Somarros, canallas y caníbales




jueves, 22 de enero de 2015








Mi ritmo cardiaco está de capa caída, por mucho que le pese a la averiada e ínclita sociedad de cardiología de la Costa Este. No sé lo que me ocurre y lo más preocupante; es que me la suda. Siempre he sido con un Ray Donovan: hombre de soluciones rápidas. No las encuentro y la cabeza se embarulla entre tanta botica repleta de esencias opiáceas. Vuelvo a darme de bruces con la maldita sensación de vacío y deserción. Todo se vuelve inerte, como los recuerdos de mi vida; un pulular vertiginoso de aquellas imágenes, de cuando era un niño, se suceden una tras otra sin orden ni concierto. Miles de vivencias de la cacareada y pesarosa infancia hacen acto de presencia sin saber el porqué de mi  frágil estado. Un amigo mío dice que la culpa la tienen los somarros de turno (posiblemente, un montón de gente desconozca el significado del vocablo, eso sí están al día de todas la memeces de la avant-garde New Generation Trash of Usa), pues su virtual vademécum se halla a la búsqueda azarosa de sobredosis diaria de redes sociales. Es la mayor garantía de pasar a ser el más guay y listillo del corrillo virtual. Leí un tuit, hace unos días que decía: un adolescente es: “comer, tuitear, dormir, tuitear, dormir y comer”— ¡Hostia, qué no estoy viendo en estos momentos el entierro de padre! ¡Maldita morfina, ya no la puedo dejar...! Y la voz de mi madre, que alejada se halla… Disculpen este lapsus —ha sido un despiste como el realizador de Canal Sur en Nochevieja— pero vayamos a lo sustantivo, ahora que he recuperado la señal del satélite. La mayoría de nuestros mozarrones, sean del pelaje o la alcurnia que procedan, tienen un gravísimo problema a la hora de comprender un texto literario (según mi amigo, el maduro profesor Márquez). Menos mal, que no escribo libros: me habrían rociado con gasolina y prendido en Velluters.













Lo del porcentaje tiene una pequeña salvedad, ya que según cuenta mi viejo amigo Dámaso (es el nombre del tal Márquez citado arriba), pues las cifras se vuelven dóciles al comprobar que entienden el significado de las luces de los semáforos. Algo hemos avanzado. Los condones los conocen el 80%, aunque llevan muy mal lo de la colocación en sus alegres vergas. Casi todos ellos perjuran que serían capaces de leer el Quijote, aunque a algún Nini protagonista de los digitales mamporreros echen pestes del genio de Alcalá, eso sí con subtítulos en formato mkv. No tengo ni puta idea que es esa historia. Pero me pasan pelis donde aparecen esas siglas y como la TV es más lista que Mariano Medina cuando no había Croma key ni multiplex digital, será algo muy bueno. También hay problemas con los de la Generación del 27, algo así como unos proscritos o chaqueteros de tertulia catódica de turno, por ser el resultado de una orgía de testosterona Garcilasiana, envueltos de petunias y heces de Nebrija. Bendito exceso y parto aprovechado. Empero, la morfina parece que ponga mi excelsa prosa en la categoría de termita o polilla. No se preocupen, siempre tengo a mano una maquina recortadora de pelambrera para el cono auditivo. Así sigo al loro de todo. Y es que el tiempo pasa, y el botellodromo digital es una maravilla desde que la chavalería puede esnifar anestesia de Pitbull. ¿Y de Giner de los Ríos, qué queda de aquel espíritu? Ah, demonios! Sí... Ahora lo recuerdo; su obra es un grafiti más abandonado y dejado que el taburete de la entrada del viejo Rock-Ola de Juanito Barranco. Luego, alguna nueva institución pedagógica se hará cargo o tomará medidas. Aunque, la sastrería europea está de carnaval, ya que van a regalar a los sufridos ciudadanos máquinas de hacer billetes de 500 euros. Estamos ante la becerrada ágrafa, capaces de romper de una patada la mochila de Santillana y darse de hostias en el desayuno de los currantes, para calentar un partido de fútbol.















La nueva cultura ya no se organizará en generaciones, por mucho que se empecinen en hacerse selfies y videos con móviles chinos de última generación. A pesar de que el pectoral lo llevan igual de depilado; el día antes de que te hagan una esternotomía. Siempre nos quedarán los versos de Paul Verlaine: «Los largos lamentos de los violines de otoño hieren mi corazón con languidez monótona».Esto último es demasiado hermoso para los somarros y los cabestros del congreso, que últimamente le chulean la cartera al chico que quiso jugar en la NBA y presentar el hormiguero con el liliputiense requenense ¿Qué habrá hecho el noble pueblo de mi difunta madre para aguantar al pelirrojo de marras? A lo mejor, en Andalucía que conocen bien a los cabestros y las mujeres son más sabias que la marisma de la Isla Mínima, saben que su revolución fue un fracaso, aunque los niños vienen con una barra de pan y una rosa roja en el bolsillo. Las revoluciones las marca una Tanit con cara de Lomana, que está más espítica que Chiquito de la Calzada desde que esnifa polvo boliviano de Monedero. Muy bueno, el talco de Cochabamba y la cartera de un hombre con tan lustroso apellido. Cosas de Divintys y Trotskistas. Al final, sólo nos quedará la litrona de Cruzcampo, la del Titanlux blanco y las colectas, de nuevos  mesías mediáticos, del puente aéreo Soto del Real/Bruselas. Y es que los escaños del parlamento, al igual que en los claustros de las Carmelitas: la ambición de un Deán y el conserje del congreso acabó en las manos, de una banda de electricistas beatos que no amaban la tecnología digital ni a D. Miguel de Cervantes. Es tiempo de botellones unisex, de oncólogos hípsters y de poetas que no leen a Verlain acuchillándose en el estuario del río.












Han empezado los protoIdus digitales donde el canibalismo de la alpaca será fagocitado por nuevos canallas con chalecos sin mangas, como los de los magos chiripitifláuticos. No se preocupen siempre nos quedará algún canalla fino de la movida. Aunque algún somarro caníbal de malas formas sepa mejor que nadie, lo que cuesta decir «hijo de puta»: Mucho más, que recordar algún personaje de Rinconete y Cortadillo. Sí, por unos 60 eurachos acordarse de los muertos de un gubernativo, el penitente se queda bien relajado; descarga adrenalina, instruye el talento y deja lapidar  los culos blancos católicos que sobresalen. ¡Qué mala suerte tiene la cristiandad! La purificación del Papa de S. Lorenzo se quedó sin mundialito y Europa en estado de shock. La Yihad es una mala hiel engendrada entre bilis y té del harén. La represión de las represiones. Ya no queda primavera árabe ni canturreo tuitero que no se acerqué al final de todas las guerras de occidente y oriente. El gesto lacio reclama sangre y el caníbal casquería fina para que sus intestinos no hagan ruido cuando carguen el AK47. Al final la llegada del silencio de los somarros, la voracidad de los caníbales y la mezquindad de los canallas acabaron con el primer bípedo que se fue a ver a Galván en el palco con traje, bufanda, litrona, peta y mano alzada. “Y, ahora quien no esté colocado, ya tarda...” Yo replicó: si es por morfina, que no quede: la SS cuida de la subcultura del último somarro susurrante a los sesos de mi mentecata España. Cervantes seguirá en su cripta y yo quiero ser enterrado con mi telescopio cínico. Si es que no hay nada más divertido que la puta verdad, es el insulto más barato e higiénico del agradecido: palabra de astrónomo canalla.












                                      Dedicado al maestro José Luis Alvite (1949-2015)  In Memoriam










Fotogramas adjuntos


    Les Quatre cents coups by François Truffaut (1959)
    Ray Donovan by Ann Biderman (2013)
    All the King's Men by Robert Rossen (1949)
    La isla mínima by Alberto Rodríguez (2014)








                                     
 

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