Una carta de felicitación de Navidad

diciembre 24, 2020 Jon Alonso 0 Comments



Nadie de nuestra familia pensaba que llegaríamos a diciembre sin haber cogido el bicho. Las noticias que llegaban todos los días desde Italia eran inquietantes y algunos de nuestros clientes eran gente de la vieja Lombardía. Después, llegó aquella fatídica manifestación en Madrid. Mi hija Vero y todas sus amigas empezaron a desarrollar, en pocos días, náuseas y calambres en el estómago. La febrícula se iba disparando sin control. Desesperados intentábamos contactar con nuestros amigos, y nos decían lo mismo, por las videoconferencias. Es el virus que las ha alcanzado. Nos daba mucho miedo admitir que nos sentíamos mal. Nos mirábamos a los ojos, respirábamos hondo y seguíamos con lo nuestro. Supongo que era la forma de decirnos: “Todo va a estar bien, estamos juntos en esto. Seguro, que no pasará nada. Nos queremos y te queremos”. Cuando llegamos al hospital, era digno, de aquellas películas de Carpenter, Spielberg o del Toro. El caos y la congoja era un ir y venir. Tuvimos mucha suerte. Las pruebas PCR y las serologías daban negativo. Vero, sólo tenía con un pequeño pico alérgico. Pero la mejor noticia fue escucharla de boca de la sanitaria. Fueron unas palabras asombrosas, de un calibre emotivo, jamás soñado en toda mi vida. Nosotros hemos tenido suerte y vamos a tener un Papá Noel especialmente generoso. Aquellas navidades, a la vista de la montaña de cajas decoradas que se amontonaban bajo el brillante abeto de poliuretano del salón. En esa tarea estaba yo ingeniando bolas de planetas y estrellas hechas con purpurina pegada en cartulina;  cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir su sorpresa inicial se fue convirtiendo en estupefacción, y esta última en un terrible presentimiento:

Al principio era algo más emocional, notaba que cambiaba en mi interior, confiaba en que fuera solo evolución, pero era ella, cómo no iba a serlo. Dicen que no hay peor condena, que la de un padre, tener que enterrar a sus hijos. Se me empezó a caer el pelo y entonces lo supe: aquí ya no había nada que hacer. A los pocos días, empezaron las articulaciones de los huesos y la espalda. Un dolor idéntico al de un piloto de moto, tras un accidente. Los huesos crujían. Inclusive, los ojos cuando hacía mucho sol me quemaba la vista. Fui perdiendo la vitalidad, incluso el buen humor, que me había caracterizado. Estaba en el lado del sedentarismo, la impotencia y las sombras. Día a día me alejaba de la luz del día. Me era muy complicado aceptar mi nueva coyuntura, pero el momento ha llegado y en qué momento, más cruel. Morirse en Navidad, menuda jodienda iba a dejar a mi familia. Después de un montón de meses y más meses de pruebas médicas, de presentar mi caso, en el comité científico del hospital, ante numerosos especialistas y someterme a todos los test científicos habidos y por haber. Al fin se llegó a un veredicto. — Me pregunté: ¿llegaría vestido con bata blanca, gorro de papa Noel  y guantes de látex en las manos?

—Señor, Mujica, no sé cómo decirle esto, pero todos los resultados apuntan a lo mismo. Estamos ante una enfermedad crónica y en fase terminal, no podemos estimar con precisión cuánto tiempo le queda, pero le recomiendo que trate de disfrutar al máximo cada instante de su vida. Está usted sin defensas inmunológicas, y no pueden luchar contra la malignidad de sus nuevas atacantes. No hay nada que hacer. Lo siento.

—Gracias, Doctor. Feliz Navidad

—De nada, Sr. Mujica. Mucha suerte y también, le deseo Feliz Navidad. ¡Ojalá pudiera haberle dado otra noticia! De verdad…

 


 

Tres días después del fallecimiento de Matías Mujica Fuertes. Su esposa Estibaliz Vergara encontró una carta, en el cajón de la mesilla de su esposo.

 

Me levanto de la cama, me sirvo un café bien cargado, me visto y salgo a la calle; camino bajo el agua, vivo en la sierra, en un lugar desértico de habitantes salvo en la época estival. Aun así, las pocas personas con las que me cruzo van en coche, me miran extrañados, mientras camino bajo la lluvia sin ninguna protección. Todo llega; menos mi ausencia y al final acabó atrapándome en un laberinto. Es duro cuando sabes que es crónico y que no puedes hacer nada. Si luchas pierdes y si no también. Pero al final casi acabas haciéndote amigo suyo, como dos compañeros de  viaje que tiene una causa determinada, y que dará el toque de gracia a ambos. El billete solo de ida en esta corta vida, pero de lenta agonía. Se me escapan las ganas y las lágrimas con esta  lluvia furiosa propia de estas fechas. Llueve como el último diluvio y mañana quizás, pare. Se me diluyen los afanes y el viento impetuoso me arranca las ideas. Mis propósitos se disuelven entre el frío gélido y cuando miro mis artríticas manos, que no sé dónde metérmelas. Observo un abanico de negras sombras, que insinúan instalarse, agrietando mi alma. Un cúmulo de audaces nubes ha venido a saludarme, amenazándome, con volcar violentamente gotas de aguanieve impías —especialmente gruesas— que mojaran y enfriaran mis mayores anhelos, para terminar encharcándome mis sueños. A pesar de ello, los recibo con alegría, confiado de su tránsito, las cuales, transportarán nuevas ideas. Baldearan mis heridas, haciendo renacer brotes de fe, recién descubiertos. Una alboroto en el cielo, una sordina de trompetas, una luz fulminante.




Esta estación  me llena de pena, de silentes reflexiones y mucho frío en las venas. Este continúo redoble de nudillos en la vidriera, como un vago molesto recuerdo. El constante agudizar de mi miserable ánimo, hurgando en mis dolores, El frío me fractura, me hunde las manos, en mi  desvencijada americana. Camino pausadamente por la angosta travesía, la despiadada lluvia sobre mi cabeza. A la espera de encontrar —finalmente—  tu hermosa voz. La conozco tanto que ninguna diva presentadora de TDT, podría deshacer tu fascinante timbre sonoro: mi querida Estibaliz. Esa esbelta y sutil silueta que de tanto palpar, ya no me ofrece sorpresas. Ya que tu tierna mirada, comienzo a verla perdidamente lejana, como si de pronto, saltases de una dimensión virtual y desaparecieras para siempre. Ese marchamo tan tuyo, ausente, como si ya  no me oyeras, que acaba con mi enloquecer y arde entre mis dedos. Recuerda en aquel cobertizo de tu puerta, resguardado del agua, empapado de nostalgias eternas. Pensaba que podría convencerme de mi penuria más inmediata, ya que este cruel invierno, me está susurrando al oído que me quedan los minutos de la basura del telediario. He intentado encontrar el teléfono  de casa para llamaros lo antes, posible. Empero, que hace tantos años, de todo aquello amor mío, que intentaré estar contigo y las niñas en la mesa de Navidad. Y después, sentir el mismo viento mágico que empujaba a los caballitos del viejo carrusel. Recuerda, las sonrisas de Verónica y Karmele subidas a la euforia de un tiempo, donde los bozales desaparecieron. Os quiero más, que a nada en el mundo, familia, y pensad lo enfadado que estaría si no fuerais felices esta Nochebuena. Feliz Navidad y gracias por hacerme de esta vida un maratón de películas cómicas, donde las sonrisas eran nuestra manera de relacionarnos. Gracias por haber sido mi esposa y darnos a nuestras hijas. Lo mejor de nuestras vidas. No estéis tristes, por favor. De todo corazón, vuestro esposo y padre, Matías.

 


                                                                                        

                                                                                                   FIN


    Dedicado a todas las familias de este país que hoy en sus mesas, les falte alguien muy importante


Fotogramas Adjuntados

Miracle on 34th Street (1947) By George Seaton

Viskningar och rop Ingmar 1962 Bergman

Now and Forever (1934) By Henry Hathaway

Life as a House 2001   Irwin Winkler


                                                                       


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