Las sirenas de Mr. Green




jueves, 5 de febrero de 2015







Hace ya más de una década de mi último trabajo para el clan. Una fría noche austral, en el viejo puerto de Ciudad del Cabo, tras quedarme sin blanca, opté por dar un paseo a lo largo del marchito muelle donde topé con un viejo, que llevaba una raída gorra de marinero, de principios de los años 20, sentado en el embarcadero con la mirada perdida. Reía incesantemente y se marcaba unos sorbos de whisky muy Fordianos. Apuró el último trago de su botella y la lanzó con fuerza al espigón. Entre delirios y susurros de palabras que terminaban en risotadas macabras; su cuerpo se tambaleaba en la plataforma. Me acerqué hasta donde estaba aquel tipo.— Eh, amigo, tranquilo! El viejo espetaba: “Éste no es un lugar demasiado inquietante ni ruidoso. La gente se lleva bien y el clima es bueno. Sin embargo, en la península Escandinava donde el viento del Ártico te corta los labios y tus boqueras destilan estalactitas está la isla de Selaön. Allí las almas de los reyes vikingos todavía retumban por la noche y reivindican con presteza los abismos de Odín.” Me acerqué con mayor ahínco y me presenté— Qué tal Sr. Está bien?...—Claro que sí.—Quién demonios eres tú? —Me llamo Malcolm McGregor.—¿McGregor? Humm!, una vez conocí a un contramaestre llamado McGregor. No me gustaba su manera de mirar —Bueno, el mundo y el mar nos hacen más pequeños a todos (haciéndome el simpático)—  Escoceses, putos escoceses: no son de fiar. Borrachos pelirrojos y tacaños  delatores…— ¿No todos los McGregor serán así? El viejo refunfuñaba con cara de pocos amigos. —¿Tienes tabaco?—Sí,  me algo queda por aquí… Le acerqué mi arrugado paquete de Luke Strike. Se encendió un cigarrillo y le entró un ataque de risa. (Más risas).— ¿De qué hablaba, Sr.? —De cosas que sólo un  viejo lobo de mar ha visto, mequetrefe. —Bueno, vale. ¿Y por qué, no? Continúa… —Pssch! No me acuerdo bien. —Busqué en mi mochila y saqué una petaca. Estamos de suerte, creo, que todavía queda algo de carburante.

















Era una pequeña botella de Grant´s que estaba por la mitad —Tal vez esto, le haga rebobinar el disco (más risas) —Chaval, Ahora que lo dices! Ese licor me agudiza las neuronas. ¿Cómo has dicho que te llamabas? Ah!, sí McGregor… Vaya, sí, si… Ahora recuerdo. —Por cierto y Ud. como se llama: mi nombre es Ewan Garvey soy del viejo Belfast. Entonces, somos paisanos… ¿No, eres escocés? —¿Quién le ha dicho que lo sea?—Tú, ¿no te llamas McGregor?… Sí, pero nací en el mismísimo condado de Antrim, para ser más exactos el viejo barrio del puerto de Larne. — No me lo creo. Todos los McGregor son escoceses.—Va a ser que no, Sr., porque hay muchos McGregor irlandeses del puto Ulster—¡A la mierda, brindemos por Irlanda y que les den a los británicos! —Y ahora qué tal si sigue contándome esa historia tan alentadora. —¿Sabes,  que  los  sueños, ya no se inventan? Los mitos y leyendas son realidad. El viejo volvió a prender un nuevo cigarrillo, y, el brillo de sus ojos azules se hizo más intenso. Chico, he pasado mis últimos años como un custodio de los mayores desmanes, los chismes, amoríos, robos y rumores de toda ralea de océanos, ríos y lagos. El mar me ha llamado varias veces, aunque lo he intentado—te lo juro, que más de una vez— estoy demasiado decrepito para arrojarme a él y que los peces se envenenen. (Risas) Hace muchos años, muchísimos, cuando era apenas un grumete y estuve enrolado en el Bergantín “Nueva Caledonia”. La tripulación estaba exhausta tras la tormenta del día anterior. Surcábamos los mares del Báltico y apenas teníamos agua; unos chuscos de pan y algunos pedazos de arenque podrido. De inmediato, entramos en el lago Mälar. La superficie de aquel estero parecía un enorme espejo destinado a duplicar la belleza del universo.














Unas estrellas fugaces hicieron acto de presencia y reflejaron sus colas encendidas, en la superficie del agua; como diamantes recién pulidos en un taller de Amberes. Nada invitaba a romper la paz que gobernaba la noche. Absolutamente, nada. Cuando empecé a escuchar un susurro. Al principio pensé que era una ilusión sonora víctima del agotamiento, pero a medida que nos acercábamos —a esa vibración sonora— se le escuchaba nítidamente. De repente, el lago se llenó de una niebla misteriosa. El frío era helador, todos los huesos del cuerpo estaban rígidos, hasta las orejas parecían los glaciares que rodeaban aquel lugar. Finalmente, el murmullo pasó a melodía y comenzaron a sonar unas voces angelicales ¿Quiénes eran?— ¡Cállate y no me interrumpas! Había oído historias sobre ellas, pero tan lejos del mar. Nunca. Un noruego de la tripulación comenzó a gritar: ¡las hijas de Odín! ¡La maldición de las sirenas valquirias!  El barco chocó contra una pequeño iceberg y yo me di de bruces con una de ellas. Se percató de mi presencia y me miró con aquellos ojos tan profundos como el océano que la vio nacer. Entonces la tristeza desapareció dando lugar a una tranquilidad y sosiego que me hicieron estremecer hasta lo más profundo de mis mortales entrañas. Había cumplido su larga condena; la muerte venía a por ella y ni siquiera los dioses tenían patente de corso para intervenir en el reino oscuro de Odín y sus secuaces.

















El viejo se afligía más a medida que iba contándome los detalles más íntimos. Aquella sirena se liberaría de la prisión, que sus propias lágrimas habían creado: un mundo donde los muertos vagaban en la sempiterna desdicha de lo efímero y punitivo.  Mañana me encontraré con la muerte que me liberará de esto. Ipso facto, el viejo se giró y me miró a los ojos.—Hazlo rápido. Te estaba esperando. —Con mucho gusto, chivato de mierda. Hay que reconocer que tiene encanto para contar historias—Te juro por mi madre, qué lo que he dicho es verdad.—¡Tú, no tienes madre ni honra! Me acerqué por su hombro derecho, le cogí por el brazo, que retorcí con fuerza y le dije al oído: ¡Nunca mientas, inglés de mierda, a un verdadero patriota irlandés! Sr. Green. ¿O mejor te gusta más Stellan Västeras u Oliver Leblanc y etc.? De un certero tajo rebané el cuello del unionista Joe Green. —Esto es un pequeño masaje cervical a cuenta de la empresa, Joe, que sueña con una Irlanda independiente. Cayó desangrado como un cerdo y lo empuje al agua. Un centenar de burbujas lo despidieron. Encendí un cigarro y di una larga calada (guardando un semblante risueño por el trabajo bien hecho). Observé la belleza de la oscuridad y el devaneo de las olas que rezumaban un afanoso salitre. Mientras una bruma fría y fluctuante parecía saludarme, sonaban mudos susurros celestiales. Sonreí y tiré la colilla al agua.












                                            Dedicado a Udo Lattek enero 1935/febrero 2015 In Memoriam






Fotogramas adjuntados

Odd Man Out by Carol Reed (1947)
Michael Collins by Neil Jordan (1996)
The Informer  by John Ford (1935)
A Prayer for the Dying by Mike Hodges (1987)










                      
 

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