Friedrich y Hannah




miércoles, 30 de marzo de 2016






En el invierno de 1944, me enamoré de la persona más importante de mi vida; un hombre que tenía un pasado ingenuo y frívolo, pero ahora vivía un presente marcado por la vergüenza y la felonía. Friedrich Von Trier tenía un gran atractivo físico, intelectualmente, no es que fuera una lumbrera. Daba igual. No obstante, sí que desprendía destellos de pillería. Me repetía una y otra vez; nada es eterno, sólo nosotros… Aquella mañana de enero hacía tanto frío que las pestañas estaban blanquecinas de una fina escarcha. Enfrente el viejo y destartalado bar de la estación. Aquel sitio era tan arcaico como el mismísimo andén; la madera del suelo estaba agrietada, cuarteada, enmohecida y cristalizada como la heladora mañana y el paso del tiempo. Aunque, se atisbaban algunos esbozos de ciertas reformas en el techo, justo encima de la barra había una vieja gotera, porque todavía quedaban vetustas grietas del primer tejado. Demasiado frío, tanto que ya no caía agua por esa rendija: el hielo había creado una perenne barrera, de la que se descolgaba un pequeño carámbano. Eso no cambiaba mi opinión sobre las goteras. Pensaba, ¡las goteras también son un síntoma del estado de un país! De aquel penoso y depresivo goteo se atisbaban vasos opacos que desprendían un olor rancio a cerveza... Por un momento mis piernas obedecieron a mi ánimo y retrocedí. Ahí aparecieron los ojos azul acero de Friedrich y esa sonrisa de estrella de Hollywood. Sujetándome de un brazo, manteniéndome derecha; mientras yo farfullaba contra una piedra imaginaria dentro del zapato. Volvió a sonreír y entramos en el triste bar. No me soltó el brazo hasta que nos sentamos, en una de las mesas, al lado de la ventana, de una añeja y parduzca madera de pino quebrada. Las dos sillas presentaban un aspecto lamentable, entre la cochambre y lo desvencijado. Aunque el encargado las cambió presuroso, deshaciéndose en disculpas y muecas, por otras más presentables al ver el rango del uniforme. Es curioso como la vida observa una pechera con medallas visibles, en tiempo de guerra y risorios, en la complacencia de la paz. La gente te trata de una manera distinta, la vida entera se ve diferente al calor de un uniforme, de una categoría tipológica. Si tan real y absurdo como, que puedes acceder a alimentos, los cuales, tienen un precio prohibitivo. Otras ventajas más agradables, a la hora de viajar, comer e incluso caminar por las calles.
















Todo parece más grande y mejor. Tienes la sensación de que la guerra no va contigo, que es algo vago y lejano cuando acompañas a un coronel de la Wehrmacht replegada tras cataclismo ruso. Y tu corazón palpita, a 140 latidos por minuto. Bamberg era un lugar tranquilo, donde algunas judías como yo sobrevivíamos, en un disfraz de rasgos más cercanos al ideal del Fürher. Mi fisonomía heredada de mi familia ucraniana había conseguido unos rasgos más propios de una mujer checa o noruega. La perfecta alemana como le gustaba arengar la propaganda del régimen: aria y fuerte que daría hermosos bebés a la causa del dictador. Además, la pequeña ciudad, era un destino deseado por muchos oficiales de origen bávaro, que anhelaban pasar los pocos días de permiso de aquel periodo. El encuentro con Friedrich fue la casualidad más hermosa de mi vida: Los planes iban bien. El coronel Von Trier me visitaba a menudo; salíamos a cenar, bailar y pasear. Bamberg por la noche era estupenda. El aire que se respiraba sabía distinto, me gustaba la noche, y él lo sabía, parecía conocer todo sobre mi. Me miraba mucho, con atención, atento a mis gestos, mis palabras, como con un escorzo de miedo, a perderse algo importante. Mi alemán era exquisito. Había heredado el tono de voz de mi madre, mujer de elegante dicción, algo que despertaba el interés de todo aquel que escuchaba mi voz. A veces, le contaba algún chiste de aquellos que se escuchaban, en los buenos tiempos, cuando toda mi familia reía y trabajaba. El fino sentido del humor judío, no lo había perdió. Eso, provocaba en Friedrich, unos ataques de risa desternillantes. Movía la cabeza varias veces, como para reafirmar que lo había entendido y memorizado. Recordaba todas nuestras conversaciones, las expresiones extranjeras, el sentido de un gesto, etc. Así era él. Si me hubieran dicho lo que me iba a encontrar en Alemania, quizás no hubiera sido tan entusiasta con la idea. El amor pausado y profundo que encontré en aquel hombre me turbaba y me asustaba al mismo tiempo. Pero con el día volvía la realidad, el alba traía el olor a gasóleo, un coche con una patrulla, tempranos trabajadores, los cuales caminaban muy abrigados; como queriendo aislarse del resto. Con el primer rayo se terminaba la felicidad de la noche, miraba a Friedrich, soñando en otra dimensión, con la expresión serena de una conciencia limpia. Creencias fijadas desde la niñez, escrúpulos que le hacían poder dormir así; yo, no.

















Yo dudaba de todo. Mi conocimiento, bueno, la voz que me susurraba en el silencio de la noche: me establecía una forma de actuar que mi corazón no compartía. Sólo cuando estaba con Friedrich todo tenía sentido, no me sentía dividida. Me hallaba segura con él, con su sonrisa, sus ojos azules y sinceros. Tan profundos: le quería. Pero las cartas ya estaban sobre la mesa. El tablero de la vida hablaba y el miedo junto al frío se convirtió; en un tiritar encima del andén de la estación: perdida en un mar de lágrimas. Sabía que era nuestro último adiós y no hice nada la noche anterior. En el fondo era un puto nazi, altanero que sólo alardeaba de su noble apellido y estirpe. No había mucho más, pero contemplándolo en esos interminables segundos, rodeado de otras chicas de mi edad, con sus madres, hijos y esposos. Todo envuelto en la zozobra de la hecatombe de sus destinos. Seguía anquilosada entre esa mezcla de estudio y admiración. El desgraciado de Friedrich me hacía sentir que yo era el centro del mundo…—No, el mundo entero. Durante aquellos instantes de pasión de las dos primeras semanas de enero. Empero los aliados avanzaban rápido por el frente occidental y los rusos estaban reconquistando terreno a marchas forzadas. Seguía perdida y la salida de trenes desde la estación era constante en dirección a Dachau. Ella comprendió porque sabía que algún día habría de llegar este fin ineludible. Se acercó a la ventana intentando una sonrisa que no pasó de una fea mueca indescriptible. Llegó a la conclusión de que el ser humano es egoísta: ella por ansiar su compañía sin pertenecerle; él porque pedía ayuda para hacerse fácil la ruptura de algo que muy bien pudo no permitir el comienzo.  Los soldados de la SS y sus perros azuzaban a todo el grupo a subirse a los vagones de madera sin ventanas. Se acababa el tiempo. No obstante, después de recuperar, algo de sosiego, le miró cara con expresión agradecida y se fue. Caminó despacio esperando ansiosa una voz de esperanza. 













Él, sólo le siguió con la mirada, unos segundos, y volvió a la puerta cuando de nuevo las lágrimas nublaron su vista. En ese instante, ante el asombro de un cabo y un sargento vieron como el coronel Von Trier sacaba de su cartuchera, la Luger parabelum 9mm (reglamentaria) y disparó a la sien de Hannah. Ésta, en el suelo yacía, y, su sangre patinaba por los charcos de hielo de la estación. Mientras la gente todavía gritaba más, con ademanes de agacharse y empujándose unos a otros. Las mujeres mayores lo increpaban y despreciaban en Yiddish. Friedrich anduvo cuatro pasos con la mirada ida. Algo se notaba en el ambiente que se escapaba a las más seguras suposiciones: un enemigo al que la arrogancia del Reich daba por muerto. Se revolvía y avanzaba; como un reguero de lava del Etna en plena erupción. Von Trier buscó en su cartera y encontró una foto donde estaba junto a Hannah en el estanque de Bauch. Entre sollozos y gritos de rabia. Luger en mano —pues el resto de las tropas de la SS se mantuvieron inanes ante el asesinato de Hannah— dirigió el cañón de su impoluta Luger parabelum y disparó a la altura del temporal. Un chorro de sesos y sangre salió por la sien inversa. El grupo de judíos que se hallaba en espera; se quedaron quietos y con una sensación de mayor tristeza. Friedrich Von Trier era una nazi que había hecho cosas horribles, y posiblemente, su mayor error o acierto fue enamorarse de Hannah Zelig. Todavía se podía sentir el lacerante y punzante dolor que sufría mi estómago; incluso entre estas paredes lóbregas y mugrientas que me devuelven silenciosas maldiciones, mientras sólo concibo la mayor de las frustrantes diatribas a la puta guerra de aquella Europa del S.XX y toda la frustrante nostalgia que aún perdura en mi retina 75 años después. Éste es el final de una historia de amor removida en las entrañas de un sueño endemoniado y reincidente.








                              Dedicado a la Organización Nacional de Trasplantes de España








Fotogramas adjuntados


The Seventh Cross (1944) by Fred Zinnemann
Europa, Europa (1990) by Agnieszka Holland
Schindler's List (1993) by Steven Spielberg
Inglourious Basterds (2009) by Quentin Tarantino











                                 
 

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