Lupe Vélez, leyenda y pasión del chile picante de Potosí

diciembre 14, 2014 Jon Alonso 0 Comments










Dice una vieja leyenda urbana que entre las calles más antiguas y el viejo panteón de San Luis de Potosí, en la madrugada más oscura, aparece una mujer conocida como la dama del taxi. Pues, un taxista le hizo una parada a una mujer justo a las afueras del panteón. El taxista  le extrañó que a esas horas anduviera una mujer sola por aquella zona, así que la subió. La dama le pidió que le llevara a los templos: San Miguelito, San Sebastián, Tlaxcala y otros más. Ella se detenía afuera de las iglesias y se quedaba orando. Una vez terminando el recorrido, le dijo al chofer que le llevara al mismo sitio donde la había cogido. El taxista se le quedó una comezón muy extraña, pero así lo hizo. A las puertas del panteón,  ella le dio una medalla de oro con la efigie de la virgen de Guadalupe y una dirección diciéndole que fuera a cobrar la carrera a la persona que le abriera la puerta. A la mañana siguiente el taxista se personó en el domicilio que le había dicho la ectoplasmática mujer. Se encontró con una señora a la explico lo ocurrido. Le entregó la medalla, pues de seguida sabrían de su identidad y le pagarían. La mujer que le atendió le dijo que era imposible que fuera ella, pues aquella mujer había muerto hace mucho tiempo. Poco después, el taxista cayó enfermo y murió de inmediato. Cuentan los más viejos del lugar que aquella mujer era el espíritu de Lupe Vélez. Muchos taxistas osados vuelven en las madrugadas de luna nueva a controlar si aparece su espíritu. Y es que no mayor cumplido que los eternos karmas como la diosas mayas tintadas en rojo pasión. 70 años hace que se nos fue la Lupe y todavía en su viejo San Luis de Potosí se recuerda el enorme funeral que se organizó en su despedida, México DF era una enorme nube de lágrimas, pues una de sus grandes divas decía adiós entre loas y rezos con tan solo 36 años. María Guadalupe Villalobos Vélez, y de nombre artístico Lupe Vélez nació un 18 de julio en el estado de San Luis de Potosí (México). Era hija de un coronel del ejército mexicano y de una soprano. Desde muy joven demostró cierta inquietud para el baile y la escena. A los 13 años la enviaron a un internado de monjas en EE.UU. Siendo una adolescente presentaba su candidatura a entusiasta tocapelotas. Capaz de sacar de quicio al más forjado en mil batallas. El matrimonio Villalobos logró que aprendiera inglés. Aquel conocimiento de la lengua de Shakespeare le vino de perlas a nuestra protagonista y no tardó en sacarle su máximo rendimiento. Cuando muere el padre de Lupe salió por piernas del convento para unirse a una compañía de vodevil, donde debutaría como cantante y vedette en su México natal. Apenas cumplidos los 17 añitos y una foto de un galán muy machote en apariencia; guapetón, bien dotado y generoso en los catres de roulotte. Si aquella imagen de sus penetrantes ojos azules la tenía obnubilada. ¿Les va sonando el mocetón? Bueno, aquel  ínclito y paternal  hombre tranquilo americano que idolatraba Tony Soprano, se llamaba Gary Cooper. Lupe Vélez dijo una frase muy escueta y contundente:"Me voy a Hollywood a follarme al divino Gary Cooper". 


















Pero hasta aquel encuentro todavía tuvo que pasar por muy de refilón por compañía del zorro Ziegfeld y sus devaneos. De la noche a las mañana se las había arreglado para  hablar con el hacha de Hal Roach. Éste, una vez la vista la esbelta figura y el lenguaje de la mexicana terminó actuando en algunos cortos de “El gordo y el flaco.” Bien, llegados a 1927 llegó su primera gran oportunidad ,y, dio con otro los grandes galanes del cine mudo; Douglas Fairbanks. El sonriente DF, se quedó hechizado con la mirada de la Vélez y terminó siendo contratada en el film “el gaucho” (1927). Aún, suena la anécdota de la prueba de casting donde su mirada terminó por seducir al célebre Douglas Fairbanks durante la pruebas de casting, pues en uno de los diálogos le espetó — "Quítate los zapatos. — ¿Para qué? Eso no es necesario", contestó encorajinada y soberbia. Él, insistió en la pregunta y ella comenzó a insultarle en español: "Ese es el tipo de mujer que quiero, estás contratada". La Vélez era altanera, díscola, provocadora y desinhibida. A la mexicana  le habían bastado un par de años para ser una estrella en su país; sexapil y fuego volcánico derrochaba en cada uno de sus movimientos. Luego, ¿iba a ser un impedimento triunfar en la Meca de la lujuriosa Babilonia con esas referencias? No. En Hollywood siempre hay una silla cómoda esperándote. Eso sí, vigila el relleno del cojín no sea que algún explosivo sospechoso acabe con tu estrella. Vélez trabajó en más de 40 producciones, de las cuales sobresalen Tiger (1929), Palooka (1934), La Zandunga (1937), The Girl from Mexico (1939), Mexican Spitfire (1940) y Naná (1943), entre muchas más. Lupe Vélez, conocida en el cine estadounidense como El Torrente Mexicano, Chica de Chile picante o La Chinanpina mexicana. Una actriz con talento, esencialmente, en el escenario cómico de serie B. No obstante, estuvo a las órdenes de algunos de los más grandes de historia del mítico  Hollywood: D. W Griffith, Cecil B. DeMille, Henry King, Tod Browning Victor Fleming, William Wyler o el fascinante Gregory LaCava. La Vélez se había ganado una gran reputación y era una actriz de las mejor pagadas dentro de su rango. Sin embargo todo ello no fue nada comparado, al encuentro con su deseado Gary Cooper. 

















Finalmente, coincidieron en el rodaje de El canto del lobo (1929). La madre del actor siempre se opuso a ese noviazgo, simplemente porque la chica no le caía bien. Y Cooper era incapaz de llevarle la contraria. Un día Lupe comenzó una dura discusión con su hipotética suegra, que concluyó con el desplante de la diva: ‘Quédese con su niño, señora”. Cargó su lengua con posta del 18 y dejó a la madre del galán en una comida familiar del revés. Lupe Vélez estaba furiosa, en gran medida la mexicana tenía sus razones. Ella además de ayudarle y aconsejarle en muchas facetas personales—le enseñó a vestir y pulió algunos modales toscos— entregándole todo lo bueno que existía en los más hondo de su corazón. Es decir, la Vélez hubiera sido una mujer feliz casada al lado del actor rodeada de churumbeles. Obviamente, recibió un vaquero y devolvió a Hollywood un Gentleman de satín. Del actor también hubo rumores de relaciones homosexuales. Hay que recordar que de Clark Gable se decía que se abrió paso en la pantalla como chapero en su juventud, que Cary Grant vivió una temporada confusa junto a Randolph Scott y que Tyrone Power y Errol Flynn eran notorios bisexuales entre los círculos más íntimos de la industria y la prensa del higadillo. Gary Cooper también tuvo una amistad ambigua con el actor Anderson Lawler, con el que compartió casa y cuya compañía provocaba los celos y la incredulidad de Clara Bow y Lupe Vélez. El guapetón cowboy de Montana tuvo entre  las sabanas a un montón de amantes: Carole Lombard, Merle Oberon, Marlene Dietrich y un sonado romance con la rica heredera Dorothy Taylor, Condesa di Frasso, mientras su marido miraba a otro lado. Coop conoció a la aristócrata consorte en Roma, mientras él trataba de superar una depresión. El siempre eficiente director de cine, Stuart Heisler —que lo conocía desde sus inicios y trabajó con él en El caballero del Oeste 1945 y Dallas, ciudad fronteriza 1950—, lo explicó en términos menos idílicos: "Coop fue el mayor follador que ha existido en Hollywood. Las actrices y otros intérpretes se pegaban y atropellaban por llevárselo a la cama. Además, Gary era una máquina sexual: no podía dejar de joder. Las mujeres no se lo permitían. Iban a acostarse con él a su camerino. Me imagino que se debía a que gozaba de la reputación de tener un polvo maravilloso". Lupe Vélez sabía que aquel hombre fue su hombre, pero el tiempo caminaba inexorablemente. Ella, una vez adquirida su vitola de estrella dentro de la Meca y con el sambenito de “roba hombres” siguió su ruta.


















Tuvo  una vida excitante. Se acostó con todo el mundo". En efecto, la lista es larga: Clark Gable, Al Jolson, Charles Chaplin, Errol Flynn y John Gilbert. Así como el llorado Gary Cooper y toda una fauna de los pelajes más insospechados; encabezada por acróbatas y vaqueros de medio pelo. Finalmente, tras el despecho de Cooper en  el rodaje de Marruecos (1930) junto a su vieja amiga, Dietrich acabó contrayendo matrimonio en 1933 con Johnny Weissmuller. La convivencia con el entrañable Tarzán fue muy compleja. Una especie de tiovivo bipolar; ahora te quiero, ahora te detesto. Entre trifulcas llenas alcohol y todo tipo de drogas—esencialmente, una, que era la reina de Hollywood— y, vieja conocida por estos lares: el maravilloso Seconal.  Los conatos de separaciones y reconciliaciones tuvieron un final previsible. A pesar de lo dicho, en los medios de comunicación y los mentideros de la Meca, Lupe Vélez siempre afirmó los siguiente: “tengo a otro hombre, un buen hombre y extraordinario marido; Johnny Weissmuller. Somos una pareja que a la gente le encanta vernos felices, excepto cuando  él se porta mal, y, le grito y no reparo en agredirle. No me importa si estamos en casa o en una habitación de hotel. Cuando me siento mal suelo pegarle fuego a cosas suyas. No me importa si aparece la policía. A ellos, también les maldigo. Cuando nos casamos nos regalamos unos guantes de boxeo, pero era en broma: un pequeño fetiche. No me importa el daño que nos hicimos, en el fondo fuimos felices. Soy devota católica y sé lo que supone el divorcio en mi mundo. No obstante, en Hollywood creo que está bien sobre todo porque mi religiosidad me induce a llenar mi cuarto de velas encendidas y rezar muchas Avemarías, antes de meterme en la cama con hombres desconocidos. Es comprensible todo el mundo desea mi pequeño y delgado cuerpo lleno de pasión con sus grandes tetas.” En 1937 vuelve a su país y realiza el film la Zandunga (1937) con el galán azteca Arturo de Córdova, cansada de sus equívocos y devaneos la relación con Arturo de Córdova no despegaba, pues él era un hombre casado y muy difícil de convencer que dejara a su esposa. Lupe Vélez decide echarle el ojo a un joven actor austriaco recomendado por el propio AC en el set de rodaje y así es como conoció a su futurible esposo Harald Ramond. El ingenuo Ramond firmó una especie de contrato prematrimonial por si Doña Lupe volvía a las andadas. La cuestión que entre unas historias por un lado, su inestabilidad emocional y el agobiante transitar del tiempo, evidentemente, nos hallábamos en la cumbre del cine sonoro y las nuevas estrellas de la pantalla eran muy competitivas y hermosas. Si a todo este pastel le sumamos, determinados asuntillos relacionados con las finanzas de la mexicana y el lento viaje hacía la segunda división C.


















Tras un largo fundido de cámara apareceremos en la mansión de Beverly Hills de la Vélez en diciembre de 1944. La ciudad tenía un aroma a navidad por los cuatro costados y la estrella de Potosí organizó una fiesta repleta, de una excelsa ornamentación típica del auténtico México. Platillos mexicanos, litros de brandy, champan a gogó, miles de cigarrillos y otras hebras pecaninosas que liar, con el único propósito de decirle adiós a sus mejores amigas (Estelle Taylor y Benita Oakey, mujeres una y dos, respectivamente, de Jack Dempsey) y otras estrellas hollywoodenses de poca monta, como ya lo era la propia Vélez. Así que para inmortalizarse o esculpir su recuerdo en la fúnebre memoria del starsystem, Lupe comió como una leona embarazada y bebió como una cosaco tras una reyerta. Estando a solas, redactó una nota dirigida a Harald Ramond, su último amante. Perfumó su alcoba con cirios y jacintos. Después se tragó un frasco entero de Seconal. Mientras se peinó y maquilló esplendorosamente. Por último, se colocó  un camisón sexy y elegante y se tendió en la cama. Antes del golpe fatal, pensó en los titulares del otro día, que lamentarían su deceso evocando a La Bella Durmiente. Pero no fue así. El mole, los tacos, las pastillas y el alcohol hicieron cortocircuito. Lupe Vélez corrió al cuarto de baño. Juanita, su sirvienta, la encontró con la cabeza sumergida en el retrete (metáfora de un inminente y depravado final). La transformación de la infeliz ramera en diva cinemática incluye, por ejemplo, una escena donde Lupe se transforma en una especie de Salomé, heredera de la princesa judía recubierta de oro y perla, zafiros y rubíes como una chaquetilla del mismísimo Arruza. Las joyas de la Vélez complementan los maquillajes, los postizos, el vestuario suntuoso, todo lo imprescindible para transmutar a una cualquiera en una diva intocable. Hermosa y letal, de una belleza muy Monroe y tan famosa como una  imaginada Liz Taylor. Pero inaccesible, como las diosas del cine mudo. Lo que podría haberle salvado la vida no resultó, ya que al ir al baño a vomitar acabó con un resbalón que golpeó la cabeza con el borde del lavabo causándole la muerte. El mejor epitafio a esta extraordinaria actriz y precoz ausencia en la vida la hubiera puesto aquella algarabía  en un restaurante de Hollywood con el orondo Orson Welles por ahí en el reservado junto a Dolores del río. Exhibiendo su presa. Dolores y Lupe no se tragaban; eso a Welles le ponía y la cosa se quedó en este febril diálogo:

OW—Buenas noches, señora Tarzán. "O mejor, te llamo Jane?
LP—"Qué te den por el  culo gordo asqueroso. Vete al infierno".
OW—¿Dónde está Tarzán, por cierto? Espero que le ponga alguna de sus espléndidas películas.

Corrió como un rayo a la mesa del reservorio y le dio un gancho de izquierda a Welles en la nariz. Comienza a sangrar y la maldice. Entonces, Dolores del Río le espeta en español: "Siempre has sido una puta". En ese mismo instante, que Dolores le coge de la cara, Lupe saca una Derringer de su monedero y le apunta a la cara, espetándole: —Si, chingona pero vamos hacerlo como de las mujeres de verdad. Lo dicho, un torrente mexicano de talento y belleza divagando por la Babilonia de Costa Oeste del Pacífico donde todo era más divertido que ahora. DEP la bella Lupe Vélez y esté tranquila su ánima en el viejo San Luis de Potosí natal. Los cinéfilos siempre la echaremos de menos en su 70 aniversario y a lo largo de nuestra existencia.






















                                           Dedicado a Vicente Leñero junio 1933/diciembre 2014 DEP












Bibliografía consultada y recomendada:
The Golden Age of Hollywood Movies, 1931-1943: Vol VIII Lupe Velez by James R. Ashley Ed.Kindle/Nook (2013)
Lupe Velez: The Life and Career of Hollywood's "Mexican Spitfire" by Michelle Vogel Ed. Mc Farland (2012)
La puerta falsa: de suicidios, suicidas y otras despedidas... por Guadalupe Loaeza Ed.Océano (2011)










  
                                     

La gran morfosis catódica

diciembre 01, 2014 Jon Alonso 0 Comments









La realidad es ésta; no hay más cera que la que arde. Ya sé que más de uno pensará que debería ser otra. Pero no. Yo soy el único culpable de mi ausencia de sentido común, y lo absurdo de esta situación —por muy idóneo, que le pueda parecer a determinadas  hordas ilustradas— no doy para más. De verdad. No  insistan una y otra vez con aquello de una hipotética ubicuidad quimérica. No rebusquen en mi identidad  criminal y  claustrofóbica. Veamos el affaire, desde mi prisma más montaraz, es decir, dos premisas muy diferentes; los que van de enrollados y los otros. No hay terceros. Tenemos de sobra con los auténticos esperpentos histriones, opositores al gran mayestático culebrón venezolano, mientras la aristocracia catódica apura sus últimos sorbos del dulce Cacique. El nuevo escenario plausible, donde las complejidades de la superestructura nos ofrecen el perfecto remake entre un flashback de Lang y una cena de langostinos caducados Made in Namibia en los albores de la entrega de un Nadal. Sí, el mismo lugar, donde en una noche de pasión turca, Gala y el fenómeno Lara se retan a un maratón de rimas  Becquerianas. La noche a dos velas, tamizada de fariseas confesiones catódicas. Doy fe, que el sitio cuenta con un retrete de luxe; pues, el Atlántico Sur cuando se arranca de temporal hay que agarrarse a la cerámica.
















Luego, aconsejo que  no se dejen llevar por los impulsos de la frustración, posiblemente el efecto sea  una narración televisiva y algo gangosa, a la retrasmisión de un partido de tenis por Jesús Álvarez. Discúlpenme, pero sigo siendo de los que runruneo hasta la llegada de mi dosis opiácea y dejo de rechinar. Cosas tan perennes y vagas como la pasión del amor, el desengaño, el odio, la ambición, y la sed de venganza. Y sí, cuando me miro al espejo, puedo llegar a sentir asco. No por ello continúo mi odisea hacia un lugar invisible repleto de perpetuidad y opacidad. Cada día compruebo mi incapacidad para ver más allá de lo que la luz del día nos permite observar. Aunque, mi dificultad viene por defecto congénito. Empero, volverán a permitirme que me deje llevar por la incompetencia de la falta de sensibilidad a la hora de descifrar que hoy está lloviendo, cuando en realidad debería estar haciendo un calor extremo y mi erudición está tan ausente como un patético glaciar parcheado. Normalmente, es el momento de la manifestación de las imperfecciones en todos los bichos vivientes, lo cual, impide a los seres vacíos persistir e ir más allá de sus propios límites físicos. Suelen tener personajes malvados, canallas, inocentes, burlados, tramposos y el largo etcétera. ¿Les suena la música? Creo que sí. Es el territorio de lo imposible y lo indómito.

















Me conocen tanto como mi viejo cuerpo a su dueño; el mismo que empieza a agrietarse en la prisión de los apestados. Los que sólo llegaremos a un   analógico yugo de la condición humana. Déjense de monsergas, pues no tenemos tiempo para espabilar a esos  patéticos cinco sentidos que están restringiendo, día a día, la verdadera esencia de la libertad. Incapaces de ver más allá de un visible haz de luz, una ineptitud enfermiza que sólo se limita a la categoría de consentimiento asfixiante. No queda tiempo y mis trémulas manos son débiles instrumentos comparados con la fortaleza de acero que forjé allende ultramar. Hoy perdida entre mis reiteradas deserciones del deber y la lógica socrática. Cuando mis piernas reivindican inútiles su orgullo patriótico a la mezquindad humana ante una masa llena de energía que enciende los motores del horror. Mi maestro de escuela nos repetía todos los días que el mundo es un lugar rodeado y ahogado de callejones sin salida. Un pedazo de tierra lleno de risas, llantos e hipocresía; el angostillo de los sueños convertido en la indescriptible náusea humana.
















Estoy cansado de ver como los sentimientos hacen a las personas nulas y vulnerables  en su afán por mostrar diligencia y esto es de cajón, cuando la supuesta mente más racional puede llegar a ser presa de la pasión o víctima de la estupidez. No voy a extenderme en el atracón de broza que inunda los rincones de todo comedor en estas fechas tan idóneas para aleccionar y exaltar la lectura, a través de los engordados buzones por doctos catálogos del ofertón perdido. Este culebrón está muerto, pidiendo con los brazos en alto, un asesinato o un hijo putativo víctima de una efusión napolitana. No sé si el argumento daría para algo más. Quizás una nueva carga de profundidad hacía el coraje de Saviano. Pasa el tiempo y uno se pregunta, ¿le dejarían volver a la redacción de su periódico para poner mayor suspense existencialista como el su admirado Moravia a la gran belleza de Messina? Deduzco que tienen sus dudas. Evidente, ¿quién no las tendría ante tanto horror catódico? El Mediterráneo es una contante morfosis de basurero indolente. No obstante, siempre nos quedará el consuelo de un padre como Saturno y su prodiga grey. Tengan los ojos bien abiertos y no se fíen de las apariencias: el Pladur hace milagros. Felices compras y por favor, no se olviden del ticket por lo que pueda pasar. En estos lares no aceptamos reclamaciones sin él.








                                     
                                                               Dedicado a mi amigo Diego Puicercús y su hija pequeña 








Fotogramas adjuntos


Good Night&Good Luck by George Clooney (2005)
L'uomo in più by Paolo Sorrentino (2001)
God Bless America by Bobcat Goldthwait (2011)
To die for  by Gus Van Sant (1995)








                                 

Morsum Caementicium

noviembre 13, 2014 Jon Alonso 0 Comments






Es curioso comprobar en primera persona como la muchedumbre se perturba ante un muro de vergüenza, silencio y humillación. Mientras, desde el lejano malecón suenan violines y vuelan vagabundos. Los coches arden y las farolas prenden como supernovas. La última luna del otoño se presenta enorme, igual que la piscina de un nuevo opositor a ricachón. ¿Creían que no iba a pasar? ¿Pensaban que sus rutinas no se convertirían en un gran problema? Es posible que vuestra familia crea sorprenderse de vosotros. Descuiden de las formalidades, todo tiene solución como unas litronas de verbena veraniega. Da igual que el burgo se ría de nuestra somnolencia, inmovilidad e ingratitud. No se preocupen. Atisbamos los primeros síntomas de la encefalitis letárgica. Todo pariente alarmado, acaba siendo un tocinito de cielo. No olviden cargar sus teléfonos móviles y llamen a un médico de la SS— a poder ser—, que el galeno se entusiasme con el caso y les someta a una terapéutica de ensayo. Descubrirán como acaban por ponerse enfermos de verdad...Sí, amigos; los que montáis la guardia a la puerta de los estancos, los que sobornáis a un agente o compráis la adhesión de un golfo limpiabotas, los que consideráis que sin el pitillo que arde y lanza al espacio volutas de humo. No sufráis, esta vida es un desierto privado de oasis.










Nadie de los que estáis aquí recuerda lo dulce, suave e inocente del olor de la sangre que se derramaba por los ojos ajenos a la verdad; y lo triste de aquel plenilunio que alumbraba el viejo rostro. La mala suerte se cebó con los cabestros del pínchame hoy, mañana pensaré que es mejor despincharte. Ya no me gustas. Porque no me sale del pellejo escrotal o el labio colgante vaginal. No es culpa de ellos, ni de sus padres: pues su austeridad intelectual es vergonzosamente galopante. A cambió nuevas sensaciones, y hasta algunos sentimientos, con un espeso pelotón de hermosas mujeres, ya que la idea vulgar de un avance cuerdo traspasa los horizontes de la crónica mundana de aquellos caprichos mortales. Un golpe de suerte austero y amable hizo de la espesa madeja, de su pelo áureo consiguiera un tacto más maleable, que las de aquellas cuidadas mamás ochenteras empingorotadas y altivas premenopáusicas. Al fin son ricas, por la gloria del opus caementicium. Aunque, sus cuartos de baño están alicatados de travertinos Aznarianos hasta los limes del techo. Seguramente, nuevos trincones. Todo ello rezuma egoísmo, sensualidad y glotonería. No tardó en aparecer la envidia que le sacó su ambición, con la vaga esperanza de la brutalidad, mientras marcaba un brinco gimnástico hasta la riqueza más vana.










Personas precisamente como él, como el grueso y colorado burgués que se colgaba al cuello la servilleta para comer más a gusto. Observaba con alegría todo cuanto rodeaba su casa; nuevos edificios que habían sido construidos hacía poco tiempo. Una ciudad  despiadada y silente: customizada en tiempo record. La tranquilidad anidaba en el ambiente, sólo la edificación de casas y chalets nuevos para los veraneantes o gente de la ciudad que se independizaba, crispaban el sosiego del que siempre habían disfrutado. Su vida se basaba en la rutina de pasar siempre por las mismas calles. Yo en cambio, era incapaz de crear una usanza. Mi organismo mental no estaba a la altura. La rutina me podía durar una semana como máximo, después escapaba, inconscientemente, a otro camino. Se fijaba en cada detalle riéndose por la vista que tenía desde su buhardilla. Nunca lo había hecho, simplemente se interesaba por sus cosas, le conocía poco, por la monotonía de su casa, sus hijos, su marido y su familia la estaba ahogando en tensiones innecesarias.











Había crecido en un ambiente de amor y libertad. El paso del tiempo acogió al trabajo, las obligaciones, las disputas y los sacrificios. Acompañados de buenos momentos que recordaba entre detalles insignificantes como una cena y un baile de fin de año. Todo estaba guardado en el armario y ahora después de quince años de matrimonio regresaba en un arcón gigante de Amazon. Un millón de remordimientos acompañados de un zurrón de secretos y cemento fresco, que tu peor enemigo  reservó para recordarte tu miserable existencia: el desencanto de todos estos años se transformó en arena de una playa de Almería envasada en un tarro de tomate del DIA. El público aplaudía tu caída a los infiernos entre risotadas y chillidos de concierto metalero. De nuevo, los remordimientos campaban a sus anchas como el hormigón en los andamios de la ciudad dormida. El espejo de la verdad te susurraba al oído, mientras maldecías tu mediocridad y el cofre del morsum caementicium nadaba en una charca obscena. Nadie está libre de ellos. Siendo honesto, nadie. Ni siquiera el coliseo romano.










                              Dedicado a Carlos Vélez 29 octubre 1930/ noviembre 2014 In Memoriam














  Fotogramas adjuntados


  Banditi a Milano by Carlo Lizzani (1968)
  Plein soleil by René Clément (1960)
  Chinatown  by Roman Polanski (1974)
  Another Life by Philip Goodhew (2001)













               

Hellen y Lucien, mon amour

octubre 30, 2014 Jon Alonso 0 Comments








El conde Lucien de Trémoille estaba observando el oscurecer del sol, desde la lejanía de una línea marcada por un horizonte fútil y difuminado. Miró la hora en su reloj de faltriquera Édouard Bovet: marcaba las seis horas y treinta dos minutos. Apostado junto al lado del hueco de la ventana del torreón, el cuadro de su abuelo Gerard de Trémoille contemplaba el claustro del salón. Su criado, Darcy seguía dando los últimos retoques a la mesa del comedor. El conde se impacientaba, pues Sir Bedford era hombre de estricta y pulcra puntualidad. De repente, un carruaje tirado por cuatro corceles negros a toda velocidad se presentó en los portones del Castillo. Un hombre alto y con sombrero de copa bajó del coche. Era Sir Bedford junto a su amada, Lady Hellen de Hamilton. Se abrió la compuerta y tras ella, apareció la figura del encorvado sirviente Darcy, el cual, les dio la bienvenida. — Por aquí, excelencia. Sir Bedford—Espetó—Nos conocemos de algo…—No lo creo, excelencia—¿Alguna vez ha servido en Ginebra?—No, señor. (El tono no era el más amigable) —Bien, le habré confundido—Por favor, el Conde de Trémoille les espera. Hellen estaba temerosa y notaba el frío en sus hombros. Apretó con fuerza la mano de su prometido.—Ah!, por fin mi amigo Richard (saludó con gran ímpetu el conde) y miró de un modo impúdico a Lady Hellen—Encantado, Lady Hellen de Hamilton; a sus pies...(reverencia incluida). 














Cariño, este hombre es mi buen amigo el Conde Lucien de Trémoille con quien estoy a punto de cerrar un gran acuerdo para la construcción del nuevo hospital en Manchester, del cual no he parado de hablarte por el camino... (El conde los acompañó hasta el interior del comedor y les situó en las sillas de caoba con motivos medievales rematadas, en sus cabeceros por unas pequeñas gárgolas). Una vez sentados, la pareja de invitados dirigió su mirada hacia arriba. De donde colgaba una lámpara de araña que la remataba unos engarces, los cuales, sostenían unos enormes cirios que iluminaban todo el salón —Bueno, espero que el menú sea del gusto de Uds. (Sir Richard Bedford hizo una pequeña broma) —Tengo un hambre de lobo. ¡No sé tú, querida pero yo podría comerme un jabalí entero! (Hellen, seguía ensimismada y espantada de los ojos del Conde). —Lobos, curiosos animales... Dicen que son capaces de devorar en menos de un minuto un cordero cuando están hambrientos— Por supuesto, querido Lucien… No tengas la menor duda (risas) —¿Ud. No tiene hambre Lady Hellen? —Darcy estaba sirviendo la sopa de col lombarda, que dejaba un tono cercano a la sangre del cerebro.—No… No tengo mucha hambre—Je, je (sonreía Sir Bedford). —El viaje en el carruaje ha sido un poco movido…—Está deliciosa, querida—¿Lucien qué contiene esta sopa? Está riquísima—Es una sopa de coles de los Urales con frambuesas salvajes de mi jardín y murciélago cocido — ¡Qué cojones has dicho, murciélagos! Sir Richard se levantó casi vomitando y en ese instante le increpó al conde —Esto es ignominioso, no sé qué mierda de broma se ha sacado Ud. de la manga...
















—Vamos, Richard…Ya no me tuteas…—¡No cabrón, no quiero verle en su puta vida!—Puta vida (una risa macabra sonaba con candor por el eco de las paredes del castillo, ja,ja,ja,ja)—¡Ay, pequeño Richard cuánto has de aprender! Ipso facto, comprobó que Lady Hellen no estaba—¡Hellen, Hellen dónde estás cariño! Vámonos de aquí, no soporto a este majadero. Darcy (interpeló) —Sir Richard, mi amo es un poco juguetón, no tardará en aparecer…—Y Ud. Deme mi sombrero, bastón y abrigo…(Menuda gente) Ya sé de qué demonios lo conozco, cuasimodo. No era Ginebra, fue en el embarcadero del Támesis—Puede que tenga buena memoria—. ¡Hellen, Hellen dónde estás...! No lo repito más. (Todo colérico veía como la gente desaparecía de su entorno) —Dónde cojones estará el  puto cuasimodo de marras (mascullaba, Sir Berdford cada vez más agobiado)—Hola, cielo (Lady Hellen de Hamilton apareció con un tono de voz extraño) Dónde estabas —Arreglándome, cielo—Sir Richard notó algo, extraño. Como si no se tratará de la misma mujer. Un olor a azufre y un aliento fétido. Su rostro, a pesar del tono piel pálida de nuestra querida Lady Hellen; éste, se había vuelto más blanquecino tirando a un azulado violáceo. Los ojos sin brillo. Su verde turquesa se tornaba en un gris gélido.— Apártate, de mí. (No pudo evitar una mueca de espanto) —la joven se giró extrañada. -¿Qué ocurre, estás bien? Sir Berdford  se  debatía entre el miedo y la compasión. 

















Cayó al suelo por un instante, algo mareado y sintió molestias en el estómago. Lady Hamilton se acercó (sonreía, mientras un fino hilo de sangre goteaba por una de sus comisuras) —¡Bruja, vampira de mierda! ¡Qué es esto, sapristi! Intenté levantarme, como pude y cuando estaba de pie… Volvió a sonreírme, con ese destello lunático, posando la mirada en mi cuello. Eché a correr hacia la puerta. Pero la voz de Lucien sonaba en mis sienes. Su canalla risa y la macabra sombra del conde acechaban. Su cuerpo se deslizó veloz y reposado desde lo alto de la torre delante de mí. —Hellen, por favor—Lucien, mi amor. Sir Berdford no salía de su asombro—Tuya seré, mon amour. Siempre tuya… Lo he sido siempre, mi vida y mi corazón... Si el precio de tenerte es la muerte, así será... Se dieron un último beso y clavaron los colmillos al unisonó, en ambos lados del cuello de Sir Richard Berdford, para terminar de absórbele su sangre, entrañas y despellejar hasta el último trozo del cuerpo. El resto del esqueleto le fue entregado a Darcy. —Ya sabes qué hacer con él...—Si señor el próximo Halloween habrá nueva receta. Lucien y Hellen se besaban compulsivamente, entre lametones y mordiscos repletos de sangre. Mientras, en la noche oscura de aquel castillo comenzaba a caer la primera gran nevada de Noviembre.









                                   Dedicado a Ramiro Pinilla  septiembre1923- octubre 2014 in Memoriam









Fotogramas adjuntados

Drácula by TodBrowning&Karl Freund (1931)
Black Sunday by Mario Bava (1960) 
Nosferatu: Phantom der Nacht by Werner Herzog (1979)
Queen of the Damned by Michael Rymer (2002)










                              

Estafadores examanuenses, hipsters literarios y el ocaso Jané

octubre 13, 2014 Jon Alonso 0 Comments








El acabose de lo monstruoso ya está con todos Uds. Y no hace falta rematarlo en Fa, ni llamar a Radio Futura para hacer la segunda parte del futuro ya está aquí. Presente es futuro como decía un eslogan de la vieja Sanyo. Los fagocitatalentos, depravados y somarros (este palabro me ha costado un cólico inventarlo) del aburrimiento son reales, tanto como las esfinges de esa sociedad postmoderna del bienestar. Todo se parece a todo, no hay diferencias entre Praga, Basilea, Roma o Sevilla. Exceptuando, la cuestión climatológica. No así, la del amor. Ya que un romano le dirá, que ésta es la ciudad más viva del mundo y un sevillano; Sevilla es la octava maravilla. ¿No sé por qué demonios se asusta la gente? ¡Rediez! Si todo sigue igual. El viejo Prestige de la costa de la muerte ¿Lo recuerdan? Yo, sí. Hasta me comí unas uvas con playback del reloj de fin de año de la ilustre villa pescadora. Los agoreros vaticinaban que el marisco desaparecería de Galicia y ahora los postsorayos boys —aquellos de los hilos de plastilina— descubren que los africanos son los mejores preparados para contener el Ébola. Nada ha cambiado, amén de los molones Mac Air, los coches eléctricos, Google y la comida de Aldi; es mucho más barata y está bendecida por Frau Merkel. Además nadie quiere morir y las empresas de condones se forran. Todos nos hemos convertido en yonquis penitentes de la SS.













Les voy a confesar un secreto: toda mi vida he pagado por consumir drogas estimulantes y ahora la SS me las da gratis. Eso sí, me las han cambiado por asquerosos opiáceos. Nunca me han gustado los opiáceos. Absolutamente nada, ni un colín. Claro que pactar con el carcelero de Hannibal Lecter tiene sus contras, pues me han puesto fecha de caducidad; en 10 o 15 años se me acabó la fiesta y todos los días ruego que se termine esta agonía. Lo siento por los vitalistas del FB y el Twitter. Pero a mí no me gusta escribir y vivir a día de hoy. Empero, me gustaba follar como Sifredi, beber como un consejero de Caja Madrid e irme a los toros como Welles y el palangana de Ramos... Escribir es una terapia de tontos. Al igual, que pintar en un sanatorio mental: carece de toda plusvalia inmediata. Escribir por escribir, pintar por pintar, comer por comer, dormir por dormir, morir por morir ¿Nunca he oído follar por follar? Siempre hay épica en el coito y rentabilidad contigua. No considero la penitencia del amanuense un trabajo, pues no hay soldada a fin de mes. Nadie que escriba —excepto una vieja amiga de la juventud— gana la suficiente pasta para considerarse escribidor pedigrí /¿me permiten la licencia literaria, gracias?/ con Jaguar. El resto es amateurismo puro y duro. Afición y recomendación del médico de cabecera. Salvo algunos funcionarios de la educación, anacoretas del mundo universitario, cobraherencias ochenteros, hipsters subvencionados o mis adorables Peterpanes que persiguen el sueño eterno de ganar la copa del tío Lara. Pobre Lara ya se lo piensa a la hora de hacer caja... ¡Ay qué malos son los años!. Pero claro, todo esto es muy políticamente incorrecto y quizás provocará un aluvión de… ¡No te adjunto, ya no soy tu amigo, fascista(este vocablo es el más sobado por un buen rebaño de cabestros de la webesfera sin saber su significado). También el muy castizo; cabrón e hijo de puta! Jon Alonso, se le va la pinza… O quizás no vaya muy desencaminado el respetable y mi madre era una fogosa meretriz de un puticlub en la carretera de Albacete.












Me la suda. Estoy muerto. No me dejan boxear, ni drogarme, ni desvalijar cabinas (son muy jodidas de encontrar, tanto como los percebes), ni robar coches o pintalabios en el Corte Inglés. ¿A qué sabe la vida sin adrenalina? Sencillo, a leche con malta en la merienda de un hospital  o  a  salami de pavo. Me voy a morir y todo lo que hice ya está hecho. A mí me gusta el sonido del teclado de una redacción de periódico—a poder ser de las antiguas— donde, había un corrector con visera que te ponía a caldo cuando la cagabas con el sobretodo y sobre todo. Hasta que te tatúas en la piel que sobretodo es el gabán de Jesse James, andarás con más mimo que Jack Bauer desactivando una bomba, a la hora de utilizar el adverbio. Dónde tu jefe te insultaba, humillaba y leía la cartilla. Ahí se forja un periodista y los tíos. Mailer lo dijo una vez, pero claro también será uno de esos incorrectos: los hombres duros no bailan. Cuando hace muchas lunas has visto bares, donde los chupitos no existían. Poetas nórdicos con cara de anunciar Neutrogena, suspirando por una barra de un pub inglés. Mientras los poetas británicos instalados en la Barceloneta exhalaban en arameo el humo de sus cigarritos/purito. Recuerdo haber visto los párpados de la espada de Avalon en manos de un tipo llamado Boorman, un relámpago royendo una aurora boreal violeta, en un anochecer hinchado de blanca cristalina boliviana.












Terminar de bronca con una auxiliar de nefrología porque me hacía tirar una piedra del riñón por la uretra, solicitándome que le pusiera cara de Gioconda. Diciéndome al oído, mientras agonizaba que no tenía hijos pero si un perro hermoso, asertivo y bonachón llamado Lancelot. Un día cae y otro se despide en pleno otoño metafísico, presagio de habladurías afterpop e ínfulas independentistas con tarjeta de la FNAC. Un tiempo, donde la voracidad taciturna sólo tiene una salvación; la cirugía laparoscópica, al lado de la medalla del inventor de la dinamita. Según los sabios prístinos del Egeo, no  es más que el final del ritual de tiempos fatigados, en el que la gente no sabe ya lo que escribir para salir de una UCI. Cuando ese lugar tiene un color mayestático azulado, llamado planeta tierra. Es el tiempo de la voracidad, el tiempo de los canallas y los travestidos autocomplacientes. Lo dicho, no hay peor dolor que el neuropático y no hay peor dolor para una comadrona que el nefrítico. Y es que las parturientas de buen año escasean tanto, como en una película de Cuarón y los carritos Jané por un parque de Cuenca.







                                    
                      Dedicado a todo el personal sanitario del hospital Carlos III de Madrid







Fotogramas adjuntos

The Fortune Cookie by Billy Wilder (1966)
Boogie Nights by Paul Thomas Anderson (1997)
The Grifters by Stephen Frears (1990)
American Hustle by David O. Russell (2013)