Un teniente llamando al barquero Caronte




jueves, 30 de mayo de 2013







Hay personajes, individuos-as, elementos, universos y vidas rebosantes de  líneas marcadas: insignificantes y hartas de estremecimientos nefandos. La erudición intenta justificar —de algún modo— el apócrifo y estrepitoso fracaso en la vida de un bípedo. No tienen ni puta idea.  La condición del oficiante  o conferenciante atrapado en el alegato por defender lo inexplicable es una cuestión de bioquímica pura; necesita glucosa o dejará de pensar. Empezando por el ínclito Camus y su reiterado afán por argumentar el absurdo de la vida del ser humano, por la incompetencia del mismo y su redundante insolvencia de recursos para la satisfacción eterna. No se pongan nerviosos, que siempre les digo lo mismo: “aprendiz de todo, maestro de nada”. El taller de forja parece que inicia su proyecto de miniutopía… Hasta que no lo vea, seguiremos bebiendo agua de borrajas. Me alejaré y dejarán de leer tanto marasmo iletrado. Cada día que pasa estoy más cerca de ese descarriado algoritmo en la webesfera; la nada. Cosas de adictos. No como los redimidos de hoy en día, que hacen coaching con la metanfetamina y organizan programas de domesticación de gozques para Mediaset, amén de trincar una buena  soldada con la que iniciarse en el  pulcro deporte del golf. Camus no conoció la heroína, ni  tuvo que matar por ella. Tampoco la cocaína, ni el crack, ni la esclavitud que genera. Puede que el alcohol, no lo sé. Empero,  tiene muchas papeletas. Ese placebo que nos introducen en su consumo papá y mamá, como en un film del acomodado K. Loach, el día de nuestra beatificación: la comunión. El ciclo más deseado por los mártires; el nexus con la consustanciación de todo hijo vecino.















“¡Ah, claro esto empieza a sonar a ese tipo, como le llaman…Joder. Lo tengo en la punta de la lengua… Ya lo tengo; el J.J. Abrams,  sí, sí… El tío tiene aire y traviesa de gran intelectual: el nuevo Kubrick!” Mi sobrino tiene todas sus obras aturulladas en las estanterías del catre y  por encima del Cpu, envueltas de pelusa maloliente. Siempre me saluda: —Hola tío…No le respondo. Miro a su madre y le digo: —¿de qué coño te sirven colgados esos dos putos doctorados en la pared? Disculpen el lapsus. Me irritan los niños calamidad son como los intelectuales, siempre me enredo con ellos. Lo siento. A nadie se le  ocurriría, que vivir esta vida no es absurdo, sino algo muy serio. La seriedad, está recubierta de valores o prejuicios a la hora de actuar. Y en ese teatro tan Shakesperiano que nos desenvolvemos todos los días, es difícil vivir. Cuando no quieres estar en el teatro puede,  que nos acerquemos a la temible variable; no rules, (in english) no encajes o no te adaptes. Tienes muy mala pinta, por no utilizar el eufemismo; eres inviable. ¡No les digo, lo que duele o jode! La verdad, que joder es un verbo hermoso.  Unas veces,  aquello que es fácil se vuelve imposible de resolver. Pero claro. En un momento dado, te hastías de ser un atrezo más del mismo circo. Y en ese instante, comienza la náusea y los movimientos en la barca se convierten en señales de tempestad o la antesala del infierno. Uno tiene todo el derecho a decidir, si quedarse o marcharse. ¿Los motivos? Posiblemente, sean una cuestión más propia de la ley y que mejor ejemplo, que un agente legislado para explicarnos el porqué de su final. La escapada y las constantes llamadas a Caronte por abandonar el teatro de los sueños: la vida establecida. Ésa, llena de runrún meteorológico: la supervivencia del día a día y los remordimientos que nos acechan cada noche cuando nos posamos sobre nuestro lecho Made in Ikea. Hemos llegado al territorio de lo humanamente adictivo. Bienvenidos a un film de culto que no lamentarán su visionado.

















El cineasta ítalo-norteamericano Abel Ferrara, nacido en la auténtica Little Italy neoyorkina en Mulberry Street, donde aún sigue manteniendo residencia. Tras unos inicios turbadores, no en vano fue un director de cine porno. Un plus, nada despreciable para coger oficio. Comenzó a fajarse un hueco en la industria de cine independiente con presupuestos irrisorios, creando filmes maravillosos. En 1992,  realizó una de las obras más conmovedoras, polémicas y desgarradoras de los últimos 50 años. Ferrara es un tipo con una voz ronca, similar al viejo  padrino Vito Corleone (Marlon Brando), de un físico similar a un hibrido entre un gangster ochentero con un veterano boxeador de serie-B de los años 40. Si te dice que va a darte una hostia, aléjate porque te buscará para dártela. Corrido en los tugurios más grasientos y mugrientos del  viejo Lower Manhattan. Guionista, operador de cámara, sonido y mil trapicheos de la tramoya del cine; es un  superviviente de las malas calles. Enamorado de su ídolo—el mío—Martin Scorsese. Su  cine evoca lo más rudo y experimental del cine indie Made in USA. Un heredero directo de Cassavetes: amado y detestado como todo genio e incondicional de la obra del maestro Pasolini. Una genética  compuesta de esencias, las cuales, rodean a esta obra y ya son pretéritas. No obstante, aquí alcanza los altares. Repito, su obra maestra. Muy por encima, del resto de su lisérgica filmografía. La calle, los dealers, los gangsters, prostitutas, proxenetas y los garitos más canallas de la gran manzana.














Su teniente o servidor de la ley maldito, corrupto o irreverente. A día de hoy, sigue removiendo conciencias y produciendo retorcijones de estómago. La obra en sí es un tríptico alegórico entre Sísifo, los martirios de S. Sebastián y la divina comedia de Dante. Un angustioso descenso a los avernos donde su protagonista busca redención y expiación a sus pecados. Hay pocos actores capaces de enfrentarse a un papelón como éste y salir con un doctorado del mismo. Un oficial de policía, el teniente (Harvey Keitel);  politoxicómano, corrupto, ludópata e hipomaniaco sexual de vuelta de todo y camino a la nada inicia un proceso de autodestrucción majestuoso, prodigioso y conmovedor. No hace mucho vi en un capítulo de la última temporada (VI) de Mad Men. Donde el nuevo ligue de Don Draper mientras hacían el amor—el crack de Madison Square— se sentía molesto con una cruz que llevaba tan sugerente hembra. Le incomodaba la imagen. De repente,  le preguntó si rezaba. Le contestó, que sí. —Y, ¿qué rezas?—Por ti. Draper se quedó en silencio. Ella, sentenció: —rezo porque un día encuentres la felicidad. Observo, a este tipo de individuos y me los creo. En el filo de la navaja, al borde del abismo: funambulistas del vértigo. Hay muchas maneras de suicidarse y el teniente buscó morir lentamente, sin prisas pero muy eficaz. Ferrara nos quiere llevar a las catacumbas de sus tormentos. Al igual que Coppola nos trasladó al corazón de las tinieblas. Antaño, en la vieja Grecia los mitos suicidas se arrojaban a un río o a los mares, o al vacío desde abruptos acantilados. Precipicios de grandeza, con la esperanza cierta de lograr aquello que borre su vergüenza o culpa, y lo purifique: la muerte. Siguiendo el guion, de un modo, mi visión  más canónica de esta película—ya saben Uds., que no soy crítico, ni lo pretendo—vamos a introducirnos en los acontecimientos del affaire “Bad Lieutenant”,  bajo mi ojo clínico y vitriólico.


















A grosso modo, podríamos simplificar la sinopsis del film en estas letras: “Un teniente de la policía de Nueva York, drogadicto y sin escrúpulos, ha perdido sesenta mil dólares en la apuesta sobre la final del torneo de béisbol. No puede pagarlos y pretende resarcirse en el último partido. Aún, a sabiendas del peligro que corre si en la próxima apuesta no da con el golpe de suerte. Él, continúa su descenso imparable a la fragua. En el departamento de policía se enfrentan un terrible caso de violación de una joven monja y se ofrece una recompensa por el descubrimiento de los supuestos malhechores. Al final, en su inminente caída por el precipicio,  topará con una conversión que le hace dar a los jóvenes otra oportunidad”. Un guion del propio Ferrara coescrito con Zoë Tamerlis Lund (actriz, escritora y heroinómana real, que falleció), junto a  los actores fetiche, Paul Calderone y Victor Argo. El film narrado —impecablemente— en 90 minutos. Se estructura en tres actos: el primero, el descenso a la infiernos, el segundo; la seducción del perdón y tres: la muerte como redención. La música la lleva a cargo ese músico outsider, Joe Delia—colaborador habitual del cineasta— apenas audible en la película, donde el sonido de fondo son las redundantes emisiones deportivas, en las cuales el teniente realiza sus apuestas y que se convertirán en el único “compañero de trabajo” que acompañarán al oficial.














Así como el operador de cámara, Ken Kelsch que realizó un excelente trabajo de iluminación; obteniendo el sedimento de suciedad exacto: la pestilencia envuelta en bálsamo sórdido y la angustia que inunda toda esta historia. Un productor, que confía en este singular cineasta, Edward Pressman y el editor Anthony Redman dejaron a este film como película maldita y bendita en el año 1992. El film costó un millón de dólares y recaudó 2 millones. No está mal para una cinta de esta índole. Un montón de problemas para llevarla al mercado del DVD y finalmente, en los bazares del Blu-ray. En el año 2009, el director Werner Herzog plasmó un burdo remake (bajo la amenaza de muerte de Abel Ferrara) con el  mismo nombre “Teniente corrupto: port of call New Orleans” (2009). La trama se  trasladó  a la villa de los huracanes y el jazz, con el beneplácito de Edward R. Pressman (significativo el dato). Es ridículo, observar el histrionismo de ese patético actor que es Nicholas Cage, emulando las vicisitudes del auténtico Harvey Keitel. Políticamente más correcta y con un cierto tufo comercial, una de las chicas es la bella y correcta actriz, Eva Mendes. Ahora, se habla de realizar una segunda parte. Nadie sabe si con Ferrara (lo dudo) o el teutón Herzog en busca de un público más Playstation. De vuelta, a nuestro personaje de 1992. El oficial, ejerce su trabajo cotidiano como algo secundario, condicionado por sus intereses personales  en esa babel que es Nueva York  convertida en imponderable escenario donde se desenvuelven los hechos. Continuidad de planos que son a la vez pastiche de postales donde el hormigón oprime al protagonista y el espectador. Enardeciendo su intensidad vitalista que  la convierte en una Magefesa a  presión capaz de fagocitar al teniente entre las humeantes expresiones de las alcantarillas, el fatigoso tráfico, así como el interminable desfile de viandantes que se ven obligados a rozar sus hombros por lo multitudinario de los espectros que invaden las calles. Hemos llegado a la primera base, emulando las interminables narraciones del comentarista de los partidos de béisbol.














Primer acto; el abismo.


Ferrara—católico y pecador confeso— siempre ha sentido un inestimable prurito y obsesión en sus películas  por la temática espiritual; la fe  cristiana. En la primera escena, el teniente después de dejar a sus dos hijos en la escuela, esnifa cocaína con ahincó. Su coche está aparcado justo en la acera de enfrente de la escuela. Un rosario cuelga del espejo retrovisor en el primer plano de la foto. Posteriormente, un colega le informa de la violación múltiple de una monja en el Harlem hispano, y se ofrece una recompensa de cincuenta mil dólares. Obsesionado con la temática del mea culpa y la redención; ahí reincide el ojo clínico, de este director que le gusta mover la cámara junto a sus personajes, en este interesante ejercicio de aproximación a la angustia existencial del teniente suicida, arranca la llamada a Caronte y el inicio del viaje por los infiernos. La crisis de identidad y la aflicción que asolan al personaje; más drogas, más juego y en definitiva, la autodestrucción masiva. Se ha subido al carrusel de Alighieri y no quiere bajarse. La tenue luz y sus penumbras, a modo  de ventanas empequeñecidas que parecen mostrar en el exterior lo que acontece en el machacado interior del protagonista.  Presenciamos el festín en todo su esplendor: la degradación físico-moral. El pecado se convierte en carcoma dentro de su deshilachada conciencia. Mientras nuestra mente se retrotrae con los momentos de éxtasis de su dealer particular— La seductora Zoë Tamerlis— poniéndole en vena el azúcar marrón. O las entradas y salidas por los Afters, bebiéndose las cataratas del Niágara por la patilla. Así como la visión onanista del individuo en esa secuencia que levanta ampollas, donde hace uso exclusivo de su potestad como agente de ley para degradación mayúscula como ser humano y humillación solemne de las tennagers que habitan dentro del coche, en una complicidad rehén del miedo y lo patético de la situación. Parece sonar un eco solapado en una monolítica reflexión; la  muerte irreversible. Nosotros—los espectadores— como asistentes a esta bacanal fáustica nos hacemos unas cuantas preguntas de presentador de un show televisivo. Son fáciles, de verdad. Porque es lo más obvio: ¿cuánto tiempo hemos de esperar para el inminente desenlace? ¿Por qué ese martirio? Se genera una empatía acongojada que empapa hasta la butaca. No lo resistirá. ¿Seremos capaces de resistirlo nosotros? Entre sollozos desgarradores, el dolor se hace mudo y aparece ese personaje bíblico de la anciana aseverando: “Ud. es un buena persona”.
















Segundo acto; el perdón como enigma


En el templo comienza  (adoptando el rol de una Virgen María) su proceso de transformación: la iglesia de la psicodelia de una pintura y un verso de Blake. Nuevo punto de partida hacia  los remordimientos de la búsqueda del perdón. Keitel,  se plantea a modo de santo vengador la justicia del talión. Y ella le habla de misericordia —ésa que Dios desprende— invitándole a rezar. Pues, su situación es agónica. Se produce ese plano alucinante de la aparición de un Cristo crucificado.  Aquí, Ferrara empatiza con la perpetua duda del Cristo de Scorsese (eterna brújula) y duda; no sabe y entiende que le atenaza y le tortura. HK, traspasa la pantalla con su grito desesperado que brama en la  tierra como  muestra de la impotencia. Y allí su rebelión, insulta a Jesús porque piensa que le ha abandonado. Pero derrotado ante su presencia besa sus pies suplicándole perdón y ayuda. Esta experiencia le transformará. Al despertar una mujer le entrega una pista que le llevará a los violadores, dos jóvenes que han tocado fondo, tanto como él. El teniente fiel al propósito de la religiosa les facilita la redención. Aquí el perdón no aparece como una idea abstracta. Se trata de algo muy concreto que tiene dimensiones sociales en la problemática de las drogas y la delincuencia. Aunque la naturaleza del teniente no es mala, simplemente es víctima de una batalla entre el bien y el mal que tiene lugar en su alma, castigando su cuerpo como su único camino de redención, en su eterno camino hacia el arrepentimiento de unos pecados que irá repitiendo en mayor grado. Una apología desesperada y patética de la autodestrucción y del individualismo en una mezcla pretendidamente aleatoria y confusa, pero atractiva, de sexo, drogas y religión. Sus constantes minihurlyburlys en casa de su camella, la bella Zoe. La opción del teniente parte del perdón y la misericordia; las cuales le permiten actuar como instrumento de transición. Más allá de la justicia llega el perdón que abre futuro. El mismo perdón que él confía haber recibido en su encuentro con Jesús. A pesar de los límites de las situaciones, es interesante la función mediadora-eclesiástica de la religiosa. A través de ella vuelve a Jesús y al perdón. Le llevará al lugar del encuentro en que reconstruirá su vida en un único gesto de generosidad.














Tercer acto; la muerte y su pureza redentora





Si nos detenemos a valorar su filmografía podremos apreciar en “El rey de Nueva York” (King of New york, 1990), “Juego peligroso” (Dangerous Game, 1993), en “The Addiction” (1995) incluso la incomprensible y fascinante “Oculto en la memoria” (The Blackout, 1997) un estilo significativo por sus desconexiones contemplativas que detienen y puntean el curso de la narración. Es el espíritu Ferrara. Así el comportamiento degradado del teniente se encuentra repetidamente en el cajón  de la imaginería religiosa. La detesta, pero le obsesiona. En esos instantes, la cámara se aleja del ritmo de la acción y pasa a observar el ejercicio desde la asepsia y la constricción silente. El aura compasiva que vimos en el film de Win Wenders en la excepcional “El cielo sobre Berlín”. Nos hace participes de esta mirada, por momentos casi tan sugestiva como la de Bruno Ganz. El gesto  de abnegación del teniente es extraordinario. Cuando más tarde lo vemos esnifando cocaína en su casa en el medio de la noche, utilizando el apoyo de una de las fotos de la confirmación de su hija. Lo más significativo de todo, es el derramamiento y la consumación del acto: recoge su dinero de la drogas tan esperado y se la entrega en una caja con un crucifijo en la tapa, decorado con iconos de la Virgen María. El gesto de la cesión de todo su capital para darles la posibilidad de un futuro distinto. Los lleva hasta un autobús para sacarlos de allí. Sabe que las calles son el infierno y la única salida posible puede que sea un cielo purificador. Aún, a sabiendas de que incurre—nuevamente— en la contradicción del deber. Pues, es consciente  que su sentencia de muerte esta comulgada y firmada. Morirá para dar la oportunidad a otros en una nueva vida. Lo que nos lleva a la última y significativa escena. El extraordinario plano secuencia que muestra la orfandad del reo, en espera de su redención personal. Cuando después de despedir a los muchachos en el autobús se sube a su coche (la siniestra barca del espectro como el Taxi de Scorsese). De repente, un vehículo se detiene, dos hombres le llaman y suenan dos disparos. La elipsis es una obviedad, mientras —aparentemente— la vida sigue su ritmo taquicárdico. De fondo suena la música de “Pledging my love” que ya había anticipado el director y que toma como cita de “Malas calles” a  modo de homenaje de su adorado Scorsese. Una canción de despedida como lo fue para su autor, Johnny Ace, y para Elvis Presley, sobre el deseo de persistencia del amor. Otra vez se para el tiempo en la contemplación, esta vez de forma definitiva. Hay que mirar más allá de lo que se ve, muerte en la ciudad. La gente se apelotona para ver. La vida sigue, pero ha muerto un hombre perdonado y expiado. Si la fuerza narrativa de  “Bad Lieutenant” se encuentra en sus metáforas e imágenes, el poder emocional de la carretera libre, que fuerza al teniente desde la barca de Caronte  al  encuentro del lirismo de esta majestuosa película. “El teniente Corrupto” de Abel Ferrara —enfáticamente— no un film de serie B, no hay nada inherentemente limitado o feo sobre el realismo como estilo fílmico. Las mejores películas de Roberto Rossellini fueron, esencialmente naturalistas, empero ¿qué podía ser más expresivo que poético Alemania Año Cero (1948) o Paisà (1946), incluso Accattone de Pasolini (1961)? Película valiente, que se pone en el límite de lo cínico y lo honesto, de lo profundo y lo superficial. Relato angustioso, descarnado y transgresor. Testimonio de una interpretación hecha por un actor irrepetible: Harvey Keitel. Lo dicho al principio: la odiarán, la detestarán o se enamorarán de ella, como seguimos de enamorados de este agente de la ley neoyorkino. El día a día de un hombre lleno de remordimientos en cualquier metrópoli del mundo: una búsqueda desesperada de ese barquero llamando Caronte.









                Dedicado a la gente de mi viejo, mefítico y sórdido barrio que nacimos para perder















Bibliografía consultada y recomendada



Abel Ferrara: The Moral Vision  Ed. Fab Press 2004
Abel Ferrara “The King of  New York” Nick Jonhstone Ed. Omnibus Press 2000
Abel Ferrara L´Anarchico e il católico Ed. Le mani 1998
Abel Ferrara Contemporay Films directors Nicole Brenez Ed. University of Illinois 2006
“Geometry of Force: Abel Ferrara and Simone Weil.” Tag Gallagher Issue 10, 2000.
Manohla Dargis. “Malice toward nuns” – Interview with Abel Ferrara. Art-Forum 1993
Entrevista Abel Ferrara en “La Tercera” por Rodrigo González M. 15/08/2010




                




        










 

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