Estafadores examanuenses, hipsters literarios y el ocaso Jané




lunes, 13 de octubre de 2014







El acabose de lo monstruoso ya está con todos Uds. Y no hace falta rematarlo en Fa, ni llamar a Radio Futura para hacer la segunda parte del futuro ya está aquí. Presente es futuro como decía un eslogan de la vieja Sanyo. Los fagocitatalentos, depravados y somarros (este palabro me ha costado un cólico inventarlo) del aburrimiento son reales, tanto como las esfinges de esa sociedad postmoderna del bienestar. Todo se parece a todo, no hay diferencias entre Praga, Basilea, Roma o Sevilla. Exceptuando, la cuestión climatológica. No así, la del amor. Ya que un romano le dirá, que ésta es la ciudad más viva del mundo y un sevillano; Sevilla es la octava maravilla. ¿No sé por qué demonios se asusta la gente? ¡Rediez! Si todo sigue igual. El viejo Prestige de la costa de la muerte ¿Lo recuerdan? Yo, sí. Hasta me comí unas uvas con playback del reloj de fin de año de la ilustre villa pescadora. Los agoreros vaticinaban que el marisco desaparecería de Galicia y ahora los postsorayos boys —aquellos de los hilos de plastilina— descubren que los africanos son los mejores preparados para contener el Ébola. Nada ha cambiado, amén de los molones Mac Air, los coches eléctricos, Google y la comida de Aldi; es mucho más barata y está bendecida por Frau Merkel. Además nadie quiere morir y las empresas de condones se forran. Todos nos hemos convertido en yonquis penitentes de la SS.













Les voy a confesar un secreto: toda mi vida he pagado por consumir drogas estimulantes y ahora la SS me las da gratis. Eso sí, me las han cambiado por asquerosos opiáceos. Nunca me han gustado los opiáceos. Absolutamente nada, ni un colín. Claro que pactar con el carcelero de Hannibal Lecter tiene sus contras, pues me han puesto fecha de caducidad; en 10 o 15 años se me acabó la fiesta y todos los días ruego que se termine esta agonía. Lo siento por los vitalistas del FB y el Twitter. Pero a mí no me gusta escribir y vivir a día de hoy. Empero, me gustaba follar como Sifredi, beber como un consejero de Caja Madrid e irme a los toros como Welles y el palangana de Ramos... Escribir es una terapia de tontos. Al igual, que pintar en un sanatorio mental: carece de toda plusvalia inmediata. Escribir por escribir, pintar por pintar, comer por comer, dormir por dormir, morir por morir ¿Nunca he oído follar por follar? Siempre hay épica en el coito y rentabilidad contigua. No considero la penitencia del amanuense un trabajo, pues no hay soldada a fin de mes. Nadie que escriba —excepto una vieja amiga de la juventud— gana la suficiente pasta para considerarse escribidor pedigrí /¿me permiten la licencia literaria, gracias?/ con Jaguar. El resto es amateurismo puro y duro. Afición y recomendación del médico de cabecera. Salvo algunos funcionarios de la educación, anacoretas del mundo universitario, cobraherencias ochenteros, hipsters subvencionados o mis adorables Peterpanes que persiguen el sueño eterno de ganar la copa del tío Lara. Pobre Lara ya se lo piensa a la hora de hacer caja... ¡Ay qué malos son los años!. Pero claro, todo esto es muy políticamente incorrecto y quizás provocará un aluvión de… ¡No te adjunto, ya no soy tu amigo, fascista(este vocablo es el más sobado por un buen rebaño de cabestros de la webesfera sin saber su significado). También el muy castizo; cabrón e hijo de puta! Jon Alonso, se le va la pinza… O quizás no vaya muy desencaminado el respetable y mi madre era una fogosa meretriz de un puticlub en la carretera de Albacete.












Me la suda. Estoy muerto. No me dejan boxear, ni drogarme, ni desvalijar cabinas (son muy jodidas de encontrar, tanto como los percebes), ni robar coches o pintalabios en el Corte Inglés. ¿A qué sabe la vida sin adrenalina? Sencillo, a leche con malta en la merienda de un hospital  o  a  salami de pavo. Me voy a morir y todo lo que hice ya está hecho. A mí me gusta el sonido del teclado de una redacción de periódico—a poder ser de las antiguas— donde, había un corrector con visera que te ponía a caldo cuando la cagabas con el sobretodo y sobre todo. Hasta que te tatúas en la piel que sobretodo es el gabán de Jesse James, andarás con más mimo que Jack Bauer desactivando una bomba, a la hora de utilizar el adverbio. Dónde tu jefe te insultaba, humillaba y leía la cartilla. Ahí se forja un periodista y los tíos. Mailer lo dijo una vez, pero claro también será uno de esos incorrectos: los hombres duros no bailan. Cuando hace muchas lunas has visto bares, donde los chupitos no existían. Poetas nórdicos con cara de anunciar Neutrogena, suspirando por una barra de un pub inglés. Mientras los poetas británicos instalados en la Barceloneta exhalaban en arameo el humo de sus cigarritos/purito. Recuerdo haber visto los párpados de la espada de Avalon en manos de un tipo llamado Boorman, un relámpago royendo una aurora boreal violeta, en un anochecer hinchado de blanca cristalina boliviana.












Terminar de bronca con una auxiliar de nefrología porque me hacía tirar una piedra del riñón por la uretra, solicitándome que le pusiera cara de Gioconda. Diciéndome al oído, mientras agonizaba que no tenía hijos pero si un perro hermoso, asertivo y bonachón llamado Lancelot. Un día cae y otro se despide en pleno otoño metafísico, presagio de habladurías afterpop e ínfulas independentistas con tarjeta de la FNAC. Un tiempo, donde la voracidad taciturna sólo tiene una salvación; la cirugía laparoscópica, al lado de la medalla del inventor de la dinamita. Según los sabios prístinos del Egeo, no  es más que el final del ritual de tiempos fatigados, en el que la gente no sabe ya lo que escribir para salir de una UCI. Cuando ese lugar tiene un color mayestático azulado, llamado planeta tierra. Es el tiempo de la voracidad, el tiempo de los canallas y los travestidos autocomplacientes. Lo dicho, no hay peor dolor que el neuropático y no hay peor dolor para una comadrona que el nefrítico. Y es que las parturientas de buen año escasean tanto, como en una película de Cuarón y los carritos Jané por un parque de Cuenca.







                                    
                      Dedicado a todo el personal sanitario del hospital Carlos III de Madrid







Fotogramas adjuntos

The Fortune Cookie by Billy Wilder (1966)
Boogie Nights by Paul Thomas Anderson (1997)
The Grifters by Stephen Frears (1990)
American Hustle by David O. Russell (2013)






                               


                                    
 

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