El día que Dios repartió billetes

julio 07, 2017 Jon Alonso 0 Comments






Cuando te has pasado 9 años dentro del trullo tienes demasiado tiempo para pensar; en lo bueno y en lo malo de tu existencia. Me había jurado que nunca más pisaría este lugar y mis nuevos planes se asentarían; en el cacumen de mi escarmentada mollera. El golpe que daríamos mañana sería el definitivo. Eso cree uno o suele decirse. Luego, pasa lo del efecto John Lennon. ¡Pero qué cojones! De momento tocaba disfrutar del partido de fútbol, mientras me preparo un buen trago. Lo que tenga que suceder, evidentemente sucederá. Seguía con las mismas adicciones: las jodidas pastillas de morfina desde el último trabajo,—me rompí las dos piernas— y mi fémur, ya no fue el mismo. Por muchos pesares y ganas que le pusimos en la maldita rehabilitación. Sí, si ya lo sé. También, estuve con las alternativas y todo ese mundo zen. Un parche, un alivio y una forma de aguantar la vida en este maldito planeta. Seguía con ellas. Sólo los opioides paliaban, los endiablados dolores. La cosa se fue avivando y como el que no quiere; la contabilidad nunca fue mi punto fuerte y creo que nos pasamos con el Johnnie Walker. Sencillamente, me desvanecí.












                                                                En un país de Latinoamérica a finales de los 80.



7 años después de su último atraco; Marcelo — yo, el pequeño “Chelito”— aún seguía conservando mis viejos amiguetes de la infancia. Tan sólo llevaba tres minutos en la puerta de la vieja cárcel del Armisticio; cuando su primitiva banda de compinches del Chaparral lo esperaba con una botella de champán en mano. Era 8 de octubre, un día después de la independencia nacional. Los fastos habían dejado su rastro de confeti y vomitonas. La verdad que hacía demasiado frío para esas fechas. Pero claro, tantos años, como los que uno se había pasado a la sombra, que el síndrome del olvido del sabor de la vida se hace perenne. Estaba ahí, ese añorado aroma de la lluvia. Sin embargo, todo aquel tiempo, en presido y el fuerte aislamiento, entre aquellas cuatro paredes había hecho mella en mí físico. Aunque los viejos hábitos nunca se pierden. Puede que algo de agilidad, pero también se gana en eficacia y sabiduría. Durante aquel largo periodo de ausencia callejera; sus colegas adquirieron un estatus de peligrosos malhechores. La banda del Gordo (siempre al mando), Nachito y el Sebas pulieron su tosco estilo de los primeros años, y ejercían el oficio de ladrones de coche, con la soltura de un piano de bluesman. El Chelito chocó los cinco con la tropa y parecía aceptar el nuevo sino. Todavía se atisbaban las grandes brumas otoñales de la larga sequía en la república de Caradulandya. El aire era irrespirable y se posaba sobre la gran avenida del General Francochaves. El Banco de la patria estaba muy bien custodiado, quedándose en paralelo a la tienda de automóviles de lujo Porchetron. Eso era lo de menos. 










No era la primera vez, que la cosa se ponía del revés. La peña estaba curada de espanto en mil batallas. El Gordo y sus colegas cruzaron la avenida mirando discretamente hacia todos lados, mientras el Chelito cubría la retaguardia. La calle estaba desierta y el bar de enfrente —un antro de ludópatas— con la persiana medio bajada. El Gordo se quedó delante de la puerta del concesionario, como si de un cartero, dejando la correspondencia por debajo de la puerta. Su enorme cabeza arrojaba por la frente un sudor frío que le hacía tiritar. Como intentado disimular las veces; que la cagó en noches como la de hoy. La realidad era otra, pues, en aquel lugar esos detalles se convertían en imperceptibles. El gordo era un barril de adrenalina. Y cuando los alcaloides se proyectan al miocardio. Lo más lógico: es que uno, ya no sabe realmente qué es real y factible. Del mismo modo, todo podría ser una alucinación o el propio delirio del ansia. Una vez abierta la puerta del concesionario, el Sebas y Nachito reían entre maravillas del lujo con cuatro ruedas. Cuando el Chelito, les hizo una señal que la pasma estaba en la calle de enfrente. El Sebas salió del BMW 325i —una perla de 170CV— que estaba arrancando. Casi llevándose por delante a Nachito y jurando en arameo por la boca. Dos policías bajaron de su coche patrulla y les echaron el alto. Cuando el Gordo dio un silbido desde el callejón lateral. Estaba oscuro como el tren de la bruja. Ya en el angostillo apareció, Chelito —que estaba como una sílfide— y les echó una mano desde el muro. La pareja de polis sacaron una viejas Tokarek y dispararon al aire. El Gordo observó, como un nuevo coche patrulla se dirigía —directamente— hacia ellos. La agorera y espítica sirena llegaba a toda velocidad hacia la escena del delito.













El Gordo— rápido, rápido que vienen… El Gordo sudaba como un cerdo, delante de su matarife, en el día de S. Martín. Alguien les había tendido una trampa. Ipso facto, aquel cabrón sacó un 38 y abrió fuego contra la policía. Nachito no pudo desenfundar su arma por una razón que le resultaba desconocida. Se quedó bloqueado. Observaba la situación a cámara lenta y seguía estrechado— ¡Nachito, joder. Qué nos van a freír socio. Menea el culo! —Sebas intentaba espolear a su colega, el pequeño Nachito, un chavalito de melena negra lacia y nariz aguileña. No mediría más de 1,65cm. Pero tenía unos cojones, como un buen morlaco, de Miura. Éste, parecía no salir de su eterno sueño y se ocultó —parcialmente— detrás del pórtico de entrada, en el edificio de Apartamentos la Maestranza. Yo estaba apoyando rodilla al suelo y con gran puntería disparaba a los dos coches patrulla. Agarré al Nachito y lo llevé en volandas hasta llegar lo más cerca de la marquesina del edificio de apartamentos. Mientras observábamos como uno de los coches de la policía volcaba. A Nachito se le vio cambiar el tono del rostro tras sacarlo casi a la fuerza. Era como Al Pacino de joven; cambiaba de alegre a triste en un santiamén.. Y así, cuando dábamos por ido a Nachito, empezó a gritar como un poseído y apretó los dientes tan fuerte que se hizo sangre en la base de las encías. Oprimió con ahínco el gatillo. La bala, lista en su sitio, estalló de júbilo. Salió despedida y se clavó en la cabeza del policía que conducía el Fiat Croma. Un trozo de cráneo voló hasta la rejilla de separación con el asiento trasero. El coche patrulla perdía el control hasta chocar con la rotonda de Cuatro barrios. —Bien, Nachito. Volviste, puto pirado! La madre que te parió. Eres dinamita. Retornaste a nuestro planeta. —El gordo se llenaba de regocijo y estallaba en carcajadas. —¡Putos polis! Iros a tomar por culo! Desde el otro lado de la calle, El Sebas nos hizo una señal y nos agrupamos. Tomamos un poco de aliento, pues, la noche era muy húmeda y el helor de la niebla por el efecto contaminación pulverizaba los alveolos pulmonares. 











El Gordo espetó:— A ver Sebas, esos polis, ya les hemos dado su medicina para un buen rato.—No cantes victoria, Gordo.—¡Estoy hablando, yo. Cojones! Al loro, antes de que envíen más refuerzos y se organice una búsqueda más exhaustiva tenemos que mirar todas las opciones — No jodas, Gordo. Tú siempre has de organizarlo todo y lo has de joder!— Le mirada con cara de hastío el Sebas. —Cállate! tontolaba. Aquí quien manda y dirige le espectáculo; es el tete. Métetelo en esa puta cabeza de chorlito.  En ese mismo instante, Chelito, habló con un tono conciliador y sensato en mitad del estallido —A ver, lo lógico es abandonar esta zona y buscar cobijo en el Chaparral. Ahora no podemos robar un coche para llegar a nuestro territorio. El Gordo estaba con la mirada perdida en el suelo—Vale, chaval, tranquilo… No es mala idea, pues... De nuevo, Nachito, movía el dedo en dirección al este. Se apreciaba un buen sequito de personal, detrás de las vidrieras de la farmacia, muy cerca de las paradas de autobuses.—¡Ahora o nunca, Gordo! Se miraron los cuatro a los ojos y se agruparon en un andar disimulado; como si de unos resignados trabajadores incorporándose al turno de noche de la petrolera Bolivarof. Siguieron juntos hasta llegar a la parada de Miraflores. Era una salida parcheada pero lo suficientemente discreta para salir de una noche desastrosa. El gordo puso en aviso al personal.—Llega el 74. Al loro y tranquilos. De uno en uno. El resto de personas que aguardaban dentro del autobús público miraba temeroso a Nachito —que denotaba— muecas, de un careto desencajado y superado. Fue el primero en pasar por delante del chofer y se desplazó lentamente por el pasillo de los pocos que estaban de pie. Casi, cayéndose y sin equilibrio fue a parar a uno de los asientos simples que tenía la ventanilla entreabierta. 













El Gordo, en el asiento de enfrente, miraba el rostro de Nachito y comenzó a darse cuenta que sangraba por un costado. El sudor frío se deslizaba por toda su espina dorsal y el alivio del aire que entraba por la ventanilla, lo estaba dejando medio dormido. Chelito que acaba de salir del trullo era el que más entero se le veía. Sereno y convencido de que la maniobra del Gordo había sido la idónea y que la sombra de los barrotes se había cernido muy cerca. El Sebas andaba con cara de haberse comido un LSD en la isla Tortuga —entre el éxtasis del pálpito de las sirenas de policía y lo cerca que habían estado de ser carne de presidio— anonadado, pero sonriente. De repente, comenzó soltar unas carcajadas contagiosas. Esa actitud alteraba al Gordo. Éste, se apretaba con fuerza el costado izquierdo. Cuando le pregunta muy débilmente: —¿Sebastián y los billetes?— Por qué me llamas Sebastián, Gordo, no me gusta— Hey! Capullo, los billetes. —A mí que coño, me dices. Joder! Ni que fuera San Pancracio. Nachito vio la sangre como se escurría por el asiento del Gordo y dijo: aguanta. Tranquilo ya queda poco. El chofer me dijo que pasará. Sin más.— Me cagüen tu puta madre! Cómo coño no has comprado los billetes. Ni que fuéramos Robert Kardashian. Viendo el cariz de la conversación. El flipado de Sebas se levantó y observó que el jodido autobús no se había movido de la parada. Y se fue directo a por el conductor. Y con un tono categórico — Deme cuatro billetes para Miraflores. Chelito desde el asiento del fondo ponía cara de portero ante un penalti ejecutado por el pelusa Maradona.











El fornido chofer del autobús se marcó un gesto despectivo y de perdonavidas. No quiso mirar el rostro del Sebas. No le respondió. Frío como un témpano y la mirada firme en un punto perdido del parabrisas. Mientras sus manos firmes agarraban el volante y la palanca del cambio. El Gordo tragaba saliva y buscaba su 38, pero estaba muy débil. —¡Oye, tío te he dicho que quiero cuatro billetes! El Sebas, ya no era aquel chaval con cara de alucinado en un garito de surfers. Estaba realmente muy irritado.— ¡Cuatro bi-lle-tes, im-bé-cil! — Aquel quebrantahuesos de chofer robótico espeto:—A donde van Uds. No necesitan billetes. Joder! Aquel tono de voz grave y marcial le sonó familiar al Sebas, al Nachito, al Chelito y un lánguido Gordo que su cara era nieve en los Andes. Toda la banda se quedó en estado de shock .Después de una breve pausa, la cual, parecía una eternidad. El Sebas se dio cuenta que el resto de la gente que estaba subida en el grasiento autobús giraba sus cabezas y los miraban uno por uno, con disgusto y enojo. El Sebas se amedrentó. Aquel chofer de autobús con el pelo rizado rebelde azabache y profuso bigote, recordaba al icónico Pablo Escobar. Aquel tipo era el mismo conductor que los había hecho bajar del resto de los compañeros el día que salieron del colegio en sexto curso de básica: el puto conductor, Hugo cuerdo. Y a partir de ese momento, todo comenzó moverse a cámara lenta. El tambor del revólver estaba lleno. Lo cogí fuerte y apreté el gatillo tres veces: el percutor se accionó y reventó la carga explosiva de un cartucho del 38. Propulsada por la expansión de los gases. El fuego salió en trayectoria rectilínea hacia la espalda de uno de los viajeros que estaba detrás del Nachito. Vi cómo le impactaron tres balazos, dejándole, tres agujeros por donde la sangre salía a borbotones. El fuego cruzado y un bote humo convirtió aquel autobús en una pesadilla rabiosa. El Gordo fue fulminado de un disparo a quemarropa en el cuello. Se quedó doblado hacía la izquierda con la cara de cadáver de anatomía patológica. 















Debajo de su asiento había un maná de sangre. La gran mayoría del personal que nos miraba con desprecio eran polis camuflados del escuadrón de operaciones especiales de la policía libertaria. Iban muy bien preparados: Uzis y Glocks de trinqui con una potencia de fuego demoledora. Y el Chelito no sé dónde hostias se había metido. Había desaparecido de aquel infierno por arte de magia. Sólo quedábamos Nachito y yo. El Nachito replicó con su escopeta recortada del calibre 12. Vi con claridad como reventaba las tripas de uno de miembros del escuadrón—Juraría que tenía un trozo del píloro del grandullón que tenía delante, en una de mis cejas. Le hice una señal de Ok. Pero en el ademán del gesto de alegría. Una ráfaga de cartuchos de las letales Uzi, fueron agujereando desde el hombro izquierdo. el corazón, el hígado y los pulmones de mi colega Nachito. Lo acaban de coser a tiros como un colador. Estaba sólo atrincherado en uno de los asientos. Cuando todo se paró y hubo un largo instante donde aquel mortal autobús era el silencio de una misa en domingo de funeral. Y escuche un megáfono:— ¿Hay algo que debería saber querido Nachito Ulloa? No me lo podía creer pero esa voz. —¡Demonios. Nooo. Maldición! ¡Tú puta madre, choto de mierda. Tú, Chelito, tú. Cómo nos has podido engañar hijo de la gran putísima! Chelito, era el teniente Marcelo Ardiles. —Bueno, Nachito ya sabes cómo funciona esto. Sales con las manos en alto y dejas la pipa en el suelo. Ahí, adentro, todavía tengo a tres tíos apuntándote y aquí afuera somos 25 con plomo para forrar una catedral. —Nachito, respiró profundamente y miró al techo. —Contestó con una sonrisa sardónica, que deformaba aún su dibujo mental de toda esta movida.












Sintió un infinito dolor, que se fue diluyendo en ese persistente aroma familiar de la pólvora y la sangre. Recordó aquel lejano día en que su padre le enseñó a disparar por primera vez. Alzó la mirada y vio el panorama de sangre, casquillos, vísceras y viejos amigos en distintas orillas. Finalmente, el Sebas, anduvo hasta las puerta de salida del bus y le espetó:—Bien, Chelito, te crees mejor que todos nosotros; y sólo el cielo lo sabe, que tú has comido en mi plato y nos has mordido las manos, a quienes éramos tus hermanos. ¡Rata, que eres una sucia rata! ¡Sólo Dios nos pondrá a cada uno en su sitio! No pierdas de vista esta cara, la del rubio, Sebas, porque esta cara te perseguirá toda tu vida— Se dejó la mirada fija en los ojos del Chelito, ya descubierto con su uniforme militar. Entonces, cuando, ya todo el mundo lo daba por entregado. En un movimiento, tan rápido, como un pestañeo de ojos, sacó una beretta 21.  Preciso y certero; se voló la tapa de los sesos.  Las campanas de la iglesia sonaron como en una letanía al alba. Los trabajadores de la petrolera Bolivarof se disiparon entre la muchedumbre que se congregó alrededor del asalto. Después un montón casquillos. El teniente Marcelo Ardiles se dirigió a sus hombres.—Sres. Esto es así , nunca escuchen a los malhechores. En estas situaciones es mejor mostrar indiferencia y hastío por estos criminales. Esta unidad tiene un lema: cargar, apuntar y disparar.—Sí, mi teniente.—Contestaron los efectivos de la compañía. Buen trabajo y enhorabuena, caballeros.












                                                                  Finales de la primera década del S.XXI



Desperté del profundo sueño y olí el efluvio del alcohol de curar. Escuché a una mujer discutir con un hombre.—Sebastián, déjalo en paz. Mi padre está hecho una mierda. Salió de prisión porque tiene Alzheimer. —Ese cabrón, no tiene nada. El viejo, sabe más por diablo…Mónica que es un pieza. Se las sabe todas.—Sebastián, el novio de su hija iba vestido como un enfermero.—Hombre, D. Marcelo, cómo está. ¡Ay, qué gamberrete que nos ha salido! Ya sabe Ud. que con esa medicación no se debe beber. Esta botella de Johnnie Walker etiqueta negra para la ambulancia. Esto es bueno para nosotros: sus enfermeros.—Enfermeros, yo no tengo enfermeros. Yo estoy de puta madre. Esta noche he quedado con mis colegas —Y yo con mis amiguetes del grupo de Facebook del colegio. ¡Todo el mundo queda con alguien, eh, socio! Me quedé aterrorizado cuando el tal Sebastián cogía de una mano una jeringuilla y la llenaba desde un bote de Rivotril. —Oye eso no es para mí. Sí, es sólo un pinchacito, D. Marcelo. ¿Verdad, o te gusta más, Chelito, abuelete? Recuerde que los billetes son obra de Dios.




                                                                                       FIN









                           Dedicado a todos los presos políticos de Venezuela y los enfermos de Alzheimer. 







 Fotogramas adjuntados


Six Bridges to Cross by Joseph Pevney (1955)
One Day in the Life of Ivan Denisovich by Caspar Wrede (1970)
Wild Boys of the Road by William A. Wellman (1933)
Heist by Scott Mann (2015)
Shake hands with the devil by Michael Anderson (1959)
Cortex by Nicolas Boukhrief (2008)
The Gentle Gunman by Basil Dearden (1952)
Remember by Atom Egoyan (2015)
Time table by Mark Stevens (1956)
De zaak alzheimer by Erik Van Looy (2003)





                   

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