusa cartesiana. Un prodigio del cálculo. Creo que desde Baresi—ese del Milán— no había visto jugar a un tío tan bien en esa posición. Trujillo era mi seguro de vida. El férreo y silencioso libero era rapidísimo en el desplazamiento corto: un guepardo. ¡Jodido, Trujillo! Tenía la precisión de un francotirador balcánico para enviar el balón al espacio del volante de derecho o el extremo izquierdo. Un lujo de ciento ochenta y ocho centímetros que se remataban en un pie que trataba el balón como un guante de armiño. Yo lo bauticé con el nombre del  tercer ojo de Ra por su control del orsay. La pesadilla de todo juez de línea. Un deleite verlo jugar delante de mí. Esto se lo he contado antes…Perdonen mi torpeza. Pero hay cosas que por muy mayor que te hagas siguen persiguiéndote toda tu vida. Como la innata y cuasi espiritual timidez. La misma que me condenó a mi enrobinada portería. No sé si tendrá algo que ver lo de ser zurdo y a hostias hacerte derecho.


















La cosa, como el que no quiere es que uno sigue siendo tímido. Y soy portero. ¿Lo había dicho antes? Creo que sí. Saben que soy portero. Discúlpenme pero cuatro años después de mi lesión del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha, sigo con mi adicción a la morfina y como en estas divisiones el doping no nos alcanza. Sigo inyectándome dosis tras dosis. Algo que en más de un ocasión me hace perder el hilo argumental. Lo que nos lleva a soslayar que entre morfina, las secuelas y mi timidez. Había algo en mí que era sobresaliente y eso se llama: capacidad competitiva. Pues hay que ser un prodigio para ejercer en el puesto con todas las contras que me acosaban. Mi abuela habló de un prodigio en lo poco de lo que podía alardear. Pues, para ser hijo de un currante de 1,69. Aquellos 187 centímetros eran  la  comidilla del barrio. Y claro, en aquella época no había muchos zagales tan altos. Las madres de mis amigos y sus hermanas no dejaban de mirarme con ojos de groupies en un concierto de los Beatles. Si en aquellos tiempos era una rara avis, que rompía el concepto de la figura del portero envuelto tras un jugador adicto y pacato. Alguno, dirá aquello de que no era una lumbrera. No, no lo era. Pero el que lo dijo sólo llegó a realizar un máster de albañilería.




















Sin embargo, mis interminables extremidades sacaban al equipo de más de un entuerto. Hasta cuando se organizaba algún barullo en mi área chica, me sobraba brazo para dar el golpe final de autoridad. El árbitro sentía la intimidación de mi presencia como el reclamo de la guardia civil. Su respiración se alteraba cuando escuchaba el tono de mi grave voz. A mí me producía una satisfacción efímera, pero muy confortable. El equipo solía gratificarme aquellas tardes de gloria; la parada de un penalty o el paradón de chiripa del fin de semana. Les parecerá un  poco ingenuo y bobalicón. No obstante, algo tan excitante como una suave friega superaba los deseos de un cualquier don nadie: un masaje. Éste, se ornaba con un halo sobrenatural. Aquella palabra y aquel aroma intenso entre lo dulzón y el almizcle  me trasladaban a un mundo mágico, a un lugar lleno de alquimistas, de elixires de eterna juventud y castillos en el aire.















Sentía que mi ignorancia se colmaba de cultos atisbos a intelectual de franela. El relax y la sensación de languidez de la morfina me producían  paganas fantasías  envueltas de un conjuro pueril y vil de lo que nunca seré. Y es que el fútbol es es un oficio áureo, joven, moderno, rico, estéta, arrollador y trágico como una obra de Shakespeare. En ese preciso instante el masajista estaba pasando sus suaves dedos por la rodilla. Un deporte que envejece como un buen Ribera del Duero y se perfecciona, cuando tenga un pie cerca de la tumba. ¿Será la muerte del pueblo o quizás el fin de la civilización? No me lo creo, nunca morirá. Por cierto, ¿les he dicho que me encanta el fútbol? El fútbol es el circo romano donde todo huele al recreo de las interminables  y  mágicas tardes de la infancia. La sutil y deleitable sensación de libertad que uno experimenta cuando llegas al campo de la tierra prometida. Pero, estoy seguro que ya lo sabían o, ¿vuelvo a repetirme? ¡Qué cojones! Me gusta el fútbol.























                                                          Dedicado a D. Alfredo Di Stefano Julio 1926/Julio 2014 In Memoriam












Fotogramas adjuntos 

Pelota de Trapo (1948) by Leopoldo Torres Ríos
Evasión o Victoria (1981) by John Huston
Das Wunder von Bern (2003) by  Sönke Wortmann
Die Angst des Tormanns beim Elfmeter (1972) by Wim Wenders
The Damned United(2009) by Tom Hooper
Bend It Like Beckham by (2002) by Gurinder Chadha   




   
                   

Promesas del Este







Dicen que las ciudades nunca duermen, que siempre hay alguna luz encendida, algún local abierto y un montón de asfalto silente que no protesta. Siempre hay alguien naciendo o muriendo. Empero, muy de vez en cuando se dejan llevar por el asueto desenfadado y aleatorio. Algunas almas se permiten precarios instantes, en los cuales todo parece dejar de moverse. De su interior brota la oscuridad absoluta y el anhelo; a la espera de recuperar energías. Herkus Kaunas a pesar de su envergadura y mantener un físico saludable era fehaciente que sus 75 años iban pesando en la actitud y desplome moral, de antaño un carácter infalible. Miraba al cielo sólo. Cuando se atisbaba una luna llena flemática y arrogante. Hacía demasiado frío en la lejana noche de noviembre de 1998, mientras observaba por el gélido cristal de su ventana del piso doce la infinidad de edificios que descansaban. Disfrutaba de uno de esos breves momentos, en los cuales la ciudad estaba en calma y seguía con la mirada cada lágrima caída del cielo resbalar por el cristal. Había leído mil y una narraciones, en novelas y poesías, acerca del acotamiento vital de cada gota de lluvia. Cayendo sin saber hacía donde, chocando contra todo y muriendo en el anonimato. Todo el proceso ya era parte de una vida marchita. Por eso, Kaunas miraba cada gota como si fuera la última. Era un espectáculo alucinante ver como impactaban contra el alféizar de la ventana. Parándose ahí. En ese rebuscado hueco. Le daban pena. Era un momento especial. Un momento único. Apagó todas las luces y se metió en la cama, sin dejar de mirar las gotas de lluvia. Llegó un punto que le pareció vislumbrar un ligero brillo en cada una, como si estuvieran cayendo chispas.












Poco a poco se le fueron cerrando los párpados, sin dejar de escuchar el rebote de las gotas. Y recordó en lo más escondido de sus confines mentales, que las ciudades nunca duermen, porque hay humanos que las mueven. Cerca de las cuatro de la mañana algo le despertó: un ruido. Luego, escuchó unos golpes adustos. Aún en vigilia, abrió ligeramente los ojos sin captar mucho que diantres ocurría. Ni descifrar el tipo de sonido que le había parecido escuchar. El solitario Herkus Kaunas estaba acostumbrado a despertarse en las quietas noches cuando pasaban por su calle ambulancias, camiones de la recogida de basuras o algún grupo de borrachos. De repente, un golpe más contundente hizo que reaccionara, que abriera los ojos de par de par, sin moverse de la cama. Ese ruido no venía de la calle, sino de su salón. No se movió. Se quedó expectante. Pendiente de cualquier mínimo ruido. Quería saber quién estaba en su casa. Inmediatamente, el ruido aumentó. Como si alguien hubiera metido una máquina o una grúa percutora. Se asustó. Poco después se  incorporó, no sin dificultad, en la cama y miró a todos lados. El techo se abrió, las paredes parecieron desaparecer y una potente luz iluminó todo. Herkus Kaunas estaba asustado, angustiado, muy nervioso y terminó gritando al silencio del pasillo. La luz se volvió más tenue y el ruido paró. No estaba en su habitación, sino  en algún aséptico habitáculo blanco debajo una mampara de cristal opaco. Se dirigió al interruptor de la luz. Antes de encenderlo vio un destello rojo en la oscuridad, también le pareció oír un pequeño murmullo; seco y gutural.













Su corazón latía apresuradamente, estaba absolutamente consciente, y muy seguro de no haber soñado. Ni el destello ni el rezongo del eco. Llevaría tan sólo, un par de horas dormido cuando sintió una carga encima de él, como si algo le aplastase contra la cama. Intentó despertarse pero fue en vano. Se esforzaba en avivarse pero no lo conseguía, era como si algo controlara esa fase del sueño: no dejándolo escapar. Sintiendo a esa fuerza y reduciéndolo al más absoluto silencio. Notó como el colchón se hundía por el peso extra. Luchó nuevamente por despertarse: no podía. En sueños gritó de rabia, cada vez con más fuerza hasta la extenuación acústica. Aquel crudo alarido pasó de la fase inconsciente a la consciente. En ese momento, se despertó por el fuerte rugido que produjo. De algún modo, traspasó esa barrera que separaba las citadas fases a través del chillido y consiguió acceder a la consciencia que me era un territorio lleno de incógnitas. Estaban ahí, sin resolver. H. Kaunas, en  aquel  momento sintió como si pudiera tirar la pared de un solo puñetazo. Entonces la lámpara del techo se movió como si hubiera una corriente de aire. No obstante, todo estaba cerrado. Solamente un sonido que provenía de la estantería repleta de  libros. Y finalmente el silencio más absoluto. Dejó de sentir su propia presencia. Algo vino a por él, en la noche más dormida de la tierra, lo sabía. No supo nunca qué diablos era, ni cuáles eran exactamente sus intenciones. Pero si tenía algo muy claro: volverían más tarde o más temprano. Ellos no dejarán escapar a las vejaciones del pasado, pues en esta oscura ley de la vida nadie de los nuestros podrá trastocar los deseos más necesarios de las promesas del Este.




















                           Dedicado a Javier Tomeo, hoy hace un año que se marchó al ágora de Bernhard








Fotogramas adjuntados

Le Doulos (1962) by Jean Pierre Melville
Educazione Siberiana (2013) by Grabiele Salvatores
Red Heat (1998) by Walter Hill 
Eastern Promises (2007) by David Cronenberg














                                     

Alfred Hitchcock, el genio de la obsesión








Decían Chabrol y Rohmer: "La forma no embellece el contenido, crea”. El erotismo en Hitchcock es un elemento clave de la estructura narrativa de sus películas. Se asocia con historias de amor, que suelen comenzar con una liberación física de los personajes o de un noviazgo, ya bien sea, superficial o más profunda. Hasta acabar atrapando la ingenuidad de lo carnal. Empero, esas disquisiciones tan intelectuales les serían extrañas y abruptas por estos lares donde lo canallesco y noctambulo son moneda de cambio como la mano de un Baratheon. Luego, a mi admirado Hicht, le podría dedicar tantas palabras como visionados a todas sus películas. Desde la muda, “El jardín de la alegría” (1925) hasta la fascinante “la trama” (1976). Es más, me podría arrancar con alguna de las milongas de Sabina al lado del decano Serrat por mi amado Buenos aires. Sin embargo, hay que hablar de este cineasta, que está entre los cinco mejores de la historia de este arte. Un personaje excepcional y como tal, un ser humano lleno de complejos, obsesiones y frustraciones. Mi abuela me decía: “no hay que  recelar de aquellos tipos con aspecto anodino y percha de sombrío funcionario, atravesado en una vieja estafeta de provincias. Detrás de esta fachada, chaval, puedes encontrarte con la mente de un genio difícil de enmarcar.” Ya les he dicho por estos parajes que mi abuela era un mujer sui generis, a la que le dedique uno de mis insólitos artículos. Alfred Hitchcock siempre hizo las cosas con premeditación y repleto de deseo. Eso sí, a lo grande. Otro cantar fue el terrible paramo de la frustración. Y de esa hay mucha en este mundo de la blogosfera, tanta como bagatelas literarias. Hitch nació en 1899 en el East End londinense, dentro de un círculo familiar dedicado al mundo del comercio. El padre de AH, el Sr. William era un tipo duro y escrupuloso que aleccionó con mano de Tywin Lannister al benjamín Alfred. Hasta tal  punto que el chaval se iba de posaderas con atisbar la presencia de su sombra. Y ahora, por favor, no les entré un ataque de pánico con lo del método educativo victoriano.












Pero algo de verdad tendrá aquello de: “la letra con sangre entra”. Aunque, la ocasión la pintaban calva. Pues, el pequeño Hitchcock no es que fuera el ángel de la guarda, ya que mantuvo una actitud entre lo hooligan y relativas trazas sinvergonzonas, pulimentadas de un sutil sadismo. Una de sus gloriosas gansadas era anudar a sus compañeros de clase. No hay nada como la ilustración del cacumen para darse cuenta que no van atando longanizas a las colas de los perros. El pequeño Alfredo, estaba en los límites de la entrepierna de papa William, y, éste estaba hasta la coronilla tras la enésima diablura del genio. El Sr. Hitchcock padre, se las ingenió para que recibiera su pertinente castigo en una celda de la comisaría del distrito. Pasó toda la noche rodeado de barrotes y mugre. ¿Traumatizador?, ¡Jo y eso que siempre había pensado que el psicópata de mi padre era el mayor de los malvados con los que me había topado! Ahora que la figura de D. William se convirtió en una de las mayores obsesiones del futuro cineasta. Es evidente, que nuestro director lo explotó en el seno de sus fantasías narrativas hasta el paroxismo. Y es que un buen plato de venganza fría, tratándose del maestro del suspense, nada mejor que servirlo en  35mm: puro refinamiento y marca de la casa. Desde entonces, la policía siempre fue un constante que generaba en AH todo tipo de angustias y malestares. Además, ese recelo que le generaba la silueta de su padre, muy pronto se vio expuesta en el acólito refugio de su madre, Miss Ellen Kathleen. Una pobre pseudodiscapacitada por una lesión crónica en sus piernas, la cual, le abocaba a  pasar las tres cuartas parte del día en la cama. Pero además de impedida, la Sra. Kathleen era una mujer manipuladora y posesiva. Por un lado, lisonjeaba al pobre “Alfredito” con palabras del tipo “mi corderito” o “mi angélito”. 

















Y después, se la colocaba como una princesa Lannister por el costado, obligando a Hitch a realizar ejercicios de arrepentimiento. Todas la santas noches, el pequeño debía de subir a la habitación de mama y proclamar todo lo que había hecho mal a lo largo del día. No sería muy breve, conociendo a la perla del maestro. La cosa finalizaba con un padrenuestro y solicitando el perdón divino, previa supervisión de su santa madre. AH,  prosiguió sus estudios hasta los catorce años en un colegio Jesuita. Mal asunto, pues el que teclea anduvo con los Escolapios y fue mi perdición. Luego, el trabajo que dejó pendiente papá Hitchcock fue un pispás para el comité de la sotana fashion. Estos terminaron la faena que no remató el patriarca. El método era de lo más retorcido que se puedan imaginar. Sólo aquellos que hemos convivido junto a estos leviatanes de hábito negro, lo sabemos. El interno debía de elegir cuando era el momento idóneo para soportar la penitencia que se le había arbitrado. Debería de mostrarse en uno de los cubículos especiales del colegio donde se hallaba el abate de turno y  dirigirse a él para decidir el modus operandi. Lo más parecido a uno de sus momentos de mayor clímax de terror en sus films versus la ejecución final. ¿Comienzan a ser más comprensivos con el genio londinense y sus fobias? La verdad, que quien haya tenido una infancia maravillosa: lo admiro. Hitchcock tuvo toda su vida una obsesión paroxística por las mujeres lisiadas y la tortura.  Entrados en harina, sólo hay que ver el film Encadenados (1945). El personaje que interpreta —un excepcional—  Claude Rains de nazi agazapado, cobarde, endeble y pacato. Es incapaz de tomar decisiones por sí sólo. No obstante, su madre—esa señora de apariencia piadosa—se revela como un demonio; una asesina gélida y cruel, a la que no le temblará la mano cuando se ponga en el quite de envenenar a la hermosa Ingrid Bergman.


















Toda la obra de Hitchcock está empapada de una larga lista de malvadas madres, egoístas y posesas. Muchas de ellas convertidas en iconos de la historia del 7º arte. En el fondo Hitch era un creador de atmosferas y estados, donde la proximidad táctil creaba conciencias sobre la importancia de las relaciones superficiales. Es decir, el amor para el maestro se manifestaba en la carne. Pero en algunas películas—este contacto carnal— está en un tris del golpe asesino, que es el paso de una acción a otra en un solo movimiento de sagacidad. Y es que la famosa frase de François Truffaut quedaría ilustrada en este carrusel de fotogramas. Tal como afirmó de su lengua el director galo: "las películas de Hitchcock aman escenas como las escenas del crimen y las escenas del crimen como escenas de amor". La aparición de la mujer es la realización visual de un deseo fotogénica del ideal femenino que físicamente está más cerca del espectador, pero en la distancia de su lugar de perfección plástica muy por encima de lo normal. Luego, la proximidad del cuerpo mira hacia otro ángulo. Las mujeres se convierten en iconos de la belleza inaccesibles hasta que entran en la acción y la intriga. Basta con revisar a Tippie Hedren en Marnie la ladrona (1964), y el leitmotiv del film, que estribaba en la cojera de la madre y la culpabilidad por los abusos sufridos en el pasado. Tal fue el grado de obsesión de Hitch, que visionando el film de nuestro genio aragonés, D. Luis Buñuel, “Tristana” (1970) anduvo tan obnubilado con la historia que termino por revisar la obra original de Pérez Galdós. El ideal de mujer de Hitchcock era una rubia fría, pero sexualmente atractiva, distante y a la vez sugestiva. Recordemos a la Deneuve de Buñuel, tullida y de cabello dorado. Ahí donde llega Hitchcock con la elegante y bella, Grace Kelly y realiza la ventana indiscreta (1954). La Kelly logró mantener una distancia insalvable para el director, que la respetaba y admiraba en silencio, inmovilizado, como el personaje que hacía James Stewart, con la pierna enyesada y mirando impotente por la ventana, cómo se cometía un crimen en el edificio de enfrente.



















A partir de ese instante, Hitchcock abandonaría esa parálisis y reconvertiría su pasión reprimida en impulsos perversos. A menudo, en el mismo set de filmación. Los episodios de Vera Miles (protagonista de Falso culpable 1956 y coprotagonista de Psicosis 1960) y el affaire Tippi Hedren (Los pájaros 1963 y Marnie, la ladrona 1964), removerían lo suyo como ejemplos paradigmáticos. En ambos casos, las actrices fueron agasajadas con ropa, flores, notas, reuniones a solas, consejos y sugerencias subidas de tono. Vera Miles no recibió de buen agrado sus gestos sino que, para disgusto de Hitch, rechazó el papel de protagonista en Vértigo (1958) al estar embarazada. El genio británico gritaba desgañitado: “Iba a convertirse en una verdadera estrella con este film, pero no pudo resistir al “Tarzanete” de su esposo. ¡En vez de tomar la píldora de la jungla!", espetó el cineasta, defraudado. Su reemplazo fue la explosiva Kim Novak, actriz, a la cual nunca quiso reconocerle los méritos de esta obra maestra, junto al esplendido Jack Stewart. No terminó de encajar a la hermosa rubia de Chicago como segundo plato. Y dentro de este submundo de angustias del aturdido Hitch, le quedó la angelical y desgraciada Tippi Hedren, la cual, pagó todos los platos rotos. Recibiendo un trato inhumano en el set de rodaje. Soportando una de las escenas más crueles de la historia de la cinematografía: el famoso ataque de las gaviotas, cuervos y demás especímenes. Tuvo que estar de baja una semana con un schock emocional y físico brutal. Asimismo, el vínculo entre el impulso sexual y criminal; es un calco en Frenesí (1972).













En la reiterativa incapacidad del individuo por llegar a la mujer deseada, derivando en la violación y asesinato de la Sra. Blaney, la actriz Barbara Leigh-Hunt. El protagonista de este arriesgado film, en su época, Robert Rusk (Barry Foster) se encuentra en la misma posición que el trastornado y frustrado Norman Bates. Sin embargo, la película que mejor recrea el mayor de todos los tormentos y remordimientos, de un hombre por una mujer, la rodó el mismo maestro y es la mencionada, anteriormente. En 1958, Hitcht rueda la obra perfecta tras una inversión de planos subjetivos termina por hacernos cómplices de la pesadilla del protagonista  Scottie Ferguson (James Stewart). La simplificación de los recursos estilísticos nos adentra en la sensación de vértigo y el vacío interior de nuestra propia llamada. Al  introducir la intimidad de un personaje vital. Añádanle a un músico de la talla de Bernard Herrmann y tendrán la sensación de malestar más duradera de toda su vida. Ni en un parque temático lo pasarán peor o tendrán el mayor de sus gozos. Y es que "las películas de Hitchcock aman escenas como las del crimen, y las escenas del crimen como las escenas de amor". Así fue este genio de la historia del séptimo arte como comentaba al principio y habrán tenido la suerte de comprobar en sus dos recientes biopics. Uno donde el protagonista, lo encarna Anthony Hopkins “Hitchcock” (2012) y el otro realizado por HBO, donde Hitch lo interpreta un exquisito, Toby Jones “The Girl” (2012) El material para las dos películas no puede ser más jugoso: arrogancia, castings, gente famosa, mobbing, obsesiones tortuosas, sexo y violencia. Claro, que sí el joven rotulista amante del cine de Griffith, lector de Poe y admirador de las rubias más cool resucitase… Mejor nos vemos en otra ocasión.


















                                                 Dedicado a Rafa Nadal, campeón de 14 Grandes Slams





Fotogramas adjuntos


 The Pleasure Garden (1925) by Alfred Hitchcock
 Notorious (1946) “ “  “
 Marnie (1962) “  “   “
 Vertigo (1958) “ “  “
 Psicosis (1960) “  “  “
 The Girl (2012) by Julian Jarrold






Bibliografía consultada y recomendada

Alfred Hitchcock by Donald Spoto Ed. Ultramar (1990)
Hitchcock pour C. Chabrol & E. Rohmer. Paris, Éditions universitaires (1957)
Hitchcock: A Definitive Study of Alfred Hitchcock by Francois Truffaut Ed. Touchstone (1985)
The Cinema of Cruelty: From Buñuel to Hitchcock by André Bazin&Francois Truffaut Ed. Arcade Books (2013)