La naturaleza se cansó de ser indulgente, pero la dictadura seguía.

febrero 14, 2020 Jon Alonso 0 Comments









Un buen día, uno piensa que la vida es maravillosa, ver todo ese radiante esplendor de la plaza mayor, en pleno invierno y con 26 grados centígrados, en el mes de febrero: una bendición. Algunos dirán que la cosa no va bien, que esos calores acabarán pasando factura, y lo pagaremos caro. La naturaleza es muy sabia y extraordinariamente generosa. Posiblemente, estamos en un periodo, donde su paciencia entra en la zona más delicada de sus reservas emocionales. Y ahí, queridos amigos-as, no va a seguir en su habitual línea de magnanimidad. Ahora me siento como un pez en el agua. Despreocupado de toda la zozobra por la que he pasado. Sin deudas morales ni desprecios éticos. Hablo con los más viejos del lugar, y escucho. Sí, puede parecer extraño, pero me he convertido en un penitente oyente de las consignas que vienen de nuestros mayores. Muchos de ellos, avisaron del inminente desastre que se nos presentaba. Lo llamaron: la ira del río Turia. Decía, Demetrio, un jubilado que pasó la famosa riada de los 50—Llegará la madre de todas la tormentas y caerá agua a raudales del cielo. Esas borrascas con nombres de chachipirulis, no son nada para lo que vendrá.—Perplejo y abducido escuchaba los argumentos del veterano Demetrio. Los truenos bramaran de ira, en busca de los hijos de todos aquellos que se burlaron de la alcaldesa de la villa. —Pensé, éste hombre tiene el mismo problema que yo con la medicación. Demasiada Tebaína. Se levantó un viento que eliminó el poniente. Así como el que no quiere, el sol se escondió y la gente, se disipó como en un repliegue de soldados de un capítulo de Juego de Tronos. La corriente soplaba con tal furia que parecía presagiar la desdicha de una nueva pérdida. El sol intentó volver a hacer acto de presencia. Empero, la villa se había quedado a oscuras como en un eclipse de verano.












Siguieron retumbando los relámpagos hasta escuchar el eco más espeluznante que había oído en mi vida. Era como si la muerte quisiera echarme una mano al cuello. Los relámpagos siguieron trayendo todo un arsenal de truenos. Hasta que un estruendo se introdujo por mis orejas, convertidas en dos vanos sin carne. Degusté el sabor eléctrico de una de las gotas que caían por todo mi rostro, a borbotones. Ni estribo, ni martillo, ni tímpano que escuchar. Resbalando por mi boca, ojos, pómulos y llenando mis clavículas completamente deshechas. Era el diluvio universal. Aquella tormenta siguió arrastrándonos por el babeante y lesivo meandro de piedras embardunadas. Quería correr, cruzar el bosque y volver al café de la plaza. Al lado de mi amada, Catalina, pero cuando, por fin, logré localizarlos; su furia de valor de madre se multiplicó hasta el infinito. La vi embistiendo con rabia, una y otra vez, tratando de derribar los muros que la separaban de sus amados retoños. Su historia se convirtió sin quererlo ni mamarlo, en un secreto gritado a voces. Vivía confundida, no lo sabía: estaba en shock. En su torturada memoria, cósmica y primigenia, latía el recuerdo, insufrible de todos sus prístinos martirios. Desde ese momento, aciago, en que sus adoradas criaturas, le fueron arrancadas de las entrañas. Guiada por su atávico e intemporal instinto, rastreó las huellas anheladas entre las arenas de innumerables playas. Ebria de dolor, derramó sobre ellas sus lágrimas blancas. Sacó de donde no tenía: bríos renovados y trepó los acantilados. Catalina Sievers, desesperada, berreó su impotencia, cuando las rocas hostiles sofocaban sus ansias y destruían sus esperanzas. Exploró las cuevas. Barrió todos los rincones. Voceó sus nombres al viento. Nada. Sólo abismos negros y vacíos. Y por respuesta, los ecos tristes del silencio. Después, comenzó a agitar las manos sobre el cuerpo de la víctima, abriendo delicados surcos en su piel. Sus uñas a través de la garganta de aquel viejo ahogado indefenso. Los ojos de aquél se abrieron entre espasmos. El líquido carmesí nacía a borbollones de la garganta. Estaban cerca, muy cerca, se sentían sus pasos como caballos en una carrera.












Vino una pausa y de inmediato, el total descontrol. Mi cuerpo se desplomó hacia atrás, en un salto hacia el río, como dándole la espalda a la muerte, el agua reventó al sentir mi cuerpo entrar, estaba helada, una sensación de frío estremeció todo mi ser, todo pareció ir más de prisa, me hundía en el cauce del río. Y de aquella hermosa tarde de febrero, sólo nos quedó la inmensa oscuridad y la machacona tormenta. Sus briosos esfuerzos se vieron, al fin, coronados. La larga espera y la tirria rebasaron la energía acumulada. Su fuerza creció hasta el paroxismo. La cárcel de sus pequeños fue un juguete entre sus garras. Aquella maldición disfrazada de castigo implacable, derrumbó las barricadas como castillos de naipes. Penetró dentro y los encontró muertos. Los cuerpos evocados, flotaban pudorosos. Sumidos en un sueño perpetuo y gentil. Algo de esa imagen se tuvo que hacer en el recuerdo de la muerte de los retoños. Al final entendió claramente la situación. Un atroz quejido de rabia sacudió el edificio hasta los cimientos. Catalina se arrinconó; llevándose con ella los ataúdes de cuarzo. Quedaba una vida interminable y horrible por la carga compungida de la perdida de él y los niños. La ventana trasera asomaba un panorama de caos y hecatombe. Recordaba las horas de idas y venidas por los muelles, lamiéndose las heridas, como un perro abandonado y apaleado. Yendo y viniendo, yendo y viniendo. Siempre el mismo itinerario de un andar tortuoso y desnivelado. Todas las noches, componía los mismos lamentos. Merodeando entre las trizas de las barcas del muelle. Meciéndose al compás de su infortunio. Acunando nanas fúnebres. Susurrando melodías, salvajes y desgarradas.













                     Dos horas más tarde, en la morgue Grupo del comité revolucionario ibérico para el cambio climático


Hubo un instante, de duda, para que en un tris, acabará por reventar los féretros transparentes y volver con sus hijos al hogar perdido. A las profundidades de la locura de una naturaleza sin paciencia y colmada de dolor. Sólo quedaba el llanto entre tanta desdicha. Un padecimiento imborrable. La grabación se cortó minutos después. Los agentes del CRCI (Comité revolucionario climático Ibérico) tardaron en reaccionar. Cuando lo hicieron, tomaron una drástica decisión. Aquellas imágenes debían de ser trituradas. Realmente, no sabían el porqué. Empero el peso del corazón era inevitable. Pillaron una papelera metálica cercana a la entrada de la sala de patología forense y tiraron la memoria con la grabación y el resto de declaración del informe anatómico. Una cerilla cayó lentamente, en el seno de todos los papeles estrujados y las llamas hicieron su trabajo. Todos los implicados en aquella investigación cerraron la inspección con un pacto de silencio y lealtad, entre ellos y sus superiores. La naturaleza se había encargado de poner a cada uno en su sitio. El agente de mayor rango, hizo una llamada telefónica.—Todo está correcto, presidente.





                                                                                       FIN




                                


                                     Dedicado a David Gistau  junio 1970/febrero 2020  In Memoriam





Fotogramas adjuntados


When Worlds Collide (1951) by Rudolp Maté
The River (1984) by Mark Rydell
Typhoon (1940) by Louis King
Nach uns die Sintflut (1996) by Sigi Rothemund




           




                                                     

                     

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