Sr. Nadie

mayo 03, 2016 Jon Alonso 0 Comments








Recuerdo que me encontraba sentado—Eso creo. Aunque, podría no ser cierto. Pero pensemos, por un momento, que estaba allí. Y juraría que fue de día, pero con la tecnología de estos tiempos, quién sabe, si fue de noche. Lo que sí que fue de verdad; era aquella luminaria punzante. Deslumbrándome la retina y confundiendo mi compostura. Allí, semidesnudo, con apenas, un gastado lienzo de tela enroscado. A modo de minúsculo harapo, que cubría mi cuerpo, o eso parecía sentir, la piel entre mi torso y el pubis. Además, un frío metal contraía la piel de mis nalgas. Al igual, que un gélido sentimiento, al borde de la inminente ruptura, entre dos personas que se soportan en el límite de la indiferencia. Obviamente, esa sensación me perturbaba, y conseguía deformar mi perspectiva del aposento.















Lo más absurdo de todo aquello era yo; pues seguía allí. ¿Quién sabe si esperando ese relámpago de la zozobra que envuelve el mínimo suceso? Daba igual mi perfil, posiblemente, cuanto más macabro mejor. En el fondo, mi mundo era como mi piel; poros envejecidos sudando dolor, y en ese charco de malestar continuo, mi percepción ya trascendía lo indolente: era una ciénaga entre lo dantesco y lo patético. Lentamente, procuré precisar lo que parecía, un cierto enfoque de lo evidente. En ese momento, contemplé unas líneas supurantes que cuadriculaban el lugar dotándolo del escepticismo de un baño cualquiera. Empero, no tengan la menor duda, que allí debía estar yo, esperando un disparate estrepitoso hacia el mal humano.















Como mínimo mi entumecida amígdala me dictaba esa sentencia como glorioso castigo; como el arte premonitorio de una muerte anunciada. Mis músculos no respondían. Mis nervios hacían caso omiso de la voluntad del que agoniza. ¿Debía esperar una muerte lenta? ¿Debía tal vez resignarme al olvido y perecer por inanición? ¿O por septicemia? No, eso no, el lugar olía a limpio. En mi subconsciente todavía veía el neón de la lejía Conejo. De repente, una sombra se proyectó remota, en lo que entendí como el final de aquella sala. Era cuadrada y estirada: rectangular. Una puerta quizá; aunque me faltó el chirriar de las bisagras para que todo fuera lo esperado por el aterrador miedo.















Entonces, una forma viscosa, color miel resina, apareció de repente. Mientras, me esforzaba por enfocar la visión. ¿Era una serpiente semihumana o no...? Sí, debió ser una puerta, pues percibí una presencia nueva, allá donde estuviera. No conseguí enfocarla en ningún momento. Pero se acercaba silenciosamente; al contraste del dictado de mis sentidos. Aquella presencia era seductora, e imaginé mil momentos de dulce placer antes de la muerte. ¿Era posible? forcé la vista hasta casi desmayarme por lo intenso de mi curiosidad; debía ver la cara de mi verdugo como mínimo. ¿Debía o debería ser así? Y entonces conseguí la pintura deseada. Hallé el fausto olimpo, pues, presencié la existencia de la magia como una dulce dedicatoria a mí ser: nunca supo donde estuvo. Vivió de bellas y espurias milongas impregnadas en una oscura eternidad. DEP, Sr. Nadie.







                                                Dedicado a  Prince  Junio 1958/ Abril 2016  in Memoriam






Fotogramas adjuntados


Ordet (1955) by Carl Theodor Dreyer
The Matrix (1999) by Brothers Wachowski
Det sjunde inseglet (1957) by Ingmar Bergman
Nightcrawler (2014) by Dan Gilroy