Cuento de Navidad




domingo, 20 de diciembre de 2015







Todos los 24 de diciembre, en la víspera de la Navidad, el sacristán de la catedral de Plasencia Matías Chozas, se disponía a engalanar tan preciada reliquia. Un tesoro —exclusivamente— confiado a su custodia, para exponerlo al día siguiente, a la contemplación de todos los fieles y amantes de aquel niño Jesús. Matías era un hombrecillo chepudo, patizambo y con una verruga en la nariz. Tal era la horrible figura del hombre a quien se le había reservado el privilegio de ser compañero de aquella reliquia adorable entre todas. Empero no es cosa de admirarse, sino que al contrario, deberíamos, considerar que fuera escogido por la voluntad divina, para demostrar que los más humildes y desgraciados son los que están más cerca del reino de los cielos. Miles de bombillas de colores, forman esculturas en las calles de los pueblos y ciudades. Un sentimiento crónico, nostálgico y melancólico, va invadiendo los corazones de los adultos. Los niños, en cambio, rebosan euforia. Representando estrellas, renos, y arbolitos parpadeantes, que cuelgan de las fachadas de los edificios, iluminando las frías noches. No es el caso de estas últimas; suaves y apacibles. Inclusive desconcertantes para los adictos a la postal navideña con muñeco de nieve en el pack. Almas desconocidas, compartiendo sueños comunes en silencio, ajenas al mágico vínculo que las unirá, únicamente, el devenir de las risotadas y carcajadas, seguían los anhelos de amistad, música, tabaco, vodka, ginebra y hachís. Lo más parecido a un viaje invernal por el medio oeste norteamericano, donde viajaban juntos en un coche de alquiler, el mismísimo Capote, Kerouac y Cheever. Una contradicción propia del jolgorio que deparaba la combinación de frío paniaguado, alcohol y psicotrópicos. Por momentos, uno se imaginaba que Matías Chozas estuviera hablando por un Smartphone de marca blanca con su santidad Francisco; el grande del Vaticano.















Un deseo de chaval que todos los años veía como no llegaba el regalo soñado y volvía su mirada al espejo de la ingratitud. Pero hubo un tiempo, en el que Chozas fue un hombre joven, alto, delgado y atlético que disfrutaba de la iluminación verbenera de la Navidad y se apuntaba a la jarana de turno. Bebía, fumaba y reía como un granadero prusiano. Después todo se nubló hasta que apareció una chica de dulce mirada. Sus ojos irradiaban paz y despertaban ternura. Un apego que inspiraba confianza y, esencialmente, ganas de vivir. Aquella mirada, completamente diferente, enjabonada de pureza evocaba recuerdos de la madre de su compañero de pupitre. Sí, esa criatura, era distinta al resto de todas las chicas con las que se había encontrado en las mejores capitales de la vieja Europa. Y de aquello ya había nevado y helado. Chozas aprovechó aquel instante para pedirle una copa. Ella esbozó una sonrisa y le sirvió un chupito de Vodka —¿has visto el arbolito de navidad?— Si lo he visto. He visto todo tipo de árboles, formas, tamaños, realmente, hermosos.—Pues, éste, es sintético y a veces, nos depara sorpresas.—¡Venga ya, no fastidies!—De verdad.—Acércate y lo verás. Se levantó de la silla y se aproximó hasta el arbolito, para ver mejor como caía el corcho blanco sobre las ramas. Algún tipo de artilugio mecánico, lo aspiraba desde la base del tronco y lo volvía ascender hasta la copa, para que nunca dejase de nevar. Mientras se repetía aquel carrusel: MC se deleitaba con la estampa tan divertida que proponía el arbolito en cuestión. De pronto, la camarera salió de su barra y comenzó a dar pasos en dirección a Matías. Ahora el corcovado recordó donde se hallaba. El espantoso y tétrico lugar de su miserable existencia. Y su cabeza le dio por barruntar en voz alta: ¡Quién lo sabe! Es posible que esta bola estéril, fría y negra, siga girando pausadamente alrededor del sol, y apagado y muerto y tan frío como la tierra misma. Así como mi cuerpo, día a día, estación a estación va debilitándose poco a poco.
















Apenas la cohesión que mantiene unidas sus partes, posiblemente, éstas irán desprendiéndose unas de otras, y en lúgubre procesión, seguirán su ruta como ciñendo al que para ella fue el luminar más espléndido del cielo, en luctuoso y deleznable anillo que acabará por romperse y diseminarse por el espacio, para perderse en sus insondables profundidades. Pero también es posible que no ocurra nada de esto. Chozas no era consciente de que su pasado le imposibilitaba disfrutar de la emoción y el orgullo del acontecimiento: una Navidad por la orden divina de un papá que decía llamarse Paquito, en petit comité, al que le gustaba el chocolate en taza y el  papel Smoking. Tenía delante de sí a la mujer de su vida; la joven camarera sonreía y bailaba sinuosamente encima de la barra del garito. Aquel instante no tenía precio ni comitiva que lastrar. Podía decir que esta Navidad no estaba sólo junto al abetito de turno. Son dos desconocidos compartiendo un instante mágico como un plano americano del maestro Ford. Observando la caída del corcho blanco sobre un plastificado arbusto de Navidad. Con sus corazones latiendo al ritmo de las lucecitas de colores. Comentando lo lindo y bello de la visión que compartían... Cerró sus ojos y al abrirlos, suspiró mirando el pequeño abeto de polietileno. El ritmo de las lucecitas parpadeantes, se aceleró bruscamente, al tiempo que el suspiraba. Luego, continuaron latiendo a la par que su corazón... ¿Sería mágico aquel arbolito de navidad?... Matías recordó a su difunta esposa y sintió escalofríos desde los tobillos hasta las orejas. Consideró, que jamás volvería a tener, en su vida, a alguien como María. La mujer de su vida que falleció en un día de Navidad. No obstante, en Navidad, a veces, los deseos se cumplen y el Papa Francisco le cogió de la mano y le pasó un peta de libanés.—Fuma, Matías y recemos por el futuro año.— Gracias, santidad. No, colega, Paquito para los amigos. Se quedaron con un colocón del nueve rezando —prevía mirada— con carcajada incluida, delante del hermoso pesebre, mirando al niño Jesús.










                                       Dedicado a un país que sueña con la Navidad y un gran regalo











Fotogramas adjuntados



The Bishop's Wife (1947) by Henry Koster
Kisses (2008) by Lance Daly
La petite marchande d'allumettes (1928) Jean Renoir& Jean Tedesco







 
                                         
 

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