Aquella
tarde caminó unos pocos pasos hacia el dormitorio y se paró frente a la puerta.
Estaba nervioso, no sabía del porqué ni quería saber; pero los nervios se
volvieron angustias. Sin esperar más abrió la puerta, ya sin tanta atención y
cautela, las ansias lo poseyeron y entonces creyó que necesitaba acabar con la
vida del resto de la familia. Entró en el dormitorio y agudizo su vista como
nunca. Descubrió a una mujer sola, descansando sobre la cama, medio dormida.
Los niños no estaban, pero eso no era importante a estas alturas ni le produjo efímera comezón. Volvió en su recorrido hacía atrás y dedujo que era una casa
sin niños; demasiado limpia ni juguetes de por medio. Sólo sabía que quería
terminar rápido con la mujer para poder volver a su solitaria oscuridad, donde
se sentía seguro. Se acercó a la cama sudando muchísimo.
Las gotas se deslizaban por encima de los parpados y nariz. Miraba a su
víctima de pies a cabeza, en ese instante, se enamoró de ella, prendado por su larga
cabellera y exquisita silueta. La abrazó
tanto que pensó que no podría hacerle daño, empero ese sentimiento cambio
rápidamente, pues, empezó a odiarla como a todas las cosas; la odio porque no
se daba cuenta de su presencia. La odiaba porque estaba casada y la detestaba
por arrebatarle su corazón unos instantes, la siguió odiando, más que a nada en
el mundo, porque con solo verla le hizo titubear; ahora la quería muerta. Sacó
una navaja del pantalón y con extremo sigilo la acercó al cuello —preparándose—para
dar el corte perfecto que acabaría con la vida de ella. En el momento que
apretó el cuchillo contra su cuello, la mujer abrió los ojos y lo miró con una
cara de espanto. En ese intervalo, de consciencia, presionó el cuchillo hasta
hundirlo del todo, en el delicado cuello de la mujer.
La
mujer movía sus brazos e intentaba gritar pero el único ruido que logró fue el
de las gárgaras por la gran cantidad de sangre que salía del profundo corte en
su cuello. Le tapó la boca con el canto de la almohada, ya que ese ruido le
perturbaba, y con más fuerza deslizó el cuchillo—ya hundido en el cuello de la
víctima—de izquierda a derecha haciendo que ésta se sacudiera con fuerza y
desesperación. La sangre salía disparada desde el cuello hacia el cuerpo del
asesino hasta que aquella hermosa mujer se quedó quieta con los ojos clavados
en la cara de su homicida. Éste respiraba con dificultad debido a su
cardiopatía congénita y la gran cantidad de adrenalina que había consumido.
Terminada la labor se levantó mirando el cuerpo de su víctima, y con las
sabanas que estaban limpias, sobre las piernas de la mujer: se limpió la sangre
que le había salpicado la cara. Al retirar la sabana del rostro de ella, se quedó
mirando el contorno del cadáver y tuvo un sentimiento que confundió con
cansancio.
Buscó
en sus bolsillos un par de betabloqueantes y unos caramelos de eucaliptus para
quitarle la sequedad del paladar. Estuvo ahí como cerca de una hora
contemplando la silueta y la belleza de la muerta hasta que se percató, que lo
que había sentido era tristeza, en ese instante, la observó con cierto
arrepentimiento. Sin embargo, tan solo, con verla una vez, ya en la
oscuridad, supo que se había enamorado de ella: haciéndolo titubear y casi por
un momento derrumbarse. Una lágrima brotó de su mejilla y sin más que hacer;
se acercó a la papelera y tiró el papel del caramelo mentolado. Se marchó de
aquel apartamento como había entrado. Cerró la puerta y esbozó una sonrisa.
Seguía enamorado. Aquel criminal se marchaba tomando el ascensor como un
técnico del gas el día de la revisión. No era un asesino cualquiera en una
anodina tarde de septiembre, pues, el amor no aparece a simple vista. Nunca más
se supo de aquella miserable alimaña. Tenía razón mi abuela: no somos nadie y
no te fíes de tu sombra. El mal nunca avisa.
Dedicado a Moses Malone marzo/septiembre 2015 in Memoriam
Una de las más pertinaces y caprichosas desdichas—de los redundantes veranos— para todo hijo de vecino son las cansinas moscas de marras. Hábiles y frágiles crías del vuelo más cócora; han pasado a ser uno de los hit parade del veraneo oficial de los Ballester, Frías, Gómez, Navarro, Pellicer, Urrutia y el resto de las clásicas hostigadas troupes familiares. Curiosamente, el limes lo pone el puente de Petxina, territorio de los auténticos desheredados del bienestar. Los apestados del linaje troncal y auténticos veraneantes urbanitas, de la canalla ciudad llamada humedad. Estos últimos vecinos son verdaderos maestros del hastió, sobre todo cuando el amigo Lorenzo se sube a la parra de los 40°, y ni el viejo cemento del sumidero, para desesperación del personal es capaz de bajar el termostato, de la soberbia calina del astro. Sólo les queda la opción de nuevas ofrendas al outsider Baco—de la mano de el tío de la Bota en tetrabrik— haciendo más llevadero el puteo del divino castigo envuelto en fuego. Todos alrededor de una fuente donde las pequeñas criaturas cojoneras afinan sus vuelos, mientras el personal recarga roñosos bidones de agua. Las moscas son así de apasionantes, ya lo decía Dickinson en sus versos y el bueno de Machado —que conocía muy bien las intenciones de las castellanas— dejó constancia de la pesadez y desazón del trato con esta jarcia de insectos. Hablando de gente tan ínclita, no estaría de menos, que nos dirigiéramos a los bichos por su nombre científico: Coleóptero hispánico. Vamos la jodida mosca que aparece en una tranquila tarde de siesta y puede acabar siendo la mayor de las maldiciones Cananeas. Lo dicho, como decía Manolo Morán en sus tiempos de guardia urbano— “Sres. Sigan a la mosca y a la que se dén cuenta, en sus propias narices, el Escorial”. No tiene pérdida, se lo dice un profesional de la circulación. Pensándolo bien, ¿no sé por qué hostias me he enredado con el affaire de marras?Ahora caigo, cojones! Claro, claro: la hipotensión y la Oxicodina van haciendo mella en mi sistema neurológico y uno va dando tumbos transformados en miajas de lejana lucidez.
Demonios! Ahora recuerdo al mejor cazador de moscas de la
historia contemporánea: Barack Obama. Una vez en mitad de una entrevista para un
ínclito canal de TV—de esas tan solemnes, con entrevistador de Ralph Lauren—cortó
por lo sano, cazando a una solitaria mosca, que le estaba haciendo polvo el hilo conductor de sus respuestas, y, se quedó
fijamente mirando a la afectada, con los ojos estilo Marujita Díaz. De un golpe
ligero —en el mismo espacio— la agarró con su mano para el asombro del
presentador y resto de la gran platea Made in USA. Definitivamente, las moscas
son las cojoneras del verano, como lo es la
Casera al vino de verano. Pero la gente lo agradece por lo de los escapes
de gases y demás alivios del pesado estío. Ni caso, el vino, si es bueno; mejor
sólo. Es obvio, Sres. Pero si de verdad quieren diversión, cambiemos de
estación y viajemos al fin del mundo, en pleno Enero a 60 grados bajo cero.
Esto sí que es puteo del bueno. Agárrense y al loro con los chinches! Disculpen
mi lenguaje, no sea que la banda del Dr. Grissom y sus linternas acabe por
liármela. Precisamos el término en todo su esplendor: Artrópodos hematófagos. De ellos buena cuenta dio el abuelo de una
novia, de esas que uno tiene en los primeros veranos de pubertad, movida y
primer bote de Nivea. Me contaba la criatura, mientras me enseñaba su álbum de
fotos familiar, que su abuelo durante la Guerra Civil anduvo por los aledaños de la sierra Ibérica, en frente del
Ebro. Gregorio (el ingenuo cabo republicano nunca tuvo muy claro, si lo que lo
mató fue las bombas, de los Stukas de
Hitler fiados a Franco, los putos chinches o algún morlaco destrangis). Los
chinches tan míticos o más que los insufribles coleópteros se datan algo así como hace 3550 años A.C. cuando se
descubrieron las tumbas deTell al-Armana (Egipto). Luego, sean
Uds. un poco pacientes y echen cuentas… Estos bichos de marras puede que nos
lleven molestando unos cuantos siglos, si contamos bien.
No se preocupen, creo que me he tomado las pastillas que
procedían (cantidad y proporción según el galeno). Empero fue un viejo conocido
de la psicopatía y la inmundicia histórica de la humanidad, el que hizo de
ellos, auténticas Celebrities, en los fashion barracones de la Séptima Avenida de Solovki. De esto quién más sabe es la
Lomana y su amante a tiempo parcial el Dr. Monedero —que causan fulgor— en eso
del Twitter. El sexo virtual está haciendo acólitos entre cincuentones y
sesentones. Dicen que es más divertido con Viagra y silicona virtual. Bien,
aquel despreciable e inmundo lugar, en los años 30, se convirtió en uno de los
cementerios más dantescos, de la perversidad humana, a la velocidad de un
trueno. Los chinches campaban como Zipi y Zape por las patillas de D.
Pantuflo. A lo expuesto, en cuanto a la
calidad de sus lujosas toualets,
estaban los feroces carceleros, los cuales, sometían a los presos a todo tipo de vejaciones y torturas inimaginables. Reclusos, quienes, apenas eran capaces de tenerse en pie. Día sí, día no; eran sometidos
al sadismo de los guardias que los torturaban a su antojo. En invierno, los
guardas de Solovki solían dejar prisioneros desnudos en los campanarios de la
vieja catedral a la intemperie, atándoles las manos y los pies a la espalda con
una cuerda—alguna lumbrera de la nueva modernidad pensaría que se trataba de Performances de la patria Leninista—
yendo desnudos más de 2 km de distancia
por la gélida tundra. Vamos ni en una playa nudista de Gran Canaria… Pero, la
cosa no queda ahí. ¿Qué quieres el
rancho? Toma dos trozos de carne podrida… ¿Qué te duele la tripa?—Te jodes.
Pues, el auxilio médico se les negaba.
No obstante, había días de esos, en los que el tedio terminaba por sacar los
mejor de aquellos psicópatas y el entretenimiento
alcanzaba eltotal clímax. Un repertorio de lo más vil de la condición humana, en un desfile de ejecuciones a gogó, por sorpresa y al azar. Lo más divertido de todo este
triste entuerto, es que el inventor del Gulag, al igual que de la Cheka, no era cosa—momentáneamente— del
sujeto Stalin, sino de su viejo colega de correrías y a la postre enemigo; la
momia Lenin.
Stalin con el tiempo perfeccionaría el aparato burocrático
de suprotoKGB y la estandarización
de unos Gulags, mucho más eficientes y productivos: más muertes por la ley del
mínimo esfuerzo. ¿Les suena el método? Creo que al abuelo de mi amiga, le cogió
el toro dos veces muy cerca de la femoral, se junó que la cosa no iba a
terminar bien. Una mosca se introdujo en la habitación de Guiomar. Lo del toro
está constatado y contrastado, dejándose la vida por la libertad de la República,
como parte del contingente de la brigada de toreros y subalternos. 3700 tíos —a
los que algunos estarán deseándoles el peor de los exabruptos— se dejaron la piel
del escroto de 1936 a 1937 por las sierras ibéricas. Me quedé alucinado con
aquella criatura y la fascinante crónica en el timbre de su voz. Estaba loco
por ella, qué cojones! Al final, me dijo:— Jon, no te da mal rollo que te
cuente todo esto y que ese hombre fuera torero. Espeté:—No. No juzgo, para eso
están los iluminados que iban de bolo en bolo y codeándose con los mayores sátrapas al ritmo de canapé repleto de Beluga.—Me dejas un poco out.—Sabes
lo que te digo, qué les den a todos. Empezando por esa snob de Lady Astor y su
encuentro con el genocida Stalin, y luego, algo más madurita coqueteando con Hitler… Una
noche cenando con el perverso georgiano, le largó: ¿Sr Stalin, durante cuánto
tiempo seguirá matando gente?—le contestó: «Tanto tiempo como sea necesario».
La traducción en Castilla, Euskadi, Galicia, Valencia o Buenos Aires viene a ser esto; (valga el eufemismo) “lo
que me salga de los huevos”. Menos mal que estamos en 1980 y España huele como
todos los veranos; a diversión y cloro.— Guiomar coge la Nivea y a la
piscina—Jon, pero hay un montón de moscas.—Tú, tranquila, eh! Mientras no pillemos
chinches… De las moscas, yo me encargo. —¿Quieres ir a ver Piraña esta noche en
la terraza de verano?—Siii, cómo mola! Es increíble, Sres. De verdad. Mucho
antes que Obama cazara una mosca en directo; yo acabé con la que se metió en la
inolvidable habitación de Guiomar. Lo dicho, no hay nada como los veranos con
14 años a la sombra de un chopo y el aroma de toda la vida por delante, en un
balón de Nivea y la prosa de Golding. Desde entonces las moscas no me preocupan,
evidentemente, ya ha llovido, soplado canícula, nevado y granizado. Además,
estamos en verano y quedan unos cuantos chapuzones.
Dedicado a Rafael Chirbes Junio 1949/Agosto 2015 In Memoriam
Se
acercaba con paso lento hacia su viejo Seat
Ibiza. La capa negra de asfalto dejaba de humear y parecía descansar tras
el azote matinal. La luna nueva escondía la sombra del inquieto individuo.
Finalmente llegó a la puerta del automóvil. La abrió y se subió mientras
contemplaba el tembleque de sus manos sobre el volante. Cavilaba su achicharrada cabeza
por la voluptuosa humedad —No se puede cambiar el destino. Y sintió una
horrible debilidad que lo llevó hasta el suelo. Allí, imaginó yacer como parte
de la tierra, percibía las cosas con inmensa calma tras el efecto de la benzodiacepina.
Quiso despertarse y despertó en un solar lleno de basura y ratas como liebres
de grandes. Entre aquel lodazal de tarquín, únicamente el pensamiento de su
madre y las carreras con sus hermanas, por las calles del barrio desviaba la
fetidez del inmundo barbecho. Aquel hedor era insufrible. Miró su cartera de cuero
y descubrió su DNI; Ismael Tur. El amigo
IT estaba en un lío muy gordo. No sabía que hoy iba a ser el día de la gran
señal. La vieja pesadilla de antaño se hizo realidad; estaba delante de sus
padres con un cuchillo en la mano y comenzó a deliberar a quien mataría
primero; si a su madre o su padre. Decidió degollar el frágil cuello de la
aturdida madre. Fue muy rápido como pegar un viejo click de Famobil. Su padre amordazado por un trapo lleno de
lágrimas, lo fulminó de certero golpe de
martillo.
Algunos
trocitos de encéfalo se quedaron pintados en el suelo y la puerta del horno. Posteriormente, comenzó a trocear brazos y
extremidades con un hacha Santoku. Luego, dividió en piezas más pequeñas las
zonas blandas de estos, con un cuchillo Sashimi —excelsas hojas de cerámica
Koyocera— y la precisión de un matarife del S. XIX. Separados y colocados
en bolsas grandes, de contenedor de basura, los fue sacando con discreción al
fondo del jardín del adosado y los enterró. Desde ese instante, todo lo que
soñaba le ocurría. Por regla general, representaba el sueño donde alguien
moriría. Andrés Tur creció matando y
presenciando muertes el resto de su vida. Repetía en voz baja:— Y sigo aquí en estas cuatro paredes
invisibles sin nada que hacer y sin nada que pensar… Sólo recordar porque
llegué hasta aquí es irónico, soportar esto por tanto tiempo, y la verdad no me
culpo, y mucho menos me arrepiento, ya que pasó lo que tenía que pasar y si
tuviera la oportunidad de volver hacerlo lo haría. Aún recuerdo la primera
noche de mi vida que vi la verdadera emergencia del auténtico asesinato. Fue
delante de un televisor de plasma viendo la retrasmisión de unas imágenes en
directo desde un país del medio Oriente donde unos soldados disparaban al aire
y a todo bicho viviente.
Las imágenes se
iban y volvían como si la cámara fuera recogida por un nuevo porteador. Se
veían mujeres, hombres, niños, ancianos tirados frente al monumento de un
triste dictador. Aquella carnicería en vivo fue un espectáculo fascinante y
dantesco. Algo histórico que pasó gracias a la arrogancia de un triste dictador
sin conocimiento de estrategia militar ni falta que le hizo; pues asesinar es sencillo.
Demasiado. Tanto como asesinar para alguien sin remordimientos, a sabiendas que
siempre quedaran las imágenes grabadas en un lápiz de memoria. Una ceremonia espeluznante
y espantosa a los ojos de una persona común. Apagué el televisor y me fui a la habitación
a rezar por las almas caídas y desaparecidas. Matar a alguien es como incinerar un objeto o hacer desaparecer algo
por arte de magia. Aquello que desaparece no es el cuerpo sino el alma distinta
al cuerpo, algo que entró desde un sitio inexplicable y por alguna razón, le
tocó a mi hermano en aquel instante, delante de la estatua de aquel tirano,
ante millones de personas en directo, y esa, es una de las cosas por lo que estoy
aquí.
Hablando desde la
angustiosa soledad de mis cuatro paredes invisibles, la habitación de toda mi
vida, la misma en la que sigo encerrado desde hace más de diez años con estas
ropas tan grotescas. Me están escuchando. Lo
sé, lo sé…, que hay micrófonos y cámaras observándome las 24 horas. No
obstante, me provocan la misma indiferencia que la efigie de aquel dictador
altanero que acabó con la vida de mi hermano. En el fondo, la soledad,
tiene el mismo sabor que la sospecha de la captura. Luego, recuerden aquello de…
cuando veas las barbas de vecino pelar, pon las tuyas a remojar…, ya que la
historia, la mayoría de las veces se repite.
A pesar de que la gente piense lo mismo, sobre estas cuatro paredes: invisibles. Sin nada que hacer, sin nada que pensar y sólo saber que hasta cuando tienes
ganas de defecar estás siendo grabado. Resulta paradójico lo que yo pueda
pensar, cuando me siento en esa taza metálica, porque hasta llegar aquí: mi sombra de
atrocidades ha sido muy larga. ¿De verdad, creeen que tengo mucha
imaginación? Pues, no sufran que muy pronto comenzará la diversión ¡Por cierto,
tengan mucho cuidado! ¿Quién sabe? Igual el próximo en morir podrías ser Ud. o Uds , o tú o aquel o aquella...Todo es posible y factible desde estas cuatro paredes. FIN Dedicado
a Chris Squire junio 2007/marzo 1948 In
Memoriam Fotogramas adjuntados
Das Kabinett des Dr. Caligari by Robert Wiene
(1920)
Dicen que en la vida
hay que ser honesto. Twain fue contundente sobre la misma, cuando dijo: Que era la mejor de todas las artes perdidas. Afortunadamente, el bueno deTwain llegó tarde a la orgía de los algoritmos fingidos. Pues el
paso del tiempo ha convertido, su don de virtud, en perfecta arma de
destrucción masiva y renovado ardid medieval para una sociedad decadente. A
propósito del crepúsculo del arte transparente, ello no quiere decir que la
verdad exista en algún rincón del mundo y por ende, personas honestas. La máxima
de Twain, con quien teclea esta columna, no ha sido muy condescendiente que
digamos. Una vida sustentada en la veracidad
profesional, es decir, un C.V. impoluto desde que me lié la manta al cuello
con 15 tacos. Puede que con el resultado no deseado, pero una cosa es querer y
otra poder. Luego, habrá que darle la razón aquel ministro orondo, glotón y
cáustico que tanto le tocaba los cojones a Franco. Al que le dabas un poco de
cancha y te levantaba hasta la cartera. ¿Les suena el nombre de Agustín de
Foxá? Venga, que lo tienen fácil. Un, dos, tres responda otra vez…Era un tipo
falangista, amigo de Neruda, compadre de la bestia maragata (papá Panero), Gómez
de la Serna, Ridruejo y el reestudiado Sánchez Mazas. La cosa que entre tedio, tristeza y cantidades industriales de morfina;
he estado releyendo mucha poesía y ensayos de la camarilla del 27. Desde Cernuda, Gerardo Diego, Max Aub,
Giménez Caballero, Rosales y el mencionado Foxá.
Digamos, que me he
empachado de buenas letras. Empero no obviaremos que algunos de los citados en
segundo lugar —a determinada gente— les habrán provocado un corte de digestión.
Lo siento, la creatividad no tiene precio. Puede que el color de camisa sí.
Ahora, para especialistas en el cambio de camisas y chaquetas, pocos lugares
del mundo,bien pudieran competir con la mácula ibérica.
Sólo hay que ver el redil del 24 M.
Por ello, yo he sido hombre fiel a un color, el color blanco nuclear, de las camisas de mi héroe: Don Draper. Hablando de Mad Men, sepan que le quedan dos
telediarios y se acaba definitivamente; para siempre. En cambio, los poetas e
intelectuales que comían y bebían antes del gran estallido —todos juntos—
escribían como los ángeles y me refiero a los transcendentales y teológicos no
a la Sra. Caso. Por aquello de la divina trinidad, que nunca le he pillado el
punto, y siempre he creído en Bud Spencer y Terence Hill. Uno que es agnóstico, que no ateo.
Son dos conceptos muy diferentes, pero cómo es este
país bien saben; a la gente le gusta darle al mojarro.
Tanto que al final, hablan hasta de física cuántica aunque no sepan quién era
Newton. Se lo digo de verdad, ya que en una encuesta —de estas rápidas— la
respuesta más cercana fue la actriz británica Olivia Newton-John (Grease).
Y qué le vamos a
hacer, si a la gente le gusta hablar. ¡Demonios, qué es algo muy ibérico cómo
el jamón de bellota! Da igual que se escriba o se lea lo que sea, seguimos
siendo el único país que le hablamos a los extranjeros como chimpancés del Zoo.Y luego, nos metemos con nuestros vecinos; los hijos del gran Saramago. Así nos
va. Hablando de estafas, cada día que pasa, me siento más desfalcado y no
debería de quejarme; pues soy hombre de cultura Noir y esa es una de las
variables esenciales en toda historia que se precie: la estafa, el robo o la
usurpación. Ahora con la Webesfera y demás armatostes sociales; el mundo se
esconde en fútiles anónimos, seudónimos de mal gusto y avatares de la peor
ralea. Uno que está muy mayor y con canas, solemos tener heridas de
guerra. Dicen que las de mi generación
son fruto de los excesos. Pero como soy, un poco rara avis, atípico y
fuera de contexto: lo mío es congénito. No por ello, me escaqueé del exceso. De
posthippie a punk, colgado de la New Wave y
el corazón negro como un Bluesman tallludito. Los más amables hablan de
mi genialidad: falso. Cuando uno está para sopas te tratan mejor que al
difunto B.B. King DEP. Jon Alonso no es un hijo de puta, puede
que un pequeño hijo de puta. Pero es un tío legal que va de frente. Bien, ya
metidos en éstas, y no es la primera vez que expongo —el runrún de lo que me
cuesta escribir— un testículo y parte del otro. Les diré con toda rotundidad:
sólo me fío de las cajeras de los supermercados. Todos los santos días las visito,
en mi particular periplo, bien cocido de morfina y otras variedades adicionales
que la SS tiene dispuestas para mi continuidad terrícola.
Pues mi vida se
reduce a ir al Super del barrio, a
por un pack de pechugas de pollo o una bolsa de merluza congelada. Cuando paso
por caja, las cajeras, me sonríen y me miran con tiernos ojos. A veces me
preguntan por mi salud. Estable —espeto. Una vez de vuelta, ya en casa, tras
buscar por un montón de bolsillos y mi propia sombra las llaves. De repente,
suena el teléfono. Contesto y se escucha, por el auricular, una voz con tono Gracita
Morales.—Dígame.—¿El Sr. Alonso, Jon Alonso…?—Sí,
el mismo. —Hola, mire que le llamamos del Super
DIA. Se ha dejado su tarjeta de crédito y la tarjeta de descuento.—Ah! Muchas gracias... —De nada a
Ud.—Perdona, cómo te llamas. Lo digo, para preguntar por ti.—Yo, soy Inma
Campos.—Pues, gracias Inma. No sabes lo que te lo agradezco.—Nada, Sr. Alonso a
Ud. Pase cuando pueda. Y si yo no estoy, cualquier compañera-o le pregunta, que
las tarjetas se las tenemos guardadas.—Muchas gracias y buenas noches (cuelgo, un poco emocionado). Entenderán, ahora, lo de la esencia de llamar a las
cosas por su nombre. Si les intentan camelar —vía red social— anónimos y demás
jarcia: ni caso. Si son blogueros y les gusta hablar con los lectores; un buen
candado a modo de filtro o en su defecto, cierren el apartado de comentarios.
¿Quién sabe? igual me lo agradecen con el paso del tiempo. A lo mejor puede que
tengan más tiempo para leer mucha poesía, ver cine, series de TV… Pasear, charlar
con sus parejas y follar con ellas algo más. Sí, sí... Ya lo sé. No tengo remedio: la honestidad me pierde.
Dedicado al rey del
blues B.B. King septiembre 1925-mayo
2015 In Memoriam
Marius Capdevila era
un tipo de modales exquisitos, cuasi cortesanos, que se escondía en nobles y
timoratos gestos. De repente, sintió como el tiempo se agolpaba en su mente.
Recordó todo cuanto le había ocurrido, en ese instante crucial, donde el tramo
nuestras vidas comienza a encoger. El Sr. Capdevila ocultaba un escabroso
secreto, pues era un hombre de lujuria insaciable e incapaz de esbozar un
mínimo guiño de aquiescencia. Ni las horas de clase ni los juegos de un otoño
malgastado. Ni los dulces y el chocolate —que le hacía su difunta madre— serían
capaces de proporcionarle una mínima alegría a su pertinaz desdicha. Se asustó.
No esperaba que la memoria le hubiera jugado tan mala pasada. Se mordía las
uñas hasta triturar las cutículas, mientras miraba por el tragaluz de la
buhardilla de la vieja mansión solariega. Los ricos saben vivir como ricos.
Pero el mero hecho de pensar que pudiera ser pobre le generaba arcadas y
mareos. No dejaba de darle vueltas a la cabeza,
la semana pasada, después del numantino esfuerzo para eliminar al
hermano soltero de su madre. Un gran
trabajo de relojería suiza. Si algo, había hecho bien en su vida fue pegarse largas
lecturas de Christie y Conan Doyle en las calurosas tardes de verano.
Aquel ardid del automóvil y el
precipicio fue una sutil forma de eliminar al Marqués de Vidaurrieta: su único tío
carnal. La radiante y fogosa tarde de verano invitaba a mil placeres. Puede
que el asesinato sea uno de ellos y el pusilánime Capdevila, no era consciente
de lo deleitable que podría ser.
Asesinó a su tío con
la percusión de quien ejecuta, a golpe de un chasquido, un vietnamita en
Indochina. Deslizó el viejo e impoluto Mercedes Benz 220 de 1960 hacia un despeñadero —mientras el cadáver del
tío Jonás ejercía de maniquí de grandes almacenes— con el pie bien sujeto al
acelerador. Media vida preparando a conciencia y minuciosamente todos los
elementos que debían de concurrir en el simulado accidente de D. Jonás
Vidaurrieta. Capdevila, estaba ya mozo con abundante color plateado a la altura
de sus patillas, apenas cumplidos los cuarenta y sin atar una escoba. La decisión fue tomada a lo largo del
devenir de monótonos años, de puntuales
visitas a principios de mes por la casa del pariente, al cual, saludaba
efusivamente y escuchaba con ahínco sus soflamas de ferviente franquista. Disfrazado de un snob británico con apariencias cool, que le dejaron buen poso, durante
su paso por la ciudad del Támesis. Mientras, la piel de toro se moría de hambre y libertad a golpe de mordaza. Sin embargo, D. Jonás nunca lo ayudó en lo esencial.
Capdevila estaba desesperado. Era su único sobrino, hijo de única hermana de su
tío y contumaz soltero. Fallecida escasamente unos tres meses. Capdevila, en
cierta medida, idolatraba a su tío: su manera de vivir, la constante pertinaz
ociosidad y su desordenada vida sin tener que dar explicaciones a nadie. El
crimen no era más que una forma de reivindicar su valía, sus derechos
consanguíneos y el sustentáculo económico. D. Jonás podía pasar de todo, pero
delegaba todo su caótico y caprichoso modus vivendi a la flema resignada de su fiel mayordomo: el viejo y
reumático Zacarías, el cual, daba señales preocupantes de una emergente demencia.
Fue entonces cuando
comenzó a urdir la trama. Dándole vueltas a su cabeza y mordiéndose compulsivamente las uñas. Se escucharon
unos golpes sobre el picaporte del portón. Bajo desde la pequeña buhardilla.
Observó por la mirilla y comprobó que era Zacarías. Respiró hondo y abrió la
puerta—Buenos días, Zacarías qué tal (tono tenso y cínico)—Buenos días,
Señorito Marius.—Ud. dirá…—Vengo, a comunicarle que Don Matías, el notario, ha
dicho que mañana a las 11 horas se
accederá a la lectura del testamento de D. Jonás. MC se quedó pensativo por
unos instantes.—¿Señorito, Marius se encuentra bien? Sí, sí… Perfecto,
Zacarías. Muchas gracias. —Adiós y buenos días—Adiós, señorito. Capdevila subió
rápidamente a la buhardilla que siempre había sido lugar de juegos y estudio.
Se dejó caer en la pequeña cama, donde de pequeño descubrió los pequeños
placeres del paso de la inocencia a algo más inquietante. Se quedó vestido y
soñando que la voz del notario le hacía saber que era el heredero universal de
la fortuna Vidaurreta. Pues, de los Capdevila no quedaba ni una gota de aceite
para los candiles. Su cabeza no dejaba de pensar deseos, afanes y ensueños.
Creía que no había tenido suerte con el azar y menos aún con el amor. Pero esta
era la ocasión perfecta para ser amado y
gozar del cariño de una mujer honrada que se entregara a él
noblemente. Rehacer el hogar y dar paso, nuevamente, a la dicha por el blasón de
los Capdevila. Demasiado fácil y excesivamente complejo. ¿Dónde hallar tal
mujer? Ninguna dama sería capaz de
pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Desesperado y enloquecido
por momentos, tuvo que recurrir a unas gotas de Láudano que le recetó el médico
para sus migrañas e insomnio. El alba daba paso a los primeros canturreos de
los pájaros de los almendros del jardín.
Era el gran día. Bajó hasta la cocina y comprobó que la
nevera estaba tiesa. Pensó en Zacarías y su tío Jonás, cómo su tío siempre
tenía la bandeja del desayuno en la cama: zumo de naranja, café con leche,
tostadas y mantequilla. Recompuso el gesto y tomó un poco de leche que
había en una botella con algo de malta. El viejo Omega de pulsera marcaba las 10,30h, suficiente tiempo para llegar
al centro de la villa. Por delante un paseo lleno de naturaleza y belleza
veraniega. Dejó atrás los recuerdos, apresurando el paso por el arcén de la
vieja carretera del concejo. Iba con el itinerario a su favor, pues la
carretera tomaba un badén hacía abajo e intentaba frenar los pasos. Algo que le
parecía divertido. Pensaba en su tío y no dejaba de sonreír: su crimen había
sido perfecto. Nadie sospechaba de él. Una
ligera brisa que llegaba de la costa sopló y pareció acariciar su acicalada barba.
Cuando de repente, un Mercedes Benz 220 negro azabache metalizado y con las lunas
completamente opacas; iba a más de 150 Km/h. Se giró. Apenas, puedo gritar:
¡Noooo, no puede ser! El cuerpo salió despedido del arcén completamente
quebrado. El gesto de su cara era terrorífica al lado de la abundante sangre
que salía por la apertura del parietal junto a pequeños trozos de masa
encefálica. En la plaza del pueblo, el
reloj de la casa consistorial marcaba las 11 en punto. Y en el despacho de D.
Matías sólo se hallaban; el secretario de éste y Zacarías de un luto riguroso
apoyado sobre su bastón. Bien señores, ya es la hora y como dejó bien claro D.
Jonás, estuviera quien estuviera, estas son las últimas voluntades de Don Jonás
Vidaurrieta Mújica y de Leániz. Yo, D. Jonás tal y tal, en plenas facultades y
etc. legó todas mis propiedades, capitales, enseres y ajuares a D. Zacarías
López Mayorga. He dicho. A día de hoy de 1964… D. Matías le espetó a Zacarías— ¿Lleva Ud. su carnet de identidad?—
Sí, claro D. Matías. —Pues firme aquí y buenos días, caballero.
FIN
Dedicado a Eduardo Galeano y las víctimas del terremoto en Nepal In
Memoriam
Fotogramas adjuntados
Le beau Serge by Claude Chabrol (1958)
Mercedes Benz 220 1960 by IMCDb.
Agnosia by Eugenio Mira (2010)
The Servant by Joseph Losey (1963)
Aquella
tarde caminó unos pocos pasos hacia el dormitorio y se paró frente a la puerta.
Estaba nervioso, no sabía del porqué ni quería saber; pero los nervios se
volvieron angustias. Sin esperar más abrió la puerta, ya sin tanta atención y
cautela, las ansias lo poseyeron y entonces creyó que necesitaba acabar con la
vida del resto de la familia. Entró en el dormitorio y agudizo su vista como
nunca. Descubrió a una mujer sola, descansando sobre la cama, medio dormida.
Los niños no estaban, pero eso no era importante a estas alturas ni le produjo efímera comezón. Volvió en su recorrido hacía atrás y dedujo que era una casa
sin niños; demasiado limpia ni juguetes de por medio. Sólo sabía que quería
terminar rápido con la mujer para poder volver a su solitaria oscuridad, donde
se sentía seguro. Se acercó a la cama sudando muchísimo.
Las gotas se deslizaban por encima de los parpados y nariz. Miraba a su
víctima de pies a cabeza, en ese instante, se enamoró de ella, prendado por su larga
cabellera y exquisita silueta. La abrazó
tanto que pensó que no podría hacerle daño, empero ese sentimiento cambio
rápidamente, pues, empezó a odiarla como a todas las cosas; la odio porque no
se daba cuenta de su presencia. La odiaba porque estaba casada y la detestaba
por arrebatarle su corazón unos instantes, la siguió odiando, más que a nada en
el mundo, porque con solo verla le hizo titubear; ahora la quería muerta. Sacó
una navaja del pantalón y con extremo sigilo la acercó al cuello —preparándose—para
dar el corte perfecto que acabaría con la vida de ella. En el momento que
apretó el cuchillo contra su cuello, la mujer abrió los ojos y lo miró con una
cara de espanto. En ese intervalo, de consciencia, presionó el cuchillo hasta
hundirlo del todo, en el delicado cuello de la mujer.
La
mujer movía sus brazos e intentaba gritar pero el único ruido que logró fue el
de las gárgaras por la gran cantidad de sangre que salía del profundo corte en
su cuello. Le tapó la boca con el canto de la almohada, ya que ese ruido le
perturbaba, y con más fuerza deslizó el cuchillo—ya hundido en el cuello de la
víctima—de izquierda a derecha haciendo que ésta se sacudiera con fuerza y
desesperación. La sangre salía disparada desde el cuello hacia el cuerpo del
asesino hasta que aquella hermosa mujer se quedó quieta con los ojos clavados
en la cara de su homicida. Éste respiraba con dificultad debido a su
cardiopatía congénita y la gran cantidad de adrenalina que había consumido.
Terminada la labor se levantó mirando el cuerpo de su víctima, y con las
sabanas que estaban limpias, sobre las piernas de la mujer: se limpió la sangre
que le había salpicado la cara. Al retirar la sabana del rostro de ella, se quedó
mirando el contorno del cadáver y tuvo un sentimiento que confundió con
cansancio.
Buscó
en sus bolsillos un par de betabloqueantes y unos caramelos de eucaliptus para
quitarle la sequedad del paladar. Estuvo ahí como cerca de una hora
contemplando la silueta y la belleza de la muerta hasta que se percató, que lo
que había sentido era tristeza, en ese instante, la observó con cierto
arrepentimiento. Sin embargo, tan solo, con verla una vez, ya en la
oscuridad, supo que se había enamorado de ella: haciéndolo titubear y casi por
un momento derrumbarse. Una lágrima brotó de su mejilla y sin más que hacer;
se acercó a la papelera y tiró el papel del caramelo mentolado. Se marchó de
aquel apartamento como había entrado. Cerró la puerta y esbozó una sonrisa.
Seguía enamorado. Aquel criminal se marchaba tomando el ascensor como un
técnico del gas el día de la revisión. No era un asesino cualquiera en una
anodina tarde de septiembre, pues, el amor no aparece a simple vista. Nunca más
se supo de aquella miserable alimaña. Tenía razón mi abuela: no somos nadie y
no te fíes de tu sombra. El mal nunca avisa.
Dedicado a Moses Malone marzo/septiembre 2015 in Memoriam
Una de las más pertinaces y caprichosas desdichas—de los redundantes veranos— para todo hijo de vecino son las cansinas moscas de marras. Hábiles y frágiles crías del vuelo más cócora; han pasado a ser uno de los hit parade del veraneo oficial de los Ballester, Frías, Gómez, Navarro, Pellicer, Urrutia y el resto de las clásicas hostigadas troupes familiares. Curiosamente, el limes lo pone el puente de Petxina, territorio de los auténticos desheredados del bienestar. Los apestados del linaje troncal y auténticos veraneantes urbanitas, de la canalla ciudad llamada humedad. Estos últimos vecinos son verdaderos maestros del hastió, sobre todo cuando el amigo Lorenzo se sube a la parra de los 40°, y ni el viejo cemento del sumidero, para desesperación del personal es capaz de bajar el termostato, de la soberbia calina del astro. Sólo les queda la opción de nuevas ofrendas al outsider Baco—de la mano de el tío de la Bota en tetrabrik— haciendo más llevadero el puteo del divino castigo envuelto en fuego. Todos alrededor de una fuente donde las pequeñas criaturas cojoneras afinan sus vuelos, mientras el personal recarga roñosos bidones de agua. Las moscas son así de apasionantes, ya lo decía Dickinson en sus versos y el bueno de Machado —que conocía muy bien las intenciones de las castellanas— dejó constancia de la pesadez y desazón del trato con esta jarcia de insectos. Hablando de gente tan ínclita, no estaría de menos, que nos dirigiéramos a los bichos por su nombre científico: Coleóptero hispánico. Vamos la jodida mosca que aparece en una tranquila tarde de siesta y puede acabar siendo la mayor de las maldiciones Cananeas. Lo dicho, como decía Manolo Morán en sus tiempos de guardia urbano— “Sres. Sigan a la mosca y a la que se dén cuenta, en sus propias narices, el Escorial”. No tiene pérdida, se lo dice un profesional de la circulación. Pensándolo bien, ¿no sé por qué hostias me he enredado con el affaire de marras?Ahora caigo, cojones! Claro, claro: la hipotensión y la Oxicodina van haciendo mella en mi sistema neurológico y uno va dando tumbos transformados en miajas de lejana lucidez.
Demonios! Ahora recuerdo al mejor cazador de moscas de la
historia contemporánea: Barack Obama. Una vez en mitad de una entrevista para un
ínclito canal de TV—de esas tan solemnes, con entrevistador de Ralph Lauren—cortó
por lo sano, cazando a una solitaria mosca, que le estaba haciendo polvo el hilo conductor de sus respuestas, y, se quedó
fijamente mirando a la afectada, con los ojos estilo Marujita Díaz. De un golpe
ligero —en el mismo espacio— la agarró con su mano para el asombro del
presentador y resto de la gran platea Made in USA. Definitivamente, las moscas
son las cojoneras del verano, como lo es la
Casera al vino de verano. Pero la gente lo agradece por lo de los escapes
de gases y demás alivios del pesado estío. Ni caso, el vino, si es bueno; mejor
sólo. Es obvio, Sres. Pero si de verdad quieren diversión, cambiemos de
estación y viajemos al fin del mundo, en pleno Enero a 60 grados bajo cero.
Esto sí que es puteo del bueno. Agárrense y al loro con los chinches! Disculpen
mi lenguaje, no sea que la banda del Dr. Grissom y sus linternas acabe por
liármela. Precisamos el término en todo su esplendor: Artrópodos hematófagos. De ellos buena cuenta dio el abuelo de una
novia, de esas que uno tiene en los primeros veranos de pubertad, movida y
primer bote de Nivea. Me contaba la criatura, mientras me enseñaba su álbum de
fotos familiar, que su abuelo durante la Guerra Civil anduvo por los aledaños de la sierra Ibérica, en frente del
Ebro. Gregorio (el ingenuo cabo republicano nunca tuvo muy claro, si lo que lo
mató fue las bombas, de los Stukas de
Hitler fiados a Franco, los putos chinches o algún morlaco destrangis). Los
chinches tan míticos o más que los insufribles coleópteros se datan algo así como hace 3550 años A.C. cuando se
descubrieron las tumbas deTell al-Armana (Egipto). Luego, sean
Uds. un poco pacientes y echen cuentas… Estos bichos de marras puede que nos
lleven molestando unos cuantos siglos, si contamos bien.
No se preocupen, creo que me he tomado las pastillas que
procedían (cantidad y proporción según el galeno). Empero fue un viejo conocido
de la psicopatía y la inmundicia histórica de la humanidad, el que hizo de
ellos, auténticas Celebrities, en los fashion barracones de la Séptima Avenida de Solovki. De esto quién más sabe es la
Lomana y su amante a tiempo parcial el Dr. Monedero —que causan fulgor— en eso
del Twitter. El sexo virtual está haciendo acólitos entre cincuentones y
sesentones. Dicen que es más divertido con Viagra y silicona virtual. Bien,
aquel despreciable e inmundo lugar, en los años 30, se convirtió en uno de los
cementerios más dantescos, de la perversidad humana, a la velocidad de un
trueno. Los chinches campaban como Zipi y Zape por las patillas de D.
Pantuflo. A lo expuesto, en cuanto a la
calidad de sus lujosas toualets,
estaban los feroces carceleros, los cuales, sometían a los presos a todo tipo de vejaciones y torturas inimaginables. Reclusos, quienes, apenas eran capaces de tenerse en pie. Día sí, día no; eran sometidos
al sadismo de los guardias que los torturaban a su antojo. En invierno, los
guardas de Solovki solían dejar prisioneros desnudos en los campanarios de la
vieja catedral a la intemperie, atándoles las manos y los pies a la espalda con
una cuerda—alguna lumbrera de la nueva modernidad pensaría que se trataba de Performances de la patria Leninista—
yendo desnudos más de 2 km de distancia
por la gélida tundra. Vamos ni en una playa nudista de Gran Canaria… Pero, la
cosa no queda ahí. ¿Qué quieres el
rancho? Toma dos trozos de carne podrida… ¿Qué te duele la tripa?—Te jodes.
Pues, el auxilio médico se les negaba.
No obstante, había días de esos, en los que el tedio terminaba por sacar los
mejor de aquellos psicópatas y el entretenimiento
alcanzaba eltotal clímax. Un repertorio de lo más vil de la condición humana, en un desfile de ejecuciones a gogó, por sorpresa y al azar. Lo más divertido de todo este
triste entuerto, es que el inventor del Gulag, al igual que de la Cheka, no era cosa—momentáneamente— del
sujeto Stalin, sino de su viejo colega de correrías y a la postre enemigo; la
momia Lenin.
Stalin con el tiempo perfeccionaría el aparato burocrático
de suprotoKGB y la estandarización
de unos Gulags, mucho más eficientes y productivos: más muertes por la ley del
mínimo esfuerzo. ¿Les suena el método? Creo que al abuelo de mi amiga, le cogió
el toro dos veces muy cerca de la femoral, se junó que la cosa no iba a
terminar bien. Una mosca se introdujo en la habitación de Guiomar. Lo del toro
está constatado y contrastado, dejándose la vida por la libertad de la República,
como parte del contingente de la brigada de toreros y subalternos. 3700 tíos —a
los que algunos estarán deseándoles el peor de los exabruptos— se dejaron la piel
del escroto de 1936 a 1937 por las sierras ibéricas. Me quedé alucinado con
aquella criatura y la fascinante crónica en el timbre de su voz. Estaba loco
por ella, qué cojones! Al final, me dijo:— Jon, no te da mal rollo que te
cuente todo esto y que ese hombre fuera torero. Espeté:—No. No juzgo, para eso
están los iluminados que iban de bolo en bolo y codeándose con los mayores sátrapas al ritmo de canapé repleto de Beluga.—Me dejas un poco out.—Sabes
lo que te digo, qué les den a todos. Empezando por esa snob de Lady Astor y su
encuentro con el genocida Stalin, y luego, algo más madurita coqueteando con Hitler… Una
noche cenando con el perverso georgiano, le largó: ¿Sr Stalin, durante cuánto
tiempo seguirá matando gente?—le contestó: «Tanto tiempo como sea necesario».
La traducción en Castilla, Euskadi, Galicia, Valencia o Buenos Aires viene a ser esto; (valga el eufemismo) “lo
que me salga de los huevos”. Menos mal que estamos en 1980 y España huele como
todos los veranos; a diversión y cloro.— Guiomar coge la Nivea y a la
piscina—Jon, pero hay un montón de moscas.—Tú, tranquila, eh! Mientras no pillemos
chinches… De las moscas, yo me encargo. —¿Quieres ir a ver Piraña esta noche en
la terraza de verano?—Siii, cómo mola! Es increíble, Sres. De verdad. Mucho
antes que Obama cazara una mosca en directo; yo acabé con la que se metió en la
inolvidable habitación de Guiomar. Lo dicho, no hay nada como los veranos con
14 años a la sombra de un chopo y el aroma de toda la vida por delante, en un
balón de Nivea y la prosa de Golding. Desde entonces las moscas no me preocupan,
evidentemente, ya ha llovido, soplado canícula, nevado y granizado. Además,
estamos en verano y quedan unos cuantos chapuzones.
Dedicado a Rafael Chirbes Junio 1949/Agosto 2015 In Memoriam
Se
acercaba con paso lento hacia su viejo Seat
Ibiza. La capa negra de asfalto dejaba de humear y parecía descansar tras
el azote matinal. La luna nueva escondía la sombra del inquieto individuo.
Finalmente llegó a la puerta del automóvil. La abrió y se subió mientras
contemplaba el tembleque de sus manos sobre el volante. Cavilaba su achicharrada cabeza
por la voluptuosa humedad —No se puede cambiar el destino. Y sintió una
horrible debilidad que lo llevó hasta el suelo. Allí, imaginó yacer como parte
de la tierra, percibía las cosas con inmensa calma tras el efecto de la benzodiacepina.
Quiso despertarse y despertó en un solar lleno de basura y ratas como liebres
de grandes. Entre aquel lodazal de tarquín, únicamente el pensamiento de su
madre y las carreras con sus hermanas, por las calles del barrio desviaba la
fetidez del inmundo barbecho. Aquel hedor era insufrible. Miró su cartera de cuero
y descubrió su DNI; Ismael Tur. El amigo
IT estaba en un lío muy gordo. No sabía que hoy iba a ser el día de la gran
señal. La vieja pesadilla de antaño se hizo realidad; estaba delante de sus
padres con un cuchillo en la mano y comenzó a deliberar a quien mataría
primero; si a su madre o su padre. Decidió degollar el frágil cuello de la
aturdida madre. Fue muy rápido como pegar un viejo click de Famobil. Su padre amordazado por un trapo lleno de
lágrimas, lo fulminó de certero golpe de
martillo.
Algunos
trocitos de encéfalo se quedaron pintados en el suelo y la puerta del horno. Posteriormente, comenzó a trocear brazos y
extremidades con un hacha Santoku. Luego, dividió en piezas más pequeñas las
zonas blandas de estos, con un cuchillo Sashimi —excelsas hojas de cerámica
Koyocera— y la precisión de un matarife del S. XIX. Separados y colocados
en bolsas grandes, de contenedor de basura, los fue sacando con discreción al
fondo del jardín del adosado y los enterró. Desde ese instante, todo lo que
soñaba le ocurría. Por regla general, representaba el sueño donde alguien
moriría. Andrés Tur creció matando y
presenciando muertes el resto de su vida. Repetía en voz baja:— Y sigo aquí en estas cuatro paredes
invisibles sin nada que hacer y sin nada que pensar… Sólo recordar porque
llegué hasta aquí es irónico, soportar esto por tanto tiempo, y la verdad no me
culpo, y mucho menos me arrepiento, ya que pasó lo que tenía que pasar y si
tuviera la oportunidad de volver hacerlo lo haría. Aún recuerdo la primera
noche de mi vida que vi la verdadera emergencia del auténtico asesinato. Fue
delante de un televisor de plasma viendo la retrasmisión de unas imágenes en
directo desde un país del medio Oriente donde unos soldados disparaban al aire
y a todo bicho viviente.
Las imágenes se
iban y volvían como si la cámara fuera recogida por un nuevo porteador. Se
veían mujeres, hombres, niños, ancianos tirados frente al monumento de un
triste dictador. Aquella carnicería en vivo fue un espectáculo fascinante y
dantesco. Algo histórico que pasó gracias a la arrogancia de un triste dictador
sin conocimiento de estrategia militar ni falta que le hizo; pues asesinar es sencillo.
Demasiado. Tanto como asesinar para alguien sin remordimientos, a sabiendas que
siempre quedaran las imágenes grabadas en un lápiz de memoria. Una ceremonia espeluznante
y espantosa a los ojos de una persona común. Apagué el televisor y me fui a la habitación
a rezar por las almas caídas y desaparecidas. Matar a alguien es como incinerar un objeto o hacer desaparecer algo
por arte de magia. Aquello que desaparece no es el cuerpo sino el alma distinta
al cuerpo, algo que entró desde un sitio inexplicable y por alguna razón, le
tocó a mi hermano en aquel instante, delante de la estatua de aquel tirano,
ante millones de personas en directo, y esa, es una de las cosas por lo que estoy
aquí.
Hablando desde la
angustiosa soledad de mis cuatro paredes invisibles, la habitación de toda mi
vida, la misma en la que sigo encerrado desde hace más de diez años con estas
ropas tan grotescas. Me están escuchando. Lo
sé, lo sé…, que hay micrófonos y cámaras observándome las 24 horas. No
obstante, me provocan la misma indiferencia que la efigie de aquel dictador
altanero que acabó con la vida de mi hermano. En el fondo, la soledad,
tiene el mismo sabor que la sospecha de la captura. Luego, recuerden aquello de…
cuando veas las barbas de vecino pelar, pon las tuyas a remojar…, ya que la
historia, la mayoría de las veces se repite.
A pesar de que la gente piense lo mismo, sobre estas cuatro paredes: invisibles. Sin nada que hacer, sin nada que pensar y sólo saber que hasta cuando tienes
ganas de defecar estás siendo grabado. Resulta paradójico lo que yo pueda
pensar, cuando me siento en esa taza metálica, porque hasta llegar aquí: mi sombra de
atrocidades ha sido muy larga. ¿De verdad, creeen que tengo mucha
imaginación? Pues, no sufran que muy pronto comenzará la diversión ¡Por cierto,
tengan mucho cuidado! ¿Quién sabe? Igual el próximo en morir podrías ser Ud. o Uds , o tú o aquel o aquella...Todo es posible y factible desde estas cuatro paredes. FIN Dedicado
a Chris Squire junio 2007/marzo 1948 In
Memoriam Fotogramas adjuntados
Das Kabinett des Dr. Caligari by Robert Wiene
(1920)
Dicen que en la vida
hay que ser honesto. Twain fue contundente sobre la misma, cuando dijo: Que era la mejor de todas las artes perdidas. Afortunadamente, el bueno deTwain llegó tarde a la orgía de los algoritmos fingidos. Pues el
paso del tiempo ha convertido, su don de virtud, en perfecta arma de
destrucción masiva y renovado ardid medieval para una sociedad decadente. A
propósito del crepúsculo del arte transparente, ello no quiere decir que la
verdad exista en algún rincón del mundo y por ende, personas honestas. La máxima
de Twain, con quien teclea esta columna, no ha sido muy condescendiente que
digamos. Una vida sustentada en la veracidad
profesional, es decir, un C.V. impoluto desde que me lié la manta al cuello
con 15 tacos. Puede que con el resultado no deseado, pero una cosa es querer y
otra poder. Luego, habrá que darle la razón aquel ministro orondo, glotón y
cáustico que tanto le tocaba los cojones a Franco. Al que le dabas un poco de
cancha y te levantaba hasta la cartera. ¿Les suena el nombre de Agustín de
Foxá? Venga, que lo tienen fácil. Un, dos, tres responda otra vez…Era un tipo
falangista, amigo de Neruda, compadre de la bestia maragata (papá Panero), Gómez
de la Serna, Ridruejo y el reestudiado Sánchez Mazas. La cosa que entre tedio, tristeza y cantidades industriales de morfina;
he estado releyendo mucha poesía y ensayos de la camarilla del 27. Desde Cernuda, Gerardo Diego, Max Aub,
Giménez Caballero, Rosales y el mencionado Foxá.
Digamos, que me he
empachado de buenas letras. Empero no obviaremos que algunos de los citados en
segundo lugar —a determinada gente— les habrán provocado un corte de digestión.
Lo siento, la creatividad no tiene precio. Puede que el color de camisa sí.
Ahora, para especialistas en el cambio de camisas y chaquetas, pocos lugares
del mundo,bien pudieran competir con la mácula ibérica.
Sólo hay que ver el redil del 24 M.
Por ello, yo he sido hombre fiel a un color, el color blanco nuclear, de las camisas de mi héroe: Don Draper. Hablando de Mad Men, sepan que le quedan dos
telediarios y se acaba definitivamente; para siempre. En cambio, los poetas e
intelectuales que comían y bebían antes del gran estallido —todos juntos—
escribían como los ángeles y me refiero a los transcendentales y teológicos no
a la Sra. Caso. Por aquello de la divina trinidad, que nunca le he pillado el
punto, y siempre he creído en Bud Spencer y Terence Hill. Uno que es agnóstico, que no ateo.
Son dos conceptos muy diferentes, pero cómo es este
país bien saben; a la gente le gusta darle al mojarro.
Tanto que al final, hablan hasta de física cuántica aunque no sepan quién era
Newton. Se lo digo de verdad, ya que en una encuesta —de estas rápidas— la
respuesta más cercana fue la actriz británica Olivia Newton-John (Grease).
Y qué le vamos a
hacer, si a la gente le gusta hablar. ¡Demonios, qué es algo muy ibérico cómo
el jamón de bellota! Da igual que se escriba o se lea lo que sea, seguimos
siendo el único país que le hablamos a los extranjeros como chimpancés del Zoo.Y luego, nos metemos con nuestros vecinos; los hijos del gran Saramago. Así nos
va. Hablando de estafas, cada día que pasa, me siento más desfalcado y no
debería de quejarme; pues soy hombre de cultura Noir y esa es una de las
variables esenciales en toda historia que se precie: la estafa, el robo o la
usurpación. Ahora con la Webesfera y demás armatostes sociales; el mundo se
esconde en fútiles anónimos, seudónimos de mal gusto y avatares de la peor
ralea. Uno que está muy mayor y con canas, solemos tener heridas de
guerra. Dicen que las de mi generación
son fruto de los excesos. Pero como soy, un poco rara avis, atípico y
fuera de contexto: lo mío es congénito. No por ello, me escaqueé del exceso. De
posthippie a punk, colgado de la New Wave y
el corazón negro como un Bluesman tallludito. Los más amables hablan de
mi genialidad: falso. Cuando uno está para sopas te tratan mejor que al
difunto B.B. King DEP. Jon Alonso no es un hijo de puta, puede
que un pequeño hijo de puta. Pero es un tío legal que va de frente. Bien, ya
metidos en éstas, y no es la primera vez que expongo —el runrún de lo que me
cuesta escribir— un testículo y parte del otro. Les diré con toda rotundidad:
sólo me fío de las cajeras de los supermercados. Todos los santos días las visito,
en mi particular periplo, bien cocido de morfina y otras variedades adicionales
que la SS tiene dispuestas para mi continuidad terrícola.
Pues mi vida se
reduce a ir al Super del barrio, a
por un pack de pechugas de pollo o una bolsa de merluza congelada. Cuando paso
por caja, las cajeras, me sonríen y me miran con tiernos ojos. A veces me
preguntan por mi salud. Estable —espeto. Una vez de vuelta, ya en casa, tras
buscar por un montón de bolsillos y mi propia sombra las llaves. De repente,
suena el teléfono. Contesto y se escucha, por el auricular, una voz con tono Gracita
Morales.—Dígame.—¿El Sr. Alonso, Jon Alonso…?—Sí,
el mismo. —Hola, mire que le llamamos del Super
DIA. Se ha dejado su tarjeta de crédito y la tarjeta de descuento.—Ah! Muchas gracias... —De nada a
Ud.—Perdona, cómo te llamas. Lo digo, para preguntar por ti.—Yo, soy Inma
Campos.—Pues, gracias Inma. No sabes lo que te lo agradezco.—Nada, Sr. Alonso a
Ud. Pase cuando pueda. Y si yo no estoy, cualquier compañera-o le pregunta, que
las tarjetas se las tenemos guardadas.—Muchas gracias y buenas noches (cuelgo, un poco emocionado). Entenderán, ahora, lo de la esencia de llamar a las
cosas por su nombre. Si les intentan camelar —vía red social— anónimos y demás
jarcia: ni caso. Si son blogueros y les gusta hablar con los lectores; un buen
candado a modo de filtro o en su defecto, cierren el apartado de comentarios.
¿Quién sabe? igual me lo agradecen con el paso del tiempo. A lo mejor puede que
tengan más tiempo para leer mucha poesía, ver cine, series de TV… Pasear, charlar
con sus parejas y follar con ellas algo más. Sí, sí... Ya lo sé. No tengo remedio: la honestidad me pierde.
Dedicado al rey del
blues B.B. King septiembre 1925-mayo
2015 In Memoriam
Marius Capdevila era
un tipo de modales exquisitos, cuasi cortesanos, que se escondía en nobles y
timoratos gestos. De repente, sintió como el tiempo se agolpaba en su mente.
Recordó todo cuanto le había ocurrido, en ese instante crucial, donde el tramo
nuestras vidas comienza a encoger. El Sr. Capdevila ocultaba un escabroso
secreto, pues era un hombre de lujuria insaciable e incapaz de esbozar un
mínimo guiño de aquiescencia. Ni las horas de clase ni los juegos de un otoño
malgastado. Ni los dulces y el chocolate —que le hacía su difunta madre— serían
capaces de proporcionarle una mínima alegría a su pertinaz desdicha. Se asustó.
No esperaba que la memoria le hubiera jugado tan mala pasada. Se mordía las
uñas hasta triturar las cutículas, mientras miraba por el tragaluz de la
buhardilla de la vieja mansión solariega. Los ricos saben vivir como ricos.
Pero el mero hecho de pensar que pudiera ser pobre le generaba arcadas y
mareos. No dejaba de darle vueltas a la cabeza,
la semana pasada, después del numantino esfuerzo para eliminar al
hermano soltero de su madre. Un gran
trabajo de relojería suiza. Si algo, había hecho bien en su vida fue pegarse largas
lecturas de Christie y Conan Doyle en las calurosas tardes de verano.
Aquel ardid del automóvil y el
precipicio fue una sutil forma de eliminar al Marqués de Vidaurrieta: su único tío
carnal. La radiante y fogosa tarde de verano invitaba a mil placeres. Puede
que el asesinato sea uno de ellos y el pusilánime Capdevila, no era consciente
de lo deleitable que podría ser.
Asesinó a su tío con
la percusión de quien ejecuta, a golpe de un chasquido, un vietnamita en
Indochina. Deslizó el viejo e impoluto Mercedes Benz 220 de 1960 hacia un despeñadero —mientras el cadáver del
tío Jonás ejercía de maniquí de grandes almacenes— con el pie bien sujeto al
acelerador. Media vida preparando a conciencia y minuciosamente todos los
elementos que debían de concurrir en el simulado accidente de D. Jonás
Vidaurrieta. Capdevila, estaba ya mozo con abundante color plateado a la altura
de sus patillas, apenas cumplidos los cuarenta y sin atar una escoba. La decisión fue tomada a lo largo del
devenir de monótonos años, de puntuales
visitas a principios de mes por la casa del pariente, al cual, saludaba
efusivamente y escuchaba con ahínco sus soflamas de ferviente franquista. Disfrazado de un snob británico con apariencias cool, que le dejaron buen poso, durante
su paso por la ciudad del Támesis. Mientras, la piel de toro se moría de hambre y libertad a golpe de mordaza. Sin embargo, D. Jonás nunca lo ayudó en lo esencial.
Capdevila estaba desesperado. Era su único sobrino, hijo de única hermana de su
tío y contumaz soltero. Fallecida escasamente unos tres meses. Capdevila, en
cierta medida, idolatraba a su tío: su manera de vivir, la constante pertinaz
ociosidad y su desordenada vida sin tener que dar explicaciones a nadie. El
crimen no era más que una forma de reivindicar su valía, sus derechos
consanguíneos y el sustentáculo económico. D. Jonás podía pasar de todo, pero
delegaba todo su caótico y caprichoso modus vivendi a la flema resignada de su fiel mayordomo: el viejo y
reumático Zacarías, el cual, daba señales preocupantes de una emergente demencia.
Fue entonces cuando
comenzó a urdir la trama. Dándole vueltas a su cabeza y mordiéndose compulsivamente las uñas. Se escucharon
unos golpes sobre el picaporte del portón. Bajo desde la pequeña buhardilla.
Observó por la mirilla y comprobó que era Zacarías. Respiró hondo y abrió la
puerta—Buenos días, Zacarías qué tal (tono tenso y cínico)—Buenos días,
Señorito Marius.—Ud. dirá…—Vengo, a comunicarle que Don Matías, el notario, ha
dicho que mañana a las 11 horas se
accederá a la lectura del testamento de D. Jonás. MC se quedó pensativo por
unos instantes.—¿Señorito, Marius se encuentra bien? Sí, sí… Perfecto,
Zacarías. Muchas gracias. —Adiós y buenos días—Adiós, señorito. Capdevila subió
rápidamente a la buhardilla que siempre había sido lugar de juegos y estudio.
Se dejó caer en la pequeña cama, donde de pequeño descubrió los pequeños
placeres del paso de la inocencia a algo más inquietante. Se quedó vestido y
soñando que la voz del notario le hacía saber que era el heredero universal de
la fortuna Vidaurreta. Pues, de los Capdevila no quedaba ni una gota de aceite
para los candiles. Su cabeza no dejaba de pensar deseos, afanes y ensueños.
Creía que no había tenido suerte con el azar y menos aún con el amor. Pero esta
era la ocasión perfecta para ser amado y
gozar del cariño de una mujer honrada que se entregara a él
noblemente. Rehacer el hogar y dar paso, nuevamente, a la dicha por el blasón de
los Capdevila. Demasiado fácil y excesivamente complejo. ¿Dónde hallar tal
mujer? Ninguna dama sería capaz de
pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Desesperado y enloquecido
por momentos, tuvo que recurrir a unas gotas de Láudano que le recetó el médico
para sus migrañas e insomnio. El alba daba paso a los primeros canturreos de
los pájaros de los almendros del jardín.
Era el gran día. Bajó hasta la cocina y comprobó que la
nevera estaba tiesa. Pensó en Zacarías y su tío Jonás, cómo su tío siempre
tenía la bandeja del desayuno en la cama: zumo de naranja, café con leche,
tostadas y mantequilla. Recompuso el gesto y tomó un poco de leche que
había en una botella con algo de malta. El viejo Omega de pulsera marcaba las 10,30h, suficiente tiempo para llegar
al centro de la villa. Por delante un paseo lleno de naturaleza y belleza
veraniega. Dejó atrás los recuerdos, apresurando el paso por el arcén de la
vieja carretera del concejo. Iba con el itinerario a su favor, pues la
carretera tomaba un badén hacía abajo e intentaba frenar los pasos. Algo que le
parecía divertido. Pensaba en su tío y no dejaba de sonreír: su crimen había
sido perfecto. Nadie sospechaba de él. Una
ligera brisa que llegaba de la costa sopló y pareció acariciar su acicalada barba.
Cuando de repente, un Mercedes Benz 220 negro azabache metalizado y con las lunas
completamente opacas; iba a más de 150 Km/h. Se giró. Apenas, puedo gritar:
¡Noooo, no puede ser! El cuerpo salió despedido del arcén completamente
quebrado. El gesto de su cara era terrorífica al lado de la abundante sangre
que salía por la apertura del parietal junto a pequeños trozos de masa
encefálica. En la plaza del pueblo, el
reloj de la casa consistorial marcaba las 11 en punto. Y en el despacho de D.
Matías sólo se hallaban; el secretario de éste y Zacarías de un luto riguroso
apoyado sobre su bastón. Bien señores, ya es la hora y como dejó bien claro D.
Jonás, estuviera quien estuviera, estas son las últimas voluntades de Don Jonás
Vidaurrieta Mújica y de Leániz. Yo, D. Jonás tal y tal, en plenas facultades y
etc. legó todas mis propiedades, capitales, enseres y ajuares a D. Zacarías
López Mayorga. He dicho. A día de hoy de 1964… D. Matías le espetó a Zacarías— ¿Lleva Ud. su carnet de identidad?—
Sí, claro D. Matías. —Pues firme aquí y buenos días, caballero.
FIN
Dedicado a Eduardo Galeano y las víctimas del terremoto en Nepal In
Memoriam
Fotogramas adjuntados
Le beau Serge by Claude Chabrol (1958)
Mercedes Benz 220 1960 by IMCDb.
Agnosia by Eugenio Mira (2010)
The Servant by Joseph Losey (1963)