La Corporación gubernamental y la plaga Covid 19

marzo 15, 2020 Jon Alonso 0 Comments








Recuerdo despertar, mientras mis pestañas parpadeaban legañosas, abriéndose a un brillo solar cegador. Las yemas de mis dedos notaban los tréboles húmedos. Estaba tumbado en un jardín, sobre un trozo de césped rociado y quebradizo. El ruido de sirenas era insoportable. Había mucha gente con equipos de aislamiento contra contaminación química. De repente, noté la destreza de unos de dedos gomosos de una mujer y comenzó a quitarme alguna de las esquirlas que tenía clavadas en la zona de mi frente. Sacó un pequeña linterna y enfocó su haz de luz hacía mis pupilas —dijo que todo estaba bien, y que estuviera tranquilo; porque sólo había sufrido un golpe pequeño en la cabeza. No debía de alarmarme. Poco a poco, mi visión se hizo más precisa y comencé a descubrir algunos conocidos del instituto tecnológico. Mientras notaba el balanceo del trayecto que producía la camilla. Me agarraron de la mano. No sé quién era, pero su roce fue muy cálido. Sintiéndome tan protegido y mimado, como ya no recuerdo tanto cariño predilecto. Giré mi cabeza y, olvidándome de los consejos, para que no me moviera, allí la vi. Una melena ondeando de color calabaza oscuro y una sonrisa —que descansaba en unos gruesos labios rosados— que mostraba unos dientes perlados, era un ser realmente hermoso. Posiblemente, debería de haber saltado de la camilla y salir a por su mano. Correr juntos hasta perdernos —de la pesadilla del lugar, que soportábamos— por los ríos y las verdes montañas. Brincando troncos llenos de hongos y jugar a intentar tocar el cielo. Vivir abrazado y riendo a su lado.














En el hospital de campaña, comprobaron que tenía una fractura de peroné y fuerte golpe en el brazo que me dejó una fisura en el radio. Se decidió llevarme al quirófano para operarme las dos fracturas, y terminé un mes y medio en aquel lugar de plexiglás. Eso, tuvo una recompensa: ver su sonrisa y oír su voz en tres ocasiones. Llegar a dormir como un bendito en aquel siniestro lugar, pensado en ella. Sueños, donde aquella criatura se convirtió en mi páramo, el viento, la luz del día, la luna llena y la brisa de la playa de una noche de verano. Aquellos sueños aterciopelados juvenales. Empero una noche llegó como una pesadilla vengativa. Sintiendo en mi brazo el óxido enrobinado de una aguja desvencijada en la vena. Ya despierto sudaba cuantiosamente. Tenía la boca muy seca y el corazón latía como un lozano jamelgo galopante. Los latidos parecían golpes de yelmo en el tórax. Se escuchaban por un horizonte perdido de bergantines varados entre el rompeolas y grandes rocas del acantilado. Pasé a otra estancia, donde el hombre condón y su mascarilla gigante me decía: ha llegado tu momento, hijo. El bicho acabará contigo y todos nosotros. Grité, tratando de decirme que aquello era una pesadilla, grité sin comprender que ya había despertado, que ellos me habían avisado hace mucho, sobre lo que me esperaba. Quizá, en ocasiones anteriores, detectaron mis movimientos y mis ideas de escapar, y sus pinzas se acercaron llevándose mis brazos, mis piernas. ¡Por Dios, qué dolor. Ahhggg! Sobre la sábana había lágrimas, bajo de ellas muñones de carne y hueso que algún día fueron piernas.













Lloré, pero aquel llanto se perdió, entre el gentío despedazado y los sollozos acallados por los giros de las piezas. Y después, siempre aterrizan como un Jumbo 747, todo un torrente de preguntas. ¿Adónde se fue mi vida? Esa vida que yo recuerdo, esa vida de gente, lluvia, nubes, mar, calles, lágrimas. Desaparecidos ¿Cómo debo de aceptar que se han ido para siempre? Claro, más absurdo, sería prolongar la sensación de un engaño continuado sine die. La corporación que gobernaba nuestro país nos engañó a todos mostrándonos una cara esclarecida y esplendorosa. Cuando en realidad, sólo era un espejo de ilusiones vanas, grotescas y falsas. Aquel gigante de la máscara con múltiples pies de acero y carne descompuesta avanzaba. El soplido infernal y las llamas de la pirámide estaban más cerca. Demasiado cerca. El olor a piel de gallina quemada llegó como un artero presagio de la parca negra. La extremidad me sitúo en una canasta de metal. Se olía a kilómetros un hedor a podredumbre, muerte, asfixia y lágrimas. Allí, a minutos de ser arrojado al horno de aquellas bestias, a instantes de ser procesado —por ser uno más que despertó— a la horrible realidad, aunque fuera como cabeza sin cuerpo: le pude observar a menos de un metro.











Y allí estaba, la otra farsa, la del cabello escarlata, resultó ser un pelo castaño maltratado, de sus carnosos labios rosa, ahora convertidos en finas líneas de silicona sangrantes. De un esbelto torso, a un busto completamente mutilado: el horror también se despertaba.  Intentamos coger el último vuelo hacía la libertad, pocos segundos antes que las lenguas de fuego, y el señor del traje de condón rosa nos obtuvieran con su manguera de calor infernal. Mucho antes de que la sabía máquina, nos advirtiera del final, de nuestras almas. Alguien dijo: ¿Por qué? Y un niño pequeño con mascarilla y traje condón infantil espetó: es por nuestra vanidad, ingenuidad y autocomplacencia. El silencio dio paso a los sollozos. Era el final de los finales y nuestros últimos alaridos de miedo y dolor, los cuales, se ahogaran en el candente amarillo azulado de las llamas del crematorio gigante de nuestra benefactora corporación gubernamental. Los humanos desaparecimos para siempre, puede que fuera el Cvd19, o quizás, las torpes decisiones de una turba de condescendientes, falaces y pueriles burócratas. Sólo la historia escribirá la verdad, si queda algún amanuense limpio e inmune.






                    Dedicado a Max von Sydow  abril 1929  marzo 2020  In Memoriam







Fotogramas adjuntados


Driftwood 1947by Allan Dwan
Todo Modo (1976) by Elio Petri
The Killer That Stalked New York (1950) by Earl McEvoy
Gamgi (2013) by Kim Sung-su





        

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