Alimaña invisible







Aquella tarde caminó unos pocos pasos hacia el dormitorio y se paró frente a la puerta. Estaba nervioso, no sabía del porqué ni quería saber; pero los nervios se volvieron angustias. Sin esperar más abrió la puerta, ya sin tanta atención y cautela, las ansias lo poseyeron y entonces creyó que necesitaba acabar con la vida del resto de la familia. Entró en el dormitorio y agudizo su vista como nunca. Descubrió a una mujer sola, descansando sobre la cama, medio dormida. Los niños no estaban, pero eso no era importante a estas alturas ni le produjo efímera comezón. Volvió en su recorrido hacía atrás y dedujo que era una casa sin niños; demasiado limpia ni juguetes de por medio. Sólo sabía que quería terminar rápido con la mujer para poder volver a su solitaria oscuridad, donde se sentía seguro. Se acercó a la cama sudando muchísimo. 












Las gotas se deslizaban por encima de los parpados y nariz. Miraba a su víctima de pies a cabeza, en ese instante, se enamoró de ella, prendado por su larga cabellera y exquisita silueta. La abrazó tanto que pensó que no podría hacerle daño, empero ese sentimiento cambio rápidamente, pues, empezó a odiarla como a todas las cosas; la odio porque no se daba cuenta de su presencia. La odiaba porque estaba casada y la detestaba por arrebatarle su corazón unos instantes, la siguió odiando, más que a nada en el mundo, porque con solo verla le hizo titubear; ahora la quería muerta. Sacó una navaja del pantalón y con extremo sigilo la acercó al cuello —preparándose—para dar el corte perfecto que acabaría con la vida de ella. En el momento que apretó el cuchillo contra su cuello, la mujer abrió los ojos y lo miró con una cara de espanto. En ese intervalo, de consciencia, presionó el cuchillo hasta hundirlo del todo, en el delicado cuello de la mujer.















La mujer movía sus brazos e intentaba gritar pero el único ruido que logró fue el de las gárgaras por la gran cantidad de sangre que salía del profundo corte en su cuello. Le tapó la boca con el canto de la almohada, ya que ese ruido le perturbaba, y con más fuerza deslizó el cuchillo—ya hundido en el cuello de la víctima—de izquierda a derecha haciendo que ésta se sacudiera con fuerza y desesperación. La sangre salía disparada desde el cuello hacia el cuerpo del asesino hasta que aquella hermosa mujer se quedó quieta con los ojos clavados en la cara de su homicida. Éste respiraba con dificultad debido a su cardiopatía congénita y la gran cantidad de adrenalina que había consumido. Terminada la labor se levantó mirando el cuerpo de su víctima, y con las sabanas que estaban limpias, sobre las piernas de la mujer: se limpió la sangre que le había salpicado la cara. Al retirar la sabana del rostro de ella, se quedó mirando el contorno del cadáver y tuvo un sentimiento que confundió con cansancio.













Buscó en sus bolsillos un par de betabloqueantes y unos caramelos de eucaliptus para quitarle la sequedad del paladar. Estuvo ahí como cerca de una hora contemplando la silueta y la belleza de la muerta hasta que se percató, que lo que había sentido era tristeza, en ese instante, la observó con cierto arrepentimiento. Sin embargo, tan solo, con verla una vez, ya en la oscuridad, supo que se había enamorado de ella: haciéndolo titubear y casi por un momento derrumbarse. Una lágrima brotó de su mejilla y sin más que hacer; se acercó a la papelera y tiró el papel del caramelo mentolado. Se marchó de aquel apartamento como había entrado. Cerró la puerta y esbozó una sonrisa. Seguía enamorado. Aquel criminal se marchaba tomando el ascensor como un técnico del gas el día de la revisión. No era un asesino cualquiera en una anodina tarde de septiembre, pues, el amor no aparece a simple vista. Nunca más se supo de aquella miserable alimaña. Tenía razón mi abuela: no somos nadie y no te fíes de tu sombra. El mal nunca avisa.











                                                 Dedicado a Moses Malone marzo/septiembre 2015 in Memoriam









Fotogramas adjuntados

Bluebeard  by Edgar G. Ulmer (1944)
Caníbal by Manuel Martín Cuenca (2013)
Diary of a Madman by Reginald Le Borg (1963)
The Couch by Owen Crump (1962)





     

                                     

De Moscas, chinches y Nivea









Una de las más pertinaces y caprichosas desdichas—de los redundantes veranos— para todo hijo de vecino son las cansinas moscas de marras. Hábiles y frágiles crías del vuelo más cócora; han pasado a ser uno de los hit parade del veraneo oficial de los Ballester, Frías, Gómez, Navarro, Pellicer, Urrutia y el resto de las clásicas hostigadas troupes familiares. Curiosamente, el limes lo pone el puente de Petxina, territorio de los auténticos desheredados del bienestar. Los apestados del linaje troncal y auténticos veraneantes urbanitas, de la canalla ciudad llamada humedad. Estos últimos vecinos son verdaderos maestros del hastió, sobre todo cuando el amigo Lorenzo se sube a la parra de los 40°, y ni el viejo cemento del sumidero, para desesperación del personal es capaz de bajar el termostato, de la soberbia calina del astro. Sólo les queda la opción de nuevas ofrendas al outsider Baco—de la mano de el tío de la Bota en tetrabrik— haciendo más llevadero el puteo del divino castigo envuelto en fuego. Todos alrededor de una fuente donde las pequeñas criaturas cojoneras afinan sus vuelos, mientras el personal recarga  roñosos bidones de agua. Las moscas son así de apasionantes, ya lo decía Dickinson en sus versos y el bueno de Machado —que conocía muy bien las intenciones de las castellanas— dejó constancia de la pesadez  y desazón del trato con esta jarcia de insectos. Hablando de gente tan ínclita, no estaría de menos, que nos dirigiéramos a los bichos por su nombre científico: Coleóptero hispánico. Vamos la jodida mosca que aparece en una tranquila tarde de siesta y puede acabar siendo la mayor de las maldiciones Cananeas. Lo dicho, como decía Manolo Morán en sus tiempos de guardia urbano— Sres. Sigan a la mosca y a la que se dén cuenta, en sus propias narices, el Escorial”. No tiene pérdida, se lo dice un profesional de la circulación. Pensándolo bien, ¿no sé por qué hostias me he enredado con el affaire de marras? Ahora caigo, cojones! Claro, claro: la hipotensión y la Oxicodina van haciendo mella en mi sistema neurológico y uno va dando tumbos transformados en miajas de lejana lucidez.

















Demonios! Ahora recuerdo al mejor cazador de moscas de la historia contemporánea: Barack Obama. Una vez en mitad de una entrevista para un ínclito canal de TV—de esas tan solemnes, con entrevistador de Ralph Lauren—cortó por lo sano, cazando a una solitaria mosca, que le estaba haciendo polvo el hilo conductor de sus respuestas, y, se quedó fijamente mirando a la afectada, con los ojos estilo Marujita Díaz. De un golpe ligero —en el mismo espacio— la agarró con su mano para el asombro del presentador y resto de la gran platea Made in USA. Definitivamente, las moscas son las cojoneras del verano, como lo es la Casera al vino de verano. Pero la gente lo agradece por lo de los escapes de gases y demás alivios del pesado estío. Ni caso, el vino, si es bueno; mejor sólo. Es obvio, Sres. Pero si de verdad quieren diversión, cambiemos de estación y viajemos al fin del mundo, en pleno Enero a 60 grados bajo cero. Esto sí que es puteo del bueno. Agárrense y al loro con los chinches! Disculpen mi lenguaje, no sea que la banda del Dr. Grissom y sus linternas acabe por liármela. Precisamos el término en todo su esplendor: Artrópodos hematófagos. De ellos buena cuenta dio el abuelo de una novia, de esas que uno tiene en los primeros veranos de pubertad, movida y primer bote de Nivea. Me contaba la criatura, mientras me enseñaba su álbum de fotos familiar, que su abuelo durante la Guerra Civil anduvo por los aledaños de la sierra Ibérica, en frente del Ebro. Gregorio (el ingenuo cabo republicano nunca tuvo muy claro, si lo que lo mató fue las bombas, de los Stukas de Hitler fiados a Franco, los putos chinches o algún morlaco destrangis). Los chinches tan míticos o más que los insufribles coleópteros se datan algo así como hace 3550 años A.C. cuando se descubrieron las tumbas de Tell al-Armana (Egipto). Luego, sean Uds. un poco pacientes y echen cuentas… Estos bichos de marras puede que nos lleven molestando unos cuantos siglos, si contamos bien. 




















No se preocupen, creo que me he tomado las pastillas que procedían (cantidad y proporción según el galeno). Empero fue un viejo conocido de la psicopatía y la inmundicia histórica de la humanidad, el que hizo de ellos, auténticas Celebrities, en los fashion barracones de la Séptima Avenida de Solovki. De esto quién más sabe es la Lomana y su amante a tiempo parcial el Dr. Monedero —que causan fulgor— en eso del Twitter. El sexo virtual está haciendo acólitos entre cincuentones y sesentones. Dicen que es más divertido con Viagra y silicona virtual. Bien, aquel despreciable e inmundo lugar, en los años 30, se convirtió en uno de los cementerios más dantescos, de la perversidad humana, a la velocidad de un trueno. Los chinches campaban como Zipi y Zape por las patillas de D. Pantuflo. A lo expuesto, en cuanto a la calidad de sus lujosas toualets, estaban los feroces carceleros, los cuales, sometían a los presos a todo tipo de vejaciones y torturas inimaginables. Reclusos, quienes, apenas eran capaces de tenerse en pie. Día sí, día no; eran sometidos al sadismo de los guardias que los torturaban a su antojo. En invierno, los guardas de Solovki solían dejar prisioneros desnudos en los campanarios de la vieja catedral a la intemperie, atándoles las manos y los pies a la espalda con una cuerda—alguna lumbrera de la nueva modernidad pensaría que se trataba de Performances de la patria Leninista— yendo desnudos  más de 2 km de distancia por la gélida tundra. Vamos ni en una playa nudista de Gran Canaria… Pero, la cosa no queda ahí. ¿Qué quieres el rancho? Toma dos trozos de carne podrida… ¿Qué te duele la tripa?—Te jodes. Pues, el  auxilio médico se les negaba. No obstante, había días de esos, en los que el tedio terminaba por sacar los mejor de aquellos psicópatas y el entretenimiento alcanzaba el total clímax. Un repertorio de lo más vil de la condición humana, en un desfile de ejecuciones a gogó, por sorpresa y al azar. Lo más divertido de todo este triste entuerto, es que el inventor del Gulag, al igual que de la Cheka, no era cosa—momentáneamente— del sujeto Stalin, sino de su viejo colega de correrías y a la postre enemigo; la momia Lenin.
















Stalin con el tiempo perfeccionaría el aparato burocrático de su protoKGB y la estandarización de unos Gulags, mucho más eficientes y productivos: más muertes por la ley del mínimo esfuerzo. ¿Les suena el método? Creo que al abuelo de mi amiga, le cogió el toro dos veces muy cerca de la femoral, se junó que la cosa no iba a terminar bien. Una mosca se introdujo en la habitación de Guiomar. Lo del toro está constatado y contrastado, dejándose la vida por la libertad de la República, como parte del contingente de la brigada de toreros y subalternos. 3700 tíos —a los que algunos estarán deseándoles el peor de los exabruptos— se dejaron la piel del escroto de 1936 a 1937 por las sierras ibéricas. Me quedé alucinado con aquella criatura y la fascinante crónica en el timbre de su voz. Estaba loco por ella, qué cojones! Al final, me dijo:— Jon, no te da mal rollo que te cuente todo esto y que ese hombre fuera torero. Espeté:—No. No juzgo, para eso están los iluminados que iban de bolo en bolo y codeándose con los mayores sátrapas al ritmo de canapé repleto de Beluga.—Me dejas un poco out.—Sabes lo que te digo, qué les den a todos. Empezando por esa snob de Lady Astor y su encuentro con el genocida Stalin, y luego, algo más madurita coqueteando con Hitler… Una noche cenando con el perverso georgiano, le largó: ¿Sr Stalin, durante cuánto tiempo seguirá matando gente?—le contestó: «Tanto tiempo como sea necesario». La traducción en Castilla, Euskadi, Galicia, Valencia o Buenos Aires  viene a ser esto; (valga el eufemismo) “lo que me salga de los huevos”. Menos mal que estamos en 1980 y España huele como todos los veranos; a diversión y cloro.— Guiomar coge la Nivea y a la piscina—Jon, pero hay un montón de moscas.—Tú, tranquila, eh! Mientras no pillemos chinches… De las moscas, yo me encargo. —¿Quieres ir a ver Piraña esta noche en la terraza de verano?—Siii, cómo mola! Es increíble, Sres. De verdad. Mucho antes que Obama cazara una mosca en directo; yo acabé con la que se metió en la inolvidable habitación de Guiomar. Lo dicho, no hay nada como los veranos con 14 años a la sombra de un chopo y el aroma de toda la vida por delante, en un balón de Nivea y la prosa de Golding. Desde entonces las moscas no me preocupan, evidentemente, ya ha llovido, soplado canícula, nevado y granizado. Además, estamos en verano y quedan unos cuantos chapuzones.














                               Dedicado a Rafael Chirbes Junio 1949/Agosto 2015 In Memoriam














Fotogramas adjuntados

America, America by Elia Kazan (1963)
Hold Back the Dawn by Mitchell Leisen (1941)
The Way Back by Peter Weir (2010)
Conte d'été by Éric Rohmer (1996)













                     

El espectador cuchillo






Se acercaba con paso lento hacia su viejo Seat Ibiza. La capa negra de asfalto dejaba de humear y parecía descansar tras el azote matinal. La luna nueva escondía la sombra del inquieto individuo. Finalmente llegó a la puerta del  automóvil. La abrió y se subió mientras contemplaba el tembleque de sus manos sobre el volante. Cavilaba su  achicharrada cabeza por la voluptuosa humedad —No se puede cambiar el destino. Y sintió una horrible debilidad que lo llevó hasta el suelo. Allí, imaginó yacer como parte de la tierra, percibía las cosas con inmensa calma tras el efecto de la benzodiacepina. Quiso despertarse y despertó en un solar lleno de basura y ratas como liebres de grandes. Entre aquel lodazal de tarquín, únicamente el pensamiento de su madre y las carreras con sus hermanas, por las calles del barrio desviaba la fetidez del inmundo barbecho. Aquel hedor era insufrible. Miró su cartera de cuero y descubrió su DNI; Ismael Tur. El amigo IT estaba en un lío muy gordo. No sabía que hoy iba a ser el día de la gran señal. La vieja pesadilla de antaño se hizo realidad; estaba delante de sus padres con un cuchillo en la mano y comenzó a deliberar a quien mataría primero; si a su madre o su padre. Decidió degollar el frágil cuello de la aturdida madre. Fue muy rápido como pegar un viejo click de Famobil. Su padre amordazado por un trapo lleno de lágrimas, lo fulminó de certero golpe de martillo.














Algunos trocitos de encéfalo se quedaron pintados en el suelo y la puerta del horno. Posteriormente, comenzó a trocear brazos y extremidades con un hacha Santoku. Luego, dividió en piezas más pequeñas las zonas blandas de estos, con un cuchillo Sashimi —excelsas hojas de cerámica Koyocera— y la precisión de un matarife del S. XIX. Separados y colocados en bolsas grandes, de contenedor de basura, los fue sacando con discreción al fondo del jardín del adosado y los enterró. Desde ese instante, todo lo que soñaba le ocurría. Por regla general, representaba el sueño donde alguien moriría. Andrés Tur creció matando y presenciando muertes el resto de su vida. Repetía en voz baja: — Y sigo aquí en estas cuatro paredes invisibles sin nada que hacer y sin nada que pensar… Sólo recordar porque llegué hasta aquí es irónico, soportar esto por tanto tiempo, y la verdad no me culpo, y mucho menos me arrepiento, ya que pasó lo que tenía que pasar y si tuviera la oportunidad de volver hacerlo lo haría. Aún recuerdo la primera noche de mi vida que vi la verdadera emergencia del auténtico asesinato. Fue delante de un televisor de plasma viendo la retrasmisión de unas imágenes en directo desde un país del medio Oriente donde unos soldados disparaban al aire y a todo bicho viviente.













Las imágenes se iban y volvían como si la cámara fuera recogida por un nuevo porteador. Se veían mujeres, hombres, niños, ancianos tirados frente al monumento de un triste dictador. Aquella carnicería en vivo fue un espectáculo fascinante y dantesco. Algo histórico que pasó gracias a la arrogancia de un triste dictador sin conocimiento de estrategia militar ni falta que le hizo; pues asesinar es sencillo. Demasiado. Tanto como asesinar para alguien sin remordimientos, a sabiendas que siempre quedaran las imágenes grabadas en un lápiz de memoria. Una ceremonia espeluznante y espantosa a los ojos de una persona común. Apagué el televisor y me fui a la habitación a rezar por las almas caídas y desaparecidas. Matar a alguien es como incinerar un objeto o hacer desaparecer algo por arte de magia. Aquello que desaparece no es el cuerpo sino el alma distinta al cuerpo, algo que entró desde un sitio inexplicable y por alguna razón, le tocó a mi hermano en aquel instante, delante de la estatua de aquel tirano, ante millones de personas en directo, y esa, es una de las cosas por lo que estoy aquí. 














Hablando desde la angustiosa soledad de mis cuatro paredes invisibles, la habitación de toda mi vida, la misma en la que sigo encerrado desde hace más de diez años con estas ropas tan grotescas. Me están escuchando. Lo sé, lo sé…, que hay micrófonos y cámaras observándome las 24 horas. No obstante, me provocan la misma indiferencia que la efigie de aquel dictador altanero que acabó con la vida de mi hermano. En el fondo, la soledad, tiene el mismo sabor que la sospecha de la captura. Luego, recuerden aquello de… cuando veas las barbas de vecino pelar, pon las tuyas a remojar…, ya que la historia, la mayoría de las veces se repite. A pesar de que la gente piense lo mismo, sobre estas cuatro paredes: invisibles. Sin nada que hacer, sin nada que pensar y sólo saber que hasta cuando tienes ganas de defecar estás siendo grabado. Resulta paradójico lo que yo pueda pensar, cuando me siento en esa taza metálica, porque hasta llegar aquí: mi sombra de atrocidades ha sido muy larga. ¿De verdad, creeen que tengo mucha imaginación? Pues, no sufran que muy pronto comenzará la diversión ¡Por cierto, tengan mucho cuidado! ¿Quién sabe? Igual el próximo en morir podrías ser Ud. o Uds , o tú o aquel o aquella...Todo es posible y factible desde estas cuatro paredes.



                                                                                       FIN








                                                Dedicado a  Chris Squire junio 2007/marzo 1948 In Memoriam





Fotogramas adjuntados



Das Kabinett des Dr. Caligari by Robert Wiene (1920)
Tightrope by Richard Tuggle (1984)
El hombre sin rostro by Juan Bustillo Oro (1950)
Peeping Tom by Michael Powell (1960)






                                         

los anónimos, la honestidad y las cajeras del Super









Dicen que en la vida hay que ser honesto. Twain fue contundente sobre la misma, cuando dijo: Que era la mejor de todas las artes perdidas. Afortunadamente, el bueno de Twain llegó tarde a la orgía de los algoritmos fingidos. Pues el paso del tiempo ha convertido, su don de virtud, en perfecta arma de destrucción masiva y renovado ardid medieval para una sociedad decadente. A propósito del crepúsculo del arte transparente, ello no quiere decir que la verdad exista en algún rincón del mundo y por ende, personas honestas. La máxima de Twain, con quien teclea esta columna, no ha sido muy condescendiente que digamos. Una vida sustentada en la veracidad  profesional, es decir, un C.V. impoluto desde que me lié la manta al cuello con 15 tacos. Puede que con el resultado no deseado, pero una cosa es querer y otra poder. Luego, habrá que darle la razón aquel ministro orondo, glotón y cáustico que tanto le tocaba los cojones a Franco. Al que le dabas un poco de cancha y te levantaba hasta la cartera. ¿Les suena el nombre de Agustín de Foxá? Venga, que lo tienen fácil. Un, dos, tres responda otra vez…Era un tipo falangista, amigo de Neruda, compadre de la bestia maragata (papá Panero), Gómez de la Serna, Ridruejo y el reestudiado Sánchez Mazas. La cosa que entre tedio, tristeza y cantidades industriales de morfina; he estado releyendo mucha poesía y ensayos de la camarilla del 27. Desde Cernuda, Gerardo Diego, Max Aub, Giménez Caballero, Rosales y el mencionado Foxá.















Digamos, que me he empachado de buenas letras. Empero no obviaremos que algunos de los citados en segundo lugar —a determinada gente— les habrán provocado un corte de digestión. Lo siento, la creatividad no tiene precio. Puede que el color de camisa sí. Ahora, para especialistas en el cambio de camisas y chaquetas, pocos lugares del mundo,bien pudieran competir con la mácula ibérica. Sólo hay que ver el redil del 24 M. Por ello, yo he sido hombre fiel a un color, el color blanco nuclear, de las camisas de mi héroe: Don Draper. Hablando de Mad Men, sepan que le quedan dos telediarios y se acaba definitivamente; para siempre. En cambio, los poetas e intelectuales que comían y bebían antes del gran estallido —todos juntos— escribían como los ángeles y me refiero a los transcendentales y teológicos no a la Sra. Caso. Por aquello de la divina trinidad, que nunca le he pillado el punto, y siempre he creído en Bud Spencer y Terence Hill. Uno que es agnóstico, que no ateo. Son dos conceptos muy diferentes, pero cómo es este país bien saben; a la gente le gusta darle al mojarro. Tanto que al final, hablan hasta de física cuántica aunque no sepan quién era Newton. Se lo digo de verdad, ya que en una encuesta —de estas rápidas— la respuesta más cercana fue la actriz británica Olivia Newton-John (Grease).














Y qué le vamos a hacer, si a la gente le gusta hablar. ¡Demonios, qué es algo muy ibérico cómo el jamón de bellota! Da igual que se escriba o se lea lo que sea, seguimos siendo el único país que le hablamos a los extranjeros como chimpancés del Zoo.Y luego, nos metemos con nuestros vecinos; los hijos del gran Saramago. Así nos va. Hablando de estafas, cada día que pasa, me siento más desfalcado y no debería de quejarme; pues soy hombre de cultura Noir y esa es una de las variables esenciales en toda historia que se precie: la estafa, el robo o la usurpación. Ahora con la Webesfera y demás armatostes sociales; el mundo se esconde en fútiles anónimos, seudónimos de mal gusto y avatares de la peor ralea. Uno que está muy mayor y con canas, solemos tener heridas de guerra. Dicen que las de mi generación  son fruto de los excesos. Pero como soy, un poco rara avis, atípico y fuera de contexto: lo mío es congénito. No por ello, me escaqueé del exceso. De posthippie a punk, colgado de la New Wave y  el corazón negro como un Bluesman tallludito. Los más amables hablan de mi genialidad: falso. Cuando uno está para sopas te tratan mejor que al difunto  B.B. King  DEP. Jon Alonso no es un hijo de puta, puede que un pequeño hijo de puta. Pero es un tío legal que va de frente. Bien, ya metidos en éstas, y no es la primera vez que expongo —el runrún de lo que me cuesta escribir— un testículo y parte del otro. Les diré con toda rotundidad: sólo me fío de las cajeras de los supermercados. Todos los santos días las visito, en mi particular periplo, bien cocido de morfina y otras variedades adicionales que la SS tiene dispuestas para mi continuidad terrícola.


















Pues mi vida se reduce a ir al Super del barrio, a por un pack de pechugas de pollo o una bolsa de merluza congelada. Cuando paso por caja, las cajeras, me sonríen y me miran con tiernos ojos. A veces me preguntan por mi salud. Estable —espeto. Una vez de vuelta, ya en casa, tras buscar por un montón de bolsillos y mi propia sombra las llaves. De repente, suena el teléfono. Contesto y se escucha, por el auricular, una voz con tono Gracita Morales.—Dígame.—¿El Sr. Alonso, Jon Alonso…?—Sí, el mismo. —Hola, mire que le llamamos del Super DIA. Se ha dejado su tarjeta de crédito y la tarjeta de descuento.—Ah! Muchas gracias... —De nada a Ud.—Perdona, cómo te llamas. Lo digo, para preguntar por ti.—Yo, soy Inma Campos.—Pues, gracias Inma. No sabes lo que te lo agradezco.—Nada, Sr. Alonso a Ud. Pase cuando pueda. Y si yo no estoy, cualquier compañera-o le pregunta, que las tarjetas se las tenemos guardadas.—Muchas gracias y buenas noches (cuelgo, un poco emocionado). Entenderán, ahora, lo de la esencia de llamar a las cosas por su nombre. Si les intentan camelar —vía red social— anónimos y demás jarcia: ni caso. Si son blogueros y les gusta hablar con los lectores; un buen candado a modo de filtro o en su defecto, cierren el apartado de comentarios. ¿Quién sabe? igual me lo agradecen con el paso del tiempo. A lo mejor puede que tengan más tiempo para leer mucha poesía, ver cine, series de TV… Pasear, charlar con sus parejas y follar con ellas algo más. Sí, sí... Ya lo sé. No tengo remedio: la honestidad me pierde.









                                    Dedicado al rey del blues B.B. King  septiembre 1925-mayo 2015 In Memoriam










Fotogramas adjuntados

La guerre est finie by Alain Resnais 1966
The Good Girl by Miguel Arteta 2002
Behold a Pale Horse by Fred Zinnemann 1964
Cashback by Sean Ellis 2006








           

Mercedes Benz 220 de 1960








Marius Capdevila era un tipo de modales exquisitos, cuasi cortesanos, que se escondía en nobles y timoratos gestos. De repente, sintió como el tiempo se agolpaba en su mente. Recordó todo cuanto le había ocurrido, en ese instante crucial, donde el tramo nuestras vidas comienza a encoger. El Sr. Capdevila ocultaba un escabroso secreto, pues era un hombre de lujuria insaciable e incapaz de esbozar un mínimo guiño de aquiescencia. Ni las horas de clase ni los juegos de un otoño malgastado. Ni los dulces y el chocolate —que le hacía su difunta madre— serían capaces de proporcionarle una mínima alegría a su pertinaz desdicha. Se asustó. No esperaba que la memoria le hubiera jugado tan mala pasada. Se mordía las uñas hasta triturar las cutículas, mientras miraba por el tragaluz de la buhardilla de la vieja mansión solariega. Los ricos saben vivir como ricos. Pero el mero hecho de pensar que pudiera ser pobre le generaba arcadas y mareos. No dejaba de darle vueltas a la cabeza,  la semana pasada, después del numantino esfuerzo para eliminar al hermano soltero de su madre. Un gran trabajo de relojería suiza. Si algo, había hecho bien en su vida fue pegarse largas lecturas de Christie y Conan Doyle en las calurosas tardes de verano. Aquel ardid del automóvil y el precipicio fue una sutil forma de eliminar al Marqués de Vidaurrieta: su único tío carnal. La radiante y fogosa tarde de verano invitaba a mil placeres. Puede que el asesinato sea uno de ellos y el pusilánime Capdevila, no era consciente de lo deleitable que podría ser. 






















Asesinó a su tío con la percusión de quien ejecuta, a golpe de un chasquido, un vietnamita en Indochina. Deslizó el viejo e impoluto Mercedes Benz 220 de 1960  hacia un despeñadero —mientras el cadáver del tío Jonás ejercía de maniquí de grandes almacenes— con el pie bien sujeto al acelerador. Media vida preparando a conciencia y minuciosamente todos los elementos que debían de concurrir en el simulado accidente de D. Jonás Vidaurrieta. Capdevila, estaba ya mozo con abundante color plateado a la altura de sus patillas, apenas cumplidos los cuarenta y sin atar una escoba. La decisión fue tomada a lo largo del devenir de monótonos  años, de puntuales visitas a principios de mes por la casa del pariente, al cual, saludaba efusivamente y escuchaba con ahínco sus soflamas de ferviente franquista. Disfrazado de un snob británico con apariencias cool, que le dejaron buen poso, durante su paso por la ciudad del Támesis. Mientras, la piel de toro se moría de hambre y libertad a golpe de mordaza. Sin embargo, D. Jonás nunca lo ayudó en lo esencial. Capdevila estaba desesperado. Era su único sobrino, hijo de única hermana de su tío y contumaz soltero. Fallecida escasamente unos tres meses. Capdevila, en cierta medida, idolatraba a su tío: su manera de vivir, la constante pertinaz ociosidad y su desordenada vida sin tener que dar explicaciones a nadie. El crimen no era más que una forma de reivindicar su valía, sus derechos consanguíneos y el sustentáculo económico. D. Jonás podía pasar de todo, pero delegaba todo su caótico y caprichoso modus vivendi a la flema  resignada de su fiel mayordomo: el viejo y reumático Zacarías, el cual, daba señales preocupantes de una emergente demencia.
























Fue entonces cuando comenzó a urdir la trama. Dándole vueltas a su cabeza y  mordiéndose compulsivamente las uñas. Se escucharon unos golpes sobre el picaporte del portón. Bajo desde la pequeña buhardilla. Observó por la mirilla y comprobó que era Zacarías. Respiró hondo y abrió la puerta—Buenos días, Zacarías qué tal (tono tenso y cínico)—Buenos días, Señorito Marius.—Ud. dirá…—Vengo, a comunicarle que Don Matías, el notario, ha dicho que mañana a las  11 horas se accederá a la lectura del testamento de D. Jonás. MC se quedó pensativo por unos instantes.—¿Señorito, Marius se encuentra bien? Sí, sí… Perfecto, Zacarías. Muchas gracias. —Adiós y buenos días—Adiós, señorito. Capdevila subió rápidamente a la buhardilla que siempre había sido lugar de juegos y estudio. Se dejó caer en la pequeña cama, donde de pequeño descubrió los pequeños placeres del paso de la inocencia a algo más inquietante. Se quedó vestido y soñando que la voz del notario le hacía saber que era el heredero universal de la fortuna Vidaurreta. Pues, de los Capdevila no quedaba ni una gota de aceite para los candiles. Su cabeza no dejaba de pensar deseos, afanes y ensueños. Creía que no había tenido suerte con el azar y menos aún con el amor. Pero esta era la ocasión perfecta para ser amado y  gozar del cariño de una mujer honrada que se entregara a él noblemente.  Rehacer el hogar y dar paso, nuevamente, a la dicha por el blasón de los Capdevila. Demasiado fácil y excesivamente complejo. ¿Dónde hallar tal mujer? Ninguna  dama sería capaz de pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Desesperado y enloquecido por momentos, tuvo que recurrir a unas gotas de Láudano que le recetó el médico para sus migrañas e insomnio. El alba daba paso a los primeros canturreos de los pájaros de los almendros del jardín.




















Era el gran día. Bajó hasta la cocina y comprobó que la nevera estaba tiesa. Pensó en Zacarías y su tío Jonás, cómo su tío siempre tenía la bandeja del desayuno en la cama: zumo de naranja, café con leche, tostadas y mantequilla. Recompuso el gesto y tomó un poco de leche que había en una botella con algo de malta. El viejo Omega de pulsera marcaba las 10,30h, suficiente tiempo para llegar al centro de la villa. Por delante un paseo lleno de naturaleza y belleza veraniega. Dejó atrás los recuerdos, apresurando el paso por el arcén de la vieja carretera del concejo. Iba con el itinerario a su favor, pues la carretera tomaba un badén hacía abajo e intentaba frenar los pasos. Algo que le parecía divertido. Pensaba en su tío y no dejaba de sonreír: su crimen había sido perfecto. Nadie sospechaba de él. Una ligera brisa que llegaba de la costa sopló y pareció acariciar su acicalada barba. Cuando de repente, un Mercedes Benz 220 negro azabache metalizado y con las lunas completamente opacas; iba a más de 150 Km/h. Se giró. Apenas, puedo gritar: ¡Noooo, no puede ser! El cuerpo salió despedido del arcén completamente quebrado. El gesto de su cara era terrorífica al lado de la abundante sangre que salía por la apertura del parietal junto a pequeños trozos de masa encefálica.  En la plaza del pueblo, el reloj de la casa consistorial marcaba las 11 en punto. Y en el despacho de D. Matías sólo se hallaban; el secretario de éste y Zacarías de un luto riguroso apoyado sobre su bastón. Bien señores, ya es la hora y como dejó bien claro D. Jonás, estuviera quien estuviera, estas son las últimas voluntades de Don Jonás Vidaurrieta Mújica y de Leániz. Yo, D. Jonás tal y tal, en plenas facultades y etc. legó todas mis propiedades, capitales, enseres y ajuares a D. Zacarías López Mayorga. He dicho. A día de hoy de 1964… D. Matías le espetó a  Zacarías— ¿Lleva Ud. su carnet de identidad?— Sí, claro D. Matías. —Pues firme aquí y buenos días, caballero.



                                                                                               

                                                                             FIN





                                Dedicado a Eduardo Galeano y las víctimas del terremoto en Nepal In Memoriam




Fotogramas adjuntados


Le beau Serge  by Claude Chabrol (1958)
Mercedes Benz 220 1960 by IMCDb.
Agnosia by Eugenio Mira (2010)
The Servant by Joseph Losey (1963)