Hellen y Lucien, mon amour




jueves, 30 de octubre de 2014







El conde Lucien de Trémoille estaba observando el oscurecer del sol, desde la lejanía de una línea marcada por un horizonte fútil y difuminado. Miró la hora en su reloj de faltriquera Édouard Bovet: marcaba las seis horas y treinta dos minutos. Apostado junto al lado del hueco de la ventana del torreón, el cuadro de su abuelo Gerard de Trémoille contemplaba el claustro del salón. Su criado, Darcy seguía dando los últimos retoques a la mesa del comedor. El conde se impacientaba, pues Sir Bedford era hombre de estricta y pulcra puntualidad. De repente, un carruaje tirado por cuatro corceles negros a toda velocidad se presentó en los portones del Castillo. Un hombre alto y con sombrero de copa bajó del coche. Era Sir Bedford junto a su amada, Lady Hellen de Hamilton. Se abrió la compuerta y tras ella, apareció la figura del encorvado sirviente Darcy, el cual, les dio la bienvenida. — Por aquí, excelencia. Sir Bedford—Espetó—Nos conocemos de algo…—No lo creo, excelencia—¿Alguna vez ha servido en Ginebra?—No, señor. (El tono no era el más amigable) —Bien, le habré confundido—Por favor, el Conde de Trémoille les espera. Hellen estaba temerosa y notaba el frío en sus hombros. Apretó con fuerza la mano de su prometido.—Ah!, por fin mi amigo Richard (saludó con gran ímpetu el conde) y miró de un modo impúdico a Lady Hellen—Encantado, Lady Hellen de Hamilton; a sus pies...(reverencia incluida). 














Cariño, este hombre es mi buen amigo el Conde Lucien de Trémoille con quien estoy a punto de cerrar un gran acuerdo para la construcción del nuevo hospital en Manchester, del cual no he parado de hablarte por el camino... (El conde los acompañó hasta el interior del comedor y les situó en las sillas de caoba con motivos medievales rematadas, en sus cabeceros por unas pequeñas gárgolas). Una vez sentados, la pareja de invitados dirigió su mirada hacia arriba. De donde colgaba una lámpara de araña que la remataba unos engarces, los cuales, sostenían unos enormes cirios que iluminaban todo el salón —Bueno, espero que el menú sea del gusto de Uds. (Sir Richard Bedford hizo una pequeña broma) —Tengo un hambre de lobo. ¡No sé tú, querida pero yo podría comerme un jabalí entero! (Hellen, seguía ensimismada y espantada de los ojos del Conde). —Lobos, curiosos animales... Dicen que son capaces de devorar en menos de un minuto un cordero cuando están hambrientos— Por supuesto, querido Lucien… No tengas la menor duda (risas) —¿Ud. No tiene hambre Lady Hellen? —Darcy estaba sirviendo la sopa de col lombarda, que dejaba un tono cercano a la sangre del cerebro.—No… No tengo mucha hambre—Je, je (sonreía Sir Bedford). —El viaje en el carruaje ha sido un poco movido…—Está deliciosa, querida—¿Lucien qué contiene esta sopa? Está riquísima—Es una sopa de coles de los Urales con frambuesas salvajes de mi jardín y murciélago cocido — ¡Qué cojones has dicho, murciélagos! Sir Richard se levantó casi vomitando y en ese instante le increpó al conde —Esto es ignominioso, no sé qué mierda de broma se ha sacado Ud. de la manga...
















—Vamos, Richard…Ya no me tuteas…—¡No cabrón, no quiero verle en su puta vida!—Puta vida (una risa macabra sonaba con candor por el eco de las paredes del castillo, ja,ja,ja,ja)—¡Ay, pequeño Richard cuánto has de aprender! Ipso facto, comprobó que Lady Hellen no estaba—¡Hellen, Hellen dónde estás cariño! Vámonos de aquí, no soporto a este majadero. Darcy (interpeló) —Sir Richard, mi amo es un poco juguetón, no tardará en aparecer…—Y Ud. Deme mi sombrero, bastón y abrigo…(Menuda gente) Ya sé de qué demonios lo conozco, cuasimodo. No era Ginebra, fue en el embarcadero del Támesis—Puede que tenga buena memoria—. ¡Hellen, Hellen dónde estás...! No lo repito más. (Todo colérico veía como la gente desaparecía de su entorno) —Dónde cojones estará el  puto cuasimodo de marras (mascullaba, Sir Berdford cada vez más agobiado)—Hola, cielo (Lady Hellen de Hamilton apareció con un tono de voz extraño) Dónde estabas —Arreglándome, cielo—Sir Richard notó algo, extraño. Como si no se tratará de la misma mujer. Un olor a azufre y un aliento fétido. Su rostro, a pesar del tono piel pálida de nuestra querida Lady Hellen; éste, se había vuelto más blanquecino tirando a un azulado violáceo. Los ojos sin brillo. Su verde turquesa se tornaba en un gris gélido.— Apártate, de mí. (No pudo evitar una mueca de espanto) —la joven se giró extrañada. -¿Qué ocurre, estás bien? Sir Berdford  se  debatía entre el miedo y la compasión. 

















Cayó al suelo por un instante, algo mareado y sintió molestias en el estómago. Lady Hamilton se acercó (sonreía, mientras un fino hilo de sangre goteaba por una de sus comisuras) —¡Bruja, vampira de mierda! ¡Qué es esto, sapristi! Intenté levantarme, como pude y cuando estaba de pie… Volvió a sonreírme, con ese destello lunático, posando la mirada en mi cuello. Eché a correr hacia la puerta. Pero la voz de Lucien sonaba en mis sienes. Su canalla risa y la macabra sombra del conde acechaban. Su cuerpo se deslizó veloz y reposado desde lo alto de la torre delante de mí. —Hellen, por favor—Lucien, mi amor. Sir Berdford no salía de su asombro—Tuya seré, mon amour. Siempre tuya… Lo he sido siempre, mi vida y mi corazón... Si el precio de tenerte es la muerte, así será... Se dieron un último beso y clavaron los colmillos al unisonó, en ambos lados del cuello de Sir Richard Berdford, para terminar de absórbele su sangre, entrañas y despellejar hasta el último trozo del cuerpo. El resto del esqueleto le fue entregado a Darcy. —Ya sabes qué hacer con él...—Si señor el próximo Halloween habrá nueva receta. Lucien y Hellen se besaban compulsivamente, entre lametones y mordiscos repletos de sangre. Mientras, en la noche oscura de aquel castillo comenzaba a caer la primera gran nevada de Noviembre.









                                   Dedicado a Ramiro Pinilla  septiembre1923- octubre 2014 in Memoriam









Fotogramas adjuntados

Drácula by TodBrowning&Karl Freund (1931)
Black Sunday by Mario Bava (1960) 
Nosferatu: Phantom der Nacht by Werner Herzog (1979)
Queen of the Damned by Michael Rymer (2002)










                              
 

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