Cuento de Navidad

diciembre 20, 2015 Jon Alonso 0 Comments








Todos los 24 de diciembre, en la víspera de la Navidad, el sacristán de la catedral de Plasencia Matías Chozas, se disponía a engalanar tan preciada reliquia. Un tesoro —exclusivamente— confiado a su custodia, para exponerlo al día siguiente, a la contemplación de todos los fieles y amantes de aquel niño Jesús. Matías era un hombrecillo chepudo, patizambo y con una verruga en la nariz. Tal era la horrible figura del hombre a quien se le había reservado el privilegio de ser compañero de aquella reliquia adorable entre todas. Empero no es cosa de admirarse, sino que al contrario, deberíamos, considerar que fuera escogido por la voluntad divina, para demostrar que los más humildes y desgraciados son los que están más cerca del reino de los cielos. Miles de bombillas de colores, forman esculturas en las calles de los pueblos y ciudades. Un sentimiento crónico, nostálgico y melancólico, va invadiendo los corazones de los adultos. Los niños, en cambio, rebosan euforia. Representando estrellas, renos, y arbolitos parpadeantes, que cuelgan de las fachadas de los edificios, iluminando las frías noches. No es el caso de estas últimas; suaves y apacibles. Inclusive desconcertantes para los adictos a la postal navideña con muñeco de nieve en el pack. Almas desconocidas, compartiendo sueños comunes en silencio, ajenas al mágico vínculo que las unirá, únicamente, el devenir de las risotadas y carcajadas, seguían los anhelos de amistad, música, tabaco, vodka, ginebra y hachís. Lo más parecido a un viaje invernal por el medio oeste norteamericano, donde viajaban juntos en un coche de alquiler, el mismísimo Capote, Kerouac y Cheever. Una contradicción propia del jolgorio que deparaba la combinación de frío paniaguado, alcohol y psicotrópicos. Por momentos, uno se imaginaba que Matías Chozas estuviera hablando por un Smartphone de marca blanca con su santidad Francisco; el grande del Vaticano.















Un deseo de chaval que todos los años veía como no llegaba el regalo soñado y volvía su mirada al espejo de la ingratitud. Pero hubo un tiempo, en el que Chozas fue un hombre joven, alto, delgado y atlético que disfrutaba de la iluminación verbenera de la Navidad y se apuntaba a la jarana de turno. Bebía, fumaba y reía como un granadero prusiano. Después todo se nubló hasta que apareció una chica de dulce mirada. Sus ojos irradiaban paz y despertaban ternura. Un apego que inspiraba confianza y, esencialmente, ganas de vivir. Aquella mirada, completamente diferente, enjabonada de pureza evocaba recuerdos de la madre de su compañero de pupitre. Sí, esa criatura, era distinta al resto de todas las chicas con las que se había encontrado en las mejores capitales de la vieja Europa. Y de aquello ya había nevado y helado. Chozas aprovechó aquel instante para pedirle una copa. Ella esbozó una sonrisa y le sirvió un chupito de Vodka —¿has visto el arbolito de navidad?— Si lo he visto. He visto todo tipo de árboles, formas, tamaños, realmente, hermosos.—Pues, éste, es sintético y a veces, nos depara sorpresas.—¡Venga ya, no fastidies!—De verdad.—Acércate y lo verás. Se levantó de la silla y se aproximó hasta el arbolito, para ver mejor como caía el corcho blanco sobre las ramas. Algún tipo de artilugio mecánico, lo aspiraba desde la base del tronco y lo volvía ascender hasta la copa, para que nunca dejase de nevar. Mientras se repetía aquel carrusel: MC se deleitaba con la estampa tan divertida que proponía el arbolito en cuestión. De pronto, la camarera salió de su barra y comenzó a dar pasos en dirección a Matías. Ahora el corcovado recordó donde se hallaba. El espantoso y tétrico lugar de su miserable existencia. Y su cabeza le dio por barruntar en voz alta: ¡Quién lo sabe! Es posible que esta bola estéril, fría y negra, siga girando pausadamente alrededor del sol, y apagado y muerto y tan frío como la tierra misma. Así como mi cuerpo, día a día, estación a estación va debilitándose poco a poco.
















Apenas la cohesión que mantiene unidas sus partes, posiblemente, éstas irán desprendiéndose unas de otras, y en lúgubre procesión, seguirán su ruta como ciñendo al que para ella fue el luminar más espléndido del cielo, en luctuoso y deleznable anillo que acabará por romperse y diseminarse por el espacio, para perderse en sus insondables profundidades. Pero también es posible que no ocurra nada de esto. Chozas no era consciente de que su pasado le imposibilitaba disfrutar de la emoción y el orgullo del acontecimiento: una Navidad por la orden divina de un papá que decía llamarse Paquito, en petit comité, al que le gustaba el chocolate en taza y el  papel Smoking. Tenía delante de sí a la mujer de su vida; la joven camarera sonreía y bailaba sinuosamente encima de la barra del garito. Aquel instante no tenía precio ni comitiva que lastrar. Podía decir que esta Navidad no estaba sólo junto al abetito de turno. Son dos desconocidos compartiendo un instante mágico como un plano americano del maestro Ford. Observando la caída del corcho blanco sobre un plastificado arbusto de Navidad. Con sus corazones latiendo al ritmo de las lucecitas de colores. Comentando lo lindo y bello de la visión que compartían... Cerró sus ojos y al abrirlos, suspiró mirando el pequeño abeto de polietileno. El ritmo de las lucecitas parpadeantes, se aceleró bruscamente, al tiempo que el suspiraba. Luego, continuaron latiendo a la par que su corazón... ¿Sería mágico aquel arbolito de navidad?... Matías recordó a su difunta esposa y sintió escalofríos desde los tobillos hasta las orejas. Consideró, que jamás volvería a tener, en su vida, a alguien como María. La mujer de su vida que falleció en un día de Navidad. No obstante, en Navidad, a veces, los deseos se cumplen y el Papa Francisco le cogió de la mano y le pasó un peta de libanés.—Fuma, Matías y recemos por el futuro año.— Gracias, santidad. No, colega, Paquito para los amigos. Se quedaron con un colocón del nueve rezando —prevía mirada— con carcajada incluida, delante del hermoso pesebre, mirando al niño Jesús.










                                       Dedicado a un país que sueña con la Navidad y un gran regalo











Fotogramas adjuntados



The Bishop's Wife (1947) by Henry Koster
Kisses (2008) by Lance Daly
La petite marchande d'allumettes (1928) Jean Renoir& Jean Tedesco







 
                                         

Dear Dr. House

diciembre 04, 2015 Jon Alonso 0 Comments







Este ha sido mi retrato diario. Una venganza de Wilde, pero con otro espejo, y, de apellido distinto, a Grey. La ruina de una existencia asombrosa y espeluznante. La versión diaria, de una crónica de adicción y zozobra, en la que me hallaba sentado. Mientras masticaba la resignación de la incoherencia y lo patético: como las demás cosas de la tierra. ¿Quién sabe? Mejor, utilizaría el eufemismo de un estado hipnótico. La silla de polivinilo —que me sostenía— a lo largo de mis 24 horas. Ésta tenía un nombre farmacológico; parches de fentanilo con lidocaína. Si me portaba bien la boticaria solía regalarme una piruleta de morfina. Todo mi dispensar, que le aportaba, le generaba una erección clitoriana. ¿Qué se había comprado un nuevo Audi de aluminio o un Lexus? Da igual. Vamos que me la suda… En mi tierra manida de la chica, que tenía una cerilla, y, una verruga mágica con un caporal que emulaba al gran Lejarreta. Todo es posible. No hay naturaleza material que pueda suplir el desorden espiritual de un servidor, con apenas 29 años de edad. Embobado, en el chupachupa de la piruleta y el desasosiego del desastre vital. Antes de llegar a los 30, ya no me quedaban dientes. Ni Vitaldent quería hacerme una chapuza. Mi boca es tan desagradable, que la sonrisa de Richard Kiel; es la de Tom Cruise al lado de mis piños.











La pesadilla comenzó hace diez años: luego jueguen Uds., a la aritmética. He intentado la terapia del cannabis empero nunca me he podido con él. Sólo me ha gustado fumar Cohibas con Whisky de Malta, y, en las noches más destroyer de la city: un poco de Crack. No solía fumar cualquier piedra de algún yonki del viejo cauce. Tenía mi pipa de cristal de bohemia con una Geisha lacrada y las rocas —que me fundía— eran producidas por la sabiduría, minuciosa y sosegada, de un viejo amigo (doctor en química). Apenas suministraba a unos 10 tipos, de diferentes lugares de Europa, gente de altos vuelos. Eric sigue igual de bien. Es de las pocas personas con las que puedo contar, en este último tramo, de un recorrido dramático. Pero da igual, yo sigo con mi mierda habitual. He llegado a tomar más de 46 pastillas, al día, de la mejor colección vintage de la farmacología suiza. Entre antiinflamatorios, analgésicos y opiáceos de todos los colores. He sentido vergüenza de mí, por tener que esnifar morfina en la silla de un ambulatorio. Los dolores aparecen sin previo aviso y te atrapan, a su antojo. Sin embargo, yo siempre he apelado a la naturaleza de la síntesis contractual del azar. Ahora lo llevo mejor estoy con unas 28/30 pastillas, juntando las coronarias. Llegué a engordar 25 kilos gracias a los corticoides. Me negué a seguir con esa terapia. Finalmente me los quitaron y perdí 30 kilos.












Lo mejor de este desastre divino fue el viaje lisérgico, arrítmico y con un suflé caramelizado de estricnina. La respuesta se llama el medicamento de la mayor empresa —del negocio— de pastillas milagrosas: Pfizer; Pregalbina a gogó. No quiero dar nombres comerciales, sobre esta mierda. Me la repampinfla, alguno se me habrá escapado. No puedo controlar lo incontrolable, pues, ya no soy; yo. La puta Pregalbina es eficazmente, demoledora. Ahora, si quieren un poco de juerga está la Gabapentina(cosas de la competencia). Los galenos tienen un nombre para esta patología. Los americanos —que son muy guais— le dieron el nombre de, DOLOR NEUROPÁTICO. La verdad que hasta suena cool. En mi caso, particular, es el mismo dolor, a causa de una ESTERNOTOMÍA CORONARIA. Luego, jugando a la gramática eventual, mi dolor es neuropático postesternotómico. Bueno, estoy convencido que la clase de Anatomía de Grey se les está haciendo muy interesante. Una puta basura. La mayor condena de un criminal. Les voy a hacer una pequeña confesión; esta historia me está costando mi existencia personal. Dicen que mejorarás, que las cosas irán a mejor, pero cada año que pasa es ceniza de un habano que se fumó el capo. Tengo que tomarme toda esta mierda hasta el final de mi vida y bailar en la oscuridad, con la enfermedad matriz, la del coure.













Es una danza que hemos sellado y no es de las estrellas, más bien, de un Super Glue 3 de última generación. Tenía todo preparado para mi suicidio; el próximo 20-D. Perdida la fe y la voracidad devoradora por todo tipo de sintéticas morfinas y protectores estomacales. No atisbaba ninguna salida, ninguna vía de escape, tan diabólicamente perfeccionada. Era la disposición de los acontecimientos que encharcaron mi cavilada decisión. De repente, la lava del viejo volcán apagado del Teide irrumpió. Desde los eriales, cruzó el charco y se presentó en las calles de la capital para hacer explosionar la comprensión de la redundante realidad. Cuánto más fuerte se hacía, entonces, la sensación de mi patética historia sucumbía en un pequeño fragmento, hábilmente impalpable, de lo que, en sí mismo, no era más que olivina partida desde el infinito. No podía más, ante esta encerrona. Sin salida, sin recursos. Hasta los huevos. Me puse a llorar, gritar y terminé rompiéndome dos huesos de la mano tras dejar la marca de mis nudillos en la pared. Un hombre puede soportar lo que le echen: los cojones. Es mentira. No hay ser humano capaz de aguantarlo.
















Había llegado al punto de saturación exacta, que termina por buscar al karma espiritual y comértelo hasta hacerlo desaparecer. Otros pobres desgraciados buscan a Lourdes en los grupos de apoyo como el incomprendido Palahniuk. En el límite de lo insoportable del putísimo dolor más absurdo del mundo. Entre la fatalidad perpetua apareció un rayo de sagacidad. A ver, esperen un momento—Todavía no he comenzado a tomarme las pastillas para despedirme. Veo el mar refractarse en mis ojos. Está puro, puedo oler su aroma cristalino. La fuerza de la espuma y el salitre parece acariciar mi cara. Ahora se vuelve más hermoso, en sus movimientos precisos, del rompeolas. Desde el macizo escarpado en los tragaderos del barranco, ya veo como escapo de la mazmorra monacal de mi turbadora vida. Ahora, sí. Ya me fundo con el azul profundo y pulido de las piedras en la orilla que iban tratándome con gran esmero y delicadeza. Aquella cara contraída de dolor y pánico comenzaba a dibujar una tierna mueca de sonrisa, a modo de gratitud. Soy libre, como el viento. Ya no hay cadenas que puedan agarrarme. Es el fin de mi condena y el principio de sus próximas navidades. Sean felices. Yo, ahora, que no estoy en este mundo. Lo soy, mi querido Doctor House.




                                                                                                           FIN





     Dedicado a todos aquellos que sufren dolor de verdad. No tonterías; como jaquecas, menstruaciones y similares...




Fotogramas adjuntados 

The Elephant Man (1980) by David Lynch 
Sling Blade (1996) by Billy Bob Thornton 
Dalton Trumbos´s Johnny Got His Gun (1971) by Dalton Trumbo
Mar adentro (2004) by  Alejandro Amenábar 
Dr. House (2004) by David Shore 







  
                                               

Fatty Arbuckle: Gula, lujuria y envidia en Hollywoodland

noviembre 13, 2015 Jon Alonso 0 Comments








A lo largo de la historia del ser humano, la gula ha sido el  pecado más ignorado por la religión cristiana. Algo, con lo que no contaba, el creador, las actuales y adictivas cadenas de alimentación. El culto por los Fast Food es el balneario de la gula, en todo su esplendor. Sin embargo, este pecado no solo habla sobre comer, sino de toda sustancia nociva, de la cual se abuse. Lo paradójico del reto es que ese ingrediente, de la que se presume: como altamente nociva. Más tarde o más temprano; algo acabará con servidor y el resto del planeta. En la antigua Roma, los romanos eran glotones empedernidos. Se hicieron famosos, en la historia antigua, por sus exquisitos banquetes donde comían hasta hartarse y cuasi reventar. Muchos se dirigían a la ventana más cercana y vomitaban todo lo que habían ingerido. Una vez vaciado el buche regresaban a la mesa, para seguir devorando manduca hasta la próxima regurgitación. El arte ha dejado obras maestras, en manos divinas, caso de Hieronymus Bosch, donde se puede contemplar la gula desde una perspectiva milimétrica. Por una de las secciones, de la Mesa de los pecados capitales; se aprecian cuatro personajes. En la mesa hay un hombre gordo comiendo. A la derecha, de pie, otro que bebe ansiosamente, directamente de la jarra. A la izquierda, una mujer presenta una nueva vianda en una bandeja. En primer plano, una salchicha se asa al fuego. Aparece un niño obeso, que simboliza el mal ejemplo que se da a la infancia. Siguiendo con los siete pecados capitales y aquella joya que rodó el solvente David Fincher, en la entretenida Seven; la gula reflejaba uno de los episodios del film más desagradables y a la vez tragicómicos. Y es que la religión cristiana atribuye un color y un animal a este pecado. El cerdo y el color naranja. No vamos a ser malvados con este asunto del cerdo y el tono naranjito. Pues, vivimos en un mundo de ideas perversas y demasiado calenturientas, que en manos de fútiles interpretes podrían embadurnarse de estulticia. Actualmente, la gula es el pecado que se mira con menos recelo, ya que el culto a la comida, es más un arte, que un pecado. ¿Qué se lo pregunten a los directivos de las cadenas de televisión española y su pasión por los Realitys de cocina?  Creo, que nos hemos explicado y el  porqué de nuestro itinerario por alguno de los Affaires más brutales de la vieja Babilonia/Hollywooland Decididamente, una lectura de los Pecados Capitales, a través de la obra de Dante Alighieri nunca está de menos y este tiempo, actual, donde el otoño está siendo una estación agradable, siempre hay un hueco para una buena relectura. El concepto gula, se define, como todo apetito desmedido hacia cualquier sustancia que el cuerpo demande, incluyendo drogas, alcohol, y por supuesto, la manduca a tutiplén. Ahí, encajaba de maravilla nuestro personaje de hoy; Roscoe Fatty Arbuckle. Seguimos instalados, en la década divina, donde esos de la segunda cámara secundaría digital en 4K, no existía y menos aún el cute & delete. No los rollos de las vetustas películas del joven Kodak and Cia. A golpe de manivela nos ponían al día de los devaneos de nuestro amado y primitivo Hollywood. Aún reciente, la muerte del gran Wallace Reid y la maldita aguja de Pravaz. Aquella prístina sociedad, del espectáculo cinematográfico, estaba de bajón. El público necesitaba risas, carcajadas a mandíbula suelta, y de nuevo, lo que es ley de vida: el show debe continuar. Posiblemente, Hollywoodland era así de caprichoso. Un día cualquiera, de la noche a la mañana, llamas a la puerta de un productor y tiene el baño hecho unos zorros.














Del soplete y el  plomo, a dirigir películas mudas. Sintéticamente esta sería la historia de un un tipo enorme y rebosante de carne por todos sus costados; nuestro protagonista de esta crónica. Roscoe Fatty Arbuckle tenía 34 años y pesaría, entre los 120 a 140 kilos de peso. Dicen que cuando nació pesaba 8 kilos y con él nueve hermanos. Sus padres emigraron desde Kansas hasta California. Como muchas-os de las grandes estrellas, con una infancia triste y difícil. Su padre era un borracho maltratador de mucho cuidado. Pues, el progenitor la tenía bien tomada con el chaval. Puso en duda, en más de una ocasión, el lazo de sangre entre el pequeño Roscoe y él. Sospechaba que un mozalbete tan gordo no daba con el patrón de una familia de talla normalita. A ello, se le sumaba la mala salud de la madre de Fatty, que desde el parto, la mujer había ido a menos. Fatty odiaba su físico y las constantes humillaciones—típicas y crueles—de tus compañeros de colegio e infancia. Sin embargo hubo un lugar, donde FA era el dueño absoluto del tablero. Decidió que había que ganarse las habichuelas y se puso a trabajar en compañías de vodevil, como mimo, humorista y acróbata (suena extraño, pero era realmente ágil, a pesar de su peso). FA, desde los 8 años deslumbraba, al personal pero la muerte de su madre a los 12 años fue un palo, en toda regla. A solas con un montón de hermanos y un padre alcohólico y violento que lo maldecía. Siempre que podía le arreaba o le insultaba. Hasta que un día lo dejó. El chaval era listo y pronto se buscó la vida como botones en un hotel en S. José. Allí, un tipo lo observó trabajar. Fatty le encantaba cantar y no lo hacía mal. Bien, aquel tipo lo puso en un teatro, donde rulaba gente de todos los pelajes. Desde crápulas vividores, puteros impenitentes, buscadores de fortuna y quién sabe, si algún productor del vetusto Hollywood. El chaval estaba muy nervioso, pero pronto entró en calor un par de canciones, unos chistes y unas cuantas acrobacias; se metió al público en el bolsillo. Un público entre los que se encontraban algunos notables del mundo del espectáculo. Fatty inicia una carrera, muy en serio, desde el momento que conoce a Sid Grauman, en el teatro Unico de San José. Posteriormente, paso a ser el miembro estrella, en una compañía de teatro de Oregon. En 1906 y es contratado por un tipo llamado Leon Errol para trabajar en el teatro Orpheum. Un día apareció en el Last Chance Saloon, donde FA se travestía y cantaba para una platea de borrachos mineros —que disfrutaban con el show— como bebés al son de una nana. Errol le dejó el nombre de Fatty de por vida, algo que él odiaba y aborreció a lo largo de su carrera artística. FK era ya un personaje notorio en la escena norteamericana y ese momento, que le sonreía no lo dejó escapar. FK sabía que un tren de los grandes estaba esperándole en el apeadero. En 1912 conoció al director y productor Mack Sennett, dueño de la Keystone Kops Film Company por un asunto de lo más chocante. MS necesitaba arreglar un inodoro y FK era un manitas con la fontanería, en un periquete, le arreglo el WC. Mientras resolvía el entuerto, Sennet observaba —detenidamente— sus movimientos: una agilidad asombrosa para mover herramientas pequeñas y que requerían de manos habilidosas. Fatty desprendía un halo a diversión sin quererlo; un don innato. Había caído en gracia y muy pronto acabaría de socio de Mack Sennent. Comenzó ganando 25 dólares a la semana y a los pocos años sus películas lo convirtieron en uno de los cómicos más famosos de los Estados Unidos, a la altura de Chester Conklin o Ben Turpin. Fue un buen amigo de Charles Chaplin (BC reconoció en sus memorias que su estilo dejó señas de maestro). Y es que Chaplin empezó con un pequeño papel de extra en una película de Arbuckle.
















Mabel Norman—esposa— de Sennett, en comedias que eran la admiración de sus propios compañeros y competidores: Charles Chaplin y Buster Keaton. A partir de este año,  la Paramount le ofreció el control total de sus películas, además de crear la Comique Film Corporation exclusivamente para él, acontecimiento único en la industria de la época. Acababa de convertirse en el actor mejor pagado de su época, pues, ese contrato se estimaba que sería alrededor de un millón de dólares para realizar 18 films y un alto porcentaje, de taquilla, más, en calidad de actor/productor ejecutivo de su nueva compañía de cine. En 1921, echen cuentas de TAE y TIN, y demás variables devaluatorias: un Potosí. Fatty estaba montado en el dólar. Tenía mucho dinero. En agosto de1921 Arbuckle estaba en la cumbre de su carrera. Era un nuevo millonario de aquella nueva Babilonia: tenía 25.000 dólares en ropa, un Rolls—Royce y una mansión en Beverly Hills. A veces, seguía dándole vueltas a la cabeza al maldito apodo de Fatty, pues, lo abominaba. Por no decir, que le asqueaba escucharlo, cada vez que oía el maldito mote. Sin embargo los estudios lo obligaban a mantenerlo a cualquier precio, es decir, como si se comía una granja de pollos entera. Fatty debía de estar siempre orondo y relleno. Hay que reconocer que con un peso de 140 kilos, aquel tipo tenía una agilidad que impresionaba las futuras estrellas de la comedia cinematográfica. Una condición genética, a la que le estuvo agradecido, de por vida. Fatty era un hombre generoso, bonachón y amigo de las fiestas, que la prensa del espectáculo calificaba de divertidas y desmesuradas. Otras lenguas hablaban de un tipo aireado y malhumorado que bebía como un cosaco. Adicto a la morfina y la cocaína. Como muchos de los de aquella época, el ritmo de trabajo era agotador y los estimulantes estaban a la orden del día. El pobre Fatty sufrió, en una de sus piernas—una herida— que derivó en una infección bacteriana del carbunco. Su estado era muy débil, ya que durante el proceso perdió unos 25 kilos, y, la cosa se puso muy fea, cuando los galenos estuvieron en un tris de apuntarle la pierna. Y posiblemente, queridos amigos, el peor pecado no sea la gula de Fatty, sino la envidia del personal, de ver como un tipo orondo y arrogante triunfaba. Los dolores eran tan fuertes, que se pueden imaginar el resultado del trance, pues, un buen chute de morfina era el mejor paliativo para seguir en forma. Fatty Arbuckle tenía fama de obesivo/compulsivo por la limpieza y la gula lo devoraba mentalmente. Comía hasta vomitar la última aceituna, y, poco después volver a darse un nuevo atracón. Pero ya hemos hablado de los pecados capitales: De la gula a la avaricia y de soberbia a la envidia hay un apenas un minipeldaño. En 1920 impulsó la carrera de un joven que se convertiría en su mejor amigo, Buster Keaton. Buster fue el cómico que nunca reía y esto tiene una razón: cierta vez fue a almorzar con FA y un productor de la Paramount para hablar de un papel que le iban a dar. Keaton tenía una seria crisis estomacal y hacía esfuerzos para no reírse y no vomitar. 
















A Fatty le causó tanta gracia que le pidió que siempre se mantuviese serio. El 3 de setiembre, su amigo, Fred Fischbach planeo una gran fiesta para celebrar la buena marcha de la carrera de Fatty. Roscoe que triunfo rápidamente, pronto se dio cuenta que en este negocio iban unos añadidos con los que tenías que convivir. Su timidez inicial  y una relativa fobia social, por los saraos de promoción, de repente, todo cambió. El plus de  relacionarse con la gente, y por ende, la obligación de generar una mayor sociabilidad, poco a poco terminó por ser los más sociales de aquel mundillo. Sus fiestas y eventos era lo más de lo más. El actor anunció que se iba de Hollywood a San Francisco a festejar durante 48 horas. Concretamente, el éxito de su nuevo film; loco para casarse  planeo una gran fiesta para celebrar el acontecimiento.  Una fiesta, que se convirtió en una superfiesta —de tres días— en el Hotel de St. Francis en San Francisco. Una orgía que —desgraciadamente— fue su cripta. Alquiló las habitaciones; 1219, 1220 y 1221 del hotel St. Francis y llevó una victrola, discos, ginebra y whisky. En los Estados Unidos regía ya la Ley Seca, pero era también la época del jazz, de los Años Locos, y Fatty era Fatty. Las mejores fiestas del mundo… Estas fiestas dejaban a las fiestas de la Ibiza del S.XXI a la altura del betún. Pues, algunas duraban días y semanas. A ello había que añadirle la fama del aludido en cuestión y el porqué de la celebración. Nadie se quería perder las bacanales de Fatty Arbuckle. Pero su mujer, Araminta Durfee, se cansó de los excesos de su marido y lo abandonó. El mundo de Hollywood de los años 20 era un mundo frívolo en el que la bebida y las drogas corrían a raudales por las fiestas. Una cuba de alcohol y drogas de todos los colores habían corrido a raudales por las habitaciones del St Francis. Algo que no estaba en el guion era el affaire Virginia Rappe. Al parecer, aquella prometedora, actriz murió desangrada por la comentada peritonitis. Comienza un runrún de fondo donde se cruzan multitud de versiones sobre una hipotética violación con una botella de Coca-Cola, a manos de FA, la cual, le causó un fuerte desgarro en el interior de la de vejiga. Ella, una aspirante a actriz  famosa; Virginia Rappe. Se sintió mal y pocos días después murió de peritonitis. Pero una amiga suya acusó al cómico de haberla violado con una botella, consiguiendo llevarlo a los tribunales. En tres juicios, FA fue declarado inocente, pero su carrera quedó destruida para siempre. Obviamente, aquel affaire protagonizado por Roscoe Arbuckle escenificó —como ninguno— el descontrol de aquella Sodoma y Gomorra  psicotrópica, de todos los colores y apetitos, de las que hemos hablado por estos lares, en más de una ocasión. Tentaciones de las que pocos se salvan o abstenían en aquella Babilonia sine die y Scottfitzgelriana. No tengan la menor duda, que muchos de los que estaban detrás de la caza de brujas sobre el adiposo Fatty, no estaban más libres de pecado y espíritu envenenado. En el primer juicio mediático—de primera categoría— que la prensa de todo el país celebró y hostigó contra el indefenso FA. Aunque él siempre se declaró inocente y las pruebas no indicaban lo contrario, aparecieron en la prensa cientos de detalles escabrosos sin contrastar. Se habló de que la gran obesidad de Roscoe: le impedía mantener relaciones sexuales, y por eso, la había violado con una botella de champán o Coca-Cola. Otras versiones hablaban de repetidas e incesantes violaciones sobre la actriz y del ahogamiento de ésta, ya que al estar debajo de Roscoe, el peso de él la asfixió. Comentarios que salieron de la boca de FA—dichos o figurados desde las habitaciones contiguas a la orgía. Ya te tenía ganas. He esperado cinco años, y ahora, ya te tengo.
















Después de una media hora más o menos, Delmont oyó a V. Rappe que gritaba. Entonces llamó a la puerta y le dio un puntapié, ya que estaba cerrada con llave. Tras una larga demora; Roscoe Arbuckle vino a la puerta en pijama y con un sombrero de Rappe, ligeramente inclinada, el ala hacia la izquierda y sonriendo con una cara de loco; era la típica sonrisa cómica de pantalla. Detrás de él,  Mis Rappe  estaba tirada en la cama, sollozando. Arbuckle lo hizo”, dijo la actriz, según Delmont. Lo que sucedió en las horas subsiguientes destapó todo tipo de cuchicheos de costa Oeste a Este. Los diarios de William Randolph Hearst tenían un enorme lápiz al cual sacarle punta y por un buen tiempo. La gran historia deseada de la prensa del higadillo. El editorial diría más tarde —que el escándalo— de Arbuckle  vende más prensa, que el hundimiento del Lusitania. Las primeras páginas del imperio periodístico Hearst sacaba titulares espeluznantes. Todo ello, con una antelación idéntica— a la de estos años tecnológicos— de infinitas redes sociales. Mucho  antes de Arbuckle tuviera la oportunidad de decir su versión de los hechos. Aquellos rumores sobre, los que FA había cometido, todo tipo de depravaciones sexuales comenzaron arremolinarse. La campaña AntiFatty hizo su efecto. Toneladas de cartas inundaron los estudios Paramount, en la prensa amarilla publicaron las más increíbles noticias. Adolphe Zuckor se asustó y rescindió el contrato. La persecución que sufrió el orondo actor fue atroz. Sus películas fueron retiradas de los teatros y varias de ellas fueron destruidas. Aunque en el juicio se demostró su inocencia; el daño ya estaba hecho y Roscoe Fatty ya no fue nunca más el mismo. Arbuckle se entregó y estuvo durante tres semanas en la cárcel. La Policía hizo la foto de la ficha de FA con unos ojos azules abatidos, embotado en uno de sus  trajes caros y sucios, con su característica pajarita. Su cara redonda, empalidecía, y la sonrisa de Fatty se había difuminado. No quedaba nada de la alegría de aquellas muecas del celuloide. Permaneció en silencio como las insinuaciones sobredimensionadas. Dicen que todo esto venía de lejos. Pues, la actriz Virginia Rape tenía 25 años y había actuado, en un montón de producciones, con poca fortuna. Muchos de los filmes que rodó fueron con el director y productor: Henry Lehrman, un tipo, que envidiaba, la suerte y el éxito de FA. Casualmente, Miss Rape en una revista de la farándula fue preguntada ante la hipotética reunión de ella con Fatty Arbuckle. A lo que ésta, se explayó, a gusto, con el actor. Lo llamó—textualmente—ser repugnante, burdo, vulgar y muy irrespetuoso con las mujeres. Estos comentarios fueron muy cacareados, ya que la gente, que conocía bien al de Kansas, daba fe de su caballerosidad y generosidad con todo el mundo. Obviamente, los abogados de Arbuckle insistieron en su inocencia y se pidió que el público no hiciera de esta situación un juicio paralelo hasta que todos los hechos de la investigación concluyeran. Pero pronto se advirtió que la cosa pintaba fea, y, el actor Fatty Arbuckle tendría  hacer su mejor interpretación; la de convencer a todo el mundo de su inocencia. El comediante expresó a una historia muy diferente a la expuesta por M. Delmont. Arbuckle fue acusado de homicidio involuntario y la vista  para el juicio, en noviembre del mismo año. El fiscal, de San Francisco, Matthew Brady vio el caso la oportunidad perfecta para poner en marcha; su carrera en el campo de la política, pero que está empezando a tener problemas con su testigo estrella, Maude Delmont (misterioso y siniestro personaje que según las afiladas lenguas del Hollywood más canalla, se dedicaba a procurar de jóvenes ingenuas para las fiestas y orgias, donde circulaban los huéspedes masculinos de mayor parné). Delmont solía estar al quite de estos desagradables incidentes, pues, no era la primera ocasiones que se encontraban a los invitados implicados en un escándalo, por el cual, se les acusaba de violación. Delmont, ante situaciones más engorrosas utilizaba la extorsión como herramienta para acuerdos fructíferos.


















A veces afirmaba ser un amigo de por vida de Rappe; otras veces, ella insistió que se habían conocido pocos días antes de la fiesta. Sin embargo, Brady procedió a juicio. Los periódicos nunca cuestionaron la versión de la sibilina Maude Delmont. Y el proceso de lapidación a Arbuckle seguía su curso. Su reputación era un desastre, incluso después de que sus amigos Buster Keaton y Charlie Chaplin avalarán por su honorabilidad y comportamiento modélico. Finalmente la legión de picapleitos contratados por Arbuckle (ya había gastado más de 650.000 dólares) mostraron el informe médico, en el que Virginia Rappe había tenido una enfermedad crónica congénita de la vejiga. Así como una gran cantidad de abortos.Su autopsia concluyó —que allí no observaba— ninguna señal de violencia en el cuerpo. Ni evidencias que la muchacha había sido atacada de cualquier modo. (La defensa también tenía testigos con la información perjudicial sobre el pasado de Rappe, pero Arbuckle no les dejaría declarar, dijo, por respeto a los muertos.) El doctor que trató a Rappe, en el hotel declaró, que le había dicho, que Arbuckle no trató de asaltarla sexualmente. Pero el fiscal rechazó las alegaciones de la defensa con rumores. El 12 de abril de 1922, el jurado absolvió a Arbuckle del homicidio sin premeditación —después de deliberar durante sólo cinco minutos— cuatro de los cuales fueron utilizados para preparar una declaración: Absolución no es suficiente para Roscoe Arbuckle. Tenemos la sensación de que se ha hecho una   gran injusticia con él…no había la más mínima prueba presentada para implicarlo —de algún modo— con los argumentos espurios que se expusieron la Comisión de un delito. Fue honesto, valiente y franco con la justicia. Contó una sencilla historia que todos creemos. Le deseamos éxito y esperamos que el pueblo estadounidense otorgue la sentencia de catorce hombres y mujeres que Roscoe Arbuckle es totalmente inocente y libre de toda culpa. Una semana más tarde, William H. Hays, quien la industria cinematográfica de productores y distribuidores contrató como censor para restaurar su buena imagen y honorabilidad del negocio fílmico dimitió de su puesto. Cuando se percató que Fatty Arbuckle aparecía en la pantalla. No obstante, el daño estaba hecho. William H. Hays, no tardaría en volver a campar por los estudios a la caza de escenas subidas de tono o diálogos políticamente incorrectos. Las famosas películas de FA habían desaparecido de todos los escenarios y teatros del país. Films entre los que destacamos: Lead Year (1924) by J. Craze&F.Arbuckle Crazy to Merry (1921) by James CruzeThe garage (1919) by R. Fatty Arbuckle Back stage (1919) by R. Fatty Arbuckle Out West (1918) by R. Fatty Arbuckle Good Night, Nurse! By (1918) Fatty Arbuckle The Butcher Boy(1917)  by R. Fatty Arbuckle The Bell boy by R. Fatty Arbuckle 1917 Coney Island 1917 by Roscoe Arbuckle Mabel, Fatty and the Law 1915 by Roscoe Arbuckle The Rounders (1914) by Charles Chaplin The Knockout  (1914) by Charles Avery Fatty Again (1914) by Roscoe Arbuckle. Hablamos de un actor que entre unos rodajes e interpretaciones hizo alrededor de 170 peliculas Por el contrario, Fatty Arbuckle estaba exhausto tras todo este tiempo de pleitos. Terminó cambiando su nombre por el de William B. Goodrich y trabajó detrás de cámara, dirigiendo películas para los amigos que se mantuvieron leales a él y apenas ganan la vida de la única empresa que conocía. Posteriormente, esos buenos amigos comentaban muchas de las grandes habilidades que siempre tuvo para descubrir nuevos talentos. Su gran amigo de toda la vida, Buster Keaton le ofreció dirigir un moderno Sherlock Holmes en 1924 pero FA había perdido su carácter afable y simpático. Se había convertido en un ser amargado e irritable. No le dejaron dirigir la película su amigo Buster, pero insistió y finalmente rodó El molino de los duendes The red mill (1927) con Marion Davies (la esposa de Randolph Hearst). Fatty dirigió después Por encomienda postal Special delivery, (1927) con Eddie Cantor y Windy Riley goes Hollywood (1931) con Louise Brooks. Curiosamente, Mabel Normand, su ex-compañera en tantas películas, también tuvo un escándalo en 1922 que destruyó su importante carrera muriendo en 1930. Fatty en el sonoro sólo rodo un cortometraje como actor, visto en Hollywood, crónica negra (Hollywood, Unsolved Mysteries, 1989). Sin un centavo y con el secreto de todo el affaire más inquietante del Hollywood, de aquellos años. En 1933 un ataque al corazón acabó con la sonrisa de niño de grandes ojos azules y cara mofletuda. Roscoe Fatty Arbuckle tenía 46 años y vivía en la más absoluta soledad de la habitación de un hotel. Su alma y la de Virgina Rappe se llevaron el secreto más deseado de la divina comedía del cine, en la pérfida Babilonia. Descansen en paz  












                Dedidacado a Allen Toussaint  enero de 1938/noviembre 2015 In memoriam




Bibliografía consultada y recomendada


Roscoe "Fatty" Arbuckle: A Biography of the Silent Film Comedian (1887-1933) by Stuart Oderman Ed. McFarland. Redición  (2005)
Frame-Up!: The Untold Story of Roscoe Fatty  Arbuckle byAndy Edmonds
Ed. William Morrow  (1991)
The Day the Laughter Stopped by David Yallop Ed. Kindle Amazon
Yo, Fatty (Panorama de narrativas) by Jerry Stahl Ed. Anagrama (2008)









                                           

Wallace Reid, el Gaminedes del cine mudo y la jeringuilla de Pravaz

octubre 27, 2015 Jon Alonso 0 Comments










Cuenta la leyenda que Tros de Dardania tuvo tres hijos: Ilo, fundador de Ilia, Asaraco, y el semidios Ganimedes, el más hermoso de los humanos. Tros amó a Ganimedes desde lo más profundo de su corazón. Pero el jefe, y rey de los cielos, Zeus se prendió de amor por el los muslos del joven troyano. Los demás dioses se regocijaron de contar con Ganimedes, pues su belleza les colmaba de gozo. Y Ganimedes vio que maravilloso era servir néctar a los inmortales. Pero en el mundo de los mortales; las cosas adquieren una dimensión más dura. Algo de Gaminedes hay en toda la trágica y fulgurosa carrera del actor e icono del cine mudo de principios del S.XX. La historia de Wallace Reid es la crónica de un Hollywood más cercano al viejo pueblo de la soleada y árida California de EE.UU, en pleno estado, catatónico, a la búsqueda de vetas y pepitas de oro. Aquel polvoriento y vasto lugar, que, en 1912, lo recorría la avenida central y no muy lejos de allí se erigía el  hotel Hollywood. Apenas una par de oficinas arrinconadas  que se configuraban como los nuevos estudios de la ciudad del cine: Hollywood. Desde el mítico estudio Selig Polyscope Company, el cual, apenas sobrevivió hasta 1918. En 1911 se inauguraba, la Nestor Film Company, de David Horsley, dentro del distrito de Hollywood e inmediatamente se fundó el estudio la antigua Blondeau Tavern, en Sunset Boulevard. En 1912, las grandes compañías de cine ya estaban establecidas en Los Ángeles o cerca de la ciudad. En gran parte, gracias a los impuestos de Thomas Edison sobre las patentes de cine, y al clima cálido y soleado, que facilitaba los rodajes. Los vaqueros y los indios que de vez en cuando se lanzaban de arriba abajo. En Hollywood Boulevard se hacían "Westerns" y aparecían nuevos dandis pretendientes a superstars, cupleteras, cómicos a gogó y demás mescolanza esperaban el gran festín: la llegada de las grandes majors de la historia del cine. Chaplin, Pickford y Fairbanks dieron el pistoletazo de salida, a  esa una nueva Babilonia, donde la ley del más fuerte prevalecía. Como los hermanos Bros  de la Warner, la Universal de Laemmle  Dintenfass, Baumann y Cia. La Fox film Corporation de William Fox, CBC Films (Columbia) de los Cohn, la Paramount, la RKO y la MGM de Louis de Richard A. Rowland. Nuestro amigo Wallace esperaba pacientemente su momento de gloria, ya que él, y su director D. W. Griffith harían historia en un film que marcó el devenir de este arte. No obstante, esa epopeya está por llegar. Más tarde hablaremos de WR, en El Nacimiento de una Nación. La llegada a Hollywood era el principio de una nueva vida para Wallace Reid, una ruptura completa con el pasado. El pasado es algo chocante y un poco surrealista cuando  hablamos del pasado de un actor que apenas vivió 31 años. ¿No les parece? Sin embargo, la pregunta procede: ¿Quién era el auténtico William Wallace Reid? Bien, hablamos de un joven americano: atlético, fino, limpio, culto y de un relativo porte noble que se podría haber encontrado en los cuarenta y ocho estados que configuraban los EE.UU. Wallace Reid vivió treinta y un años. Nació el 15 de abril de 1892. Murió el 18 de enero de 1923. En aquellos treinta y un años embaló la experiencia, el trabajo, el éxito, las alegrías y angustias, los problemas y tentaciones de un periodo fascinante del 7º arte. Dicen que la presión del star system lo mató. Demasiado reduccionista pensaran Uds. Pues sí, detrás del personaje “Wally” para los conocidos y amigos, residía una persona más compleja y sensible. Esos quince años de estrellato fueron los más parecido a la supernova de Wally Reid, el joven y enérgico actor, que todo el mundo quería estar con él, y, observar en directo el accidente del Challenger versus Redid; cuando en pleno ascenso, el actor explotó en mil añicos. Cosa que al hermoso Gaminides no le ocurrió, pues, él consiguió su sillón en el altar de los dioses divinos y allí se quedó viendo pasar el devenir del tiempo. Dicen que Wallace Reid fue un idealista; un joven lleno de bondad, generosidad y gran entusiasta de la vida. A Wally Reid, cuando no estaba rodando películas su adicción por la velocidad era alucinante. Aquel tipo destrozó más neumáticos que el finlandés Raikkonen después de una juerga de lúpulo tras una carrera resacosa por su afición por la refrescante malta. Reid era un esteta de lo selecto y no había carretera del viejo Hollywood que no hubiera dejado la marca de las ruedas, de su Marmon Coupe o el descapotable Stutz. Corría como alma en vilo delante del diablo con una botella de whisky en la guantera. Entendía de coches, de buen vestir y bellas mujeres. Mucho antes de lanzarse al Hollywood Babilónico mostró sus dotes con la pluma. Sus conocimientos de mecánica y modelos de cuatro ruedas le llevaron a trabajar en el Magazine Motor. Además de sacarse unos dólares para hablar de los últimos modelos — que salían al mercado— lo pasaba en grande en los circuitos viendo las mejores carreras de la época. También probaba la mercancía y eso lo hacía muy feliz. Obviamente, estamos ante uno de los protoiconos de la velocidad, que, a posteriori, ya en los 60/70, enfundados en monos ignífugos de los caretos de McQueen o Newman. Marcarán el estilo de la estrella hollywoodense cool y viril. Evidentemente,  esta pasión le llevó a tejer una gran amistad con famosos pilotos de carreras. Reid era tan intrépido y precipitado como su físico. Uno de actores más atractivos de aquellos tiempos. Sin embargo su premura libertina fue un arma de doble filo a lo largo de su corta pero dilatada vida: unos lo idolatraban y otros lo censuraban por no decir que lo envidiaban. 
















Reza la leyenda que el sagaz Griffith  —descubridor de su talento— que le sacó de más de un entuerto con la ley por sus excesivos derrapes con la velocidad y el alcohol y las drogas. ¿Quién hubiera pensado, que el mozarrón Reid, lo mataría la morfina, en una jeringa Pravaz, y no su veloz Marmon?  Y es que la vida da muchas vueltas. Demasiadas; por no decir volteretas mortales. Sepamos de lo que un hombre puede ser capaz en tan sólo 31 años. Wallace Reid nació en abril de 1891, en Saint Louis (Missouri), dentro del seno de una familia, muy unida al mundo del espectáculo. Su padre, Hal Reid, fue un reconocido escritor, guionista y productor teatral, que alcanzó un gran éxito representando sus obras teatrales por todo el país. Su madre, Bertha Westbrook, para no desentornar la variable genética llegó a ser una actriz teatral, de las más conocidas, por aquel entonces. Wallace actuó por primera vez en el teatro a los cuatro años de edad, y, de aquella infancia siguió  participando en más obras. Empero, sus padres prefirieron darle una educación más profunda y lo enviaron a la Freehold Military School (una academia militar). Durante los primeros años de estudios estuvo alejado de los escenarios, destacando en las diferentes escuelas privadas en las que estudió, donde reveló una especial inclinación hacia la música y los deportes (gran atleta, jinete y hábil con el piano, saxo y trompeta). En 1910, en uno de los frecuentes viajes que su padre realizó a Chicago para unirse a la productora Ployscope Selig, Wallace tuvo la oportunidad de visitar unos estudios de cine. En aquél instante, se quedó mirando toda la tramoya que le rodeaba, y no se lo pensó dos veces: su sueño estaba delante de él. WR quería ser cámara, confesando a su padre, que es lo, que le pedía el cuerpo. Sabía que en aquel oficio del cine, el modus operandi era muy parecido al castrense, y lo de empezar de abajo, o congeniar varias actividades era la nota común. Su padre aceptó la decisión, no con muy buenos ojos. Le hubiera gustado más que se hubiera dedicado a la medicina, pero quiso que Wallace Reid fuera feliz. Evidentemente, el joven  Reid entró en el negocio del cine y comenzó a trabajar como auxiliar de director, escritor o director y de casi todo antes que ponerse delante de una cámara. WR observaba como el mundo donde había aterrizado era una burbuja fascinante, embrionaria y emocionante: como un cuento de hadas. La vieja Babilonia era el lugar donde el séptimo arte cambiaba a la misma velocidad que la aparición de nuevos ingenios industriales. Un mundo lleno de talento, experimentación y por encima de todo, repleto de creatividad. Un sitio donde aquel intrépido y apasionado WR observaba —atentamente— anonadado, todo ese parque de atracciones. Tomó notas de algunos de los grandes maestros y  pioneros. Así como el que no quiere, pero dada la ocasión, que era una perita en dulce: termina interpretando su primer film, "El Fénix" (1910), compartiendo cartel con Milton y Dolly Nobles, dando vida a un joven reportero. Papel que interpretó a la perfección. Por aquel entonces, WR se encontró con apenas 17 años con su futura esposa; Dorothy Davenport era la sobrina de Fanny Davenport, una de las mayores actrices americanas, por antonomasia e hija de Harry Davenport, toda una leyenda de Broadway. Actor favorito entre el público y la crítica. Ella era una chica realmente hermosa, de una personalidad asombrosa, con un talento enorme que demostró en algunos films de la Universal. Esa naturaleza eclipsó al joven Wallace, especialmente, su pelo castaño rojo y sus ojos azules oscuros. Además, tampoco era tan idiota para saber que era una chica con parné. Continúo trabajando duro y pasó a la escritura, con mayor ahínco, en calidad de dialoguista y ayudante de dirección. Finalmente es contratado por el director  Otis Turner de Universal, como asistente guionista y segundo auxiliar de director de fotografía. WR creyó haber encontrado su sitio y el lugar en la vida que anhelaba. Así, como el devenir de la vida, el paso de los años y algo tan prosaico y natural como trabajar. Bien, trabajando, pero claro, uno más de la empresa. En el fondo, un joven desconocido. Eso sí, asistente de dirección. Wally Reid afrontaba una segunda década crucial, dentro de su más inmediato futuro. Wally Reid se enamoró de  Dorothy Davenport con boda a la vista. Además,  a los pocos meses, se inicia el conflicto de la I GM. Wally Reid. Este contratiempo dejó a WR lleno de contradicciones. Algo así como una relativa falta de seguridad en sí mismo. En su más remoto interior se sentía un patriota, un americano más, que tenía que aportar su entusiasmo para librar una batalla contra el mal. Pero otro parte de su ser dudaba de los resultados y el beneficio para él del conflicto, dada la excelente reputación y estatus que estaba adquiriendo su carrera. Finalmente, el registro del departamento de guerra de Wally Reid dio el veredicto de individuo no apto para atacar en el frente. Y lo más doloroso el sellado indeleble con una “S”, en negrilla, que se podía interpretar como holgazán o escaqueado. A  los  ojos del joven Wally se produjo una desazón y sentimiento de fracaso, incluso de traición. Interiormente, no dejaba de cuestionarse su decencia y valía, que vía derrumbarse, por las cotas de grandeza de la propia familia Reid. Las emociones y estremecimientos  del rojo, blanco y azul en su sangre, maceradas por las generaciones de hombres, que desinteresadamente ayudaron, a hacer lo que era y marcar el carácter del apellido Reid. No obstante, colaboró desde EE.UU con la creación de hospitales de veteranos y las diferentes colectas benéficas para todos los heridos de la contienda. Sin embargo, la música de fondo era muy triste. Dorothy Davenport, ya se había consolidado como una estrella de las películas.
















Así como la mayor influencia  en la vida de Wally; su comodidad envuelta de amistad y fortaleza ante los temores internos del apuesto WR. Algo que siempre supo valorarlo y comprender, pues, la carrera de Wally no fue muy larga. Siempre tuvo muy claro, que una de sus mejores amistades, en el buen sentido del término fue su mejor amiga y nunca dejó de serlo hasta en sus agónicos instantes finales de existencia. Dorothy Davenport era la brújula que respiraba sentido común, en un entorno de locura y excesos del propio Hollywood. Mujer de un excepcional sentido del humor y enorme lealtad. Wally Reid estaba muy orgulloso de ella y a pesar de sus desparrames, tormentos y desordenes nunca hubo mejor persona que ella. De las muchas mujeres a la que WR accedió ninguna le dio lo más importante: el sostén y la templanza que mantuvo DD. Si alguna vez una mujer mantuvo las manos firmes, de un hombre, esas fueron las de Wallace Reid. La vida siguió y las casualidades del destino pusieron al mocetón WR delante de D.W. Griffith, en 1915. Aquel físico dejó fascinado al maestro del Nacimiento de una Nación. El legendario y visionario film que descubrió al mundo: el arte prístino cinematográfico, en estado puro. Y por ende, Wally Reid, en todo su esplendor. El poco espacio que apareció en la pantalla tuvo —el papel del  estupendo herrero— el suficiente eco para convertirse, en ese nuevo Gaminedes, que desprendía  sexualidad por los cuatro costados. Ese eterno masculino pero con un deje de jovialidad puramente americana. Poco a poco, WR inicia un encadenamiento de rodajes que le llevara a actuar con las grandes divas del momento: Florence Turner Gloria Swanson, Lillian Gish o Geraldine Farrar. Reid firmó más de cien cortometrajes, y actuó en más de sesenta películas para la productora "Famour Players", después llamada "Paramount Pictures". Un nombre importante y grande para la rival del trío formado por Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charlie Chaplin con su audaz UA. Wallace Reid se convirtió de la noche a la mañana en el amante más perfecto de la "pantalla". Siendo querido por mujeres, admirado por hombres y niños atemorizados. Todo el mundo alucinaba con el chico que olía a lavanda francesa: Douglas Fairbanks, John Gilbert o Rudolph Valentino o una jovencísima  Clara Bow que llegó a esperar más de ocho horas para ver el aspecto personal de Wally en Brooklyn. Tenía 22 años era grande, guapo, fuerte, lleno de la alegría por vida, aparentemente, ya que pocos hubieran sido los que pusieran la mano en el fuego por su final. Wally Reid ya había consumido dos terceras partes de su vida. Aquel tipo Despertó en el corazón de la multitud un gran afecto, un afecto durable, que todavía emite la fragancia, como la lavanda aplastada. Toda América quería al machote bonachón de Wallace Reid que hizo las delicias, de su público, en Carmen 1915 Cecil B Maria Rosa 1916 Juana de Arco 1917 Cecil B Cecil B"The Roaring Road" (1919)“El Valle de los Gigantes” (1919)Wallace Reid with serial star Ann Little in "The Source" (1918) Excuse my Dust (1920) y Los Asuntos de Anatol (1921), trabajaron con Dorothy Gish, Gloria Swanson, Geraldine Farrar y Bebe Daniels, cuadros de carrera popularizados incluso Doble Velocidad (1920), Excusa Mi Polvo (1920) y Demasiada Velocidad (1921); Forever  (1921) Too Much Speed (1921) The Charm School (1921) The World's Champion (1922) "Thirty Days" 1922 The Ghost Breaker (1922) The Dictador (1922). El inventario de películas y colaboradores es demasiado extenso para poner en una lista. Alto, bien construido, generoso, era experto con drama, romance, comedia y acción, haciéndole una fuente de dinero principal para Paramount/Famous-Players y el productor que lo adoraba como un niño Jesús en un Belén, Jesse L. Lasky. Empero había algo sobre Wally Reid que busco acomodo, en los sueños, de algún recoveco de su corazón. En toda esta historia hay un halo de amor y pena, que dependían de una fingida cara llena de generosidad. Nadie podía encontrar el auténtico motivo de ese afligimiento que buscaba a Wallace Reid. Ni el mismo supo donde residía. Un misterio que sólo tendrá contestación tras los acontecimientos que ocurrieron en diferentes rodajes. Eso sí, nadie le podrá decir al bueno y hermoso de Wally que fue el hombre más amado de su generación. En la agreste Babilonia Californiana, la vida era un Far West con una ley; el dinero rápido. Los estudios produjeron películas mudas como buñuelos en la semana fallera. El trabajo era agotador y dañino. El inicio de un día cualquiera eran jornadas de catorce a dieciséis horas. En la mayor parte de las ubicaciones sin soporte clínico por no denominar aquellos antros de botiquín y jeringuilla de Pravaz: infrahospitales de veterinaria. No existían las grandes roulottes de los actores contemporáneos con todo tipo de comodidades. La familia muy cerca, sus managers con sus móviles preparados para la llamada, al superabogado Pitbull, ante el mínimo imprevisto. El actor es puro capricho e imaginación, claro que estamos en 1918-19 y se nos olvidaba que  estábamos en  el Viejo Oeste del inquietante cine mudo. WR, independientemente, que fuera una máquina de hacer dinero y muy buena. En cada escena de la película de turno, especialmente, aquellas donde la acción fuera uno de los leitmotiv, siempre había accidentes, a veces, con final trágico. Wallace Reid sufrió dos percances que cambiaron el devenir de futura carrera. Unos accidentes de esos, que sales a trozos, o, en una caja de pino. El primero de ellos se produjo en el rodaje de un cortometraje Loves Western Flight (1913) que produjo como propietario de su compañía Flying A y su jefe el director Allan Dwan. Todo pasó muy rápido.
















Mientras montaba un caballo e intentaba hacerse con varios jacos que se habían escapado por una pequeña espantada. De repente, el caballo se asustó y dobló las patas. La fortuna fue tan caprichosa que la posición del equino fue con todo su peso hacía la pierna izquierda de Wally. Hasta que pudieron levantar al caballo, WR estuvo soportando estoicamente un dolor insoportable. El rodaje debía de seguir y apenas se pudo parar. Esto derivó en una lesión crónica, que sólo la paliaba, a través de infiltraciones de morfina. Su primer acercamiento a la cromada jeringuilla de Pravaz. Wally siguió trabajando pero ya era un adicto a la morfina, además de beber lo suyo. El alcohol se convirtió en el denominador común, de un mundo, donde el whisky y la ginebra caían a gogó. Hasta la prohibición. Y la industria del cine, como todos negocios de por entonces, anduvo muy bien suministrada. A pesar de su ilegalización en los años venideros, en rodando una película llamada “El Valle de los Gigantes” (1919), Reid  se hirió gravemente, en un accidente de tren, al descarrilar el vagón de cola que transportaba al equipo. Wallace cayó por un puente y se llevó un golpe fuertísimo que le causo un traumatismo y necesitó de varios puntos de sutura para cerrar la herida de su cabeza. A partir de ese instante, WR, comenzó a soportar unos dolores terribles de cráneo, que prácticamente le impedían actuar. Para poder seguir con el rodaje se le recetaron innumerables chutes de morfina. Al terminar la película, Wallace ya estaba enganchado. Al tiempo que Wallace seguía protagonizando sin descanso un gran número de películas; su adicción a la morfina era cada vez mayor y también sus necesidades de consumo. No tardó mucho tiempo la prensa en comenzar a extender rumores en los que se mencionaba a un popularísimo astro de la Paramount adicto a las drogas. Una adicción que avanzó al mismo tiempo que su consumo de alcohol. Pronto, los periódicos comenzaron a dar señales de alarma. Aunque intentaron, al principio, mantener oculto el nombre de Wallace. Al final, apareció el Variety de 25 de noviembre de 1920, donde se leía muy bien lo siguiente: Thomas Tyner fue detenido con siete paquetes de heroína en su poder. Según, su declaración, Tyner estaba entregando la droga a una de las mayores estrellas cinematográficas, y, ya era la segunda entrega que le hacía. La prensa le cogió el gusto al bueno de Wally, en esta ocasión, le tocaba al Herald de los Angeles, que el 25 de mayo de 1921 publicaba en primera página la noticia la detención del traficante Joe Woods. Woods era un viejo conocido dealer de los Angeles, de una larga trayectoria en el tráfico de estupefacientes. La bomba informativa no era la detención en sí del camello, sino que WR estaba requiriendo sus servicios en el momento de la detención. Lo más sórdido del affaire, es que Wallace Reid había quedado con Woods en su casa para comprar las dosis. WR estaba de los nervios y la cosa no parecía calmarse. Ya que en otoño del mismo año, el 23 de Septiembre, la revista Variety  publica una nueva noticia en su portada, en la cual, se relacionaba al defenestrado Wallace Reid con el problema, de su adicción a la morfina, por culpa de la mala vida y el sempiterno dolor crónico. Esta vez apuntaba directamente a su mujer DD como cómplice, encubridora y facilitadora del popular opioide, en vez de alejar a su esposo de tan execrable afinidad. La situación era insostenible, pues, Reid estaba con un síndrome de abstinencia brutal. Es más, en el rodaje de la película que se llevaba a cabo, no quedó más remedio que sujetarlo para terminar de filmar los últimos planos. En marzo, del año 1922 WR, ante su incapacidad para soportar una vida dentro de la lógica, se toma la decisión de ingresarlo en una institución, que tenía más de tétrico sanatorio, que de hospital chic para todo tipo de personajes y patologías mentales. Wally Reid estuvo recluido el resto de los siete meses que cubrían 1922. Completamente aislado en una celda del sanatorio. Empero, la retirada de facto de la morfina, lo que consiguió fue descontrolar el poco equilibrio emocional y cognitivo que Wally aún tenía. Se comentó que con Wallace Reid se utilizó un polémico método llamado la “Cura de Barker”. DD siguió al pie de la letra, cualquier esperanza clínica, viniera de donde viniera; estaba desesperada y accedió a los remedios del Dr. John Scott Barker. Este extraño galeno expuso su propuesta de tratamiento a la Sra. Reid. Según, susodicho, especialista; el metodo —venido desde Oakland— era puramente clínico/medicamentoso. Se les presentó a la Reid como algo novedoso, en este nuevo mundo de las adicciones. El Dr. Barker puso como ejemplo a su  clienta más famosa, la actriz Juanita Hansen, dijo que aquella cura estaba repartida, en un cóctel de píldoras desconocidas, medicinas, vitamínicas y una estricta dieta para sacar todo el veneno que permaneció en mi sistema. Los rumores de una historia por un sitio, y otra por allá dijeron, que las píldoras eran tan sólo, medicinas de reemplazo, que tuvieron un efecto de protección de una patología explicita. Sin embargo conseguía una nueva adicción del paciente.

















Entre los muchos compuestos que utilizaba este estrafalario médico tenía todo un arsenal de farmacología letal; Adrenalina, efedrina, luminal, emetina, escopolamina ilocarpina, tetraamina espermina y etc. Muchos de estos productos eran raíces y hierbajos de las selvas amazónicas, sin testar y algunas de ellas utilizadas en veterinaria. Los resultados fueron un escenario de nueva adicción a todos estos productos. Pero todo cambio, en menos de un mes, Wally Reid  cada vez iba a menos. Finalmente se decidió realizar este último tratamiento más agresivo en su mansión Las medicinas y la bebida bajaron su inmunidad. Reid, era un harapo con una percha de  metro y ochenta y cinco centímetros, que no se reconocía ni, en un espejo de feria. Reid cayó  una profunda depresión profunda, en compañía de la del cuello largo, whisky, que entraba en su destartalado organismo: lo único que quería tomar. La combinación de la morfina y el alcohol iba a ser mortífera para el futuro de Reid y su espíritu. De repente, WR se presentaba agotado entre sacudidas y temblores, delirios, boca seca y disentería se apoderaban del joven actor. El resultado era la cura o la muerte. Mucho más eficiente, a la hora de acabar con la vida de una persona, que conseguir una reanimación estimular. Estas mezclas inquietantes se inyectaban directamente, en el tórax de Reid, con la vieja conocida jeringuilla Pravaz. Los efectos secundarios eran horrorosos y macabros en su sistema nervioso: la pescadilla que se come la cola. Reid se iba ahogando poco a poco. Wally se quedó allí durante seis semanas. La anécdota más espeluznante que quedó para los anales de la historia del malogrado Wallace Reid pasó en 1922. WR estaba trabajando en el film 30 días. Según palabras del gran Henry Hathaway ayudante de dirección de la película comentó: la mayoría de días era incapaz de levantarse y ponerse a trabajar delante de la cámara.  Iba dando tumbos. Había golpeado una silla y decidió sentarse en el suelo, con la mirada completamente ida. De repente, comenzó a gritar a lo bestia, sin sentido ni lógica. Lo levantaron y lo colocaron en una silla. Allí sentado y empezó a llorar. Los lloros terminaron en zozobra y finalmente se decidió llamar a una ambulancia, que lo llevó al hospital. Obviamente era bien sabido que Wallace Reid era un adicto politóxico; la morfina por imposición del negocio, la  heroína como escapada y sustituta de la morfina clínica y la cocaína para estimular lo poco que quedaba de la fortaleza de Reid. Wally se había convertido en un penoso yonki frágil y delicado. Su devaneos con los dealers más conocidos de los Ángeles le pasarían factura muy pronto. Wallace Reid comenzó a actuar en un gran número de películas. A lo largo de su corta vida interpretó 100 cortometrajes y 60 films (muchos de ellos desaparecidos o destruidos por el tiempo  e historias oscuras) junto a grandes estrellas del cine mudo como Florence Turner, popularísima actriz conocida como "Chica Vitagraph", Gloria Swanson, Lillian Gish y un montón de actores conocidos y no tan conocidos. Cuando WR se daba cuenta que todo el proceso de cura se estaba yendo al garete; repetía una y otra vez: me muero, me muero… Todo esfuerzo fue en balde. Su esposa lo trasladó a un sanatorio privado donde se desecó en un cuarto acolchado. No mejoraba. Y se moría lentamente. Aquella noticia del  internamiento en el sanatorio psiquiátrico de  Wally Reid generó un tremendo shock entre la población de EE.UU. Estamos hablando de una leyenda del cine mudo, en un contexto socio-cultural, donde Wallace Reid era el tótem del ideal del joven —Made in Usa— por antonomasia. Aquel hombretón, fuerte como una roca, guapo y sexy estaba en su peor momento. El encantador Wally, en un triste 18 enero de 1923 con tan solo 30 años se marchaba de este mundo. No sonaba Jazz del saxo, ni notas las bellas melodías del piano o el violín ni los ingeniosos chistes, ni los besos a Florence. Tenía 31 años. En una de las célebres entrevistas que dio a una periodista de crónicas cinematográficas dijo lo siguiente: “Adoro apresurarme. Si siempre me fuera en coche gastaría probablemente la mitad de mi dinero para multas para romper las leyes del camino. Si acelero más, en un camino abierto o a través del aire, siento una oleada de sangre, a través de mis venas que va directamente al ritmo de mi velocidad repentina”. El mejor amante de la pantalla muda tras la bendición del médico patólogo cerraba sus bellos ojos para siempre. En el  funeral de Wallace Reid estuvieron junto a la viuda Dorothy Davenport: Noah Beery, William Desmond, Ed Brady, William S. Hart, Eugene Pallette and Benny Frazee (su chófer particular). El féretro fue sostenido por  Victor H. Clark (en representación de los actores de la productora de Lasky) Jack Holt, Antonio Moreno, Conrad Nagel, Theodore Roberts y and Sam Wood. Así terminó la corta historia del Ganimides de la pantalla silente: la primera gran víctima de la aguja de Pravaz. Aquel 18 de enero fue uno de los días más tristes de la historia de la cinematografía mundial.









                          Dedicado a Mauren O´Hara Agosto 1920/Octubre 
2015 In Memoriam












Biografía consultada y recomendada
Wallace Reid: The Life and Death of a Hollywood Idol  by E.J. Fleming Ed. McFarland&Co (2013) 
Wally: The True Wallace Reid Story by David W. Menefee Ed. BearManor (2011)