Jon Bypass in Summer Hollydays









Nunca se acostaba antes de que regresara la dueña, y cuando escuchaba sus pasos vacilantes acudía a recibirle sin darle tiempo a llamar. Jon BP siempre llegaba de mala uva, tenía el whisky triste, cuando no belicoso, y a veces la golpeaba. Ella aguantaba el injusto castigo en silencio. Empero en más de una ocasión nos dimos de bruces con su cuerpo desnudo, de  cabellos revueltos y apenado rostro inundado en lágrimas. La huida por la puerta de atrás era un buen recurso. No obstante, en la calle ya se sabe que todo es mugre. Buscó refugio en el bar de la señora Lorelli, sita en el piso del entresuelo de la casa. Tiempo después volvería a verla casada con Reginald Bishop, arquitecto y gran admirador de los Yankees.














Jon BP no contestó y reanudó su paseo. Andaba dando largas zancadas, pisando duro los adoquines para espantar el frío que le congelaba los pies. Era un joven de mediana estatura, de rostro simpático, desembarazado de aureolas  señorías y frugal donaire que parecía protestar de la gran estenosis que acusaba la porosidad y el mal pelaje de su tres cuartos. Pasaban los minutos y JB volvió a trabar la hebra con la viajera de enfrente. Hablaban pausadamente, como forzados de refilón, cual si de todos los males que sufrían el de la tertulia fuese el menor. JB iba a la costa de Texas, cerca del Golfo de México; ella tenía un billete para Luisiana que sujetaba en su mano.








V—¿De dónde viene usted? preguntó la sensual joven.
JB—Del Bypass.
V—¿De dónde?
JB—Es una historia larga. Allí he vivido casi un año y medio... Ahora vivo en Seattle, he viajado mucho.      
JB—Y usted?
V— De Chicago.
JB—Encantado de saludarle.
V—Igualmente.
V—Qué, de vacaciones...
JV—Correcto, hoy mismo las comienzo.
V—Felicidades!
JB—Gracias.



                                                                    
JB es Jon Bypas
V es Miss Viajera



                                                                                           
                                                                       

                                                                                 Fin











                                          Dedicado a los excelentes lectores-as que pasan por este lugar











                                   






      Fotogramas; Josep Cotten en Shadow of a Doubt (1943) y Mickey Rourke en Angel Heart (1987)






El prodigio de lo innato; Séraphine








Nunca he creído en métodos y aplicaciones establecidas. Siempre he sido un gran amante de la condición innata del prodigio humano. A veces, ese, viene por orden divino; el Olimpo. No lo sé. Cada vez veo más lejos aquel altar de mi querida antigua Grecia. Es evidente, que  su traslado a las islas de Santorini es una realidad. Luego, lo más cercano a Olimpo es sentir las risas de Julie Delpy bajo la luz de las velas en buena compañía, mientras saboreo un buen Chardonnay. Claro, que la luz es otro misterio. Volviendo al orden divino, una de las primeras premisas que me enseñó mi madre fue contemplar y tolerar. Era muy creyente, pero hacia lo que le salía de su entrepierna. La marca de la casa. Mucha gente pensó que era una hippy revolucionaria: una ácrata. Una especie de Frank Zappa femenina. ¡A saber!… En realidad era el prodigio de un talento escondido.  Ahora, desde la distancia estoy siendo ruin con ella, pienso que era cobarde. Empero, ¿cómo una mujer analfabeta cocinaba mejor que Arzak, cosía que ni Saint Laurent, cantaba como Ella Fitzgerald y bailaba con la misma gracia que Ginger Rogers? No tengo ni puta idea, sigo haciéndome la misma pregunta. 


















Una hembra, con atisbos de  hibrida—físicamente— entre Gardner y Taylor. Exquisita. La vida nunca supo recompensarla. Puede que en el fondo entre mi madre y Seraphine Louis hubiera una delgada línea kármica que nunca llegaron a traspasar. ¿Quién sabe dónde estaba la colina del aquel encuentro, que no llegó a fructificar? Seguro que, una, envuelta de naturaleza y pinturas, la otra de cacharros de cocina, hilos y tijeras. Hace unos días, me encontré con una vieja amiga pintora y aseveró; tu madre y Seraphine atravesaron unos matorrales retorcidos y espinosos de ramas duras resecas que olían a roca calcinada. No salía de mi asombro ¿Por qué?, Pues porque las dos se criaron en la edad de la inocencia. Escucha la historia de  Séraphine Louis o Selins para unos y los otros con los dos apellidos completos. Nació en septiembre en 1864 en Assy (Oise). Su padre era un jornalero de la tierra y su madre una aldeana. 
















Apenas, con un año de vida perdió a su madre y el silente labriego se casó en nuevas nupcias. Siete años más tarde su padre muere y se hace cargo de ella su hermana mayor. A Séraphine nadie le llevó a ninguna escuela. Es eso que los mediocres no saben descifrar. No estudió pintura, ni nada de nada. Ya que sólo conoció trabajos duros: pastora y sirvienta.  En 1881 ejerció la desgarradora labor de señora de la limpieza—cubo y trapo— cuclillas y rodilla hincada, en el convento de las hermanas de la Providencia en Clemont Oise. Llegó el año 1 del siglo XX, el cual, le daría la entrada como trabajadora domestica; “la chacha”, para entendernos de la familia de clase media Senlis. ¿Cuándo empezó a plasmar con formas y colores sus sueños y sus impulsos? ¿Por qué lo haría? Sabemos muy poco del drama íntimo de su pequeño ser. Y quizás todavía sabríamos menos de su arte si el azar no la hubiera reunido con aquel hombre que, impresionado por las imaginaciones de Rousseau, seguía la huella de los modernos primitivos.















Veinte años en el monasterio, veinte años fuera del mundo, que prosperan misticismo. Aquel día—según la propia Séraphine— la Virgen le ordenó pintar. ¡Venga corre! diseñando sus propios colores, creando, componiendo sin academicismos y entelequias. Inundó de estructuras cuadros celestiales inspirados en  las  oraciones, la naturaleza de la infancia, los campos de flores silvestres, el olor de la hierba y como dijo mi amiga; la edad de la inocencia. La suerte de Séraphine fue aquel día en el que,  Wilhelm  Uhde— el célebre marchante— coleccionista alemán  quedó  fascinado por la obra de ésta; la limpiadora y chacha de la mansión. De noche transformada en inquietante pintora espontanea que susurraba a las flores. Mademoiselle Louise pintó "una de las obras más poderosas de la historia", estima, por su parte, el pulcro y exquisito W. Uhde. Aquel memorable ojeador, que nos  descubrió a la bestia de Picasso, Braque, Marie Laurencin o Henri Rousseau. Su encuentro en 1907 con la pintura de Séraphine, en casa de los Senlis fue brutal. 















El chorro de colorido, de aquella sorprendente criada lo dejó pasmado. La acomodada burguesía se enciende en un disgusto relleno de ínfulas recelosas de los talentos excepcionales de la divina Séraphine, que califican como "primitivos modernos", a Rousseau, Bombois, Bauchant. Fue un momento efímero en su vida—finales del 20—, para gloria intelectual y el respeto de los academicistas; la creme de la creme. Antes de ser internada por "psicosis crónica" en el aterrador desfile del sanatorio psiquiátrico. Fuera el círculo cacareaba sobre el “art brut” y la psiquiatría, pues los comentarios chabacanos sobre la identidad de Séraphine eran obvios. Mientras las risas arreciaban a las hienas, sus pinturas adornaban las paredes de varios museos de París a Senlis, Niza y Grenoble en Laval. Claro Seraphine no era políticamente correcta. No voy a hacer lecturas sobre sus pinturas, respecto a los paralelismos con Khalo o trazos de Kandinsky y sus 70 cuadros inspirados en la naturaleza; esa pasión por las frutas y las hojas.
















Me quedo con el recuerdo de una mujer que empezó a pintar con 42 añós y acabó muerta en una fosa común tras pasar sus últimos años en el hospital psiquiátrico de Clermont-sur-Oise. Tenía 78 años. Francia estaba ocupada por los nazis.  Séraphine una iluminada, una outsider anacrónica y autodidacta que elaboraba sus colores, su famoso color rojo con sangre de cerdo mezclada con cera de vela. Séraphine como Felicié la protagonista de “un corazón sencillo” del gran Flaubert es piadosa como la dicha del alma simple. Excéntrica y algo patética, protegía su dignidad con un carácter agudo y una intensa comunicación con los ángeles que le ordenaban que pintara. Al igual que una vasija divina, Séraphine adobaba su vida hobbesiana con horas de creación nocturna. Artista esencial que en el bypass está considerada una de las mejores pintoras del siglo XX. A mi amiga la pintora se olvidó rematar esta fabula; tu madre agonizó sus últimos dos años de vida hasta que acabó incinerada con 59 años. Sencillamente cosas del prodigio y el azar.












                  Dedicado a Amparo la impenitente pintora, a Miguel y su maravillosa madre de La Latina 















Bibliografía consultada y recomendada


“Seraphine”(2008) de Martin Provost
  Seraphine de Alain Vircondelet  Ed. Elba 2010
  Seraphine de Senlis, Jeaan-Pierre Foucher Ed. Du Temps Coll Paris 1964
  Seraphine Louis,  Frankreichs Grosse Naive Malerin  by  Ernst Probst Ed. Grin Verlag 2013
“En torno al Art Brut” de Varios Ed. Bellas Artes 2007









                             




Ninguneados, manipulados y tontos










Eso es lo que somos. El soma del nuevo milenio se llama Google. Nos vigilan, en FB, en los móviles “listillos”, que nos dan las operadoras de telefonía a precios desorbitados en el país con más paro de Europa y de los más altos del mundo. No obstante, a la gente le gusta la webesfera y paga & traga con lo que le den. ¿Qué pasa con Google?, no lo sé... Habría que preguntárselo a los hermanos Farelly—grandes intelectuales de la comedia—cineastas de este siglo XXI. Por ahí se va diciendo de su trascendencia. No es mi negocio. Volviendo a lo que me produce un sarpullido de la hostia. Google me está puteando todo lo que puede y más. Saben cuándo voy al WC, a comprar, a comer, al cine o a copular. Es el gran hermano que Orwell predijo; ya está aquí como decían los chicos de Radio Futura. Olemos a Truman Burbank de Monte Palomar. Cuando abrí este blog lo hice con la plataforma de los avariciosos  chicos  de Mountain Wiew; Chrome.



















Estos geniales chavalines, no cobran, no hacen  publicidad con su gran buscador…Ja, ja… Permítanme este momento tan hilarante...Je, je, jo, jo, ju, ju.... Llegamos a la parte más sustanciosa. Como Trust está adquiriendo todo tipo de licencias. Bien, en el IBP hay unos audios que están alojados en Goear. Son míos de  mi propiedad (trabajo del nene) me gusta tenerlos ahí para que la gente los disfrute. Una plataforma elegante con estilo y libre de pelusas malolientes: la mierda. Los chicos de MW(Ca) están como locos por compralo. Empero, chocan con su rival Mr. Gates, pues tiene una relación muy cordial y según he investigado se ha quedado con Goear. Seguimos, no se me líen. La cuestión es que en el faldón del blog tengo mis queridos audios y es donde quiero que se queden: punto y pelota que dice la new modernité futbolera. Cuando estaba trabajando con Google propietario del negociete Blogger, cada vez que publicaba algo; vosotros-as, lectores-as y demás gentes. Entrabais en el blog y aparecía un caco de esos de los TBO Made in Escobar y una advertencia: "este blog está infectado de virus". Cojonudo, mandé a tomar por viento a Chrome y me busqué la vida con Mozilla. Estos señores , los mozilleros, son otros piezas.  Iban de padres franciscanos con un saco de hierba de hippys fumaos y enrollados proclamando a los cuatro vientos: plataforma “free for the face”. 
















¡Tururú! Ahora van pidiendo dinerillos y etc. para sus mandangas. ¡Vale!, he acabado en Windows y no sé por que algoritmo. No tengo ni puta idea. El blog no actualiza mis entradas. Luego, todos aquellos que me tengan como publicación enlazada aparece lo que les salga de la entrepierna… Estoy muy relajado, pues es verano. Y de verdad, me estoy planteando si pasarme a Wordpress o no sé qué lanzadera. Amén, que no me sale de mi pellejo escrotal quitar los audios como han hecho otros compañeros por el mobbing y hostigamiento del caco del antifaz. Ahora estoy utilizando Opera, pero a Chrome le jode que los nórdicos tengan un navegador tan ligero y vanguardista como un Drakkar. Luego, esa es la razón de mi epistolar. Lo dicho, buen verano y visiten las secciones del Bypass. Hace tres días que se publicó la historia de Veronica Lake y es muy hermosa, además de fatale. Buen verano a todos-as, ¿Esto del buen verano ya se lo había dicho, no?...Estoy un poco despistado. Pues eso a disfrutar de 80 y tantos días de sol...



 










                        Dedicado a mí  por sobrevivir y al montón de cabrones que aguardaban en la funeraria





















Los fotogramas adjuntados


  Half Nelson by Ryan Fleck (2006)
“Railroaded” by Anthonny Mann (1947)
 Jon Alonso, propietario de este espacio: El IBP










                                      

“Tres maneras de amar, tres maneras de llorar”

                                            

                                                             

                                                                    Bernhard Schlink (El lector)






Recuerdo este libro como llegó a mis manos y donde estaban ellas. Silentes y enrocadas de odio. Un tiempo de luminiscencia larga e infinita que nunca agoniza del todo. A veces el sol se vuelve horco y se empecina en enrobinar el aliento de mis pensamientos; como los maltas de sobremesa mirando al infinito. Me habían robado un año de vida por la cara. El ministerio del tiempo imperativo; el decreto de la imposición. La cantina de mis olvidos se oxidó en el hangar de los orgasmos y la desidia del aire se mezcló de nuevo en la biblioteca, de aquella ciudad que nunca terminé de conocer. Sin embargo, no dejaba de engullir páginas. Una tras otra y haciéndome la enésima pregunta: ¿Quién cojones era Bernhard Schlink? ¡Ah, claro, sí! Otro escritor  alemán con ínfulas de Günter  Grass o también,  cómo… Aquel ¡cómo leches se llamaba, a ver…Ya lo tengo; el fascinante Patrick Süskind! Cada uno con una obra de culto. El resto de sus vidas: libros menores y a vivir de la conferencia, el artículo y lo que se tercie. El estómago es un Alien. No son buenos tiempos. ¡Para el carro, amigo! Este es un hombre de leyes, un jurista, persona con dotes. Ese individuo que los griegos hace milenios facultaron para decidir, que está bien o que está mal. La cuestión es que “El lector” me sedujo y mis recuerdos de pretéritos secretos fieles a mi adolescencia afloraron. Todavía, aún coleteaban los viejos efluvios del perfumista psicópata más sublime, que el yuppie Pat Bateman de la voraz América de Ellis adicto a las benzodiacepinas.  No muy lejos, el hijo de la suciedad; Jean-Baptiste Grenouille. La obscena y cruel locura de aquella nariz enferma del XVIII ganaba por goleada. ¿Pero quién coño era BS y su lector? Sí. —Te has contestado hace unas líneas, ingenuo. —Ah, mis excusas a la platea. Un día conocí a una mujer como Hanna Schmitz  de fuertes caderas, piel tersa, muy hecha y ruda. Aquella tosca hembra madura, que no se arrugaba como el papel de charol; franca y contundente. Me lavaba con ahínco, frotando la pastilla de jabón Lux sobre mi ancha espalda. Hanna como yo, pecábamos de honestidad y pasión. La adoraba y aún la amo.
  















La carne fría, sus miembros extendidos sobre mi cuerpo; la mancha oscura rastreando mi boca. Hanna sólo quiere mi cuerpo y mis palabras; el recuerdo de la lectura es el asueto de su alma. Pues, no sabe nada de códigos ni entelequias confortables. Sólo conoce la ferocidad  impecable del sometimiento: claroscuros repletos de monstruos y crímenes. De castigos e imputas irisadas. Hanna es fuerte, aterradora, fría. Pero se siente más indefensa y desprotegida que nadie. Yo tengo miedo de Hanna, ésa que no ve el dolor. Hanna me excita muchísimo. Rastreando con sus labios crujidos los sitios más suaves. Lo ha hecho con el mismo empinamiento de sus señores;  la generación que se había servido de aquellos guardianes y esbirros, o que no los había obstaculizado en su labor—pues el favor era impagable—expiatoria por las vergüenzas eternas de nuestros antepasados. En los lugares más impensados se presenta la fuerza que pervive en el pensamiento. ¿Tan mala fue aquella generación? ¿No recuerda a la nuestra? ¿Quién prendió la chispa en el bosque enajenado teutón? ¿Existe una culpa colectiva del pueblo alemán? ¿Los procesos son un mero lavado de conciencia a través de unos cabrones reparadores? No tengo respuestas, soy incapaz de elucubrar un discurso convincente, coherente con mi inteligencia. No la tengo. Mi amada Hanna, después de todo, representa un poco de dignidad en toda esta inmundicia. Siente la culpa y acepta el castigo. Ella es Hanna Schmitz, como otras tantas Hannas o Dolores de cualquier lugar de Europa. ¡Procede la pregunta! ¡Está la cuestión bien  dirigida a Uds., los lectores! Yo a lo único que llego es al conocimiento de un adolescente de barrio bajo: remover el pasado y los fantasmas para qué sirve. Lo más fácil y sencillo es dejarlo como está. Mirar hacia otro lado, el tiempo lo escampará. ¿No va de eso la vida?—¿De que hablas, si tú no eres un intelectual?—De eso, de la dignidad del gangster—Y a qué hostías vienen los gangsters—Fácil, erudito... Un gangster, te matará, te violara, te torturará, te aplastará. Pero no te sentirás decepcionado-a. Los gangsters no saben hacer otras cosas. Ahí, reside su honestidad —¿No te entiendo?—Menos os entiendo, yo. Al final, como en la bodas; puros, licores y ceniceros por el aniversario.  Todo quedará en una buena película, pues las conciencias se crearon para removerse tres minutos y medio. No hay dolor que pena alivie el recuerdo de cien años. Pero, yo sigo enamorado de Hanna Schmitz como Rossellini de Alemania Cero y Stephen Daldry de la literatura en el cine. Bendita historia y alabado sea el amor.

                 






                                                                     

                                                             Michael Ondaatje (El paciente inglés)


Un día de vendaval tropecé en la estantería de mi decana biblioteca con el libro; "El paciente inglés" de M. Ondaatje y me gustó. Lo cogí de préstamo para disfrutarlo en casa. A fin de cuentas, yo estaba en 4 de carrera y ahí uno elige especialidad; la mía para evitar jaleos de banderas y orillas fue la arqueología. En tres días devoré aquella novela y  un trozo de mi corazón se cruzó con la pasión de un amor universitario irrepetible. Lleno de pecado e inmoralidad, pero todo me servía como a los protagonistas de esta historia. Cuando el adulterio es un visado a las vísceras de la pasión. Del mismo modo que su director, A. Minghella —fallecido  no hace mucho— se colmó de amor y dolor en la zozobrosa búsqueda de parné para convertirla en su obra maestra. Pues, Minghella se enamoró de (los amores ciegos y aventureros  de las tormentas de arena) ella y con el aroma a carne de celuloide que desprendía. Maravillosa e intensa historia, con un toque romántico volando por la inmensidad del desierto Libio. Película que me hipnotiza: la historia en paralelo del nacimiento de dos amores semejantes, imposibilitados por su prohibición de lo impúdicamente correcto.















Ambos seres condenados al fracaso y separados sólo por un tiempo distinto y una guerra que los seis personajes implicados en la doble trabazón conviven en un nudo gordiano entre la disparidad, la épica y los celos. Ondaatje, resucitó a un aventurero, un falsificador, un mercenario, un piloto, un romántico, un valiente y posiblemente un maldito; el Conde  de Almásy. Siempre nos quedara la inmensa hermosura de la cueva de los nadadores (aunque la de la película no esté en Egipto como corresponde) y la débil luminosidad de la linterna, envuelta en angustia de la herida, Katharine. Ámame, quiéreme, siénteme. Volvamos a engañarnos— nuevamente— por unos días en aquel salón mientras bailamos mejilla contra mejilla. Por favor, no te olvides del último tango en un arnés alpino contemplando los frescos de Piero della Francesca. ¡Qué sople la ventisca del desierto y suene la música de Gabriel Yared!  Yo sigo soñando -pacientemente- todas las noches de primavera. ¡Ojalá nunca se acabe!




                





  

                                           
                                                             

                                         Los puentes de Madison (Robert James Waller)


  



“Me resulta difícil escribir esto a mis propios hijos, pero debo hacerlo. Es algo demasiado fuerte, demasiado hermoso como para que muera conmigo. Y si queréis saber quién ha sido vuestra madre, con todo lo bueno y todo lo malo, debéis saber lo que voy a contaros. Ánimo. Como ya habéis descubierto, se llama Robert Kincaid. No sé a qué corresponde la inicial L. que había después de Robert. Era fotógrafo, y estuvo aquí en el año 1965, fotografiando los puentes cubiertos. Pero Robert Kincaid era alguien diferente; no se parecía a nadie a quien yo hubiera visto o de quien hubiera oído hablar o sobre quién hubiera leído algo en toda mi vida. Es imposible que lleguéis a entenderlo totalmente. En primer lugar, vosotros no sois yo. En segundo lugar, hubierais tenido que estar cerca de él, mirarlo moverse, oírlo explicar que estaba en una rama muerta de la evolución. Tal vez os ayuden los cuadernos y los recortes de las revistas, pero tampoco eso será suficiente. Además, él no era de este mundo. Es lo más claro que puedo decir sobre Robert. Siempre me pareció que era un ser parecido a un leopardo que había llegado en la cola de un cometa. Así se movía, y así era su cuerpo. De algún modo, era, al mismo tiempo, fuerte, afectuoso y bueno, poseído por cierto sentido trágico…”


                   


                                       













¡Ay, Robert! Escribías y se estaba trasladando a la pantalla lentamente; el amor. Sí, AMOR. ¡NO HAY NADA MÁS SOBRECOGEDOR Y HERMOSO QUE ENAMORARSE!  Las letras del libro de RJW traspasan el  reflector; lentamente, en silencio, sin palabras, de manera sutil como una fina lluvia que te va mojando poco a poco y sin darte cuenta acabas calado hasta los huesos. El magisterio de ese director que es Clint Eastwood y la increíble Meryl Streep.  Llorando a mares y con un nudo en la garganta que deseas que se te quede toda la tarde mientras te pegas a la butaca. Hay pocas cosas  en esta vida, más milagrosas y misteriosas que enamorarse. El siempre joven añejo Clint Eastwood, como uno de los directores vivos más grandes del cine americano se revela como un cineasta de poliédrica y minimalista sensibilidad. Capaz de retratar con  el aliento más poético la simple emoción de dos seres humanos enteros y verdaderamente enamorados. Algo tan sencillo como el rostro de ella (el descubrimiento de estar siendo deseada, admirada) cuando él la está fotografiando en los puentes, Y sólo por eso, vale la pena...verla y enamorarse una, dos, tres, cuatro, cinco, seis…cientos, miles…Amor y lluvia en las mejillas.








                                     






  Dedicado a  mi amigo Benito Pajares y los fotorreporteros que han perdido sus vidas sin obituarios








P.S.; volveremos, como de costumbre. Ahora mismo estoy lleno de astenia primaveral. Algo desconectado de la webesfera. Es tiempo de paseos por la arena de mi Mediterráneo; terrazas, sedas, algodones y sandalias a la vera del rompeolas. Emulando a Rohmer, tengo ganas de darme un homenaje... Pero, como soy hombre de palabra en 15 o 20  días, más. Disfruten de la vida (eso que se nos escapa de la manos todos los días) todos-as