El oficio del reo iluso




lunes, 5 de enero de 2015





Aquella oscura mazmorra de vez en cuando, se mostraba generosa y nos brindaba un pírrico haz de luz celestial, que entraba por un postigo cuarteado, mientras la oscuridad hacia acto de presencia envuelta en dos pequeñas lamparillas y las ratas trepaban por los sumideros febriles. La noche se hizo  dueña del escenario; un infierno doloroso, infestado de fragancia parisina y paranoia pudorosa. Resbalé en un pequeño charco de orina y caí inconsciente. De repente, miraba por la carcomida ventana de mi habitación; veía algún coche por la calle y algún viandante con cara de miedo. Decidí ir a la panadería de la esquina a esperar que pasara la mujer de mi vida. Pero el azar no estaba por la labor. Seguí esperando y pensando. Llegué a la conclusión, que tendría que ir al encuentro de las sombras: el  viejo paramo de la infancia compungida. Un lugar inocente y decadente. Volví por un momento, a aquellos días donde las horas se hacían sempiternas dando vueltas por el centro comercial. Apenas, me atrevía a salir de los bajos recreativos. No sabía muy bien si lo que quería era encontrar mi vida, mi destino o el amor que tanto anhelaba. En el fondo, me estaba perdiendo una gran parte de mi vida  en lo infinito del tiempo. Finalmente, salí y me senté en un banco. Vi pasar a cientos de personas en un instante a través de mi mirada.











Mi campo de visión se llenaba de todo tipo de personajes. Me entró la risa floja y absurda del pavisoso, pues me  había dado cuenta  que  mi mejor amigo, Blas, había cambiado su verdadero carácter por uno superior. Seguía asombrado con la transformación, siempre dijo que tenía una hermano gemelo y que un día se mezclaría entre el alboroto del gentío con él. Pero era otra mentira, como la de los viejos escritores que osan contar la gran novela de su vida. Nada era verdad, ni existía su hermano ni era gemelo; era un espectro escondido entre la mediocridad del resto de sus iguales. Aún recuerdo mi ingenua cara y pose bobalicona, cuando me hizo creer que era igual que aquel gallego orgulloso emprendedor y exitoso de Busdongo; todo era una bellaca mentira, como su propia identidad. Su verdadera vida estaba escondida en un lienzo familiar que se había empeñado en lavar sus defectos por el deterioro de la humedad. Ahora entendía el porqué de la  fascinación al observar los detalles más grotescos de los edificios y sus habitantes. A través de las paredes podía imaginarse el interior de tipos, como Blas y su fingido mundo  habían hecho de su vida simple rutina. Por fin, creí  verla como tres veces, pero no era ella. No era la mujer de mi vida.













Era la sombra del moho y el olor a urea de mi estancia. Pasaban las horas delante de aquel folio sin ideas, encima de la mesa, escribiendo sin rumbo ni gracia, lleno de alcohol barato en el mismo mugriento bar de todos los días. Mi viejo oficio estaba muerto. Proseguí mi ritual: anestesiarme con aquel alcohol de garrafón que servía el mismo camarero de la cara machacada por la viruela. La noche se hizo madrugada y la helada se extendía tenue. El frío me desvencijó en el mismo punto que la noche anterior. Blas, ya no existía. Se quedó en el recuerdo de una risotada macabra, igual que el aroma del amor de mi vida: las mentiras me consumían. Y, como todo ser humano contaminado por su entorno, me dediqué a esperar. Una de ellas alumbraba el rostro de un hombre, recostado en un harapiento jergón, con la única compañía del frío, que le calaba hasta los huesos, y de un ermitaño que tras pasar sus dedos por las cuentas del rosario, detuvo su rezo ante un sonido que percibía, una extraña risa que brotaba de sus labios pero con un profundo esfuerzo. ¿Por qué?—se preguntó en voz alta. Una luz pasó por su cerebro y en unos escasos segundos, una riada de imágenes entretuvo su mente; pero ya era demasiado tarde.












Sólo faltaba que la condena se consumiera, a esas horas todo lo demás no importaba. Su cuerpo salpicado por las heridas de una inmediata tortura había permitido arrancar a su garganta, la cual, le abrasa y concedió el aspecto de un muñecote ajado, vestido con el ropón de los reos que pronto encontrarían la muerte en la plaza pública ante un gentío expectante. En el centro situaron el patíbulo, con un tronco rodeado de haces de leña al que le ataron sogas a su alrededor, apretándole el cuerpo hasta que sus huesos crujieron. La multitud que aguardaba en la calle parecía una alargada sombra suspirante, mientras en la catedral las campanas tocaban a duelo y el graznido de un cuervo se oía en la lejanía de los tejados. Ufff!, qué pasa, joder! Está helada, demonios… ¡Venga, espabila y coge tu rancho que te quedan muchos días por dilapidar, soñador! Ahora, empapado por el agua del fregado de la prisión, comprendí mi miserable existencia: nunca veré Paris en primavera ni habrá un lapicero para mi antiguo oficio. Es el tiempo de los intrusos, es el final de un iluso abatido.










                           Dedicado a Joe Cocker, mayo 1944/diciembre2014 In Memoriam 







Fotogramas adjuntos

Condemned by Wesley Ruggles (1929)
Murder in the First by Marc Rocco (1995)
Convicts 4 by Millard Kaufman (1962)
Hunger by Steve McQueen (2008)








                                   
 

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