La mirada del lobo negro




lunes, 6 de octubre de 2014







Hace mucho tiempo, demasiado para ser exacto, que era un joven, bravo y altivo cazador de pieles, que, tuve una jornada realmente memorable. Recuerdo aquel soleado día de octubre, mientras paseaba a caballo por el viejo macizo de la cordillera olímpica, cercana al lago Washington; éste, se hallaba libre de animales feroces. En mitad del camino había una roca que aparentemente no simbolizaba gran cosa. No obstante, aquella figura me inquietaba: un perfil atípico, sinuoso y cuasi carnal. No me equivocaba; era la sombra de un lobo negro que sobresalía de su forma. Aquel depredador fijó su fiera mirada en la mía llevándome a un mundo, donde el pasado seguía más vivo que el idílico presente, que inundaba mi vida hasta ese instante. De repente, el cielo se nubló y el lobo lanzó un aullido. De inmediato, las nubes se esfumaron. Al igual que el depredador negro y su gélidos ojos azules.






 48 horas, antes















Abrí  los ojos muy lentamente y escudriñé con mi mano derecha la mesilla de noche. No la palpaba, deduje que algo extraño sucedía. Miré hacia el techo y vi un ventilador de hélice. Era evidente, que no estaba en mi casa. La cabeza me daba vueltas y me costaba abrir la boca: una pavorosa sequedad la mantenía pegada. Apenas puedo recordar nada de lo sucedido en la última noche y al girar la cabeza hacia la derecha comprobé que la cama se ha convertido en un futón sobre un suelo de parqué brillante. Todas mis pastillas de morfina habían desaparecido y un sudor frío recorría mi espalda. Mi ropa estaba tirada en uno de los costados de la cama. No llevaba pijama, estaba completamente desnudo y atisbé un perchero metálico cerca de la puerta de la habitación. De uno de sus ganchos colgaba una corbata de topos blancos y negros, junto a una cartuchera, con un revólver del calibre 38. El silencio era absoluto; como un camposanto  en una sobremesa de agosto. La mirada la dirigí hacia una de las paredes y vi un calendario de esos, que suele regalar la revista Fotogramas, a principios de año. Se veía una bonita foto de Belmondo y Seberg.












Los días no los distinguía muy bien, parecen tachados; aunque pude decodificar la letra N, en el subtitulo. Estaba claro que ese mes lleno de números tachados era noviembre, pues el edredón de pluma resultaba muy agradable sobre mi piel desnuda. No tenía morfina, ni un puto paracetamol. Juraría que empezó a nevar, pero es imposible. En ese catre estoy más a gusto que un bebe en los brazos de su madre mientras sorbe del pezón. La vista se me nubló, por momentos y prestaba atención al ventilador, y, como daba vueltas. Una tras otra, cada cual más rápida. Más vueltas… Hasta que sólo escuchaba la rotación silente de su motor. De inmediato, me doy cuenta que el fuego me está quemando parte de la pana de mi entrepierna. Y empiezo a apagar la fogata que tenía encendida. Estoy de nuevo en la cordillera. Aquí hace un frío helador. El café estaba pasado y decidí ensillar el caballo. Subía a los lomos de TJ (le puse ese nombre, eran las iniciales de mi abuelo) cabalgué como unos tres kilómetros por el valle con unos quince centímetros de nieve. Recordé que me acercaba a un cementerio indio de la tribu de los Suquamish. La verdad que no recordaba otro itinerario y cuando pasamos por aquella tierra santa; el cielo se volvió azul y negro entre las blancas tumbas. TJ, mi caballo, relinchaba muy nervioso. Comencé a silbar una canción para enardecerme y así de paso, relajar a mi corcel.














No lo conseguí, seguía temblando y encabritándose empapado por un miedo tan grande como el de un héroe griego. Logré agarrarme a las cinchas y dominar a TJ, conseguí que saliera de la tenebrosa necrópolis hasta encontrar suelo firme y avanzar como si el diablo me estuviera susurrando al oído. Pensé:—es imposible que los muertos puedan agarrarme hasta llegar a la cabaña de Nathan, mi socio cazador. El corazón parecía que iba a salirse de mi esternón, entre sudores y palpitaciones. Cerré los ojos, el alma y caí en el suelo de madera de roble. Cuando desperté estaba rodeado de lobos, con un 38 en mi mano disparando a los cánidos y con la otra devorando comprimidos de Tramadol 100mg. El cielo se tornaba oscuro como el cuarto de un enfermo de cólera: no me quedaban balas con las que repeler el ataque. Enfrente, a menos de 20 metros, se alzaban cientos de lobos negros. Sus fauces se convertían en  gárgolas, que vomitaban incesantemente la baba del festín. Atrapado, despojado e incapacitado para ejercer ninguna acción. Tan solo, comprobar cómo los destellos añil de sus ojos, en mitad de la silente nevada, iban a despellejar mis huesos. El vagar del espíritu de un indio y su canturreo incórporeo; me sonreía. En ese sosiegondel azar, placidamente, esperaba mi sentencia sobrecogida al azar de un pasmo de horror.








                                          Dedicado a Kenny Wheeler enero 1930/septiembre 2014 In Memoriam
 







Fotogramas seleccionados

Der Hund von Baskerville  by Carl Lamac (1937)
La jeune fille et les loups by Gilles Legrand (2008)
Entrelobos by Gerardo Olivares (2010)
Jeremiah Johnson by Sydney Pollack (1972)








                 
 

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