El singular olor del remordimiento y el hastío navideño

diciembre 18, 2018 Jon Alonso 0 Comments








“Vuelve a casa por Navidad”, dice la añeja casa turronera de este país —ahora con el almendro boca abajo—, pero sin Eloísa. Algo que truena y chirría por la vía de la velocidad más pope webesférica. Una tierra grande y orgullosa. Dirán unos. Una piel de toro infecta y proscrita, para otros. No tengo la menor duda. El problema de esa España tan orteguiana es su viciosa adicción al aroma del remordimiento que —hasta los vendedores de crecepelos más genuinos— caen en el embrujo de su efluvio. Luego, están esos de lo público y lo político —que apelan a la solidaridad— y ahí; somos demasiado especiales. Seré un bicho muy raro. Pues, sigo sin entender esa gran llamada de alerta máxima y reclutamiento a las plazas castrenses para ser solidarios. Me pregunto: ¿Acaso es que a lo largo del año no hemos sido los suficientemente fraternales con nuestra alma y la del vecino? Sí, la jodida Navidad es el tiempo, donde se invita a todo el mundo, a ser mejores y todo eso. No sería la primera ocasión, en la cual, a más de uno nos ha traído un mal de tripa. Probablemente, el remordimiento ha puesto su mecanismo a trabajar y comienza el primer conato de angustia: ir de visita a la residencia, donde sobrevive esa tía anciana, la cual, no hemos visitado en todo el año. Segundo, ir a la patética cena de empresa y observar langostinos congelados, al lado del madridista Rodríguez y enfrente, a Gálvez fororo culé (siendo nativo de Fuenlabrada). Por no decir, al nauseabundo trepa, del jefe que milita en el partido de la republica de Gilead y es un consabido maltratador de multigénero: no jode a los tíos, a las tías y los transex. Los quiere exterminar y eso me preocupa.













¿Por qué cojones, hay que ir allí? Nos espera el Dorado, el Minerva o el gordo… Es imposible de refrenar. El sinuoso perfume del remordimiento me ha llevado a la primera gran diarrea, y busco Loperamida por todos los cajones de casa. ¡Joder! Es el caos. Mierda por todos los sitios. ¿Por qué en todos los rincones de nuestro territorio sean terrenales o virtuales nos piden caridad y generosidad para los menos afortunados? Si acabamos ciscados, en los mismos, a las 15h, delante del telediario de turno, cada primavera, verano u otoñó. Creerán que soy uno de esos malvados, que detestan la Navidad. Sí, ya lo estoy viendo. ¿Piensan que es puro postureo? Una de las palabras más buscadas en el puto Google. Pues, no. El arte de posar, no lo he llevado muy bien. Lo mío es genético y no van muy desencaminados, aquellos que habrán denotado mi falta de devoción con el espíritu navideño. No me gustan los regalos, ni que me regalen ni regalar. ¿Y de las celebraciones familiares? Fetén. Al final, voy a echar de menos a los plastas de Gálvez y Rodríguez. Pero, no puedo dejar pasar la ocasión para recordar esas modisitas conversaciones familiares, en la puta mesa, sentados como pinceles de escaparates del Corte Inglés. Hablando de intrascendencia consumista y climatología invernal. Mirándonos en el vacío de la futilidad más letal. De verdad, que por momentos, uno piensa en el estercolero de Mediaset, y le parece la Academia de Atenas: un lugar para la reflexión y el enriquecimiento personal. Al final, terminas apalancado a una botella de vino. La agarras con las manos fuertemente y entras en el divino aburrimiento. Ya no hay deseo, ni motivo que lo justifiquen. Ni guirnaldas ni Mirra.












Cuando no podemos hacer lo que queremos hacer o cuando debemos hacer aquello que no queremos hacer. Mal asunto. Se huele lo que está por llegar. Empero, también se cierne, amenazador, cuando no tenemos ni idea de lo que queremos hacer. Podemos estar aburridos de las cosas (el hastío es el alimento por excelencia de la sociedad de consumo) o de las propias personas (de otros o hasta de nosotros mismos). Aunque también podemos sentirnos aburridos cuando nada en particular nos aburre. Esto le pasa con mucha frecuencia a la lumbrera de mi cuñada y pregunta porque Marco Aurelio fue un emperador filósofo. Lo peor es que, al enunciarlo insistentemente, el aburrimiento se vuelve compulsivamente tedioso. El hastío es un estremecimiento ornamental ante la mediocridad y la vulgaridad de todo lo que rodea al ruedo ibérico. Muchos de Uds. me acusarán de puto estirado y engolado. Añadan enfermo crónico, gamberro y trastornado. Claro que también, a uno le da por acordarse, de Saturnino: un  profesor de filosofía de 3º de BUP —enfermo crónico, como este amanuense— que la palmó por un asunto de corrupción de los gestores sanitarios y las mordidas; que sacaban a cuenta de las máquinas de hemodiálisis. Habría que sacar el spray antinavideño del entumecimiento que magnifica la religión y aquello de la reconexión, a través, de la fibra de alta velocidad con Pascal. La propia dinámica de la acción y el trabajo, de la mano, de ese señor llamado Kant. El entretenimiento frente a la moralina burguesa y sus faenas, con un tal Schlegel.













O probar con el enamoramiento y el hábito artístico, arrimándose a  Kierkegaard. Comienza a sonar música de fondo ¿la oyen? Es el momento, en el que  la velada sube de tono, para dejar sitio en la mesa a la gestión del puto aburrimiento: la bestia de Warhol. Hasta caerse de la silla por el superpedo que ha cogido de la mano de Arnol Huelen. Intentando agarrar con el meñique a Nico y Lou. Finalmente, podrán experimentar la sensación de esas palabras que se quedan retenidas en sus mentes, chocando entre sí, como si quisieran abrir un espacio, de que no saben si  existe; en algún confín de sus psiques. Aquellas, que no se acuerdan de cuando, estuvieron por última vez, mientras bailaban a son de David Gahan. Cuando todos me hablaban y yo no decía una sola palabra, porque las palabras que esgrimiamos supuraban sufrimiento. Oímos como gemían Jim Morrison y Pamela Courson. Recuerdos y momentos que fuimos enterrando en la zona oscura de nuestro cerebro. Al final, es mejor silenciarlas para que no padezca nadie. Lo curioso es que todos esos silencios contenidos, en lo más profundo, del tedio han despertado de su reposo. Ahora, sí. España, parpadea y rechina. Como las luces led que zumban al superabeto de latón, del majadero corregidor vigués y su arbolito mágico. El gacho dice que es más grande que la polla de mi amigo Nacho Vidal. Vamos lo mejor del mundo. Al final, solo nos quedan los resquicios de las viejas bombillas Philips. La luz de aquellos casquillos con cadena de váter. El albor del aburrimiento se abre paso, entre el jolgorio, y la arrogancia de la Navidad. Como dijo otro tipo, de esos, que uno suele echar de menos en estos días; Voltaire dixit: El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo. El almendro de España está crujido y pide silla, en la mesa engalanada, con Eloísa y una caja de Loperamida.   








               Dedicado a toda esa gente, que en estos días, siempre se echan de menos. In Memoriam






Fotogramas adjuntados


Le Monte-charge (1962) by Marcel Blüwal
Black Mirror: White Christmas (2014) by Carl Tibbetts
Lady on a Train (1945) by Charles David
White Reindeer (2013) by Zach Clark









                  

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